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En el nombre de la identidad

El Estado, por un lado, nos amenaza con el "palo" policial si no acatamos su represión, pero, por otro, nos concede ciertas dádivas o "zanahorias" (por ejemplo, el Estado de Bienestar) para que nos acomodemos a su existencia.

Todo Estado tiene dos manos: una que da y otra que quita, una que golpea y otra que acaricia. El gran arte de la propaganda intervencionista consiste en convencernos de que la mano pródiga es más activa que la ladrona. Las zanahorias superan a los palos, aun cuando el Estado –a diferencia de los empresarios– no produce zanahorias; por tanto, todas sus reservas deberán proceder de severos palos.

El otro método por el que el Estado nos convierte en voluntariosas mulas consiste, simplemente, en hacernos creer que somos mulas. El ser humano es tan inútil y vulnerable que necesita de un Estado poderoso que lo proteja y lo asista. "O Estado o el caos"; "O justicia social o miseria"; o, como proclamó el autócrata venezolano: "Socialismo o muerte".

El objetivo último es que cada individuo identifique sus fines particulares con los del Estado, delineados por los políticos. El Estado, como pedía Fichte, debe "moldear a cada persona, y moldearla de tal manera que simplemente no pueda querer otra cosa distinta a la que el Estado desee que quiera". Los animales de carga carecen de voluntad propia; soportan los fardos que el dueño quiere que soporten y se dirigen en la dirección marcada.

Los estatistas han utilizado innumerables pretextos a lo largo de toda su historia para fundir la voluntad de las clases dominantes (los políticos) con la de las clases dominadas (los contribuyentes). Uno de los más antiguos y recurrentes consiste en convertir a la cabeza del Estado en jefe religioso: los ciudadanos sólo podrán alcanzar la salvación terrenal y espiritual siguiendo los dictados coactivos de los políticos. Allí donde Dios y política se unifican, la libertad desaparece.

Otro método recurrente ha sido la creación de un enemigo común. Esta táctica ha sido utilizada indistintamente por comunistas y nazis: las conspiraciones del capital o los Protocolos de los Sabios de Sión amenazaban la supervivencia de la clase trabajadora o del pueblo alemán, de ahí que hubiera que masacrar a los terratenientes y a los judíos. Al crear la conciencia de un todo compacto e indivisible, la masa deja de pensar; los cabecillas –los políticos– dirigen y controlan cada una de sus acciones.

Una aplicación particular de la creación de un enemigo común tiene lugar en las relaciones exteriores. Dado que la guerra es la salud del Estado, los políticos se obsesionan con encontrar nuevos enemigos a la paz o a la revolución. Fidel Castro es un maestro en este arte: la invasión estadounidense es inminente; Cuba es un sumidero de espías; la disidencia trabaja al servicio de EEUU.

Con estas proclamas, parte de los ciudadanos legitiman la extorsión estatal al identificar sus propios fines con los establecidos por el partido. El enemigo externo exorciza el instinto gregario y tribal; nos somete a un estado de excepción permanente.

Por último, en esta enumeración no exhaustiva, tenemos que referirnos al papel que desempeña el nacionalismo. El ideal nacionalista es fundir la sociedad civil con las estructuras de mando y control: si toda nación debe aspirar a ser Estado, entonces nación y Estado quedan unidos irremediablemente.

La filiación de un individuo a una nación significaría por necesidad su sometimiento al Estado en que esa nación se ha materializado. La cultura, la lengua o la historia dejan de ser el resultado de la colaboración social y se convierten en un órgano vital de la colectividad que debe ser protegido y resguardado por los políticos.

La frase de Josep Bargalló, conseller en cap del Tripartido, durante la sesión de control es del todo sintomática: "La lengua no puede dejarse en manos del mercado, ni su elección sólo en las de los individuos, pues es el poder público quien debe garantizar su conocimiento".

En otras palabras: "No habléis como vosotros queréis hablar; hablad como yo quiero que habléis". La lengua ya no es un medio, sino un fin en sí mismo; recoge las raíces y el origen de la sociedad. Por ser catalán, según los nacionalista, debo hablar y comportarme como un catalán; debo aceptar y convencerme de que los estándares lingüísticos, sociales e históricos fijados por los políticos catalanes son los míos.

En el mercado, en cambio, cada individuo utiliza la lengua que considera más adecuada para sus fines. Las culturas se encuentran y se purgan mutuamente; los individuos pueden elegir desechar el catalán o modificar sus rígidas reglas. Catalán y español se enriquecen mutuamente, aparecen neologismos catalanes en el español y neologismos españoles en el catalán. Las lenguas no se degradan, sino que evolucionan, cambian y se adaptan, haciéndose más adecuadas para una mejor comunicación entre un mayor número de personas.

Para los nacionalistas, sin embargo, en tanto su cultura es objetivamente superior a las restantes, el mercado –las acciones voluntarias de las personas– sólo puede dar lugar a un uso ineficiente de la lengua. Si las personas deciden usar el español en lugar del catalán, es obvio que se están equivocando; si se utiliza el catalán no normativo, se desata una irrefrenable tendencia hacia la dispersión y la disgregación.

La nación sólo acepta adhesiones inquebrantables y absolutas. No hay espacio para la particularidad y la voluntariedad; cuando un individuo no utiliza el catalán, o lo emplea erróneamente (no sometido al estándar), está contribuyendo a su corrupción y desaparición, esto es, está atentando contra la savia del "pueblo" catalán.

En este punto, el nacionalismo se entremezcla con el militarismo y la creación de un enemigo exterior. Las culturas foráneas son un peligro para la integridad nacional; su irradiante influencia marchita el "superior" modo de vida. A estos "ataques" culturales sólo cabe responder o bien con el cierre de fronteras, o bien con la contraofensiva militar. El nacionalismo degenera, necesariamente, en autarquía y belicismo: si los nacionalistas siguen empeñados en evitar cualquier influencia corruptora sobre su prístina cultura, la única manera es adoptando un modo de vida castrense.

Este miedo al cambio y al progreso, este culto vernáculo de los nacionalistas hacia la comunicación petrificada e inmutable, a "hablar la misma lengua que nuestros antepasados", no es más que un primitivismo atrasado y timorato; un provincianismo acomplejado que, al no poder convencer, sustituye la persuasión por la imposición.

Pensemos simplemente en que, si la política censora, represora y planificadora que defiende Bargalló se hubiera implementado con suficiente ahínco durante el Imperio Romano y éste no hubiera desaparecido, su idolatrada lengua catalana –a la que el conseller en cap subordina la libertad de los catalanes– ni siquiera habría nacido. El latín clásico seguiría siendo la lengua de toda Europa, en lugar de haberse degradado en dialectos como el español o el catalán.

Petrificar las lenguas mediante la fuerza del Estado impide todo cambio, toda adaptación a las necesidades de los individuos. Bargalló tiene miedo a que la sociedad rechace utilizar el catalán o lo utilice de un modo distinto al debido; no está dispuesto a tolerar y aceptar las decisiones libres de las personas.

De este modo, la perpetuación de la especie nacionalista requiere un arsenal de mecanismos adoctrinadores y represores que quedan justificados por su objetivo salvífico. La cultura catalana debe insuflarse desde la cuna a la sepultura; el uso del español debe impedirse en determinados ámbitos sensibles (como la televisión o la radio); el ciudadano debe contribuir con su dinero al sostenimiento de periódicos o películas que utilizan la lengua madre.

Todo pasa por, como dice Bargalló, impedir que los individuos hablen, actúen y piensen por sí mismos. La cultura, que nace como un mecanismo de coordinación social, se nacionaliza y toma la forma de instrumento de construcción social. Son los poderes públicos quienes tienen que decidir qué se habla, cómo se habla, cuándo se habla y dónde se habla; son ellos quienes fijan la perspectiva vital de cada individuo, como miembro de una compacta nación catalana que ellos administran y dirigen.

El nacionalismo, al igual que el comunismo o el militarismo, es una ideología servil cuyo objetivo es someter los individuos al poder político. La corrupción, los robos o las extorsiones quedan convalidados si son perpetrados por el Gobierno catalán. Los fines de nuestros políticos son nuestros fines, sus barbaries son los sacrificios necesarios para conservar nuestra cultura: el precio de nuestra identidad es hacer suya la que fuera nuestra libertad.

La unidad de España reconsiderada

Sala-i-Martín es reprendido con frecuencia desde círculos liberales por sostener opiniones que a mi entender no son menos nacionalistas que las de Jiménez Losantos. Es posible que “auto-determinación” no signifique para Sala-i-Martín lo mismo que para Mises: “El derecho de auto-determinación del cual hablamos no es el derecho de auto-determinación de las naciones, sino más bien el derecho de auto-determinación de los habitantes de cualquier territorio lo suficientemente grande como para formar una unidad administrativa independiente”. Pero tampoco Losantos se adhiere a esta concepción individualista al referirse a la nación española y a su indivisibilidad prescindiendo de que hay quien no se siente ni quiere formar parte de ella. Las razones que alegan unos para emanciparse de España son del mismo género que los que emplean otros para reivindicar su unidad, pues ambos apelan en mayor o menor medida al concepto de nación y los que son sus atributos: cultura, historia y tradiciones comunes. En realidad no tiene nada de reprochable sentirse parte de una comunidad por motivos culturales en tanto sepa distinguirse la sociedad del Estado y no se imponga a nadie el concepto que uno tiene de nación y lo que ello implica. Pero si bien ERC no está dispuesto a practicar este nacionalismo liberal incluyendo en su proyecto secesionista a aquellos catalanes que quieren seguir siendo españoles, no cabe ignorar que el PP también está dispuesto a incluir en su proyecto unitario a todos los que no desean seguir siendo españoles. En este sentido la indivisibilidad de España o su resquebrajamiento no tienen, per se, nada de liberal, y este matiz se echa en falta en algunos discursos.

Los proponentes liberales de la unidad de España arguyen generalmente que, aun cuando la secesión no es rechazable en sí misma, la unidad de España sí tiene una justificación circunstancial. La secesión puede ser una iniciativa deseable en determinados contextos, pero no en el caso español. Los valedores de la secesión en España son nacionalistas liberticidas y, prosigue el argumento, es mejor estar subordinados a un gobierno central comedido que ser independientes y sufrir el despotismo nacionalista. Pero no me parece en absoluto auto-evidente que una España rota vaya a ser más roja de lo que es ahora. Para empezar, y siguiendo con el ejemplo de Cataluña, ¿por qué un catalán tendría que preferir una España unida gobernada por ZP antes que una Cataluña independiente gobernada por Convergència i Unió?

Hay una cuestión fundamental que demasiado a menudo se pasa por alto, y es que en igualdad de circunstancias una unidad política pequeña tiende a ser más receptiva a la libertad que una unidad política extensa. En primer lugar, cuanto más pequeña es una unidad política menos atractivo les resulta el proteccionismo a sus integrantes, pues comercian básicamente con el exterior. En segundo lugar, cuanto más pequeñas son las unidades políticas, y en consecuencia más numerosas, más oportunidades hay de votar con los pies y más se favorece la competencia fiscal entre administraciones, al afanarse éstas por reducir sus impuestos para evitar la deslocalización y atraer capitales. En tercer lugar, cuanto más pequeña es una unidad política más cerca está el gobierno de los gobernados, más visible es el resultado de sus políticas y más conscientes son los ciudadanos del coste de oportunidad que acarrean. La ventaja de estas tendencias es que se producen sin necesidad de que haya que elegirlas en las urnas, pues son independientes del color político de los gobernantes. Volviendo al caso de Cataluña, aun cuando se considere que el gobierno medio de una hipotética Cataluña independiente se escoraría ligeramente más hacia el intervencionismo que el gobierno medio de una España unitaria, los beneficios de conformar una unidad política menor podrían exceder los costes de tener una élite política más socialista. Para que el saldo fuera negativo la élite política o los votantes catalanes tendrían que ser notoriamente más socialistas que la élite política o los votantes españoles, y no está claro que la diferencia sea tan abrupta. De hecho CiU ocupa en Cataluña parte del segmento del centro-derecha que en el resto de España ocupa el PP.

Por otro lado, concedamos por un instante que los votantes catalanes son notoriamente más socialistas que los votantes del resto de España. Eso podría ser en todo caso una razón para oponerse a la secesión desde el punto de vista de los catalanes, pero no desde el punto de vista del resto de los españoles, que se beneficiarían de la ausencia de esos electores catalanes que pujan por gobiernos centrales más intervencionistas.

Imaginemos ahora que España se rompe por entero y cada comunidad autónoma deviene una unidad política independiente. Habría regiones con gobiernos más socialistas que el que habría de media en una España unitaria, pero también habría gobiernos menos intervencionistas. A ese respecto unos perderían y otros ganarían, pero en conjunto todos se beneficiarían del hecho de ser unidades políticas más pequeñas.

Más allá de los ribetes liberticidas de los nacionalismos periféricos es razonable pensar que el liberalismo tendría mejores perspectivas en un mundo de miles de pequeñas unidades políticas que las que tiene en un mundo de apenas dos centenares de super-Estados camino de fundirse en conglomerados políticos aún mayores. Luego quizás sea necesario preguntarse si la causa de la unidad de España merece en realidad la dedicación y el ímpetu de tantos liberales.

Van a por tu coche

Están convencidos o, al menos, nos intentan convencer a los demás de que si bien el coche puede ser un fabuloso bien económico para su propietario, es un terrible mal para la sociedad y para el planeta. Se equivocan. El coche es uno de los principales motores de progreso y mejora del medio en el que vivimos. Y no porque mucha gente trabaje en su producción, distribución y venta. La enorme importancia del automóvil procede de las consecuencias del uso del coche; de los fines que permite alcanzar a cambio de un coste relativamente reducido.

Es evidente que esta máquina del siglo XX incrementa la productividad de toda la sociedad. ¿Se imaginan lo improductivas que serían multitud de empresas si no tuviésemos coches? Pero los automóviles también tienen la virtud de incrementar el tamaño del mercado haciendo que el proceso de división del trabajo se extienda y que la productividad aumente. Esto es tan obvio que parece habérsele olvidado a más de uno. Para colmo de bienes el coche permite multiplicar el aprovechamiento de nuestro tiempo libre. En cuanto al efecto del automóvil sobre el medio ambiente, parece razonable pensar que ayuda a mejorarlo. Por un lado, el estado sanitario de las vías públicas antes de la generalización del coche era lamentable. Algunos admitirán ese argumento pero alegarán que ya es hora de pasar a otro tipo de transporte más “limpio” sin caer en la cuenta de que cualquier alternativa forzada conlleva un uso menos urgente de los recursos y, por lo tanto, un mayor despilfarro que a la larga sólo puede estar asociado a un empeoramiento del medio ambiente. Tampoco parece haber muchos detractores del automóvil que sean conscientes de que si bien miles de personas mueren en accidentes de tráfico, son muchos más los que salvan sus vidas a diario gracias a su existencia generalizada y que, por lo tanto, su eliminación o restricción puede contarse en número de vidas.

Sin embargo, el ataque al coche no cesa. En los EE.UU. la red de ecologistas evangelistas mantienen desde hace un par de años una campaña en contra de los coches grandes. Tras su demagógico eslogan "¿Qué conduciría Jesucristo?" se esconden un sinfín de razonamientos equívocos y falacias infantiles. Al margen de que es evidente que Jesucristo tendría un todoterreno a lo Nissan Navarra para llevar a los apóstoles, la insistencia de estos grupos en restringir por ley los vehículos grandes con la excusa de que contaminan más y de que los principales perjudicados de la contaminación son los pobres no se tiene en pie. Una furgoneta no presta el mismo servicio que un utilitario ni es capaz de llevar al mismo número de personas por lo que hablar de que contaminan más que los coches pequeños es ridículo. Por otro lado, la insinuación de que los pobres son los grandes perjudicados de la existencia de coches grandes como los todoterreno tampoco es muy afortunada. En pocos lugares como en los países pobres se puede verificar de manera más sencilla que estos automóviles de gran volumen ayudan a la gente a ser más productiva, menos dependientes y más capaces de sobrevivir.

En Madrid algunos han llevado estos razonamientos exóticos a extremos violentos. Con la absurda pero extendida coartada de que “cada coche parado es un respiro que se concede al cielo” hay quien ha estado pinchando las ruedas de numerosos vehículos en el centro de la ciudad. No es sino un nuevo ejemplo de cómo el movimiento ecologista se está transformando en una secta tan ignorante como violenta.

Donde dije Digo, digo Diego

A la semana el BBVA no sólo hace unas rebajas del 50%, sino que además ha lanzado un nuevo producto donde aquellos clientes que tengan la nómina domiciliada podrán acceder a un crédito anual sin intereses ni comisiones de hasta 30.000 euros. ¿Es que González no sabe lo que pasa en el banco que dirige?

La situación es similar a la de la tabaquera Altadis que, tras despreciar los intereses del consumidor, subió el precio del tabaco. Una semana después y tras la reacción de Philip Morris, la tabaquera hispano–francesa se ha tenido que comer su estrategia comercial, y a toda prisa, hacer una fuerte rebaja para no quedarse en la cuneta.

La imagen de las dos corporaciones no ha quedado muy bien. A veces los empresarios olvidan, que por muy grandes que sean las compañías que dirigen, el objetivo de una empresa es servir a los consumidores y accionistas en lugar de comportarse como si la falta de competencia fuese su única garantía para los beneficios. Si usted le pregunta a un “experto” en banca si la competencia en el sector es feroz, le dirá sin pensárselo dos veces que sí. Pero si la competencia bancaria es feroz, adjetivo que sitúa en su máximo exponente la rivalidad, en otros sectores como el del automóvil, que compite internacionalmente, servicios minoristas, producción textil, plástica… nos vamos a quedar sin adjetivos.

No querría caer en elucubraciones técnicas pero la situación me ha recordado la Teoría del Monopolio del autor austriaco (de pensamiento, no de nacionalidad) Murray Rothbard: cuando se crea un monopolio natural (aplicable a sectores, y no necesariamente a empresas), y no de ley, su situación de dominio total es finita en el tiempo porque siempre surgirá otro empresario capaz de percibir las nuevas necesidades del cliente y explotarlas comercialmente hasta “derrocar” a su adversario.

A algunos les sería muy útil tener esta teoría en mente antes de decir nada. En fin, que Dios bendiga la libre competencia, aunque sea poca…

La adicción al petróleo

Hablar de la adicción al petróleo es una tontería. Ese país, como el nuestro, consume petróleo porque es una forma barata de producir la energía que sustenta una actividad social y económica florecientes. La conveniencia en el consumo de petróleo se basa en algo real: lo que nos da a cambio de lo que nos cuesta. Y es un buen negocio. Renunciar a algo que nos hace mucho bien es perfectamente absurdo, y confundir el consumo razonable y provechoso de un recurso con la adicción es una idiotez.

En estos momentos la demanda de petróleo crece a buen ritmo, sin que la capacidad de extracción y refino, que están en máximos, pueda seguirla. A consecuencia de ello, su precio está muy alto; notablemente por encima de los en torno a 20 dólares que ronda con un mercado ordenado. Los beneficios de las petroleras, muy altos, se destinan en ampliar la capacidad actual de producción, lo que se empezará a notar en un par de años. Si el precio del líquido negro se mantiene por encima de los 30 dólares de forma estable, comienza a ser rentable la explotación del aceite de esquisto bituminoso (oil shale), del que se pueden extraer en torno a un billón de barriles en el río Orinoco, y 1,8 billones en el río Athabasca. Las reservas de Arabia Saudita, para hacernos una idea, son de unos 0,26 billones. Es decir, que el petróleo va a seguir alimentando el desarrollo económico por muchas décadas.

Y entre tanto, las energías renovables van a tener que esperar, mientras sigan siendo tan caras y escasas. En el caso de los Estados Unidos, recordaba recientemente un editorial del Wall Street Journal, las energías renovables aportan el 3,3 por ciento del consumo energético de ese país. Y porque están subvencionadas. Si las renovables van a jugar algún papel en el empeño económico tendrán que hacerlo en el mismo terreno que las otras fuentes energéticas: sirviendo eficazmente a los ciudadanos a un precio razonable. Es decir, tendrán que ganarse la condena de los ecologistas. Si no, es mejor que queden como un recurso de novelas de ciencia ficción.

Felicidad y liberalismo

Muchas de las críticas que se lanzan contra el liberalismo son debidas a las explicaciones materialistas de éste. Aunque hacer un examen económico de la economía parece lógico y evidente, para los izquierdistas y conservadores es en muchos casos aberrante. Uno de los grandes problemas que siempre ha tenido la economía, al igual que muchas otras ciencias sociales, es que siempre han salido grupos dispuestos a hacer enfoques parciales del funcionamiento de la acción humana para presentar sus modelos sociales como ciencia.

Una de los casos más conocidos fue el marxismo que, apoyándose en una amalgama de teorías filosóficas y económicas, creó un modelo social teórico basado, no en la ciencia, sino en una panacea: la felicidad de todos. De lo que los marxistas de ayer y hoy no se dan cuenta, y jamás verán, es que la felicidad es un estado personal y no comunitario. Se pueden distribuir los bienes materiales, pero no la felicidad.

El peligro de confundir ciencia con esperanza y fe es que si nos lo llegamos a creer padeceremos la peor de las injusticias. Sin darnos cuenta iremos trabajando para algo etéreo como el bien común, el igualitarismo… sin llegar jamás a la meta. Conseguir los fines de los ideales holistas no es imposible por la naturaleza del hombre sino porque vivimos en un mundo material que no tiene la misma estructura que la mente de un idealista. El socialismo precisamente no se basa en la realidad, sino en la esperanza y en unas ideas totalmente ajenas a la acción humana. El socialismo es igual que la religión, un dogma de fe.

Toda ideología basada contra el individualismo (ecologismo, fundamentalismo religioso, estatismo…) se cimienta en destruir al hombre para crear otro de nuevo y “mejor”, pero ese es un gran error, porque aún de conseguirlo no habremos cambiado nada, la ciencia económica nos seguirá diciendo que los bienes son escasos y que su mejor asignación es mediante la división del trabajo, los medios de producción privados y la libertad individual. Cualquier sistema que intente distorsionar este funcionamiento sólo tenderá a crear injusticias de unos a expensas de otros y sistemas basados en la fe de las elites capaces de usar su elevada visión y demagogia para beneficiarse a ellos mismos.

El liberalismo y la economía política (término mucho más acertado que economía a secas) son el estudio de la asignación de recursos materiales ya sean bienes, servicios o dinero; no trata de maximizar el amor, la caridad, igualitarismo… porque éstos son valores morales de cada uno que nadie tiene derecho a imponer a los demás. La conclusión del liberalismo es que el hombre ha de ser lo más libre posible para poder desarrollar su independencia, y a la vez, la prosperidad de cada hombre dará como resultado la prosperidad del resto con los que coopera. Prosperidad potencial no significa felicidad, se puede ser potencialmente muy próspero y ser un auténtico desgraciado. Son conceptos que están en planos diferentes.

El liberalismo no promete felicidad ni panaceas, sólo los niños creen que las cosas son regaladas, no cuestan esfuerzo conseguirlas, o que la imposición es el mejor camino a una sociedad mejor. Si creamos una comunidad basada en ideas de niños nunca maduraremos social ni económicamente, sólo habremos creado una gran farsa.

Equidad planificada

El principal recelo ante la libertad económica suele basarse en el desamparo de los menos favorecidos. Suele pensarse que si uno tiene libertad para no dar limosna, entonces habrá muchos que no alcanzarán por sí mismos un nivel de bienestar aceptable. De ahí, concluyen que una mínima (o no tan mínima) redistribución es inevitable para que la sociedad sea justa. Este razonamiento plantea diversos problemas:

Derechos que precisan víctimas. Como dice de Frédéric Bastiat en La Ley, "mire a ver si la ley beneficia a un ciudadano a costas de otro, haciendo lo que el mismo ciudadano no puede hacer sin cometer un crimen". Esto es crucial. Si yo reclamo mi derecho a la vida, a la libertad y a la propiedad privada, usted para respetarlos simplemente habrá de abstenerse de matarme, esclavizarme o robarme; no tiene porque dedicarme un solo segundo de su tiempo. Pero si reclamo mi derecho a la igualdad económica, como tenga usted más riqueza que yo, tendrá que renunciar a ella por la fuerza. Usted ya no es el propietario de los frutos de su trabajo sino sólo de los que sobren después de la repartición.

La hipoteca sobre la virtud. Cuanto más capaz sea usted de crear riqueza, tanto más tendrá que dar. Cuanto más incapaz, más recibirá. ¿Trabajará usted al máximo rendimiento? ¿Podrá alguien honestamente sorprenderse de que una sociedad que grava la riqueza y subvenciona la pobreza acabe sin la primera y se hunda en la segunda? A esto, los economistas suelen llamarlo el riesgo moral: el peligro cierto de que dando ayudas por situaciones lamentables, se acaba estimulándolas. Después vendrán los defensores de esa política acusándonos de sabotear su santurrona sociedad progresista.

La sociedad dividida. Es precisamente cuando una sociedad adopta este principio redistributivo que aparece en un seno una nueva división. Lejos de volverse más igualitaria, esa sociedad queda fracturada. No ya entre los receptores netos y los contribuyentes netos de fondos. La división crucial es otra: la de los que deciden quién da qué a quién y los que sólo pueden acatar la decisión arbitraria. Porque, si lo que queremos realmente es igualdad, ¿no deberíamos ser iguales en lo más importante? Y en este caso, lo importante es la decisión de quién da qué a quién. Ah, pero esa decisión no puede distribuirse igualitariamente, en último término una voluntad ha de prevalecer. Y, curiosamente, no es la voluntad del que ha sabido crear esa riqueza.

Burocracia y corrupción. A medida que esta división va estableciéndose, emerge una clase social compuesta por los gestores de este sistema redistributivo. Una clase que no crea nada, simplemente redistribuye. Decía Perry Mason que al investigar un crimen hay que tener tres elementos: motivo, oportunidad y coartada; casi se diría que estaba pensando en este caso.

El agujero negro. Obsérvese, por lo tanto, que sobre la capacidad de crear riqueza aparecen ahora dos cargas: la transferencia a los beneficiarios del esquema redistributivo y los gastos de gestión de este esquema. Por lo comentado en el apartado sobre el riesgo moral debería ser evidente que la primera carga tiene una tendencia natural muy clara a aumentar. Este motivo ya de por sí, incrementa a su vez la segunda carga. Pero es que esta segunda carga, la burocracia, tiene como bien explica la Escuela de la Elección Pública, una tendencia propia a buscar fondos, es decir, a aumentar sus gastos para crecer. De ahí, que cuando se pone en marcha un programa de redistribución la tendencia es siempre a que aumente el gasto por encima de su capacidad de financiación. Es decir, es un sistema inestable y autodestructivo.

Cierto profesor de economía explica que tenía la costumbre de preguntar a sus alumnos, a principio de curso, sus preferencias sobre una sociedad con o sin redistribución. Al comprobar, año tras año, que sus alumnos se decantaban arrolladoramente por la primera, les proponía que a final de año sumar todas las notas y dividirlas entre el número de alumnos para alcanzar así un grupo verdaderamente igualitario: todos obtendrían la nota media del grupo. Año tras año, los igualitarios alumnos, bueno, preferían hacer una excepción a sus nobles principios socialistas; que están muy bien para cargárselos a los demás pero para sí mismos preferían una sociedad individualista. Ya lo decía el sabio Hillel: no desees para los demás lo que te resulta odioso para ti. O dicho de otro modo, si crees tan poco en este principio que no lo aplicas por propia iniciativa a tu vida, ¿cómo vas a imponérselo a los demás?

Quaero subventiones

No es de extrañar que su objetivo sea simplemente imitar a otros, modelos exitosos que los contribuyentes franceses emplean gratuitamente, viéndose obligados ahora a pagar para calmar el orgullo herido de la grandeur de Chirac.

El presidente francés se duele que en los pérfidos buscadores yanquis, los contenidos de los países europeos no están valorados como merecen. El problema, sin embargo, es que esos contenidos están valorados en su justa medida. Si Internet es un invento norteamericano, la web nació en Suiza; sin embargo, es cierto que la información que devuelven los buscadores está principalmente en inglés y está alojada en Estados Unidos. Pero eso sucede porque la información que está en la web se escribe en ese idioma y está alojada en los servidores con mejor relación calidad/precio. Google, Yahoo, Ask o MSN simplemente intentan hacer lo mejor posible su trabajo, que es devolver los resultados más pertinentes para el usuario. Chirac parece querer promover un buscador que ofrezca los resultados que a él le parecen más adecuados.

El único detalle técnico del que nos hemos enterado es que han pedido a un buscador francés –ya existente y funcional desde el 2004– que les aporte su base de datos de páginas indexadas y la doble de aquí a un mes. Imagino que los creadores de Exalead estarán frotándose las manos ante la publicidad y el dinero caído del cielo o, para ser más exactos, de un montón de franceses que preferirían gastárselo ellos mismos y seguir empleando Google o incluso Voila, un popular portal francés que ya existía antes de que los políticos decidieran que hacía falta uno. Y es que, aunque no sean tan populares, existen muchos buscadores europeos que emplean o han empleado tecnología propia como los alemanes Fireball y Seekport o el noruego AllTheWeb.

Las empresas involucradas en el desarrollo de Quaero (busco, en latín; reconozco que el nombre sí me gusta) son Thomson, France Telecom y Deutsche Telecom. No son precisamente startups, como fueron Google o Yahoo cuando empezaron en este negocio. Y es que, en general, como señala Paul Graham, las nuevas tecnologías suelen surgir de empresas pequeñas, de pocos empleados muy motivados y técnicamente excelentes. Hay ciertamente varios campos en los que se puede superar a los grandes de Internet, como la búsqueda de contenidos multimedia. Pero resulta difícil de creer que estos mastodontes vayan a innovar lo más mínimo. Simplemente, han buscado subvenciones y las han conseguido. Ese es el modelo empresarial básico de nuestra Europa y su “economía social de mercado”. Así nos va.

Lo más plus: un IVA reducido

La reciente reducción del tipo de IVA aplicable al “suministro y recepción de servicios de radiodifusión y televisión digital” del 16 al 7% en la Ley de Presupuestos ha pasado un tanto desapercibida. Máxime, cuando el PSOE había prometido no utilizar esta Ley para introducir reformas fiscales y, sin embargo, ha acabado por incumplir su promesa. Probablemente la urgencia de pagar los favores prestados ha pesado más que la palabra dada.

Conforme a esta reforma de la Ley de IVA la reducción impositiva no afectará a la “explotación de infraestructuras de transmisión y la prestación de servicios de comunicaciones electrónicas necesarias a tal fin”. Dicho en román paladino, el tipo aplicable a los equipos para la recepción de la televisión digital terrestre seguirá siendo del 16% mientras que a las cuotas de Digital Plus se les adicionará un impuesto de sólo el 7%. Sin duda, el mayor beneficiario será Sogecable, si bien el negocio televisivo de Telefónica recibirá cierto impulso.

Bajar los tipos de IVA no es algo que esté permitido a la ligera. De hecho, conforme a la normativa comunitaria, se precisan los bienes y servicios a los que los Estados miembros de la Unión Europea pueden aplicar los tipos reducidos. Entre estos, se halla la “recepción de servicios de radiodifusión y televisión”. Por tanto, el regalo al Sr. Polanco si es legal. Ahora bien, ¿resultaba necesario?

Como el concepto es claramente indeterminado y difuso, incidiremos en la reducción de la recaudación que implicará. El IVA que ingrese Hacienda con ocasión de los servicios sujetos a partir de 1 de Enero de 2006 al 7% será inferior. Al ser un impuesto indirecto, el IVA recae sobre el consumidor final. Por ello, no incide sobre los empresarios ya que estos repercuten IVA sobre sus ventas y deducen el impuesto sobre sus compras. Es decir, que pagan por la diferencia entre el IVA soportado y el repercutido.

Como consecuencia de la minoración del tipo impositivo, Sogecable ingresará menos IVA al Erario Público. Suponiendo que Digital Plus tenga una facturación notable, la recaudación se reducirá considerablemente. Esto es, con ocasión de la reforma de IVA, el Estado, verdadero garante del bien común, como les gusta decir a los socialistas de todos los partidos, verá mermados sus recursos, aunque sea ligeramente y tendrá que incrementarlos de alguna otra forma.

Si existen muchas formas de redistribuir la riqueza, esta medida que comentamos es una de las más partidistas. Como suele suceder con el reparto del dinero, el que mejor se organiza o más patalea es el que recibe más réditos. Está claro que Sogecable se ha ganado, gracias a su buen hacer periodístico y radiofónico, un lugar destacado entre los grupos de presión afectos al nuevo régimen. Por eso, le han regalado un tipo del 7% y han legalizado por la puerta grande su adquisición de Antena 3 radio.

Esta bajada del IVA a Digital Plus, recuerda al fallido intento de la Ministra de Incultura, de reducir los tipos aplicables a los libros y a la música. En aquella ocasión, no fue posible retribuir al mundo de la cultura como se merecían porque no se puede bajar el IVA unilateralmente al ser éste un impuesto armonizado. Además, los libros ya disfrutan actualmente de un tipo excepcional del 4% por lo que las palabras de la Calvo fueron un brindis al sol. Para corregir semejante error, los Presupuestos del Estado premiaron a los intelectuales del régimen como se merecían, con mucho dinero. Este el tipo de solidaridad de verdad de la que nos suele hablar la izquierda. En ambos casos, parece patente que el objetivo de modificar el IVA ha sido remunerar a quienes más han hecho porque ZP llegara a Moncloa.

Después de lo dicho, uno sólo puede pensar en que hay grupos que tienen el enchufe hasta en el nombre. Para ellos, las reglas se adecuan según sus necesidades. Con el IVA ha sido así.

Ley de dependencia del estado

La ley de dependencia del estado merece ese nombre. No porque sea un ley de ámbito estatal referida a las personas dependientes, sino porque es una ley que consagra y sistematiza la dependencia del estado. El aparato estatal, formado por políticos, funcionarios y subvencionados, sobrevive a costa de expoliar sistemáticamente a los ciudadanos productivos. Una estrategia estatal de supervivencia implica generar múltiples intereses que favorezcan su existencia: las muchas personas que reciben del estado más que lo que contribuyen (que a menudo es nada) tienden a preferir que el sistema gubernamental se mantenga o se expanda. Jubilados con pensiones públicas, sindicalistas, funcionarios o empleados públicos (profesionales de la educación, de la sanidad, de diversos servicios colectivos), receptores de subsidios varios: a todos les interesa de forma egoísta que las cosas sigan como están, y si es posible que se colectivice todo aun más. Los pobres envidian a los ricos y votan felices y convencidos para que se les confisque su riqueza y se reparta el botín: todo en nombre de un tan presunto como inexistente contrato social.

Como lo normal es que los seres humanos no se dejen robar pasivamente, los intelectuales cortesanos están permanentemente a la busca de excusas para intentar justificar la coacción institucional: el estado sólo quiere hacer el bien, ayudar a los necesitados, perseguir a los insolidarios que no aceptan cargar con su parte de responsabilidad colectiva. ¿Cómo negar ayuda a los más necesitados, a quienes por enfermedad, accidente o envejecimiento no pueden ya valerse por sí mismos y necesitan ayuda ajena? Los políticos sabios y bondadosos van a crear un sistema nacional de dependencia que creará muchos puestos de trabajo y estimulará la economía, compensará a los familiares que se ocupan de sus seres queridos más débiles, y resolverá todos los problemas imaginables.

Tras esta imagen de bondad se esconde la pulsión del poder, el deseo del dominio o control sobre otras personas, todo intencionalmente confundido mediante múltiples falacias comúnmente aceptadas. Si los más necesitados tienen algún derecho especial frente a otras personas, estos derechos no pueden ser derechos humanos, es decir derechos que se tienen por ser humano y sólo por ser humano (y no por estar enfermo o ser pobre). La necesidad no genera ningún derecho especial, y los que los políticos afirman reconocer se obtienen de forma ilegítima a costa de violar el derecho natural básico de propiedad. La justicia no tiene nada que ver con la redistribución de riqueza.

Los más ancianos podrían haber ahorrado para su vejez, o confiar en la ayuda de sus hijos (si no los tienen sus ahorros serán mayores). Los accidentados y enfermos podrían haber suscrito algún tipo de seguro que les garantizara una ayuda en caso de fatalidad. Pedir ayuda es muy diferente de exigirla. Confiar en los sentimientos de afecto y solidaridad de los otros es muy diferente de reclamar por la fuerza derechos inexistentes frente a completos extraños. El estado destruye los lazos espontáneos de la familia y la sociedad y pretende sustituirlos por trámites burocráticos impersonales. Crea empleos ineficientes a costa de destruir los auténticamente productivos. Y afirma estar resolviendo los problemas que previamente ha causado y sistemáticamente agrava.

¿A usted le preocupan los dependientes necesitados? ¿A qué espera para demostrarlo ayudándoles? Lo que hagan los otros es cosa de ellos, ¿o es que es usted de esos resentidos que no hacen nada más que quejarse de lo poco solidarios que son los demás? ¿Pretende usted convencerles u obligarles a ayudar? Si usted cree que es una persona pacífica y tolerante, ¿por qué se acerca a mí armado para que participe en un sistema de solidaridad que yo sé que no es adecuado? Claro que usted no viene directamente, prefiere reclamar a sus representantes políticos para que me envíen a sus fuerzas de inseguridad. Que mira por dónde también son dependientes del estado.