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La teoría del cierre categorial y la economía IV: Del subjetivismo al materialismo, y de ahí a la historia

Mencionábamos en el anterior artículo un párrafo que, como un óvulo polifecundado, contiene ideas que luego se van a desarrollar luego completamente, y que están vinculadas unas a otras. De modo que lo vamos a citar de nuevo: “El materialismo filosófico entiende la idea de hombre como un conjunto de relaciones que constituyen el espacio antropológico a través de las cuales podemos entenderlo en sus determinaciones histórico-morfológicas”.

Más allá de que el materialismo entienda la idea del hombre, o no, lo pertinente aquí es que no se trata de cualquier materialismo, sino de este que se combina con el criterio de demarcación científica del cierre categorial. Un criterio que, a despecho de otros elementos, necesita categorías para construirse. Bien, cualquier ciencia, en cualquier sentido que le podamos dar al término, necesita de categorías. De otro modo no podría ni expresarse. A lo que me quiero referir es a que el materialismo de Gustavo Bueno y sus discípulos no buscan esas categorías en la acción del hombre.

Esto es lo que ha elaborado la Escuela Austríaca de economía, desde Menger. Actuar consiste en perseguir fines, y para ello recurre a medios. La consecución de los fines no es inmediata, por lo que la acción se desarrolla en el tiempo. Como la mente humana es creativa, tenemos la capacidad de proponernos nuevos fines más allá de lo que nos lo permiten los medios y el tiempo disponibles, de modo que se produce una escasez que es inerradicable. Como los medios son escasos, tenemos que elegir el curso de acción. Lo hacemos por aquéllos fines a los que otorgamos un mayor valor, que es la significación subjetiva que tienen para el actor. Ese valor que achacamos a los fines lo proyectamos sobre los medios. Como tenemos que descartar algunos fines, y estos también tienen un valor para nosotros, llamaremos coste al valor del fin descartado más apreciado. Acción, fin, medio, tiempo, escasez, valor, coste… Son categorías de la acción humana, a las que podríamos añadir otras: conocimiento, tecnología, incertidumbre, bien de capital, et al. 

El materialismo de Bueno no puede construir así la ciencia económica. Esas categorías no tienen una esencia material, sino puramente subjetiva. Es cierto que esas categorías, por medio de una de ellas, la acción, tiene implicaciones en el mundo y, por tanto, dejan una huella material. Eso es lo que parece interesarle a la escuela de Bueno. Y por eso el estudio del hombre es el de su huella, y en consecuencia el de su historia.

La Escuela Austríaca es dualista en el sentido hayekiano. Lo es necesariamente porque, aunque dentro hay posiciones filosóficas distintas, todos los autores reconocen un elemento esencialmente creativo en la mente humana. E incluso un autor que estudió en profundidad estas cuestiones, y que plantea una explicación de la mente en términos estrictamente materiales, como es Hayek, reconoce que nunca daremos con una explicación precisa de nuestras ideas en esos términos. 

Luis Carlos Martín evita todo esto. Nada de creatividad de la mente humana (todas nuestras acciones están determinadas, y no nos pertenecen; nos vienen dadas). Los individuos, no tenemos nada que decir ni sobre lo que decimos, porque nuestras acciones son espasmódicas, reacciones sin propósito ni voluntad propia, o acomodaciones a normas exteriores que nosotros no hemos diseñado. 

Insisto: dice en la página 130: “Como contrafigura a la idea espiritualista monadológica, le atribuimos un carácter corpóreo, operatorio, práctico, prudencial. De este modo, su esencia es proléptica, finalística, apotética”.

En su batalla contra el subjetivismo de la Escuela Austríaca, no deja prisioneros. Y hace bien, ya que ve en ella un inmenso error. Dice en la página 54: “Son las teorías subjetivistas del valor las que más confusión ofrecen. Por su metafísica mentalista reducen las categorías económicas a convenciones de los sujetos y toda la ciencia económica a juegos imaginativos. Anmarcocapitalistas que darán un nuevo auge a la praxeología de Mises, como Murray Rothbard; utilizan ‘experimentos mentales’ para entender un campo que se levanta desde el modelo de un Robinson que ahorra, representándose un fin mental que luego ejecuta”. Como cuando en Alicia se separan las partes del gato hasta quedarse en la sonrisa. 

Dice (página 55), que Ludwig von Mises es “tal vez del caso más desenfocado de la gnoseología económica, dado que el ‘individualismo metodológico’ como base del resto de ‘leyes económicas’ es justo el proceso contrario que sigue la cientificidad de una ciencia (pues sólo el grado en que se elimina a los individuos y sus operaciones del campo alcanza algún nivel de verdad). Tal ‘praxeología’ tendrá que anclarse a posiciones mentalistas del dinero que pese a su pretendida positividad le hacen perder de vista las unidades estatales monetarias”. 

Martín recoge, así, la misma posición que expresa Hayek sobre las leyes del mundo físico: Ahí la ciencia ha avanzado a medida que ha eliminado las observaciones subjetivas del hombre. La ciencia no exige que el científico diga que un cuerpo está caliente o frío, sino que recurre a un termómetro. Tampoco dice que un color es verde, sino que realiza una colorimetría con un instrumento (1). 

Lo que no advierte Martín, o más bien no comparte, es que como objeto de estudio, el hombre y el átomo, o el hombre y las placas tectónicas, ¡o el hombre y su cuerpo!, son objetos de estudio de naturaleza distinta. El propio Hayek reconoce que todo avance significativo en la ciencia económica procede del subjetivismo como método. Es más, y esto es fundamental para comprender las pretensiones de la escuela austríaca: a diferencia de la química o de la geología, en el caso de la economía como ciencia de la acción humana, el científico participa de la naturaleza del objeto de estudio. 

Por eso el economista sabe que el hombre tiene fines y acude a medios. Es más, no podría negarlos sin buscar un fin (negar la existencia de fines) ni acudir a un medio para lograrlo (expresar un conjunto de palabras).

Si el materialismo pudiera explicar nuestras acciones, todo lo que plantean los autores de la escuela austríaca sería farfolla. Pero el materialismo tiene el decoro de no intentarlo siquiera (2). Simplemente toma nota de sus huellas, forma categorías sobre su persistente pasado, e intenta construir desde ahí un edificio. 

Lo hace de forma arbitraria, lo cual le crea unos problemas enormes. El autor de El mito del capitalismo se ve obligado a luchar contra dos profesiones, economistas e historiadores, sobre la pertinencia de conceptos como dinero, mercado o comercio. Yo comprendo su desesperación, pero no veo cómo podría no caer en ella. 

Volviendo a las palabras de Martín, donde busca las categorías con las que elaborar una nueva teoría económica es en la historia. La escuela de Bueno le dedica una enorme atención a la historia, y es feraz en la creación de grandes interpretaciones del pasado humano. Son edificios atractivos, que nos ayudan a interpretar grandes procesos históricos, pero su construcción en ocasiones es forzada, y no logra levantarse sobre el suelo. Pero eso queda para un próximo artículo.

(1) Hayek, The Sensory Order. An Inquiry into the Foundations of Theoretical Psychology. University of Chicago Press, Chicago, 1976 (1952), pp 2-8.

(2) Ibid, pp 25-30 para un demoledor ataque al behaviourismo, que comparte un mismo fondo filosófico que el determinismo del comportamiento humano que aquí se observa.

Serie La teoría del cierre categorial y la economía

(I) El cierre categorial

(II) Monismo, dualismo y pluralismo

(III) El liberalismo como atomismo

El problema de la autoridad sanitaria

Año y medio después del inicio de la pandemia parece seguro decir que el resultado neto sobre las libertades civiles en Occidente ha sido negativo. Los gobiernos de gran parte de los países desarrollados han mostrado una deriva autoritaria que ha recibido, en algunos casos más que en otros, escasa contestación por parte de la sociedad civil, sobre todo durante los primeros meses de medidas extraordinarias. Tal pasividad es comprensible: el virus era un gran desconocido, la histeria campaba a sus anchas y los gobiernos contaban con el incuestionable Mandato de los Expertos. Tomar poderes de emergencia, obligar a cerrar negocios o confinar a la gente en sus casas; cualquier medida era aceptada siempre que estuviera avalada por una (en algunos casos supuesta) recomendación de los expertos. Por otro lado, los gobernantes podían pretender que sus decisiones de política sanitaria estaban libres de juicios de valor; a fin de cuentas, detrás de sus mandatos no se encontraban más que los fríos hechos proporcionados por los expertos en materia sanitaria y económica. Un año después, sin embargo, toca someter a revisión no sólo la actuación de los políticos, sino también las justificaciones de sus actos. ¿Hasta qué punto puede un gobernante justificar severas limitaciones a los derechos de los ciudadanos en base a la autoridad científica? ¿Están sus mandatos realmente libres de juicios de valor?

Empecemos explicando las dificultades de la toma de decisiones de política sanitaria. La labor del legislador a la hora de implementar una política es –o al menos debería ser–más complicada que simplemente escuchar a los expertos de una o dos disciplinas del saber. Él debe conocer los efectos de los mandatos que pretende imponer sobre los distintos aspectos de la vida individual y en sociedad. Por ejemplo, determinadas políticas como los confinamientos han tenido importantes efectos sobre la salud mental de la población (Fiorillo et al., 2020; Lu et al., 2020; Brooks et al., 2020; Killgore et al., 2020) así como biomédicos (Miles et al., 2020). Robinson (2021) detalla cómo estas consecuencias epidemiológicas, económicas y psicológicas no son independientes entre sí. El reto del aquél responsable de formular políticas sanitarias tan drásticas es, entonces, el de calibrar los efectos de dicha política desde el punto de vista de, al menos, aquellas disciplinas científicas más relevantes para el análisis. No obstante, desde el Congreso y las tertulias en medios de comunicación se ha presentado la cuestión de las estrategias de mitigación de los contagios desde el punto de vista estrictamente epidemiológico y económico: se han subestimado los costes y se han magnificado los objetivos de las mismas, presentando al público un mero trade-off entre dos variables sin mayor importancia.

Pero los inconvenientes no terminan aquí. Las políticas sanitarias no van a afectar de forma homogénea a la sociedad; a fin de cuentas, cualquier política siempre genera ganadores y perdedores. En primer lugar, el gobierno siempre saldrá (ex ante) ganando, pues de no ser así no se implementaría la política (Rothbard 1962). Aun ignorando este hecho, también encontramos ganadores y perdedores dentro de la sociedad civil: siguiendo con el ejemplo del confinamiento, aquellos que prefieran realizar actividades fuera de sus hogares saldrán perdiendo, pues son obligados a realizar acciones que de otra manera no realizarían de forma voluntaria (Rothbard, 1962 pp. 395-398): los que quieran salir a trabajar, los que quieran mantener su negocio abierto o los que quieran realizar actividades de ocio en compañía; todos ellos verán vetados sus cursos de acción preferidos. También aquellos que prefieran consumir los productos que ahora, durante el confinamiento, no tendrán disponibles se verán perjudicados. A todos los mencionados les es impuesto un coste. Lo que en Economía entendemos por «coste» puede entenderse, esencialmente, como un contrafactual. Por las limitaciones físicas del individuo y del entorno, este no puede realizar de forma simultánea todos sus fines: siempre que actúa escoge un curso de acción y rechaza otro. El valor del curso de acción más valorado que el individuo rechaza realizar es lo que denominamos como coste (Mises, 1949 p. 117).

¿Y quiénes podrían ser los ganadores? Podemos pensar en aquellos que prefieran mantener su negocio cerrado o no ir a trabajar para evitar contagiarse del virus. Ellos experimentarán pérdidas de ingresos, pero si ya valoraban más la seguridad que una pérdida (que probablemente esperen que sea momentánea) de ingresos, cuando se implemente el confinamiento no sufrirán costes adicionales a los que hubieran percibido de otra manera. Podemos pensar también en aquellos negocios que puedan seguir produciendo y que produzcan aquello que los consumidores demandan debido a que sus productos preferidos ya no están disponibles. Por ejemplo, si hay una masa de consumidores que prefiere ir al cine a ver la misma película en un servicio de streaming desde casa, el confinamiento les afectará negativamente (se les ha vetado su opción preferida), mientras que para las plataformas de streaming se verán beneficiadas, pues recibirán ingresos que no hubieran recibido de otra manera.

Entonces, el legislador no sólo debería ponderar los distintos efectos de la política sanitaria que pretende implementar, sino que también debería tener en cuenta aquellos grupos dentro de la sociedad que habrán de considerarse como «ganadores» y «perdedores». Implícitamente, esto conlleva comparar los distintos fines y preferencias, otorgando más importancia a unas que a otras. Ahora bien, ¿puede establecerse de forma objetiva que los efectos sobre la salud mental son más importantes que los efectos económicos o sobre la mitigación de contagios? ¿O que el resultado neto es positivo si, por ejemplo, las plataformas de streaming ganan más de lo que pierden las salas de cine? Hay quienes piensan que sí, pero nótese que estamos comparando fines, preferencias individuales o experiencias únicas. En otras palabras, se intenta argumentar que hay fines o procederes intrínsecamente superiores al resto, es decir, se entra en el dominio de la moral y la Ética. Concretamente, cuando entramos a valorar si el resultado neto de una política determinada es o no netamente positiva sobre la utilidad de la sociedad, entramos en un marco ético utilitarista.

Desde la Ciencia Económica y, en concreto, desde la Economía del Bienestar, se ha estado intentando dar cabida a la posibilidad de introducir el utilitarismo en la evaluación de políticas económicas buscando métodos de comparación de las pérdidas y ganancias de utilidad de los afectados por una determinada intervención. Lamentablemente para sus proponentes, desde Robbins (1932) tales intentos han caído en saco roto. Esto es así porque la utilidad –y el valor–hacen referencia a una experiencia única para un actor determinado en un momento determinado. Pese a que en los libros de texto la utilidad se presente de forma cardinal, en funciones de utilidad, en realidad no existe unidad de medida que permita comparar la utilidad que un individuo gana con un bien con respecto a la que ganaría otro. Tanto la utilidad como el valor, en un sentido económico, son de naturaleza ordinal, es decir, no puede mostrar más que una opción es preferida con respecto a otra. La importante implicación para la Economía del Bienestar es que se necesita una escala adicional que nos informe de que las preferencias de un individuo son, de alguna forma, superiores a las del otro, pero ni el utilitarismo ni la Ciencia Económica puede ofrecer solución a este problema. Entonces, es el evaluador de política económica o el legislador al implementarla el que introduce sus propios juicios de valor cuando desea hallar un «resultado neto» sobre la utilidad de la sociedad.

Lo mismo sucede con los costes. Desde la Economía Sanitaria, siguiendo los principales manuales de evaluación de política sanitaria (Salazar et al., 2007; Moreland et al., 2019), se han intentado establecer criterios de evaluación basados en la agregación de costes. En algunos se presenta un trade-off entre las pérdidas de ingresos en términos monetarios y los objetivos alcanzados por la política en cuestión (para nuestro caso, por ejemplo, contagios evitados o muertes evitadas), mientras que en otros se intenta medir la utilidad de los objetivos alcanzados mediante encuestas de valoración de los ciudadanos. Sin embargo, hemos visto que los costes son fenómenos estrictamente individuales, es el valor de sus mejores opciones rechazadas. Esto quiere decir que los costes son de naturaleza ordinal (puesto que son valor) y que no son comparables, es decir, no pueden agregarse (Rothbard, 1979). Evidentemente, pueden hacerse agregados sobre las pérdidas de ingresos monetarios así como también de las ganancias monetarias de otros, pero eso no nos da ninguna información sobre las preferencias de aquellos afectados por la política en cuestión. Ni aun las encuestas a los ciudadanos nos pueden dar información sobre sus preferencias, pues estas no muestran más que la preferencia declarada de los individuos. La preferencia declarada no nos da información económicamente relevante sobre las preferencias del actor, pues en Economía la preferencia se demuestra mediante la acción, donde el fin elegido es ex ante, más valorado que la alternativa rechazada: a no ser que el actor pueda realmente elegir una u otra, no podemos saber si realmente prefiere lo que dice preferir.

Pero aún podrían encontrarse dos proxies a las preferencias de los ciudadanos. Uno de ellos es el sistema de precios. Para este caso, los precios de los productos sanitarios (en los países en los que no estén estatalizados) podrían aproximarnos a conocer la voluntad para pagar (WTP) por mantener una buena salud. Empero, caben dos objeciones a este punto: (1) si bien el sistema de precios es el proxy por excelencia a la WTP de los individuos, estos nos ofrecen información histórica sobre eventos únicos. Los precios presentes (o del pasado más inmediato) sirven a los empresarios como puntos de apoyo para hacer predicciones sobre los precios futuros, pero nada de esto implica una cierta constancia en las valoraciones de los consumidores: es muy probable que los precios de ayer no se repitan mañana. (2) La WTP de los agentes podría ser modificada por los efectos de la propia política sanitaria. Tal y como Stringham (2001) explica:

Policies shape the world by determining who is in possession of resources, and since individuals differ, we would expect to see alternate demands depending on how property rights are assigned. If policy is altered, the willingness to pay for all goods is altered, so it would be a mistake to only look at the immediate effects of a policy.

El segundo proxy a las preferencias de los individuos podría ser la elección democrática. El gobierno elegido es el representante de la «voluntad general» de los ciudadanos y la papeleta con la que son elegidos es una forma de preferencia demostrada de las preocupaciones del votante. Volviendo a la cuestión multidisciplinar del análisis de políticas sanitarias, si los distintos partidos propusieran en sus programas electorales un orden de preferencias claro entre aquellas propiedades de la sociedad que priorizan preservar (economía, mitigación de contagios, salud mental, etc.), los votos de los ciudadanos podrían considerarse como un acuerdo explícito con las preferencias del gobierno elegido. Teniendo todo lo mencionado en consideración, esta solución tampoco está exenta de problemas. En primer lugar, no será aplicable en el contexto de la crisis del COVID para aquellos países cuyo gobierno haya sido elegido antes de que hubiera conocimiento público sobre la epidemia. ¿Por qué incluirían estos partidos formas de mitigación de contagios de un virus cuya existencia ni conocen? Sería del todo imposible para esos gobiernos actuar de acuerdo con la «voluntad general» de los ciudadanos si estos no han tenido forma de demostrar su preferencia mediante la votación.

Pero aún hay otros dos problemas más graves para la solución democrática. El primero es que parte del supuesto de que la sociedad es un agente dotado de autonomía, capaz de valorar, escoger y actuar. Pero esta no es sino una proposición metafísica indemostrable (Mises, 1949 pp. 176-184). Aun si ignoráramos este hecho e intentáramos agregar las preferencias de los ciudadanos mediante un sistema de votación (podríamos incluso pensar en una votación directa sobre si se prefiere que se dé más importancia a la economía, la salud mental o la mitigación de contagios), nos encontraríamos con el problema que Kenneth Arrow descubrió hace ya más de cinco décadas: no es posible que el sistema de elección mayoritaria cumpla simultáneamente los principios de óptimo de Pareto, independencia de alternativas irrelevantes y no-dictadura. El lector puede acudir a Sen (2014) si está interesado en una explicación clara y concisa del problema. De todas formas, la conclusión del «Teorema de la Imposibilidad» de Arrow es que siempre existirá un grupo (¡o un individuo!) que en un sistema de votación mayoritaria ostente un poder de decisión que resulte determinante para el resultado de la votación. Este individuo es el «dictador», aquél que puede «imponer» sus preferencias al resto de la población.

¿Qué cabe decir, pues, de la actuación de nuestros gobiernos durante la pandemia? ¿Qué cabe decir de las limitaciones que han tenido nuestras libertades justificadas bajo las –en algunos casos supuestas–recomendaciones de expertos? Los políticos han impuesto sus propios juicios de valor de forma arbitraria sobre las preferencias de los ciudadanos. Se han erguido como estándares morales de la sociedad y se han arrogado la potestad de decidir qué fines son aquellos más importantes. Si están en lo cierto o no es una cuestión que entra en el dominio de la Ética, pero ninguna disciplina científica puede servir como justificación a los arbitrios del gobernante.

Referencias

Fiorillo, A., Sampogna, G., Giallonardo, V., Del Vecchio, V., Luciano, M., Albert, U., . . . Volpe, U. (2020). Effects of the lockdown on the mental health of the general population during the COVID-19 pandemic in Italy: Results from the COMET collaborative network. European Psychiatry, 63(1), e87.

Killgore, W., Cloonan, S., Taylor, E., Lucas, D., & Dailey, N. (2020). Letter to the Editor. Loneliness during the first half-year of COVID-19 Lockdowns. Psychiatry Research, 294.

Lu, P., Li, X., Lu, L., & Zhang, Y. (2020). The psychological states of people after Wuhan eased the lockdown. PLoS ONE, 15(11).

Miles, D. K., Stedman, M., & Heald, A. H. (2020). Stay at Home, Protect the National Health Service, Save Lives”: A cost benefit analysis of the lockdown in the United Kingdom. International Journal of Clinical Practice, e13674.

Mises, L. v. (1949). La Acción Humana: Tratado de Economía (12a ed.). Madrid: Unión Editorial.

Moreland, S., Foley, S., & Morris, L. (2019). A Guide to the Fundamentals of Economic Evaluation in Public Health. Chapel Hill: MEASURE Evaluation.

Robbins, L. (1932). An Essay on the Nature and Significance of Economic Science. London: Macmillan & Co.

Robinson, O. (2021). COVID-19 Lockdown Policies: An Interdisciplinary Review. Disponible en SSRN. Obtenido de  https://ssrn.com/abstract=3782395 o http://dx.doi.org/10.2139/ssrn.3782395

Rothbard, M. N. (1962). El Hombre, la Economía y el Estado (Vol. II). Madrid: Unión Editorial.

Rothbard, M. N. (1979). The Myth of Efficency. En M. Sennholz (Ed.), Economic Controversies (págs. 253-260). Auburn: Ludwig von Mises Institute.

Salazar, L., Jackson, S., Shiell, A., & Rice, M. (2007). Guide to Economic Evaluation in Health Promotion. Washington D.C.: Pan American Health Organization.

Sen, A. (2014). Arrow and the Impossibility Theorem. En E. Maskin, & A. Sen, The Arrow Impossibility Theorem (págs. 29-42). New York: Columbia University Press.

Stringham, E. (2001). Kaldor-Hicks Efficiency and the Problem of Central Planning. The Quarterly Journal of Austrian Economics, 4(2), 41-50.

Sísifo, o el eterno retorno

Hay quienes, desde Tucídides, entienden que la historia se configura como un progreso en espiral, en el que, cambiando los aspectos superficiales, se mantiene una estructura que se repite en un ciclo infinito. Así, para ellos, la rueda de ascensos y descensos nunca para y de poco sirve ser consciente del proceso -ni prever el resultado- dado que tratar de evitar el desastre sólo consigue acelerar la llegada de lo inevitable. 

Occidente, como civilización, surgió sobre las ruinas de la filosofía griega y del derecho romano, debidamente regadas con la cosmología y los valores cristianos. Pero, en su devenir, atravesó el Rubicón de la Modernidad -ruptura radical respecto de lo anterior que no por casualidad comienza a la par que el cisma luterano- haciendo que la creación divina -del hombre y del mundo- dejase de ser un axioma -Dios pasó a ser entre relegado, negado y olvidado- para convertir al individuo en un ser autónomo e independiente, no determinado por instancias superiores, erigido en el centro de todo y capaz de darse a sí mismos sus propias leyes. El hombre, en definitiva, pasó de tener a ser libertad, una libertad que no admite ningún elemento que frene su acción hacia un progreso supuestamente indefectible.

Pero la cohesión en un mundo cimentado en la libertad casi absoluta y radical es inestable, y más cuando la sensación de bienestar -perdida la trascendencia- tiene un componte relativo importante, derivado de la comparación con la situación del otro. ¿Qué ocurre si se crea una masa acomplejada, frustrada e insatisfecha suficientemente grande y poderosa, aunque tenga el mejor nivel de vida de la historia? 

Por mucho que nos parezca extraño, el planteamiento colectivista parte, en esencia, de similares presupuestos que el liberalismo y, de alguna forma, parecería ser su continuación lógica -su otra cara o su reacción-, al menos para aquéllos a quienes el liberalismo no ha provisto de las satisfacciones prometidas: también olvida -si no niega- la creación divina del hombre; prevé, también, el recorrido inevitable hacia la arcadia feliz, y las leyes siguen no siendo trascendentes (ahora son inmanente). Cierto es que el hombre deja de “realizarse” mediante la ejecución de actos libres para hacerlo al asumir las obligaciones –“ontológicamente necesarias”- e impuestas por “lo colectivo” (ya sea la clase, la nación, la raza, el partido, el Estado o la sostenibilidad ecológica). Y ese es, ojalá me equivoque, en la dirección a la que vamos; sin revoluciones ni aspavientos, es verdad; lentamente, pero todos juntos.

Pero el colectivismo -como ya advirtió Mises y la historia se ha encargado de demostrar-, tiene las patas muy cortas y es incapaz, también, de satisfacer la totalidad de las expectativas en él puestas al impedir el intercambio voluntario y la libre fijación de precios -el puente entre las valoraciones subjetivas y el mundo externo-, haciendo imposible el cálculo económico en un mundo dinámico en constante evolución, lo que lleva a la ruina inevitable (la perversa forma en que en dicho modelo, por su particular naturaleza, se articulan los incentivos que movilizan a la gente, tampoco ayuda). ¿Acaso en Occidente el precio del dinero fiduciario, en relación con otros bienes, se fija libremente?

¿Podemos, entonces, pensar que, tarde o temprano, tras un posible delirio colectivista, volvería a generalizarse -como parece que ocurrió, en gran parte del entorno comunista, tras la caída del Muro- el planteamiento liberal… y así una y otra vez, en un continuo fluir en espiral? No necesariamente, ni siquiera si creemos en la repetición eterna de los ciclos. Primero, porque cabe la posibilidad de que el retorno no sea al liberalismo decimonónico, sino que, en el entorno de un ciclo más amplio, el vacío existencial relativista, entre otras causas, nos haga volver a un planteamiento trascendente –al modo medieval- que configure de otra forma nuestras vidas y en el que las dinámicas económicas y sociales se alteren de manera sustancial. Y, segundo, porque cabe dar, todavía, un paso más y que la civilización occidental desaparezca y sea sustituida por otra bien distinta: en la historia, hasta la fecha, ninguna ha tenido asegurado su futuro, tampoco la nuestra, aunque lo tendamos a creer; no lo tuvieron la romana del coliseo imperial, la babilónica de los jardines colgantes, ni la egipcia de Gizah, entre otras.

Pero ni siquiera el eterno retorno está garantizado: quienes tiraron abajo el Muro tenían una sociedad próspera con la que compararse y que les servía de acicate -también de apoyo-, a pesar de los poderosos obstáculos que el totalitarismo comunista presentaba -material y psicológicamente- a cualquier intento interno de rebelión. ¿Sería igual de “fácil” rebelarse si el colectivismo se generalizase en todo el globo, no habiendo un otro -en mejor situación- con quien compararse? ¿Y si el control, además, con los cambios tecnológicos, fuese más férreo y total? ¿Bastarían las diferencias sociales -que, irónica e inevitablemente, se crean en toda sociedad colectivista- para crear el caldo de cultivo, aunando la energía necesaria, que permita el cambio? ¿Y si, con sus graves debilidades y flaquezas -que las tiene-, el Imperio del Medio, nunca acabado de enterrar, alcanza -en parte por incomparecencia del contrario- el puesto que le augura su actual líder? Mejor pararlo todo antes, por si acaso… si es que se puede.

No más peronismo

Los mensajes e imágenes que se suelen transmitir desde la izquierda apelan a conceptos muchas veces abstractos o difíciles de entender y llevar a cabo cuando las oportunidades se presentan. El discurso de ese lado del espectro político tiende a aglutinarse entorno a temas que, si bien no son nuevos, evolucionan alrededor –siempre igual– del enfrentamiento entre unos y otros bajo diversos matices: una clase social impostada con otra o un enemigo externo sobre el que echar las culpas.

Por ello, la desigualdad, la justicia social, las inequidades económicas, el igualitarismo, entre otros, son tópicos recurrentes de los discursos electorales, que también aparecen en la proyección de una oposición que ostenta el poder y cuando se lo ejerce, suele ser el arma con la que blanden su incapacidad y falta de efectividad.

Un caso paradigmático y a la vez sorprendente es el de Argentina, aunque la región latinoamericana puede parecerse mucho y se pueden comparar las experiencias, salvo, por supuesto, las obvias diferencias y distancias que existen entre las estructuras sociales, económicas y políticas de cada país. El país sudamericano sufre los embates de una forma política arraigada en el ideario social y donde no se han podido superar los nefastos resultados de siete décadas de caduco peronismo.

Los discursos conmovedores sobre una ‘justicia social’ que ni es justicia ni es social que una y otra vez repite el presidente argentino, quedan relegados por las consecuencias inevitables de una administración política y económica que distan de ser efectivas, más aún, en tiempos de postpandemia, porque se insiste, una y otra vez, en un modelo que no ha funcionado, ni en Argentina ni en Venezuela y que ha reducido a la pobreza a millones de personas en periodos relativamente cortos de tiempo.

Pero el debate no solo se cierne sobre la decadencia de un modelo político, a decir verdad, en declive hace muchas décadas atrás, sino en la realidad y los hechos que pesan más que las palabras e, incluso, que las emociones. Por ello, no deben extrañar los resultados de las últimas elecciones en Argentina, donde el oficialismo, en franca derrota, se enfrenta a las consecuencias electorales de haber hecho lo que sabe hacer: encaminar al país a su propio fracaso. 

No obstante, no se trata de defender a uno y otro partido o a un líder en particular –todos conocemos los resultados económicos de Mauricio Macri durante su gestión presidencial– sino de poner en evidencia algo que puede resultar baladí, casi obvio, pero que en realidad no lo es, porque de otra forma, muchas naciones habrían aprendido la lección y la realidad de muchas sería francamente distinta: cuando la izquierda en Latinoamérica llega al poder demuestra su capacidad para afrontar desafíos serios en materia de crecimiento económico, desarrollo productivo y superación de la crisis. Los resultados son los que observamos.

Así, de las quince bancadas a las que Frente de Todos (Fernández – Kirchner) aspiraba renovar, tan solo ha conseguido nueve, cediendo cinco a la colación opositora Juntos por el Cambio (Mauricio Macri) y una a la candidatura independiente peronista en Córdoba. 

De este modo, el oficialismo kirchnerista pasa de contar con 41 senadores a 35, dos menos de la mayoría absoluta, mientras que Juntos por el Cambio suma 33 –sumando sus propios resultados y los de sus aliados– y los cuatro senadores restantes serán representados por otras formaciones; así lo ha publicado Libertad Digital.

Entonces, los discursos que hoy se conocen como ‘populistas’ cobran cierto sentido en un momento determinado, para una porción considerable de los ciudadanos, cuando existe un statu quo que es cuestionado por una efervescencia pasajera, cuando un orden pretende ser menoscabado por los excesos disfrazados de buenas apariencias, pero que en realidad encierran improvisación, inexperiencia, falta de visión y carencias varias, y, en algunos casos, autoritarismo.

No obstante, lo cierto es que los, llámese ‘populistas’, saben vender bien aquellos mensajes, juegan con la dialéctica y el discurso, pero, sobre todo, aprovechan un momento histórico para hacerse con el poder a costa de la mejora en la calidad de vida de la gente, que son quienes pagan el precio real y último de las decisiones públicas. 

Por ello, los argentinos, han decidido, por ahora, pasarle factura al peronismo que hoy les gobierna porque son conscientes que el modelo que los ha llevado hasta donde están y que, en cierto modo, responde a una categoría política que no han sido capaces de superar del todo en varias décadas, ha llegado a un límite insostenible, política y económicamente hablando. No se puede vivir bajo una mentira de forma indefinida, no se puede vivir bajo un sistema peronista sin antes pagar un precio muy elevado. Esperemos que este sea el principio del fin definitivo.

¿Hay un aumento del autoritarismo en la Unión Europea?

La Unión Europea pasa por un momento delicado, en el que su propia existencia puede correr peligro, al menos con el modelo que conocemos actualmente. La UE está en conflicto con sus partes, como el Sacro Imperio Romano tuvo conflicto entre el emperador y los príncipes que le elegían. Cuando sólo era la CEE, llegaba a acuerdos de carácter económico sin que sus organismos interfirieran en las políticas de los Estados que la componían. Se podía poner en duda si el acuerdo era lo suficientemente bueno o no, pero una vez firmado, era un consenso que se llevaba a una práctica que se podía analizar. Mientras, las cuestiones políticas, geoestratégicas o de carácter interno en cada país iban por sus propios e interesados derroteros. Es cierto que podía haber avisos o peticiones, pero no dejaban de ser eso, meros “consejos”. Cuando surge la UE, lo hace con una tara, una similar a la que no supieron resolver sus líderes cuando se crearon los Estados Unidos de América. De la misma manera que los conflictos de los Estados y el Gobierno federal dieron pie a su guerra civil, de una manera menos violenta, las instituciones que gobiernan la UE han entrado en conflicto con algunos países que la forman.

Cuando cayó el bloque soviético, muchos países vieron en la UE un lugar donde medrar, donde poder lamerse las heridas del comunismo y acceder al libre mercado, donde podrían desarrollar sus ansias de libertad, si se me permite tan hortera expresión. Todos los países centroeuropeos de la órbita soviética se integraron en la UE. También otros que habían formado parte de la URSS, como las tres repúblicas bálticas, Estonia, Letonia y Lituania, lo hicieron y algunos lo intentaron, como Ucrania. Un proceso similar pasó en los países que surgieron de la descomposición de Yugoslavia; Croacia y Eslovenia son miembros de pleno derecho del club. Sin embargo, una cosa son las hipótesis de partida y otra, la práctica. Con el tiempo, la burocracia soviética fue sustituida por la de Bruselas y las nuevas generaciones que no sufrieron la tragedia del comunismo se están preguntando qué está pasando en sus países, a los que Bruselas les impide ser ellos mismos, resurgiendo cierto grado de nacionalismo, que bien reivindica su historia y tradición como principal aspiración o bien busca otras alianzas con viejos enemigos/aliados.

No hace mucho, Polonia declaró inconstitucionales varios puntos en los artículos 1 y 19 del Tratado de la UE, invalidándolos y denunciando que “el intento de interferir en el ordenamiento judicial polaco por parte del TJUE viola los principios del Estado de derecho, el principio de supremacía de la Constitución y el principio de preservación de la soberanía en el proceso de integración europea” Algo similar ha ocurrido en la Hungría que dirige el poco apreciado Viktor Orban. Las políticas húngaras que ha lanzado su primer ministro han encontrado enfrente a las instituciones bruselenses, al considerar que son contrarias a la legislación de la UE para el colectivo LGTBI. A Orban le han encontrado también enfrente en temas tan delicados y mediáticos como la inmigración o la manera de afrontar la pandemia del Covid-19. Es evidente que esta situación ha provocado que Polonia tenga en Hungría un aliado

En ambos casos, se ha puesto en jaque la jerarquía jurídica que existe en los países que forman parte de la UE, en los que las legislaciones nacionales deben cumplir, o al menos no oponerse, a las que emanan desde Bruselas. ¿Deben los príncipes plegarse al emperador o debe este ser el que haga caso a los príncipes? ¿Existe en este caso un emperador? ¿Quién es? El verdadero problema es que se está imponiendo un contexto en el cual las actitudes más autoritarias se imponen frente a las que más respetan la libertad y la propiedad. Y no es que uno de los bandos tenga en esto más razón que el otro, el problema es que en ambos se están imponiendo actitudes autoritarias (1). 

No soy fan de la conservadora Polonia ni de la Hungría que pone en solfa una serie de libertades básicas, como la de prensa. Como tampoco soy muy fan en España de que el gobierno socialcomunista u otros regionales, de signo contrario, mantengan el sistema que se inmiscuye en los medios de comunicación, ya sean públicos o privados. No soy fan y no los miro con neutralidad, pero he de reconocer que la actitud de la UE con estos dos países es la de un déspota al que le molesta que le lleven la contraria e invoca su puesto jerárquico para imponerse. No busca el consenso o el diálogo, sino la imposición. 

Orban se opuso a las políticas migratorias de la UE, políticas que están comandadas por Alemania y que suponen la entrada, más descontrolada que controlada, de miles de inmigrantes que huyen de diversas guerras o situaciones difíciles. Encajar esto en el obligatorio Estado de bienestar europeo es difícil, aunque las quejas vienen por otros derroteros más polémicos, pues los inmigrantes traen una cultura distinta de la tradicional y esto estaría en conflicto necesariamente. Budapest y Berlín o París, además de Bruselas, se enfrentaron y siguen enfrentándose por ello. Sin embargo, cuando desde Austria se planteó algo similar, los alemanes atendieron sus peticiones. Algo similar ocurrió en Dinamarca, que ha creado una isla gueto para sus inmigrantes, saltándose muchos de los derechos fundamentales que algunos echan en cara al gobierno húngaro.

¿Es la UE un lugar donde todos los países son iguales entre ellos? Siempre habrá países más importantes en términos económicos y geoestratégicos, pero es cierto que uno de los principios básicos de la UE es tal igualdad. La realidad es que, durante muchos años, el eje francoalemán tuvo enfrente a los británicos, que buscaban no pocas veces la alianza con países “menores” para formar un bloque mayor. El ‘brexit’, por razones similares a las que ahora podría dar lugar a la salida de Polonia y otros países del Este europeo, dejó claro que en la UE manda Berlín, algunas veces en igualdad con París y otras, no (2). ¿Es el emperador el canciller alemán de turno? ¿Ha conseguido Alemania lo que no pudieron dictadores pasados, el control de Europa, al menos de la que forma parte de la UE? ¿Son los intereses de la UE más cercanos a los alemanes que a los de cualquier otro miembro del club? ¿Tiene la UE intereses propios?

Es posible que estas preguntas no tengan respuestas sencillas, pero están detrás de muchos agravios que sienten algunos países del Este, que se alejaron del oso ruso para acercarse al caracol europeo. Algunos de ellos se están planteando un cambio de aliados. Quizá es un cambio interesado, pues, al fin y al cabo, la Federación Rusa tiene algo que ellos necesitan a corto y medio plazo, gas y petróleo, pero también tienen un pasado común que se exterioriza en forma de paneslavismo, alimentado por una sensación de abandono y unas obligaciones inaceptables por parte de la lejana Bruselas. En este punto, quiero decir que las autoritarias ideas de los rusos tienen acomodo en estos países, como las autoritarias ideas fascistas las tuvieron en el periodo de entreguerras. Podemos agarrarnos a que es una situación temporal o circunstancial, pero social e individualmente se está asumiendo que la autoridad es más importante que la libertad para tener seguridad o sensación de ella, además de que se jalea el nacionalismo, como ideario donde el grupo es mucho más importante que el individuo, que se encuentra a su servicio. 

Es indiscutible que la UE tiene dificultades para reconciliar la igualdad formal de sus miembros, carece de una ciudadanía uniforme y organizada, y esta no percibe al espacio común como un entorno donde se identifique y que le otorgue un marco de defensa de sus libertades, respetando identidad, autonomía y diferencia. La soberanía está fragmentada y la implementación de las políticas depende de la colaboración de los miembros. Estas estructuras políticas fragmentadas y descentralizadas no se prestan al control democrático directo.

Puede que la UE se tenga que plantear dar un nuevo paso. La primera opción sería volver a un sistema básicamente económico, un mercado común, quizá que permita la libre circulación de personas, siempre y cuando tengan la nacionalidad de los del club, sin ninguna decisión política, en la que cada país tenga libertad para elegir qué modelo debe seguir y que, como mucho, cumpla un mínimo democrático. La segunda opción es que se pase a un sistema más integrado y federal, donde los países pierdan soberanía que pasara a un presidente europeo, un parlamento con más atribuciones que el de ahora, una verdadera división de poderes, igualdad entre ciudadanos más que entre países, y que la actual Comisión Europea desapareciera tal como se la conoce, pues ahora no es elegida por nadie ni están claras sus atribuciones (en la práctica, hace lo que quiere dentro de unos límites difusos). Otra opción es la desaparición, claro.

En cualquier caso, las actuales dificultades para tener una política que surja del centro y que reaccione para defenderse de los países díscolos, provocan que sus ideas, plasmadas en políticas, sean cada vez más lejanas a las ideas de la libertad, que sean imposiciones que molestan e irritan a la periferia. Corren malos tiempos para el europeísmo.

(1) Sería mucho más acertado dejar avanzar a cada régimen a su ritmo, quizá evitando desviaciones exageradas, pero no forzando, ya que suele provocar resistencia, al ver como una clara injerencia. Volviendo al espejo estadounidense, es como cuando EE. UU. impone de la noche a la mañana la democracia en países donde no existe la tradición institucional adecuada, generando rechazo y sensación de invasión, no de ayuda.

(2) Un ejemplo de ello es la polémica del gasoducto Nord Stream 2, donde Alemania ha impuesto sus intereses al del resto de socios, en especial a Polonia, que ha salido perjudicada para los suyos.

El demoledor informe de la London School of Economics sobre el auge madrileño y el declive catalán

El contraste entre Madrid y Cataluña está a la orden del día. Desde que la región gobernada por Isabel Díaz Ayuso logró el “sorpasso” y superó los niveles de producción observados en la autonomía gestionada por Pere Aragonés, cada vez se habla más del auge madrileño y del declive catalán.

La pasada semana, sin ir más lejos, el empresario y futbolista del FC Barcelona, Gerard Piqué, reconoció “sentir envidia sana de Madrid, de todo lo que está haciendo, puesto que es un ejemplo para Europa y todo el mundo”. Piqué fue más allá y declaró que le gustaría “que Barcelona estuviese a ese nivel”. La alcaldesa de la Ciudad Condal, Ada Colau, se dio por aludida pero negó la mayor.

Los indicadores son claros. Madrid capta cada vez más empresas y personas, lidera también en los indicadores de crecimiento, empleo e inversión, ofrece mejores servicios sanitarios y educativos, y todo ello con muchos menos impuestos. Pero, además de las acertadas políticas económicas de corte liberal que han hecho posible ese desarrollo, ya se puede hablar también de una serie de factores socio-culturales que están influyendo favorablemente en todo este proceso.

Barcelona (arriba) y Madrid (abajo).

En este sentido, un artículo académico publicado por Andrés Rodríguez-Pose y Daniel Hardy explora los niveles de confianza interpersonal y colectiva existentes en ambos territorios. Tomando ese criterio como referencia, estos dos profesores de la London School of Economics plantean que el auge de Madrid y el declive de Cataluña tiene mucho que ver con la fractura social y la desconfianza que experimenta el segundo territorio, en marcado contraste con el satisfactorio modelo de cohesión que ha propiciado el sistema abierto y plural de la primera autonomía.

La confianza, factor clave

El estudio de ambos autores “analiza las trayectorias económicas divergentes de Barcelona y Madrid desde la transición de España a la democracia”. Su propósito es estudiar “cómo es posible que Barcelona, la ciudad que hace cuatro décadas estaba mejor posicionada para emerger como el principal centro económico del país, haya perdido frente a Madrid”.

De acuerdo con ambos autores, “las trayectorias divergentes de las dos capitales tienen menos que ver con el tirón de Madrid como capital de España, con el desarrollo de nuevas infraestructuras en una u otra región o con economías de aglomeración, y se explican más bien a partir de factores institucionales”. Así, Andrés Rodríguez-Pose y Daniel Hardy detectan “una creciente fractura social en Cataluña, a lo largo de líneas económicas, sociales y de identidad, lo que ha llevado a una mayor ruptura de la confianza y al desarrollo de grupos fuertes que tienen una capacidad limitada para tender puentes entre sí”.

Dicho de otro modo, la politización asociada al proceso independentista estaría contribuyendo a debilitar los niveles de confianza interpersonal y supone “la aparición de externalidades negativas que han limitado el potencial económico de crecimiento de Barcelona”. En cambio, Madrid se ha erigido en la locomotora de la producción nacional precisamente porque presenta las condiciones opuestas y su sistema social se ve influenciado de forma mucho menos intensa y divisiva por parte de la política, que además está ajena a las diferencias de corte separatista o al discurso identitario propio del nacionalismo.

Los dos autores subrayan las diferencias entre las sociedades madrileña y catalana del siguiente modo:

– Madrid presenta niveles más altos de participación comunitaria en asociaciones, proyectos cívicos, etc. La identidad madrileña se ha revalorizado y demuestra que, en su esencia, es abierta y pluralista. Además, el foco político está claramente en la consolidación de un modelo liberal, volcado en el desarrollo, en la integración con Europa y la consolidación de Madrid como una gran capital global.

– Cataluña presenta una comunidad fragmentada. Sus grupos presentan costes de entrada/asimilación más altos. El modelo socioeconómico está marcado por la “captura de rentas” y la distribución sectaria de los bienes públicos. Las instituciones están capturadas por las élites políticas regionales y los lazos sociales se empiezan a desarrollar entre grupos cada vez más separados entre sí. Hay cada vez menos participación en asociaciones, proyectos cívicos, etc.

Resulta especialmente interesante comprobar los niveles divergentes de confianza interpersonal existentes en Madrid y Cataluña. Por ejemplo, el 31,5% de los madrileños cree que se puede confiar en la mayoría de las personas, frente al 13,8% que tiene esta opinión en Cataluña. De igual modo, la confianza de los madrileños en personas de otra nacionalidad es cuatro veces mayor que la de los catalanes.

Andrés Rodríguez-Pose y Daniel Hardy citan la opinión de un directivo empresarial para resumir la situación actual: “a la hora de decidir dónde invertir en España, Barcelona ha sido tradicionalmente el punto de entrada natural, por su imagen como ciudad luminosa, abierta y llena de talento. Sin embargo, cada vez es más evidente que las cosas allí no son tan fáciles como habíamos imaginado”. En cambio, ese mismo directivo recalca que “Madrid es hoy mucho más abierta, aquí nos dejan en paz y no interfieren en nuestra actividad”.

Las conclusiones de los autores

Las conclusiones a las que llegan ambos autores son esclarecedoras y merecen ser leídas al completo:

“Madrid y Barcelona han sido durante mucho tiempo las dos grandes potencias económicas de España. Sin embargo, durante las últimas tres décadas, Madrid ha adelantado a Barcelona en prácticamente todos los indicadores económicos, convirtiéndose en una ciudad mucho más grande y en el centro de la actividad económica de España”

“La principal explicación de la divergencia económica entre ambas ciudades se encuentra en los diferentes marcos institucionales que prevalecen en las sociedades de una y otra capital. Madrid ha estado dominada durante mucho tiempo por una constelación de grupos sociales, económicos y culturales pequeños, que son relativamente débiles, en la medida en que son incapaces de moldear por sí mismos el rumbo del colectivo, lo que, por tanto, los obliga a interactuar entre sí. Esto ha dado pie a un ecosistema en el que la vinculación entre pequeños grupos es la norma, lo que conduce a la formación de una sociedad abierta e inclusiva, facilitando la transformación de ideas y talento en actividad económica

“Barcelona, ​​por el contrario, presenta grupos mucho más cerrados de partida, grupos a menudo divididos por líneas identitarias, económicas y políticas que, si bien fueron capaces de transformar la ciudad durante la transición a la democracia, luego han dado pie a importantes problemas internos/externos y han generado problemas de exclusión. La consolidación de grupos muy cerrados en campos como la identidad o la economía ha osificado las instituciones de Barcelona y ha tenido consecuencias económicas negativas

Como en el caso de Montreal, la existencia un entorno comunitario divisivo ha generado bajos niveles de confianza en las relaciones interpersonales y comunitarias. Esto ha llevado a una falta de participación constructiva en las actividades económicas, lo que ayuda a explicar la vacilación de individuos y grupos a la hora de desarrollar y colaborar en nuevas iniciativas”

“Vemos una sociedad cada vez más dividida en Barcelona, ​​devastada por divisiones profundas y crecientes, y donde la falta de confianza ha impedido la construcción de puentes entre los distintos grupos, lo que ha proporcionado la semilla para una trayectoria económica general mucho peor que la que habríamos podido predecir hace décadas, dadas las características de partida de la Ciudad Condal”

Madrid, aunque no está exenta de problemas, ha logrado construir una sociedad más flexible, lo que ha facilitado un logro nada despreciable, como es la creación de una ciudad más abierta, interconectada, internacional y económicamente dinámica. De ahí que las diferencias en los arreglos institucionales hayan provocado un revés económico mediante el cual el Madrid caricaturizado como “lento” ha acabado siendo mucho más pujante que la Barcelona a la que se presuponía más “activa”.

“Según Andrew Dowling, “Barcelona y Cataluña no han aceptado este estatus cada vez más secundario y tampoco han aceptado el papel cambiante que juegan en la dinámica comparada entre las dos ciudades más importantes de España”. En su opinión, esto “ha alimentado el giro a la secesión dentro de Cataluña”, casi como una válvula de escape”.

“Nuestros entrevistados en Barcelona insisten en que Cataluña ha acabado tan fragmentada que se está paralizando todo y se están provocando conflictos, cuando lo necesario sería tender puentes y “coser” una sociedad que ahora mismo está desgarrada. La capacidad para generar consenso y prestar atención a la dimensión institucional es, por tanto, tan importante desde una perspectiva económica como la mayoría de los demás factores que han dominado, hasta ahora, la conversación sobre estos temas”

Análisis coste-beneficio de la publicidad para la sociedad

El de la publicidad es uno de los debates clásicos de la teoría económica. Para mucha gente, la publicidad es un extra-coste de las empresas, que encarece innecesariamente sus productos. Desde el punto de vista del público, es un incordio y poco fiable, y solo algunos anuncios se salvan de la quema principalmente por su valor, digamos, artístico. Pero, pese a todos los males asociados, la publicidad sigue existiendo, y, para desesperación de muchos, consumiendo ingentes cantidades de recursos, que al final tienden a traducirse en mayores precios en los productos. Ello invita a pensar en que algo positivo debe de hacer: ¿cómo sobreviviría si no ante tanta hostilidad?

Un punto de partida puede ser examinar la naturaleza de “extracoste” que supone la publicidad. Esto es preocupante si piensas, como hacen los economistas neoclásicos, que el precio tiende al coste marginal, aunque el problema desaparece si asumes que la publicidad es un coste fijo independiente de la cantidad producida, como puede hacerse con relativa facilidad, pues entonces el coste marginal de la publicidad es cero.

En todo caso, los economistas austriacos sabemos que la relación entre precio y coste es mucho más indirecta, y que en realidad el precio depende del valor y de la escasez de los bienes. De hecho es el precio, procedente de las preferencias expresadas por los compradores mediante las transacciones que llevan a cabo, el que termina fijando los costes (precios de los recursos) necesarios para producir el bien aguas abajo.

Desde esta perspectiva, el coste incurrido en la publicidad, como el de cualquier otro recurso que precise el emprendedor, es irrelevante para la fijación del precio. Otra cosa es si el producto será viable (i.e. rentable) al precio que admiten los clientes, y es en este sentido en que el precio fija el coste de los recursos. En todo caso, el producto solo será viable si su precio permite recuperar todos los recursos invertidos en él, incluida la publicidad, si ésta se ha considerado necesaria por el emprendedor.

Pero, ¿es realmente necesaria la publicidad? Si nos vamos a los modelos que utiliza el economista neoclásico para estudiar cómo se relacionan precios y costes, nos encontraremos con el supuesto de información completa para los participantes en el mercado. Claro, si todos los posibles compradores y vendedores disponen de toda la información sobre todos los productos, no es necesaria la publicidad, cuyo principal propósito es precisamente el de suministrar información. No es de extrañar que los economistas mainstream tiendan a ver la publicidad como un desperdicio social, y que propongan una distinción entre los costes de producción, evidentemente necesarios para que aparezca el producto, y los costes de distribución, un engorro y un desperdicio.

Sin embargo, la realidad es bastante más complicada, y los mercados no son transparentes, ni la gente tiene información instantánea de todo lo que ocurre en ellos, y, aunque la tuviera, como nuestro cerebro sigue siendo limitado pese a los supuestos neoclásicos, no podríamos procesarla en ese tiempo real en que actúan los modelos de estos economistas. Esto tiene una implicación muy clara: no es lo mismo un producto terminado, que un producto terminado conocido por el posible comprador. De hecho, los compradores no pueden comprar productos terminados, solo productos terminados conocidos, porque ¿cómo los van a comprar si no saben de su existencia? Sí, puede sonar a Perogrullo, pero es una perogrullada fundamental para entender por qué la publicidad es necesaria en el mundo real.

Por esta razón, Murray Rothbard desecha por artificial la distinción entre costes de producción y de distribución (1). Todos son igualmente necesarios para conseguir el objetivo del emprendedor, que es la obtención de beneficios de la venta del producto que elabora.

De hecho, la dimensión del “problema” de la información se puede calibrar atendiendo a los presupuestos en publicidad (y, en general, marketing) que tienen las empresas. En muchas de ellas seguramente los gastos de este tipo superan los de producción o adquisición de bienes para reventa (2).

Con esto queda claro que la publicidad supone un beneficio para la sociedad, puesto que da el enorme valor añadido de hacer que el producto sea conocido por el cliente, y posibilita así las transacciones beneficiosas para las partes que las llevan a cabo, y más aún, la creación de riqueza con cada una de dichas transacciones.

Por si acaso el economista neoclásico sigue teniendo dudas sobre el incremento de bienestar social que supone la publicidad, conviene recordar el estudio del economista Lee Benham, llevado a cabo en los 60, y al que llego por la vía del citado libro de Fanego. Resulta que en los EEUU de aquellos años, había estados en que era ilegal anunciar gafas, mientras que en otros se podía. Vamos, el escenario ideal para cualquier economista experimental, en este caso, para comprobar el impacto de la publicidad en los precios de los bienes afectados por esta heterogeneidad.

Dicho y hecho. Nos cuenta Fanego la conclusión: “Sin embargo, en los estados donde la publicidad era legal los precios eran un 20% más bajos“. La cita comienza con “sin embargo”, porque previamente nos ha dicho “Si nos dejamos llevar por el sentido común, podemos pensar que los estados donde la publicidad estaba permitida tendrían precios más altos. Al fin y al cabo, la publicidad es un coste para las empresas. No es descabellado suponer que, si eliminamos un coste, el beneficio se puede trasladar al cliente final. 

Fanego explica el descenso de precios apoyándose en el marco neoclásico: los anuncios introducen mayor transparencia en el mercado lo que lo hace aproximarse más al ideal de competencia perfecta, en el que se reducen los precios hasta los costes marginales.

Yo prefiero la explicación austriaca: en los estados en que se permitía la publicidad, aumentaba la oferta (disminuía la escasez) de gafas conocidas para los clientes, y era esta disminución en la escasez relativa la que provocaba un menor valor del bien y, en consecuencia, un descenso en el precio.

Obsérvese que en el modelo neoclásico no acaba de quedar claro porque una empresa estaría interesada en introducir mayor transparencia en el mercado si eso supone una pérdida de valor de su producto. En cambio, en el modelo austriaco, la publicidad es necesaria para crear el producto vendible, esas gafas conocidas, por lo que la pérdida de valor por aumento en su oferta se produce sobre un producto que vale más que el meramente fabricado, quedando un incremento neto para el emprendedor (y estoy tan seguro de que queda un incremento neto de valor porque, en otro caso, el producto desaparecería del mercado).

En todo caso, concluyo, tanto el análisis teórico como la evidencia empírica parecen soportar sin ambigüedad que la publicidad genera bienestar social, pese a incrementar los costes de las empresas respecto a si solo necesitaran producir el bien para venderlo. Y será así mientras los seres humanos no tengamos infinita capacidad de proceso de la información, aunque ésta esté infinitamente disponible. O sea, mientras sigamos siendo humanos.

(1)  Rothbard cita a Chamberlin (Theory of Monopolistic Competition) como originador de esta idea. He traducido los “selling costs” de Chamberlin como costes de distribución, e incluirían publicidad, gastos de ventas y, en general, marketing. Ver Rothbard M.N. (2004): Man, Economy and State, págs. 736-738.

(2)  A partir de aquí, una línea muy interesante sería debatir sobre lo que ha supuesto Internet para el coste de diseminar y obtener información, pero no es objeto de este artículo. Una buena introducción al mismo puede ser Fanego, I. (2019). A nadie le interesan tus anuncios. Es la lectura de este libro la que ha inspirado el presente artículo.

¿Es Bitcoin irremediablemente volátil?

Una crítica habitual hacia Bitcoin es que es muy volátil. La volatilidad a lo largo de sus 12 años de historia es evidente, con subidas espectaculares y bajadas no menos espectaculares cercanas al 90% respecto al máximo anterior. Sin embargo, creo que sería un error extrapolar la volatilidad de Bitcoin hacia el futuro porque el precio de un activo tan disruptivo ha de ser necesariamente volátil en su fase inicial, pues hace falta un proceso complejo de descubrimiento de las propiedades del activo en cuestión, y también de su precio.

Pero que esta volatilidad pasada no sea extrapolable al futuro, no implica que Bitcoin vaya a ser tan estable como el oro, la deuda pública o la moneda fiat. En este artículo quiero dar un salto en el tiempo y analizar un hipotético escenario donde Bitcoin ya es ampliamente conocido y la demanda de Bitcoin se ha estabilizado en un porcentaje más o menos constante de la producción global. Recomiendo la lectura de un reciente artículo enfocado en este escenario, pues es muy breve y conciso, Fernando va al grano de la cuestión y se enrolla mucho menos que yo.

Lo que cuenta en su artículo es que cualquier activo cuyo valor sube en el tiempo ha de ser impepinablemente volátil. ¿Por qué? Porque un activo que tuviera hoy un precio de 4, y todos estamos seguros de que dentro de un año valdrá 5, entonces su precio hoy no podría ser 4, tendría que ser 5 o muy cercano a 5. Porque si no, alguien estaría haciendo el canelo vendiendo duros a 4 pesetas. Cuando una información es cierta, automáticamente se incorpora al precio, así funciona el mercado. Un ejemplo muy gráfico es cuando una empresa cotizada recibe una OPA, en cuanto el anuncio es oficial, el precio se ajusta inmediatamente al precio de la OPA. 

Por tanto, los activos alcistas van subiendo de precio a medida que la incertidumbre sobre su demanda se va despejando. Y si hay incertidumbre, sí o sí, hay volatilidad.

Que Bitcoin tenga una oferta totalmente fija facilita mucho este análisis. Porque si finalmente es útil para el propósito que sea, y su demanda se mantiene estable en relación a una producción global creciente, entonces la única forma de que su valor se mantenga estable es que su precio suba. 

Fernando hace una comparación muy certera con el oro. El oro es casi perfectamente elástico a largo plazo porque cuando su precio sube, es más rentable minar oro y por tanto aumenta la cantidad. Este aumento tan moderado de la cantidad de oro es lo que hace que su poder adquisitivo sea tan estable a largo plazo. Sin embargo, los mineros de oro no pueden responder rápido a aumentos de demanda repentinos, con lo cual el poder adquisitivo del oro a corto plazo podría no ser estable en esos casos.

Aun así, el oro puede estabilizarse gracias a la especulación en el tiempo gracias a su estabilidad a largo plazo. Por ejemplo, si el precio sube muy rápido y se aleja mucho de los costes de producción, un minero puede vender futuros del oro con vencimiento a un año a un precio muy superior a sus costes.  Estas ventas de futuros frenarían la escalada del precio manteniéndolo estable.

Con Bitcoin esta especulación estabilizadora no es posible, pues realmente no se puede aumentar la producción a ningún coste. Las unidades de Bitcoin simplemente se distribuyen, no se producen. Actualmente ya se han emitido el 90% del total, y en el año 2048 ya se habrá emitido el 99,9%. Esta especulación apenas es posible hoy porque el “coste de producción” está ligado al precio por protocolo, con lo cual el margen es siempre muy estrecho. Pero sobre todo es que en pocos años ya apenas se podrán “minar” unidades nuevas, y a partir del año 2140, ninguna.

Por tanto, tal y como sostiene Fernando, Bitcoin es inherentemente volátil a largo y a corto plazo, y la volatilidad supone tener que asumir un coste de atesoramiento importante, porque si necesitamos vender nuestros Bitcoin en un momento en que el precio está por debajo de nuestro precio de compra, nos toca incurrir en pérdidas.  Salvo que tengas suerte, ese riesgo de depreciación hay que pagarlo sí o sí. O bien pagas ese riesgo con un seguro contra la depreciación, o bien lo pagas con tiempo y angustia esperando a ver si se recupera, renunciando además a aquello que querías comprar con tus Bitcoin en ese momento.

He de decir que hasta hace no mucho y muy influido por los teóricos de la liquidez, yo pensaba que la inelasticidad de Bitcoin la podrían corregir los bancos emitiendo depósitos  denominados en Bitcoin. Por ejemplo, una gasolinera podría emitir una letra y descontarla en un banco, el banco le abonaría en su cuenta “vales por Bitcoin” porque ha analizado bien el negocio y sabe que la gasolina se convertirá en Bitcoin contantes y sonantes en pocos días o semanas, por tanto el riesgo es muy bajo. Y el mercado en general aceptaría los depósitos convertibles en Bitcoin emitidos por los bancos como si fueran Bitcoin verdaderos mientras los bancos no se dedicaran a hacer préstamos demasiado arriesgados. Si al banco le solicitan la conversión de sus depósitos a Bitcoin reales y tiene en su activo préstamos a deudores solventes, pues o bien tendrá un buen flujo de ingresos en Bitcoin, o bien podrá vender esos préstamos en el mercado sin apenas descuento.

Pero Fernando me chafó totalmente esta expectativa al hacerme ver que cada vez habría más deudas denominadas en Bitcoin mientras que la cantidad de Bitcoin reales se mantendría fija, hasta el punto que pasados unos años la cantidad de deuda denominada en Bitcoin comparada con la cantidad real de Bitcoin sería descomunal. Esto nos llevaría a un escenario parecido al que se produjo a finales de los años 60 con el oro en el marco de Bretton Woods. Todos los bancos centrales se dedicaron a emitir moneda que era directa o indirectamente convertible en oro, y a un ritmo muy por encima del crecimiento de la oferta de oro físico. Una receta infalible para que tarde o temprano acabara todo en impago, como así fue.

Con Bitcoin ni siquiera haría falta ninguna emisión exagerada o imprudente. El carácter fijo de la oferta de Bitcoin hace que cualquier crecimiento de la deuda acabe por resultar tarde o temprano en una cantidad de deuda mucho mayor a los Bitcoin existentes, dejando al sistema expuesto a un ataque del tipo short squeeze o estrangulamiento de posiciones cortas, similar al que se produjo en GameStop a principios de este año.  
Juan Ramón Rallo sostiene que un ataque de este tipo fracasaría si los bancos tienen sus préstamos bien garantizados y bien casados con los plazos de sus pasivos. Pero Fernando contraargumenta que el banco tendría que exigir demasiadas garantías a sus deudores para respaldar pasivos denominados en una unidad de cuenta que no es naturalmente estable y cuyo precio podría multiplicarse. Esas excesivas garantías harían el sistema inviable por caro y poco eficiente. Yo estoy con Fernando al 99,9%, pero por ese 0,01% de duda que aún me queda, me interesan los argumentos a favor de cualquiera de estas dos posturas.

Las consecuencias (geo)políticas de la crisis energética

Se viene hablando mucho últimamente de los años 70, a raíz de factores tanto económicos como políticos. Una de las correlaciones que más comúnmente se establece en los medios de comunicación es la referente a la actual crisis energética con la ocurrida durante la década de 1970, incidiendo especialmente en el descontento social surgido a raíz de la misma y sus efectos directos sobre las demandas y tendencias políticas. El shock acaecido entre 1973 y 1974, a raíz del embargo petrolero a manos de la OPEP, causó que las principales economías del mundo se paralizasen y generó enormes revueltas sociales que duraron hasta que se encontró una solución al problema. Esta vez la situación es algo distinta, ya que los problemas derivan de una transición energética con claros costes colaterales que, además, parecen no tener solución en el corto plazo. Pueden ser precisamente estos costes y, más en concreto, su distribución, lo que genere grandes consecuencias geopolíticas, pudiendo llegar incluso a variar algunas de las más importantes correlaciones de poder globales. Veamos. 

En primer lugar, es muy relevante tener en mente los costes de la transición energética si realmente queremos realizar un análisis serio sobre sus presentes y futuras consecuencias. Al respecto, el economista Jean-Pisani Ferry elaboró un valioso informe para el Peterson Institute for International Economics en el que estimaba que -acorde a los cálculos elaborados previamente por Stern y Stiglitz- la transición ecológica podría tener un efecto de pérdida de PIB potencial en la economía mundial del 3,7%. En la actualidad estamos observando que puede que dichas predicciones se queden incluso cortas, pudiendo generar una inestabilidad política dentro de los países mayor incluso que la de los años 70, ya que en este caso se trataría de factores internos (apoyo político a la transición ecológica) y no externos (embargo Opep) los que estarían causando dicha crisis energética. De hecho, si no se buscan e implementan soluciones efectivas que eviten que los costes de la transición energética recaigan en su conjunto sobre los más desfavorecidos, esto podría conllevar a dinámicas políticas que aúpen -aún más- ciertos discursos reaccionarios hoy en boga. 

Hoy por hoy parece ser que dicha solución aún no se ha encontrado. Los días 21 y 22 de octubre se reunió el Consejo Europeo para tratar con prioridad la propuesta del Gobierno de España de diseñar conjuntamente una reforma del mercado energético mayorista a nivel europeo. Algunos países como Francia, Grecia, Rumanía o la República Checa ampararon dicha petición, pero frente a la negativa de Alemania, Austria, Dinamarca, Finlandia, Irlanda, Luxemburgo, Estonia y los Países Bajos, no se llegó a concretar nada. Ursula von Der Leyen anunció que pronto se convocaría un Consejo formal sobre el almacenamiento de energía y las reservas estratégicas, pero parece ser que esto no va a llevar a grandes cambios en el corto o medio plazo, mientras el problema sigue creciendo. Mientras tanto, la mayoría de los gobiernos europeos insisten en tratar de paliar la crisis energética con subvenciones o tratando de recortar la factura energética vía rebajas de impuestos, lo cual no soluciona ni mínimamente el verdadero problema: la gran revalorización del gas y de los derechos de emisión de CO2. En el siguiente gráfico se puede observar la evolución del precio de los derechos de emisión de CO2 en la Eurozona desde el año 2005. 

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Mientras es probable que el precio del gas vuelva a estabilizarse una vez solventados determinados cuellos de botella relacionados con el transporte, parece que el elevado -y creciente- precio de los derechos de emisión de CO2 no se trata de un factor coyuntural. Esto puede ser una de las principales causas de que el impacto económico de la transición energética se prolongue más en el tiempo que la crisis de 1973-1974, con efectos lógicamente heterogéneos entre países, dependiendo de sus estructuras productivas y de su dependencia de unas fuentes u otras de energía. Para el caso de Europa se puede afirmar que, en cualquier caso, el efecto económico de la transición será intenso, con notables efectos sobre la inflación (como ya estamos viendo), al menos en el corto y medio plazo. Al respecto, conviene recordar que la inflación de la Eurozona solo ha superado el 4% en una ocasión previa a la actualidad, siendo esta durante la Gran Recesión. En el siguiente gráfico se puede observar la evolución de la tasa de inflación en la Eurozona desde finales de la década de los 90. 

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Mirando hacia la Unión Europea, en caso de que la situación continúe como en la actualidad, podríamos pasar de un escenario en el cual las demandas políticas de la ciudadanía se dirigen casi en exclusiva a los gobiernos nacionales a uno en el que el hastío de los ciudadanos y sus reclamaciones se comiencen a dirigir hacia Bruselas. Esto último generaría un innegable rechazo a la Unión Europea como proyecto político, incidiendo en mensajes euroescépticos con mucha acogida a lo largo de los últimos años. Además, dichas demandas y protestas políticas se asentarían sobre una sólida base material y objetiva, siendo esta la incapacidad de Bruselas de proponer soluciones a nivel europeo a un problema conjunto que está empobreciendo a la ciudadanía de la UE y privando de acceso a un bien básico como la energía a los ciudadanos más desfavorecidos de la Unión. 

De hecho, va en el interés de la propia UE resolver el problema del creciente precio de la energía, ya que si el discurso euroescéptico cala más hondo agarrándose a la crisis energética, en último término esto podría conducir incluso a una reversión casi total de la agenda para la transición energética, suponiendo un fracaso estrepitoso para la UE. Incluso podríamos vivir en el corto plazo escenarios de confrontación directa entre determinados gobiernos nacionales y altas esferas de la UE, al atar esta última de manos a los ejecutivos nacionales a la hora de tomar medidas para paliar el encarecimiento de la energía. Ningún gobierno nacional va a aceptar la aparición de sus Gilets Jaunes particulares sin poner todos los medios para tratar de evitarlo previamente. 

Por otro lado, dejando de lado el asunto de los derechos de emisión de CO2, hay otros factores que pueden contribuir a paliar la crisis energética o, en su defecto, a incidir en ella. Este es el caso del gasoducto Nord Stream 2, que hasta ahora Rusia ha mantenido bloqueado en Alemania hasta que considere oportuno, en base a los precios internacionales del gas y el suministro nacional. Mientras tanto, EE. UU. ha acusado a Rusia de manipular el mercado, lo cual podría llevar el debate sobre la crisis energética a una escala mayor. En dicho escenario, las principales potencias globales se verían obligadas a medir sus fuerzas y, en base al resultado de dichas disputas diplomáticas, algunas correlaciones de poder podrían verse afectadas. Por supuesto, a todo esto, no nos podemos olvidar de China, que ni siquiera ha hecho acto de presencia en la COP26, mostrando su rechazo frontal a la transición energética global, aumentando las fricciones ya existentes con las principales potencias occidentales. 

Vemos que la crisis energética toma mayor importancia de la que en un principio parecía tener. Sus repercusiones ya no se limitan únicamente al plano económico, sino que tocan de lleno la política internacional y lo referente a las relaciones comerciales y diplomáticas entre las principales potencias globales. No le quiten ojo a lo largo de los próximos meses.

El dinero como tecnología y el Bitcoin como mejora (y II)

“Puede que tenga sentido comprar algunos por si [Bitcoin] se hace popular. Si suficientes personas piensan igual, se convierte en una profecía autocumplida.” Satoshi Nakamoto

En el artículo anterior, definía el dinero como una tecnología que sirve para transportar valor a lo largo del tiempo y del espacio sin riesgo de contraparte mediante. En este artículo, también defendía que lo que hace que un bien sea el dinero de una economía es que sea el medio de intercambio generalmente aceptado, siendo las funciones de depósito de valor y unidad de cuenta—las otras dos funciones típicamente asignadas al dinero—la causa y la consecuencia respectivamente de que un bien sea dinero, “no una parte esencial del concepto de dinero” (Menger 2007, 280).

El dinero en una economía surge a través de un proceso descentralizado mediante el cual aquellos que seleccionan el bien que mejor transporta el valor a lo largo del tiempo mantienen este valor y los que no, lo pierden. Se da una selección natural del dinero en el mercado. Por eso, aunque el proceso fuese aleatorio, como dinero emergerá un bien con las propiedades adecuadas para operar como un buen depósito de valor, porque solo los que puedan transportar el valor restante de su producción (o valor otorgado a estos mediante otros medios) podrán continuar operando e influyendo el mercado—no puedes intercambiar algo excepto si almacena valor. No obstante, este proceso no es necesariamente aleatorio y existen agentes más perspicaces que buscan el bien más vendible o líquido—es decir, aquel con el menor diferencial entre el precio pedido y el precio ofrecido—para reducir los costes de atesoramiento y desatesoramiento (White 2002). 

Los agentes que participan en el mercado, mediante procesos descentralizados, decide qué bien será el dinero. El dinero quiere ser uno. Mi tesis es que el Bitcoin es el bien que mejor cumple con las propiedades que según Menger (2009) aumentan la liquidez de un bien. 

En primer lugar, debido a su ratio de stock-to-flow, el Bitcoin presenta una gran liquidez intertemporal. Esta ratio mide el stock existente de un bien y lo divide por la nueva producción anual. El oro tiene una ratio stock-to-flow mayor que 1, igual que cualquier bien para poder llegar a convertirse en dinero. Por eso los cigarrillos pueden ser dinero en las prisiones, porque no puedes producir más dentro de la economía fácilmente. El valor de las cosas fáciles de producir desaparece fácilmente, por eso el dinero es uno bien difícil de producir. Bitcoin es costoso y lento de producir y la cantidad minada va decreciendo con el tiempo. El código programa la dificultad de la minería—la muestra de trabajo que tiene que haber hecho el minero mediante la resolución de ejercicios matemáticos—cada 2016 bloques (aproximadamente cada dos semanas) para que un nuevo bloque sea añadido a la cadena cada 10 minutos. El minero recibe una recompensa, la cual es actualmente de 6,25 Bitcoin. Esta recompensa se divide en dos cada 210.000 bloques, aproximadamente cada cuatro años. Este sistema fue diseñado para mantener una alta ratio de stock-to-flow y que así la nueva oferta monetaria no alterase el valor de los Bitcoin de manera significativa.

Pero ser escaso no lo es todo. Por ejemplo, la tierra también es escasa, pero no cumple con uno de los requisitos de la liquidez intratemporal: no es fácil de transportar. Bitcoin además presenta un bajo coste de almacenamiento, sino el más bajo para cualquiera con un dispositivo conectado a la red y que no necesite un desembolso adicional. Además, los costes de verificación de la red son ínfimos sino únicamente equivalentes al coste de transacción. No hay costes para verificaciones presentes, sino recompensas. Cualquiera puede verificar la red y todas las transacciones que se han dado en ella. Comparado con el oro, el Bitcoin también es un activo real, por lo que sirve como liquidación final de la deuda. Pero el Bitcoin es un libro mayor de registro verificado descentralizadamente de transacciones que existe en cualquier dispositivo conectado a la red, por lo que no requiere barcos para ser transportado o pruebas para comprobar su pureza. En estos aspectos es mejor dinero que el oro.

Que sea fácil de validar y, por tanto, difícil de falsificar son propiedades que aumentan la liquidez intratemporal de este. El Bitcoin está perfectamente estandarizado y es perfectamente divisible. Actualmente un satoshi equivale a 0.00000001 BTC, pero en caso de que se necesitase que un Bitcoin equivaliese a más satoshis, esto se podría hacer manteniendo si la mayoría de la red así lo quisiese porque en un futuro igual un Bitcoin almacena mucho valor. Además, los medios de transporte y mercados de Bitcoin son los dispositivos digitales y el Internet, los que se encuentran altamente desarrollados y solo pueden ir a más. Que las operaciones de Bitcoin se den en la red implica mayor liquidez intertemporal porque permite sobrepasar posibles restricciones al comercio de este.

El mayor problema que presenta Bitcoin como posible dinero es uno relacionado a su uso como medio de intercambio: sus costes de operación. No obstante, ya existen soluciones a este problema, principalmente la Lightning Network. Gracias a esta incorporación se pueden realizar transacciones en milisegundos sin coste, lo que aumenta significativamente la liquidez intratemporal del Bitcoin. 

A diferencia de otras criptomonedas que pueden presentar propiedades similares a las del Bitcoin, Bitcoin es única en varios aspectos. En primer lugar, fue la primera en llegar por lo que gana al resto en adopción de mercado. Si se fuese a presentar otra criptomoneda similar, se vería con la dificultad de sobrepasar a una que ya tiene mercado y cuyos usuarios han invertido trabajo en ella por lo que carecen de incentivos para moverse a otra red. Si la criptomoneda rival presenta características diferentes a Bitcoin, estas pueden ser peores o mejores. Si son peores, los agentes que apuesten por esta perderán valor con el tiempo y con cada transacción. Si aparentan ser mejores, entonces se encontrarán con otros problemas de adopción. En Bitcoin, todos los integrantes de la red son usuarios de esta, no hay administradores, sino que la red está controlada por las reglas inscritas en el código. En las otras criptomonedas sí. De hecho, estos se ven en una encrucijada: o bien los administradores las promocionan para hacerse notar entre las miles de otras criptomonedas alternativas a pesar de mostrar que son una red centralizada con gente al mando, o bien se desentienden y no consiguen compradores (Ammous 2018, 254). 

Lightning Network es solo una de las posibles mejoras que se le pueden hacer en capas secundarias a Bitcoin. En otros artículos he tratado otras opciones como las letras reales o el scrip. Esta es una de las razones por las que el Bitcoin mejora previas tecnologías de transporte de valor, es decir, anteriores dineros, por su mayor liquidez intra e intertemporal de diseño y por su capacidad para adaptarse a posibles alternativas secundarias en capas superiores. Es un bien que permite la existencia de un sistema monetario por capas, similar al oro siendo la capa principal y los billetes de banco una capa superior, solo que con mayor precisión, seguridad y opciones para los usuarios de este. 

Muchos rechazan la posibilidad de que Bitcoin llegue a ser un buen dinero por su volatilidad. Lo que no entienden es que Bitcoin todavía se encuentra en la primera de las tres fases de dinerarización—es decir, de que un bien llegue a convertirse en dinero. Primero, que el bien llegue a ser un buen depósito de valor. Segundo, que sus características le permitan funcionar como un medio de intercambio deseable. Y, tercero, que se confirme que llega a ser dinero mediante su uso como unidad de medida, es decir, que la gente fije los precios en este bien porque es el que prefieren recibir para almacenar valor.

Bitcoin todavía está afianzándose como depósito de valor. Por ahora es más bien una inversión que no mantiene bien su valor, aunque a favor de aquellos que apuestan por ella ya que presenta una clara tendencia alcista. Si, por ejemplo, la capitalización de mercado de Bitcoin alcanzase la del oro—es decir, se convirtiese en el activo refugio preferido por el mercado sustituyendo al actual—, el precio de un Bitcoin en dólares sería de 500.000 dólares según la oferta esperada de 2025. Para eso todavía queda, pero no creo que el momento sea tan improbable ni lejano. Cuando esto haya sucedido, si gracias a la mayor facilidad de intercambio que presenta el Bitcoin frente al oro y dificultad de confiscación más gente decide utilizarlo para transacciones, este empezará a convertirse además en el medio de intercambio comúnmente aceptado y entraremos en un patrón Bitcoin.

Referencias:

Ammous, Saifedean. 2018. Bitcoin Standard: The Decentralized Alternative to Central Banking. Hoboken, Estados Unidos: Wiley.

Menger, Carl. 2007 [1871]. Principles of Economics. Auburn, Estados Unidos: Ludwig von Mises Institute.

Menger, Carl. 2009 [1892]. On The Origins of Money. Auburn, Estados Unidos: Ludwig von Mises Institute.

White, Lawrence H. 2002. “Does a Superior Monetary Standard Spontaneously Emerge?” Journal Des Économistes et Des Études Humaines 12 (2).