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Nacional-populismo: ¿el último estadio de la socialdemocracia?

"En economía soy de derechas y en lo social de izquierdas, pero por encima de todo soy francés". Así se definió Jean-Marie Le Pen tras su éxito electoral en la primera ronda de las elecciones presidenciales francesas de 2001.

Equívocos aparte, el cultivo de la transversalidad por parte del nacional-populista francés no es nuevo. Así, tras ser beneficiado por la reforma electoral socialista de los años ochenta, en 1987 desaconsejó a sus votantes apoyar a Chirac para luego pactar con gaullistas y "liberales" en gobiernos provinciales.

La sociología electoral confirma el éxito de esta táctica en los movimientos extremistas no marxistas. El crecimiento a costa de partidos de centro-derecha, sean conservadores o nominalmente liberales suele ser efímero. Es cuando los ultras consiguen atraer a antiguos votantes izquierdistas o consolidarse entre los nuevos votantes jóvenes, casi todos con perfiles socioeconómicos que en principio los haría proclives a votar a la izquierda, que su apoyo se "cristaliza" y logran un electorado fiel, traducido en una representación política que aumenta de forma directamente proporcional a la abstención.

El resurgimiento del nacional-populismo en Europa es a menudo erróneamente denominado "nacional-liberalismo" por aquellos que, cómo no, culpan a la globalización y a las reformas económicas liberalizadoras emprendidas en algunos países europeos, que según ellos han creado una clase de "perdedores" que se rebelan contra el sistema. Es el caso de buena parte de los análisis sobre este fenómeno aparecidos en el journal Party Politics en los últimos años, o de los comentarios del politólogo marxista y antiguo militante de organizaciones neofascistas Jorge Verstrynge, quien viene usando el término nacional-liberalismo desde principios de los años 90.

Otro error consiste en amalgamar antiguos fascistas, nuevos nacional-populistas y movimientos que se podrían llamar democrático-regeneracionistas –Lista Pin Fortuyn– bajo el epíteto "extrema derecha". Se habla de izquierda y derecha sin explicar el criterio de clasificación, aunque suele subyacer una definición ambigua de nacionalismo. Sin embargo, si en vez de eso aplicamos los criterios de intervención y comunitarismo, movimientos como el Frente Nacional francés y el British National Party no tienen nada de liberales, y su derechismo se basaría en una ideología völkisch compartida por otra parte por algunos movimientos nacionalistas denominados de izquierda, tales como ERC, HB y BNG en España, y cuyos programas difieren en muy poco de los del FN y el BNP.

Las invectivas populistas contra el capitalismo global y el libre comercio y la férrea defensa del corporativismo y de algunas funciones del Estado del Bienestar, banderas abandonadas por muchos partidos socialdemócratas, proporciona una interesante pista en la investigación del crecimiento del nacional-populismo en algunos países. ¿Se corresponde éste con una "liberalización" de la socialdemocracia? Y si así fuera, ¿qué nos dice esto sobre el fuerte anclaje de valores como la dependencia y el clientelismo en la cultura europea?

El caso británico, donde el BNP se extiende en regiones tradicionalmente laboristas, y que al contrario de lo que indicaron algunas encuestas, no está afectando al voto conservador, es particularmente interesante. El agrio debate en el seno del Partido Laborista, con propuestas de mayor intervencionismo en política social y endurecimiento de la política de inmigración como remedios contra el BNP, es un indicio de que el uso del eje izquierda-derecha tiene una validez muy limitada a la hora de analizar el nacional-populismo.

A estas variables debemos unir las tensiones creadas por el multiculturalismo como principio rector de las políticas públicas, algo promovido por una clase alojada en el sector público y que paradójicamente es el grupo social que menos contacto tiene con los trabajadores extranjeros, sobre los que ejerce un paternalismo que raya el racismo. El tono de piel, la cocina y la lengua materna de los padres como factores cuasi-genéticos, es decir, el retorno del rol adscrito sobre el adquirido, es una revuelta de las tribus comunitaristas y posmodernas contra el principal logro de las revoluciones liberales decimonónicas.

Combinado con la lucha por los recursos repartidos por el Estado de forma discrecional, este choque cultural se transforma en un auténtico juego de suma cero y asegura un conflicto social irremisible, alimentado por el ultraje causado por la discriminación positiva y las expectativas frustradas de un Estado todopoderoso y dadivoso.

Todo lo anterior nos lleva a preguntarnos si el nacional-populismo no será una perversión de la socialdemocracia. O dicho de otro modo, si el lepenismo no es sino el reflejo de la renuncia de muchos europeos a despertar del letargo intervencionista y a asumir que las promesas de bienestar sociales han devenido en un peligroso delirio cuya irrealidad cuesta trabajo asumir.

Sea como fuere, el mensaje liberticida del nacional-populismo y su apropiación por algunos partidos del mainstream hace urgente que la investigación sobre este fenómeno se reoriente hacia conceptos más profundos que la superficial y simplista etiqueta "extrema derecha" que poco describe y nada explica, sobre todo cuando son los votantes e incluso partidos de izquierda los que abrazan o pactan con este auténtico nacional-socialismo.

Si sólo fuera el prestigio de los politólogos que estuviera en juego…

Las regulaciones nos empobrecen a todos

El mayor problema de la economía española no es el desempleo, ni la precariedad laboral, ni las bajas ayudas en I+D ni la mayoría de argumentos que suelen dar los "expertos" del Gobierno. El principal problema es uno que jamás nombran: el propio Gobierno y su exceso de regulaciones, una medalla que no corresponde sólo al actual Gobierno del PSOE, sino también a los que tuvimos con Aznar. Los políticos han de cambiar de mentalidad de forma urgente para que el crecimiento económico que tenemos no sea más que una ilusión de bonanza que luego explote como una burbuja.

Si miramos la ficha económica de España que elabora anualmente el Banco Mundial en su informe Doing Business, podremos ver que nuestro Gobierno es de los primeros clasificados en poner trabas a la iniciativa privada. Se tarda una media de 277 días para la obtención de licencias, la rigidez en el empleo dobla a la media de los países de la OCDE, los impuestos a las empresas están entre los más altos, el coste inicial para la creación de una empresa triplica la media de la OCDE y tenemos el dudoso honor de ser el país donde más ha aumentado la presión fiscal en los últimos 30 años. Y la lista completa es mucho más larga; lo milagroso es que aún se creen empresas. Pero esta situación poco importa al Gobierno, que prefiere matar a la gallina de los huevos de oro con tal de lucrarse y, encima, carga contra los empresarios y las empresas por no querer modernizarse o les llama insolidarios por intentar esquivar el estado de sitio al que la administración les tiene sometidos.

Se está hablando mucho de un nuevo tipo de economía para España ante la evidencia de las deslocalizaciones y la globalización. Los políticos, como siempre, abogan por mayores impuestos y mayor control estatal para repartir el dinero arbitrariamente entre sus amigos (subvenciones) planificando la economía como si se tratase un juego de estrategia. Un poco de sentido económico, señores políticos, que nos lo están diciendo todos los informes extranjeros: el problema de la economía española es la regulación y burocracia excesiva. Si el gobierno dejara de ahogar sistemáticamente la iniciativa privada con impuestos y trámites la modernización se produciría de forma natural e inmediata.

Una economía regulada y burocratizada significa que las empresas trabajan para el gobierno y no para la gente, lo que es un lastre para nuestro bienestar.

Robo ecologista institucionalizado

El uso racional de los recursos naturales y el respeto al medio ambiente es asumido por la mayor parte de las personas de bien. Sin embargo, ese noble sentimiento es utilizado por el socialismo institucionalizado para dirigir la voluntad de los ciudadanos hacia su redil.

Recientemente fuentes gubernamentales nos han informado sobre cuál será su nueva propuesta intervencionista, ya avanzada por el Ministerio de Medio Ambiente, y que ha sido concretada por el Ministerio de Hacienda mediante una propuesta de fiscalidad “verde” con un nuevo impuesto sobre los hidrocarburos y posiblemente también sobre la matriculación de vehículos, denominado ecotasa y que previsiblemente se comenzaría a cobrar en España a partir del año 2008.

Después de la incesante campaña de intoxicación informativa desde la izquierda y de su nauseabunda propaganda a escala planetaria tanto en EE.UU. (Una historia Gore) como en Europa (Climate Bill) y, por supuesto, en España (Informe Narbona), siempre acaba emergiendo el objetivo último de la izquierda, es decir, siempre aparece alguna forma de intervención coactiva por parte del Estado en la vida de los ciudadanos en aras de un supuesto “bien común” que sólo acaba favoreciendo a aquellos colectivos organizados cercanos al poder político.

Detrás de la alarma catastrofista, propagada a los cuatro vientos por muchos periodistas poco profesionales –al trabajar sin un mínimo de rigor periodístico y al no contrastar su desinformación con otras fuentes–, surge siempre una nueva política intervencionista: bien mediante innecesarias comisiones o agencias que restrinjan y controlen las libertades del ciudadano (CNE, IDAE, EVE, ICAEN, AVEN, SODEAN…), bien en forma de leyes, códigos y planes que distorsionan la libertad de mercado con corsés normativos o exageradas primas y subvenciones (RD436, CTE, PER…), bien con nuevos impuestos sobre los ciudadanos (ecotasa sobre los carburantes o similar).

Detrás de cada mentira (ver Observatorio de Medios), expelida por el pensamiento único socialista ecologista –que en estos momentos ya es institucional y endémico porque afecta por igual a políticos de todo el arco parlamentario– y difundida hasta la saciedad por sus terminales mediáticos, existe una estrategia de adoctrinamiento de los incautos ciudadanos para que, imbuidos de un bochornoso “buenismo” adolescente, se sientan felices de que nuevamente el papá Estado literalmente “robe” el dinero de su esforzado trabajo con un impuesto ecologista.

Todo ciudadano aborregado debe dar la bienvenida a la ecotasa sobre los carburantes, como complemento imprescindible de los planes, normativas y leyes que restringen la libertad de elección del ciudadano, impiden el libre mercado y fomentan la corrupción vía subvenciones partidistas que benefician sólo a los medradores de prebendas.

Sin duda, el afamado libro “Camino de Servidumbre” del señor Hayek –de obligada lectura para aquellos que deseen conocer el devenir de todo proceso socialista– merecería haber incluido un anexo dedicado exclusivamente al ecologismo de izquierdas. Y así, su dedicatoria inicial “a los socialistas de todos los partidos” bien podría haberse dedicado “a los ecologistas de todos los partidos”.

En un interesante debate con ecologistas y engañabobos durante algo más de un mes, se rebatieron con contundencia las principales mentiras del socialismo ecologista y se solicitaba un mercado libre de generación de energía. Según calculábamos allí en detalle, en España, contabilizando solamente las subvenciones durante 40 años a las tecnologías privilegiadas por el maná gubernamental, los sufridos ciudadanos desembolsarán de sus impuestos hasta 5 veces la cuantía del Plan Marshall que se destino a reflotar la economía europea después de la Segunda Guerra Mundial.

Da miedo aventurarse a calcular también todo el lastre económico que suponen para España el conjunto de subvenciones, normativas e impuestos que intentan tapar los agujeros negros que genera el infausto Protocolo de Kyoto, que en nuestro país sólo en penalizaciones rebasa ya ampliamente los 4.200 millones de Euros cada año. Auténtico pavor da analizar la merma competitiva para la economía europea, debido a la suma de distorsiones de mercado que introducen las diferentes legislaciones intervencionistas, derivadas de un infame protocolo con base en un pésimo estudio que es empleado con malicia catastrofista por la izquierda.

Para el desarrollo de un país se necesitan energía barata, buenas infraestructuras y excelente productividad basada en la mejor educación posible para sus ciudadanos. Pero la utopía ecologista no cesa. Parece que los socialistas quieran que acabemos produciendo energía a pedales, mientras India y China siguen con su desarrollo incesante basado en los tres pilares económicos citados. Es lamentable pero actualmente un país comunista como China, adherido al Acuerdo Asia Pacífico, posee un mercado menos intervencionista y más racional en temas de energía y medio ambiente que Europa.

En España, en vez de dar marcha atrás al tremendo error que supone el Protocolo de Kyoto, por su muy dudosa fiabilidad científica y por su enorme merma para nuestra competitividad empresarial, se elige la peor de las alternativas: que se pague su coste con un nuevo impuesto que afecte a todos los ciudadanos.

Aviso a navegantes, vayan preparando sus bolsillos para seguir pagando la utopía socialista del Protocolo de Kyoto ahora en forma de ecotasa sobre los carburantes y/o sobre la matriculación de vehículos. O bien, expresándolo mejor, aunque de modo mucho menos políticamente correcto, vayan preparando sus carteras para continuar soportando el “robo ecologista institucionalizado”.

El mundo interior de los ricos

Las personas con negocios e inversiones fraguan en su mente cada día intuiciones, planes y deseos con el fin de alcanzar la máxima libertad económica. Para ellos la independencia financiera es la clave esencial de una vida mejor. Toman numerosas decisiones, ponen en práctica estrategias, aciertan o se equivocan; cuando el error les derriba, se levantan del suelo, apartan los fallos y continúan su camino. A veces permanecen en el alero, manteniendo un difícil equilibrio entre el triunfo y la derrota. Los ricos decididamente tienen un patrón del dinero (y de la existencia) diferente de los que no lo son.

La gente próspera suele decir adiós a los padres y maestros que les aconsejaron un empleo por cuenta ajena o por cuenta del Estado. La gente que logra o anhela la riqueza pretende ser siempre dueña de su propio destino; los acontecimientos no sobrevienen, se modelan. Hay ricos por linaje y ricos por continuado esfuerzo. Robert Kiyosaki, autor de Guía para invertir, cuenta penurias tales como emplear su automóvil a modo de hogar durante meses junto a su esposa, antes de que apareciera la hora del reconocimiento profesional. ¿Cuántos lo hubieran aguantado? Los emprendedores –en su variada clase y condición– no se quejan, atraen lo que quieren, pelean nuevas oportunidades en la arena.

Cuando te acercas al mundo de los ricos sorprende su permanente afán de curiosidad. Inversores y empresarios perspicaces almuerzan cada jornada con multitud de consultores, proveedores, clientes y colaboradores para saber y conocerlo todo. Esa habilidad social para la invitación supone utilidades que permiten mayores cotas de creatividad en sus proyectos, entreverando el empresario datos y sensaciones. Hablando de creación, el músico y pintor José María Cano descubre en un reciente magazine su deslumbrante producción de retratos de magnates que adornan su casa. Dice el ex -compositor de Mecano: "Ahora el motivo esencial del arte es el dinero. Y nadie, ni artistas ni galeristas, permiten que eso sea visible. ¿Qué el dinero es tan importante y nos interesa a todos? Pues pintemos a los señores que salen en The Wall Street Journal: Bill Gates, Rupert Murdoch…, las venus afroditas de hoy en día. Esta serie está planteada como un club exclusivo de 100 miembros. Ahora van a Shanghai como si fueran a ver posibilidades de inversión".

Harv Eker es presidente de Peak Potencial Training, una de las empresas de preparación para el éxito de más rápido crecimiento en Estados Unidos, y expresa en sus artículos algunas ideas sugerentes. En opinión de Eker, los ricos eligen que se les pague según los resultados mientras que los pobres eligen que se les pague según el tiempo. Para este formador la verdadera medida de la riqueza es la fortuna neta, no los ingresos del trabajo. Sin embargo, la mayoría social incurre cotidianamente en las trampas de los horarios, la plusvalía y la productividad en claroscuro para justificarse ante sí misma.

No obstante, aparecen por estos pagos mensajes clarificadores para quien tenga entendederas. El reciente estudio del Instituto Juan de Mariana Una sociedad de propietarios es un valioso itinerario de orientaciones hacia la libertad económica. Su lectura no es período desaprovechado. El estudio formula sugerencias para la holgura en las finanzas personales y refuta tópicos acerca del ahorro, el trabajo y el mercado de valores, entre otras cuestiones. Una sociedad de propietarios confirma lo que algunos ya practican y otros –no una muchedumbre hoy, desafortunadamente– confían en emular.

Vuelve, en silencio, el fascismo digital

La Asociación de Internautas, a la que pertenezco, fue objeto a su vez de una completa campaña de descrédito por negociar con el Gobierno para limar los aspectos más controvertidos de la ley, esfuerzo en el que obtuvimos ciertos éxitos, y ciertos fracasos. El PSOE se apuntó a la campaña, llegando a afirmar el senador Félix Lavilla que "garantizaba" que " que cuando los socialistas gobernemos, suprimiremos esta ley tan nefasta para los intereses generales de nuestro país". Sí, por supuesto; sigue siendo senador.

Ahora el PSOE ha propuesto una nueva ley, la Ley de Impulso de la Sociedad de la Información (LISI), que hasta en el nombre parece imitar lo peor de la anterior. La Asociación de Internautas, por boca de su presidente, ha denunciado ya que "entra en el terreno de la Inquisición" y se lamenta de que los socialistas parecen creerse "demócratas de fábrica" que lo son porque sí y hagan lo que hagan. Es más, recuerda que pese a ser miembro del Consejo Asesor de la Telecomunicaciones se ha enterado de este proyecto por la prensa, suponemos que por aquello del Gobierno transparente y con talante. Por su parte, el presidente de la Asociación de Usuarios de Internet, Miguel Pérez Subías, considera que con esta nueva ley "podemos caer en situaciones como las recientemente acontecidas en China".

¿Y a qué se debe tanto revuelo? Básicamente a dos puntos de esta ley. El primero, y menor, es que hace responsable a los motores de búsqueda y creadores de páginas web en general por el contenido de los enlaces que hagan, aunque siempre y cuando esos enlaces sean a sitios web bajo su "dirección, autoridad o control". El problema es que no se especifica qué se considera dirección, autoridad o control. ¿Es por ejemplo Google culpable de los enlaces que haga a las bitácoras alojadas en su servicio Blogspot? Pues quedará al arbitrio del juez. ¿Seré yo culpable por lo que se ponga en los blogs alojados en Red Liberal? Pues me da que también eso quedará al arbitrio del juez.

Pero el segundo punto conflictivo es que se faculta a "órganos competentes" sin especificar a cerrar y bloquear el acceso a páginas web, una función que la denostada LSSI dejó finalmente en las exclusivas manos de los jueces. Ya puedo ver a Moraleda frotándose las manos; ya no sólo estará "vigilante con los periodistas para ver hasta dónde llega el veneno del PP" sino que podrá hacer algo al respecto. Al fin y al cabo, ¿qué puede haber más competente para cerrar un periódico digital que la Secretaría de Estado de Comunicación?

Por supuesto, los que se dedicaron a organizar una campaña contra el Gobierno del PP a cuenta de la LSSI ahora están callados. Las asociaciones que denigraban están, como entonces, al servicio de los internautas. En aquel entonces muchos se sumaron a esa campaña porque les parecía mejor que el Estado no metiera sus narices en Internet, algo de lo más saludable. Pero da la sensación de que, a cuenta de la nueva LISI, va a terminar sucediendo lo que pasó en Galicia: el Prestige es muy malo, pero los incendios son estupendos y, si no lo son, entonces son culpa del PP también. De hecho, siguen una trayectoria casi calcada: mientras quienes se preocupan por los derechos de los internautas discuten sobre la amenaza que supone esta nueva ley, los que sólo querían atacar al maligno Gobierno de la derecha se dedican a hablar del cuarto aniversario de la anterior. Si es que son tan previsibles…

El Estado del Bienestar produce inmadurez

El Estado del Bienestar no fomenta la responsabilidad de las personas, todo lo contrario, favorece su inmadurez psicológica (aunque dicho fin, como es lógico, no se persiga intencionadamente). Veamos por qué hago semejante afirmación; tomemos varios campos vitales del ser humano cubiertos por "lo social":

Pensiones de jubilación: El actual sistema público de pensiones fomenta la despreocupación sobre la planificación, búsqueda y comparación de fondos o planes de pensiones/jubilaciones para cuando ya no estemos activos laboralmente. Como la cotización al régimen general es obligatoria, fomenta la inhibición de la propia búsqueda de complementos o alternativas al plan en el que estamos incorporados coactivamente (salvo en aquellas personas conscientes de su importancia dado el sistema suicida actual de reparto y no de capitalización que nos llevará a la muy probable quiebra del sistema actual de seguridad social). Además se desincentiva la necesaria disciplina de ahorro e inversión futura propia de toda persona madura.

Cuidados médicos y consumo de fármacos: Como los gastos sanitarios y farmacológicos son "gratis" o fuertemente subsidiados en el sistema de la seguridad social, no se tiene una idea clara de lo que verdaderamente cuestan y se abusa de ellos (visitas, pruebas médicas u operaciones innecesarias, consumo irresponsable de fármacos, etc.). Para empeorar aún la situación, con objeto de "paliar" un consumo excesivo de medicamentos a la UE (Directiva 2001/83/CE) no se le ha ocurrido mejor idea que restringir nuestro derecho de ser informados directamente sobre los mismos (¡justo lo que se hace con los menores de edad!).

Educación pública:Aquello que no se paga no se valora en sus justos términos, por tanto, el sistema de formación pública no incentiva el debido control de los padres hacia sus hijos en materia de estudios, ni favorece la activa participación parental en dicha formación pública ofrecida a sus hijos. El fomento de la excelencia y el esfuerzo decrece en aquello que sentimos que no nos cuesta.

Subsidios por desempleo y salarios mínimos: Aquellos afectados, en un cierto momento, por el desempleo y tengan derecho, según las leyes laborales, a un subsidio de "paro" estarán irremediablemente desincentivados para la búsqueda o la aceptación de otro empleo hasta que no finalice su prestación "ganada". La asunción de riesgos, por tanto, se demora. "Pararse" laboralmente y disfrutar de sus subsidios por desempleo hace perder oportunidades o, peor aún, puede impedir seriamente el enganche laboral a un mundo en permanente cambio. En cuanto al salario mínimo decretado desde el gobierno, hace más daño a los menos preparados o productivos que cualquier otra cosa, impidiendo su saludable paso a la madurez.

Todas estas actitudes son signos claros de inmadurez, y el Estado Providencia colabora innegablemente a ello, pese a que sus intenciones sean otras. Por supuesto que habrá personas que mostrarán siempre madurez en sus cuestiones vitales pese la "cobertura" social de las mismas, pero admitamos que otros muchos se dejarán llevar por la "seguridad" proporcionada por el "Estado Providencia", lo que supone una permanente negación de la responsabilidad individual al mermar su incentivo (y su capacidad) para la planificación responsable de su vida y de su futuro.

Habría que reducir drásticamente el Estado del Bienestar y, a lo sumo, mantener el mismo especialmente para casos de asistencia subsidiaria a inmaduros temporales (infantes) o a inmaduros definitivos o sobrevenidos (dementes o incapacitados mentales de cualquier tipo) cuando la familia del afectado o la actividad privada no haya podido dar una asistencia mínima satisfactoria.

El extender, por el contrario, el Estado del Bienestar coactivamente a todas las personas es un disparate. Uno de los numerosos efectos indeseados de este "déspota benevolente" (como lo llama James Buchanan) es éste: fomenta actitudes irresponsables e inmaduras entre los adultos. Parafraseando la ilustrada divisa kantiana, podríamos pedir: "¡Adolecere aude!".

Hacer perverso lo razonable

Las contradicciones no acaban aquí. Al Gobierno no le gustan las malas noticias, como las de los accidentes de tráfico, e intenta moderarlas obligándonos a hacer lo que privadamente debemos hacer: ponerse el cinturón, moderar la velocidad, equipar el coche con todas las medidas de seguridad… Con lo absurdas que son otras regulaciones, ¿habrá alguna más sensata y más sana que estas?

Y, sin embargo siempre hay algo que hace que incluso este tipo de normas se estrellen. El Gobierno obliga a todo el mundo a seguir comportamientos razonables, lo que parece óptimo. Pero somos tan complejos, que es como si diera igual por cuantos lados nos presionen; siempre hay alguna vía de escape, inesperada.

Por ejemplo: cada uno suele elegir un nivel de riesgo para distintas situaciones. Y si a una persona se le obliga a equipar el coche con todos los elementos de seguridad, que de otro modo no hubiera elegido, adapta su comportamiento con una conducción más agresiva, hasta alcanzar el nivel de riesgo que desea mantener. Como le ocurrirá lo mismo a más de uno, el resultado final de obligar a los conductores a ponerse el cinturón, pongo por caso, será incierto.

Pero hay más. George Reisman en su monumental libro Capitalism, muestra una nueva antilogía: Las regulaciones hacen mucho más caros los coches. Y "en la medida en que los nuevos coches se hacen más caros de lo que necesitan ser, la gente se ve impelida a mantener sus coches durante más tiempo. Dado que los coches más viejos por lo general no son tan seguros como los nuevos, esto quiere decir que la gente está forzada a conducir coches que no son tan seguros como lo serían en ausencia de la legislación de seguridad de automóviles". La economía es una ciencia de paradojas.

Zapatero nos da lecciones de moral

Pues ahora hágase la siguiente pregunta: ¿confiaría a Zapatero la educación moral de su hijo? El simple planteamiento produce escalofríos. Pero eso es exactamente lo que va a ocurrir para millones de familias españolas, gracias a la Formación del Espíritu Progresista, también llamada Educación Para la Progresía.

El objetivo es convertir a sus hijos en los hombres y mujeres nuevos progresistas. Le llamarán "progenitor A" o "progenitor B", o una versión acortada para SMS. Sabrán que eso del género es algo cultural y por tanto arbitrario. Que uno es hombre o mujer no porque tenga lo que hay que tener, sino por oscuras imposiciones sociales, de las que cualquiera puede desembarazarse, sin necesidad ni de pasar por el quirófano. Que, por tanto, la distinción entre heterosexualidad y homosexualidad es arbitraria. Saldrán de la escuela sabiendo que hay una fuerza oscura, llamada religión, cuyo único objetivo es hacerles infelices y prohibirles todo a lo que tienen derecho: todos esos comportamientos que antes se llamaban inmorales.

Menos mal (ellos lo aprenderán así en la escuela) que existe la tolerancia. Es decir, la convicción de que no hay valores absolutos, de que cada uno es cada uno y tiene sus cadaunadas, y que es lo mismo una moral que otra, una cultura que otra. Siempre que no sea represora y retrógrada; es decir, occidental. Para todo lo que huela a transmisión de la cultura y los valores occidentales, "tolerancia cero". Es más, su hijo gozará de auténticas "sesiones de odio", como las de Goldstein en el 1984 de Orwell. Pero con protagonistas distintos, claro, como las sociedades abiertas (la globalización), la familia tradicional, la Iglesia…

Es lo que los redactores de la LOE llaman un "mínimo común ético", que es mínimo ético, pero en absoluto común. De hecho, cuando el Gobierno quiso consensuar la ley con las ONGs al echar mano del listín, a quien llamó es mayoritariamente a los firmantes del Manifiesto por una sociedad laica, es decir, una sociedad en la que el Gobierno logre expulsar la religión de la vida pública.

El vicepresidente de la Conferencia Episcopal Española, Antonio Cañizares, ha llamado a la objeción de conciencia ante la asignatura. Yo ya he recordado los derechos a la desobediencia civil y a ignorar al Estado. Pero es que, además, de puro progresista, la ley nos da el instrumento legal para evitarla, y es que ha "legalizado" los novillos, nada menos. Así que invite a sus hijos a saltarse la instrucción en antivalores, y que juegue o haga algo útil. Leer, pongo por caso.

Alguno dirá que eso no le toca, porque puede llevar a sus hijos a algún colegio suficientemente protegido de los estragos de la LOE. Suerte que tendrá. Se encontrará, además, en las reuniones de padres, a los ministros y dirigentes socialistas, que huyen (con buen criterio) de la educación pública. Pero le toca, ya lo creo que sí. Porque cuando crezcan tendrán que vivir en una sociedad de damnificados por la LOE. Mientras, luchemos por la libertad de enseñanza y resistámonos a tener a Zapatero como guía moral de nuestros hijos.

Usted, ciudadano, es un terrorista potencial

Desde principios del mes de noviembre, el Estado, en su afán y denostado esfuerzo por garantizar la seguridad de sus frágiles y desamparados ciudadanos, ha vuelto a hacer uso de su omnipotencia regulatoria para, en este caso, impedir la entrada de sustancias altamente peligrosas en los aviones que, diariamente, sobrevuelan el espacio aéreo europeo: perfumes, geles de baño, champús, pastas de dientes, máscaras de pestañas, cremas, lociones, aceites corporales y demás líquidos de similar naturaleza son las nuevas armas de destrucción masiva, a los ojos de nuestra inepta clase política.

De este modo, todas aquellas personas que se preocupen mínimamente por su aseo e higiene personal se convierten, de facto, en un potencial terrorista químico dispuesto a volar por los aires el medio de transporte de larga distancia más empleado hoy en día en los países desarrollados. Su neceser es susceptible de ser revisado hasta el más mínimo detalle por las autoridades competentes para que todas aquellas sustancias que no se ajusten a los parámetros y criterios contenidos en la nueva normativa comunitaria puedan serle incautados automáticamente… eso sí, ¡por su propio bien!

Ya puede viajar tranquilo y exento de preocupaciones, pues ahí está el Estado, poniendo nuevamente a pleno rendimiento su arsenal regulatorio, confiscatorio y coercitivo al servicio de la defensa y protección de la integridad física de sus resignados súbditos, ante la amenaza plausible de que algún desalmado haga uso de la pasta dentrífica fluorada e, incluso, del esmalte de uñas, para articular un complejo y sofisticado explosivo con el macabro fin de ser detonado en pleno vuelo.

Esta brillante medida fue propuesta a iniciativa de la Comisión Europea a raíz de un plan terrorista, frustrado por las autoridades policiales británicas el pasado verano, que tenía por objetivo atentar contra, al menos, diez aviones que, preferentemente, realizaran trayectos entre Reino Unido y EEUU. No es algo nuevo. Desde los atentados del 11-S, los servicios de seguridad occidentales recomiendan la adopción de este tipo de medidas cautelares, de forma progresiva, en función de los nuevos ingenios destructores que diseñan las mentes terroristas islámicas.

Primero fue la prohibición de transportar tijeras u objetos punzantes a bordo de los aparatos aéreos, al tiempo que se extremaban los cacheos y registros individualizados de prendas y maletas en los controles de seguridad aeroportuarios de EEUU y Europa, llegando incluso a desvestir completamente a ciertos pasajeros escogidos al azar, es decir, de forma aleatoria. A ello, hay que sumarle los rígidos sistemas de verificación identitaria puestos en marcha por las autoridades norteamericanas a fin de comprobar hasta los más íntimos datos personales de los viajeros con destino a su país. Pero, lejos de quedar satisfechos, la paranoia burocrática, en su afán de alertar a la población del inminente riesgo de sufrir nuevos ataques, ha servido de excusa para que el Estado extienda su manto protector a ámbitos de la esfera personal hasta ahora excluidos de la intervención gubernamental, con el correspondiente detrimento de la libertad individual que, lógicamente, ello supone.

La siempre atenta progresía europea no tardó en denunciar a viva voz el recorte de las libertades civiles que se estaba produciendo en EEUU como consecuencia de la puesta en práctica de determinadas medidas de seguridad. Sin embargo, curiosamente, en cuanto Europa fue azotada por la furia islamista radical, la burocracia europea de todo signo y condición corrió a imitar sin miramientos las políticas allí adoptadas, llegando a superar, en algunos casos, las restricciones impuestas por la Casa Blanca a la siempre denostada e infravalorada sociedad estadounidense. Entonces, las críticas acallaron de golpe para que, a continuación, la UE se hiciera cargo de la situación.

Las directivas europeas emergieron, así, cual chaleco antibalas o salvavidas, para implementar toda una serie de instrumentos legislativos que, en la práctica, al tiempo que coartan y restringen nuestras libertades, consiguen tan sólo matar moscas, pero eso sí, a cañonazos. En los próximos meses, dicha batería normativa empezará a entrar en vigor a pleno rendimiento: la Ley de Retención de Datos, próxima a ser aprobada por el Gobierno, obligará a los operadores de telefonía (fija y móvil) e Internet a conservar durante, al menos, un año, todos los datos relativos a nuestras comunicaciones, con un coste aproximado de entre veinte y treinta millones de euros anuales por compañía; el anteproyecto de ley de la Sociedad de la Información dotará a las autoridades competentes (es, decir, estatales) de competencia plena para clausurar cualquier página web cuyos contenidos sean considerados inconvenientes, sin necesidad de intervención judicial alguna (tal y como ocurre hoy en día en la tan democrática República Popular China, o en la también comunista Cuba de Fidel).

La prohibición de llevar en nuestro equipaje de mano líquidos de todo tipo es tan sólo un capítulo más, aunque, por desgracia, no el último, de la inefable y caótica política de nuestra clase dirigente que, con la excusa de protegernos, nos convierte a todos en potenciales e hipotéticos terroristas capaces de perpetrar los más terribles y sanguinarios actos, por lo que debemos someternos irremediablemente al exhaustivo control estatal. No se extrañe usted si en el futuro, nuestro Gobierno protector le obliga a subir en el avión desprovisto de toda prenda de vestir, cual nudistas en una playa, pues tan sólo hace falta que un ingenioso y desvergonzado terrorista invente los calzones explosivos… El error de origen, estriba en la complacencia ciudadana a la hora de depositar nuestra seguridad personal en manos de la clase política al rezo colectivo de… Oh, Estado, líbranos de todo mal.

Con funcionarios esto no pasaría

Sucedió que un perro callejero tenía por costumbre cobijarse en el patio del parque móvil oficial. Los compañeros conductores (en los años ochenta se suponía que todos los funcionarios éramos "compañeros" y que estábamos ahí no por haber aprobado unas oposiciones, sino para hacer la revolución), sentían cierta simpatía por el chucho, al cual alimentaban con las sobras del almuerzo. El perrillo estaba tan agradecido que vigilaba los vehículos con una fiereza digna de un doberman cocainómano. No había quien se acercara al recinto pues el pobre bicho se desgañitaba ladrando y enseñando los dientes a todo el que no conocía.

Andando el tiempo, los compañeros conductores se apiadaron del animal y entre todos le proporcionaron una caseta para que se resguardara del frío en invierno y del sol en verano. A partir de ese mismo día dejó de importarle lo más mínimo que personas desconocidas deambularan por el recinto. No volvió a dar ni un solo ladrido: ya era funcionario. Después de este episodio, la seguridad del perímetro se funcionarizó también, con dos agentes por turno y un completo sistema de cámaras de vigilancia de última generación.

Con la primera huelga general que las masas trabajadoras le han recetado a Zapatero ocurrirá lo mismo, sobre todo porque se ha convocado donde más duele; dentro de casa. Una cosa es que los trabajadores del aeropuerto del Prat inmovilicen el tráfico aeroportuario, pues uno va a las rebajas de Harrods en aviones del ejército y esos no despegan de allí, y otra bien distinta que la señora vicepresidenta tenga que descuidar los importantes asuntos de su agenda para dar un planchazo al modelo que piensa estrenar al día siguiente.

Es lo que pasa cuando se confía el asunto de la intendencia al sector privado. Y mira que los compañeros sindicalistas nos lo tienen repetido: "lo público es bueno, lo privado malo". Así es, y por si doña Sonsoles aún lo dudaba, ahí tiene la prueba, en su misma cocina. Las empresas, con su manía de optimizar recursos y reducir costes en aras de la competitividad, olvidan con frecuencia que cuando se trabaja para la administración la clave del éxito es otra bien distinta.

Si los servicios de La Moncloa estuvieran gestionados por la administración habría cuatro directores de área (ropa, limpieza, cuidados infantiles y pipí canino) con dos jefes de servicio, tres de sección y cinco de negociado por cada departamento, además de la asesoría técnica compuesta por un veterinario, un dinamizador social especializado en psicopedagogía infantil y al menos diez estilistas. El equipo se completaría con cincuenta funcionarios interinos pertenecientes al grupo E para realizar las labores manuales, en turnos diarios de tres horas con el fin de compensar con descansos la realización de tareas fuera de lo fijado por convenio. De esta forma el servicio sería prestado con pulcritud y a satisfacción de todos.

Sí, sería algo así como veinte veces más caro que ahora, pero dado que la doctrina de la administración ZP fijada por la ministra Calvo es que "el dinero público no es de nadie", ¿Quién se va a molestar por esa minucia?