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‘El Pingüino’ y Pedro Sánchez: el populismo y el resentimiento social, en Gotham y en España

La miniserie El Pingüino, concebida como un spin off de la última entrega cinematográfica de la saga Batman, se ha ganado el aplauso del público y de la crítica. La producción de Warner Brothers para su plataforma de streaming HBO ha sido uno de los estrenos más populares del otoño y se ha ganado tres nominaciones en los próximos Globos de Oro.

Como ya es tradición en sus distintas encarnaciones, esta nueva versión de El Pingüino nos presenta a Oswald Cobblepot como un personaje clave en los bajos fondos de Gotham City. Al mismo tiempo, la ficción nos dibuja al protagonista como alguien que siempre se queda fuera de los círculos de poder, en los que se valora su destreza para el crimen pero se percibe asimismo un profundo desprecio y una innegable desconfianza hacia su figura. Todo esto ha llevado al Pingüino a desarrollar un profundo resentimiento social, que de hecho es una de las bases narrativas en las que se apoya la trama de la serie.

Es interesante anteponer la figura del Pingüino a la de Bruce Wayne. Ausente en la miniserie, Batman no deja de ser un tipo acaudalado que, en vez de dejar en pie el agotado sistema de gobernanza de Gotham City, se anima a intervenir en el mismo para evitar que la capital caiga víctima de una clase política corrupta que se apoya en una compleja red de alianzas criminales. El papel del hombre murciélago como un filántropo privado también sería prueba de su búsqueda de un modelo diferente, alejado de las malas prácticas que exhiben sus antagonistas.

En El Pingüino vemos como el protagonista, interpretado por un magistral e irreconocible Colin Farrell, soborna a la policía local y llega a acuerdos con sucios políticos municipales carentes de escrúpulos. Su ciudad está indudablemente arruinada, pero lo que mueve a Oswald Cobblepot no es mejorar las condiciones de vida de sus habitantes. Al fin y al cabo, nuestro hombre es un criminal sin escrúpulos que no duda en acabar con la vida de socios, amigos o familiares si ello le ayuda a avanzar su posición.

Resulta especialmente perturbador que El Pingüino ensalce una y otra vez la figura de Rex Calabrese, un viejo mafioso local al que trató de niño. Sabe que las familias tradicionales que manejan el crimen en la ciudad solamente aceptan su participación en sus negocios de forma limitada, de modo que su hambre de poder es coherente con sus circunstancias. El problema, claro está, es que en el mundo del crimen, al contrario que en el mercado, no abundan las situaciones de ganancia mutua, sino que el avance de unos se suele dar a costa de otros. Por tanto, sus avances traen innecesariamente más violencia y decadencia para una ciudad que no pretende mejorar, sino simplemente poner bajo su control.

Por descontado, en la cima de la corrupta ciudad de Gotham se sientan círculos corruptos que son merecedores del más absoluto rechazo desde el punto de vista moral. Con todo, nuestro protagonista solamente busca colmar su sed de venganza y, en vez de reformar el sistema, simplemente aspira a conquistarlo desde las sombras, apoyándose en todo tipo de tretas y maniobras en las que se muestra tan hábil como desleal y tan contundente como cruel.

En España, el auge de la extrema izquierda ha coincidido con el liderazgo político de Pedro Sánchez en las filas del PSOE. Desde que el político madrileño llegó a la cabeza de su formación, Ferraz no solamente no ha combatido el auge de formaciones comunistas como Podemos y Sumar, sino que ha gobernado con ellas en el plano local, regional y nacional.

El discurso económico del sanchismo parte de esa legitimación de la extrema izquierda que le permite aferrarse al poder aún perdiendo elecciones. Por eso, se apoya sin disimulo en el resentimiento social y el odio de clases, como puso de manifiesto el propio presidente cuando defendió que nuestro país necesita “más transporte público y menos Lamborghinis”.

Tristemente, cultivar ese tipo de discurso demagógico, simplista y tramposo puede resultar útil desde el punto de vista electoral: el 64% de los españoles cree que los ricos “no son personas decentes” y nuestro país destaca en los rankings de envidia social, así como en los estudios que miden las actitudes proclives al intervencionismo y reacias a la libertad individual y el mercado.

Estas tensiones se ven exacerbadas por los discursos del gobierno y de sus socios, pero también por el hecho de que la economía española esté estancada en términos de renta y cada vez se aleje más de los niveles de ingresos observados en Europa o en Estados Unidos. No obstante, un liderazgo constructivo y transformador como el que ejerce Javier Milei en Argentina podría ayudar a abandonar las peligrosas tendencias populistas que cultiva el gobierno español.

No es esa la intención de Sánchez, que sigue volcado en machacar a los ricos, culparles de todos nuestros males y socavar el libre mercado bajo decenas de subidas impositivas y miles de páginas de nuevas regulaciones. Su liderazgo, pues, se asemeja al de El Pingüino. Y el problema es que, en vez de una obra de ficción, este peligroso experimento se desarrolla en la vida real.

El paralelismo entre El Pingüino y Pedro Sánchez radica en cómo ambos encarnan una visión del poder que no busca mejorar las condiciones generales, sino consolidar su propia influencia a expensas de corromper la gobernanza sobre las que se apoya su poder. En Gotham, El Pingüino se aprovecha del resentimiento social para alimentar su ascenso en el mundo criminal, pero su dominio no trae progreso, sino más violencia y decadencia. En España, Sánchez y su gobierno han instrumentalizado el odio de clases y la envidia social para dividir a la población y fortalecer los tentáculos de un Estado mastodóntico que cada vez se arroga más poder.

El liderazgo de Sánchez sigue una senda más cercana a la del Pingüino: utilizar las emociones más destructivas, como el resentimiento y la envidia, para erosionar las bases de un sistema de gobernanza ya debilitado. En lugar de fomentar un entorno donde el crecimiento económico y las oportunidades sean accesibles para todos, nuestros gobernantes priorizan la redistribución forzada y el señalamiento de culpables como herramienta de control político.

El problema es que este modelo, tanto en Gotham como en España, resulta insostenible. En una economía global cada vez más competitiva, el ataque constante al mercado y la penalización de los motores del crecimiento no sólo generan descontento social, sino que perpetúan la mediocridad económica. Al igual que Gotham cae en una espiral de decadencia bajo el control del Pingüino, España corre el riesgo de ahondar en su estancamiento si no se corrigen las tendencias populistas que dominan y dan forma al liderazgo político en la Era Sánchez.

Warren Sánchez, ni bien ni mesurado

Warren Sánchez, el hombre que tiene todas las respuestas, perdió casi todos los papeles y los nervios en el debate de Atresmedia del lunes frente a Albertinho Feijoada. En ocasiones, el líder carioca del Partido Popular parecía un sonriente director de una «escola do samba» de Río de Janeiro, contento ante las facilidades que le brindó su rival.

Recuerdo que de adolescente me impresionó el primer cantar de Mio Cid, que leíamos en el bachillerato en mi Buenos Aires natal: «Sospiro mio Çid ca mucho avié grandes cuidados,/fabló mio Çid bien e tan mesurado». No encajaba con un noble héroe luchador, ni eso ni el comienzo: «De los sos ojos tan fuerte mientre lorando». El profesor nos explicaba la historia y el contexto para que apreciáramos la hazaña y la honra.

Los récord de Warren Sánchez

La conducta de Warren fue exactamente la opuesta. No habló bien, ni mucho menos desplegó mesura. Al contrario, se empeñó en interrumpir a Albertinho y en promover el diálogo de sordos, que fue a menudo la discusión. Además de las manidas y absurdas reclamaciones al jefe conservador por ser cómplice de las pérfidas empresas eléctricas y los asquerosos ricos, Sánchez acusó los golpes sobre las devastadoras consecuencias de su legislación supuestamente feminista, y tropezó, por extraño que parezca, justo en el tema que pretendía que fuera o suponía que iba a ser su punto fuerte: la economía.

Ya he apuntado en un vídeo reciente en La Razón que la apuesta de Warren y sus partidarios por la carta económica tiene mucho peligro. En efecto, insistir en que todo va bien gracias al Gobierno, y si hay algo malo es por culpa de Putin, evoca la famosa frase de Groucho Marx: «¿A quién va a creer usted, a mí o a lo que usted ve con sus propios ojos?». Y la gente ve con sus propios ojos su propio empobrecimiento. Ve los impuestos. Ve el paro. En tales circunstancias, y teniendo el récord que ostenta Warren Sánchez de desapego a la verdad, el anunciar que la izquierda logrará en la próxima legislatura el pleno empleo, nada menos, no satisfará ni a los más entusiastas del contubernio Frankenstein.

Antes del debate, ya había bastante inquietud en el PSOE por los resultados de las próximas elecciones. Ahora, lógicamente, hay más.

Pensar en los jóvenes y la herencia universal de 20.000 euros de Yolanda Díaz

Artículo publicado originalmente en La Razón.

El Sumar de Yolanda Díaz ha prometido una herencia universal de 20.000 euros a cada joven que cumpla los 18 años. Se trata de propuesta descafeinada respecto a la idea original de Thomas Piketty (quien llegó a promover la transferencia de una cuantía siete veces superior) pero que, en todo caso, constituye un primer paso que acaso termine llevándonos a ese destino final. ¿Cuál es el propósito de esa medida? Redistribuir la riqueza para igualar las oportunidades vitales de los jóvenes, nazcan donde nazcan.

De ahí, por cierto, que Sumar plantee financiarla a través de un impuesto extraordinario a la riqueza: que la reducción patrimonial de las grandes fortunas sufrague un incremento patrimonial del resto de la población. Acaso la propuesta suene rocambolesca, pero desde luego no es de los peores planteamientos económicos que hemos escuchado durante los últimos años: se trata de una de las pocas ideas que pone el foco en la crecientemente descapitalizada situación en la que se hallan muchos jóvenes.

No en vano, el marco institucional de nuestro país tiende a proteger –incluso a enriquecer– a las personas de mayor edad frente a los jóvenes: éstos padecen un peor acceso al mercado laboral (por los altos costes de despido del personal indefinido), la cuasi exclusión del mercado inmobiliario (por las restricciones a la construcción y el progresivo incremento de los precios) y la sangría del sistema de pensiones públicas (agravada por este gobierno al revalorizar las pensiones según la inflación e incrementar las cotizaciones sociales).

Todo en contra de las nuevas generaciones y a favor de las generaciones ya consolidadas. Y, en este sentido, esta propuesta de Sumar cambia el foco y parece empezar a preocuparse por los jóvenes en lugar de centrarse exclusivamente en alimentar a la gerontocracia. Por supuesto, y desde un prisma liberal, no se trata ni mucho menos de la solución ideal: robar está mal y repartir el botín de lo robado, también.

Si se busca incrementar las oportunidades de los jóvenes, y es razonable que se busque, un camino compatible con las libertades individuales sería justamente liberar esas oportunidades: liberalizar el mercado de trabajo, el mercado inmobiliario y el mercado previsional. Pero Sumar no es, ni pretende ser, liberal y resultaría ilusorio esperar que abrazara propuestas liberales. De ahí que al menos haya que reconocerle el mérito de pensar en los jóvenes.

¿Por qué resiste Ucrania? Por sus instituciones descentralizadas

Publicado originalmente en Disidentia.

Cumplido el primer aniversario de la invasión de Ucrania por Rusia, el país asaltado resiste. No es esto lo previsible. El presupuesto del estado euroasiático es un múltiplo del de Ucrania. Y su disposición a convertir a sus ciudadanos, especialmente a los díscolos, en carne de cañón, no conoce el adversativo. Y tiene reservas de carne casi sin límite: cerca de 68 millones de hombres; más que toda la población de Ucrania.

La economía de Rusia es más pequeña que la de Canadá o Italia, pero su Estado está dispuesto a destinar cantidades mucho mayores que la de estos países al ámbito militar. Más que dobla el presupuesto ucraniano. Rusia se llevó todo el arsenal nuclear soviético, que precisamente estaba en Ucrania. Pero este es un elemento que sólo tangencialmente tiene relación con lo que se plantea aquí.

Porque la cuestión es ¿por qué? O, más bien, ¿cómo? ¿Cómo ha hecho Ucrania para resistir el zarpazo del oso ruso, con una superioridad tan abrumadora?

Una posible explicación es la ayuda que ha recibido Ucrania procedente del exterior. Pero Ucrania sigue sin acercarse al volumen de hombres y armamento de su inamistosa vecina, a pesar de todos los medios prestados por las democracias occidentales. Y, en cualquier caso, la llegada de armamento y ayuda ha sido paulatina, y no se produjo en los primeros instantes, cuando se produjo la ofensiva, que es cuando la resistencia de Ucrania abrió los ojos al mundo. También se ha querido explicar la incapacidad de Rusia de hacer valer su superioridad militar en la rampante corrupción de sus instituciones, y en particular de su Ejército. Pero a este respecto, Ucrania no puede ofrecer una ventaja.

Cuatro autores han recurrido a una explicación diferente, y que podría ser más convincente de las que se han dado hasta ahora. Yahya Alshamy, Christopher J. Coyne, Nathan P. Goodman y Garrett Wood se han fijado en la estructura institucional ucraniana. Fruto de su investigación es su artículo conjunto Polycentric defense Ukraine style: explaining ukrainan resilience against invasion.

El estudio del policentrismo en las instituciones, y de su poder para dar una mejor respuesta que la preeminencia o exclusividad de una institución centralizada, lleva haciéndose un tiempo. Pero su aplicación a la defensa es relativamente escasa, dicen los autores.

El Maidán, la revuelta nacionalista, europeísta y anti rusa de 2014, dio paso a varias reformas del país de gran calado. Una afecta al Ejército ruso, y es pertinente que la recordemos aquí (no lo hace el artículo). El Ejército de los Estados Unidos ha estado adiestrando al ucraniano, que antes de ello era una réplica del de Moscú, como una muñeca de madera, ucraniana en este caso, dentro de otra muñeca igual, rusa. No sólo ha formado a mandos y tropa, sino que les ha transmitido tácticas y estrategias modernas, y ha transformado por completo sus doctrinas. Sin duda, una parte de la explicación de la resistencia ucraniana se apoya en esta realidad.

La incapacidad del Ejército ucraniano de defenderse del ruso en 2014 se debió en parte a que la corrupción lo había convertido en una burocracia especialmente inoperante. Entonces, el sistema político ucraniano decidió descentralizar al Ejército; acabar con su carácter centralista, y recalar en las instituciones regionales y locales. Un dislate, si lo miramos desde un punto de vista tradicional.

Pero esto fue lo que se hizo. La llamada democracia ucraniana era una elección, sí, entre bandas criminales que aprovechaban unas instituciones centrales corruptas para enriquecerse y hacer lo mismo con las fuerzas que les apoyaban. En fin, era como cualquier otra democracia, pero en un grado sumo. ¿Era Ucrania, pues, el summum de la democracia? Lo dejo ahí y salgo corriendo ligero, porque es otra la cuestión que debemos atender.

De modo que no se podía confiar en el gobierno central. Por eso se introdujeron cambios. Se permitió descentralizar tanto las finanzas del Ejército como la organización y la reclutación de sus fuerzas. Los gobiernos locales (hromodas) eran más transparentes y responsables que el gobierno central. Esta localización del poder no ocurrió sólo con el Ejército.

Se realizó sobre órganos de autogobierno, más participativos, que favorecieron la creación de redes comunitarias. Se estrecharon los lazos con los vecinos y con el territorio. Además, las instituciones locales, y ocurre lo mismo con los batallones locales, se han sometido a las normas de control de la corrupción. Esto es importante, porque ha permitido que la confianza de la población local, y en consecuencia su disposición a aportar medios, sea mayor.

Sobre esa base, se crearon batallones de voluntarios que recibían una formación militar. Esos batallones tenían distintos tamaños. Pero diferían entre sí también en otros aspectos importantes, como su equipación militar, su estructura organizativa, sus tácticas, o su financiación. “Los batallones de voluntarios se formaron por diversas razones. Algunos se formaron para defender ciudades concretas, como Dnipro, Kviy y Kherson. Algunos se formaron para llevar a cabo una guerra de guerrillas como forma de venganza contra Rusia, como fue el caso de los batallones chechenos proucranianos. Otros se formaron en torno a individuos que buscaban hacer carrera política, y muchos se formaron en torno a ideologías políticas y religiosas distintas, como el etnonacionalismo o el cristianismo”, señalan los autores. Se da la circunstancia de que se ha creado una auténtica competencia entre líderes y grupos por organizar batallones más efectivos o mejor preparados que los demás.

Es una realidad militar muy abigarrada, pero no es del todo un sálvese quien pueda. Para formar parte del Ejército ucraniano, necesitan estar aprobados por el gobierno central. Éste les provee de medios logísticos y militares, de modo que hay un control político, incluso operativo, aunque no sea completo.

De hecho, en enero de 2022 el gobierno creó la Ley de Fundamentos de la Resistencia Nacional, que define las Fuerzas de Defensa Territorial (FDT) como una rama de las fuerzas ucranianas, e incluye a los batallones locales en esas FDT.

De modo que no es una sarta de ejércitos de Pancho Villa, pero tampoco es una organización al servicio de unos políticos dedicados a perfeccionar el pillaje. ¿Qué ventajas ha tenido esta estructura institucional en gran parte policéntrica?

Lo que señalan los autores es la primera de las ventajas es el uso del conocimiento local, o su coordinación. Como no hay que transmitir la información a un órgano central, en ocasiones alejado del terreno, y como quienes dan las órdenes participan del conocimiento del terreno y de las circunstancias de la guerra, las decisiones se toman de forma más ágil. El artículo cita la capacidad de los batallones del Donbás de adoptar medidas más rápidas y certeras que las del Ejército ucraniano en la defensa del territorio.

Según cuentan los autores, “ante la falta de dirección y recursos centralizados, los voluntarios de estos batallones empezaron a dirigir sus propias actividades y a buscar sus propios recursos. Se autoorganizaron en grupos separados para establecer puestos de control, patrullar, realizar escaramuzas y explorar, cubriendo las lagunas dejadas por el ejército ucraniano. Para superar la falta de armas y municiones suministradas por el gobierno ucraniano, recurrieron a armas de propiedad o fabricación privada y a armas capturadas a soldados rusos, dependiendo de lo que estuviera disponible localmente para los grupos autoseleccionados”.  Por otro lado, y contrariamente a lo que cabría pensar, hay una coordinación entre los distintos grupos, que están en comunicación.

Los donantes pueden elegir no sólo con qué medios apoyar el esfuerzo bélico, sino cómo y para qué propósito. Hay incluso páginas web que facilitan información sobre los diferentes fines a los que se puede aportar dinero, y vehiculan esos medios a tales proyectos.

En segundo lugar, y este es un efecto muy conocido del policentrismo, esta estructura institucional favorece la competencia entre grupos, ya lo hemos visto, así como la experimentación y la flexibilidad. Un ejemplo de experimentación es el uso de drones. A falta tanto de armamento convencional como de preparación, una parte de la sociedad ha optado por otras vías para contribuir al esfuerzo bélico. Y el uso de drones privados es un ejemplo. El Ejército ucraniano había creado un programa para la fabricación de drones bélicos, pero naufragó en un lodazal de corrupción. Por último, señalan los autores, la competencia ha forzado a que el uso de los recursos sea más eficaz.

La descentralización tiene otras ventajas, como la de reducir la incidencia de los puntos débiles. O favorece la participación voluntaria. Pero, sobre todo, favorece la identificación de la sociedad con el Ejército, y con la defensa de la propia comunidad y del territorio. Esto es lo fundamental.

Victor Davis Hanson ha demostrado que, en términos generales, los Ejércitos que se han impuesto son los que se identifican más con sus instituciones. De modo que cuanto más respetuosas han sido esas instituciones, más han hecho los hombres que se jugaban su vida por ellas. Seguro que este éxito de Ucrania no le resulta difícil de entender al gran historiador militar.

‘Público’: quince años inventando historias

El hecho de que un periódico asuma que no da información ni noticias, sino que cuenta historias, debería hacer saltar las alarmas.

Portada del diario Público, 8 de febrero de 2010

Asisto anonadado como el diario Público, fundado por Ignacio Escolar y que, por lo visto, mantiene los mismos estándares de integridad periodística de los que siempre ha hecho gala el ahora responsable de El Diario, ha celebrado su decimoquinto aniversario con un vídeo en el que celebra sus quince años “contando historias que importan”. El hecho en sí no tendría nada que objetar aparte del alipori que suelen provocar este tipo de promoción, pero el hecho de que un periódico asuma que no da información ni noticias, sino que cuenta historias, debería hacer saltar las alarmas. Sí, es cierto: hay un género periodístico que consiste en contar historias, que es un formato que permite poner cara y humanizar una información, pero contar historias es lo que define la ficción. Y, por lo visto, las historias que le importan a Público incorporan un elevado porcentaje de ficción.

Cojamos el caso de María Sevilla, a cuya defensa dedica buena parte del vídeo; una feminista indultada por el Gobierno de mucho progreso por considerarla una “madre protectora”. La historia real, la información, nada tiene que ver con las fantasías de género que relata Marisa Kohan, la activista a la que paga Público para mentir a favor de la causa. La madre protectora en cuestión se dedicó a intentar empapelar a Rafael Marcos, el padre de su primer hijo, con denuncias falsas de abusos sexuales que fueron rechazadas por los tribunales. Liberado de las mentiras de su exmujer, logró que los tribunales le concedieran la custodia de su hijo. Pero Sevilla lo sacó del colegio, se lo llevó a una finca rural y lo adoctrinó religiosamente, metiéndole en la cabeza que “papá era el diablo” mientras lo tuvo secuestrado durante dos años, que es lo que tardó la policía en localizarlos. Durante todo ese tiempo ni ella ni sus dos hijos salieron de la finca, tan sólo si se portaba bien los dejaba salir por la noche de la casa, que tenía las ventanas cegadas. Dos años en que ninguno de los niños recibió atención médica ni fue vacunado.

Antes de secuestrar a su hijo y desaparecer de la faz de la tierra, María Sevilla dirigía Infancia Libre, dedicada a repetir su patrón de conducta: denuncias falsas de maltrato y abuso sexual contra las exparejas de sus asociadas para garantizarles la custodia, primero, y si eso falla, pues secuestro. En su posición, Podemos la llevó incluso al Congreso para que excretara su odio. Su otra hija, que sólo tenía seis años cuando la encontró la policía, se limitó a olisquearles y gruñir cuando la preguntaban. Impidiendo que tuviera un mínimo contacto social, la había convertido en un animal. Esa es la defensa de la infancia que Podemos indultó.

En definitiva, María Sevilla es lo más parecido que existe en el mundo real a la madre de Carrie, el personaje creado por Stephen King. A nadie se le ocurriría que mentir para defender a alguien así sea moralmente elevado, pero la perspectiva de género, que no es nada más que una racionalización con barniz académico del odio al hombre, funciona como la más fanática de las religiones. Cuanto más indefendible es una mujer, más hay que defenderla, porque eso es lo que permite separar a los verdaderos creyentes de quienes tienen dudas o, simplemente, un poco de sentido común.

Público, en cambio, considera que esta realidad refrendada por la policía y los tribunales es un bulo, y que la única verdad es que la mujer siempre tiene razón, aunque esa mujer sea María Sevilla. El único bulo, sin embargo, es defender que lo que ha hecho Público durante estos quince años tiene algo que ver con el periodismo.

El Motín de Esquilache

En 1763 finalizaba la Guerra de los Siete Años de la que España había salido muy perjudicada. El monarca que reinaba en aquella época era Carlos III, hijo de Felipe V, que sucedió a su hermano Fernando VI en el trono en 1759. 

Motín de Esquilache, atribuido a Francisco de Goya 
(ca. 1766, colección privada, París)

Carlos tenía la firme decisión de implementar las ideas ilustradas que recorrían toda Europa a la monarquía hispánica, quería una reforma política, económica y social del país. Aunque si bien es cierto, la crítica francesa ilustrada a las instituciones del Antiguo Régimen encontró poco apoyo en España ya que tanto los gobernantes como el pueblo español seguían siendo profundamente católicos y fieles al absolutismo. Se buscaba, por lo tanto, un cambio en la administración, en la economía y en la educación, y no tanto de filosofía. 

Para esta tarea de modernización Carlos III optó por nombrar a ministros extranjeros, a los que tenía mucha simpatía, en particular a los italianos debido a su reinado en Nápoles y Sicilia. Los dos principales fueron el marqués de Grimaldi como Secretario de Estado, y nuestro protagonista, Leopoldo de Gregorio, marqués de Esquilache, como ministro de Hacienda. 

Como hemos señalado anteriormente, la Guerra de los Siete Años había dejado una situación económica muy complicada a la monarquía hispánica, produciendo una alta inflación, que sumada a las malas cosechas provocó una subida generalizada de los precios. Sumado a todo ello, Esquilache elevó gran cantidad de impuestos, estas medidas provocaron un malestar generalizado en los súbditos de la Corona. 

La gota que colmó el vaso fue el intento de Esquilache de hacer cumplir una antigua ley que prohibía a los hombres llevar en Madrid sus chambergos de ala ancha y sus largas capas so pretexto de que eran una tapadera para el crimen ya que se podía esconder fácilmente un arma. Esto se vio como un ataque a una manera de vestir de pura tradición española, aunque paradójicamente esta moda había sido introducida apenas cien años atrás por el duque Schomberg y popularizada por Mariana de Austria en la capital. Esto provocó un episodio de revueltas y motines entre el 23 y el 26 de marzo de 1766 al grito de “¡Viva el rey! ¡Viva España! ¡Muera Esquilache!

En la capital se asaltaron las viviendas de los ministros italianos e incluso el propio rey se vio forzado a trasladarse a Aranjuez, tras varios días Carlos aceptó las condiciones impuestas por los insurrectos en humillantes condiciones, entre ellas estaba el destierro del marqués de Esquilache, revocación de la medida de los atuendos y la bajada de los precios de los alimentos. 

Según la versión oficial, estas revueltas no solo fueron un movimiento en contra de la imposición de Esquilache sino un intento de alterar la estabilidad del gobierno por vía insurreccional. La verdadera causa de las revueltas fue, como en casi todas las ocasiones, el hambre. Hay algunos historiadores que defienden que este motín fue motivado por grupos de nobles y eclesiásticos que deseaban expulsar a los ministros extranjeros y paralizar las reformas que querían imponer. Las dos versiones siguen hoy día a debate, V. Rodríguez Casado sostiene que las revueltas fueron planeadas con el consentimiento de los jesuitas, esta acusación pudo ser utilizada por el gobierno para expulsar a la orden un año después, en 1767. En cambio, también hay otros historiadores como C. Eguía en su obra Los Jesuitas y el Motín de Esquilache, que defiende que fue un movimiento espontáneo por parte de la población. 

Sea como fuere lo cierto es que este suceso es uno de los acontecimientos más significativos dentro de la política interior del reinado de Carlos III y deja vislumbrar la resistencia que había en el pueblo español a las ideas ilustradas y que cimentaría la resistencia contra los franceses en 1808.

No es solo Putin: las tres decisiones de Sánchez que han disparado el precio de la energía.

Impagos al sector renovable, apuntalamiento de la moratoria nuclear, rechazo frontal al petróleo y al fracking…

El coste energético se ha disparado y se prevé un duro invierno en hogares y en el sector productivo.

Con los precios de la energía por las nubes, la estrategia del gobierno de España ha quedado en evidencia. Sin embargo, la respuesta del Ejecutivo ha sido centrarse en el efecto que está teniendo la invasión rusa de Ucrania. El problema es que, ligando todo el debate al conflicto desatado por Vladimir Putin, el debate público se empobrece notablemente y se ignoran los factores de fondo que explican lo que está pasando.

No en vano, por mucho que el “chantaje” energético de Putin esté haciendo mucho daño, es evidente que el encarecimiento de la energía no es cosa reciente, sino una tendencia que viene desarrollándose desde hace muchos años y que está golpeando de forma directa a la competitividad de las empresas y el poder adquisitivo de las familias.

Así, el gobierno de Pedro Sánchez ha cometido al menos tres ‘pecados capitales’ en materia energética. Son los siguientes.

1. Incertidumbre regulatoria en las energías renovables

A priori, la única apuesta firme del gobierno de Pedro Sánchez en lo tocante a la energía es la referida a las energías renovables. Sin embargo, aunque PSOE y Podemos insisten en presentarse como defensores de una “agenda verde” que potencia estas formas de producción más sostenibles, lo cierto es que el clima regulatorio en el que opera este subsector está marcado por una incertidumbre muy preocupante.

De sobra es sabido que, antes de la Gran Recesión, el gobierno español ofreció un generoso sistema de incentivos a quienes invirtiesen en estas tecnologías. Sin embargo, tras el estallido de la crisis, nuestro país retiró las primas de forma retroactiva, desatando una oleada de denuncias que han derivado en decenas de arbitrajes internacionales que se han resuelto a favor de los inversores denunciantes y en contra de los presupuestos que venía manteniendo el Ejecutivo.

Al conocerse estas sentencias, el gobierno de Pedro Sánchez se ha puesto de perfil y se ha negado a cumplir con los pagos que tiene pendientes. Esta incomprensible postura ha hecho que el crecimiento de las renovables en España se sitúe ahora cuatro veces por debajo del promedio mundial, con la inversión extranjera por los suelos.

De modo que, si el gobierno de España quiere expiar el primero de sus pecados, debe tomarse en serio su propio discurso en materia de energías renovables, cumplir los pagos que determinan los arbitrajes internacionales y garantizar un marco regulatorio que blinde y proteja la inversión en el sector.

2. Frenazo al desarrollo del sector nuclear

Que la tecnología nuclear es fundamental para el futuro es algo que ya no discute prácticamente nadie. La taxonomía elaborada por la Unión Europea va más allá y reconoce que esta tecnología de producción energética debe ser considerada como una fórmula “verde” totalmente compatible con los objetivos medioambientales que viene fijando Bruselas.

La nuclear ofrece un suministro estable a un precio competitivo, motivo por el cual son muchos los gobiernos de Europa y el resto del mundo que están avanzando en esta dirección, abriendo nuevas plantas e invirtiendo en nuevos reactores. Ahora mismo, hay 485 nuevas centrales proyectadas a lo largo y ancho del globo, de modo que la capacidad de producción nuclear se va a duplicar.

Sin embargo, el gobierno de Pedro Sánchez no ha movido ficha y sigue instalado en su “no es no” a la nuclear. Incluso el partido ecologista que forma parte del gobierno alemán se ha abierto a la necesidad de extender este tipo de operaciones, en línea con lo que han hecho otros líderes de izquierdas como Joe Biden, presidente de Estados Unidos, o Alberto Fernández, jefe de gobierno en Argentina.

Por tanto, parece lógico seguir la senda que están explorando la inmensa mayoría de países de nuestro entorno y plantear dos líneas de trabajo, que serían por un lado la prórroga de la operativa de las centrales que siguen operando y, por otro lado, la instalación de nuevas plantas de producción.

3. Veto al petróleo y al fracking

Por si no fuese suficiente, el Ejecutivo no ha querido saber nada de los yacimientos petroleros cercanos a Canarias. Como es sabido, la Ley 7/2021 de Cambio Climático y de Transición Energética, aprobada por el gobierno socialista del archipiélago, establece la prohibición de realizar prospecciones petrolíferas y obliga a cerrar las instalaciones del sector antes de 2042. Conviene recordar que las últimas exploraciones realizadas por Marruecos han encontrado yacimientos de crudo valorados en 110.000 millones de euros frente a las costas de Lanzarote y Fuerteventura.

Pero Pedro Sánchez no solo se cierra al petróleo: tampoco quiere saber nada de gas natural generado vía fracking. Con este planteamiento, el Ejecutivo sigue a renglón seguido el plan de Vladimir Putin, que se ha cuidado de financiar las campañas de oposición a este tipo de producción energética, puesto que su desarrollo reduciría enormemente la influencia rusa en Europa. El veto al fracking tiene un coste notable, puesto que los yacimientos existentes en nuestro país cubrirían 70 años de demanda, con los actuales niveles de consumo.

El desarrollo de la fracturación hidráulica en Estados Unidos fue especialmente intenso bajo la presidencia de Barack Obama y sigue desarrollándose con Joe Biden en la Casa Blanca. Lo mismo ha ocurrido en Canadá con Justin Trudeau al frente de su gobierno. De modo que, más allá de nuestras fronteras, los líderes de la izquierda política adoptan posturas pragmáticas en relación con esta técnica de extracción. En el caso de Estados Unidos, el crudo producido en Estados Unidos aumentó su cuota de mercado entre 2008 y 2013, pasando del 40% al 65%. En ese mismo periodo, las emisiones de CO2 per cápita revirtieron a niveles propios de los años 60. Por tanto, los objetivos climáticos que Sánchez esgrime como argumento para rechazar el fracking no solo no son incompatibles con dicha técnica, sino que pueden encajarse a la perfección.

Refundar Ciudadanos: la quimera naranja

La formación naranja contó, y todavía cuenta, con un caladero de votos entre los que se identifican como liberales

A nadie se le escapa que el partido que un día casi atrapó al PP se encuentra hoy en horas bajas. Tras perder varios de sus gobiernos de coalición, su presencia en ejecutivos autonómicos (Murcia, Madrid, Castilla y León, y más recientemente, Andalucía), perdiendo incluso, en algunos casos, su representación parlamentaria, y ante unas encuestas que le sitúan también fuera del Congreso de los Diputados, Ciudadanos ha decidido refundarse.

A priori, lo de “refundación” puede sonar a estrategia de marketing para atender a las presiones internas que demandan cambios, o para recuperar notoriedad en prensa y redes sociales. Bien planteado, puede ser una buena oportunidad para definir una opinión propia sobre temas controvertidos en torno a los que otros partidos no quieren o no pueden permitirse hablar, para poner nuevas cuestiones en la agenda política, para llevar a cabo una defensa de un liberalismo más amplio y, quién sabe, si incluso así recuperar algo del voto perdido.

Inés Arrimadas durante el Comité Ejecutivo del partido político Ciudadanos, verano 2022.

Pero a la palabra “refundación” en este caso, le sigue la de “liberal”. Ciudadanos pretende así un rearme ideológico que les muestre, a ojos de sus electores y, en especial del votante liberal, que son la única alternativa con posibilidades y que tiene un discurso coherente en defensa de la libertad individual en todas sus esferas.

Ciudadanos nunca fue un partido liberal al uso. No es el FDP en Alemania, Iniciativa Liberal en Portugal, ni siquiera los tories en el Reino Unido. Y no, no basta con formar parte del grupo liberal del Parlamento Europeo o de la alianza mundial Liberal International. Tampoco basta con que algunas de los perfiles que engrosan las filas de las formaciones políticas tengan una trayectoria notable en la defensa del liberalismo. La ideología de líderes y figuras destacadas de los partidos no es baladí pero tampoco determinante. Ello dependerá de la posición de estos líderes y su capacidad para influir en la toma de decisiones y, en especial, en los posicionamientos del partido.

Los partidos, aunque parezca que cada vez es menos cierto, se nutren de ideas. Quizás un tanto inconcretas o incoherentes en algún momento, pero al fin y al cabo, ideas.

Liberalismo y feminismo

Hasta la fecha, lo único que sabemos de la refundación ideológica de Ciudadanos está recogido en el decálogo que compartieron hace unos días en su página web y sus redes sociales. Diez principios prudentes en algunos casos, inconcretos o incoherentes en otros, pero que dejan entrever algunos guiños para conectar con un electorado que poco a poco ha ido dejando de sentirse identificado con los planteamientos y decisiones tomadas por el partido. Quizás uno de estos planteamientos sea el adoptado respecto a las reivindicaciones de cierta parte del movimiento feminista.

El segundo de los diez mandamientos de la refundación, que habla de la igualdad de todos los ciudadanos, añade una referencia sobre el feminismo. En concreto, proclama la negativa a “aceptar interpretaciones divisivas del feminismo, ni de la redistribución ni de la brecha generacional”. Una afirmación ambigua que no deja claro lo que pretende expresar. ¿Un rechazo de la pluralidad de corrientes y posiciones intrínseca al movimiento feminista? ¿Un intento por recuperar las tesis que en 2015 les llevaron a proponer la reforma de Ley Integral contra la Violencia de Género y que fueron cediendo a favor de las presiones de la izquierda hegemónica?

Si bien el primero de los principios del decálogo proclama la protección de la esfera individual y la autonomía de las personas y situaba la libertad como único dogma, el quinto punto recoge una afirmación un tanto peliaguda. A saber, el reconocimiento de los elementos prepolíticos que conforman la nación y la preexistencia de la misma a la formación de nuestra democracia. Todo ello sin especificar de qué elementos se trata o cuál es su importancia y, dejando algunas dudas sobre la posición jerárquica en la que se sitúan esos elementos respecto de los derechos y libertades de los individuos.

Derechos humanos

El séptimo punto del decálogo parece abrir una brecha en la línea políticamente correcta que había asumido la formación naranja en los últimos años, si bien se echa en falta una mayor contundencia. La afirmación que “la mejor manera de proteger el medio ambiente es fomentar el desarrollo económico y la investigación” junto con la mención a cómo “la inestabilidad internacional obliga a dotarnos de los recursos suficientes” deja entrever una tímida crítica a la situación en la que las políticas ecologistas aplicadas hasta el momento nos han dejado. Subordinando la libertad individual ante medidas que, o bien no contaban con respaldo empírico alguno o que nos han dejado a merced de las decisiones de países que no respetan los derechos humanos, el imperio de la ley o la soberanía de Estados independientes.

Lejos de caer en un discurso ingenuo, pues quien esto escribe es consciente de las dinámicas propias de la política que alejan a los legisladores de la realidad cotidiana o de que las purezas ideológicas se terminan cuando los partidos empiezan a ganar notoriedad, votos, y no digamos cuando tocan poder, todas estas cuestiones no pueden ser la excusa a la que aferrarse para renunciar a los principios.

Los principios sirven para dar contenido y desarrollar posicionamientos políticos, sirven de guía y, sobre todo, de línea roja, pero necesitan coherencia y concreción. Son las decisiones concretas y la coherencia entre ellas, y no las declaraciones de principios, las que miden el compromiso de una formación política con unas ideas.

Ciudadanos contó, y todavía cuenta, con un caladero de votos entre los que se identifican como liberales. Según el último barómetro del CIS (julio 2022), el 36,8% de quienes se dicen liberales votarían en unas supuestas elecciones generales a Ciudadanos, frente al 24,6% que lo haría por VOX y el 22% que se decantaría por el PP. De la habilidad de quienes lideran la refundación y de la valentía, coherencia y credibilidad que transmitan al electorado, dependerá que sean capaces de aglutinar un mayor porcentaje.

La izquierda hace el ridículo con la energía solar

Pocas cosas hay más ridículas que demostrar tu propia ignorancia cuando crees estar señalando la ignorancia ajena. Y ha bastado con que Pablo Casado dijera una obviedad que rompe con el discurso de buenos y malos de la izquierda y nos devuelve a las complejidades del mundo real para que, una vez más, políticos y periodistas demuestren una vez más que no saben de lo que hablan. El líder del PP recordó este domingo la obviedad de que cuando no hay sol no hay energía solar que valga. Pues ya tuvimos a los tontos habituales, desde el Huffington Post a Iñaki López, de La Sexta a Pablo Echenique, de Antonio Maestre a Anabel Alonso, de Gerardo Tecé a Podemos, de Pedro Vallín a Ramón Lobo, de Gabriel Rufián a Ana Pardo de Vera, burlándose de él con argumentos tan sesudos como que el líder del PP seguramente se sorprende al ver agua saliendo del grifo si no ha llovido. No, en serio, que lo han dicho desde actores hasta consejeras autonómicas.

Granja de paneles solares

Vamos con lo obvio: sí, ya sabemos todos que si tienes una placa en tu casa también puedes instalar una batería y almacenar energía en ella durante el día para gastarla por la noche. Pero cuando eres un poco cortito no te das cuenta de que una solución válida para un individuo o una persona no tiene por qué escalar y servir igualmente para un país entero. Y no lo hace. No tenemos ni materias primas ni capacidad de fabricación para emplear plantas de baterías de ión litio en las redes eléctricas del mundo desarrollado con el objetivo de almacenar energía solar. La enorme planta de Tesla instalada en Australia no sirve para eso, sino para estabilizar la red eléctrica de la región, que sufría continuos apagones. A falta de que una tecnología revolucionaria de baterías cambie por completo el panorama, lo que ha dicho Casado es completamente cierto: la energía solar no sirve de nada durante la noche. Y todos esos listillos se han revelado como lo que son: ignorantes a tiempo completo que se creen que saben mucho de todo porque lo buscan en Google.

La izquierda funciona muchas veces como ese hombre mágico del país feliz de la casa de gominola de la calle de la piruleta. Quiere luchar contra el cambio climático, sin costes para nadie y sin recurrir a una fuente de energía que lleva décadas demonizando, desde que ETA paró a tiros la construcción de la central de Lemóniz. Así, defienden las renovables, que es muy bonito, y están en contra de la nuclear porque es una cosa fea y desagradable que suena a apocalipsis. Pero en el mundo real necesitas disponer de fuentes fiables que te proporcionen energía base para poder añadir, cual guinda del pastel, aquellas centrales cuya producción varía dependiendo de cómo sople el viento, o en qué hora estamos. Y como hemos apostado por ellas para reemplazar al carbón, el petróleo y la nuclear, cuando no responden hay que tirar del mismo gas que usamos para la calefacción y para el que dependemos de países tan fiables como Argelia y Marruecos. Estos meses hemos visto lo equivocado de la apuesta. Vendrán tiempos aún peores.

Durante años, la izquierda se ha esforzado con notable éxito en identificar a la derecha con el mal. No tenía otra, porque tras la caída del comunismo se quedó sin modelos que defender. Esa campaña permanente ha tenido un gran éxito en casi todo Occidente, y la respuesta de la derecha ha sido casi siempre la de desarmarse ideológicamente. En España hemos podido ver que el PP se ha ido quedando, poco a poco, en unas pocas ideas fuerza que permitan que Feijoò y Ayuso compartan siglas y no estén en el PSOE: derecho a la vida, defensa de la familia, España, ley y orden, una gestión de la economía que pretende ser racional… Algo desideologizado, sí, en muchas ocasiones nada liberal, desde luego, pero que es lo que la mayoría de la gente entiende por bueno. Pero como la izquierda sólo le queda oponerse a la derecha, se tiene que oponer a eso, lo cual la obliga a defender la inmigración ilegal, declarar un derecho irrenunciable que se mate a 100.000 fetos al año, destruir todos los modelos público-privados que encuentren aún a costa de empeorar la sanidad, cargarse la ley de seguridad pública, etc. En definitiva, demonizar lo que quiere de sus gobernantes la clase media, que aspira a vivir razonablemente bien, tener su piso y su trabajo razonablemente estable, que no le atraquen por la calle, etc.

Y una de las cosas que la clase media quiere es que no le saquen los higadillos con la factura de la luz, como es lógico y normal. Y la misma izquierda que se quejaba de la “pobreza energética” ahora entra en cólera por que se sugiera que para solucionarla igual hay que apostar por la nuclear, aunque sea un poquito. Ni siquiera por quemar carbón, no. Simplemente por construir centrales suficientes de la única fuente de energía que tenemos hoy día que no emite CO2 y es al mismo tiempo estable y confiable. Pablo Casado lo único que ha pedido es que la apuesta de los políticos por reducir emisiones no se haga a costa de la factura. Pero eso interfiere con la historia de buenos y malos que alimenta a aquellos que marcan la agenda política en España. Al reírse de Casado, se han reído de todos nosotros; especialmente de ti, votante de izquierda, a quien consideran tan idiota como para no rebelarte ante su prepotencia y arrogancia. Lo peor es que seguramente tengan toda la razón al hacerlo.

El demoledor informe de la London School of Economics sobre el auge madrileño y el declive catalán

El contraste entre Madrid y Cataluña está a la orden del día. Desde que la región gobernada por Isabel Díaz Ayuso logró el “sorpasso” y superó los niveles de producción observados en la autonomía gestionada por Pere Aragonés, cada vez se habla más del auge madrileño y del declive catalán.

La pasada semana, sin ir más lejos, el empresario y futbolista del FC Barcelona, Gerard Piqué, reconoció “sentir envidia sana de Madrid, de todo lo que está haciendo, puesto que es un ejemplo para Europa y todo el mundo”. Piqué fue más allá y declaró que le gustaría “que Barcelona estuviese a ese nivel”. La alcaldesa de la Ciudad Condal, Ada Colau, se dio por aludida pero negó la mayor.

Los indicadores son claros. Madrid capta cada vez más empresas y personas, lidera también en los indicadores de crecimiento, empleo e inversión, ofrece mejores servicios sanitarios y educativos, y todo ello con muchos menos impuestos. Pero, además de las acertadas políticas económicas de corte liberal que han hecho posible ese desarrollo, ya se puede hablar también de una serie de factores socio-culturales que están influyendo favorablemente en todo este proceso.

Barcelona (arriba) y Madrid (abajo).

En este sentido, un artículo académico publicado por Andrés Rodríguez-Pose y Daniel Hardy explora los niveles de confianza interpersonal y colectiva existentes en ambos territorios. Tomando ese criterio como referencia, estos dos profesores de la London School of Economics plantean que el auge de Madrid y el declive de Cataluña tiene mucho que ver con la fractura social y la desconfianza que experimenta el segundo territorio, en marcado contraste con el satisfactorio modelo de cohesión que ha propiciado el sistema abierto y plural de la primera autonomía.

La confianza, factor clave

El estudio de ambos autores “analiza las trayectorias económicas divergentes de Barcelona y Madrid desde la transición de España a la democracia”. Su propósito es estudiar “cómo es posible que Barcelona, la ciudad que hace cuatro décadas estaba mejor posicionada para emerger como el principal centro económico del país, haya perdido frente a Madrid”.

De acuerdo con ambos autores, “las trayectorias divergentes de las dos capitales tienen menos que ver con el tirón de Madrid como capital de España, con el desarrollo de nuevas infraestructuras en una u otra región o con economías de aglomeración, y se explican más bien a partir de factores institucionales”. Así, Andrés Rodríguez-Pose y Daniel Hardy detectan “una creciente fractura social en Cataluña, a lo largo de líneas económicas, sociales y de identidad, lo que ha llevado a una mayor ruptura de la confianza y al desarrollo de grupos fuertes que tienen una capacidad limitada para tender puentes entre sí”.

Dicho de otro modo, la politización asociada al proceso independentista estaría contribuyendo a debilitar los niveles de confianza interpersonal y supone “la aparición de externalidades negativas que han limitado el potencial económico de crecimiento de Barcelona”. En cambio, Madrid se ha erigido en la locomotora de la producción nacional precisamente porque presenta las condiciones opuestas y su sistema social se ve influenciado de forma mucho menos intensa y divisiva por parte de la política, que además está ajena a las diferencias de corte separatista o al discurso identitario propio del nacionalismo.

Los dos autores subrayan las diferencias entre las sociedades madrileña y catalana del siguiente modo:

– Madrid presenta niveles más altos de participación comunitaria en asociaciones, proyectos cívicos, etc. La identidad madrileña se ha revalorizado y demuestra que, en su esencia, es abierta y pluralista. Además, el foco político está claramente en la consolidación de un modelo liberal, volcado en el desarrollo, en la integración con Europa y la consolidación de Madrid como una gran capital global.

– Cataluña presenta una comunidad fragmentada. Sus grupos presentan costes de entrada/asimilación más altos. El modelo socioeconómico está marcado por la “captura de rentas” y la distribución sectaria de los bienes públicos. Las instituciones están capturadas por las élites políticas regionales y los lazos sociales se empiezan a desarrollar entre grupos cada vez más separados entre sí. Hay cada vez menos participación en asociaciones, proyectos cívicos, etc.

Resulta especialmente interesante comprobar los niveles divergentes de confianza interpersonal existentes en Madrid y Cataluña. Por ejemplo, el 31,5% de los madrileños cree que se puede confiar en la mayoría de las personas, frente al 13,8% que tiene esta opinión en Cataluña. De igual modo, la confianza de los madrileños en personas de otra nacionalidad es cuatro veces mayor que la de los catalanes.

Andrés Rodríguez-Pose y Daniel Hardy citan la opinión de un directivo empresarial para resumir la situación actual: “a la hora de decidir dónde invertir en España, Barcelona ha sido tradicionalmente el punto de entrada natural, por su imagen como ciudad luminosa, abierta y llena de talento. Sin embargo, cada vez es más evidente que las cosas allí no son tan fáciles como habíamos imaginado”. En cambio, ese mismo directivo recalca que “Madrid es hoy mucho más abierta, aquí nos dejan en paz y no interfieren en nuestra actividad”.

Las conclusiones de los autores

Las conclusiones a las que llegan ambos autores son esclarecedoras y merecen ser leídas al completo:

“Madrid y Barcelona han sido durante mucho tiempo las dos grandes potencias económicas de España. Sin embargo, durante las últimas tres décadas, Madrid ha adelantado a Barcelona en prácticamente todos los indicadores económicos, convirtiéndose en una ciudad mucho más grande y en el centro de la actividad económica de España”

“La principal explicación de la divergencia económica entre ambas ciudades se encuentra en los diferentes marcos institucionales que prevalecen en las sociedades de una y otra capital. Madrid ha estado dominada durante mucho tiempo por una constelación de grupos sociales, económicos y culturales pequeños, que son relativamente débiles, en la medida en que son incapaces de moldear por sí mismos el rumbo del colectivo, lo que, por tanto, los obliga a interactuar entre sí. Esto ha dado pie a un ecosistema en el que la vinculación entre pequeños grupos es la norma, lo que conduce a la formación de una sociedad abierta e inclusiva, facilitando la transformación de ideas y talento en actividad económica

“Barcelona, ​​por el contrario, presenta grupos mucho más cerrados de partida, grupos a menudo divididos por líneas identitarias, económicas y políticas que, si bien fueron capaces de transformar la ciudad durante la transición a la democracia, luego han dado pie a importantes problemas internos/externos y han generado problemas de exclusión. La consolidación de grupos muy cerrados en campos como la identidad o la economía ha osificado las instituciones de Barcelona y ha tenido consecuencias económicas negativas

Como en el caso de Montreal, la existencia un entorno comunitario divisivo ha generado bajos niveles de confianza en las relaciones interpersonales y comunitarias. Esto ha llevado a una falta de participación constructiva en las actividades económicas, lo que ayuda a explicar la vacilación de individuos y grupos a la hora de desarrollar y colaborar en nuevas iniciativas”

“Vemos una sociedad cada vez más dividida en Barcelona, ​​devastada por divisiones profundas y crecientes, y donde la falta de confianza ha impedido la construcción de puentes entre los distintos grupos, lo que ha proporcionado la semilla para una trayectoria económica general mucho peor que la que habríamos podido predecir hace décadas, dadas las características de partida de la Ciudad Condal”

Madrid, aunque no está exenta de problemas, ha logrado construir una sociedad más flexible, lo que ha facilitado un logro nada despreciable, como es la creación de una ciudad más abierta, interconectada, internacional y económicamente dinámica. De ahí que las diferencias en los arreglos institucionales hayan provocado un revés económico mediante el cual el Madrid caricaturizado como “lento” ha acabado siendo mucho más pujante que la Barcelona a la que se presuponía más “activa”.

“Según Andrew Dowling, “Barcelona y Cataluña no han aceptado este estatus cada vez más secundario y tampoco han aceptado el papel cambiante que juegan en la dinámica comparada entre las dos ciudades más importantes de España”. En su opinión, esto “ha alimentado el giro a la secesión dentro de Cataluña”, casi como una válvula de escape”.

“Nuestros entrevistados en Barcelona insisten en que Cataluña ha acabado tan fragmentada que se está paralizando todo y se están provocando conflictos, cuando lo necesario sería tender puentes y “coser” una sociedad que ahora mismo está desgarrada. La capacidad para generar consenso y prestar atención a la dimensión institucional es, por tanto, tan importante desde una perspectiva económica como la mayoría de los demás factores que han dominado, hasta ahora, la conversación sobre estos temas”