Ir al contenido principal

En defensa de lo irracional

Hace años, leyendo el libro Las trampas del deseo de Daniel Arieli, me molestó mucho cierta tendencia a menospreciar la razón oculta o instintiva que tenemos las personas a la hora de comportarnos.

Por ejemplo, Arieli describe lo irracionales que somos a la hora de escoger la bebida que ordenamos al camarero cuando acudimos al local acompañados de más personas. Al parecer, en vez de escoger lo que racionalmente tendríamos que desear, nos vemos influidos por las decisiones de los demás. Y eso le parecía tan malo que propone escoger las bebidas de forma que nadie sepa qué piden sus acompañantes hasta que estén todas las bebidas ordenadas.

Con los años, esta idea, que de primeras ya me pareció absurda, ha ganado terreno en mi cabeza como una de las raíces de la deriva absurda al que nos está conduciendo el mundo intelectual.

Si una persona decide entrar en un bar con otros seres humanos, no hace falta ser muy inteligente para entender que tiene algún interés social o profesional con ellos, y, por tanto, todo lo que haga durante su estancia irá dirigido en torno a esa relación, no en su mera preferencia en el consumo de bebidas. 

¿Es esto racional? No, es humano. Eso significa que puede ir en interés de la persona actuar así, o no, según las circunstancias, ya que no hay un análisis consciente a la hora de tomar la decisión. Pero encaja perfectamente en cómo se comporta una persona sana, que no tiene tiempo para analizar cada cosa que hace y se fía de lo que conocemos vulgarmente como instinto.

Al liberalismo económico se la ha acusado muchas veces de ver al ser humano como una especie de ordenador aislado que sólo piensa en maximizar sus beneficios. Doctores tiene la iglesia, así que no voy a refutar esa caricatura. Pero sí creo que el mundo intelectual tiende a juzgar demasiadas situaciones desde una perspectiva racionalista, y el liberalismo puede caer en este vicio.

El mes pasado expliqué el caso de José Lomas, un librero de 77 años que disparó tres veces a un asaltante en mitad de la noche. Por desgracia, mis sospechas fueron acertadas, y la ausencia del más mínimo apoyo mediático ha hecho que este señor pase a ser juzgado como un homicida corriente. José mató a alguien que decidió asaltar su domicilio en una secuencia de acciones rápidas e imprevisibles, pero para la justicia es como si hubiera matado al primer tipo que pasó por delante de su puerta a sangre fría.

Pero, dejando a un lado a los medios de comunicación, lo cierto es que nos hemos encontrado con la necesidad por parte de muchas personas, que no carecen de inteligencia, de realizar un análisis racional, humanista y centrado del suceso. Y dado que aplicar la racionalidad a un asalto a una finca apartada en mitad de la noche es una completa estupidez que descalifica a cualquiera que lo intente, seguramente haya que volver a aclarar algunos conceptos básicos para intentar sacarles de su error.

Veamos, tienes 77 años, con la capacidad física y mental asociada a esa edad. Vives a 3 kilómetros del casco urbano de una ciudad mediana. En mitad de la noche, con total oscuridad, sales a ver qué ocurre en tu patio y te encuentras con un extraño 40 años más joven que tú. ¿Qué proceso racional se produce en ese momento en la cabeza de José?

Ninguno. Nadie, y menos una persona sin entrenamiento de ninguna clase y de esa edad, se pone a pensar qué debe o qué no debe hacer. No analizas al agresor más que por características muy generales (¿es humano? ¿es adulto?) y reaccionas de las dos formas que todo mamífero utiliza ante una amenaza: atacar o huir.

Somos humanos, no máquinas. No pensamos igual con el corazón a 80 pulsaciones que a 160. Con luz o a oscuras. Solos o acompañados. En pleno siglo XXI no creo que haya que explicar todo esto, pero al parecer hay personas que se empeñan en juzgar estas situaciones como si fuera el dilema del tranvía. En el mundo real no hay decisiones, sino reacciones.

En muchos países existe la doctrina castillo por una razón muy sencilla: el que inicia la agresión a una morada es el responsable de la reacción que desencadena en su morador. Y es responsable porque esa reacción es altamente impredecible. Y esa incertidumbre no puede ir en contra de la víctima del asalto.

Pero aquí, en España, el mundo intelectual ha decidido que ante este tipo de situaciones los ciudadanos somos responsables de actuar con proporcionalidad y raciocinio. ¿Es eso posible?

No, no lo es. Así que la élite intelectual española le está imponiendo a toda la ciudadanía, y concretamente a la que está más expuesta a la violencia, unos parámetros de actuación imposibles. O, dicho de otra manera, está provocando que cualquiera que repela con violencia un asalto sufra algún tipo de condena judicial.  

La propiedad privada no vale más que una vida, dicen desde su petulante ignorancia. ¿Qué clase de estúpido dilema es ese? Aquí hablamos de acciones y reacciones humanas básicas y perfectamente comprensibles por todo el mundo, menos por aquellos a los que ciertos libros les han atrofiado la mente.

Es la naturaleza humana, y esa irracionalidad que tanto detestan, la que ha mantenido a lo peor de la sociedad lejos de las moradas ajenas cuando sus habitantes estaban dentro. Y la necesidad física de recargar el arma tantas veces como sientas que debes hacerlo mientras que la amenaza exista en tu cabeza, lo que ha mantenido vivo a nuestros antepasados que han tenido la desgracia de ver su vida amenazada.

Es hora de dar al mundo intelectual que se empeña en ignorar el comportamiento humano natural el desprecio que se merece. Es hora de defender abiertamente lo irracional.

Polémicas sobre Rothbard: Historia, epistemología, órdenes espontáneos, dinero, ética y sectarismo

Hay divisiones internas dentro de la Escuela Austriaca. Aquí quisiera resumir una serie de temas donde yo mismo me separo de Rothbard, lo que pienso pueden abrir diálogos con los lectores.

Cabe aclarar que señalar estos puntos no implica desconocer la valía de Rothbard para la historia del pensamiento económico, o en concreto para la Escuela Austriaca. Sus aportes más destacados los he tratado en otros muchos lugares, siendo en casi todos mis trabajos referencia obligada. Aquí el foco estará puesto en mis diferencias con este autor.

Historia del pensamiento económico. Rothbard ha desarrollado dos tomos cuya lectura recomiendo, pero contienen excesos que no se pueden ignorar. El primero es analizar los autores y las escuelas de pensamiento desde la visión que él tenía como austriaco en 1995. Aislar a los autores del contexto en que escribieron sus obras es injusto y una mala manera de proceder en este campo de estudio. El segundo fallo es ignorar la tradición del orden espontáneo en la que participaron los autores escoceses Adam Smith, David Hume y Adam Ferguson. (Aquí argumento el punto).

Epistemología de la economía. Rothbard elabora toda la teoría económica de manera deductiva, coherente, sistemática, pero piensa que podemos prescindir de los elementos empíricos. Fritz Machlup, por el contrario, cree que al construir la teoría económica uno necesita apoyarse también en hipótesis auxiliares y empíricas (antropológicas, sociológicas y jurídicas), además de las condiciones iniciales. Gabriel Zanotti ha elaborado este tema en extenso  (Ver aquí). Este artículo de Zanotti junto a Nicolás Cachanosky resulta central en el debate moderno (Ver aquí). Este debate entre Rothbard y Machlup resulta fundamental pues los rothbardianos han adoptado posiciones radicales basadas precisamente en su metodología.

Rothbard tiene posiciones que considero sumamente polémicas en el área monetaria, lejanas a su maestro Ludwig von Mises, y también a Friedrich Hayek, y otros autores modernos especialistas en el área como Lawrence H. White, George Selgin, Steven Horwitz, Roger W. Garrison, Richard Ebeling, Nicolás Cachanosky, entre otros. Rothbard habla de “inflacionismo”, por ejemplo, cuando se da cualquier política que expande la oferta monetaria, pero Mises ha dejado claro que habrá “inflación” sólo en la medida que la oferta monetaria supere a la demanda de dinero. El debate más extendido dentro de la Escuela Austriaca se ha dado respecto de las reservas fraccionarias, pero Mises ha sido muy claro en el cap. 17, sección 11 de su tratado de economía bajo el subtítulo “Libertad monetaria” que bajo “banca libre” la competencia limitaría la expansión de medios fiduciarios sin necesidad de imponer controles a los bancos en el manejo del encaje. Rothbard, y a partir de él otros autores como Jesús Huerta de Soto han elaborado argumentos jurídicos, económicos, históricos e incluso morales para argumentar en favor de un encaje del 100 %, pero pienso que poco a poco la EA moderna tendió a abandonar esta posición que hoy es más reducida. Para tratar este tema sugiero el libro de George Selgin, Libertad de emisión del dinero bancario.

Rothbard también es conocido por su ética de la libertad o anarcocapitalismo. Si bien valoro que el alumno en el aula se exponga a estas posiciones radicales por el desafío que implica repensar las funciones del estado en la economía (yo mismo me defino a veces como un anarquista hayekiano -ver la falsa dicotomía aquí-), también parecen ignorarse dentro de ciertos círculos austriacos que la EA fue principalmente liberal, al menos en los planteamientos de Mises y Hayek. Algunos rothbardianos abandonan entonces todo el debate sobre controlar o colocar límites al leviatán, mediante constituciones, república, democracia, reglas fiscales y monetarias, federalismo y descentralización, que se ha extendido con el public choice, por ejemplo, y que si bien continúan la tradición de Mises y Hayek, chocan con el pensamiento de Rothbard. Pienso que la EA moderna no puede ignorar el debate más institucional que ofrecían estos otros autores, y que también aportan otros compañeros de camino (Ronald Coase, James Buchanan, Gordon Tullock, Jeffrey Brennan, Douglas North, entre otros).

Un aspecto microeconómico no menor en Rothbard es su posición contraria a la tradición del orden espontáneo. Este aspecto que señalé más arriba al tratar dos tomos de HPE no fue un olvido. Rothbard es crítico de la tradición del orden espontáneo, lo que genera una ruptura central con Hayek y los autores escoceses.

Y cierro con un aspecto que se ha destacado en varios lugares. Rothbard tuvo dificultades para publicar sus aportes en las revistas especializadas en economía. Por eso fundó su propio Journal of Libertarian Studies, el que es sumamente interesante para los jóvenes que quieran acercarse a sus ideas. Pero al hacerlo, y al continuar los austriacos modernos con ese comportamiento sectario, se aisló a la EA. Debemos recordar que la EA se consolidó sobre la base de los debates que Mises mantuvo con los socialistas, y que luego se extendieron también a Hayek, quien mantuvo otros debates con Keynes y Cambridge, además de la discusión sobre la teoría del capital de Knight y Clark. La EA debe recuperar ese protagonismo con debates abiertos frente a autores destacados del mainstream economics. Seguir ofreciendo un trabajo que se publica con carácter exclusivo en revistas propias de la tradición sin dudas es cómodo, pero mantiene a la tradición del pensamiento en la marginalidad. Desde luego hay excepciones, con destacados austriacos que publican en revistas indexadas de prestigio, pero son precisamente quienes se han opuesto a este aspecto del trabajo de Rothbard y su comportamiento sectario.

El lenguaje económico (VII): La falacia de la ‘inversión’ pública

En los últimos años la expresión «gasto público» viene siendo reemplazada por «inversión pública». La razón es evidente: «gasto» es un término peyorativo mientras que «inversión» sugiere la existencia de rentabilidad. Algunos vendedores emplean esta misma argucia lingüística para convencer a sus clientes, por ejemplo, dice el joyero: «Comprar esta pieza única no es un gasto, sino una inversión».

La inversión es un fenómeno exclusivo del sector privado. Los inversores, previo ahorro o crédito, arriesgan su propio dinero y, aunque no son infalibles, solo abordan proyectos potencialmente rentables. El beneficio, en su caso, es la prueba de haber servido cumplidamente las necesidades y deseos del consumidor, mientras que la pérdida indica que los factores de producción fueron mal empleados. Rentabilidad económica, por tanto, es sinónimo de utilidad social.

Por su parte, el político no arriesga su propio dinero, sino que «dispara con pólvora de rey». Elabora su presupuesto con criterios políticos (reelección) y, frecuentemente, procurando el ilegítimo enriquecimiento propio y de terceros (corrupción). En el mejor de los casos, el gasto público ralentiza la acumulación de capital; en el peor, ocasiona consumo de capital, disminución de los salarios reales y, en definitiva, la reducción del nivel de vida de la población. Por ejemplo, en la década de 1960 el gobierno de EE.UU. gastó 153.000 millones de dólares (actuales), equivalente al 3,5% de su PIB, con el objetivo de poner un hombre en la Luna. No es posible llamar «inversión pública» al empobrecimiento de millones de familias norteamericanas que, para mayor gloria nacional, fueron privadas de específicos bienes. Gastar dinero confiscado no es invertir.

Los defensores del gasto público afirman que sin el concurso del Estado determinadas obras o servicios —aquellos no rentables en el ámbito privado— nunca se hubieran realizado. Este argumento, lejos de favorecer su imagen, señala al gobierno como ente especializado en acometer proyectos ruinosos. Por ejemplo, es trivial presumir que España sea líder mundial en líneas ferroviarias de alta velocidad cuando el desproporcionado coste de las obras ha privado a millones de consumidores del consumo de otros bienes más urgentes y necesarios. Otros ejemplos ruinosos de «inversión» pública han sido el aeropuerto de Castellón, una instalación fantasma sin actividad (150 meuros); el deficitario Auditorio de Tenerife (72 meuros) y la ingeniosa central eléctrica de Gorona del Viento, en la isla del Hierro (100 meuros), donde el coste de producción de la energía hidroeólica es cuatro veces mayor que la térmica (diesel). Estos proyectos públicos nunca debieron hacerse porque han empobrecido al público: la inmensa mayoría de españoles. Por otro lado, que los consumidores utilicen las infraestructuras y servicios públicos no es prueba de su utilidad. Sólo la voluntariedad en la adquisición de un bien es prueba genuina de su utilidad. 

La rentabilidad de la «inversión» pública en ciencia es otro mito muy extendido. Algunos se lamentan de la «fuga» de talentosos investigadores españoles porque sus salarios son relativamente bajos. Otra queja es la poca estabilidad laboral ya que la continuidad de los proyectos está supeditada a fondos no garantizados. Los investigadores no son los únicos que desearían cobrar mucho más y tener la tranquilidad de ser funcionario. El argumento principal para reclamar más «inversión» pública en investigación científica es espurio, a saber, la presunta rentabilidad del gasto. Para ello, publican sesudos estudios que demuestran que, por cada euro invertido en ciencia, la sociedad recupera el doble o triple de la cantidad invertida. Esto es falso porque no hay forma de averiguarlo. Solo la inversión privada, mediante el cálculo económico, puede indicarnos si una inversión ha sido o no rentable. Otros «informes» vinculan gasto en ciencia y creación de empleo. Resulta sospechoso que ni un solo estudio de este tipo admita rentabilidades negativas. La causa es evidente: todos esos análisis de rentabilidad son falaces porque carecen de un método válido. La afirmación que toda investigación, per se, produce un retorno positivo a la sociedad es una falacia y presenta las deficiencias propias de cualquier sistema público: a) Incentivos. Son los propios investigadores o sus jefes políticos quienes deciden qué investigar. Ellos tienen intereses particulares que no siempre coinciden con los intereses de los contribuyentes. Además, el prestigio que tiene la ciencia es usado instrumentalmente por las autoridades. Por ejemplo, antes de promulgar una ley es habitual que una legión de científicos (en la nómina de la Administración), cual zapadores, vaya preparando el terreno. Si el gobierno quiere prohibir que se fume dentro de los vehículos privados asistiremos a una avalancha de estudios «científicos» que estiman en miles los muertos al año por esta causa, la mayoría de ellos «niños inocentes». De esta manera, la verdad científica (siempre provisional) es fácilmente pervertida y sustituida por la verdad «oficial» que dicta el gobierno. b) No existe forma racional de saber si una investigación ha sido o no rentable porque no hay cálculo económico; y tampoco es posible afirmar que la ciencia genera empleo porque no es posible aislar, en el experimento, el resto de variables que actúan. Las ciencias empíricas y las ciencias sociales emplean métodos distintos y es un error confundir correlación con causalidad. c) La ciencia no es gratis. Todo euro gastado en investigación ha debido ser previamente confiscado a los ciudadanos, quienes poseen necesidades propias, tal vez, más urgentes que la investigación científica. Los defensores del gasto público olvidan el coste de oportunidad, es decir, lo que hubiera podido hacer un contribuyente con su dinero si no se lo hubieran arrebatado. En el libre mercado son los consumidores quienes determinan, mediante el mecanismo de precios, la producción de la ciencia para atender sus necesidades más perentorias.

Por último, otra falacia asociada al mito de la «inversión pública» es la referida al «impacto económico» del gasto público. Los gobiernos, pero sobre todo las empresas públicas, afirman que su gasto es rentable para la sociedad; utilizan la ilusoria teoría keynesiana para hacernos creer que cada euro confiscado se multiplica de forma milagrosa haciéndonos a todos más ricos. Por lo visto, los políticos y sus acólitos están (por alguna desconocida razón) mejor dotados que los propios empresarios para identificar proyectos viables, algo que Friedrich von Hayek llamó «la fatal arrogancia».

En definitiva, en el sector público no hay tal cosa como «inversión», ni es posible medir la rentabilidad o el «impacto» del dinero gastado. Primero, el dinero público se obtiene mediante la violación de la propiedad privada, por tanto, su origen es inmoral. Segundo, las decisiones de gasto obedecen a intereses políticos y de grupos de interés. Tercero, no hay propiedad privada de los factores de producción y es imposible el cálculo económico. Y cuarto, la responsabilidad pecuniaria queda reemplazada por el riesgo moral: los «inversores públicos» se han blindado legalmente frente a sus errores y desmanes.

Serie El lenguaje económico:

(VI) La sanidad

(V) La biología

(IV) La física

(III) La retórica bélica

(II) Las matemáticas

(I) Dinero, precio y valor

¿Y los trabajadores? (I): El trabajador como empresario

El socialismo moderno nació como consecuencia de la preocupación de sus ideólogos por el destino de los trabajadores. Engels, en su libro El Estado de la Clase Obrera en Inglaterra (1845), sostuvo la idea de que el destino de los trabajadores en el capitalismo es el mismo que el de los esclavos: sus vidas están determinadas por la misericordia de los capitalistas que son los dueños de los medios de producción. Marx agregó dos teorías importantes. La primera se refiere al mecanismo de explotación. Según Marx (1858: 477) hay una explotación invisible en el proceso de trabajo capitalista. El valor de uso del trabajo es mayor que el valor de cambio del trabajo ya que un trabajador produce más durante las horas de trabajo que su salario, que es igual a la cantidad de dinero necesaria para reproducir la fuerza de trabajo de una persona. La diferencia entre los dos es el beneficio, que es la ganancia acumulada por los capitalistas. El concepto de clase trabajadora surge de la interpretación marxista del concepto de explotación. Los obreros tienen una relación antagónica con los capitalistas porque el lucro de los capitalistas es el resultado de la explotación de los trabajadores. La segunda contribución importante de Marx fue la teoría de la alienación, tesis reforzada por Polanyi (1944), que afirmaba que el capitalismo, además, destruye las comunidades y que los mercados son prisiones para los trabajadores.

Estas afirmaciones creaban una clara base moral para las ideas socialistas cuyos ideólogos propagaban su preocupación por las masas explotadas y alienadas. Por todo ello, el marxismo ha llegado a ser una de las teorías más influyentes de la era moderna (Schumpeter 1943). El éxito del marxismo dio forma decisiva a la percepción de los trabajadores como miembros de la clase trabajadora explotada en el mercado.

Como consecuencia de la influencia del pensamiento marxista, los defensores de las políticas a favor del mercado libre quedaban negativamente estigmatizados por ser los ideólogos al servicio de los intereses del capitalista, de la minoría explotadora. El mensaje de que los empresarios y la competencia en un mercado sin trabas servirían mejor a los intereses de los trabajadores es una idea que, a veces, solo tiene efecto a largo plazo; por ello, es una argumentación demasiado complicada de defender y contra la que es fácil argumentar con historias basadas en experiencias cotidianas sobre la inseguridad, precariedad y bajos salarios en el mundo de la economía política popular, en el que los argumentos emocionales tienen mucho peso.

El objetivo de mi trabajo es aportar un nuevo punto de vista a los partidarios del libre mercado para perfilar una nueva perspectiva del trabajador. Por eso el artículo cuestiona la validez de la todavía influyente descripción marxista de los trabajadores como víctimas de los mercados y de la literatura pos-marxista que lamenta la disolución de la clase trabajadora debido al creciente individualismo. Como alternativa, ofrezco una descripción en la que los trabajadores aparecen como emprendedores de por vida que utilizan los mercados para sus propios fines, es decir, para mejorar sus propias oportunidades en la vida.

También propongo una interpretación más amplia del concepto de capital de Carl Menger con el objetivo de desmentir la teoría marxista según la cual los trabajadores no tienen capital en las economías de mercado. Mi proposición es que los trabajadores podrán usar su personal capital humano para mejorar su situación personal.

Emprendimiento en el pensamiento austriaco

La revolución marginal en la teoría económica anuló la teoría del valor de trabajo de Smith y Ricardo en la que Marx basaba su concepto de explotación y clase trabajadora. La teoría marginal identifica la fuente del valor como rareza (Walras 1874), escasez (Jevons 1871), o valoración subjetiva (Menger 1871). Böhm Bawerk (1896) expuso la contradicción en la obra de Marx entre El Capital I y El Capital III, demostrando que el mecanismo de explotación de Marx es una hipótesis insostenible. Böhm-Bawerk también demostró que Marx era consciente de esta contradicción, pero optó por ocultar la verdad. No obstante, el colapso de la teoría de la explotación de Marx había socavado su teoría de clases. Si no hay explotación oculta en el proceso de trabajo, no existe relación antagónica entre obreros y capitalistas, y como consecuencia, el mercado no solo existe para asegurar beneficios para los capitalistas.

El fuerte crecimiento de la clase media también ha cuestionado la concepción marxista de la sociedad en la que solo se contempla la existencia de dos clases, la obrera y la capitalista. De hecho, Marx ya había usado el concepto de clase media en su relato de los eventos de 1848 en París en la que, a pesar de su teoría sobre el papel histórico de la clase obrera, los verdaderos protagonistas eran los pequeños terratenientes y comerciantes y las clases medias urbanas. Asimismo, en El Capital III, escrito dos décadas más tarde, Marx sostuvo que la presencia de la clase media desdibuja la línea de demarcación entre las dos clases principales. Y en este punto Marx abandonó el manuscrito y dejó sin explicar las causas del crecimiento de la clase media frente a lo que había defendido en su teoría. Eduardo Bernstein, uno de los pensadores más importantes de la socialdemocracia alemana, una generación más tarde, expuso abiertamente que la profecía de Marx sobre las clases no llegó a materializarse. La clase media se desarrolló de manera evidente, en lugar de hundirse como había predicho en El Manifiesto Comunista. Según los cálculos de Bernstein (1899), la clase media se multiplicó por tres entre 1850 y 1880 en los países europeos. Además, la proporción de capitalistas también creció frente a lo que Marx había vaticinado. Por último, Bernstein apuntó que parte de la clase obrera se había integrado en la clase media.

La viabilidad del concepto marxista se debilitó aún más por los cambios fundamentales provocados por la llegada de la sociedad de consumo en las últimas décadas del siglo XX. Los sociólogos de tendencia izquierdista han observado un cambio fundamental de actitud hacia el individualismo y la autonomía personal (Lawrence, 2013) que erosiona la cultura y la cohesión de las comunidades de la clase trabajadora (Charlesworth, 1999: 2). Uno de los teóricos clave de la fragmentación, Ulrich Beck, ha argumentado que el proceso de individualización ha desencarnado a los individuos de los roles sociales históricamente prescritos (Beck, 1992a: 128), y que se ha producido un cambio cultural general en la búsqueda de la autodeterminación, la autorrealización y la libertad de elección (Beck, 1998: 39-54). La clase a la que pertenece una persona ya no es un indicador preciso de su perspectiva personal, sus relaciones, su posición familiar o su identidad social y política (Beck, 1992a: 92). Beck afirma que, ante la descomposición de las clases, la seguridad del individuo en la sociedad contemporánea se consigue mediante el cálculo y la anticipación inteligente (Beck, 1992b). De manera similar, Zygmunt Bauman (2000) sostiene que vivimos en una sociedad líquida, tan cambiante que nada mantiene su forma por mucho tiempo. Las fuerzas del mercado junto con el consumismo individualista exigen que las personas cambien sus gustos, hábitos, identidades, afiliaciones e incluso sus ocupaciones, con subculturas y tipos de trabajos que surgen y desaparecen incesantemente. Para Bauman y Beck el individualismo y la incertidumbre son las consecuencias del periodo neoliberal del capitalismo. La nueva preocupación pasó a ser en la izquierda la situación precaria de los trabajadores en la era del neoliberalismo (Standing 2011).

Así, aunque la teoría marxista de la explotación fue refutada, y su profecía sobre el auge de la clase obrera no se materializó, su teoría sigue influyendo en el debate académico y público, unas veces en el viejo tono marxista y otras, como preocupación por la situación precaria de los trabajadores.

Sin embargo, en la realidad, tanto las aspiraciones personales de cada individuo como la inseguridad en la vida han formado parte del hombre a lo largo de su historia. Por eso, Carl Menger (1871) ya había basado su teoría económica en este principio de la aspiración personal en un contexto de incertidumbre que constituye una condición general de existencia para la humanidad.

Menger pensaba que la habilidad empresarial y la inherente capacidad de ampliar conocimientos son los dos rasgos más características del hombre. La palabra alemana Wirtschaftender, que Menger usó en su libro, se refiere al impulso inherente del ser humano por descubrir nuevos conocimientos en un entorno incierto y aplicarlos en el trabajo con el fin de crear una mayor seguridad y procurar más satisfacer mejor las necesidades. Para Menger la capacidad inherente de los humanos para descubrir conexiones causales y, por lo tanto, generar e implementar nuevos conocimientos en el trabajo es lo que asegura la satisfacción de diversas necesidades humanas y, al mismo tiempo, impulsa el progreso de la civilización. Menger consideró que todos los individuos son capaces de ser personas emprendedoras. Actuar implica planificar para un futuro incierto, así como calcular y especular. El individuo emprendedor puede no poseer un conocimiento perfecto, pero es capaz de aprender de sus errores y reflexionar sobre las relaciones causales equivocadas.

Menger explicaba que todos los individuos poseen de manera inherente la capacidad de ser emprendedores, pero que solo unos cuantos llegan a serlo. Lo que distingue al emprendedor es que tiene capital a su disposición para poder lanzar un proceso de producción. La oportunidad de acceder a los créditos del sistema capitalista aumenta la posibilidad de que un grupo más amplio de individuos con mentalidad empresarial se conviertan en emprendedores (Menger, 1871: 172).

Friedrich Wieser, quien fue uno de los miembros clave de la segunda generación de la tradición económica mengeriana, abandonó el concepto mengeriano de gente emprendedora. En el marco wieseriano, el emprendedor es un gran capitalista que representa la superioridad personal, lo que en la era de las grandes empresas le otorga un grado de poder. Él es el señor supremo de los tiempos modernos. Las masas solo son capaces de actuar a través de un líder que pueda unir a las multitudes en una unidad activa (Wieser, 1927: 319-28).

La línea de pensamiento de Wieser influyó mucho en Joseph Schumpeter (Ebner, 2003: 137), a quien se le atribuye el descubrimiento del papel del empresario en la economía como agente de destrucción creativa (Schumpeter 1943). El héroe empresarial de Schumpeter es una persona valiente y heroica con una energía mental extraordinaria, capaz de concebir y llevar a cabo actos de destrucción creativa y promulgar el liderazgo social (Schumpeter, 2002). Para Schumpeter, este emprendedor es Homo Creativus, el Übermensch de Nietzsche (Anderson, 2009: 34).

Gracias a Ludwig van Mises, no se perdió por completo el concepto original mengeriano de persona emprendedora ordinaria, que no es un seguidor ciego de un héroe ni un miembro de una masa sin rostro. Mises (1949) reconstruyó la idea original mengeriana y colocó nuevamente al individuo actuando al frente y en el centro en su teoría económica. Pensaba que el hombre es un emprendedor que actúa para lograr una meta de acuerdo con sus valores y que alcanza un fin con ciertos medios en condiciones de incertidumbre. Mises propuso el uso del término “promotor” para las personas emprendedoras que también tienen acceso al capital. El promotor está preocupado especialmente por el éxito de sus negocios. (Mises, 1949: 229). Con este nuevo concepto, Mises construyó un puente que conectaba a Menger con Wieser y dentro del marco mengeriano creó un espacio para el capitalista exitoso que no es meramente un individuo emprendedor. El promotor es el impulsor del mercado cuya inquietud y afán por obtener el mayor beneficio posible garantiza una innovación y una mejora incesantes. En este sentido, el liderazgo no es menos importante en el mercado que en cualquier otra rama de la actividad humana (Mises, 1949: 255).
Friedrich Hayek hizo una importante contribución al concepto mengeriano del individuo emprendedor poniendo el énfasis en las especificidades del contexto y las condiciones locales como factores significativos en los que se configura la acción. El entorno del individuo es un mundo concreto en el que los actores suelen poseer un conocimiento disperso y, a veces, solo tácito. En este mundo descentralizado hay una división del conocimiento que es tan importante como la división del trabajo (Hayek, 1937).

Israel Kirzner y Ludwig Lachmann, discípulos de Mises y Hayek, hicieron importantes contribuciones al concepto de persona emprendedora. Kirzner introdujo el concepto de estado de alerta que es la capacidad inherente de un ser humano para percibir y su capacidad para transformar esa percepción en información y conocimiento. (Kirzner, 1973: 68). El concepto kirzneriano de alerta no es un proceso de destrucción creativa, a diferencia de Schumpeter, y no causa trastornos en el mercado; más bien crea un equilibrio dinámico que se logra mediante el descubrimiento de oportunidades hasta ese momento desconocidas, y que mejoran la coordinación y el bienestar de todos. El concepto kirzneriano de emprendedor-alerta se acerca al concepto de emprendedor de Mises: son personas capaces de descubrir oportunidades independientemente de la propiedad o del capital (Foss y Klein, 2012: 57).
Ludwig Lachmann avanzó aún más el concepto de subjetivismo mengeriano. Según Lachmann (1978), para comprender la acción humana se debe tener en cuenta la realidad tanto subjetiva como objetiva de los fines y los medios. A medida que se implementa un plan de acción, el actor interpretará el resultado de acuerdo con su interpretación personal de la realidad.

Jesús Huerta de Soto, en su obra Socialismo y el cálculo económico, ha recuperado el significado original mengeriano-misesiano del espíritu empresarial, que coincide con la acción humana de Mises. En este sentido, el autor menciona a modo de ejemplo, que un trabajador puede ser considerado emprendedor cuando está al acecho y toma decisiones como cambiar o no de trabajo. Si elige bien, encontrará un trabajo más atractivo que el que tendría en otras circunstancias. Si elige mal, sus condiciones de trabajo pueden ser menos favorables. En el primer caso, obtendrá beneficios empresariales; en el segundo, sufrirá pérdidas. Así, toda persona cuando actúa está empleando su espíritu empresarial en un contexto de incertidumbre sobre del futuro.

El autor, además hace hincapié en que la imprecisión sobre el futuro abre el espacio a la energía creativa de todo ser humano. La clave del espíritu empresarial es la inherente disposición humana para buscar, descubrir, crear o identificar nuevos medios y fines para alcanzar un objetivo determinado o adquirir beneficios. Huerta de Soto distingue dos tipos de acciones emprendedoras: el arbitraje y la especulación. El arbitraje se produce cuando el emprendimiento se ejerce en el presente y hay que elegir entre dos opciones distintas; la especulación consiste en el ejercicio del emprendimiento en dos puntos diferentes en el tiempo y conlleva a la creación de nuevos conocimientos. Según su resumen, el conocimiento empresarial subjetivo y práctico tiene seis características básicas: 1) Es un conocimiento subjetivo y práctico más que científico. 2) Es un conocimiento exclusivo. 3) Es disperso. 4) Es un conocimiento principalmente tácito. 5) Es un conocimiento creado ex nihilo, de la nada, precisamente a través del ejercicio del espíritu empresarial. Y 6) Es un conocimiento que se puede transmitir, en su mayor parte, de forma tácita (Huerta de Soto 2010: 18-43).

En resumen, para Menger, Mises y Huerta de Soto el espíritu emprendedor de la gente común en el ejercicio de sus actividades económicas es clave para comprender el papel de los individuos en la economía. Aunque Menger usó el término emprendedor solo en el sentido de una persona de negocios que emplea capital, se sobreentiende que la capacidad emprendedora e innovadora es una característica inherente al ser humano. Mises fue un paso más allá al hacer una distinción entre el individuo emprendedor que actúa, y el promotor, que es el líder empresarial que utiliza capital y dirige una empresa con fines de lucro.

Sin embargo, el intento mengeriano-misesiano de conceptualizar a cada actor humano como una persona emprendedora, no ha gozado de popularidad en la literatura económica. El concepto schumpeteriano ha prevalecido.

La literatura académica sobre emprededores solo contempla a los empresarios que tienen algunas características psicológicas en concreto y aptitudes especiales como la facultad para emitir juicios, la valentía para aceptar riesgos o la innovación y la capacidad para que las cosas sean hechas. Por otra parte, hay otra literatura que analiza el mundo de los empleados a los que caracteriza como miembros de una masa pasiva sujetos al poder de los mercados.

En este artículo, se tratará de recuperar el marco original del pensamiento mengeriano-misesiano para dar un nuevo sentido al concepto de empleado ordinario como actor emprendedor. El artículo dota de un nuevo contenido al término empleado para poder reconocer en él a una persona emprendedora que utiliza el mercado en su propio beneficio, en lugar de ser un tomador pasivo de las condiciones del mercado. Utilizo el término “emprendedor de por vida” para referirme a este nuevo concepto.

Bibliografia
Andersen, E. S. (2009) Schumpeter’s Evolutionary Economics. London and New York: Anthem Press
Bauman, Z. (2000) Liquid Modernity. Cambridge: Polity Press.
Beck, U. (1992a) Risk Society: Toward a New Modernity. London: Sage.
Beck, U. (1992b) How Modern is Modern Society? Theory, Culture, and Society, 9: 163-169.
Beck, U. (1998). Democracy Without Enemies. Cambridge: Polity Press.
Becker, G. (1964) Human Capital: A Theoretical and Empirical Analysis, with Special Reference to Education, University of Chicago Press
Bernstein, E. (1899) Preconditions of Socialism. Cambridge: Cambridge University Press.
Böhm-Bawerk, E. (1896) Karl Marx and the Close of His System. 1949th ed. New York: Augustus M. Kelley.
Charlesworth, S. (1999) A phenomenology of working-class experience. Cambridge: Cambridge University Press.
Ebner, A. (2003) “The Institutional Analysis of Entrepreneurship: Historic Aspects of Schumpeter’s Development Theory”. In J. r. Backhaus (Ed.), Joseph Alois Schumpeter, Entrepreneurship, Style and Vision. New York and Boston: Kluwer. 117-140
Engels, F. (1945) The Condition of the Working-Class in England. From Personal Observation and Authentic Sources, 2010th ed. Marx and Engels Collected Works. Vol. 4. Lawrence & Wishart Electric Book. 295-583.
Foss, N. and Klein, P. (2012) Organizing Entrepreneurial Judgment. Cambridge: Cambridge University Press.
Gergen, Ch. and Vanourek, G. (2008) Life entrepreneurs: ordinary people creating extraordinary lives San Francisco: Jossey-Bass.
Hayek, F. (1937). Economics and Knowledge. Economica, 4 (February): 33-54
Hayek, F. (1945). The Use of Knowledge in Society. American Economic Review, XXXV (4): 519-530.
Jevons. W. S. (1871) Theory of Political Economy, London: MacMillan.
Lawrence, J. (2013) Blue Labour, One Nation Labour, and the lessons of history. Renewal, a journal of social democracy, 21(2): 6-13
Kirzner, I. (1973) Competition and Entrepreneurship. Chicago: University of Chicago Press.
Lachman, L.1978 Expectations and the Meaning of Institutions (pp. 213-223). London New York: Routledge
Marx. K. (1851) T h e Class Struggles in France, 1848 to 1850 2010th edn. Marx and Engels Collected Works. Vol. 4. Lawrence & Wishart Electric Book 45-203
Marx, K. (1858) Grundrisse. 1993th edn. London: Penguin Books
Menger, C. (1871 (1976) Principles of Economics. New York: New York University Press.
Mises, L. (1949). Human Action: A Treatise on Economics. New Heaven: Yale University Press.
Polanyi, K. (1944) The Great Transformation. 2010th edn. Boston: Beacon Press.
Polányi, M. (1958) Personal Knowledge: Towards a Post-Critical Philosophy. Chicago: University of Chicago Press.

Huerta de Soto, J. (2010) Socialism, Economic Calculation and Entrepreneurship. Edward Elgar.
Schultz, Th. W. (1961) “Investment in Human Capital,” American Economic Review 51: 1-17.
Schumpeter, J. (1943) Capitalism, Socialism and Democracy. 1976th edn. London and New York: Routledge.
Schumpeter, J. (2002). “New Translations from Theorie der wirtschaftlichen Entwicklung”. American Journal of Economics and Sociology, 61: 405–437.
Smith, A. (1776/1993) An Inquiry Into The Nature And Causes Of The Wealth Of Nations. Lanham: Rowman & Littlefield.
Standing, G (2011) The Precariat: The New Dangerous Class. London: Bloomsbury Academic.
Walras, L. (1874 (1954) Elements of Pure Economics, or the Theory of Social Wealth. London: Allen & Unwin.
Wieser, Friedrich. (1927). Social Economics. New York: Adelphi Company

Desmontando el Artículo 31.1 de la Constitución Española

El pasado 3 de junio del presente año, durante el XIV Congreso de Economía Austriaca organizado por el Instituto Juan de Mariana en las dependencias de la sede de Madrid de la Universidad Francisco Marroquín, he tenido la fortuna de defender una ponencia que llevaba por título el mismo que el presente artículo, que es una versión reducida de aquélla.

En primera instancia transcribamos el artículo objeto de estudio,

Artículo 31.1. Todos contribuirán al sostenimiento de los gastos públicos de acuerdo con su capacidad económica mediante un sistema tributario justo inspirado en los principios de igualdad y progresividad que, en ningún caso, tendrá alcance confiscatorio

Y una vez transcrito, pasemos someramente a su análisis por medio de su división,

“Todos contribuirán al sostenimiento…”

¿‘Todos’, de verdad? Siguiendo a Murray N. Rothbard podemos señalar que en la sociedad nos encontramos con dos grupos de personas, las que se resultan perjudicadas por los impuestos, frente a otras que resultan beneficiadas; y dentro de estos últimos nos podemos encontrar a los que Rothbard califica como ‘beneficiarios absolutos’, (como los políticos y los funcionarios), frente a los ‘beneficiarios parciales’, (donde se encontrarían los subvencionados). De lo señalado por Rothbard parece discutible que se pueda señalar que ‘todos’ contribuyen al sostenimiento de los gastos públicos, más bien parecería que hay contribuyentes frente a consumidores de impuestos.

“…de los gastos públicos…”

Para que se puedan acometer gastos, previamente deben producirse ingresos, y una de las forma que tiene la administración para obtener fondos, es por vía impositiva. Una vez que disponga de fondos, la administración podrá destinarlos a realizar sus ‘funciones’. Funciones que por otra parte, podrían ser objeto de un largo y acalorado debate, nosotros por nuestra parte nos limitaremos a manifestar nuestra opinión trayendo a colación las siguientes palabras de David Friedman, “no existen funciones inherentes al gobierno… …Todo lo que el gobierno hace puede clasificarse en dos categorías: aquello de lo que podemos prescindir hoy y aquello de lo que esperamos poder prescindir mañana”.

Dejando a un lado la cuestión de las posibles funciones del gobierno, y volviendo a la cuestión de los gastos públicos, cabe señalar siguiendo al autor de La riqueza de las naciones (1776), Adam Smith, que, “…donde existe como mínimo la sospecha generalizada de que hay muchos gastos innecesarios y un pésimo empleo de los ingresos públicos, las leyes que los guardan son poco respetadas”.

Gastos públicos que, como bien sabemos, no dejan de crecer como consecuencia del aumento del denominado estado del bienestar y del poder del Estado.

“…de acuerdo con su capacidad económica…”

Determinar la capacidad económica de los contribuyentes no deja de ser una medida totalmente arbitraria y de difícil determinación, volvemos a traer a colación a Adam Smith, aunque en este caso para disentir, respetuosamente con él, respecto a su concepción de ‘capacidad’, dado que el famoso escocés sostenía que, “los súbditos de cualquier estado deben contribuir al sostenimiento del gobierno en la medida de lo posible en proporción a sus respectivas capacidades; es decir, en proporción al ingreso del que respectivamente disfrutan bajo la protección del Estado”. Queremos recalcar que la capacidad económica no tiene por qué coincidir con la proporción de los ingresos, una persona ‘A’ puede ganar X u.m., y otra persona ‘B’ puede ganar el doble de u.m., pero puede tener determinadas cargas familiares que le imposibilitaran contribuir siquiera en la misma forma que ‘A’.

Buscar una equivalencia en los sacrificios a los que cada contribuyente debiere someterse no deja de ser, a nuestro parecer, una quimera de irresoluble solución.

“…mediante un sistema tributario justo…”

 Antes de pasar a ver si cabe la posibilidad de que un sistema tributario sea justo, debemos señalar qué entendemos por justicia, y nada mejor que recurrir al gran jurisconsulto romano Ulpiano que definía la justicia como “la perpetua y constante voluntad de dar a cada uno lo que le corresponde”.

El problema es que una vez que nace el Estado, es imposible seguir el precepto de justicia de Ulpiano dado que, como señala el profesor César Martínez Meseguer, “el Estado se atribuye el derecho supremo a dar a cada uno lo que el mismo califica arbitrariamente como justo”.

Si trasladamos nuestra casuística a la operativa del mercado, vemos que la única forma de que algo pueda considerarse como ‘justo’, será mediante el establecimiento de precios de mercado, que serán aquellos que se determinen por la interacción voluntaria de los participantes en el intercambio, que en caso de establecerse, dicho precio satisfará las necesidades de ambas partes, considerando las dos que salen beneficiadas con el intercambio, puesto que si fuere de otra forma, el intercambio no tendría lugar.

El problema que sucede con la fiscalidad es que como subraya Rothbard, es injusta desde su inicio, y, por tanto, ninguna asignación posible de sus cargas podrá llegarse a considerar como justa.

“…inspirado en los principios de igualdad y progresividad…”

Respecto al principio de igualdad, en primera instancia, se habría que verificar si el tratamiento a imponer sería justo, dado que, si no lo fuere, que se implantare a todos los ciudadanos no constituirá ideal de justicia alguno.

Si se quisiera tratar a todos por igual entiendo que el único método correcto sería el establecimiento de un impuesto único de encabezamiento, que consiste en imponer a todos el pago de una misma cuota (como a los miembros de un club) de igual forma, que con independencia del dinero que tengamos cada uno, una barra de pan si la compramos en el mismo sitio nos costará el mismo dinero que a cualquier otro; entiendo que la igualdad se conseguiría de esa forma, en caso contrario, a lo más que se puede aspirar es a “tratar igual a los iguales y desigual a los desiguales”.

Y, en cuanto al principio de progresividad en la fiscalidad, que podemos entenderlo como aquella medida que consiste en imponer un tramo superior a aquellas personas que ganen más, quisiera recalcar que hay que considerarlo como un castigo progresivo a la eficiencia, que actúa como una multa al mérito en el mercado.

En conclusión, en función de lo expuesto, no estamos muy seguros que la igualdad, o la progresividad, debieren ser principios que pudiéremos considerar como ‘justos’ a la hora de hablar fiscalidad impositiva.

“…que, en ningún caso, tendrá alcance confiscatorio”.

Según el Diccionario de la Real Academia Española de la lengua, el acto de confiscar consiste en una “pena o sanción consistente en la apropiación por el Estado de la totalidad del patrimonio de un sujeto”. 

Desconozco si el legislador español al señalar que la fiscalidad no tiene alcance confiscatorio querría señalar que mientras no nos arrebaten el cien por cien (100%) del patrimonio, no puede considerarse como acto confiscatorio. Por su parte, la Enciclopedia Británica tiene la deferencia de no especificar la cantidad que tienen que sustraerte contra tu voluntad para considerarlo un acto confiscatorio, ya que la define como, “act of appropriating private property for state or sovereign use” (acto de apropiación de propiedad privada para uso estatal o soberano).

Y es que la tributación se ha llegado a convertir en todo un ‘arte’, que no es reciente, sino que viene de lejos, Jean Baptiste Colbert, estadista francés del siglo XVII, decía que el arte de la tributación consistía en “desplumar al ganso para obtener la mayor cantidad de plumas con el menor número posible de graznidos”.

En conclusión, 

Hemos intentado demostrar que no ‘todos’ los ciudadanos contribuyen al sostenimiento de los gastos públicos.

Respecto al ‘sostenimiento de los gastos públicos’, en primera instancia habrá que determinar lo que hay que ‘sostener’, y una vez determinado qué funciones tienen que ser desempeñadas por el Estado, (muchas, pocas o ninguna), habría que asignar la partida correspondiente, única y exclusivamente para el desarrollo de dichas funciones atribuidas.

En cuanto a la cuestión de la ‘capacidad económica’, nos encontramos ante la tesitura de que no hay forma de establecer dicho principio, o nos encontraríamos ante la casuística de que habría que pagar en función del dinero que cada uno tuviere. Con lo que no habría razón para esforzarse y trabajar duro para ganar más dinero.

Hemos señalado que establecer ‘un sistema tributario justo’ es una quimera, dado que una vez que el estado se atribuyó la prerrogativa de quitar a cada uno lo que considera oportuno para dárselos a otros de forma arbitraria, hablar de justicia es algo cuanto menos contradictorio.

En relación con el ‘principio de igualdad’, antes de buscar la igualdad de tratamiento, habrá que dirimir si lo que se pretende que rija de manera uniforme puede ser considerado como justo, que expuesto lo que antecede, parece ser de difícil cumplimiento.

El asunto de la progresividad en materia tributaria ya hemos dicho que es un ‘castigo progresivo a la eficiencia’, que reduce el incentivo para trabajar y ganar dinero.

Y respecto a la cuestión de la ‘confiscatoriedad’ lo realmente importante como señaló Murray Rothbard, sería determinar la cantidad total que una persona contra su voluntad se ve obligada a entregar al Estado, que no deja de ser otra cosa que una institución destructiva para la creación de riquezas, salvo para quienes ostentan el poder, claro está.

Referencias

Friedman, David (2012) [1973]. La maquinaria de la libertad. Editorial Innisfree.

Martínez Meseguer, César (2015) [2006]. La teoría evolutiva de las instituciones. Madrid: Unión Editorial.

Rothbard, Murray N. (2015) [1970]. Poder y Mercado. Madrid: Unión Editorial.

⎯⎯. “El Impuesto al Consumo: una crítica” en Review of Austrian Economics. Volumen 7, Nº 2, pp. 75-90.

Smith, Adam. (2011) [1776]. La riqueza de las naciones. Madrid: Alianza Editorial.

La teoría del valor-trabajo de Marx

Mi escrito de hoy está estrechamente vinculado a la XVI edición de la Universidad de Verano del IJM, en ella se trataron una retahíla de temas a cada cual más interesante. Los conferenciantes aportaron cuestiones sugerentes que sin duda no pasaron desapercibidas para la mayoría de los allí presentes. En mi caso, llevaba tiempo tanteando la posibilidad de escribir sobre Marx, especialmente sobre su teoría del valor. El casus belli fue la intervención de Francisco Capella. En un momento determinado dijo algo como “yo no he leído el Capital de Marx”, por ende, en este artículo se plantea la incipiente necesidad de conocer “al otro” habida cuenta de la importancia que ha tenido y que tiene la figura del pensador de Tréveris en países como China.

Sea como fuere, la cuestión de fondo es precisamente conocer los planteamientos marxianos que son conditio sine qua non para entender a sus émulos. Del pensador alemán se han escrito ríos de tinta tanto a favor como en contra, Lionel Robbins dijo lo siguiente sobre él, “Marx, I ought to say, whether you agree with him or disagree with him, was probably the best historian of economic thought of his time, although I personally think—and this is a value judgement—that Marx was frightfully unfair to some of the people he criticised” (Robbins 1998, 235). Robbins no es nada sospechoso de ser un recalcitrante bolchevique, todo lo contrario, aún así, de sus palabras se desprende un halo de admiración y espíritu crítico.

Para empezar a lidiar con autores que piensan diametralmente lo contrario que pensamos nosotros, es importante no subestimarlos. ¿Quién puede dudar de la erudición de Lenin, del carácter visionario de Keynes o del talento literario de Sartre? O del excelso conocimiento de Chomsky especialmente en cuanto a lingüística se refiere. Para extrapolarlo un poco con el presente y con el ascenso (y declive) de Podemos, el politólogo conservador Rubén Herrero de Castro dijo lo siguiente en una tertulia de 13TV, “os puedo decir que la formación Podemos […], son gente extremadamente bien preparada, que tienen un proyecto político y que saben lo que quieren y dónde van”. Ergo, es urgente dejar de caricaturizar “al otro” y articular un consenso de mínimos para dar la batalla cultural.

La atracción de la intelligentsia con el marxismo y sus diversas variantes colectivistas ha sido constante en las facultades de letras desde hace décadas. Aron a mitad de los años 50s, comentó que se trataba del “opio de los intelectuales” [1], y desgranó algunos de los mitos que aún a día de hoy restan presentes en la cosmovisión del marco teórico marxiano. En cualquier caso, si no se conoce la obra y legado de Marx, difícilmente podrá realizarse un análisis detallado de la escuela de pensadores que ha legado hasta la actualidad.

A mi juicio, para atacar al marxismo no hay que recurrir a la figura del fundador ni usar falacias ad hominem. Es aconsejable buscar el vídeo donde Escohotado habla sobre Marx. Por mucha razón que tenga sobre las cuestiones relativas a la plusvalía, se desprende un odio mesiánico contra su figura. Esto sería el equivalente de atacar a Locke por haber sido accionista de la Royal African Company, secretario del Council of Trade and Plantations (1673-74), por sus escritos sobre los indios americanos, y por cosas como las que postula Losurdo, “Locke è l’ultimo grande filosofo a cercare di giustificare la schiavitù assoluta e perpetua” (Losurdo 2005, 45), etc.

Siguiendo con el tema que nos atañe, veo con reticencias un espectro del liberalismo que me genera bastantes suspicacias: el desdén que hay sobre cuestiones culturales/históricas. El caso de Marx es paradigmático, ¿para qué leer a un autor en cuyo nombre han fracasado todos los regímenes políticos-económicos que se han implementado?, es más rápido y pragmático leer a Mises y su libro Socialismo. ¿Para qué preocuparse por cuestiones como la experiencia socialista de la URSS?, al fin y al cabo, cayó hace treinta años. Estos son algunos ejemplos, pero hay muchos otros. ¿Hay alguien que dentro del liberalismo español se dedique a analizar obras de arte con dicha perspectiva? Nuccio Ordine en su famoso manifiesto dice lo siguiente, “Sólo el saber puede desafiar una vez más las leyes del mercado” (Ordine 2013, 16). El liberal sumergido en cuestiones económicas (y utilitarias) no tiene tiempo para tales nimiedades, pero son precisamente estas las que provocan un antagonismo cada vez mayor entre el capitalismo y el mainstream intelectual y popular.

Así pues, la cuestión del marxismo y sus presuntas erratas económicas se nos abren como su talón de Aquiles. Sin duda, estos yerros se encuentran en su magnus opus, El Capital, Volumen I (1867), concretamente en su teoría del valor-trabajo. Grosso modo lo que postula el autor es que el valor de una mercancía está determinado por la cantidad de trabajo socialmente necesario[2] para producirla. Se deduce de aquí lo siguiente: de los factores de producción, Marx pone en el centro el trabajo humano. Ergo, el trabajador es el que crea el valor y el capitalista el que se lo queda mediante la plusvalía, todo esto lo vincula con su teoría de la explotación. Luego las mercancías se intercambian por equivalentes de valor, es decir, dos unidades que tengan intrínsecamente un tiempo de trabajo similar, podrán ser intercambiadas por el mismo valor de cambio (precio).

El enfoque de la teoría valor-trabajo es una apropiación de lo esencial del enfoque ricardiano en cuanto al trabajo incorporado, a pesar de que Marx refina el argumento. El de Tréveris introdujo, además, otra restricción a su análisis del valor: la producción para el cambio. Se trataba de un prerrequisito del propio valor, de acuerdo con Barber, “Las formas precapitalistas podían producir bienes, pero según las definiciones marxistas no podían producir ni mercancías ni valor” (Barber 1971, 139). Estos condicionantes mencionados, si eran añadidos, afectaban a los valores de cambio, los cuales, estaban determinados por el trabajo incorporado y socialmente necesario para la producción de los bienes.

A parte del historicismo que desprende la teoría de Marx, su concepción de la Historia es que cualquier estructura social requiere una forma de producción y distribución específica, según él, el valor en la forma de producción capitalista se expresa mediante la dimensión monetaria. En las economías capitalistas, las cosas no se intercambian en los mercados en términos de valor, sino que son producidas como valor en sí mismas.

El Capital es un texto clave para la crítica materialista. Se producen mercancías para vender (cosa característica del capitalismo), entonces, para el productor, el factor trabajo es secundario, sin embargo, el trabajo importa hasta el punto en que produce valor, lo que llama abstract labor y a lo que añade que es una pérdida de tiempo. Posteriormente, Marx desarrolla formas más complejas sobre el valor con el profit form, en el cual, las cosas no son producidas como utilidades, sino específicamente de acuerdo con la cantidad y el éxito del capital (beneficio y la tasa de ganancia).

El economista neerlandés Geert Reuten[3] postula que Marx tiene interpretaciones contrapuestas ya que, si leemos El Capital, nos damos cuenta de que, para el de Tréveris, el valor no solo está determinado por el tiempo de trabajo. Esto es debido a que la cambiante productividad e intensidad del factor trabajo en el Volumen I, problematiza esta noción. Una idea interesante es la de que con la teoría valor trabajo se rompe con la conjetura de la economía política clásica a pesar de que Marx mantiene vestigios de la misma, como la teoría del valor de Ricardo[4].

Uno de los que no podía faltar para tratar este tema es Rothbard, el cual reconoce que la teoría de la explotación y del valor trabajo sí que se aplican en una circunstancia, y que, ni Marx ni sus críticos habían reparado en ello: en la relación entre el esclavo y su amo bajo la esclavitud. Desde que los propietarios tenían esclavos, estos sólo recibían un salario de subsistencia, para vivir y reproducirse, y los beneficios de la producción marginal del esclavo recaían completamente en manos del dueño. Los planteamientos de Marx son expuestos como “One logical path for a radical Ricardian, clearly, was to call for the expropriation of surplus value, and the establishment of a system in which the labourers earn the full value of their product” (Rothbard, 2006, pág. 393).

El austríaco muestra que, en el Capital, Marx tenía que disponer de otros elementos subjetivos reclamantes para determinar el valor. Debía demostrar que el valor era algo objetivamente materializado en el producto. Intentó hacerlo en el I Volumen. Rothbard argumenta que Marx comete un error crucial en el principio de su sistema. El de Tréveris ponía el ejemplo de la mercancía con el maíz y el hierro[5] (M. Rothbard 2006, 409).

De ahí el comentario de que el error está en su fundamento, que dos mercancías sean intercambiables por ellas mismas en una cierta proporción, no significa que por lo tanto tengan el mismo valor y puedan ser representadas por una ecuación. La tradición de Rothbard tiene mucho que ver con los escolásticos salamantinos y por ello, al referirse a esta cuestión de Marx, dice explícitamente que dos cosas son intercambiables entre ellas solo porque son desiguales en el valor que otorgan los participantes en este intercambio, si valieran lo mismo, ¿por qué se hubieran molestado en cambiar los bienes?

Resumiendo, la obra más importante de Marx está minada de errores económicos, pero más allá de eso tiene un valor (¿subjetivo u objetivo?) en tanto en cuanto constituye una crítica de su sociedad y del modelo productivo del s.XIX. En general, los distintos manuales de pensamiento económico que se han consultado muestran una total consonancia en el hecho de que la teoría del valor-trabajo es fruto de los planteamientos de los economistas clásicos, especialmente de Ricardo. También que Marx consideró que el valor era algo objetivo y que sólo era producido por el trabajo humano, en la dificultad de reconciliar la tasa de beneficio con la concepción del plusvalor, etc. El lector atento podrá notar la falta de uno de sus críticos contemporáneos, como por ejemplo, Eugen Böhm von Bawerk y su libro La conclusión del sistema marxiano (1896). Dado que se trata de una crítica coetánea, creo que bien merecería un capítulo para ella sola.

En mi modesta opinión, toda teoría económica tiene sus debilidades, y el investigador, ya sea por motivos ideológicos o escrupulosamente relativos a la búsqueda de resultados académicos, debe exponerlos. La conceptualización marxiana de la economía es a mi juicio, un gigante con pies de barro, puesto que, si se desarticulan algunas de las premisas principales, el cuerpo entero se desmorona. Por ejemplo: si se cuestiona el denominador común que atribuye Marx a las mercancías que participan en un intercambio, es decir, el trabajo socialmente necesario, concepto vago y endógeno a la demanda, dado que no hay ninguna unidad homogénea de trabajo abstracto, se ven sus vacíos. Otro argumento sería que no sólo el trabajo humano es fuente de valor (¿no lo generarían los animales o las máquinas?). También que el valor de cambio de una mercancía depende del valor subjetivo que los individuos atribuyen a un bien mientras interactúan en el mercado.

Sin duda, más allá de lo que puedan decir los expertos, siempre es aconsejable redirigirse al propio autor y a su obra, siendo conscientes de las limitaciones lingüísticas y de los matices que pueden difuminarse a causa de las traducciones. A mi juicio, la contribución de Marx a la economía, debería estar más presente en las facultades puesto que, la aplicación práctica de esta constituyó el modelo económico imperante en buena parte del globo a lo largo del s.XX (y, en la actualidad, aún quedan residuos del mismo). En consecuencia, a pesar de no estar en boga, es necesario poner en el foco a las economías planificadas (especialmente para mostrar lo que no hay que hacer) y, en este caso, a uno de los máximos estandartes de la crítica al capitalismo.    

Bibliografía

Aron, Raymond. L’Opium des intellectuels. París: Calmann-Lévy, 2014.

Barber, William. Historia del pensamiento económico. Madrid: Alianza Editorial, 1971.

Losurdo, Domenico. Controstoria del liberalismo. Urbino: Laterza, 2005.

Marx, Karl. El Capital. Madrid: Akal, 2000.

—. El Capital. Libro Primero . Madrid: Siglo XXI, 2010.

Ordine, Nuccio. La Utilidad de lo inútil. Barcelona: Acantilado, 2013.

Reuten, Geert. «Value-form theory.» En A Companion to the History of Economic Thought, de Warren Samuels, Jeff Biddle y John Davis, 148-155. United Kingdom: Blackwel, 2003.

Robbins, Lionel. A History of Economic Thought. New Jersey: Princeton University Press, 1998.

Rothbard, Murrat. Classical Economics: an Austrian perspective on the History of Economic Thought (Vol. II). Alabama: Edward Elgar Publishing, 2006.

Rothbard, Murray N. Classical Economics: an Austrian perspective on the History of Economic Thought. Vol. II. Alabama: Edward Elgar Publishing, 2006.


[1] Dejó muchas joyas en su célebre ensayo, como por ejemplo la siguiente, “Ceux-ci jugent volontiers leur pays et ses institutions en confrontant les réalités actuelles à des idées plutôt qu’à d’autres réalités, la France d’aujourd’hui à l’idée qu’ils se font de la France plutôt qu’à la France d’hier. Nulle œuvre humaine ne supporte sans dommage une telle épreuve” (Aron 2014, 193). Ese análisis mantiene una vigencia rampante y es completamente extrapolable a la situación que vivimos actualmente.

[2] El énfasis en la cantidad de trabajo socialmente necesario es crucial para entender lo que escribió Marx. Hay un vídeo recortado del profesor Martin Krause titulado “Cómo responder a un comunista sobre el valor del trabajo”. El economista argentino aduce un ejemplo erróneo, postulando lo siguiente; si yo me dedico a hacer un coche, quizás en dos años tendré en la puerta de mi casa algo que se le parece. Cuando intento vendérselo al vecino, éste responde que para él no vale nada, a lo que respondo que le dediqué muchas horas de trabajo. En resumen, el investigador argentino intentaba demostrar la subjetividad del valor (la cual no estoy negando), pero el ejemplo es completamente erróneo. Cito literalmente al autor de Tréveris, “Sabemos que el valor de toda mercancía se determina por la cantidad de trabajo materializado en su valor de uso, por el tiempo de trabajo socialmente necesario para su producción” (Marx 2010, 226). Se menciona hasta cinco veces el mismo concepto.

[3] Reuten nada sospechoso de ser un greedy capitalist, puesto que estaba vinculado al partido socialista de su país, señala lo siguiente, “I think that the labor-time theory of value interpretation cannot be maintained because too many texts are inconsistent with it. The same applies, however, to a comprehensive monetary value-form interpretation. There are two lines of reasoning within Capital” (Reuten, 2003, pág. 154). Aun así, se reconoce el cambio de paradigma que supone su interpretación y que, deben ser los herederos intelectuales quienes completen estas aportaciones.

[4] Esto mismo es reconocido por el propio Marx en epílogo de la II edición alemana del libro. El profesor de economía política N. Ziber de la Universidad de Kiev, en una obra titulada “Teoría tsénnosti i Kapitala D. Ricardo” (Teoría del valor y del Capital de D. Ricardo) publicada en 1871, había demostrado que la teoría del valor (del capital y del dinero) “era en sus rasgos fundamentales la continuación necesaria de la doctrina de Smith y de Ricardo” (Marx, El Capital 2000, 26-27).

[5] “The proportions in which they are exchangeable, whatever these proportions may be, can always be represented by an equation in which a given quantity of corn is equated to some quantity of iron: e.g., 1 quarter corn  = x cwt.iron. What does this equation tell us? […] in 1 quarter of corn and x cwt.of iron, there exists in equal quantities something common of both. The two things must therefore be equal to a third, which in itself is neither the one nor the other. Each of them so far as it is exchange-value, must therefore be reducible to this third” (Rothbard, 2006, pág. 409). Para dejar clara el punto de Rothbard, citaré lo siguiente: “Marx’s concentration on ‘the commodity’ threw him off from the very start, for the focus should have been not on the thing, the material object, but in the individuals, the actors, doing the exchanging, and deciding whether or not to make the trade” (Rothbard, 2006, pág. 410).

La economía española se recupera en el primer semestre de 2021

Madrid, a 31 de agosto de 2021.-

https://ijmpre2.katarsisdigital.com/wp-content/uploads/2021/08/NdP_Informe_Economia_Espana_1S2021.docx.pdf

Los datos macro del primer semestre de 2021 muestran una fuerte recuperación de la economía tras el deterioro del año anterior como consecuencia de la pandemia y las medidas tomadas para paliar sus efectos sanitarios. Las tasas de crecimiento interanuales en los principales indicadores superan todos los registros históricos como consecuencia de un efecto base, lo que está siendo usado para llamar al optimismo por parte de algunos agentes económicos. Además, al haber sido España una de las economías más afectadas del mundo por la pandemia en 2020, de la misma manera, las tasas de crecimiento en 2021 están siendo de las más elevadas. Con todo, los crecimientos son muy relevantes: +2,8% de crecimiento intertrimestral del PIB en el 2T 2021 que lleva el indicador a un +19,8% interanual (afectado por el mencionado efecto base).

A pesar de todo ello, queda todavía un buen trecho por recorrer para recuperar los niveles de volumen de producción previos y, aunque España sea de las economías que más crece en 2021, es también de las que más le quedan por recuperar (por detrás de los grandes países europeos, así como de otras economías mediterráneas con fuerte contribución del turismo, como Italia o Grecia). No podía ser de otra manera, teniendo en cuenta que, a pesar de ser el país del mundo con un mayor avance de la campaña de vacunación, las medidas restrictivas siguen impidiendo una vuelta a la normalidad y el turismo internacional está fuertemente deprimido.

La principal área de duda de cara a los próximos trimestres radica en el éxito que tengan las políticas públicas que se están implementando, tanto desde el Estado español como desde Europa. No en vano, el Estado ha sido el principal protagonista en los últimos meses, tanto por su respuesta a la crisis sanitaria en forma de cambios regulatorios como en respuesta a la crisis económica, atendiendo al gasto público como variable desagregada del PIB (única que ha mantenido crecimientos superiores al 3% trimestre a trimestre desde el inicio de 2020) y al empleo (el sector público es el responsable del 80% del incremento de ocupación entre el 2T 2021 y el 2T 2020). Además, buena parte de las expectativas positivas existentes a medio plazo están fundamentadas en los fondos de inversión europeos que comenzarán a llegar a España en los próximos meses y el buen o mal uso que se hagan de los mismos.

Asumiendo que España alcance la llamada inmunidad de grupo durante el mes de agosto y que las nuevas variantes que puedan surgir del coronavirus no sean graves para la población vacunada, sería esperable que continúe la relajación de las medidas restrictivas para la actividad económica. Ahora bien, no es fácil realizar este tipo de predicción: en el corto plazo, se está observando cierto desacompasamiento entre la dureza de las medidas y la evolución de los indicadores sanitarios, lo que supone una elevada incertidumbre de cara a otoño (¿qué ocurrirá si, con más del 80% de la población vacunada, se produce una fuerte ola de contagios superior a la de otoño 2020 que no implique un repunte de los ingresos o de la ocupación de camas UCI? ¿se tomarán medidas restrictivas de movilidad?).

Con esta asunción anterior, el escenario más probable parece de recuperación y crecimiento para el medio plazo (al menos, hasta mediados o finales de 2022). Ahora bien, la política del gobierno expansiva (incremento empleo público, incremento techo de gasto, incremento de endeudamiento) puede desembocar en un escenario muy negativo que fuerce un ajuste de los agentes económicos en el medio plazo.

A estos factores endógenos de riesgo, vinculados con las políticas públicas, se le añaden los factores exógenos relacionados con la política monetaria y su impacto en las tensiones inflacionistas que estamos viviendo. La expansión crediticia continúa, apoyada por la banca central. Los bancos se han visto beneficiados de las políticas del Estado, permitiendo reducir morosidad, incrementar ratios de capital (los llamados CET1) y continuar expandiendo balance asumiendo mayores riesgos (toda vez que, según estimaciones del Banco de España, hasta el 30% de los posibles impagos podrían ser cubiertos por el ICO). Los precios de los activos financieros reflejan esta situación y esto se está trasladando asimismo a las materias primas (fuerte alza de precios de petróleo y de materias primas tanto agrarias como industriales) y a los precios industriales, menguando los márgenes empresariales. El IPC ya está marcando estas presiones en la cesta de la compra, superando el 2% tanto en España como en el resto del mundo occidental. El FMI y los bancos centrales restan importancia a esta coyuntura alertando de su temporalidad y trasladando un mensaje contundente a los mercados financieros: no dejarán de implementar sus políticas monetarias expansivas por esta presión inflacionaria que, esperan, se reducirá en 2022.

Por todo ello, no solo navegamos un escenario de incierta recuperación por variables sanitarias y por su sostenibilidad en el largo plazo debido al atino con el que se apliquen las políticas públicas en España, si no también por esta expansiva política de la banca central que ya se ha alargado durante muchos años y nos aproxima a riesgos que algunos ya conocemos (inflación) y otros muchos son de segunda derivada fuertemente desconocidos debido a que nunca antes los activos financieros habían visto un incremento tan relevante y tan prolongado en el tiempo.

__________________

Descargar informe completo aquí.

Algunas cuestiones disputadas sobre el anarcocapitalismo LX: En torno a un libro de Olavo de Carvalho

El profesor Olavo de Carvalho no es muy conocido aún en nuestros círculos a pesar de su enorme influencia, tanto política como intelectual, en el Brasil contemporáneo. Quizás  se deba a que ninguno de sus libros está aún traducido, y a que lo más normal entre nosotros a la hora de buscar referentes de otras culturas pongamos nuestra vista en los Estados Unidos, y en mucho menor medida en Hispanoamérica. Ancaps y libertarios europeos o de la América no hispana no cuentan con mucho predicamento entre nosotros, salvo aquellos pocos libros que han sido traducidos.

El mundo de la lusofonía es, si cabe, el más desconocido de todos ellos a pesar de su relativa proximidad lingüística para el hispanohablante. El mundo libertario lusófono cuenta ya con una elevada producción autóctona y de muy elevada calidad. La página Rothbard Brasil, por ejemplo, compila muchos de estos trabajos. Pero no conozco, hasta donde se me alcanza, ninguna traducción al castellano de la obra de estos autores. Por eso me gustaría comentar uno de los libros del profesor Olavo de Carvalho, quizás el más conocido de todos ellos, sobre todo por su influencia en el presidente Jair Bolsonaro, quien lo tiene por uno de sus filósofos de referencia.

Carvalho reside desde hace algunos años en una conservadora comunidad rural del estado de Virginia en los Estados Unidos, donde dice haber encontrado una forma de vida, conservadora y libertaria al mismo tiempo, muy acorde con sus valores. No está de más recordar que el profesor es un gran crítico de los mitos que desde Hollywood y los medios de comunicación urbanitas norteamericanos identifican a la población rural con una suerte de bárbaros semicivilizados que votan por opciones políticas extrañas como Trump. Olavo de Carvalho afirma todo lo contrario, nunca ha encontrado tanta paz y civismo como en estos  ambientes rurales conservadores.

Pero vayamos al libro: O jardim das afliçoes. Este forma parte de una trilogía que constituye el núcleo central de la obra del autor. En conjunto constituye una suerte de crítica cultural y filosófica a las ideas de nuestro tiempo, así como una acerada crítica al estado moderno. Los otros dos libros se centran en aspectos de la sociedad brasileña, mientras que este analiza en conjunto la sociedad occidental, aunque también hace numerosas referencias a la situación del Brasil contemporáneo.

El libro es en teoría un libro sobre el discurrir de la filosofía social y política occidental, en forma de comentario a la obra de algunos de sus principales cultivadores, comenzando por Epicuro, hasta los contemporáneos, incluido Marx (quien escribió su tesis doctoral precisamente sobre la obra de este autor y de Demócrito). En este bien trabado discurso el autor incorpora agudas reflexiones sobre política y estado que son fácilmente aplicables al contexto actual. Expurgaré alguna de las ideas que más me han hecho reflexionar y lo haré no siguiendo necesariamente el orden establecido por el autor.

Comenzaré por una afirmación que hace el autor en le capítulo 9. En ella se establece una constante: todas las filosofías políticas y sociales que en Occidente han existido tienen en común que han sido de una forma u otra apropiadas por el poder político, que el asocia al Imperio; han sido apropiados por este en su lucha por alcanzarlo o mantenerlo. Religiones como la cristiana, filosofías políticas como el marxismo, el liberalismo o formas políticas como la monarquía o la república han sido usadas como banderas en el combate político, que ha subvertido su original pureza o incluso sus instintos antipolíticos. Como apuntaba en un artículo anterior refiriéndome a la obra de William Cavanaugh, las variantes de la religión cristiana (protestantes y católicos) fueron usadas como excusa en las mal llamadas guerras de religión que no eran más que un episodio de la lucha permanente por el imperio. También el ecologismo ha sido cooptado a la lucha política, al igual que causas nobles como el antirracismo o el feminismo que en principio no eran causas políticas en sentido estricto sino movimientos sociales que buscaban mejorar la situación de colectivos maltratados.

La inquietante pregunta que nos podemos hacer es si movimientos radicalmente antiestatistas, como el anarquismo, serán también cooptadas por el poder y serán por tanto usadas por este. Pues en mi opinión existen bastantes posibilidades de que esto también suceda, sino somos conscientes. Por ejemplo, las criptomonedas nacieron como una forma de eludir el control estatal de la moneda y el crédito, pero muchos estados ya comienzan a aceptarlas o incluso a crear las suyas propias. Si bien no lo han conseguido por completo todo apunta a que puedan seguir el mismo camino que ha seguido internet, que de ser una herramienta en origen libertaria  y pensada para burlar muchos de los controles y regulaciones estatales, ha llegado a ser una de las principales y más sofisticadas armas de control de poblaciones que ha conocido el género humano.

Un inquietante libro de Shoshana Zuboff, La era del capitalismo del control así parece indicarlo. Las ideas liberales (incluso las minarquistas) ya hace tiempo que forman parte del imaginario político y se usan de una forma u otra en la lucha política, pues ya abundan partidos y movimientos que dicen defenderlas. Si las ideas ancap se extienden, no les extrañe que en poco tiempo se usen también para conseguir el poder político y aparezcan partidos, movimientos o lobbies en esta dirección, neutralizando de paso el ideario.

Otro tema de interés en el libro se plantea algo más adelante. Tras la derrota del comunismo parece haberse instalado como sistema dominante en le mundo el llamado neoliberalismo. La gestión económica de los estados pasaría a estar dominada por los principios de prudencia fiscal, libertad de movimiento de mercancías y capitales o estabilidad monetaria, entre otros. Hasta países como China parecen haberse rendido a los encantos del capitalismo de libre mercado. Esto parece ser cierto, pues incluso los países de la vieja órbita marxista parecen aceptar de mejor o peor grado este sistema.

Y es ahí donde radicaría la trampa según Carvalho. Al aceptar el neoliberalismo en el ámbito económico se desatienden otros ámbitos de la vida social y es ahí donde los estados imponen su fuerza sin oposición. Esta está centrada en el funcionamiento de los intercambios económicos de acuerdo con los paradigmas neoliberales pero abandona otros frentes, sin los cuales no es posible establecer un orden libre y sin los cuales, esto es interpretación mía, sería imposible establecer una sociedad libre. En el ámbito educativo no se percibe para nada el neoliberalismo, por ejemplo. La educación estaría cada vez más estatalizada y sometida a los dictados de los perdedores de la guerra fría en lo económico pero no en  lo cultural. Olavo de Carvalho suscribe la tesis de la difusión de una suerte de “marxismo cultural” que en vez de la economía pretende controlar los pensamientos y las conductas de la ciudadanía de los países occidentales. Desde luego la estrategia parece exitosa. Pensemos en lo que ha pasado con las religiones. Carvalho señala un aspecto muy interesante al referir cómo las religiones, que habían sobrevivido con éxito a todo tipo de gobiernos autoritarios o totalitarios antirreligiosos, está siendo derrotada y sometida lentamente por los supuestamente más benignos estados democráticos contemporáneos. Es más, sólo estos pueden derrotarlas con éxito. Subordinadas al bien común y al buenismo moral del estado moderno pasan a ser una suerte de ONG tolerada, cuando no financiada por ellos siempre y cuando se circunscriban a este papel.

Pensemos también en si el neoliberalismo se ha impuesto en otros ámbitos, como la justicia o el fisco; algo que también se recuerda en el libro. Parece que las ideas neoliberales de no interferencia tampoco se han impuesto en estos ámbitos, en los que la capacidad de control por parte de los estados no sólo no ha disminuido sino que se ha incrementado sustancialmente. Leyes y normas cada vez más detalladas rigen hasta extremos nunca vistos nuestra conducta, al tiempo que la capacidad de control de nuestros gastos e ingresos se incrementa despacio pero sin pausa, al tiempo que lo hace el número de conductas sujetas a imposición. Ejemplos como el control de los regalos de boda o las donaciones dentro de la propia familia son buena muestra de lo que se afirma. También otros aspectos del llamado estado social como las pensiones o las modernas rentas básicas no escapan a esta lógica. De repente millones de personas pasan a ser dependientes del Estado y de que este siga funcionando con la misma lógica con que lo ha hecho hasta ahora para poder seguir subsistiendo. Millones de personas son ahora el escudo que garantiza al Estado su pervivencia en su actual forma, y hay que reconocer que han tenido mucho éxito en su empeño.

Pero quizás lo más interesante es que el profesor  insinúa que la aparente cesión de los estados modernos al capitalismo y al neoliberalismo no es tan bienintencionada como parece. Para poder financiar todo este aparato de control y regulación necesitan fondos y fondos muy  abundantes.

Un autor austríaco, Sanford Ikeda, escribió hace algunos años un libro The Dynamics of the Mixed Economy, que por desgracia no ha tenido mucha fortuna ni siquiera entre nosostros, a pesar de sus indudables méritos. En el narra como muchos estados de nuestro entorno incurren en políticas de laxitud fiscal y de un creciente grado de intervencionismo. Cuando estas políticas hacen sentir sus efectos en términos de estancamiento, paro e inflación sus ingresos fiscales se resienten y para volver a recuperarlos las cambian y vuelven al rigor presupuestario ya la ortodoxia. Cuando vuelven a estar saneados se olvidan del pasado y vuelven a las andadas (esto no sólo pasa en España como pudiéramos creer, pues se da en muchos más países de los que creemos).

De la misma forma, los Estados modernos saben que necesitan fondos para poder llevar a cabo todas sus políticas sociales o culturales y crear las correspondientes clientelas para que las defiendan y sostengan en el tiempo. Por eso aceptan, aunque de mala gana, las políticas neoliberales pues saben que sin ellas el resto de su modelo se les puede caer. Las batallas culturales se dan mejor si hay dinero para financiarlas, y así podemos observar como aguerridos gobiernos de izquierdas llevan a cabo todo tipo de cambios en educación, justicia o políticas identitarias pero no osan afrentar ni un pelo a los grandes fondos de inversión o a los capitalistas multinacionales. Estos parecen saberlo bien e incluso respaldan muchas de las medidas que la izquierda cultural lleva a cabo, siempre y cuando no se le afecte a sus beneficios. El problema vendrá más adelante, pues si tuviesen algún tipo de conciencia de ese tipo sabrían que es muy difícil llevar adelante una economía capitalista contra una gran parte de la población educada en valores anticapitalistas, lo que a medio plazo puede pasar factura, como se puede ver en muchos países del mundo, especialmente en Latinoamérica.

El libro toca con profundidad muchos otros temas, incluyendo deliciosos comentarios sobre grandes pensadores de la filosofía y comentarios sobre la vida cultural y política del Brasil. Una muy agradable y productiva lectura.

El retraso de la renovación del CGPJ no es el problema

En el otoño que se avecina se pondrá de manifiesto si los designios autoritarios de Pedro Sánchez Pérez-Castejón se cumplen a corto plazo. Todo dependerá de las respuestas que le opongan en el interior de España y, en especial, desde las instituciones comunitarias europeas. 

Desde que formó su primer gobierno dejó muy claras sus intenciones de establecer una tiranía duradera. Sin embargo, la coalición con los comunistas de Podemos y los separatistas en segundo plano, declarados partidarios de destruir la monarquía constitucional y desacatar a sus tribunales, así como la pandemia del coronavirus, le vinieron pintiparadas para auspiciar consecutivos golpes a un régimen político ya muy deteriorado.

La enésima arremetida se produjo en octubre del año pasado, cuando los grupos parlamentarios que sustentan al gobierno presentaron una proposición de ley para reformar el sistema de elección del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) por mayoría absoluta, en caso de que no fuera posible la cualificada en primera votación. Aparte de inconstitucional, esta argucia leguleya mostraba un grosero fraude de ley – soslayar los dictámenes preceptivos que lleva aparejada esta materia cuando la iniciativa es un proyecto de ley del gobierno – cuyo principal objetivo era, según manifestaron sus promotores, forzar al Partido Popular a pactar la renovación del Órgano de gobierno de los jueces con sus condiciones. Retorciendo el chantaje, en diciembre de 2020 presentaron otra nueva proposición de ley para suspender competencias del CGPJ en funciones como el nombramiento de jueces de alto rango. Tras una escandalosa tramitación por vía de urgencia, esta última iniciativa pasó a formar parte aparente del ordenamiento jurídico español, al ser publicada en el BOE como Ley Orgánica 4/2021, de 29 de marzo de reforma LOPJ. 

Apoyándose en poderosas razones, tres asociaciones que representan a más de 2500 jueces y magistrados españoles enviaron sendas misivas el 6 de abril a la vicepresidenta de la Unión Europea para Valores y Transparencia, Věra Jourová, y al comisario europeo de Justicia, Didier Reynders. En ellas, tras detallar con precisión los incumplimientos históricos del Reino de España (desde 1985) de las reglas básicas para garantizar la independencia y la imparcialidad de los tribunales de alto rango; denunciaban que la reforma legislativa privaba al CGPJ saliente de competencias esenciales y, por lo tanto, ponía en riesgo la vigencia del Estado de Derecho y podría suponer una violación grave por parte de España de los valores contemplados en el artículo 2 del Tratado de la Unión Europea. Ante esa situación se instaba a la Comisión a compeler al Gobierno de España para abordar las reformas legislativas tendentes a establecer la elección mixta de los vocales del CGPJ, en línea con la doctrina emanada del Tribunal de Justicia de la UE;  se valorase la procedencia de la aplicación del reglamento que condiciona la financiación comunitaria al cumplimiento de requisitos de legalidad para la protección del presupuesto de la Unión y, en última instancia, de no subsanarse la situación denunciada, incoase el procedimiento previsto en el art. 7 del Tratado de la Unión Europea.

Asimismo, tanto diputados de Vox como del PP interpusieron, sendos recursos de inconstitucionalidad contra la misma, aludiendo al procedimiento irregular de aprobación y al cercenamiento de competencias del CGPJ, en contra de la Constitución. Por el contrario, el Pleno del CGPJ, con una vigorosa facción liderada por el exdiputado socialista Álvaro Cuesta Martínez, rechazó la propuesta de interponer conflicto de atribuciones con las Cortes Generales en relación con la Ley Orgánica 4/2021 o instar al Defensor del Pueblo a interponer recurso.

Con ser un elemento fundamental del dominio político de la Justicia, los planes gubernamentales en la administración de justicia no se agotan con el control del CGPJ. Como había alegado en marzo la Plataforma Cívica por la Independencia Judicial en el proceso de consultas para elaborar el informe anual sobre el estado de derecho 2021 y ha reiterado a finales de julio en una carta al comisario de Justicia, en España se están tramitando “una serie de reformas legislativas estructurales que supondrán un verdadero asalto a la independencia del Poder Judicial español por parte del Ejecutivo”.

Además de dominar el CGPJ cinco años más, como mínimo, con la reforma aprobada de la LOPJ, los otros proyectos pretenden asignar la instrucción de todas las causas penales a un Fiscal organizado jerárquicamente y dependiente del gobierno, ya que previamente no se reforma su Estatuto para otorgarle una auténtica autonomía del ejecutivo (nueva Ley de Enjuiciamiento Criminal) y crear unos tribunales de instancia, cuyos presidentes nombraría preferentemente el CGPJ por periodos de 4 años, a los que se subordinarían el resto de jueces que sirvan en sus puestos (Ley Orgánica de “Eficiencia Organizativa del Servicio Público de Justicia”) .

Después de cierta espera, el 21 de julio la Comisión Europea hizo público su Informe sobre la situación del estado de derecho en la Unión de 2021. En lo que respecta a España, si bien el texto apunta varias vulneraciones flagrantes, cierra los ojos respecto a otras y adolece de congruencia. Produce cierta perplejidad que se omita el origen gubernamental de los ataques al estado de derecho, y, sin embargo, se tomen como avances algunas reformas que reducirían al Poder Judicial a una dependencia administrativa del ejecutivo. En general, el informe no extrae las consecuencias pertinentes de su propia enumeración de las taras del estado de derecho en España. A pesar de dejar constancia de la palmaria incompatibilidad de la legislación española con la regla recomendada por las instancias europeas – a saber, que al menos la mitad de los miembros de un órgano como el CGPJ debería pertenecer a la judicatura y ser elegida por los propios jueces – sorprende la atención que presta al mantra del gobierno español por el retraso en la renovación de todos los vocales por las Cortes españoles, conforme a unas normas que, al mismo tiempo, el informe considera vulneradoras de los principios del estado de derecho. 

Alarma comprobar, asimismo, como alude a las soluciones propuestas por un dictamen de la Comisión de Venecia en 2018 para Montenegro, que es manifiestamente inaplicable al caso español. En efecto, en el caso de la república balcánica, partiendo de un sistema de elección mixto del equivalente al CGPJ, esto es, con la elección de cuatro jueces elegidos entre sus pares y cuatro juristas elegidos por el parlamento, se produjo un estancamiento por la falta de acuerdo político en el parlamento para efectuar los nuevos nombramientos que le correspondían. La legislación nacional no contemplaba la prolongación en funciones de su mandato ni la renovación parcial.  Ante esa tesitura, la Comisión de Venecia recomendó a las autoridades montenegrinas unas reformas constitucionales o legislativas que introdujeran la prolongación del mandato de los miembros en funciones (punto 40) y la posibilidad transitoria de que un nuevo Órgano de gobierno de los jueces estuviera compuesto por los vocales judiciales (elegidos por los jueces) y los juristas de prestigio en funciones hasta la elección de otros nuevos por el parlamento (punto 41).

En resumen, produce estupor que no se califique como un directo ataque al funcionamiento del estado de derecho la aprobación de la mencionada reforma de la LOPJ, que impide al CGPJ saliente continuar con los nombramientos habituales de magistrados de alto nivel y otras competencias. La impresión se torna en bochorno cuando se observa la ocultación del alcance de la carta de los jueces españoles a dos comisarios en abril de este año, a pesar de que pidieron la intervención directa de la Comisión para poner remedio a los ataques del gobierno al estado de derecho. 

No sorprende, pues, que, ante este aguado informe, el gobierno español haya visto la luz. No indica terminantemente que deba reformarse la legislación aplicable para consagrar la elección mixta de los vocales del CGPJ antes de renovarlo. Gracias a esta falsa coartada, insiste en asegurar cínicamente que el modelo español resulta compatible con los parámetros europeos y urge a una renovación sin cambios del sistema de elección, bajo la presión de una ley que ha recortado competencias esenciales del CGPJ y la amenaza de resucitar una iniciativa (groseramente inconstitucional)  que reduciría la mayoría necesaria en las cámaras para elegir a los vocales procedentes del turno judicial. 

Con esa mezcla de picardía y osadía en su actuación que les caracteriza, el presidente del gobierno y sus adláteres han redoblado las presiones al presidente del actual CGPJ para que dimita y a los dirigentes del partido que ha participado durante años de la corrupción institucional para avenirse al tradicional reparto en el CGPJ. A ese empeño se ha entregado con entusiasmo la asociación Jueces para la Democracia, la cual ha pedido a Carlos Lesmes Serrano que dimita para forzar la renovación del CGPJ. Aunque parezca un sarcasmo, también ha solicitado al Comisario Europeo de Justicia una entrevista urgente y que se dirija a las instituciones nacionales y al líder del Partido Popular, Pablo Casado Blanco, para que cambie sus posiciones. Por otro lado, los peones del PSOE se mueven entre las bambalinas de las instituciones europeas para difundir la cortina de humo del “bloqueo” de la renovación del CGPJ.

En definitiva, el retraso de la renovación del CGPJ español no es un problema para la supervivencia del estado de derecho y el imperio de la Ley en España. Muy al contrario, como señaló la comisión de Venecia en su dictamen para la República de Montenegro, la prolongación del mandato de los miembros de instituciones constituye una solución provisional, mientras que las fuerzas políticas no lleguen a un acuerdo para renovar su composición por una mayoría cualificada de los parlamentos democráticos. 

La responsabilidad por la anulación de la independencia judicial y la separación de poderes recae principalmente en el gobierno de Pedro Sánchez Pérez-Castejón, quién ha exacerbado los tradicionales impulsos autoritarios del PSOE. Está plasmada en sus iniciativas legislativas, su control de la Fiscalía (¡Dolores Delgado García lleva año y medio como FGE!) y su rechazo a una reforma del sistema de elección de los jueces miembros del CGPJ, en consonancia con la evolución del derecho comunitario europeo y el espíritu constitucional de la Ley de 1980. Aunque en plazo breve podrían aprobarse leyes respetuosas con las directrices europeas con el concurso de partidos como el PP, Vox o Ciudadanos, prefiere mantener la táctica del salami y coaccionar a los refractarios de sus planes, en el ámbito interno, al mismo tiempo que disimula en el europeo.

Más aun, la obsesión por controlar la judicatura les lleva a urdir mecanismos más sofisticados para comprometer la independencia de los jueces futuros. La propuesta para “arbitrar” un sistema de becas del gobierno a favor de los opositores a distintos cuerpos judiciales que plantean tanto la asociación Jueces para la Democracia, con anuencia ministerial y siguiendo el modelo del gobierno vasco, como la ponencia marco para el 40º Congreso del PSOEa celebrar en octubre, apunta a una promoción de candidatos afines a dichos puestos.

Esperemos que las distintas instancias y los principales países socios de la Unión Europea no tergiversen la cruda situación del estado de derecho en España, ni se dejen engañar por las tretas de tan descarados impostores. Si no se atrevieran a reaccionar como en los casos polaco y húngaro para instaurar los valores fundamentales consagrados en los tratados, su prestigio y prevalencia quedarían seriamente en entredicho.

Respeto por la vida y la propiedad privada, la mejor respuesta frente al racismo contra los asiáticos

Recientemente, la noticia de los estadounidenses de origen asiático que habían perdido la vida en algunos conflictos violentos recibió amplia cobertura por parte de los medios occidentales. Después del incidente, mis amigos españoles y compatriotas asiáticos hablaron este tema conmigo. Como economista, mi investigación no se centra en el tema de la raza. Pero como académico asiático en Europa, los amigos y académicos que me rodean esperan a menudo que hable sobre los problemas raciales que enfrentan los asiáticos.

La discriminación racial contra los asiáticos existe hasta cierto punto en la sociedad occidental. El reciente artículo editorial de Bloomberg Businessweek “Los estadounidenses de origen asiático están listos para un héroe” aportó algunos datos de interés: (1) La falta de representantes políticos y culturales asiáticos; (2) la supuesta personalidad tranquila de los asiáticos  dificulta que estos se vean inmersos en episodios de  violencia racial; (3) las comunidades asiáticas se enfrentan a menudo a la discriminación laboral, puesto que se quejan menos sobre la intensidad del trabajo y los salarios; (4) los asiáticos a menudo son etiquetados como ricos, mientras que se ignora la discriminación por cuestiones sociales; y (5) el éxito académico de los estadounidenses de origen asiático ha hecho que algunas personas de otras razas crean que los estándares de evaluación del círculo académico son más favorables para los asiáticos.

Durante los ocho años que llevo viviendo en España, también he observado algunos casos de discriminación contra asiáticos. A continuación, menciono alguno de ellos, esperando que estos sean casos aislados y no fenómenos extendidos. Por un lado, tengo amigos filipinos que se quejan de que algunos españoles los llaman constantemente “chinos” (parece ser una situación común que encuentran otros asiáticos en España). También, a los chinos étnicos a menudo se les pregunta si comen carne de perro (aunque el consumo de carne de perro solo existe en algunos países asiáticos debido al clima). De igual modo, he podido comprobar el trato relativamente duro que reciben algunos asiáticos en los departamentos gubernamentales españoles y algunos en el sector privado. Por último, también he visto como algunos grupos minoritarios no aceptan a los asiáticos en cuestiones emocionales y maritales.

Con respecto a la discriminación racial contra los asiáticos, por un lado, algunos medios de comunicación suelen utilizar propaganda exagerada para incitar a los votantes de las minorías a obtener beneficios para elecciones políticos. Este fenómeno quizás sea una normalidad en las democracias occidentales. Por otro lado, la discriminación contra los asiáticos existe en varios grados en la sociedad occidental. Sin embargo, la discriminación racial no se limita necesariamente a la discriminación que sufren los asiáticos en comunidades predominantemente europeas. Cualquier minoría étnica puede sufrir discriminación en un nuevo país. Una minoría europea también puede ser discriminada en los países asiáticos.

Los asiáticos también deberían valorar la protección de sus vidas y propiedad privada. Deben adoptar estrategias autodefensivas cuando se encuentren con ataques violentos por parte de otros individuos. También pueden recurrir a la justicia y la ley para proteger sus vidas y propiedades cuando se enfrentan a discriminación violenta. No responder a la discriminación violenta puede hacer que los asiáticos se depriman psicológicamente o incluso que se venguen violentamente contra otros grupos étnicos.

Intentar resolver cualquier discriminación no violenta (es decir, bromas, prejuicios y exclusión; aunque las bromas, prejuicios y la exclusión no son violentas desde la ética libertaria) contra los asiáticos a través de una legislación gubernamental sólo puede empeorar la situación. No hay forma de prohibir los pensamientos más profundos que puede tener una persona sobre los demás. El valor es subjetivo. Una persona puede permanecer en silencio frente a órdenes políticas obligatorias. Aun así, las leyes del gobierno no pueden limitarlo.

Es imposible detectar sentimientos discriminatorios o racistas en la cabeza de una persona. Las leyes obligatorias solo pueden profundizar el miedo, la distancia e incluso el odio hacia las minorías raciales. No pueden resolver el problema de la discriminación racial por sí mismas. Solo respetando la vida, los derechos de propiedad privada y los intercambios de mercado, pueden las personas interactuar más, entenderse y cuidarse mutuamente. La economía de libre mercado traerá inmigrantes asiáticos sobresalientes y trabajadores a la comunidad europea, permitiendo que las personas de la comunidad local comprendan las características culturales y la diversidad del grupo étnico asiático a través de la comunicación cara a cara, en lugar de información falsa de algunos medios de comunicación y prejuicios errados que circulan en la sociedad.

Aunque algunos partidos políticos en Occidente han estado tratando de usar el decreto coercitivo como herramienta para comprar votos a los asiáticos, también nos complace ver que algunos asiáticos, incluidos trabajadores, oficinistas, empresarios, académicos y líderes religiosos, buscan reducir la discriminación contra los grupos asiáticos mediante el diálogo, los intercambios y la cooperación voluntaria. El respeto por la vida, la propiedad privada y el orden del mercado es la mejor manera de resolver el racismo. A través de la voluntad y el respeto mutuo para comprender y tratar a la gente, la población local aumentará la empatía y permitirá que personas de diferentes razas en la sociedad expresen su amor mutuo a través de acciones voluntarias.