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Libertad, derecho de propiedad y principio de no agresión

Los conceptos de libertad, derecho de propiedad y principio de no agresión son equivalentes: son formas complementarias de referirse a las mismas ideas éticas fundamentales desde puntos de vista distintos; no son nociones contradictorias, las tres son útiles y necesarias y no tiene sentido intentar separarlas.

El lenguaje natural humano dispone de sustantivos y de verbos para referirse a cosas y procesos, agentes y acciones. En algunas circunstancias se enfatizan los sustantivos, los objetos físicos, los agentes y medios de acción; en otras se resaltan los verbos, los sucesos, lo que pasa, lo que se hace. La riqueza expresiva permite a los hablantes usar el tipo de lenguaje más adecuado sin pretender que es el único posible.

En matemáticas existen operaciones de transformación (transformadas de Fourier y Laplace) que asocian funciones equivalentes (contienen la misma información expresada de formas distintas) definidas según variables complementarias (como la intensidad de una señal variable en el tiempo y su espectro de frecuencias). En algunos casos solucionar un problema es mucho más fácil en el espacio transformado que en el espacio original, y por eso se asume el coste de realizar primero la transformación, resolver el problema y luego ejecutar la transformación inversa sobre la solución.

El ser humano actúa (hace algo) utilizando medios escasos (cosas presentes en la realidad). La persona es libre si actúa según su propia voluntad sin coacción externa; el derecho de propiedad define relaciones legítimas de posesión entre dueños y bienes económicos. La libertad enfatiza la acción, y el derecho de propiedad enfatiza los medios. La acción libre precisa de medios para llevarse a cabo, y la libertad tiene límites: no puede dañar la propiedad ajena. La propiedad es el ámbito en el cual toda acción está permitida (mientras no dañe a otro), el dueño es libre de hacer lo que quiera con sus posesiones; pero cada individuo no es libre de hacer lo que quiera con la propiedad ajena.

El principio de no agresión complementa las nociones de libertad y derecho de propiedad ligándolas con la legitimidad del uso de la fuerza: el ser humano agredido no es libre; no es ético atacar a otra persona o destruir o robar su propiedad (iniciar el uso de la violencia), y sí es justo utilizar la fuerza para defenderse. La agresión impide el libre ejercicio por la víctima de su derecho de propiedad.

Desgraciadamente el concepto de libertad es distorsionado por los colectivistas y confundido con otras nociones como la riqueza, el poder, o la ausencia de influencias; también es un concepto problemático cuando se refiere al libre albedrío como algo sobrenatural, indeterminado, causa de sí mismo. El derecho de propiedad es a menudo ninguneado en los ámbitos jurídicos y constitucionales, donde se ignora que es el único derecho natural del cual derivan todos los demás; sólo se le otorga una utilidad instrumental al servicio de otros pseudoderechos políticos. El principio de no agresión queda enterrado bajo múltiples excusas que falazmente pretenden justificar la intromisión estatal.

Para construir una ética científica (precisa, rigurosa, consistente) es conveniente explicitar las relaciones entre los tres conceptos básicos (libertad, derecho de propiedad y principio de no agresión) que se refuerzan y aclaran mutuamente.

La carga del desarrollo

El Gobierno socialista español gastó un 0,32 % del PIB en Ayuda Oficial al Desarrollo (AOD) en 2006 (descontada la cancelación de la deuda pendiente de 2005). La cifra llegará al 0,42 % este año, lo que significará que, en algo más de tres, los socialistas habrán gastado en este concepto tantos miles de millones de euros como los que gastó el gobierno del PP en dos legislaturas. No está mal. En esto Zapatero no defraudará a quienes le confiaron su voto, ya que, como parte del elenco intervencionista, la ayuda exterior goza de lugar preferente en el programa de cualquier partido político en Occidente. Incluso los republicanos de Bush se han gastado en ayuda internacional más dólares (ajenos) que el demócrata Clinton.

La primera pregunta, que difícilmente nos hacemos, es: ¿por qué hay que hacer tal cosa? La siguiente, soslayada la primera, es: ¿ha servido de algo el dinero gastado hasta ahora?

A Peter Bauer le parecía una auténtica jugarreta que se le llamará ayuda a semejantes transferencias de capital. Al fin y al cabo, ¿quién puede estar en contra de ayudar a los más desfavorecidos del mundo? La compasión y la primitiva letanía autoinculpatoria que ya esbozara Lenin en su famoso librito sobre el estadio supremo del capitalismo, esto es, el imperialismo, han servido de acicates para que Occidente haya gastado 2,3 trillones de dólares en ayuda exterior en 50 años. Una cantidad que, según sus defensores, nunca será suficiente, ya que a cada programa de ayuda siempre le sigue otro que invariablemente implica más presupuesto. Un ejemplo significativo a este respecto lo ofrece la presidencia de Robert McNamara en el Banco Mundial, cargo que ostentó desde 1968 hasta 1981. En esos 13 años logró que el volumen anual de los préstamos concedidos por el Banco se incrementara 12 veces, alcanzando la cifra de 12,3 billones de dólares para financiar apenas 300 proyectos. Cifras aparte, lo verdaderamente significativo es que el protagonismo en estos programas es para la cuantía de la ayuda y no, en líneas generales, para los resultados alcanzados en el uso de la misma. Resultados que, muy significativamente en el caso de África, se traducen en valiosas mejoras de la calidad de vida de ciertos grupos pero no en incrementos discernibles de los ratios de crecimiento, algo que ya señaló Fredrik Erixson del Timbro en un revelador artículo.

William Easterly apuntaba en The white man’s burden (2006) que las buenas intenciones que pretenden aliviar la pobreza desde arriba, es decir, mediante la planificación teledirigida por organismos internacionales, no sólo suelen terminar en un rotundo fracaso, en términos de crecimiento económico sostenido, como el señalado para Africa, sino que, además, pueden acarrear consecuencias trágicas no intencionadas. Frente a la planificación grandilocuente que practican los organismos internacionales desde las moquetas se debe propiciar la búsqueda "empresarial" en el terreno protagonizada por los que quieren solucionar sus propios problemas. Una búsqueda guiada por incentivos, por el "ensayo y el error", un feedback necesario con el que no suelen contar los burócratas del politburó del Desarrollo.

Y es que para Easterly, enzarzado con un duelo mucho más que académico con Jeffrey D. Sachs,

la ayuda externa nunca ha logrado escaparse de sus orígenes colectivistas. Las fantasías colectivistas contemporáneas, como el gran empujón para alcanzar los Objetivos de Desarrollo del Milenio, fracasarán con la misma contundencia con que lo hicieron las variedades del colectivismo en el pasado. En efecto, la misma ONU da cuenta del hecho de que ya están fracasando (creativamente ven esto como un motivo para solicitar incluso mayor financiación para el gran empujón).

El "Desarrollo" se ha convertido en una ideología, una amenaza a la libertad: la única respuesta a la reducción de la pobreza es tener libertad para no recibir consejos.

Ya que nuestros políticos están abonados a la filantropía vía presupuestos, deberíamos al menos exigirles resultados y no darles, con nuestro voto y nuestro silencio, un cheque en blanco con el que financiar esta nefasta ideología. Easterly utiliza un ejemplo que se puede traducir directamente a nuestras coordenadas cinematográficas: los productores españoles no pueden pretender que juzguemos sus películas por su presupuesto (que también pagamos, por cierto) sino por su calidad, que coincida con nuestros gustos. Es decir la ayuda no es buena por su cuantía, sino por sus resultados. Además, y aquí se rompe la analogía, quienes ven la película, en el caso de la ayuda, no son los mismos que pagan el ticket.

Educación nacional, educación irracional

Ahora que de nuevo sale a la palestra el tema de la educación en España, por la fantástica propuesta adoctrinadora del PSOE de introducir la materia Educación para la ciudadanía, un remedo de las asignaturas fascistoides del régimen de Franco pero en versión socialdemócrata, es preciso replantearse el sistema por entero y ver si realmente los parches pueden reparar la rueda.

Si las ruedas tienen un propósito, la educación tiene el suyo propio, formar. Sabiendo que la educación pública falla como todo lo público y, además, los resultados son objetivamente lamentables, por puro utilitarismo deberíamos dejarla de lado. De hecho, cuando se sabe que los propios políticos que impulsan con denuedo la educación pública llevan a sus hijos a colegios privados (ni siquiera concertados), como es el caso del señor Montilla, cuya progenie acude a uno de los centros más exclusivos de Barcelona, podemos empezar a dudar de las bondades de la enseñanza gratuita.

Mientras que la educación esté en manos de los políticos, estamos constreñidos por sus decisiones. El ejemplo más preclaro es el de Cataluña, donde los derechos lingüísticos son vulnerados constantemente. Al estar ante una competencia cedida a la Generalitat, este ente hace y deshace sin rubor hasta el punto de que estudiar en español es como ser libre en Cuba: una quimera.

La solución de la derecha es siempre la misma: recuperar el sentido común y prometer que si ellos gobiernan acabarán con semejantes tropelías, pero el problema sigue en el aire, como un nubarrón que amenaza tormenta. Y el problema, algo que nunca nos cansaremos de repetir, es el Gobierno.

El hecho de que haya lenguas oficiales, que exista el derecho y el deber de conocerlas, hace que por obra y gracia de la Constitución española todos los niños catalanes, vascos, valencianos o gallegos tengan que ser obligados a aprender las lenguas locales y el español.

El idioma es lo que, según los nacionalistas nos define como miembros de la comunidad nacional. Consecuentes con tal tesis, quieren desterrar el español como idioma, rememorando las "hazañas" (sic) de la dictadura del "generalísimo" cuando se propuso eliminar el vasco o el catalán de la faz de la tierra. La combinación de la educación como derecho positivo con la cooficialidad de los idiomas ha dado alas a los nacionalistas para implantar su ingeniería social. Entregarles la llave de las mentes de los niños ha permitido extender el número de acólitos que sucumben al nacionalismo.

Por eso, junto con la privatización total de la educación, la solución pasaría por dejar en manos de los padres el idioma en que quisieran educar a sus hijos y que cada cual se pagara dicho coste, eliminando de una vez por todas el monopolio educativo. La propuesta es ciertamente radical y conllevaría la educación "anacional", es decir, una educación donde la lengua no es óbice para la libre decisión de los padres ni vía libre para el lavado de cerebro de los políticos.

Treinta años después del comienzo de la democracia, los resultados demuestran que el nacionalismo ha conseguido expandir su influencia gracias a la educación y que, en términos generales, la enseñanza es lamentable en este país. Así que podemos seguir estudiando las propuestas de los políticos de turno pero ninguna medida podrá salvarnos de la opresión educativa, cuya destrucción que pasa por echar abajo el mito de que el Estado debe educar a los hijos. Aunque nos hayamos acostumbrado a ella, es una idea tan opresiva como aquella de Platón de imponer el amor de las madres por cualquier niño, quitándole su retoño nada más nacer para que así quisiera luego a todos los chicos de forma igualitaria. De nuevo, el igualitarismo y la igualdad de oportunidades que pretenden impulsar los gobiernos son la excusa para seguir descerebrando a los niños. Frente al axioma "educación nacional, educación irracional" conviene empezar a plantear el lema "educación anacional, educación racional". Liberarnos del nuevo espíritu nacional-socialista es lo verdaderamente progresista.

Liberalismo y democracia

Resulta curioso que el debate teórico acerca de la democracia desarrollado a las puertas del siglo XX y comenzado ya el siglo XXI, con los enormes avances en materia de conocimiento y tecnología que disfrutamos, se siga sustentando sobre la base de conceptos y argumentaciones que se remiten al modelo de democracia directa, que se concibió en las postrimerías del siglo V a.C., constituyendo Atenas su ejemplo práctico más paradigmático.

Al mismo tiempo, desde la óptica contraria, inserta en la perspectiva crítica liberal, se vuelve a cuestionar mediante la restauración de conceptos liberales clásicos la vigencia y validez de un modelo, el representativo, que se creía ya permanente e inamovible, pero que, sin embargo, ha evolucionado de modo paradójico justo en contra de lo que sus fundadores pretendían con su instauración. Esto es, el control y la restricción del poder político con el fin de defender y garantizar la libertad y ámbito privado de los individuos.

Nuevamente resurge el dilema que siempre ha estado presente en la historia de la humanidad: el problema del poder, en cuanto a su titularidad, su ejercicio y su particular naturaleza. En las últimas décadas del siglo XX se viene produciendo un debate teórico tendente a cuestionar la vigencia de tal modelo (democracia representativa) por verse éste supuestamente afectado por una situación de crisis, si bien es cierto que la interpretación de la misma difiere en función del análisis de dos problemáticas divergentes: en tanto crisis de representación o legitimidad (visión neomarxista), o bien crisis de gobernabilidad (perspectiva neoliberal).

Estas dos corrientes analíticas opuestas y enfrentadas no sólo difieren en el problema, sino fundamentalmente en la solución que proponen. Mientras que la primera opta por reclamar una mayor participación ciudadana en el ámbito de la esfera pública con el fin de reforzar la construcción de una "auténtica democracia", la segunda propone un modelo que limite el poder político y maximice la libertad individual, consistente en la formación de una Estado mínimo.

Este regreso o restauración teórica de conceptos y modelos interpretativos clásicos cuyos principales referentes se sitúan en épocas y períodos pertenecientes al pasado, la Antigua Grecia y la Época Moderna, respectivamente, derrumba la teoría del "fin de la historia". Lo cual no debe extrañarnos si tenemos en cuenta que, si bien es cierto que las circunstancias y condiciones de las sociedades actuales son radicalmente distintas, el problema central de la Política sigue careciendo en la práctica de una solución final y definitiva. Esto es, la configuración del mejor régimen posible y, por consiguiente, la articulación y ordenación óptima del poder político.

La pregunta central que viene a colación sería, pues, la siguiente: ¿por qué ha de ser considerada la democracia como el mejor régimen político posible? La respuestaa tales cuestiones deriva de nuestra particular concepción acerca de lo que consideremos el principal valor a tener en cuenta en toda sociedad: la igualdad(democracia) o la libertad (liberalismo). Así pues, en función de la primacía de uno u otro, obtendremos sistemas políticos plenamente opuestos:

  1. Si el único valor a tener en cuenta es la igualdad, en tanto participación en el poder político, la consecuencia que se deriva de ello será la instauración de la democracia, una tradición teórica cuyo énfasis recae en el quién: ¿quién debe gobernar?
  2. Por el contrario, si lo fundamental es la defensa de la libertad del individuo, no cabe duda que el modelo a seguir será el concebido por los fundadores del liberalismo político primigenio, en tanto conformación de un Estado netamente liberal, una tradición que se centra en el cómo: ¿cómo se debe gobernar?

Lo paradójico de tal temática es que hoy en día la democracia es concebida en todo su esplendor como forma de gobierno deseable e, incluso, como el único sistema legítimo a tener en cuenta en el ámbito político mundial. Al hilo de tal exposición, cabe decir que, históricamente, tan sólo han existido dos modos de concebir la libertad, valor básico del individuo: la libertad moderna, concebida como independencia del individuo con respecto al poder en un determinado círculo de actividades; y la libertad antigua, consistente en el hecho de participar activamente en el Gobierno, siendo así el individuo libre por el simple hecho de que participa en la elección de su dueño y orientador de sus designios vitales.

Siguiendo las definiciones expuestas, llegamos a una conclusión ciertamente significativa y sorprendente: la libertad contemporánea ha sufrido un retroceso tal que, por paradójico que nos pueda resultar, se asemeja mucho más a la concepción antigua que a la moderna. Es decir, la libertad actual centra su objeto y punto de atención mucho más en la participación que en la defensa de las libertades individuales y restricción del poder público. En este sentido, se ha cumplido ciertamente la predicción señalada por Constant en su crítica al pensamiento de Rousseau, en tanto que la implantación del sistema democrático supondría "la total sumisión del ciudadano para que la nación triunfe y que el individuo se convierta en esclavo para que el pueblo sea libre".

Así pues, hemos vuelto al sistema de libertad de los antiguos, sólo que ahora su práctica, inherentemente problemática y claramente inferior a la concepción moderna, se ha visto infinitamente agravada por las extraordinarias dimensiones del Estado y formación política actuales.

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Una radiografía de la justicia redistributiva

Agotado un tanto el filón de la telebasura "fabricada", las televisiones parecen haberse puesto de acuerdo en elaborar programas de telebasura "revelada", por usar las categorías taxonómicas del profesor Gustavo Bueno. En el primer caso estarían programas como Gran Hermano o similares, y en el segundo los espacios de testimonio o, simplemente, los retratos costumbristas realizados con pretensiones documentales por un periodista y un cámara. Uno de estos últimos casos es el programa Callejeros de la cadena Cuatro, cuyo visionado aconsejo a todos aquellos que aún dudan de la perversión intrínseca del llamado Estado del bienestar.

Dos ejemplos. El primero es el de un anciano que malvive en un cuchitril del barrio del Raval en Barcelona, cuya única forma de supervivencia es la pensión de cuatrocientos euros que el Estado paga a todas aquellas personas que no han cotizado al sistema público en toda su vida. Interrogado por las causas de su estado de necesidad, el anciano relata a la cámara que en toda su vida no hizo otra cosa que actuar, esporádicamente, en tablaos flamencos. Y lo pasaba muy bien, venga taca-taca-taca-taca y arsa y olé. Nunca ahorró ni un euro ni se le pasó por la cabeza destinar una parte de sus ingresos para cuando sus articulaciones ya no le permitieran bailar zapateados. El resultado es el normal en estos casos, malvivir con una pensión y sufrir toda clase de penalidades, con más motivo aún cuando no existe una familia a la que recurrir. ¿Debemos sentir pena por este señor, que es lo que parece que el reportaje quería provocar en el espectador, con imágenes dramáticas y lágrimas furtivas cayendo por el rostro del personaje? ¿O debemos, por el contrario, convenir en que el drama de este anciano se debe únicamente a su entera responsabilidad?

Segundo ejemplo. En un barrio de Madrid, un edificio entero está habitado por vecinos de la etnia gitana. Durante el reportaje, la periodista entrevista a varios adolescentes, ninguno de los cuales acude al colegio. En su lugar, la mayoría de ellos se dedica al lucrativo negocio del robo de motocicletas. Incluso detallan a la cámara cómo hacen para cambiar las matrículas y evitar la detención de la policía. Los más mayores se dedican a otros negocios más interesantes, como atestigua la clientela que acude a los aledaños del edificio a comprar la mercancía que ofrecen. En algunas viviendas hay mucha gente hacinada y, en otras, el programa recoge testimonios de jóvenes casaderas que quieren independizarse. Quieren, en pocas palabras, que el Gobierno les dé una casita para irse a vivir con sus churumbeles y su marido. La periodista (recuerden, de la Cuatro), que después de varios meses escuchando la misma retórica parece haber empezado a poner en cuestión la moralidad de que unos deban financiar a otros lo que no quieren obtener por la vía del trabajo y el esfuerzo, pregunta a una de las entrevistadas:

– Los gitanos siempre pedís viviendas. ¿Por qué no las compráis como hace todo el mundo.
– Porque… porque no tengo con qué – zanja la interfecta.

En las calles que rodean al edificio, entre montones de basura sin recoger, aparecen perfectamente aparcados varios vehículos de superlujo.

Estos son algunos resultados de la redistribución de riqueza por el estado: el subsidiar a los vagos a costa de la gente productiva. ¿Cuál de estas actitudes vitales resulta incentivada por este estado de cosas? La respuesta es tan obvia que incluso el ministro Caldera podría responderla a poco que se concentre.

Kleftes, armatores, anarcocapitalistas y liberales

Si hay algo que me asombra de Red Liberal es la fuerza y virulencia a la que llegan las disputas entre liberales clásicos y anarcocapitalistas. No dudo que son, sobre todo, debidas a la distancia que imponen las comunicaciones electrónicas; está bien estudiado que el lenguaje escrito tiende a parecer más agresivo: las mismas palabras acompañadas de un cierto tono de voz o de ciertos gestos en la cara nos parecerán mucho menos graves. Razón por la que hay ciertas cosas que es mejor no decir por correo electrónico, pues aumentamos el riesgo de que se nos malinterprete.

Pero me estoy desviando un pelín. La sorpresa viene porque disputas tan etéreas puedan llegar a ser tan enconadas. Unos piensan que el Estado es el mal absoluto y, por tanto, los liberales que no optan por destruirlo no son auténticos liberales. Jesús Huerta de Soto ha llegado a concluir que él no es liberal, sino anarcocapitalista, y que los liberales clásicos son utópicos porque se creen que puede existir un Estado mínimo y que no crezca. Los liberales tradicionales consideran que es precisamente el Estado el que garantiza que podamos tener ciertas libertades, si bien éstas nunca puedan ser completas precisamente por la existencia de ese monopolio de la coacción, y que la lucha debe ir encaminada a desembarazar al monstruo de todas aquellas funciones que dañan nuestras libertades sin aportarles nada. Así, los anarcos harían daño a la causa asustando a la gente que podría ver en el liberalismo una opción interesante pero sale huyendo ante una propuesta tan radical y poco realista.

A unos y otros me gustaría contarles una historia de tantas. En la Grecia bajo el control otomano, en regiones montañosas como Rumelia, la autoridad del Estado no tenía una presencia muy notable que digamos. La autoridad era principalmente local y ejercida por patriarcas. Grupos de bandidos llamados kleftes robaban a viajeros desarmados, se apostaban en los desfiladeros para atacarlos y en ocasiones atacaban directamente a las aldeas. Los campesinos les tenían tanto miedo como a los representantes del Estado.

Alí Pasha, que no era precisamente un gobernante tonto, decidió conceder la amnistía a los bandidos más exitosos para que formaran armatores, o bandas paramilitares que reprimían el delito en su zona de la montaña, bajo el mando de un kapitanos. Esto no dejaba de ser un reconocimiento a una labor exitosa como bandido. Los más conocidos fueron Georgios Karaiskakis, Nikita Stamatelopoulos, Theodoros Kolokotronis y Odysseas Androutsos, que más tarde lucharían en la guerra de independencia de Grecia.

En Occidente, donde la barrera entre Estado y delito está firmemente establecida, resulta en ocasiones difícil ver el parecido que puede tener el primero con una mera banda de delincuentes exitosa. Pero así es como siempre surge un Estado; siendo el monopolio de la coacción, es natural que sean los profesionales de la violencia quienes lo establezcan. Razón de más, dirán los anarquistas, para negarle legitimidad moral. Razón de más, dirán los liberales clásicos, para considerar que resulta ingenuo esperar que el anarcocapitalismo funcione; siempre habrá una banda especialmente exitosa en el negocio de la protección. Y ambos tendrán toda la razón.

El Estado tiende a crecer, de modo que resulta ingenuo, o utópico en palabras de Huerta de Soto, pensar que puede mantenerse a éste con las funciones mínimas imprescindibles. Sin embargo, el anarcocapitalismo también tiende a crear estados; por más que las agencias de seguridad, en general, puedan no convertirse en monopólicas, basta un breve periodo en un lugar concreto para que así ocurra. Aunque a largo plazo los monopolios en un mercado libre sean insostenibles, siempre y cuando exista demanda suficiente para el bien que comercializan, a corto sí que pueden mantenerse, y eso es todo lo que necesita una agencia para convertirse en Estado y prevenir la competencia futura. Otras agencias podrán intentar revertirlo, pero ese proceso sólo tendría un nombre conocido: guerra.

Entonces, si ningún objetivo es viable, ¿por qué esforzarse? Simplemente porque ningún sistema político es estable, y el que nuestros sistemas ideales tampoco lo sean no debería llevarnos a abandonar, porque son más deseables que la situación actual. Y el camino que lleva hacia ellas es compartido, y resulta improbable que en nuestras vidas lleguemos al punto en que las diferencias entre liberales clásicos y anarcocapitalistas tengan importancia más allá de la académica. Claro que quizá sea precisamente eso lo que hace tan enconados estos debates para algunos, que les importa más el mundo de las ideas puras que el mundo real y las libertades que nos faltan. Discúlpenme si a mí no.

Desde Londres

Llevo seis meses trabajando y viviendo en Londres. Supongo que una ciudad tan rica en matices no deja a todos la misma huella, pero en cualquier caso os comento algunas de mis impresiones.

La sensación que uno tiene paseando por las calles de Londres, yendo en metro o en el lugar de trabajo, es que la diversidad (cultural, racial, religiosa) no lleva necesariamente al enfrentamiento. Londres es, con el permiso de Nueva York o Toronto, la ciudad más cosmopolita del mundo. Un 30% de sus ocho millones de habitantes ha nacido en el extranjero y una parte del resto son inmigrantes de segunda o tercera generación. Se hablan más de 300 lenguas y hay hasta 50 comunidades foráneas con más de 10.000 miembros. Para nativistas como los de VDARE esto supone poco menos que estar al borde del abismo, pero lo cierto es que existe una arraigada conciencia de “ciudad internacional” en Londres, también por parte de todos los ingleses que he conocido. La diversidad londinense no es solo algo con lo que hay que convivir, es para mucha gente uno de sus principales activos.

A mí me parece fascinante salir de copas con los compañeros de trabajo y poder charlar con gente de quince países distintos. Contra Hoppe, que sostiene que los individuos quieren relacionarse solo entre iguales y que la diversidad conduce a la guetización, Londres es la prueba de que mucha gente emigra a una gran ciudad precisamente paraexperimentar esa diversidad y de que el contacto intercultural no produce conflicto sino familiaridad.

El Reino Unido tiene un mercado laboral bastante flexible en comparación con la Europa continental. Es una realidad que se remonta a los tiempos de Tatcher y que los gobiernos sucesivos se han abstenido de alterar en lo fundamental. Así, mientras el paro en Francia, Alemania o España ronda el 10%, en UK el nivel de paro es similar al de Estados Unidos, alrededor del 5%.

Ya me dijeron desde un primer momento que encontrar trabajo en Londres is not an issue. La movilidad es altísima. En la empresa donde trabajo, en mi departamento, cada dos semanas entra alguien nuevo y sale otro. No porque lo despidan, sino porque encuentra algo mejor. Las empresas están sujetas a una fuerte competencia, saben que sus empleados tienen muchas alternativas allí fuera e intentan retenerlos con salarios altos, promociones y un buen ambiente de trabajo.

Una muestra de la flexibilidad del mercado laboral inglés es la posibilidad de salirse (opt out) de la jornada laboral de 48 horas. A diferencia de los demás países europeos, en el Reino Unido puedes firmar un acuerdo con tu empleador que te permite trabajar tantas horas como quieras. Una de las ofertas de trabajo que tanteé seriamente al principio, dado mi precario inglés y mi impaciencia por encontrar algo, fue la de asistente de cocina (eufemismo de lava-platos) en un gastro-pub. Consistía en trabajar todos los días de la semana, un total de 60 horas, por 5.5 libras la hora (que vienen a ser un total de casi 2000 euros al mes).

Para los socialistas de todos los partidos una jornada laboral de 60 horas no respeta la dignidad del trabajador y, a la francesa, debe limitarse por ley. Esta medida, sin embargo, solo hace que los empleadores contraten menos o paguen salarios más bajos, y en el margen hace que algunos negocios dejen de ser rentables y otros tantos no se creen porque la rentabilidad esperada no es lo bastante atractiva. ¿Es más digno cobrar menos o estar en el paro que trabajar más horas? Que lo decida el trabajador. Yo hubiera preferido trabajar 60 horas cobrando 2000 euros que las 35 horas francesas por la mitad.

La inabarcable oferta de bienes y servicios en Londres es reflejo de un mercado dinámico e innovador. Inglaterra tiene fama de tener una pobre gastronomía. Eso es cierto en lo que respecta a la gastronomía autóctona, pero en Londres si algo abunda es la gastronomía no-autóctona (incluidos restaurantes de tapas españoles).

Es una de las ciudades más caras del mundo, pero puedes apañártelas para comprar barato en supermercados como Tesco, el omnipresente Wal-Mart británico, o en los kilométricos mercadillos del fin de semana. Para encontrar piso (y trabajo) no hay mejor herramienta que Gumtree, una web comunitaria de anuncios que es gratuita tanto para los que postean como para los que buscan ofertas, y que es un buen ejemplo de como la sociedad no necesita del Estado para dar con soluciones imaginativas a determinadas necesidades. También puedes comparar los precios de las distintas agencias de viajes, aseguradoras, bancos y empresas de servicios en páginas como MoneySupermarket.com

Hay varios think tanks liberales en Londres. El más radical y uno de los más activos es el Libertarian Alliance. Tim Evans, su director, hace una breve valoración del mandato de Tony Blair, que recién ha abandonado el número 10 de Downing Street en favor de Gordon Brown, igual de nefasto pero más aburrido. En el horizonte, algunas sombras: el pasado 1 de julio entró en vigor una ley anti-tabaco bastante más expeditiva que la española, la Unión Europea presiona para finiquitar el opting out británico, y el DNI será introducido en los próximos años. En la arena política, los lib dems nunca se sabe de qué pie cojean y los tories parecen tan perdidos como de costumbre, y tan carentes de principios como el PP.

Sería interesante que aquellos que habéis vivido por un tiempo en Londres comentéis vuestras propias impresiones.

Ampliando la custodia estatal sobre la Naturaleza ibérica

Nuestros actuales planificadores legales tienen ya pergeñada una nueva Ley (otra más) que regula el patrimonio natural ibérico y su biodiversidad. Mis peores temores se han visto confirmados: van a hacer de su conservación un objetivo colectivo, moral y nacional.

El proyecto de Ley del Patrimonio Natural y de la Biodiversidad recientemente aprobado por nuestro resuelto Gobierno, a propuesta del Ministerio de Medio Ambiente, va a sustituir la actual Ley 4/1989 para endurecer más aún, si cabe, la ordenación de nuestro territorio nacional (si bien muy extenso en superficie, escasamente disponible por culpa del consabido monopolio político-urbanístico). En su tramitación parlamentaria para después de este verano, ningún partido social osará enmendar la plana (so pena de excomunión laica) a este proyectado objetivo de planificación ambientalista.

Es penoso ver la hostilidad que muestra este proyecto de Ley hacia los otros pobladores (humanos) de dichos espacios naturales (agricultores, cazadores o sus propietarios bien definidos). Son ellos los que han dado sobradas muestras de gestionarlos mejor y no sus custodios estatales. Que estos últimos permitan un desarrollo sostenible por iniciativas meramente privadas y no subvencionadas o una protección privada de la biodiversidad parece algo imposible. Cualquier acción humana que afecte, incluso accidentalmente, alguna zona, planta o animal protegidos, acarreará multas millonarias. El festín sancionador y preventivo que se avecina por éste y otros proyectos legislativos en ciernes es abrumador.

Esta injerencia legislativa va a suponer otra nueva restricción impuesta al mercado en aquellas zonas delimitadas por los administradores ambientalistas de vidas y haciendas ajenas. Las comunidades autónomas han colaborado ya a ello y van a reforzar aún más este estanco de disponibilidad de sus respectivos territorios en su previsible carrera eco-reguladora.

Qué duda cabe que las Directivas de Aves (79/409/CEE) y de Hábitats (92/43/CEE) ayudaron mucho a alentar esas tendencias ordenancistas de nuestra particular especie íbero-reguladora. Fruto de ello, los europlanificadores diseñaron la denominada Red Natura 2000 (una suerte de programa ecológico paneuropeo) para poner fin “de una vez por todas” a la pérdida de la biodiversidad en los hábitats naturales terrestres y marinos de toda Europa de aquí al 2010, para deleite de las conciencias político-ecologistas del continente. Pocos sospechábamos que el legislador español iba, poco más tarde, a tomar impulso y dejar muy cortas estas orientaciones generales decretadas desde la Unión.
 

Pese a que la propia Directiva de Hábitats reconocía la necesidad de aplicar criterios flexibles cuando la superficie protegida saliera más del 5% del territorio nacional, (art. 4,2) y pese a que, además, la última cumbre onusina de Biodiversidad reunida en 2006 en Curitiba recomendaba proteger, al menos, un 10% de cada región ecológica, a nuestros representantes celtíberos les parecieron estas prevenciones bien poco y han establecido la custodia estatal(entre ZEPA y LIC solapados) de un 23% del territorio patrio.

La aportación media de los países europeos a esta superficie de protección intocable es de un 12%. Los más desarrollados (Alemania, Francia y UK) se han tentado las ropas y han sacrificado al sacrosanto altar de lo inmaculado no más el 7,9% (1,2). Nuestros políticos, con casi un cuarto de la superficie nacional, han querido ser, junto a eslovenos y eslovacos, los quijotes más verdes en esta cruzada conservacionista.

Nuestra todavía vigente Ley 4/1989 y sus desarrollos reglamentarios forman parte de un proceso político de cuasi-nacionalización creciente de espacios naturales que se inició con la Ley 15/1975, primera regulación nacional conservacionista, que protegía tan sólo meros y razonables enclaves (hoy con su propia ley). Luego el régimen jurídico protector del Estado (con las comunidades ya incorporadas por reparto constitucional en art. 149,1.23) se amplió a espacios cada vez más extensos (junto a mucha de su flora y fauna silvestres) para, finalmente, desembocar en este proyecto de Ley que engloba blindajes casi absolutos sobre zonas cada vez más vastas; a saber: áreas marítimas protegidas, espacios naturales incluidos en la Red Natura 2000, corredores ecológicos entre espacios naturales, áreas de montaña, espacios protegidos transfronterizos, toda la flora autóctona y toda especie animal silvestre (insectos incluidos), sus nidos, sus crías o sus huevos, estos últimos aun estando vacíos (sic).

A parte de sus excelentes intenciones, la ceguera de los conservacionistas, en su afán de extender su manto salvífico sobre la naturaleza, es pensar que todo acto de producción humana que use recursos naturales es un empobrecimiento de los tesoros de la naturaleza (lo dado estáticamente), sin atender al papel que la inteligencia humana juega en el proceso creativo de constante incremento en el suministro de recursos naturales económicamente utilizables, tan necesarios para todos nosotros y para las generaciones venideras.

Las innumerables ocurrencias interventoras de semejantes amigos ibéricos de la Naturaleza (1,2,3,4,5,6,7) tendrán irremediablemente efectos perjudiciales para nuestro progreso económico futuro.

Libertad y desarrollo

Al estudiar las diversas estadísticas que existen sobre los diferentes países del mundo, una de las cuestiones que casi inevitablemente se plantea es el motivo por el que los ciudadanos de unos y otros viven en condiciones tan distintas. El hecho de que, por norma general, la mayoría de los ciudadanos de determinados países tengan grandes dificultades para poder satisfacer sus necesidades más básicas de sustento, vestido y habitación, mientras que en otros este problema es marginal, es algo que a muy pocas conciencias deja de preocupar.

Las razones por las que una persona puede encontrarse en esta situación son muy diversas. No obstante, cuando la concentración de pobreza es muy elevada en determinados países, y no tiene muchos visos de mejorar conforme van transcurriendo los años, cabe indagar si existe algún factor común que explique esta situación.

A la hora de analizar estos países nos encontramos cierta heterogeneidad. Así, podemos encontrar países con régimen relativamente democrático o dictatorial, con alta o baja densidad de población, grandes o pequeños, etc. No obstante, sí que existen indicios que permiten concluir que gran parte de las personas de dichos países han perdido la esperanza en que su trabajo personal les pueda servir para mejorar su situación personal, y ha quedado reducido a una mera herramienta de supervivencia.

Pese a que muchos ciudadanos tienen dicha percepción de su situación en su país de residencia, ésta deja de existir cuando se cambia de nación, incluso aunque hablemos de las mismas personas. Es por ello por lo que muchos ciudadanos deciden abandonar su patria de origen con destino a otra y convertirse en emigrantes.

Esta situación no es estática, sino que varía a lo largo del tiempo. Así, entre la década de los cincuenta y los ochenta, países como Venezuela fueron receptores de emigrantes de distintos países, atraídos por la riqueza que proporcionaba la industria petrolífera. Sin embargo, hoy en día, pese a tener los mismos recursos naturales, un tercio de los ciudadanos de este país afirman que lo abandonarían de tener la oportunidad.

Esta situación no es exclusiva de este país, sino que se repite en Argentina o, con especial crudeza, en Cuba.

A la hora de analizar los motivos por los que no sólo los ciudadanos extranjeros, sino incluso gran parte de los nacionales, han perdido la esperanza de que su esfuerzo personal sea adecuadamente recompensado en el lugar que les vio nacer, sólo cabe concluir que creen percibir algún tipo de obstáculo infranqueable. Éste les impediría que cualquier esfuerzo fuese compensado. Además, el mismo sería bastante más pequeño (o no existiría) en otros países dada la cantidad de emigrantes que deciden emprender una nueva vida en éstos.

Si se analiza la historia reciente de estas naciones se puede comprobar que lo único que ha cambiado en estas últimas décadas es su estructura política. En todos los casos, una serie de desacertadas decisiones políticas han ido recortando la capacidad de maniobra de los ciudadanos, y la capacidad de elección ha quedado en manos de la clase dirigente. Este control sobre las vidas y haciendas de los ciudadanos se ha ido intensificando año tras año, de tal manera que las decisiones empresariales iban teniendo más como objetivo satisfacer a la clase dirigente que a sus clientes y accionistas. Como consecuencia de ello, las empresas existentes cada vez más se han vuelto obsoletas. Además, al verse reducida la libertad de los ciudadanos, no han existido empresas nuevas que hayan podido suplir las carencias de las antiguas. Como resultado se ha producido un proceso de empobrecimiento relativo de sus ciudadanos.

Mientras tanto, otros países han ido confiando más en sus ciudadanos, y éstos han ido creando riqueza y transformando sus respectivos países en tierra de oportunidades, en la que sus habitantes tienen la esperanza de que su trabajo y esfuerzo se vea de alguna manera recompensado.

Por tanto, la mejor receta contra la pobreza de estos países no es otra que devolver la confianza de sus habitantes, para que vuelvan a recuperar la esperanza en que su trabajo y esfuerzo tendrán recompensas. Para ello, su clase dirigente deberá asumir que no es posible gobernar sin devolver la capacidad de elección a sus ciudadanos.

Individualismo, payeses y Josep Plá

"La revolución económica absolutamente benigna es la que se produce cada día sobre las mesas de los notarios", comentaba el escritor Josep Plá acerca de los tratos entre aparceros y rentistas, a los que conocía muy bien; uno de los grandes de la literatura que descifró el alma de los payeses, los labradores en su variada condición, los praxeólogos quizá primordiales.

Alabados por el Romanticismo, vituperados por Balzac, Maupassant y Chejov; sin embargo, en El payés y su mundo (1953) de Plá se encuentra un ecuánime retrato de los labriegos, en este caso los de su amada patria ampurdanesa: "Los payeses tienen muchos defectos, pero las mejores cualidades del país también se relacionan con ellos; tienen los pies en el suelo, y un sentido de la lentitud, de la calma, del trabajo, de la tenacidad, de la continuación quizás más acusado que en cualquier otro estamento. Nunca son banales, no les devora el ansia ni la tristeza de la ambición… ¡Dios quiera que se respete el recalcitrante individualismo de los payeses!"

Josep Plá (1897-1981) fue un prosista excepcional en ambos idiomas, catalán y castellano, durante el pasado siglo. Los 46 volúmenes de su obra completa atestiguan una labor ingente, hercúlea. Entre su narrativa destaca El cuaderno gris (1919), un modelo de introspección y agudeza ante la vida como no se había publicado hasta la fecha. Plá ejerció el periodismo durante 30 años como corresponsal: narró los balbuceos de la Rusia soviética, conoció de primera mano el advenimiento del fascismo en Italia y fue testigo directo de la hiperinflación alemana tras la primera postguerra. En una entrevista por televisión, Plá detallaba que para comprar un dólar USA eran necesarios ¡cuatro billones de marcos alemanes! La desolación germana llegó a ser atroz; de ahí su interpretación de la inflación como síntoma de envilecimiento moral.

En España, desde sus crónicas para La Veu de Catalunya, el maestro de Llofriu vaticinó el colapso de la Segunda República. Los milicianos de la CNT-FAI, durante el auge del desastre, pretendieron acabar con él, pero pudo darse a la fuga. Después, en un tiempo de silencio y recuperación, regresó a sus célebres reportajes (Israel, Nueva York, Oriente Medio) y colaboró en el semanario Destino, una empresa cultural de origen falangista que devino con el tiempo en europeísta y liberal, un oasis en el páramo, adquirida y cerrada finalmente por los nacionalistas de ocasión. A Plá le negaron casi siempre el pan y la sal: los conservadores del franquismo nunca se fiaron de él; los independentistas del terruño poco menos le consideraron un traidor. Pero tratándose de de un personaje impar, ajeno a la envidia propia y ajena, no parece que el menosprecio de unos y otros hiciera demasiada huella en su inagotable labor.

Josep Plá, que era el hereu –primogénito– de la finca paterna, no reveló en el payés un ser virgiliano puro, todo bondad, carente de defectos. Al contrario, le disgustaban sobremanera el señorío de la sabihondez, la desconfianza y la impericia comercial entre sus paisanos. No obstante, en El pagès i el seu món el fértilgerundensedilucidaacerca de la acción humana: "El individualismo no es el monopolio de un estamento determinado; solo que entre los payeses es más visible y pintoresco. El individualismo no es ningún defecto; quizá sea la única riqueza que poseemos. Lo interesante sería avivarlo en un marco que permitiese sacarle el máximo rendimiento."

El clima y los clientes son las poderosas razones del pragmatismo campesino: "Los payeses se mueven dentro de dos ambientes inasibles: una determinada situación meteorológica y una determinada situación del mercado. Estos son los dos polos de la vida de un payés. No pueden dominar ninguna de las dos situaciones. La meteorología casi nunca discurre de acuerdo con nuestros intereses; por lo general es hostil, y si por casualidad es favorable, se trata entonces de una simple propina, de una probable equivocación de las fuerzas naturales. Y el mercado es inaferrable, innominable, sujeto a un mecanismo vastísimo y endemoniadamente complejo."

Para el autor el mercado posee factores civilizatorios inaprensibles: "Los payeses tienen a su favor la ley más profunda de la relación humana: la ley de la oferta y la demanda. Esta ley es general y permanente. Está por encima de nuestros sentimientos, de nuestros deseos, de nuestras pomposas declamaciones moralizantes. Esta ley habrían podido forzarla, acusarla, hacerla más incisiva. No creo que lo hicieran. La ley actuó sin que los payeses intervinieran. En el funcionamiento de su mecanismo fueron elementos pasivos."

Plá se refería en su ensayo a los payeses de la década de los cincuenta, los cuales habían levantado el vuelo y espantado su propia miseria por causa de las necesidades alimentarias de España entera. Se trataba de un fulgor campesino rápidamente oscurecido por la tercerización que se veía inminente. No obstante, el arquetipo planiano subsiste; puede verse reflejado, por qué no, en los emprendedores rurales de hoy. Cuando se tiene ocasión de conversar, por ejemplo, con agricultores de Castilla y otros sitios, aparecen socarronerías, bloqueos mentales, incomprensión hacia el otro. Más unos minutos después, esos mismos emprendedores sorprenderán con la próxima licencia de cultivo que acaban de adquirir en la Universidad de California, el último curso de dirección de equipos al que asistieron, la plantilla de trabajadores que necesitarán en toda regla, la expansión de su futura producción en la costa oeste de Marruecos, el plan de ventas que llevan en agenda y mente. Aquellos que quisieron permanecer junto a la tierra, siempre lo tuvieron claro. El ciclo que vislumbró don Josep continúa.