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¿Libertad o corrupción?

Definitivamente la corrupción tiene mala prensa. Cuando se descubre a un político, un sindicalista o un empresario corrupto todos pedimos lo mismo: ¡dimisión! Pero la corrupción es un síntoma que muestra que algo funciona mal.

Cuando cayó el comunismo mucha gente lo atribuyó a la corrupción: el “poder” había corrompido a los camaradas. Lo mismo apuntó recientemente Ernesto Cardenal (revolucionario nicaragüense seguidor de la teología de la liberación y ministro de cultura sandinista a principios de los ochenta): “perdimos la revolución por culpa de burócratas corruptos”. El mismo camino está siguiendo Lula da Silva, presidente de Brasil, que tiene el dudoso honor de dirigir uno de los gobiernos más corruptos de la historia de ese país. Incluso en China, donde la corrupción se castiga con la pena de muerte, tienen fuertes casos de corrupción.

¿La corrupción es una enfermedad del socialismo pues? No del todo. La corrupción es un síntoma que nos indica que en ese lugar concreto donde se produce hay una fuerte represión de la libertad. La corrupción nos muestra un exceso de leyes inútiles que enrarecen el buen funcionamiento de los asuntos económicos. La corrupción no se arregla, pues, con más leyes, pues eso sería incentivarla: la corrupción sólo se puede eliminar con más libertad, y eso significa en el mundo de la economía menos poder político y más libertad para el actor económico individual.

En una sociedad altamente regulada, si no hubiese corrupción, las cosas simplemente no funcionarían. Todas las tareas y procesos se perderían en trámites, aumentarían su coste y se crearía un sistema donde una gran parte del beneficio se lo llevaría el auténtico inútil de la sociedad, el legislador y el funcionario.

¿Eso significa que hemos de permitir la corrupción pues? Evidentemente que no, porque ésta es un coste también —aunque menor que las leyes excesivas e inútiles. La solución radica en simplificar las cosas y tener las leyes básicas que permiten la justicia. Y es que incluso las leyes, bajo un sistema de derecho natural ni siquiera hace falta que sean impuestas por ningún estado. Pueden surgir espontáneamente de la sociedad; y de hecho así funcionó en muchos países de Europa (el “boicot empresarial” es el ejemplo más citado). Actualmente también lo podemos ver con el resurgimiento del derecho arbitral y no sólo en el mundo empresarial, sino también particular. Como dijo el economista austriaco Friedrich von Hayek, no hace falta que las leyes estén escritas siquiera, la mínima condición necesaria para que funcionen es que sean aceptadas por la comunidad; y es que si las leyes suponen una amenaza para el bienestar del hombre, como ocurre hoy día, el sistema entero degenera convirtiéndose en un caos. Imponer leyes vanas, triviales o excesivamente duras sólo crea la reacción contraria a la finalidad deseada.

En el campo de la economía, ¿qué podemos hacer para eliminar el sobrecoste de la corrupción? La respuesta es bastante evidente. Quitar regulaciones a las empresas y eliminar todas las organizaciones regidas por los medios políticos que, casualmente, son las más corruptas: sindicatos, patronal, órganos reguladores que sólo actúan en propio beneficio como la CNMV, Dirección General de Seguros, Banco Central…

¿De verdad cree que estos grupos sirven para algo? No se pregunte qué están haciendo por usted, pregúntese qué le están haciendo y cuanto perjudican su bienestar. Probablemente, por la única razón que conozca a esas organizaciones sea, precisamente, por sus escándalos de corrupción y continuas irregularidades.

El Estado es mi pastor

Cuando decía Zapatero que bajar impuestos era de izquierdas, hubo hasta quien se lo creyó. El tiempo suele dar la razón a los escépticos que no creen en conversiones paulinas. Al fin y al cabo, la izquierda tiene como fin redistribuir la renta porque considera que el capitalismo es injusto y hace que unos sean más ricos y otros más pobres. Por eso, los impuestos son el medio para el objetivo que se proponen.

Así pues, que vayan a incrementar los tipos de los impuestos especiales sobre el alcohol y el tabaco en un 10% y un 5,% respectivamente debería ser motivo de regocijo para los votantes de todos los partidos que aprecian muy mucho que el Estado esquilme a los ciudadanos para promover el bien común. También deberían estar contentos los inquisidores que pretenden obligarnos por la fuerza a ser más sanos y menos dependientes de vicios burgueses como el alcohol y el tabaco.

Con la subida de impuestos, el Gobierno estará tranquilo. Cada cerveza será más cara. Cada cigarro, un objeto de lujo. Entretanto, la gente dejará de enviciarse y se dedicará a trabajar más y a salir menos. Si todos somos más productivos y más sanos, el gasto sanitario se reducirá notablemente y claro está, habrá posibilidades de acabar con el déficit de las comunidades autónomas.

Por todo ello, tenemos que agradecer al Gobierno que se preocupe tanto por nuestro interior y por aligerar nuestros bolsillos. Al fin y al cabo, la virtud es sólo del Estado, los vicios de los ciudadanos. Sin la preocupación constante de la izquierda por utilizar al Estado para hacernos mejores personas, seríamos unos individualistas desenfrenados y nos perjudicaríamos a nosotros mismos…¿o no? Oremos juntos: “El Gobierno es nuestro pastor. Nada nos falta”. Amén.

El capitalismo y los trabajadores

En este artículo veremos cómo la izquierda desconoce los principios económicos más fundamentales cuando realiza tales afirmaciones. Ni los capitalistas explotan a los trabajadores, ni los salarios se reducirían a niveles de subsistencia en caso de que el intervencionismo estatal desapareciera.

¿Qué es un salario?

Pensemos en un agricultor. Si lo que cultiva tarda tres meses en dar fruto, le será necesario haber acumulado ahorros que le permitan sobrevivir durante ese tiempo. Es evidente que al final del período el agricultor se quedará con el 100% de su producción. Ahora bien, esta producción ¿cabe entenderla como un beneficio o como un salario?

Aunque quizá algunos clasifiquen al agricultor como trabajador, si tenemos presente la definición de beneficio (el exceso de ingresos sobre los costes) veremos que, a diferencia de lo que opinaban Adam Smith y Karl Marx, la renta de aquél no es un salario, sino beneficio puro: incurre en unos costes (especialmente de oportunidad) para obtener unos ingresos que los superen.

Supongamos ahora que nuestro agricultor decide jubilarse al cabo de 20 años, y que en lugar de ir consumiendo sus ahorros prefiere contratar a otro individuo para que trabaje por él en su huerta. Sólo en este caso aparecerá la renta del salario. Así, el salario queda definido como el precio pagado por el capitalista a cambio del alquiler de los servicios de otra persona.

Nuestro agricultor tendrá que compartir una parte de sus beneficios con el trabajador; a esta porción la llamaremos "salario". No sólo eso: además, deberá abonarle el salario antes de que la producción madure. No será necesario que el trabajador espere los referidos tres meses: el empresario le otorgará su porción con cargo a sus ahorros. Es decir, el capitalista adelanta el salario al trabajador antes de obtener los beneficios.

Los salarios, pues, no son más que una porción del beneficio. No cabe afirmar que el capitalista no explota al trabajador apropiándose de su salario, como afirman los marxistas. No existe plusvalía: el salario es una minoración de las ganancias empresariales puras; y, sobre todo, es fruto de un acuerdo voluntario entre las partes y beneficioso para ambas. En caso contrario, ni uno ni otro lo hubieran firmado.

¿Cómo se determina el salario?

En principio, el salario tiene un límite máximo: los beneficios esperados en la producción. Ya que los salarios son una porción del beneficio, difícilmente pueden superarlos. Sin embargo, si nos fijamos detenidamente veremos que esta apreciación no es exacta. Hemos dicho que el capitalista adelanta el salario al trabajador, por tanto el límite máximo no puede ser el beneficio total.

Al adelantar el dinero en tres meses, el agricultor deja de percibir un interés por sus ahorros. En otras palabras, si el capitalista pagara el 100% del beneficio esperado en concepto de salario sufriría un coste por el interés dejado de percibir: mientras que el trabajador cobraría hoy todo el beneficio, el agricultor no dispondría de ese dinero hasta pasados tres meses (durante los cuales no percibirá interés). En este sentido, el límite máximo del salario del trabajador es el beneficio esperado, descontado por el interés; o, expresado en palabras más técnicas, la productividad marginal descontada del trabajador (esto es, el valor presente del fruto futuro de su trabajo).

Esto es válido tanto para el primer trabajador como para los sucesivos. El capitalista contratará a un nuevo trabajador cuando considere que los beneficios esperados se incrementarán por encima de su salario; es decir, nuevamente, el límite máximo vendrá dado por su productividad marginal descontada.

¿Y cuál es el límite mínimo? Para averiguarlo añadamos otro supuesto a nuestro ejemplo. Imaginemos que el trabajador del agricultor cobra un salario de 500 euros; en cambio, otro trabajador de la finca adyacente percibe 300 euros por una labor similar. Si el agricultor cree que éste es capaz de proporcionar el mismo rendimiento, lo contratará por un salario ligeramente superior (pongamos 310 euros) y despedirá a aquél. Así, podemos decir que el límite mínimo del salario viene determinado por la remuneración más baja de entre aquellos trabajadores que el capitalista cree que van a proporcionarle un mismo servicio. O, dicho más técnicamente, el salario del trabajador marginal.

Entre estos dos límites, productividad marginal descontada y el salario del trabajador marginal, se fijarán los salarios.

El papel del capital

Antes de continuar tenemos que referirnos brevemente al papel del capital. Ya hemos dicho que los empresarios tendrán que adelantar el salario a los trabajadores con cargo a los ahorros. Por tanto, la duración del proceso productivo quedará constreñida por las disponibilidades de ahorro. Si, por ejemplo, un capitalista dispone de 10.000 euros y cada mes tiene que pagar 1.000 a su trabajador, el período de producción no podrá ser superior a 10 meses. En caso contrario, el empresario se hallará en suspensión de pagos y no podrá pagar al trabajador.

En principio, pues, parece conveniente que los períodos productivos no sean demasiado duraderos; cuanto más cortos, mejor. No obstante, ésta es una idea primaria y equivocada, ya que se da la circunstancia de que a mayor duración del proceso productivo, mayor productividad. Por ejemplo, si antes de empezar a cultivar el trabajador se dedicara a fabricar un tractor, el período productivo se incrementaría (por la construcción del tractor), pero la producción final también sería más elevada.

Así pues, aunque sería preferible que los períodos productivos fueran muy duraderos, éstos vienen limitados por la cantidad de ahorros.

Por qué el capitalismo enriquece al trabajador

Después de esta exposición nos será más sencillo entender de qué manera contribuye el capitalismo a enriquecer a los trabajadores. Bajo el sistema capitalista el capital se vuelve cada vez más abundante con respecto al trabajo. Es decir, el trabajo se vuelve relativamente más escaso con respecto al capital.

Esto se traduce en dos efectos sobre los límites de determinación de los salarios. En cuanto al límite máximo, hay que tener presente que el incremento del capital (esto es, de los ahorros) permite extender el período productivo y, por tanto, los beneficios. Si esto es así, el límite máximo en la determinación de los salarios aumentará (cuanto mayor sea la productividad marginal descontada del trabajador, mayor podrá ser su salario). En nuestro ejemplo, si la producción del trabajador pasa de estar valorada en 10.000 euros a 20.000, el salario máximo al que éste podrá aspirar ahora será el valor presente de los 20.000 euros.

En cuanto al límite mínimo, esto es, el salario del trabajador marginal, también se verá sometido a incrementos. Cuanto más abundante sea el capital, mayor será la productividad de todas las ocupaciones de la sociedad. Así, los perceptores de salarios más bajos verán incrementada su remuneración, lo cual, además, servirá para incrementar el límite mínimo del resto de trabajadores. Trasladándolo a nuestro ejemplo: si el trabajador de la finca adyacente pasa a cobrar 350 euros, en lugar de 300, el salario del trabajador de nuestra huerta se ubicará entre 350 y 500 (y no entre 300 y 500, como antes). Es decir, el trabajador ganará poder de negociación.

No sólo eso: supongamos que, por esa misma acumulación de capital, los beneficios en nuestra finca, al introducir un nuevo trabajador, se incrementaran en 400 euros. Queda claro que estaríamos dispuestos, en este caso, a contratar al trabajador del campo vecino ofreciéndole una cantidad que se ubique entre 350 y 400 euros. Por tanto, o bien el otro agricultor le paga más de 400 euros o, finalmente, lo contrataremos nosotros.

Vemos, pues, que bajo el sistema capitalista ambos límites, máximo y mínimo, tienden a expandirse, y así también el salario (en tanto se ha de contener necesariamente entre esos dos límites).

Conclusión

Bajo el sistema capitalista (caracterizado precisamente por la acumulación de capital) el trabajo se va volviendo relativamente más escaso con respecto al capital. Ello significa que su utilidad –y por tanto su salario– es cada vez mayor. Cuanto mayores sean sus usos alternativos y mayor sea el valor de éstos, más elevada será la remuneración del factor trabajo.

La crítica de la izquierda carece por completo de fundamento. Sólo un sistema basado en la propiedad privada y la iniciativa empresarial es capaz de incrementar el nivel de vida de los trabajadores.

Las políticas intervencionistas, como analizaremos en el próximo artículo, son del todo pérfidas y dañinas para el interés de los trabajadores. Es decir, como siempre, la izquierda reprime a quien dice defender. Nada nuevo bajo el Sol.

El veredicto de lo real

Los socialistas suelen, por regla general y cuando se ven derrotados en el campo de las ideas, apelar al dictamen de la realidad. Así, para acallar las críticas que caen a cientos sobre el comunismo cubano recuerdan los logros de la revolución. Logros que enfatizan repitiendo las palabras sanidad y educación con la solemnidad de un iluminado que ha visto realizada su profecía. El latiguillo de los logros de la revolución cubana es análogo al cuento del pleno empleo del que se valían los defensores de la Unión Soviética. -“No podrán salir del país, no, pero allí no existe el paro mientras que aquí, ya ves tú, las oficinas de empleo no dan abasto” aseguraban convencidos de haber dado con la cuadratura del círculo.

Lo cierto es que, efectivamente, en la Unión Soviética y sus satélites no existía el paro pero, por alguna extraña razón, los habitantes de aquel paraíso morían (literalmente) por salir de él e integrarse prestos a la cola de nuestras abarrotadas oficinas del INEM. Algo parecido sucede con la sanidad y la educación cubana. Es tan buena la primera que los pocos cubanos que pueden permitírselo se tratan las enfermedades graves en el extranjero. En cuanto a la segunda, considerar un logro dedicar más de diez años al adoctrinamiento ideológico intensivo, al trabajo voluntario y a los desfiles infantiles es una muestra más de la fe del carbonero que mueve a la progresía de todo el mundo.

El hecho innegable, y en esto hay que darles la razón, es que la realidad es mucho más convincente que mil eslóganes, mucho más persuasiva que la más elegante teoría. Los liberales, sin embargo, no terminamos por darnos por aludidos en este particular. Sobrados como andamos de ejemplos donde el capitalismo ha mejorado las condiciones de vida del ser humano y le ha abierto las puertas de la democracia, nos empeñamos en seguir hilvanando primero nuestro breviario de ideas para, y cuando creemos haber convencido al interlocutor, pasar a verificarlo sobre el tapete de lo real. Craso error. Del mismo modo que el socialismo se desgañita invocando los prodigios que su programa obra en el mundo real, los liberales debemos insistir en qué es lo que pasa cuando se limita el poder del gobierno y triunfa el imperio de la ley y la libertad de mercado. Nuestra mejor arma es la realidad y la historia comparada.

No hay mejor modo de enseñar las bondades del libre mercado que enfrentar los dos modelos y su desarrollo en el mundo real. Más que tratar de demostrar al profano que el control de precios es un disparate deberíamos ponerle encima de la mesa el mapa de Alemania. Las dos Alemanias, la Federal y la soviética, fueron durante cuatro décadas un inmejorable tubo de ensayo donde ambos sistemas se mostraron tal cual eran. Puerta con puerta, familia con familia, si una terminó por comerse a la otra es porque ésta era ya un cadáver putrefacto víctima del colectivismo y de la abyecta tiranía que inevitablemente engendra. Pero hay más. Las dos Coreas son un ejemplo aún vivo y en perfecto estado de conservación de cómo las recetas liberales juegan a favor de la especie mientras que las socialistas lo hacen en contra. Y sin llegar a analogías tan cercanas como las anteriormente expuestas, el mundo moderno nos ofrece un catálogo completo de cuáles son las consecuencias que padecen los países que ignoran el mercado y la libertad y abrazan el socialismo y la esclavitud. China frente a Taiwán, Tailandia frente a Birmania, los tigres de oriente frente al África negra, Canadá frente a Argentina son sólo algunos de los binomios que pueden salir de paseo cada vez que alguien hable de la nacionalización de la banca, las trabas al libre comercio o la expropiación sistemática de los capitales y haciendas de los ciudadanos corrientes.

 

Escalando la comparación y con vista a llevarnos al desconfiado a nuestro terreno bien podrían ponerse cara a cara los países intervencionistas y los inclinados a dejar a la gente a ir a lo suyo. Si en el primer caso sobran los ejemplos el segundo no le va a la zaga. ¿Por qué es más rico y libre el Reino Unido que Francia, Chile que Uruguay, Baviera que Renania del Norte, Valencia que Andalucía? Alguien dijo que el liberalismo no era más que el sentido común llevado a la política. Apliquémoslo pues al debate. Falta hace.

El colapso de las pensiones

El sistema de pensiones de los estados del bienestar europeos son fraudulentos sistemas piramidales. La enorme proporción de la renta que los trabajadores pagan en concepto de pensiones no se capitaliza sino que se gasta inmediatamente en los pagos actuales a los jubilados y al mantenimiento del sistema burocrático que lo mantiene. De modo que la pensión de quienes hoy trabajan no dependen de lo que paguen sino de que el número de trabajadores jóvenes aumente en el futuro y de que el estado siga estando en condiciones de arrebatarles una buena parte de sus rentas. Como bien explica un estudio del Instituto Juan de Mariana de próxima publicación, estos sistemas piramidales están prohibidos por la legislación española (y de los demás miembros de la UE) y se mantienen gracias a los abundantes mitos que apuntalan el intervencionismo público en esta materia. Pero pocos son los que se atreven a llamar a las cosas por su nombre cuando el estado está de por medio.

El gobierno belga ha propuesto retocar este modelo para que el fraude pueda continuar unos años más y retrasar así el colapso. En concreto propone reducir las posibilidades de jubilación anticipada, prohibir el cobro de pensiones superiores en el caso de trabajar más de 65 años, favorecer fiscalmente a todo el que espere hasta los 65 para cobrar sus fondos de pensiones, limitar las subvencionadas excedencias, ampliar las ayudas para la incorporación de los jóvenes al mercado laboral y aumentar los fondos dedicados a la seguridad social a través de un nuevo impuesto consistente en un porcentaje fijo sobre las rentas del capital. Vamos, que se obliga a la gente a que se jubile más tarde para que contribuya más tiempo al pago de las pensiones al tiempo que se reduce el tiempo que estarán cobrando pensiones, se tratan de limitar los años sabáticos y se incrementan los impuestos.

El sindicato socialista no entiende que el futuro de su sistema socialista de reparto está en juego y se ha lanzado a exigir el mantenimiento de las prestaciones y el incremento de los impuestos mediante una nueva “contribución social general” y el mencionado impuesto sobre las rentas del capital. ¡Como si el problema principal de Bélgica no fuese ya su nula competitividad debida a la astronómica deuda pública y sus elevadísimos impuestos! El sindicato católico también quiere mantener el sistema socialista pero es bastante más coherente que su competidor. Por eso parece aceptar los retoques, retrasar el colapso un par de décadas más y disfrutar del tiempo que dure la estafa, que ya habrá tiempo de sentarse a buscar soluciones a su debido tiempo.

Ningún político quiere quemar su nombre en la hoguera de la demagogia social y por eso incluso un primer ministro que se hace llamar liberal como Guy Verhofstadt apuesta por retocar y continuar con el timo de las pensiones públicas. Nadie se atreve a llamar al sistema de pensiones por los que es, un latrocinio, y mucho menos a permitir que los individuos contraten la forma de jubilarse que más les convenga.

¿Dónde va nuestro dinero?

El mes que viene tendrá lugar en Túnez una cumbre mundial sobre la sociedad de la información organizada por la UIT, el organismo de telecomunicaciones de la ONU, cuya principal función será hacer de plataforma propagandística antinorteamericana por negarse a ceder a las benditas manos de los burócratas internacionales el control sobre Internet. Y eso, en el mejor de los casos; es decir, en el caso de que los useños no cedan.

Ya resulta significativo que sea en Túnez donde se celebre esta reunión repleta de burócratas inútiles de varios países, que deciden como entrometerse en nuestras vidas empleando para ello los hoteles y restaurantes más lujosos y pagando con nuestro dinero; es decir, esta cumbre mundial. Han elegido para pedir a Estados Unidos el control de Internet un país que encierra a la gente por criticar al gobierno en la red. Muy propio de la ONU, sin duda. Tampoco cabe duda que ese pequeño detalle será ocultado por la mayor parte de los medios, que consideran que toda lo que sale de dicho organismo está bendecido y, si está corrupto, es corrupción santa y justa; si produce resoluciones liberticidas es porque hay demasiada libertad; y si produce falsos consensos científicos es porque la realidad es errónea.

El gobierno de Internet, que es un organismo privado llamado ICANN situado en Estados Unidos, es un gobierno bien reducido. Se limita a decidir el reparto de números IP entre naciones (algo así como si repartiera los prefijos telefónicos) y la decisión de quien se encarga de gestionar los nombres de dominio genéricos como el .com, pues los de cada país lo decide el gobierno del mismo (por eso los dominios de Somalia carecen de dueño). Entre las quejas en su contra, la más repetida es el temor de los gobiernos de países enemigos a Estados Unidos a que éste les “desenchufe” de Internet, una protesta ridícula que ha sido formulada recientemente por Irán. Desenchufar de Internet a Irán significaría cortar la influencia occidental sobre ese país y facilitar un mayor control total sobre la información por parte del régimen. ¿Qué beneficio traería a la población y a la política exterior useña? Ninguno, y por eso no ha estado nunca sobre la mesa de ICANN tomar una acción semejante contra ningún país. Ese supuesto temor se emplea como excusa para aprovecharse del antiamericanismo ambiente como palanca en la que impulsar la propuesta de ceder a la ONU el control de Internet.

Ya hay ley en Internet sin necesidad de la ONU. Si usted vive en España comete en Internet un delito según nuestras leyes será detenido del mismo modo que lo sería si lo comete fuera de la red. Lo que pretende esta cumbre es que Robert Mugabe pueda participar en la decisión de si está usted cometiendo o no un delito. Pretende que Irán pueda tener más control para machacar a los opositores a los ayatolás. Pretende que la colaboración con el régimen chino deje de ser una obligación legal para las empresas situadas allí para serlo de todas.

Internet ha conseguido que incluso en los regímenes más opresivos, con la excepción de Corea del Norte, haya entrado un soplo de libertad. Meter a los gobiernos por la puerta de atrás en el control de la red sería un suicidio para Internet.

Los burócratas ansían Internet

No hay nada de malo que usted done dinero a una fundación. Tampoco importa en absoluto que usted haga la donación a una fundación con fines humanitarios (aunque probablemente se lo acabará quedando algún dictador), a una fundación que defienda una determinada postura ideológica, a la Iglesia… Al fin y al cabo, es su dinero, haga con él lo que quiera.

Pero sí que hay un problema cuando es el estado quien se dedica a hacer las donaciones. ¿Por qué? Porque evidentemente no es su dinero, sino que es dinero arrancado de forma ilegítima al pagador de impuestos. No importa a qué fines vaya a destinar el dinero del pagador de impuestos; ese dinero es dinero sucio; dinero que le han arrancado a usted y que dedicará a los fines que a él le convengan.

Tal vez usted sea “pro israelí”, o tal vez sea “pro palestino”, pero probablemente, sea del grupo que sea (si es que simpatiza con alguno) nunca le daría dinero a los que considera unos “enemigos”. ¿Acaso le ha preguntado el estado si le parece bien a usted que done su dinero a tal grupo o tal otro? No. El estado no respeta nada: ni su propiedad por arrebatarle el dinero, ni su libertad para hacer lo que usted quiera.

Pero más lejos de ahí, el estado, mediante las donaciones a fundaciones, se dedica a financiar sus propias organizaciones. Evidentemente todos los partidos llegan a rápidos acuerdos a la hora de cerrar este capítulo. Aquí van unos ejemplos con los nombres de las fundaciones, dinero que reciben y partidos afines a las que pertenecen:

– Fundación FAES: 2.128.755 euros de euros (PP).

– Fundación Pablo Iglesias: 2.085.437 de euros (PSOE).

– Fundación Rafael Campalanys: 350.558 euros (P. Socialista de Cataluña).

– Fundación por la Europa de los Ciudadanos: 177.145 euros (Izquierda Unida).

– Nous Horizons: 51.872 euros (Iniciativa per Catalunya-Verds).

– Fundación Ramón Trias Fargas: 138.434 euros (Convergencia Democràtica de Catalunya).

– Institut d’Estudis Humanistics Coll i Alentorn: 46.145 euros (Uniò Democratica).

– Josep Irla i Bosch: 144.089 euros (ERC).

– Sabino Arana: 93.007 euros (PNV).

– Galiza Sempre: 46.105 euros (BNG).

– Gaspar Torrente: 20.823 euros (Chunta Aragonesista).

En total se destinarán este año 2005: 5,28 millones únicamente a las fundaciones de los partidos. Algunos tal vez le digan que son migajas comparado con el total del presupuesto estatal, pero es que con esos cinco millones de euros se pueden hacer muchas cosas mejores. Ese dinero es suyo y el estado no tiene derecho alguno a sacárselo para beneficiarse. Si usted es del PP no le va hacer mucha gracia que su dinero se vaya al PSOE, y si usted es de ERC no querrá que su dinero se vaya a manos de los dirigentes del PP para que lo usen, todos ellos, en fines propagandísticos que usted muy probablemente no aceptaría.

Pero como he anotado antes, ese no es todo el dinero que el gobierno se dedica a regalar; y es que las ONG, cada vez más, se financian con dinero que el estado ha recaptado en impuestos. Lo de “NG”, “no gubernamental”, cada vez está teniendo menos sentido. Algunas ONG incluso han visto en la generosidad de los estados un medio perfecto para financiar sus grupos más radicales y armados. Cuando algo así sale en los medios de comunicación todo el mundo se escandaliza, pero ningún político hace nada.

La próxima vez que un político le diga que los “impuestos son buenos”, no se lo dice porque vaya a usar ese dinero en usted, sino porque se va a quedar con una generosa parte o porque se la dará a algún amigo suyo.

La riqueza

Hay ideas que resisten el paso del tiempo y del discurso humano sin encontrar el único destino que les aguardaría en una sociedad que busca el progreso y la verdad: el olvido. Una de las más pertinaces es la idea de que la sociedad es, en moderna expresión, un juego de suma cero. Es decir, que la riqueza es fija y que lo que se pueda ganar, por un lado, se tendrá que perder por el otro. Hay una primera versión de esta idea más inmediata y sencilla, que predice que si unos se hacen más ricos tendrá que ser “a costa” o en perjuicio de otros. Si tiramos de la manta hacia un lado, el otro quedará descubierto. Otra versión más compleja considera que si nos enriquecemos ahora tendrá que ser a costa de nuestro futuro.

En cierto sentido, es una idea muy chocante. Porque incluso cualquier bachiller español, y estamos tirando por lo más bajo, sabe que en los últimos siglos ha aumentado el número de personas en el mundo y las sociedades se han hecho más prósperas. Si indaga en la historia familiar podrá tener incluso información de primera mano. ¿Cómo es posible, entonces, que sobreviva dicha concepción?

Quizás lo que uno tiene en mente cuando piensa que la riqueza está, o incluso es fija, es que la identifica con lo material. Puesto que la cantidad de materia, y en consecuencia de bienes materiales, seguiría el razonamiento, no puede crecer más allá de un límite, la riqueza tiene que encontrarse con él, si no es que lo ha hecho ya. Por otro lado, penosamente acostumbrados a la escasez como estamos, nos repugna la idea de que la podamos vencer potencialmente sin límite. Y por último, considero que debe de haber algún elemento atávico en ciertas concepciones básicas sobre lo que es la sociedad, que habría quedado impreso en nuestro instinto a base de forjarlo durante milenios en sociedades tribales.

La idea de una riqueza fija es un error. Lo que llamamos riqueza es el valor de los medios con que nos servimos para satisfacer nuestras necesidades. Acerquémonos un poco más a lo concreto. El valor de un bien económico, por ejemplo, un trozo de terreno, depende del valor de lo que podamos producir con él. Pero con una parcela de tierra se pueden hacer infinidad de cosas distintas y qué hagamos de ella depende de la decisión que tome el dueño. Por ejemplo, puede cambiar de cultivo a otro que ha percibido que podría recibir mucha demanda ahora insatisfecha. O puede destinarlo a usos no agrícolas como un campo de golf, un centro de recreo, un edificio. El valor varía, porque su función en la satisfacción de nuestros deseos, la posición en el proceso productivo que lleva al consumo, también cambia.

En última instancia, tanto el valor de nuestras necesidades como el uso que podamos hacer de nuestros recursos para satisfacerlas, dependen de las ideas y el conocimiento. Partimos de múltiples necesidades insatisfechas, y buscamos los medios más adecuados y potentes para cumplirlas. En esa búsqueda está nuestro intento de que el uso de los recursos con que contamos nos acerquen en lo posible a la plena satisfacción de nuestros deseos; y como ese uso depende del conocimiento que tengamos de las relaciones causa-efecto entre los recursos y nuestras necesidades, la ampliación del conocimiento permite acrecentar la riqueza. Y puesto que el conocimiento y las ideas no tienen límite potencial, siempre podremos incrementar nuestra riqueza sin más que hacer mayor nuestro saber práctico (aunque tenga un trasfondo científico) que nos acerque a un uso más remunerador de los recursos. Tanto individualmente, como en relación con otros recursos, y con las instituciones sociales.

Es decir. Siempre hay un mejor uso de los recursos, porque siempre hay necesidades por cumplir. Puesto que este mejor uso depende en parte nuestro conocimiento y este es en potencia ilimitado, siempre hay oportunidades para acrecentar la satisfacción de nuestras necesidades. La riqueza, aunque tenga en parte una naturaleza material, no tiene un carácter material como siempre se ha dicho. El carácter básico de la riqueza es profundamente humano y deriva de nuestras ideas tanto sobre nuestras necesidades como de la forma de satisfacerlas.

La eterna condena de la escasez es, curiosamente, una razón para la esperanza. Porque el que siempre tengamos fines por cumplir quiere decir que siempre hay hueco para el progreso.

Víctimas del talante

Los niños asesinados en el atentado contra la casa cuartel de Zaragoza no murieron por ser "constitucionalistas", sino por españoles, que es "una de las pocas cosas serias que se puede ser en esta vida". Es una perogrullada pero conviene recordar, ahora que todo se olvida, que los terroristas no asesinan para deteriorar una democracia en la que no creen, sino para destrozar a España. La nación es lo sustantivo; su forma política sólo coyuntural, adventicia.

Pero es que además, en la situación actual, con los políticos de algunas regiones en abierta rebeldía constitucional bajo la sonrisa cómplice de quien un día juró cumplir y hacer cumplir los preceptos de la Carta Magna, el decir que uno muere por la Constitución del 78 es como afirmar que se ha ido al otro mundo defendiendo la ley de costas o el reglamento del catastro. Una gilipollez, que diría el insigne alcalde lorquino.

El consenso de partidos, siguiendo el férreo dictado de la izquierda, trazó una línea en el tiempo que dividía a las víctimas en malas o buenas según hubieran caído antes o después del seis de diciembre del 78. El origen de esta halitosis moral hay que buscarlo en los estertores del franquismo, cuando contra el régimen valía todo, hasta el asesinato de guardias civiles andaluces o extremeños, a los que se administraba un responso clandestino para sacarlos por la puerta de la sacristía en una caja de pino con destino a su pueblo.

Ahora parece que se anuncian movilizaciones contra el último embate del separatismo. Si es para reivindicar "el espíritu de la transición", a mí que no me esperen. No pienso escupir a los muertos dando vivas al proceso que los convirtió en carne de cañón.

En realidad, lo único práctico en toda esta época de desahucio moral colectivo, es que las víctimas no tendrán que cambiar las siglas de su asociación: AVT, Asociación de Víctimas del Talante.

Biodiversidad

La preservación de la biodiversidad es uno de los mandamientos fundamentales de la religión ecologista aunque muchas veces no tengamos muy claro en que consiste. La biodiversidad podríamos definirla como la variedad de seres vivos de diferentes especies y de la misma que forman parte de un sistema ecológico. Por extensión, la biodiversidad se refiere a la todos los seres vivos de la Tierra. Pero, ¿son muchos?

Es difícil saber a ciencia cierta cuantas especies diferentes hay en nuestro planeta. Conocidas se estiman en más de un millón y medio y no estamos hablando sólo de animales, también de vegetales y hongos, aunque podríamos extendernos a protozoos, bacterias y, porqué no, hasta virus para aumentar la lista. Sin embargo, oímos con frecuencia que en estos tiempos oscuros estamos asistiendo a la mayor extinción masiva de la historia de este pedrusco que llamamos hogar y cada año desaparecen algo así como 40.000 especies (The Sinking Ark, Norman Myers). Semejante matanza nos dejaría sin compañeros de planeta en unos 40 años así que, ¿dónde esta el truco? En que la mayoría de las especies no las conocemos.

Resulta complicado entenderlo. Estiman los expertos que en el planeta hay un número de especies comprendido entre los 2 y los 80 millones pero que sólo conocemos algo más de un millón y medio lo que permite mantener este nivel teórico de extinción. Esto nos lleva a la paradoja del árbol en el bosque: si no hay nadie ahí para oírlo cuando cae, ¿hace ruido? Debemos creer que se han extinguido especies que nunca han sido encontradas, es decir, ¿debemos creernos un dato estadístico como un hecho contrastable?

Este número de especies totales, evidentemente, no sale de la nada. Los biólogos han determinado sistemas para medir su número en un lugar dado. Por ejemplo, se puede rociar una zona boscosa con un fuerte insecticida y contar todas las especies que se caen de la copa de los árboles; también se puede hacer lo mismo en un tramo de río con una corriente eléctrica y con métodos parecidos o incluso menos cruentos según la zona de estudio. Estos estudios nos llevan a extrapolaciones que se mueven en el ámbito de la estadística, e incluso en el de la estadística seria, y que nos conducen a la extensa orquilla que he comentado antes pero que sin querer o queriendo cumple un objetivo. Si suponemos 15 millones de especies, el supuesto ritmo de desaparición nos llevaría a despoblar el planeta en unos 375 años. Ni usted ni yo estaremos ahí para atestiguarlo, pero el catastrofismo que va de la mano del ecologismo gana adeptos entre los asustados y concienciados ciudadanos. Cierto es que estos cálculos se han realizado grosso modo, pero no podemos olvidar que el ecologismo es percibido por muchos de manera my gruesa.

Evidentemente, es más fácil ver un elefante que una polilla de ahí que sean estas especies de pequeño tamaño los que con más frecuencia engrosan el número de nuevas especies. De todas formas, 80 millones o 10 o sólo 5, son sólo aproximaciones. Lo que es un hecho es que desde el año 1600 hasta nuestros días se han contabilizado 1.033 extinciones (Baille y Groombridge, 1997; Walter y Gillet, 1998; May y otros, 1995; Reid, 1992), aunque es cierto que podrían ser unos cuantos más y que aún no se ha declarado su desaparición ya que se deben cumplir unos requisitos de no avistamiento. 1.033 en 400 años no son los 16 millones que deberíamos haber perdido según Myers.

También es un hecho real que desde hace unos 200 años el número de especies desaparecidas es mucho más elevado. Cierto es que hay un mayor interés por el mundo natural y la investigación de la extinción ayuda a su datación, pero sería una irresponsabilidad por mi parte desechar a priori la mayor presión del ser humano sobre sus ecosistemas. Una cosa es que no comulgue con la religión ecologista y otra es que niegue la realidad. El cómo se aborda este conflicto es otro asunto que dará para otro comentario.