Ir al contenido principal

Algo más sobre Sam Walton

Ahora que se aproxima el fin de las rebajas, y esperando un pronto regreso de las mismas en la forma que a cualquier comerciante avispado se le antoje, quisiera añadir algunas consideraciones al estupendo comentario de José Ignacio del Castillo sobre el éxito de Wal-Mart y la embestida de sus enemigos. La personalidad del fundador, como suele ocurrir en las empresas que perduran, fue determinante.

1. Conocimiento íntimo del negocio. Sam Walton no pecaba de ignorancia puesto que comenzó su actividad empresarial desempeñando labores modestas en su tienda. También es frecuente el previo rodaje como vendedores entre los más conspicuos directivos de grandes almacenes españoles. El propio Walton lo expresaba así en la revista Walt-Mart World: "No empecé como banquero o inversionista, o algo que no fuese atender clientes. Muchas personas que dirigen grandes compañías jamás ha estado detrás de una caja registradora ni ha atendido a los clientes; por eso siempre he valorado lo que significa ser vendedor de almacén y lo mucho que puede influir en la clientela".

2. Clarividencia en los objetivos. Tras un primer desengaño con la tienda de Newport, el fundador de Wal-Mart, a partir de los años 50, dirigió su estrategia exitosa a la localización y comercialización de almacenes grandes, de más o menos 7000 metros cuadrados, en pueblos con menos de 5000 habitantes, siempre que ofrecieran algún atractivo para que la gente del campo se animase a conducir 15 ó 30 kilómetros hasta llegar a ellos. Al finalizar la citada década, Walton diversificó su habilidad comercial hacia los establecimientos de descuento –origen genuino de los actuales Walt-Mart– y abrió el primero en Rogers, Arkansas, en 1962. Los comienzos no fueron fáciles. Numerosos fabricantes se negaban a relacionarse con un "proveedor de masas".

3. Prueba-y-error en el trabajo. Walton era un experimentador constante; siempre insistió en no tenerle miedo al fracaso. Escuchar las ideas de los demás, escoger entre esas ideas, y esforzarse por implementarlas, son ideas-fuerza que predominaban en él. "Ensayen la idea de cualquier persona –decía– puede que no funcione, pero no arruinará a la compañía cuando eso ocurra".

4. La mejor tecnología para cada ocasión. Cuando la compañía sobrepasó los 1.000 almacenes en 1987, ni siquiera la mítica avioneta de Walton era capaz de acudir a todos y cada uno de los establecimientos susceptibles de supervisión. Los sistemas de comunicación a través de seis canales de satélite, el VideoCart dirigido a los clientes o el escanógrafo UPC en la línea de caja, fueron algunos de los hitos científicos de la compañía. Walton, al contrario que muchos ejecutivos de oropel, no escatimó recursos para la mejora organizativa.

5. Cadena de valor y generosidad. Como afirmaba José Ignacio del Castillo, el manantial de beneficios para quienes apostaron por Wal-Mart ha sido espectacular. Cien acciones compradas en 1970 por 1650 dólares valían 2,6 millones en 1992, cuando falleció Walton. Los trabajadores que al menos permanecían un año en la empresa y que trabajaban 20 horas a la semana tenían bonificaciones del 5 por ciento de promedio sobre los salarios anuales, según relata Daniel Gross en su semblanza de Sam Walton para Forbes. Cuando el trabajador se retiraba, su participación en beneficios, hasta entonces retenida, era retribuida en acciones Wal-Mart de primera. La familia Walton –sobria en aficiones– donó grandes sumas de dinero en investigación médica, fondos para becas y causas benéficas.

Sam Walton representa el emprendedor arquetípico que no encuentra inspiración encerrado en su despacho, atiborrándose de informes. No paraba: aparecía allí donde se le necesitaba. Se jubiló en 1974, pero aburrido en su retiro volvió a la faena dos años más tarde. Si encontraba una tienda sucia o desordenada, no dudaba en cerrarla para arreglarla, en beneficio de los consumidores. Parecía un candidato en trance electoral, repartiendo buenas palabras a todos, aunque distinguía rápidamente las imperfecciones. Prefería ser agudo conductor de hombres, en lugar de mero supervisor de los mismos, según la doble distinción de Alfred Marshall acerca de los roles empresariales. Quizá la actual cúpula directiva de Wal-Mart debería volver la vista atrás al sincero ejemplo de su fundador (Walton se definía como hombre de negocios de pueblo pequeño) para evitar errores predecibles, susceptibles de escándalo en los medios de comunicación, que ponen en cuestión una trayectoria muy estimable.

Los límites de la teorización

Vivimos en una sociedad libre, nuestro vecino organiza una fiesta en su casa y nos obsequia con una sesión tecno-house después de la cena. ¿A partir de cuántos decibelios tenemos derecho a llamar a la policía? ¿50?¿Por qué no 30 o 40? En el jardín colindante hacen una barbacoa y llega humo a nuestro jardín, ¿podemos considerarlo una agresión? A nadie se le ocurre pensar que el CO2 que desprenden los coches de la calle o los mismos transeúntes suponga una agresión contra nuestra propiedad, pero una chimenea industrial que desembocara en nuestro jardín nos parecería claramente invasiva. ¿Dónde situamos la frontera? ¿Qué puede decirnos el principio de no-agresión sobre esto? ¿Podemos dar una respuesta abstracta y objetiva a semejantes planteamientos?

Los principios liberales nos permiten resolver de forma inequívoca la mayor parte de situaciones hipotéticas que concebimos. Pero la realidad es compleja y no es razonable pensar que somos capaces de solucionar todos los casos concebibles de forma apriorística, acudiendo al principio de no agresión y deduciendo lógicamente de ahí la respuesta. La teorización tiene sus límites y por eso es necesario un mecanismo que en la práctica sepa resolver del mejor modo posible los casos concretos que desde la teoría no cabe afrontar.

¿Por qué la teoría tiene sus límites? Randy Barnett, en su brillante "The Structure of Liberty", apunta dos razones: En primer lugar, la indeterminación de la teoría abstracta. El concepto de "coche", señala Barnett, es útil para saber lo que no es un coche, pero no nos permite deducir lógicamente de él un Seat Ibiza o un Porsche 911. Así, los principios de justicia en ocasiones simplemente restringen nuestro rango de opciones, pero no nos dan una única respuesta para un determinado problema. En el caso de la barbacoa, por ejemplo, sabemos que sólo podemos hablar de agresión si el humo penetra en nuestra propiedad, pero no es posible deducir de los principios la cantidad de humo que tiene que penetrar para que se considere agresión. Por otro lado, los principios de justicia también nos ayudan a evaluar racionalmente las alternativas en estas situaciones. Si prohibiésemos la invasión de cualquier partícula de CO2 la gente, por el mero hecho de respirar, apenas podría actuar sin violar los "derechos" de alguien, y la ley dejaría de servir a su propósito: evitar y resolver los conflictos para que la gente pueda actuar. Tampoco está claro que una norma así pudiera aplicarse en la práctica, y de todos modos tendría poco que ver con las molestias que esa "invasión" de partículas provoca a los propietarios, que es acaso la cuestión fundamental.

En segundo lugar, Barnett alude a la ignorancia de los propios teóricos. Cuando nos referimos a casos concretos, reales, hablamos de situaciones complejas, y desde la teoría se tiene un acceso muy limitado a esta complejidad. No basta con recurrir a los principios de justicia abstractos, es preciso participar del conocimiento personal y local del caso. En esta línea, Kinsella apunta que en la práctica el caso concreto puede tener variables relevantes que quizás estamos dejando fuera de nuestro análisis abstracto, motivo por el cual tiene poco sentido intentar resolver desde la teoría todos los casos imaginables. Al mismo tiempo, tampoco podemos conocer a priori cual será el contenido de una determinada convención social (por ejemplo, los futuros condicionantes implícitos en un intercambio).

¿Cómo pueden superarse estas limitaciones en una sociedad libre? Pues con un sistema legal descentralizado en el que jurados / jueces vayan desarrollando gradualmente preceptos legales del resultado de aplicar los principios de justicia a miles de casos concretos y reales. Un sistema en el que los jurados / jueces intenten resolver las disputas guiados tanto por los principios abstractos de justicia como por los precedentes establecidos, y examinando de cerca el contexto factual y todas sus variables. No será "perfecto", porque para empezar en el mundo real los principios de justicia serán aplicados por personas reales y falibles, y en palabras de Kinsella, siempre habrá algo de "impreciso" en la justicia, por necesidad.

Exigir a quienes teorizan que apriorísticamente den una respuesta a todos los casos concretos que se plantean, dice Manuel Lora, es análogo a exigirles que especifiquen qué tipo de pan se produciría en una sociedad libre y de qué modo se elaboraría exactamente. No corresponde a los teóricos especificar tal cosa, deben descubrirlo los empresarios en el mercado, y en este caso los empresarios del derecho, jueces / jurados etc. encargados de aplicar los principios teóricos de justicia a situaciones reales.

Kinsella concluye que la sociedad va fijando pautas de actuación y los individuos tienden a evitar las "zonas grises" de la justicia y a situarse en las "zonas claras". La gente coloca vallas en los contornos de su propiedad o se abstiene de construir la casa justo en el borde para evitar posibles conflictos. En el caso del vecino que pone música en su fiesta o que hace una barbacoa en el jardín, ¿por qué suponer que llegaremos a las manos o que acabaremos llamando a la policía para que dirima la disputa? Seguramente será más sencillo y sensato hablar con el vecino por teléfono y pedirle por favor que baje el volumen o controle el humo de su barbacoa, o "negociar" y ceder los dos un poquito, o decirle que si accede le invitaremos a la fiesta o a la barbacoa que montaremos nosotros la semana que viene, y si al final decide ignorarnos quizás se gane la enemistad del vecindario y no vuelva a repetirlo. En cualquier caso no será ningún teórico el que dé una respuesta "objetiva" a estos problemas.

La Santísima Trinidad Económica

Uno de los problemas a resolver para los teólogos de todos los tiempos siempre ha sido, entre otros, el misterio de la Santa trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas y un sólo Dios. Parece difícil de resolver. Pero no sólo la religión tiene este tipo de dilemas, la economía también.

Desde el punto de vista económico todos respondemos y queremos cosas diferentes según la personalidad que adoptemos. Cuando somos consumidores queremos precios baratos, cuando somos capitalistas queremos altos rendimientos y que nuestras inversiones siempre se revaloricen. Cuando adoptamos el papel de trabajadores queremos los mejores beneficios sociales. Somos consumidores, capitalistas y trabajadores, tres en uno. Podría ser la Santa Trinidad de la economía. El problema es que aparentemente son tres personalidades incompatibles. Estamos en contra la deslocalización pero queremos precios baratos, queremos precios baratos pero con un alto sueldo y muchas ventajas sociales, queremos mantener nuestros altos sueldos pero no dudamos en invertir en acciones de la competencia si ésta descubre un producto sorprendente o aumenta sus beneficios.

El problema de esta Santa Trinidad Económica es que siempre se enfoca desde un punto de vista estático y particular, no se ve como lo que realmente es: un todo llamado emprendedor. El hombre que actúa siempre es un emprendedor, mejor o peor, pero siempre ha de decidir de entre todas las opciones la mejor, o más concretamente desestimar las peores.

En el momento que el hombre actúa y busca la más alta de sus utilidades no está negando sus otras personalidades económicas, sino afirmándolas. Trabaja e invierte para conseguir precios más baratos. No es por una conciencia plena de productividad consecuente, sino para saciar su felicidad material futura. El trabajo, la inversión y el consumo son herramientas que ha de articular el hombre emprendedor o, como decimos en economía, el empresario, para llegar a un fin determinado: la felicidad material a la que jamás se llega ya que nuestra felicidad no conoce fronteras, siempre queremos lo mejor para nosotros y nuestros allegados. El empresario, en el lenguaje común (el que tiene una empresa, desde un quiosco hasta una multinacional), también ha de trabajar, invertir y consumir. Ninguna de las tres acciones van en detrimento de las otras sino que las reafirma para llegar a su objetivo: el máximo beneficio, la máxima felicidad material.

En el momento que consideremos que alguno de nuestros tres "yo" siempre corre a expensas de los otros, en ese mismo momento negamos nuestra felicidad material. Podemos pensar que en realidad cuando pedimos beneficios sociales sindicales no caemos en una incongruencia y maximizamos nuestro bienestar, pero al hacerlo, provocamos, como es lógico, que otros también las pidan, y éstas son las que nos repercutirán negativamente sobre nosotros. De seguir por este camino sólo crearíamos una guerra, un estado de caos económico, el de todos contra todos. No hay relaciones económicas voluntarias y consentidas, sino luchas políticas entre unos y otros. La armonía se rompe para ser remplazada por la lucha y la dependencia de unos a otros. Ya no vivimos en relación a nuestros esfuerzos y logros, sino a expensas de los rendimientos de otras personas.

La ventaja de la economía, al ser una ciencia social, es que puede verse reflejada en nuestros actos no económicos. En nuestra vida social no esperamos que sea el estado, los sindicatos o la patronal quienes nos hagan los amigos por nosotros, sino que sabemos que nos los hemos de ganar con nuestro esfuerzo. No tendría sentido que un sindicato impusiera una cuota de amigos por persona para conseguir la igualdad. Tampoco tendría sentido que el estado hiciese una redistribución equitativa de las notas universitarias. Si un universitario consigue un 7 en un examen, quitarle dos puntos para dárselo al del 3 (consiguiendo los dos así una nota de cinco), crearía una injusticia innecesaria.

Nadie nos ha de "regalar" la felicidad material a expensas de otras personas, porque tal acción no es un regalo sino un robo que tarde o temprano tendremos que pagar con nuestro esfuerzo para otorgarlo a otro a cambio de nada. Hemos de ser nosotros quienes consigamos nuestros beneficios, de lo contrario estaremos dando respuestas erróneas y confusas a nuestra Santísima Trinidad Económica creando injusticias que todos sufriremos.

Más sobre derecho natural

Algunos críticos del iusnaturalismo asumen que basta con tener una naturaleza, parece que cualquier naturaleza, para tener una ética normativa con sus derechos y deberes: las piedras tienen derechos acordes a su naturaleza pétrea; a las aves de naturaleza plúmea les corresponden derechos específicos…

La ética o derecho natural es una herramienta conceptual, un conjunto de normas argumentadas útiles para evitar, minimizar y resolver conflictos entre seres humanos. Sólo tiene sentido para los humanos porque sólo ellos tienen el desarrollo mental evolutivo necesario para entender normas y argumentarlas según criterios de universalidad, simetría y funcionalidad. Algunos animales pueden asociar un premio o un castigo a una determinada conducta (condicionamiento) y así ajustar su comportamiento (aprender), pero no pueden razonar de forma abstracta acerca de lo prohibido, lo obligatorio y lo opcional; algunos animales tienen formas rudimentarias de comunicación, pero sin el poder expresivo indispensable como para discutir asuntos éticos; algunos animales actúan intencionalmente (no sólo reaccionan, aunque su comportamiento no es tan complejo como la acción humana), tienen sensibilidad, emociones y preferencias (hay posibilidad de conflictos) e incluso ciertos sentimientos morales (emociones respecto a otros, consideran el resultado de sus acciones sobre los demás): pero no tiene sentido asignarles derechos y deberes pues no los entenderían, no sabrían qué hacer con ellos. Igual que los números enteros son pares o impares pero no tienen colores asociados, no tiene sentido aplicar la ética a entidades incapaces de utilizarla.

No es arbitrario limitar la ética a los humanos. Tal vez algún día algún ser vivo evolucione (algunos animales sociales, especialmente los primates, muestran morales rudimentarias, les falta la capacidad de reflexionar sobre ellas) o se cree o surja accidentalmente una inteligencia artificial que tenga intereses y sea capaz de razonar y argumentar en términos éticos; hasta entonces, la ética será exclusivamente humana.

No se trata de que solamente el ser humano actúe escogiendo entre múltiples fines y medios utilizables; eso también lo hacen los animales, aunque con un grado de complejidad mucho menor. No sirve de nada afirmar que la acción humana es libre (idea raramente explicada) mientras que la animal es puramente instintiva. El ser humano no tiene menos instintos: tiene más, y están estructurados de formas más sofisticadas de modo que la conducta humana es más rica y menos predecible.

El ser humano no es el único animal social cuya convivencia puede originar conflictos. Los animales se apropian de territorios y recursos y también cooperan, intercambian (comida por sexo, limpieza corporal) y en ocasiones hacen trampas. Un animal puede causar un daño pero no entenderá que lo hagamos responsable porque no es capaz de responder, de dialogar, de dar razones, explicaciones, excusas. A la cebra no le hace ninguna ilusión que el león la mate y se la coma, pero ni le afea su conducta, ni le exige una justificación ni se ponen a debatir acerca de la adecuación ética de su conducta. Es posible domesticar y entrenar parcialmente a algunos animales, pero los discursos normativos les superan. La racionalidad no consiste solamente en pensar lógicamente, es también dar razones, explicar motivos e intenciones de acciones, justificar ante otros para que comprendan y acepten, no represalien o incluso colaboren.

La naturaleza humana no es únicamente lo genético. Es la descripción abstracta de lo que es esencial y común a todos los seres humanos, y su origen puede ser genético (la inmensa mayoría de los genes de una especie son iguales en todos sus miembros), ambiental (todos los seres humanos viven en un mundo con rasgos comunes, los genes no necesitan codificar información disponible fácilmente en el entorno) o cultural (si algo distingue especialmente a los humanos de todas las demás entidades inorgánicas y orgánicas es su capacidad memética de producir y copiar patrones de información, como las instituciones sociales, patrones de comportamiento que pueden ser imitados en función de su éxito).

La capacidad de producir cultura puede ser parte del fenotipo humano extendido, pero sus contenidos son independientes de los genes. Las reglas culturales de comportamiento pueden interactuar a favor o en contra de inclinaciones genéticas. El derecho natural no está grabado en los genes, aunque ciertas tendencias morales innatas son compatibles con la ética. No se trata de que todo lo instintivo y biológico sea negativo y todo lo cultural positivo, de modo que la cultura debe controlar la biología (civilizar las pasiones). El instinto de defensa es ético mientras que el socialismo es una idea contraria a la ética.

Lo natural del iusnaturalismo se opone a lo sobrenatural (ley divina revelada) y a lo convencional (ley positiva pactada en un ámbito particular) porque es racional, realista, crítico, universal y no arbitrario. Aunque históricamente el iusnaturalismo surge en un contexto religioso (¿lo quiere la divinidad porque es bueno o es bueno porque así lo deciden los dioses?), su concepción actual no tiene nada que ver con lo trascendente o espiritual.

El derecho es artificial en el sentido de que es un producto humano, pero no es algo diseñado intencionalmente sino más bien descubierto de forma progresiva. Es posible razonar hoy acerca de las leyes humanas porque previamente se ha depurado evolutivamente un sistema lógico crítico, se han cometido errores y se han corregido algunos. El iusnaturalista no intenta defender una racionalidad ilimitada que todo lo puede y resuelve; se trata de construir mediante exploración crítica exhaustiva de alternativas un sistema ético consistente, adecuado a los humanos, tan completo, claro y preciso como sea posible, pero con consciencia de sus capacidades y limitaciones (el sistema normativo puede quedar abierto en algunos ámbitos, y en ellos puede recurrirse a la competencia, a la comparación empírica).

Muchas instituciones humanas, como el lenguaje, el derecho, el dinero, han evolucionado de forma espontánea, no diseñada, pero son criticables y mejorables (si no lo fueran no habrían podido evolucionar), especialmente si han sido distorsionadas por grupos de interés: las circunstancias pueden cambiar, tal vez sea posible descubrir una institución alternativa mejor (las morales particulares pueden converger hacia la ética universal mediante selección evolutiva a nivel de grupo, los memes institucionales compiten unos con otros). La ética se basa en el racionalismo crítico para depurar múltiples falacias de las leyes positivas, que subsisten como memes exitosos por su engañoso atractivo o por su utilidad para mantener los privilegios de grupos opresores dominantes. El derecho de propiedad y los contratos son instituciones jurídicas que permiten la cooperación y la competencia pacífica y evitan la violencia destructiva, el parasitismo de los tramposos y agresores.

Es posible construir predicados éticos prescriptivos alternativos y analizarlos de forma exhaustiva (explorando todas las posibilidades), eliminando los que no cumplen las condiciones éticas de universalidad, simetría y funcionalidad (igual que un detective va exculpando sospechosos, e igual que muchas leyes físicas fundamentales son deducibles a partir de principios básicos de simetría y consistencia que limitan enormemente el espacio de posibilidades); es necesario utilizar el conocimiento acerca de la realidad del mundo y los seres humanos dado por predicados científicos descriptivos para entender por qué algunas normas no son adecuadas (tienden a destruir o empobrecer a la humanidad, igual que quitar la regla del fuera de juego empobrece el espectáculo futbolístico, y sin humanidad no habría ética humana que estudiar). El iusnaturalismo inteligente no es tan ingenuo como para caer en la falacia naturalista y afirmar que quien posee algo tiene automáticamente derecho sobre esa cosa: la ética distingue entre la posesión (el control físico efectivo de algo) y el derecho de propiedad (la legitimidad de la posesión), indicando los mecanismos de obtención de derechos de propiedad mediante primer uso e intercambio libre. Para entender su justificación, haga el ejercicio de explorar las alternativas.

Feminismo, la nueva cara amable del liberticidio

En 1989, American Political Science Review (APSR) publicó uno de los textos de teoría política más influyentes y debatidos en los últimos años. Su título, Freedom, Recogniton and Obligation: A Feminist Approach to Political Theory, anticipa el argumento de la profesora Nancy J. Hirschmann: una enmienda a la totalidad de la teoría y praxis políticas liberales entendidas en su sentido más extenso, desde Locke al estado del bienestar. Simultáneamente la autora otorga el título de libertarios a autores como Rousseau.

Esta desubicación evidencia la manipulación que llevan a cabo los críticos del liberalismo, quienes convierten a Tocqueville en precursor del marxismo, a la escuela de Salamanca en iniciadora del multiculturalismo y del indigenismo, y en este caso a Rawls y a Rousseau en libertarios. Esta confusión suele provenir de algunos politólogos norteamericanos izquierdistas. Fieles al excepcionalismo norteamericano que tanto critican, trasladan el lenguaje partidista de su país a la teoría política.

Aparte de discusiones nominalistas, el artículo es especialmente interesante como ejemplo de negación de la libertad como elemento esencial de la persona, y por su propuesta de someter cualquier justificación de los derechos individuales a un escrutinio exclusivamente feminista y femenino. El objetivo es la revelación del sesgo masculino, que opera de forma tan sutil que ni los propios hombres lo perciben. Para la profesora Hirschmann, el liberalismo no es sino un barniz que oculta violencia, opresión y esclavitud patriarcales. Sólo las oprimidas, desde la ventaja que les proporciona su peculiar punto de vista, concepto prestado de Marx, pueden desmontar esta ideología y sentar las bases de las nuevas ontología y epistemología feministas, basadas en el desarrollo psicosexual como variable determinante de la conciencia moral y política.

En su respuesta a la crítica de que fue objeto por parte del profesor Richard C. Sinopli en la misma APSR, la autora niega a los hombres la capacidad para discutir sobre esta cuestión. Las objeciones a su enfoque "dicotomizan mis categorías conceptuales y simplifican mi lectura de la teoría liberal de la obligación utilizando justo el sesgo estructural que critico". Sus críticos usan un contexto sesgado, y si bien los hombres pueden contribuir al feminismo a través de la persuasión, "la definición de los puntos de mira dentro de los parámetros del feminismo debe ser articulado desde la perspectiva de la vida de las mujeres". Ante el feminismo sólo caben dos posturas: conversión o equívoco.

¿Qué habría respondido Hirschmann si Sinopoli hubiera usado un pseudónimo, por ejemplo Lupita Gómez, mujer, chicana, india y lesbiana? Supongo que habría utilizado el sesgo del origen racial o de orientación sexual de la profesora Gómez para negar su posibilidad de crítica. ¿Qué debería hacer Sinopoli para ser aceptado? Tal vez un cambio de sexo para conseguir así una experiencia vital plenamente femenina, un retorno a la madre, que es lo que en opinión de Hirschmann necesitamos los varones para asumir nuestra identidad psíquica femenina, nuestro "yo primario".

La resistencia del niño a la madre y la diferenciación moral y política entre hombres que esto conlleva son las causas de la negación de la mujer como persona, su esclavitud, y la creación de instituciones dicotómicas y opresoras tales como… el mercado. Al asombro de Sinopoli, y a su señalamiento de que los estudios de psicología empírica muestran que tal separación de géneros no existe, sino que deberíamos hablar de solapamiento, Hirschmann responde que ni el psicoanálisis ni la psicología moral son empíricas. En tal caso –hay aquí una peligrosa confusión entre el origen deductivo del conocimiento científico y la metafísica–, ¿por qué usa la autora estas teorías para hacer luego afirmaciones de hecho?

En otro punto de su réplica a Sinopoli, Hirschmann señala que todos los hombres estamos aquejados de una enfermedad social: el patriarcado, y que sólo un cambio epistemológico y ontológico nos curará. Huelga decir que sólo ella es capaz de diagnosticar y aplicar el tratamiento apropiado.

Se pueden señalar más puntos absurdos en Hirschmann, o como se hace aquí llevarlos a sus últimas implicaciones, que es lo que Sinopoli pide y que ella rechaza escudándose en jerga pseudocientífica y argumentos ad hominen. Pero como conclusión me gustaría apuntar dos ominosas consecuencias de la teoría política feminista: por una parte inhibición absoluta del diálogo productivo, y por otra radical dicotomización de la sociedad, justo lo que Hirschamm denuncia.

Ante la insalvable dialéctica hombre/mujer, la única solución posible á la Marx, una posibilidad que se sigue de forma necesaria del método dialéctico, es la desaparición del sexo masculino en el retorno a la madre. Así, el niño no percibiría diferencias entre él y su madre y/o hermanas, algo socialmente construido y fomentado por el patriarcado. De ahí se seguiría un nuevo planteamiento de la política que, al contrario del liberalismo, no estaría basada en la asunción de la libertad y la posterior explicación/justificación de sus limitaciones, sino en el "estudio de la manera de asegurarse un espacio vital propio sin violar la obligación de cuidar a los demás". Y aquí se halla precisamente una de las falacias de Hirschmann: el cuidado a los demás no es una obligación, no es algo aceptado libremente, sino un deber que se sitúa por encima de la libertad. Como la conclusión de llamar a las cosas por su nombre sería la total y absoluta negación de cualquier libertad individual, Hirschamann recurre a una nueva especulación para ocultar el sesgo liberticida de sus argumentos: la ideología de los derechos es fruto del trauma causado por los totalitarismos de Hitler y Stalin.

Estos son los planteamientos que están detrás de la llamada "perspectiva de género", la negación de la validez de cualquier política pública que no tome en cuenta esa epistemología femenina que nadie explica, y cuya formulación está a cargo de una élite dotada de conciencia de género. Las filtraciones periodísticas sobre los contenidos de la asignatura Educación para la ciudadanía también muestran la influencia del feminismo. Todo sea en aras de la re-educación de los varones y su vuelta a la feminidad que nunca debimos perder, y que por supuesto tampoco nos dicen en qué consiste.

Rascacielos no impuestos

La Torre Eiffel es el Empire State Building después de impuestos.
Anónimo

Subir al piso 86 del Empire State Building no es solo subir al cielo de la Ciudad de Nueva York. Elevarse hasta semejante altura no es solo poder contemplar como nadie la espectacularidad del poder financiero de Manhattan, de sus inmensos edificios, del vacío presente de aquellas Torres Gemelas; no es solamente poder seguir con la mirada el cauce del río Hudson, del East River o del propio océano atlántico inundándolo todo en el horizonte con el beneplácito de la Estatua de la Libertad. Subir al Observatorio de ese majestuoso edificio es poder contemplar la capacidad casi ilimitada del ser humano de superar las dificultades de su mera existencia e incluso hacerlo con grandeza.

Y ante tales vistas, ¿cabe pensar que es necesario el Estado para construir carreteras? ¿Escuelas? Parece a simple vista que no sea necesario un órgano de coacción para construir o producir bienes de primera necesidad, cuando personas como aquellas que levantaron y levantan ciudades como Nueva York, son capaces de eso y más.

Sin embargo, como escribiera Schumpeter, "el Estado ha ido viviendo de los ingresos que fueron producidos en la esfera privada, para propósitos privados y que han sido desviados de esos propósitos por la fuerza política". Y es que el Estado continúa asentándose en la fuerza física, su ideología, la propaganda y demás tretas para apropiarse de dinero que involuntariamente los ciudadanos se ven obligados a entregarle.

Una de las consecuencias económicas y quizá no siempre la más evidente de los impuestos es que, cual ladrón, cuando el Estado expropia la renta y la propiedad de los ciudadanos lo que está haciendo es redirigir capacidad económica de un sujeto a otro, desviando el curso natural de las relaciones económicas y extrayendo recursos productivos del mercado que se hubieran empleado para otros fines efectivamente queridos.

Aun así, siempre se esgrime la cantinela según la cual "la sociedad" voluntariamente paga impuestos. No obstante, si es algo que voluntariamente se paga es porque es querido, pero si es querido y demandado, ¿por qué debe ser impuesto?

Y precisamente por no ser una acción voluntaria, la prestación de servicios o la producción de bienes "públicos" peca de la ceguera propia de toda acción gubernamental. Al tratarse de una relación hegemónica, desigual, no se conoce la verdadera voluntad de los sujetos implicados (el "contribuyente" o sujeto pasivo), ya que no ha habido una transacción libre que revele la utilidad que las partes otorgan a los bienes y servicios en cuestión.

Al no haber un mercado libre en el que florezcan las verdaderas necesidades y los precios lo "muestren", no se sabe qué era lo que realmente quería esa inmensa masa de personas que forman la sociedad ni cómo lo querían. No podemos medir ni comparar lo que nos estamos gastando y lo que estamos obteniendo porque los impuestos no son un precio fijado libremente y resultan incapaces de revelar el grado de beneficio que el "contribuyente" obtiene de los productos y servicios prestados por el Estado.

Y resulta curioso, además, esa extraña "relación" que se establece entre la Administración y el "administrado": una de las partes se ve obligada a regalar una porción de su esfuerzo sin que la otra parte esté igualmente obligada a darle a cambio una serie de servicios definidos de algún modo. Simplemente, se está a la espera de "algo" indeterminado, que de algún modo apacigüe las ganas de revolución del pueblo, pero que no se sabe qué será, cuándo se ofrecerá ni por quién.

Y tal vez por eso sea todavía más injusto el sistema imperante, porque lo que se persigue en este tipo de "juego" es que se colectivicen las satisfacciones de algunas necesidades para que se participe en el coste económico en el que voluntariamente no se habría participado. De este modo se crea todo un entramado burocrático que permite que unos puedan vivir de los impuestos pagados por otros, y que esa partida llamada Gasto Público no sea más que Consumo (a nuestra costa) de los políticos según sus preferencias.

Edificios como el Empire State Building, o como mejor ejemplo, el Edificio Rockefeller, son una muestra de que tales obras pueden ser llevadas a cabo a pesar del intento del Estado por dejar tales edificaciones en simples esqueletos de pobre metal.

La blogosfera o de cómo mentir ya no sale tan barato

La irrupción de las bitácoras en el panorama informativo, primero tímidamente y a partir de 2004 con fuerza imparable, ha puesto a los medios de comunicación tradicionales en un aprieto que no se esperaban. Ahora, cualquiera con medios muy modestos, puede poner en línea y mantener actualizada informaciones cuya audiencia potencial es de cientos de millones de personas. Nunca antes en la historia se había dado un fenómeno semejante.

Tal descentralización ha posibilitado, por ejemplo, que ciertos bloggers tengan más peso en cierta opinión pública que muchos columnistas consagrados o que, y esto es bastante usual, si uno quiere mantenerse informado de un acontecimiento concreto, busque los blogs relacionados y les dé preferencia sobre los periódicos o, no digamos ya, las televisiones. Los periodistas, que a fin de cuentas presumimos de ser las personas mejor informadas del planeta, lo hacemos; aunque algunos practiquen el vicio en la intimidad, sin que trascienda demasiado a la redacción y mientras ningunean la labor de estos voluntarios en pijama que no tienen horario y sólo se deben a ellos mismos.

Durante la campaña electoral norteamericana de 2004 Dan Rather difundió unos informes que demostraron ser falsos. Lo demostró un blogger y Rather, uno de los periodistas más célebres y respetados de América, hubo de presentar su dimisión. Aquel fue el bautismo del que han dado en llamar periodismo disperso. Desde entonces las bitácoras se han convertido en una fuente inagotable de información en la que cabe de todo y en la que cabemos todos. Una suerte de altavoz planetario, el mundo escuchándose a sí mismo. La información va de un punto a otro de la red, se cruzan los enlaces, las fotografías, los vídeos y, naturalmente, las ideas, que es el caramelo más sabroso en todo este asunto.

Algo que, por ejemplo, nace en Nueva Zelanda, se transforma mil veces hasta salir a la superficie en el otro extremo del globo. En el camino se enriquece y se modela en un orden espontáneo y frenético. Una versión posmoderna del "entre todos lo sabemos todo" que le dijo a mi padre en cierta ocasión un pastor de la provincia de Burgos.

Esto, que tan buenos servicios está prestando a la libertad de expresión y a su prima hermana, la de opinión, tiene su lado negativo para los que se esconden tras el velamen de los medios tradicionales, centralizados, jerarquizados y, sobre todo, limitados en número. Un corresponsal que escribe las crónicas de guerra encerrado en la habitación del hotel tiene ahora competencia en la calle. Un reportero de televisión, amigo de grabar sólo lo que a él le interesa, ha de saber que hay otras cámaras, indiscretas y, posiblemente, con intereses opuestos a los suyos. Un fotógrafo deshonesto, aficionado al Photoshop y propenso a prepararse las fotos, no debe olvidar que, ahí fuera, hay millones de ojos que escudriñarán hasta el último píxel de su trabajo.

Desde el escándalo de Rather, que pasará a la historia no por dedicarse tres décadas a presentar un programa de televisión sino por mentir como un bellaco, muchos han sido víctimas de una blogosfera inclemente, que no tiene vacaciones y que, por lo general, está enamorada de la verdad. El último incauto en caer ha sido un fotógrafo de Reuters en el Líbano que se ha labrado la ruina de por vida. Retocó una foto para que un bombardeo pareciese más bombardeo todavía. Un blogger curioso sospechó al ver que el humo era demasiado igual y voilà, descubrió la estafa.

La historia del infortunado y caradura fotógrafo libanés promete repetirse. Las normas han sufrido un ligero pero decisivo cambio: ahora todos tenemos quien nos escuche. La mentira periodística seguirá existiendo porque, como bien decía Revel, es un arma demasiado poderosa. Eso sí, desde ahora no saldrá tan barata o, al menos, no quedará impune.

Desestabilizadores automáticos

En la literatura económica se suele argüir que una de las formas más importantes por las que el Estado contribuye a contrarrestar los ciclos económicos son los estabilizadores automáticos. Su funcionamiento es simple: cuando la economía se expande, contraen el consumo, cuando la economía entra en crisis, lo incrementan. De esta manera, las fluctuaciones se suavizan y los excesos del boom tienden a compensar las insuficiencias de la recesión.

El problema de los estabilizadores es que se basan en la existencia de una relación positiva entre consumo y crecimiento: cuando aumenta el consumo hay expansión, cuando decrece hay recesión. Ya vimos que este razonamiento es del todo erróneo, por lo que necesariamente las consecuencias derivadas de los estabilizadores automáticos también lo serán.

Se suele distinguir entre dos tipos de estabilizadores automáticos: los que inciden sobre los ingresos del sector público y los que afectan a sus gastos. En realidad, son dos caras de la misma moneda, ya que lo que nos interesa es su efecto combinado: en una expansión económica los estabilizadores incrementan los ingresos del sector público y reducen sus gastos; en una recesión disminuyen los ingresos y aumentan los gastos (dando lugar al saludable déficit keynesiano).

Un ejemplo de estabilizador automático que incide sobre los ingresos del sector público son los impuestos progresivos: cuando crece la economía, la renta de los ciudadanos es mayor, con lo que su contribución a las arcas públicas viene determinada por tramos impositivos más gravosos que harán pagar mayores impuestos y permitirán consumir menos; por el contrario, cuando la economía se estanca, la renta cae y los ciudadanos pagan menos impuestos, pudiendo consumir más.

Un ejemplo de estabilizador automático que incide sobre los gastos son los subsidios al desempleo. Durante la expansión el desempleo baja, con lo que los subsidios por desempleo son menores; durante la crisis el desempleo sube, de modo que los subsidios aumentan y esto permite a las familias mantener el consumo.

Con respecto a la estabilización en la fase expansiva del ciclo, el error de los estabilizadores automáticos es típicamente keynesiano y consiste en creer que el consumo presente viene determinado por la renta disponible presente, cuando es evidente que los ciudadanos pueden pedir prestado con cargo a su renta futura. De hecho, ésta será típicamente la situación en la fase alcista del ciclo económico, momento en el que existen unas expectativas eufóricas sobre el crecimiento y la riqueza futura y en el que el tipo de interés se reduce (incrementándose aparentemente el valor presente de la riqueza futura).

Dicho de otro modo, la pretendida reducción del consumo sólo abocará a los ciudadanos al mercado de créditos, favoreciendo la expansión crediticia y el endeudamiento masivo que dará lugar a la crisis. Los estabilizadores automáticos sólo reducen las posibilidades de autofinanciación de los individuos y les estimulan a participar en la orgía del crédito.

Podría argüirse que el incremento del endeudamiento viene contrarrestado por la reducción del consumo (y por tanto incremento del ahorro) favorecida por los estabilizadores automáticos, siendo una situación simétrica a la de un incremento del consumo (esto es, reducción del ahorro) sin endeudamiento. Sin embargo, no es cierto que la reducción del consumo se traduzca en un mayor ahorro, ya que el gobierno sí gastará los recursos en diversos menesteres. Es decir, se producirá un incremento del endeudamiento privado sin que se hayan incrementado los ahorros de la sociedad.

Sólo habría un caso en el que podríamos considerar que el impuesto progresivo no desestabiliza la economía (si bien tampoco la estabilizaría) y es cuando la mayor recaudación se utiliza íntegramente para pagar deuda pública, incrementando así el ahorro público.

Con respecto al período de crisis, los estabilizadores automáticos favorecen un incremento del consumo a costa del ahorro, ya que el ideal keynesiano es que el gobierno financie el mayor gasto y los menores ingresos a través del déficit público.

Pero ésta es precisamente la receta perfecta para retrasar la recuperación. Las crisis económicas no surgen por una insuficiencia de consumo, sino de ahorro. Los empresarios no encuentran el capital suficiente para liquidar sus deudas excesivas y reemprender sus actividades, debido a que los individuos rehuyen el mercado crediticio y prefieren destinar su renta al consumo, ya sea en forma de gastos corrientes o al atesoramiento de activos líquidos no productivos (como el oro).

Esta insuficiencia del crédito hace que partes enteras de la estructura productiva permanezcan inutilizadas hasta que los tipos de interés vuelvan a estar suficientemente bajos como para hacerlas remunerativas.

El problema es que bajo la dictadura de los estabilizadores automáticos, el déficit gubernamental reduce aun más los ahorros disponibles para los empresarios, elevando el tipo de interés y dificultando la liquidación de los antiguos proyectos mal invertidos.

En definitiva, no puede afirmarse que los mal llamados "estabilizadores automáticos" estabilicen en modo alguno la economía. Más bien al contrario, durante el boom favorecen el endeudamiento de la población y el consumo estatal, durante la crisis reducen el ahorro disponible; primero agravan la extensión de la mala inversión y luego dificultan el necesario proceso de liquidación.

Por mucho que a los neoclásicos les cueste reconocerlo, la receta para evitar las crisis económicas hace tiempo que se conoce: el patrón oro y la austeridad pública. En su defecto sólo padeceremos expansiones crediticias alocadas, una inflación secular y reiteradas recesiones destinadas a reajustar los excesos intervencionistas. En esas estamos.

Crímenes sin víctima

Cada uno tiene derecho a hacer consigo y con su propiedad lo que le plazca, siempre que no invada la de los demás o dañe a otras personas. Así expresado, este principio parece aceptable para la mayoría de la gente. Pero cuando se trata de seguirlo hasta sus últimas consecuencias, parece que esta idea pierde el interés o el atractivo inicial. Prueba de ello es la proliferación de los crímenes sin víctima, o crímenes consensuados, que son aquellos que se hacen sobre sí mismo y su propiedad, en soledad o en cooperación voluntaria con otros.

La lista de crímenes sin víctima es larguísima. En una recopilación de urgencia incluimos el suicidio, el consumo de drogas y todo el proceso de producción y distribución de las mismas, el juego, la homosexualidad, la poligamia y el matrimonio homosexual, la posesión de armas, la mentira, la pornografía, la prostitución, el vagabundaje y la holgazanería, multitud de delitos medioambientales y muchos otros.

La misma idea de crímenes sin víctima es absurda. Pero tiene su sentido en el contexto histórico en que el derecho penal ha sido arrancado de manos privadas por parte del Estado. Cuando, en una sociedad libre, un individuo daña a otro, hay instituciones como el derecho, reforzada por la moral y el entramado de relaciones interpersonales que hacen costosos los comportamientos antisociales, que contribuyen a la restitución a la víctima de lo dañado. Desde que el Estado se hizo con derecho penal, la situación ha cambiado. Primero porque la víctima ha perdido el derecho a ser indemnizada por el criminal y es el Estado quien, en ciertos crímenes y según la situación histórica, se ha quedado con la indemnización, convirtiendo el acto de restitución de la justicia en un nuevo crimen. La víctima lo es por duplicado.

Y segundo, porque una vez que el Estado puede definir los comportamientos penales, tiene la posibilidad de tipificar como tal los que no tienen víctima. En el derecho privado hay una realidad contingente, la persona o la propiedad, que ha resultado dañada por la invasión injusta por parte de un tercero. Puesto que el Estado no es víctima, no tiene como limitación ese hecho contingente, por lo que puede considerar delictivo cualquier comportamiento, incluso los que se realizan sobre la propia persona o su propiedad, en soledad o en compañía consensuada con terceros. Surgen así los crímenes sin víctima, inconcebibles en una sociedad libre.

Con la creación de esta figura se produce una situación que condiciona el libre desarrollo social de un modo determinante. La tipificación de delitos sin víctima o consensuados supone la intromisión y al final el uso de la coacción en comportamientos que, morales o inmorales, son perfectamente legítimos, por lo que es injusta. Además ilegalizar la libertad, criminalizar comportamientos habituales, que son fruto de la espontánea elección de los ciudadanos sobre los ámbitos de decisión a que tienen derecho, no sólo ataca nuestra libertad de forma directa, sino que nos pone en una situación a merced del Estado. Aunque cometamos alguno de esos crímenes sin víctima y no suframos la violencia estatal, nos deja en una situación vulnerable. Y si hacemos cualquier cosa que no guste a quienes estén en el poder, podrán ir contra nosotros por hacer cosas a las que tenemos perfecto derecho.

Pero la perversión de los delitos sin víctima va mucho más allá incluso que eso. Puesto que proscriben comportamientos que tienen su motor en deseos personales no satisfechos, muchos de quienes los adoptaban seguirán con ellos aunque con mayores costes. En ocasiones, en muchas de ellas, se recurre al crimen para hacer frente a esos costes. Y no es la última razón el hecho de que, puesto que uno ya está fuera de la ley, los costes del comportamiento ilegal han sido ya en parte asumidos, por lo que dar el paso a los crímenes reales no cuesta ya tanto. En consecuencia, la persecución de crímenes falsos fomenta los de verdad. El dato tiene una década, pero no tiene porqué ser hoy distinto: cerca del 80 por ciento de los delitos en España tiene relación con el consumo y el tráfico de drogas. Este fomento del crimen no tiene porqué limitarse al esporádico y a pequeña escala; por el contrario fomenta también el crimen organizado. Súmese a ello que las fuerzas de seguridad tienen que atender a ambos tipos de delitos (con el aumento del coste correspondiente), por lo que no se concentran en los que lo son en realidad, perdiendo así eficacia.

Puesto que la consideración de un comportamiento como delito no nace de la violación de derechos originarios, como la vida y la propiedad, su tipificación supone un juicio moral. De este modo, nos encontramos con que el Estado, reunión de todos los comportamientos aberrantes, se convierte en árbitro moral de los ciudadanos. Además, dado que el criminal coincide con la supuesta víctima, la represión del primero supone también la de la segunda. ¿Qué derecho es ese que reprime a las víctimas?

Aborregados

El pasado 25 de julio la Fundación BBVA hacía público su "Estudio sobre la Conciencia y Conducta Medioambiental en España". Según las conclusiones del mismo, "se revela la existencia de una conciencia medioambiental extendida en la sociedad española" de forma que "los valores ecológicos han desplazado una visión más materialista de la naturaleza como simple objeto de uso y explotación para el beneficio del ser humano. La naturaleza sería un medio puro y bello cuyo equilibrio puede resultar fácilmente alterado por la acción del ser humano".

Por otra parte, "está tomando forma una conciencia global de los problemas medioambientales y los ciudadanos perciben con igual intensidad e inquietud problemáticas globales y locales". Además, "el rango de problemas medioambientales que preocupan a los españoles es muy amplio destacando los incendios forestales, la contaminación, la escasez de agua dulce, el cambio climático y las centrales nucleares", para seguir, "el ecologismo de la sociedad española se mueve en un plano declarativo y no se plasma con claridad en acciones y disposiciones concretas. La extensión de prácticas ecológicas que requieren cierto esfuerzo y no reportan beneficios inmediatos para el individuo es todavía limitada".

Sin embargo, las conclusiones toman un cariz si cabe más inquietante: "los ciudadanos esperan que los poderes públicos ocupen un lugar medular en el cuidado y protección del medio ambiente. El desafío atañe sobre todo al Gobierno central, visto todavía como responsable principal de la resolución de los problemas medioambientales", "rechazan medidas de protección medioambiental basadas en mecanismos fiscales y de precios" pero "el rechazo es relativamente menor cuando se trata de regulaciones de tipo restrictivo que limiten el uso de determinados objetos, como el coche, o el consumo de bienes naturales, como el agua". Se destaca al final que existe "una relación significativa entre el nivel de estudios de los entrevistados y la práctica de comportamientos afines al medio ambiente: la información y educación medioambiental podrían jugar un papel destacado de cara a promover el compromiso con conductas ecológicas".

Lo cierto es que todo esto es bastante alarmante, todo apunta una sociedad que avanza hacia el intervencionismo y por ende al totalitarismo, en algunos casos disfrazado de democracia. El primer punto destacable es el cambio de valores, de los tradicionales, donde el hombre ocupaba un lugar destacado sobre el resto de las especies, avanzamos hacia otros donde ocupa un lugar parecido o incluso inferior, situación que poco o nada tiene que ver con el cuidado del entorno. Esto abre la puerta a nuevos totalitarismos donde el conservacionismo justifique medidas, no sólo que impidan el desarrollo de las sociedades sino su involución.

Otro aspecto relevante es el éxito del mensaje ecologista, el cambio climático, la demonización de la energía nuclear, la escasez de los recursos, el supuesto bajo costo de las energías alternativas son mensajes que han cuajado hasta el punto de que son aceptados por la mayoría de los encuestados sin cuestionarlos. Precisamente, se subraya que son las personas con mayor nivel de estudios las de mayor concienciación ecologista, lo que demuestra que la repetición del mensaje junto a su inclusión en los planes de enseñanza, es un hecho contrastable y que la educación pública, y en buena medida la privada cuyos contenidos vienen impuestos por los poderes estatales, se convierte así en una poderosa herramienta de adoctrinamiento. El ciudadano piensa que debe ser el Gobierno el que solucione los problemas medioambientales, paradójicamente dentro de la línea de no asumir las propias responsabilidades que caracteriza el colectivismo, pero además es que está dispuesto a aceptar leyes que restrinjan sus propias libertades pues tiene la certeza de que éstas suponen un bien mayor. Toda esta situación es el caldo de cultivo perfecto para justificar cualquier cambio legislativo o reglamentario que mine nuestra libertad y además con la complicidad del administrado

Este intervencionismo es aplaudido por la mayoría de los medios de comunicación cuando tratan los temas medioambientales. Es sintomático que se destaque que el español es sólo ecologista "de boquilla" puesto que no está dispuesto a pagar más por ciertos productos o a que le suban los impuestos para acometer proyectos medioambientales, es decir que lo más destacable y reprochable es la rebeldía del que se queja de las subidas de impuestos o precios o de los que no realizan una serie de actividades, como son el reciclaje o el ahorro energético, que supuestamente favorecen un futuro medioambiental más adecuado. Por enésima vez se identifica la libertad con el egoísmo y la coacción y la obligación se justifica en aras del bien común.

Ante tan desoladora encuesta sólo cabe decir que queda mucho camino por recorrer para que la libertad se convierta en uno de los más preciados valores y que en esta carrera, los intervencionistas y los totalitarios nos sacan varios cuerpos de ventaja.