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¿Es tan mala la inflación?

Hace algunas semanas, tuve ocasión de compartir una agradable velada con unos amigos. Como cabía corresponder con este tipo de reuniones, ésta se dilató hasta altas horas de la madrugada y acabamos hablando de todo lo humano y lo divino. En un momento dado, la conversación se enfocó hacia temas económicos y uno de los participantes preguntó el motivo por el que se consideraba tan mala la inflación. Según su punto de vista, si su retribución subía en la misma medida que el índice de precios al consumo (IPC), no veía problema alguno, ya que según él, todo permanecía igual.

En aquel momento me quedé un tanto estupefacto, ya que creía que los efectos perjudiciales de la inflación resultaban tan evidentes que para nadie pasaban por alto. Sin embargo, la pregunta formulada revelaba que me equivocaba, y que no todo el mundo compartía mi percepción.

Ante la anterior situación cabría preguntarse es si existe razón para preocuparse si nuestro salario se incrementa en la misma medida que el IPC. La primera apreciación que cabría hacer es que la inflación y el IPC no son la misma cosa, aunque habitualmente determinados periodistas y políticos empleen dichas palabras como sinónimos. Mientras que el primer concepto hace referencia a la pérdida de valor del dinero (envilecimiento de la moneda) que se va haciendo patente con el paso del tiempo, el segundo es un índice calculado por el Instituto Nacional de Estadística, que mide las variaciones de precio de una serie de productos que, según este organismo, representarían la cesta de la compra media en España. Por supuesto, resulta bastante complicado que dicha cesta coincida con las compras que cualquier individuo particular pueda realizar. Máxime si tenemos en cuenta que los criterios empleados por dicho organismo dejan de lado bienes tan importantes como la compra de vivienda en propiedad, y que puede representar en algunas familiar la mitad de los pagos que realizan al año.

La segunda apreciación que cabe realizar es que la inflación no se va a manifestar únicamente en un incremento en los pagos que realizamos para la adquisición de bienes o servicios. También se ve perjudicado el ahorro del individuo. Si éste se materializa en dinero líquido o depósitos bancarios el ahorrador verá cómo el valor de lo ahorrado se verá mermado por la inflación. Por el contrario, si se plasma en otros productos, tales como bienes inmuebles o metales preciosos, el ahorrador tendrá cierta cobertura frente a este fenómeno.

Por tanto podemos ver como uno de los efectos perjudiciales de la inflación es que recae esencialmente en quien tiene sus ahorros en productos líquidos. Puesto que la proporción de ahorro en moneda o depósitos es superior en personas de rentas más bajas, la primera conclusión a la que podemos llegar es que la inflación es tanto más perjudicial cuanto menores son los ingresos de la persona.

Otro aspecto que también nos afecta es la desincentivación que puede ejercer a la hora de ahorrar, especialmente por parte de las personas con menor renta que ven como el acceso a productos con cierta garantía de cobertura frente a la inflación están fuera de su alcance. Esta falta de ahorro eleva la gravedad de una situación de crisis económica, ya que existirán personas que carecerán de fondos para acometer una emergencia.

Como hemos visto los efectos de la inflación resultan bastante graves, incluso aunque aparentemente creamos que no nos puede afectar al tener garantizados los ingresos. Especialmente preocupante es la situación para las personas con menor poder adquisitivo, para los que la inflación les puede mermar una porción considerable de sus ahorros.

Es por el motivo anterior por lo que resulta especialmente grave que determinados periodistas y políticos consideran contraproducente atacar la inflación ya que, según ellos, esta lucha perjudica el crecimiento económico. La inflación tiene un carácter indiscriminado, mermando el valor de todos los ahorros monetarios que tiene cualquier persona. Pero es precisamente a quienes carecen de otro tipo de ahorro a quienes le resulta especialmente gravosa. Por tanto la medida que más beneficia a las personas de rentas bajas no es estimular un crecimiento económico artificial mediante el envilecimiento de la moneda que estimule inversiones poco rentables, sino asegurar que el ahorro del que se dispone sea cierto y no se vea mermado.

La patria soy yo

Uno de los mayores riesgos que existen en el ejercicio del poder político es que el gobernante se identifique a sí mismo con los gobernados. Es propio tanto de gobiernos con tendencias totalitarias como de sus seguidores el identificar las críticas a sus políticas con falta de patriotismo o incluso con la categoría de "enemigo del pueblo" (tan propia de sistemas como el nazi, el soviético o el fascista). Todo eso se está dando en la actualidad en España.

Si la política siempre tiene un alto grado de personalismo, en el caso español centrado en el presidente del Gobierno, con ningún inquilino de La Moncloa se había llegado a los extremos actuales. Una cosa es que en los carteles electorales se utilice la imagen y el nombre del candidato, sea el que ya ocupa la jefatura del Ejecutivo o el que aspira a arrebatársela, y otra muy distinta es la identificación total entre partido y persona que se da en la actualidad en el discurso y la estética socialista. El PSOE está en la línea del "líder carismático" que personifica las supuestas virtudes del partido, como se ve incluso en la utilización de atriles con forma de zeta durante los mítines de dicha formación.

Pero Z no sólo pretende personificar en su persona las virtudes que el PSOE se atribuye a sí mismo. Desde el Ejecutivo y el partido socialista se trata de vender la idea de que personifica las que, según ellas, caracterizan al actual Gobierno (que serían las mismas que adornarían a dicha formación política). Se produce de esta manera una triple identificación entre líder, gabinete y partido. Algo muy característico de los autoritarismos en general y de los totalitarismos en particular. Esa identificación se ve incluso cuando miembros del PSOE que no forman parte de Ejecutivo hablan de este utilizando la primera persona del plural. No muestran respeto alguna a la separación entre uno y otro tan necesaria en un régimen democrático.

Pero la concepción de la política que se muestra cada día desde La Moncloa y Ferraz tiene unos tintes todavía más preocupantes. Desde ambos se trata de convencer a los españoles de que la llegada al poder de Z ha supuesto el nacimiento de una nueva España; el propio Rodríguez Zapatero llegó a decir en una ocasión que ahora "es un país más justo", con unas supuestas virtudes antes no presentes. Virtudes que serían, una vez más, las mismas que personificaría el actual presidente del Gobierno. La identificación total entre el líder y el pueblo está servida. Criticarle a él o a su Ejecutivo es falta de patriotismo. Por supuesto, no falta la anti España, esos supuestos enemigos internos tan necesarios para un Gobierno con tendencias al totalitarismo.

La anti España en este caso serían el PP y todos aquellos que, próximos o no al principal partido de la oposición, critican al Ejecutivo. A quienes no jalean las políticas salidas de La Moncloa y Ferraz se les atribuye toda serie de características negativas: pesimismo, homofobia, xenofobia, oscurantismo y muchas otras. No en vano, Rodríguez Zapatero afirmó en una ocasión que el era "rojo de solemnidad" y que nunca había aprendido nada de la derecha. Todo político realmente democrático sabe que sus rivales políticos no totalitarios siempre hay algo, por poco que sea, que puede ser útil y de lo que se debe aprender. Una lección que Z todavía no ha aprendido.

Decir que la situación económica es mala y oponerse a las medidas en esta materia aprobadas por el Gobierno, es "irresponsable" y "antipatriota", según las propias palabras de Z y los suyos. Estar en contra de canon digital (por el que los agradecidos miembros del mundo de la farándula crean plataformas de apoyo a ZP), es también falta de patriotismo (Rodríguez Zapatero dixit). En definitiva, hablar o escribir contra el actual presidente del Gobierno le convierte a uno en "enemigo del pueblo", en desafortunada expresión de un mediocre actor al referirse al Partido Popular.

"La patria soy yo" es la única frase que le falta decir a Z para demostrar sus tendencias totalitarias. No lo ha afirmado todavía con esas palabras exactas, pero tanto él como los suyos lo repiten a diario de muchas otras maneras.

McCain, un cabezón con mal genio

Dado que las primarias de los demócratas siguen bien empatadas, pero las de los republicanos ya han dado un ganador claro, parece el mejor momento de hablar de quién es John McCain, qué defiende y si a los liberales debería gustarnos, o no. Como suele suceder, tiene cosas buenas y malas, y siendo un político, las malas son más numerosas. Pero no son quizá tantas como pudiera parecer a primera vista.

A McCain se le ha comparado con Gallardón por estar más a la izquierda de lo que le gusta al partido y ser adorado por los medios progres estadounidenses. Pero quizá la principal razón para ello sea más su carácter que sus ideas. No es una persona diplomática ni sabe llevar el desacuerdo con elegancia, de modo que tiende a descalificar al adversario en lugar de argumentar. Y como sus posturas, en diversas y especialmente polémicas ocasiones, han sido distintas o incluso opuestas a las de su partido y su base, los destinatarios de sus invectivas han terminado siendo a menudo sus propios correligionarios. Normal, entonces, el cariño que recibe del New York Times, el Washington Post y demás templos de la progresía y la manía que se le tiene en su propio bando.

Una ventaja de ese carácter endemoniado suyo, seguramente heredado de su historial militar y familiar, pues su padre y su abuelo fueron almirantes y él estuvo preso del Vietcong cinco años, es que no es un candidato que cambie de ideas así como así. Él cree en lo que cree, y aunque pueda cambiar de opinión, no lo hace con frecuencia ni por ganar votos. No se le puede acusar de veleta como sí se ha hecho con Mitt Romney. Así, es fácil hacerse una idea de cómo sería una presidencia suya; basta mirar su historial.

En temas de libertades civiles, McCain no es un defensor a ultranza de los derechos individuales, sino un pragmático que igual puede defender que atacar una libertad concreta por lo que estima son sus resultados. De ahí una de las peores cosas que ha hecho en su carrera, arrejuntarse con el muy izquierdista Feingold para aprobar una ley que coarta gravemente la libertad de expresión durante las campañas políticas, seas o no obispo. También es enemigo de la libertad de poseer armas de fuego.

Tampoco es precisamente el candidato ideal en asuntos medioambientales. Votó en contra de que se extrajera petróleo de Alaska y cree que el hombre está provocando el calentamiento global. Aquí, en cambio, su pragmatismo es una ventaja: no es tampoco un fiel seguidor de las paparruchas apocalípticas de Gore y cree que el camino hacia la independencia energética y la reducción del CO2 en la atmósfera es la energía nuclear, y que cualquier acuerdo sobre restricción de emisiones debe contar con China e India, lo que se acerca mucho a no apoyar acuerdo alguno en la práctica.

Sin embargo, en temas económicos su postura es bastante liberal. Votó en contra de los recortes de impuestos de Bush, pero argumentó que lo hizo por no ir acompañados de recortes equivalentes en gasto público. Es favorable al libre comercio y a la reducción del peso del Estado en la economía. Está en contra de la nacionalización de la sanidad y propone que puedan comprarse seguros médicos en estados distintos (reduciendo así la regulación excesiva mediante la competencia) y que quienes se pagan ellos mismos el seguro tengan exenciones fiscales que lo hagan asequible. También está a favor de los cheques escolares.

Entrando en asuntos más polémicos y con más divergencias entre liberales, es evidente que es un halcón en política exterior, un militar duro; eso es lo que todo el mundo sabe de él. En inmigración ha cambiado de postura, aunque tampoco mucho. Sigue siendo favorable a amnistiar a los ilegales ya establecidos en Estados Unidos, cosa que le granjeó un sinfín de críticas de su propio partido, pero ahora apoya que se blinden las fronteras antes de hacerlo para evitar un efecto llamada. Está a favor de la financiación federal de la investigación con células madre, pero en contra del aborto. No está a favor del matrimonio homosexual, pero sí de una unión civil.

¿Será el próximo presidente de Estados Unidos? Es difícil de decir, porque aunque pueda ganarse votos de independientes, también es probable que los pierda de su propia base, que no acaba de considerarle de los suyos. Si Hillary fuera la nominada en el lado demócrata, seguramente ésta le haría el favor de movilizar a los republicanos en contra suya, pero no parece que con Obama sucediera lo mismo. En cualquier caso, y visto que será sin duda el candidato republicano, la comparación con cualquiera de los dos posibles rivales demócratas lo hacen emerger como un mal muy menor.

Carta a Ruiz de Elvira desde Marte

Paco Capella ha respondido cumplida y admirablemente a Antonio Ruiz de Elvira, que en un momento (cabe pensar) de debilidad mental escribió una anotación contra Libertad Digital y el Instituto Juan de Mariana. Ruiz de Elvira debería sentarse a leer con cuidado la respuesta por parte de Capella. La primera lectura le resultará absolutamente chocante, porque sus ensoñaciones no tienen nada que ver con el pensamiento más ampliamente compartido en el Juan de Mariana. Quizá con las siguientes aprenda algo.

Sabe Dios por qué se habrá imaginado que el liberalismo propone juegos de suma cero. Es especialmente sorprendente viniendo de un ecologista. Cree que en el Instituto abundan los defensores de la energía nuclear como tal, cuando la posición de esta asociación es muy otra: que compitan libremente las formas de crear energía, sin interferencias ni subvenciones. ¿Cambiará de idea al aprender que las ideas que defendemos en el Juan de Mariana no son las que él nos atribuye? Él sabrá si es o no honrado intelectualmente.

Ruiz del Elvira cae en la mala práctica de no citar nombres o artículos. Un vicio alejado por completo no ya del hábito científico, como le recuerda oportunamente Capella, sino de la más elemental cortesía con el lector. No es que no haya nombres, apelotonados todos sin criterio aparente. Pero se refieren todos a grandes autores a los que supuestamente seguimos o rechazamos, no a ninguno de nosotros o a lo que escribimos. Con una única excepción: la mía.

Dice Ruiz de Elvira que parece que viva en Marte. Lo dirá porque allí también parece haber calentamiento global, cabe pensar que por culpa también del hombre. Y si estoy tan alejado de este mundo que con sus pensamientos el ecologista me ha enviado más allá de la Luna es por unas ideas al parecer extrañas que mantengo sobre el precio del barril del petróleo. Deben de ser tan extrañas que él ni las menciona ni las enlaza; pasa directamente a criticar un aspecto muy concreto de mis artículos sobre los límites físicos de la creación de riqueza. Se refiere en concreto a lo siguiente:

Nos cuenta este Sr. que el peso de la energía en la economía mundial ha disminuido y hoy es muy pequeño. ¿De qué habla este Sr.? ¿Qué es un coche, sino energía potencial, un sistema en el que se ha invertido una ingente cantidad de energía para su fabricación? ¿Qué es un edificio, sino un sistema de una enorme cantidad de energía potencial?

A este físico le ocurre como a aquél que tenía un martillo en la mano y todo lo que veía le parecían clavos. Él sólo ve la física, incluso en las relaciones sociales, como la economía. Imagino que el mercado habrá de parecerle un caos sin sentido, sin propósito y sin racionalidad o justificación posible. Pues en verdad el mercado es un orden de cooperación humana, movido, animado por la búsqueda de las personas en la consecución de sus propios fines. Esa es la clave; ese el punto de partida para entender la sociedad. Por supuesto que el mismo hombre y el mundo en que se mueve tienen una base material. Pero tomar la parte por el todo puede llevarnos al solipsismo, por un lado, y al materialismo por otro.

Producir consiste en transformar la naturaleza para acercarla a la satisfacción de nuestros deseos. Estrictamente hablando no creamos materia o energía, sino que la transformamos hasta hacerla participar en un proceso productivo. El objetivo de la producción es la creación de valor, que no es un fenómeno físico, sino económico; es decir, el valor tiene que ver con la satisfacción de nuestros fines. Pero en su esquema del mercado esos fines no aparecen, sólo la realidad material de la actividad humana, una actividad que a sus ojos, privada de su motivación, de su razón de ser, ha de parecerle incomprensible y absurda. Marciana.

Excede mi capacidad de síntesis explicar en este artículo qué procesos sociales llevan de los deseos de las personas de cumplir sus objetivos a la producción y al intercambio, y a la formación de los precios. Pero los precios y la renta son conceptos demasiado importantes para la economía como para despreciarlos. Digo esto porque Ruiz de Elvira quiere despreciar mi afirmación (que carece de todo mérito, aparte del de señalar la realidad) de que el peso de los bienes energéticos y de las materias primas es cada vez menor con el desarrollo económico. Al parecer no entiende que una aplicación informática puede tener un gran valor económico por los servicios que nos presta, teniendo una base material insignificante. ¿Realmente es tan difícil?

Acaso sea yo demasiado ambicioso con según qué lector, pero quizás le será más sencillo entender que la base material de la creación de valor es cada vez menos importante simplemente mirando a los datos. En el artículo mío que él no cita recojo lo siguiente:

El peso de las materias primas, energéticas y no energéticas, más la agricultura en el producto nacional bruto estadounidense rondaba el 50% en 1890. En el cambio del siglo había descendido al 32%, y de nuevo al 23% en 1919. En 1957 el porcentaje había caído al 13%, para quedarse en el 3,7% en 1988. Si excluimos la agricultura, ese porcentaje se reduce al 1,6% del PIB.

Saludos desde Marte.

La inocencia perdida

¿Se aprende a ser héroe o a ser villano? El famoso trabajo de Phillip Zimbardo, The Lucifer Effect: Understanding How Good People Turn Evil, demuestra que las situaciones sociales tienen un poder muy sutil para influir en el comportamiento de las personas, mucho más de lo que las propias personas somos capaces de imaginar. El libro de Zimbardo está basado en la investigación de toda una vida. Él realizó en 1971, junto con su compañero de colegio, universidad e investigación, Stanley Milgram, un experimento terrorífico (el experimento de la prisión de Stanford) en el que se dividía a los participantes entre guardianes y prisioneros. El resultado es que personas aparentemente "normales", sensatas y cabales, eran capaces de cometer atrocidades a sus compañeros una vez asumido el rol de guardián.

El experimento fue extraordinariamente enriquecedor para Phillip Zimbardo, tal y como él mismo relata:

El quinto día del experimento, una estudiante recién doctorada de Stanford, Christina Maslach, vio cómo los guardas colocaban bolsas en las cabezas de los prisioneros y les hacían desfilar con las piernas encadenadas, como zombies, mientras los guardas les gritaban barbaridades. Maslach salió llorando. Había empezado a salir con ella, y me gritó: "No estoy segura querer tener algo que ver contigo si esta es la clase de persona que eres. Es horrible lo que estás haciendo a esos chicos." Esa doble bofetada en la cara fue la catálisis para que me diera cuenta de que el estudio había funcionado demasiado bien y de que esa poderosa situación me había corrompido también a mí. Paramos el estudio al día siguiente.

La razón por la que cualquiera puede ser martillo en vez de yunque (que diría Gregorio Luri) la denomina el autor del libro el "efecto Lucifer", y viene a decir que los seres humanos en un entorno social determinado somos capaces de asumir grados crecientes de maldad e integrarla en nuestro comportamiento; simplemente nos vamos des-sensibilizando paulatinamente de manera que nuestro "umbral de maldad" es cada vez mayor y llegado un momento dejamos de ser inocentes corderitos para transformarnos en sanguinarios verdugos.

Zimbardo ha aplicado las conclusiones de este estudio a explicar el comportamiento de los soldados norteamericanos en la prisión de Abu Ghraib. Pero hay más posibilidades: el ciber-acoso, los pandilleros, el apoyo al terrorismo… son algunos ejemplos. Sin embargo, el autor le da la vuelta al estudio y analiza también las otras opciones, ante una situación nueva en la que aparece un comportamiento dañino para otros uno tiene varias alternativas: mirar al techo, unirse al mal, o ser un héroe. Y de ahí que la próxima publicación de Zimbardo se refiera a la "banalidad del heroísmo". Cualquiera puede ser un héroe si se acostumbra a un entorno propicio e instructivo.

En mi opinión queda por estudiar el "efecto Lucifer" respecto a la libertad. Es decir, creo que las personas somos capaces de rechazar de lleno una situación en la que claramente se pisoteen las libertades de las persona, en la que se atente física o materialmente contra la libertad de los demás. Pero administradas en pequeñas dosis, las medidas liberticidas no chocan a nadie y somos capaces de "tragarnos esa píldora", en especial si nos la adornan de paternalismo estatal, del bienestar de todos, de tu propio interés, que tú no conoces pero otros sí: un colectivo, un ministro o un Parlamento.

La auto defensa es un peligro para usted, la educación de los hijos por los padres es un peligro para los hijos, la decisión sobre cómo repartir las tareas del hogar es un asunto que concierne al legislador. Recuérdelo, es usted un bicho peligroso. Y una vez que cedes en un aspecto, cedes en lo demás poco a poco.

Los gobernantes y los medios de comunicación, en perfecta simbiosis, emplean como herramienta de manipulación el pánico moral para convencer al individuo de que no sabe qué tiene que elegir y aborregar a la sociedad. El pánico moral, tal y como lo definió Stanley Cohen, consiste en dar publicidad extraordinaria a un hecho aislado para convencer a la población de que detrás de ello hay una conspiración contra los valores o esencia de la sociedad. En este caso, si usted se defiende de un agresor es un violento y un peligro para la democracia; si expresa su rechazo hacia determinadas prácticas promovidas por el Islam, es usted un intolerante y pone en peligro la alianza de civilizaciones; si defiende la despenalización del uso del propio cuerpo por cada cual, está fomentando la prostitución y es un degenerado. Y de esta forma, resulta mucho más fácil entregar nuestra libertad/responsabilidad en manos de quien sí sabe qué necesitamos. Estamos perdidos.

¿Cómo volver atrás y recuperar la responsabilidad individual? Si seguimos a Zimbardo podemos sacar alguna conclusión. En un entorno hostil se desarrolla más fácilmente una imaginación hostil. En un entorno en el que se reacciona ante una catástrofe o un peligro para los demás, se desarrolla la imaginación heroica. En un entorno en el que las decisiones son individuales, cada cual asume las consecuencias de sus actos y no hay cesión de las libertades revestidas de falsa protección, se desarrollará con más facilidad la imaginación liberal y responsable, y no la contraria.

Shocks de oferta e inflación de costes

Durante los 70 la economía internacional pasó por una crisis económica que tiró por la borda todas las predicciones keynesianas: el paro y la inflación ocurrían al mismo tiempo. Keynes había asegurado que el desempleo se debía a una insuficiente demanda agregada y que la inflación era consecuencia de un exceso de demanda agregada. Obviamente, los dos problemas no podían convivir de manera simultánea: había que elegir entre reducir el paro (y generar inflación) o reducir la inflación (e incrementar el paro), tal y como lo resumía la síntesis neokeynesiana de la curva de Phillips.

A esta simultaneidad entre desempleo e inflación se la denominó "estanflación" y supuso un desprestigio irreparable para los seguidores de Keynes. Sin embargo, la manera que tuvieron muchos de ellos de salvar los muebles fue crear dos novedosos conceptos que todavía influyen a la ciencia económica actual: los shocks de oferta y la inflación de costes.

Básicamente, los keynesianos contraargumentaron que lo sucedido durante los 70 fue una disminución de la oferta agregada, de modo que mucha gente terminó desocupada porque se destruyó producción y al mismo tiempo todo se encareció porque había menos bienes en la economía. A este encarecimiento generalizado de los productos se le denominó "inflación de costes": todos los precios se dispararon porque era más caro producirlo todo. En los 70 el principal causante de la inflación de costes fue, obviamente, el precio del petróleo.

En principio, la inflación de costes parece una excepción a la ley que establece que la inflación es, siempre y en todo momento, un fenómeno monetario. En concreto, yo mismo he defendido que deberíamos definir inflación como envilecimiento de la moneda.

Sin embargo, la inflación de costes sólo es una coartada para mantener vigentes teorías ruinosas. El término parte de una profunda incomprensión de la ley de Say, a saber, que oferta y demanda son necesariamente iguales. Si la oferta agregada se reduce (esto es, si la economía produce menos bienes) las rentas de los individuos se reducen proporcionalmente y por tanto su demanda (poder de compra) también cae en igual medida.

Por ejemplo, si un empresario gana 100.000 euros al año, su demanda será mucho mayor que si gana 60.000. Esa caída de beneficios de 40.000 euros reduce su demanda; del mismo modo, una reducción de la oferta agregada, reduce la demanda agregada. Por este motivo, cuando los bienes ofrecidos por una economía se reducen, los precios de algunos productos (aquellos cuya demanda sea más inelástica o inflexible) aumentarán, pero otros caerán (simplemente, porque no habrá demanda para ellos y tendrán que liquidarse al descuento). Incluso aquellos que equiparan inflación con un "incremento generalizado de los precios" no pueden encajar este caso en su definición.

Por supuesto, una disminución de la oferta puede dar lugar a un incremento generalizado del precio de los bienes de consumo. Si la mayoría de individuos reduce su ahorro para seguir consumiendo al mismo ritmo que antes y la oferta de estos bienes se reduce, sí es cierto que aumentarán de precio. Sin embargo, el incremento del consumo reducirá los ahorros de la sociedad y, por consiguiente, el tipo de interés subirá, lo que reducirá la demanda de otros bienes (como por ejemplo la vivienda) y hará caer su precio. De nuevo, pues, no se aprecia ningún "aumento generalizado de precios" por ningún lado.

La inflación es siempre un fenómeno monetario que nace del envilecimiento de la moneda por parte de sus emisores. En los años 70 fue, por un lado, la monetización masiva de deuda pública para financiar la guerra de Vietnam y la Great Society de Johnson y, por otro, el abandono del patrón oro; hoy en día la monetización de deuda pública para financiar la guerra de Irak y el conservadurismo compasivo de Bush unido a la política crediticia expansiva de la Fed.

La manera que tuvo de manifestarse la inflación, entonces y ahora, fue, en efecto, a través del incremento del precio de ciertas materias primas, pero ese incremento se debió, en buena medida, a la expansión crediticia. Cuando Nixon abandonó Bretton-Woods, el valor del dólar dejó de estar anclado a ningún valor real, por lo que una de las formas de tratar de conservar un valor menguante fue adquirir materias primas (en otros períodos esos nuevos fondos han afluido hacia el mercado inmobiliario o hacia la Bolsa). Este aumento de costes se trasladó progresivamente a los precios de mercado y empezó a hablarse de inflación.

Pero de nuevo, entonces y ahora, el origen de la inflación fue el envilecimiento monetario y no la escasez de materias primas. De hecho, desde que la Fed reemprendió su política monetaria expansiva bajando tipos de interés durante el pasado mes de septiembre, el precio del petróleo se ha encarecido casi un 20%, el oro un 28% y la plata y el platino un 29%. ¿Es que acaso todas estas materias primas se han vuelto escasas al mismo tiempo?

Es más, que esta "inflación de costes" tiene su origen en la expansión monetaria podemos apreciarlo claramente si medimos el precio del petróleo en términos de onzas de oro. En 1967, cuando el dólar todavía mantenía su convertibilidad con el oro a un tipo de cambio de 35 dólares = 1 onza de oro, el petróleo costaba 3,12 dólares por barril. Estos días, la onza de oro se ha situado en unos 900 dólares y el barril en 90. Dicho de otro modo, en 1967 podíamos comprar 11,2 barriles de petróleo con una onza de oro, hoy 10. O dicho en términos de dólares, el precio del petróleo ha pasado de 3,12 dólares por barril a 3,5 dólares.

Ciertamente, se trata de un notable aumento del 12%, pero hay que ponerlo en perspectiva: desde 2004 los precios del petróleo con respecto al oro se han reducido desde 3,9 dólares a 3,5, una caída del 10%.

Sólo hay un caso en el que un shock de oferta podría causar inflación: cuando se produce una caída sustancial de la producción de país con una moneda fiduciaria de curso forzoso. En este caso, la divisa dejaría de cumplir buena parte de sus funciones (adquirir los bienes producidos) y podría ser repelida por sus tenedores. Pero, también en este caso, la inflación es consecuencia del intervencionismo monetario, en concreto, la imposición de un moneda con la que obligatoriamente saldar las deudas.

La inflación de costes fue sólo un camelo keynesiano para intentar mantener su posición de preeminencia intelectual. Oferta y demanda nunca pueden estar desajustadas, ya que todo bien es oferta y demanda al mismo tiempo (oferta para el vendedor y demanda para el comprador). Si ciertos bienes no se compran, sus vendedores no podrán, a su vez, comprar en el mercado, con lo que oferta y demanda se habrán reducido correlativamente.

La inflación, en cambio, es una consecuencia del envilecimiento de la moneda. Los lugares donde se manifieste tendrán mucho que ver con los bienes que primero adquieran los destinatarios de la expansión crediticia (y entre estos podrán estar las materias primas), pero no con disminuciones de oferta.

Terrorismo en las sociedades abiertas

A finales del siglo XI, los ejércitos de Hassan al Sabbah, un caudillo ismailita nizarí que luchaba contra los fatimitas egipcios, tomaron la fortaleza de Alamut, en las cercanías del Mar Caspio. El Viejo de la Montaña, como también se conocía a su líder, creo una red de bases en los que se adoctrinaba a jóvenes musulmanes a través de la educación y el uso del hachís. Los hashshashín, los asesinos, formaban unidades de soldados suicidas que buscaban y asesinaban a líderes musulmanes de toda condición, "corrompidos" por ideas desviadas, a plena luz del día y en lugares públicos. El terrorismo, como vemos, ha sido siempre un instrumento para hacer política, para propiciar cambios.

Sin embargo, ha sido a partir de la segunda mitad del siglo XIX, sobre todo durante el siglo XX y hasta la fecha, cuando el terrorismo ha pasado a ser una manera efectiva para alterar las sociedades. Paradójicamente, las sociedades libres se encuentran más expuestas a los efectos que pretenden provocar los terroristas, pero también tienen mayores recursos para luchar y terminar con ellos.

El terror es un instrumento relativamente efectivo para controlar las masas. Las facciones triunfantes en las grandes revoluciones europeas lo han usado invariablemente para escarmentar a aquellos que eran destronados o controlar y eliminar los que podían poner en duda su triunfo. El terror que Robespierre desató en la Francia revolucionaria –y que en la práctica terminó por encumbrar al dictador Napoleón en el trono de un imperio, no de una república– o las matanzas genocidas que los bolcheviques realizaron en Rusia son dos ejemplos de cómo el terrorismo no es exclusivo de grupos más o menos románticos o minoritarios, sino que es usado de manera sistemática por cualquiera que tenga o aspire al poder, desde un Estado a un grupo político, pasando por una simple mafia.

El terrorismo es ante todo un instrumento, no es un objetivo en sí mismo, aunque en muchos casos lo parezca. Es un elemento más efectivo en las sociedades libres porque sus efectos tienen mucho más alcance que en las que soportan un sistema totalitario debido a la facilidad con que la información se desplaza en las primeras. Además, en las sociedades libres el individuo es más importante que el colectivo, la tragedia que se deriva de un acto terrorista es independiente del número de afectados, es suficiente con que uno muera o resulte herido para que la sociedad reaccione, tanto para lo bueno como para lo malo.

Los efectos del terrorismo van mucho más allá del miedo. Los atentados del 11 de marzo en Madrid propiciaron el triunfo de José Luis Rodríguez Zapatero en las elecciones del 14 de marzo. El Gobierno socialista español ha tenido una actitud mucho más cercana hacia organizaciones como la banda terrorista ETA o a países que apoyan el terrorismo internacional como Irán, que gobiernos anteriores. Los atentados del 11 de septiembre en Nueva York y Washington consiguieron que la política antiterrorista del gobierno de George Bush se tornara mucho más restrictiva y, como consecuencia de ello, los movimientos entre países se volvieron más complicados, los derechos básicos de las personas sufrieron restricciones en aquellas sociedades donde precisamente se presumía de la libertad como un principio moral, todo ello justificado por la seguridad de los ciudadanos.

Este tipo de reacción es quizá uno de los principales éxitos de los terroristas, que las sociedades libres se tornen cada vez menos libres, que los derechos fundamentales vayan desapareciendo buscando una mayor seguridad. Llevado al extremo y canalizado por las políticas de educación pública, los mensajes de propaganda de aquellos que usan el terrorismo como un instrumento pueden calar en una población cada vez más atemorizada y mediatizada, pero sobre todo más desencantada, hasta que su apoyo es inequívoco. De nuevo la historia muestra ejemplos de cómo poblaciones enteras se entregan a ideas genocidas, tal es el caso de la Alemania que justificó y se entregó a Hitler durante más de una década. Muchos grupos terroristas se aprovechan de la libertad de expresión y de la representación política para conseguir poder. Esta situación es especialmente importante si quieren transmitir con efectividad su mensaje a una sociedad hasta el punto de que termine justificando la violencia que estos ejercen. Tal es el caso de la banda terrorista ETA, que organiza diversas instituciones de carácter civil y político para aprovecharse del sistema político español y autofinanciarse.

Este modo de proceder no es nuevo: ya lo utilizó la Internacional comunista cuando pasó de la Revolución a la creación de Frentes Nacionales. Los terroristas no dudan en encontrar aliados políticos cuando ello les conviene, pero sin olvidar que no deja de ser una situación circunstancial y que, una vez conseguido el poder, deberán ser eliminados. Los grupos terroristas tienen una concepción totalitaria del poder, no luchan por la libertad ni por el fin de una dictadura, luchan por hacerse con él.

El terrorismo no es, como muchos piensan, una reacción nacida de la pobreza de la sociedad que la sufre. El activo terrorismo vasco, el más dormido terrorismo catalán o el emergente gallego no son consecuencia de unas sociedades atrasadas, sino que surgen y se desarrollan en sociedades relativamente ricas y con instituciones económicas modernas. El terrorismo islámico es alentado por países y organizaciones con grandes recursos económicos. De hecho, si no fuera así, el alcance del terrorismo sería pequeño, local y con poca repercusión global, todo lo contrario de lo que buscan los criminales. La pobreza no deja de ser una justificación falsa alentada por la propaganda para dar cierta legitimidad a sus acciones, trampa en la que caen muchos, sobre todo los que aún piensan desde una perspectiva de la lucha de clases.

Las sociedades abiertas no deben caer en la trampa de dar legitimidad a los objetivos sociales y políticos de los terroristas. El terrorismo atenta directamente contra la vida, la propiedad y la libertad de las personas y lo hace de manera indiscriminada, ilegal e ilegítima. Pero una sociedad libre no debe olvidar que la seguridad no está por encima de la libertad; la lucha sin cuartel contra el terrorismo ni puede ni debe estar acompañada de una limitación de las libertades. Contra el terrorismo debemos luchar todos, los particulares y las instituciones públicas, civiles y políticas. La fuerza de los terroristas es en la mayoría de los casos el grado de aceptación popular en las sociedades donde se integran. Cuando los individuos rechazan el terrorismo, las bandas terroristas pierden uno de sus grandes pilares. No es el fin, pero se empieza a recorrer el camino que llevará a su desaparición.

El Estado, la peor desgracia de la humanidad

Afirmar que el Estado, el Gobierno, cada uno de los políticos, burócratas y funcionarios son la peor calamidad del hombre libre puede parecer exagerado y atrevido. ¿Es que no es peor el terrorismo internacional, los tsunamis, terremotos o el hambre en el mundo?

En la tradición libertaria siempre se ha asociado el Estado con una organización criminal que ha negado de una forma u otra la libertad al hombre. El liberal no hace excepciones y juzga a todos por igual. Los males necesarios son una contradicción. Si el crimen es perjudicial para la propia existencia del hombre, en ninguna circunstancia se puede permitir. Da igual que el criminal sea un vulgar ratero, la mafia o el Estado. Para el liberal, la privación por medio de la fuerza de la propiedad privada a otro hombre, es robo. No es menos criminal el carterista que nos usurpa nuestro dinero mediante el hurto, que el Estado con la extorsión de los impuestos. Para el liberal, es tiranía prohibir o regular los estilos de vida de las personas, da igual que se produzca en un régimen abiertamente totalitario o en democracia. Ningún sistema político es un fin, sino un medio y si éste niega cualquier grado de libertad no criminal al individuo, ha de ser combatido hasta que perezca.

Las grandes desgracias globales que nos asolan, las podemos separar en: factores humanos contra el hombre y factores naturales contra éste. Tales amenazas sólo son factores puntuales que, aún causando mucho dolor o pérdidas materiales (como los terremotos, grandes inundaciones, sequías, etc.), pueden ser resarcidos mediante el esfuerzo y cooperación de la comunidad y mercado. Tal cooperación además, no crea pérdidas netas en otros miembros. Ni mercado ni voluntarios sociales roban a unos como hace el Estado para dárselo a otros.

Sólo hay una excepción. Tal alteración se produce cuando el mal, no entendido en su vertiente moral sino ética, se legitima a él mismo perpetuándose en el tiempo. Entonces, la calamidad del hombre es constante. Sólo el imperio de la ley puede hacer que la justicia pierda su último fin llegando a contradecirse continuamente: el criminal se convierte en el que vela por nuestra seguridad física. El ladrón pasa a ser el que nos proporciona el bienestar material y el predicador y el tirano se convierten en los garantes de nuestra libertad.

El Estado nos promete seguridad, bienestar material y libertad, pero a la vez es el causante de innumerables muertes diarias en todo el mundo con sus guerras contra el terrorismo y sus tropas de pacificación. Nuestros supuestos defensores, la policía, se convierten en agresora fiscalizando a la gente honrada, multando al ciudadano por hechos no criminales, con inspecciones, registros y violando los estilos de vida de las personas. Es la hacienda pública, el supuesto encargado de distribuir la riqueza, el mayor ladrón nacional de cualquier país. Son los políticos y tecnócratas los principales asesinos de nuestras ambiciones y libertad con excusas técnicas y circunstanciales. Sus leyes de igualdad, salud, ecología, bienestar y socialistas no nos garantizan libertad individual alguna, sino que la destruyen.

El daño no sólo es inmenso, sino diario, continuo y creciente. Así como la cooperación voluntaria de la comunidad y mercado nos ayudan a luchar contra los desastres naturales y el crimen de los antisociales, nada nos puede hacer detener el gran monopolio de la violencia: el Estado, la peor calamidad del hombre que jamás ha existido. Sólo cuando la gente entienda la realidad que significa el Estado, las cosas podrán cambiar y entonces afirmaremos que los desastres puntuales, son las peores amenazas del hombre libre.

Antonio Ruiz de Elvira y el Juan de Mariana

Antonio Ruiz de Elvira, catedrático de Física, protesta porque "gente sin la suficiente preparación" realiza comentarios críticos contra la histeria catastrofista del cambio climático. Resulta risible que alguien que no para de decir y escribir estupideces (que no lloriquee, que él mismo usa estos términos para los demás) se queje de lo malos que son los que no están de acuerdo con él. Naturalmente no todo lo que produce son tonterías, y cuando se limita al ámbito de las ciencias naturales sus aportaciones son a menudo interesantes. Es cuando intenta argumentar en los ámbitos de la economía, la ética y la política cuando hace el ridículo combinando profunda ignorancia y fatal arrogancia.

Según él, entre los críticos a la visión oficial del cambio climático "hay dos tipos de personas: unas, aquellas evidentemente pagadas por las empresas petrolíferas y de otro tipo, empresas que no quieren cambiar de energía, aunque pueden hacerlo sin el menor problema ni la menor pérdida de beneficio". Pero no cita a nadie en particular, ni muestra ninguna prueba: ¿en la ciencia no es necesaria la evidencia? Resulta raro que empresas para las cuales un cambio no supondría ningún problema se opongan al mismo. ¿No será más razonable pensar que tienen intereses que pueden verse perjudicados y por eso se defienden? Pero no puede ser esto: Ruiz de Elvira ha decretado que les garantiza los beneficios. Él no es empresario sino funcionario, y seguramente no sabe gran cosa de gestión empresarial, así que queda pendiente averiguar de dónde viene su certeza.

Los otros críticos son "los fundamentalistas liberales, aquellos que escriben en Libertad Digital (LD) o en el Instituto Juan de Mariana (IJM). Estas personas piensan que preocuparse por el futuro va en contra de las ideas correctas u ortodoxas de la economía tradicional, que se basa exclusivamente en el equilibrio, es decir, en la no evolución del sistema económico-social. El credo de este fundamentalismo es muy sencillo: ‘Solo nos debemos interesar por comprar y vender hoy, sin aceptar que nuestras acciones de hoy pueden destrozar nuestros beneficios de mañana’. Es un error de bulto, propio de ignorantes absolutos, basado en una interpretación errónea de lo que son las ‘leyes de mercado’ y la ‘mano oculta de Adam Smith’."

Uno de los errores más comunes que cometen quienes no saben pensar bien es atribuir incorrectamente ideas a los contrincantes intelectuales (o quizás no es un error sino una muestra de deshonestidad). Igual cree que sus lectores son tan tontos que no son capaces de detectar esta falacia del hombre de paja: atacar a otros inventándose que dicen algo absurdo fácil de criticar. Una persona con un mínimo nivel de inteligencia no comete un error tan burdo: intentar explicar lo que piensan personas a quienes ni conoce ni comprende en absoluto. Se nota que desconoce por completo los fundamentos de la Escuela Austriaca de economía (estrechamente vinculada a LD y al IJM), que critica sistemáticamente los modelos de equilibrio, es fundamentalmente evolucionista y dinámica e insiste en la importancia de la coordinación intertemporal (preocuparse por el futuro). Y no se molesta en profundizar acerca de la interpretación correcta de las "leyes de mercado" y la "mano oculta de Adam Smith", porque obviamente no tiene competencia para ello.

Sigue haciendo el ridículo: "En vez de vivir como seres humanos, creadores, miembros de una especie que viene de lejos y quiere ir aún mas lejos, que quiere crear obras de arte y ciencia, es decir, estudiar y crear belleza, son como gallinas que picotean, que solo quieren vivir el minuto, que viven para la ganancia diaria que muere con la luz del día". Qué bonito lo de ser una especie que quiere cosas tan estupendas: lástima que en realidad sólo los individuos tienen voluntad (no los colectivos), y que las preferencias de las personas reales a veces no son tan grandilocuentes y entran en conflicto unas con otras (posibilidades de conflicto, costes de oportunidad). Él nos ve como gallinas tontorronas: ¿ha oído hablar del fenómeno psicológico de la proyección?

Además somos "inmensamente contradictorios consigo mismos" porque uno de nuestros héroes es Bush (contengan las risas, por favor) y nuestra doctrina favorita es "la desaparición de las subvenciones estatales" (por fin acierta en algo, pero tiene que ser casualidad) pero defendemos la energía nuclear, que ha sido y sigue siendo fuertemente subvencionada. Si se molestara en leernos con algo de cuidado tal vez vería que criticamos las trabas absurdas que se imponen contra la energía nuclear, pero defendemos la eliminación de subsidios y la internalización de costes en todos los sectores (como somos fundamentalistas tenemos fundamentos o principios éticos); él sin embardo insiste en subvencionar lo que haga falta las hoy muy caras y económicamente ineficientes energías renovables eólica y solar (si algún día son rentables tendrá el morro de ponerse medallas de que fue gracias a él, o que él ya lo predijo). También parece que "la economía americana" es "el paradigma del libre mercado" pero está muy intervenida y repleta de subvenciones a los amigos de los políticos: ¿esto lo ha descubierto él solito?; ¿cree que no nos habíamos dado cuenta?

Insiste en mostrar que es una nulidad como economista: "Respecto a los mecanismos de mercado, estarían muy bien si la información fuese completa. Pero puesto que sabemos que ésto es, hoy, y posiblemente en el futuro, un sueño, la idea del mercado cae por su propio peso". Aunque hay modelos neoclásicos anticuados y demasiado simples que caen en el error del conocimiento perfecto, los economistas del IJM estamos muy lejos de esa postura: como defendía Hayek, los mercados libres son imprescindibles precisamente porque el conocimiento es siempre parcial, local, imperfecto, limitado, disperso, tácito, no articulado.

Aún hay más: "Las ideas de Libertad Digital y del Instituto Juan de Mariana se basan en los axiomas de la teoría económica más rancia, esa teoría que propusieron Walras, Jevons y Pareto, basada en la estática física de finales del siglo XIX, en vez de en la dinámica. Se basan en la frase de Keynes: "No pensemos en el mañana", y en los siguiente axiomas: 1) La existencia de un equilibrio económico. 2) La racionalidad de los agentes económicos, es decir, de los seres humanos. 3) La idea de ganador/perdedor o de los juegos de suma cero. 4) La falacia del mercado libre. 5) Una economía lineal (1+1)=2."

Cuando se comienza una lista con Walras y Jevons, el siguiente suele ser… Menger, el que le falta de los marginalistas y el padre de la escuela austriaca (los que destrozan los modelos basados en la estática física, qué curioso). Pero claro, no se puede esperar ningún rigor de alguien que nos relaciona con… ¡Keynes! Insiste en la memez de que nos basamos en equilibrios; menciona la racionalidad como si fuera el primero en descubrir su problemática; no se da cuenta de que el mercado libre, el capitalismo, donde los intercambios son voluntarios, es un juego de suma positiva y no una falacia como las que él perpetra con asiduidad; y los problemas de la no linealidad son conocidos, pero él obviamente desconoce la naturaleza de los ciclos económicos (la teoría del dinero y el crédito y su manipulación estatal seguramente no son su fuerte). Según él "el dinero, como medida de la energía, ni se crea ni se destruye", y "el concepto de caro y barato es irreal y difícil de especificar".

"Tenemos la riqueza que tenemos porque disponemos de energía". Como decía un anuncio de neumáticos, la potencia sin control no sirve de mucho. "¿Cual era la riqueza mundial antes de 1800? ¿Qué fue lo único que cambió con el cambio de siglo? La puesta en marcha de la extracción masiva de carbón. La revolución industrial, fue, si bien se mira, una revolución energética. ¿Que le ocurrió al sistema económico cuando se puso en marcha la explotación masiva de petróleo?" Si tu única herramienta es un martillo, todo lo que veas te parecerán clavos. Para un físico que no domine lo que hay más allá de su ámbito, sólo cuenta la energía. La falacia marxista del valor trabajo va por allí. Ni una palabra acerca de la acumulación de tecnología (inteligencia), de capital (herramientas alimentadas por esa energía), y sobre todo del marco institucional adecuado (que evoluciona). "Es indiferente que se pague más o menos por la energía primaria, pues es la energía la única medida de la riqueza humana." ¿Mande? ¿Da igual lo que paguemos por la energía? ¿En serio? ¿Y medimos nuestra riqueza únicamente en términos de energía? ¿En julios o en ergios?

"Sería conveniente que las personas que escriben hubiesen reflexionado a fondo sobre lo que escriben. Que hubiesen profundizado en las ideas, no se hubiesen limitado a aprenderse los manuales de los cursos universitarios." ¿Se aplica el cuento? Está tan ciego que jamás verá su pedazo de viga y seguirá cubriéndose de gloria con sus despropósitos.

"Adam Smith introdujo ideas muy valiosas, lo mismo que Ricardo, que Jevons, Walras, Pareto, Marshall, y más cerca, que Georgescu-Roegen, Schumpeter, Hayek, que todos los premios Nobel de Economía." ¡Si le suena Hayek! Lástima que lo mezcle con otros (en especial Georgescu-Roegen) y que crea que todos los premios Nobel de Economía hayan aportado ideas valiosas: muchos son lamentables.

Todas estas sandeces las ha perpetrado en un par de artículos: hay muchas más. Recientemente comenzó su intervención en un debate sobre cambio climático comentando que si le dejaban hablar convencería a todo el mundo: ¡qué gran psicólogo y argumentador! Y en una charla hace pocos años le preguntaron si llovería en otoño: contestó simplemente que no, sin un solo matiz, ni detalle, ni explicación; fue el otoño más lluvioso en varias décadas.

Consumismo, modelo keynesiano y preferencia temporal

Suele ser frecuente hablar del consumismo como la consecuencia inevitable de un sistema capitalista como el que tenemos ahora. Algunos lo critican para descalificar al capitalismo, y otros lo alaban por defenderlo. Sin embargo, pocos ponen las cosas en su sitio y aclaran la confusa relación entre consumismo y capitalismo. (Según la RAE, el consumismo es la "tendencia inmoderada a adquirir, gastar o consumir bienes, no siempre necesarios".)

Antes de continuar, hay que aclarar que es muy discutible que vivamos en un sistema capitalista como afirman los críticos del mismo. Más bien, creo que sería más correcto llamarlo "capitalismo de estado".

Pese a que Juan Ramón Rallo ya enumeró de manera muy clarificadora una serie de prácticas intervencionistas que estimulan el consumo privado, creo que sería conveniente volver a este tema y apuntar dos argumentos que podrían complementar su artículo en favor de la tesis de que no es el sistema capitalista el que favorece el consumismo, sino que éste es fomentado principalmente por ideas y prácticas que nada tienen que ver con él.

1. Probablemente esta confusión tiene su más visible origen moderno en las ideas keynesianas. De manera generalizada se piensa que el consumo es el motor del crecimiento económico, y para apreciar esto, sólo hace falta acercarse por la gran mayoría de las facultades de economía españolas (y probablemente del resto del mundo), donde los modelos y teorías que todavía hoy se enseñan como lo más correcto y acertado son keynesianos.

En éstos, un aumento de la demanda agregada de la economía, como puede ser del consumo privado o del gasto público, hará que se incremente la producción, con lo que la renta del país aumentará. Además, cuanto mayor es la proporción de la renta que los ciudadanos dedican al consumo (y por tanto, menos al ahorro), mayor será la renta.

Podemos, pues, intuir que estas ideas que sitúan al consumo como la pieza clave de la economía capitalista, tratarán de fomentarlo, sea éste tanto privado como público. Para ello, otra pieza fundamental es la política monetaria, que a través del incremento de la oferta monetaria introducirá más dinero en la economía (con sus tan perniciosos efectos) y bajará los tipos de interés (artificialmente), lo que permitirá una mayor expansión del consumo, que a su vez aumentará la renta nacional, y así sucesivamente.

2. El siguiente argumento tiene que ver con la relación entre renta o riqueza y preferencia temporal. Se suele considerar que existe una relación inversa entre ambas, es decir, que cuanta más renta disponga una persona, la proporción de ésta que dedicará a bienes presentes será, habitualmente, menor, y en consecuencia, su proporción de ahorro será mayor. (Sin embargo, no existe consenso sobre la naturaleza de esta relación: si es una necesidad lógica (praxeológica) o una observación empírica generalizada, pudiendo existir excepciones. El artículo enlazado apunta a que esta relación es empírica, y no general, en base a contra-ejemplos muy sensatos.)

Por eso, a medida que un país crece en renta per cápita, habrá una cierta tendencia a que disminuya la preferencia temporal, produciendo un descenso en las tasas de interés, que permitirán una mayor inversión, apoyada en ahorro real (y no ficticio como sucede cuando hay inflación), lo cual es muy positivo para la economía.

Teniendo esta relación como generalmente cierta, resulta inmediato deducir que todo tipo de imposición fiscal que reduzca la renta o riqueza supondrá un incentivo a que se incremente la preferencia temporal de los individuos por los bienes presentes, fomentando un mayor consumo, lo que probablemente disminuirá el potencial de capitalización de una economía.

Pongamos un caso sencillo (no general; su propósito no es hacer ningún tipo de generalización), a modo de ejemplo ilustrativo de esta idea: imaginemos una persona que cobra 1.000 euros al mes. En ausencia de impuestos, y tras haber consumido en lo que ella considere más necesario, le quedan 200€, es decir, un 20% de su renta mensual la ahorra. Sin embargo, si tuviera que pagar, pongamos, un 25% de impuestos, le quedaría una renta mensual de 750€. Si tenemos en cuenta que en la situación anterior se había limitado a sus necesidades más urgentes (subjetivamente consideradas), en este caso apenas reducirá su consumo. Supongamos que ahora consume 700€, en vez de 800€. En esta nueva situación solo habrá podido ahorrar 50€, un 5% de su renta, ya que la parte de impuestos irá a parar a consumos varios por parte del Estado. Por tanto, sin impuestos, el 80% de 1000€ va a consumo, y con impuestos es el 95%, siendo una parte de ese porcentaje consumo estatal (coactivo), con lo que ello supone en términos de ineficiencia y pérdida de libertad.

Tras haber expuesto estos dos argumentos, y teniendo en cuenta las medidas apuntadas en el artículo de Rallo, esperamos haber aclarado que el excesivo cortoplacismo inherente al consumismo (¿puede ser una versión moderna de hedonismo?) no es propio de una economía capitalista, sino que es fomentado muy a menudo por el intervencionismo económico en todas sus formas, al que tanto contribuyeron las ideas keynesianas.

El consumismo es perfectamente criticable, así como lo es cualquier conducta social que, desde el punto de vista de cada uno, resulte perjudicial. Pero antes de criticar el sistema capitalista por conducirnos al consumismo más feroz, convendría tener en cuenta los aspectos aquí aludidos, para discernir qué teorías económicas son las que realmente favorecen el consumismo, y quizás ahorrarle al nombre del capitalismo uno de los tantos males por los que se considera, equivocadamente, culpable.