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Caso Djokovic: Removiendo obstáculos

El mismo ministro de inmigración australiano que le ha retirado al tenista Novak Djokovic su visado ha reconocido que esta decisión no obedece a razones sanitarias  (“Djokovic supone un riesgo insignificante de propagar el virus a quienes le rodean”), sino a las consecuencias civiles que su presencia en el país podría suponer: “La presencia continua del señor Djokovic en Australia puede conducir a un aumento del sentimiento antivacunas generado en la comunidad australiana, lo que podría conducir a un aumento de los disturbios civiles del tipo experimentado anteriormente en Australia con mítines y protestas“. Sus argumentos, parece, han convencido a casi todos.

Dicen los estudiosos de las dictaduras totalitarias que toda la propaganda de éstas está dirigida a mantener en el poder al grupo dirigente, y que la búsqueda de la unanimidad de pensamiento, en todos y cada uno de los individuos, no es sólo una consecuencia del fervor cuasi-religioso que la ideología despierta, sino del miedo a dejar vivos grupúsculos de personas, en principio, sin importancia, que con el tiempo puedan convertirse en antagonistas de peso que supongan un verdadero desafío para quienes detentan el poder. No deja de resultar curioso el miedo, casi visceral, que los “totalitarios” tienen al disidente, sobre todo si comparamos el inmenso poder de esos estados, y sus gestores, frente al desvalido individuo; pero es que, en los sistemas totalitarios, el poder no es sólo un medio para alcanzar otros fines, sino que, una vez alcanzado, se convierte en un bien intrínseco en sí mismo, un valor último al que, conseguido, no se puede renunciar. El poder y la ideología oficial están tan intrínsecamente unidos, dice Kornai, como el cuerpo y el alma.

De ahí que todos los elementos de la estructura institucional y de poder, en éstos regímenes, giren en torno al control absoluto y sin fisuras de las ideas, de las actitudes y de las actuaciones de cada individuo, lo que exige, además de una i) ideología concreta y determinada (un cuerpo doctrinal oficial centrado en la proyección de un estado final perfecto de la humanidad), ii) un “partido”, o conjunto reducido de miembros de las sociedad, consagrado a esa ideología y a conseguir su aceptación general, iii) un sistema de terror (dirigido no sólo contra enemigos externos, sino contra partes o grupos, arbitrariamente seleccionados, de esa sociedad), que proteja al poderoso y que mantenga el espíritu del cambio siempre activo y que explote, sistemáticamente, las facilidades que ofrecen la ciencia y la psicología clínica; iv) un casi completo control sobre el mensaje vertido por los medios de comunicación (prensa, radio, televisión, programas de entretenimiento, etc…) con el que se bombardea, sin cesar, a todos los individuos, en todo momento, ocasión y circunstancia; v) un monopolio casi exclusivo en el uso de la fuerza y de las armas y vi) una economía casi totalmente dirigida desde el aparato burocrático, al servicio, como todo lo anterior, de la ideología oficial y única.

Los sistemas totalitarios son una novedad del siglo XX. En la historia ha habido momentos en los que también se puso en práctica el deseo de crear, desde el poder político, un hombre nuevo. Pero lo innovador de los regímenes totalitarios ha sido la forma en que han organizado el poder y los métodos desarrollados para controlar al individuo, de manera absoluta, en su quehacer diario, buscando una total destrucción -y posterior reconstrucción- de la sociedad de masas, a imagen y medida del nuevo líder. Como ya hemos explicado en anteriores artículos, los avances tecnológicos condicionan la capacidad de los políticos de desarrollar ese férreo control, al menos externo; y, en la actualidad, brindan las herramientas necesarias para conseguirlo. Sólo faltaba un elemento “ideológico” universal que sirviese de palanca (hasta ahora no se había encontrado ninguno realmente bueno y que moviese a todos); pero también ése se ha encontrado: el miedo a una posible muerte inesperada y deshonrosa, causada por un enemigo minúsculo, invisible, iletrado, simplón, traidor y cobarde, que nadie sabe dónde está y que sólo los gobiernos son capaces de combatir. Con esa correa de transmisión es imposible que la máquina no funcione: ideología y poder; poder e ideología; las dos caras de la misma moneda.

Y es que el totalitario es un sistema que busca la acción, que pretende que los individuos hagan, o se abstengan de realizar, determinadas conductas, en un cambio continuo y paulatino hacia la arcadia feliz -que propugna la ideología- moral, económica, social y/o ecológica y que en nada se parece a lo que se tiene. Pero todo cambio, y el régimen totalitario aspira a uno radical, se enfrenta a oposición, de ahí que sea imprescindible no sólo tener claro el objetivo (y definir, también, caricaturescamente, al antihéroe/enemigo, para hacerlo objeto de befa), sino gozar de todas las herramientas necesarias para poder alcanzarlo, y utilizarlas para caminar sin desfallecer, erradicando cualquier elemento que impida o entorpezca el largo camino hacia esa felicidad, universal y terrena, a la que supuestamente nos dirigen… desde ese puente de mando tan querido.

“¿Quién es ese Djokovic que osa obstaculizarnos el camino?”, se preguntan, en completo desconcierto. “Un (don) nadie”, se repiten, espantados, una y otra vez… con más miedo que vergüenza.

¿Hay un aumento del autoritarismo en el mundo?

¿Son tiempos propicios para las ideas de la libertad? A toro pasado, vemos que ha habido épocas en las que estas ideas, si no predominantes, han sido relevantes para políticos, empresarios y personas con poder o fama, aunque puede que no con la profundidad que nos hubiera gustado. Cuando analizamos los tiempos presentes, quizá por el principio de precaución, quizá porque nos invade la incertidumbre propia de lo que aún no ha ocurrido o no es sabido, tendemos a dudar de que estemos viendo buenos tiempos en nada. Esta sensación no es nueva y este sentimiento pesimista es omnipresente y se hace patente en el tópico de que todo tiempo pasado fue mejor. Sin embargo, la pregunta con la que he empezado el artículo es pertinente: ¿son tiempos propicios para las ideas de la libertad o, por el contrario, se está incrementando el autoritarismo en el mundo?

Desde diciembre de 2019, estamos inmersos en una pandemia a escala planetaria, hecho que no ocurría desde la “gripe española” que afectó al mundo en febrero de 1918, aún en medio de la que se conocería como la Gran Guerra y luego la Primera Guerra Mundial, y que mató más personas que el propio conflicto bélico. La covid-19 ha trascendido del aspecto meramente sanitario y ha provocado una serie de reacciones en cadena de gobiernos de todo tipo y calado, pero también en las sociedades civiles que gobiernan. Una pandemia como la que padecemos no es un conflicto bélico, pero puede obligar a tomar medidas propias de uno de ellos.

De cara a evitar la transmisión, y desde el punto de vista estrictamente sanitario, es necesario reducir los contactos entre personas para evitar el avance de la enfermedad. Desde otro punto de vista, para que la sociedad y las personas que la componen se vean lo menos afectadas posible, hay que tomar medidas que permitan a los no contagiados seguir con su vida, a la vez que se cuida de los enfermos, las relaciones sociales y la economía. Compatibilizar estos aspectos no es fácil, cuando no imposible. Supone limitar ciertas actividades según las circunstancias y eliminar estos límites en cuanto mejoran las condiciones a niveles adecuados. Además, estas transiciones deben hacerse con presteza y justificación, evitando arbitrariedades. Desgraciadamente, las medidas establecidas por gobiernos de todo el mundo han sido torpes, injustificables y caprichosas. No pocas veces se han tomado más por interés de los gobernantes que de los gobernados y, salvo casos concretos, no han impedido contagios, muertes y el colapso de algunos sistemas sanitarios. Sin embargo, esta pandemia ha propiciado un daño grave, por sus potenciales efectos en el largo plazo, que ha sido tapado por los daños derivados directamente de la enfermedad. 

El marxismo cultural promueve la creación artificial de grupos enfrentados en la sociedad, de forma que, de su conflicto, puede terminar surgiendo un movimiento revolucionario que será aprovechado por ciertas élites políticas que intentarán asaltar su particular palacio de invierno. Lo estamos viendo en los conflictos ligados al sexo/género, al feminismo, al ecologismo y, ahora, en el ligado a la pandemia. En diversos países, sobre todo en los que predomina el pensamiento occidental, hay una tendencia a la polarización: entre los que niegan la existencia de la enfermedad y los que no, entre los que son proclives o contrarios a las vacunas u otros medicamentos y sistemas para combatirla, entre los que odian o aman a las farmacéuticas, entre los que se creen y los que no se creen teorías de la conspiración sobre el verdadero objetivo de la vacuna… El marxismo cultural ha encontrado otro argumento para extenderse y, en este caso, no depende necesariamente de las ideologías clásicas, pues podemos ver en todos los bandos gente de varias ideologías, religiones o cualquier forma de pensamiento.

Siempre ha habido ideas enfrentadas y siempre ha habido conflictos entre los que piensan una cosa y la contraria (o la que consideran que es la contraria), pero desde hace dos décadas, cada vez son más los criterios que dividen a unos contra otros. No estoy hablando de que haya ideas que puedan dar lugar a debates más o menos acalorados circunstancialmente, sino que el enfrentamiento supone una categorización de los enfrentados y una asignación de la condición de los “otros”, los “enemigos”, los que hay que rechazar o combatir con todas las fuerzas posibles. El marxismo cultural apunta a la polarización y en esta se puede caer de dos maneras: siguiendo sus preceptos o apoyando lo que consideran lo contrario. Esta tendencia al enfrentamiento y al grito más que al debate (sólo hay que ver ciertas tertulias televisivas) va acompañada de ciertos comportamientos que alejan las ideas de la libertad o que ponen en duda su vigencia. Las sociedades y los individuos que las componen parecen más proclives a la polarización, el enfrentamiento y la violencia, que puede llegar a ser institucionalizada.

Si observamos la situación política en el mundo, vemos un Estados Unidos en retroceso y desentendiéndose de su papel de potencia global que hasta ahora ha estado ejerciendo (y que se supone que aún ejerce), con un presidente como poco cuestionable, tanto en su llegada al poder como en su capacidad. Vemos una Unión Europea que ha adoptado una serie de políticas de carácter progresista, que han desencadenado en su interior crisis relacionadas con la inmigración y la estabilidad social, con la producción energética y el elevado precio que hay que pagar por ella (que ha llevado a depender externamente de antiguos enemigos) y otras de consistencia institucional, con huidas significativas de la Unión (Brexit) y el planteamiento de medidas similares por países desencantados por lo obtenido. Vemos a una Latinoamérica que empezaba el siglo con al menos la mayoría de sus países con gobiernos de carácter más o menos democrático y que ahora ha apostado por gobiernos ligados al comunismo cubano-bolivariano o el populismo más descarado, pasando por el habitual peronismo que tanto mal ha hecho. Vemos a dos potencias regionales, la China comunista y la Rusia de Putin que, ante el retroceso de los Estados Unidos, se atreven a plantear estrategias, realizar actos bélicos o prebélicos, promover rebeliones, “comprar” gobiernos enteros en países del Tercer Mundo (y no precisamente por la acción de un comercio libre y voluntario) para tomar sus recursos que le son necesarios, o extender su territorio a zonas a las que nunca había llegado (es el caso de China) o que consideran que tienen que recuperar (Federación Rusa). Vemos, en definitiva, un incremento de la violencia, la inestabilidad y la inseguridad en prácticamente todo el globo.

En estas circunstancias, como ya ha ocurrido en otras épocas, las ideas autoritarias, que están más ligadas al concepto de seguridad o al concepto revolucionario en la psique humana, tienen más potencial político que las que están ligadas a la libertad y la responsabilidad. En algunos casos, incluso se culpa a las personas e instituciones que promueven o asumen estas últimas, de los problemas y la inestabilidad existentes. Así pues, los conflictos graves tienen muchas más posibilidades de suceder, puesto que hay más oportunidades de obtener una masa crítica que apoye una respuesta más agresiva o, al menos, que no la obstaculice. En una época en la que la construcción del relato es tan importante para justificar actos y políticas, se percibe como líderes fuertes al presidente ruso Vladimir Putin y al chino, Xi Jinping, dos regímenes que representan el neofascismo y el neocomunismo, que pretenden sustituir al “decadente” sistema occidental. Corren tiempos difíciles.

¿Hay un aumento del autoritarismo en España?

¿Hay un aumento del autoritarismo en la Unión Europea?

La teoría del cierre categorial y la economía: VI Propiedad, violencia y Estado

La base de la cultura es el relato. Y, por muy manoseada que esté hoy en día la palabra, lo cierto es que el poder del relato es casi absoluto. Lo que somos y lo que pensamos se basa en un recuento ordenado, y cargado de significado, de hechos. Por eso la Historia tiene ese papel predominante en la cultura y, en última instancia, en el ser de un país. 

La Historia también tiene un papel muy importante en la construcción de la visión que tenemos de nosotros mismos. Lo que podemos llamar ideología, en términos muy generales, tiene un diálogo permanente con la reconstrucción del pasado. 

En el caso de la escuela de Gustavo Bueno, como hemos visto, la Historia no es sólo el sparring de su concepción de las ciencias sociales, sino que juega un papel axial. Es la Historia la ciencia que va a proveer a las ciencias sociales, reconstruidas con el criterio de demarcación del cierre categorial, de las categorías sobre las que operar. 

Pero como la historia no habla por sí sola, e incluso las categorías más asentadas, atrapadas en las palabras que utilizamos, tienen vida propia y mutan, el empeño es más complicado de lo que parece. 

Ademas, Luis Carlos Martín ya ha decidido que va a seguir el camino (¡método!) de la dialéctica de los Estados. De modo que se sube a los tronos y palacios, y disecciona desde ahí la realidad económica para luego analizarla. 

No tenemos más que ir a la página 44 y aprender que su punto de partida es que “la reordenación de las ideas económicas pasa por la ‘vuelta del revés’ de la metafísica humanista solidaria de la idea de dinero, y por tanto del propio marxismo. ¿Cómo? Partiendo de las necesidades de múltiples grupos o bandas de homínidas que en el ejercicio coactivo de sus derechos, es decir, en el ejercicio de su fuerza, se apropian de territorios formando Estados y posibilitando así la producción y distribución de riqueza. Tal es el fundamento materialista que exige una idea de conexiones materiales férreas como base de la fuerza de obligar de las relaciones jurídicas, políticas y económicas. No alcanzamos a ver ningún ejemplo histórico real (no ya antropológico) donde no se emplee la fuerza como última garantía de la propiedad, los contratos y la moneda. Partir de otros presupuestos es volver a la guerra de espíritus divinos o a la conciencia de seres humanos, buenos o malvados”. 

Esto exige que nos detengamos un momento. La escasez suscita el problema económico, y la violencia es un modo de procurarse lo que el otro tiene y uno necesita. Pero la violencia es de resultado harto incierto, y es el instrumento de un juego de suma cero en el mejor de los casos; negativa en la práctica totalidad. 

La propiedad delimita el ámbito de actuación de cada uno. Saber lo que yo poseo y lo que tú posees, por un lado parte del reconocimiento mutuo sobre esa delimitación de nuestro actuar, y por otro lo favorece. Bien, siempre podemos saltarnos ese reconocimiento mutuo y recurrir a los medios políticos para satisfacer nuestras necesidades (el robo, el asesinato, etc). Pero también podemos utilizar los medios económicos: la producción propia de nuestras necesidades, o la colaboración con otros (y su propiedad) por medio de la división del trabajo que, si es medianamente compleja, se acompañará de otras instituciones: el dinero, los precios, y demás. 

Seamos más precisos. Hay dos caminos de procurarse los bienes: el criminal y el económico. El primero entra en la categoría de lo político (el expolio de una parte de la sociedad para reparto al propio Estado y a otra parte de la sociedad que le apoya) cuando el crimen adquiere un alto grado de complejidad y alcance, y se reviste de alguna ideología de lo justifique o revista de otra cosa. 

Los tres modos de procura (no necesariamente de producción) conviven en la historia: el económico, el político y el criminal. El problema político consiste en plantear una relación entre los tres. Los anarquistas creen que hay una producción económica de limitar el crimen sin el concurso de los medios políticos. Desde el liberalismo o distintos grados de socialdemocracia se plantea someter la política (el latrocinio organizado) a otros fines que no le son propios. El conservadurismo cree que la política debe quedar sometida a los fines tradicionales. Y el socialismo somete todo a la política. 

La producción económica, basada en la delimitación y defensa de la propiedad y en el acuerdo entre personas, tiene que vivir necesariamente con algún grado de criminalidad. Y la respuesta ante la violencia extractiva ha de ser también la violencia, centralizada y política (el monopolio de la violencia de Max Weber), o descentralizada y económica. Dicho de otro modo: El Estado no ha sido el único que garantiza la propiedad, y no es necesario que sea así. Y, lo que es más importante, no podemos partir de que el Estado realice una labor legítima, como es la defensa de la propiedad, para restarle legitimidad a ésta. ¡Es la defensa de la propiedad la que le da legitimidad al Estado, y no al revés! Y el hecho de que también el Estado defienda la propiedad, cuando lo hace, no le otorga un papel definidor de las categorías económicas. 

Por eso su afirmación de la página 46 “no olvidemos nunca que la propiedad particular la garantiza cada Estado (en particular), no la naturaleza humana ni la diosa razón” queda colgada en el vacío. La razón puede llegar a la conclusión ética de que la propiedad es una institución adecuada a la naturaleza humana (a lo que el hombre es). Pero eso no empece que la defensa de los derechos concretos de propiedad deban defenderse, en ocasiones, de la violencia de otros con los medios propios o contratados, o que lo haga el Estado de forma vicaria. Ni esto último puede desmentir lo primero, como el hecho de que tenga que quitarme un bozal no desmiente que yo tenga el derecho a expresarme libremente. 

Hemos visto en la cita de la página 44 cómo Luis Carlos, por un camino diferente (cabe aventurar), que el de Hegel, llega a la conclusión de que los Estados son el estadío final de una evolución que comenzó con el violento deambular de grupos de homínidos. Debemos al materialismo de Martín que nos ahorre metáforas como la del “desdoblamiento” o “aparición” (Entzweiung), y se limita a constatar al Estado como hecho, y no como manifestación del espíritu (¿de quién?) o realización de la razón universal (¿?). Y eso se lo tenemos que agradecer.

Serie La teoría del cierre categorial y la economía

(I) El cierre categorial

(II) Monismo, dualismo y pluralismo

(III) El liberalismo como atomismo

(IV) Del subjetivismo al materialismo, y de ahí a la historia

(V) Dialéctica de los Estados e historia económica

Kazajistán y la minería de Bitcoin

Debido a la reciente crisis política en Kazajistán, algunos medios de comunicación se han hecho eco del posible impacto de esta crisis en la estabilidad de Bitcoin, relacionándolo con movimientos en su precio y con la dependencia de la minería. Para mi no tiene ningún interés escribir sobre el precio de Bitcoin pero sí me parece interesante hacer una reflexión sobre la dependencia de los mineros.  Voy a tratar de explicar en qué consiste su labor sin entrar en demasiados tecnicismos.  

El principio fundamental del funcionamiento de Bitcoin es muy prosaico y muy poco sofisticado, pues está basado en que sus usuarios tengan una copia completa de quien posee todas y cada una de las cantidades de Bitcoin existentes. No con nombres y apellidos, pero sí a través de registros identificados con números (claves públicas). 

La propiedad se garantiza a través de una tecnología criptográfica inventada en los años 70 llamada criptografía asimétrica que consiste en una clave pública y otra privada. Solo quien conoce la clave privada puede gastar la cantidad asociada a una clave pública.  

Como alguna vez he explicado en esta columna, Bitcoin no aporta novedad alguna en el ámbito de la criptografía. Más bien al contrario, todo el desarrollo de Bitcoin es extremadamente conservador en este aspecto y solo se utiliza criptografía ampliamente probada con el objetivo de alcanzar el mayor grado de seguridad posible. 

Para que el sistema funcione correctamente, todas las copias de Bitcoin tienen que ser exactamente iguales; es decir, cada vez que se traspasa una cantidad de Bitcoin de un propietario a otro, esta información se tiene que actualizar en todas y cada una de las copias, de manera que si Pedro posee 1 Bitcoin y se lo transfiere a Juan, todo el mundo tiene que saber que Pedro ya no posee ese Bitcoin y lógicamente no puede volver a gastarlo otra vez. 

Aquí es donde entran los famosos bloques de transacciones. El sistema permite que cada 10 minutos se publique un bloque de transacciones para que todo aquel que tenga una copia la pueda actualizar en consecuencia. Cada bloque contiene como máximo unas 2000 transacciones y solo hay uno cada 10 minutos para que cualquiera con una infraestructura muy modesta y asequible pueda ser capaz de mantener una copia. Si se procesaran muchísimas transacciones y con mucha frecuencia, solo unos pocos serían capaces de procesarlas y verificarlas, y por tanto esos pocos podrían hacer trampas sin que nos demos cuenta.

El gran problema que resolvió Satoshi Nakamoto fue controlar que Pedro no pueda gastarse dos veces el mismo Bitcoin sin tener que delegar ese control en un tercero de confianza. Para eso necesitaba poder ordenar cronológicamente las transacciones. ¿Cómo lo hizo?  Pues enlazando cada bloque de transacciones con el siguiente de manera que si Pedro gasta un Bitcoin en el bloque 1, no puede ya volver a gastarlo en el bloque 2. A estos bloques enlazados los llamó Timechain, y tiene mucha lógica porque su objetivo era ordenar las transacciones, aunque el término que se acabó popularizando fue blockchain o cadena de bloques

Pero claro, había que conseguir que los bloques contengan transacciones válidas. Para eso Satoshi introdujo un incentivo en la creación de bloques consistente en las comisiones de transacción por un lado, y en el subsidio por bloque por otro lado. Con el subsidio por bloque además mataba dos pájaros de un tiro, pues servía además para ir generando y distribuyendo las nuevas unidades de Bitcoin. 

Aquí es donde entran los mineros, que son las personas que proponen bloques de transacciones con el objetivo de ingresar a cambio el subsidio y las comisiones de todas esas transacciones. El sistema está diseñado para elegir el bloque que lleve una mayor prueba de trabajo asociada. La prueba de trabajo es también una función criptográfica resumen o hash que tomando el bloque anterior y un número aleatorio arroje como resultado otro número que deberá ser más bajo cuantos más mineros haya compitiendo. 

La única forma de llegar a ese número es por prueba y error, pura fuerza bruta. Cuanto más bajo tenga que ser el número, más veces hay que intentar el cálculo y por tanto es necesario más trabajo, y más trabajo en un ordenador se traduce en mayor gasto en hardware y electricidad. A la inversa, comprobar que el número resultante de todo ese cálculo es correcto tiene un coste ínfimo. De esta manera proponer transacciones es muy costoso, pero validarlas es extremadamente barato. 

Por tanto, más les vale a los mineros que sus bloques cumplan las reglas escrupulosamente, porque al ser tan fáciles de validar cualquier error o trampa sería detectada inmediatamente por cualquiera, su bloque será rechazado, y todo el coste incurrido por el minero será un gasto totalmente desperdiciado. 

Es importante tener en cuenta que el proceso de minería y la correspondiente generación de bloques es una forma muy eficaz de sincronizar todas las copias de Bitcoin el 99,99% del tiempo, pero no debemos caer en el error de pensar que la minería es absolutamente determinante, tal y como quedó demostrado cuando se detectó un error de inflación en el año 2010. Por un error de programación en el sistema alguien consiguió asignarse 184.000 millones de Bitcoin. Lógicamente, nadie estaba dispuesto a reconocer una transacción tan grotesca como válida, y como es natural ese bloque fue invalidado pese a cumplir las reglas en forma, pues claramente no las cumplía en el fondo. 

Los mineros ubicados en Kazajistán representan aproximadamente el 18% de toda la potencia de cálculo para minería a nivel mundial, y algunos medios han afirmado que si estos mineros se desconectan, la red de Bitcoin será menos segura. Esto es muy dudoso porque con toda probabilidad Bitcoin podría funcionar perfectamente con una potencia mucho menor. Prueba de ello es que otras imitaciones de Bitcoin que tienen muchísima menos potencia de cálculo asociada, no sufren problemas de seguridad relevantes. Además, si esto fuera realmente un problema, siempre es posible esperar más tiempo para dar una transacción por confirmada. Por ejemplo, si la potencia cae a la mitad, esperas el doble de tiempo o bloques para dar la transacción por confirmada, y la seguridad será aproximadamente la misma.

En conclusión, hay que leer los titulares de prensa con precaución, y en lo relativo a Bitcoin con más escepticismo si cabe para no ser víctima de las campañas de propaganda negativa a las que está sometido. Bitcoin es incómodo para los enemigos de la libertad, que lamentablemente son muchos.

Una alternativa a la explicación cuantitativa del mecanismo de ajuste internacional del oro

Quid non mortalia pectora coges, auri sacra fames Virgilio

El patrón oro es un sistema monetario en el que la unidad monetaria se define como una cantidad definida de oro. Durante un periodo de tiempo, la mayoría de las economías desarrolladas operaban bajo un patrón oro, y fijaban su moneda a una cantidad de oro. Los inicios del patrón oro mundial se retoman a 1717, cuando Isaac Newton, director de la Real Casa de la Moneda inglesa aquel entonces, define la ratio de conversión entre la libra y el oro y la plata de cierta manera que favorece el uso del oro sobre el de la plata.

Con esta acción se establece a todos los efectos un patrón oro en Inglaterra, que va desarrollándose y estableciéndose a lo largo del siglo XVIII, hasta que en 1797 Inglaterra entra en suspensión de pagos por las guerras napoleónicas mediante la Bank Restriction Act—se deja de convertir libras en oro—por lo que se suspende el patrón oro hasta 1821. Cuando Inglaterra retoma la convertibilidad, más países empiezan a adoptar un patrón oro, hasta que en 1870 una gran mayoría de países desarrollados y en desarrollo ya opera bajo este sistema. Aquí empieza lo que se le suele llamar el periodo del patrón oro clásico, que dura hasta 1914. La primera guerra mundial marca la muerte del patrón oro clásico. Los gobiernos se desvinculan del patrón oro para poder inflar su moneda y financiar la guerra. Algunos países hicieron amagos de volver al patrón oro, pero estos no fueron intentos sinceros porque no pretendían seguir las normas del patrón oro clásico. Por ejemplo, Churchill permitió la convertibilidad de libras en oro, pero solo para la compra de lingotes, por lo que solo aquellos que tuviesen tantas libras como para equivaler a un lingote podían hacerse con oro e impidiendo así el uso de monedas de oro, que solían circular durante el patrón oro clásico como medio de pago.

El hecho de que los países bajo un patrón oro no pudiesen devaluar su moneda a voluntad se debía a que mientras esta fuese convertible en oro, su valor dependía de las reservas de oro del país debido al mecanismo de ajuste internacional. Por tanto, el patrón oro funcionaba como un freno al gasto gubernamental desbocado—una de sus funciones más importantes. El mecanismo de ajuste internacional se tiende a explicar desde la teoría cuantitativa del dinero mediante el mecanismo de especie flujo-dinero, obviando la posible explicación, en mi opinión acertada, que podemos ofrecer desde el enfoque monetario de la balanza de pagos, o el Monetary Approach to the Balance of Payments (MABP). 

Para entender las diferencias, primero es necesario explicar qué es la teoría cuantitativa del dinero. Esta teoría defiende que la demanda monetaria es endógena y la oferta monetaria exógena. Existe cierta cantidad de dinero que viene dada por causas externas como la cantidad de oro producido, y toda cantidad de oro es óptima porque será la demanda la que se acople a esta en ausencia de intervención externa que altere esta demanda; es decir, en un libre mercado cualquier cantidad de dinero será óptima. Como decía Rothbard “cualquier oferta monetaria se utiliza siempre al máximo y, por lo tanto, no se puede conferir ninguna utilidad social aumentando la oferta de dinero.” Para Rothbard y otros cuantitativistas, en el mercado monetario libre se alcanzaba un equilibrio constante pues la demanda se acoplaba siempre a cualquier oferta. Los que atesoran dinero ostentan una demanda explícita de dinero en términos de saldos monetarios reales, es decir, la cantidad de dinero expresada en términos de una cesta de bienes. 

En nconsecuencia, en una situación sin imposiciones coactivas a las preferencias de los agentes, según los cuantitativistas no se producen desequilibrios monetarios sino que, dada la oferta nominal disponible de dinero en circulación, se alcanza el equilibrio monetario cuando esta oferta nominal de dinero al nivel de precios actual es coherente con los saldos monetarios reales deseados. Por tanto, las fluctuaciones del nivel de precios están causadas por las desviaciones entre el nivel deseado de saldos de tesorería y la cantidad real de dinero en circulación. La oferta, al ser exógena, varía por fenómenos como el descubrimiento de nuevo oro que generan un exceso de oferta monetaria y, por tanto, influyen en estas fluctuaciones del nivel de precios hasta que la demanda de dinero atesorado se ajuste espontáneamente.

Si el dinero en circulación excede los saldos de tesorería reales demandados, los agentes buscarán reducir estos aumentando su gasto, por lo que la velocidad aumentará hasta que el nivel de precios aumente lo suficiente como para que los saldos monetarios reales deseados sean coherentes con la oferta nominal de dinero existente al nivel de precios actual. Un exceso de oferta de dinero supone un aumento del nivel de precios y un exceso de demanda, un descenso. 

Por otro lado, tenemos la teoría clásica—según David Glasner—. Para esta, la oferta monetaria es endógena, sigue a la demanda de dinero, la cual es una demanda de saldos de tesorería nominales. Otros, la llaman la teoría cualitativa del dinero, porque se centra en la calidad de este y en su demanda como el activo que funciona el dinero y no la de sus sustitutos. Por eso, para la teoría clásica o cualitativa la oferta de billetes bancarios no influye en el nivel de precios. Cuando los bancos se exceden en la emisión de billetes, estos vuelven a los bancos para ser redimidos. Si aumenta la demanda de dinero de los agentes de una economía, por ejemplo, porque aumenta el nivel de renta medio y los individuos demandan mayores saldos de tesorería porque quieren que estos acompañen su aumento de productividad y por saciar necesidades de seguridad, los bancos estarán incentivados a emitir más billetes para saciar esta demanda. Puede haber una cantidad X de dinero en una economía, por ejemplo once onzas de oro, pero si estas onzas no son suficientes para permitir todos los intercambios que se quieren realizar y además proveer más liquidez demandada por motivos de seguridad a los individuos, los bancos emitirán dinero (es decir, la oferta endógena) para saciar esta demanda (exógena).

Bajo el patrón oro la moneda nacional se definía como tanta parte de una onza de oro. Para la teoría cuantitativa del dinero, los cambios en la oferta monetaria se traducen en cambios correspondientes en el nivel de precios para una determinada demanda monetaria; es decir, son los factores monetarios nacionales los que determinan los cambios en el nivel de precios. Para la teoría clásica es el mercado del oro el que determina el nivel de precios. Al ser internacional, la oferta y demanda de oro en el mercado determina el nivel de precios en cualquier país bajo un patrón oro. Por lo que para los teóricos cualitativistas los cambios en el nivel de precios se daban en todos los países bajo el patrón oro.

Mientras que la teoría cuantitativa explica el mecanismo de ajuste internacional empleando el mecanismo de especie flujo-dinero, los defensores de la teoría clásica abogan por el enfoque monetario de la balanza de pagos. La crítica al mecanismo de especie flujo-dinero se asienta en que un aumento de la oferta monetaria de un país no provoca un aumento de precios domésticos porque esto provocaría un incremento en la cantidad de billetes convertidos a oro. Es decir, un aumento de M, la oferta monetaria, provocaría un descenso de V, la velocidad del dinero o inversa de la demanda. Si se diera un aumento de la oferta del oro, se produciría un incremento del nivel de precios para todos los países del patrón oro, por lo que no habría cambios en los niveles de precios relativos y tampoco las fluctuaciones correspondientes en las exportaciones netas o en los flujos de oro.

Según el enfoque monetario de la balanza de pagos los mercados internacionales bajo un patrón oro están integrados y es mediante el arbitraje internacional como se garantiza que se mantenga la paridad del poder adquisitivo que los países del patrón oro compartan un nivel de precios mundial común y que los tipos de interés se determinen en los mercados internacionales. Otro de los elementos centrales de este enfoque es la importancia de la distribución natural del dinero para las reservas nacionales. Y con esto nos referimos a la distribución de oro que ocurre a través de los países según las autoridades monetarias, sean órganos centralizados como los bancos centrales o fuerzas descentralizadas competitivas como los bancos bajo una banca libre. Si la demanda monetaria crece más rápidamente que la oferta nacional, las reservas internacionales aumentarán y oro entrará en el país. Si la oferta monetaria crece más rápidamente que la demanda de dinero, las reservas internacionales se reducen y el oro sale del país. Por lo tanto, no era el cumplimiento de unas reglas del juego como postula el mecanismo de flujo dinero-especie el que determinaba el ajuste internacional del oro y los flujos de oro de las reservas nacionales, sino en parte las balanzas del sistema bancario según la preferencia de este por mantener oro en lugar de reservas de divisas y valores nacionales.

2022, ¿una montaña rusa?

Con la llegada del nuevo año son muchos los análisis que tratan de aportar algo de claridad en el plano económico, aunque esto resulte una tarea titánica e incierta, debido a la gran incertidumbre de cara al desarrollo del nuevo ejercicio económico. Son muchas las variables que han registrado una altísima volatilidad en sus series durante los últimos meses, debido principalmente al efecto dominó existente entre la evolución de la pandemia y la actividad económica.

 Aunque muchos puedan pensar de manera intuitiva que el cierre de 2021 no fue positivo en términos económicos, la realidad es realmente la contraria. El año cerró con el PMI en términos expansivos, con datos de creación de empleo y afiliación récord y datos de sentimiento empresarial en terreno positivo, situándose 8,5 puntos porcentuales sobre la media de la serie, con inicio en el año 2000. 

Aún así, esto no significa que la tendencia vaya a mantenerse necesariamente durante los primeros meses del nuevo año, ya que con la aparición de ómicron -aún siendo una variante mucho más leve en términos de casos graves y muertes- y su alta tasa de contagios, la actividad económica se podría ver de nuevo afectada por el elevadísimo volumen de bajas laborales y nuevos cuellos de botella que está causando. Algunos de los sectores más afectados serían aquellos más relacionados o dependientes del comercio presencial, debido tanto a una ralentización de la demanda por este tipo de bienes y servicios como a problemas de oferta. Por ejemplo, el elevado número de bajas laborales está causando nuevos retrasos en suministros de bienes intermedios y, por lo tanto, paralizando muchas cadenas de valor globales, como es el caso del sector del automóvil y sus redes logísticas. Esto, lógicamente afectará de manera asimétrica a los diferentes países en relación a la exposición y dependencia con estos sectores, no llegando a observar un rendimiento pleno de la economía hasta que se reduzca la presión sobre las cadenas de suministro ocasionada por los obstáculos que estas están encontrando. 

Una de las variables sobre las que dichos cuellos de botella tienen un efecto directo es la inflación, cuya transitoriedad -al menos a medio plazo- queda ya descartada por los principales bancos centrales del mundo. El IPC alcanzó el 6,7% en diciembre, debido principalmente a las dificultades asociadas a la producción y la traslación de precios de la energía hacia aquellos bienes y servicios con mayor dependencia de esta. De hecho, la inflación subyacente ya supera el 2%, situándose en el 2,1% el pasado mes. Aunque muchas veces las dinámicas políticas causen que se piense en estos fenómenos en términos nacionales y se busquen soluciones exclusivamente dentro de nuestras fronteras, la realidad es que la inflación presente es un fenómeno prácticamente global, con gran presencia en la Eurozona y EE. UU., aunque con sus diferencias, ya que en EE. UU. se comienza a observar una espiral precios-salarios que, de momento, no se atisba en Europa.

En algunos países europeos, debido principalmente a su estructura productiva, estamos observando una mayor correlación entre el IPC general y el subyacente, como es el caso de Alemania, donde mientras el IPC general se sitúa en el 5,7%, la inflación subyacente ya se eleva hasta el 3,9%, cerrando la brecha entre las dos, dando lugar a pensar en la posible aparición de una espiral inflacionaria en dicho país si la tendencia se mantiene en los próximos meses. Que esta espiral no sea un fenómeno extendido en los diferentes países es esencial para que, cuando el crecimiento económico se modere, el crecimiento de los precios se reduzca. El escenario en el cual el crecimiento de la inflación continuara a pesar de una reducción de la tasa de crecimiento económico, se daría en el caso de que las expectativas de inflación se desanclasen, ocasionando un fuerte crecimiento de los salarios. 

En ese caso, los bancos centrales -BCE en el caso de la Eurozona- se verían casi obligados no solo a un freno de sus programas de estímulos o incluso retirada parcial de estos (tapering), sino también a una subida de los tipos de interés, como ya ha hecho, por ejemplo, el Banco de Inglaterra. El problema se halla en que, tras la enorme acumulación de deuda por parte de los países miembros de la Eurozona durante la crisis de la Covid-19, dicha elevación de tipos incrementaría notablemente el coste de pago de la deuda y elevaría el peso del pago de intereses de esta sobre el gasto público total, detrayendo recursos de otras partidas o disminuyendo el peso de la política fiscal y los programas expansivos. Por lo tanto, una subida fuerte de tipos es un escenario nada deseable en la Eurozona, ya que, en el peor de los casos, podría elevar el riesgo de una crisis de deuda soberana en determinados países miembros. Debemos tener en cuenta que, en la presente crisis, el volumen de deuda en circulación es mucho mayor que en la anterior, y lo que está evitando que esto genere problemas es el hecho de que su coste es mucho menor y la duración de la misma sensiblemente mayor.

Por otro lado, no debe cundir el pánico respecto a esto, ya que el propio BCE dispone de multitud de mecanismos para evitar la subida de las primas de riesgo, establecidos muchos de ellos tras la crisis del euro posterior a 2010. Esto no significa que no sea necesario que los miembros de la Eurozona presenten planes individuales de consolidación fiscal a medio plazo, sobre todo en un momento en el que se está debatiendo la importantísima reforma de las reglas fiscales asociadas al Pacto de Estabilidad y Crecimiento, cuya clausula de escape dejará de estar activada tras el presente ejercicio. 

Otro de los puntos esenciales para la evolución del crecimiento europeo en el 2022 será la ejecución de los fondos europeos y las reformas estructurales que estos impulsen. La principal virtud de dichos fondos se halla en la tendencia reformista que generan, ayudando a elevar no solo el crecimiento presente sino también el potencial, siendo esto clave si queremos garantizar, por ejemplo, la estabilidad de las pensiones, siendo un mayor crecimiento económico una condición necesaria pero no suficiente. 

En el plano europeo, los fondos Next Generation podrían ser el primer ladrillo para futuros programas expansivos comunes, a través de, por ejemplo, emisiones de deuda conjunta. La continuación y desarrollo futuros de este tipo de programas depende en gran medida de la evolución y los efectos de los presentes fondos europeos de recuperación. Esta es una incógnita que corresponde resolver no solo a los países miembros, sino asimismo a las instituciones europeas que deben ejercer una estricta fiscalización de los fondos, haciendo que la condicionalidad de estos se cumpla, asegurando así no solo sus efectos positivos, sino también la propia credibilidad de las instituciones europeas. 

En conclusión, el escenario económico que se presenta para el año 2022 es relativamente incierto debido a multitud de variables interrelacionadas. Los cuellos de botella posiblemente no desaparecerán durante, al menos, la primera mitad del año y el efecto que esto tenga sobre la inflación -¡y sus expectativas!- será clave para el desarrollo de la política fiscal y monetaria, con los consecuentes efectos sobre el crecimiento económico de las mismas. 

Economías planificadas III: el caso norcoreano

Este artículo forma parte del compendio de investigaciones llevadas a cabo sobre las economías planificadas del s.XX, las cuales empecé con el caso cubano. Después de Corea del Norte el régimen que se analizará será el soviético, el cual no deja de ser la madre nodriza del resto. Sin más preámbulos, en este caso el punto de partida es el paper publicado por la Carnegie Moscow Center titulado “The Resurgence of a Market Economy in North Korea” (2016) del profesor Andrei Lankov[1]. El investigador definió al régimen norcoreano de la siguiente forma “a hereditary Stalinist dictatorship” (Lankov, 2013, pág. 40).

En primer lugar, para entender qué sucede en países tan herméticos debemos mirar los procesos históricos de longue durée como explicó Braudel y l’École des Annales, los cuales nos ayudan a saber cómo hemos llegado al punto en el que estamos en la actualidad. Por lo que concierne a Corea del Norte, hay dos factores que juegan un papel crucial respecto a este estado: su gran aislamiento y la Guerra de Corea (1950-53). Las regiones que han experimentado dictaduras y que, actualmente continúan en este tipo de sistemas son lugares en los cuales es difícil encontrar datos fiables dado que, o bien el régimen no los proporciona, o bien los manipula (o viceversa). Por este motivo muchos datos microeconómicos no existen y los macroeconómicos deben descifrarse mediante estimaciones.

En el artículo se hace un sucinto repaso sobre cómo se desarrolló Corea del Norte durante la Guerra Fría y sus relaciones internacionales, las cuales no fueron muy amplias. Todos los casos que he tratado hasta la fecha tienen un denominador común: 1991 como annus horribilis. En líneas generales, una de las cosas más sorprendentes de la pesquisa es la forma en que presenta a Corea del Norte durante los años 40s, “North Korea, which in the 1940s was the most economically developed East Asian country outside of Japan” (Lankov, 2016, pág. 11). Al leer esto, cualquier investigador debería preguntarse qué sucedió para que un país descrito de este modo, acabase siendo en la actualidad uno de los más pobres del mundo con la mitad de población viviendo en la miseria[2]. Con el marco de análisis proporcionado por Acemoglu y Robinson (entre otros) a nivel macroeconómico, las instituciones de Corea del Norte podrían catalogarse fácilmente como extractivas. Por una serie de idiosincrasias que mencionaré a continuación.

En primer lugar, el sistema político norcoreano (y en general, de cualquier país con una dictadura) no da lugar a la pluralidad por lo que respecta a las instituciones y en buena medida, se trata de una región donde el poder está muy centralizado, el estado impregna cada rincón de la vida de sus ciudadanos. Podríamos decir que las libertades individuales están completamente prohibidas. Quienes toman las decisiones son un órgano muy reducido formado por un grupo de oligarcas bien situados socialmente y en concomitancia con la familia[3] que ha gobernado desde que el país quedó dividido en 1953. Por lo tanto, el poder está extremadamente concentrado en pocas manos. Otro motivo es el saqueo sistemático de esta elite, el paper muestra que se trata de un país muy corrupto, normalmente la vida de lujo que envuelve a los dirigentes choca frontalmente con el paupérrimo modus vivendi de la mayoría de la población[4].

Por norma general, no se han dado muchos avances tecnológicos y la innovación tampoco es bien recibida por las elites, básicamente porque esto puede llevar al reemplazo de los viejos oligarcas por unos nuevos. El sistema dictatorial debe velar por mantener sus redes clientelares para continuar en el poder. Es importante subrayar también lo que el sociólogo alemán Robert Michels llamó Ley de hierro de la oligarquía[5]. Este concepto lo desarrolló con una serie de argumentos que podemos aplicar tanto a dictaduras como a democracias. Para plasmarlo lo citaré directamente, “the eternal struggles between aristocracy and democracy of which we read in history have never been anything more than struggles between an old minority, defending its actual predominance, and a new and ambitious minority, intent upon the conquest of power” (Michels, 1915, p. 377). De aquí que las instituciones extractivas tiendan a ser difíciles de erradicar y se consoliden mediante relaciones endogámicas.

Se está analizando un país en donde dichas instituciones se ven a todos los niveles. Por un lado, en el ámbito político con la medida del partido único, la inexistente división de poderes, persecución ideológica, represión, etc. Por otro, la prohibición explícita de la propiedad privada, la nula actividad económica fuera del estado (teóricamente), la planificación económica, los trabajos forzados, las expropiaciones, etc. El autor hace hincapié en las similitudes con la URSS (sobre todo en el período de los años 70s) y en las reminiscencias estalinistas.

Como se ha mencionado, la mayoría de especialistas ponen el énfasis en el año 1991. Se produjo un retroceso en el comercio internacional y se perdió al máximo aliado económico, la URSS (también disminuyeron las relaciones con China). Los intercambios eran asimétricos, puesto que, los soviéticos entregaban mucho más de lo que recibían. En cierto modo, estaban subsidiando a los norcoreanos, especialmente con el petróleo que les dejaban a precios irrisorios. También les dotaban de piezas de repuesto para maquinarias, fertilizantes, tecnología, etc.

Se desplomó el mito de la autosuficiencia, sostenido por ingentes cantidades de propaganda interior y, sobre todo, exterior. Finalizaron las ayudas provenientes de los soviéticos y el país retrocedió en todos los indicadores económicos, había una extrema dependencia de bienes provenientes del extranjero. Ese fatídico año provocó una crisis agraria acuciante a causa de la falta de productos químicos provenientes de la URSS.

Así mismo, hubo una caída estrepitosa en la producción anual en los cereales y esto derivó en la gran hambruna de mediados de los 90s que se alargó hasta el año 2000. Se calcula que murieron 2-3 millones de personas de inanición entre 1996-1999, estos números, postula Lankov, podrían estar sobredimensionados, pero estimaciones más recientes plasman que las cifras no bajaron de 600.000 para un país con unos 25 millones de habitantes. Así lo describe el propio autor “The famine was the largest humanitarian disaster to occur in East Asia since the Chinese famine of the early 1960s caused by Mao Zedong’s notorious Great Leap Forward policy” (Lankov, 2016, pág. 5).

Este shock hizo que la propia población desarrollase métodos de economía sumergida muy alejados a los dictámenes oficiales. En el paper se estima que entre el 30-50% del PIB norcoreano es fruto del sector privado, el cual a todas luces se encuentra prohibido y perseguido. Aún en estas circunstancias de clandestinidad, no ha parado de desarrollarse. Además, se ha ido configurando una especie de mercado negro con elementos propios de economía capitalista[6].

El mercado negro emergió con fuerza después de la caída del Imperio Soviético, y aún hoy, provoca que muchas personas puedan sobrevivir entre tanta miseria. Según algunas estimaciones llevadas a cabo, el salario de los trabajadores que se dedican a realizar actividades económicas al margen de los parámetros oficiales, oscila entre los 25-30$ mensuales. Esto supone una fortuna en su contexto.

Además, muchas de las transacciones económicas se dan en zonas fronterizas desde las cuales llegan todo tipo de bienes del exterior. Ha sido mencionado anteriormente que se trata de un país con altas tasas de corrupción y es precisamente a consecuencia de esta que la población puede “prosperar”. Gracias a los sobornos que reciben los funcionarios y policías (los cuales ganan más con ellos que con sus sueldos), ha habido cierta mejora en las condiciones de vida en los últimos 20 años.

Por último, en lo concerniente a los recursos naturales, a pesar de ser un país con una orografía abrupta, tiene una dotación substancial de acero, minerales, carbón y alimentos marinos. Estos cuatro elementos constituyen factores clave para su comercio internacional. Muchas de las problemáticas ya han sido citadas, pero en el caso de los recursos medioambientales es importante mencionarlas también: quedan en manos de una élite privilegiada, hay una evidente falta de inversión en tecnología que proporcionaría mejores métodos de extracción y, por ende, un aprovechamiento de sus ventajas comparativas que, a su vez podrían diversificar sus capacidades de exportación con productos de mayor valor añadido  (Babson, 2016, p. 170). Sea como fuere, a mi juicio no se trata de un caso flagrante de abundancia de recursos naturales (por ello no creo que sea un caso de Resource course) al estilo de países como: Venezuela, Gabón, Etiopía, etc.

Como se ha visto, el refrán español de hecha la ley, hecha la trampa, podría aplicarse en todos los casos analizados. El capitalismo se inmiscuye en cualquier sistema en forma de mercados negros, de microempresas privadas, de ofrecer productos demandados, de intercambios no coercitivos, de eludir prerrogativas impuestas, etc. Lenin lo entendió, y por ello, sostenía que incluso en un país socialista, si se dejaba un mínimo de libertad de mercado a un burgo (por pequeño que fuera), éste sería capaz de reconstruir el árbol entero del capitalismo (Braudel, 2006, p. 26)

Antes de cerrar mi explicación, me gustaría traer a colación una situación que plasmará mi premisa sin necesidad de extenderme más. En marzo del 2016, en pleno auge de Podemos, Juan Carlos Monedero fue invitado a Espejo Público, allí tuvo la lucidez de preguntarle a Nacho Martín Blanco si conocía al presidente de Portugal[7]. Nacho se mostró dubitativo, como la inmensa mayoría de nosotros ante preguntas del estilo. Monedero le dijo que ignoraba (recalcó lo de la ignorancia hasta cinco veces) quién era el presidente del país vecino, pero que conocía al de Venezuela, un ejemplo de manual de red herring, como indicó Nacho.

¿Qué pretendía Juan Carlos? Si no sabías quién gobernaba Portugal, era por una especie de conspiración de los medios de comunicación (cuando él ha sido un colaborador habitual de los mismos) que ponían el foco en Venezuela para criminalizar la “revolución bolivariana”. Aparte del blanqueamiento de dictadores, la mejor respuesta es: la falta de noticias, son buenas noticias. ¿Quién conoce al presidente de Corea del Sur? O al de Luxemburgo, Suiza, Noruega, Dinamarca, Suecia, Andorra, Irlanda, etc. Todos ellos, países con los PIB per cápita más elevados del mundo, ¿sabría respondernos el prestigioso politólogo? En líneas generales, la mayoría conocemos a Kim Yong-un y no a su homólogo del sur. Básicamente, porque pensar que aún quedan sitios donde existen gulags y economías planificadas, llama la atención, como también que un dictador sudamericano del perfil de Chávez saliera pidiendo expropiaciones a empresas privadas mientras paseaba por Caracas. ¿De veras hay dudas de por qué no se conoce al presidente de Portugal como sí conocemos a los presidentes de Venezuela? La respuesta es por la misma razón que conocemos al dictador norcoreano y no al presidente de Corea del Sur.  

 

Bibliografía

Acemoglu, D., & Robinson, J. (2012). Why Nations Fail. New York: Crown Publishing Group.

Babson, B. O. (2016). The North
Korean Economic System: Challenges and Issues. International Journal of Korean Studies, 149-175.

Braudel, F. (2006). La dinámica del capitalismo.
México : Fondo de Cultura Económica .

Ku, Y. (2018). North Korean
economy. En Y. Ku, I. Lee , & J. Woo, Politics in North and South
Korea: Political Development, Economy
(págs. 1-246). New York: Routledge.

Lankov, A. (2013). The Real
North Korea: Life and Politics in the Failed Stalinist Utopia.
New York:
Oxford University Press.

Lankov, A. (2016). The Resurgence
of a Market Economy in North Korea. Carnegie Moscow Center, 1-26.

Michels, R. (1915). Political Parties:
A Sociological Study of the Oligarchial Tendencies of Modern Democracy.
New York: Hearst’s International Library Co.

 


[1] Andrei Lankov (1957 – ) es un especialista en el ámbito de la política, relaciones Internacionales, economía e historia de la Península de Corea. Actualmente, es profesor en la Universidad Kookmin de Corea del Sur. Ha publicado muchos papers académicos tratando los temas relacionados con esta zona de Asia, en Research Gate hay más de cuarenta estudios publicados (42) y sus libros se cuentan por decenas. En orden cronológico los más destacados: From Stalin to Kim il Sung: the Formation of North Korea 1945-1960 (1988), Crisis in North Korea: The Failure of de-Stalinization, 1956 (2005), The Dawn of Modern Korea: The transformation in life and cityscape (2007), The Real North Korea: Life and Politics in the Failed Stalinist Utopia (2013), Daily life in North Korea (2015). Su trabajo como investigador no se ha limitado sólo a publicaciones académicas sino también a otras de carácter más divulgativo. Ha participado en muchos periódicos internacionales como: The Korea Times, Bloomberg News, Al Jazeera English, entre otros.

[2] Esto lo expresan Acemoglu y Robinson de la siguiente manera: the poorest countries in the world, such as North Korea, Sierra Leone, and Zimbabwe, where well over half the population lives in poverty (Acemoglu & Robinson, 2012, pág. 12).

[3] Algunos autores incluso hablan de dinastía en el caso de Corea del Norte, como por ejemplo: Bradley K. Martin en su libro Under the Loving Care of the Fatherly Leader: North Korea and the Kim Dynasty (New York: St. Martin’s Press, 2004).

[4] Para mostrar esto recurro al texto analizado, el cual, dice lo sigüente, “Considering that the  official salary in 2000 was equivalent to only $1 to $2 a month” (Lankov, The Resurgence of a Market Economy in North Korea, 2016, p. 8).

[5] Se encuentra en el capítulo II de la parte VI de su libro (titulo original) Zur Soziologie des Parteiwesens in der modernen Demokratie.
Untersuchungen über die oligarchischen Tendenzen des Gruppenlebens (1911). Con este concepto no quiero poner a la misma altura a una democracia occidental (con todos sus defectos) a la de una autocracia dictatorial como la coreana, lo que busco es reflejar una de las características de las instituciones extractivas. Lo que pretendo plasmar es este círculo vicioso de perpetuación en el poder por parte de una minoría que educe de su población toda su riqueza.

[6] Es interesante ver lo que dicen otros autores al respecto. Indagando un poco sobre la literatura concerniente al tema, uno de los mejores estudios sobre Corea del Norte, titulado Politics in North and South Korea (2018) dice lo siguiente, “A most significant change in the North Korean economy caused by the famine was the emergence of private entrepreneurs and markets, referred to as Jangmadang among North Koreans” (Ku, 2018, p. 135).

[7] Marcelo Rebelo de Sousa había sido escogido ese mismo mes.

Esclavitud en España en pleno siglo XXI

Es un título que resultará chocante para muchos. ¿Existe aún la esclavitud? ¿En el siglo XXI? ¿En un país occidental y democrático? Bien, no es algo que sea fácil de visualizar; no se ve gente con cadenas por las calles completamente a voluntad de sus dueños y señores. No, es evidente que no es esa esclavitud a la que me refiero.

Sin embargo, cuando comenzamos el año con titulares recordándonos que a partir del 1 de enero solo nos podremos jubilar a los 66 años y 2 meses, uno no puede evitar sentirse un poquito esclavo. De alguna forma se nos obliga a trabajar (o cotizar) hasta esa edad si se quiere tener derecho a una pensión pagada por el Estado con la que, quizá, pueda mantenerse el resto de su vida sin trabajar.

Alguien podría responder que el Estado no te esclaviza, nadie te obliga a trabajar si no quieres, puedes dejar de hacerlo cuando lo desees, eso sí, sin acceder al Dorado de la pensión. Pero el problema es evidente: si has trabajado o estás trabajando por cuenta ajena, estás obligado a cotizar para esa futura pensión, la quieras o no la quieras. Dicho de otra forma, desde que empiezas a tener un salario, una parte nada despreciable del mismo pasa a manos del Estado mensualmente, a cambio de la promesa de pagarte una pensión desde determinada edad hasta que fallezcas.

Estamos hablando de un 28,3% del dinero que te corresponde, aunque en la nómina solo se vea el 4,7% que paga el trabajador. El otro 23,6% es “a cargo del empresario”, como si fuera una cosa que paga éste de su bolsillo, cuando la realidad es que solo lo paga como consecuencia de la riqueza que genera el trabajo del contratado. Vamos, que por mucho que el Estado te diga que lo paga el empresario de sus ingresos, realmente terminaría siendo parte del sueldo del trabajador en un mercado no intervenido.

En suma, desde que empiezas a trabajar, el Estado te quita un 30% de lo que ganas para contingencias comunes, entre ellas la jubilación. Y solo podrás acceder a esos fondos que está ahorrando el Estado en tu nombre si cumples tu parte de estar trabajando todos los años que te diga el Estado, que además varían con el tiempo, como prueba el titular recogido en el segundo párrafo de este artículo.

La comparación es odiosa, pero imaginemos por un momento que ese 28,3% se quedará en nuestra nómina en vez de “guardárnoslo” el Estado. Ello nos permitiría ser nosotros los que decidiéramos hasta cuándo trabajar, en función de nuestras preferencias de nivel de vida y ahorro en cada momento. En comparación con esta posibilidad, pocas dudan caben de que el régimen a que nos someten es una cierta forma de esclavitud: Nos retienen parte de lo que producimos y solo nos lo darán si estamos trabajando hasta que ellos decidan1. Tienen nuestro ahorro como rehén para obligarnos a trabajar.

¿Por qué nos quiere tener esclavizados el Estado? Pues porque a la postre el Estado vive de lo que genera el trabajador con su trabajo. Me apresuro a explicarme: no existe producción de riqueza sin una componente de trabajo, sin la cooperación del ser humano en algún momento de la producción. Por tanto, el trabajo es componente necesario en cualquier generación de riqueza, y los impuestos solo se pueden cobrar si hay generación de riqueza, tengan el calificativo que tengan.

No hay Impuesto de Sociedades sin empresas en que haya algún trabajador, ni hay IVA sin personas haciendo consumo, ni hay IBI sin personas pagándose una casa, ni mucho menos a IRPF sin salario. O sea que todos los ingresos del Estado provienen, directa o indirectamente, del trabajo de los individuos2.

El círculo queda así cerrado: el Estado necesita trabajadores que generen la riqueza con la que sostenerse. Lógicamente, lo racional es tratar de alargar lo máximo la vida útil de tales generadores de riqueza, toda vez que, además, en el momento en que dejan de ser generadores, pasan a ser consumidores de la misma (si han accedido a una pensión). Así pues, a nadie debería extrañar que los Estados, esos que cuidan nuestro futuro, traten por todos los medios de impedir que ejerzamos nuestra libertad de trabajar o no hacerlo. Ellos nos quieren trabajando, cotizando y pagando impuestos. Y si para ello nos tienen que esclavizar, que sea de forma sutil: reteniéndonos parte importante de nuestra producción y condicionando el acceso a la misma a que cumplamos su voluntad, la voluntad del señor.

Son unas cadenas invisibles, pero no menos reales que las que sufrían los esclavos de tiempos pretéritos. Al menos, aquellos eran conscientes de que cargaban con ellas, y esa es condición necesaria para arrancárselas. ¿Cuánta gente nota ahora mismo las dulces cadenas de la jubilación?

1 Y nos lo darán si para cuando toque devolvérnoslo aún lo tienen, algo muy dudoso en un régimen piramidal como él que rige en España. Pero este no es el tema de hoy.

2 Se pueden anticipar esos ingresos acudiendo a los mercados de Deuda Pública, por supuesto, pero la única forma de devolverlos descansa en recaudar impuestos de los ciudadanos en algún momento posterior.

En la cañada Real no hay McDonald’s

En el reciente, y polémico, acuerdo de presupuesto de la ciudad de Madrid el foco se lo ha llevado la declaración de hija predilecta de Almudena Grandes o la pérdida de subvenciones para organizaciones tachadas de conservadoras, y ha pasado desapercibido una victoria de la extrema izquierda bastante más significativa: un plan de ayuda de emergencia para devolver el suministro eléctrico a la cañada Real.

La cañada Real Galiana a su paso por Coslada, Rivas y Madrid ha ido siendo ocupada por viviendas ilegales durante las últimas décadas. No es nada que no haya pasado una y otra vez en los alrededores de Madrid, y la solución siempre ha sido la misma: o regularizar las viviendas con infraestructuras a cargo del contribuyente, u ofrecer viviendas nuevas en otra localización a los moradores ilegales, para poder recuperar el suelo público y resolver el entuerto.

La incompetencia del Estado a la hora de impedir, por un lado, la usurpación del suelo bajo su propiedad, y por otro, que se cumplan las normas que nos impone al resto de la población para edificar viviendas en cualquier parte, provocan una y otra vez que los ciudadanos que sí respetan la ley tengan que cargar con los costes de edificación de los que no lo hacen.

Como es previsible, durante los años que transcurren desde que una vivienda ilegal es levantada, hasta que sus moradores son reubicados a otra vivienda, todos los suministros y saneamientos que se utilizan se hacen a costa de la red general y provocando vertidos. En lo que al suministro eléctrico se refiere, todo lo consumido por enganches ilegales se paga en la factura de todos los clientes que sí cumplen sus contratos.

La permisividad con estos enganches ha creado un incentivo que podía prever un niño de 12 años: la mayoría de los cultivos de marihuana se realizan en estos asentamientos.

Si cultivas marihuana con tu conexión eléctrica legal, sales en el informe mensual que la distribuidora hace a la policía. Si lo haces en mitad de una zona de cultivo con un enganche ilegal te descubren a los pocos meses, pero si lo haces en un asentamiento donde nadie sabe con certeza cuánta gente vive, y donde la mitad de la población residente son menores de edad, te aseguras suministro hasta que la red aguante.

Hace 450 días la red de Naturgy en la cañada Real dejó de aguantar. Este hecho, que debería haber supuesto un escándalo sobre la incompetencia del Estado a la hora de hacer cumplir sus propias leyes, derivando una y otra vez el dinero del contribuyente en tapar su dejación de funciones, no sólo no ha supuesto la más mínima reflexión sobre este tipo de asentamientos y las consecuencias que tienen sobre todos nosotros, sino que ha servido para que la extrema izquierda, de la mano del periodismo, nos vendan un drama humanitario donde solo existe incumplimiento sistemático de toda ley y utilización de menores y personas vulnerables por mafias y clanes.

La perversión periodística sobre este tema llega al punto de que una agencia de noticias realiza reportajes una y otra vez sin mencionar la versión de la distribuidora eléctrica, que está avalada por resoluciones judiciales.

El resultado es que se puede usurpar vías pecuarias (de especial protección estatal), realizar enganches en tendidos eléctricos de media tensión (incumpliendo docenas de directivas de seguridad), verter residuos (daños ecológicos graves y riesgo sanitario), colapsar redes eléctricas cultivando droga, y ser el centro de multitud de actividades delictivas más, que para nuestros periodistas y activistas de izquierda el foco hay que ponerlo en que en esas circunstancias no somos capaces de garantizarles el suministro eléctrico.

Y unos meses de constante campaña al final consigue, lío de presupuestos de por medio, que el centro derecha vuelva a hacer suyo un nuevo disparate absurdo. Luego habrá que extrañarse de que lleguen otros, con sus propios disparates, pero con capacidad para defender que el Rey está desnudo y se lleven el gato al agua. Pues no, la verdad, no hay nada de qué extrañarse. Son muchos años de comprar mercancía averiada para pisar moqueta cuatro años más, y ahora llega la época de recoger lo que se ha sembrado.

Raíces del pensamiento económico argentino

He tenido el placer de editar el libro que lleva el título de esta nota, convocando a expertos que representan distintas corrientes de pensamiento económico con ideas fundadas en Europa, Estados Unidos o Latinoamérica, pero que luego fueron importadas en nuestro país y ampliadas a través de personas e instituciones que trabajaron por décadas con ese objetivo.

Virreinato del Río de La Plata: La primera referencia es con la llegada de los barcos españoles al continente americano, producto de cierto mercantilismo que nace en Inglaterra y Francia, que luego adquiere su propio proceso en España y que se plasmó en el gobierno de los virreinatos que se impusieron a lo que hoy es nuestro territorio nacional. En esos siglos de dominio español, nuestro territorio estuvo plagado de restricciones al comercio, lo que impidió que el desarrollo económico y el progreso ocurrieran antes del modelo agro exportador.

Manuel Belgrano e Hipólito Vieytes: Mientras el primero estudió en Europa y se acercó a las ideas del Laissez Faire y Adam Smith, Vieytes tuvo un proceso más latino, pero llegando a las mismas fuentes. En los distintos periódicos que circularon poco antes de la Revolución de Mayo (me refiero al Telégrafo Mercantil y al Semanario de Agricultura, Industria y Comercio), tanto Belgrano como Vieytes le dieron a nuestras tierras las primeras pinceladas liberales. Es cierto que la Revolución de Mayo ocurre en paralelo con las batallas entre Francia y España, que mantenían a los monarcas españoles preocupados por defender territorio propio, pero también había en lo que hoy es el territorio argentino fuerzas locales que exigían cierto liberalismo del comercio para alcanzar el progreso. Belgrano y Vieytes le dieron a esa Revolución un espíritu liberal, no solo para recuperar libertades individuales y buscar un desarrollo local propio, sino también para liberar el comercio.

La Generación del 37: Rodeados de guerras civiles, intelectuales como Esteban Echeverría (1805-1851), Juan María Gutiérrez (1809-1878), Juan Bautista Alberdi (1810-1884) y Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888) lograron crear una isla de diálogo en la que fueron construyendo las bases de nuestra Argentina. Había diferencias entre ellos, claramente, pero coincidían en la importancia del comercio como base del progreso, y cuestionaban las regulaciones y los monopolios.

Las Bases de Alberdi: Esa isla intelectual fue inspiración de nuestra arquitectura constitucional, la que se puede leer en las Bases de Juan Bautista Alberdi. Como bien dice el historiador Ricardo López Gottig las ideas liberales plasmadas en nuestra Constitución de 1853, “no fueron monopolio de Alberdi”. Aun así, su trabajo fue fundamental para recoger e importar instituciones, reglas de juego, debates y experiencias que había acontecido en Europa y Norteamérica. Es a partir de ese marco constitucional que Argentina despega, alcanzando un desarrollo económico milagroso, atrayendo inmigrantes con el florecimiento del comercio y el consecuente progreso.

Quizás una primera conclusión de este estudio es que el siglo XIX de la Argentina fue liberal, con excelentes resultados que se pueden observar en indicadores económicos y sociales.

El socialismo librecambista: Incluso en ciertos socialistas que participaron de debates parlamentarios como Juan B. Justo -quien tradujo El Capital de Marx al español- se observa cierto pedido de libre comercio, entendiendo que la libre importación de alimentos reducía los precios que beneficiaban al trabajador.

John Maynard Keynes y Raúl Prebisch: Las circunstancias históricas, sin embargo, cambian con la primera guerra mundial y la gran depresión de los años 1930, y emerge en el mundo desarrollado la figura de John Maynard Keynes. Keynes pedía cierto estado presente y cierta política económica estabilizadora para enfrentar la gran depresión, lo que no significa justificar los excesos que el mundo cometió en su nombre en el siglo XX. En Argentina fue especialmente importante la figura de Raúl Prebisch, recibiendo la influencia de Keynes, pero dándole una forma local propia. Una diferencia sustancial entre ambos es que Keynes, fundamentaba la intervención con ánimo de estimular la demanda agregada en un contexto de crisis y recursos ociosos; Prebisch, sin embargo, tiene un ánimo más desarrollista, fundamentando la intervención y el estado presente en contextos diferentes. Aun así, ni Keynes, ni Prebisch, ni tampoco seguidores de esta corriente como Julio Olivera, Roberto Frenkel, o los autores de estos capítulos del libro de referencia como Saúl Keifman, Luis Blaum y Daniel Heymann, justificarían las intervenciones económicas de los sucesivos gobiernos argentinos a los largo del siglo XX. Una cosa es sostener que el gobierno debe intervenir con un ánimo desarrollista, otra muy distinta es justificar los excesos de los sucesivos gobiernos argentinos.

La Escuela Austriaca de Mises y Hayek: Quizás para enfrentar esa expansión del Estado Moderno, algunos argentinos como Alberto Benegas Lynch importaron en la Argentina las ideas de la Escuela Austriaca, en particular la de Mises y Hayek. Primero con reuniones en la Universidad de Buenos Aires, y luego con la creación de distintos centros, algunas personas e instituciones se preocuparon por traer a estas figuras intelectuales nacidas en Viena para ilustrarnos de aquellos excesos. No se trataba de defender ideas anarquistas o libertarias, sino de defender la libertad individual, la economía de mercado, la propiedad privada y el gobierno limitado. Varios intelectuales como Juan Carlos Cachanosky viajaron a Estados Unidos a doctorarse en programas austriacos, para luego traer esas ideas a la Argentina.

La Escuela de Chicago de Milton Friedman: Lo mismo ocurrió con la Escuela de Chicago. Jóvenes argentinos viajaron a esta ciudad de los Estados Unidos y se acercaron a las ideas de Milton Friedman, las que luego trajeron a nuestro país para alentar un debate necesario. Juan Carlos de Pablo cuenta en este capítulo quienes fueron las personas y las instituciones responsables de crear cierto monetarismo argentino, ideas necesarias para encontrar respuestas al problema de la inflación.

La Economía Social de Mercado y la Doctrina Social de la Iglesia: En esta historia por supuesto que la Iglesia también recibió influencia de ideas foráneas, y en este capítulo Marcelo Resico muestra el impacto de ciertas ideas ordoliberales, que tuvieron éxito -entre otros- en el milagro alemán de posguerra, y que pueden ayudar a resolver ciertos dicotomías entre liberales y keynesianos. Röpke, Einaudi, Rueff, Erhard son posiblemente un puente entre Keynes y Hayek, una respuesta a esa grieta de ideas económicas que prevalece aun hoy en Argentina.

Un renovado interés por las instituciones: Si la economía en la primera mitad del siglo XX se transformó hacia cierto mecanicismo matemático, lejos del enfoque multidisciplinar que tenían los trabajos clásicos, en las últimas décadas parece ocurrir cierto renovado interés por la economía institucional. Martín Krause nos cuenta cómo las ideas de James M. Buchanan, Ronald Coase y Douglass North, entre otras, llegan a nuestro país y empiezan a generar interés en los economistas locales.Este es un libro plural, y hemos pretendido darle voz a los distintos economistas influidos por distintas corrientes de pensamiento. Se trata de un intento por rastrear las fuentes de nuestro pensamiento económico, tan heterogéneo como podrá ver el lector en los medios, pero al mismo tiempo, tan actualizado respecto de los procesos iniciados en otros continentes. El debate de ideas es el precedente del orden económico institucional que puede ayudar a la Argentina a encontrar respuestas a sus problemas. Este libro pretende iniciar una búsqueda y un diálogo entre quienes se han formado con diversas influencias de pensamiento económico.

Adrián Ravier es Doctor en Economía por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. El libro de referencia se titula “Raíces del pensamiento económico argentino”, y fue publicado por el Grupo Unión, en Buenos Aires, en diciembre de 2021. Han participado de este libro los historiadores económicos Ricardo Manuel Rojas, Ricardo López Gottig y Alejandro Gómez, y los economistas Alberto Benegas Lynch (h), Juan Carlos de Pablo, Saúl Keifman, Luis Blaum, Daniel Heymann, Marcelo Resico y Martín Krause.