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Libertad y sufragio

En estos tiempos de delirio democratista a menudo se confunde la libertad con unos comicios y, como dijera Ortega y Gasset, queriendo lo uno gritamos lo otro. Si no queremos vaciar de significado la palabra libertad es preciso diferenciar nítidamente ambos conceptos. El liberalismo nos remite a los derechos individuales, y en este sentido alude a cuán limitado debe ser el poder para que no interfiera en la vida de las personas; la democracia, por otro lado, nos remite simplemente a la organización del poder, no a su tamaño, y en este caso se cimentará en torno a la noción del gobierno de la mayoría. La democracia no es entonces un concepto subsumido en el liberalismo ni el liberalismo uno contenido en el de democracia. Engaña a la gente el hecho de que el liberalismo verse sobre la libertad de elección y la democracia sobre la libertad de elegir gobernante. La primera hace referencia al derecho que uno tiene sobre sus bienes y su persona. Al elegir gobernante, por el contrario, uno ya no se ocupa sólo de lo que le pertenece, pues el regente manda sobre todos. Decidir con respecto a nuestra vida y nuestra propiedad es una cosa; votar para decidir sobre la de los demás, aun cuando a todos se conceda ese privilegio, es otra muy distinta.

En su afán por asociar el liberalismo a la democracia algunos cuestionan las credenciales liberales de aquellos anti-estatistas que se declaran anti-demócratas, quizás obviando que bajo este prisma excomulgan incluso a John Locke. ¿No eran liberales Constant, von Humboldt o Lord Acton? Al fin y al cabo fue el propio Thomas Jefferson quien dijo que “la democracia no es más que el gobierno de las masas, donde un 51% de la gente puede lanzar por la borda los derechos del otro 49%”.

Aunque el liberalismo y la democracia tienen procedencias muy distintas, en los dos últimos siglos generalmente se las ha considerado complementarias, hasta el punto de argüir que acaso el liberalismo no podría desenvolverse en su plenitud en un marco político no democrático. Para Ludwig von Mises, por ejemplo, la democracia era el sistema idóneo para facilitar el cambio pacífico de gobierno de acuerdo con los deseos de la mayoría del pueblo. Sin embargo, otros autores han rechazado la democracia por entender que es consustancial al intervencionismo, abogando en su lugar por un Estado de tipo monárquico, democrático-restrictivo o por la ausencia de toda autoridad central.

Lo cierto es que el siglo XX, el siglo de la democracia, ha sido también el siglo de la decadencia del liberalismo clásico y el auge del Estado del Bienestar. La edad dorada del liberalismo clásico tuvo lugar el siglo anterior, en un contexto dominado en occidente por las monarquías constitucionales y las democracias restrictivas. En el Reino Unido de 1815, en plena Revolución Industrial, sólo un 4% de la población, propietarios burgueses mayores de 20 años, tenía derecho a voto. En 1867 todavía sólo podían votar dos millones de ciudadanos. En Italia el sufragio censatario no se introdujo hasta 1861, y en Austria hasta 1873. En Estados Unidos el sufragio universal no se implantó hasta 1920. En la actualidad no hay ningún ejemplo puro de Estado mínimo no-democrático, pero tampoco hay ninguna democracia que no sea intervencionista o abiertamente liberticida. Hong Kong es quizás lo más cercano al laissez-faire que podemos encontrar hoy, con un gasto público del 22%, impuestos bajos y un mercado bastante desregulado, y de democrático tuvo muy poco durante su status colonial y ahora como parte de China. Bahrein es una monarquía constitucional y eso no impide que sea marcadamente menos intervencionista que la democrática Francia: no hay impuesto de sociedades ni impuesto sobre la renta, el gasto público es del 35%, la libertad de prensa es notable, el acceso a Internet no se censura, se reconoce el Islam como religión oficial pero hay libertad de culto, hay libertad de asociación y de reunión y libertad para crear sindicatos.

La libertad es libertad venga o no acompañada de sufragio. Lo que hace liberal a un Estado mínimo no es que sea democrático, sino que sea mínimo. La cuestión es determinar qué tipo de sistema político es el que favorece un mayor grado de libertad.

A río revuelto, ganancia de ecologistas

Una calamidad como han sufrido los habitantes de Nueva Orleáns atrae a todo tipo de moscones intelectuales. En especial a aquellos que han perdido sus argumentos en el debate de las ideas. Cuando ven una tragedia como esta se apresuran a sacar partido y tratan de apuntalar sus ruinosas teorías con las trágicas imágenes que difunden los medios combinadas con medias verdades o completas falacias. Uno de los grupos cuyos partidarios se han dado prisa en aprovechar la coyuntura ha sido el movimiento radical ecologista. Su mensaje ha sido claro. La catástrofe se debe a nuestro voraz sistema económico de libre mercado, es decir, al capitalismo.

El argumento más sofisticado diría poco más o menos lo siguiente: “Los gases efecto invernadero están calentando el planeta. Ese calentamiento produce un incremento en la temperatura media del océano y éste, a su vez, sirve de caldo de cultivo de más y mayores huracanes”. Puesto así, en abstracto, la mayoría de los científicos admitirían que no es una teoría descabellada. El problema viene cuando se intenta poner a prueba.

El primer problema, en el caso del Katrina, lo encontramos nada más echarle un vistazo a la serie histórica de huracanes que han tocado tierra en los EEUU. Entre comienzos y mediados del siglo XX, una época en la que se supone que se produjeron relativamente pocos gases efectos invernadero, tuvo lugar un fuerte incremento de los huracanes de mayor fuerza destructiva (los de las categorías 3, 4 y 5 en la escala Saffir-Simpson). Entre la primera y la quinta década del pasado siglo estos huracanes se duplicaron pasando de 4 a 10. Sin embargo, en las décadas que siguieron al fin de la segunda guerra mundial, cuando la emisión de gases efecto invernadero se multiplicaron significativamente, hasta el final de la década de los 70, los huracanes más destructivos y el conjunto de todos los huracanes que tocaron tierra disminuyó de manera continuada y significativa pasando de 24 a 12 el total y de 10 a 4 los de mayor virulencia. Desde entonces y hasta ahora ha habido un escaso aumento de la incidencia de huracanes. En la pasada década aún se mantenían por debajo de la media del siglo XX sumando los de gran fuerza 5 ocasiones y 14 el cómputo total de los que tocaron el suelo de los EEUU. La cuestión que se plantearía cualquier persona culta es dónde está la correlación entre emisión de gases y variación del número o la intensidad de huracanes. La respuesta es bien sencilla: Desde una perspectiva empírica no existe tal correlación.

Esto nos conduce al problema de la causalidad. Los expertos en huracanes afirman que estos fenómenos naturales responden a ciclos pero dicen saber todavía poco de los fenómenos que desencadenan esos ciclos. La hipótesis ecologista consiste en afirmar que el factor principal que domina esos ciclos es el calentamiento de las aguas. Como veremos, su teoría tiene serios problemas. Antes que nada porque las aguas de la región de formación de huracanes del Atlántico (entre los paralelos 5 y 20 norte, desde África hasta América) vienen sufriendo un ligero enfriamiento en las últimas décadas. El equipo del programa medioambiental de las Naciones Unidas (UNEP) reconoce este dato cuando dice que “áreas como el Océano Atlántico norte se ha enfriado en las últimas décadas.” Pero aún hay más. En el resto de zonas en las que se forman los huracanes no ha habido ningún crecimiento en la cantidad ni la intensidad de estos fenómenos a pesar del ligero calentamiento de muchas de sus aguas. Por lo tanto no sólo no hay evidencia empírica de una relación entre la emisión de gases y la frecuencia o intensidad de los huracanes sino que la supuesta base teórica de los ecologistas hace aguas por los cuatro costados del razonamiento teórico más elemental.

Por eso no es de extrañar que los más reputados estudiosos de los huracanes nieguen la autoría de este fenómeno al calentamiento global. Entre estos famosos científicos destacan James J. O´Brien, Roy Spencer y William Gray. Gray, considerado por muchos colegas e instituciones como el mayor experto mundial en huracanes, no sólo ha explicado recientemente en The New York Times que en su opinión no existe relación entre huracanes como el Katrina y la influencia que el hombre pueda estar teniendo sobre la temperatura global de la tierra sino que ha asegurado que los pocos que afirman ahora lo contrario saben muy poco de huracanes y mucho de cómo hay que conseguir subvenciones públicas. Y es que ahora todos se apuntan a la lluvia de millones que trata de correr un tupido velo sobre la cadena de despropósitos gubernamentales. Sería una verdadera tragedia que la desgracia humana de los habitantes de Nueva Orleáns sirva para engendrar otra desgracia intelectual: el rescate del movimiento radical ecologista a manos del sufrido contribuyente americano.

La peste de Rodríguez Zapatero

La iniquidad de José Luis Rodríguez Zapatero parece no conocer límites. En su discurso ante las Naciones Unidas dijo, nada menos: “El terrorismo no tiene justificación. No tiene justificación, como la peste; pero como ocurre con la peste, se puede y se deben conocer sus raíces; se puede y se debe pensar racionalmente cómo se produce, cómo crece, para combatirlo racionalmente.”

Según la terrible comparación zapateril, el terrorismo es como una enfermedad. Un fenómeno negativo, mortífero, sí, pero natural. Si la bacteria de la peste se le mete a uno en el cuerpo, ¿Qué le va a hacer? “Me subió la fiebre y se colocó una bomba en Madrid conmigo presente”, podrían haber dicho los autores del 11-M. “Comencé a toser y a esputar sangre, y mi cuerpo empezó a moverse hasta que se disparó la pistola alojada en mi mano”, podría decir uno de los asesinos y las asesinas de ETA. Una fiebre. Una secreción. Un síntoma.

Reacciones sin voluntad, que se producen como consecuencia de la pobreza, que Zapatero llama “injusticia”. La pobreza no es solo carencia de los medios básicos para la vida. En su código ético la pobreza es un virus que lleva involuntariamente a (pseudo)personas a matar a sus semejantes. Pseudo, porque las personas de verdad tienen voluntad, actúan según les dicta su conciencia y toman decisiones en función de lo que creen más adecuado. Zapatero cae en ese prejuicio progre de que los pobres no saben lo que se hacen y no actúan por sí mismos. Todo ello es un Insulto a las víctimas.

En otra figura utilizada por el vate Rodríguez Zapatero, la pobreza es una tierra fértil para la semilla del terrorismo. El resultado es el mismo: hacer del terrorismo no una elección personal, y por tanto sujeta al juicio de la ética, sino un mero evento desafortunado, pero escasamente evitable por quienes padecen la causa externa de su comportamiento, en este caso la pobreza. Para pobrezas, la de su pensamiento y sus palabras. Si no fuera porque las ha pronunciado ante la ONU, sumidero de discursos vanos e inmorales, sería para sonrojarse.

A más ayudas más pobreza

Zapatero dijo en la última Asamblea General de la ONU que “en ese combate el gobierno y el pueblo español quieren batirse en primera línea” refiriéndose a “la lucha contra el hambre”.

ZP usa el lenguaje de los soberanos absolutos representando sus gustos e intenciones como si fueran las de toda España, y es que el uso falaz de palabras como "nación", "sociedad" o “pueblo” han sido la excusa para el lavado de cerebro estatal y la creación de un estado omnipotente y económicamente despótico.

Los países no tienen personalidad propia, ni deseos, ni los guía ninguna moral sobrenatural. Los países los componen personas, y sólo estas son las legítimas para elegir qué hacer con su dinero. Cuando alguien usa grandes palabras para alcanzar grandes fines con nuestro dinero sacado por la fuerza, no es más que un ladrón. Pero aún renegando de este principio ético podemos ver como esta expropiación por parte del estado tampoco conseguirá su fin.

Economistas clásicos como Thomas Malthus o David Ricardo (entre los más conocidos popularmente) atacaron un decreto llamado la “ley de pobres” que pretendía hacer una redistribución de la riqueza. “La ley de pobres —decía Ricardo— ha vuelto superflua la previsión y la moderación… Diciendo a los pobres que renuncien al esfuerzo e independencia sólo conseguiremos incrementar la pobreza” y “ningún proyecto de reforma de la ley de pobres merece la más mínima consideración si su objetivo último no es su abolición”. Las ayudas del estado incentivan la ociosidad y el parasitismo. Regalar el dinero de otros no puede ayudar a nadie.

Hemos de tener en cuenta que no se suben los impuestos en España para transferirlos a África. Lo que pretende ZP es expropiar el dinero de amas de casa, padres de familia, autónomos, comerciantes…, es decir, de gente como usted, para dárselo a un dictador africano o sudamericano. Y esa es la realidad.

Ni un 0,4; 0,7 ni un 50% del PNB pueden ayudar a los pobres del mundo. La única salvación de los países pobres es librarse de los gobiernos tiránicos que tienen e implementar un sistema de libre comercio total (y lo mismo nos podemos aplicar). Aquí van unos cuantos ejemplos del Banco Mundial (que no destaca por su liberalismo precisamente):

Un empresario que quiera montar su primera empresa en Zambia ha de pagar en licencias un 1.600% del ingreso per cápita del país y esperar 165 días para obtenerlas. No es de extrañar que casi el 50% de la economía esté sumergida.

Una empresa en Sierra Leona ha de pagar un 164% de sus actividades económicas brutas. Evidentemente, casi todas las empresas están también en la economía sumergida.

En Siria, para comenzar un nuevo negocio, el estado exige una aportación inicial de como mínimo 61.000 dólares en capital.

En el Chad un nuevo empresario ha de depositar en el banco, para iniciar una empresa, más de 1.700 dólares cuando el ingreso per cápita es de 260. Es como si en España usted necesitara depositar en el banco 120.000 euros (más de 20 millones de las antiguas pesetas) para arrancar su negocio. Ya se puede imaginar usted como va la corrupción en el Chad.

En cambio, Ruanda, que desde el 2001 ha empezado a hacer tímidas reformas, ha alcanzado un crecimiento económico promedio de 3,6% anual. De los más altos de África.

En resumen, las ayudas a punta de pistola que pretenden los gobiernos y organizaciones supranacionales no enriquecerán a los países subdesarrollados, sino a los dirigentes despóticos que los gobiernan. Gracias a las ayudas, Mobutu Sese Seko, antiguo dictador del Congo, tenía una fortuna personal en Suiza de aproximadamente seis mil millones de euros (mayor que la deuda de su país). La lucha contra el hambre y la pobreza se ha vuelto hoy día la lucha contra las personas y su propiedad. Y quien recuerde a ellas para ganar electores, o cualquier otro fin, no es más que un tirano inhumano.

Solos frente al Estado

Sucede, sin embargo, que el saludable gobierno limitado decimonónico se ha transformado a lo largo del último siglo en el monstruo estatal que ahora conocemos. Actualmente los gobiernos esquilman nuestro bolsillo, no para ejercer las funciones básicas que les son propias, sino para transformar radicalmente a la sociedad, quiera ésta o no; por las buenas o por las malas. Los políticos no son ya los garantes de la supervivencia de una forma de ver el mundo, sino aplicados ingenieros sociales jugando a hacer su pequeña revolución que les lleve a la posteridad. Una sociedad sana rechazaría de inmediato las pretensiones manipuladoras de esta minoría tiranizante; por eso el paso previo, como en todo procedimiento totalitario, es embrutecer a la masa lo que sea menester hasta hacerla inmune a la más mínima tentación reflexiva. A estas alturas de la Historia, los propios afectados hemos acabado aceptando gustosos sobre nuestros hombros el peso de una culpa inmerecida. Nos tiranizan, pero lo celebramos por que es por nuestro bien.

Un solo ejemplo: el tabaco. El gobierno produce, comercializa y obtiene impuestos de un producto dañino, pero la culpa de todos los males que acarrea la tiene usted, insensato consumidor. Las campañas antitabaco llegan prácticamente al insulto directo, convirtiendo al adicto en un monstruo insolidario al que conviene aislar. Los propietarios de los restaurantes, aceptan resignados que los políticos que mantienen con sus impuestos, decidan por ellos lo que les queda o no permitido hacer a sus clientes dentro de su propiedad. Y nadie protesta.

En realidad, la única diferencia entre el Estado del Bienestar (¡!) y un delincuente común, es que éste último, consciente de su condición vil, no te endilga después de robarte una palinodia para crearte mala conciencia. Te roba y se larga. A un gobierno "de progreso" no le basta con asaltar tu bolsillo. Quiere que se lo agradezcas. Es la tiranía más perfecta jamás soñada; aquella que no necesita ejercerse por la fuerza, pues las víctimas aceptan gozosas las cadenas que se le imponen. Es usted un esclavo, ¿Lo sabía?

El timo colosal de la Seguridad Social

Uno de los mejores modos de hacerse muchos enemigos en muy poco tiempo es defender en público la supresión de la seguridad social mediante la privatización de los dos servicios esenciales que presta: la atención médica y las pensiones de jubilación. No es extraño. Con el cuento de la Seguridad Social los políticos han hecho su mejor negocio en varios siglos. El sistema ofrece al Estado una terna de poderes difícilmente igualable. Mantener un seguro social implica, por un lado, una fiscalidad altísima que, además, tiene patente para crecer eternamente porque con la salud –nos dicen- no se juega. Semejante atraco tiene como consecuencia principal la creación y enaltecimiento de un elefantiásico aparato burocrático cuyo objetivo será aumentar en número y perpetuarse casi sin límite. Expoliado el ciudadano de una buena parte de su renta y establecido con firmeza el leviatán funcionarial el político recoge entonces el fruto final de todo el invento; una poderosísima herramienta de control social, una inmensa red de clientela que, como un pulpo, asfixia a toda la sociedad y una magnífica coartada para seguir haciendo propaganda sin rubor de las bondades del Estado.

Pero, ¿siempre ha sido así? ¿Cuándo se inventó el Seguro Social y por qué? ¿Se moría la gente abandonada por la calle antes de que a esa lumbrera se le encendiese la bombilla? ¿Se suicidaban los trabajadores mayores de 60 años ante la insoportable perspectiva de su retiro? No. La Seguridad Social es un invento maligno pero relativamente reciente. Antes de que los políticos consiguiesen imponerlo por la fuerza existían mutuas de trabajadores del mismo oficio que ponían en común un fondo para asegurarse la asistencia sanitaria en caso de accidente y algo de dinero para la jubilación. De hecho, y aunque suene irónico, se trata del mismo modelo que siguen ahora los funcionarios públicos, verdadera casta laboral que vive al margen del propio paraíso que ellos gestionan. Lógico, el que mejor puede cuidar de la propia salud es uno mismo destinando una cantidad mensual y gestionando los riesgos de la mejor manera que puede aunque, como es obvio, no sea siempre la más adecuada. El Seguro Social, por el contrario, rompe con el sentido común y obliga a una parte de la población a pagar la asistencia a la otra. Es como si usted, que acaba de comprarse un coche gracias a una combinación de esfuerzo y ahorro, tuviese que aportar un dinero todos los meses para que un individuo que no conoce y que no conocerá en su vida pueda adquirir un automóvil. Muchos dirán que no es lo mismo un coche que la salud. Quizá no lo sea para ellos, pero en la escala de prioridades de muchos un automóvil deportivo tiene mucho más valor que tener a su disposición un podólogo gratis toda la vida. Es una cuestión de preferencias y, en eso, cada uno tiene las suyas.

Pero el sistema no termina su ración de injusticia en la asistencia sanitaria, eso sería pecado venial. Para garantizarse la clientela de por vida los padres del Seguro Social se apoderaron de las pensiones, es decir, los ahorros capitalizados de toda una vida para hacer frente a la vejez. Las pensiones públicas fulminan el concepto mismo de ahorro pues el pagador no ahorra un solo euro, se limita a satisfacer una cantidad para cubrir la pensión de los que hoy están jubilados. Esto, en los seguros privados, tiene un nombre; se llama estafa y los responsables van directos a la cárcel. El Estado, en cambio, lo puede hacer y hasta permitirse recordarnos de tanto en tanto que la pensión no la tenemos garantizada porque no hay caja sino una cañería por donde fluye mensualmente lo que unos pagan y otros reciben. Siendo injusto, cuando la pirámide demográfica es una pirámide propiamente dicha el sistema, mal que bien, funciona. El problema surge cuando la pirámide se invierte o se torna una columna en la que hay tantos habitantes de 30 años como de 60. En esas estamos en casi todos los países de Europa. Pronto tocaremos a un jubilado por trabajador. Entonces, ambos extremos de la cañería vivirán en perenne estado de cabreo. Los unos porque pagan mucho y no le ven mucho sentido a financiar la jubilación a alguien que no sea su padre o su tío. Los otros porque cobran poco, poquísimo, mucho menos de lo que pusieron cuando se encontraban activos. El único que habrá ganado con la transacción será el Estado que tendrá a los dos cogidos por el cuello, sin posibilidad de escapar y sometidos a mil y una amenazas.

¿Cómo puede, entonces, mantener su lozanía un sistema tan injusto, un tinglado que cambia euros por céntimos y que casi nadie se atreve a poner en solfa? En parte por la clientela que crea a su alrededor. A muchos les reconforta saber que reciben mucho más de lo que aportan y para una buena parte de jubilados la pensión es un regalo porque no ahorraron nada cuando estaban trabajando. Al resto, a los que sospechan del timo, se les bombardea con cantidades ingentes de propaganda en la que la palabra solidaridad hace su agosto. Desconfíe, la solidaridad o es voluntaria o no es. El Seguro Social es de suscripción obligatoria luego de solidario tiene poco, de robo, sin embargo, mucho. Si está trabajando no pase por el aro y niéguese a que obliguen a pagar la Sanidad a otros. Si está jubilado reclame su dinero, es lo menos que puede hacer tras toda una vida de sacrificio.

Medios económicos vs. políticos

Existen dos formas de enriquecerse y de vivir en sociedad. Podemos resumirlas en la terminología que usó el filósofo alemán (no era liberal) Franz Oppenheimer: medios económicos y medios políticos. Oppenheimer definió los medios económicos como “el intercambio del trabajo de una persona por el trabajo de otra”. Los medios económicos son voluntarios, pacíficos y nos enriquecen a todos. Permite intercambiar todo tipo de capital (físico y humano), fomenta la creatividad, y nos da opciones. Los medios políticos, por contra, son, siguiendo a Oppenheimer, “la indebida apropiación del trabajo de los demás”. Los medios políticos son el uso de la fuerza, el robo y el saqueo. Uno se enriquece a expensas de la libertad y propiedad del otro. Si robamos la legítima propiedad de alguien, le estamos haciendo trabajar gratuitamente para nosotros contra su voluntad, lo estamos esclavizando.

Los medios económicos son la forma en la que trabaja el libre mercado y el capitalismo. Los medios políticos son la forma en la que obra el estado, sindicatos, grupos de presión, etc. Es decir, los de esas organizaciones criminales que nunca podrían sobrevivir, por su propia naturaleza, en un entorno de libertad pura. Recurramos a dos ejemplos históricos para ver las consecuencias de cada uno.

Costa Mediterránea de Cataluña, hace 2.500 años. Ampurias (Emporion, que en griego significa comercio), era un territorio donde vivían pueblos indígenas con una cultura y una economía muy poco desarrolladas. En el S. VI a.C. entraron comerciantes, principalmente griegos, donde de forma descentralizada y sin un plan previo empezaron a negociar entre ellos y los nativos. Ampurias se volvió en poco tiempo la capital del comercio desplazando a Masalia (actual Marsella). Ampurias se convierte en el principal centro de distribución de cerámica ática, surge la acuñación de moneda, se tratan las materias primas como el oro, plata, cobre, estaño, se desarrolla el comercio de joyas, tejidos… El auge económico hizo expandir por toda la costa levantina y sureste peninsular su cultura. La globalización, en su forma más rudimentaria y gracias al libre mercado, empezó a dar sus frutos. Más riquezas, mayor bienestar, expansión de la cultura, de la medicina… Todo sin subvenciones, sin seguridad social, sin estado del bienestar, sin lobbies ni prácticas proteccionistas. ¿Y qué terminó con la prosperidad? El estado, o mejor dicho, su hijo natural: la guerra. Empieza la II Guerra Púnica.

Sudamérica, S. XVI. Los españoles conquistan parte del continente a base de matanzas, acatamiento obligatorio y robos. No hay comercio ni desarrollo, sólo reina el saqueo la desolación y las enfermedades. Pueblos enteros mueren. Los “conquistadores”, en nombre de Dios, de la corona (estado), del “bien común”, convierten lo que podía haber sido un paraíso de prosperidad, comercio y riqueza en un infierno. Una minoría vive a expensas de una mayoría (sólo en Tenochtitlan calculan que había más de cien mil indígenas).

Éstos, son dos casos extremos de lo que significa la prosperidad de la libertad económica contra la desolación del poder hegemónico hoy representada por el estado y sus amigos. El estado, no sólo no nos puede garantizar nuestra seguridad, defensa de nuestra propiedad privada ni bienestar, sino que es la mayor amenaza para las tres. No necesitamos un país, ni un estado, ni un líder para vivir mejor.

 

Quien nos intenta sacar nuestra propiedad, por cualquier motivo que apele a los sentimientos o falsos tecnicismos, no es más que un ladrón; quien crea guerras en nombre del bien común es un asesino; y quien nos intenta arrebatar nuestra libertad, es un tirano que pretende esclavizarnos. ¿El laissez-faire radical, la ausencia de medios políticos, es un sistema perfecto? Tal vez no, pues sólo un loco cree en los “sistemas perfectos” pero una cosa es segura: no será peor que el estado.

Catástrofe natural e intelectual

Se ha hablado y escrito mucho, con gran cantidad y variedad de estupideces, acerca de la inundación de la zona de Nueva Orleans por el huracán Katrina. Algunos han protestado porque no se dedicó más dinero estatal al mantenimiento y a la construcción de diques. A toro pasado y después de ocurrido un desastre es fácil lamentarse de un riesgo no perfectamente cubierto. Conocer a priori qué recursos adjudicar a qué asuntos es muy problemático: los medios son finitos, y añadir a alguna partida presupuestaria implica quitar de otra. Ahora hay quienes se arrepienten de no haber gastado más en diques (sin especificar cuánto más sería adecuado), pero el error siempre es posible en toda acción humana. El futuro es en general impredecible en detalle y no existen garantías completas de seguridad. Todo lo que se gaste ahora en diques no podrá utilizarse para prepararse frente a otras amenazas que quizás sucedan en el futuro.

No se trata simplemente de un problema técnico (recurrir sólo a diques puede evitar alguna inundación pero agravar problemas futuros debido a la distribución de los sedimentos transportados por el río), es sobre todo un problema económico y ético donde entran en conflicto las preferencias particulares de grandes cantidades de personas. Protegerse del alza de un río mediante diques puede trasladar el problema a otra parte del río, y esto lo saben muy bien los habitantes de zonas proclives a inundaciones: en ocasiones se ha recurrido a destruir diques en unos lugares para salvar otros. Y además el sistema de diques es especialmente vulnerable a ataques terroristas (si no se les había ocurrido antes ya deben haber tomado nota).

Los ecofanáticos insisten en culpar de todo al calentamiento global, a la actividad industrial, a la depredación de la naturaleza. Algunos han afirmado que esta catástrofe sucedida en una nación rica demuestra la necesidad de gobiernos estatales más fuertes (incluso un gobierno mundial) que nos defiendan porque todos somos igualmente vulnerables y podemos sufrir por igual las consecuencias de los desastres naturales. Pero las naciones más libres son más ricas y tienen más recursos para defenderse de los ataques de la naturaleza.

Distintos lugares son diferentes respecto a su vulnerabilidad frente a catástrofes naturales de todo tipo (terremotos, inundaciones, incendios, huracanes…): es absurdo considerarlos a todos iguales y pretender garantizar institucionalmente de forma colectiva y coactiva la reparación de los daños. Los seguros estatales los obtienen unos a costa de otros e incentivan la construcción y la población de zonas peligrosas: los individuos no tienen en cuenta adecuadamente los riesgos ya que el gobierno les va a rescatar sistemáticamente y no tendrán que responsabilizarse por sus errores. La demagogia frente al desastre es tal que se insiste en que es una cuestión de orgullo nacional el reconstruir a toda costa, y se tacha de insensible a quien ose afirmar que tal vez sea más sensato asumir las pérdidas y aprender la lección.

Los votantes culpan a los políticos que odian y lamentan que no estén los suyos en el poder. Los políticos se culpan unos a otros, se hacen las fotos y los discursos de rigor para que parezca que hacen algo. Las burocracias estatales han mostrado su incompetencia, pero esto no les preocupa gran cosa, ya que el fracaso está en su naturaleza y es esencial para su crecimiento: se cortan unas pocas cabezas como chivos expiatorios y se incrementa su presupuesto. Sin agencias estatales financiadas mediante impuestos la gente tendría más dinero disponible para contratar seguros privados o para donarlo voluntariamente a instituciones de caridad (las que realmente ayudan) y nadie tendría la excusa moral de que ya ha pagado para que el gobierno se ocupe de todos los problemas de los necesitados.

Muchos han puesto el grito en el cielo al descubrir que en los ricos Estados Unidos de América todavía hay pobres que no pudieron evacuar la ciudad (¿o quizás algunos no quisieron, porque sabían que era muy probable que es su ausencia sus viviendas fueran saqueadas?). Exigen más redistribución de riqueza y más socialismo, pero no se les ocurre pensar que entre las causas de esa pobreza pueda estar la institucionalización de los subsidios que genera una cultura de dependencia e irresponsabilidad personal.

Algunos piensan que la situación de colapso y fracaso del estado es sus funciones teóricamente más básicas de protección del orden público es equivalente al funcionamiento de un mercado libre de seguridad. Los críticos del anarcocapitalismo creen haber demostrado su causa, que sin un estado monopolista del uso de la fuerza aparece el caos, e incluso critican al mercado por no impedir los saqueos y las agresiones. Pero ese mismo estado tan necesario para algunos permitía la existencia de esta ciudad famosa por su delincuencia y corrupción. Es difícil que las instituciones sociales del mercado puedan surgir y mostrar su funcionamiento si los gobernantes deciden desalojar por la fuerza a los ciudadanos y confiscarles las armas, si se les impide defender su persona, su domicilio y sus posesiones. Además el desarrollo de instituciones sociales lleva tiempo, no surgen de la noche a la mañana, y el monopolio coactivo del estado impide su formación.

Sin IVA, por favor

Decía Sabina en una de sus canciones que le gustaban “el whisky sin soda y las noches sin boda”. A mi personalmente, me gustan las compras sin IVA y, más aún, la vida sin impuestos. Desgraciadamente, el nuestro es un mundo repleto de impuestos. Como asesor fiscal vivo de ellos, pero sería feliz si no existieran apenas tributos y me viera forzado a cambiar de trabajo. Por eso, cuando escucho cómo nuestro presidente del Gobierno decide incrementar el IVA en un 0,2% para dedicar la recaudación adicional a la ayuda al tercer mundo, no puedo dejar de preocuparme.

Aunque los impuestos no sean neutros porque afectan a la estructura de producción y gravan renta y, por tanto, capital, el impuesto que probablemente menos perjudica al mercado es el IVA. Sin embargo, al existir muchos más impuestos sobre el consumo como los impuestos especiales al alcohol, hidrocarburos, tabaco y electricidad y otros que recaen sobre la renta, cualquier incremento es una mala noticia. No obstante, es preferible que se incremente el IVA a que lo haga el IRPF porque el primero se aplica equitativamente sobre todos los ciudadanos mientras el segundo es un impuesto progresivo que penaliza el esfuerzo. Pero, en cualquier caso, la solución óptima sería acabar con los impuestos progresivamente.

En cuanto a los efectos de esta subida de los tipos del IVA (recordemos que hay tres, el 4% básicamente para el pan y otros productos de “primera necesidad”, el 7% para alimentos y otros bienes y el 16% para la mayor parte de los productos) hay que recordar que el consumidor será el único perjudicado por esta medida. Cada vez que compre, notará que paga más y que, por tanto, su poder adquisitivo mengua con el tiempo. Por eso tendrá que ajustar su cesta de la compra y sustituir todos los productos que pueda por otros más baratos pero que suplan las mismas necesidades que los que adquiría tradicionalmente. Los empresarios empezarán a apreciar que venden aún menos y que sus costes se incrementan, a pesar de que el IVA sea un impuesto deducible aunque no siempre neutro por motivos que no hay espacio para aclarar en este artículo.

Por último, hay que comentar que el fin del incremento es ejercitar el “humanitarismo con guillotina”, como decía una pensadora norteamericana. Los políticos utilizan nuestro dinero para aparecer como monjas de la caridad. Lo que ha planteado ZP no es más que un lavado de imagen y muestra una psique digna de análisis psiquiátrico. Creer que con sólo dedicar un 0,2% de las transacciones económicas a la ayuda al tercer mundo se puede acabar con el hambre, resulta tan estúpido como crear un ministerio sin competencias como el de Vivienda. El problema del tercer mundo, como explica hoy Juan Ramón Rallo en el suplemento de Ideas de Libertad, no se arregla con un “fajo de billetes” sino con derechos de propiedad, mercado y Estado de derecho.

Mientras existan demagogos que dispongan de la capacidad de establecer e incrementar los impuestos vigentes, tendremos que soportar en nuestras carnes los efectos del populismo más rastrero.

La rebelión contra la riqueza

Si todo se debe al azar, los desdichados sólo conseguirán sobrevivir a través de la redistribución forzosa. Como explicaba hace unos pocos días el Secretario General de Cáritas: "Para que haya menos pobres tiene que haber menos ricos".

Y, cómo no, nuestro fabuloso ZP, ese experto tras dos tardes en economía, se ha adscrito a esta frívola solución de la pobreza. Según el diario Expansión, el jefe del Gobierno propondrá ante la ONU subir el IVA 0’2 puntos porcentuales en todo el mundo desarrollado para eliminar la pobreza.

Desgraciadamente, nada hace más daño a ricos, y pobres, que estas simplistas explicaciones que no atienden a estudiar, respectivamente, las causas de la riqueza y de la pobreza.

Imaginemos que un grupo de gente, por la razón X, destruye sistemáticamente la riqueza; y que otro grupo, por la razón Z, la genera de manera continuada. El disparate de la solución altermundista para la pobreza es flagrante: si quitamos la riqueza a quienes la producen y se la damos a quienes la destruyen no reduciremos la pobreza, sino que la incrementaremos.

Despejando las incógnitas, si la gente es pobre por el excesivo intervencionismo del Estado no parece que la solución más adecuada para la pobreza sea incrementar el tamaño del Estado en Occidente y en África.

Después de la cruzada contra los viciosos, la Inquisición fiscal socialista comienza ahora su ofensiva contra el desarrollo y la prosperidad.

El fracaso de la redistribución

El guitarrista Jon Schaffer se quejaba de que la solución izquierdista a todos los problemas consistía en lanzar un fajo de dinero y esperar a que se arreglasen solos. Es curioso cómo la izquierda mantiene con el dinero una relación de amor-odio: por un lado lo considera la causa de todos los males pero; por otro, la fuente de todas las soluciones (hasta el punto de querer obtenerlo a través de la fuerza, esto es, los impuestos).

La izquierda aburguesada cree haber encontrado la solución perfecta: dado que los pobres no tienen "dinero", simplemente tenemos que proporcionárselo.

Sin embargo, las causas de la pobreza son mucho más profundas. La explicación de que los africanos son pobres porque no tienen dinero con que emprender negocios y crear riqueza no se sostiene. Por ese mismo argumento, Europa y EEUU nunca hubieran alcanzado cotas de bienestar tan elevadas. Si África no puede prosperar es porque "algo" o "alguien" se lo impide, y mientras ese "algo" o "alguien" siga bloqueando la creación de riqueza el efecto de dar dinero a los africanos será el mismo que si lo lanzáramos a un pozo sin fondo.

Como ya hemos explicado en varias ocasiones, los africanos no pueden crear riqueza porque el derecho a la propiedad privada se encuentra atacado y vilipendiado por sus gobiernos.

Es curioso que las únicas recetas del PSOE consistan en ampliar el grado de intervencionismo y de poder de los gobiernos africanos. Bajo la férula del progresismo y de la demagogia más descarnada, Zapatero se dispone a dotar de mayor poder a los principales verdugos de las libertades en África.

Pero supongamos que los tiranos africanos fueran a administrar los fondos recibidos de manera diligente (con o sin supervisión de la ONU), ¿significa esto que la subida del IVA en Occidente conseguirá eliminar la pobreza? En otras palabras, ¿la redistribución de fondos es inútil solamente porque los gobiernos africanos son corruptos y liberticidas?

La respuesta es un rotundo "no". Aun suponiendo una más que dudosa buena fe en los tiranos, la receta mágica de Zapatero para desarrollar África consistiría en volver al socialismo real, esto es, a la completa planificación de la economía por parte del Estado. ¿Es que acaso la ruina del comunismo no ha enseñado nada a los politicastros del PSOE?

Un Estado no puede planificar la estructura de capital de una sociedad, ya que carece de la información necesaria para ello. El empresario, a diferencia del Gobierno, invierte "su" dinero y ofrece a los consumidores una serie de productos; si la inversión ha sido correcta obtendrá beneficios, en caso contrario quebrará y otros empresarios reanudarán la inversión.

Los Estados, en cambio, no obtienen la financiación de sus proyectos a través de las compras voluntarias de los consumidores, sino del expolio de los ciudadanos. Si una "empresa" pública pierde dinero, al Gobierno le basta con subir los impuestos o pedir más ayuda extranjera. La propiedad privada es el punto de partida de toda la economía; sin ella no hay capital, ni división del trabajo ni cálculo económico.

Por ello, los políticos y planificadores son incapaces de planear la estructura productiva de una sociedad; por tanto, el nuevo impuesto solidario de ZP será, como poco, dañino para los occidentales (si bien hay fundados motivos para pensar que lo será también para los africanos, al ampliar el poder de sus estados).

Mientras África no garantice el derecho a la propiedad privada, sus sociedades seguirán sumergidas en la pobreza. Nadie –ni los extranjeros ni los propios africanos– puede estar dispuesto a invertir en una sociedad donde el Gobierno puede, en cualquier momento, nacionalizar la inversión o quedarse con sus rentas.

Por mucha ayuda económica que llegue a África, la sociedad seguirá anestesiada mientras los gobiernos no dejen de agredir la propiedad privada y el espíritu empresarial de sus ciudadanos. En caso de que esa agresión cesara, el crecimiento sería tan veloz y espectacular que la ayuda exterior sería innecesaria.

En realidad, detrás de las cándidas y populistas propuestas de ZP lo que encontramos es un movimiento estratégico dirigido a ampliar el peso del Estado a costa de la sociedad. Los gobiernos occidentales incrementarán su grado de intervencionismo a través de la subida del IVA; a su vez, los gobiernos africanos, gracias a los nuevos fondos, ampliarán su poder.

El círculo vicioso

Pero además este movimiento estratégico generará un círculo vicioso de mayor intervencionismo. Por un lado, como hemos visto, el mayor poder de las dictaduras africanas significará la perpetuación, incluso ampliación, del ataque a las libertades y a la propiedad privada. Por otro, hay que tener en cuenta que las exportaciones africanas a España también se verán gravadas por el incremento del IVA: no sólo pagaremos más por los productos españoles, también por los africanos. Esto significa un menor incentivo para importar productos del Continente Negro. No es que el impuesto lo vayan a pagar los empresarios africanos, sino que los consumidores españoles reducirán sus compras, entre ellas las de bienes africanos.

Con sus políticas socialistas y neoinquisitoriales, ZP no sólo castiga a los españoles, también a los pobres africanos a los que dice ayudar. El negocio izquierdista sale redondo: los gobiernos africanos incrementan su presencia y la sociedad civil sigue empobreciéndose.

La ecuación sólo puede desembocar en una mayor miseria en el futuro, argumento perfecto para volver a incrementar el IVA en Occidente. Vemos, pues, cómo el compadreo dirigista entre sus dictadores y los nuestros termina cercenando la libertad de todos. Eso sí, no duden de que los políticos actúan defendiendo nuestros intereses.

Conclusión

Pocas veces la célebre frase de P. T. Bauer acerca del intervencionismo ha sido tan certera: "La ayuda externa es un excelente método para transferir dinero de los pobres de los países ricos a los ricos de los países pobres".

Los españoles, todos, pagarán más por el hecho de consumir. El Gobierno, haciendo uso de su omnipotencia, ha decidido quedarse con una mayor porción de "nuestro" dinero. Pero, para más inri, el objetivo de tal robo no es otro que engordar las arcas de los tiranos africanos; esto es, consolidar los regímenes opresores, que son los principales culpables de la pobreza en África. A diferencia de lo que decía el secretario general de Cáritas –y parece suscribir el PSOE–, "para que haya menos pobres tiene que haber más ricos"; esto es, los pobres tienen que volverse ricos, y no los ricos pobres.

Pero ZP aprovecha el sentimentalismo contra el hambre para incrementar su poder. Los menesterosos no le importan; no pueden importarle, dado que sus políticas van dirigidas a utilizarlos como reclamo de caza, como justificación bananera a su progresivo control político y económico de la sociedad.

Los africanos no son libres; sus vidas y sus propiedades se encuentran sistemáticamente atacadas por los autócratas intervencionistas. La propuesta de ZP sólo conseguirá recortar aún más la libertad de los africanos y fortalecer los mecanismos represivos de sus estados. Sin embargo, no deberíamos olvidar que quien ha urdido semejante plan despótico es nuestro presidente del Gobierno. Los africanos no son libres, pero nosotros no deberíamos dormirnos en los laureles.