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Anarcocapitalismo y los desafíos ecológicos contemporáneos (II): soluciones de mercado a la custodia del entorno

En la primera columna con la que se introdujo la presente trilogía se argumentó en favor de los mecanismos de mercado y la libre empresa para la coordinación espontánea de los procesos dinámicos de autoorganización ecológica, aportación otrora expuesta de forma magistral por los teóricos de la ecología de mercado vinculados a la Escuela Austríaca de Economía (véase Huerta de Soto 2020a para una recapitulación detallada a este respecto) y que está en perfecta consonancia con la naturaleza adaptativa y el proceso voluntario de cooperación social del libre mercado, que constituyen la manifestación más pura del capitalismo libertario.

En las líneas que prosiguen, manteniendo una unidad argumental con respecto al primero de los artículos de esta saga, se analizan sucintamente una serie de consideraciones complementarias vinculadas al seguimiento y monitorización de los factores ambientales. Se hace hincapié en cómo las innovaciones tecnológicas en relación con la custodia privada del territorio y de la flora y fauna silvestre podrían contribuir al proceso de mejora en la definición de los derechos de propiedad sobre el entorno natural a través de la creación de un constante incentivo y estímulo empresarial como el que cabría concebir bajo un modelo competitivo de mercado totalmente libre (p. ej. Esplugas 2007).

Aun bajo la premisa de que la inerradicable incertidumbre práctica inherente a los procesos de interacción dinámica y evolutiva de los sistemas ecológicos pudiese ser (al menos parcialmente) superada mediante la estimación y cuantificación de las correspondientes interacciones directas e indirectas entre factores ambientales (véase la discusión a este respecto en la primera columna de esta trilogía), todavía quedaría por resolver el diseño y optimización de las pertinentes medidas de control ambiental que, en un escenario de mercado totalmente libre de injerencia estatal, permitiese rastrear el origen de la agresión y la cadena de actos de invasión sobre la persona o la propiedad afectada, dilema que ha sido bautizado como el problema del transporte (Dolan 1990).

Esta cuestión encaja perfectamente con las limitaciones técnicas típicas de la época en la que fue formulada, en la que las herramientas numéricas de dispersión de contaminantes, por ejemplo, estaban una fase de desarrollo relativamente incipiente, en parte por las limitaciones propias de los modelos de cajas y probabilísticos Gaussianos de aquel momento (al menos en comparación con los modelos Eulerianos, matemáticamente más sofisticados, en los que existe una referencia tridimensional cartesiana fija), la escasa capacidad de cálculo de los procesadores de antaño o la carencia de datos espacialmente explícitos sobre las condiciones físicas y químicas que interfieren en el proceso de transporte de sustancias contaminantes.

El avance científico y tecnológico ha impulsado el uso de instrumentos isotópicos para vigilar la trayectoria de los contaminantes en diferentes partes de la Tierra, predecir su distribución y estimar sus consecuencias en los ecosistemas naturales, mediciones que también son susceptibles de ser empleadas para mejorar los modelos numéricos de dispersión de contaminantes antes referidos. En efecto, allende el análisis y la trazabilidad de la contaminación físico-química, el análisis de isótopos estables puede utilizarse para el estudio de niveles tróficos (incluidas las relaciones alimentarias entre especies extintas), especies invasoras, cambios sutiles en los ciclos biogeoquímicos globales, patrones de movimiento en animales o alteraciones en el ciclo hidrológico, por citar unos pocos ejemplos (véase el monográfico de West y col. 2010 para profundizar en la miríada de aplicaciones de esta tecnología en materia de control y seguimiento ambiental), lo que allana el camino a la gestión privada del entorno natural en relación con la capacidad del mercado de impulsar la compensación por daños o perjuicios a las personas o propiedades afectadas.

Por ejemplo, una entidad privada de custodia interesada en la protección y conservación de las praderas de fanerógamas marinas (incluidas como Hábitat de Interés Comunitario dentro de la Directiva Hábitats y cuyas especies de flora se encuentran recogidas en el Listado de Especies Silvestres en Régimen de Protección Especial en virtud de lo establecido en el artículo 56 de la Ley 42/2007, de 13 de diciembre, del Patrimonio Natural y de la Biodiversidad) podría estudiar la huella isotópica de δ15N y δ13C en los tejidos vegetales para asociar una fuente contaminante con una eventual daño (con o sin invasión física) causado por la dispersión de vertidos urbanos, agrícolas o salineros al medio marino (p. ej. Lepoint y col. 2004), facilitando con ello la carga apropiada de la prueba y permitiendo, así, demostrar la correspondiente cadena causal de actos de invasión sobre la propiedad de tal ecosistema marino, al objeto de que pudiesen operar los estándares jurídicos libertarios propios de un teórico orden anarcocapitalista (véanse Rothbard 1990 y 1995 para un sugerente tratamiento a este respecto).

Nótese que el autor de esta columna no está aseverando en modo alguno que el estado actual de la tecnología permitiese resolver toda conexión irrefutable entre el acusado y su agresión contra el demandante con el propósito de establecer una eventual responsabilidad más allá de cualquier duda razonable. A buen seguro que demostrar los efectos derivados de un impacto ambiental podría afrontar un problema de prueba de causación directa, en parte como consecuencia de las reacciones erráticas de los agentes contaminantes y sus dinámicas no en pocas ocasiones impredecibles. No obstante, este argumento no invalida que la aparición de un mercado libre y sin interferencia alguna del Estado en la citada esfera de la vida social se procure de «encontrar soluciones a la hora de introducir las necesarias innovaciones tecnológicas que sean precisas para la definición y defensa de derechos de propiedad en áreas en las que hasta ahora esto no ha sido posible» (Huerta de Soto 2020).

Así como los avances técnicos descritos en el anterior párrafo ilustran la potencial viabilidad a futuro de los principios de la Libertad y de las instituciones que hacen posible la regulación espontánea del mercado (por ejemplo, en relación con la invasión ilegítima o daño ambiental sobre la integridad de la tierra o propiedades muebles de otra persona y, con ello, la delimitación del grado de responsabilidad estricta del agresor en tales actos ilícitos), en el actual marco estatal en el que el medio ambiente está declarado bien público, obstaculizando o directamente imposibilitando su privatización, existe una tendencia incontrovertible a crear toda una serie de efectos distorsionadores que inducen a la destrucción del entorno (consecuencia, según Walter E. Block, del teorema de la imposibilidad del socialismo, en este caso, aplicado al monopolio estatal en materia de medio ambiente y recursos naturales).

Es más, la deforestación del bosque tropical amazónico es el prototipo de las funestas consecuencias que conlleva el intervencionismo a través de las políticas públicas sobre la protección y conservación de la naturaleza, tal y como se destila del informe ya clásico del World Resources Institute (1989) y cuyas principales conclusiones también han sido convenientemente acreditadas en estudios científicos recientes (p. ej. Skidmore y col. 2021). Así, por ejemplo, las inversiones del gobierno brasileño a través de sus programas de subsidios e incentivos fiscales sobre los ranchos ganaderos y otras actividades agropastorales, la construcción indiscriminada de carreteras federales y las cuantiosas inversiones públicas en proyectos hidroeléctricos elefantiásicos se han mostrado como la principal causa de pérdida de recursos forestales en el país.

Ulteriores intentos por corregir la situación por parte de la administración federal, y en particular los Termos de Ajustamento de Conduta (TACs, por sus siglas en portugués) aprobados en julio del año 2009 al objeto de auditar y monitorizar la deforestación ilegal y el grado de sostenibilidad de las cadenas de suministro de ganado, estaban condenados al fracaso desde el momento en que fueron originalmente concebidos, intuición que ha sido recientemente corroborada de forma empírica por West y col. (2022) en la prestigiosa revista Conservation Letters. En efecto, tras más de una década desde la promulgación de los TACs, casi un tercio de la producción agropastoral ilegal en Brasil ha sido practicada en áreas protegidas y en territorios de soberanía indígena reconocidos en el artículo 231 de la Constitución Federal, amén de las consecuencias económicas que dichas políticas han tenido sobre las ventajas monopolísticas de unas pocas compañías (p. ej. JBS, Bertin, Minerva, Marfrig), con la consecuente cartelización y restricción de la producción, como acertadamente ya había vaticinado Murray N. Rothbard en su célebre obra “Poder y Mercado”, concebida como la tercera parte de su magnum opusEl Hombre, la Economía y el Estado”. Afortunadamente se ha descubierto el porqué de este esperado fracaso.

Y es que, tal y como llevan predicando desde hace varias décadas los teóricos de la ecología de mercado, es la regulación y la agresión institucional concretada en la intervención sistemática y coactiva del Estado lo que dificulta o impide el cálculo económico racional de los agentes, en este caso, acarreando la desaparición de masas boscosas de alto valor ecológico sobre las que no se han establecido instituciones que definan, apliquen y garanticen los correspondientes derechos de propiedad, con ello impidiendo la custodia privada de reservas o la producción de atractivos espacios ecológicos salvajes.  

La pérdida mundial de vida salvaje es otro ejemplo de los perversos incentivos inexorables a la gestión pública y la ineficiencia de funcionamiento de las decisiones gubernamentales por vía estatal reglamentaria, cuyo inevitable resultado es siempre el deterioro y la sobreexplotación de los recursos naturales. Los teóricos de los fallos de mercado arguyen, no obstante, que la comercialización de la fauna y la flora silvestre es uno de los principales agentes agresores de la biodiversidad y muchos han puesto la desaparición del bisonte de las praderas del oeste de los Estados Unidos y Canadá como el principal ejemplo que avalaría su cadena de razonamiento.

No obstante, como bien ha señalado Lueck (2002), entre otros autores, el verdadero problema que causó el declive de las poblaciones de bisonte en el Nuevo Mundo consistió, precisamente, en que no existían derechos de propiedad sobre los rebaños de estos animales, de modo que los cazadores furtivos podían cazar los individuos para extraerles la piel sin tener que asumir ni ser responsable de los costes derivados de su extinción local. En las últimas décadas, resultado de la evolución en los derechos de propiedad de los bisontes americanos desde el dominio público hacia la propiedad privada, el número de cabezas ha aumentado drásticamente, sobre todo gracias al ingenio de los empresarios encargados de su gestión (muchos de ellos pertenecientes a las comunidades de las naciones tribales, como es el caso de los Rosebud Sioux en las tierra de los Sicangu Oyate en Dakota del Sur) que han facilitado la creación de un potente mercado de productos cárnicos.

De la misma manera, el pastoreo de renos en la Laponia finlandesa se ha mantenido históricamente de forma tradicional en régimen de propiedad privada, existiendo en la actualidad unos 6.700 dueños de las tierras en las que se apacentan (datos extraídos de la Reindeer Herders’ Association). Aunque en Finlandia el pastoreo de renos no es considerado fiscalmente como una actividad con ánimo de lucro y el número máximo de cabezas para un único empresario está regulado por un estricto sistema de distritos, la cabaña ganadera en el país se ha duplicado en el último siglo, de nuevo evidenciando el innegable potencial de las soluciones basadas en el mercado y en los derechos de propiedad para la gestión de la naturaleza (incluso cuando, como en el caso que nos ocupa, el mercado se encuentra fuertemente intervenido por cuotas y regulaciones).

Los críticos con la posición defendida por el autor de esta reseña contraargumentarán que tales soluciones propuestas por los teóricos de la ecología de mercado se encuentran circunscritas a aquellas especies para las que exista una posibilidad explícita de aprovechamiento por parte de la industria alimentaria. Sin embargo, y reivindicando la sabiduría popular del refranero patrio, “dato mata relato”, como corrobora la recuperación de las poblaciones de aligátores en los Estados Unidos, particularmente en Luisiana, Florida y Texas. Y es que estos reptiles habían sido llevados casi a la extinción después de décadas sufriendo los efectos de la caza furtiva y la sobreexplotación (en Luisiana, por ejemplo, el tamaño poblacional de este saurio no superaba los 100.000 ejemplares vivos en los años 50 del pasado siglo).

Tras la aprobación de licencias para el establecimiento de criaderos privados a partir de 1989, la implementación de nuevos proyectos empresariales impulsados por la fuerza mercantil ha multiplicado sus efectivos poblacionales, un crecimiento que ha permitido reclasificar su estado de riesgo y que ha sido consecuencia directa del comercio y la creación de ranchos privados destinados al aprovechamiento turístico, recreativo y cinegético. Estas actividades económicas, además, aportan cuantiosos ingresos estables y son una importante fuente de puestos de trabajo, contribuyendo al desarrollo local de las comunidades en las que se emplazan: solamente en el Estado de Florida los beneficios de estos ranchos y criaderos ascienden a 14 millones de dólares al año (estimación realizada por Harry J. Dutton, Jefe de la Comisión para la Conservación de la Vida Salvaje en Florida).

En suma, la experiencia de los bisontes americanos demuestra hasta qué punto la incapacidad de establecer derechos de propiedad privada sobre la vida salvaje puede contribuir a la desaparición de especies, uno de los más notables desafíos ecológicos contemporáneos, mientras que las estrategias de conservación privada de sus poblaciones, como la cría de renos en Laponia o los ranchos de aligátores en las regiones meridionales de Estados Unidos, ponen de manifiesto cómo se puede subvertir el típico efecto de la tragedia de los bienes comunales a través del ímpetu y la fuerza impulsora del libre mercado y el cálculo económico racional.

¡Imagine el lector cuánto se podría avanzar en la resolución efectiva de estos retos ambientales bajo un Orden Natural basado en la Libertad y en la propiedad privada y en el que el diseño institucional impulsase el florecimiento de los incentivos inherentes a la custodia privada y a todo mercado libre de injerencia estatal!

Se ruega a los amables lectores que compartan con el autor cualesquiera críticas o apreciaciones sobre este manuscrito a través de la siguiente vía de contacto institucional: jogarg@unileon.es

Referencias útiles para profundizar en los aspectos tratados en la reseña

  • Anderson, T. L. y Leal, D. R. (1993). Ecología de Mercado. Unión Editorial, Madrid: España.
  • Block, W. E. (1990). “Environmental Problems, Private Property Right Solutions”, en Block, W. E. (ed.) Economics and the Environment: A Reconciliation (pp. 281-332), The Fraiser Institute, Vancouver: Canadá.
  • Dolan, E. G. (1990). “Controlling Acid Rain”, en Block, W. E. (ed.) Economics and the Environment: A Reconciliation (pp. 215-232), The Fraiser Institute, Vancouver: Canadá.
  • Esplugas, A. (2007). Libertad sin estado: ¿es factible el anarcocapitalismo? Procesos de Mercado: Revista Europea de Economía Política, 4(2): 205-253.
  • Gibbs, H. K., Munger, J., L’Roe, J., Barreto, P., Pereira, R., Christie, M., Amaral, T. y Walker, N. F. (2016). Did ranchers and slaughterhouses respond to zero-deforestation agreements in the Brazilian Amazon? Conservation Letters, 9, 32-42.
  • Hoppe, H.-H. (2004). Monarquía, Democracia y Orden Natural. Unión Editorial, Madrid: España.
  • Huerta de Soto, J. (2020). “Ecología de Mercado” en Estudios de Economía Política (pp. 217-228). Tercera Edición. Unión Editorial, Madrid: España.
  • Katz, M. (1969). The Function of Tort Liability in Technological Assessment. University of Cincinnati Law Review, 38: 587-662.
  • Lepoint, G., Dauby, P. y Gobert, S. (2004). Applications of C and N stable isotopes to ecological and environmental studies in seagrass ecosystems. Marine Pollution Bulletin, 49(11-12): 887-891.
  • Lueck, D. (2002). The Extermination and Conservation of the Bison. The Journal of Legal Studies, 31(2): 609-652.
  • Repetto, R. (1988). The Forest for the Trees? Government Policies and the Misuse of Forest Resources. World Resources Institute, Washington D.C.: Estados Unidos.
  • Rothbard, M. N. (1990). “Law, Property Rights, and Air Pollution”, en Block, W. E. (ed.) Economics and the Environment: A Reconciliation (pp. 233-279), The Fraiser Institute, Vancouver: Canadá.
  • Rothbard, M. N. (1995). La Ética de la Libertad. Unión Editorial, Madrid: España.
  • Rothbard, M. N. (2015). Poder y Mercado: El Gobierno y la Economía. Unión Editorial, Madrid: España.
  • Skidmore, M. E., Moffette, F., Rausch, L., Christie, M., Munger, J. y Gibbs, H. K. (2021). Cattle ranchers and deforestation in the Brazilian Amazon: Production, location, and policies. Global Environmental Change, 68: 102280.
  • West, J. B., Bowen, G. J., Dawson, T. E. y Tu, K. P. (2010). Isoscapes: Understanding movement, pattern, and process on Earth through isotope marking. Springer, Dordrecht: Países Bajos.
  • West, T. A. P., Rausch, L., Munger, J. y Gibbs, H. K. (2022). Protected areas still used to produce Brazil’s cattle. Conservation Letters, 15(6): e12916.

El siempre dinámico mercado del vino

El otro día pensaba que resulta muy curioso que, en los años que llevo escribiendo esta columna, y sobre todo cuando he tratado la temática de mercado, nunca se me hubiera ocurrido mezclar mis dos principales aficiones en un solo artículo: la economía y el vino. Es por ello por lo que, durante la pasada semana, y pensando en temáticas para este artículo, se me ocurrió dedicarle un monográfico al mercado del vino, sobre el cual afectan multitud de factores y que es de una complejidad muy superior a la que muchos lectores pudieran imaginar. Así que, ya saben, descorchen una buena botella y disfruten de esta columna.

Cuando hablamos del mercado del vino hablamos de un mercado dinámico y globalizado al extremo que abarca múltiples dimensiones, desde la producción agrícola hasta la distribución y comercialización a nivel internacional, formando complejísimas cadenas de valor sobre las que intervienen centenares de actores diferentes. Además, estas cadenas de valor han sido continuamente cambiantes, influenciadas por la tradición histórica, los avances tecnológicos, los cambios socioeconómicos que afectan a los patrones de demanda y una variante interconexión entre mercados, muchas veces afectada por las múltiples regulaciones estatales; por mencionar solo algunos factores.

Aunque este es un mercado que sigo bastante de cerca desde hace algunos años por mi afición a la enología, no fue hasta la lectura del libro Wine Economics (2020)del economista y sommelier Stefano Castriota, cuando fui plenamente consciente de la relevancia de la ciencia económica para explicar las dinámicas de precios del vino, la regulación del sector y las tendencias futuras que marcarán su evolución. Además, lo más sorprendente es el hecho de que, aunque estas dinámicas se hallen en permanente evolución, durante la historia siempre han afectado de una manera u otra al mercado del vino.

No hace falta decir que, aunque la producción y consumo de vino han sido históricamente fundamentales en diversas civilizaciones y han desempeñado un papel clave en la cultura, la economía y la gastronomía (que incluye a las dos anteriores), en el siglo XXI el mercado del vino enfrenta desafíos como nunca antes. Los principales retos se hallan por el lado de la producción a causa de fenómenos como los constantes cambios en las condiciones climáticas, los vaivenes en las condiciones de comercio internacional o las regulaciones a nivel nacional, lo que está obligando a los productores a adaptarse a unas nuevas condiciones de mercado que estrechan aún más unos márgenes de beneficio ya de por si exiguos, poniendo en riesgo toda la industria del vino.

Si bien es cierto, no todo son sombras, ya que, paralelamente, a lo largo de la última década hemos observado una creciente sofisticación de los más asiduos consumidores de vino (intercambiando cantidad por calidad, con lo que ello conlleva en precio medio de consumo) y un desarrollo del comercio electrónico que ha permitido a las más pequeñas distribuidoras hacerse un hueco en el mercado y poder competir con las grandes en segmentos especializados (díganmelo a mí, que uno de mis nuevos vinos favoritos es un vino croata, Kaamen II, de Vinas Mora, actualmente agotado en prácticamente todas las principales distribuidoras de España).

Pero, ¿tanto ha cambiado la producción, consumo y distribución en el mercado del vino en los últimos años para que donde antes no encontrábamos ni un vinho verde portugués ahora tengamos acceso a vinos de cualquier país del mundo?

La naturaleza es la que es, y la producción de vino a nivel mundial sigue estando altamente concentrada en determinados países con las condiciones climáticas más propicias para el cultivo de la vid. En lo que a producción por volumen se refiere, Europa sigue liderando, con Francia, Italia y España a la cabeza, aunque en los últimos años se ha incrementado notablemente la producción en países que, durante el siglo XX, ya venían desarrollando una cierta tradición vinícola como son Estados Unidos, Argentina, Chile, Sudáfrica o Australia, por nombrar algunos. Además, han surgido nuevos actores que están haciendo las cosas muy bien en el mercado del vino como la ya mencionada Croacia, Ucrania, Montenegro, México, etc., solo por nombrar algunos.

Pero, como es bien sabido, la producción vinícola no depende solo de la ubicación geográfica, sino también de la interacción de factores ambientales, tecnológicos, de gestión, etc. Las temperaturas, la altitud y la composición del suelo son algunos factores que influyen directamente en la calidad del vino, y muchas veces son cambiantes dentro de un mismo país. Por poner un ejemplo de carácter nacional, la albariza de Jerez y los suelos volcánicos de La Palma confieren características muy diferentes a los vinos que se producen en cada región.

Sin embargo, aunque la naturaleza siga siendo el factor predominante a la hora de determinar las dinámicas de producción del vino, el desarrollo tecnológico ha permitido aprender cada vez más de ella y adaptar la producción con mucha mayor facilidad. Por poner un ejemplo, muchas bodegas de gran tamaño utilizan hoy en día drones y sensores inteligentes para monitorear constantemente la salud de los viñedos y sus necesidades hídricas, así como en bodega se emplean con mayor frecuencia protocolos automatizados de fermentación controlada (independientemente de lo que yo opine de esto) para estabilizar los vinos y garantizar una mayor “consistencia” del vino -principalmente en bodegas de carácter industrial-.

Por otro lado, la regulación sigue siendo un factor determinante en lo que respecta a la producción y consumo de vino. Sin ir más lejos, en la Unión Europea se imponen restricciones a la plantación de viñedos para evitar sobreproducción y regular así de manera “forzada” los precios de la uva. Por otro lado, en países como EEUU y Australia, las regulaciones son mucho más flexibles, lo que ha ayudado a una ampliación mucho más rápida del sector en los últimos años. Aquí también entraría el factor del rol que juegan las denominaciones de origen en los países y sus pros y contras, pero al tratarse de un tema tan extenso y específico le podríamos incluso dedicar un artículo aparte.

En lo que se refiere a la demanda o consumo de vino, como comentaba con anterioridad, este ha experimentado cambios significativos en las últimas décadas, con una disminución de demanda por parte de los mercados tradicionales europeos y un incremento de la exportación a mercados emergentes como China, India o Brasil. Esta transformación no corresponde solamente a factores económicos como un incremento de la renta disponible per cápita en estos países, sino asimismo a transformaciones culturales y sociales, con una tendencia en algunos países emergentes por parte de las clases más pudientes a un mayor consumo de vinos de calidad superior, con consumidores dispuestos a pagar más por etiquetas de renombre.

Aunque una columna se quede corta para tratar este tema (y es que necesitaríamos casi un libro entero para poder explicar mínimamente bien el funcionamiento del mercado del vino y sus múltiples aristas), si hay algo claro es que este mercado sigue evolucionando en un entorno de constante cambio. La combinación de tradición e innovación serán clave para enfrentar los desafíos descritos y poder aprovechar las oportunidades que surgen, sobre todo desde los países emergentes.

Más allá de las tendencias de consumo y producción; la regulación, la digitalización y el enfoque de la sostenibilidad están ya desempeñando un papel fundamental en la configuración del futuro de la industria vinícola. En este sentido, las bodegas, distribuidoras, tiendas especializadas, etc., deberán continuar adaptándose a las nuevas tendencias para mantenerse competitivos en un mercado cada vez más exigente y diversificado.

Stablecoins: el momento Whatsapp del dinero

El otro día pasé por una experiencia curiosa: le tuve que explicar a un adolescente de quince años que, antes de la conexión telefónica de datos, los mensajes de texto entre móviles costaban dinero. El SMS no usa internet para realizar su función. Utiliza el canal de señalización de la red para transmitir datos. Por lo tanto, todo el sistema se basaba en la infraestructura de las operadoras de telefonía, que aprovecharon todos los que pudieron ese foso defensivo.

Esto terminó con la generalización de la conexión de datos de los smartphones. Una vez conectado a internet, cualquier servidor podía operar como intermediario en la mensajería. WhatsApp tuvo la brillante idea de reutilizar el número de teléfono móvil como dirección del destinatario, y los mensajes instantáneos y gratuitos llegaron al gran público.

El cambio no solo afectó a su precio. La mensajería a través de aplicaciones móviles permite dos cosas importantes: encriptación de extremo a extremo y capacidad de llegar a cualquier dispositivo conectado esté donde esté. Son dos características que no les hacen mucha gracia a los estados, pero que hoy en día no han sabido evitar.

El paralelismo con las transacciones de dinero es obvio. En el ámbito de los pagos, seguimos viviendo en la era del SMS. Cualquier transacción online se debe realizar a través de la infraestructura de pago de los bancos. Y ellos aprovechan esto, al igual que las operadoras aprovecharon el SMS.

Pero hay un problema mayor. Las operadoras telefónicas simplemente tenían que transmitir los datos que componen el SMS al receptor. Si este es de la misma operadora o de otra, no era mayor problema siempre que siguieran el estándar. Y si el número no pertenecía a una red válida, se aborta el proceso. El contenido del mensaje les daba igual.

Las transacciones de dinero bancario no son un intercambio tan simple. Cuando A quiere pagar a B, en realidad está traspasando una parte del saldo acreedor que A tiene con su banco Y al saldo acreedor que B tiene con su banco X. Por lo tanto, a los bancos les tiene que interesar realizar la transacción. Y muchas veces no les interesa.

Ya sea porque los bancos están en sistemas de compensación de pagos distintos, ya sea por las políticas antiblaqueo que el departamento de compliance ha decidido implementar, los pagos con dinero bancario pueden ser imposibles de realizar. Por lo que un WhatsApp de pagos no solo los abarataría, sino que abriría un universo de posibilidades que ahora nos están vetadas.

Esa es la tesis que defiende Chris Dixon en su cuenta de X:

El momento WhatsApp para el dinero

Las stablecoins son nuestra primera oportunidad real de hacer por el dinero lo que el correo electrónico hizo por la comunicación: hacerla abierta, instantánea y sin fronteras.

Pensemos en la evolución de los mensajes de texto. Antes de aplicaciones como WhatsApp, enviar un mensaje de texto a través de las fronteras significaba pagar 30 céntimos por mensaje. Incluso entonces, tenías suerte si llegaba a su destino. Luego llegó la mensajería nativa de Internet: instantánea, global y gratuita. Los pagos están ahora donde estaba la mensajería en 2008: Fragmentada por las fronteras. Cargados de intermediarios. Cerrados a cal y canto.

Las stablecoins ofrecen una alternativa limpia. En lugar de unir sistemas torpes, costosos y obsoletos, las stablecoins fluyen sin problemas sobre blockchains globales. Estos sistemas son programables, componibles y están diseñados para escalar más allá de las fronteras. Las stablecoins ya están reduciendo el coste de las remesas: Enviar 200 dólares de EE.UU. a Colombia por métodos tradicionales cuesta 12,13 dólares; con stablecoins, 0,01 dólares. (Las comisiones para convertir de stablecoins a monedas locales pueden oscilar entre un 5% y un 0%, y los precios siguen bajando debido a la competencia).

Al igual que WhatsApp trastornó las costosas llamadas telefónicas internacionales, los pagos con blockchain y las stablecoins están transformando las transferencias mundiales de dinero.

Suena convincente. Aunque no dejan de ser los mismos argumentos que se llevan utilizando 15 años para defender que Bitcoin podría sustituir al dinero fíat en los pagos por internet. ¿Por qué las stablecoins sí tendrían éxito en esta empresa? La clave está en la regulación.

Por desgracia, nuestro dinero dejó de ser nuestro mucho antes de la aparición de Bitcoin. La transición de los SMS a WhatsApp fue sencilla porque la materia prima (los mensajes) siempre estuvo en posesión del usuario. Para transmitir dinero primero necesitas acceder a él, y ese acceso siempre ha sido complicado cuando su fin era comprar Bitcoin, porque como hemos visto anteriormente, tu banco tiene voz y voto respecto con quién haces transacciones.

Pero las stablecoins tienen una ventaja regulatoria clara. Los Estados (concretamente la nueva administración de EE. UU.) no las ven con malos ojos. No dejan de ser una forma de colocar su deuda, y su control a través de grandes empresas es factible. Así que pueden dejar operar al mercado y ver qué pasa.

A muchos bitcoiners no les gusta esto. A mí tampoco me entusiasma. Pero creo que se abre un nuevo escenario donde la libertad puede ganar la partida.

Si pudiéramos volver 15 años al pasado y enseñarles a nuestros gobernantes Telegram o Signal, que a nadie le quepa la menor duda de que esas aplicaciones no existirían hoy en día. El hecho de que la tecnología fuera conocida no permitió a nuestros burócratas anticipar las consecuencias de su uso masivo.

Así que es posible que estemos ante el primer paso que permita que, algún día, un chaval de 15 años nos mire cara de perplejidad cuando le expliquemos que había pedir permiso a un banco para gastar tu dinero por internet.

El Cid, ¿un héroe liberal?

En nuestra tradición cultural, pocos héroes logran mantenerse en el recuerdo y en el aprecio del gran público a través de las generaciones. El Cid Campeador, Rodrigo Díaz de Vivar, es uno de ellos. Como lo son el británico rey Arturo o el francés Lancelot. Aunque, a diferencia de estos, el Cid no es un personaje de ficción, sino real. Diferencia notable, porque el Cid, además de ser un caballero castellano del siglo XI, en el periodo de formación del reino de Castilla, es también un personaje literario de primer orden en la literatura universal, inspirador de obras literarias, pictóricas y hasta cinematográficas.

¿Personaje histórico o personaje literario?

El Cid fue un héroe muy popular en vida y más aún después de morir. Hombre recto y justo, diestro con la espada y hábil jefe de tropas, pero también hombre culto, formado en el latín y en el derecho, por su padre, Diego Laínez, descendiente del Juez de Castilla, Laín Calvo. Un hombre representativo del tipo humano propio de la aparición histórica de la potencia castellana en el siglo XI. Fue el tiempo de surgimiento y desarrollo de los fueros, en el que el debate político se centraba en la legitimidad del poder, en la seguridad jurídica y en el sometimiento de todos a los jueces y al derecho del reino, es decir, a la autoridad del Rey.

En lo literario, el Cid protagonizó una de las primeras obras escritas en romance castellano, el Cantar del Mío Cid. Obra muy importante en la literatura europea, por su temática y calidad literaria. Datado hacia el año 1140 -según Menéndez Pidal-, inauguró una línea de creación literaria, pictórica, e incluso cinematográfica en el siglo XX, centrada en la vida y hazañas de Rodrigo Díaz de Vivar. Existe, además, un importante ciclo de romances ligados a la figura del Cid. A veces, extraídos del propio cantar de gesta, y a veces sobre episodios no tratados en el mismo, como el Romance de la Jura de Santa Gadea.

Famoso en los todos los siglos, el XIX destaca por su predilección hacia el Cid. Autores románticos nacionales y extranjeros encontraron en su figura un motivo especial para su inspiración. Como ya se ha indicado, a diferencia de otros héroes de existencia puramente literaria, el Cid no es un personaje de ficción. Fue un personaje real, que vivió entre los años 1043 y 1099. Y sus hazañas y fama revelaban un héroe de hondura, cuyos perfiles desbordan la mera conceptuación de valiente, hábil y afortunado guerrero que vive aventuras más o menos fabulosas. El siglo XIX conoció en España un gran despertar del recuerdo de este héroe.

El Cantar del Mio Cid

El Cantar se compuso en el siglo XII, momento en que se reavivaba la añoranza medieval de la antigua Roma, en los siglos XI y XII, tiempo al que se ha denominado “Primer Renacimiento”. Para entender ese ideal de recuperación de Roma que alienta toda la Edad Media y eclosiona en el Renacimiento, es imprescindible advertir de una peculiaridad del pensamiento de la época, que exige variar nuestra forma corriente de pensar. Usualmente, en nuestro tiempo, las ideas de progreso y futuro están íntimamente ligadas. Nuestro tiempo basa sus esperanzas en lograr un futuro mejor y, así, el progreso remite directamente al futuro.

Pero eso no era igual en la Edad Media. Los hombres de ese tiempo pensaban de modo inverso y, cuando querían imaginar un mundo mejor, miraban al pasado, al añorado Orden Romano, pues el futuro aparecía siempre oscurecido por múltiples amenazas imprevisibles. El pasado era el mundo desaparecido de la Pax Romana y de la ley igual para todos. Mientras que, el presente y el futuro inmediatos, eran el resultado de las invasiones que destruyeron a Roma, y formaron un mundo de privilegios, violencia e ignorancia. Un mundo sombrío en el que el elemento greco-latino, negándose a morir, sobrevive toda la Edad Media para retornar con el Renacimiento, en el siglo XV. Pero en el siglo XI el Renacimiento queda aún lejos y el mundo medieval, de momento, sólo puede soñar con recuperar ese pasado mejor.

Fue en ese mundo en el que Rodrigo Díaz de Vivar recorrió el camino del héroe, en tanto que representó el ideal del “caballero cristiano”. Un arquetipo de la preservación del orden y el racionalismo cristianos que son, como lo era la misma Iglesia, el legado civilizador de Roma que sobrevivía en una época difícil y conflictiva. Rodrigo es héroe en tanto que consigue afirmarse como un hombre cuerdo y justo que afirma la razón y el derecho frente a la magia y al abuso en un mundo desquiciado. Héroe que combate a los musulmanes y conserva el más profundo sentido de la justicia y la idea de sumisión a la ley.

La Jura de Santa Gadea

La Jura es uno de los episodios más emotivamente épicos del Cid. Él, descendiente del mítico Juez de Castilla, Laín Calvo, y paladín del Rey, exigirá a Alfonso VI, para que pueda reinar en Castilla, que jure no haber participado en el asesinato de su hermano y anterior rey, Sancho II, en Zamora. Alfonso se someterá a la ley y hará la Jura, pero guardará rencor al Cid. La Jura despejaba las dudas de su implicación en la muerte de su predecesor, y era importante, por la gravedad de participar en un asesinato, que le ilegitimaba para suceder al rey asesinado. La razón que llevó al Cid a exigir el juramento fue, sobre todo, despejar la duda sobre la dignidad de Alfonso para ser rey de Castilla. No necesitan más los castellanos para obedecer al nuevo rey y, tras la jura, será el mismo Cid el primero en prestar juramento de fidelidad a Alfonso.

Con independencia de la realidad histórica del episodio de la Jura, ésta forma parte esencial de la caracterización del Cid como héroe. El héroe medieval no lo es sólo por su valentía, audacia o habilidad mostradas en sus aventuras, como Ulises, el gran héroe griego. El héroe cristiano medieval lo es, fundamentalmente, por la vinculación de sus hazañas a una causa santa o a una causa justa. El héroe medieval posee una dimensión moral, de inspiración cristiana, obviamente imposible de hallar en los héroes clásicos.

La imagen de Rodrigo Díaz exigiendo al Rey el juramento en Santa Gadea, integra una rotunda simbología política de limitación del poder, que ha de ser legítimo y someterse a control legal. Mas, la Jura de Santa Gadea, pese a ser trascendental en la tradición cidiana, no constituye un asunto del Cantar del Mío Cid, aunque si lo enmarca, pues está referenciado en el poema, justamente al principio, como la causa del destierro. Es importante para el conjunto de la obra, pero no su tema, aunque sea fundamental para entender la excelente acogida del personaje durante el siglo XIX entre los liberales.

El Cid en los siglos XIX y XX

El Cid ha sido objeto de abundante tratamiento literario. El romancero antiguo, del siglo XIV, recoge muchos romances cidianos, como la Jura de Santa Gadea. Y abundan referencias y temas cidianos en poetas, novelistas y dramaturgos del Siglo de Oro, de Lope de Vega a Cervantes. Y Guillén de Castro, con Las Mocedades del Cid (1605), sobre la base del romancero, recrearía los hechos del Cid anteriores a la Jura de Santa Gadea. Obra que inspiró Le Cid de Corneille, en Francia (1636). En siglo XVIII se publicó por primera vez el Cantar en edición impresa (1779), lo que contribuyó a difundir su fama. Goya inició su Tauromaquia (1815) con un grabado del Cid, primer caballero de España, alanceando un toro. Y un cuadro de la Jura, obra pintada en 1864 por Marcos Hiráldez, adorna el Palacio del Senado.  

El recuerdo del Cid como defensor de la legalidad y la justicia rebrotó con fuerza en el siglo XIX. Una preferencia fundada en la Jura de Santa Gadea, por el ambiente propio del siglo XIX, en que los liberales españoles desearon -sin éxito- que los reyes Fernando VII e Isabel II, fuesen monarcas sinceramente constitucionales. Los liberales españoles del siglo XIX reivindicaron por ello al Cid, figura reciamente hispana y héroe de las libertades castellanas. Y el Romanticismo, en España y en Europa, lo apreció mucho. Pero la recuperación romántica del personaje no se limitaría al reconocimiento de sus virtudes cívicas o políticas, pues las virtudes cívico-políticas del Cid no son las únicas y se complementan con sus otras muchas virtudes: El Cid es piadoso, generoso, clemente, caritativo, sabio, valiente, leal y justo.

Llegó el siglo XX, y éste, sin dejar de recrear la rica y abundantísima tradición cidiana, fue poniendo en segundo plano su imagen de héroe liberal, más propia del siglo XIX, sin que por ello su figura haya sufrido menoscabo alguno. Antes bien, se popularizó más aún, tras llevarse al cine, en 1961, por Anthony Mann, con Charlton Heston y Sofía Loren en los principales papeles. Pero las obras cidianas del siglo XX subrayaron más otras virtudes. Rubén Darío tomó la caridad en su poema Cosas del Cid, Manuel Machado destacó la generosidad en el infortunio en su Castilla, y Antonio Gala se centró en los sentimientos humanos, en su Anillos para una Dama. Sólo Eduardo Marquina retomó en su recreación del Cid sus virtudes más políticas.

Pese al enorme lapso temporal transcurrido desde que Rodrigo Díaz de Vivar realizase sus hazañas -en 1999 se celebró el 900 aniversario de la muerte del héroe, y en este siglo XXI se celebrará su milenario-, el Campeador continúa siendo un personaje de referencia, ampliamente conocido en España y en el mundo. Como dejó escrito Manuel Machado en los versos de su poema Castilla, “El ciego sol, la sed y la fatiga, por la terrible estepa castellana, al destierro, con doce de los suyos, -polvo, sudor y hierro-, ¡el Cid cabalga!” Y es tan deseable, como previsible, que El Cid siga cabalgando aún por mucho tiempo en los siglos venideros.

Españoles eminentes

Dolarización en Panamá: lo que pocos conocen (II): la adopción del dólar como moneda

Poco después de que Panamá se separara de Colombia, Estados Unidos «adquirió» los derechos sobre una porción del territorio panameño para construir un canal transoceánico. Los detalles de esta transacción son sorprendentes y a la vez inquietantes; prometo escribir pronto sobre ello. Por ahora, bastará con decir esto: ocurrió en 1903.

Una zona de estabilidad monetaria

La Zona del Canal de Panamá era un «territorio soberano» de Estados Unidos. Las personas nacidas en la Zona (a quienes los panameños llamaban peyorativamente zonianos o zoneítas) tenían un acceso directo a la ciudadanía estadounidense. De hecho, el conocido exsenador estadounidense John McCain nació en la Zona del Canal de Panamá.

El proyecto de construcción del canal y la administración de la Zona estuvieron supervisados por la Comisión del Canal Ístmico (Isthmian Canal Commission), creada por el gobierno de EE. UU. y dependiente de la Secretaría de Guerra, cuyo titular en aquella época era William Taft (sí, el mismo Taft que luego sería presidente). Taft había sido gobernador de Filipinas (también territorio estadounidense en aquel entonces) desde 1901, hasta que renunció en 1904 para asumir el cargo de Secretario de Guerra.

Normalmente se asume que fue el gobierno de Estados Unidos quien obligó a la República de Panamá a adoptar el dólar estadounidense como moneda de curso legal. Esta idea también prevalece entre académicos, intelectuales y la población general en Panamá. Sin embargo, no fue así. De hecho, la petición inicial para que el dólar se convirtiera en moneda de curso legal provino originalmente de los propios panameños.

El punto habitual de partida para entender cómo se produjo la dolarización es un documento conocido como «El Convenio Monetario», mencionado en un decreto emitido por el presidente de Panamá en 1904 (Decreto 74 de 1904). Este documento suele presentarse como la base legal definitiva que supuestamente demuestra la imposición monetaria de Estados Unidos sobre Panamá.

Sin embargo, más que un acuerdo legal detallado, se trata realmente de una breve nota de apenas dos páginas, firmada por el secretario Taft en 1904, que no impone absolutamente nada. En realidad, el verdadero punto de partida ocurrió meses antes. Veamos esto con detenimiento.

Una comisión fiscal se encamina hacia el norte

En junio de 1904, el secretario Taft recibió una notificación informándole que una Comisión Fiscal panameña se encontraba en Nueva York en misión oficial del gobierno, y que además deseaba reunirse con él. Esta Comisión Fiscal estaba integrada (principalmente) por dos panameños, Ricardo Arias y Eusebio Morales, además de un abogado estadounidense, William Nelson Cromwell, quien actuaba como asesor legal. Cuando EE. UU. «adquirió» los derechos territoriales sobre la Zona del Canal, pagó aproximadamente $10 millones de dólares (de 1903) al nuevo Estado panameño. El gobierno de Panamá decidió invertir alrededor de $6 millones en bancos estadounidenses, y la Comisión Fiscal se encontraba en Nueva York precisamente para identificar las instituciones financieras más adecuadas para invertir estos fondos en títulos valores.

Además de esta misión financiera, la Comisión había sido autorizada por el presidente de Panamá para reunirse con el funcionario estadounidense a cargo de la Zona del Canal de Panamá, con el objetivo de discutir arreglos monetarios. Así, concretaron una reunión con el secretario Taft.

Cuando la Comisión se reunió con el Secretario Taft, también estuvieron presentes el almirante Walker (Presidente de la Comisión Ístmica, encargada de supervisar la construcción del canal) y el señor Conant (un experto financiero que ya había trabajado con Taft en Filipinas). Todos participaron en una conversación sobre los asuntos monetarios en Panamá.

Conozco estos detalles porque un taquígrafo registró la reunión, y posteriormente la transcripción fue incorporada oficialmente a los registros durante una audiencia en el Senado estadounidense en 1906.

La conversación fue reveladora. Los panameños ya habían comenzado a elaborar nuevas leyes monetarias como parte del proceso de construcción del nuevo Estado. Recordemos que Panamá acababa de separarse de Colombia y tenía que crear casi desde cero todos los elementos esenciales para consolidar un Estado independiente.

La conversación registrada de forma taquigráfica afirma explícitamente que los panameños ya habían tomado esta decisión y simplemente buscaban una confirmación. El abogado de la Comisión Fiscal, William Cromwell, fue muy claro en este punto:

Sr. Cromwell (dirigiéndose al Secretario Taft):

«Este tema ha sido profundamente estudiado por estos señores; no solamente por los aquí presentes, sino también por personas distinguidas en el Istmo. Fue considerado por su Convención [Constitucional]; y se ha preparado un proyecto de ley por parte del Gobierno, ya sometido y actualmente en consideración. Dicho proyecto es muy inteligente. Sugiero que el Sr. Arias lo lea y le explique la medida propuesta. La Convención está lista para actuar; el proyecto está aquí. Si esta forma es aceptable, se enviará por cable y probablemente será aprobado. En otras palabras, tenemos ya la medida sobre la mesa, y esta conferencia puede darle una forma final para que sea adoptada».

La discusión en estos registros resulta interesante por varias razones. Podemos ver claramente que el secretario Taft tenía una preocupación genuina por la estabilidad monetaria tanto en la Zona del Canal como en Panamá en general.

El gobierno transitorio post-separación en Panamá buscaba evitar una situación en la que la intensa actividad económica de la Zona del Canal generara una fuerte presión sobre la capacidad monetaria de la nueva república. Recordemos que en aquella época la moneda predominante era metálica y, por tanto, finita (no dígitos infinitos en una pantalla). El fuerte incremento en la demanda de monedas metálicas para pagar a la gran cantidad de trabajadores importados pondría bajo una enorme presión la capacidad monetaria del joven Estado panameño.

Este punto fue, de hecho, resaltado en las reuniones con Taft, cuando el propio Taft preguntó al almirante Walker cuánto dinero estimaba que necesitaría para pagar los salarios a los trabajadores del canal:

Secretario Taft: Almirante Walker, ¿cuánto cree usted que su entrada allí aumentaría la demanda del peso?

Almirante Walker: Bueno, aumentaría considerablemente. Nosotros lo utilizaríamos; les pagaríamos a nuestros trabajadores con él.

La Comisión Ístmica no contemplaba crear una nueva moneda en Panamá, pues consideraba que eso sería totalmente impracticable. Era esencial que la moneda panameña permaneciera estable respecto al dólar estadounidense, basado en oro, moneda que necesariamente utilizarían simultáneamente.

Secretario Taft: ¿Pagarían ustedes a todos sus trabajadores en pesos [monedas panameñas de plata]?

Almirante Walker: Sí, probablemente pagaríamos así a toda la gente que empleemos allá abajo. A las personas enviadas desde aquí les pagaríamos una vez al mes en oro o en moneda estadounidense, pero los trabajadores y la gente del Istmo estarían en la nómina de plata y se les pagaría cada dos semanas.

Para reforzar aún más la idea del origen panameño de la dolarización, el abogado de la Comisión Fiscal destacó claramente en la transcripción oficial que una versión similar del mismo proyecto de ley había sido votada en Panamá unas semanas antes, pero no prosperó porque hubo un empate exacto entre los 32 votantes: 16 estuvieron a favor y 16 en contra. Esperaban que este acuerdo con los Estados Unidos fuera el impulso decisivo que generara confianza y permitiera finalmente aprobar el proyecto en Panamá.

Otro aspecto clave del acuerdo monetario realizado por Taft con Panamá ha sido, lamentablemente, poco estudiado. La Comisión Ístmica (y, por ende, el gobierno estadounidense) aceptó ayudar a estabilizar la moneda panameña de plata mediante un mecanismo por el cual prestaría su propio dinero a Panamá, con el objetivo de respaldar la moneda local en caso de una depreciación del tipo de cambio entre el peso de plata panameño y la moneda estadounidense basada en oro. Este acuerdo alcanzado por Taft fue excepcional desde varios puntos de vista. Recordemos que en aquel momento aún no existía la Reserva Federal de Estados Unidos.

Más aún, es importante destacar que este acuerdo no pudo haber sido una imposición del gobierno estadounidense sobre Panamá, puesto que el gobierno de EE. UU., como tal, no participó directamente en su formulación. El secretario Taft actuó de forma unilateral.

De hecho, Taft no buscó permiso del Congreso de EE. UU. antes de aceptar estas condiciones. Posteriormente, el Senado estadounidense llamó la atención a Taft por haber otorgado garantías tan fuertes sin haber solicitado previamente autorización al Congreso.

Esto derivó en una audiencia especial en el Congreso, en la que se reveló gran parte de esta información. ¡Gracias al servicio de digitalización de la Biblioteca del Congreso! El título completo del documento es: «Hearings before the Finance Committee of the United States Senate on the Monetary Agreement between the Secretary of War and the Government of Panama, 1904».

El Senado cuestionó y puso en duda las acciones de Taft porque no estaba claro si él tenía realmente la autoridad para comprometer a Estados Unidos con los términos que acordó con Panamá. De nuevo, ¿cómo podría sostenerse entonces que el gobierno estadounidense impuso el dólar a Panamá, si el propio gobierno estadounidense puso en duda que Taft tuviera autoridad suficiente para tomar tal decisión?

Durante las audiencias, Taft basó su defensa en el siguiente argumento:

Consideré este asunto como si la Comisión [Ístmica] estuviese realizando un arreglo financiero destinado a garantizar un medio apropiado para pagar a sus trabajadores.

Se trata de una formulación bastante astuta. Quiero recordar a los lectores que, tras su presidencia, Taft también fue nombrado presidente de la Corte Suprema de los Estados Unidos, siendo la única persona en la historia estadounidense en ocupar ambas posiciones. Pero esto deja abierta una pregunta clave: ¿por qué Taft actuó de este modo en primer lugar?

El riesgo de una crisis monetaria en Panamá estaba claramente fresco en la memoria de los panameños. Pero también, y quizá de manera más sorprendente, estaba presente en la mente del propio secretario Taft. En las audiencias, Taft explicó que la estabilidad monetaria era crucial en la Zona del Canal, pues había visto directamente los daños económicos y administrativos que provoca la inestabilidad monetaria cuando fue gobernador de Filipinas:

Secretario Taft:

Debo añadir, sobre la cuestión de mi motivación, que lo que me llevó a tomar esta acción respecto a la moneda y aconsejar al presidente confirmarla fue nuestra experiencia en Filipinas con este mismo problema. Durante mi estancia allí, la plata fluctuó desde menos de 2:1 hasta 165:1, y nos enfrentamos a graves dificultades para pagar a nuestros empleados, así como a quejas justificadas cuando, en determinado momento, teníamos cuentas en tres monedas diferentes.

Taft tenía razón. Creo firmemente que este episodio histórico podría haber transcurrido de manera muy distinta si Taft no hubiera sido el secretario de Guerra encargado de la construcción del Canal de Panamá y, especialmente, si no hubiera sido gobernador de Filipinas justo antes de este nombramiento. Taft representa un punto crítico, una coyuntura frágil pero decisiva en la historia de la dolarización de Panamá.

En consecuencia, el acuerdo monetario fue finalmente aprobado por el Congreso y el presidente de Estados Unidos, y posteriormente el presidente de Panamá confirmó formalmente su contenido mediante el Decreto 74 de 1904, en el cual declaró oficialmente:

«Apruébase en todas sus partes la Convención acordada en Washington…»

(Curiosamente, tuve que acudir personalmente a la Biblioteca Nacional de Panamá para localizar copias legibles de los documentos completos publicados en la Gaceta Oficial a principios del siglo XX).

Reflexión final

Panamá no adoptó el dólar debido a una crisis macroeconómica. La dolarización formó parte esencial del proceso inicial de construcción del Estado panameño. La ideología monetaria de los líderes del nuevo país se basaba directamente en su experiencia reciente con una espiral inflacionaria causada por la emisión descontrolada de papel moneda en Colombia. Para evitar por completo esta situación en su nueva nación, eligieron conscientemente el camino de la dolarización.

Por casualidad, el Secretario de Guerra estadounidense en ese momento era William Taft, quien ya había experimentado personalmente los efectos negativos de una mala gestión monetaria en Filipinas. Taft reconoció rápidamente que la mejor decisión era aceptar la propuesta panameña de adoptar el dólar estadounidense como moneda de curso legal en Panamá. Lo hizo, incluso sin tener claro si contaba con la autoridad formal del Congreso para tomar esa decisión. Sin embargo, funcionó perfectamente.

Hoy en día, Panamá posee el sistema monetario más estable de América Latina.

Ver también

Dolarización en Panamá: lo que pocos conocen (I): la prohibición del papel moneda

¿Podrá instaurarse en Venezuela un sistema económico liberal?

Este artículo está inspirado en la exposición original que, como conferencista, tuve la oportunidad y el honor de impartir gracias a la invitación del Independent Institute y de The Association of Private Enterprise Education (APEE), ambas instituciones estadounidenses, en el marco del 49º aniversario de esta última asociación, celebrado en la ciudad de Guatemala los días 7 y 8 de abril del presente año.

El título original de la conferencia fue: “Freedom Will Finally Come to Venezuela?”, lo que traducido al español sería: “¿La libertad finalmente llegará a Venezuela?”

La interrogante que planteaba el título de la conferencia nos condujo, más que a una respuesta concreta, a una serie de cuestionamientos que estábamos obligados a desarrollar frente a la audiencia. El objetivo era explicar el actual escenario político-económico venezolano no solo desde una narración de los hechos históricos que condujeron al país a su situación actual, sino también desde la continuidad de ciertas políticas económicas y comportamientos culturales que han prevalecido en la cultura sociopolítica venezolana desde principios del siglo XX, con reminiscencias incluso del siglo XIX.

A partir de esa experiencia, decidimos replantear la ponencia bajo el título: ¿Podrá instaurarse en Venezuela un sistema económico liberal? El propósito fue analizar si, en un hipotético escenario de cambio político, el país volvería a instaurar un sistema similar al que predominó entre 1958 y 1998 —el cual coadyuvó en gran medida a crear las condiciones para el ascenso del régimen de Hugo Chávez Frías— o si sería posible refundar un nuevo sistema económico sustentado en los principios del libre mercado, con menos regulaciones e intervenciones estatales distorsionadoras de la eficiencia económica, y enmarcado en un verdadero Estado de derecho.

Interrogantes planteadas

Durante la conferencia, abordamos las siguientes preguntas clave:

  1. ¿Tuvo Venezuela realmente un sistema democrático ejemplar y estable entre 1958 y 1999, que sirvió de referencia en América Latina?
  2. ¿Por qué se produjo el deterioro del sistema político venezolano y el ascenso de Hugo Chávez al poder?
  3. ¿Cuál ha sido la naturaleza del régimen chavista en sus aspectos políticos, económicos y culturales?
  4. ¿Existe una relación de continuidad entre los antecedentes históricos venezolanos —en lo político y económico— y la situación actual del país?

Respuestas a las interrogantes

1. La democracia venezolana (1958–1998)

Sobre la primera pregunta, resulta pertinente citar al historiador venezolano Germán Carrera Damas, quien en su obra “Venezuelan Democracy in Historical Perspective” sostiene:

Hasta 1958, Venezuela fue un ejemplo extremo de inestabilidad política o de gobiernos dictatoriales. Desde el inicio de su historia republicana en 1811, el país apenas había disfrutado de tres agitados años de gobierno democrático entre 1945 y 1948. Sin embargo, a partir de la caída de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez en 1958, se logró establecer en el país un ordenamiento que, con sus limitaciones y deficiencias, es el que más se ha acercado al ideal republicano y democrático buscado desde la independencia.

El sistema al que hace referencia Carrera Damas fue el de conciliación de élites políticas, conocido como el Pacto de Punto Fijo. Firmado el 31 de octubre de 1958 por los partidos Acción Democrática (AD), COPEI y URD, el acuerdo tuvo como objetivo estabilizar el incipiente sistema democrático tras la caída de la dictadura de Pérez Jiménez.

Este pacto estableció compromisos clave como:

  • Respeto al orden constitucional y a los resultados electorales.
  • Formación de gobiernos de unidad nacional.
  • Elaboración de un programa de gobierno mínimo común.

Pese a sus defectos, este modelo permitió elecciones periódicas y evitó la llegada de un nuevo dictador durante 40 años. Sin embargo, los partidos protagonistas —AD y COPEI— desarrollaron estructuras internas autoritarias y caudillistas. Aun así, la dinámica bipartidista se mantuvo dentro del marco democrático, con respeto general a las libertades civiles y a la oposición.

Durante los años 80 se implementaron reformas importantes, como la elección directa de gobernadores, alcaldes y concejales, lo que mejoró la representatividad y permitió la irrupción de nuevos partidos. En el ámbito educativo, se expandió el acceso a la educación pública y programas como las becas de la Fundación Gran Mariscal de Ayacucho permitieron a miles de jóvenes estudiar en universidades del exterior. Asimismo, se ejecutaron obras públicas de relevancia nacional como el sistema hidroeléctrico de Guayana y se consolidó PDVSA, que funcionó con eficiencia relativa pese a ser estatal.

2. El ascenso de Chávez y el colapso del sistema

No obstante, los logros anteriores no fueron suficientes para evitar el colapso del modelo. El sistema rentista y paternalista, sustentado en ingresos petroleros volátiles, gasto público ineficiente, deuda creciente e inflación, contenía en sí mismo las semillas de su autodestrucción.

La ausencia de un sector privado competitivo, la corrupción generalizada, el deterioro de los servicios públicos y el desprestigio de los partidos tradicionales generaron un creciente descontento en todos los sectores: pobres, gremios, empresarios y medios de comunicación.

La negativa de los partidos del “estatus” a reformar el modelo —por miopía, autocomplacencia o complicidad— impidió acciones drásticas, salvo por intentos parciales como las reformas del segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez, bloqueadas incluso desde su propio partido.

Todo esto abrió el camino al ascenso de Hugo Chávez Frías, quien capitalizó el descontento social y evocó el imaginario del caudillo salvador, instalando un nuevo régimen.

3. Naturaleza del régimen chavista

Hugo Chávez instauró un modelo autoritario sustentado en tres ejes discursivos:

  1. Deslegitimación del Pacto de Punto Fijo, señalado como causante de los males del pueblo.
  2. Invocación de un nacionalismo socialista bolivariano, con fuerte sesgo antiimperialista.
  3. Legitimación del poder mediante elecciones controladas, uso abusivo de recursos públicos y propaganda.

El chavismo reivindicó figuras como Bolívar, Ezequiel Zamora y Simón Rodríguez, y se nutrió de ideologías de izquierda como el marxismo y el guevarismo. Se construyó así un régimen autoritario que utilizó mecanismos democráticos solo en apariencia.

4. ¿Ruptura o continuidad histórica?

¿Representó el chavismo una ruptura o una continuidad del pasado? La expresión “vino viejo en botellas nuevas” resume bien la respuesta. Muchos de los vicios del pasado persisten, aunque agravados:

  • Populismo y estatismo exacerbado.
  • Dependencia extrema del petróleo.
  • Corrupción sistémica y control absoluto de las instituciones.
  • Clientelismo político-empresarial.
  • Pérdida total de soberanía nacional, con alianzas con regímenes autoritarios y organizaciones cuestionadas internacionalmente.

¿Podrá instaurarse en Venezuela un sistema económico liberal?

La gran pregunta es: ¿podrá refundarse Venezuela bajo un modelo liberal y moderno o se repetirá el ciclo histórico de errores?

Hay dos indicadores contrastantes:

  1. Negativo: la mayoría de los actores políticos que se presentan como oposición provienen de estructuras fracasadas, incluyendo partidos como AD, COPEI, PJ, Voluntad Popular, entre otros. Muchos de sus dirigentes han servido más al régimen que a la libertad, proponiendo volver al viejo modelo que fracasó.
  2. Positivo: el liderazgo de María Corina Machado (MCM), que ha defendido postulados liberales y ha logrado conectar con una población agotada por el chavismo. Su visión representa una oportunidad única para construir una Venezuela distinta.

Conclusión

La única posibilidad real de transformación económica en Venezuela pasa por líderes con un compromiso serio con el liberalismo, como el que ha esbozado María Corina Machado. Solo mediante la reconstrucción institucional basada en la propiedad privada, la libre empresa, el Estado de derecho y una educación centrada en la responsabilidad individual, podrá Venezuela evitar repetir su historia.

La reflexión final es clara: ¿ha sido el socialismo, en cualquiera de sus variantes, generador de riqueza y estabilidad? La experiencia venezolana muestra con crudeza que no. Es el ejemplo de lo que ninguna nación debe aspirar a imitar.

Rousseau y la pose de ser tú mismo

Por Will Ogilvie. El artículo Rousseau y la pose de ser tú mismo fue publicado originalmente en FEE.

He comenzado una actuación sin ejemplo, cuya realización no tendrá imitador. Me propongo presentar a mis compañeros mortales un hombre en toda la integridad de la naturaleza; y este hombre seré yo mismo.

Rousseau, Confesiones

Jean-Jacques Rousseau (1712-1778) no se limitó a predicar la sinceridad, sino que trató de vivirla, incluso cuando ello significaba mostrarse bajo una luz poco favorecedora. En Confesiones, admitió infamemente haber dejado a sus cinco hijos al cuidado del orfanato estatal, donde probablemente murieron. Es trágico, erróneo e inquietante. Pero lo sorprendente es que nos lo cuenta sin justificarse ni dar vueltas. Afirma que no escribe para impresionar, sino para ser sincero. No busca la admiración, sino el frío consuelo de saber que ha dicho la verdad, aunque le haga quedar muy mal.

A diferencia de la autobiografía moderna -o de los videoblogs de YouTube en los que alguien llora y luego promociona sus productos-, Rousseau no está representando las virtudes. Intenta, por una vez, no representar nada en absoluto. Se trata de ser real.

«Ser uno mismo» es lo que se lleva ahora. Instagramers, TikTokers, revistas de psicología pop, guías de autoayuda, e incluso tu caja de cereales te dicen que lo hagas. Está en todas partes. El deseo no solo de parecer natural, sino de serlo, está siempre presente. Pero detrás de nuestra obsesión moderna por la autenticidad está nuestro filósofo del siglo XVIII, que ya luchaba con esta idea mucho antes de que existiera el filtro cara de cachorro.

Es posible que Rousseau viera las biografías de LinkedIn del mismo modo que los postizos: falsas, rígidas y aburridas. Rousseau creía que la verdadera libertad no consistía en hacer lo que te diera la gana, sino en vivir de acuerdo con tu yo natural, el que está aplastado por las normas sociales, las etiquetas y, sobre todo, por nuestra sed infinita de validación.

No queremos tener sinceros y auténticos asesinos en serie

Para Rousseau, la sinceridad sólo era posible en la vida privada, porque las relaciones sociales estaban llenas de normas, expectativas y señales de virtud. La sociedad moderna ha convertido a los humanos en monos evolucionados que ascienden por una escalera social hecha de apariencias. Algunos se esconden tras filtros y feeds curados; otros exhiben títulos académicos o ascensos laborales. Las plataformas varían, pero el objetivo es el mismo: ser visto, admirado, validado.

Y para Rousseau, había algo profundamente falso -y profundamente perjudicial- en todo esto. Por eso desencadenó lo que podríamos llamar el «culto a la autenticidad», una rebelión contracultural contra la vida basada en el rendimiento de la sociedad.

Pero seamos sinceros: la sociedad necesita esa moral pública para funcionar. «Gracias», dijo él, aunque tenía ganas de gritar. «Qué buen tiempo hace hoy», murmuró ella, en medio de una crisis existencial. «¡Almorcemos algún día!». (Ambos esperaban que nunca ocurriera).

Estas educadas mentiras hacen posible que tengamos vidas pacíficas y prósperas. Así que hay razones para mantener las apariencias. Rousseau podría ir demasiado lejos al afirmar que la sinceridad debería ser el valor más alto de la sociedad. Ese camino podría conducir fácilmente a un mundo en el que la crueldad se excusara como honestidad. Debemos andarnos con cuidado. Después de todo, no queremos asesinos en serie o narcisistas sin filtro campando a sus anchas a base de «ser ellos mismos».

Naturalidad impostada

Aun así, Rousseau plantea una verdad incómoda: nuestra obsesión por «ser uno mismo» en Internet rara vez tiene que ver con ser realmente uno mismo. Lo que queremos es aparentar naturalidad, pero de forma que consigamos likes, seguidores y acuerdos con las marcas. No nos quitamos la máscara, sino que nos ponemos una nueva con la etiqueta «auténtico». Es la misma actuación de siempre, solo que con mejor iluminación y un hashtag de autocuidado. Es como presentarse en una fiesta de disfraces vestido como «alguien que no lleva disfraz», solo que has tardado tres horas en ponerte ese traje.

Entonces, ¿la autenticidad real -y con ella la libertad real- sólo es posible fuera de la red? Según Rousseau, sí. Por eso, en Émile, su libro sobre la educación, el niño debe ser educado sin comparaciones sociales. La idea de Rousseau era radical: educar a un niño protegiéndolo de la influencia social para que su yo natural pudiera desarrollarse sin vanidad.

El único libro que Rousseau permite leer a Émile es Robinson Crusoe, y no por casualidad. La historia de Crusoe representa el ideal de la autosuficiencia: un hombre que aprende a sobrevivir utilizando la razón y la experiencia directa, no opiniones de segunda mano. Crusoe está solo, pero es libre. Sin juegos sociales, sin concursos de prestigio, sin likes. Ése es el tipo de ser humano que Rousseau quería cultivar: alguien que forma su identidad desde dentro, no a partir de validaciones externas.

Más tarde, por supuesto, Émile debe volver a la sociedad y aprender a bailar a su ritmo. La civilización tiene sus ventajas: Rousseau no nos decía a todos que nos convirtiéramos en nobles salvajes. Pero sí creía que la gente debía reconocer la hipocresía social que les rodeaba, aunque tuvieran que seguirle el juego.

Al fin y al cabo, hay que tener modales en la mesa. Ser auténtico no significa ser abrasivo. Los modales siguen siendo importantes: ni siquiera Rousseau, por muy radical que fuera, querría que escupieras en la mesa en nombre de la sinceridad.

Liberarnos creando nuevas cadenas

Como se atribuye a menudo al escritor ruso Antón Chéjov -aunque nunca he encontrado la cita exacta en sus obras- «Los buenos modales no consisten en no derramar nunca la salsa, sino en fingir no darse cuenta cuando otro lo hace». Una pequeña actuación social puede ser una gentileza, no una mentira, sino una forma de gracia. De hecho, es este tipo de empatía -esta capacidad de ver a la persona detrás del papel- lo que nos permite elevarnos por encima de las normas cuando éstas pierden su razón de ser.

El verdadero civismo no es obediencia rígida, sino saber cuándo inclinarse a favor de la compasión. Eso también forma parte de ser plenamente humano. Y aunque en las democracias liberales defendamos la libertad -libertad frente a la coacción o el permiso, como podrían definirla pensadores como Friedrich Hayek o Deirdre McCloskey-, Rousseau nos recuerda que también existe un tipo más sutil: la libertad de pensar de forma diferente, de ser nosotros mismos, incluso cuando es impopular.

Después de todo, ¿y si, en nombre de la libertad y la autenticidad, sólo estamos construyendo nuevas cadenas? Una cosa es liberarse de los juicios de los demás; otra, cambiar un molde por otro, esta vez con una brillante etiqueta de «autenticidad» de Silicon Valley. Quizá Platón lo dijo mejor: «No es que merezca la pena tomarse muy en serio los asuntos humanos, pero tomárselos en serio es justo lo que nos vemos obligados a hacer, por desgracia».

Porque al final, quizá Rousseau vio algo con lo que todavía luchamos: que todos estamos atrapados en algún lugar entre la actuación y la sinceridad, entre las reglas y la rebelión, tratando de averiguar cómo ser libres y decentes al mismo tiempo.

Francisco, ¿el papa del progreso?

Por Richard M. Reinsch II. El artículo Francisco, ¿el papa del progreso? fue publicado originalmente por Law & Liberty.

Al comenzar su papado, el argentino Jorge Bergoglio SJ, conocido en el mundo como el Papa Francisco, indicó que lideraría una rehabilitación humanitaria-democrática de la Iglesia católica mientras seguía pastoreando a su rebaño hacia el futuro. Aunque su compromiso expresaba muchas políticas y políticas progresistas de izquierdas, también informaba de su responsabilidad principal, y sesgaba la forma en que entendía su papel como guardián de los juicios de la Iglesia sobre la fe y la moral.

A lo largo de su pontificado, el Papa Francisco siguió haciendo gala de un sentimentalismo autoelevador arraigado en normas cósmicas de justicia y lo aplicó a distintos problemas mundiales que consideraba cruciales, como la inmigración ilegal, el cambio climático o la desigualdad económica. Se veía a sí mismo como un Papa del futuro, mostrando a la Iglesia cómo estar a la altura de los tiempos. En cambio, su legado ya parece pasado de moda.

Inmigración

Uno de los primeros episodios llama la atención por cómo el Papa Francisco malinterpretó la responsabilidad del Estado, la legitimidad democrática, el Estado de derecho y la necesidad de límites en la toma de decisiones políticas. Lo hizo identificando la justicia con el humanitarismo moralista, como ilustra su primer viaje fuera de Roma tras convertirse en Papa a la comunidad insular italiana de Lampedusa en 2013. Lampedusa se había convertido en el punto de desembarco de muchos inmigrantes procedentes de África y partes de Oriente Medio que buscaban llegar a Italia y otros destinos europeos. La pequeña isla, de unos 6.000 habitantes, había recibido casi 8.000 migrantes solo ese año.

Las travesías fueron peligrosas, y miles de migrantes se ahogaron en el mar Mediterráneo, lo que debería haber sido desalentado por las autoridades públicas europeas, incluida la Unión Europea.

El Papa Francisco prestó su voz a esta tragedia. Anunció sumariamente a los habitantes de Lampedusa que la muerte de los migrantes se debía principalmente a la indiferencia de Europa: «¿Quién es responsable de la sangre de estos hermanos y hermanas?». preguntó. «¡Nadie!», respondió, y luego continuó: «Cada uno de nosotros responde: no he sido yo, yo no estaba aquí, ha sido otro». También arremetió contra los ciudadanos de Lampedusa, muchos de ellos católicos, que ni siquiera merecían su sensibilidad pastoral, a pesar de que eran los que estaban soportando directamente los costes de la invasión de migrantes, que más que duplicaba su población. Francisco también culpó a las fuerzas globales del capitalismo, que, según afirmó, hicieron necesario que estos inmigrantes abandonaran sus hogares y pueblos para venir a Europa. Francisco lanzó estas consignas ideológicas con temerario abandono.

Con sus acciones, el Papa Francisco ayudó a crear la falsa noción de que las democracias europeas deberían acoger a millones de inmigrantes de Oriente Medio y África. Afirmó en términos inequívocos el derecho de los migrantes a trasladarse a Europa, a ser alojados y cuidados por lo que él creía que eran los recursos interminables de un continente insensible y rico. El coro de la apertura de fronteras tenía por fin un líder espiritual. Ni la prudencia ni la auténtica caridad pueden prevalecer sobre el derecho absoluto del inmigrante. En el planteamiento del Papa, el bien común de una Europa antaño cristiana debe dar paso a preocupaciones exclusivamente humanitarias, a una compasión generalizada que es tan secular como religiosa.

Lo que el Papa Francisco no dice es lo que la Iglesia católica enseña realmente sobre las naciones y los inmigrantes, una enseñanza que se basa en principios de justicia y prudencia.

Las naciones tienen la responsabilidad ante sus ciudadanos de garantizar la protección y la administración de los recursos para el bien común de quienes han sido confiados a las autoridades públicas. Los seres humanos que llevan la imagen de Dios también deben tener la oportunidad de prosperar y vivir en una sociedad decente, permitiéndoles, como cuestión de justicia, cuando esto les ha sido negado, trasladarse y buscar prosperar en otro lugar. Cuando sea posible, las autoridades nacionales deben acoger a las personas y familias en estas situaciones extremas, pero también deben tener en cuenta sus propias limitaciones y necesidades a la hora de tomar estas decisiones.

Un pensamiento tan lúcido escapó a la comprensión de Francisco sobre esta cuestión a lo largo de su pontificado. Repetía su línea de pensamiento en la situación de los migrantes en Estados Unidos, sin dedicarse nunca a la sobria labor de aplicar con prudencia las normas de justicia y misericordia, prudencia y decencia a las circunstancias concretas a las que se enfrentan los ciudadanos y los estadistas. Habló despreocupadamente, en lugar de hablar como un líder que tiene la tremenda responsabilidad de guiar los pensamientos, si no los corazones, de casi mil quinientos millones de católicos. Ni una sola vez dio voz a lo que pensaban los ciudadanos de las naciones europeas y de los Estados Unidos sobre las compensaciones y las cargas de las migraciones de millones de personas a sus países, muchas de ellas de civilizaciones diferentes con costumbres culturales, creencias, amores, odios, tan diferentes de las suyas y algunas decididamente hostiles a la propia religión cristiana. Al final, negó implícitamente la legitimidad de la nación democrática, las fronteras que la hacen posible y el consentimiento de los gobernados que debe informarla. Con demasiada frecuencia, actuó como si fuera el Sumo Sacerdote de la religión de la humanidad de Auguste Comte en lugar del Santo Pontífice Romano.

Las consecuencias políticas y culturales de los numerosos ejemplos «Lampedusa» que marcarían Europa durante la última década fueron enormes. Ninguna más que el fatídico verano de 2015, cuando la alemana Angela Merkel abrió las puertas de Europa a un millón y medio de inmigrantes, un gesto que presagiaba la política populista que surgió en muchos países europeos y en Estados Unidos. El Papa Francisco pensó que estaba dando paso a un tipo de Iglesia Universal Humanitaria que trabajaría junto a una Europa que acogiera al mundo en su seno igualitario. Sin embargo, la mayoría de los fieles católicos de Europa y Norteamérica, aunque sienten compasión por los migrantes, siguen siendo conscientes de lo que se puede y no se puede dar en estas circunstancias. En lugar de estar a la vanguardia en este tema, era un sacerdote progresista que luchaba en la retaguardia, pareciendo a veces enfadado con un Occidente que no se tomaba sus palabras en serio o al pie de la letra.

El cambio climático

Otro rasgo distintivo del mandato de Francisco fue su devoción por el cambio climático, una cuestión inevitablemente interconectada con el libre mercado, la legítima autoridad política, la pobreza, la desigualdad, la población y la familia. Las ideas de Francisco sobre estas cuestiones se hicieron eco de la ideología progresista dominante, y fueron más evidentes en la encíclica papal de 2015 Laudato Si’ (Alabado seas). Como subrayó el politólogo Daniel Mahoney, el documento demuestra una comprensión de la creación y del lugar del hombre como su principal administrador. Es rico y está bien enunciado. El Papa recuerda a su rebaño que el progreso moral no es sinónimo de progreso tecnológico. Como también señala Mahoney, la sólida base teológica del documento podría haberse utilizado para desarrollar un enfoque sensato del cuidado de los recursos de la Tierra. Sin embargo, en lugar de un debate racional, el documento está marcado por una retórica apocalíptica que describe un planeta afligido y en decadencia, todo por culpa de las actividades egoístas y consumistas del hombre.

En la encíclica, el Papa Francisco afirma que el aire acondicionado, por ejemplo, es un gran problema causado por las masas de todo el mundo que buscan su comodidad, ajenas a los daños causados por el deseo de estar cómodos en el interior. ¿Ha considerado alguna vez que el aire acondicionado ha ayudado a salvar innumerables vidas de personas en hospitales de África, Asia y Oriente Medio? Culpa a un capitalismo rapaz que antepone los deseos humanos al bienestar del planeta y de las generaciones futuras.

Abundan más ejemplos de destrucción: Francisco nos advierte de que las predicciones catastrofistas ya no pueden acogerse con ironía o desdén. Vamos camino de dejar un legado de escombros, desolación y suciedad a las generaciones venideras. El ritmo del consumo, del despilfarro y de los cambios medioambientales ha desbordado de tal modo la capacidad del planeta que nuestro estilo de vida contemporáneo, por insostenible que sea, no puede sino precipitar futuras catástrofes, como las que periódicamente se producen en distintas zonas del mundo.

El documento ofrece innumerables ilustraciones como éstas. Sin embargo, lo que se echa totalmente en falta es la mínima conciencia empírica de que los avances tecnológicos, el afán de lucro, la mayor especialización de la economía, los derechos de propiedad y el Estado de derecho han sido la forma en que las sociedades occidentales se han enriquecido al tiempo que contaminaban gradualmente menos. Las economías se han vuelto más eficientes en la producción y más refinadas en el uso de la energía. En cambio, los católicos reflexivos han recurrido a voces más equilibradas y humildes como la de Bjørn Lomborg, antiguo director del Instituto de Evaluación Medioambiental del gobierno danés, que nunca ha rehuido la realidad del cambio climático, al tiempo que ha explicado de manera crucial que la adaptación y el ingenio que proporcionan las economías de mercado permiten a las personas hacer frente a los cambios provocados por el cambio climático. El fin no está cerca.

Quienes han estudiado el constitucionalismo occidental, y la creencia de que el poder de un gobierno está determinado por un conjunto de leyes, observan que las apelaciones a la «emergencia» y la «necesidad» (como se ve en esta encíclica papal) son emblemáticas de los intentos de romper las barreras de la prudencia, el Estado de derecho y la conciencia de los límites del poder. Lo que Francisco realmente quería era la aplicación de la política de guerra en las políticas de cambio climático. Acogió con satisfacción la gobernanza de grandes organismos transnacionales que no responden ante nadie mientras imponen atronadoramente diversas exigencias sobre el cambio climático, como la de que todos dejemos de conducir vehículos de gas. La retórica apocalíptica del Papa, que en un momento dado en Laudate Deum (Alabado sea Dios) -un documento escrito intencionadamente para influir en la 28ª Conferencia anual de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (conocida como COP 28) que se celebrará en Dubai en 2023- informó al mundo «de que podríamos estar acercándonos al punto de ruptura» de nuestra existencia actual.

Irónicamente, como profeta de la fatalidad, el Papa Francisco siempre parecía estar a gusto con los actores de Hollywood y las élites europeas cuyas políticas de cambio climático e ideas corporativistas han devastado muchas economías de la eurozona, incluida la alemana, han perjudicado el sustento de los agricultores europeos y han convertido la energía en un bien de lujo en toda Europa. Todas políticas que conducirán a apagones intermitentes durante algún tiempo, si los recientes acontecimientos en España y Portugal son un anticipo. A menos, claro está, que las naciones europeas recuperen el sentido común y eviten las fantasías apocalípticas.

A lo largo de su papado, Francisco ha afirmado preocuparse de forma generalizada y enfática por los pobres. Pero, como señala un editorial crítico del Wall Street Journal, su sensatez nunca estuvo a la altura de su preocupación cuando defendió las ideas que los mantendrían en la pobreza.

Rara vez mencionó que las empresas ofrecen oportunidades tanto a los empleados como a los consumidores de sus bienes o servicios. Su retórica y sus enseñanzas sobre los mercados estaban marcadas por la hostilidad. ¿Observó alguna vez la abundancia de las economías occidentales y se preguntó si esta situación de abundancia podría explicarse por algo más que la explotación y el abuso? Si es así, nunca lo comunicó. No entendía que el beneficio es la prueba de que una empresa ha reunido capital, trabajo y otros recursos de forma beneficiosa para los consumidores, enriqueciendo la vida de todos. En su opinión, el beneficio era igual a la codicia y fue condenado sin juicio. Debía más que un poco a la corriente ideológica peronista populista de izquierdas de su Argentina natal, una corriente que informó la corrosión política y económica de ese país antaño próspero.

Desigualdad

Mientras muchos pensábamos que la raíz de los males era el pecado, en su discurso de noviembre de 2014 ante la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, Francisco afirmó que debemos «resolver la raíz de los males, que es la desigualdad.» Para acabar con la desigualdad, o lo que es realmente el aspecto inherente a cualquier sociedad libre, debemos «renunciar a la autonomía absoluta del mercado y de la especulación financiera, y actuar principalmente sobre las estructuras de desigualdad.» ¿Dónde existe algo reconociblemente llamado libre mercado aparte de la ley, la legalidad y la dignidad de las personas? No se nos dijo. Con demasiada frecuencia, el Papa redujo la doctrina social católica a ese igualitarismo dogmático y a los clichés ideológicos que lo acompañan.

Francisco nunca pareció preguntarse si muchos de los pobres no asumían la responsabilidad de sus vidas en parte porque creían a élites como el Papa, que en todas partes los proclamaban víctimas de mercados globales e impersonales. La Biblia habla en múltiples tonos de los pobres, para referirse a mucho más que la privación material, una condición que ha marcado la suerte del hombre en esta tierra durante la mayor parte de la historia de la humanidad. Los «pobres de espíritu» resuenan en las Escrituras, el movimiento del alma de quienes buscan la misericordia de Dios, el poder sanador de Dios en unas vidas marcadas por el pecado, el sufrimiento y la traición. Los pobres bíblicos no son el proletariado amado por los ideólogos que los invocan para socavar la responsabilidad personal y política y justificar nuevas formas de opresión.

Las enseñanzas de la Iglesia

El compromiso de Francisco con la visión política progresista a menudo lo pone en una relación incómoda con las enseñanzas tradicionales de la Iglesia. Los pilares de la misión de la Iglesia católica, que proclama el acto salvífico de la muerte y resurrección de Cristo, son la confesión y el arrepentimiento, es decir, el reconocimiento del pecado y el alejamiento de él. Francisco nunca se ha pronunciado en contra de este mensaje, pero tampoco lo ha gritado a los cuatro vientos. Contrasta la escasez de sus declaraciones sobre el arrepentimiento con sus casi incesantes comentarios sobre las estructuras de desigualdad, el planeta traicionado, la injusticia de la pena de muerte y la cuestión de los inmigrantes.

Habló a menudo de la misericordia de Dios, casi como si fuera a caer sobre cualquiera, pero sólo con gran reticencia mencionó el arrepentimiento, que la Iglesia cree que es el requisito para su plena recepción. ¿Por qué? El arrepentimiento exige un interrogatorio del alma y plantea las cuestiones fundamentales del bien y del mal, del bien y del mal. Hace hincapié en el único progreso que realmente podemos hacer en esta vida, en lo cerca que podemos estar de la vida de Dios. El progreso es un imperativo moral y espiritual del alma, nada más.

Muchos comentaristas han señalado que nada cambió bajo el papado del Papa Francisco en lo que respecta a cuestiones que los progresistas dentro de la Iglesia han tratado de alterar durante mucho tiempo: cuestiones de sexo y matrimonio, y la perspectiva de mujeres sacerdotes. Y es cierto. Pero esto pasa por alto sus indicaciones significativas en los Sínodos de los Obispos sobre la Familia de 2014-15 de que quería cambiar la enseñanza de la Iglesia para los divorciados y vueltos a casar para permitirles recibir la comunión sin una declaración formal de que el primer matrimonio no era de hecho un matrimonio válido. En aquel momento fue rechazado por los obispos de África y de otras partes del mundo en vías de desarrollo.

Sin embargo, la exhortación apostólica postsinodal Amoris Laetitia, publicada por el Papa Francisco, aumentó la confusión por su ambigüedad a la hora de defender la doctrina de la Iglesia sobre la indisolubilidad del matrimonio. Dio lugar a que obispos de diferentes países sacaran conclusiones distintas sobre lo que la Iglesia enseñaba ahora. Cuatro cardenales enviaron una «dubia» a Francisco, que se traduce como «dudas», o un conjunto de preguntas pidiendo aclaraciones sobre la doctrina enviada a la Santa Sede. Buscaban claridad, si no la reafirmación de lo que la Iglesia había proclamado durante mucho tiempo como una sentencia sobre el matrimonio que emanaba del propio Cristo. El Papa les ignoró.

Francisco cambió la doctrina de la Iglesia sobre la pena de muerte, declarando que el castigo nunca puede justificarse (si tiene el poder unilateral para cambiarlo es otra cuestión totalmente distinta). Sin embargo, durante toda su historia, la Iglesia siempre ha enseñado lo contrario. Aunque muchos creyeron erróneamente que el Papa Juan Pablo II había excluido el uso de la pena de muerte como una cuestión de justicia, en realidad había declarado que ya no creía que el castigo fuera necesario para proteger el bien común, dada la capacidad de alojar a los reclusos de forma segura, pero nunca lo condenó categóricamente. Entendía que el gobierno, como fideicomisario del bien común, a diferencia de los particulares, siempre tendrá derecho a quitar vidas humanas para cumplir con esta responsabilidad primordial.

Lógicamente, muchos se preguntaron qué sigue después del cambio radical de Francisco en la enseñanza sobre la pena de muerte. El lenguaje utilizado para justificar este cambio se basa en un razonamiento puramente secular y progresista en «una conciencia global emergente» sobre la injusticia de la pena de muerte. Después de todo, ¿qué no podría justificarse si el fundamento de la moralidad ya no es la ley natural y la conciencia del bien y del mal arraigada en categorías primordiales, sino que se encuentra en el arco del progreso que separa lo correcto de lo incorrecto en nada más profundo que «los tiempos están cambiando»? Sólo más tarde el Papa Francisco respondió a esta pregunta afirmando que incluso la cadena perpetua era injusta. Desde los salones de la facultad, por fin se escuchó una palabra nunca pronunciada en esos confines: Amén.

Una nota final sobre el papado de Francisco debe considerar su manifiesto desdén por los católicos «conservadores» u «ortodoxos». El ensayo de monseñor Robert Barron «Francisco al completo» relata algunos de los insultos que lanzó, muchos dirigidos a sacerdotes jóvenes, «el esclavo cerrado y legalista de su propia rigidez»; «¡doctores de la letra!»; «la rigidez esconde el llevar una doble vida, algo patológico»; “¡profesionales de lo sagrado! Reaccionarios”. Se refirió a los jóvenes sacerdotes conservadores como «pequeños monstruos».

Estos mismos clérigos y los laicos que sintonizan con ellos representan lo que sin duda es la parte más vibrante de la Iglesia. Pruebas recientes demuestran que los bautismos de adultos están aumentando incluso en las iglesias de Europa, moribundas desde hace mucho tiempo. Los jóvenes, sobre todo, acuden a la Iglesia. Las encuestas ponen de manifiesto que los sacerdotes que se están ordenando últimamente son mucho más tradicionales y están más arraigados en el pensamiento profundo de la Iglesia. Francisco siempre ha parecido desconectado, cuando no desaprobador, de estos «brotes verdes» emergentes en la Iglesia.

Todo tiene sentido. Como muchos de nuestros intelectuales y clérigos mayores, el Papa Francisco creía que la línea entre el bien y el mal se encontraba en la actitud de cada uno hacia el progreso. Entonó que la Iglesia católica debía afirmar ahora la verdad ideológica progresista. Sin embargo, al pretender ser el Papa del Progreso, se convirtió en el Papa de la Retaguardia, el líder de una Iglesia liberal moribunda que había surgido en ocasiones a finales de los años sesenta y setenta, pero que está dejando de importar rápidamente, al igual que la delgada huella de su pontificado en la Iglesia.

Pedro Schwartz, distinguido con la Gran Cruz de la Orden del Dos de Mayo

El economista español Pedro Schwartz, destacado exponente del pensamiento liberal, ha sido distinguido con la Gran Cruz de la Orden del Dos de Mayo por parte de la Comunidad de Madrid. Con esta condecoración, el Ejecutivo regional encabezado por Isabel Díaz Ayuso reconoce su valiosa aportación intelectual, clave en la configuración del modelo económico que ha convertido a Madrid en un ejemplo de éxito y dinamismo económico.

Schwartz es un reconocido economista y todo un referente del pensamiento liberal y autor de una amplia obra académica y divulgativa. A lo largo de su trayectoria ha defendido con firmeza los principios del libre mercado, la responsabilidad individual y el Estado de Derecho. 

En reconocimiento a su admirable periplo, el Instituto Juan de Mariana le concaedió el Premio Juan de Mariana durante la Cena de la Libertad del año 2014. Recientemente, el IJM fue una de las entidades convocantes de un emocionante homenaje celebrado con motivo de su 90 cumpleaños. El acto celebró su legado y su influencia en varias generaciones de pensadores y economistas.


Schwartz, que ha publicado recientemente un libro de memorias titulado Las cicatrices de la libertad y articulado a través de conversaciones con Francisco Cabrillo y Thomas Baumert, ha sido presidente de la Sociedad Mont Pelerin, donde trató a lo largo del tiempo con otras grandes figuras del ámbito liberal como Friedrich Hayek, Milton Friedman o Karl Popper, de quien fue alumno en la London School of Economics. 

Impulsó Unión Liberal, partido por el que fue elegido diputado en el Congreso durante los años 80, y jugó un papel fundamental para promover la adopción de políticas económicas liberales tanto en los gobiernos de José María Aznar como en la Comunidad de Madrid, bajo los liderazgos de Esperanza Aguirre y de Isabel Díaz Ayuso. 


Desde el Instituto Juan de Mariana celebramos este nuevo reconocimiento a la trayectoria de Pedro Schwartz e invitamos a nuestros socios, simpatizantes y amigos a hacer clic en este enlace para consultar los tres libros recopilatorios que editamos en enero para conmemorar los 90 años de este verdadero gigante de la libertad.

Publicación de la Comunidad Autónoma de Madrid

“Cómo se apagó España”: Gabriel Calzada, presidente del Instituto Juan de Mariana, en The Wall Street Journal

El pasado 30 de abril, el prestigioso diario estadounidense The Wall Street Journal publicó el artículo titulado Cómo se apagó España, firmado por Gabriel Calzada, presidente del Instituto Juan de Mariana, junto con Manuel Fernández Ordóñez, físico nuclear y profesor universitario, y Daniel Fernández, doctor en Economía y divulgador. 

El texto, que ha generado un importante impacto internacional, analiza las causas técnicas y políticas del colapso energético que dejó a oscuras a España, Portugal y parte de Francia el 28 de abril.

“La vida cambió para los españoles al mediodía del lunes, 28 de abril. Con el sol en su punto más alto, la red eléctrica del país, alimentada en gran parte por energía solar, se apagó”, escriben los autores. Apenas unos días antes, el gobierno español había celebrado que la red funcionaba al 100% con energía renovable, de modo que la desconexión de la red eléctrica fue un mazazo para esa narrativa.

En palabras de Calzada y sus coautores, “el porcentaje casi récord de producción de energía solar en España iba acompañado de una cantidad menor de energía eólica—ninguna de las cuales es capaz de estabilizar el sistema en caso de que sea necesario hacerlo”. La red contaba además con una proporción reducida de generación con turbinas síncronas —apenas un 30%— lo que conllevaba una bajísima inercia del sistema: “equivalía a jugar con fuego (o más exactamente, con el sol)”, denuncian.

El artículo subraya que “la estabilidad de una red eléctrica depende de un equilibrio mantenido mediante generación síncrona usando turbinas que almacenan energía en sus generadores rotatorios”, algo que se ha perdido por el avance político, no técnico, de la transición energética. En este contexto, “una combinación de precios de mercado bajos y una punitiva alta carga impositiva —que representa el 75% del costo variable de la producción de energía— también dejó fuera de juego a la mitad de la capacidad nuclear del país”.

Gabriel Calzada denuncia junto a Manuel Fernández Ordóñez y Daniel Fernández que “las voces que advirtieron sobre el considerable riesgo de forzar en exceso la energía renovable fueron marginadas por el operador del sistema”, empresa controlada por el Estado, que negó la posibilidad de apagones, negaciones que fueron amplificadas por medios de comunicación afines al Gobierno. El resultado fue un sistema frágil, sin margen de maniobra, basado en postulados ideológicos más que en la física o la ingeniería.

“El colapso de la red fue el resultado de una serie de errores descarados por parte de los legisladores, que ignoraron advertencias basadas en leyes físicas. Podría decirse que España voló demasiado cerca del sol, dejando su red eléctrica expuesta a desequilibrios que se volvieron imposibles de estabilizar”, concluyen.

Desde el Instituto Juan de Mariana se insiste en que una sociedad moderna no puede funcionar sin una red eléctrica estable y resiliente. Para Gabriel Calzada, Fernández Ordóñez y Daniel Fernández, “un sistema racional debe estar diseñado para lidiar con eventos inevitables; el sistema de España fue diseñado políticamente, no racionalmente”. Como cierre, el artículo lanza una pregunta clave: “¿Aprenderá alguien de esta lección?”.

El artículo al completo se puede leer en inglés en la página web de The Wall Street Journalhaciendo clic aquí. Para leer el artículo en castellano, puede hacer clic en este enlace.

Además del artículo publicado en The Wall Street Journal, los tres autores han desarrollado un análisis más extenso en el documento titulado El gran apagón: Por qué colapsó el sistema eléctrico. El informe, publicado por la Universidad de las Hespérides, se puede descargar en este link.