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Chupa Chups como bien estratégico

Según la trasnochada teoría promovida por los adictos a las regulaciones estatales, la compra de una empresa por otra puede incurrir en un pecado de maliciosa concentración empresarial y, faltaría más, tiene que ser autorizada. Eso sí, la concentración nunca es perjudicial cuando se lleva a cabo por el Estado en variopintos sectores que van desde el bancario hasta el de la seguridad, pasando por el de envío de cartas.

El hecho de que en otros países o en la ultra-intervencionista Comisión Europea la misma compra no precise de ningún permiso da una idea de lo caprichosas que son estas normativas y lo confuso que son los conceptos que usan. Acuerdos similares al de Chupa Chups chocan de manera continua contra una pared de ladrillos teóricos unidos por una amalgama de arrogancia política. Por fortuna, en este caso a nadie le ha dado por decir que los Chupa Chups son un bien cultural nacional protegido que no puede quedar en manos extranjeras, que son un producto estratégico para la economía española o que son importantes para la seguridad nacional. Después de todo, ¿quién dice que los extranjeros no van a usar su control de los ricos caramelos para envenenar a nuestras futuras generaciones de soldados y contribuyentes?

En realidad, los acuerdos libres entre ciudadanos o empresas privadas que son prohibidos con excusas igual de ridículas por los distintos tentáculos estatales de control empresarial son el pan nuestro de cada día. El caso del gobierno español tratando de evitar la archifamosa OPA de E.On sobre Endesa a través de la Comisión Nacional de la Energía y del Tribunal de Defensa de la Competencia, el del gobierno francés prohibiendo la compra de una empresa de yogures por parte de (¿lo adivinan?) extranjeros, o el reciente veto del gobierno italiano a la compra de una empresa de autopistas nacional por una española sólo son algunos ejemplos llamativos del arbitrario pero regular ataque del estado contra la libre competencia.

Sin duda, los dueños de Chupa Chups y de Perfetti estarán celebrándolo con cava y prosecco. Pueden considerarse afortunados. Sus derechos no han sido saboteados por los guardianes de la incompetencia. Para que todas las demás personas físicas y jurídicas corran la misma suerte en el futuro, urge desmontar el entramado de tribunales y órganos estatales que desautorizan según les conviene los intercambios y acuerdos libres que tratan de emular, rivalizar y, en definitiva, competir de verdad en el mercado.

La Santísima Trinidad Económica

Uno de los problemas a resolver para los teólogos de todos los tiempos siempre ha sido, entre otros, el misterio de la Santa trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas y un sólo Dios. Parece difícil de resolver. Pero no sólo la religión tiene este tipo de dilemas, la economía también.

Desde el punto de vista económico todos respondemos y queremos cosas diferentes según la personalidad que adoptemos. Cuando somos consumidores queremos precios baratos, cuando somos capitalistas queremos altos rendimientos y que nuestras inversiones siempre se revaloricen. Cuando adoptamos el papel de trabajadores queremos los mejores beneficios sociales. Somos consumidores, capitalistas y trabajadores, tres en uno. Podría ser la Santa Trinidad de la economía. El problema es que aparentemente son tres personalidades incompatibles. Estamos en contra la deslocalización pero queremos precios baratos, queremos precios baratos pero con un alto sueldo y muchas ventajas sociales, queremos mantener nuestros altos sueldos pero no dudamos en invertir en acciones de la competencia si ésta descubre un producto sorprendente o aumenta sus beneficios.

El problema de esta Santa Trinidad Económica es que siempre se enfoca desde un punto de vista estático y particular, no se ve como lo que realmente es: un todo llamado emprendedor. El hombre que actúa siempre es un emprendedor, mejor o peor, pero siempre ha de decidir de entre todas las opciones la mejor, o más concretamente desestimar las peores.

En el momento que el hombre actúa y busca la más alta de sus utilidades no está negando sus otras personalidades económicas, sino afirmándolas. Trabaja e invierte para conseguir precios más baratos. No es por una conciencia plena de productividad consecuente, sino para saciar su felicidad material futura. El trabajo, la inversión y el consumo son herramientas que ha de articular el hombre emprendedor o, como decimos en economía, el empresario, para llegar a un fin determinado: la felicidad material a la que jamás se llega ya que nuestra felicidad no conoce fronteras, siempre queremos lo mejor para nosotros y nuestros allegados. El empresario, en el lenguaje común (el que tiene una empresa, desde un quiosco hasta una multinacional), también ha de trabajar, invertir y consumir. Ninguna de las tres acciones van en detrimento de las otras sino que las reafirma para llegar a su objetivo: el máximo beneficio, la máxima felicidad material.

En el momento que consideremos que alguno de nuestros tres "yo" siempre corre a expensas de los otros, en ese mismo momento negamos nuestra felicidad material. Podemos pensar que en realidad cuando pedimos beneficios sociales sindicales no caemos en una incongruencia y maximizamos nuestro bienestar, pero al hacerlo, provocamos, como es lógico, que otros también las pidan, y éstas son las que nos repercutirán negativamente sobre nosotros. De seguir por este camino sólo crearíamos una guerra, un estado de caos económico, el de todos contra todos. No hay relaciones económicas voluntarias y consentidas, sino luchas políticas entre unos y otros. La armonía se rompe para ser remplazada por la lucha y la dependencia de unos a otros. Ya no vivimos en relación a nuestros esfuerzos y logros, sino a expensas de los rendimientos de otras personas.

La ventaja de la economía, al ser una ciencia social, es que puede verse reflejada en nuestros actos no económicos. En nuestra vida social no esperamos que sea el estado, los sindicatos o la patronal quienes nos hagan los amigos por nosotros, sino que sabemos que nos los hemos de ganar con nuestro esfuerzo. No tendría sentido que un sindicato impusiera una cuota de amigos por persona para conseguir la igualdad. Tampoco tendría sentido que el estado hiciese una redistribución equitativa de las notas universitarias. Si un universitario consigue un 7 en un examen, quitarle dos puntos para dárselo al del 3 (consiguiendo los dos así una nota de cinco), crearía una injusticia innecesaria.

Nadie nos ha de "regalar" la felicidad material a expensas de otras personas, porque tal acción no es un regalo sino un robo que tarde o temprano tendremos que pagar con nuestro esfuerzo para otorgarlo a otro a cambio de nada. Hemos de ser nosotros quienes consigamos nuestros beneficios, de lo contrario estaremos dando respuestas erróneas y confusas a nuestra Santísima Trinidad Económica creando injusticias que todos sufriremos.

Todos contra el fuego

En la catástrofe del Prestige no hubo ningún candidato del PP emboscado en las sentinas del petrolero para hundirlo, al contrario de los recientes incendios en Galicia en que algún político progresista sí se ha visto involucrado de forma incuestionable. ¿Qué razón objetiva existe para que en el primer caso se organizaran todo tipo de algaradas violentas y en este segundo, los mismos que exigían la pena de excomunión democrática para todos los gobiernos implicados, se limiten a convocar una surrealista manifestación "contra el fuego"? Pues evidentemente ninguna, salvo el criterio ramplón de la utilidad partidista.

Curioso este nacionalismo, que antepone el derecho de sus elites al disfrute de las moquetas de los despachos oficiales al bien de la patria, su patria. El nacionalismo periférico gallego, como el de barretina o el de chapela, no es un sentimiento colectivo de exaltación nacional más allá de lo folclórico, sino una artimaña más de los oportunistas que lo dirigen para alcanzar el objetivo vital al que dedican todos sus esfuerzos: un coche oficial y un buen sueldo público. Conseguido lo cual, la lucha por devolver a sus pueblos la dignidad arrebatada por el centralismo opresor pasa a convertirse un simple argumento sentimentaloide para rellenar los aburridos discursos institucionales.

Al fuego no le importa quien esté al frente del gobierno para arrasar montes enteros y amenazar las vidas y haciendas de los ciudadanos. Es una pena, sí, pero es que la naturaleza no es nada progre.Si lo fuera, los desastres naturales sólo ocurrirían cuando mandan "los malos". Constatado el carácter eminentemente reaccionario de Natura y transcurridos los primeros momentos de estupor, la generación Prestige debiera hacer, no obstante, algún intento de protesta antigubernamental, aunque sólo fuera por rendir un mínimo tributo a la coherencia. Por el contrario, si salen a la calle es para felicitar efusivamente al gobierno de "los nuestros" por lo bien que despiden a los brigadistas antiincendios que no dominan la lengua vernácula.

Son irrecuperables para el decoro público. Prefieren un país arrasado con "los suyos" en el poder, a uno próspero gobernado por los adversarios. Y mientras tanto, Zaplana proclama muy serio en el Congreso que si el afiliado procesado por los incendios fuera del PP, la noticia habría desatado la histeria bipartita del Nunca Máis. Más que una acusación, es la constatación de la mediocridad que impregna todas las estrategias arriolianas de su partido. Estos también son irrecuperables para la política de brega. Han venido al mundo para pedir perdón a la izquierda, estén gobernando o en la oposición. Me parece muy bien, pero al menos que lo hagan a título estrictamente personal. En nombre de sus votantes, no.

Más sobre derecho natural

Algunos críticos del iusnaturalismo asumen que basta con tener una naturaleza, parece que cualquier naturaleza, para tener una ética normativa con sus derechos y deberes: las piedras tienen derechos acordes a su naturaleza pétrea; a las aves de naturaleza plúmea les corresponden derechos específicos…

La ética o derecho natural es una herramienta conceptual, un conjunto de normas argumentadas útiles para evitar, minimizar y resolver conflictos entre seres humanos. Sólo tiene sentido para los humanos porque sólo ellos tienen el desarrollo mental evolutivo necesario para entender normas y argumentarlas según criterios de universalidad, simetría y funcionalidad. Algunos animales pueden asociar un premio o un castigo a una determinada conducta (condicionamiento) y así ajustar su comportamiento (aprender), pero no pueden razonar de forma abstracta acerca de lo prohibido, lo obligatorio y lo opcional; algunos animales tienen formas rudimentarias de comunicación, pero sin el poder expresivo indispensable como para discutir asuntos éticos; algunos animales actúan intencionalmente (no sólo reaccionan, aunque su comportamiento no es tan complejo como la acción humana), tienen sensibilidad, emociones y preferencias (hay posibilidad de conflictos) e incluso ciertos sentimientos morales (emociones respecto a otros, consideran el resultado de sus acciones sobre los demás): pero no tiene sentido asignarles derechos y deberes pues no los entenderían, no sabrían qué hacer con ellos. Igual que los números enteros son pares o impares pero no tienen colores asociados, no tiene sentido aplicar la ética a entidades incapaces de utilizarla.

No es arbitrario limitar la ética a los humanos. Tal vez algún día algún ser vivo evolucione (algunos animales sociales, especialmente los primates, muestran morales rudimentarias, les falta la capacidad de reflexionar sobre ellas) o se cree o surja accidentalmente una inteligencia artificial que tenga intereses y sea capaz de razonar y argumentar en términos éticos; hasta entonces, la ética será exclusivamente humana.

No se trata de que solamente el ser humano actúe escogiendo entre múltiples fines y medios utilizables; eso también lo hacen los animales, aunque con un grado de complejidad mucho menor. No sirve de nada afirmar que la acción humana es libre (idea raramente explicada) mientras que la animal es puramente instintiva. El ser humano no tiene menos instintos: tiene más, y están estructurados de formas más sofisticadas de modo que la conducta humana es más rica y menos predecible.

El ser humano no es el único animal social cuya convivencia puede originar conflictos. Los animales se apropian de territorios y recursos y también cooperan, intercambian (comida por sexo, limpieza corporal) y en ocasiones hacen trampas. Un animal puede causar un daño pero no entenderá que lo hagamos responsable porque no es capaz de responder, de dialogar, de dar razones, explicaciones, excusas. A la cebra no le hace ninguna ilusión que el león la mate y se la coma, pero ni le afea su conducta, ni le exige una justificación ni se ponen a debatir acerca de la adecuación ética de su conducta. Es posible domesticar y entrenar parcialmente a algunos animales, pero los discursos normativos les superan. La racionalidad no consiste solamente en pensar lógicamente, es también dar razones, explicar motivos e intenciones de acciones, justificar ante otros para que comprendan y acepten, no represalien o incluso colaboren.

La naturaleza humana no es únicamente lo genético. Es la descripción abstracta de lo que es esencial y común a todos los seres humanos, y su origen puede ser genético (la inmensa mayoría de los genes de una especie son iguales en todos sus miembros), ambiental (todos los seres humanos viven en un mundo con rasgos comunes, los genes no necesitan codificar información disponible fácilmente en el entorno) o cultural (si algo distingue especialmente a los humanos de todas las demás entidades inorgánicas y orgánicas es su capacidad memética de producir y copiar patrones de información, como las instituciones sociales, patrones de comportamiento que pueden ser imitados en función de su éxito).

La capacidad de producir cultura puede ser parte del fenotipo humano extendido, pero sus contenidos son independientes de los genes. Las reglas culturales de comportamiento pueden interactuar a favor o en contra de inclinaciones genéticas. El derecho natural no está grabado en los genes, aunque ciertas tendencias morales innatas son compatibles con la ética. No se trata de que todo lo instintivo y biológico sea negativo y todo lo cultural positivo, de modo que la cultura debe controlar la biología (civilizar las pasiones). El instinto de defensa es ético mientras que el socialismo es una idea contraria a la ética.

Lo natural del iusnaturalismo se opone a lo sobrenatural (ley divina revelada) y a lo convencional (ley positiva pactada en un ámbito particular) porque es racional, realista, crítico, universal y no arbitrario. Aunque históricamente el iusnaturalismo surge en un contexto religioso (¿lo quiere la divinidad porque es bueno o es bueno porque así lo deciden los dioses?), su concepción actual no tiene nada que ver con lo trascendente o espiritual.

El derecho es artificial en el sentido de que es un producto humano, pero no es algo diseñado intencionalmente sino más bien descubierto de forma progresiva. Es posible razonar hoy acerca de las leyes humanas porque previamente se ha depurado evolutivamente un sistema lógico crítico, se han cometido errores y se han corregido algunos. El iusnaturalista no intenta defender una racionalidad ilimitada que todo lo puede y resuelve; se trata de construir mediante exploración crítica exhaustiva de alternativas un sistema ético consistente, adecuado a los humanos, tan completo, claro y preciso como sea posible, pero con consciencia de sus capacidades y limitaciones (el sistema normativo puede quedar abierto en algunos ámbitos, y en ellos puede recurrirse a la competencia, a la comparación empírica).

Muchas instituciones humanas, como el lenguaje, el derecho, el dinero, han evolucionado de forma espontánea, no diseñada, pero son criticables y mejorables (si no lo fueran no habrían podido evolucionar), especialmente si han sido distorsionadas por grupos de interés: las circunstancias pueden cambiar, tal vez sea posible descubrir una institución alternativa mejor (las morales particulares pueden converger hacia la ética universal mediante selección evolutiva a nivel de grupo, los memes institucionales compiten unos con otros). La ética se basa en el racionalismo crítico para depurar múltiples falacias de las leyes positivas, que subsisten como memes exitosos por su engañoso atractivo o por su utilidad para mantener los privilegios de grupos opresores dominantes. El derecho de propiedad y los contratos son instituciones jurídicas que permiten la cooperación y la competencia pacífica y evitan la violencia destructiva, el parasitismo de los tramposos y agresores.

Es posible construir predicados éticos prescriptivos alternativos y analizarlos de forma exhaustiva (explorando todas las posibilidades), eliminando los que no cumplen las condiciones éticas de universalidad, simetría y funcionalidad (igual que un detective va exculpando sospechosos, e igual que muchas leyes físicas fundamentales son deducibles a partir de principios básicos de simetría y consistencia que limitan enormemente el espacio de posibilidades); es necesario utilizar el conocimiento acerca de la realidad del mundo y los seres humanos dado por predicados científicos descriptivos para entender por qué algunas normas no son adecuadas (tienden a destruir o empobrecer a la humanidad, igual que quitar la regla del fuera de juego empobrece el espectáculo futbolístico, y sin humanidad no habría ética humana que estudiar). El iusnaturalismo inteligente no es tan ingenuo como para caer en la falacia naturalista y afirmar que quien posee algo tiene automáticamente derecho sobre esa cosa: la ética distingue entre la posesión (el control físico efectivo de algo) y el derecho de propiedad (la legitimidad de la posesión), indicando los mecanismos de obtención de derechos de propiedad mediante primer uso e intercambio libre. Para entender su justificación, haga el ejercicio de explorar las alternativas.

La misión de E.On

Las imposiciones de la Comisión no tienen sentido alguno y sólo aumentan los costes de las empresas privadas, desde Endesa hasta Gas Natural. Al principio, E.On dijo que llegaría hasta los tribunales para que se modificasen los puntos exigidos por la CNE, pero ahora parece desdecirse de ese planteamiento inicial.

En aquel momento la mayoría de analistas mantuvieron que E.On presentaría una queja formal ante la Comisión Europea (CE) para denunciar la opresión de la CNE. No ha sido así, al menos de momento, y Endesa, de forma poco acertada, lo ha hecho por la eléctrica alemana.

Es evidente que ni E.On ni sus accionistas se esperaban unas condiciones como las que decretó la CNE, aunque la verdad es que los analistas de España nos esperábamos algo peor aún. Es lógico que la empresa se quejara y quisiera aplicar su derecho a recurrir las imposiciones de la CNE, pero no es bueno para E.On empantanarse con más aplazamientos y disputas políticas. El accionista, que es por quien responde el presidente Wulf H. Bernotat, quiere sacar la operación adelante lo antes posible, amortizar su coste, seguir con nuevos proyectos que den servicio al cliente, aumentar los resultados y, evidentemente, obtener la mayor rentabilidad para él, que es el único legitimado para opinar en este caso.

La función social de una empresa no es resolver las injusticias del mundo como la que le cayó encima a E.On, sino servir a consumidores, accionistas e ir lo más rápido posible en todo el proceso. Siendo así, la queja de Endesa ante la Comisión Europea presta un flaco favor al proceso de la OPA. Anteponer los principios políticos a los del mercado no suele reportar beneficios al ansioso accionista que financia la empresa, por lo que éste puede optar, momentáneamente, por huir a acciones o activos más rentables.

Es cierto que esta pesadilla la empezó el gobierno intervencionista de Zapatero. Es cierto que la CNE no sólo se ha extralimitado sino que, además, no tiene ninguna razón de existir ya que no es más que el brazo ejecutor de los designios del Ministro de Industria. Pero esto se ha de acabar ya. La política ya ha hecho demasiado daño a esta OPA; no es hora de alargarlo más, sino de dejar que el libre mercado, los accionistas en este caso, se pronuncien y acaben con este doloroso tormento.

Asumámoslo, el daño ya está hecho. Lo que nos hemos de plantear ahora es qué hacer para que esta situación no se repita nunca más. Necesitamos un profundo cambio en el sector energético. Ya hemos visto que organismos como la CNE o los tribunales de la competencia no son independientes ni objetivos sino poco más que títeres del gobierno de turno. Molestan. Eliminémoslos de una vez y reclamemos una amplia y valiente liberalización del sector por el bien de todos: empresas, accionistas y consumidores.

Feminismo, la nueva cara amable del liberticidio

En 1989, American Political Science Review (APSR) publicó uno de los textos de teoría política más influyentes y debatidos en los últimos años. Su título, Freedom, Recogniton and Obligation: A Feminist Approach to Political Theory, anticipa el argumento de la profesora Nancy J. Hirschmann: una enmienda a la totalidad de la teoría y praxis políticas liberales entendidas en su sentido más extenso, desde Locke al estado del bienestar. Simultáneamente la autora otorga el título de libertarios a autores como Rousseau.

Esta desubicación evidencia la manipulación que llevan a cabo los críticos del liberalismo, quienes convierten a Tocqueville en precursor del marxismo, a la escuela de Salamanca en iniciadora del multiculturalismo y del indigenismo, y en este caso a Rawls y a Rousseau en libertarios. Esta confusión suele provenir de algunos politólogos norteamericanos izquierdistas. Fieles al excepcionalismo norteamericano que tanto critican, trasladan el lenguaje partidista de su país a la teoría política.

Aparte de discusiones nominalistas, el artículo es especialmente interesante como ejemplo de negación de la libertad como elemento esencial de la persona, y por su propuesta de someter cualquier justificación de los derechos individuales a un escrutinio exclusivamente feminista y femenino. El objetivo es la revelación del sesgo masculino, que opera de forma tan sutil que ni los propios hombres lo perciben. Para la profesora Hirschmann, el liberalismo no es sino un barniz que oculta violencia, opresión y esclavitud patriarcales. Sólo las oprimidas, desde la ventaja que les proporciona su peculiar punto de vista, concepto prestado de Marx, pueden desmontar esta ideología y sentar las bases de las nuevas ontología y epistemología feministas, basadas en el desarrollo psicosexual como variable determinante de la conciencia moral y política.

En su respuesta a la crítica de que fue objeto por parte del profesor Richard C. Sinopli en la misma APSR, la autora niega a los hombres la capacidad para discutir sobre esta cuestión. Las objeciones a su enfoque "dicotomizan mis categorías conceptuales y simplifican mi lectura de la teoría liberal de la obligación utilizando justo el sesgo estructural que critico". Sus críticos usan un contexto sesgado, y si bien los hombres pueden contribuir al feminismo a través de la persuasión, "la definición de los puntos de mira dentro de los parámetros del feminismo debe ser articulado desde la perspectiva de la vida de las mujeres". Ante el feminismo sólo caben dos posturas: conversión o equívoco.

¿Qué habría respondido Hirschmann si Sinopoli hubiera usado un pseudónimo, por ejemplo Lupita Gómez, mujer, chicana, india y lesbiana? Supongo que habría utilizado el sesgo del origen racial o de orientación sexual de la profesora Gómez para negar su posibilidad de crítica. ¿Qué debería hacer Sinopoli para ser aceptado? Tal vez un cambio de sexo para conseguir así una experiencia vital plenamente femenina, un retorno a la madre, que es lo que en opinión de Hirschmann necesitamos los varones para asumir nuestra identidad psíquica femenina, nuestro "yo primario".

La resistencia del niño a la madre y la diferenciación moral y política entre hombres que esto conlleva son las causas de la negación de la mujer como persona, su esclavitud, y la creación de instituciones dicotómicas y opresoras tales como… el mercado. Al asombro de Sinopoli, y a su señalamiento de que los estudios de psicología empírica muestran que tal separación de géneros no existe, sino que deberíamos hablar de solapamiento, Hirschmann responde que ni el psicoanálisis ni la psicología moral son empíricas. En tal caso –hay aquí una peligrosa confusión entre el origen deductivo del conocimiento científico y la metafísica–, ¿por qué usa la autora estas teorías para hacer luego afirmaciones de hecho?

En otro punto de su réplica a Sinopoli, Hirschmann señala que todos los hombres estamos aquejados de una enfermedad social: el patriarcado, y que sólo un cambio epistemológico y ontológico nos curará. Huelga decir que sólo ella es capaz de diagnosticar y aplicar el tratamiento apropiado.

Se pueden señalar más puntos absurdos en Hirschmann, o como se hace aquí llevarlos a sus últimas implicaciones, que es lo que Sinopoli pide y que ella rechaza escudándose en jerga pseudocientífica y argumentos ad hominen. Pero como conclusión me gustaría apuntar dos ominosas consecuencias de la teoría política feminista: por una parte inhibición absoluta del diálogo productivo, y por otra radical dicotomización de la sociedad, justo lo que Hirschamm denuncia.

Ante la insalvable dialéctica hombre/mujer, la única solución posible á la Marx, una posibilidad que se sigue de forma necesaria del método dialéctico, es la desaparición del sexo masculino en el retorno a la madre. Así, el niño no percibiría diferencias entre él y su madre y/o hermanas, algo socialmente construido y fomentado por el patriarcado. De ahí se seguiría un nuevo planteamiento de la política que, al contrario del liberalismo, no estaría basada en la asunción de la libertad y la posterior explicación/justificación de sus limitaciones, sino en el "estudio de la manera de asegurarse un espacio vital propio sin violar la obligación de cuidar a los demás". Y aquí se halla precisamente una de las falacias de Hirschmann: el cuidado a los demás no es una obligación, no es algo aceptado libremente, sino un deber que se sitúa por encima de la libertad. Como la conclusión de llamar a las cosas por su nombre sería la total y absoluta negación de cualquier libertad individual, Hirschamann recurre a una nueva especulación para ocultar el sesgo liberticida de sus argumentos: la ideología de los derechos es fruto del trauma causado por los totalitarismos de Hitler y Stalin.

Estos son los planteamientos que están detrás de la llamada "perspectiva de género", la negación de la validez de cualquier política pública que no tome en cuenta esa epistemología femenina que nadie explica, y cuya formulación está a cargo de una élite dotada de conciencia de género. Las filtraciones periodísticas sobre los contenidos de la asignatura Educación para la ciudadanía también muestran la influencia del feminismo. Todo sea en aras de la re-educación de los varones y su vuelta a la feminidad que nunca debimos perder, y que por supuesto tampoco nos dicen en qué consiste.

Ignorantes por nuestro bien

Declara que "queda expresamente prohibida la promoción, publicidad o información destinada al público de los productos incluidos en el apartado 1". ¿Y qué nos encontramos? A aquellos "que no se financien con fondos públicos". La ley es aplicación de una directiva europea que prevé expresamente "Los Estados miembros podrán prohibir en su territorio la publicidad al público general sobre productos médicos, cuyo coste pueda ser reembolsado".

Es decir, que el Estado se encarga del pago de un amplio conjunto de medicamentos, para asegurarse de que todos los consumidores potenciales pueden pagarlos. Pero impide que quienes lo necesiten se enteren de su existencia por medio del mecanismo más eficaz para la transmisión de información sobre los productos, que es la publicidad. Y todo porque quien está al cargo de la factura es papá Estado. Mal padre es este que no desea que los "hijos" que están buscando una solución para su enfermedad o su mal se entere de dónde los puede encontrar. Y todo por no querer más de la cuenta.

Esto resulta aún más sorprendente cuando constatamos que, en contra de lo que significa esta nueva norma (la ley es del pasado 26 de julio), desde todo tipo de instituciones oficiales, y el Ministerio de Sanidad no es la última de ellas, se nos dice que es fundamental que el ciudadano esté siempre bien informado para tomar las decisiones responsablemente. Desde luego que es así, solo que resulta contradictorio con la prohibición ordenada por esta nueva Ley del Medicamento.

El Instituto Juan de Mariana elaboró un informe en el que daba cuenta de varios de los peligros que tiene esta ley para la economía y para la salud pública. Sus conclusiones no son tranquilizadoras. Más allá de los datos sobre enfermedades que no se curan por la barrera de la ignorancia, o vidas que se pierden por no saber a tiempo del remedio, lo interesante son los procesos que pone en marcha esta prohibición de la publicidad.

Se desincentiva la innovación tecnológica en este campo. En Europa la lucha contra las farmacéuticas es larga y no cabe duda de que ha resultado eficaz: Si bien en el año 1980 ocho de cada diez nuevos fármacos se desarrollaban en Europa, hoy las cifras muestran la situación contraria. Ocho de cada diez se producen en Estados Unidos. La ley fomenta la deslocalización de la industria farmacéutica europea, que cede no menos de medio millón de sus mejores científicos a Estados Unidos.

Es claro el problema de financiación a que se enfrenta el Estado en el apartado de los medicamentos. Pero prohibir la publicidad de aquellos que están en su cuenta tiene efectos muy nocivos para la salud pública: Las estatinas salvan entre 60.000 y 70.000 vidas, pero sólo la mitad de europeos que deberían estar recibiendo este tratamiento lo está siguiendo. Y además no es necesario. El Estado ha ido asumiendo ese costosísimo papel que consiste en romper la relación entre la necesidad de un medicamento y el pago del mismo. Bastaría con restituir el pago individual, al menos en una medida razonable.

Rascacielos no impuestos

La Torre Eiffel es el Empire State Building después de impuestos.
Anónimo

Subir al piso 86 del Empire State Building no es solo subir al cielo de la Ciudad de Nueva York. Elevarse hasta semejante altura no es solo poder contemplar como nadie la espectacularidad del poder financiero de Manhattan, de sus inmensos edificios, del vacío presente de aquellas Torres Gemelas; no es solamente poder seguir con la mirada el cauce del río Hudson, del East River o del propio océano atlántico inundándolo todo en el horizonte con el beneplácito de la Estatua de la Libertad. Subir al Observatorio de ese majestuoso edificio es poder contemplar la capacidad casi ilimitada del ser humano de superar las dificultades de su mera existencia e incluso hacerlo con grandeza.

Y ante tales vistas, ¿cabe pensar que es necesario el Estado para construir carreteras? ¿Escuelas? Parece a simple vista que no sea necesario un órgano de coacción para construir o producir bienes de primera necesidad, cuando personas como aquellas que levantaron y levantan ciudades como Nueva York, son capaces de eso y más.

Sin embargo, como escribiera Schumpeter, "el Estado ha ido viviendo de los ingresos que fueron producidos en la esfera privada, para propósitos privados y que han sido desviados de esos propósitos por la fuerza política". Y es que el Estado continúa asentándose en la fuerza física, su ideología, la propaganda y demás tretas para apropiarse de dinero que involuntariamente los ciudadanos se ven obligados a entregarle.

Una de las consecuencias económicas y quizá no siempre la más evidente de los impuestos es que, cual ladrón, cuando el Estado expropia la renta y la propiedad de los ciudadanos lo que está haciendo es redirigir capacidad económica de un sujeto a otro, desviando el curso natural de las relaciones económicas y extrayendo recursos productivos del mercado que se hubieran empleado para otros fines efectivamente queridos.

Aun así, siempre se esgrime la cantinela según la cual "la sociedad" voluntariamente paga impuestos. No obstante, si es algo que voluntariamente se paga es porque es querido, pero si es querido y demandado, ¿por qué debe ser impuesto?

Y precisamente por no ser una acción voluntaria, la prestación de servicios o la producción de bienes "públicos" peca de la ceguera propia de toda acción gubernamental. Al tratarse de una relación hegemónica, desigual, no se conoce la verdadera voluntad de los sujetos implicados (el "contribuyente" o sujeto pasivo), ya que no ha habido una transacción libre que revele la utilidad que las partes otorgan a los bienes y servicios en cuestión.

Al no haber un mercado libre en el que florezcan las verdaderas necesidades y los precios lo "muestren", no se sabe qué era lo que realmente quería esa inmensa masa de personas que forman la sociedad ni cómo lo querían. No podemos medir ni comparar lo que nos estamos gastando y lo que estamos obteniendo porque los impuestos no son un precio fijado libremente y resultan incapaces de revelar el grado de beneficio que el "contribuyente" obtiene de los productos y servicios prestados por el Estado.

Y resulta curioso, además, esa extraña "relación" que se establece entre la Administración y el "administrado": una de las partes se ve obligada a regalar una porción de su esfuerzo sin que la otra parte esté igualmente obligada a darle a cambio una serie de servicios definidos de algún modo. Simplemente, se está a la espera de "algo" indeterminado, que de algún modo apacigüe las ganas de revolución del pueblo, pero que no se sabe qué será, cuándo se ofrecerá ni por quién.

Y tal vez por eso sea todavía más injusto el sistema imperante, porque lo que se persigue en este tipo de "juego" es que se colectivicen las satisfacciones de algunas necesidades para que se participe en el coste económico en el que voluntariamente no se habría participado. De este modo se crea todo un entramado burocrático que permite que unos puedan vivir de los impuestos pagados por otros, y que esa partida llamada Gasto Público no sea más que Consumo (a nuestra costa) de los políticos según sus preferencias.

Edificios como el Empire State Building, o como mejor ejemplo, el Edificio Rockefeller, son una muestra de que tales obras pueden ser llevadas a cabo a pesar del intento del Estado por dejar tales edificaciones en simples esqueletos de pobre metal.

Bruselas censura a los críticos del Islam

Pues bien, ahora su editor, Paul Belien, está siendo acosado por la policía debido a una denuncia anónima por "racismo" ante el Centro por la Igualdad de Oportunidades y Oposición al Racismo. Belien ha desobedecido la orden de ir a declarar a comisaría porque considera que no tiene la obligación de responder a acusaciones anónimas mientras no viva en la URSS.

No es la primera vez que este organismo actúa contra críticos del Islam. El mismo blog denunció hace unos meses que dicho centro había denunciado a un sacerdote cristiano de origen turco por "incitar al odio racial". El principal motivo de la demanda son unas declaraciones en televisión en las que decía que "todo niño musulmán islamizado que nace en Europa es una bomba de relojería para los niños europeos. Estos últimos serán perseguidos cuando se hayan convertido en minoría". Es de desear que el padre Samuel esté equivocado, pero habiendo huido de su país por la persecución religiosa, no parece raro que tenga una visión tan negra del futuro de Eurabia. En cualquier caso, tiene derecho a tenerla y exponerla. Es más, ni siquiera es racista.

Porque, a ver si aclaramos algo tan sencillo de una vez por todas, criticar al Islam y a quienes lo practican no es racismo contra gente de piel más oscura, ni es incitación al odio racial, del mismo modo que criticar al cristianismo no es racismo contra los blancos europeos. La religión no es algo que venga de suyo con los genes. Es una fe, que se tiene o no se tiene; en definitiva, pertenece al mundo de las ideas. Y precisamente para la crítica de las ideas es para lo que la libertad de expresión es más útil y necesaria. Pensar que es racista poner de vuelta y media al Islam no hace otra cosa que demostrar el profundo racismo de quienes así lo declaran, que parecen pensar que los musulmanes son todos moros y que todos los moros son musulmanes y no pueden ser otra cosa. Además, son tan paternalistas que consideran que los musulmanes no son suficientemente mayorcitos como para defenderse como todos nosotros, mediante la palabra, de las críticas que se les dirigen.

El padre Samuel, racialmente, es indistinguible de otros turcos. Del mismo modo que los iraníes que critican a su gobierno religioso fundamentalista en sus blogs no es ya que sean racialmente iguales a sus tiranos, sino que encima incluso profesan la misma religión. En Irán les meten en la cárcel y parece que ahora, en el corazón de Europa, también lo harían.

Y es que el Centro en cuestión tiene una doble vara de medir que da bastante vergüenza ajena. En el 2004 un músico publicó un disco llamado "Abajo América" en el que expresaba un odio completo y total por el país y sus habitantes. Por supuesto, no enviaron la policía a la casa del artista, que al fin y al cabo es una persona de talante progresista. Lo arreglaron con una carta en que éste "explicaba" su disco, que casi era peor que la música en sí. En España, la izquierda se dedica a publicar libros racistas como el de Tamames hijo, pero como esos libros muestran odio por Estados Unidos y todos y cada uno de sus habitantes por serlo, no son racistas, parece ser, y ni SOS Racismo ni oenegés subvencionadas similares tienen nada que decir al respecto.

Es una pena que un país que está demostrando ser tan profundamente fascista sea la sede de las instituciones europeas. No dice mucho a favor de la Europa que estamos creando. Casi menos que la Constitución Europea que nos quisieron colar hace un par de años y que ahora parece que estuviera muerta y enterrada. En Estados Unidos empiezan a preocuparse por el estado de nuestra libertad de expresión. Y no es para menos. Eso sí, nosotros siempre somos moralmente superiores a los malvados yanquis, ya saben. Ni se les ocurra dudarlo.

La blogosfera o de cómo mentir ya no sale tan barato

La irrupción de las bitácoras en el panorama informativo, primero tímidamente y a partir de 2004 con fuerza imparable, ha puesto a los medios de comunicación tradicionales en un aprieto que no se esperaban. Ahora, cualquiera con medios muy modestos, puede poner en línea y mantener actualizada informaciones cuya audiencia potencial es de cientos de millones de personas. Nunca antes en la historia se había dado un fenómeno semejante.

Tal descentralización ha posibilitado, por ejemplo, que ciertos bloggers tengan más peso en cierta opinión pública que muchos columnistas consagrados o que, y esto es bastante usual, si uno quiere mantenerse informado de un acontecimiento concreto, busque los blogs relacionados y les dé preferencia sobre los periódicos o, no digamos ya, las televisiones. Los periodistas, que a fin de cuentas presumimos de ser las personas mejor informadas del planeta, lo hacemos; aunque algunos practiquen el vicio en la intimidad, sin que trascienda demasiado a la redacción y mientras ningunean la labor de estos voluntarios en pijama que no tienen horario y sólo se deben a ellos mismos.

Durante la campaña electoral norteamericana de 2004 Dan Rather difundió unos informes que demostraron ser falsos. Lo demostró un blogger y Rather, uno de los periodistas más célebres y respetados de América, hubo de presentar su dimisión. Aquel fue el bautismo del que han dado en llamar periodismo disperso. Desde entonces las bitácoras se han convertido en una fuente inagotable de información en la que cabe de todo y en la que cabemos todos. Una suerte de altavoz planetario, el mundo escuchándose a sí mismo. La información va de un punto a otro de la red, se cruzan los enlaces, las fotografías, los vídeos y, naturalmente, las ideas, que es el caramelo más sabroso en todo este asunto.

Algo que, por ejemplo, nace en Nueva Zelanda, se transforma mil veces hasta salir a la superficie en el otro extremo del globo. En el camino se enriquece y se modela en un orden espontáneo y frenético. Una versión posmoderna del "entre todos lo sabemos todo" que le dijo a mi padre en cierta ocasión un pastor de la provincia de Burgos.

Esto, que tan buenos servicios está prestando a la libertad de expresión y a su prima hermana, la de opinión, tiene su lado negativo para los que se esconden tras el velamen de los medios tradicionales, centralizados, jerarquizados y, sobre todo, limitados en número. Un corresponsal que escribe las crónicas de guerra encerrado en la habitación del hotel tiene ahora competencia en la calle. Un reportero de televisión, amigo de grabar sólo lo que a él le interesa, ha de saber que hay otras cámaras, indiscretas y, posiblemente, con intereses opuestos a los suyos. Un fotógrafo deshonesto, aficionado al Photoshop y propenso a prepararse las fotos, no debe olvidar que, ahí fuera, hay millones de ojos que escudriñarán hasta el último píxel de su trabajo.

Desde el escándalo de Rather, que pasará a la historia no por dedicarse tres décadas a presentar un programa de televisión sino por mentir como un bellaco, muchos han sido víctimas de una blogosfera inclemente, que no tiene vacaciones y que, por lo general, está enamorada de la verdad. El último incauto en caer ha sido un fotógrafo de Reuters en el Líbano que se ha labrado la ruina de por vida. Retocó una foto para que un bombardeo pareciese más bombardeo todavía. Un blogger curioso sospechó al ver que el humo era demasiado igual y voilà, descubrió la estafa.

La historia del infortunado y caradura fotógrafo libanés promete repetirse. Las normas han sufrido un ligero pero decisivo cambio: ahora todos tenemos quien nos escuche. La mentira periodística seguirá existiendo porque, como bien decía Revel, es un arma demasiado poderosa. Eso sí, desde ahora no saldrá tan barata o, al menos, no quedará impune.