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Ni laicistas ni teocons

El 7 de junio de 1797 el Senado de los Estados Unidos aprobaba por unanimidad un tratado de paz y amistad entre su país y el Bey de Trípoli y la Berbería, un conjunto de estados semi-independientes del Imperio Otomano situados entre las costas de Marruecos y Libia. Entre otras cosas, el documento comprometía a las partes a proteger la vida y la propiedad de los nacionales de cualquiera de los dos países cuando se encontrasen en el territorio del otro. También garantizaba del suministro de provisiones a los barcos "a precios de mercado".

En su artículo once, el convenio afirmaba que "puesto que el Gobierno de los Estados Unidos no está en ningún sentido fundado sobre la religión cristiana; puesto que no posee en sí ningún carácter de enemistad contra las leyes, la religión o la tranquilidad de los musulmanes; y ya que los mencionados Estados [Unidos] nunca han tomado parte en ninguna guerra o acto de hostilidad contra nación mahometana alguna, las partes declaran que ningún pretexto surgido de la religión producirá nunca una interrupción de la armonía existente entre los dos países". Entre 1801 y 1815 los incumplimientos de los norteafricanos ocasionaron dos guerras no declaradas entre los Estados Unidos y la Berbería, saldadas ambas con la victoria de la nación americana. En la primera, el Congreso fue simplemente informado por el presidente. En la segunda, el Legislativo autorizó el envío de 10 buques a las costas de Argel.

El origen de los Estados Unidos enfrenta no sólo a liberales y socialistas (los segundos interpretan el "todos los hombres son creados iguales" como una exhortación a la nivelación social), sino también a los partidarios de la separación entre religión y Estado y a quienes invocan una Ley Natural cognoscible, innata y de origen revelado como fuente de legitimidad del Estado-nación occidental.

Una cosa es que los redactores de la declaración no olvidasen a Dios, a quien sólo se refieren por ese nombre una vez, llamándolo "Dios de la naturaleza" después de mencionar "las Leyes de la Naturaleza", y otra que el documento prefigurara un Estado teocrático o animado por una religión en particular. Así, entre las verdades auto-evidentes figura que todos los hombres "han sido dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables, entre ellos la Vida, la Libertad y la búsqueda de la Felicidad", no de la virtud. En cuando al origen del Estado, la declaración afirma que "se instituyen entre [por] los hombres y que deriva sus poderes del consentimiento de los gobernados" y que "es el derecho del pueblo alterar o abolir" ese Gobierno cuando "deviene destructivo para estos fines", (vida, libertad y búsqueda de la felicidad). Por consiguiente, el Estado es una sociedad civil y no una comunidad de creyentes.

En ningún momento los autores de la Declaración de Independencia citan a la divinidad para sostener sus argumentos a favor de la separación de Gran Bretaña. Simplemente apelan "al Juez Supremo del mundo para la rectitud de nuestras intenciones", aunque inmediatamente después declaran su independencia "en nombre y por la autoridad de la buena gente de estas colonias" y comprometen a esta causa sus vidas, sus fortunas y su sagrado honor "con una firme confianza en la protección de la Providencia Divina".

Ni la emancipación de los EEUU fue proclamada en nombre de Dios ni sus firmantes se ufanaron, como los gobernantes europeos en los siglos anteriores, de tener a Dios de su parte o de estar creando un Reino de los Cielos en la Tierra. Es importante reiterar que el documento no habla de virtudes, sino de derechos, y entre ellos figura el de la búsqueda de la felicidad, no el de encontrarla y menos aún el deber de obtenerla o de impartirla. Una felicidad que no se define, como sí ocurre con la tiranía, descrita por medio de la enumeración de distintos actos llevados a cabo por el monarca británico y que a juicio de los americanos violan sus derechos. La expresión de la esperanza en la actuación conforme a las Leyes de la Naturaleza y a Dios, que no se sabe si rige o es regido por esas leyes, no equivale a hablar en su nombre, tal y como hacen los partidos políticos y los movimientos sociales religiosos, sean musulmanes, cristianos o judíos, que existen en diversos lugares del mundo.

Quince años después de la Declaración de Independencia, la primera enmienda a la Constitución de los Estados Unidos, en la que Dios sólo aparece en su datación ("el día 17 de septiembre del año de Nuestro Señor de mil setecientos ochenta y siete") declara que "El Congreso no legislará respecto al establecimiento de una religión o la prohibición del libre ejercicio de la misma". Por lo tanto, la alusión al carácter laico de la república contenida en el Tratado de Trípoli es perfectamente coherente con los textos fundacionales de la nación americana, una sociedad política y opuesta a cualquier tipo de teocracia, tal y como la definió John Locke. Una nación laica, pues está creada por y para los hombres y su felicidad terrenal (la sustitución de "propiedad" por "búsqueda de la felicidad" en los borradores de la declaración tal vez proporcione alguna pista al respecto), aunque no laicista, pues esta libertad de práctica religiosa no se delimita ni se circunscribe al ámbito privado.

En los últimos tiempos, los partidarios del estado confesional, bien en los EEUU (los llamados theoconservatives) o en España ("teocons", siguiendo la moda de traducir literalmente del inglés), apelan a menudo al supuesto carácter teológico de la nación americana para defender un fundamentalismo religioso que mucho se parece al laicismo militante de algunos políticos de izquierdas. Ambas posturas, basadas en la falsificación de la historia y en una interpretación falaz de algunos textos políticos, por no mencionar los religiosos, comparten aquel vicio que señalara Montaigne en su defensa del catalán Raymond de Sabunde, el cual había negado que la razón pudiera por ella sola entender o demostrar las verdades de la religión cristiana:

La jactancia es nuestra enfermedad natural y original. El hombre es la criatura más frágil y vulnerable, y al mismo tiempo la más arrogante. Se ve y se siente alojado aquí, entre el lodo y el estiércol del mundo, clavado y remachado a la peor, más letal y estancada parte del universo, en el piso de abajo de una casa en el rincón más alejado de la cúpula celestial (…) y en su imaginación siembra hasta llegar al círculo de la luna y trayendo el cielo bajo sus pies.

Ni nihilismo ni soberbia, con diferencia el más grave entre los pecados capitales, sino sano escepticismo y humilde búsqueda de la verdad, una tarea no apta para iluminados. Que Dios nos libre de ellos.

Mujercitas

Camille Paglia, una de las líderes del movimiento feminista de los años 90, mantiene una campaña particular contra la candidata a presidente de los Estados Unidos Hillary Clinton. Esta actitud que, en un principio, pudiera resultar paradójica, tiene su explicación en la penosa utilización de su sexo que está haciendo la ex primera dama estadounidense.

Cierto que para decir las cosas tan claras como Camille Paglia hay que ser honesta como ella: bisexual que defiende al hombre masculino frente a la versión metrosexual tan de moda, feminista contra la acción afirmativa, atea que respeta la religión, piensa que el yihadismo es un peligro real e inminente para Occidente y, a pesar de ser demócrata, no le gusta su partido.

¿A qué se debe esta actitud hacia Hillary? Al falso feminismo que defiende, a que utiliza su condición de mujer para conseguir votos y a que esa obsesión le lleva a emprender una campaña anti-hombre que es liberticida e injusta. Hillary no convence a la mujer con formación que no acepta sus ataques a las amas de casa.

Pues no está mal. Pero Camille Paglia no está sola. Wendy McElroy, otra feminista individualista, en su libro Sexual Correctness: The Gender-Feminist Attack on Women, estudia la injusticia de la acción afirmativa y los argumentos de quienes la defienden. A pesar de que las barreras legales cayeron hace tiempo y hombres y mujeres somos iguales ante la ley, se supone que aún no se ejerce esa igualdad, especialmente en el ámbito del mercado, donde continuamente se infravalora a la mujer. Y dado que la explotación continúa, es necesario promulgar leyes protectoras: hay que preferir la mujer al hombre por ley para compensar la explotación a la que el mercado nos somete.

Pero, para McElroy, estas medidas hacen más mal que bien. En primer lugar, porque limitan la libertad al obligar al empresario a contratar a mujeres, arrebatándoles la capacidad de decidir sobre su propiedad. La libertad tiene riesgos. Toda elección entraña discriminación, eliminas una opción para quedarte con otra. Y cuando la elección del empresario no cuadra con los objetivos de los políticos, algo hay que hacer, aunque para ello haya que pisotear la libertad del empresario.

Tampoco el argumento de la justicia compensatoria es válido. No se trata de que aquel que inflija un daño lo repare, sino que las feministas totalitarias defienden que son los hombres descendientes de quienes siglos atrás no trataron a las mujeres de entonces como iguales ante la ley, quienes cargan con la responsabilidad de resarcir a las mujeres de hoy, incluso si ya existe la tan ansiada igualdad.

Otros autores como el economista Thomas Sowell, en el artículo The Grand Fallacy: Equating Male-Female Differences in Salary with Discrimination, apunta que las capacidades potenciales de diferentes grupos no tienen por qué ser iguales, y que incluso si lo fueran, cada uno de ellos podrían no tener interés en desarrollarlos completamente, o de la misma manera que otros. También explica Sowell que la discriminación positiva, tal y como sucedió con la discriminación racial, solamente va a servir para que se vea cuestionado el trabajo de cualquier mujer y para que, al exigirles menos para poder cumplir la cuota, se convierta en una profecía autocumplidora.

A pesar de este movimiento feminista anti-totalitario, en nuestro país caminamos en sentido opuesto. El Instituto de la Mujer  parece asumir las palabras de Marx y Engels en el Manifiesto Comunista cuando afirmaban:

El burgués, que no ve en su mujer más que un simple instrumento de producción, al oírnos proclamar la necesidad de que los instrumentos de producción sean explotados colectivamente, no puede por menos de pensar que el régimen colectivo se hará extensivo igualmente a la mujer. No advierte que de lo que se trata es precisamente de acabar con la situación de la mujer como mero instrumento de producción.

En la Guía de Sensibilización y Formación en Igualdad de Oportunidades entre Mujeres y Hombres se establece como punto de partida que la igualdad ante la ley ya no es suficiente para conseguir la igualdad de oportunidades. No solamente se financian programas informativos que abarcan aspectos educativos, sanitarios y de empleo sino que se ponen en marcha con fondos europeos, nacionales, autonómicos y locales costosísimos programas de colaboración en los que se premian a las empresas que se distingan como “colaboradoras”, para lo cual, como requisito principal e indispensable, se requiere compromiso y responsabilidad por parte de la dirección de la empresa en apoyar y sostener una política de igualdad de oportunidades, implicándose positivamente tanto dentro como fuera del ámbito empresarial.

El panorama que se nos presenta es desolador, si nos atenemos, no solamente a la creación de un nuevo Ministerio de Igualdad, sino también al Plan Estratégico de Igualdad de Oportunidades (2008-2011) en el que se premia y promociona la feminización de la sociedad y se acaba por victimizar y denostar a los hombres. No tiene desperdicio el Manual para Elaborar un Plan de Igualdad en las Empresas que recuerda a los cuestionarios de cualquier comisariado político.

La igualdad mal entendida (porque los hombres y las mujeres somos diferentes) se está implementando por ley, es decir, coactivamente, con fondos públicos que son derrochados y, sobre todo, a costa de pisotear la libertad individual.

El hombre en la incertidumbre

Vivimos en un mundo en el que el conocimiento del futuro es incierto. De hecho, al escribir esta primera frase, no sé exactamente cómo seguirá este artículo, y menos aún cómo acabará. Los seres humanos vivimos en una realidad social en la que impera la incertidumbre, padecemos de una ignorancia que no se puede eliminar, pero sí puede suavizarse, o reducirse. Esto es así por dos razones: en primer lugar porque la acción humana no puede conocerse de antemano de manera precisa, tal y como sucede con los fenómenos que, por ejemplo, estudia la mecánica newtoniana, y que gozan de una regularidad exacta. Y en segundo lugar, porque hay acontecimientos externos que son impredecibles y no podemos controlar.

Como dijo Javier Aranzadi citando a Bergson: "El futuro no es un porvenir sino un por hacer". ¿Cómo se va a conocer algo que no existe?

No obstante, para tratar de suavizar este panorama tan incierto, el ser humano no se ha quedado de brazos cruzados, y han surgido ciertos mecanismos que, entre otras funciones, sirven para reducir la incertidumbre sobre el futuro. Éstos podrían clasificarse en tres:

  1. Ampliar el conocimiento de la realidad y de los fenómenos naturales (como la predicción meteorológica), sociales y económicos (conocer la teoría austriaca del ciclo, por ejemplo); así como mejorar el conocimiento respecto a la relación medios-fines de los planes individuales. Un factor importante para impulsar el conocimiento del segundo tipo es no poner trabas a la función empresarial.
  2. Un mayor ahorro, renunciando a consumo presente para disponer de mayores recursos en el futuro, como motivo de precaución, es una manera de reducir la inseguridad psicológica respecto a eventos futuros. Asimismo, una mayor riqueza, tanto del individuo como de la sociedad, también puede tener los mismos efectos (las consecuencias de un terremoto en un país rico y en uno pobre son diferentes, causando más daño en el pobre).
  3. Las instituciones, entendidas como comportamientos pautados que surgen de manera evolutiva y espontánea, sin que sean diseñados deliberadamente (es decir, "resultado de la acción humana, pero no del diseño humano" como dijera Adam Ferguson) tienen un papel fundamental.

Veamos el papel de las instituciones con mayor atención, a través de diferentes tipos de instituciones. Un ejemplo muy característico es el dinero, que representa un salto cualitativo positivo respecto al trueque, dado lo embarazoso e incierto que era realizar las transacciones.

También los seguros son otro medio para reducir las consecuencias impredecibles de acontecimientos adversos y la inseguridad que eso nos puede crear, como podrían ser las catástrofes naturales. Todavía tenemos reciente el caso del Huracán Katrina, con consecuencias desastrosas y una gestión muy ineficiente por parte del Gobierno federal en lo que respecta a socorrer y ayudar a las víctimas. Recientemente se ha publicado un estudio del Mercatus Center, llamado Making Hurricane Response More Effective: Lessons from the Private Sector and the Coast Guard During Katrina en el que se muestra quiénes fueron los verdaderos héroes que acudieron en socorro de los damnificados: ¿Sean Penn y su barquita? No, la respuesta es: Wal-Mart y otras compañías privadas, y la Guarda Costera de EEUU.

Según el autor del estudio, la razón del éxito de éstos últimos fue la flexibilidad y rapidez de sus acciones (los altos líderes de Wal-Mart dejaron libertad a sus empleados para actuar según su conciencia y capacidad, tal y como les anunció uno de los altos directivos: "Tomad la mejor decisión que podáis con la información disponible que dispongáis en el momento, pero sobre todo, haced lo correcto"), y especialmente, el conocimiento e información locales de que disponían, frente a la rigidez y centralismo que caracteriza a las burocracias como la FEMA. Algo similar a los argumentos defendidos por Hayek para sostener la imposibilidad del socialismo.

Por último, otro tipo de instituciones muy importante son las normas o comportamientos pautados, los esquemas de acción en los que nos solemos mover, y que reducen el gran abanico de posibilidades de acción. Por ejemplo, las personas de bien consideramos moralmente reprobable el robo o el asesinato. Si esto no fuera así, esto es, si no siguiéramos un cierto marco de normas pautadas, se dispararía el miedo y la incertidumbre, y la sociedad sería un caos. De ahí el vital papel de la moral, de unos principios y valores que guíen la conducta, para que los planes de los individuos puedan coordinarse de manera más eficiente.

Como hemos visto, el hecho de que nos enfrentemos con una incertidumbre inerradicable no implica que no se puedan suavizar sus efectos. Para ello, el papel de las instituciones, ya sean el dinero, los seguros, o la moral, es fundamental, y su estudio no debería relegarse a un segundo plano dentro de las ciencias sociales, y en particular de la ciencia económica.

El PP y los liberales

Mariano Rajoy Brey, presidente del Partido Popular, ha invitado a liberales y conservadores a buscar otros nidos donde empollar sus huevos. Esta actitud no resulta extraña en España, donde la concepción del partido es la de un grupo cerrado, una endogamia política y pseudointelectual que se perpetúa sine die y en el que, una de dos, o el líder saliente, como el César lo hizo en el Imperio, declara quién es su sucesor, o se inicia un proceso de guerra civil entre las facciones que aspiran a ocupar la poltrona.

Si un partido político dice defender los intereses públicos de los ciudadanos, debería mostrar más respeto por la opinión de al menos sus afiliados, debería mantener una estructura abierta, donde cualquiera pudiera optar al liderazgo del grupo y desde luego, respetar las ideas de los que han ayudado, consciente o inconscientemente, a alcanzar lo que ahora está disfrutando. El comportamiento democrático no es un simple ejercicio de voto, supone unos principios morales y éticos que deben reflejarse en cualquiera de sus acciones.

Pero tenemos lo que tenemos, las teorías suelen ser muy atractivas en el papel, todo cuadra, el círculo se convierte en cuadrado por arte de una matemática perversa. ¿Deben los liberales implicarse con el partido que lidera Mariano Rajoy Brey? ¿Deberían hacerlo si quien se sentara en el trono imperial fuera mujer, rubia y de Madrid? Si el liberalismo es ese sistema basado en la defensa de la vida, la libertad y la propiedad privada, cualquiera de los partidos que ahora pueblan nuestro panorama político son, sin excepción, nuestros enemigos. Todas las políticas educativas, sanitarias, económicas, fiscales y sociales son intervencionistas, confiscatorias y en última instancia, totalitarias. Algunas veces da la sensación que lo que diferencia una democracia de una dictadura suave es que, además de no poder elegir los gobernantes que te van a explotar, los líderes democráticos aún no han decidido usar la fuerza de manera masiva contra los ciudadanos. El liberalismo no cabe como tal ni en el PP, ni en el PSOE, ni en los partidos nacionalistas, ni en cualquier otro partido político del panorama político español.

Mariano Rajoy Brey ha apostado por la socialdemocracia como ideario del PP, se ha movido hacia la izquierda porque el PSOE también lo ha hecho y ha saltado de la socialdemocracia al socialismo radical. El PP de Rajoy ha optado por la obra pública, por adaptarse a Educación para la Ciudadanía, por acercarse a nacionalismos y movimientos políticos y sociales que no hace mucho habían decidido trazar un cordón sanitario en torno a la derecha política. Alberto Ruiz Gallardón, alcalde de Madrid y aspirante a la secretaría general del partido ha asegurado que "el desempleo provocará una necesaria redistribución de los recursos por parte de las Administraciones Públicas hacia los sectores más castigados. Y esto traerá una reducción de la inversión pública, y en el sector privado, en bienes y equipo". ¡Qué importante es la inversión pública para los keynesianos de todos los partidos!

El PP va a dejar huérfanos a muchos ciudadanos que confiaron ingenuamente en el partido para defender sus principios, su percepción de la vida. Paradójicamente, el PP ha dejado el campo libre para que organizaciones liberales, think tanks como el propio Instituto Juan de Mariana, puedan mostrar y demostrar que existen otras maneras de hacer frente a los retos del día al día, que las políticas liberales son un marco excelente para progresar. Desde la perspectiva del liberalismo, la ausencia de tutela ideológica que antes suponía el PP para varios cientos de miles de personas, es una oportunidad de demostrar el valor de la libertad, una oportunidad que hace unos meses ni siquiera contemplábamos, una posibilidad de resurgimiento de la sociedad civil. Sólo puedo dar las gracias a Mariano Rajoy por tan acertada decisión. A partir de ahora hay que trabajar y en serio.

El gran reto de la privacidad

Hace unos meses publiqué en mi columna mensual de OME news, un medio del sector de internet, la columna La privacidad y los ciudadadanos. Estaba centrada en el debate abierto sobre la privacidad de los datos que se maneja en las nuevas redes sociales (Facebook, MySpace, Bebo, etc.). Para mi es uno de los grandes retos para el sector de internet en estos años, ya que las redes sociales que están teniendo más éxito, como Facebook y Linkedin, son las redes que cuentan con más datos reales de los usuarios, a diferencia de otras como MySpace.

Facebook está creciendo de forma espectacular, y también sube la cantidad de datos que incorpora cada usuario, ya no sólo datos como sexo o edad sino también de orientación política y religiosa. Existen herramientas como Socialistics, que permiten a un usuario hacer un grafo social de los amigos que tiene, pero que además permite a empresas que desarrollen aplicaciones en esta red e incorporen la versión para empresas de Socialistics conocer toda la información de los perfiles de los usuarios que agreguen esas aplicaciones. Las empresas tienen así al alcance de la mano los datos que se cansan de obtener de encuestas y estudios que en la mayoría de los casos son bastante cuestionables.


Las propias redes también se encargan de explotar estos datos, como Facebook, con una versión de sus Facebook Ads (Beacon), que son anuncios basados en mostrar anuncios relacionados con las actividades de consumo de los contactos que uno tiene en esta red. En cuanto salió al mercado esta modalidad de anuncios gran cantidad de usuarios de la red mostró su rechazo, más de 50.000 protestaron y ahora Facebook pedirá permiso antes de enviar estos "anuncios sociales".

El ejemplo de Facebook demuestra que las empresas y sus clientes se bastan para tratar aspectos relacionados con la privacidad, pero los gobiernos, siempre los gobiernos, dicen que está entre sus objetivos proteger la privacidad de los ciudadanos. No creo que sea necesario un regulador para ello, que además siempre actúa tarde y mal, por lo menos no un regulador tal y como está planteado. La privacidad nos preocupa a muchos, pero delegar la preocupación no parece lo más sensato.

Adela Cortina y la ética

Adela Cortina, catedrática de Ética, es la primera mujer en la Academia de Ciencias Morales y Políticas. En una entrevista reciente asegura: "A mí no se me ocurre decirles a los otros lo que tienen que hacer". Como filósofa no parece importarle mucho el principio de no contradicción, porque también afirma respecto a la igualdad entre hombres y mujeres: "Lo que habría que hacer es aumentar los permisos de paternidad, educar a los varones en la idea de que la casa y los hijos son tan suyos como de la mujer; hay que convencer a la gente de que todas esas tareas son comunes. Y afortunadamente hay chicos jóvenes que trabajan y se ocupan de los niños mientras ellas estudian oposiciones. Ahí es donde hay que llegar, con todas las fuerzas sociales y educativas posibles. Que las oportunidades sean iguales". Y sobre el hambre en el mundo: "¿Qué es eso de acabar con el hambre en el año 2010? ¡Hay que acabar ya, y hay posibilidades de hacerlo! Es un deber. Lo que hay que hacer es progresar, hace falta mucha revitalización". ¿Es que con los "hay que" y la proclamación de deberes no nos sermonea con lo que tenemos que hacer?

Cortina comparte la errónea tradición kantiana de que "la ética no hay que tratarla nunca como un medio, sino siempre como un fin en sí mismo". No entiende que la ética (se entienda ésta como normas, valores o virtudes) es un instrumento evolutivo de supervivencia, desarrollo y coordinación social. Para ella el principal mandamiento ético "tiene dos partes; por una parte, no dañarás, y por otra parte, ayudarás a la gente a que lleve a cabo los planes que quiera llevar". Además de la libertad negativa (no dañar, no maltratar, no agredir) "está el otro lado: el de empoderar para que las gentes puedan desarrollarse dentro de su libertad. Empoderar es darle poder a otro para que pueda llevar su vida adelante".

Todo suena muy bonito, pero en realidad resulta muy problemático. No se trata de un mandamiento sino dos, y decir que es uno con dos partes no arregla nada porque son independientes (es posible no dañar a los demás pero tampoco ayudarles) y pueden entrar en conflicto, y en ese caso será necesario aclarar cuál es más importante: toda la moralina socialdemócrata actual se basa en pretender ayudar a unos (lo que en realidad no se consigue) dañando a otros, redistribuyendo riqueza mediante la confiscación tributaria y los servicios públicos estatales. Y es que es muy típico de los malos filósofos de la ética recurrir al discurso buenista del empoderamiento olvidando mencionar que lo que se les da a unos a través del estado antes se lo han quitado a otros; y se ha hecho mediante el uso institucional de la fuerza, cuya legitimación no suelen molestarse en estudiar.

Además la naturaleza de los dos mandamientos es muy diferente. No dañar a los demás es trivial: basta con no hacer nada, y ya se está cumpliendo. Si alguien incumple la norma de no agredir, para un liberal es legítimo defenderse a sí mismo y participar en la defensa de otros; entre los colectivistas, unos quitan a la víctima el derecho a defenderse y exigir restitución, otros criminalizan acciones sin víctima y a menudo se confunden agresores y víctimas (pobres criminales originados por la sociedad).

Para ayudar a los demás hay que realizar algún tipo de acción, y además los demás son muchos y no se les puede ayudar a todos a la vez. Y cuando uno no ayuda a los demás, ¿qué hacemos? El liberal es respetuoso y tolerante y deja en paz a quienes no quieren solidarizarse con quienes necesitan ayuda; el intervencionista, en lugar de limitarse a ayudar él y pedir colaboración a otros, exige a todos que participen con él, elimina la voluntariedad y burocratiza la cooperación.

La mentalidad de Cortina es típicamente colectivista y tribal, no entiende que la sociedad es un orden espontáneo complejo que no se planifica conscientemente y que permite la coordinación de múltiples proyectos individuales sin necesidad de metas comunes. "La amistad cívica es importante para que la gente se dé cuenta de que están construyendo juntos una sociedad. Que los derechos de todos los ciudadanos se vean respetados. La sanidad pública en España se está deteriorando. Todos tenemos que tener una educación de calidad. Ésos son problemas comunes; proponerlos como asuntos que debemos resolver juntos debería crear una cierta amistad". No es extraño que se alegre de que "cada vez hay más leyes e instituciones que se preocupan de que haya más solidaridad y más justicia". Su concepto de justicia es la falaz justicia social (básicamente igualitario y liberticida), y lo que llama solidaridad es más bien asistencialismo estatista.

El discurso de Cortina no es precisamente riguroso: "Creo que lo peor que le sucede a la humanidad es que se estén muriendo 1.200 millones de personas que hay por debajo de la pobreza extrema. Me parece apabullante que existan los derechos humanos y luego haya esa cantidad de personas viviendo de esa manera…" Sus números parecen algo exagerados y su lenguaje realmente chapucero y difícil de tomar en serio, porque si estuvieran muriéndose en breve estarían muertos y dejarían de existir. Asegura que los derechos humanos "existen" pero seguramente no se refiere a aquello de vida, propiedad y libertad.

"Éste es un país en el que se despierta uno por la mañana escuchando cómo alguien impunemente insulta a otro. Y no pasa nada". ¿Qué hacemos? ¿Encarcelamos a los ofensores? ¿Y si los insultos son merecidos? Tal vez sea estupendo que no pase nada, que la gente sepa ignorar los insultos o simplemente los comparta. Parecen más graves las agresiones físicas que las verbales.

Go East, Mariano

Más allá del fulanismo y el carguismo, versiones castizas de ese vicio atroz de la derecha española llamado patrimonialismo, una derrota electoral es la oportunidad ideal para que un partido alce sus ojos del ombligo propio y se pregunte hasta qué punto los principios que dice defender se ajustan a las promesas hechas a sus lectores.

Ahora que los expertos del PP se rebanan los sesos redactando las ponencias de su congreso saqueando de paso las existencias del Starbucks más próximo, quizá les vendría bien desplegar el catalejo y practicar la política comparada. Les propongo echar un vistazo a Polonia y a su actual partido gobernante, Plataforma Cívica, ganador de las últimas elecciones de aquel país frente a los conservadores paternalistas de Derecho y Justicia y a sus socios del movimiento social Liga de las Familias.

El éxito de Plataforma Cívica, miembro del Partido Popular Europeo y liderado por Donald Tusk, fundador en Gdansk del sindicato democrático Asociación de Estudiantes Polacos en los tiempos heroicos de la lucha contra la dictadura comunista, se basó en una mezcla de carisma y defensa sin complejos de un programa liberal y laico, que no laicista, contra el intervencionismo y el discurso radical de los hermanos Kaczynski y de sus aliados integristas.

Tusk se presentó como el atractivo candidato del cambio prometiendo entre otras cosas la implantación del tipo único impositivo del 15% para IRPF, IVA e Impuesto de Sociedades, la privatización de empresas públicas, la liberalización de las universidades y de la sanidad y la elección directa de los alcaldes y gobernadores de las provincias. Además, frente a la intransigencia del Gobierno de entonces, planteó una política social moderada en cuestiones como el aborto y las uniones de personas del mismo sexo, en sintonía con el sentir de la mayoría de los partidos de centro-derecha e izquierda moderada de la Unión Europea. Atractivo personal, ideas claras, ambición y errores ajenos (autoritarismo y corrupción, causas del hundimiento de la Liga y de los nacionalistas etnicistas del partido Autodefensa, que se han quedado fuera del Parlamento), éstas son las claves del triunfo en Polonia de una opción liberal por encima del socialismo del resto de los partidos.

No sé hasta dónde llegarán Tusk y los suyos. Supongo que algo se dejarán en el camino del consenso y la demagogia. Sin embargo, y salvando las diferencias, la victoria de los liberales en algunos países del Este de Europa (también en Hungría, aunque allí el desempeño del Gobierno ha dejado bastante que desear) frente a los ex comunistas y a las fuerzas nacionalistas y confesionales demuestra que es posible la articulación de una opción política no izquierdista, liberal, nacional y capaz de gobernar sin hacer concesiones al progresismo ni proponer la vuelta al Concilio de Trento.

El caso polaco es uno de tantos que convendría figurasen en la agenda de los cerebros grises del PP y think tanks anexos. En los años ochenta, los demócratas del Telón de Acero tomaron a España como modelo de transición. Al final, fue la ruptura más o menos pactada, y no la reforma, la que trajo la libertad a sus países. Casi 30 años después de la caída del Muro, las tornas han cambiado y somos nosotros quienes debemos tomar nota. Por si alguien en Génova está interesado, sepa que existen vuelos diarios entre Madrid y Varsovia, con ofertas más que interesantes. Además, la mayoría de los líderes de Plataforma Cívica hablan un inglés excelente.

Menos playa y más abrigos, Mariano. Si los miembros fallecidos de Village People levantasen la cabeza, seguro que lo primero que harían sería cambiarle la letra a uno de sus mayores éxitos: Go East!

Las falacias de Peces

Dentro de la furibunda campaña desatada por el Gobierno para exigir sumisión a sus planes de implantar su Educación para la Ciudadanía obligatoria, el señor Peces Barba se encargó de publicar un artículo en el órgano de propaganda habitual de la mañana. Uno de los inspiradores de este adoctrinamiento estatal en las corrientes del socialismo para niños se ha dado cuenta de que la reciente sentencia del TSJ de Andalucía –seguida por otra en la misma línea– abre una vía de agua de incalculables consecuencias para sus planes: su seguimiento podría convertir la "asignatura" en optativa.

Como punto de partida recordemos que estas decisiones judiciales han reconocido el derecho de unos padres a ejercer la objeción de conciencia frente a esa asignatura, que sus hijos no la cursen y, por lo tanto, que se les exima de ser evaluados. Pues bien, como para abrir boca, Peces, sin duda informado, pero acaso sobreestimando la influencia evidente del Gobierno sobre los jueces, se atreve a pronosticar sobre la primera sentencia que "no tiene (…) muchas posibilidades de sobrevivir a un recurso serio que ya está en marcha".

A mi modo de ver, el meollo de su peculiar tesis reduce el debate a la contraposición de dos apartados del artículo 27 de la constitución española de 1978. Según él, la declaración de que "la educación tendrá por objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana en el respeto a los principios democráticos de convivencia y a los derechos y libertades fundamentales", contenida en el apartado 2, fundamenta y legitima la denominada Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos como un trasunto de la ética pública recogida en la Constitución. Siempre según Peces, ante esa declaración no puede invocarse la "ética privada" recogida en el 27.3 que reconoce el derecho a recibir la formación religiosa y moral acorde con sus convicciones, como derecho de los padres. Todo ello, porque –aunque tiene el exquisito detalle de identificar a los herejes recurrentes en un artículo de escasas líneas– "la Iglesia no puede pretender que esas convicciones sean siempre las que la jerarquía interprete, ni mucho menos que eso abarque a la ética pública democrática que es competencia de la soberanía popular y de la regla de las mayorías que marcan el sentido de las normas, entre ellas las que dibujan los contenidos de la Educación para la Ciudadanía".

Un enunciado tan impreciso como el que, según él, legitima al Estado para imponer una ética pública, prevalece sobre el mandato expreso que se deduce de la frase "los poderes públicos garantizan el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones". Olvídense de la distinción, que parecía común entre estatistas socialdemócratas, de los campos normativos atribuibles al estado (derecho) y al individuo/sociedad (ética): Peces ha superado ese estadio de la evolución histórica.

Obsérvese, por otro lado, la grosera trampa tendida por este autor respecto al sujeto del derecho a la objeción de conciencia. En realidad no son los padres que formulan la objeción de conciencia quiénes quieren defender sus convicciones frente al Estado, sino la Iglesia (que, como era de esperar, identifica con la jerarquía católica). Esta falacia constituye uno de los ejes de la descalificación de todo posible objetor de conciencia, así como la presentación de una falsa disyuntiva entre pensamiento secular, que debe imponer el Estado apoyado en la mayoría, y las creencias religiosas. A continuación, pretende soslayar el ataque contra la filosofía de la libertad que los programas y objetivos de esta asignatura para la enseñanza primaria y secundaria representan, con el expediente de que ese adoctrinamiento resulta una consecuencia más de la evolución del pensamiento político y jurídico occidental, como si éste hubiera sido unívoco.

En varias ocasiones insiste en descalificar los argumentos de la sentencia como contrarios a la modernidad. Mezcla referentes de un signo y sus contrarios para apuntalar su pintoresca afirmación de que la imposición de toda esta cosmovisión antropológica socialista (en su versión de la corrección política) a los niños y adolescentes, constituye un lógico trasunto del pensamiento liberal (¡!). Uno contempla con estupor la enumeración de Bodino, Grocio, Bentham, Kant y, para colmo, Locke, como modestos precursores del excelso pensamiento pecesbarbiano. Evidentemente, el autor confía demasiado en el desconocimiento de las aportaciones de estos filósofos y las escuelas a las que comúnmente se les asigna.

Sin embargo, el mandarín que es Peces supura por la herida al percatarse de que el tribunal de Andalucía sopesa la genérica obligación de obedecer las leyes y la excepción a ese sometimiento, amparada también en el derecho fundamental a la libertad ideológica y religiosa, recogido en el artículo 16 de la misma constitución que dice defender. Como consecuencia de ello recurre a otro hombre de paja de signo contrario, cuando identifica a las muchas y variadas escuelas de derecho natural con un "anarquismo jurídico, que sitúa a la voluntad de cada individuo por encima de la norma aprobada por mayoría en las sociedades democráticas".

No puede ser por simple ignorancia, sin embargo, que este catedrático de Filosofía del Derecho omita el análisis de los fundamentos de una reciente sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, a la que el tribunal andaluz hace parcas referencias, cuando ha tachado a éste de contrario a la modernidad.

No en vano, el tribunal europeo estimó la queja de unos padres noruegos contra la denegación por parte de las autoridades de su petición de eximir completamente a sus hijos de asistir a las clases de una asignatura obligatoria denominada Cristianismo, Religión y Filosofía. A la postre, los jueces entendieron que el programa de dicha asignatura sesgaba sutilmente al alumno hacia la prevalencia de la iglesia evangélica luterana, frente a otras religiones incluidas en su objeto de estudio. Por cierto, la constitución noruega (artículo 2) atribuye el estatuto de religión oficial del reino a dicha iglesia cristiana, al tiempo que proclama la libertad religiosa. En definitiva, el tribunal llegó a la conclusión de que la actuación del estado noruego vulneró el artículo 2 del protocolo primero del Convenio Europeo de Derechos Humanos, en cuanto que no respetó el derecho de los padres a educar a sus hijos de acuerdo a sus convicciones religiosas y filosóficas. Y ello a pesar de que las autoridades noruegas reconocían a los padres un derecho de objeción de conciencia parcial a esa asignatura. Bien es cierto que su ejercicio obligaba a los progenitores a escrutar la información de las escuelas sobre las actividades derivadas de cursar esa asignatura para, llegado el caso, formular una petición fundada de exención de participación de sus hijos en una concreta.

A este respecto, el tribunal reafirma que la norma aplicable no permite diferenciar entre una instrucción religiosa y otras materias, sino que prescribe al estado respetar las convicciones de los padres, bien sean religiosas o filosóficas, en el conjunto del programa de la enseñanza reglada por el Estado. Asimismo, prohíbe al Estado perseguir un fin de adoctrinamiento que pueda considerarse irrespetuoso de las convicciones religiosas y filosóficas de los padres. Ahí radica el límite que no se puede traspasar, enfatiza la doctrina de la Corte de Estrasburgo.

Si el Gobierno de Z consiguiera que el Tribunal Constitucional avalase su adoctrinamiento nada sutil, el recurso al Tribunal de Estrasburgo podría amparar a los padres objetores y desbaratar la infalibilidad que blande este botarate. Reconozcan, padres liberales, dondequiera que residan en España, que ha llegado el momento de plantear la objeción de conciencia contra una asignatura obligatoria para sus hijos que ataca los fundamentos de la libertad.

La extensión del foralismo en España

En su trabajo Naciones por consentimiento. Descomponiendo el Estado-Nación, Rothbard asegura que un mayor número de nuevas naciones, de tamaño por tanto más reducido, puede incluso favorecer el desarrollo del libre mercado, ya que el poder estatal quedaría contrarrestado a través de la competencia administrativa proveniente de otras entidades políticas en competencia directa. ¿Pero se traduce de algún modo esto en la práctica?

Bien, echemos un vistazo al índice de libertad económica que elabora anualmente la Fundación Heritage, que analiza 157 países de todo el mundo. En la edición de 2008, recientemente publicada, observamos que los modelos federalistas y secesionistas ocupan los primeros puestos de la tabla. El ranking lo lidera nuevamente Hong Kong, seguido de Singapur. El tercer puesto es ocupado por Irlanda, constituido como país independiente del Reino Unido en la primera mitad del siglo XX, mientras que el cuarto y quinto puesto son ocupados por Australia y EE.UU, respectivamente, ambos con sistemas políticos federales. Es más, el modelo federal de Canadá (puesto 7) y el cantonés de Suiza (9), superan incluso en libertad económica a la avanzada economía liberal de Reino Unido. España se sitúa en el puesto 31 del ranking. ¿Casualidad? Lo dudo.

Mientras, en España, las comunidades autónomas gestionan ya más recursos que el propio Estado en materia de gasto. Así, el gasto público regional, en cuanto a operaciones no financieras, aumentará de media un 6,03% en 2008, hasta alcanzar los 164.396 millones de euros. Esto supone un 7,76% más que el gasto que contempla los Presupuestos Generales del Estado (PGE) para el presente ejercicio: 152.560 millones. Sin, duda, se dirá que tal proceso también se está traduciendo en una regresión de las libertades individuales y en el auge de nuevas trabas administrativas y fiscales al libre mercado en ciertas comunidades autónomas. Y no les falta razón. Sin embargo, observo más oportunidades que desventajas.

La descentralización conlleva el auge de entidades administrativas con capacidad autónoma, aunque de momento limitada, para establecer sus propios marcos y normas regulatorias dentro del propio Estado nacional, fomentando con ello la competencia fiscal y económica entre los diversos territorios que lo constituyen.  A este respecto, destaca la Comunidad de Madrid como referente obligado para el resto de regiones a la hora de fijar sus respectivas políticas fiscales. Desde su llegada al poder en 2003, la presidenta regional Esperanza Aguirre ha provocado un efecto arrastre en la eliminación de determinados impuestos, como el de Sucesiones y Donaciones y el de Patrimonio, que tras la rebaja en esta región ha terminado siendo eliminado por el Gobierno nacional del PSOE, contradiciendo su supuesta ideología progresista.

Según los últimos datos oficiales, los vascos disponen de una PIB per cápita de 30.600 euros, duplicando casi la de los extremeños y andaluces. Le siguen Madrid (29.900) y Navarra (29.500). Por el contrario, Andalucía, Extremadura y Castilla-La Mancha, receptores netos de los recursos tributarios de las comunidades autónomas más ricas, siguen ocupando los puestos de cola en este ámbito. Su PIB per cápita sigue siendo inferior al 80% del PIB per cápita medio español (situado en 23.396 euros). Es más, la diferencia entre regiones ricas y pobres se ha ampliado el pasado año, poniendo en evidencia algo que la Escuela Austriaca viene demostrando desde sus inicios: la redistribución de los recursos no genera en ningún caso riqueza ni capital, tan sólo dependencia e ineficiencias económicas.

Así pues, la descentralización política y administrativa, que tantos insisten en criticar, lejos de suponer un peligro o riesgo, acentúa dos esferas básicas de la praxis política. Por un lado, la autoridad de los gobiernos locales y regionales, lo cual implica el acercamiento de la administración a los ciudadanos, en términos de eficiencia, accesibilidad y comprensión. Pero también, en cuanto a la posibilidad de ejercer un control más férreo y directo de la gestión pública por parte de los individuos, ya que la decisión de aumentar impuestos es mucho más perceptible.

Por otro, al competir más estrechamente, con entes descentralizados similares, el Gobierno regional pondrá énfasis y esfuerzo en el desarrollo y mantenimiento de políticas públicas claramente tendentes a mejorar los niveles de desarrollo y crecimiento económico puesto que, de no seguir tal dinámica, su población emigraría a contextos más favorables para sus intereses particulares, votando con los pies.

Desde mi punto de vista, asistimos a una oportunidad histórica para el tránsito del estado autonómico a un estado federal. Y más aún para la posible consolidación en el futuro de un modelo netamente foral (ya sea de regiones o de provincias) en el que las distintas comunidades administrativas dispongan de plena autonomía tributaria bajo el principio de libre consentimiento. De este modo, se abre una puerta a la configuración de un Estado central mínimo que se alimentaría de las aportaciones voluntarias de cada entidad política, bajo la férrea y cercana supervisión de sus respectivos contribuyentes.

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El romance con el Estado

La sociedad es tan víctima como cómplice del Estado intervencionista. Es verdad que numerosos programas estatales medran al abrigo de grupos de presión que, en connivencia con el gobierno, buscan beneficiarse a costa de los demás. Pero al final del día el Estado del Bienestar goza de buena salud porque la mayoría de gente cree, equivocadamente o no, que es justo y beneficioso. Las economías mixtas occidentales, mitad mercado y mitad Estado, son el reflejo de la popularidad relativa de las distintas corrientes ideológicas en la sociedad.

Según un reciente estudio de GlobeScan llevado a cabo antes de la crisis, mayorías en casi todos los países analizados opinan que la economía de mercado es el mejor sistema. Eso explicaría por qué no vivimos en una economía socialista. Pero la imagen que mucha gente tiene de la "economía de mercado" seguramente ya es la de una economía mixta, como sugiere el hecho de que mayorías aún más importantes apoyen fuertes regulaciones estatales. Eso, y minorías sustanciales tajantemente en contra del mercado, explica por qué vivimos en una economía mixta y no en una economía libre.

La gente simpatiza con el Estado por diversos motivos: desea formar parte de una facción gobernante, busca un sistema de validación o legitimación "oficial", prefiere conformarse a esforzarse por justificar una posición disidente, persigue y racionaliza la obtención de privilegios, etc. Daniel Klein propone una hipótesis adicional más ambiciosa: el romance de la gente. Los individuos se sienten atraídos por la idea de un proyecto colectivo que trascienda sus humildes acciones y los coordine a todos en pos de un fin común. Este "romance" puede tomar distintas formas, pero en el ámbito político quien mejor lo representa es el Estado.

Los individuos, en relación con el Estado, experimentan un sentimiento de coordinación mutua, poseen una percepción común de la naturaleza, el funcionamiento y la finalidad del proyecto colectivo. En el mercado, este sentimiento de percepción compartida está ausente. La coordinación es indirecta, cada individuo persigue su propio interés, lo que resulta en intercambios que traen prosperidad y armonía social. Pero a primera vista el mercado son individuos corriendo en distintas direcciones, con intereses enfrentados, sin que sea su intención hacer una sociedad más justa y próspera. No en vano Adam Smith se refería a la mano invisible del mercado. La imagen que transmite el Estado, por el contrario, es la de un épico proyecto colectivo con la misión expresa de crear una sociedad mejor. Esta visión es mucho más romántica. El Gobierno establece instituciones permanentes que nos aportan una experiencia compartida, y las dramáticas pugnas electorales refuerzan la percepción de que nos hallamos ante una empresa heroica.

Klein destaca las siguientes razones como posible fundamento del romance de la gente con el Estado. En primer lugar, puede ser el resultado de la evolución primate y humana. En los pequeños colectivos de cazadores las experiencias eran compartidas, los líderes proporcionaban un punto focal a los integrantes del grupo y las desviaciones no eran habitualmente toleradas. En segundo lugar, las personas pueden proyectar en la sociedad y en el Estado el patrón de comportamiento que han observado en el núcleo de la propia familia. Durante su etapa formativa las personas viven en un entorno de relaciones comunales y altruistas, "planificado centralizadamente" por los padres. Ellos deciden y los hijos obedecen, en especial antes de la adolescencia. La autoridad paternal también valida la interpretación y la justificación de las conductas ("eso está mal porque lo digo yo"). En tercer lugar, nuestra naturaleza también es, en un sentido metafórico, centralizada. Nos damos órdenes para actuar coherentemente en una determinada dirección, reprimimos emociones y sentimientos, nos procuramos paz interior desterrando pensamientos o emociones "disidentes" que nos perturban. Quizás también extrapolamos este patrón de conducta al ámbito social. En cuarto lugar, las organizaciones intencionales, deliberadamente creadas y jerarquizadas para un determinado fin (iglesias, empresas, escuelas etc.), nos proporcionan otro modelo mental de relaciones centralizadas desde el que entender la sociedad y el Estado. Los miembros de una organización intencional comparten experiencias, objetivos y un sentimiento de pertenencia o identidad. Bajo el prisma de este modelo, la sociedad puede verse como una organización o empresa y el Estado como su líder o director.

Si la hipótesis de Klein es cierta, ¿qué futuro le espera al liberalismo? Según Klein, el liberalismo raramente puede apelar a los instintos románticos de la gente porque la libertad es una ética de mínimos ("haz lo que quieras siempre y cuando respetes la libertad de los demás"), no un proyecto positivo. Solo en ocasiones especiales, como en la revolución americana, el liberalismo ha sido una empresa genuinamente romántica. Por tanto, el estatismo juega con ventaja, parece conectar mejor con las aspiraciones románticas de la gente. Una opción es redefinir el conflicto ideológico de un modo tal que la defensa de la libertad sea percibida como una lucha épica en contra de un enemigo opresor y no como una mera disputa académica. Otra opción es recurrir a la crítica racional y a la persuasión. "Explicar a la gente que tiene una afición por los dulces que no es saludable forma parte del proceso que lleva a repudiar esa afición."

Klein cree que los avances en la comunicación y el transporte que el mercado ha introducido, así como la prosperidad a que ha dado lugar, están minando los cimientos del romance de la gente. Ya no estamos vinculados a un solo grupo, que monopoliza nuestro sentimiento de pertenencia y actúa como único punto focal. Nuestra experiencia común disminuye, tenemos varios puntos focales y experimentamos estructuras menos jerarquizadas y más espontáneas o en forma de red. Esta dislocación no ocurre solo con respecto a la experiencia, también ocurre con respecto a la interpretación de la realidad social. La cultura política oficial está perdiendo protagonismo. La gente recurre a internet, a programas de radio o a la televisión por cable para obtener la interpretación que quiere. El intento de hacer del Estado un proyecto colectivo romántico es recibido con creciente escepticismo.

Los socialistas arguyen que un Estado grande es necesario para corregir las carencias del mercado o compensar las flaquezas de la naturaleza humana. Los liberales responden convincentemente que no, y que lo único que requiere el triunfo de la libertad es que la gente abrace las ideas liberales. Pero este planteamiento elude una cuestión interesante: ¿qué ocurre si las personas, románticas empedernidas, somos proclives a asimilar ideas estatistas pero no ideas liberales?