Ir al contenido principal

Milei, la opción liberal

Las recientes elecciones PASO (primarias, abiertas, simultaneas y obligatorias) en Argentina han tenido un doble efecto inesperado que ha sorprendido a una ciudadanía hastiada del un establishment incompetente y una crisis económica galopante y en crecimiento, pero también ha ratificado algunos rasgos generales que han arropado la vida pública del ese país hasta hoy.

Durante la gestión de su gobierno, Mauricio Macri demostró su incapacidad para promover unas reformas económicas serias para paliar la crisis en la que se encontraba Argentina. Las pocas medidas que su gobierno tomó en materia económica estuvieron reducidas al gradualismo, lo que no resolvió el problema en última instancia. 

Sin embargo, el retraso de aquel país no se debe a la coyuntura ni al momento político del gobierno mal llamado liberal de Macri, ni siquiera al kirchnerismo anterior a su gobierno. La crisis se debe, en primer lugar, a la rancia sombra de un peronismo arraigado en el ideario social que se refleja en la política de forma determinante. 

Las primarias, donde se votaron las listas de candidatos para el poder legislativo de cara a las elecciones del 14 de noviembre, son un reflejo previo de ambiente político que se vive y la fotografía general de la situación y los posibles resultados finales de noviembre. Eso lo demuestra la contundencia con la que el presidente argentino, Alberto Fernández, se refirió a los resultados una vez conocidos: “algo no hemos hecho bien”. Lo cierto es que el actual gobierno argentino es el reflejo de la cadencia de un sistema y una idea alrededor de la cual el pueblo argentino no ha podido escapar desde hace décadas: el tropiezo irresistible y continuo de la sociedad argentina, el peronismo.

Pero hubo otro efecto en las PASO que nadie vio venir, al menos con la contundencia con las que los resultados a su favor se revelaron. Y lo cierto es que cuando la izquierda más radical se barniza con la autoridad para poner etiquetas, uno se da cuenta que va por el camino correcto: los medios argentinos e internacionales se refirieron a Javier Milei como ‘el fenómeno de ultraderecha’, ‘el ultraliberal antisistema’, o ‘la derecha que se radicaliza con el voto militar’. Es ese fenómeno, precisamente, el que ha eclipsado con su sorpasso la derrota del kirchnerismo.

Se puede estar más o menos de acuerdo con las ideas que promueve Milei, en cierta medida en un país como Argentina, incluso, pueden ser discutibles, pero las ideas que defiende no se limitan a la demagogia inútil de la que está plagada la región latinoamericana ¿Milei es un populista? El tiempo lo dirá, pero en un país y una región plagados de populismos, uno que defienda la libertad como valor primigenio de la sociedad y el individuo y la economía de mercado como base para el crecimiento y el desarrollo, es una especie muy poco vista por esos parajes.

Pues es ese líder el que ha quedado en tercer lugar en las primarias. Con su formación sólida en economía y su experiencia profesional a Milei nadie le ha regalado nada ni se debe a los poderes económicos y mediáticos que plagan el continente. 

Milei puede ser etiquetado como un antisistema, pero es el antisistema que queremos porque defiende, en esencia, ideas y aunque la política se trata de emociones y sentimientos, es posible que ese concepto tan difícil como es la ‘libertad’ cale en el espíritu de la sociedad y que aquellas ideas tan denostadas por los propietarios de la moral -la izquierda-, que se empecinan en guiar al despeñadero a las sociedades latinoamericanas, se transformen en realidades.

Es probable que Milei no gane las próximas elecciones legislativas, pero su partido tendrá una representación importante en un Congreso desacostumbrado a verdades como templos (como en gran parte de los países del entorno), desde ahí se ocupará de desmitificar aquellas vacas sagradas que han llevado a la región al subdesarrollo: sistema de pensiones, bancos centrales, proteccionismo, tasas arancelarias, etc. Como dijo el propio Milei: “Vos podés dar mucha batalla cultural, pero si no hay una opción electoral de las ideas de la libertad es muy complicado”.

La Ilustración ha muerto. ¿Descanse en paz el liberalismo? (Y II)

Volvamos ahora a esa dolorosa pregunta que formulábamos en la primera parte del artículo: Si el programa ilustrado se ha agotado, el liberalismo, su hijo más noble, su hijo predilecto, ¿no se habrá agotado también?

Hayek recomendó a los liberales, en 1959, en un post scriptum a Los fundamentos de la libertad, el célebre Por qué no soy conservador, estudiar a los autores “reaccionarios”, es decir, a Coleridge, Bonald, De Maistre, y Donoso Cortés, entre otros, pues ellos, según el propio Hayek, “advirtieron la importancia de instituciones formadas espontáneamente tales como el lenguaje, el derecho, la moral y diversos pactos y contratos, anticipándose a tantos modernos descubrimientos, de tal suerte que habría sido de gran utilidad para los liberales estudiar cuidadosamente sus escritos”. Treinta años después, y al final de su vida, como ya se ha señalado, Hayek publicaba La fatal arrogancia, el testamento intelectual de un caballero ilustrado, agnóstico, modelo de coraje y honradez, que vino a decirnos que la razón, por sí sola, no puede revelarnos el secreto de cómo llegar a la utopía ilustrada de una sociedad armónica, en paz y en constante progreso. Y, probablemente, ese es el límite máximo hasta donde se puede llegar desde una perspectiva antropológica basada en los lemas ilustrados.

En este sentido, no es en modo alguno casual que Occidente, tras la II Guerra Mundial, haya sido incapaz de extender su modelo de sociedad y su influencia cultural más allá de las fronteras definidas tras la I Guerra Mundial. Antes al contrario, la hegemonía cultural, política y científica de Occidente, primero la europea, y después la norteamericana, han ido retrocediendo paulatinamente en todo el mundo. La Guerra de Corea y, sobre todo, la Guerra de Vietnam, marcan el declive del atractivo del modo de vida occidental. Esto se ve, aún con mayor claridad, en los conflictos que han tenido lugar desde la caída del Muro de Berlín hasta nuestros días: Irán, Irak, Somalia, la Primavera Árabe y Afganistán son claros ejemplos del fracaso de Occidente a la hora de extender su influencia, a pesar de la ausencia del poderoso archienemigo soviético. Incluso Turquía, un país creado ex novo por Kemal Ataturk sobre la base de las recetas ilustradas, el más occidental de los países musulmanes, comienza a rechazar la influencia occidental.

En pocas palabras, Occidente todavía conserva la potestas, en forma de aparato tecnológico-militar; sin embargo, carece ya de la auctoritas que le permitió al General MacArthur incorporar plenamente a Occidente al Japón, a Taiwan, y a Corea del Sur. Buena prueba de ello es el precipitado abandono de Afganistán, entre la cobardía, la impotencia y el ridículo, tras veinte años de estéril tutela occidental, precedidos de otros quince años no menos estériles de tutela soviética, la otra cara, la menos amable, del programa ilustrado. Con el amargo precedente, por cierto, del abandono de Irán en 1978. Y no sólo carece Occidente de la auctoritas, incluso carece de la voluntad o el anhelo de tenerla o de recuperarla.

En el registro histórico hay una constante universal fácilmente verificable: las sociedades, las culturas y las civilizaciones se construyen sobre la base de mitos (en el sentido religioso-filosófico del término) y revelaciones de origen trascendente, reales o presuntas. Esos mitos o revelaciones tienen una base antropológica, es decir, tratan de dar respuesta a las preguntas fundamentales que todo hombre se formula en algún momento de su vida: ¿quiénes somos?, ¿qué somos?, ¿de dónde venimos?, ¿cuál es nuestro destino?, ¿cómo debemos relacionarnos con nuestros semejantes?, ¿cómo distinguir lo bueno de lo malo?, ¿cuáles son las causas del mal? El último que intentó dar una respuesta coherente y sistemática a esas preguntas fue, precisamente Kant. E intentó hacerlo prescindiendo, precisamente, de cualquier referencia a lo trascendente o a todo aquello que no pudiera ser demostrado racionalmente.

Consecuentemente, la civilización occidental, desde la Ilustración y la Revolución Francesa y, especialmente, después del horror de las dos guerras mundiales, ha renunciado a dar otra respuesta a estas preguntas que no sea la del hedonismo epicúreo clásico: carpe diem, la muerte no nos concierne, perseguir el placer y evitar el dolor, maximizar las posibilidades de progreso y bienestar material de tal forma que cada cual pueda buscar la felicidad libremente, a su manera, en la falaz creencia de que la “mano invisible” acabará introduciendo, lenta y pacíficamente, un nuevo orden de libertad, armonía y progreso. O incluso más allá, como E. M. Cioran expresa con total coherencia en Del inconveniente de haber nacido, rechazando la existencia como fuente de dolor: de ahí la popularidad del budismo en un Occidente cansado de logros materiales y de cruentas luchas por el dominio, y hambriento de logros espirituales.

Esta es la primera vez en la Historia que una civilización, la nacida de la Ilustración, en sus postrimerías, trata de fundamentarse en un mito completamente ajeno a cualquier idea trascendente: el mito de que nada hay más allá de la materia, el mito de que las cosas son la medida de todo hombre, de que todo lo que cabe esperar en esta vida es cierto grado de bienestar material, y que de no obtenerlo, la vida es un fracaso. Un lúgubre y destructivo mito incompatible con la naturaleza humana, que excita sus peores vicios y que impide aflorar sus mejores cualidades.

Jesucristo les advirtió a los Apóstoles “¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma? El programa ilustrado permitió al hombre ganar el mundo… pero por el camino, Occidente ha perdido su alma, su autoridad y su influencia. Y sin auctoritas, la potestas no puede sobrevivir durante mucho tiempo.

Por eso hoy, el liberalismo, el hijo más noble de la Ilustración, no podrá sobrevivir mucho tiempo a la defunción de su madre sin reconocer como su auténtico padre al Cristianismo, esto es, sin reconocer el origen trascendente de todos sus postulados antropológicos: la igualdad de todos los hombres que se deriva de ser todos hijos de un mismo Dios, de donde se deriva, a su vez, el deber de amar al prójimo como a uno mismo, así como la fe en la recompensa de los buenos actos y el castigo de los actos perversos. “No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos? Porque los gentiles buscan todas estas cosas; pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas. Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas”. Esa es la auténtica “mano invisible”, la de la Providencia.

Salario mínimo, pobreza máxima

El filósofo Frédéric Bastiat, en su obra Lo que se ve y lo que no se ve (1850), habla de que las políticas públicas buscan un objetivo. El establecimiento y continuo aumento, del conocido como salario mínimo, es la medida estrella de los autodenominados defensores de los indefensos, a la hora de luchar contra la pobreza y la desigualdad. Y por mucho que se haya mostrado y demostrado una y otra vez (véanse los distintos estudios del Banco de España), que esta medida no solo no consigue los objetivos buscados, sino más bien todo lo contrario. Seguimos empeñados en ello, ya que siempre acabamos poniendo el foco en el fin que busca una política, en vez de en lo que realmente ocurre cuando esta se lleva a cabo.

Y es que los salarios no los marca un gobierno a base de decretos, sino la oferta y la demanda del mercado de trabajo, así como el valor añadido que aporta el trabajo de cada trabajador. Es por esto último, por lo que la subida del salario mínimo siempre fracasa y acaba condenando a los más débiles. 

El salario mínimo no afecta a tu amiga la ingeniera o a tu primo el abogado, el valor añadido del trabajo de estos trabajadores cualificados, es mucho más alto que el salario mínimo, por eso cobran mucho más que este y ni se enteran a que nivel está. Es a los menos cualificados, el típico amigo que dejó los estudios porque en ese momento no tenía la cabeza para ellos o por algún problema personal o por lo que sea, cuyo valor añadido de su trabajo es bajo, a quien estas subidas continuas, expulsa del mercado de trabajo y deja sin futuro.

Ejemplifiquémoslo con números: Imaginemos ese amigo sin estudios, sin experiencia laboral, joven, que pretende encontrar trabajo. El valor añadido de su trabajo será bajo, pongamos 750€, eso es lo que aporta a la empresa que le contrate. Con un salario mínimo superior a esa cifra, ninguna empresa le contrataría jamás, puesto que ¿Qué empresa contrataría a perdidas? Se quedaría en su casa, fuera del mercado laboral y totalmente estancado. En cambio, permitiendo un salario inferior, acordándolo en libertad ambas partes, nuestro protagonista podría trabajar, aprender un oficio, haciendo que el valor añadido de su trabajo creciese gracias a esa experiencia. Y en un futuro no muy lejano, podría o bien pedir un aumento, o buscar trabajo en otra empresa, ya con otras condiciones salariales, ya que sus condiciones profesionales habrían mejorado sensiblemente.

Dejando a un lado las cifras, simplemente debemos reflexionar. Si todo lo anterior se diese, ¿qué legitimidad moral tiene un gobierno, para impedir que ambas partes lleguen a un acuerdo de trabajo que satisface a ambos? Ninguno. ¿Por qué hay que consentir que el gobierno impida acuerdos libremente establecidos por los individuos?

Algunos de los defensores de esta popular medida, el salario mínimo, argumentan que trabajar por menos de lo que ellos marcan es “indigno”, pero paradójicamente, también defienden subsidios como el de desempleo, menores a esa cantidad. ¿Por qué es digno vivir sin trabajar, de un subsidio de 700€, pero no lo es trabajar por esa misma cantidad? 

Además, ¿quién marca lo que es indigno? Cada persona debería elegir, a partir de que cifra considera que un trabajo es digno o indigno y rechazar todos los trabajos que quedasen por debajo se esta cifra. Con esto obtendríamos nuestro salario mínimo personal (SMP) muchísimo más justo y legítimo, que el actual salario mínimo interprofesional (SMI).

Otros defensores de estas posturas colectivistas trabajan los sentimientos. Con frases como “¿Qué familia vive con 700€ al mes?”, un argumento falaz, puesto que un salario por debajo del salario mínimo actual no tendría como objetivo que la gente viviese de él, algo prácticamente imposible, sino que muchas personas accediesen al mercado de trabajo, poniendo así la primera piedra, para sí poder conseguir un empleo con un salario que les permitiese vivir cómodamente.

A esto hay que añadir que, en muchas ocasiones, son estudiantes los que al mismo tiempo que van a clase, sacan algunas horas para realizar algún trabajo poco cualificado (en los que el SMI causa estragos) y cuyo objetivo no es vivir de ello, sino afrontar un poco más cómodamente su periodo estudiantil.

En definitiva, pese a que no pongamos en duda su buena intencionalidad, las continuas subidas del salario mínimo no tienen justificación alguna, ni moralmente, ni mucho menos por las consecuencias que acarrea, como hemos visto, desastrosas para los que en teoría pretende ayudar.

Referencias:

Danzad, danzad, malditos

Hace un par de días presencié cómo una madre, que no superaba los cuarenta años, abroncaba como si no hubiese un mañana a su hijo de cinco o seis por haber rozado, con su mano desprotegida, el tronco de un árbol en el que podía estar agazapado el dichoso virus. La mayoría tenemos un miedo cerval a la muerte, y nos importa poco vivir de cualquier manera, con tal de arrancarle unos días a un final que, desde que comimos la manzana, es inevitable.

Pero entre nosotros hay gente, entre otros los católicos, que cree -creemos- que la muerte no es el final; y, para esos, no vivir de cualquier manera debería ser una cuestión básica, ya que de ello depende la forma en que vayamos a disfrutar de la eternidad. Al menos en teoría.

Como todos sabemos, durante una parte de los estados de alarma se cerraron las Iglesias y la mayor parte de los obispos suspendieron “las celebraciones públicas de la Eucaristía con participación de fieles”. Casi ningún católico dijo nada, no sé si porque hemos dejado de considerar la Eucaristía “fuente y culmen de la vida cristiana” y medio para unirnos a Cristo y que nos haga partícipes de su Cuerpo y de su Sangre (como dice el Catecismo); o porque hemos interiorizado –a lo mejor con acierto, quién sabe- que es una pura liberalidad de nuestros pastores, libres de facilitárnosla o de privarnos de ella a voluntad; o porque, digamos lo que digamos, la salvación del alma está muy bien, pero lo primero es lo físico…

Lo cierto es que el Decreto 463/2020, de 14 de marzo, por el que se declaraba el estado de alarma –y que por reciente sentencia, de 14 de julio de 2021, ha sido considerado parcialmente nulo por inconstitucional- no impedía la asistencia a los lugares de culto (aunque sí la condicionaba a la adoptación de medidas para evitar aglomeraciones), a pesar de lo cual sufrimos los cierres y suspensiones apuntados, lo que a los católicos, como digo, pareció darnos igual. Como nos ha dado igual que el Tribunal Constitucional recuerde, de manera expresa, en la sentencia de 14 de julio a la que nos hemos referido más arriba, que  “las manifestaciones de la libertad religiosa y de culto tienen su límite (art. 16.1 CE) en el «mantenimiento del orden público protegido por la ley», en el que se integra, junto a la protección de otros bienes, la salvaguardia de la salud pública (art. 3.1 de la Ley Orgánica 7/1980 y STC 46/2001, de 15 de febrero, FJ 11) (…) Respetados estos límites, las libertades religiosa y de culto resultan inmunes a toda coacción (art. 2.1 de la misma Ley Orgánica y STC 154/2002, de 18 de julio, FJ 6); y ninguna coacción conllevó el que se condicionara la asistencia a lugares de culto y a ceremonias religiosas «a la adopción de medidas organizativas consistentes en evitar aglomeraciones» y en posibilitar determinada distancia entre asistentes”. Casi nadie, en su día, alzó la voz para pedir explicaciones, y muchos menos, ni entonces ni ahora, para pedir perdón; supongo que porque “lo pasado es pasado”, a pesar de lo cual hemos tomado buena nota para dar y exigir lo que pueda venir en el futuro, seguro.

El gran consuelo que tenemos es que vamos a poder dejar de preocuparnos desde el momento en que la tecnología ha venido a solucionar nuestros problemas: transhumanistas como Kurzweil van a permitir que nuestra vida terrena sea eterna; a costa de vivir como robots, pero eterna. Y la televisión e internet permiten ya que vivamos las experiencias que queramos, incluida la Misa, desde nuestro sofá; imaginemos cómo será cuando nos pongan un chip en el cerebro y la vivencia sea todavía más intensa. ¡Para qué complicarnos tratando de vivir sin miedo y exigiendo libertad!

Hay especies animales -normalmente bastante anodinas, la verdad- que son capaces de adaptarse, reproducirse y sobrevivir en casi cualquier ambiente. Estoy pensando, por ejemplo, en los millones de ratas que pululan, rodeadas de inmundicia, por la oscuridad de las cloacas. Su vida no es la más edificante, pero es vida. Parece que hemos tomado buena nota.

(El título hace referencia al título en España de la película de Sidney Pollack They shoot horses, don’t they?)

¡Sacad vuestras manipuladoras manos de la Historia!

Seguro que hemos escuchado más de una vez la expresión ‘La Historia la escriben los vencedores’, que escribiera George Orwell en la revista británica Tribune. Es bastante probable que alguien que lea este artículo la haya usado con toda la intención del mundo, para rebatir algo o intentar poner fin a una conversación. Si son de este último caso, me van a perdonar que sea un poco duro con ustedes y con su autor, al principio. Es una frase que no tiene adscripción ideológica, pues se la he escuchado a liberales, socialdemócratas, conservadores y comunistas. Tampoco depende del nivel cultural, pues también la he oído de labios de gente de ‘ciencias’ y de ‘letras’, a personas que considero sabias y a otras cuya base cultural debería mejorar o al menos revisarse. Lo que tengo claro es que la Historia nunca la han escrito los ganadores, tampoco los perdedores, ni siquiera los que no han participado en ese supuesto juego de ganadores y perdedores, sino los historiadores.

La Historia es una disciplina que tiene siglos, si no milenios, a la que se han dedicado innumerables personas con más o menos fortuna, tino, habilidad, información o conocimiento. Han sido personas que se han formado como tales o, por el contrario, otras que, desde otras disciplinas, han caído en este vicio que es el conocer y divulgar los pasos que ha dado la humanidad en su devenir. Es una frase que desprecia el esfuerzo de muchos por recopilar, analizar y entender las acciones humanas, tanto de gobierno, que suele ser lo más habitual y demandado por el gran público, como de convivencia en y entre sociedades, incluyendo enfrentamientos y colaboraciones. Es despreciar un trabajo que, algunas veces, se hace peligroso, si los gobiernos de los países donde se ejerce reaccionan de manera censora hacia el historiador cuando las conclusiones no son del gusto de los ‘analizados’.

Esta expresión es denigrante para los historiadores y su labor, ya que los identifica con los propagandistas de una causa o colectivo[1]. Y esta es la clave, porque entre historiadores de mejor o peor nivel, se han colado muchas personas que ejercen como tales, desde algún tipo de interés político, nacional, religioso o ideológico, reescribiendo[2] lo existente y trabajando en que su sesgo domine el relato oficial. Desgraciadamente, a lo largo de los siglos (como ocurre en otras disciplinas como la economía, la sociología, la psicología, la climatología, la ecología y tantas otras), personas con ideologías o creencias religiosas han intentado, con relativo éxito, cambiar el pasado para controlar el presente. La Historia, desgraciadamente, ha sido una de esas disciplinas que ha tendido a ser manipulada por personas e instituciones representantes de ideologías y gobiernos, por múltiples razones, desde justificar ciertas acciones a fundar Estados, pasando por implementar un espíritu nacional o de grupo.

Cuando, a mediados del siglo XIX, dos grandes naciones tomaban su lugar en el mundo, Alemania e Italia, algunos de sus historiadores y políticos, que también hacían su labor de propagandistas, acudían a la Historia conocida del Sacro Imperio Romano Germánico para desmembrarla, tomando parte de ella y construyendo una ‘Historia’ oficial que justificara su propia fundación. El nacionalismo estaba ligado al territorio y la etnia, siendo la lengua y la tradición común dos características que los definían, que daban identidad a italianos y alemanes[3]. El nacionalismo germánico quería un único Estado germano parlante, que en la medida de lo posible incluyera a los austriacos que usaran este idioma[4]. Tal unión no pudo culminarse y la guerra entre prusianos y austriacos ayudó en esta dinámica nacionalista.

Mientras tanto, los propagandistas alemanes reinventaron la Historia del Sacro Imperio con la intención de dar sentido a su propio imperio. Así, se interpretó la época de los Habsburgo como un declive; se huyó de lo romano por estar identificado con el papado; se inventó una relación entre lo griego clásico y lo germano; y se idealizó el Sacro Imperio medieval como un periodo armonioso. No muy lejos, el nacionalismo italiano tenía una visión muy distinta. Durante siglos, el norte de la actual Italia había sido parte del Sacro Imperio, pero Napoleón había conseguido que esta región se sintiera maltratada por los Habsburgo y pensara en una unión, en ese momento, bajo tutela del corso. Una vez que este desapareció, los movimientos nacionalistas, interpretaron su relación con el imperio en términos de abandono y restitución de otro pasado imperial, el romano, y promovieron la unión de toda la ‘bota’.

La Historia es una gran fuente para la propaganda y eso lo sabemos bien los españoles. Mientras que la Monarquía Hispánica dominaba los mares, sus enemigos, en especial los ingleses, pero sobre todo los holandeses, crearon una serie de verdades a medias y mentiras descaradas con la única intención de dañar el honor y la fiabilidad de los españoles en sus extensas tierras, favoreciendo así los intereses de sus Estados (y de paso, de Francia). La famosa Leyenda Negra nos ha acompañado hasta la actualidad y aún tenemos que poner los puntos sobre las íes ante ciertas acusaciones que son claramente invenciones o exageraciones, que pueden tapar otras malas acciones de los acusadores. Sin embargo, corremos el riesgo de caer en el victimismo y crear, para contrarrestar esta visión claramente negativa, una Historia alternativa en la que se reinterpreten hechos en sentido contrario, magnificando unos, negando otros e, incluso, inventando algunos, intentando repetir la jugada. No podemos dejar de reconocer que la ‘Pérfida Albión’ no deja de ser la típica contrapropaganda.

La filosofía marxista, una de las más exitosas del siglo XIX, ha contaminado bastantes estudios y profesiones, con su visión de conflicto permanente entre clases o, más recientemente, entre grupos de diversa condición. La Historia no ha sido ajena a esta influencia y, de hecho, el marxismo ha sido uno de los sesgos que más profundamente le ha afectado. Aunque al principio el comunismo desdeñó la Historia existente debido, en buena parte, a que entorpecía la creación de la nueva sociedad, las circunstancias de la Segunda Guerra Mundial, a la que los soviéticos terminaron denominando la Gran Guerra Patriótica (y en la que ellos mismos empezaron en el bando germano), supuso una nueva reinvención de los mitos fundacionales de la Gran Rusia, con la intención de elevar el ánimo de los maltrechos ciudadanos soviéticos, incluso ensalzando figuras históricas cercanas a las odiadas clases nobles (como el general Kutuzov, que lucho contra Napoleón). El mismo papel de Stalin fue adaptado a un modelo heroico, borrando su derrota ante los polacos[5]. Algo similar harían los chinos comunistas con Mao, reescribiendo su papel en el triunfo final del partido comunista chino. La exaltación del líder choca con la visión comunista en la que no hay individuos, sino sólo colectivo.

Después de la Segunda Guerra Mundial, en plena Guerra Fría, las visiones de izquierda radical siguieron extendiéndose en el mundo académico occidental. La lucha de clases fue la dinamizadora de la Historia, lo que la convierte en un enfrentamiento continuo, en una guerra perenne. Con la desaparición del Muro de Berlín y del bloque soviético, el marxismo se reinventa hacia visiones identitarias como el feminismo, el indigenismo, ciertas visiones raciales de la sociedad o las identidades de género.

Cada una de estas identidades supone una revisión de la Historia para adaptarla a la nueva y parcial utopía. De esta manera, los indígenas crean un pasado, anterior a la colonización europea, propio de la tradición roussoniana del buen salvaje y el posterior se convierte en un enfrentamiento continuo lleno de genocidios y violencia gratuita, siempre como víctimas[6].

En el caso del feminismo, se desprecia el movimiento sufragista que había fuera de la izquierda, se absorbe a alguna de las líderes cuando son demasiado importantes para invisibilizarlas, se olvida que, por ejemplo, en España, el PSOE se opuso al voto femenino por puro cálculo electoralista[7] y se crea una nueva realidad donde el hombre ha nacido con el pecado original de la agresión hacia el sexo femenino o, por extensión, a cualquier identidad de género que no sea el heterosexual. De igual manera, se borran de la Historia aquellos hechos que suponen la persecución por parte de la izquierda marxista de homosexuales, desapareciendo, por poner un ejemplo, esas acusaciones de ‘vicio capitalista’ con el que los soviéticos describían las relaciones homosexuales o los campos de trabajo cubanos que Ernesto ‘Che’ Guevara creó para ellos.

La Historia ha sido manipulada por religiones, ideologías, Estados o gobiernos para crear un relato adecuado y circunstancial que favorezca su moral, políticas e ideas. Así, los historiadores ven dificultada su labor, en tanto no sólo tienen que contar los hechos que ocurrieron, sino que algunas veces tienen que desmentir (o confirmar) y volver a analizar lo conocido, para eliminar sesgos que la contaminen. En este sentido, puedo entender que algunas personas desconfíen de lo que se lee y concluyan que los ‘ganadores’ dominan el relato. Sin embargo, este proceso propagandístico puede ocurrir en cualquier otra disciplina y despreciar, por ejemplo, la economía por estar en manos de economistas de ciertas ideas, la psicología o la sociología por tener un origen muy cercano a ideas de la izquierda, o las matemáticas, a las que ahora se quiere enseñar con perspectiva de género, lo cual no creo que sea una idea muy inteligente. Debemos optar por tener una mente abierta y crítica, que nos impulse a buscar fuentes diversas, a no tomar lo leído como la verdad absoluta y a pensar que adquirir conocimiento es un proceso que nos va a durar toda la vida.


[1] Es bastante posible que, conociendo algo la vida de George Orwell, esta fuera su intención: atacar a los propagandistas que usan la Historia. Sin embargo, creo que su aplicación se ha vulgarizado.

[2] Quiero hacer aquí una precisión. La Historia es susceptible de ser modificada, porque siempre se están averiguando nuevos hechos, material que hay que encajar en lo que ya se conoce. Además, tiene un elemento especulador. Por ejemplo, antes de que se inventara la imprenta, el número de documentos existentes es muy bajo y las fuentes no son tan precisas como a partir del siglo XV. Si nos remontamos a épocas en los que la arqueología es la principal fuente de información, esta especulación es más abundante, lo que no quiere decir que no dé lugar a un conocimiento firme, pues hay maneras de rellenar los huecos. Cuando me refiero a propagandistas, me estoy refiriendo a personas que, intencionadamente, no por una mala praxis, alteran los hechos, ocultando algunos, magnificando otros, e incluso se inventan cosas que pueden ayudar a su causa. Hay personajes que han ejercido y ejercen en ambos lados, y este es un hecho con el que hay que contar a la hora de creernos o no lo que estamos leyendo y buscar otras fuentes que confirmen o no lo que leemos. Incluso historiadores que se han visto influenciados y sus escritos están contaminados por los sesgos de moda en cada momento, sin que ellos sean demasiado conscientes de la situación.

[3] Los nacionalismos europeos habían despertado con Napoleón, que los explotó en su propio beneficio y, una vez derrotado, siguieron su propio camino.

[4] El nacionalismo alemán provocó el surgimiento de otros nacionalismos por una cuestión puramente defensiva. Los checos, ante la posibilidad de verse excluidos en un Estado alemán germanohablante, decidieron crear su propia Historia oficial y apostaron por el Imperio de los Habsburgo que, a diferencia del alemán, era plurilingüe. Además del alemán, el húngaro y el checo, junto a otras lenguas, coexistían sin problemas. De hecho, cabe decir que los imperios, en general, están caracterizados por tener varias lenguas y sistemas sociales y políticos, siempre que fueran fieles al emperador y al imperio, dentro de ellas. El Imperio oficialmente alemán era más una excepción que una regla general.

[5] Una de las manipulaciones más efectistas del régimen soviético y del estalinismo fue la de hacer desaparecer de las fotos a los rivales del régimen que iban cayendo en desgracia.

[6] En cierto sentido, lo que hacen los indígenas americanos, australianos y de otros lugares que fueron colonizados por europeos es similar a lo que hicieron alemanes e italianos con el Sacro Imperio al reinventar sus propias versiones de la Historia imperial.

[7] El PSOE consideraba que las mujeres, aleccionadas por la Iglesia católica, votarían masivamente a las derechas.

Normas y leyes, tiranía y democracia

La convivencia entre seres humanos se ha sujetado siempre a normas, algo inevitable a la luz de la naturaleza hipersocial de nuestra especie. Los individuos estamos llamados a convivir si queremos sobrevivir, y esa vida en común exige normas sencillas o complejas, en relación con la propia complejidad de la comunidad que convive.

El origen de estas normas de convivencia es evidente que no puede estar en los modernos parlamentos, como pudiera ser nuestro Congreso de los Diputados o los distintos parlamentos autonómicos. Digo que es evidente porque las reglas de convivencia se han necesitado siempre, desde mucho antes que tales instituciones existieran. Hayek y Bruno Leoni explican de forma persuasiva y contundente como dichas normas se crean de forma espontánea con las interacciones sociales, y aparecen según se requieren para ir resolviendo situaciones con frecuencia de aparición creciente. No aparecen normas para situaciones excepcionales, sino para aquellas que son comunes y en las que el coste de redescubrir cada vez la solución sería prohibitivo para la sociedad.

Estas normas de convivencia funcionan aunque no se expliciten formalmente. De hecho, cuenta Bruno Leoni, la misión de los jueces romanos no era aplicar la norma, sino descubrir la norma que era de aplicación en una situación. Para ello, se valían de jurisconsultos, cuya misión consistía en investigar y documentar situaciones similares a la planteada para ver cómo las resolvía típicamente la comunidad.

Evidentemente, la complejidad de la tarea del jurisconsulto (o sus similares en otros momentos y lugares) se reduciría enormemente si alguien se encargara de llevar un registro de estas normas o costumbres. En esto consistía la codificación de las normas, esfuerzos ingentes abordados de vez en cuando por soberanos u otras instituciones, para dar lugar a los códigos. 

Es importante destacar que estos códigos no los escribía ningún soberano de acuerdo a su voluntad; por el contrario, se limitaban a recopilar los usos y costumbres con que se regía la comunidad. Lo que sí se dejaba al soberano eran las labores de justicia y ejecución que dimanaban de dichos códigos. Así por ejemplo, los reyes castellanos que querían serlo en el País Vasco, tenían que jurar los fueros de estos territorios, bajo el mítico árbol de Guernica. Los reyes juraban hacer cumplir dichos fueros, pero no se planteaban alterarlos. Eran las normas que se habían dado esas comunidades, y lo único que les tocaba hacer era asegurar su cumplimiento, no cambiarlas.

El monarca que hubiera tratado de cambiar dichas normas hubiera recibido, sin duda, el calificativo de tirano. Dejo para la opinión de cada uno si existe alguna forma de tiranía más extrema que cambiar unilateralmente las normas de convivencia que una comunidad se ha dado a sí misma.

Y, sin embargo, eso es lo que diariamente hacen todas las cámaras legislativas de los países democráticos. Cada vez que un Parlamento, una House o una Assamblée emite una ley, altera unilateralmente y desde fuera las normas de convivencia que una comunidad se ha dado o se está dando. Puede ser que lo hagan con la mejor intención, o puede ser que estén llevando a cabo algún tipo de ingeniería social, pero los efectos son los mismos: alterar la forma en que convive la gente contra la voluntad espontánea que se expresa con cada acción. Es por eso que en el título distingo normas, las que aparecen espontáneamente como resultado de la convivencia de los individuos, y leyes, las normas que son emitidas por un agente externo, y cuya validez no viene de su utilidad probada para resolver problemas de convivencia, si no de la voluntad de ciertos individuos legitimados de una u otra forma para emitirlas.

La legitimación en los países democráticos procede de los votos recogidos en la “fiesta de la democracia”, las elecciones. Se supone que los legisladores son representantes de sus electores y de alguna forma son capaces de expresar su voluntad. Pero no por ello su acción es menos tiránica, en el sentido de alterar unilateralmente las formas de convivencia que la comunidad se ha dado.

En la actualidad, la labor de los Parlamentos parece incuestionable pese a los evidentes ribetes tiránicos que describo más arriba. Sin embargo, el lector se preguntará, cuando aparecieron estas instituciones, ¿nadie era consciente de que en el fondo se estaba sustituyendo una tiranía, la del rey o monarca no electo, por otra, la de los representantes del pueblo elegidos periódicamente?1

Lo cierto es que, en origen, la función  de los Parlamentos, si no me equivoco, no era emitir normas que regularan las relaciones sociales. No: el objetivo de estas instituciones era exclusivamente el de regular al Gobierno, al que había otorgado el monopolio de la violencia para una mejor convivencia.

En otras palabras, los Parlamentos únicamente podían emitir normas de lo que llamamos en la actualidad derecho administrativo. O sea, en vez de dejarse a una persona legitimada por criterios míticos (como su sangre) la gestión del monopolio de  la violencia, lo que se decidió es que tal monopolio sería gestionado por todos los ciudadanos mediante mecanismos democráticos. Los revolucionarios franceses no hacen la Revolución para cambiar el código civil o el mercantil, lo que querían era evitar que el monarca se valiera de su monopolio de la violencia para imponerles cargas e impuestos, y la solución que encuentran es su sustitución por un órgano de decisión elegido por la sociedad.

El problema es que es muy fácil saltar de emitir normas administrativas a Leyes que regulen la convivencia social, y así convertir una democracia en una tiranía. Y en eso estamos, y nos parece tan normal. Algún día cambiarán por decreto las tablas de multiplicar para hacerlas sostenibles, igualitarias y ecológicas, y nos quedaremos tan panchos. 

(1) No se olvide además que la tiranía del rey no electo tiene una visión de largo plazo, al contrario que la de los representantes de elección periódica, con importantes consecuencias para la eficiencia de las decisiones en cada caso, como demuestra Hans-Hermann Hoppe.

¿Son los dólares de la Fed un pasivo? (II)

En el artículo del mes pasado sobre si los dólares emitidos directamente por la Fed son una deuda o no, argumenté que sí lo son por la causalidad de su origen y valor.  Por poner un símil con otra industria, sería un disparate sostener que el origen o causa de los billetes de avión está en el sistema de emisión de billetes de la IATA, y no en los viajeros y las líneas aéreas. Los touroperadores y la central de reservas (bancos) y la IATA (banco central) son claras consecuencias que surgen de la demanda por parte del mercado de viajar en avión.

En el caso del dólar, su origen causal reside en la monetización de créditos de los agentes económicos y por tanto cualquier dólar emitido, no importa que lo emita un banco comercial o un banco mayorista (la Fed), tiene como causa original una deuda. Y la monetización de una deuda siempre será una deuda.

Para mi este es argumento suficiente para demostrar que tal y como funciona la Fed a día de hoy, los dólares que emite son deuda.  Pero como había prometido en el artículo anterior, quisiera analizarlo desde otros supuestos, aunque no se correspondan con el funcionamiento actual de la Fed, pero que podrían corresponderse en un futuro.  

Antes de analizar estos supuestos, cabría hacer un breve análisis aun dentro del supuesto actual sobre si una refinanciación indefinida implicaría que los instrumentos que se utilizan para dicha refinanciación dejan de ser deuda por el hecho de seguir siendo aceptados por el mercado aunque sea con descuentos cada vez mayores (inflación).

Una monetización más agresiva de deudas, por ejemplo la monetización de créditos de baja calidad o poca liquidez puede resultar en que la moneda emitida tenga menor valor, pero  esto no cambia la naturaleza de una deuda monetizada.  Todo deudor puede empeorar a voluntad la calidad de sus pasivos, y si el impago no tiene mayores consecuencias que una caída de valor de sus pasivos, no implica que sus pasivos dejen de ser pasivos. El riesgo, la pérdida de valor temporal o permanente son consustanciales a la naturaleza de cualquier deuda. 

Una sociedad mercantil al borde de la quiebra podría teóricamente refinanciarse indefinidamente si consigue vender más deuda en el mercado aunque sea con enorme descuento. Que esto suceda o no es una cuestión que decidiría el mercado, y si esa sociedad mercantil es un banco central, hay razones de peso para pensar que al mercado le puede interesar seguir refinanciandolo, eso si penalizando rigurosamente el valor de sus pasivos y siempre que el mercado no perciba que el banco central no se ha vuelto loco o ha perdido totalmente el control de la situación.

En el caso de total descontrol ya sí que pasaría lo mismo que en cualquier sociedad mercantil: Sus pasivos valdrían cero o cerca de cero. Es decir, hiperinflación o incluso repudio monetario total y eso es la desaparición o quiebra del banco central.  No es cierto que los bancos centrales no puedan quebrar.  Evidentemente pueden “resetearse” y comenzar la emisión de una nueva moneda con el mismo nombre o similar, pero decir que por eso no pueden quebrar es como decir que la General Motors no quebró en 2009.

Y la razón de peso para que el mercado refinancie a un banco central, es que mientras el banco central se comporte de manera mínimamente razonable y no se vuelva loco, sus pasivos seguirán siendo útiles y convenientes como moneda. Pero siempre desde su naturaleza de pasivo.  No hay razón ni necesidad alguna para plantearse que su naturaleza cambia por el hecho de perder valor. Ahora bien, ¿no podríamos considerar que un pasivo refinanciado indefinidamente en realidad es un pasivo no exigible?.  Es decir, que en lugar de una deuda sean participaciones que formasen parte de los  recursos propios o equity del Banco Central.

Esto plantea inmediatamente la pregunta de que si consideramos a los tenedores de dólares como accionistas del Banco Central, entonces, ¿qué son los dueños de los títulos que si están verdaderamente calificados como participaciones en el capital social del Banco Central?

Evidentemente, las implicaciones de poseer uno u otro instrumento son muy distintas. Son cualitativamente distintos en lo económico (Menger). Es importante aclarar que las cualificaciones jurídicas son consecuencia de las cualidades económicas. La diferencia económica más relevante es que el banco no se compromete con el accionista a recomprar las acciones a ningún valor, como es lógico. Y fuera de cualquier consideración jurídica, ser accionista en lo económico implica exactamente eso: Santa Rita Rita lo que se da no se quita, y el accionista lo sabe. Si el accionista quiere vender, tiene que buscarse la vida en el mercado secundario o convencer a la junta de accionistas del banco para que le recompre voluntariamente. Pero el banco no tiene ninguna obligación. 

Sin embargo, todo aquél que posee dólares da por sentado que la Fed si se los va a aceptar directamente si es un banco comercial o indirectamente a través de un banco comercial.  Vamos, que ni siquiera se lo plantea por lo obvio de la cuestión pues sería surrealista que un emisor de moneda rechace su propia moneda.  Por tanto los dólares son una obligación para la Fed, igual que lo es un depósito para un banco comercial en el sentido de aceptar sus propios depósitos como pago (no en el sentido de que sean redimibles por dólares de la Fed).  Y que la Fed, como cualquier deudor, pueda deteriorar el valor de sus pasivos es irrelevante para la naturaleza de obligación del dólar, siguen siendo una obligación, pues se obliga a aceptarlos sea cual sea su valor.

Una sociedad mercantil corriente también puede actuar de manera que el valor de sus pasivos se desplome en los mercados secundarios, y luego recomprar su propia deuda mucho más barata. ¿Implicaría esta maniobra que el pasivo deja de ser un pasivo? Pues no, simplemente el poseedor de la deuda considera que vale muy poco e implícitamente se resigna a ofrecerle una quita al deudor.

Por cierto, no vale contraargumentar que si por las leyes de curso legal todo acreedor está obligado a aceptar dólares como pago entonces es un pasivo de todo acreedor, o que serían pasivos para cualquiera que se obligue voluntariamente a aceptar dólares. No, esto no tiene ni pies ni cabeza. Solo es un pasivo tuyo si eres tú el emisor. Si lo miramos contablemente, si yo me veo obligado a aceptar un dólar en mi activo, este no se netea contra mi pasivo porque yo no emito dólares, mientras que para la Fed, sí que se netea.

Actualmente la Fed emite dólares contra activos de deuda con vencimiento, de manera que su compromiso de recompra va implícito en el vencimiento de dichos activos.  Pero podemos plantearnos el supuesto de que compra activos sin vencimiento como ETFs, oro o acciones. No es un supuesto descabellado, pues otros bancos centrales como el de Suiza o Japón lo están haciendo y este mismo año la Fed llegó a comprar ETFs puntualmente durante la crisis del covid.

Por simplificar el análisis de este supuesto, si todo el activo de la Fed fuesen instrumentos sin vencimiento, nadie tendría deudas con la Fed y por tanto la Fed no estaría obligada a aceptar dólares de nadie, pues nadie le debe nada.  En este supuesto extremo, que en absoluto es el actual ni como ha venido funcionando la Fed desde 1971, podríamos plantearnos que si bien los dólares no son participaciones en el capital social de la Fed, pues no confieren derechos de voto, ni derecho a cobrar beneficios, etc sí que podrían considerarse como un pasivo no exigible, un instrumento híbrido del tipo acciones preferentes. 

El problema es que este supuesto implica que la Fed estaría funcionando en el vacío, lo cual no es realista porque el resto de bancos sí que estarían obligados a aceptar los dólares emitidos por la Fed. A no ser que en este supuesto introdujeramos otras modificaciones, el sistema monetario seguiría funcionando como un todo en el sentido de que dólar es fungible lo emita quien lo emita, y si el dólar es una obligación de ese todo, en ese todo está incluida la Fed.

¿Son los dólares de la Fed un pasivo? (I)

Contra la demagogia energética

Desde hace ya algunos meses venimos observando en el conjunto de la UE un incremento constante de los precios de la energía, reflejados en los medios a través del notable incremento del precio de la luz y sus dañinos efectos sobre las economías familiares. Este asunto no ha sido desperdiciado por los diversos partidos políticos que componen el arco parlamentario español, lanzando cada uno sus propuestas -a cada cual más inverosímil-, con las única intención de arrimar el ascua a su sardina. Unos han vuelto con su propuesta de constituir una eléctrica pública, mientras otros reclamaban soberanía energética para España, reforzando su discurso nacionalpopulista con un nuevo toque de idiocia, simplificación y desconocimiento.

Yo no soy ningún experto en la materia, pero a lo largo de los últimos meses he puesto algo de empeño en leer ciertos informes, artículos y documentos informativos escritos por aquellos que sí lo son. Son precisamente las conclusiones o indicios de dichos documentos lo que vengo a reseñar en este artículo.

En primer lugar, hemos de tener presente que el principal problema del aumento del precio de la energía no es por defecto el aumento del precio del consumo energético per se, sino su traslado a los precios de diferentes bienes y servicios- Ello conduce a una especie de espiral inflacionaria (la cual no estamos observando). Aún así, el traslado de precios no está produciéndose de manera lineal, aún siendo la energía un factor productivo de elevada relevancia.

Resulta normal que la ciudadanía demande soluciones rápidas y efectivas al aumento del precio de la energía. El problema real se encuentra en que este no es un asunto exclusivo de España, sino del conjunto de la UE e incluso de gran parte del mundo, ya que los precios de la gasolina, el gasóleo, el gas natural o los derechos de emisiones de CO2 no dependen del mercado español, sino de la producción y comercialización internacional.

Un informe que arroja bastante luz al respecto proviene del servicio de estudios del Banco de España. Según el informe del Banco de España, entre diciembre de 2020 y junio de 2021, el 50% del encarecimiento de la factura de la luz provendría del incremento de los precios del gas natural, mientras otro 20% habría sido directamente causado por el incremento del precio de los derechos de emisión. El precio tanto del gas como de los derechos de emisión de CO2 dependen de los mercados internacionales. En el caso de los segundos, varias directivas europeas establecen su retirada paulatina para fomentar una subasta cada vez más reducida que incentive una aceleración de la transición energética. Esto significa que tener una mayor participación de la energía renovable en el mix energético nacional supondrá cada vez un menor precio de la energía a medio y largo plazo, mientras, por ejemplo, el carbón, al emitir mucho CO2 en la producción de electricidad, será cada vez menos rentable y, por tanto, desplazado del mercado. Este hecho implica a su vez que el gas natural cobre un mayor protagonismo, ya que los picos de demanda, al no poder ser cubiertos en su totalidad con fuentes de energía renovable, requerirán del gas natural para ser cubiertos.

Llegados a este punto muchos argüirán que, aunque sea cierto que el precio de la electricidad haya aumentado a lo largo de los últimos meses, el incremento del precio de la luz ha sido muy superior en proporción. El motivo de este fenómeno se halla en la estructura de costes de los diferentes modos de producir electricidad, muy dispares entre sí. Por un lado, encontramos las energías renovables y la nuclear, cuyos costes variables de producción son minúsculos, mientras tienen que afrontar elevados costes de entrada, asumiendo una importante inversión inicial que ha de ser cubierta con ingresos futuros. Una de las razones por las cuales los costes variables de producción en estos casos son casi nulos se debe a que estas energías no generan CO2 y, por lo tanto, no pagan derechos de emisión. Mientras tanto, los costes variables si se trasladan a los costes reportados -y, por lo tanto, a los precios- en los casos del gas y el carbón, ya que estos producen CO2. Además, suelen ser los que fijan el precio mayorista de la energía en España por el (lógico) funcionamiento del sistema marginalista.

Esto último ha generado números críticas recientes al sistema marginalista. Muchas de ellas carecen de suficiente fundamento o no proponen alternativas. No se ha mencionado lo suficiente que el sistema marginalista es aquel establecido por las directivas de la Unión Europea, debido principalmente a la falta de alternativas a raíz de la elevada proporción de fuentes de producción eléctrica con reducidos o inexistentes costes variables. En algunos casos, determinadas personalidades han puesto de ejemplo a Francia para mostrar la supuesta necesidad de existencia de una empresa pública de energía en España. Es cierto que, en Francia, EDF -una eléctrica pública-, ha logrado mantener los precios de la electricidad más bajos de Europa durante todos estos meses. Lo que a muchos se les olvida comentar es que EDF es propietaria de 56 reactores nucleares, cuya producción supuso cerca del 70% del total en Francia en el año 2019. Es decir, el factor diferencial no es la titularidad de la empresa energética, sino la fuente de la energía.

En este sentido, de cara al futuro, España debe plantearse cómo aumentar el suministro eléctrico a través de fuentes con mínimos costes variables -principalmente, mínima emisión de CO2- para así reducir el precio de la electricidad. Aunque una combinación de energía nuclear y renovables sería una solución quasi-óptima, esta no es una opción factible. La energía nuclear, si bien es cierto que no genera emisiones, si presenta ciertos problemas a la hora de gestionar sus residuos radiactivos. Además, el elevado tiempo que conlleva la construcción y puesta en marcha de una central nuclear no permite que esta sea una solución a corto o medio plazo para reducir el precio de la electricidad. Por lo tanto, gran parte de la solución se hallará probablemente en el progreso tecnológico que hará que las baterías de litio permitan una mayor viabilidad de la energía producida a partir de fuentes renovables.Resulta extremadamente complicado encontrar una solución a corto plazo, por lo menos desde un prisma realista. Mientras tanto, diferentes formaciones políticas siguen lanzando propuestas inviables y ridículas en lugar de proponer soluciones factibles a un asunto que es, en realidad, de trascendencia y solución supranacional.

Pablo Gianella se incorpora como nuevo subdirector ejecutivo del IJM

El Instituto Juan de Mariana (IJM) anuncia la incorporación en este mes de septiembre del politólogo Pablo Gianella como subdirector ejecutivo. Tras casi tres años en el Instituto, Irune Ariño, deja su puesto para iniciar nuevos proyectos.

Irune ha contribuido a la profesionalización del Instituto durante este tiempo y desde el Juan de Mariana le deseamos que tenga suerte en su nueva etapa.

Sobre Pablo Gianella

Pablo Gianella siempre tuvo un espíritu curioso, amante de la libertad, autodidacta y multidisciplinar. Es Máster en Gobierno y Administración Públicas con Grado en Ciencias Políticas, ambas titulaciones por la Universidad Complutense de Madrid; con parada de un año en The University of Manchester.

A nivel laboral es donde más ha demostrado su versatilidad al haber trabajado en diferentes países y sectores. Ha desempeñado labores de consultoría sobre el sector público (como consultor Senior y Junior) en consultoras tanto nacionales como internacionales, en España y en Reino Unido; para proyectos en la Unión Europea y el extranjero. En su estancia en el Sudeste Asiático, principalmente en Myanmar (antigua Birmania), exploró el funcionamiento de la industria turística y potenció sus capacidades a nivel de Ventas (Sales Manager), Marketing (Marketing Executive) y en el trato directo con clientes y proveedores del sector turístico de la propia Myanmar, Tailandia, Vietnam y Camboya. En paralelo daba clases privadas de español a ciudadanos de estos países además de a grupos de expatriados, usando el inglés como proxy. Previamente tenía experiencia como Coordinador de Másters en la Escuela de Negocios OMMA (Madrid) donde además colaboró en la preparación de varios grados y másteres para una posible nueva universidad hermanada con la escuela de negocios.

Fue uno de los impulsores originales de la agrupación Students for Liberty en España, ocupando cargos de coordinación a nivel universitario (en la Complutense), a nivel de Comunidades Autónomas (Madrid, Castilla y León, País Vasco y Navarra) y finalmente a nivel del conjunto nacional.

Pagar con Bitcoin, en efectivo o con tarjeta

Saifedean Ammous, en Patrón Bitcoin, habla de los pagos en efectivo como aquellos que se llevan a cabo entre dos partes, inmediatos y finales, que no requieren un tercero para verificar la transacción a favor de alguna de las partes (Ammous 2018, 169). Bitcoin ha sido el primer sistema de pagos en hacer estos pagos de manera digital, sin que ambas personas estén presentes en ningún momento y sin un tercero para verificar, sino una prueba trabajo que los usuarios realizan a cambio de bitcoins. Consiguiendo que los pagos finales al mundo digital, Bitcoin ha creado el sistema de pagos finales más rápido del mundo (Ammous 2018, 207).

No obstante, aunque el Bitcoin pueda y vaya a mover muchas transacciones al mundo digital, no creo que vayan a ser todas. Estimo el surgimiento de un nuevo tipo de transacciones: pago en efectivo respaldado por Bitcoin. Desconozco si este mecanismo ya está puesto en marcha, pero me atrevería a decir que no tiene sentido que así sea hasta que el Bitcoin esté considerado dinero y este o los satoshis sean unidad de cuenta—es decir, el bien en el que los productores quieren que se les pague por sus bienes—. Algo similar a lo que propongo, se intentó con dispositivos con chips, similares a las tarjetas, para actuar como billetes con denominación en X Bitcoin (Benoliel 2018). Actualmente la empresa no produce esas tarjetas y tampoco sé si las ha llegado a producir. Pero esto, aunque un paso más hacia el aumento de dinerabilidad de Bitcoin, tampoco sería a lo que me refiero con pagar en efectivo respaldado por este.

El efectivo físico tiene ciertas ventajas sobre métodos de pago en efectivo digital, como los realizados típicamente por Bitcoin. En 2017, la Reserva Federal tuvo que enviar un jet lleno de efectivo porque el huracán María había destrozado los cajeros, dejado a muchos sin electricidad y también la imposibilidad de pagar con sus tarjetas de crédito (Levin 2017). Citando a Ryan McMaken (2017): “en un mundo sin efectivo, más nos vale rezar para no quedarnos nunca sin electricidad”. Este es un ejemplo de los problemas del dinero completamente digital. Como dice Dowd (2019):

“El dinero en efectivo es una forma muy eficaz de gestionar pequeñas transacciones. No tiene coste y es fácil de usar. Las transacciones en efectivo son inmediatas y flexibles. El efectivo es anónimo y, tradicionalmente, el anonimato que proporciona el efectivo se consideraba uno de sus mayores beneficios. El efectivo no necesita contraseña y, a diferencia de una cuenta bancaria, no se puede piratear. […] La utilidad del efectivo no depende de la tecnología que pueda fallar: la mayoría de nosotros hemos experimentado situaciones en las que tuvimos que recurrir al efectivo para pagar una factura en un restaurante después de una falla del sistema por parte de nuestro proveedor de tarjeta. Estos son los principales beneficios que se perderían si se aboliera el efectivo.”

El efectivo es muy útil y no tendría por qué desaparecer, aunque su valor se asentase en la redimibilidad con un activo digital como el Bitcoin. Podríamos perfectamente ver un sistema en el que el efectivo circulase junto a los pagos digitales, como es el caso actual, pero en vez de tener un dinero fiat no redimible por nada y respaldado principalmente por la tarjeta de “quedas libre de la cárcel por ahora” que proporciona, podría cambiarse por Bitcoin al intercambiarlo en un exchange. Al ir al cajero, podrías sacar billetes denominados en bitcoins o satoshis, los cuales se restarían de tu cartera y pasarían a la reserva del exchange, la cual los transferiría ante otro cliente que deposite el billete en su banco.

Además de los beneficios anteriormente mencionados, también supondría un respaldo para las posibles víctimas de la hiperbitcoinización: escenario en el cual el Bitcoin se vuelve dinero y algunos individuos que no se hubiesen hecho con él con anterioridad tendrían dificultades de hacerlo por problemas relacionados con el valor de este o accesibilidad tecnológica como el elevado coste de minar, por ejemplo.

Esto también dificultaría a posibles reguladores que forzasen la transparencia de la cartera de sus clientes a exchanges para poder solicitar el pago de impuestos por estos bienes. Los exchanges podrían ser quienes tuviesen gran parte del Bitcoin mientras que el resto circula en forma de efectivo. Esto sería la antítesis de posibles monedas digitales de los bancos centrales (CBDC por sus siglas en inglés).

Una posible crítica sería que los exchanges no aceptarían los billetes de otros exchanges por lo que nadie aceptaría billetes emitidos por exchanges que no fuesen el suyo y esto reduciría la liquidez intratemporal del Bitcoin. No obstante, esta crítica también se le hace a la banca libre por la emisión privada de moneda. Lo que vemos es que los bancos tienen incentivos a pactar entre ellos para aceptarse los billetes y así que cada banco aumente la liquidez de sus activos financieros (White 1999, 14–16). Pongamos que hay cuatro exchanges. Si Ex1 no aceptase el efectivo emitido por Ex2, pero este último se comprometiese con Ex3 y Ex4 a aceptar los suyos, la liquidez intratemporal de los billetes emitidos por estos tres aumentaría en contraposición con la de Ex1, clientes del cual solo podrían intercambiar billetes por bienes a la par con otros clientes de Ex1. Es decir, existirían los incentivos adecuados para esperar que, como ha sido el caso en todos los periodos de banca libre, los bancos—o exchanges en este caso—aceptasen los billetes de otros y se formasen cámaras de compensación interbancaria para saldar pagos entre ellos.

Bajo un patrón Bitcoin el efectivo aún podría jugar un papel relevante y espero que el uso de efectivo digital no suponga el fin del efectivo físico como algunos vaticinan, el cual sigue teniendo ventajas ante el primero.

Referencias

Ammous, Saifedean. 2018. Bitcoin Standard: The Decentralized Alternative to Central Banking. Hoboken, Estados Unidos: Wiley.

Benoliel, Micha. 2018. “These Smart Banknotes Could Bring Crypto To The Masses.” Hackernoon, enero 24, 2018.

Dowd, Kevin. 2019. “The War on Cash Is About Much More than Cash.” Economic Affairs 39: 391–99.

Levin, Jonathan. 2017. “New York Fed President Sent Puerto Rico a Jet Filled with Cash.” Bloomberg, octubre 9, 2017.

McMaken, Ryan. 2017. “In a Cashless World, You’d Better Pray the Power Never Goes Out.” Mises Wire, octubre 10, 2017.

White, Lawrence H. 1999. The Theory of Monetary Institutions. Maiden, Estados Unidos: Blackwell Publishers.