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Marxismo y agenda 2030

Muchos han sido los pensadores que, desde Mileto hasta Nietzsche, consideran que el mundo no es otra cosa sino la lucha continua entre fuerzas opuestas. Pero esa disputa, que en el plano lógico se manifestaba en la dialéctica hegeliana, se revela también, según Marx y sus seguidores, en primer lugar, en la lucha permanente del hombre contra las fuerzas elementales de la naturaleza para sobrevivir, y, ya en el plano social, en la lucha de clases, como expresión, también, de ese antagonismo entre fuerzas cósmicas opuestas, que combaten entre sí, como lo hacen los sexos o las razas. 

Así, mientras el desarrollo de esas fuerzas materiales productivas (la economía), necesarias para dominar la naturaleza -y poder subsistir y perdurar-, es la raíz del proceso histórico y el fundamento de la vida social, la explotación y la opresión existen, también, desde los mismos orígenes de la historia, y son los principios sobre los que se edificó la organización social, el derecho y el Estado. De ello se deduce, para Marx y sus secuaces, que las diferentes formas de explotación de unas clases sobre otras, además de ser progresivas, están justificadas: La conciencia o sentimiento moral, por tanto, no juega ningún papel en el desarrollo humano, en su crecimiento o en el triunfo definitivo del socialismo, que aparecerá como el resultado de esa lucha social de clases. Y desde el momento en el que la ideología, la religión, la conciencia o el arte no son sino manifestaciones de la organización económica, el socialismo marxista reemplaza al cristianismo, y a cualquier otra religión, ya que pretende ser una concepción que responden a todas las cuestiones primordiales y da un sentido a la vida: es a la vez una política, una moral, una ciencia y una filosofía; una nueva religión en la que los verdaderos marxistas no son ni escépticos ni críticos, sino fervientes dogmáticos materialistas.

El problema es que el marxismo toma manifestaciones aisladas y puntuales del mundo del siglo XX, para hipostasiarlas y para confundirlas con el todo, olvidándose de la realidad y del valor y del sentido de la existencia. Y sus seguidores, al llevarlo a la práctica, tras revoluciones provocadas dirigidas por una minoría -con poco de proletaria-, no han podido sino sustituir el sistema capitalista liberal por el capitalismo de Estado, un sistema no sólo materialmente mucho más ineficiente, sino también más infame e inhumano, en el que el abuso -que en el sistema capitalista liberal, como en toda relación humana, puede darse- es la regla, ya que el trabajador se convierte en auténtico esclavo, sin defensa contra el único patrón, el Estado. 

Si analizamos los principios y objetivos de la Agenda 2030, vemos que las categorías ideológicas con las que analizan la realidad, sus promotores son marxistas, como marxistas son, también, las soluciones que ofrecen: es marxista la concepción de que los problemas surgen de las estructuras económicas y del enfrentamiento entre clases, razas o sexos (y no del uso, bueno o malo, que el hombre, sujeto individual, haga de su libertad); la entronización de la materia -a través, en este caso, de la figura de la Madre Tierra- como el nuevo dios; la revolución -esta vez aparentemente pacífica  y supuestamente de los oprimidos, pero ideada y dirigida, como siempre, por miembros de las “élites”-, como el único camino para preparar la solución del conflicto; y un capitalismo de Estado -en el que el individuo no poseerá nada, pero será feliz-, como remedio. 

El drama es que las revoluciones socialistas se produjeron sólo en algunos países, por más que se extendiese por medio mundo, con lo que existían siempre elementos de comparación y de freno; este nuevo marxismo, por el contrario, pretende ser global desde el inicio; el marketing y la propaganda están ahora mucho más depurados; los medios técnicos y de control social de que disponen son más poderosos; la sociedad está ahora más abotargadas y cuentan, además, como aliados, con líderes religiosos y espirituales a los que antes se tenían que enfrentar (basta para comprobarlo darse una vuelta por la página web de la iniciativa, impulsada por el Papa, la “Economía de Francisco”, en la que ni siquiera se menciona al Dios cristiano, para verlo).

Los marxistas del XIX y del XX, como fervientes dogmáticos, no trataban de rebatir las críticas, sino de sofocarlas… hasta en eso se está repitiendo la historia.

¿Quién es Antonio David Barroso?

¿Quién es John Galt? Todos recordamos la mítica pregunta que acompaña al lector durante La rebelión del Atlas de Ayn Rand. En 2021 la podríamos sustituir por ¿quién es Antonio David Barroso?

Por desgracia, en este caso no es ningún héroe, ni va a personificar ninguna revolución. Es un simple chico de 15 años que con toda probabilidad fue asesinado por su madre hace poco menos de un mes. Entonces, ¿dónde está la semejanza? En que los únicos que nos preguntamos por él somos un pequeño puñado de personas a las que su caso nos causa la misma sensación que ver pasar dos veces al mismo gato en una película de Matrix.

Un poco de contexto para los que no sigan la actualidad española: a finales de abril se hizo público que un padre había secuestrado a sus dos hijas y los tres estaban en paradero desconocido. Es lo que se llamó popularmente como el caso de Anna y Olivia.

Mes y medio después, con la aparición del cuerpo de una de las niñas, se puso fin a un misterio que tuvo una masiva cobertura de todos los medios de comunicación de España y muchos del extranjero. Fue todo un drama nacional, donde los sentimientos de millones de personas afloraron y los medios sacaron provecho de ello.

Hasta aquí la historia es una más de las que hemos vivido desde que existen los medios de comunicación de masas. Lo novedoso es que, de un tiempo a esta parte (¿diez años, veinte?), este tipo de sucesos no sólo sirven a los medios de comunicación para hacer negocio con la desgracia ajena, sino que son la mejor herramienta de manipulación social de la que dispone una élite social cada vez más extravagante.

El caso de Anna y Olivia no nos dejó sólo una triste historia, sino la popularización de un nuevo término: violencia vicaria. Que no deja de ser el nuevo hechizo de la brujería de la verborrea (también conocida como sociología) para afianzar el identarismo enfermizo en nuestras sociedades.

Volviendo al caso de Antonio David; estamos también ante la desaparición de un hijo a manos de uno de progenitores. Un chico con 15 años con una enfermedad que le hace totalmente dependiente. La madre afirma haberlo matado, pero no da información que sirva para la localización de su cuerpo. Una búsqueda en un macro vertedero de basura. Pasan las semanas y su cuerpo no aparece. ¿Qué cobertura están haciendo los medios de este caso? Ninguna. ¿Por qué?

Aquí los sospechosos habituales nos dirán que paremos el carro. Que los casos no se parecen en nada. El padre de las niñas de Tenerife era un ser malvado que mató a las niñas con un plan muy enrevesado que solo buscaba causar dolor a su madre. En cambio, la madre de Antonio David está enferma. Y la desaparición del chico no es más que fruto de un drama social donde no es necesario hurgar.

Puedo dar dos ejemplos que desmontan esta argumentación. El caso de Julen. O como un simple y trágico accidente, se convirtió en una operación de rescate (del cuerpo sin vida) más televisada y costosa de España. Y sí, Julen podía estar vivo. ¿Y Antonio David no?

Pero vayamos al segundo ejemplo, que puede ser más ilustrativo. El caso de la Manada. Mujer adulta que entró por propia voluntad con cinco varones españoles, con los que estaba de fiesta, a un portal y allí se vio obligada a mantener relaciones sexuales con ellos. Se dictó sentencia en primera instancia en abril de 2018. Conmoción social por considerar que no hubo agresión, sino abuso sexual. Sólo 9 años de pena a los acusados. Especiales en televisión, reportajes, manifestaciones, políticos indignados. Finalmente, el tribunal supremo sentenció que hubo agresión sexual, y hace pocos días uno de los acusados fue tendencia en Twitter por reconocer los hechos.

15 de marzo de 2018, a pocos días de conocer la sentencia de la Manada. Una niña de 12 años de Azuqueca de Henares es conducida a la fuerza junto a una amiga a un edificio abandonado por varios varones de entre 15 y 20 años de origen marroquí y nigeriano. Dejan salir a la amiga “por ser mora”, y a ella la agreden sexualmente durante 45 minutos, mientras uno de ellos utiliza la fuerza para evitar que sus amigos la socorran.

¿Qué caso de estos dos es más grave? ¿En alguno tenemos la excusa de la enfermedad mental o de la ausencia de maldad? Porque mientras que uno ocupaba todos los medios de comunicación, el otro no solo fue ignorado, sino directamente silenciado. La primera noticia que trascendió sobre lo que sucedió en Azuqueca fue un año después del suceso. Repito: un año después.

Y el juicio, celebrado en febrero de este año, ha pasado totalmente desapercibido para la sociedad. Y se ha condenado a los agresores mayores de edad (a los menores de edad se les despachó con penas menores de internamiento sin que la noticia hubiera aún trascendido) a penas similares que las de la manada española, con lo que se puede considerar objetivamente que su crimen fue igual de grave que el de Pamplona (a mí me parece bastante peor, pero esa es mi opinión).

Podría seguir poniendo ejemplos hasta completar medio centenar de páginas, pero sería absurdo porque todos somos conscientes de esta situación. Están los que lo niegan porque su sustento depende de ello, y los que no quieren ver la realidad porque eso “al final beneficia a la extrema derecha”.

Así que el debate ya no gira en si estamos ante una apisonadora político-mediática que nos está pasando por encima. La clave es qué se puede hacer para salir de esta situación.

Evidentemente no existe ninguna solución simple. Lo que sí empieza a estar claro es lo que no funciona: señalizar virtud atacando a los diferentes y cada vez más disparatados grupos conspiracionistas que están surgiendo ante el descrédito absoluto de los medios de comunicación.

Se está destinando mucho dinero, la mayoría público, a intentar comprender sesudamente qué mueve a los seguidores de Trump o de Vox, mientras que manipuladores profesionales campan a sus anchas en… Perdón, rectifico, mientras toda una profesión, el periodismo, decide ignorar según qué noticias en base a un código ideológico compartido, pero del que no se pueden publicar papers porque te quitan el carné de científico.

Cualquier persona, por muy bienintencionada que sea, que colabore con esta estafa intelectual y moral está poniendo su granito de arena para lo que se avecina en la próxima década.

Existe un precedente muy reciente y de actualidad: la energía nuclear. A principio de siglo fuimos muchos los que avisamos de qué iba a pasar si se prescindía del carbón sin reemplazar su potencia instalada, aunque fuera en parte, por reactores nucleares. Nos llovió el fuego amigo: las subvenciones estatales en forma de seguro, el coste de los residuos calculado por miles de años, etc. Por otro lado estaban los medios de comunicación, consiguiendo que un tsunami que provocó 16 mil muertos fuera asociado a una central nuclear.

Cada vez somos más los que estamos cansados del debate intelectual, donde se juega con las cartas marcadas, y empezamos a buscar algo mucho más simple: simetría. En una novela seríamos los personajes que nos encogemos de hombros al oír hablar de libertad o constitución y preguntamos: ¿quién es Antonio David Barroso?

El caso de la Manada. Mujer adulta que entró por propia voluntad con cinco varones españoles, con los que estaba de fiesta, a un portal y allí se vio obligada a mantener relaciones sexuales con ellos. Se dictó sentencia en primera instancia en abril de 2018. Conmoción social por considerar que no hubo agresión, sino abuso sexual. Sólo 9 años de pena a los acusados. Especiales en televisión, reportajes, manifestaciones, políticos indignados. Finalmente, el tribunal supremo sentenció que hubo agresión sexual, y hace pocos días uno de los acusados fue tendencia en Twitter por reconocer los hechos.

15 de marzo de 2018, a pocos días de conocer la sentencia de la Manada. Una niña de 12 años de Azuqueca de Henares es conducida a la fuerza junto a una amiga a un edificio abandonado por varios varones de entre 15 y 20 años de origen marroquí y nigeriano. Dejan salir a la amiga “por ser mora”, y a ella la agreden sexualmente durante 45 minutos, mientras uno de ellos utiliza la fuerza para evitar que sus amigos la socorran.

¿Qué caso de estos dos es más grave? ¿En alguno tenemos la excusa de la enfermedad mental o de la ausencia de maldad?

Porque mientras que uno ocupaba todos los medios de comunicación, el otro no solo fue ignorado, sino directamente silenciado.

La primera noticia que trascendió sobre lo que sucedió en Azuqueca fue un año después del suceso. Repito: un año después.

Y el juicio, celebrado en febrero de este año, ha pasado totalmente desapercibido para la sociedad. Y se ha condenado a los agresores mayores de edad (a los menores de edad se les despachó con penas menores de internamiento sin que la noticia hubiera aún trascendido) a penas similares que las de la manada española, con lo que se puede considerar objetivamente que su crimen fue igual de grave que el de Pamplona (a mí me parece bastante peor, pero esa es mi opinión).

Podría seguir poniendo ejemplos hasta completar medio centenar de páginas, pero sería absurdo porque todos somos conscientes de esta situación. Están los que lo niegan porque su sustento depende de ello, y los que no quieren ver la realidad porque eso “al final beneficia a la extrema derecha”.

Así que el debate ya no gira en si estamos ante una apisonadora político-mediática que nos está pasando por encima. La clave es qué se puede hacer para salir de esta situación.

Evidentemente no existe ninguna solución simple. Lo que sí empieza a estar claro es lo que no funciona: señalizar virtud atacando a los diferentes y cada vez más disparatados grupos conspiracionistas que están surgiendo ante el descrédito absoluto de los medios de comunicación.

Se está destinando mucho dinero, la mayoría público, a intentar comprender sesudamente qué mueve a los seguidores de Trump o de Vox, mientras que manipuladores profesionales campan a sus anchas en… Perdón, rectifico, mientras toda una profesión, el periodismo, decide ignorar según qué noticias en base a un código ideológico compartido, pero del que no se pueden publicar papers porque te quitan el carné de científico.

Cualquier persona, por muy bienintencionada que sea, que colabore con esta estafa intelectual y moral está poniendo su granito de arena para lo que se avecina en la próxima década.

Existe un precedente muy reciente y de actualidad: la energía nuclear. A principio de siglo fuimos muchos los que avisamos de qué iba a pasar si se prescindía del carbón sin reemplazar su potencia instalada, aunque fuera en parte, por reactores nucleares. Nos llovió el fuego amigo: las subvenciones estatales en forma de seguro, el coste de los residuos calculado por miles de años, etc. Por otro lado estaban los medios de comunicación, consiguiendo que un tsunami que provocó 16 mil muertos fuera asociado a una central nuclear.

Cada vez somos más los que estamos cansados del debate intelectual, donde se juega con las cartas marcadas, y empezamos a buscar algo mucho más simple: simetría. En una novela seríamos los personajes que nos encogemos de hombros al oír hablar de libertad o constitución y preguntamos: ¿quién es Antonio David Barroso?

¿Por qué cambian las calles?

Durante los últimos años, mis paseos urbanos, principalmente por la capital del reino pero no únicamente, me han revelado un curioso cambio. Bueno, varios, pero empiezo por uno fácilmente detectable para los golosos, y es que el número de pastelerías y heladerías se ha incrementado notablemente. No es que antes no hubiera, es más bien que ahora proliferan. Nuevas franquicias, cadenas, establecimientos, abren sin cesar proponiendo nuevas delicias a los amantes de la pastelería y bollería. 

Además, observo, han conseguido que el gasto en tal material crezca en vez de reducirse, como podría esperarse de la mayor competencia consecuente. Ahora pagamos sin inmutarnos dos Euros por la barra de pan o cuatro por la ración de tarta para llevar. Pero esta ya es otra historia.

Otro cambio que he notado, este con bastante menos interés, es la creciente aparición de negocios de manicura, algunos de ellos únicamente dedicados a tal actividad. Supongo que esta aparición me sorprenderá tanto como a los clientes de estos salones la proliferación de ese atentado contra la estética del cuerpo que suelen ser las pastelerías.

Y ya con el estómago lleno con un pastel de mango y guayaba, o con una cookie de pistacho, uno se puede preguntar: ¿Por qué está pasando esto ahora? ¿Es que de repente nos hemos vuelto todos más golosos? ¿Acaso nos hemos dado cuenta solo recientemente de que teníamos una superficie en el cuerpo que podíamos decorar sin daño a largo plazo? Mi espíritu de teórico de la economía me impulsa a ser escéptico con tan coyunturales respuestas, y procedo a un análisis más riguroso, bajo la asunción de que no ha habido un cambio radical en nuestras preferencias ni de pasteles ni de uñas pintadas.

En un mercado no intervenido, los recursos tienden a orientarse a las preferencias siempre cambiantes de los individuos. Conforme la regulación del mercado crece, tal orientación se hace más costosa y lenta, pero la tendencia sigue presente, aunque a lo mejor no se llegue a una orientación plenamente satisfactoria.

Los locales comerciales no están ajenos a esta tendencia. Su valor, por tanto, depende de su mayor o menor adecuación a las preferencias de los individuos. Las tiendas que se abren han de responder a dichos gustos, y las tiendas que se cierran son un reflejo de que no se los ha atendido como debiera. Así pues, la apertura de un número mayor de pastelerías o de salones de manicura, parecería responder a una mayor preferencia de los individuos por bollos y uñas cuidadas. Precisamente, la asunción que he descartado al comienzo de mi análisis por inverosímil.

¿Cómo se puede resolver la paradoja? Fácil: añadamos un calificativo al sintagma “mayor preferencia”, y hablemos de mayor preferencia relativa. En efecto, lo que se deduce de la observación que analizo es que ha aumentado la preferencia relativa por la pastelería o la manicura respecto a otros bienes servidos en locales, no necesariamente la preferencia absoluta.

Y aquí es donde entra el fenómeno por excelencia de los últimos años y que nos puede explicar lo ocurrido. Hablo, por supuesto, de Internet y el comercio electrónico, con Amazon como principal exponente. A nadie se le oculta que las compras por Internet presentan unas indudables ventajas para los consumidores respecto a las compras tradicionales: comodidad, variedad de surtido, muchas veces el precio, e incluso la mayor rapidez en determinados casos.

Así las cosas, es evidente que hay unos determinados bienes y servicios para los que nos es más conveniente la compra a distancia que ir físicamente a una tienda. Para todo este tipo de bienes, los locales comerciales están perdiendo valor a marchas forzadas. Cualquiera puede pensar en ejemplos: tiendas de informática o electrodomésticos, agencias de viaje, ferreterías, droguerías… Uno solo tiene que mirar alrededor y ver qué ha dejado de haber en su barrio.

Esos locales comerciales, para recuperar su valor, se han de dedicar a actividades que sean difícilmente realizables por vía electrónica. Con la tecnología actual, una manicura virtual parece inviable. Por su parte, en la pastelería artesana hay un surtido casi infinito (cada maestrillo tiene su librillo) y una valoración de los productos recientes que hacen casi inimaginable que Amazon los pueda servir de forma competitiva.

En definitiva, el fenómeno observado (creciente proliferación de pastelerías y salones de uñas) podría responder a la usurpación de productos tradicionalmente comprados en locales por parte del comercio electrónico. Ello lleva a aquellos a refugiarse en bienes y servicios difícilmente “digitalizables”, para mantener su valor. Y lo mejor es que, por el camino, suscitan nuevas oleadas de innovación e incrementan la riqueza de la sociedad, como lo prueban el mayor gasto que hacemos (y satisfacción que obtenemos) en pan, pasteles e, incluso, manicura.

Y es que, por supuesto, las calles cambian, pero lo hacen siempre para adaptarse mejor a las necesidades de sus usuarios. Bueno, siempre que les deje la intervención de los políticos. Que nadie se haga ilusiones con que las calles cambien para que desaparezcan los atascos, que en esto a Amazon no le dejan competir.

Las socimis no controlan el mercado del alquiler

PSOE y Podemos regularán el mercado del alquiler o, mejor dicho, permitirán que los gobiernos autonómicos y las corporaciones locales lo regulen (los primeros podrán topar o congelar los precios y las segundas establecer recargos sobre el IBI de las viviendas vacías). Ambas formaciones dicen confiar en solucionar de este modo los problemas del mercado inmobiliario, a saber, los crecientes precios del alquiler que dificultan la accesibilidad de muchas personas a una vivienda. Pero para que, en efecto, el problema de accesibilidad de la vivienda pueda resolverse regulando precios, es necesario partir de un presupuesto como poco discutible: a saber, que los altos precios se deben a la existencia de poder de mercado.

La regulación de precios amenazan al ya hiper regulado mercado de alquiler de las grandes ciudades. (En la foto: El “Skyline” de Madrid, España)

En particular, si la vivienda no es accesible porque existe un desequilibrio entre la oferta existente y la demanda —hay mucha más demanda que oferta y, como consecuencia, los precios suben—, regular los precios no conseguirá que ese desequilibrio desaparezca: seguirá habiendo una oferta insuficiente para abastecer la demanda y el racionamiento de vivienda dejará de efectuarse vía precios para empezar a practicarse a través de otros criterios (vía lista de espera, vía sorteo, vía discriminación por solvencia…). En cambio, si el problema no es que el ‘stock’ de vivienda resulte insuficiente para abastecer la demanda, sino que ese ‘stock’ está concentrado en muy pocas manos, las cuales exigen alquileres artificialmente elevados a costa de dejar desocupada parte de su cartera de viviendas, entonces la regulación de precios sí podría llegar a funcionar: al impedirles que aumenten los precios de mercado dejando viviendas vacías, se incentiva que oferten en alquiler todos los inmuebles de que disponen.

La narrativa oficial que habitúan a desplegar desde PSOE y, sobre todo, desde Podemos apunta en esa dirección: durante los últimos años han entrado en España diversos ‘fondos buitre’ (socimis) que se han apropiado de una cantidad ingente de viviendas para lucrarse elevando los precios. El poder de mercado de las socimis, pues, sería el principal causante de la inaccesibilidad de vivienda y el control de precios, la solución.

Ahora bien, ¿es verdad que las socimis tienen capacidad de controlar el mercado? En un reciente informe, el Banco de España estudió la evolución del negocio de las socimis en España desde 2013, momento en que despegaron con unas inversiones en activos inmobiliarios de apenas 100 millones de euros, hasta 2019, año en que amasaban activos inmobiliarios por valor de 46.000 millones de euros. Hasta aquí, pues, el relato de Podemos podría tener cierto fundamento, pero el problema es que la práctica totalidad de esas inversiones no se concentra en activos inmobiliarios residenciales (vivienda para el alquiler) sino en oficinas, hoteles o locales comerciales. En particular, las inversiones en vivienda apenas ascendían a finales de 2019 a 5.800 millones de euros. ¿Y cuánto son 5.800 millones de euros en inmuebles para arrendar? Pues, de acuerdo con el propio Banco de España, el 1% del mercado de alquiler español y el 0,1% de toda la vivienda residencial.

Resulta absolutamente inverosímil que controlando el 1% de la oferta (y ni siquiera a través de una sola empresa, sino de varias socimis que compiten entre ellas) se cuente con poder de mercado para mover los precios en el conjunto del país. Tal vez haya alguna zona caliente en alguna ciudad donde alguna de esas socimis sí concentre un porcentaje más significativo de la oferta de alquileres y allí hayan influido en parte de la subida de los alquileres, pero desde luego no puede imputárseles la responsabilidad de que los arrendamientos se encarezcan en las grandes ciudades del país.

Así las cosas, las reformas en el mercado de la vivienda que han acordado PSOE y Podemos pretenden atajar un problema que es muy distinto de aquel al que nos enfrentamos. El problema no reside en el poder de mercado de unos pocos jugadores, sino en que hay insuficiencia de vivienda en relación con la demanda. Y para solventar el auténtico problema de fondo —la falta de oferta— no se ha acordado ni una sola medida: acaso porque PSOE y Podemos han terminado creyéndose sus propias mentiras o, más bien, porque el propósito de fondo de estas reformas no sea solucionar los problemas de los ciudadanos, sino aparentar que lo están haciendo.

Sobre la medida del valor

Hasta el siglo XVII el consenso científico venía a sostener que el sonido era algo que no se podía medir. Era efímero, era irregular pues se observaban timbres y tonos distintos, eco o sonido reflejado, también era intangible, no se podía guardar para compararlo con otro sonido posteriormente. Sus características como la intensidad, tono y timbre cambian según se mide a más o menos distancia del origen, etc. Aristóteles llegó a apuntar alguna idea como que los sonidos agudos debían viajar más rápido que los graves, pero durante dos mil años apenas hubo ningún experimento, incluso los pocos que intentaban experimentar temían mostrar sus resultados por el riesgo de ser repudiados, ridiculizados o relegados al ostracismo. 

Y sin embargo, en la práctica, los músicos sí que eran capaces de afinar sus instrumentos en el mismo tono, o graduar con razonable precisión la intensidad de su música para provocar emociones en su público. También los guerreros más sigilosos sabían medir cual era el ruido máximo que no debían sobrepasar para poder atacar por sorpresa, o los guanches canarios eran capaces de graduar y modular los silbidos para comunicarse a largas distancias. La teoría, como siempre, estaba muy retrasada a la hora de explicar la realidad.

¿Y por qué a partir del S. XVIII se comienza a contemplar la posibilidad de medir el sonido? ¿Qué es lo que cambia? Pues el gran avance en las matemáticas que supuso el descubrimiento del cálculo infinitesimal a finales del s. XVII (Newton, Leibniz). De repente había fórmulas para densidad, elasticidad, desplazamientos de cuerdas, superposición y propagación, etc. Curiosamente se disponía de un arsenal de ecuaciones pero apenas había resultados empíricos que contrastar. Poco a poco llegaron instrumentos que permitieron experimentar y contrastar hasta llegar al día de hoy donde ya disponemos de unidades de medida para las distintas magnitudes como los decibelios o los hertzios. Existen incluso medidas para la sonoridad (psicoacústica) que tienen en cuenta la subjetividad del oído humano

Las matemáticas ayudaron a demostrar con rigor que el sonido era medible, acabando con todo prejuicio histórico que existía al respecto de la medición del sonido. No es que yo sea un gran fan de las matemáticas para explicar los fundamentos teóricos de la economía, pero no me cabe ninguna duda que si se aplican bien, son una herramienta de corroboración de la teoría extremadamente potente. Por ejemplo, la teoría de Einstein no es lo mismo con o sin fórmulas. Las fórmulas sirven para avanzar desde el estadio de mera hipótesis hacia la corroboración de la teoría, como sucede al aplicarlas a la órbita de Mercurio. 


La cuestión de las matemáticas en teoría económica es relevante porque creo que tenemos una situación similar a la que he expuesto con el sonido. En el caso de la economía, la realidad, el cálculo económico en la práctica, sin duda va también muy por delante de la teoría. La teoría de la que disponemos parece haber establecido ya unos fundamentos sólidos para explicar el fenómeno del valor, cuyo desarrollo más riguroso es el de Carl Menger, pero al que hasta el momento no se le había aplicado con éxito las matemáticas. Jevons lo intentó pero fracasó. El mainstream austriaco actual ni lo pretende pues reniega totalmente de ello, y el resto de desarrollos neoclásicos dan por resuelta teóricamente la cuestión del valor y trabajan directamente con los precios, como las curvas de oferta y demanda de Marshall. Por cierto, sobre la relación de Carl Menger con las matemáticas María Blanco hace unas reflexiones interesantísimas.

Dejando aparte la postura sobre este tema de la corriente mayoritaria actual de la escuela austriaca, en la historia de esta escuela de pensamiento hay diversidad de opiniones sobre la posibilidad de medir el valor. Hasta donde yo llego, el autor que con más ahínco defendió esta posibilidad fue Eugene Bohm Bawerk, en contraposición a un radical desacuerdo posterior por parte de sus alumnos Cuhel y Ludwig Von Mises. El debate que tuvo con varios autores que criticaban su postura de que el valor es medible, y en especial el que mantuvo con su alumno Cuhel, que llevando la contraria a su maestro defendió que el valor se determina ordinalmente, dio lugar a que, afortunadamente para nosotros, Bohm Bawerk diera explicaciones muy detalladas sobre esta cuestión. 

Para dar respuesta a aquellas críticas incorporó un nuevo capítulo “Consideraciones psicológicas suplementarias sobre la teoría del valor” en la tercera edición de Teoría Positiva del Capital. En el apartado II de este nuevo capítulo hace numerosas reflexiones sobre este asunto. No pretendo aquí utilizar a B. Bawerk para incurrir en la falacia de la autoridad, sino destacar un argumento suyo que me parece definitivo y que puede ser corroborado por cada uno de nosotros por mera observación introspectiva. Se trata de la posibilidad de realizar operaciones aritméticas cardinales sobre el valor, aunque sean estimativas y por supuesto sujetas a error como cualquier otra cuantificación.   

Continuando el ejemplo de los caballos de Menger, si por ejemplo alguien nos ofrece adquirir uno de nuestros caballos sin todavía precisar a cambio de qué, nosotros pensaríamos en un valor X con la idea de pedirle al comprador algo más valioso que X a cambio del caballo. Si el comprador antes de ofrecer ningún bien concreto a cambio, y antes de que nosotros digamos nada reformula su oferta y muestra interés por comprar dos caballos, automáticamente pensaríamos en pedir una cantidad mayor que X. La utilidad marginal nos dice que no tiene por qué ser el doble, pues dependerá de la pendiente de la curva de utilidad marginal de nuestros caballos. Los ordinalistas sostendrían que pensaríamos directamente en la significación que representan los dos últimos caballos en bloque, pero para mi es totalmente evidente que podemos hacer el ejercicio mental de sumar el valor de los dos caballos. 

Menger llega a decir que la situación económica es más ventajosa después de que los agentes intercambien e incorporen un bien “cuyo valor es de 40”. Con “más” ventajosa yo interpreto mayor cantidad de valor (riqueza), sea cual sea el valor representado por la cifra “40” en ese momento para cada sujeto, y por tanto cabe la posibilidad de interpretar que está sumando valores cardinalmente.

La posibilidad de sumar es crucial, porque en el ámbito de lo ordinal no existe la suma aritmética cardinal. Ni exacta ni tampoco aproximada, sencillamente no existe.  Existe la unión de conjuntos ordenados, que aunque se pueda llamar “suma” no tiene nada que ver con la suma cardinal. Yo sostengo que podemos hacer una suma cardinal del valor de los caballos, sin importar que sea más o menos exacta. 

Tampoco tiene sentido la “divisibilidad ordinal”. Si tenemos dos elementos de un conjunto ordenado “primero y segundo” y añadimos un elemento más cuyo orden esté entre el primer elemento y el segundo, no sería el elemento “primero y medio”. Lo que haremos en todo caso es reordenar y tendremos “primero, segundo y tercero”. Tampoco cabe hallar diferencias (restar) entre un número de elementos muy pequeños de distintos conjuntos o subconjuntos. Primero porque al calcular diferencias en el número de elementos de distintos conjuntos estamos cuantificando los elementos de cada conjunto y por tanto haciendo una resta aritmética cardinal, es decir, cuantificamos, no ordenamos, y segundo porque el concepto de “elemento muy pequeño” ya implica haber cuantificado previamente la magnitud cardinal de cada elemento. Ordinal tiene que ver sólo con ordenar, no con cuantificar.

He tomado el ejemplo de los caballos de Menger, pero tampoco pretendo afirmar que Menger fuera cardinalista. Sumar los números que utiliza Menger a efectos ilustrativos puede implicar sucumbir a la falacia de la analogía de la cantidad descrita por Henry Phelps, es decir, sumar números que no son sumables, por eso Cuhel proponía ilustrar la graduación de valores con letras (a,b,c,d), para impedir interpretaciones falaces, según él, de la explicación del valor subjetivo. 

Menger no se pronuncia expresamente sobre si su visión es ordinal o cardinal. En muchos pasajes habla de magnitudes, de medir y cuantificar el valor, pero en otros habla de preferir satisfacer unas necesidades sobre otras, sobre todo en los ejemplos de su famosa tabla.  Hayek, en su introducción de una de las ediciones de Principios de Economía Política, califica claramente a Menger como ordinalista, si bien reconoce la existencia de pasajes cardinalistas. Yo me inclino por calificar a Menger como cardinalista, al igual que Ivan Moscati, aunque él matiza que es cardinalista en sentido clásico. Pero insisto, es mi interpretación y asumo el riesgo de poder estar cayendo en la falacia de la analogía de la cantidad.

Por tanto, el ejemplo de sumar el valor de los dos caballos es, lógicamente, una interpretación mía utilizando los argumentos de otros. Esencialmente los de Carlos Bondone, y también he traído aquí el argumento de Bohm Bawerk sobre la suma cardinal de los valores, que a mi modo de ver es totalmente definitivo.

Pero no cantemos victoria aún. Cuantificar cardinalmente no es sinónimo de medir. Para hablar de medición además tenemos que tener una unidad mínima que pueda servir para expresar cuántas veces está contenida esa unidad en las demás. En ese aspecto el planteamiento de Bondone que torpemente pretendo exponer aquí, tiene un carácter exclusivamente teórico, fundamentado en la ley de utilidad marginal decreciente, o lo que es lo mismo que las distintas unidades de los bienes tienen valores distintos, relativos entre sí, decrecientes y cuantificables.

Este modelo teórico propone que el valor es medible de forma relativa utilizando la unidad marginal como unidad de medida de todas las demás. En el caso de los caballos, el último que “vale” 10 sería la unidad de medida del valor de los demás caballos. Pero 10 no es ningún valor que exista en la práctica sino una simple representación del valor mínimo, que podríamos representar igualmente como 1 o como 100, pero la magnitud de ese valor mínimo la decidiría en la práctica el sujeto que valora y en cada valoración ese “10” representaría una magnitud distinta.  

La unidad de medida del valor ha de estar necesariamente condicionada por la naturaleza del valor. Y dado que el valor tiene origen en el sujeto, solo puede ser él quien determine la unidad de medida en cada caso. No puede estar en los bienes. Esto implica que la unidad de medida no es constante de una valoración a otra. Se crea en cada valoración al asignar una magnitud a la unidad marginal y es distinta para cada acto de valoración.

De todo lo anterior de ninguna manera se ha de concluir que estemos continuamente valorando, y esto es así ya sea el modelo cardinal, ordinal o mediopensionista. No  estamos cuantificando valores y determinando unidades de medida continuamente. Eso sería imposible o como mínimo absolutamente agotador, no haríamos otra cosa en nuestras vidas. Insisto, todo esto es un modelo teórico para dar una explicación del valor. 

Esto lo razona muy bien Bohm Bawerk diciendo que somos muy eficientes a la hora de valorar. Por un lado no nos paramos en cada paso concreto representado en el modelo de valoración. Y vuelvo a insistir, el modelo es una abstracción teórica que explica lo esencial de la realidad práctica, no es lo que hacemos en la realidad práctica tal cual. La valoración práctica y real funcionaría, nos explica Bohm Bawerk, de forma tácita y similar a un pianista que no se para a pensar cada tecla que tiene que tocar, y además se haría solo cuando resulte necesario hacerla, en absoluto continuamente, y se hace con la precisión y exhaustividad que consideremos necesaria en cada caso. No es igual la valoración que hace una empresa que opera con enormes volúmenes y márgenes muy estrechos, que la valoración que hacemos al comprar un paquete de chicles. Es decir, también economizamos el propio proceso de valoración.  
El siguiente paso es  más complicado e implicaría extenderme demasiado, pero resumidamente se trata de que aparte de usar una unidad relativa “interna” para cada bien económico, en la medición trabajamos además con las relaciones de valor de unos bienes con respecto a otros. La medición del valor es un proceso doblemente relativo. Para los lectores que estén interesados en profundizar en el planteamiento de Bondone, este es el enlace a su trabajo.

Una crisis global de oferta

Con la tasa de inflación incrementándose mes a mes a la par que se recortan décimas de las estimaciones de crecimiento futuro de muchos países, vuelve al centro de la escena en el debate económico un término temido: estanflación. Una mezcla de circunstancias inevitables y decisiones de política económica nos podrían estar llevando a un escenario así. Aunque la política económica no es el único ni principal factor afectando al crecimiento de los precios (los cuellos de botella surgen a raíz de una reactivación económica desacompasada), sí está jugando un papel mucho más importante de lo que muchas veces se quiere admitir. 

Todos sabemos que en la Gran Recesión del año 2008 se cometieron graves errores de política económica por parte de gobiernos e instituciones, que más tarde tuvieron que ser enmendados virando el rumbo de dichas políticas. Es precisamente el reconocimiento de estos errores lo que ha llevado a los gobiernos y bancos centrales a tratar de evitarlos a la hora de diseñar políticas para paliar los efectos económicos de la Covid-19, siendo esto un error. El fallo viene precisamente de centrarse tanto en evitar los errores del pasado que en ocasiones se pasan por alto algunas de las características diferenciales de la presente crisis con la del 2008 y los adyacentes errores de política económica. 

En el año 2008 el shock económico fue principalmente estructural y secular y no tanto una recesión de carácter cíclico, como muchos afirmaron (y aún afirman) hoy en día. Fue precisamente esta interpretación errónea de la realidad lo que llevó al diseño de una política económica inicial que falló en muchos de sus cometidos y tuvo que ser mejorada en muchos aspectos a partir del año 2012 (en Europa). Aún así, aunque dichas políticas económicas lograron solventar sobremanera muchos problemas a corto y medio plazo, no fue capaz de lidiar con ciertas deficiencias estructurales que hoy en día aún arrastran muchos países, como es el caso de España. 

La llegada de la crisis de la Covid-19 no ha servido para generar una reacción real de la política económica en pro de resolver dichas deficiencias estructurales. Sí es cierto que los fondos Next Generation tienen un propósito y objetivo reformistas, pero la fiscalización de estos será clave si se desean implementar reformas reales para la transformación del modelo productivo. Mientras tanto, la presente crisis continúa aumentando las desigualdades socioeconómicas, deteriorando la calidad de las instituciones públicas (mayor concentración de poder por parte de los gobiernos y toma de decisiones discrecionales sin la necesaria rendición de cuentas), generando inestabilidad en los mercados financieros y profundizando en determinadas fallas estructurales que perdurarán en el futuro. 

Tal y como he mencionado con anterioridad, ha sido precisamente el hecho de tratar de evitar repetir los errores de política económica de la crisis del 2008 lo que está haciendo que en la actualidad se reaccione con excesiva lentitud a la marcada crisis de oferta global que vivimos en el presente. Aunque la crisis de la Covid-19 sí pudo ser considerada como una crisis dual (oferta y demanda) durante los primeros meses de la pandemia en Occidente, hoy en día los remanentes de la crisis son prácticamente exclusivos de oferta. La crisis de demanda se desvaneció casi de un plumazo a raíz de los programas masivos de estímulo fiscal de los gobiernos y la ampliación (tanto en volumen como en el tiempo) de los programas de inyección de liquidez monetaria de los bancos centrales. 

Desde finales de 2020 no se ha visto ningún esfuerzo real por parte de los responsables globales de política económica por variar (aunque sea levemente) las estrategias de dicha política, sus instrumentos y el peso relativo de cada uno. Es decir, no se ha hecho una reflexión real sobre el peso proporcional que deben ocupar las políticas fiscal y monetaria en la recuperación económica. Si algo está claro es que el peso de cada una en el mix de política económica no puede ser el mismo que en marzo de 2020, ya que esto podría llevarnos a un punto de inflexión a partir del cual el coste de determinadas políticas sea superior a sus beneficios, a raíz de una inflación sostenida o un estancamiento del crecimiento potencial. 

En el momento actual más que nunca las decisiones de política económica han de tomarse de manera coordinada, a través de instituciones multilaterales donde los países puedan expresar sus necesidades y preferencias, adaptando su política fiscal a la estrategia del banco central. Una de las decisiones más relevantes que se deberán tomar a nivel multilateral es la referente al momento de levantar progresivamente el pie del acelerador de los estímulos monetarios y fiscales, ya que, en un futuro cercano, un exceso de estos podría derivar en un peligroso desanclaje de las expectativas de inflación. Lo preocupante no acabaría ahí ya que dicha inflación sostenida supondría varios problemas adicionales de índole económica, financiera, y; por supuesto, social. 

Es por todo ello que es el momento de centrar las políticas económicas en la oferta, generando un crecimiento a largo plazo que, a la par, permita suavizar la inflación en el corto. Para ello la política económica se debe centrar en promover inversiones en sectores altamente productivos y que eleven el crecimiento potencial de la economía global. Además, en mercados laborales como el español resultan esenciales políticas de reskilling para determinados grupos de trabajadores que componen el grueso del desempleo estructural. Si los esfuerzos no se concentran en esto, nos encontraremos ante una situación de ralentización del crecimiento económico, incremento de las desigualdades y continuación del crecimiento del peso de la deuda pública sobre el PIB de los países. Para ello, en esta fase de recuperación, resulta esencial un cambio de mentalidad (por leve que sea) por parte de algunos responsables de política económica a nivel global. 

La natural transición a la recuperación económica ha hecho emerger cuellos de botella globales y escasez de oferta de trabajadores cualificados en muchos países del mundo. Mientras tanto, la demanda vuelve a nivel pre-crisis e incluso superior en algunos sectores, empujada por las políticas expansivas. Por lo tanto, observando la coyuntura actual, podemos concluir que nos hallamos ante una crisis global de oferta.

El dinero como tecnología y el Bitcoin como mejora (I)

El dinero es una tecnología que sirve para transportar valor a lo largo del tiempo y del espacio sin riesgo de contraparte. Si tras un ejercicio de alteración de factores de producción el individuo A genera un valor igual a X y en t1 este solo quiere consumir un valor igual a Y (siendo Y<X), A intercambiará el valor restante, X-Y, por bienes y servicios que me le ayudarán a satisfacer sus necesidades. Para ello, la mejor opción de A es intercambiar el valor de lo que ha producido por dinero, para así poder transportar el valor de X-Y a lo largo del tiempo. Por otro lado, si A produce y quiere intercambiar los frutos de su producción por bienes y servicios, para acceder a la mayor cantidad de bienes es vender el valor de su producción por dinero. Es decir, el dinero vuelve a ser la mejor opción para intercambiar valor, esta vez a través del espacio.

Cuando un bien puede transportar valor a lo largo del tiempo, decimos que este funciona como depósito de valor. Cuando un bien sirve para transportar valor a lo largo del espacio, se le describe como medio de intercambio generalmente aceptado. Estas dos facultades, junto con la de unidad de cuenta son las tres funciones que típicamente se emplean para describir el dinero. No obstante, yo defiendo que la característica esencial y lo que determina si algo es dinero o no es si es el medio de intercambio generalmente aceptado (Salerno 1994, 75)

Todo dinero, como describo en el primer párrafo, funciona como una tecnología para transportar el valor a lo largo del tiempo. Pero esta característica, a pesar de ser necesaria, no es suficiente. Existen bienes que funcionan como depósitos de valor, pero no como medios de intercambio. Esto se debe a que las características que hacen que un bien sea una buena tecnología para transportar valor a lo largo del tiempo no son las mismas que lo convierten en una buena tecnología para hacerlo a lo largo del espacio. Carl Menger en On The Origins of Money (2009, 30–32) enumera estas características dividiéndolas entre los condicionantes para los límites espaciales de la vendibilidad—es decir, cuan buen medio de intercambio es o su liquidez intratemporal—y los límites temporales de la vendibilidad de un bien—es decir, cuan buen depósito de valor es o su liquidez intertemporal—. 

Para Menger un bien será un buen medio de intercambio, es decir, podrá transportar el valor a través del espacio perdiendo poco o nada de este según cinco características. Las características que marcan los límites de la vendibildiad espacial—liquidez intratemporal—son cinco. Primero, el grado de la necesidad del bien pueda estar perturbado en el tiempo. Segundo, cuan fácilmente se pueden transportar los bienes y el coste de este transporte. Tercero, cuan desarrollados están los medios de transporte y comercios de este bien con respecto al resto. Cuarto, por la extensión local de mercados organizados y su conectividad mediante arbitraje del bien en un mercado al otro. Y quinto, por las diferencias en las restricciones impuestas al comercio con respecto a diferentes bienes.

Las características que marcan los límites de la vendibildiad temporal—liquidez intertemporal—son siete. Primero, si existe si la necesidad de estos se mantendrá en el futuro, es decir, si seguirán siendo bienes económicos: un bien cuyas cantidades son inferiores a las demandas de los individuos para satisfacer sus necesidades de este. Segundo, por su durabilidad, es decir, si la integridad del bien se mantendrá a lo largo del tiempo. Tercero, el coste de preservar y almacenar el bien. Cuarto, el tipo de interés. Quinto, la existencia de un mercado de este, es decir, no que empiece a ser superabundante (condición 1), sino que siga habiendo demanda de este—que los individuos sigan creyendo que este bien es útil para satisfacer alguna de sus necesidades. Sexto, que se desarrolle la especulación sobre el mismo, para poder coordinar los precios de este con su posible escasez. Y séptimo, las posibles restricciones a este bien que se imponen a través de medios políticos.

Como vemos, un bien podría cumplir una parte de las características y no otra. Todo bien, para llegar a ser el medio de intercambio generalmente aceptado, primero tiene que ser un buen depósito de valor. Todo bien, para poder transportar valor a lo largo del espacio primero tiene que hacerlo a lo largo del tiempo, porque entre cualquier intercambio siempre va a haber un periodo de tiempo que vaya a pasar entre t1 y t2. Todo bien podrá ser depósito de valor indefinidamente al menos para el depositante original del valor porque para él, al ser el valor subjetivo, este siempre puede mantenerlo. Pero por la misma naturaleza subjetiva del valor, nada garantiza a un individuo que este vaya a ser aceptado—otra manera de entender la liquidez intratemporal es la “aceptabilidad”, cuan generalmente aceptado por otros individuos es que ese bien tiene valor—por lo que un bien siempre puede ser depósito de valor para al menos una persona, pero, al requerir de la aceptación de otros para que algo sea un medio de intercambio, este no tiene por qué llegar a o continuar siéndolo.

Un ejemplo son los diamantes, que son un buen depósito de valor, pero un mal medio de intercambio. Una característica del buen dinero es que sea divisible. Diremos que un bien es perfectamente divisible cuando este no pierda porcentaje de valor equitativo al porcentaje de división de la unidad que sufre. Dos medias onzas de oro valen lo mismo que una onza, pero dos medias piezas de un diamante valen menos que una pieza entera. El oro, por esta y otras características fue un buen dinero: fácilmente maleable, divisible, muy durable, con un alto valor unitario—es decir, una unidad de onza de oro poseemucho valor, por lo que con poco movimiento transfieres mucho valor—, fácil atesorabilidad—se requiere poca seguridad y espacio para mantenerlo—, fraccionable y fácil de desatesorar—con alta demanda—.

Por tanto, defiendo la postura que la auténtica característica del dinero es que sea el medio de intercambio generalmente aceptable. Que sea un buen depósito de valor aumentará la liquidez del bien. Esto será una causa de que un bien llegue a ser dinero. El bien que emerge como dinero es aquel bien que sufra un menor decrecimiento en su utilidad marginal. La ley de utilidad marginal nos dice que un individuo valora con menor intensidad cada unidad adicional de un bien que ya posee (Huerta de Soto 1992, 50; Menger 2007, 125). El activo real—bien que no es el pasivo de otro agente—de cuya utilidad marginal mengue con menor intensidad, es decir, el que ostente una mayor liquidez intra e intertemporal, será el que mejor mantenga su valor y el que el mercado utilice como dinero (Menger 2009; Fekete 2017, 28). Por tanto, podemos definir dinero como ‘‘todo activo real que, debido a su superior estabilidad de valor, los agentes económicos emplean para intermediar entre el momento de venta y el momento de compra o entre el momento de compra y el momento de venta’’ (Rallo 2019, 108).

Que el bien con mayor liquidez opere como unidad de cuenta es la consecuencia de que este sea dinero: los individuos fijan los precios en ese bien porque quieren que se les pague en este, ya que es el bien que estiman les proporcionará mayor liquidez para transportar el valor. Esto hará que los agentes lleven su contabilidad en esta unidad. Pero esta “función” no es más que un indicador de qué es aceptado como medio de intercambio en una economía.

Volviendo al oro, este bien fue el dinero de la mayoría de las economías durante cerca de un siglo (1821-1914). Esto fue gracias a sus características entre ellas, además de las anteriormente mencionadas, su escasez natural. No obstante, el oro dejó de ser dinero, hasta nuestros días en los que nos encontramos huérfanos de un buen dinero mediante el que poder transportar valor entre nosotros y para nuestro futuro. Esto se debió principalmente a la intervención estatal. Los países que formaban parte del patrón oro clásico lo abandonaron principalmente para deshacerse la restricción que este ofrecía ante su capacidad de endeudarse y afrontar los coses de la Primera Guerra Mundial. Los estados eliminaron la convertibilidad de su moneda en oro, requisaron el oro en manos privadas y, aunque a veces intentaron volver, siempre fue con restricciones sobre las reglas clásicas. Esto, sumado a la capacidad de confiscación del oro y otras cualidades que hacen que lo alejan de lo que podríamos entender como un dinero perfecto, hacen que otros bienes, en este caso intangibles, como el Bitcoin, empiecen a ser mejores alternativas para el próximo buen dinero. 

En la segunda parte explicaré por qué el Bitcoin podría llegar a ser un bien que ostentase unas características que lo volviesen un bien más dinerable que el oro, tanto por el lado de la liquidez intratemporal, como intertemporal. Expondré cómo creo que esto podría ser posible, enumerando así algunas flaquezas que podría tener el Bitcoin que creo que están superadas y otras que creo que o se están superando o que lo harán.

Referencias

Fekete, Antal E. 2017. Critique of Austrian Economics in the Spirit of Carl Menger. Aarschot, Bélgica: Pintax cvba.

Huerta de Soto, Jesús. 1992. Socialismo, Cálculo Económico y Función Empresarial. 5th ed. Madrid, Spain: Unión Editorial.

Menger, Carl. 2007. Principles of Economics. Auburn, United States: Ludwig von Mises Institute.

———. 2009. On The Origins of Money. Auburn, Estados Unidos: Ludwig von Mises Institute.

Rallo, Juan Ramón. 2019. Una Crítica a La Teoría Monetaria de Mises. Madrid, España: Unión Editorial.

Salerno, Joseph T. 1994. “Ludwig von Mises’s Monetary Theory in Light of Modern Monetary Thought.” The Review of Austrian Economics 8 (1): 71–115.

El lenguaje económico (VIII): Sobre lo público

En el Derecho romano, res publica era todo aquello no privado (res privata). La propiedad privada puede ser individual o colectiva, pero cuando decimos que algo es público —sanidad, educación, seguridad— entendemos que su titular es un ente político y que su utilización está controlada por un gobierno y un cuerpo de funcionarios. Lo público es lo relativo a lo colectivo, pero también se identifica con todo aquello perteneciente al Estado, siendo esta última acepción es la que más nos interesa.

El término «público» está asociado al de «interés general». Ambos gozan de tan buena fama que todo así calificado queda automáticamente revestido de un halo de superioridad ética y jurídica. Sin embargo, no existe idea que presente un historial más criminal que esta falsa supremacía de lo público sobre lo privado, de lo general sobre lo particular y del Estado sobre el individuo. Basta con decir que algo es «público» —orden, salud, moral—, de «utilidad pública» o de «interés general» para justificar cualquier atropello a la libertad y a la propiedad del individuo. La propia Constitución española (Art. 128.1) es un buen ejemplo: «Toda la riqueza del país en sus distintas formas y sea cual fuere su titularidad está subordinada al interés general». La pandemia por Covid-19 ha sido el último gran episodio de abuso del poder político bajo el pretexto de la salud pública. En realidad, parafraseando a Randolph Bourne (2013), la pandemia «es la salud del Estado». Resulta, por tanto, del máximo interés desvestir lo público de su manto beatífico y exponer a las claras su auténtica naturaleza.  

Lo público no es de todos

El primer mito es creer que algo público es de todos. «Todos» es un término ambiguo, ¿quiénes son todos? Los estoicos imaginaron que toda la tierra, al comienzo (1), era común a todos los hombres y llamaron a esta condición communis possessio originaria. De aquí surgió el sofisma de creer, como San Ambrosio, que toda propiedad privada era fruto de la usurpación (Leoni, 2011: 70). Suponer que algo es de todos nos conduce a imaginarios absurdos, por ejemplo, nadie podría consumir bienes sin el permiso del «resto» de la humanidad.

La titularidad pública de un bien otorga al gobernante de turno y a ciertos funcionarios su control económico. Es la autoridad quien fija, en cada caso, el uso y disfrute del bien público. Por ejemplo, en un espacio público —calle, parque, playa— la autoridad estipula las condiciones de uso, incluida la prohibición absoluta, como ocurrió durante el ilegal confinamiento por Covid-19. En ciertos casos se aprecia con más claridad que un bien público no es de todos. Por ejemplo, una vivienda o un coche oficial asignado a un alto cargo del Estado está a su servicio exclusivo y al de su familia. Los gremios que no están sujetos al mercado, como afirma Mises (2011: 966): «De servidores se transforman en dueños y señores de los consumidores. Cualquier medida beneficiosa para sus asociados pueden adoptarla, por dañosa que resulte para el común de las gentes». La prueba más contundente de que lo público no es de todos es la imposibilidad de enajenar las participaciones que (imaginariamente) corresponden a cada propietario, tal y como explica Ana Sanchís (2021: 33):

“Si algo realmente “es de todos nosotros”, ¿cómo es que no puedo liquidar mi parte? ¿Cómo es que no puedo vender, alquilar, subastar, prestar, tasar, hipotecar, legar, regalar ni destruir mi parte, ni simplemente renunciar a ella? ¿Cómo es que no puedo acordar con otro comprarle la suya y aumentar así la mía? […] ¿Cómo es que ni siquiera se me informa de cuánto vale mi porción? En definitiva, ¿qué clase de propiedad es esa, qué cuento nos están contando?”

La única forma de evitar la confusión es delimitar el bien público en cuestión, identificar a «todos» los individuos con derecho sobre él y concretar el tipo de derecho. Por ejemplo, la Suerte de Pinos, en la española Comarca de Pinares, es una institución medieval que establece la propiedad comunal sobre la explotación forestal en 23 municipios de las provincias de Soria y Burgos. Anualmente, cada vecino del pueblo recibe una parte alícuota del dinero procedente de la venta de madera.

El dinero público tampoco es de todos. La desafortunada frase de Carmen Calvo —«El dinero público no es de nadie»— contiene una brizna de verdad. Una vez que el Estado ha confiscado el dinero a sus legítimos dueños y pasa al erario, sus administradores lo dilapidan como si no tuviera dueño, se quema como pólvora de Rey (2). Sin embargo, el dinero público, al igual que el resto de bienes del Estado, tienen un dueño efectivo: aquellos que lo consumen directa o indirectamente en forma de rentas, subsidios, contratos públicos, etc. 

El servicio público

Los entes estatales y las empresas públicas, con frecuencia, buscan legitimar su existencia afirmando ser un «servicio público». No tener ánimo de lucro, es algo que supuestamente les ennoblece. Sin embargo, los empleados públicos no trabajan gratis, todos se lucran al cobrar sus nóminas; pero existen muchas formas ilícitas y subrepticias de lucrarse con lo público: a) Trabajando menos horas de las estipuladas o reduciendo el rendimiento. b) Utilizando los medios del Estado en su provecho personal: por ejemplo, los políticos y los trabajadores (incluidas las familias) de la sanidad pública disfrutan de listas de espera paralelas a expensas del resto de usuarios. De igual modo, la seguridad pública se convierte en la seguridad privada de los altos cargos (3). También es frecuente usar al personal —escoltas, conductores, ordenanzas— en labores domésticas. c) Malversando fondos públicos: gastando el dinero en fines —obsequios, viajes, gastos personales— distintos de los legalmente autorizados. d) Pagos en metálico o «mordidas»; por ejemplo, un tanto por ciento sobre el importe tras cada adjudicación de contrato público. Este dinero puede ir directamente al bolsillo del político o a un recaudador oficioso que posteriormente reparte el botín entre los dirigentes del partido. Por último, e) Puertas giratorias. Los políticos tejen una red —empresas públicas, organismos, fundaciones, agencias, observatorios, etc.— donde poder acomodarse en el futuro (4). 

Otro error es llamar «públicos» a ciertos servicios —taxis, farmacias, notarías, registros de la propiedad y mercantiles— cuya oferta ha sido interferida por el gobierno. Es obvio que todos los servicios se ofrecen «al» público, pero el gobierno utiliza esta argucia cada vez que desea manipular un negocio. Por ejemplo, en Baleares y Canarias el transporte aéreo interinsular ha sido declarado «servicio público» para imponer obligaciones —rutas, frecuencias, horarios— a las compañías y otorgar falsos derechos —subsidios— a los residentes.

Tampoco hay tal cosa como «utilidad pública». La utilidad —el valor— siempre es subjetiva. El interés, la razón, la inteligencia o la voluntad, son atributos exclusivos de las personas: «Sólo los individuos piensan y actúan» (Mises, 2010: 217).

Las ayudas públicas

Existe una generalizada aceptación social sobre la bondad de las ayudas públicas. Tras cada catástrofe o crisis económica los afectados piden ayudas a las autoridades. Los sustantivos «ayuda» y «solidaridad», adjetivados como «públicas», quedan automáticamente pervertidos. La ayuda genuina debe ser voluntaria y utilizando medios económicos propios. Toda ayuda pública es espuria porque el dinero ha sido obtenido mediante la violencia fiscal. Los fines éticos exigen medios éticos. Lo correcto es remediar los infortunios a través de instituciones de previsión —familia, seguros, mutualidades— y caritativas —religiosas, fundaciones— que no sean coercitivas. «Salvar» o «rescatar» empresas —bancos, aerolíneas, fabricantes de automóviles, industria cinematográfica, etc.— en quiebra, con dinero público, es otra perversión del lenguaje; se trata de eufemismos que disfrazan un robo al contribuyente. Por último, algunas ONG y fundaciones también presumen de no tener «ánimo de lucro», pero como no quieren o no pueden recaudar fondos de forma voluntaria, recurren al gobierno para lucrarse con dinero confiscado.

(1) La idea de «comienzo» también es engañosa y tiene una connotación bíblica. Nunca ha habido un comienzo porque la historia del hombre es un continuo biológico y antropológico.

(2) Los soldados de los Tercios españoles debían pagar la pólvora con su propio salario. La pólvora de rey era aquella que provenía del botín de guerra. La segunda se gastaba más alegremente que la primera.

(3) Durante el carnaval de Tenerife, en 2012, los seis escoltas de la Unidad de Intervención Policial (Unipol) asignados al alcalde santacrucero, José Manuel Bermúdez, cobraron 14.842 € en concepto de horas extra.

(4) La Unión Europea es la mayor puerta giratoria con unos 50.000 empleados propios (funcionarios y agentes). Como anécdota, tras el Brexit, quedaron vacantes los 73 escaños que ocupaba el Reino Unido en el Parlamento europeo. Los eurócratas no perdieron la ocasión para repartirse 27 nuevos escaños (5 a España) aduciendo motivos demográficos y de representación.

Bibliografía

Bourne, R. (2013). War is the Health of the State. John Calvin Jones.

Constitución española (1978).

Leoni, B. (2011). La libertad y la ley. Madrid: Unión Editorial.

Mises, L. (2010). Teoría e Historia. Madrid: Unión Editorial.

Mises, L. (2011). La acción humana. Madrid: Unión Editorial.

Sanchís, A. (2021). «Avance de la Libertad». Revista libertaria de opinión y debate. Núm. 13. Madrid: Fundación para el avance de la libertad.

Serie El lenguaje económico

(VII) La falacia de la inversión pública

(VI) La sanidad

(V) La biología

(IV) La física

(III) La retórica bélica

(II) Las matemáticas

(I) Dinero, precio y valor

Sobre la medida del valor

Hasta el siglo XVII el consenso científico venía a sostener que el sonido era algo que no se podía medir. Era efímero, era irregular pues se observaban timbres y tonos distintos, eco o sonido reflejado, también era intangible, no se podía guardar para compararlo con otro sonido posteriormente. Sus características como la intensidad, tono y timbre cambian según se mide a más o menos distancia del origen, etc. Aristóteles llegó a apuntar alguna idea como que los sonidos agudos debían viajar más rápido que los graves, pero durante dos mil años apenas hubo ningún experimento, incluso los pocos que intentaban experimentar temían mostrar sus resultados por el riesgo de ser repudiados, ridiculizados o relegados al ostracismo. 

Y sin embargo, en la práctica, los músicos sí que eran capaces de afinar sus instrumentos en el mismo tono, o graduar con razonable precisión la intensidad de su música para provocar emociones en su público. También los guerreros más sigilosos sabían medir cual era el ruido máximo que no debían sobrepasar para poder atacar por sorpresa, o los guanches canarios eran capaces de graduar y modular los silbidos para comunicarse a largas distancias. La teoría, como siempre, estaba muy retrasada a la hora de explicar la realidad.

¿Y por qué a partir del S. XVIII se comienza a contemplar la posibilidad de medir el sonido? ¿Qué es lo que cambia? Pues el gran avance en las matemáticas que supuso el descubrimiento del cálculo infinitesimal a finales del s. XVII (Newton, Leibniz). De repente había fórmulas para densidad, elasticidad, desplazamientos de cuerdas, superposición y propagación, etc. Curiosamente se disponía de un arsenal de ecuaciones pero apenas había resultados empíricos que contrastar. Poco a poco llegaron instrumentos que permitieron experimentar y contrastar hasta llegar al día de hoy donde ya disponemos de unidades de medida para las distintas magnitudes como los decibelios o los hertzios. Existen incluso medidas para la sonoridad (psicoacústica) que tienen en cuenta la subjetividad del oído humano

Las matemáticas ayudaron a demostrar con rigor que el sonido era medible, acabando con todo prejuicio histórico que existía al respecto de la medición del sonido. No es que yo sea un gran fan de las matemáticas para explicar los fundamentos teóricos de la economía, pero no me cabe ninguna duda que si se aplican bien, son una herramienta de corroboración de la teoría extremadamente potente. Por ejemplo, la teoría de Einstein no es lo mismo con o sin fórmulas. Las fórmulas sirven para avanzar desde el estadio de mera hipótesis hacia la corroboración de la teoría, como sucede al aplicarlas a la órbita de Mercurio. 

La cuestión de las matemáticas en teoría económica es relevante porque creo que tenemos una situación similar a la que he expuesto con el sonido. En el caso de la economía, la realidad, el cálculo económico en la práctica, sin duda va también muy por delante de la teoría. La teoría de la que disponemos parece haber establecido ya unos fundamentos sólidos para explicar el fenómeno del valor, cuyo desarrollo más riguroso es el de Carl Menger, pero al que hasta el momento no se le había aplicado con éxito las matemáticas. Jevons lo intentó pero fracasó. El mainstream austriaco actual ni lo pretende pues reniega totalmente de ello, y el resto de desarrollos neoclásicos dan por resuelta teóricamente la cuestión del valor y trabajan directamente con los precios, como las curvas de oferta y demanda de Marshall. Por cierto, sobre la relación de Carl Menger con las matemáticas María Blanco hace unas reflexiones interesantísimas.

Dejando aparte la postura sobre este tema de la corriente mayoritaria actual de la escuela austriaca, en la historia de esta escuela de pensamiento hay diversidad de opiniones sobre la posibilidad de medir el valor. Hasta donde yo llego, el autor que con más ahínco defendió esta posibilidad fue Eugene Bohm Bawerk, en contraposición a un radical desacuerdo posterior por parte de sus alumnos Cuhel y Ludwig Von Mises. El debate que tuvo con varios autores que criticaban su postura de que el valor es medible, y en especial el que mantuvo con su alumno Cuhel, que llevando la contraria a su maestro defendió que el valor se determina ordinalmente, dio lugar a que, afortunadamente para nosotros, Bohm Bawerk diera explicaciones muy detalladas sobre esta cuestión. 

Para dar respuesta a aquellas críticas incorporó un nuevo capítulo “Consideraciones psicológicas suplementarias sobre la teoría del valor” en la tercera edición de Teoría Positiva del Capital. En el apartado II de este nuevo capítulo hace numerosas reflexiones sobre este asunto. No pretendo aquí utilizar a B. Bawerk para incurrir en la falacia de la autoridad, sino destacar un argumento suyo que me parece definitivo y que puede ser corroborado por cada uno de nosotros por mera observación introspectiva. Se trata de la posibilidad de realizar operaciones aritméticas cardinales sobre el valor, aunque sean estimativas y por supuesto sujetas a error como cualquier otra cuantificación.   

Continuando el ejemplo de los caballos de Menger, si por ejemplo alguien nos ofrece adquirir uno de nuestros caballos sin todavía precisar a cambio de qué, nosotros pensaríamos en un valor X con la idea de pedirle al comprador algo más valioso que X a cambio del caballo. Si el comprador antes de ofrecer ningún bien concreto a cambio, y antes de que nosotros digamos nada reformula su oferta y muestra interés por comprar dos caballos, automáticamente pensaríamos en pedir una cantidad mayor que X. La utilidad marginal nos dice que no tiene por qué ser el doble, pues dependerá de la pendiente de la curva de utilidad marginal de nuestros caballos. Los ordinalistas sostendrían que pensaríamos directamente en la significación que representan los dos últimos caballos en bloque, pero para mi es totalmente evidente que podemos hacer el ejercicio mental de sumar el valor de los dos caballos. 

Menger llega a decir que la situación económica es más ventajosa después de que los agentes intercambien e incorporen un bien “cuyo valor es de 40”. Con “más” ventajosa yo interpreto mayor cantidad de valor (riqueza), sea cual sea el valor representado por la cifra “40” en ese momento para cada sujeto, y por tanto cabe la posibilidad de interpretar que está sumando valores cardinalmente.

La posibilidad de sumar es crucial, porque en el ámbito de lo ordinal no existe la suma aritmética cardinal. Ni exacta ni tampoco aproximada, sencillamente no existe.  Existe la unión de conjuntos ordenados, que aunque se pueda llamar “suma” no tiene nada que ver con la suma cardinal. Yo sostengo que podemos hacer una suma cardinal del valor de los caballos, sin importar que sea más o menos exacta. 

Tampoco tiene sentido la “divisibilidad ordinal”. Si tenemos dos elementos de un conjunto ordenado “primero y segundo” y añadimos un elemento más cuyo orden esté entre el primer elemento y el segundo, no sería el elemento “primero y medio”. Lo que haremos en todo caso es reordenar y tendremos “primero, segundo y tercero”. Tampoco cabe hallar diferencias (restar) entre un número de elementos muy pequeños de distintos conjuntos o subconjuntos. Primero porque al calcular diferencias en el número de elementos de distintos conjuntos estamos cuantificando los elementos de cada conjunto y por tanto haciendo una resta aritmética cardinal, es decir, cuantificamos, no ordenamos, y segundo porque el concepto de “elemento muy pequeño” ya implica haber cuantificado previamente la magnitud cardinal de cada elemento. Ordinal tiene que ver sólo con ordenar, no con cuantificar.

He tomado el ejemplo de los caballos de Menger, pero tampoco pretendo afirmar que Menger fuera cardinalista. Sumar los números que utiliza Menger a efectos ilustrativos puede implicar sucumbir a la falacia de la analogía de la cantidad descrita por Henry Phelps, es decir, sumar números que no son sumables, por eso Cuhel proponía ilustrar la graduación de valores con letras (a,b,c,d), para impedir interpretaciones falaces, según él, de la explicación del valor subjetivo. 

Menger no se pronuncia expresamente sobre si su visión es ordinal o cardinal. En muchos pasajes habla de magnitudes, de medir y cuantificar el valor, pero en otros habla de preferir satisfacer unas necesidades sobre otras, sobre todo en los ejemplos de su famosa tabla.  Hayek, en su introducción de una de las ediciones de Principios de Economía Política, califica claramente a Menger como ordinalista, si bien reconoce la existencia de pasajes cardinalistas. Yo me inclino por calificar a Menger como cardinalista, al igual que Ivan Moscati, aunque él matiza que es cardinalista en sentido clásico. Pero insisto, es mi interpretación y asumo el riesgo de poder estar cayendo en la falacia de la analogía de la cantidad.

Por tanto, el ejemplo de sumar el valor de los dos caballos es, lógicamente, una interpretación mía utilizando los argumentos de otros. Esencialmente los de Carlos Bondone, y también he traído aquí el argumento de Bohm Bawerk sobre la suma cardinal de los valores, que a mi modo de ver es totalmente definitivo.

Pero no cantemos victoria aún. Cuantificar cardinalmente no es sinónimo de medir. Para hablar de medición además tenemos que tener una unidad mínima que pueda servir para expresar cuántas veces está contenida esa unidad en las demás. En ese aspecto el planteamiento de Bondone que torpemente pretendo exponer aquí, tiene un carácter exclusivamente teórico, fundamentado en la ley de utilidad marginal decreciente, o lo que es lo mismo que las distintas unidades de los bienes tienen valores distintos, relativos entre sí, decrecientes y cuantificables.

Este modelo teórico propone que el valor es medible de forma relativa utilizando la unidad marginal como unidad de medida de todas las demás. En el caso de los caballos, el último que “vale” 10 sería la unidad de medida del valor de los demás caballos. Pero 10 no es ningún valor que exista en la práctica sino una simple representación del valor mínimo, que podríamos representar igualmente como 1 o como 100, pero la magnitud de ese valor mínimo la decidiría en la práctica el sujeto que valora y en cada valoración ese “10” representaría una magnitud distinta.  

La unidad de medida del valor ha de estar necesariamente condicionada por la naturaleza del valor. Y dado que el valor tiene origen en el sujeto, solo puede ser él quien determine la unidad de medida en cada caso. No puede estar en los bienes. Esto implica que la unidad de medida no es constante de una valoración a otra. Se crea en cada valoración al asignar una magnitud a la unidad marginal y es distinta para cada acto de valoración.

De todo lo anterior de ninguna manera se ha de concluir que estemos continuamente valorando, y esto es así ya sea el modelo cardinal, ordinal o mediopensionista. No  estamos cuantificando valores y determinando unidades de medida continuamente. Eso sería imposible o como mínimo absolutamente agotador, no haríamos otra cosa en nuestras vidas. Insisto, todo esto es un modelo teórico para dar una explicación del valor. 

Esto lo razona muy bien Bohm Bawerk diciendo que somos muy eficientes a la hora de valorar. Por un lado no nos paramos en cada paso concreto representado en el modelo de valoración. Y vuelvo a insistir, el modelo es una abstracción teórica que explica lo esencial de la realidad práctica, no es lo que hacemos en la realidad práctica tal cual. La valoración práctica y real funcionaría, nos explica Bohm Bawerk, de forma tácita y similar a un pianista que no se para a pensar cada tecla que tiene que tocar, y además se haría solo cuando resulte necesario hacerla, en absoluto continuamente, y se hace con la precisión y exhaustividad que consideremos necesaria en cada caso. No es igual la valoración que hace una empresa que opera con enormes volúmenes y márgenes muy estrechos, que la valoración que hacemos al comprar un paquete de chicles. Es decir, también economizamos el propio proceso de valoración.  

El siguiente paso es  más complicado e implicaría extenderme demasiado, pero resumidamente se trata de que aparte de usar una unidad relativa “interna” para cada bien económico, en la medición trabajamos además con las relaciones de valor de unos bienes con respecto a otros. La medición del valor es un proceso doblemente relativo. Para los lectores que estén interesados en profundizar en el planteamiento de Bondone, este es el enlace a su trabajo.

¿Y los trabajadores? (y II): Emprendedores de por vida

Gergen y Vanourek (2008) utilizaron el concepto de vida-emprendimiento para caracterizar a los emprendedores con éxito que han luchado por todos los medios para mejorar sus condiciones de vida. Este artículo amplía este concepto y lo aplica también a los empleados. Los trabajadores emprendedores de por vida son personas que luchan para llegar a fin de mes; a menudo, se enfrentan a diversas dificultades, riesgos y muchas veces a la inseguridad laboral. Están bajo una gran presión para hacer frente a un trabajo exigente y deben encontrar un equilibrio entre el trabajo, el dinero, la familia y sus aspiraciones, con más seguridad, mayor consumo y más tiempo de ocio. Como emprendedores de por vida, a pesar de las circunstancias difíciles o desafiantes, buscan una vida mejor y más autónoma; les interesa la excelencia y el desarrollo profesional, quieren obtener una mejor remuneración y realizar un trabajo más autónomo; siempre están atentos a los nuevos enfoques y oportunidades, deseosos de afrontar lo nuevo y de encontrar soluciones a los retos a los que se enfrentan.
Siguiendo el marco mengeriano, cualquier empleado tiene la capacidad de ser emprendedor porque posee conocimientos y la facultad de pensar y adaptarse a un entorno en constante cambio y es capaz de llevar a cabo sus planes individuales para hacer frente a la incertidumbre y satisfacer sus necesidades presentes y futuras en la mejor medida posible.

Para Menger la disposición de capital físico es la condición imprescindible para ser un emprendedor. Marx explica la penuria de los obreros con el hecho de que carecen de capital. Este artículo argumenta que los trabajadores o empleados en general sí tienen un tipo de capital a su servicio para realizar sus fines: su capital humano personal. El concepto de capital humano personal se basa en una reinterpretación de las ideas sobre la composición del capital y los bienes económicos de Adam Smith y Carl Menger.

El concepto de capital humano personal

Originalmente, el concepto de capital se utilizaba para referirse a una suma de dinero que generaba intereses. En la época medieval, el concepto se amplió para incluir los bienes que podían comprarse a cambio de dinero. Turgot amplió aún más el concepto al declarar que el capital es la suma de bienes acumulados, incluido el dinero. Adam Smith sentó las bases de la teoría moderna del capital al distinguir entre los bienes atesorados para el consumo futuro y los bienes ahorrados para la inversión (Böhm-Bawerk, 1888: 24-25).

Para Smith, el capital son los bienes de un individuo que genera ingresos (Smith, 1776: 363). Smith incluía entre los bienes capitales las habilidades útiles: “…las habilidades adquiridas y útiles de todos los habitantes o miembros de la sociedad. La adquisición de tales talentos, por el mantenimiento del adquirente durante su educación, estudio o aprendizaje, cuesta siempre un gasto real, que es un capital fijado y realizado, por así decirlo, en su persona… El perfeccionamiento de la destreza de un obrero puede considerarse del mismo modo que una máquina o un instrumento de comercio que facilita y abrevia el trabajo, y que, aunque cuesta un cierto gasto, devuelve ese gasto con un beneficio”. (Smith, 1776, 368). El concepto smithiano de capital humano pasó a ser parte de la literatura económica dominante desde de 1950-60 (Schulz 1961, Becker 1964).

Menger estaba interesado en el proceso de producción de bienes y por eso el concepto de capital humano está solo presente de manera latente en su obra. Su concepto de capital solo incluye bienes materiales y dinero a disposición de un emprendedor para poder lanzar un proceso de producción. Sin embargo, al conceptualizar su teoría de los bienes, distinguió entre bienes materiales y bienes intangibles entre los que distinguía dos subgrupos: las relaciones humanas y sus atributos tales como la buena voluntad, las conexiones sociales, familiares, amistades, compañerismo, etc., y las destrezas y estudios profesionales (Menger 1871: 52-55).

El artículo propone la resurrección del concepto de capital humano personal dentro del seno de la teoría económica Austriaca. El capital humano personal es el capital al servicio de cada uno, lo que constituye los bienes inmateriales mengerianos. Este capital humano personal que está al mando de cada individuo puede ayudarle en sus planes de generar ingresos en el marcado. El capital personal de cada persona se compone de tres tipos de bienes de capital humano 1) el conocimiento personal, las habilidades y la educación, 2) la habilidad con la que un individuo es capaz de llevar a cabo sus tareas, lo que implica destreza en el trabajo; y, 3) el capital social personal, que comprende la reputación, las conexiones personales y las relaciones.

Estos bienes de capital no materiales son personales, forman parte de las habilidades y capacidades de una persona. Siguiendo a Michael Polányi (1958), el capital de conocimiento no solo involucra al conocimiento que se adquiere a través de sistemas educativos, sino que también incluye el conocimiento tácito y las habilidades adquiridas de manera informal durante el ejercicio de diversos trabajos. Hayek, como hemos visto, enfatizó que el conocimiento es más que un proceso formal de adquisición de habilidades en la escuela y destacó cuán valioso es conocer el entorno en que se desarrolla el trabajo, incluyendo las condiciones locales y las posibles circunstancias especiales. (Hayek, 1945).

Los trabajadores emprendedores de por vida, a diferencia de los emprendedores reales, capitalizan principalmente los bienes de capital no materiales: el conocimiento, el prestigio y las relaciones. Los emprendedores reales, en cambio, no solamente tienen capital personal humano, sino que además tienen acceso al capital físico, bienes materiales y dinero.

Implicaciones del concepto emprendedores de por vida

Frente a lo que predica la teoría marxista, los obreros no carecen de capital. Ellos son dueños de su capital humano personal y, como todos los seres humanos, tienen capacidad de emplear su capital humano personal como emprendedores por la vida. De esta manera, utilizar el concepto de emprendedores de por vida para describir a los trabajadores es útil para reconfigurar nuestra percepción de los empleados y sus relaciones con el mercado.

Los trabajadores en el mundo del trabajo pueden encontrar formas de desarrollo de su capital humano personal adquiriendo nuevas habilidades y conocimientos prácticos por sí mismos, y trabajar mejor y más eficientemente e incluso hacer innovaciones en el campo del trabajo, lo que les podría llevar a gozar de buen prestigio como trabajadores. Los conocimientos, la destreza y el capital social basado en la reputación permiten a loa trabajadores distinguirse, darse a conocer y salir adelante. Les posibilita tener mejor salario, más seguridad de empleo, ascender dentro de la jerarquía del mundo laboral y obtener un trabajo más complejo, más significativo, con más autonomía y, en general, tener más opciones para encontrar nuevos contratos de trabajo. Así los trabajadores podrán tener una vida más gratificante, satisfactoria y autónoma e integrarse en la clase media. Por eso, un orden económico basado en el mercado no es, por naturaleza, enemigo de los trabajadores. Al contrario, crea una prima por el buen trabajo y desarrolla el capital humano personal.

Por eso, la tendencia de nuestra era moderna no es la proletarización y menos aún la perdida de la importancia del conocimiento de los trabajadores como visionaba Marx en el Manifesto Comunista. Al contrario. La trayectoria de las sociedades que usan el libre mercado evidencia la creciente división del trabajo y la importancia de los conocimientos que poseen los trabajadores. Como consecuencia, se puede observar el aumento de la clase media para la que el capital humano personal es fundamental, y la integración de los trabajadores en la clase media como ya había sido observado por Eduard Bernstein hace más que cien años. Debido al fenómeno de emprendimiento de por vida, la economía de libre mercado no solo beneficia a una pequeña capa de los actores económicos que tiene el coraje y la idea de convertirse en un verdadero emprendedor, sino también a la gran mayoría de trabajadores que pueden actuar a lo largo de su vida como emprendedores de por vida y que, por tanto, pueden mejorar su posición social y su prestigio mediante el cultivo de su propio capital humano personal.
En conclusión, el nuevo concepto de emprendedor de por vida, destaca la importancia fundamental de la formación en el trabajo y el impacto motivador de la experiencia laboral en la vida de los trabajadores. El trabajo puede mitigar el impacto negativo de un comienzo laboral difícil para los trabajadores más humildes y de menos formación porque gracias al ejercicio del propio trabajo, los empleados adquieren práctica y conocimientos que les dotará de cierto reconocimiento en el mercado laboral, brindándoles paulatinamente el acceso a un mejor puesto. Esta observación sugiere que los altos niveles de desempleo en Europa, especialmente entre los jóvenes, tendrán un impacto particularmente negativo en las oportunidades de vida de los desempleados. Por eso, una de las recomendaciones clave que se derivan de esta investigación es que se debe considerar la reducción de la burocracia de las empresas y la carga fiscal sobre el empleo porque esto crearía más puestos de trabajo y daría a los emprendedores de por vida la oportunidad de avanzar en el mundo laboral. La economía de libre mercado es beneficiosa para la gran mayoría de los trabajadores ya que les permite mejorar su propio capital humano y con ello, mejorar su calidad de vida y su estatus social.

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