Todo el mundo está pendiente del petróleo. La recuperación mundial y el crecimiento de China han desbordado la capacidad de extracción y refino. La situación política de varios productores, las dudas en torno al dólar; nada ayuda. Y como siempre que un bien comúnmente utilizado eleva su precio, surge la tentación de ponerle un límite. El Estado de Hawai impondrá un precio máximo a uno de sus derivados, el combustible para vehículos, a partir del primero de septiembre. No es el único sitio ni el más importante. China da un paso atrás en sus reformas, y ha tomado la misma medida.
Todo ello es absolutamente sorprendente. Porque desde las primeras civilizaciones se han puesto límites a los precios que se hubieran acordado libremente en la sociedad, una medida que se ha repetido en el bajo Imperio Romano, en la Edad Media, en la Alemania de Hitler… No ha habido época sin ejemplos de controles de precios y siempre con los mismos resultados nefastos. Hoy, además, contamos con la teoría económica, que nos describe los efectos que se producen cuando se limita el precio que pueden acordar los agentes en el mercado.
El precio libre llega al de equilibrio, que es el que vacía el mercado. Es decir, es aquél al cual los vendedores venden todo lo que querían vender y los compradores adquieren todo lo que quieren comprar. Si se impone un precio máximo, los oferentes marginales retiran su oferta del mercado, con lo que la primera virtud del precio de equilibrio no se cumple. Y muchos consumidores quedan insatisfechos porque la oferta es ahora menor, y porque, al precio fijado, hay nuevos consumidores que desean ese bien. Pero este es solo el primer efecto, luego se retira la producción marginal para un mercado que ahora es menos remunerador. Los factores que tienen usos alternativos se desvían a otros sectores y a otras áreas que no están condicionadas por los controles de precios.
Si los productores creen que los controles de precios son efectivos y permanentes, acaban sacando al mercado lo almacenado, lo que agravará la situación más adelante. Eso ocurre con los combustibles, tras haber pasado por el refino. Pero la situación con el petróleo es diferente, ya que su coste de almacenamiento es mínimo, y el coste de no sacarlo al mercado se ha reducido, porque los beneficios que se dejan de ganar han desaparecido, en parte. Los recursos minerales se pueden retirar fácil y económicamente del mercado por largos períodos de tiempo, sin quebranto para los dueños.
El precio máximo es el mayor enemigo del consumidor, porque por un lado le promete más y por otro le niega parte de lo que antes podía adquirir.
En el caso concreto del combustible, tenemos una ilustración histórica perfecta de hasta qué punto resulta destructivo limitar el precio que voluntariamente pudieran acordar gasolineras y consumidores, y es el de Nixon en los 70. Entonces, las horas de servicio se acortaban, en proporción al crecimiento de las colas frente a las estaciones. El petróleo local se destinaba a otros usos o se vendía fuera, y el producido en el exterior, en plena crisis del petróleo, no se interesaba ya por el mercado estadounidense. La expresión vaciar el mercado adquiría aquí un sentido más literal.
En Hawai los conductores se están adelantando a la medida política; llenan los depósitos de sus coches, compran latas con combustible, en largas colas. Vuelven las escaseces y el deseado producto comienza a abandonar el mercado. No aprendemos.
Se dice, en un ejercicio de ingenuidad muy habitual, que el Estado vela por los derechos de los ciudadanos, incluso por aquellos cuya naturaleza es bastante dudosa. Y sin embargo, ese compromiso que en todos los procesos electorales oímos con profusión es incumplido de forma sistemática sin que a la mayoría le parezca escandaloso. Resulta curioso que la inobservancia por parte de las empresas de las cláusulas de sus contratos y acuerdos genere incontables asociaciones de consumidores y que esos mismos ciudadanos no se asocien con tanto ahínco para denunciar los abusos de los poderes públicos.
Pero no sólo se incumplen promesas y derechos que afectan a una pequeña parte de la población sino también a los que afectan a todos los cuidadanos, sin excepción, y ello sólo es detectable cuando el desastre se hace manifiesto. Los intervencionistas creen lógico que en un ‘derecho’ como el de la vivienda se discrimine a los que por ejemplo sean solteros o tengan un nivel de renta elevado, aunque el límite sea arbitrario y por tanto discutible pero en un derecho como es la Defensa que el propio Estado ejerce de manera monopolística, no creo que nadie esté dispuesto a aceptar que el Gobierno y sus ministros no tengan el mejor material disponible dentro del presupuesto asignado. Y sin embargo, esto se ha hecho patente en Afganistán.
El pasado 16 de agosto se estrelló en el país asiático un helicóptero militar ‘Cougar HT-21 UL’ de fabricación francesa con 17 soldados españoles que resultaron muertos. A fecha de hoy todavía no está muy claro qué es lo que ha pasado pero ya han surgido dudas de si el aparato mandado era el más adecuado para la misión que estaban realizando e incluso si el adiestramiento de los militares allí destinados era y es el adecuado.
La elección del helicóptero francés Cougar frente a la otra alternativa, el Blackhawk estadounidense, fue en su momento polémica puesto que la calidad del americano es muy superior a la del francés en equipamiento, blindaje, capacidad y características técnicas. Mientras que los militares y los técnicos pedían el aparato americano, los políticos se decidían por el modelo galo, en una clara decisión que respondía a criterios más políticos que técnicos. Es decir el Estado incumplía uno de sus deberes fundamentales que no es otro que tener la mejor defensa posible. Si a un consumidor se le da un servicio deficiente, en un mercado libre puede cambiarse a otra empresa, desgraciadamente un ciudadano español no puede elegir otro ejército que le proteja.
Pero es que además, la falta de formación adecuada del soldado supondría otro nuevo incumplimiento flagrante, porque más allá de los riesgos asumibles que conlleva toda acción militar, el soldado debe tener la mejor formación y capacidad posible ya que en una situación de combate no hay margen entre lo bueno y los menos bueno, ya que esto puede ser la diferencia entre la vida y la muerte.
De esta manera el Estado bordea la delgada línea que separa la ineficacia y el fraude, se arroga en propiedad una serie de deberes que se vuelven ineficaces debido a corruptelas y decisiones que nada tienen que ver con la naturaleza del servicio y su mejor prestación. Y de esta manera, el Estado trabaja por su supervivencia como entidad de control aumentando sus prerrogativas aunque su cumplimiento sea dudoso, en el mejor de los casos.
Tras la primera Guerra Mundial y el hundimiento de la II Internacional Socialista, una vigorosa corriente doctrinal dentro del marxismo, sobre todo a partir de 1945, da por periclitada la teoría leninista de la conquista violenta del poder por la clase proletaria. En lugar de asaltar el Estado para cambiar la mentalidad de la sociedad, los izquierdistas acomodados en las sociedades del bienestar (socialdemócratas), adoptan la tesis contraria.
Es necesario primero transformar radicalmente el alma humana, para que el poder caiga en manos de la izquierda, en palabras del propio Gramsci, “como fruta madura”. El gusto por la contracultura, el antiamericanismo primario, el ecologismo furibundo, el pacifismo a la violeta y, en general, la predilección de la progresía contemporánea por todos los enemigos del sistema occidental, tienen su origen en este revisionismo marxista de principios del siglo pasado.
A comienzos del Siglo XX, los teóricos de la II Internacional consideraban que los conflictos sociales acabarían lanzando violentamente a un proletariado, cada vez más depauperado y numeroso, contra la minoritaria clase burguesa, dando como resultado el triunfo de la revolución socialista.
En la verborrea marxista clásica, a un cambio sustancial en las condiciones económicas de la sociedad (infraestructura) seguiría de forma inexorable una mutación del pensamiento y la moral colectivas (superestructura), naciendo el hombre nuevo que cumpliría, por fin, el ideal socialista anunciado por sus profetas. Convencidos de que el futuro estaba predeterminado por las leyes de la dialéctica, la implosión definitiva del capitalismo y la llegada de la revolución proletaria, eran, tan sólo, una mera cuestión de tiempo.
Es necesario reseñar, sin embargo, que junto a esta corriente de marxismo contemplativo, coexistían enérgicos líderes partidarios de “ayudar” a la historia a cumplir sus designios. Era el caso de Rosa Luxemburgo y su “gimnasia revolucionaria”, que las masas debían ir practicando para que el advenimiento marxista no les cogiera con las articulaciones morales anquilosadas, o el más clásico ejemplo de Lenin, que, bastante más desconfiado, no creía que el sistema capitalista fuera a reventar por sí sólo de un día para otro (las famosas “contradicciones internas”); por el contrario, según Lenin, era necesario colaborar de forma exógena con esas contradicciones, inoculando al proceso las dosis necesarias de lucha revolucionaria, hasta llegar a la toma violenta del poder por la clase proletaria, que era, por otra parte, de lo que se trataba.
Cuando los vientos que anunciaban el inicio de la primera Guerra Mundial empezaron a recorrer Europa entera, los dirigentes marxistas creyeron ver la oportunidad definitiva para el triunfo de la revolución proletaria en todo el continente. Según la ortodoxia marxista, la clase trabajadora debía responder de forma homogénea ante el conflicto, al margen de los intereses de las burguesías dirigentes nacionales, negándose a luchar contra sus hermanos de clase. La tremenda crisis abierta por una guerra dentro del sistema continental capitalista, no podía tener mas que una salida: La Revolución. La famosa moción de Stuttgart de la II Internacional, proclamada en 1907, era suficientemente explícita al respecto:
“En caso de que la guerra llegase a estallar, los socialistas tienen el deber de intervenir para hacerla cesar inmediatamente y de utilizar con todas sus fuerzas la crisis económica y política creada por la guerra, para hacer agitación entre las capas populares más amplias y precipitar la caída de la dominación capitalista”.
Sin embargo, las previsiones optimistas de la Internacional acabarían en un completo desastre y, por extensión, supondrían el final de la propia organización, pues, a excepción de Rusia y Serbia por motivos muy concretos, los socialistas, junto con los sindicalistas y los anarquistas, participaron mayoritaria y entusiásticamente en la Unión Sagrada con sus clases dirigentes para la defensa nacional. En 1914, los socialdemócratas alemanes -al igual que sus correligionarios ingleses y franceses en sus respectivos parlamentos- votaron en el Reichstag como un sólo hombre a favor de los créditos de guerra, aspecto éste terminantemente prohibido por la II Internacional y reivindicado en sus distintos congresos. En todos los países involucrados en el conflicto bélico, los obreros, dirigidos por sus partidos de corte socialista, fueron alegremente a la lucha en defensa de sus respectivas naciones (y no de sus intereses de clase) dejando “la revolución” para otro momento. Los dirigentes marxistas, seguros como estaban de la infalibilidad de sus análisis materialistas, quedaron petrificados por esta orgía obscena de patriotismo proletario.
Ni siquiera el estallido de la Revolución Rusa fue estímulo suficiente para que en los frentes, las masas proletarias entraran en razón e hicieran de una vez lo que la Historia y sus ungidos dirigentes esperaban de ellas. En lugar de ello, los espartaquistas alemanes, que vieron en la revolución bolchevique la ocasión perfecta para agitar las conciencias de los trabajadores de forma irreversible, fueron molidos a palos ¡por sus hermanos de clase! (los grupos paramilitares encargados de la represión fueron dirigidos por el socialdemócrata Noske, que cumplió este cometido, forzoso es decirlo, con singular eficacia). Rosa Luxemburgo, líder del levantamiento, experimentó en sus propias carnes la “gimnasia” que ella misma pregonaba a las masas, aunque en este caso no fue precisamente revolucionaria si no más bien todo lo contrario, y acabó asesinada a bayonetazos y arrojada a un canal, descubriéndose su cadáver varios meses más tarde; otros levantamientos similares en Baviera o Budapest fueron igualmente aplastados con facilidad. Los trabajadores del mundo se unían, sí, pero no para acabar con el capitalismo, sino para moler a palos a los que trataban de organizar la revolución marxista en su nombre.
Parecía increíble pero, aunque las previsiones establecidas por la dialéctica marxista, cuyo cientifismo histórico estaba fuera de toda duda, vaticinaban el fin del sistema burgués capitalista tras el cataclismo bélico y el advenimiento inexorable de la dictadura del proletariado, el resultado fue exactamente el contrario.
Era imperativo, por tanto, un cambio de estrategia radical. Si la imposición violenta del paradigma marxista resultaba un evidente fracaso aún en las circunstancias más favorables para la agitación revolucionaria, la clave estaba en modificar las conciencias (superestructura) a través de la cultura, los medios de comunicación, las universidades y demás centros de pensamiento, hasta que el poder cayera en el regazo marxista, recordemos, como fruta madura. Al estudio de esta estrategia dedicaremos la próxima entrega de esta serie.
Propaganda y subversión: Gramsci y Münzenberg
Probablemente, Antonio Gramsci fue el primer intelectual marxista que comprendió la necesidad de trasladar la lucha de clases al terreno de la cultura de masas. Junto a Lukacs, otro teórico del “terrorismo cultural” según su propia definición, sentaría las bases para el acceso al poder mediante la demolición de los pilares morales de la tradición judeocristiana. Finalmente Willi Münzenberg, principal dirigente de la Kommintern en la primera mitad del Siglo XX, se encargaría, con eficacia estalinista, de extender por occidente las consignas para la subversión.
El comunista Antonio Gramsci, uno de los pocos dirigentes marxistas a los que el fanatismo ideológico no le impedía cierta capacidad para el frío análisis, percibió tras su primera visita a la URSS que el comunismo no funcionaba como sistema de organización social y que, de hecho, sólo subsistía penosamente bajo regímenes que empleaban el terror de masas como arma para la obediencia política.
Cuando Mussolini, el socialista –conviene no olvidarlo– que acabó creando el fascismo, llevó a cabo su marcha sobre Roma, Gramsci puso en práctica la táctica habitual de los dirigentes comunistas en tiempos de crisis: Salir huyendo a uña de avión (en España, los cuadros dirigentes del PCE protagonizaron episodios similares al final de la contienda civil. Otros camaradas, a falta de aviones soviéticos, utilizaron ambulancias de la Cruz Roja, llenas por cierto de alhajas y otros objetos valiosos, para pasar la frontera evitando los rigores de una huida a pié con los nacionales pisándoles los talones, como es bien conocido).
Ya en Rusia, pues ningún otro destino era más apropiado para el exilio de un fervoroso marxista, el italiano, haciendo gala de una honestidad intelectual a la que fue ajeno el resto de “tontos útiles” (Lenin dixit), que volvían de sus visitas a la URSS cantando glorias sin fin del sistema bolchevique –“la libertad de crítica en la URSS es total”, proclamaba solemne Jean-Paul Sartre tras una de sus giras turísticas al paraíso proletario–, consignó con frialdad la terrible aberración que constituía el régimen soviético, así como los sufrimientos sin fin que provocaba entre la población.
Puesto que la dialéctica marxista como herramienta analítica no podía haber perdido su infalibilidad, la causa de este rotundo fracaso había que buscarla en la tradición judeocristiana, que durante dos mil años había estado infectando el alma de occidente hasta hacerla irrecuperable para el ideal comunista. La propiedad privada como pilar del sistema económico, la familia como forma de organización social y una determinada tradición moral ampliamente compartida, impedían que la historia fluyera en la dirección prevista por los científicos del marxismo.
Finalizado este breve trabajo de campo por tierras bolcheviques –y horrorizado tras comprobar los métodos de un Stalin recién llegado al poder– Gramsci volvió a su país con la intención de liderar el Partido Comunista Italiano. Sin embargo, Mussolini tenía planes distintos para el futuro del líder comunista en Italia, así que le metió en la cárcel y tiró la llave.
En este régimen de enclaustramiento obligado, tan favorable para el recogimiento espiritual y la reflexión serena que requiere toda empresa intelectual de campanillas, Gramsci teorizó brillantemente sobre la necesidad de subvertir el sistema de valores occidental como elemento previo e imprescindible para el éxito del ideal comunista. Para ello, concretó el italiano, era requisito imprescindible ganar para la causa marxista a los intelectuales, al mundo de la cultura, de la religión, de la educación, en definitiva a los sectores más dinámicos en el mundo de las ideas, con la seguridad de que en unas cuantas generaciones cambiaría radicalmente el paradigma dominante en occidente. Sus Cuadernos de la Cárcel, son el compendio indispensable para comprender las claves de este cambio de estrategia. De la importancia seminal de este trabajo, puede hacerse el lector una idea tan sólo indagando en internet a través del motor de búsqueda más popular, utilizando las palabras “quaderni” y el nombre del italiano: el primer resultado que aparece, si se solicitan sólo páginas en español, es un estudio hagiográfico de la obra de Gramsci editado por la UNESCO, quizás el mayor conciliábulo de tontos útiles del planeta, lo que, dicho sea de paso, confirma plenamente las teorías del aludido.
Por su parte el húngaro Gregory Lukacs, otro brillante teórico totalitario, llegaba en sus análisis a las mismas conclusiones que su colega italiano. Lukacs, además, tuvo la oportunidad de poner en práctica sus teorías durante la breve dictadura de Bela Kum, bajo la que desempeñó las funciones de comisario para la cultura. En el breve plazo que duró en Hungría la dictadura comunista, Lukacs –¿Quién nos librará de la civilización occidental?– instauró, como parte de su proyectado terrorismo cultural, un radical programa de educación sexual en los colegios, en el que los niños eran instruidos en las bondades del amor libre y los intercambios sexuales, así como en la naturaleza irracional y opresora de la familia tradicional, la monogamia o la religión, que privaban al ser humano del goce de placeres ilimitados. Como se puede ver, los patrones intelectuales de la generación del baby boom tienen su origen en el programa ideológico diseñado por el húngaro con medio siglo de antelación. Nada nuevo bajo el sol.
Es importante insistir en que Lukacs y Gramsci coincidían plenamente con los objetivos finales del marxismo clásico y su diseño de una sociedad nueva, modulada bajo los parámetros de la ingeniería social comunista. Lo único en lo que diferían respecto a sus antecesores era en los medios para alcanzar esos fines. Aunque nuestros progres actuales lo ignoren (como tantas otras cosas), éste es el origen doctrinal del progresismo contemporáneo. De hecho, podríamos decir que Gramsci y Lukacs son los padres intelectuales del progre del Siglo XXI, y si la izquierda de a pié prefiriera la lectura sosegada a la deglución acrítica de mantras prefabricados, los institutos de la LOGSE y las aulas universitarias estarían llenas de camisetas con la imagen de estos dos precursores de la revolución cultural, en lugar del sempiterno Ernesto Guevara. Ambos pusieron las bases de la contracultura que nuestros progres adoptaron como propia a partir de los años 60, cuyo fin es erosionar las bases del sistema de vida de occidente y hacer posible el sueño marxista de una sociedad en la que propiedad privada, familia y tradición moral acaben siendo reliquias del pasado.
Pero estos escarceos teóricos no hubieran tenido apenas virtualidad en la forma de vida occidental sin la participación de la más formidable maquinaria de propaganda marxista. Hablamos, naturalmente de la Kommintern, o Internacional Comunista, dirigida por un genio de la infiltración y el agit-prop como Willi Münzenberg.
Münzenberg había sido compañero de Lenin ya en su etapa suiza, antes de la revolución bolchevique. Una vez conquistado el poder, el nuevo líder soviético le puso a trabajar junto a Karl Radek –un intelectual radical polaco dedicado a “racionalizar” las ideas revolucionarias– y Félix Dzerzhinsky –creador de la Cheka e inventor de la policía secreta como instrumento de terror revolucionario–, convirtiéndose en el responsable directo de las operaciones de propaganda en occidente.
Münzenberg utilizó la Kommintern para la consecución de un objetivo muy sencillo en su definición, pero tremendamente complicado de llevar a cabo. En esencia, su misión fue inocular en la conciencia de occidente, como una segunda naturaleza, la idea de que cualquier crítica o reproche al sistema soviético sólo podía provenir de personas fanáticas, fascistas o sencillamente estúpidas; mientras que los partidarios del comunismo eran, por el contrario, gente con una mente avanzada, partidarios del progreso de la humanidad y tocados por un halo especial de refinamiento intelectual. Para ello, los hombres de Münzenberg contaron con la colaboración, dentro de occidente, de una auténtica pléyade de escritores, periodistas, artistas, actores, directores de cine, científicos o publicistas, de Ernest Hemingway a John Dos Passos, de Bertolt Brecht a Dorothy Parker, dispuestos a defender una imagen idealizada del sistema comunista y a esparcir por el mundo las bondades del régimen soviético. Sobre la opinión que el propio Münzenberg tenía de todos ellos, baste señalar el calificativo que empleaba en privado para definirlos: “El club de los inocentes”.
Bajo su dirección, la Kommintern se convirtió en el primer “multimedia” de la Historia, con decenas de periódicos, revistas, editoriales, estaciones de radio o productoras de cine formando un complejo entramado dispuesto para la difusión del tipo de mensajes que interesaba a la dirección comunista. El éxito de la estrategia, pudo influir en su posterior reproducción a escala nacional por parte de corporaciones empresariales privadas, cercanas a los centros de poder socialista y con algunos ejemplos exitosos bien conocidos, cuya condición empresarial, rabiosa y saludablemente capitalista, no entorpece su particular empeño en la difusión de los dogmas típicos de la vulgata marxista en contra de la globalización, el libre mercado, los EEUU o la moral judeocristiana de los que se nutre diariamente su parroquia.
Münzenberg, además, fue el creador de la figura de la “agencia de noticias”, que bajo su inspiración servía tanto para labores de intoxicación informativa como para ocultar excelentemente a los hombres encargados de las tareas de espionaje en los países anfitriones.
Pero además de la Kommintern de Willi Münzenberg, la llamada Escuela de Francfort, fundada por Lukacs y otros miembros del Partido Comunista Alemán, estaba llamada a desempeñar un papel directo en las tareas de subversión cultural, especialmente en los Estados Unidos de Norteamérica, donde recaló huyendo del nazismo (de nuevo el proverbial heroísmo comunista), toda esta troupe de intelectuales concienciados. A su examen y al de las claves del combate contracultural que se viene desarrollando desde hace ya medio siglo, dedicaremos el siguiente capítulo de esta serie.
El secuestro de la sociedad civil: Herbert Marcuse
A comienzos de los años 20 del siglo pasado Lucaks, junto con otros compañeros del Partido Comunista Alemán, creó el Instituto de Investigación Social, ligado académicamente a la Universidad de Francfort. En su seno, los sucesores de Gramsci recogerían su legado intelectual para producir una escolástica marxista con la que emprender “el largo camino a través de las instituciones”.
Las figuras más importantes de la Escuela de Francfort fueron Max Horkheimer, bajo cuya dirección se consolidó su prestigio internacional como centro de pensamiento avanzado, el crítico musical Theodor Adorno, el psicólogo Erich Fromm y un joven talento nacido de la propia escuela llamado Herbert Marcuse. Todos ellos arribaron a los Estados Unidos de Norteamérica huyendo del nazismo, encontrando acogida en la Universidad de Columbia, en el Estado de Nueva York.
A los efectos de este breve estudio, el hito más importante de la escuela de Francfort es el desarrollo de lo que se llamó “La Teoría Crítica”. La crítica a la que hace referencia su denominación se dirigía, obviamente, hacia la sociedad occidental capitalista, que estos pensadores marxistas declaran férreamente oprimida por una mentalidad tradicional judeocristiana, a la vez que manipulada por las estructuras burocratizadas de los grandes medios de comunicación, que producen una falsa cultura con el objeto de apaciguar, reprimir y entontecer a las masas mediante la imposición de aberraciones conceptuales como el cristianismo, la autoridad, la familia, el capitalismo, la jerarquía, la moralidad, el patriotismo, la tradición, la lealtad, el conservadurismo o la continencia sexual.
Bajo la teoría crítica, el sistema occidental es acusado de cometer toda clase de genocidios contra el resto de las civilizaciones (el mito rousseauniano del buen salvaje), de mantener sojuzgados a sectores enteros de la población (mujeres, minorías étnicas, homosexuales, etc.) o de fomentar el nacimiento y desarrollo de todo tipo de conductas de carácter fascista. Se trata de un marco filosófico que pretende inculcar un pesimismo constitutivo en el alma occidental, a pesar de ser la sociedad más próspera y libre del planeta. Sin embargo, como escribió Aron, «todo régimen conocido es torpe y culpable si uno lo compara con un ideal abstracto de igualdad o libertad». A grandes rasgos esta fue la estrategia psicológica para que la generación occidental de los 60, la más privilegiada de la Historia, se convenciera a sí misma de vivir en un infierno insufrible.
Pero quizás el hito más importante de la Escuela de Francfort fue la publicación del libro de Herbert Marcuse "La tolerancia represiva", que muy pronto se convertiría en lectura de culto en los ambientes académicos. Marcuse, como ya se ha apuntado, llegó a los EEUU junto con los demás integrantes de la escuela aunque, a diferencia de la mayoría de sus compañeros, no volvió junto a ellos a Alemania en los 50. Cuando los campus universitarios norteamericanos ardían en las oleadas violentas de los 60, Marcuse era una figura venerada entre los sectores más radicales. Sus alocuciones a los estudiantes llamándolos a la rebelión le convirtieron en un icono intelectual. Suya es la consigna «haz el amor y no la guerra».
En “La tolerancia represiva”, Marcuse construye su acta de acusación formal contra la burguesía, considerándola no como un crisol de conductas arcaicas o pasadas de moda, sino como la causa directa de la opresión fascista que soporta la sociedad. Así como el marxismo clásico criminalizó a la clase capitalista, la Escuela de Francfort, a través de Marcuse, declaró culpable de los mismos delitos al sector sociológico formado por las clases medias. El desarrollo teórico posterior de esta idea seminal llevó a sus estudiosos a concluir que los individuos que crecían en familias tradicionales eran incipientes fascistas, nazis potenciales, al igual que los que hacen gala de algún síntoma de patriotismo, los practicantes de religiones tradicionales o, en general, los autotitulados conservadores.
Pero Marcuse es también el responsable de otras herramientas dialécticas del arsenal progre como el concepto de «tolerancia represiva», según el cual aceptar la existencia de una amplia variedad de puntos de vista (otros lo llamamos simplemente «libertad de expresión») es, en realidad, una forma escogida de represión. Marcuse definió su particular concepto de la tolerancia como la comprensión condescendiente para todos los movimientos de izquierda, conjugada con la intransigencia más absoluta respecto a las manifestaciones de matiz conservador. Un ejemplo claro de esta táctica totalitaria se pudo ver en el tratamiento informativo de los sucesos acaecidos en la manifestación de la Asociación de Víctimas del Terrorismo, en la que José Bono fue objeto de una agresión inexistente. Las protestas airadas de un grupo de ciudadanos contra la presencia en la misma de un ministro del Partido Socialista Obrero Español, fueron calificadas como un acto injustificable de exaltación fascista. Por el contrario, las violencias que en los últimos años ha padecido el sector conservador de la sociedad –éstas sí muy reales y, en algunos casos, con riesgo físico más que evidente para los que las padecieron–, el destrozo de las sedes del partido de la derecha o las pancartas con gravísimos insultos a sus representantes políticos (con fotografías incluidas, para que no hubiera duda) sólo merecieron –más daño hacen las bombas de Irak– comprensión y argumentos exculpatorios por parte de estos mismos custodios de la ortodoxia democrática. La circunstancia de que el autor de la palinodia más agresiva sobre el resurgimiento del fascismo ibérico, publicada a raíz del suceso, acumulara en sus manos las carteras de Interior y Justicia, suceso inédito en las democracias avanzadas y, en cambio, algo muy habitual en los regímenes fascistas, sólo añade el tradicional toque esperpéntico de la izquierda cuando se pone a pontificar.
En realidad, Marcuse no hacía sino actualizar las directrices de órganos comunistas como el Comité Central del PCUS, que ya en 1943 instruía a sus cuadros con la siguiente consigna: «Nuestros camaradas y los miembros de las organizaciones amigas deben continuamente avergonzar, desacreditar y degradar a nuestros críticos. Cuando los obstruccionistas se vuelvan demasiado irritantes hay que etiquetarlos como fascistas o nazis. Esta asociación de ideas, después de las suficientes repeticiones, acabará siendo una realidad en la conciencia de la gente».
Esta técnica dialéctica ha sido adoptada por la progresía contemporánea (cualquier discusión en la que los argumentos conservadores se hacen difíciles de refutar, es zanjada por el progre de turno tachando de fascista a su contradictor) y sigue plenamente vigente sesenta años después. Este y no otro es el origen de lo que se ha dado en llamar “lo políticamente correcto” –marxismo cultural sería la definición más apropiada en términos históricos–, especie de estricnina intelectual adoptada por el progresismo dominante como elemento constitutivo de su particular cosmovisión, que desemboca con éxito en la imposición de los tópicos prefabricados en defensa de la agenda cultural, intelectual y moral de la izquierda. Basta con asomarse a los medios de comunicación para constatar la magnitud de la dictadura de este marxismo cultural, que obliga a la aceptación de estos principios bajo pena de excomunión democrática. La homosexualidad, la infidelidad, el aborto, la promiscuidad exacerbada y en general cualquier conducta contraria a la esencia de la familia tradicional, es ofrecida a través de programas de testimonio, tertulias o teleseries como expresiones altamente enriquecedoras del ser humano. El menoscabo de la propiedad privada en beneficio de un “interés público”, la masiva intervención estatal en asuntos privados como la enseñanza o el llamado Estado del Bienestar, son considerados también elementos imprescindibles para el progreso de las sociedades. Por el contrario, la religión –cómo cocinar un Cristo para dos personas–, la defensa de la propiedad privada y el capitalismo como elementos imprescindibles para el progreso económico, la familia como forma de organización social o la observancia de un código moral transmitido durante generaciones, son elementos situados en el punto de mira de los acorazados del progreso con carácter permanente. Cualquiera que se atreva a disentir del dictado del marxismo cultural configurado a través de estas consignas, es tachado inmediatamente de reaccionario, fanático o, si persiste en su empeño, de fascista.
Bajo el régimen despótico de lo políticamente correcto, las únicas expresiones religiosas admisibles son las que ponen el acento en conceptos típicos de la agenda progre como la justicia social, la redistribución de la riqueza o el tercermundismo anticapitalista. Por otra parte, tras varias décadas de marxismo educativo, nuestros alumnos son los menos capacitados en las áreas clásicas de conocimiento (en algunos casos rayando en el puro analfabetismo), pero en cambio conforman las generaciones más hipersensibilizadas con los tópicos promovidos por la izquierda como los riesgos del medio ambiente, la lucha contra la opresión capitalista, la tolerancia sin límites, el pacifismo sin condiciones, el multiculturalismo o el relativismo ético.
El éxito del programa intelectual gramsciano queda atestiguado con ejemplos como el de Michael Walzer, quien en el número de invierno de 1996 del órgano marxista Dissent citaba las siguientes conquistas: «el visible impacto del feminismo, los efectos de la discriminación positiva, la emergencia de los derechos políticos de los gays y la atención que se les presta en los medios de comunicación, la aceptación del multiculturalismo, la transformación de la vida familiar incluyendo el incesante crecimiento de las tasas de divorcio, cambio de roles sexuales, nuevas formas de concebir la familia y, de nuevo, su representación favorable en los medios, el progreso de la secularización, la expulsión de la religión en general, y el cristianismo en particular, de la esfera pública (aulas, libros de texto, códigos legales, periodos vacacionales, etc.), la virtual abolición de la pena capital, la legalización del aborto o los éxitos iniciales en el esfuerzo para regular y limitar la posesión de armas de fuego». Pero lo más destacable de todo es, como admite el propio Walzer, que todas esas conquistas han sido impuestas por las élites progresistas, sin que respondan a la presión de movimientos de masas.
Todo este proceso histórico ha desembocado finalmente en la aceptación generalizada de la agenda política de la izquierda –hasta los partidos de la derecha conjugan con total despreocupación términos como desarrollo sostenible, cambio climático, equilibrio norte-sur, justicia social, defienden la educación pública, el estado del bienestar, etc.–, en lo que quizás es la última fase de esta larga marcha a través de las instituciones diseñada en su día por Gramsci con dimensiones proféticas y que Aldous Huxley concretó admirablemente cuando escribió que “un estado totalitario realmente eficiente, es aquel en el que las élites controlan a una población de esclavos que no necesita ser coaccionada, porque en realidad ama esta servidumbre.”
El desfonde de la posmodernidad
Toda esta vastísima empresa contracultural, sólo sirvió para retrasar tal vez unas décadas el hundimiento del bloque soviético. Sin embargo, la labor de disolución de los ideales en los que se sustenta la sociedad libre característica de los sistemas occidentales, ha sido un éxito rotundo. Tan sólo una cultura degradada o una civilización dando sus últimas boqueadas, es capaz de asimilar el material de derribo esparcido por la vulgata marxista y adoptarlo como patrón de conducta.
La consecuencia inmediata del aplastamiento de los principios que sustentan el orden natural (familia, propiedad privada, moral tradicional, libre comercio), no podía ser otra que la increíble desorientación de las sociedades que lo han padecido. En el estado de cosas actual, se acepta prácticamente como un dogma de fe que la realidad sencillamente no existe, con lo que el hombre se despoja voluntariamente de su principal herramienta de supervivencia: La razón. Si nada es bueno o malo, moral o inmoral, si todo es relativo, si las afirmaciones absolutas son observadas como la demostración del carácter autoritario de quien las sostiene, si no se admite que el ser humano puede conocer la existencia de una realidad objetiva, integrando la información que le proporcionan sus sentidos a través de la razón, entonces el mundo se convierte en algo incomprensible y amenazador, un sitio en el que no merece la pena esforzarse por alcanzar unas metas de cuya moralidad nadie puede responder.
En la sociedad actual, la masa sustituye una visión integrada de la existencia de acuerdo con patrones racionales, por los principios que le ofrece la atmósfera cultural que les rodea. Pero la educación, sometida al dictado de los ingenieros sociales que inundan sus estratos superiores, ya no es una herramienta de transmisión del conocimiento analítico, sino un medio de reformar la sociedad en virtud de un patrón predeterminado. Los medios de comunicación, las películas, etc., presentan por lo general a una serie inagotable de tarados, drogadictos, depravados y psicóticos en sus múltiples variantes como modelos de conducta (repase mentalmente el lector cualquier película de “nuestro director de cine más internacional”) o, en el mejor de los casos, como representantes del alma humana, invitándonos a imitarles o, al menos, a mostrar nuestra comprensión en lugar del enérgico rechazo espontáneo que deberían suscitar en cualquier mente sana.
Los intelectuales, la última esperanza de cualquier sociedad que quiera iniciar su rearme moral, ofrecen, salvo contadas excepciones, un espectáculo grotesco caracterizado por el escepticismo militante, el laicismo agresivo, el pesimismo constitutivo o el gusto por la autodepravación en sus múltiples posibilidades.
La acción humana es la categoría irreductible a partir de la que podemos derivar toda la ciencia económica. El hombre actúa para pasar de una situación menos satisfactoria a otra más satisfactoria (en caso contrario no actuaría). A la situación más satisfactoria apetecida la denominamos fin, y al conjunto de etapas que separan la situación actual del fin, medios.
No tiene sentido hablar de acción humana sin hacer referencia a fines y medios. Sin fines el hombre no actuaría (estaríamos hablando solamente de actos reflejos, sin importancia alguna para las relaciones económicas) y sin medios no habría diferencia entre la situación actual insatisfactoria y el fin (de manera que no sería necesario actuar, pues ya nos encontraríamos en la situación apetecida).
Este mismo análisis nos sirve para establecer las bases de nuestra libertad. Si no se nos permiten elegir entre nuestros fines, no somos libres, sino esclavos de quien nos los marque. Así pues, toda acción supone una elección entre los distintos fines humanos. Si no hubiera elección tampoco habría propiamente acción, sino reacción. Perseguiríamos el único fin existente, no tendríamos alternativa.
Toda acción implica elección y toda elección supone forzosamente una discriminación, un juicio valorativo entre los distintos fines. Si eligiéramos sin discriminar estaríamos ante una libertad pervertida; en realidad, el resultado de la elección estaría predeterminado.
De la misma manera, si no nos permiten elegir los medios que juzgamos (a través de la discriminación) más útiles para los fines que ya hemos elegido, no seríamos libres. Primero, porque al imponer los medios estaríamos marcando indirectamente los fines (si no tengo acceso a líquido alguno no puedo saciar la sed); segundo, porque si permitimos al ser humano una discriminación entre un rango de medios menos eficientes (por ejemplo, prohibirle viajar en coche, pero permitirle la bicicleta), provocamos una satisfacción de los fines menos satisfactoria y más costosa.
En otras palabras, no conseguiremos exactamente los fines que nos habíamos propuesto (sino una meta ligeramente similar) y, al ocuparnos un mayor tiempo, tendremos que renunciar a otros fines que hubiéramos satisfecho en ese período (si tardo una hora más en llegar a casa del trabajo, dispongo una hora menos de tiempo para satisfacer mis necesidades). En ambos casos, estamos indirectamente imponiendo o prohibiendo ciertos fines.
La capacidad para establecer nuestros fines sin interferencias ni coacciones se llama libertad de conciencia. La capacidad para controlar y elegir nuestros medios, propiedad privada. Cuando tenemos control sobre unos y otros el ser humano ejerce plenamente la llamada “función empresarial”: buscar los fines más satisfactorios y los medios más adecuados para ellos. Si esa función empresarial es restringida de alguna manera, nos encontramos con una coacción típicamente socialista que obstaculizan el progreso social. El individuo no alcanza los fines más apetecidos y su libertad se ve aplastada por mandatos coactivos que lo dirigen a objetivos no deseados o menos deseados.
De hecho, el comunismo pretendía construir un nuevo hombre. Los fines individuales debían estar sometidos a una supuesta finalidad histórica aprehendida científicamente. Hoy en día el democratismo sustituye este científico fin histórico por el fin del pueblo expresado en las urnas. En cualquier caso, la libertad de elegir los fines y la propiedad privada debe ser eliminada; todo queda subordinado al interés general, cuyo realizador último es el Estado.
Estos mecanismos de control, pues, no han desaparecido en absoluto. Los impuestos nos privan de los medios que necesitamos para alcanzar nuestros fines; la discriminación positiva restringe nuestra capacidad de decisión sobre nuestra propiedad; ciertos tipos de regulaciones nos obligan a perseguir ciertos fines (servicio militar obligatorio) o nos impiden alcanzar otros (prohibición del consumo de drogas).
En cualquier caso, se nos impide discriminar entre fines y medios. El Estado, basándolo en diferentes pretextos, nos impone su elección. Seguimos sin ser libres.
En diciembre de 2003 un editorial del New York Times aludía a los “nuevos republicanos” que, al frente del Congreso y la Administración, promovían una agenda corporativista y paternalista en pugna con la tradicional retórica anti-estatista del conservadurismo anglosajón. Aunque estos republicanos más que nuevos son una revisión de los viejos lincolnitas, que un bastión progresista como el New York Times los tilde de estatistas, mostrando incluso su simpatía por ese activismo intervencionista, no deja de resultar sintomático. Por aquel entonces el periódico conservador The Wall Street Journal se preguntaba: ¿no son los republicanos los supuestos valedores del Estado pequeño? Y el congresista Ron Paul sentenciaba que el GOP había abandonado a los conservadores.
Cuando recientemente el presidente Bush firmó una ley sobre transporte que contiene más de 6000 proyectos mascota que en palabras del moderado Washington Post “equivalen a una acción deliberada de gastar los dólares del contribuyente”, el editorial del periódico se interrogaba acerca de qué Partido era en realidad el del gobierno grande, si el Demócrata o el Republicano. En opinión del historiador Allan Lichtman, “la noción del gobierno limitado y frugal ha sido demolida por esta administración”, siendo Bush el único presidente que hasta ahora no ha hecho uso de su poder de veto ni una sola vez para frenar proyectos y atenuar así el despilfarro. Bush ha sido el presidente más pródigo con el dinero ajeno desde Lyndon Johnson, tanto en el gasto de defensa y seguridad nacional como en el gasto social. Durante el primer mandato el gasto público ascendió un 33%, y el presupuesto federal pasó de un 18,5% del PIB (etapa Clinton) al 20,3%. El mismo Partido Republicano que en 1994 refrendó un Contrato con América para poner fin al intervencionismo desbocado suscribió un aumento del 27% del presupuesto de 101 programas que había prometido desmantelar. Aquellos republicanos que años atrás proponían cerrar el Departamento de Educación hoy, con mayoría en el Congreso, incrementan sus fondos en un 69,6% (período 2002-2004). ¿Será ésa la parte compasiva del conservadurismo de Bush?
El Grand Old Party, tomado por neoconservadores, social-conservadores, socialistas sin adjetivos y políticos sin principios, ha lanzado por la borda ese anti-estatismo goldwateriano de la vieja derecha para abrazar, conquistado el poder, la causa del intervencionismo. En el capítulo de libertades civiles, aprobando la (un)Patriot Act; en el capítulo social, más Medicare, más National Endowment for the Arts, más programas federales de vivienda, No Childs Left Behind y proteccionismo; en el capítulo monetario, el dinero fácil de siempre; y en política exterior, OMC, FMI, BM, ONU y wilsonianismo renovado en pro de la salud del Estado, que no de la libertad. La cacareada rebaja de impuestos de poco sirve sin un recorte del gasto, y la reforma propuesta de la Seguridad Social podría no ser el paso adelante que alegan algunos.
En el seno del republicanismo persisten ciertos instintos reaganianos y elementos netamente liberales como el The Liberty Committee o el Republican Liberty Caucus. Una fracción de las bases es abiertamente hostil al estatismo, y la prensa conservadora y think tanks afines al libre mercado reprenden a Bush por su política doméstica. Pero no es ése el espíritu que en la actualidad rige el partido y ostenta el poder en América. El socialismo se viste de muchas maneras, y en esta ocasión se ha vestido de republicano.
ecuente el suicidio entre los voluntarios para ir al frente que eran rechazados por no resultar aptos. En contraste, si se pregunta a la izquierda política de nuestro tiempo cuales son los ideales que debe defender occidente, la respuesta será tal brebaje de generalidades grandilocuentes sobre la humanidad, el diálogo entre civilizaciones, los derechos humanos, la legalidad internacional emanada de la ONU, la paz mundial o el desarrollo sostenible, que ni un insecto se dejaría matar por ellos.
Cuando se ha conseguido llevar a la mitad más próspera y libre del planeta a este estado de desfonde intelectual y moral, el terreno queda convenientemente abonado para que fructifiquen hasta las ideas más delirantes de la intelectualidad orgánica de izquierdas, siempre removiendo los cascotes del muro de Berlín, a la búsqueda de alguna idea que no ofenda en exceso la inteligencia humana. En este estado de postración intelectual, no resulta extraño el extraordinario florecimiento de la irracionalidad, el misticismo absurdo y las doctrinas descabelladas, de todo lo cual el movimiento de la Nueva Era es su principal expresión.
Si el progresismo es la quintaesencia de la ingravidez intelectual, la New Age es su trasunto oligofrénico, lo que la convierte, de inmediato, en una propuesta atractiva para el espíritu contemporáneo, pues ofrece una oportunidad para integrar todos aquellos elementos absurdos que la esquizofrenia postmoderna había dispersado.
El movimiento New Age es una corriente cultural (es decir contracultural), cuyo origen se localiza en la costa oeste de los EEUU durante la década de los sesenta, que se basa en una concepción mágica de la realidad, en la que los arcanos de las culturas más disparatadas (atlantes, rosacruces), las terapias más absurdas y una antropología irracional, se trufan con un mesianismo milenarista, un pacifismo ultramilitante y el inevitable toque OVNI, formando una grasienta empanada de imposible digestión. La renuncia intelectual de sus practicantes es tan severa, que dentro del movimiento de la Nueva Era no resulta extraño encontrar a cristianos que creen firmemente en la reencarnación, o estrellas de Hollywood, cuya evidente politoxicomanía y hedonismo no les impide declararse fervorosas seguidoras del ascético budismo zen.
En realidad, la New Age sirve perfectamente a los fines establecidos por los ideólogos de la guerra contracultural, pues su mística, al contrario que la judeocristiana no está basada en la comunión o el crecimiento personal, sino en la disolución total con un evanescente “todo cósmico”. Este carácter decadente de la ética y la estética New Age, que entroniza el relativismo moral y cultural como un valor a perseguir, convierte a esta corriente en un aliado virtuoso de la intelectualidad progresista, en su tarea de dejar a la sociedad sin recursos eficaces contra su propaganda anticapitalista.
Es hora de insistir en que el capitalismo es el único sistema que permite al individuo llegar tan lejos como su inteligencia, ambición o habilidad le lleven, recompensándole en consecuencia. Bajo el orden capitalista, el éxito no depende del dictado arbitrario de unos pocos sino de la aceptación de una mayoría libre. No nos engañemos. Nuestro sistema de vida capitalista no es atacado por este ejército de zombis morales por sus defectos (que los tiene como toda obra humana), sino precisamente por sus virtudes. La motivación real de los colectivistas hegeliano-marxistas que controlan nuestra cultura, no es su amor por el comunismo o su pasión por la “liberación del tercer mundo oprimido”, sino su odio visceral hacia el sistema de vida occidental capitalista. Su mediocridad les impide admitir que el éxito de los demás se debe a su superior talento o disciplina; por tanto insisten con empeño en que toda fortuna es fruto del robo y, por extensión, que la riqueza de los países prósperos procede de la explotación injusta de las zonas míseras del planeta. Por eso siguen repitiendo que los que defendemos la libertad civil y la propiedad privada somos peligrosos egoístas totalitarios, mientras que los apóstoles de mayores controles estatales o los que se declaran fascinados por el régimen castrista, son los auténticos adalides de la libertad y el progreso.
Ahora, más que nunca, es necesaria una rebelión intelectual y moral que desenmascare todo este veneno social y los agentes que lo inoculan. Aunque la tarea es ingente, es posible detectar algunos incipientes movimientos reactivos en amplias capas de la población. El éxito de iniciativas como Libertad Digital, o más coyunturalmente las masivas manifestaciones en defensa de cuestiones que afectan al orden social y a los principios en que se sustenta la unidad nacional, así lo demuestran a nuestro juicio. El nerviosismo de la izquierda lo corrobora. Es como si todos esperaran a que el vecino afirme públicamente que el “rey va desnudo” para sumarse con bravura a esta denuncia de lo evidente. Pues bien, proclamemos ya, ahora, que el rey no sólo va en pelotas, sino que además, estamos dispuestos a rebelarnos contra su tiranía con las herramientas que proporciona a todo hombre la razón, la moral y la inteligencia, para distinguir lo que la Historia ha demostrado que hace a las sociedades prósperas de lo que las esclaviza.
En última instancia, la única diferencia entre la conquista violenta del poder por una minoría totalitaria, como pretendía el leninismo, y la obtención del mismo por caminos difusos previa aniquilación del arsenal moral e intelectual de la sociedad, si finalmente sucede, sólo estribará en que la agonía habrá sido más larga y las víctimas mucho más numerosas. Es posible que estemos inmersos en una guerra perdida de antemano, pero aún así, nosotros estamos dispuestos a luchar en ella con todas sus consecuencias. ¿Y usted?
En una ocasión Luis Napoleón Bonaparte dijo que: “la cantidad de bienes que exporta un país a otro es proporcional al número de cañonazos que se pueden disparar contra el enemigo con honor y dignidad”. De aquí se deduce, evidentemente, que las importaciones son los cañonazos que nosotros recibimos de los otros países. Casi doscientos años después, los proteccionistas europeos siguen pensando igual.
Es lo único que saben hacer bien los políticos y altos burócratas: destruir el comercio y prosperidad de las naciones con guerras comerciales, y también las vidas de las personas con sus políticas exteriores (intervenciones militares, guerras…). No en vano, el brillante economista Ludwig von Mises afirmó que “la filosofía del proteccionismo es la filosofía de la guerra”.
Antes que los gobiernos se entrometiesen en los asuntos económicos las guerras comerciales, tal y como las entendemos ahora, no existían. Efectivamente, la razón por la cual hoy día usted compra más caro en una tienda no se debe al libre mercado, que es casi inexistente (de momento), sino a las peleas internacionales de los políticos. Sus pantalones, sus camisas, sus productos de cocina… son las armas que usan para enriquecerse ellos, y las empresas más ineficientes. El perdedor es el empresario eficiente y el consumidor.
Tenemos esta semana un ejemplo fresco. El 1 de enero de este año entró en vigor la liberalización de productos textiles a nivel internacional. Esto provocó varias consecuencias: que los políticos perdieran una relativa fuerza sobre las actividades económicas, que las empresas ineficientes y obsoletas tuvieran problemas para seguir en el mercado, que los consumidores tuviéramos más productos textiles y más baratos y que las empresas eficientes recibieran más beneficios generando más bienestar. Gracias a esto último, en parte, Zara ha entrado en la lista de las cien mayores marcas del mundo (la 77, y es la única española de la lista).
Pero esto no gustó a los políticos ni a las empresas ineficientes (¡organizadas en lobbies, como no!). Así que decidieron reabrir la guerra comercial perjudicándonos a todos. El pasado mes de junio la UE firmó un acuerdo con China que establecía restricciones hasta 2007 para las importaciones procedentes del gigante asiático. ¿Y cuáles han sido los resultados?:
– Las cuotas anuales de blusas, jerséis y pantalones han sido superadas. Los pedidos de los comerciantes no están en las tiendas, sino en el puerto bloqueadas por el estado.
– También, la demanda ha sobrepasado con creces la cuota fijada para la entrada de ropa de cama, de mesa y vestidos de mujer.
– Y en breve, la cuota anual de sujetadores y camisetas también se superarán.
En el Financial Times varios ministros entrevistados advertían que las “empresas comerciales europeas se enfrentan a la bancarrota o a serias pérdidas financieras. Muchos puestos de trabajo podrían perderse”. Sumémosle algo más, y es que si hay una reducción en la oferta de un bien puede haber un aumento en su precio; lo que significa que el consumidor, nosotros, tendremos que pagar más por la temporada de otoño. También es cierto que el empresario podría absorber la pérdida y mantener el antiguo precio, pero esto llevaría a lo que ha apuntado el Financial Times.
Otra vez, vemos como las políticas intervencionistas de los políticos no son para nuestro bien, sino para el suyo y para sus amigotes (lobbies, sindicatos, patronales…). Las negativas consecuencias del proteccionismo no las pagan ellos, sino nosotros. Quienes perdemos el dinero somos nosotros, por el contrario, los eurócratas se han subido el sueldo este año sustancialmente como gratificación a su “buena” labor. Las guerras de los políticos, en cualquier sentido, siempre son nefastas y desastrosas para todos nosotros.
Los artículos de Albert Esplugas Boter y Carlos Rodríguez Braun lograron que tomara la decisión de unirme a los seguidores de Tucker en su posición contraria al derecho de la propiedad sobre las ideas. Más aún cuando esos derechos son disfrutados por terceras partes, ajenas a quien las creó. Su adquisición suele convertirse, en ocasiones, en una forma muy placentera de vivir del trabajo de los demás, como en algún momento sugiere el propio Esplugas. La legislación que regula la propiedad intelectual ofrece una sobreprotección extraordinaria tanto a los autores como a los titulares de derechos de creadores extranjeros; de tal forma que suelen partir con una ventaja más que suficiente cuando tiene lugar un conflicto de intereses y este es planteado ante un juez. Y es aquí donde surge otro inconveniente a los derechos sobre la propiedad intelectual, de carácter más práctico que los descritos por el liberal barcelonés.
El texto refundido de la Ley de Propiedad Intelectual no sólo protege los derechos morales y materiales de los autores o de quienes los han adquirido; sino que, de alguna forma, da amparo a prácticas que, en el mejor de los casos, pueden ser calificadas de abusivas, cuando no se convierten sencillamente en estafas. Según cuenta un abogado especialista en la materia, hay casos en que los titulares de derechos de autor proponen un precio para la fijación de una canción, supongamos, en un soporte audiovisual para un anuncio televisivo o para la producción de un documental. Si la tramitación de la autorización se prolonga más allá de la fecha de su entrada en vigor, el derechohabiente puede añadir los ceros que le plazca al precio acordado. A la otra parte no le quedará entonces otro remedio que buscar un acuerdo lo menos perjudicial posible para sus intereses, si no quiere encenagarse en un proceso judicial que perderá en el noventa y nueve por ciento de los casos.
No sé hasta qué punto soy capaz de explicar con este ejemplo que el excesivo celo en la protección de los intereses de los autores significa la desprotección de otros, claramente perjudicados por las buenas intenciones del legislador; y ello sin que nadie se preocupe de amparar sus derechos morales, y mucho menos los materiales. La Ley de Propiedad Intelectual provoca que las relaciones de personas o empresas con los titulares de los derechos de autor no sean las que tienen lugar durante la negociación de cualquier contrato en la economía de mercado, gracias a las prebendas concedidas por el legislador a una de las partes. Y aquí, como tantas veces, nos acordamos de todos los teóricos liberales que, desde las parábolas de Frederic Bastiat, han insistido en la necesidad de considerar los efectos menos visibles pero posiblemente más perjudiciales de las medidas adoptadas por los gobernantes.
Si convenimos en el carácter ilegítimo de la protección de los derechos de autor, deberíamos pedir al legislador que buscara una forma menos injusta de garantizar una pensión de jubilación para los artistas.
Algunos ilusos creen ingenuamente que los poderes públicos están al servicio de los ciudadanos. Puede comprobarse la falsedad de esta creencia intentando indicar a nuestros presuntos servidores qué deseamos que hagan por nosotros y en qué preferimos que no intervengan. Se escudarán entonces en el obligado cumplimiento de los deberes legales, en normas objetivas democráticamente establecidas e iguales para todos: la ley es la ley y hay que cumplirla porque sí (o tal vez por el bien común, si alguien sabe lo que es). Normas casi siempre paternalistas, coactivas y contrarias a la libertad humana, que muestran que el legislador y su ejército de autómatas burócratas incapaces de pensar críticamente por sí mismos creen saber más acerca de uno mismo que cada persona protagonista de su vida en circunstancias particulares muy complejas. Normas arbitrarias como las leyes del tráfico y el reglamento de la circulación aplicables a todas las carreteras monopolizadas por el Estado.
Si no llevas puesto el cinturón de seguridad, porque te resulta incómodo, porque se te ha olvidado, o simplemente porque no te da la gana utilizarlo (¿tal vez por rebeldía contra el sistema?), el diligente agente de la circulación aliviará el peso de tu cartera para recordarte que es por tu bien, o por reducir los costes de la sanidad pública que debes financiar sí o sí, o por reducir las cifras de víctimas que alguien ahí fuera considera inaceptables. No has agredido la propiedad ajena, pero has osado transgredir las normas y mereces ser castigado; tal vez así te des cuenta de que los que mandan no bromean.
Lo mismo pasa si no llevas el casco en la motocicleta. No importa si viajas muy despacio por una carretera desierta admirando el paisaje. Tus preferencias personales son irrelevantes, eres un irresponsable y debes ser reprendido. Si quieres hacer el favor de acercar a su casa a una amiga de noche no puedes si no tienes un segundo casco; hay que fomentar el transporte público y colectivo. De nada sirve ir con más cuidado, la ley no considera que puedas adaptarte responsablemente a las circunstancias, son normas arbitrarias que hay que cumplir; si fueran razonables y justas el poder político no tendría ninguna gracia.
Que no se te ocurra superar el número máximo de personas en un vehículo: los que sobren que se busquen la vida. Hablar por el teléfono móvil es un gravísimo pecado, tú no eres capaz de evaluar los riesgos y de decidir si la conversación es suficientemente importante. Si quieres llevar a tus sobrinitos de paseo mejor mételos en el maletero como equipaje porque si no eres padre es poco probable que dispongas de sillas de seguridad homologadas.
Recuerda que los límites de velocidad para distintos tipos de carretera son los mismos en cualquier circunstancia, aunque no haya nadie más en la carretera a quien poner en peligro, y aunque tu coche en otro país en una carretera semejante podría ir legalmente mucho más deprisa. Si has bebido algo de alcohol eres un criminal en potencia al volante incapaz de distinguir el bien y el mal. Si no has dormido en varios días, o estás enfermo o cansado, no pasa nada si no se nota mucho.
Si tu vehículo es una vieja tartana que no mantienes adecuadamente o si tu conducción es patosa o despistada, no te preocupes: el hecho de bloquear un carril por avería o accidente y causar graves pérdidas de tiempo y dinero a miles de personas puede hacerse sin ser sancionado y sin tener que compensar a los perjudicados por tu incompetencia (paraíso de misántropos). Si pierdes el control de tu vehículo y alguna persona fallece por tu culpa, pues sólo ha sido un accidente, qué se le va a hacer, las víctimas tendrán que resignarse. Si conduces sin carnet y atropellas a alguien por no respetar un paso de peatones y lo matas lo más probable es que no te pase gran cosa, no te considerarán homicida.
El reglamento de la circulación viola sistemáticamente los derechos de propiedad y la libertad contractual, se concentra en circunstancias objetivas arbitrarias que no afectan por igual a todos los conductores, e ignora la capacidad de los individuos de adaptarse responsablemente a las circunstancias. Como me recuerda la Dirección General de Tráfico en sus campañas de propaganda, no pueden conducir por mí. Obviamente tampoco pueden pensar por mí; ni siquiera pueden pensar.
¿Cuál es la diferencia entre la ambición del alto burócrata y la del empresario? Los dos aspiran a lo mismo: llevar su bienestar tan lejos como sea posible. Su desarrollo natural es crecer siempre. Unos más y otros menos, pero nadie entra en el gobierno de un país para hacerse menos popular, más pobre o vivir peor que antes. Lo mismo es aplicable al empresario. Quien monta una empresa es para ganar cuanto más dinero mejor. Creer lo contrario sería una gran contradicción con la lógica.
Mientras que el fin es similar en los dos casos, los medios son tremendamente diferentes. El político sólo tiene un camino para conseguir su fin: restringir la libertad y propiedad de los demás; sólo así se puede financiar y proteger. Los resultados de los políticos para la comunidad son imposibles de medir, y eso es una ventaja para ellos. Gracias a este difícil cálculo coste–beneficio pueden usar los medios más despóticos con el consentimiento de una parte de la población como el voto cautivo (pensionistas, desempleados crónicos, vagos, funcionarios…), y factores holísticos: “para el beneficio de todos” (nacionalismo de cualquier tinte, ayudar a la pobreza mundial, acabar con las injusticias del mundo…).
El empresario, por el contrario, no puede recurrir al uso de la fuerza, ni a promesas que es incapaz de cumplir. El empresario se enfrenta día a día al consumidor y accionista para satisfacerlos en ese mismo momento, de lo contrario, se queda fuera del mercado.
No hay razones para pensar, pues, que cualquier empresario y gobierno no tienden al crecimiento ilimitado. Pero mientras que el empresario se ha de mover en un entorno de contractualidad y paz (capitalista), el estado vive en un estado de anarquía donde puede hacer ilimitado su poder.
Aunque desde el punto de vista lógico y empírico el gobierno siempre tiende a crecer, algunos economistas creen que al estado se le puede limitar de alguna forma mágica. Muchos de ellos ni siquiera se ponen de acuerdo en qué tipo de limitación ha de tener el gobierno. Una de las principales preocupaciones de los padres fundadores de América fue mantener un gobierno limitado. Defendieron el derecho a las armas para limitar el estado, la permanencia del laissez-faire, crearon una constitución de derechos básicos… Nada de esto les sirvió para nada. Incluso la constitución americana se usó como instrumento para defender, y a la vez atacar la esclavitud durante muchos años.
Ninguna constitución, ninguna ley, ni ninguna buena intención política nos puede proteger del mayor enemigo de la libertad y la propiedad privada: el estado. Éste siempre actúa de forma masiva y generalizada contra sus ciudadanos y los de otros países.
¿Cuál es el camino para tener una comunidad próspera, pacífica, contractual y libre? La inexistencia de estado, o lo que es lo mismo, la desaparición de los medios políticos. No es cierto que no existiría justicia ni seguridad en una sociedad libre (no tiene sentido hablar aquí de “estado” ni “país”, porque en libertad, éstos desaparecen ya que son el resultado de los medios políticos, unificados mediante guerras básicamente).
Si en un área determinada no existiese la justicia ni un mínimo de seguridad, esa área se despoblaría inmediatamente refugiándose sus ciudadanos en lugares más seguros. Pero teniendo en cuanta las preferencias subjetivas del individuo por la seguridad y justicia es lógico deducir que el propio mercado crearía una gran diversidad de calidad y precios para proteger la propiedad y libertad de cada individuo. Este proceso ya se formó en el pasado (Irlanda, Estados Unidos, Oceanía…), y en el presente con el alto desarrollo de empresas privadas de seguridad (I, II, III, IV, V…) y justicia (I, II, III, IV, V…).
Nada ni nadie puede asegurar un gobierno limitado. Incluso sin gobierno no podemos asegurar que no vaya a crearse otro. Pero si queremos libertad una cosa es segura, primero de todo tendremos que prescindir completamente del gran tirano, el estado.
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