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¿A qué juega Putin?

El presidente ruso Vladimir Putin ha firmado este jueves el protocolo de Kyoto. Con este acto el gobierno ruso posibilita el arranque del plan quinquenal mundial y filocomunista de reducción de gases que supuestamente contribuyen al efecto invernadero del planeta. Durante la última semana diversos institutos de análisis e investigación de políticas públicas, entre los que destaca el CNE, habían hecho llamamientos al presidente Putin para que no cediese a las fuertes presiones a las que estaba siendo sometido para que su país ratificara el protocolo.

Aún así la decisión ha sorprendido a muchos analistas que hasta ahora habían escuchado al presidente ruso mostrarse totalmente contrario a la firma del plan de Kyoto. También a su asesor económico, Andre Ilarionov, enfrentarse decididamente a la ideología intervencionista radical que apadrina el plan y denunciar los devastadores efectos socio-económicos que su aplicación supondría. Incluso hemos visto a la academia rusa de las ciencias contestar a un encargo del gobierno ruso, afirmando que no había ninguna prueba concluyente de que la actividad humana estuviese provocando un calentamiento del planeta.

¿A qué se debe entonces este giro radical en la posición de Putin? La respuesta, como el propio presidente ruso ha admitido, se encuentra en la presión que la Unión Europea ha ejercido sobre Rusia para que entrase en el club de Kyoto. En efecto, la UE, consciente de que sin el apoyo ruso fracasaría el megalómano proyecto ecologista del que se consideraba protector espiritual, puso a Putin entre la espada y la pared mediante el sutil chantaje de negarle la entrada en la Organización Mundial del Comercio (OMC) si no cedía a firmar el Protocolo.

Por desgracia para el progreso, el empleo e incluso el medio ambiente, la presión parece haber tenido el efecto que los fanáticos rojiverdes europeos esperaban. De modo que el día de hoy se ha convertido en un día triste para los amantes de las libertades individuales y del uso responsable de la razón en su aplicación a las políticas públicas.

Pero todavía no está todo perdido. La Duma aún tiene que ratificar la decisión de un Putin al que, según dicen, el cuerpo le pide que el protocolo no sea aplicado en su país. Dicen las malas lenguas que nos encontramos ante una magistral jugada de estrategia de Putin gracias a la cual la UE ha apoyado la entrada de Rusia en la OMC mientras que Putin habría pagado el precio del apoyo europeo firmando un protocolo que luego sería rechazado por la Duma, anulando así la ratificación del protocolo de Kyoto.

Si esto es así, Putin estaría jugando con fuego. Esperemos, por el bien de todos los individuos del planeta, que el presidente ruso no se queme.

Estado precavido no vale por dos

Dice un dicho español que hombre precavido vale por dos. En él se expresa la importancia que tiene el hecho de que los individuos traten de prever los riesgos que con mayor verosimilitud puede depararles el futuro y actúen tratando de minimizar sus consecuencias. Sin embargo, podemos observar que, cuando el estado impone precaución a la sociedad, los efectos beneficiosos de la acción individual y voluntaria pueden transformarse en una auténtica pesadilla para el conjunto de la sociedad.

Desde la Declaración de Río de 1992 la moda intervencionista pretende desnaturalizar el ejercicio de la precaución mediante la imposición al resto de la sociedad de una particular forma de entender el riesgo y su reducción a través de una moderna herramienta de ingeniería social llamada "principio de precaución". Según este principio no es necesario contar con prueba alguna de la existencia de un riesgo para el medio ambiente o para las personas, en relación con una actividad determinada, para que ésta pueda ser prohibida o restringida. Vamos, que contar con creencias, hipótesis o supercherías acerca de dañinos efectos secundarios es más que suficiente para poner en cuarentena la producción de un bien o de un servicio. Con la excusa paternalista de protegernos de las incertidumbres y riesgos potenciales que necesariamente conllevan las actividades productivas, y las humanas en general, se defiende la aplicación de este principio cuyo efecto visible e inmediato es impedir ciertos riesgos potenciales. Sin embargo, un resultado menos evidente de esta política es someternos a otros riesgos que suelen ser mucho más temibles que los evitados.

Así, la proscripción del DDT a modo de precaución ante la remota posibilidad de que generase cáncer se cobra cada año un millón de muertos como consecuencia de la malaria; la prohibición de vender cereales modificados genéticamente debido al temor injustificado de que provoquen algún efecto secundario desconocido tiene como consecuencia un mayor precio de los cereales en los países desarrollados y hambre en los países pobres; la restricción de la emisión de gases a la que obliga el Protocolo de Kioto como consecuencia de su hipotética contribución al supuesto calentamiento del planeta, nos aboca al riesgo de paro y empobrecimiento relativo. Por lo tanto, el principio de precaución no puede protegernos del riesgo consustancial a toda actividad humana. Tan sólo nos impide asumir unos riesgos y nos impone otros.

La aplicación política de esta forma autoritaria de entender la precaución invierte la carga de la prueba, erosiona el principio de responsabilidad, desincentiva la innovación, impide la elección y gestión privada de los riesgos, paraliza el progreso económico y pone en manos de gobierno de turno un poder arbitrario de intervención en el mercado que genera una enorme incertidumbre. Si con la excusa de la protección del medio ambiente, este principio surrealista, introducido recientemente en la constitución francesa, terminara imponiéndose en el mundo occidental, el dinamismo de las sociedades capitalistas se marchitaría como una rosa en un tupperware.

Vuelta a la caverna

En muchas culturas, era normal realizar sacrificos humanos para aplacar a alguna deidad. Los aztecas, sin ir más lejos, mataban a miles cada año para asegurarse buen tiempo. Es comprensible que los ecologistas, que tanto admiran y desean imitar a esas tribus en las que la esperanza de vida no llegaba a treinta años, pretendan hacer lo mismo en el altar del calentamiento global.

El protocolo de Kioto asume primero que existe el calentamiento, luego asegura que es causado por el hombre y, finalmente, que sus consecuencias serán malísimas. Nada de eso es seguro y para muchos científicos es extremadamente improbable. Y podemos odiar lo que queramos a Bush, que eso no hará más sencillas estas cuestiones. De hecho, el informe del 95 del IPCC, el organismo de la ONU encargado de estos asuntos, fue modificado en su versión final por políticos para incluir expresamente conclusiones que aseguraban que el calentamiento era debido a la acción humana, pese a que el documento original no decía nada semejante. En ese informe se basó el acuerdo. A eso se le denomina consenso científico.

En Estados Unidos, donde lo han rechazado porque tiene más costumbre que nosotros de mirar las consecuencias de las políticas que proponen, y no sólo lo bien que aplacan el sentimiento de culpa colectivo, han llegado a la conclusión de que los más perjudicados por la aplicación del protocolo serían los pobres. Por eso resulta extraño que la izquierda, supuesta defensora de los débiles, se haya apuntado de forma tan entusiasta a la defensa del protocolo. Pero sólo si asumimos que efectivamente ha defendido alguna vez a los que menos tienen. Porque los precios de la energía subirían tanto que el gasto en energía de los pobres (hogares con ingresos menores a 10.000 dólares), pasarían del 10 al 20% de su presupuesto en 2010. El precio de la electricidad crecería un 52%, el coste de la vivienda un 21% y los comestibles un 9%. Hay que tener en cuenta que los costos de la energía crecen para todos, incluyendo a quienes producen bienes y servicios, por lo que éstos subirían también para los consumidores.

Este empobrecimiento inexorable se debe a la forma que se ha escogido para reducir las emisiones. Tan sólo unos sectores, responsables del 40% de las emisiones, serán los que tengan que reducirlos en nombre de todos. Los demás, principalmente el transporte, se quedan de momento tan anchos. La razón es sencilla: si todos tuvieramos ocasión de padecer directamente las consecuencias de Kioto, la oposición sería abrumadora. De modo que se obliga sólo a empresas, casi todas grandes, de modo que si se quejan verdes y rojos puedan acusarles satisfechos de ser unos avariciosos capitalistas que no se interesan por el bien común. Y aunque dentro de los afectados por la regulación hay sectores como el siderúrgico a los que se perjudica mucho, el ataque se dirige principalmente contra la generación de energía eléctrica, la sangre que permite que no tengamos que volver a las cavernas y calentarnos con hogueras, con el riesgo que supondría. Al fin y al cabo, emitiríamos CO2 y nos visitaría el Rainbow Warrior con una manguera.

Lo cierto es que la parte del león de la generación de energía en España se produce quemando combustibles fósiles. En otros países como Francia, gran impulsor de Kioto, se emplea energía nuclear, que es la alternativa más económica. A los ecologistas, sin embargo, tampoco les gusta y pretenden que nos surtamos de las llamadas fuentes renovables: eólica, solar e hidroeléctrica. De éstas, las dos primeras sólo sirven para poco más que encender una linterna, aunque sólo si hay suerte y el tiempo acompaña. La única que produce algo más que un chisporroteo es la hidroeléctrica, pero tiene la desventaja de que nos estamos quedando sin pueblos que inundar para construir embalses.

Chirac aseguró en la reunión del año 2000 de la ONU realizada para tratar estos asuntos que el protocolo es un "instrumento genuino de gobierno global". Ciertamente, la resistencia europea a aceptar que cuenten sumideros de CO2 como los bosques dentro del cálculo de lo que cada país tiene permiso para emitir refleja más un intento de fastidiar a los norteamericanos que de reducir de verdad las emisiones. Después de todo, una tonelada de CO2 absorbida es lo mismo que una tonelada de CO2 que no se llega a emitir nunca. Un estudio publicado por Science asegura que todas las emisiones de Estados Unidos y Canadá son absorbidas por la vegetación de esos países. Del mismo modo, resulta absurdo que los límites de emisión reflejen valores históricos referidos a un años concreto, 1990, y no a la eficiencia de las industrias afectadas. Así, un país que hubiera reformado sus centrales energéticas para que fueran más eficientes y emitieran menos CO2 antes de ese año, como Estados Unidos, sale perjudicado, mientras que otro plagado de centrales ineficientes, como Rusia, tiene mucho más fácil el cumplimiento. Tampoco tiene razón de ser, si lo que queremos es reducir las emisiones de CO2, que diez de los veinte países que más producen ese gas (entre ellos China, que ocupa el segundo lugar, e India, que está en el sexto) no tengan que cumplirlo. Pero, sobre todo, el diseño del protocolo no refleja más que un intento de gobernar de forma planificada, al soviético modo, todo el mercado de la energía.

El objetivo de toda actividad humana racional es lograr estar mejor que antes de realizar esa actividad. Así pues, el objetivo de Kioto, asumiendo la buena voluntad de quienes lo proponen, no es reducir las emisiones de CO2, ni reducir la temperatura de la Tierra, sino que en 50 o 100 años estemos mejor que si no lo hubieramos adoptado. Sin embargo, como nos enseñó Ludwig von Mises, es imposible tener de forma centralizada la información suficiente como para saber si eso es así. Kioto intenta hacerle al mercado energético lo que Lenin y sus alumnos procuraron hacerle a la economía entera. De hecho, el esquema que crea un "mercado" en el que las empresas puedan comprar y vender cuotas de emisiones resulta extremadamente similar a los fracasados mecanismos propuestos por Oskar Lange para lograr que el comunismo fuera viable.

Y es que el protocolo de Kioto no es más que la nueva manera en que la planificación central de la economía ha decidido volver a entrar en nuestras vidas, tras el fracaso de los experimentos comunistas. El mercado energético de los países que lo adopten se convertirá así en la cuarta economía planificada del planeta, acompañada en ese noble empeño por Corea del Norte, Cuba y la Política Agraria Común. Solo debiera bastar eso para emitir más CO2 quemando el papel en que fue escrito.

¿Qué es el Protocolo de Kioto?

En junio de 1988, coincidiendo con una época de sequedad y calor extraordinarios, un científico de la NASA, James Hansen, declaró ante el congreso de los EE.UU. que existía una fuerte "relación causa efecto" entre las altas temperaturas y las emisiones humanas de ciertos gases en la atmósfera. Hansen desarrollaría un modelo informático que predecía una elevación de la temperatura media global del planeta entre 1988 y 1997 de casi medio grado centígrado.

Si bien el modelo y sus conclusiones fue duramente criticado por la inmensa mayoría de los climatólogos, fue muy bien recibido por la prensa y por un movimiento ecologista que hasta hacía nada trataba de alarmar a la ciudadanía de los países desarrollados con la supuesta llegada del Apocalipsis de la mano de una gran glaciación. En 1990, espoleada por el modelo de Hansen y otros similares, las Naciones Unidas organizaron uno de esos circos a los que nos tiene tan acostumbrados –y al que en esta ocasión llamarían Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC)– para tratar de hacer creer al mundo que el medio político y no el económico soluciona los grandes problemas del planeta como, supuestamente, sería el caso de un clima con temperaturas alocadamente ascendentes por culpa de la actividad –económica– humana.

Por desgracia para el movimiento, 1997 tenía que llegar algún día y los datos reales sobre la variación de las temperaturas se conocerían. En efecto, resultó que el calentamiento de aquellos 10 años se había quedado reducido a 0,11 grados centígrados según las estaciones meteorológicas situadas en tierra, casi cinco veces menos de lo esperado por los alarmistas. Ahora bien, si se tomaban los datos más precisos de los que se disponía, las mediciones mediante satélites, el calentamiento no sólo no había existido sino que las capas bajas de la atmósfera habrían experimentado un enfriamiento de 0,24 grados centígrados.

A pesar de que el IPCC había hecho el ridículo más espantoso al dar por buenos los modelos faltos de respaldo científico que la realidad se encargaría de desbaratar, el plan para rescatar al mundo del gran peligro fraguado, según el movimiento radical ecologista, por el egoísmo capitalista, no se iba a detener. Así, el IPCC de 1995 reconoció la veracidad de las críticas científicas a la teoría del calentamiento global, pero sugirió que podía ser que los efectos nos resultasen invisibles debido a la interacción de otras emisiones humanas –concretamente los sulfatos- que estarían ocultando la peligrosa realidad subyacente. Vamos, que aunque no se hubiese podido verificar su existencia, el calentamiento antropógeno del planeta estaría teniendo lugar de manera imperceptible. ¿Y qué otra cosa podíamos esperar de unos señores que cobran enormes sueldos y majestuosas dietas por reunirse y planificar la salvación de todos los seres vivos del planeta?

Así es cómo nace el acuerdo para poner en marcha un plan de salvación mundial consistente en reducir la emisión de los gases que supuestamente estarían provocando el calentamiento del planeta, también conocidos como gases de efecto invernadero (GEI). El protocolo, llamado de Kyoto en dudoso honor a la ciudad que acogió su redacción, es un documento a través del cual, una vez ratificado por los gobiernos o parlamentos de los países firmantes, éstos se comprometen a que sus ciudadanos limiten las emisiones de dióxido de carbono, metano, óxido nitroso, hidrofluorocarbonados, perfluorocarbonos y hexafluoruro de azufre. El objetivo consiste en reducir el nivel de las emisiones humanas de esos gases en "no menos del 5% al de 1990 en el periodo de compromiso comprendido entre el año 2008 y 2012." Para lograrlo, además de recomendarse el fomento del desarrollo sostenible, la promoción de "sistemas agrícolas sostenibles a la luz de las consideraciones del cambio climático" o la reducción de las deficiencias del mercado y de cualquier incentivo fiscal o libertad comercial que pueda ser considerada contraria al fin último e incuestionable de un desarrollo sostenible sin cambios climáticos, se determina el nivel definitivo al que cada país tiene que limitar sus emisiones. Quién sabe si conscientes de la radicalidad del proyecto y de las catastróficas consecuencias socio-económicas a las que su cumplimiento tiene que dar lugar, y que luego analizaremos, los redactores del protocolo de Kyoto previeron en el artículo 6 la creación de un mercado de derechos de emisión en el que los países o las empresas poseedoras de estos derechos podrían venderlos a otros países o empresas y, así, dispersar, retrasar y difuminar los efectos sobre la economía mundial. Para garantizar el cumplimiento, el protocolo anuncia el nombramiento de comités de expertos que controlen la viabilidad de los planes nacionales y la veracidad de los informes anuales sobre cumplimiento que el protocolo requiere a los gobiernos de los países firmantes. Además, se establece que los países desarrollados que firmen el tratado cooperen con los países pobres, mediante ayuda financiera y tecnológica, para dotarles de aquellas tecnologías que ayuden a limitar sus emisiones de gases y a logar un desarrollo sostenible de sus economías.

Por lo que atañe a España, en el año 2012 las emisiones de los GEI no deberán exeder en un 15% el nivel de 1990. Ese dato se traduce en la menor cuota de emisiones autorizadas de CO2 en toda Europa: 8,1 tonelada por habitante y año, la mitad que, por ejemplo, Irlanda. Además, como era de esperar, la realidad productiva de este país se ha encaminado por otras direcciones. En el año 2000 las emisiones ya eran un 33,7% superiores a las de 1990 y se calcula que en el año en curso debemos de haber sobrepasado holgadamente las del año de referencia en más de un 40%. Si el gobierno socialista no estrangula las previsiones de crecimiento más moderadas, y aún contando con un fuerte incremento en la eficiencia de los procesos productivos, en torno al año 2010 el diferencial entre la reducción comprometida a través de la ratificación del salvaje protocolo de Kyoto y el incremento de las emisiones asociadas al crecimiento esperado en un entorno de mayor eficiencia energética y productiva sería de un mínimo de 41 puntos porcentuales. Ese diferencial supondría la necesidad de adquirir anualmente derechos de emision para unas 125 millones de toneladas de emisiones, lo que supondría un desembolso de entre 1875 y 3750 millones de euros anuales. Para hacerse una idea de lo que suponen esas cantidades astronómicas, un valor medio de dicha horquilla representaría más del doble del Fondo de Cohesión que España recibió de la UE en el año 2003 o algo más que la aportación del Estado al Fondo de Reserva para Pensiones.

Pero de acuerdo con el régimen de comercio europeo de derechos de emisión, hay sectores regulados que soportarán la inmensa mayoría de la carga y sectores no regulados que se verán algo más liberados. En el año 2000 el 59,9% de las emisiones provenían de sectores no regulados como el transporte, la agricultura, la alimentación, los servicios o las emisiones residenciales. Así que los sectores regulados (Eléctrico, refino de petróleo, cemento, cal-vidrio-cerámica, papel y siderurgia) tendrán que bailar con la más fea en el cumplimiento del protocolo de marras. El panorama no puede ser más desolador. El sector eléctrico, previsiblemente el más afectado por el protocolo y contra el que el mismo pareciera estar diseñado, espera tener un déficit en nuestro país de 12,2 millones de toneladas anuales lo que, en caso de haber suficientes derechos en venta a los precios estimados actualmente, podría costarles 244 millones de euros anuales. Tan sólo la preponderancia de una ideología roji-verde totalmente fanatizada puede explicar que ni siquiera bajo estas circunstancias se le permita a las compañías aumentar la producción de energía a través de nuevas centrales nucleares que pueden producir gran cantidad de energía barata y que no emiten gases GEI.

En un estudio reconocidamente moderado en sus conclusiones, Price Waterhouse & Coopers estima que el cumplimiento del protocolo costará como mínimo a los españoles la friolera de 19.000 millones de euros entre 2008 y 2012. Además, sus autores se muestran convencidos de que provocará un incremento adicional de la inflación de 2,7% en el año de su puesta en marcha, una reducción inmediata del PIB de casi un 1%, una previsible deslocalización de parte de la industria española hacia países donde el protocolo no se haya firmado o en los que tengan excedentes de derechos de emisión, y un fuerte encarecimiento de la energía. A estas consecuencias inmediatas sólo pueden seguirle el aumento del desempleo, la desaparición de industrias relativamente pequeñas y estancamiento económico general.

Además, a nivel internacional se producirá una distorsión de la competencia y una disminución de la productividad global que sufrirían especialmente los países más pobres. Por un lado, las empresas terminarán estableciéndose en lugares donde, a pesar de haber peores condiciones de negocio, la ausencia de limitaciones irracionales sobre la emisión de GEI las hace más atractivas. Por el otro lado, los países con exceso de derechos podrán subvencionar aquellas industrias que los gobernantes consideren necesario. El resultado no es otro que una gigantesca patada a la estructura de la división del trabajo internacional que dejará de tener relación con la productividad relativa de los factores de producción según las distintas regiones.

Visto el enorme coste económico y, como tanto gusta decir a nuestros intervencionistas, social, la pregunta salta a la vista hasta del más ciego: ¿qué es lo que se espera conseguir si afrontamos esos enormes costes del cumplimiento de la imposición de limitaciones a la emisión de gases GEI y, por consiguiente, a la producción industrial y energética? ¿En cuántos grados lograríamos mitigar el hipotético aumento de las temperaturas? Pues bien, aún aceptando a efectos dialécticos las previsiones del IPCC, que han demostrado ser sistemáticamente exageradas, de un incremento de 2 grados centígrados para el año 2100 –tomando 1990 como base- los expertos calculan que si todos los países firman y cumplen el protocolo la temperatura media de la tierra se reduciría 0,07 grados centígrados. Esta cifra es tan pequeña que ni los termómetros terrestres pueden medirla de manera fiable. Si tenemos en cuenta la hipótesis más probable según los climatólogos, de un calentamiento hasta el año 2100 de un grado centígrado, el ahorro de calentamiento sería tan sólo de 0,04 grados centígrados y si tenemos en cuenta que no todos los países piensan cumplir con el protocolo, la reducción en la temperatura global de la tierra gracias al plan de Kyoto resultaría estar muy por debajo de 0,03 grados centígrados; probablemente menos de 0,02. ¿Y para esa despreciable reducción de la temperatura media del planeta vamos a destrozar de manera salvaje nuestra economía? Esta actitud suicida es lo que hizo retirarse a EE.UU. y es uno de los argumentos que esgrime Rusia para su reticencia a la hora de ratificar el protocolo. Asi, los EEUU, guiados por la responsabilidad y la racionalidad seguirán la senda de progreso mientras que Europa, instalada en el radicalismo ecologista y la irracionalidad más absoluta conducirá a sus habitantes a una auténtica travesía por el desierto.

Y es que las consecuencias del tratado no podían ser otras si tenemos en cuenta que el protocolo de Kyoto no es más que un nuevo intento de planificación central de la economía a través de nuevos medios. Un plan que a juzgar por sus evidentes y nefastas consecuencias inmediatas sobre la actividad industrial y energética de los países desarrollados, parecería estar diseñado minuciosamente por enemigos del capitalismo de la talla de Lenin o Stalin. Sin embargo, cuando se trataba de su imperio comunista ambos trataron de incrementar la producción energética e industrial porque sabían que sin ese incremento no había ninguna posibilidad de mejora de la calidad de vida.

Afortunadamente, ningún estudio científico ha descubierto la existencia de un calentamiento global del planeta que pueda ser considerado peligroso para el hombre. Pero cuando lo haya, y lo habrá algún día porque el clima siempre ha sido cambiante y el ser humano no tiene capacidad para evitarlo, sólo será posible mitigar sus efectos sobre la salud y la economía de los seres humanos si los individuos pueden ejercer su ingenio en un entorno de libre mercado donde poder poner a prueba las diferentes formas de salvarnos. Esto es así de sencillo porque sólo el mercado libre incentiva el ahorro de los recursos que serán necesarios en esos momentos difíciles y sólo en el mercado libre los empresarios, o sea, todos nosotros, nos encontramos con la auténtica estimación de los recursos para sus distintos usos en necesidades urgentes para individuos concretos y para la raza humana en su conjunto. Si algún día nos encontramos ante una catástrofe climática global, posiblemente la podamos afrontar. Pero sólo mediante más libertad y más capitalismo y no mediante planes salvajemente colectivistas como el Protocolo de Kyoto.

Editores en pijama

La blogosfera estadounidense ha vuelto a ser la protagonista del espectáculo informativo de ese país. El hasta ahora prestigioso espacio de la CBS 60 minutos, que algunos recordarán por la película El dilema, emitió un programa denunciando que los superiores de Bush recibieron presiones para otorgarle valoraciones positivas. El problema es que, para demostrarlo, publicaron documentos que la blogosfera ha denunciado como falsos.

En diciembre de 2002, el senador Trent Lott, en un discurso durante una fiesta por el centésimo cumpleaños de Strom Thurmond, se lamentó de que si éste hubiera sido elegido presidente cuando se presentó en 1948, "muchas de las cosas que han sucedido desde entonces no habrían pasado". El problema es que Thurmond se presentó por los dixiecrats, una candidatura racista enclavada en el Sur de Estados Unidos, aunque después haya suavizado sus posiciones durante sus años como senador. Esa frase, ignorada por los medios, fue denunciada con vigor por la blogosfera, y finalmente terminó provocando la dimisión de Lott como jefe de la mayoría republicana en el Senado.

Más recientemente, el mes pasado, un grupo denominado Swift Veterans for Truth ha denunciado el pasado militar de Kerry, asegurando que muchas de las afirmaciones de éste eran falsas. Los medios tradicionales ignoraron el asunto, pero la blogosfera le dio la importancia que merecía, dado que el candidato demócrata se ha basado en su historial como forma de presentarse como un líder fuerte frente al terrorismo.

Los documentos que la CBS ha dado por buenos han llevado a Frank Abagnale, el timador interpretado por DiCaprio en la película de Steven Spielberg, a asegurar que si él hubiese sido tan chapucero, su historia tendría que haberse llamado Atrápame en dos días. La reacción de la cadena y su responsable de informativos Dan Rather ha consistido en quejarse de las denuncias realizadas desde Internet por "activistas políticos" que "escriben en pijama".

El problema para la CBS es que esos cómodos escritores empiezan a tener más credibilidad que muchos medios tradicionales. La razón, paradójica, es que Internet como medio resulta muy poco confiable. Cualquiera puede, efectivamente, escribir cualquier cosa sin dinero, sin pruebas y sin temor a las consecuencias. Eso lleva a muchos de quienes escriben en ellas a ser extremadamente cuidadosos y, sobre todo, a asumir y corregir inmediatamente sus errores y las informaciones falsas que puedan dar. Además, Internet permite, gracias de los enlaces, dar un contexto que, por su propia naturaleza, ni la radio ni la televisión ni los periódicos pueden ofrecer. Pero nadie en la red ofrece su propia credibilidad personal o institucional como garantía de veracidad. Alguien podrá preguntarse: ¿cómo va a ser mentira si lo dice la CBS? Pero a nadie se le ocurriría pensar lo mismo de Instapundit, pese a ser el autor más respetado en Internet.

La red se está ofreciendo como un modo de llenar el hueco que dejan los grandes medios nacionales, casi invariablemente de izquierdas, por lo que la mayor parte de quienes informan en ella son liberales y conservadores. Pero un hueco aún más importante es el de la corrección de errores de los medios, una labor que debieran realizar los editores de los mismos. Aunque en España no se llegue a ese nivel, el reciente caso del insultante anuncio de elpais.es parece indicar que algún día estaremos también allí.

Nucleares sí, gracias

Algo se mueve en el Olimpo ecologista cuando uno de sus gurús, el británico James Lovelock, se ha replanteado –a sus 85 años– el espinoso asunto de las centrales nucleares. El acreditado conservacionista y creador de la Tesis Gaia lo tiene tan claro como otro arrepentido, Bjorn Lomborg, antiguo miembro de Greenpeace hoy convertido en el padre del ecologismo escéptico, esto es, en la nueva corriente de ecologistas que, sin abandonar su preocupación por el medio ambiente, han dejado de tragarse las previsiones catastróficas y las mentiras de Greenpeace y demás organizaciones asimiladas a este fundamentalismo pagano de nuestros días.

Las razones por la que conocidos activistas como Lomborg o Lovelock se han retractado de sus antiguas, y salvajemente demostradas, convicciones están a la vista hasta del más desinformado. Las centrales nucleares son más limpias, más eficientes y más baratas, en definitiva, son las más ecológicas –si por ecologismo entendemos respeto al medio ambiente y no un modo irregular de hacer política–, las más económicas y, además, y esto no es baladí, las más rentables.

Durante los primeros años de la energía atómica todo eran parabienes desde las, todavía idealistas, organizaciones de defensa del medio ambiente. La fisión del átomo constituía, en los lejanos años 50, un emblema de progreso y muchos se prometían que el fin de los combustibles fósiles, al menos para generar energía eléctrica, estaba cercano. El sueño sin embargo se frustró en 1973, casualmente el mismo año de la crisis del petróleo provocada por la OPEP. Entonces, hace más de 30 años, Ralph Nader, un joven político norteamericano, valiéndose de la buena fe y la ignorancia de sus paisanos, organizó la primera campaña antinuclear. La demagogia contra las centrales nucleares, que ya a principios de los 70 menudeaban por los Estados Unidos, le hizo muy rico y famoso. En poco tiempo no había organización ecologista que no se apuntase a la movida antinuclear explotando la neurosis atómica, tan arraigada en el subconsciente colectivo de las sociedades avanzadas.

El hecho es que por muchas pegas que los ecologistas le quieran encontrar, la energía nuclear es esencialmente limpia y muy respetuosa con el medio. Los reactores no emiten a la atmósfera dióxido de carbono ni tipo alguno de substancias nocivas, sino inofensivo vapor de agua. De hecho, si algún país decide hacerse el harakiri aplicando con todo su rigor ese disparate conocido como Protocolo de Kioto, no podrá hacerlo sin recurrir a la energía nuclear. Y todo por una simple razón que a muchos les será difícil de creer, la nuclear contamina menos.

Uno de los argumentos recurrentes de los lobbies ecologistas para invalidar de modo definitivo la alternativa nuclear es lo peligroso y nocivo de sus residuos, la escoria nuclear que permanece activa durante siglos. Sin embargo las centrales térmicas convencionales expulsan cada año a la atmósfera cantidades ingentes de sustancias letales como el arsénico, el plomo, el cadmio o el mercurio que se mantienen letales eternamente. Quizá no sean radioactivos pero son igualmente tóxicos y se quedan en el aire hasta que la lluvia los devuelve al suelo.

La otra objeción que los medioambientalistas nuclearófobos aducen es la de su presunta peligrosidad, extremo que, naturalmente, tampoco se corresponde con la realidad. Desde la instalación del primer reactor en 1955 sólo se ha registrado un accidente de relevancia, el de Chernobil, desastre ocasionado por la ineptitud de los funcionarios soviéticos a su cargo. Teniendo en cuenta que en el mundo están en funcionamiento 437 centrales nucleares en más de 30 países, se puede concluir que la nuclear no sólo es limpia sino además segura.

El punto fuerte de la energía nuclear, allí donde no tiene competencia, es en los costes. El kilovatio / hora sale en una nuclear por 0,047 euros, frente a los 0,071 euros de la eólica o los 0,512 de la solar. Energía para millonarios esta última. Frente a evidencias tan contundentes, a los profetas del desastre no les queda a veces más remedio que recurrir a la mentira y a la falsificación, como en el caso del inexistente pez mutante del Ebro, embuste inventado por unos farsantes para calentar a la opinión pública en una campaña contra la central española de Garoña.

La energía nuclear, en suma, no pertenece al pasado, ni se trata del experimento de unos desaprensivos enemistados con la naturaleza y el género humano. Está cargada de futuro muy a pesar de lo que algunos quieren hacer creer. En el año 2003 se encontraban en construcción un total de 33 reactores, especialmente en el Tercer Mundo, que es donde más falta hace una energía barata y que posibilite el desarrollo y el bienestar de sus habitantes. Los que pertenecen al pasado quizá sea la miríada de organizaciones que dicen defender a la naturaleza pero que sólo se defienden a sí mismas.

Pobreza en América

La maldad, la distorsión ideológica, el fanatismo. Es difícil dar con el porqué, con infalible insistencia, hay quien describe a los Estados Unidos como un país anegado de grandes bolsas de pobreza, que atenaza y paraliza a una parte importante de su población, como una excepción entre los países desarrollados. Y todo, se sugiere, por no seguir el opresivo y fracasado socialismo tamizado de los países europeos. Cabría pensar que la explicación de la insistencia en el mensaje es la necedad, dada la contumacia en el error. Pero como incluso esta tiene límites, cabe pensar en otras opciones. Es hora ya de contrastar el discurso antiamericano con algo de información sobre cómo son "los pobres" en los Estados Unidos.

La Oficina del Censo acaba de actualizar los datos de pobreza en los Estados Unidos, según los cuales 2003 es el tercer año consecutivo de aumento de la pobreza, que ahora se sitúa en el 12,5%, 35,9 millones de personas, desde el 12,1% de 2002. También ha aumentado ligeramente el número de personas sin cobertura médica, dato que ha variado muy poco en los últimos años. Habrá quien se sorprenda, pero es un resultado absolutamente predecible en plena recesión. El desplome del castillo de naipes de la nueva economía, alimentado artificialmente con una política expansionista en el crédito, no podía tener otra consecuencia. Cuando se dio en 2002 la noticia en de que el año anterior había aumentado la pobreza, busqué sin éxito el redactor que contara que era el primer año en que no disminuía, después de diez de hacerlo de forma consecutiva. En este año el dato oculto es el de que si bien han empeorado las rentas más bajas, la situación ha sido la misma para las medias y altas. Parece más conveniente sugerir que en el malvado país neoliberal siempre son los mismos quienes salen perdiendo.

La palabra pobreza nos sugiere una condición que en absoluto corresponde con la realidad de quienes están en el octavo de la población estadounidense incluido en esa categoría. De éstos, el 46% posee su propia casa, el 66% tiene aire acondicionado, casi tres cuartas partes de ellos tienen al menos un coche, y el 30% dos o más. El 97% tiene televisor a color y más de la mitad dos o más; el 78% tiene vídeo o DVD y el 73% microondas. Solo el 6% de éstos viven en casas con más de una persona por habitación. En los Estados Unidos hay apenas evidencia de malnutrición y menos de uno de cada 200 estadounidenses han pasado alguna vez en su vida por esa experiencia por motivos económicos. Luego solo una pequeña franja de los estadounidenses están verdaderamente en la pobreza. Si lleváramos el mismo criterio de pobreza a los países europeos resultaría que la Vieja Europa habla mucho pero da menos trigo que los norteamericanos. Por ejemplo, si comparamos a los pobres estadounidenses con las familias medias europeas, la ventaja es para los primeros en espacio medio de la vivienda.

A ello hay que añadir varias cosas. El Censo no incluye los beneficios que ofrece el Estado a los que tienen menos recursos, como Medicare y Medicaid (el sistema sanitario público), bonos de comida o vivienda pública. Es más, los datos se refieren a la renta, pero no tienen en cuenta la riqueza; es el caso de muchos jubilados, que no tienen los ingresos de cuando estaban en activo, pero han acumulado cierta riqueza. Pero si algo hay que tener en cuenta de los datos de pobreza, es la movilidad. Un informe ha estudiado la evolución de un grupo de personas de 1975 a 1991. Los datos son contundentes. De quienes en 1975 estaban en el quinto más pobre, en 1991 solo el 5,1% seguían en el primero, el 14,6% habían pasado al segundo, el 21,0% al tercero, el 30,3% al tercero y el 29,0% al más rico. Todo ello en solo 16 años. En resumen, es mayor la indigencia intelectual de nuestra progresía que la real de los pobres en los Estados Unidos.

Elecciones e impuestos

Cuando Jude Wanninski introdujo la teoría de los "dos santa", cambió la dinámica de la política estadounidense. En el pasado los demócratas hacían el papel de buenos, de Santa Claus, al recurrir al gasto público como reclamo político, mientras que los republicanos actuaban de apagafuegos, llamando a la responsabilidad fiscal; un discurso mucho menos atractivo, salvo en momentos de crisis. Ahora, sugería Wanninski, los republicanos también harían de santa, pero por el lado de la rebaja fiscal. Sus ideas, como las del resto de representantes de la Economía de la Oferta, influyeron en la actuación de Ronald Reagan, que rebajó los impuestos en 1981 y luego en 1986, con enorme éxito. El actual Presidente se ha apuntado sin remilgos a ser el santa de la bajada de impuestos, y está dejando para los demócratas el ingrato discurso que antes tenían que hacer los republicanos: el de la responsabilidad fiscal. Con un aumento del gasto público al que el Presidente no pone límites, una gestión improvisada y pobre del Irak posbélico, y un Patriot Act que se puede utilizar para mermar algunas libertades civiles, el de los impuestos es un aspecto de la política de George W. Bush en el que se puede defender con total soltura.

En su favor tenía no solo el respaldo teórico de la Economía de la Oferta, sino la historia. Las tres experiencias del Siglo XX en que se redujeron drásticamente los impuestos, en los 20’ con la reforma de Andrew Mellon bajo presidencia de Hardin, en los 60’ con John F. Kennedy y en los 80’ con Ronald Reagan los resultados fueron los mismos: una aceleración del crecimiento económico, un aumento de los ingresos fiscales, mayor empleo y una menor participación en los porcentajes de contribución fiscal por parte de las rentas más bajas. George W. Bush ha seguido la misma receta, en la coincidencia de una fuerte recesión con el peor atentado terrorista de la historia de los EE.UU. Una apuesta fuerte de la que ahora, precisamente cuando se acerca su posible reelección, Bush comienza a recoger los frutos. No solo la economía y el mercado laboral están recuperándose, sino que, como en las anteriores experiencias, el porcentaje de ingresos fiscales procedentes de las rentas más bajas vuelve a reducirse con la última rebaja impositiva. Se adivinaba ya con los datos de 2001, pero otros más recientes confirman que son ahora las rentas más altas las que más están contribuyendo, en favor de las más bajas. De hecho las reformas impositivas de la actual Administración han liberado del pago del impuesto sobre la renta a 7,8 millones de estadounidenses, entre los que menos renta generan.

Los impuestos son siempre un argumento electoral, y este año no es una excepción. Lo que sí resulta extraordinario es que uno de los candidatos, John Kerry, ha prometido acabar con gran parte de las rebajas fiscales del Presidente en ejercicio, sin que vaya diez o quince puntos por debajo en las encuestas. Quizás porque estas elecciones, las primeras desde el 11 de septiembre, no son como las anteriores. Su propuesta fiscal es sensiblemente peor que la del republicano, ya que no está al servicio de cuatro sanos principios que informan la reforma prometida por George W. Bush: No desincentivar en exceso el riesgo y el éxito, evitar los incentivos perversos por determinados sectores o prácticas de ahorro e inversión, favorecer el crecimiento, y hacer el sistema inteligible, o incluso sencillo.

Es una pena que ninguno de los dos candidatos, ni si quiera el republicano, haya dado el paso de proponer un sistema impositivo basado en una tasa marginal única. Paradójicamente, es el sistema impuesto en Irak y está funcionando con gran éxito.

¿Se está calentando el planeta?

El latiguillo de moda de unos años a esta parte entre gentes de progreso y políticos de retroceso es el del calentamiento global. Todos los desajustes meteorológicos, desde las inundaciones a las olas de frío pasando por las sequías, los tifones y los vendavales, se explican por el mismo patrón. El planeta se está calentando, y, como consecuencia de ello, las cosechas se perderán, los bosques se secarán y la humanidad perecerá achicharrada bajo un sol de justicia. ¿Tal es el desesperanzador futuro que le espera a nuestro mundo?, ¿es cierta la profecía del calentamiento global?

Lo cierto es que no lo sabemos. Ni los científicos, ni los políticos, ni nadie en absoluto. No hay evidencias que apunten a que el planeta se caliente, al menos en el largo plazo. Hace menos de treinta años, tan pocos que muchos de los lectores aún lo recordarán, la misma comunidad científica que hoy se apuesta el dedo meñique a que su predicción es correcta, aseguraba que la tierra se encontraba a las puertas de una glaciación. Curiosamente achacaban su causa a los mismos males que hoy provocan el calentamiento. Según aquella descabellada teoría, en los años venideros los glaciares y los casquetes polares avanzarían inexorablemente enterrando a la corrupta civilización occidental bajo varios metros de hielo purificador. El pronóstico falló pero entonces muchos se la creyeron a pies juntillas.

La historia no era nueva, diez años antes, en la década de los sesenta, los mismos científicos, o sus profesores universitarios, habían profetizado que se estaba incubando una bomba poblacional que acabaría con los recursos del planeta y provocaría una hambruna sin precedentes. La biblia de aquel movimiento neomaltusiano fue un librito de un tal Paul Ehrlich, un majadero que se dedicaba a la cría de mariposas, titulado The Population bomb (La bomba poblacional) que obtuvo un notable éxito editorial. A juicio de Ehrlich “La batalla para alimentar a toda la humanidad se ha acabado […] En la década de los 70 y 80, centenares de millones de personas se morirán de hambre”, y no precisamente en África, el entomólogo aseguraba que unos 65 millones de norteamericanos morirían de inanición en la década de los setenta, “la mayoría niños” precisaba con intención de atemorizar a los lectores. En aquella década naturalmente nadie murió de hambre en Estados Unidos cuya población ha aumentado en 100 millones de personas desde la publicación del libro en 1968.

Las profecías apocalípticas de Ehrlich sin embargo cuajaron, y se sumaron a las de los primeros ecologistas, los de la nueva era glacial. Los hippies y los universitarios ociosos las tomaron como propias, y anduvieron lo menos tres lustros incordiando con su verdad revelada a gobiernos, empresas y ciudadanos indefensos a través de la televisión y las pretenciosas revistas científicas. Ehrlich estaba tan convencido de su teoría que llegó a aceptar una apuesta del afamado economista liberal Julian Simon sobre su proyectado encarecimiento de las materias primas. Ehrlich perdió y, aprovechando la derrota, publicó otro libro, The population explosion en 1990 reafirmándose en su tesis del fin de los recursos y el hambre generalizada. Como era de prever no volvió a dar ni una pero siguió teniendo lectores muy apasionados que todavía hoy repiten como papagayos su repertorio de sandeces. 

Gran parte de los lectores de Ehrlich y casi todos los que en los setenta se dejaron los dedos escribiendo para demostrar la nueva era glacial que se nos venía encima, son hoy los valedores del calentamiento global. Con semejante currículo es ya difícil confiar en sus predicciones pero, como el tiempo no pasa en balde, los apóstoles del armaggedon se han dotado esta vez de un nuevo prontuario con apariencia más científica y más resultona en los medios audiovisuales. Y es que el calor asusta más que el frío, perecer asfixiado, envuelto en sudor y sufrimientos es de una plasticidad mayor que la aséptica e indolora muerte por congelamiento. De esta manera, los que antaño daban alaridos por la reaparición de los hielos perpetuos, hogaño nos advierten de lo inevitable de un calentamiento general del planeta sino se hace lo que ellos dicen.

El hecho es que la tierra puede perfectamente estar calentándose o estar enfriándose. La tendencia, simplemente, la desconocemos. Si algo han aprendido los climatólogos, desde que esa disciplina se convirtió en ciencia, es que el clima es tan caprichoso como variable, y tan difícil de pronosticar como huidizo al limitado entendimiento humano. Hace mil años, ayer por la tarde en términos geológicos, el clima era más cálido. Hacia el año 1000 de nuestra era los vikingos llegaron a Groenlandia y la llamaron así porque el paisaje era eminentemente de color verde, no en vano Groenlandia en inglés se dice Greenland, Tierra Verde. Hoy la mayor isla del mundo es un casquete polar, un enorme cubito de hielo varado en mitad del Atlántico y prácticamente inhabitable. Por aquel entonces, en el amanecer del segundo milenio, sabemos que la bondad de las temperaturas posibilitó que las áreas de cultivo se extendiesen hasta la misma Escandinavia o que, por ejemplo, la población de Europa creciese notablemente. Los expertos conocen esta época, comprendida entre los siglos X y XIV, como el óptimo climático medieval. Si los climatólogos lo han llamado óptimo será por algo, y es que cuando la temperatura media del planeta sube la vida florece, ha sido así desde que el mundo es mundo y desde que el primer organismo unicelular hizo su debut en el caldo primigenio.

Pero, como ya apunté antes, el clima es cambiante, y al pequeño óptimo de la Edad Media le sucedió lo que se ha denominado como la Pequeña Edad de Hielo que se inició tímidamente en el siglo XV y se extendió hasta bien entrado el XIX. En Londres, por ejemplo, se celebraban ferias sobre el cauce helado del Támesis hasta tiempos de Napoleón, y en Madrid, en la cálida España, existió una pista de patinaje sobre hielo natural en el parque de El Retiro hasta el reinado de Alfonso XII. Si hoy observamos el soberbio río que atraviesa el centro de Londres, o si nos detenemos ante los rosales que hoy ocupan la antigua pista de patinaje de El Retiro concluiremos que el clima se ha calentado, y estaremos en lo cierto. Hace más calor que hace un siglo pero no sabemos porqué. Hace más frío que hace un milenio y tampoco sabemos porqué. La condición humana tiene estas servidumbres.

Algunos astrónomos han apuntado que la causa quizá se encuentre en las manchas solares porque, a fin de cuentas, el único radiador que calienta la tierra es el astro rey y sólo de los rayos que nos regala pueden provenir cambios térmicos de semejante envergadura. Otros buscan los cambios en la oscilación natural del clima. Según esta teoría cada 10.000 años el hemisferio norte se congela para entrar en un letargo de unos 100.000 años. A esto se le conoce como glaciación. Casi toda la orografía de la Europa actual está modelada por los glaciares, y algunas partes del continente han estado durante varios periodos completamente enterradas bajo el hielo. Si la tendencia se mantiene lo lógico es pensar que lo próximo que nos espera es una glaciación porque hace más o menos 10.000 empezaron a retroceder los hielos, es decir, que nos encontramos en el ocaso de un periodo interglaciar.

Ante evidencias de tal magnitud, esto es, clima sumamente variable, glaciaciones brutales y dulces óptimos en los que prospera la vida, los ecologistas apenas pueden ofrecer unos estudios realizados con un ordenador, si, un ordenador como el que tiene usted en casa pero algo más potente. En la matriz de datos de estas computadoras ejecutan unos programas llamados Modelos de Circulación General o MCG a los que suministran una cantidad –siempre limitada- de variables. Las conclusiones son las que ellos quieren. Crean en la memoria de estos ordenadores una atmósfera en miniatura y al antojo del investigador de turno que, por lo general, suele ser ecologista y suele estar concienciadísimo con eso del medio ambiente. Si los resultados no confirman la hipótesis prefabricada del científico, éste seguirá modificando las variables hasta decir eureka y presentarlo como un gran descubrimiento.

Las sucesivas conferencias sobre el cambio climático se han inspirado en los datos extraídos de esos modelos, las decisiones de muchos gobiernos se han tomado partiendo de esos datos, y el célebre y discutido Protocolo de Kioto es la aplicación práctica y a escala global de lo que unos científicos jugando a ser Dios han conseguido sacar a sus máquinas. Tras el presumido consenso de la “Comunidad Científica” viene la campaña de propaganda. Del primero se enteran cuatro, los autores del experimento y dos más aficionados a perder el tiempo con estas cosas. Del segundo, en cambio, nos enteramos todos. No existe organización ecologista que no dé el tostón con lo del calentamiento global. Son además pertinaces e inasequibles al desaliento. Si hace un verano especialmente caluroso es muestra inequívoca de sus teorías. Si llueve más de la cuenta significa que el clima anda como loco y apoya la tesis del calentamiento. Si hace frío, mucho frío, aunque más difícil de defender, también se toma como una evidencia de que algo falla y, naturalmente, de que algo hay que hacer.

Los ecologistas parecen tener en la cabeza una temperatura idónea fuera de la cual todo es sospechoso y antinatural. ¿Cuál es la temperatura ideal de la Tierra?, la actual, la del óptimo climático medieval, tal vez la de la pequeña edad de hielo, o quizá la de la última glaciación que transformó el continente europeo en un inmenso casquete. Ni el más curtido de los auto arrogados defensores del planeta podría contestar a esta pregunta, porque, tras el camelo del calentamiento global, no hay ecología, ni climatología, ni ciencia, ni siquiera sana curiosidad por el devenir térmico del planeta. Detrás del bulo hay ideología, y de la mala. Tras los bastidores del timo de principios de siglo se encuentra un subproducto de la ideología que subyugó a un tercio de la humanidad bajo la hoz y el martillo durante 70 interminables años. El ecologismo es marxismo simplificado, remozado y pasado por la turmix para hacerlo más digerible a las nuevas generaciones. Se vale de lo mismo, de la mentira, de la desinformación y de la propaganda, eso sí, escudándose tras un pretencioso consenso científico que, como dijo un sabio, es siempre el primer refugio de los granujas.

Fundamentalismo ecologista

El último número del semanario dublinés Northside People abría la semana pasada con un titular en portada y a toda página que no dejaba lugar a dudas: Fear on the doorsteps (Miedo en la puerta de casa). Y no es para menos. Unos vecinos de una barriada dublinesa se enfrentaban a la justicia, en concreto a penas de hasta de diez años de prisión….por no reciclar la basura, es decir, por no hacer la preceptiva separación y entregar las bolsas a unos basureros informales.

La legislación medioambiental irlandesa es una de las más severas de Europa, más incluso que la que el gabinete rojiverde de Fischer y Schröder está implantando en Alemania. Y lo que es peor, por la cuenta que les trae, los irlandeses la cumplen a rajatabla, al menos de puertas para afuera. Los isleños tienen la obligación, por ley, de separar sus desperdicios domésticos en distintas categorías, a saber; cristal, papel y cartón, plástico, metal y residuos orgánicos para su posterior compostaje. Una vez separados en bolsas de diferente color han de depositarlos en el cubo correspondiente. En Alemania dicen con sorna que Los Verdes han convertido la casa de cada alemán en un basurero, en Irlanda han ido más lejos, cada casa irlandesa es, además de vertedero, una planta de tratamiento de residuos.

Un cuerpo especial de policía, la Waste Management Enforcement Unit, se encarga de velar por el cumplimento de la ley y de patrullar en busca del infractor. Las multas, según la Waste Management Act pueden elevarse hasta la impagable cifra de 10 millones -sí, ha leído bien, millones- de euros y hasta diez años de cárcel. Vista semejante y desproporcionada severidad sólo queda preguntarse cuál será la pena que la ley de aquel país contempla para los atracadores de bancos. Miedo da pensarlo.

Tal situación es el último extremo de una política auspiciada desde el Gobierno para hacer de Irlanda el país europeo de referencia en temas medioambientales. Hace dos años, la tierra de Joyce y Molly Malone se convirtió en el primer país del mundo en crear un impuesto para las bolsas de plástico. 15 céntimos de euro por unidad. Consecuentemente a las pocas semanas habían desaparecido de los supermercados y hoy, para comprar, hay que ir pertrechado de engorrosos carritos de ruedas o bolsas de tela. Nadie pensó ni en los fabricantes de las bolsas ni en los que las estampaban, ni naturalmente, en la comodidad de los usuarios.

El impuesto sobre las bolsas, la Plastic-bag tax, ha cosechado tal éxito que el titular de Medio Ambiente, Martín Cullen, está estudiando crear nuevos impuestos sobre el chicle, los paquetes de poli estireno en los que se sirven las hamburguesas o, y esto es insuperable, sobre los recibos de papel que emiten las cajas registradoras. Otra de las brillantes ideas del ministro, que ya está en funcionamiento en el condado de Dublín, es multar a los que el cubo de la basura les pese más de lo estipulado. Una vez más, la idea que guía al ministro es la de evitar que sus conciudadanos generen más basura de la que él cree necesaria. La weight-based garbage tax estará implantada en toda la isla en enero de 2005, a pesar de las críticas que ha suscitado entre amplios segmentos de una población hasta el gorro de tanto ecologismo ultramontano.

A pesar de los aires que el Gobierno irlandés se da por los foros internacionales, los resultados de su política medioambiental integrista están a la vista de cualquiera de visita en Dublín. La aceras de la ciudad están, literalmente, hechas una porquería y en las papeleras municipales no cabe un alfiler. El ciudadano corriente, antes que pagar por el peso de la lata de refresco o deshacer el paquete de tabaco en las tres partes que exige la Ley, prefiere dejarlo en la calle o, en el mejor de los casos, buscar una papelera. En el campo están proliferando los vertederos ilegales, y en las zonas costeras el mar se ha convertido en un basurero anónimo de excepción. La dueña de un Bed & Breakfast de Galway, en la apartada región de Connaught, me contaba la semana pasada cómo algunos vecinos aprovechan la noche para colar su basura en cubos ajenos. Todo con tal de no someterse al despotismo ecológico de mister Cullen.

El sueño del ministro de ver una Irlanda más verde de lo que ya de por sí es gracias al clima, se ve de este modo truncado por un sencillo principio; cuanto más estúpida es una ley menos se cumple. Por de pronto, la controvertida legislación de residuos ha conseguido el efecto contrario que buscaba. La basura es indudablemente un problema de las sociedades avanzadas, pero las medidas que están aplicando en Irlanda -y quizá pronto también aquí- más que solucionarlo lo agravan. Si el gobierno quiere que la población recicle no tiene más que potenciar el pago por residuos y no al revés. La parte de nuestros residuos que merece la pena reciclar, esto es, que es rentable devolver al ciclo productivo, tiene un precio. Nuestras botellas, latas o periódicos tienen un valor de mercado, ¿Por qué hemos de darlos gratis o, peor aún, pagar dos veces por ellos?