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Pobreza y moral

En un anterior artículo intentaba explicar una idea sencilla, pero que se me antoja esencial para entender el fenómeno de la pobreza. En primer lugar, ésta no es más que ausencia de riqueza. Y la riqueza no está ahí, esperando a que la atrapemos, sino que tenemos que producirla. Hacerlo depende de nuestro comportamiento. En consecuencia, el aumento de la riqueza, o la reducción de la pobreza, depende básicamente del comportamiento individual. Los esquemas redistributivos, que parten de una idea equivocada de lo que es la riqueza y de dónde proviene, confían en la transferencia de rentas, centrándose en el aspecto más material, sin percatarse de que lo relevante, en última instancia, es el comportamiento.

Acción e incertidumbre son inseparables. Pero nosotros hemos dado con varias formas de reducir la incertidumbre y aumentar así las posibilidades de éxito de nuestras acciones, y una de ellas son las instituciones, comportamientos pautados que nos ayudan a actuar correctamente, como por ejemplo la moral. La forma tradicional de acercarse a la pobreza evitaba la simple ayuda económica inmediata, especialmente en su forma más abstracta y versátil, el dinero, y se centraba principalmente en la reforma del comportamiento individual, para que quien se encuentre en una situación económicamente comprometida pueda salir adelante por sus propios medios.

Por ejemplo, se favorecía el mantenimiento de la unidad de la familia, así como que se cultivaran las relaciones con partes más amplias de la familia y con los miembros de la sociedad en que vive. Estas redes de solidaridad natural son transmisoras de los valores morales comunes y favorecen la atención a quien lo necesita. Valga como ilustración que, según la Fundación Heritage, en Estados Unidos "casi dos de cada tres niños pobres vive en familias monoparentales… Si las madres pobre se casaran con los padres de los niños, casi tres cuartas partes saldrían inmediatamente de la pobreza", tal y como allí se define ésta.

Los programas de ayuda estaban generalmente condicionados a algún trabajo, como pudiera ser el cuidado de los bosques. No para que las personas atendidas pagaran con su esfuerzo la ayuda que recibían, sino con el fin de que adquirieran el hábito del esfuerzo personal o el cumplimiento de compromisos adquiridos, lo necesario para que la persona pueda insertarse en el mercado de trabajo y salir delante de forma autónoma. También se intentaba favorecer la frugalidad y el ahorro, o alejar a las personas atendidas de vicios como el alcohol o las drogas, que desordenan el comportamiento.

Ello no quiere decir que no se ayudara materialmente a los pobres. Pero las ayudas no solían ser meramente dinerarias, sino que las organizaciones de caridad, que tenían una relación cercana con los pobres, atendían sus necesidades con los bienes adecuados. Si una familia vivía en una casa sin calefacción, se le daba una, pero no el dinero para comprarla. También era muy común que la ayuda económica consistiera en bienes de producción con los que hacer productivo su trabajo.

Siguiendo unas normas de comportamiento sencillas y razonables, si la persona no está impedida o no tiene una carga especial, es fácil escapar a la miseria económica. Un artículo de Steven Malanga decía: "para permanecer fuera de la pobreza en Estados Unidos, es necesario hacer tres cosas muy sencillas, según han sabido los científicos sociales: terminar el instituto, no tener niños hasta haberse casado y esperar al menos hasta los 20 para casarse. Haz estas tres cosas, y las posibilidades de empobrecerte son menos de una entre diez. Sin embargo, cerca del 80% de quienes no logran hacer estas tres cosas terminan siendo pobres".

Si se asegura una renta o una cantidad de bienes y se le dice a la persona que constituyen un derecho suyo, pese a que no los ha producido ella, se desincentivan el esfuerzo personal, el trabajo y el ahorro. Si se siguiera el camino opuesto, los resultados se verían enseguida. Volvamos al caso de los Estados Unidos. La Fundación Heritage ha calculado que "en los buenos tiempos, como en los malos, la típica familia pobre se sostiene con solo 800 horas de trabajo al año; esto son 16 horas de trabajo a la semana. Si el trabajo de todas las familias se elevara a 2.000 por año –el equivalente a un adulto trabajando 40 horas a la semana a lo largo del año–, casi el 75 por ciento de los niños pobres saldrían de la pobreza" tal como se fija allí oficialmente.

Símbolos de libertad

Ama-gi

Corría el año 2300 antes de Cristo, más o menos, cuando alguien en la ciudad-estado sumeria de Lagash inscribió el símbolo cuneiforme del ama-gi en un documento de arcilla. A día de hoy, ésa es la expresión escrita más antigua que se conserva de la palabra libertad.

A medida que el interés por este inmortal concepto va renaciendo, son más y más los que redescubren los muchos y diversos símbolos que a lo largo de las eras y de las civilizaciones lo han representado. Veamos algunos de los más recientes.

La bandera de Gadsden

Cuando las Trece Colonias se batieron contra el Imperio Británico, uno de los símbolos más populares fue la Bandera de Gadsden, una serpiente de cascabel sobre un fondo amarillo. Fue Benjamín Franklin quien mejor supo explicar la analogía entre ese animal y los ideales de aquella joven nación: jamás es la primera en atacar, cuando lo hace avisa primero y cuando ha empezado jamás se rinde. Sobre la serpiente, la Bandera de Gadsden lucía el lema: Don’t Tread On Me! (no me pisotees). Una de las formas más claras y directas de expresar lo que se entiende por libertad: ¿verdad que no me meto contigo? ¡Pues, déjame en paz!

Libersign y Tanstaafl!

A finales de los años sesenta, David Nolan estaba harto del topicazo que encasillaba a todo hijo de vecino en un espectro político unidimensional. Se suponía que o eras conservador y, por lo tanto aceptabas la libertad de empresa y atacabas ciertos comportamientos individuales (en materia de sexo y religión, por ejemplo), o eras izquierdista y entonces atacabas la libre empresa y defendías aquellos comportamientos.

Fue entonces cuando ideó el llamado World’s Smallest Political Quiz (el cuestionario político más pequeño del mundo), también conocido como Nolan Chart. La idea era sencillísima: cinco preguntas sobre materia económica y cinco sobre asuntos personales. Los resultados se representaban sobre unos ejes cartesianos en forma de aspa dando lugar a un gráfico en forma de diamante.

Los que respondían a favor de la libertad económica y a favor del control del Estado en asuntos personales, serían la derecha conservadora. Los que respondían a favor del control del Estado en la economía y en contra de su injerencia en asuntos personales serían la izquierda progresista, lo que en EE.UU. llaman "liberals". Los que respondían siempre a favor del control del Estado serían los autoritarios. Los que respondían siempre a favor de la no injerencia del Estado serían los libertarians, lo que en español llamamos "liberales". Los que no se decantaban claramente ni por el control estatal ni por la liberad en ninguno de los casos, serían los centristas.

Pocos años antes, Robert Heinlein había publicado su novela de ciencia-ficción La luna es una cruel amante en la que narraba la lucha de las colonias lunares por la independencia. Los colonos enarbolaban una bandera negra salpicada de estrellas en la que lucía una franja roja y un cañón dorado sobre el lema TANSTAAFL!, acrónimo de la expresión inglesa There Ain’t No Such Thing As A Free Lunch! (¡Las comidas gratis no existen!), que venía a recordar el hecho de que cuando alguien ofrece algo gratis suele suceder que un tercero ha de pagarlo, o sea, que la libertad de uno no puede ser jamás la esclavitud de otro.

Inspirado por el diagrama de Nolan, Heinlein diseñó un nuevo símbolo para el liberalismo más lanzado. Con un diseño minimalista de inspiración sagitaria, símbolo de la sabiduría y de la liberad, Heinlein trazó el aspa del diagrama y tildó el eje vertical con una punta ascendente. Pero era también una clara referencia al cuadrante superior donde se encontraba el liberalismo en el cuadro de Nolan. Lo llamó libersign.

Libertatis Æquilibritas

Uno de los símbolos liberales más curiosos es el Libertatis Æquilibritas, el equilibrio de la libertad. Consiste en la combinación del símbolo taoísta del Yin Yang, el círculo-A del anarquismo y el carácter $ de la divisa norteamericana.

El primero representa la armonía que resulta de la ausencia de coerción, o sea, de la inacción del Estado. El segundo, redunda en lo anterior al recalcar el componente anarquista. Y el último, el dólar, representa el mercado en el que no hay coerción sino relaciones voluntarias mutuamente gratificantes.

El Libertatis Æquilibritas suele representarse en color azul, negro o dorado. El primero es frecuente como símbolo de la libertad. El segundo simplemente resulta más fácil de representar. Y el último se refiere a la vieja y estrecha relación entre el oro y la libertad.

Expo Zaragoza 2008, agua y desarrollo insostenible

Dicen que son los dictadores los que tienen querencia por emular a los antiguos faraones y llenar la tierra de sus sufridos súbditos de gigantescos y costosos monumentos erigidos en los lugares más inverosímiles. Lo cierto es que las democracias tienen también un elevado número de proyectos faraónicos a sus espaldas pero con una diferencia: mientras que el dictador la levanta y punto, que para eso es dictador, la democracia tiene que explicarlo y de esa manera entramos en el turbulento mundo de la hipocresía como táctica política. Es posible que uno de los macroproyectos lúdico-políticos más repetidos por parte de los demócratas de pro sean las Exposiciones, ya sean universales, internacionales o vecinales. El presidente, el alcalde, el gobernador gusta dejar impronta de su labor a costa de los contribuyentes, que para eso le han elegido.

En algo más de dos años disfrutaremos en España de la Expo Zaragoza 2008 de la que se dice que "será la celebración Internacional de la fecunda relación del agua y las comunidades humanas, en un proyecto global, eficiente y solidario. De ahí, que el proyecto se construya sobre un concepto indisoluble: AGUA y DESARROLLO SOSTENIBLE". Y lo cierto es que la romanza, aunque un tanto hortera, es atractiva para muchos.

El sempiterno cambio climático y las sequías más o menos periódicas que vive la Península Ibérica son dos razones más que suficientes para dotar a tan histórica ciudad de una exposición políticamente correcta. Los organizadores, es decir, el Ayuntamiento que dirige el socialista Juan Antonio Belloch, tenía otra razón poderosa. La llegada al poder de José Luis Rodríguez Zapatero supuso la derogación del Plan Hidrológico Nacional, medida del anterior gobierno del Partido Popular, no menos intervencionista, que pretendía dotar a España de un plan general de reparto de recursos hídricos a través de una serie de infraestructuras y trasvases de ríos tan caudalosos como el Ebro a zonas deficitarias pero necesitadas de agua como el turístico Levante español. Nada que ver con el libre mercado. La oposición frontal de los zaragozanos, y en general de aragoneses y catalanes, a que les tocaran su Ebro creó una impresión de egoísmo e insolidaridad inapropiada para los intereses socialistas. Una Exposición basada en el agua es ante todo una buena medida de expiación de la culpa. También lo es para gastar dinero a espuertas.

Si una cosa nos enseñó la Exposición Universal de Sevilla de 1992 fue que las medidas referentes al control de gasto público son una quimera, una utopía imposible de conseguir. Lo cierto es que cuando el control es público, el amiguismo, la arbitrariedad y en general la corrupción termina por adueñarse de la situación. Da lo mismo que sea una Exposición, el urbanismo o los parques eólicos. La ubicación de la Expo Zaragoza requiere alguna actuación en el río. Al situarse en un meandro que suele sufrir con cierta asiduidad las acometidas y las subidas de caudal del Ebro, la necesidad de un azud, de una pequeña presa que controle el caudal, es más que un capricho. Pero necesario no quiere decir ni mucho menos rentable y la rentabilidad no es un concepto que maneje el político con asiduidad.

Endesa, la eléctrica dominante en la zona, mucho más preocupada de las OPAs de Gas Natural y la alemana E.ON, desestimó realizarlo cuando descubrió que el coste que en el preacuerdo, ya deficitario, se elevaba a 24 millones de euros, se iba a casi duplicar hasta los 44. Si las cifras presupuestarias ya eran disparatadas, cuando se calculó que las pequeñas turbinas que se iban a instalar en la infraestructura, teniendo en cuenta las crecidas y los caudales medios del río, sólo generarían lo que un pequeño molino, se llegó a la conclusión de que el coste adecuado no sería de más de 3 ó 4 millones de euros y hasta ahí podíamos llegar. Por supuesto, el alcalde sufrió cierto desasosiego ante el abandono de la eléctrica. Su visión pública de la economía le hizo preguntarse cómo era posible que un empresario le creara este problema político. El concurso posterior quedó vacío ya que ninguna empresa estaba dispuesta a gastarse tanto dinero. Al final el mismo Ayuntamiento ha decidido tirar de erario público y acometer su construcción con un presupuesto inicial de 10,7 millones de euros.

Lo que está claro es la diferencia de criterio de uno y de otro, mientras que el empresario piensa en sus accionistas, en la rentabilidad, en el beneficio de aquellos que le apoyan con su dinero y su confianza, en sus clientes, el político no duda en gastarse el dinero de los contribuyentes en aventuras más o menos descabelladas, deficitarias y de dudosa utilidad. Y esto es sólo el principio, hasta 2008 restan unos cuantos meses de desarrollo insostenible, sobre todo para el contribuyente.

Liderazgo y toma de decisiones en Juan de Mariana (1)

El Padre Mariana en su obra Del Rey y de la institución real (1598) recomienda las cualidades esenciales que todo príncipe cristiano debe poseer para la mejor gobernación de su futuro reino. Se trata de una suma de valiosos consejos acerca de la monarquía, la educación y los cargos públicos. Dirigida a Felipe III, rey de España, en De rege et regis institutione Mariana explica su celebérrima defensa del tiranicidio. Sus consejos, plenos de modestia y sabiduría, pueden resultar muy útiles para los hombres y mujeres con algún tipo de responsabilidad ejecutiva e incluso para un eficaz desenvolvimiento en cualquier otro aspecto de la vida.

Juan de Mariana analiza en profundidad la gloria, que hoy podríamos entender como el legítimo afán de superación profesional y la voluntad de salir adelante. La gloria es el motor que mueve la acción humana. Los ejemplos de los grandes hombres de la Historia sirven de acicate para la propia evolución personal. No hay en la gloria según Mariana sombra de vacuo aristocratismo sino un certero mensaje contra la envidia igualitaria:

El amor a la gloria es natural en el hombre y existe en todos, porque ¿quién podría haber tan humano y tan fiero que no medite infinitos proyectos para adquirir el aplauso de sus semejantes?…

Abramos los antiguos anales, recordemos las edades antiguas y encontraremos indudablemente que al amor a la gloria debemos la existencia de los más valientes capitanes, de los más prudentes legisladores, de los más sabios filósofos.

…El amor a la gloria no está fundado en la opinión del vulgo, sino en la misma naturaleza humana, y esto lo declara suficientemente el hecho de que este deseo lo tenemos todos.

El autor fija un límite para la gloria: que ésta no desemboque nunca en el oportunismo. Critica a los que hoy denominaríamos profesionales de la solidaridad, siempre pendientes de la audiencia televisiva, y recomienda practicar buenas obras ocultándolas a la vista de nuestros semejantes.

A Mariana le gustan los líderes que comuniquen al equipo los valores que inspiran su dirección y rechaza la desacertada y extendida idea acerca de la excelsa soledad del mando. Lanza además un mensaje para valientes de resonancias casi churchillianas:

Aprenda sobre todo el príncipe a despreciar vanos temores, luche con sus iguales, hable en presencia del pueblo, no huya de la luz, no se aísle del público, no se acostumbre a una vida retirada… Es el miedo la mejor señal de un ánimo abatido, así que desdice del todo la dignidad del príncipe y es del todo contraria a la dignidad de los reyes. Deben exponerse todos los esfuerzos posibles en alejarle y fijar con ahínco en el ánimo del futuro monarca la idea de la infamia y mengua que consigo llevan, a fin de que rechace el miedo al miedo.

El gran jesuita dedica largos párrafos a la mentira, a la que sonoramente detesta.

Advierte las desventajas de la falsedad y observa con temor cualquier clase de disimulo. Dice con donaire que los aduladores son perniciosos camaleones que visten todos los colores, menos el blanco:

Nada hay en la vida humana más excelente que la buena fe, con la cual se establecen las relaciones comerciales y se constituye la sociedad entre los hombres… No negaremos que el príncipe debe ser cauto y guardar esa reserva, que el pueblo suele llamar astucia y fraude, dando a la virtud un nombre que está muy cerca de significar el vicio.

Acerca de la dirección de personas, nuestro autor no admite favoritismos por parte del líder, que debe permanecer alerta distinguiendo entre buenos y tramposos colaboradores:

Ármese de circunspección y prudencia para que no le engañen sus cortesanos, que están acechando todas las ocasiones para cegarle y arrancar de sus manos honores y riquezas, tomando tal vez por juguete a la inocencia ajena y abusando de la sencillez del hombre que verdaderamente vale. No se deje nunca desviar de las leyes de la equidad, no podrá mantener unidos a los altos con los bajos, ni con éstos a los del orden medio si no los tiene a todos persuadidos de que más pueden con él las prescripciones de la justicia que los afectos personales ni la privanza de los que le rodean.

Es aleccionador cómo Mariana presta atención a un aspecto tan moderno como es el lenguaje corporal. ¡Cuántas personas pierden la consideración de los demás apenas despliegan su póquer de gestos! Le desagradan por completo la violencia en los brazos, los labios torcidos y la voz desgañitada:

Las vanas e hinchadas olas se estrellan contra los peñascos, las grandes y generosas fieras no levantan siquiera la cabeza por oír ladrar a un perro. Los movimientos del ánimo demasiado vehementes y el excesivo calor en la palabra, no sólo desdicen de hombres graves, son contrarios a la dignidad y al mando, porque si es implacable la ira, se atribuye a crueldad; si cede, a ligereza y blandura; que es sin embargo preferible.

Del Rey y de la institución real es fuente de múltiples y gratas sorpresas. También el Padre Mariana podría aparecer como precursor del role-playing y las dinámicas de grupo cuando recomienda la exposición pública de asuntos de interés para una ventajosa formación entre los jóvenes (Hágase que dos o tres muchachos hablen en pro, ora en contra, y que uno cómo juez resuelva la cuestión dando el fallo definitivo que le aconsejen su razón y su conciencia…). Éstas y otras técnicas decisorias en las organizaciones que el ilustre talaverano avizoró, serán objeto de un próximo comentario.

La Europa del malestar

Europa, el otrora paradigma del progreso, está dejando de serlo de tanto mirarse al espejo y vanagloriarse de su "modelo de bienestar" mientras abandona los principios sobre los que se funda su prosperidad. Con un crecimiento económico estancado del 1’5% anual, 19 millones de parados, un desempleo juvenil del 18%, una elevada deuda pública y una población cada vez más envejecida, Europa quizás debería dejar de jactarse de su exclusivo "modelo social" y plantearse más bien su definitivo desmantelamiento. Unas cuantas cifras y datos comparativos pueden ayudarnos a visualizar el alcance de este letargo.

La economía mundial está creciendo a un ritmo del 4%, India lleva años liberalizando su economía y creciendo aceleradamente al 7% anual, lo mismo que China, que en los últimos 25 años ha crecido a una tasa histórica del 9%. Estados Unidos también crece a un ritmo notable del 4,4%. La economía europea, sin embargo, apenas llega a crecer un 1,5%. Lo que explica estas disparidades es la medida en que el Estado coarta la función empresarial de los individuos, su capacidad para advertir y aprovechar oportunidades de ganancia en el mercado y prosperar. Los Estados del Bienestar europeos gestionan la mitad de la riqueza nacional (además de regular la otra media), lo que equivale a decir que los europeos son esclavos a tiempo parcial que trabajan la mitad del año para la administración pública. El gasto estatal en relación con el PIB es del 48,2% en la Unión Europea, casi 10 puntos por encima de la media de la OCDE y 15 puntos por encima del gasto público de Estados Unidos, que es del 35,6%. A este respecto vale la pena comparar la evolución de los indicadores europeos (Francia, Alemania e Italia como referencia) con los indicadores de Estados Unidos, sociedad que cabe considerar ligeramente menos intervenida.

En 1990 la renta per cápita alemana representaba un 80% de la renta per cápita estadounidense, la francesa representaba un 78% y la italiana un 76%. Una década después la renta de los tres países europeos no sólo no se había acercado a la renta norteamericana sino que se había alejado entre 10 y 5 puntos cada una. Estados Unidos, con un nivel de desempleo del 5%, ha incorporado 20 millones de personas al mercado laboral desde 1990. Francia, Alemania e Italia, con tasas de desempleo que rondan el 10%, sólo han visto aumentar su población activa en tres millones. En Estados Unidos trabaja el 63% de la población, mientras que en Alemania, Francia e Italia sólo el 50% de la población se dedica a trabajar. Entre 1990 y 2002 las horas trabajadas por empleado se han mantenido en Estados Unidos mientras que en los tres países europeos han descendido abruptamente. El 78% de los italianos desempleados tiene que esperar más de seis meses para encontrar trabajo, lo mismo que el 65% de los alemanes o el 54% de los franceses. En Estados Unidos sólo el 18% de los parados tiene que esperar más de seis meses. La producción de bienes de alta tecnología ha crecido un 419% en Estados Unidos en el período 1980-2003. Francia, Alemania e Italia han registrado respectivamente un crecimiento del 242%, del 52% y del 69%. Por otro lado la tasa de nacimientos por mujer es en Estados Unidos del 2,1%, mientras que en Europa no llega a la tasa de reemplazo. Si la tendencia actual continúa la población europea no tardará en contraerse, lo cual amenaza la viabilidad de los sistemas de pensiones públicos y limita las posibilidades de crecimiento de la economía, pues habrá menos individuos productivos. ¿Es éste el boyante modelo social europeo? Las encuestas sobre satisfacción personal revelan que en general los norteamericanos se sienten más satisfechos con su vida que los europeos: el 57% de los norteamericanos se declara muy satisfecho con su vida, frente al 14% de los franceses, el 17% de los alemanes y el 16% de los italianos. En cuanto a la pregunta de si están de acuerdo en que el éxito viene determinado por circunstancias que escapan a su control, el 65% de los norteamericanos responde negativamente, frente al 44% de los franceses y el 31% de los alemanes e italianos. ¿No será esto último un reflejo del grado en que unos y otros controlan en efecto su propia vida o son dependientes del Estado?

Lo cierto es que Europa es próspera a pesar de los Estados del Bienestar, no gracias a ellos. El magnificado modelo escandinavo va quedándose obsoleto mientras Irlanda, el país menos intervenido de Europa, les supera por el flanco. Suecia era en 1970 la quinta nación más próspera de la OCDE e Irlanda ocupaba la posición 22. En 2003 Irlanda pasó a ocupar el cuarto puesto y Suecia el 14. Con un gasto público similar al de Estados Unidos, Irlanda ha experimentado un desarrollo espectacular estas dos últimas décadas, mientras Dinamarca, Suecia y Finlandia se sumían en un período de profundo estancamiento. Suecia y Finlandia no han creado empleo en 20 años y, junto con Italia, los países escandinavos son los que han registrado los peores resultados económicos de Europa.

El gasto público de las 10 economías de más rápido crecimiento del mundo entre 1980 y 1995 (Corea del Sur, Tailandia, Taiwán, Singapur, Hong Kong, Botswana, Mauricio, Chipre, Indonesia y Malasia) se situó de media cerca del 25%. Europa dobla esta cifra. Para los países con un gasto público inferior al 25% del PIB el crecimiento medio es del 6,6%; para los países con un gasto público del 50-59% el crecimiento registrado es del 2%.

Los Estados del Bienestar son la fuente del malestar europeo. La intervención pública no complementa el mercado ni dota de más oportunidades a los individuos; actúa como una losa sobre la iniciativa privada y la creatividad empresarial. Si Europa quiere retomar la senda del progreso deberá abandonar el camino de la servidumbre.

Ingenuidad francesa, pérdidas totales

Según un reciente informe del senado francés, el 75% de los jóvenes de Francia quieren ser funcionarios. Si la estadística es cierta, Francia tiene un problema grave. Evidentemente nadie se quiere hacer funcionario para servir a la gente, eso sólo lo hace la empresa privada. No destaca entre el personal del gobierno cualidades como la buena atención al cliente, eficiencia, empatía hacia el consumidor, la búsqueda de beneficios, ni la alta producción.

Este 75% de jóvenes tal vez creen, ingenuamente, que empleo es igual a riqueza y producción, pero el trabajo por el hecho de no hacer nada, y a esto aspira el funcionario, no da valor alguno a la comunidad. Keynes, por ejemplo, era partidario de este tipo de "producción". Afirmaba que en momentos de crisis "el estado debía estimular el trabajo aunque fuese cavando zanjas para luego volverlas a tapar".

Si gran parte de un país usa su tiempo y capacidad creativa y productora a no hacer nada, la producción útil que los consumidores y accionistas ansían para mejorar su nivel de vida –y aquí estamos todos en algún momento– se verá insatisfecha con sus lógicas consecuencias; tampoco habrá capital extranjero que venga al socorro (nadie crea empresas en países poco productivos y caros); el mercado interior será cada vez más deficiente y la esterilidad económica ahuyentará o desanimará a la persona trabajadora, productiva y ambiciosa que son el motor de la sociedad. Ahora podemos entender mucho mejor el offshoring y outsourcing (deslocalización y subcontratación) que se producen en nuestro mundo globalizado, y también podemos comprender cómo no sólo son fenómenos de costes, sino también de mejora en la productividad.

También, una parte importante de los jóvenes franceses pretenden sustituir la fuente de innovación y prosperidad que otorga el libre mercado por la decadente gestión de la burocracia gubernamental. Así funcionaban los países de la antigua Unión Soviética. La muerte del socialismo político, el comunismo, demostró, incluso a los más radicales partidarios que del totalitarismo soviético, que la gestión estatal de la economía sólo sirve para crear penurias a la gente y riqueza a los altos dirigentes políticos.

Esto no significa que ese 75% esté a favor del socialismo ni sepan siquiera las consecuencias que éste conlleva, es evidente que no. Pero para un occidental actual vivir bien significa no trabajar, algo que es una contradicción ya que si no trabajamos no obtenemos nada y por lo tanto empobreceremos. Si no producimos lo que otros ansían y trabajamos sin producir nada (al modo de Keynes), todo el sistema de alta división del trabajo, diversidad económica, prosperidad y creación y acumulación de riqueza desaparecerán. En este caso el estado no podrá suministrarnos los mínimos y menos aún proporcionarnos lujos; porque el estado vive de la gente a la que domina, y si ésta no tiene nada, el estado guardará lo que expolia a la gente para distribuirlo entre los altos burócratas y políticos.

La dificultad a la que se enfrentan los franceses no es la de un mercado laboral rígido, la negación a un contrato que pueda despedir a los jóvenes de forma libre (el CPE), el alto nivel de desempleo, ni las cuentas rojas del estado… sino la propia mentalidad francesa que es el paradigma de Europa. Si la gran mayoría de los franceses no quieren trabajar, aunque no consigan hacerse funcionarios, los resultados van a ser igual de destructivos: continuo retroceso económico. Ninguna ley les va a servir para estimular la producción. Tardará tiempo, pero Francia está a las puertas de su hundimiento.

La propiedad de las calles

El derecho de propiedad sirve para evitar, minimizar y resolver conflictos entre seres humanos: el propietario es el único legitimado para decidir qué hacer con su propiedad, y su única limitación es no agredir la propiedad ajena. Los no propietarios pueden no estar de acuerdo, o no gustarles lo que hacen los demás con sus cuerpos, sus vidas y sus cosas, pero eso no es equivalente a ser agredido, así que no tienen ningún derecho a intervenir coactivamente para evitarlo.

Existen situaciones en las cuales es difícil (aunque quizás no imposible) asignar derechos de propiedad sobre ciertos bienes a personas individuales. En estos casos las unidades de gestión más pequeñas son más adecuadas para localizar y resolver problemas, porque tienen el conocimiento y los incentivos necesarios para ello, y porque cuantas más personas estén involucradas en un asunto más difícil es llegar a acuerdos máximamente satisfactorios.

Las calles existen porque es necesario trasladarse de un lugar a otro y suelen ser públicas porque es difícil y caro cobrar a los transeúntes por su utilización. Quienes viven o trabajan en un lugar son los principales interesados en que su hábitat sea agradable y atractivo y no se degrade, e igualmente son quienes mejor conocen la problemática particular de la zona. Las unidades urbanas más pequeñas posibles (bloques urbanos, barrios, pequeños municipios) son las más adecuadas para establecer las normas de uso de los espacios comunes.

Pero no hay garantías de que no haya conflictos, ya que distintas personas pueden tener diferentes preferencias, y la tragedia de los comunes enseña que es muy humano intentar aprovecharse al máximo de algo y contribuir lo mínimo posible a su mantenimiento: si alguien obtiene un beneficio provocando un coste a otros debería pagarles por ello de algún modo, con una tasa por un aprovechamiento o con una sanción por un daño causado. Cuando los destrozos se permiten lo normal es que proliferen, ya que la destrucción es fácil y a menudo divertida (los edificios abandonados suelen tener muchas ventanas rotas y no es por accidente).

Es posible conocer algunos principios generales acerca de cómo optimizar la normativa de uso de las calles mediante la observación de cómo se comportan las personas en sus propios hogares y cuando son invitados a viviendas ajenas, y mediante el estudio de las normas de conducta en calles de propiedad privada (centros comerciales, parques de atracciones).

Parece sensato exigirle a la gente que no ensucie ni estropee la calle, y por lo tanto no defecar u orinar en ella (tampoco los animales de compañía), ni abandonar basura (cuesta muy poco utilizar las contenedores dispuestos al efecto), ni destrozar el mobiliario urbano. Si alguien no admite esto tal vez lo entienda cuando otras personas hagan sus necesidades en el pasillo de su casa, abandonen allí también su basura y además destrocen sus muebles.

Los que pegan carteles sin permiso deberían retirarlos, limpiar lo ensuciado y ser informados de que existen medios de comunicación de masas que aceptan comentarios políticos y publicidad comercial: si no quieren o no pueden pagar el precio es su problema, y tal vez a los ciudadanos no les interesen los mensajes que quieren transmitir. Las pancartas colgadas son al menos más fáciles de retirar.

Las pintadas y el graffiti, aunque a sus ejecutores les parezcan artísticos y les sirvan para dejar constancia pública de su probablemente patética existencia, no suelen embellecer el entorno (no hay mucha gente dispuesta a pagar por ello y algunos se limitan a firmar con mala letra): a estos vándalos callejeros, además de obligarles a limpiar su porquería y a devolver las cosas a su estado original, se les podría educar pintarrajeando sus caras, sus cuerpos, sus ropas y sus posesiones más queridas. A ver si les gusta.

La venta ambulante reduce mucho los costes para el vendedor: no tiene que pagar el alquiler de un local y puede desplazarse y colocarse donde más clientes potenciales haya. Lástima que al hacerlo impida el paso de los viandantes (quienes tal vez podrían hacer como si toda esa mercancía no estuviera allí y pasar por encima, ya que no tendría que estar allí). Y si uno puede hacerlo, ¿por qué no todos hasta que la circulación quede totalmente bloqueada?

Algunos comerciantes parece que no tienen suficiente con el espacio de su local e invaden parte de la acera con sus mercancías o su publicidad. Algunos quiosqueros expanden su negocio mucho más allá de su pequeño habitáculo (y seguramente más allá de lo que su licencia municipal les permite).

Los pobres pueden pedir ayuda en múltiples organizaciones de caridad; pero hay profesionales de la mendicidad que no quieren que les sermoneen o les ofrezcan trabajo, prefieren dar pena y no les importa demasiado si impiden el paso o si molestan a otros ciudadanos.

Las prostitutas pueden ejercer discretamente en domicilios particulares o burdeles, pero el contacto con el cliente es más rápido y directo en la calle; quizás no consideran que siendo su profesión tan mal vista por muchos deberían ser cuidadosas con sus vecinos, parece que a mucha gente no le gusta la prostitución callejera cerca de sus hogares, escuelas, iglesias o trabajos.

El botellón callejero es una forma atractiva para los jóvenes de pasar el rato juntos, conversar, hacer amigos, buscar pareja y entretenerse. Todo eso puede hacerse en lugares privados (o sin convertir la zona en un basurero), pero al parecer las copas son muy caras: a ninguno se le ocurre tener un poco de iniciativa empresarial y poner un bar donde sean más baratas.

Aparcar en la calle parece gratis, pero obviamente tiene un coste: esa plaza no puede ser utilizada por otros; no es descabellado exigir una tasa cuando el espacio es limitado. Dejar el vehículo mal aparcado puede entorpecer el paso de otros.

Las manifestaciones callejeras sirven para presionar políticamente a los gobernantes o para protestar por múltiples causas. Podrían reunirse pacíficamente en muchos lugares donde no entorpecerían el tráfico (estadios, parques, manifestódromos), pero parece que parte esencial de muchas manifestaciones es llamar la atención perjudicando a otros y mostrando cuántos son y cuánto daño pueden hacer si se ponen de acuerdo.

Se supone que los gobernantes organizan la utilización de los recursos comunes de modo que no se abuse de ellos, pero los políticos y los burócratas son notoriamente incompetentes en sus funciones. Y en realidad se dedican a otras cosas que quedan como ejercicio para el lector. Pero luego dicen que a los liberales no nos interesa lo colectivo.

La izquierda millonaria

Antes de morir, Marx dijo odiar el vil metal: "No quiero el dinero porque es la razón por la que luchamos". Recientemente, el PSOE, en consonancia con sus principios, señalaba que el socialista de hoy tiene que colaborar en la "construcción de una sociedad que favorezca una redistribución más equitativa de la riqueza".

Sin embargo, como señalaba David Horowitz en "Left Ilussions", "una de las claves de la mentalidad de izquierdas es que se juzga a si misma por sus mejores intenciones y a sus oponentes, por sus peores actos" Otra de las características que la definen es que, a pesar del derrumbe del comunismo, sigue bebiendo de la teoría de la explotación marxista, eso si, adecuada a los tiempos que corren. Cualquier desastre, tiene explicación en la dominación del hombre sobre la mujer, de los potentados contra los pobres, de los países ricos contra el tercer mundo, del género humano contra el animal y la naturaleza, etc…Al final, la vida se reduce a dominar o a ser dominado. En su subconsciente, la izquierda cree en esta dicotomía nietzscheana.

De ahí que no sea infrecuente encontrar casos de doble moral en los que los izquierdistas actúan contrariamente a lo que piensan y, aunque se califiquen de solidarios, sean egocéntricos y derrochones.

Uno de los más flagrantes ha sido el de Juan Luis Cebrián. La mano derecha de Polanco decía no hace mucho que había que emprender la "lucha contra las desigualdades económicas" y no cejar hasta la "eliminación del exasperante y ciego egoísmo de las sociedades capitalistas". Evidentemente, el otrora jefe de la prensa del Movimiento se olvidaba de autoflagelarse por todo el capital que ha desembolsado para pagar su vivienda de 1.000 metros cuadrados en la urbanización madrileña, "La Moraleja". Según informa el diario Minuto Digital, Cebrián ha satisfecho por el inmueble alrededor de 1.000 millones de pesetas.

Pero no crean que estamos ante una excepción a la regla porque en todos los países en los que los intelectuales braman contra la pobreza, muestran al mundo su lujo sin molestarse siquiera un ápice por "el qué dirán".

Por ejemplo, descubrir que el famoso pensador de la izquierda, Noam Chomsky, defensor de neonazis y de etarras, se sirve de planificaciones fiscales para pagar menos impuestos por los millones que atesora, aún siendo escandaloso, es ocultado deliberadamente por los medios de comunicación.

Como ha señalado Peter Schweizer en un extracto de su libro "Do as I say (not as I do): Profiles in liberal hypocrisy", "Chomsky está a favor del impuesto al patrimonio y la redistribución masiva de los ingresos, siempre y cuando no sea la redistribución de sus ingresos. No hay razón alguna para dejar que políticos radicales se entrometan en una sensata planificación del patrimonio.  Cuando pregunté a Chomsky sobre este fondo empezó a sonar de lo más burgués: ‘No voy a disculparme por apartar dinero para mis hijos y nietos’, me escribió por correo electrónico. Chomsky no ofreció ninguna explicación de por qué condena a otros igualmente orgullosos de su disposición hacia sus propios hijos y que tratan de proteger sus activos del Tío Sam. Sin embargo, dijo que sus protecciones frente a los impuestos están bien porque él y su familia están ‘intentando ayudar a la gente que sufre’."

Por su parte, el no menos famoso Michael Moore es otro de los miembros de este club de ricos socialistas. En uno de sus libros se atrevía a criticar el sueño americano de este modo: "En este país somos adictos a este mito feliz de que se puede pasar de la pobreza a la riqueza. En otras democracias industrializadas la gente se siente satisfecha con ganar lo suficiente para pagar las facturas y mantener a sus familias. Son pocos los que tienen un deseo criminal por hacerse ricos. La mayoría vive con los pies en el suelo, donde son solo unos pocos, siempre otros, los que se hacen ricos, así que más vale irse acostumbrando". Ahora bien, el desconocido Moore es millonario, vuela en business, circula en limusina, vive en Manhattan y aunque critica a las grandes corporaciones, es titular de acciones de Boeing o Haliburton. ¿Quién es entonces, el gangster?

Como hemos visto, algunos de los voceros de la dignidad humana, el igualitarismo y la redistribución son unos farsantes que ansían el dinero con una obsesión rayana en la enfermedad mental. Una vez más, se demuestra que la ética de la izquierda es como el vestido del emperador: no existe.

Apuntes sobre la crisis del 73

A finales de septiembre de 1970 moría de un paro cardiaco Gamal Abdel Nasser. Nadie lo esperaba. En el momento de su muerte, el líder egipcio se encontraba en la cima de su carrera. Era realmente afortunado. A pesar de sus continuos fracasos, disfrutaba de un poder omnímodo, su pueblo lo idolatraba y, en el extranjero, gozaba de una magnífica prensa. Pocos políticos han manejado la demagogia y la propaganda de un modo tan magistral como lo hizo Nasser en sus 18 años de magistratura vitalicia.

Las naciones de occidente no lo sabían, pero en aquel momento se hallaban en la recta final de un periodo de crecimiento y prosperidad sin parangón en la historia. En apenas tres años todo iba a cambiar, y el imprevisto fallecimiento de Nasser fue, en cierto modo, el escopetazo de salida. El discurso nasserista –que, aún hoy, sigue teniendo adeptos–, consistía en una simple y efectiva amalgama de socialismo, nacionalismo árabe y una cerval judeofobia. La fórmula, aunque ruinosa de necesidad, funcionó durante dos décadas largas, sirvió de antesala al islamismo actual y condenó al mundo árabe a un crónico retraso económico y social.

Los herederos del nasserismo, especialmente Gadaffi en Libia y los gobiernos del partido Baas en Siria e Irak, adoptaron como propio el ideario del malogrado caudillo panárabe que había plantado cara a las potencias occidentales. Ciertos mandatarios de la región se convencieron de que los árabes podían doblegar a Occidente, obligándole, ya de paso, a replantearse el apoyo que prestaba a Israel, una pequeña nación que había pulverizado el honor de los árabes en la guerra de los seis días.

La economía de los países árabes era, sin embargo, bastante débil, y fuera de los autocomplacientes discursos de sus líderes, nada hacía pensar que pudiesen poner al mundo en jaque. Pero tenían en la mano el grifo de casi todo el petróleo, una materia prima que, hace 35 años, era un artículo muy barato. Tenían también el control de la OPEP, un cártel bastante inocuo que, bien usado, podía convertirse en la mejor correa de transmisión para sus intereses.

En 1971 se produjo la primera alza de precios, una minucia que no llegó ni a medio dólar por barril. Fue el preludio de lo que vendría dos años más tarde. En octubre de 1973 una nueva coalición árabe volvió a darse de bruces con el ejército israelí, a quien atacaron por sorpresa el día del Yom Kippur, una de las festividades judías más importantes. Una semana después el mercado de crudo implosionó. Como represalia por la derrota en Israel, la OPEP restringió la producción y elevó el precio del barril en un 70%. A los dos meses lo volvió a subir, esta vez un 130%.

La economía europea y norteamericana, que ya venían tocadas, se hundieron en el desconcierto. Nació entonces la llamada estanflación, es decir, la perversa combinación de estancamiento e inflación, un fenómeno que los teóricos de la socialdemocracia no habían previsto y que, en su miopía, consideraban imposible. Razón definitiva para tomar al keynesianismo como una doctrina completamente amortizada.

El petróleo no volvió a bajar al nivel de precios de antes del 73 –registró incluso un nuevo incremento en 1979–, pero los delfines de Nasser no se salieron con la suya. Ni siquiera en un momento en que dispusieron de casi toda la liquidez mundial en sus manos. La razón es sencilla; el órdago les falló porque desconocían cómo funcionaba el sistema financiero mundial, ya plenamente globalizado en los primeros setenta.

Los millones de dólares extraídos a las naciones occidentales por un petróleo artificialmente caro, volvieron a ellas en el curso de pocos años. Y es que esos dólares valían en tanto en cuanto eran útiles para la economía global en su conjunto. Los grandes bancos eran occidentales y los criterios de reinversión de la fortuna petrolera también fueron occidentales. Al final, a los orgullosos dirigentes que quisieron poner a Occidente de rodillas, les perdió su propia ignorancia, cuando no la corrupción y el despilfarro como fue el caso de potencias petroleras como Irán o Irak.

La crisis del 73, que de un par de años a esta parte está en boca de todos, fue fabricada y de índole totalmente política. Su estallido no respondió a mecanismos propios de la economía como la oferta, la demanda o la escasez. Nada que ver, por tanto, con la carestía que hoy padecemos. Eso, claro, es harina de otro costal que se merece comentario aparte.

¿Por qué hay que privatizar el agua en España?

Cuando se plantea la necesidad de privatizar el agua saltan todas las alarmas. ¿Por qué debe privatizarse un bien necesario para la vida? La respuesta es sencilla: precisamente porque el agua es necesaria para vivir debe ser privatizada. Ya que el gobierno emponzoña todo lo que toca, mejor será que nos moleste en las áreas menos importantes de nuestra vida.

El caso a favor de la privatización es evidente en el Tercer Mundo. Allí los distintos Estados son incapaces de abastecer a sus poblaciones; no por falta de agua, sino por completa ausencia de instalaciones para transportarla. De hecho, en multitud de zonas de los países pobres, el agua es transportada a través de camiones cisterna privados a un precio ocho veces superior al que los individuos habrían pagado en caso de que se dejara a las empresas construir las redes de suministro de agua.

Los ciudadanos de los países pobres entienden perfectamente nuestra respuesta anterior sobre la necesidad de privatizar el agua. El monopolio público sólo les ha generado sequías y deshidrataciones masivas; por desgracia, la incompetencia del gobierno es tan portentosa que sus errores dan lugar a nefastas consecuencias.

Sin embargo, los beneficios de la privatización pueden no resultar tan evidentes para el caso español. Si ya tenemos las instalaciones y el precio del agua no es descabellado, ¿qué mejoras obtendríamos con la privatización? ¿Realmente merece la pena?

Aun sin pretender ser exhaustivo, la privatización del agua redundaría en nuestro beneficio de tres formas diferentes.

La primera y más evidente es que los usos del agua mejorarían. España es un país con grandes plantaciones agrícolas que utilizan métodos de inundación dado los bajos precios del agua. Esto supone un despilfarro evidente por cuanto muchas de esas plantaciones dejarían de ser rentables en caso de que el precio del agua no estuviera subvencionado por la Administración. Los períodos de sequía y la sobreexplotación y salinización de acuíferos que sufre nuestro país son una consecuencia de un precio del agua demasiado bajo. Si le preocupa nuestro medio ambiente, defienda la privatización del agua.

La segunda mejora tendría lugar en la calidad del agua corriente. Las distintas administraciones del Estado carecen de incentivos para mejorar y mantener un suministro de calidad, hasta el punto de que en algunas ciudades el agua roza los límites de la potabilidad. Dado que los ingresos del Estado no dependen de la correcta satisfacción de nuestras necesidades (sino de la cantidad de impuestos que sean capaces de rapiñar) no se genera una efectiva competencia entre los distintos proveedores de agua que impulse una mejora de su calidad.

Por último, la privatización del agua permitiría una correcta imputación de los precios y de la rentabilidad esperada a los distintos bienes de capital que coadyuvan al suministro de agua. Hoy en día las inversiones en pantanos, salinizadoras, tuberías y trasvases diversos se hacen sin ton ni son. El Estado ignora si estas obras son rentables (y cuál de sus estructuras tecnológicas y trazados es más rentable), precisamente porque no existe un precio del agua que permita calcular su valor presente.

Si privatizáramos el agua nadie nos garantiza que alguna empresa privada ejecutara finalmente el Plan Hidrológico Nacional; eso sí, tendríamos la garantía de que, si se ejecutara, ello se debería a su rentabilidad y por tanto a su necesidad. Es más, en caso de error en la estimación de los beneficios, sería la empresa quien asumiría las pérdidas y no los sufridos contribuyentes.

No sólo el Tercer Mundo necesita reconocer la propiedad privada sobre el agua; España sufre desde hace décadas las consecuencias del estatismo en este campo. Privaticemos el agua: nuestros acuíferos, nuestros estómagos y nuestros bolsillos lo agradecerán.