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Ya no importa

Un gran tema para escribir sobre él, pero Enrique Dans ya se nos ha adelantado y poco podemos decir que aporte algo nuevo a su brillante columna sobre la cuestión en estas mismas páginas digitales. Mencionado el asunto, vamos a tratar otro del que poco se ha hablado en los medios pero no resulta baladí.

Hace unos diez días el Congreso aprobaba el dictamen del proyecto de Ley de "conservación de datos relativos a las comunicaciones electrónicas y a las redes públicas de comunicaciones", que traducido de la neolengua político-intervencionista al idioma que hablan el común de los ciudadanos significa retención de datos. Sorprende el silencio con el que se ha acogido la noticia, tanto por parte de los medios de comunicación como por parte de la teóricamente combativa blogosfera. Resulta triste que un paso tan importante en la tramitación parlamentaria (el texto pasa ahora al Senado) de un atentado de tal gravedad contra la privacidad y, por tanto, contra la libertad sea acogido con un silencio sepulcral.

Esto no ocurría cuando gobernaba el PP. En aquel entonces, ciberactivistas de todos los colores políticos observaban con lupa cada paso que daba el Ejecutivo en materia de leyes relativas a Internet. La tramitación parlamentaria de la LSSI fue seguida por lupa por cientos o miles de personas dispuestas a montar follón por cada cambio que se producía. Tras unas acertadas rectificaciones por parte del Partido Popular (como la eliminación de la famosa "autoridad competente"), el punto álgido llegó con la introducción en la ley de la retención de datos, aunque su aplicación se postergaba para un posterior desarrollo reglamentario que no llegó. Y sin embargo, cuando esta espinosa cuestión es legislada por el PSOE y sus socios, silencio absoluto.

Está claro que quienes desde la izquierda y el nacionalismo entonces se mostraban como firmes defensores de las ciberlibertades no son tales. No creen en ellas. Simplemente buscaban desgastar al Gobierno de Aznar y al Partido Popular. El auténtico amante de la libertad y los derechos más básicos de los ciudadanos no los defiende sólo ante el rival político. También lo hace cuando quienes los atacan sin aquellos de los que uno se siente más próximo. La actitud contraria, la que mantienen los ahora ciberactivistas en silencio, es simple sectarismo y desprecio por la democracia.

El socialismo implica mucha ignorancia

Según Bustelo centenares de millones de personas creyeron en el comunismo, pero "su esfuerzo y, muchas veces, su generosidad y sacrificio de poco sirvieron", ya que con el tiempo se comprobó que "el modelo sólo engendraba dictadura en el plano político e ineficacia en el económico". Cree Bustelo que la socialdemocracia funcionó mejor: "Gracias a la eficacia de la economía de mercado y a unas políticas sociales de apoyo a los de abajo, hubo un incremento notable del bienestar general."

Seguramente en los regímenes comunistas sólo una minoría dominante cree en el sistema y se lo impone coactivamente a los demás, quienes quizás saben perfectamente que aquello no funciona en absoluto y tratan de escapar o trampean en los mercados ilegales. La generosidad del comunista es pura fachada, una completa falacia que, en realidad, consiste en ser muy desprendido con el dinero de los demás: sacrificios sí, pero para otros. Y creer en ideas sociales equivocadas y promoverlas sólo puede tener resultados nocivos, así que el compromiso vital no es tan bonito como parece.

Las políticas sociales se publicitan como generadoras de bienestar porque no pueden presentarse como lo que realmente son: redistribuciones ilegítimas de riqueza que en realidad apenas ayudan a los pobres pero sirven para captar votos y mantener burocracias parasitarias; el avance social se produce a pesar de las políticas sociales, y no gracias a ellas.

Bustelo muestra que se puede ser profesor de historia económica e ignorar lo fundamental de la ciencia económica. "La dificultad estriba en que la añeja receta de socializar los medios de producción, que constituía la pieza maestra de toda política de izquierdas, resultó inservible. A decir verdad, no hay una explicación cumplida de por qué esa fórmula, en lugar de curarlos, agrava los males de la sociedad. La afirmación de un preclaro profesor escocés de hace más de doscientos años de que no es la benevolencia del carnicero, el cervecero o el panadero lo que nos procura nuestra cena, sino el cuidado que ponen ellos en su propio beneficio, no ha sido desmentida. ¿Pero por qué la humanidad sólo ha de funcionar si se basa en el egoísmo?"

Sí que existe una explicación correcta de la imposibilidad del comunismo, ofrecida por Mises y Hayek muchos decenios antes de la caída del telón de acero, que ellos mismos habían predicho. Los seres humanos tienen capacidades cognitivas limitadas, y es imposible para un planificador central obtener, procesar y difundir toda la información (dispersa, tácita y no articulada) sobre las capacidades y preferencias de los individuos necesaria para dirigir la economía de una sociedad; sin propiedad privada no hay precios de intercambio ni pruebas de beneficios y pérdidas y el cálculo económico es imposible. La sociedad es un orden complejo espontáneo y emergente que no puede ser diseñado ni impuesto.

Muchos socialistas desconocen esta explicación o prefieren ignorarla porque destroza todos sus ingenuos sueños. Por eso sólo suelen mencionar el problema de los incentivos (que existe pero no es el esencial): no es que la gente no pueda vivir en el comunismo, sino que en general no quiere, va a lo suyo, es egoísta y normalmente sólo sirve a otros a cambio de algo. El ser humano es generoso pero de forma limitada porque es imposible ser completamente altruista: es una estrategia de supervivencia evolutivamente inestable y no exitosa.

Bustelo se pregunta si "no cabría haber mejorado más la distribución de la riqueza mediante los impuestos". Respuesta sencilla, que seguramente le cueste aceptar: no. Que una distribución sea mejor o peor es una cuestión subjetiva; afinen su lenguaje quienes defienden distribuciones más igualitarias (con menos dispersión) y recuerden que los impuestos se basan en la violencia (intente no pagarlos). Su receta política: "Sí que cabe hacer más de lo que se hace, especialmente en nuestro país. Resulta que la España de los diecisiete años de gobiernos de izquierda tiene menos fiscalidad y menos gasto social que la media europea." ¿Por qué acercarnos nosotros a la media y no pedir a los demás que corrijan ellos sus excesos socialistas?

Tal vez sea ése el cometido de la izquierda en el siglo XXI. Ya que como parece que habrá que esperar al siglo XXII o al XXIII para que los avances del saber permitan cambiar el funcionamiento de la economía, luchemos entre tanto por las muchas causas pendientes: ecologismo, ayuda al tercer mundo, políticas generosas de inmigración, laicismo, educación, emancipación definitiva de la mujer, derechos humanos, antiimperialismo, coexistencia pacífica de nacionalismos, etcétera. Además, claro está, de lograr un gasto social como el de Suecia.

Como no conoce la ciencia económica cree que tal vez algún día cambie y encuentre una receta mágica. Y quizás también se logre la cuadratura del círculo y se encuentre el número primo máximo. Entretanto, a defender topicazos políticamente correctos.

Una oportunidad única

No es posible comprender el Instituto Juan de Mariana sin referirse al seminario de Jesús Huerta de Soto. Por él han pasado, además de su presidente, Gabriel Calzada, muchos otros de los investigadores de la institución, como Francisco Capella, José Carlos Rodríguez, Gorka Echevarría, Jorge Bolaños, Raquel Merino o un servidor. La gran noticia es que para el curso académico 2007-2008 se pone en marcha un Master de postgrado en Economía de la Escuela Austriaca completo con hasta cinco profesores impartiendo clases y tutelando a los doctorandos.

George Stigler –premio Nobel de Economía en 1982– escribía en su relato autobiográfico Memorias de un economista no regulado que tenía el convencimiento de que “al menos la mitad de lo que uno aprende en la universidad, lo aprende de los compañeros. Conviven juntos y discuten entre ellos con un vigor y un candor que se considera inapropiado en las discusiones con los profesores de la facultad. Si uno fuese capaz de atraer buenos estudiantes sin necesidad de disponer de un buen plantel académico, se podría llevar una gran universidad de una forma muy económica.”

Milton Friedman añadía a este respecto que “el papel de los profesores tiene que ser doble: atraer buenos estudiantes y proporcionarles el material para el debate y la investigación. Un buen profesor no sólo suministra buenos temas para el debate, sino también el suficiente contenido inicial para poner en marcha la discusión intensiva. Nosotros somos nuestros maestros, pero no existe diálogo socrático que pueda equiparase a las intensivas sesiones de discusión entre estudiantes consagrados seriamente al estudio de su materia.”

Efectivamente, es extraordinario el grado de ebullición intelectual que se puede llegar a alcanzar en estos seminarios. Joseph Schumpeter solía señalar que las universidades deberían acoger sólo a postgrados (licenciados realizando su especialización y tesis doctoral) e investigadores, pues ese era el auténtico ámbito de la educación superior.

Schumpeter sabía bien de lo que hablaba. En su juventud había sido miembro del Seminario Böhm-Bawerk en Viena. Repasando la lista de participantes descubrimos que un buen número de ellos tendrían un más que notable impacto en el devenir intelectual del siglo XX. El propio Schumpeter, además de efímero ministro de Hacienda de Austria, formuló una muy sugestiva teoría del desenvolvimiento capitalista y llegó a ser uno de los más importantes historiadores del pensamiento económico. Peter Drucker se convirtió en el mayor gurú del management y la teoría de la administración de empresas de todo el siglo. Ludwig von Mises siguió con la magnífica tradición de Carl Menger, Böhm-Bawerk y Wieser, rematando además la teoría del dinero y los ciclos capitalistas, denunciando la imposibilidad del cálculo en las economías socialistas e investigando toda una serie de cuestiones epistemológicas y de ámbito de la ciencia económica. Félix Somary destacó en el campo de la teoría y la práctica bancaria.

Asimismo, el seminario vio desfilar una panoplia de teóricos y futuros cabecillas socialistas que recalaron en el seminario para tratar de encontrar puntos débiles en la refutación de la teoría de la explotación del propio Böhm-Bawerk: Nikolai Bujarin (que tan importante papel desempeñaría en la puesta en marcha de la NEP), Otto Bauer (líder de los socialdemócratas austriacos y presidente del país tras la Primera Guerra Mundial), Rudolf Hilferding (afamado teórico socialista y Ministro en Weimar), Henryk Grossman (economista de referencia para el trotskysmo), Emil Lederer, etc.

Si el seminario de Böhm-Bawerk produjo tan distinguida hornada, el de su discípulo Mises no le anduvo a la zaga. Por el seminario de Viena desfilaron dos premios Nobel: F. A. Hayek, cuyas investigaciones destacaron en campos tan variados como la teoría del capital, la moneda, el carácter evolutivo de las instituciones o los desarreglos producidos por la ingeniería social, y Oskar Morgenstern, uno de los padres de la teoría de juegos. También fueron miembros regulares del seminario Lionel Robbins (a quien se debe la definición más comúnmente utilizada de economía como “ciencia que trata de la asignación de recursos escasos susceptibles de usos alternativos”), Gottfried Haberler (comercio internacional, efecto Haberler-Pigou), Ragnar Nurske, que tanta relevancia tendría –desgraciadamente– en la teoría del desarrollo merced a su hipótesis del círculo vicioso de la pobreza y del ensanchamiento de la brecha, o Fritz Machlup (crédito, bolsa y formación de capital).

El seminario de Nueva York vio florecer a Murray N. Rothbard (que reformuló la teoría del monopolio, propuso una ética anarco-capitalista y realizó una incansable labor de investigación histórica), George Reisman (autor del monumental Capitalism y crítico extraordinario de la doctrina ecologista), Israel Kirzner (empresarialidad, proceso dinámico del mercado) o el que ha sido seguramente el más famoso banquero central de la historia moderna, Alan Greenspan.

Con un poco de suerte y en un ámbito más reducido este nuevo Master tiene visos de convertirse en otro foco de ebullición investigadora que quien tenga la posibilidad y las ganas de aprovechar haría bien en no perderse.

Fomento socialista del empleo

Echemos un vistazo a cómo estamos. La tasa de temporalidad sigue por las nubes en España, llegando al 30% de los asalariados. Esto significa que el mundo está cambiando, nos guste o no. Ya no existe un trabajo para toda la vida. El Gobierno de Zapatero ha intentado oponerse a esta tendencia con su fomento del empleo estable, y aunque en parte ha conseguido lo que quería, al menos en apariencia, también ha logrado que aumenten los falsos despidos; la rotación de trabajo de una persona cada vez es mayor y se está acelerando. Toda esta amalgama de regulaciones nos cuesta más de 1.000 millones de euros al mes en prestaciones económicas. Curiosamente, el empleo ha crecido, pero el gasto del Gobierno para mantener los empleos –que pagamos nosotros de nuestro bolsillo– también. De hecho, ha subido un 4% en términos anuales. Expresado de otra forma, estamos financiando el empleo rotativo de otros con nuestro dinero.

Todo esto genera una contradicción en las mentes socialistas que siempre han creído que el empleo es el primer motor de la economía. El nivel de productividad del país, pese a la generación de empleo, baja día a día, lo que ha provocado reproches incluso desde Europa. El salario real medio ha descendido un 4% en los últimos 10 años y somos el único país de la OCDE que hemos retrocedido en términos de poder adquisitivo. Mientras tanto, el Estado ha obtenido un superávit de 14.359 millones en lo que va de año, el 1,38% del PIB.

Sin duda, el método socialista no es el camino. La clave para salir de esta desgracia se llama liberalización de la economía, pero no la que propone el PP, que es igual o más socialista que la del PSOE. Necesitamos medidas realistas con el mundo que nos envuelve y no políticamente correctas.

Para empezar, hay demasiada regulación. Para crear una empresa en España necesitamos el doble de tiempo que la media de nuestros países competidores y tenemos una rigidez laboral tres veces superior a la media de países industrializados. La burocracia ha de ser eliminada: sobran funcionarios, sobran trámites y, muy especialmente, sobran impuestos.

Si queremos que nuestro país salga del poco prestigioso ranking de jóvenes con mayor desempleo de la UE, el salario mínimo interprofesional (SMI) ha de ser abolido. El SMI es un coste para las empresas que sólo sufren los menos capacitados laboralmente, como los jóvenes que nunca han trabajado antes. A un alto directivo le da igual el SMI, porque su sueldo está muy por encima de ese valor. La única forma que un universitario entre en el mercado laboral es mediante un salario bajo a partir del cual poder ganar experiencia y prosperar. Si el Gobierno se lo prohíbe, muchos jóvenes se verán excluidos de entrar en el mercado de trabajo. Gran parte de los jóvenes deben su desempleo al Estado.

El Gobierno ha de meterse en la cabeza que él no es capaz de generar riqueza ni valor añadido. Cuando lo intenta, pasa lo que hemos visto. La gente necesita aumentar sus ahorros, capacidad de inversión y compra. Para eso es necesario reducir de forma valiente, o eliminar, todos los impuestos directos como el de Sociedades o IRPF. Para crear un negocio no sólo es necesario una buena idea y muchas ganas; también es imprescindible el dinero. Si quien lo tiene es el Estado, la empresa no saldrá adelante y nuestra pobreza aumentará. No es una premonición futurista, es lo que está pasando ahora mismo: el Estado obtiene superávit y nosotros perdemos capacidad de compra. En definitiva, sólo hay una solución para tener un buen porvenir, y es que el Gobierno nos lo deje construir a nosotros y se aparte de nuestra economía y vidas.

No diga diversidad cuando quiere decir otra cosa

Dice David Friedman, el hijo rebelde del Nobel de Economía, que en el mundo académico la palabra diversidad es un eufemismo de acción afirmativa y de discriminación. De manera que cuando uno tiene un diversity hire (que es como decir "empleo de diversidad", o en castizo, la cuota famosa) sabe que, en parte, le contratan exclusivamente por pertenecer a una minoría (mujer, discapacitado, negro, gay, o lo que sea).

Para Wendy McElroy, feminista individualista, la acción afirmativa no es otra cosa que una estratagema planificadora: el individuo cede su capacidad de elegir y actuar al planificador, quien se ocupa de redistribuir el poder económico canalizándolo hacia los grupos merecedores. Merecedores de privilegios según su criterio, el del planificador. Y siempre con la inestimable ayuda de la historia, ya que ¿qué mejor argumento que el agravio histórico para redistribuir?

Las supuestas bondades de la acción afirmativa tal y como las enuncia la autora son que la implicación femenina en el mundo laboral es un bien social, lo cual dependería en todo caso de las características de cada mujer, como pasa con los hombres, y también del trabajo en concreto de que se trate; la justicia compensadora, que es el motivo histórico según el cual las generaciones posteriores a las discriminadas son a las que se les compensa por lo padecido por sus antecesores; y, finalmente, el fin igualitario. Esta es la más peligrosa de las argumentaciones porque toca la moral del común de los mortales. La naturaleza nos hace diferentes, pero al ser racionales, podemos hacer algo para restablecer la igualdad entre todos. Porque eso es lo fetén ¿no? ser todos iguales y tener lo mismo.

Sin embargo, en ese caso estaríamos en una sociedad sin incentivos individuales. La desigualdad genera riqueza, como se sabe desde Adam Smith, porque promueve el intercambio.

Friedman, el anarco capitalista, defiende la idea de que, al menos en la universidad, aquellos departamentos que con más ímpetu defienden la contratación de las minorías en nombre de la diversidad son los más intolerantes y reacios a tener alrededor gente que opine diferente.

Y suele ser extrapolable a otros ámbitos. Por ejemplo, los diversos "institutos de la mujer" supranacionales, nacionales, autonómicos y locales (así se pilla más subvención) consideran que la mujer que decide quedarse en casa cuidando de su familia, independientemente de las razones que le lleven a ello, es una pobre ignorante abducida por el patriarcado, criada entre machismo e injusticia y, en definitiva, la chica no decide realmente ella sino que es una víctima más. Por eso existen ellas, las feminazis, para salvarnos a todas. Sin preguntar y con nuestros impuestos, claro. (No puedo poner un vínculo porque me lo han dicho en mi cara).

¿Se trata de discriminar para obtener la igualdad como decía Wendy McElroy? Ni siquiera eso. Se trata de predicar la igualdad para decidir a quién le transfiero poder económico y secuestrar votos. Así de simple.

El caso es que hay minorías y aún hay discriminación, siendo la más grave que no te dejen competir, que te traten como a una incapaz, porque eso realmente te incapacita en el futuro. Una de las virtudes del mercado es que al competir aprendes de tus errores y decides cada vez mejor, hay autoaprendizaje.

Esta virtud se torna abismo cuando en lugar de hablar de las mujeres de la sociedad hablamos de una raza diferente, o de otra cultura. ¿Estaría usted dispuesto a defender la libertad de entrada y salida de personas si quienes entran son más capaces que usted? ¿O más prolíficos? ¿O más entrenados para competir en el mundo laboral?

Casi que no, ¿verdad? Pongamos barreras para que nadie me quite mi puesto de trabajo (ese que lleva mi nombre y huellas digitales desde que nací porque yo lo valgo), para que nadie me "obligue" con su presencia a ser más dispuesto, a prepararme, a despabilar.

Un buen escudo es la cultura patria, hay que mantenerla, hay que defenderla de ataques extranjeros. Cómo vende la patria… ¡qué invento! Cine de barrio, versión española. Y no olviden la versión ampliada: Eurovisión, euro-cine, euro-loquesea… tenemos subvención y euro-subvención. Con nuestro dinero por la diversidad, por la cultura… por nuestro bien.

De repente, ya no sabemos si dejar que el Estado salve a las minorías (en ocasiones a su pesar) a cambio de que no me muestren que no me esfuerzo porque me he vuelto comodón, o ser coherente y que ambas cosas las solucione el mercado.

Se nos olvida que la libertad no es un medio. Es un fin. Esa es la clave.

Mugabe, el nuevo genocida de cabecera de la progresía internacional

La magnitud del genocidio provocado por la política del tirano Mugabe en la que fuera próspera Rodesia se eleva según algunas fuentes a los dos millones de personas. A eso hay que sumarle la limpieza racial llevada a cabo por el dictador, saldada con el abandono de miles de granjeros blancos.

Según testigos oculares, Harare, la capital del país, es desde hace años un auténtico cementerio comercial. La mayoría de las tiendas han cerrado, no hay transporte colectivo, y sólo queda un hotel abierto. El desempleo alcanza la escalofriante cifra del 80% de la población activa y el hambre se apodera de millones de personas. La oposición política al tirano ha sido diezmada, y las regiones menos proclives al Gobierno son las más castigadas por la hambruna y la enfermedad. Las ONGs internacionales han sido expulsadas del país por promover "valores extranjeros" y cualquier foráneo puede dar con sus huesos en prisión por el simple hecho de ser percibido por el Gobierno como una mala influencia sobre la población local. El único mamífero que parece haber prosperado desde que el "experimento democrático" de Mugabe –progres dixit– comenzó en 1996 es la hiena, cada día más aficionada a la carne humana que se encuentra por doquier en las fosas comunes abiertas que se reproducen como setas en otoño por todo el país.

Para muchos activistas antiglobalización y parte de la izquierda negra norteamericana, Mugabe es un símbolo de la lucha de los oprimidos, un hombre que "habla por los negros de todo el mundo", en palabras del comentarista político sudafricano Harry Mashabela. En efecto, Sudáfrica, convertida en los últimos años en el paraíso de diversos turistas del ideal occidentales, es en la actualidad el mayor aliado de Mugabe, que también cuenta con la ayuda de algunas dictaduras africanas, árabes y por supuesto latinoamericanas. Como en el caso de Idi Amín, cualquier crítica al dictador es respondida con la sempiterna acusación de "racismo" por los progres, incluidos algunos importantes miembros del Partido Demócrata de estados como Nueva York.

Hace poco más de un mes, la Comisión de las Naciones Unidas para el Desarrollo Sostenible eligió al representante de Zimbabwe como nuevo presidente. La mayoría de los medios solventaron el asunto con comentarios del estilo "el país africano ha sido criticado por la mala administración de su economía". Algunos adherentes a la teoría del fundamentalismo democrático de Juan Luis Cebrián que tanto éxito ha tenido en algunos círculos académicos de intelectuales catetos celebrarán este triunfo del igualitarismo democrático y multicultural, mientras que los partidarios de la Alianza de Civilizaciones hablarán del "ligero desajuste" que situaciones como esta provocan, aunque nada puede hacerse ante el veredicto democrático de la sociedad internacional.

Mientras escribo estas líneas saboreo un magnífico café africano y un delicioso brioche au chocolat hecho con cacao de Costa de Marfil y me pregunto si desear que los habitantes de África no mueran de hambre o de asco en las cárceles gestionadas por los sicarios de algún tirano y sufragadas con el dinero desviado de fondos de ayuda al desarrollo occidentales es una muestra de racismo, eurocentrismo o "negrofobia". Para mí, el desarrollo sostenible significa poder seguir disfrutando de suculentos desayunos a base de productos agrícolas made in Africa llegados a Europa sin haber pagado tasa de exportación en su país de origen y sin que ningún aduanero español haya expedido una factura al importador. ¿Soy racista?

Sea como fuera, no seré yo quien sufra si Mugabe y sus aliados se empeñan en convertir África en un erial en nombre de la nueva democracia, los derechos culturales y el desarrollo sostenible. Sólo tengo que pasarme a las tostadas con mantequilla y mermelada y al café de Colombia, que aún resiste, y asunto arreglado. Sin embargo, me pregunto cuál será el precio en sangre que los africanos tendrán que pagar por esta nueva victoria del socialismo consistente en que un desalmado como yo tenga que renunciar a su desayuno imperialista. Pregunten a cualquier economista marxista.

Las papelerías ganan a Amazon.es

Existen muchos otros frenos al comercio electrónico en nuestro país, empezando por el porcentaje de españoles conectados a la red, pero el precio único es el más artificial y fácilmente eliminable. Bastaría con que se aprobara quitar los artículos 9, 10 y 11 de la infame Ley del Libro publicada el pasado sábado en el BOE y aprobada en el Congreso con los votos de PSOE y PP y, como no podía ser de otra manera, el aplauso de la diputada socialista del PP Beatriz Rodríguez Salmones.

Esta ley reforma la anterior, aprobada por el régimen franquista, y hereda de ella tanto el precio único del libro como su espíritu fascista, al ser un apaño negociado entre los sectores implicados, las "fuerzas vivas", con la notable excepción de la parte verdaderamente importante: los consumidores de libros, los lectores. Lo reconocía la propia De la Vega cuando, al presentar el proyecto de ley, afirmó que la liberalización del precio de los libros de texto aprobada "favorecerá a las familias que se beneficiarán de los efectos en el precio de un sistema libre". Si esto es así, e indudablemente lo es, ¿por qué no se han extendido esos maravillosos beneficios a los demás libros? Porque las fuerzas vivas no quieren.

Los beneficios que aportan las grandes tiendas virtuales a la cultura están bien estudiados. Los lectores pueden expresar su opinión y lo hacen con frecuencia, permitiendo al comprador tener una idea de lo que va a adquirir. La propia aplicación de la tienda puede detectar patrones de compra conjunta y hacer ofertas o simplemente informar de que aquellos que compran un libro determinado suelen comprar también otro. Al tener unos costes mínimos de inventario, pueden ofrecer una cantidad inmensa de títulos, creando lo que se ha dado en llamar la larga cola, lo que facilita la salida a libros con pocas ventas potenciales pero cuya publicación puede ser rentable al tener un canal mediante el cual vender a sus clientes dispersos.

En cambio, los beneficios que obtenemos por obstaculizar este desarrollo no están muy claros. Los defensores del precio fijo citan, sobre todo, tres. El primero es la sacrosanta defensa de los libreros pequeños e independientes. Olvidan que los lectores solemos preferir grandes superficies, que, excepto si se compara con las librerías especializadas (que dudo que tengan problemas en sobrevivir con el cambio de ley) disponen de una oferta más amplia. También que el precio fijo lo que ha conseguido, más que cualquier otra cosa, es la proliferación de papelerías en las que se venden rotuladores y el último best-seller de Dan Brown. Además, ¿qué tienen de especial esos libreros? Si imponen a sus clientes un coste extra, ¿por qué han de existir? ¿En qué se diferencian sus conocimientos a los de los propios clientes que las comunican vía Internet?

Otro motivo que se alega es que así los libros pueden venderse al mismo precio en cualquier punto de España, impidiendo la injusticia que supondría, al parecer, que quien vive en un remoto pueblo deba pagar más que quien vive en ciudad. Es una razón que también se alega en otros bienes y servicios, como por ejemplo el ADSL, y que jamás he llegado a comprender. Vivir en un pueblo tiene ventajas, sin duda, entre ellas que no tienes que vender un riñón y parte del hígado para poder comprar una casa. ¿Por qué vamos a tener que subsidiar otros bienes quienes vivimos en la ciudad? Por otro lado, este es un argumento que podría tener sentido cuando se aprobó en el 75 la ley original. Ahora, existiendo Internet, especialmente si la ley no impidiera que los libros se pudieran comprar a menores precios, no tiene mucho sentido proteger a los lectores rurales a costa de los que viven en ciudad.

Por último, también se arguye que las rentas artificialmente altas que obtienen los editores gracias al precio único les permiten arriesgarse más y publicar títulos que de otra manera no saldrían a la luz. El extraordinario tamaño de nuestra industria editorial parece dar la razón a quienes piensan así. Sin embargo, con el avance de la autoedición tampoco parece que pasar por el embudo de las editoriales vaya a ser imprescindible para publicar. Tampoco parece un gran argumento aducir que gracias a que los consumidores se ven obligados a pagar un sobreprecio, pueden disfrutar de una oferta de libros que no quieren comprar. Y tanto los imperios multimedia nacidos al calor de las editoriales como la integración vertical de los negocios de edición, distribución y venta minorista parecen indicar que esas rentas se han empleado principalmente en otros destinos que nada tienen que ver con el libro minoritario.

Internet y las nuevas tecnologías pueden revolucionar el mercado del libro español como ya lo han hecho en otros. Quién sabe si dentro de unos años nos reiremos de esta ley mientras leemos un libro electrónico descargado de una tienda en Honolulú en un dispositivo que se pueda doblar y que permita leer sin cansar la vista. Pero, por de pronto, a lo que se apuntan nuestros políticos es a subvencionar a los productores de libros a costa de los consumidores. Y luego dirán que lo hacen para "fomentar la lectura". Encima.

Si usted no tiene conciencia ecologista no es un inmoral

Conviene aclararlo pues los gurús del ecologismo, los máximos representantes de los grupos ambientalistas, los políticos más implicados en sacarnos los cuartos para acabar de una vez por todas con las agresiones medioambientales, llevan años sugiriendo que el que no comparte su punto de vista es un insolidario, un inmoral, en definitiva una mala persona. La satanización del contrario es desde luego uno de los pasos propagandísticos esenciales para el control de masas.

Hace poco Cristina Carbona, ministra de Medio Ambiente, criticaba a los votantes del PP en la Comunidad Valenciana y los acusaba de falta de conciencia ya que a su entender la política urbanística del Partido Popular, ganador por mayoría absoluta en las recientes elecciones autonómicas, es depredadora y destructora del entorno, y que los ciudadanos no son conscientes de “de las consecuencias a medio y a largo plazo de algunas actuaciones que se están desarrollando”. Lo cierto es que Cristina Carbona olvida que las prácticas urbanísticas de su partido en otros lugares de España, incluso en la propia Comunidad Valenciana, no distan mucho de las del PP y muchas veces es cuestión de matiz, de añadir el concepto “vivienda pública” en unas cuantas páginas del legajo para hacer la construcción más políticamente correcta. El suelo es público y comunidades y ayuntamientos, sean del color que sean, viven de la venta de suelo.

Pero quizá eso no es lo más grave de las declaraciones de la ministra sino que para esta política el español, en especial el votante del PP, es medio lerdo ya que no ve las consecuencias de su nefasta elección ante las urnas, presuponiendo de esta manera una debilidad mental, una incapacidad insultante. La inconsciencia forma por tanto parte de una moral desviada o en el peor de los casos, de una falta de moral y de ahí, la necesidad de una asignatura en la educación pública española como “Educación para la ciudadanía”. El mesianismo es un defecto (puede que desde su punto de vista sea una virtud) de los políticos populistas, un insulto hacia él que dicen servir. Las declaraciones de la ministra no dejan de ser una mera comparsa de un plan mucho más profundo y peligroso para nuestros bolsillos, el de José Luis Rodríguez Zapatero que ha anunciado 170 medidas concretas y urgentes para luchar contra el cambio climático, con un “calendario claro y disposición de recursos”. Hay que justificar semejante latrocinio.

Zapatero considera el cambio climático como el mayor problema al que se enfrenta la humanidad y por tanto la sociedad española, aparcando a un lado otros mucho más nimios como el terrorismo de la ETA o una economía, la española, que parece dirigirse hacia épocas de vacas flacas. El cambio climático es una excelente excusa para la regulación y control del sector energético, a través de la promoción de las energías renovables, es un excelente vehículo para el “ordenamiento” de sectores tan básicos para la economía española como el turismo y sí, el ladrillo y la infraestructura pública de la que viven tanto nuestros políticos como un buen puñado de empresarios, es una buena excusa para la adopción de medidas educativas básicas como la ya mencionada asignatura de “Educación para la ciudadanía” o de otras iniciativas del ministerio. Pero esto no es inmoral, no para el ingeniero social.

El ganador de un Óscar, Al Gore, ha declarado recientemente que la lucha contra el cambio climático es “una cuestión moral”, que el deshielo de Groenlandia es mucho peor que los atentados del 11 de septiembre en Estados Unidos, que estamos inmersos en un enfrentamiento entre “nuestra civilización y la Tierra”. Está claro cuál es el malo en esta película, y lo dice alguien que no duda en consumir más energía que la inmensa mayoría de los habitantes del planeta, lo dice alguien alguna de cuyas inversiones es de las más contaminantes que existen en Estados Unidos, lo dice alguien que no se aplica los principios que el mismo predica, pero al que le parece inmoral el que no los cumple. A eso se le suele llamar hipocresía, por mucho que uno lo disfrace. No es extraño que Al Gore haya recibido otro premio, además del óscar, del Gobierno español, el “Príncipe de Asturias de Cooperación”, Zapatero y Gore son tal para cual.

Concluyo, desengáñese, si usted no piensa como todos estos sacacuartos no es un inmoral, incluso es posible que se encuentre muchos tramos de escalones por encima de de ellos. Es posible que piense en otras posibilidades, que no perciba el problema como ellos y le importe muy poco. También es posible que considere que de existir, se puede solucionar de otra manera, dejando actuar al capitalismo y al libre mercado, dejando de lado a ingenieros sociales y a iluminados verdes, que se puede acometer según surgen los conflictos, experimentando cuál debe ser la respuesta más adecuada en cada momento, pero no destinando dinero a algo que no se sabe cómo, cuándo y con qué fuerza va a surgir. De hecho es posible hasta que el problema ni siquiera exista pese al supuesto “consenso” científico que dicen que existe, no al menos como está planteado. En cuanto a inmoralidad, algunos deberían hacérselo mirar.

Ocupen su localidad

Los espectadores miran sus billetes, y levantan la mirada para llegar a la butaca correcta. ¿Es esta la fila 9, o es la de atrás? Casi todos han tomado asiento, cuando el telón sube mecánicamente, y aparece, sonriente, triunfante antes de su gran número, el prestidigitador. Político, lo llamamos por estos lares. Después de presentarse ante el público, inicia su número.

Llama al azar a un espectador, a quien le pide que le haga entrega de la factura de la luz. ¿Qué puede hacer con ella?, le pregunta el asistente, ilusionado. Este número es fácil, ha sido mil veces ensayado, y funciona a la perfección. Unas palabras mágicas “progreso, justicia social, llegar a fin de mes…”, y ya tiene el público en el bolsillo.

Como por arte de magia, convierte el precio en tarifa, es decir, el resultado de un proceso social, en un juguete para el espectáculo, en algo falso y manipulable. Dice unas palabras mágicas: “Boletín Oficial del Estado”, y de inmediato baja la tarifa lo que haga falta. El problema, claro está en que esas tarifas no responden a la realidad del funcionamiento de las eléctricas, y sus ingresos caen más de lo que debieran. Pero ¿no estamos en un número de magia, donde lo que es no se corresponde con lo que parece?

La tensión es máxima. Parece que el espectáculo se va a desplomar en plena función. Las empresas dejan de invertir porque el negocio ya no es rentable. Pero la demanda sigue en alza, y habría que atenderla con más y mejores instalaciones. Se avecina el gran apagón, y paradójicamente con él relucirá la verdad de todo el montaje. Ya pasó en California; también en las gasolineras de Nixon, con colas interminables de depósitos vacíos y con los escaparates, transparentes y vacíos, o en la época de Hitler.

Cuando el público, hechizado, se teme lo peor, llega el golpe maestro del prestidigitador. Mientras todos miraban la mano derecha, con la tarifa rebajada como por ensalmo, con la izquierda ha ido sisándole el dinero a cada uno de los espectadores, y con ese dinero cubre el hueco entre precio y los costes. Déficit de tarifa, que hasta nombre tiene el ingenio. El público se va contento con su tarifa, pero también ha pagado el déficit. Y el ticket del espectáculo.

El oasis de la libertad

La mayor parte del tiempo, los seres humanos han vivido en pequeños grupos en los que la supervivencia dependía de que la autoridad diseñara buenos planes y los miembros del clan repartieran lo poco que tenían ayudándose para no sucumbir a la continua amenaza de la escasez más absoluta de los recursos más básicos. Durante toda esa larga etapa en la historia del hombre la prosperidad era imperceptible a lo largo de la vida de una persona y cuando alguien mejoraba con rapidez solía ser en base a quitarle a los demás sus recursos.

Otro posible motivo podría residir en que muchos liberales han tratado de influir en el corto plazo o, lo que viene a ser lo mismo, sobre el poder político; ya sea en reyes, presidentes, ministros o príncipes. Esta actitud ha permitido dar algunos sonados pasos adelante seguidos con demasiada frecuencia de importantes reveses. Cuando la inmensa mayoría de los miembros de una sociedad no entiende por qué la prosperidad generalizada viene de la mano del respeto de la propiedad privada, los vínculos contractuales y la persecución de beneficio propio, las posibilidades de éxito de este tipo de estrategias son muy reducidas. Por otro lado, trabajar pensando en el largo plazo exige paciencia, perseverancia, optimismo, profundas convicciones y buenas teorías sobre la dinámica de los procesos sociales. Estas cualidades raramente se encuentran en una persona o pequeño grupo de personas y los liberales no son una excepción.

A pesar de los múltiples errores cometidos, hay ejemplos que avivan la esperanza. Entre estos destaca la marea internacional de think tanks dedicados a la elaboración y difusión de ideas o las plataformas digitales -formales o informales- de comunicación que han surgido gracias a Internet. Pero la iniciativa más ilusionante que he conocido es la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. En 1971 Manuel Ayau, ayudado por un reducido grupo de amigos liberales, se propuso convertir un pestilente barranco a las afueras de Ciudad de Guatemala en un oasis académico cuya misión fuese la enseñanza y difusión de los principios éticos, jurídicos y económicos de una sociedad de personas libres y responsables. Treinta y seis años después la UFM se ha convertido en una de las universidades más prestigiosas de Latinoamérica y forma a más de 2800 estudiantes en diversas disciplinas siguiendo los principios fundacionales de la Institución.

Quienes pasan por la “Marro”, como cariñosamente le llaman sus estudiantes, conocen de buenas fuentes la obra de autores como Ludwig von Mises, Friedrich Hayek, Milton Friedman, James Buchanan o Ayn Rand. La universidad ha logrado compatibilizar la participación activa en la vida social del país con el rechazo a las presiones intervencionistas y liberticidas gracias a un fabuloso campus selvático que crea una burbuja intelectual, al uso de las más modernas tecnologías de la información y al rechazo de subvenciones públicas para desarrollar este monumental proyecto. Detrás de este éxitos está, como siempre, la tarea de un héroe silencioso que, ayudado de un grupo de individuos extraordinarios ha sabido trabajar centrado en el largo plazo ayudado de una pasión por la libertad y unos conocimientos de la teoría de la liberad que han hecho su voluntad inquebrantable. Ojala que su ejemplo y el de quienes impulsan día tras día ese oasis de la libertad ayuden al surgimiento de proyectos similares en España y el resto del mundo.