Ir al contenido principal

Breve comentario sobre Las leyes de la economía, de Dani Rodrik

Si ha tenido la ocasión de leer varios de mis artículos mensuales en este blog, habrá podido comprobar que la mayoría de ellos los dedico a hablar sobre metodología de la economía. El artículo de hoy no va a ser menos y, de nuevo, versará sobre metodología económica. Sin embargo, en esta ocasión nos centraremos en hacer una escueta revisión al libro del economista de Harvard Dani Rodrik, titulado Las leyes de la economía: aciertos y errores de una ciencia en entredicho (2016). Antes de continuar, me gustaría señalar que el libro original fue publicado en 2015 bajo el nombre de Economics Rules. Empero, yo citaré la traducción española de 2016, puesto que es la que he leído. Dicho esto, procedamos con el análisis. 

Las leyes de la economía 

Si tuviera que señalar la tesis principal en el libro de Rodrik, diría que es el énfasis en la idea de que la economía se explica con una inmensa pluralidad de modelos y no con un único modelo o teoría universal. Además, estos modelos deben ser lo más realistas posible, al menos, en lo que Rodrik llama los supuestos críticos. Estos son elementos que, de ser eliminados o alterados, cambiarían drásticamente el resultado del modelo. 

Rodrik es muy crítico con la aspiración habitual de la política económica clásica a conseguir teorías económicas universales que sean capaces de explicar todos los fenómenos económicos. El autor demuestra que la excesiva confianza en una única teoría general ha llevado a muchos economistas a desligarse de la realidad y a no conocer los fenómenos que realmente ocurren en la economía. Esto se debe a que: “No podemos buscar en las ciencias económicas las explicaciones o prescripciones universales que se aplican independientemente del contexto; las posibilidades de la vida social son demasiado diversas para caber a presión en marcos teóricos únicos” (Rodrik 2016, 21). Según Rodrik, a diferencia de las ciencias naturales: “La economía es una ciencia social, y la sociedad no tiene leyes fundamentales, al menos no de la misma clase que la naturaleza” (Rodrik 2016, 57). Por tanto, lo lógico es limitarse a construir modelos que expliquen la cadena de causalidad en un determinado contexto y situación, siendo mucho más concretos y aplicados. 

Además, dada la excesiva complejidad del mundo social, que es la que nos impide obtener leyes universales, la economía necesita modelos simples. Cada modelo deriva de una especie de experimento mental, donde tienen que aislarse determinados fenómenos bajo el supuesto ceteris paribus. De esta manera, se pueden controlar ciertos sucesos y así comprobar cuál es la cadena de causalidad en la regularidad observada. Esto es precisamente lo que hacen en ciencias naturales con sus experimentos controlados. El riesgo que tiene diseñar modelos complejos es que no nos permitan identificar la regularidad relevante que queremos observar y, en lugar de arrojar luz sobre algo, nos dificulten el entendimiento de los procesos económicos. 

Estas dos ideas, la de simplicidad y el uso de modelos, serían los puntos principales del libro de Rodrik. Hay muchas más y todas se encuentran mucho más detalladas y desarrolladas de lo que acabo de exponer. Evidentemente, él lo expone en un libro y yo tengo que hacerlo en un artículo. Aun así, espero haberlas expuesto de manera clara y fiel a lo que dice el autor originalmente.

Dicho esto, al igual que he resumido los argumentos de Rodrik, también resumiré mi opinión sobre la tesis que él plantea en el libro. De manera general, creo muy acertado el énfasis que pone en la necesidad de los modelos como teorías contingentes, debido al evidente abismo que hay entre las teorías universales y la realidad. La teoría contingente es fundamental para la ciencia económica. Sin embargo, creo que no se puede rechazar la existencia de leyes fundamentales en economía. Del mismo modo, tampoco creo que la construcción de modelos más complejos sea incompatible con la simplicidad que reclama Rodrik. Desarrollemos esto un poco más.

Leyes universales en economía 

Decir que las leyes universales no existen en economía sería remontarnos al argumento historicista durante el Methodenstreit. Por ello, a cualquier economista austriaco, en especial, no debería sonarle bien esta negación de las teorías universales. Como ya he comentado en otros artículos, la escuela austriaca nace en defensa de la existencia de leyes universales en economía en contra del historicismo alemán, siendo esto algo que la caracteriza. La propia afirmación que desde la ciencia económica o, si se quiere, metodología de la economía (pero seguimos en el terreno económico), se hace sobre la no universalidad de las leyes económicas es o, al menos pretende ser, universal. Es decir, el argumento de Rodrik sobre la no universalidad de la teoría en economía es en sí mismo universal, a ser aplicable a cualquier proposición económica. Esta aparente contradicción lógica demuestra que las leyes universales existen, también en economía. 

La praxeología, por ejemplo, es una forma muy lógica de demostrar la existencia de teoría universal (Mises 1998). No obstante, las leyes praxeológicas por sí mismas no permiten comprender la realidad en toda su complejidad y riqueza. Esto es porque, justamente, cualquier matiz que se añade a una teoría universal para que se corresponda con la realidad da lugar a una teoría contingente (Selgin 1990). 

Tanto las teorías universales como contingentes son necesarias en economía. Lo más habitual es que manejemos teorías contingentes o modelos, pues son las que se aplican a la realidad. Sin embargo, estos modelos deben basarse en teorías universales para evitar contradicciones lógicas severas que puedan explicar erróneamente los fenómenos reales. ¿Qué pasaría si asumiéramos que los seres humanos no somos racionalmente limitados? ¿y si no respetáramos la ley de preferencial temporal? Las proposiciones universales deben estar siempre detrás de cualquier modelo económico. 

 Como ya escribí en otra ocasión, la mejor forma de comprender esta relación entre teoría universal y contingente es a través del método de Carl Menger (1985). En él se puede entender la debida importancia de las proposiciones universales y necesarias a través de la orientación exacta y, también, cómo estas sustentan a las contingentes, o lo que llamamos modelos, dentro de la orientación empírico-realista. 

El error de Rodrik, en este caso, es centrarse exclusivamente en los modelos. Le ocurre lo mismo que a los que se centran exclusivamente en leyes universales como la praxeología, creyendo que esta, por sí sola, puede explicar todos y cada uno de los fenómenos económicos. Lejos de ambas posturas, considero que lo más prudente es reconocer el importante papel que ambos, teorías universales y modelos, desempeñan en la explicación económica. 

Simplicidad, simpleza y complejidad

La simplicidad de la teoría es otro de los puntos que remarca Rodrik. Si bien tiene razón al señalar que un modelo complejo no sirve de mucho si no nos permite comprender una regularidad de forma clara o simple, creo que su apuesta por la simplicidad puede conducir a la simpleza. 

Si no recuerdo mal, el propio autor pretende diferenciar entre lo simple o sencillo y lo simplista. Lo simplista, por supuesto, está equivocado. Pero, lo simple o sencillo es fundamental para la ciencia, como el propio principio de la navaja de Ockham indica. Actualmente, los modelos complejos, usualmente computacionales como los agent-based models (ABMs), permiten manejar la complejidad del mundo y extraer conclusiones sencillas y claras. Al contrario, los modelos tradicionales más simples, que dependen de matemática algebraica, caen en errores como la idea de equilibrio, con tal de simplificar la realidad (Arthur 2021). Si Rodrik apuesta por modelos tradicionales que usen matemática algebraica, ha de saber que estará asumiendo supuestos como la idea de equilibrio, que se han demostrado irrealistas desde el enfoque de complejidad. En ese sentido, sí creo que la nueva teoría de complejidad permita conocer el mundo de forma más realista y sencilla, cosa de la que Rodrik parece dudar. En este caso, yo lo animaría a probar ABMs.  

Aplicabilidad y expansión horizontal de la ciencia

En último lugar, me gustaría destacar positivamente dos ideas que Rodrik resalta en el libro y que considero muy importantes. En este caso, no las voy a criticar sino a destacar. La primera de ellas es su apuesta por la aplicabilidad de los modelos en lugar de su verificabilidad. Es decir, no hay modelos incorrectos sino que cada uno explica una determinada circunstancia. La cuestión es, por tanto, saber escoger el modelo que hay que aplicar. Esto deriva de la segunda idea: En contra de perspectivas tradicionales en la filosofía de la ciencia, la economía no avanza de manera vertical, reemplazando unos modelos por otros, sino de forma horizontal, multiplicando modelos, añadiendo unas explicaciones a otras. Ambas ideas están relacionadas, pues si no se verifican y rechazan los modelos, estos se acumulan y, si se piensa que los modelos se acumulan, uno no puede proceder a verificar uno. 

Como también he señalado en otro artículo, el gran problema del positivismo, desde mi punto de vista, es el verificacionismo. Por tanto, considero esta idea de Rodrik fundamental como alternativa al verificacionismo o falsacionismo más extendido dentro de la ciencia. Esta es una de las ideas más buenas y contundentes del libro. A cualquier economista austriaco debe resultarle atractiva cuanto menos.  

Informe España primer semestre 2021

Los datos macro del primer semestre de 2021 muestran una fuerte recuperación de la Economía tras el deterioro del año anterior como consecuencia de la pandemia y las medidas tomadas para paliar sus efectos sanitarios. Las tasas de crecimiento interanuales en los principales indicadores superan todos los registros históricos como consecuencia de un efecto base, lo que está siendo usado para llamar al optimismo por parte de algunos agentes económicos.


Descargar aquí

Los cuatro precios del mercado

Menger, a diferencia del resto de economistas de su época, y debido a que trabajaba como colaborador en un medio de prensa económica (Zeitung) en la Bolsa de Viena, incorpora a su teoría monetaria la característica de que los bienes no tienen un único precio sino dos. Mi objetivo en este articulo es mostrar que existen dos precios más en el mercado de un bien o, mejor dicho, que para cada uno de estos dos precios se pueden tomar dos posiciones diferentes según la preferencia temporal, También mostraré la consecuencia que ello tiene para el participante en el mercado.

Los dos precios de mercado que tiene todo bien son dos: bid y ask. El bid o precio de demanda es el precio más alto que el comprador está dispuesto a pagar. Por el contrario, el ask o precio de oferta es el precio más bajo al que el vendedor está dispuesto a vender. La diferencia de ambos es lo que se conoce como spread, el cual mide la liquidez de mercado de un bien. Es decir, todo participante en el mercado interactúa bien como comprador o vendedor y por tanto venderá o comprará al precio respectivo a su posición, bid como comprador y ask como vendedor. Hasta aquí nada nuevo que no desarrollase el padre de la Escuela Austriaca.

Sin embargo, si el lector ha tenido alguna experiencia con plataformas de negociación bursátil, brokers, plataformas de trading o exchanges de criptomonedas sabrá que para poder incorporar una orden a mercado no es suficiente con indicar el precio y el lado del mercado del que quiere tomar parte. También necesitará especificar su preferencia temporal. 

A la hora de introducir una orden existen dos tipos: órdenes a mercado (market) y órdenes limitadas (limit). En una orden de mercado no te importa el precio, sólo quieres comprar o vender el bien de manera instantánea, en cambio, en las órdenes limitadas se indica la posición (comprador o vendedor) con precisión del precio máximo o mínimo que se está dispuesto a aceptar, con independencia del lapso de tiempo que le tome a esta orden encontrar la contraparte. Por eso, a las órdenes a mercado se las denomina como activas y las órdenes limitadas son consideradas pasivas. Así, se podría considerar que aquellos agentes de mercado que introducen órdenes a mercado tienen una preferencia temporal ínfima, tan pequeña que prefieren tener certeza en el momento en el que se ejecutan a costa de mayor incertidumbre en el precio.

Pero el efecto en el precio de ambos tipos de órdenes no es únicamente el comentado hasta ahora. Hay más. Cuando mira un grafico de profundidad de mercado (DOM o Depth of Market) lo que esta viendo es el conjunto de todas las ordenes limitadas vigentes y que se encuentran a la espera de cruzarse con su contrapartida de órdenes activas (órdenes de mercado). Entonces, si tenemos, por un lado, que las ordenes limitadas quedan a la espera de cruzarse con ordenes a mercado y por otra parte que a las ordenes limitadas si llevan explicito un precio de ejecución mientras que las ordenes a mercado no, se puede concluir (y en efecto así ocurre como puede comprobarse en el mercado) que las ordenes a mercado se ejecutan al precio de la contraparte, al precio de la posición contraria.

Resumiendo, y por finalizar, existen cuatro posibles posiciones que se pueden tomar a la hora de querer participar en el mercado y cuyo precio será diferente:

  • Comprador pasivo: comprador paciente, orden limite, bid como precio de ejecución.
  • Vendedor pasivo: vendedor paciente, orden limite, ask como precio de ejecución.
  • Comprador activo: comprado ansioso, orden a mercado, ask como precio de ejecución.
  • Vendedor activo: vendedor ansioso, orden a mercado, bid como precio de ejecución.

La teoría del cierre categorial y la economía (II): Monismo, dualismo y pluralismo

Una de las críticas que me veo obligada a hacer a Luis Carlos Martín Jiménez en su libro El mito del capitalismo es que no haya expuesto la teoría de la demarcación científica de Gustavo Bueno, para a continuación repasar aunque fuera someramente las principales ideas sobre cuál es el papel de la economía en la ciencia, y comenzar, de inmediato, con lo que es en su libro la primera página. Lo primero lo da por sabido, lo cual me hace pensar que es un libro de consumo interno dentro de la comunidad buenista. Pero creo que facilitaría que se entendiese mejor dentro del ámbito de la teoría económica. Por mi parte, he intentado formular, seguro que con escaso éxito, una descripción de la teoría de demarcación científica del cierre categorial, que podrá servir al menos para comprender los siguientes artículos. 

Una vez dado ese paso, el siguiente creo que es el debate monismo-dualismo. Gustavo Bueno, y su escuela, es materialista. El materialismo de Bueno es una proposición negativa sobre la realidad: La negación de que existen sustancias espirituales. Y, por ser más precisos y por citar al propio autor, lo que él defiende es lo que sigue: “El materialismo, en general, podría definirse como la negación de la existencia y posibilidad de sustancias vivientes incorpóreas”.

Esta postura lleva naturalmente al monismo, es decir, a la posición filosófica de retrotraer todos los fenómenos, y también el pensamiento humano, a un único principio, que es el material. Gustavo Bueno, sin embargo, no es monista. Lo cierto es que el materialismo así entendido conduce a desesperantes caminos sin salida, y quizás Bueno fuera consciente de ello. Y por eso él es materialista pluralista. Sólo queda saber qué quiere decir eso.

El materialismo monista lo reduce todo a un único principio, que es el material. O, digamos, el corpóreo. Bueno propone un materialismo pluralista basándose en la constatación de que hay realidades materiales que no son corpóreas. La distancia entre A y B, por ejemplo. O las ondas electromagnéticas. 

Aunque ampliásemos el concepto de materia para incluir todas esas realidades no corpóreas, el materialismo de Bueno sigue siendo pluralista. Y para entenderlo, tenemos que recurrir al concepto de symploké. El symploké es un principio por el cual los fenómenos del mundo están relacionados entre sí, pero no de una forma contínua y total, sino discontinua y parcial. Esto lleva a negar la posibilidad de dar una explicación única a todos los fenómenos del mundo. No es monista, tampoco reduce los fenómenos a dos principios (cuerpo-alma o materia-Dios), por lo que es pluralista. Ese pluralismo conduce a la necesidad de cohonestar en un cuerpo teórico aspectos relacionados, pero no por completo, de la realidad. Y es aquí donde se hace necesario un cierre categorial.

Pero vamos al curso que le da Martín Jiménez a esas ideas. Martín entiende que la libertad es, en realidad, libre albedrío. Y que el libre albedrío es la consecuencia lógica del dualismo. Ese dualismo proclama que el determinismo de la materia no afecta al pensamiento, porque éste responde a un principio propio; al alma. 

Dice Luis Carlos Martín (p130): “Desde el materialismo filosófico no aceptamos la idea del yo libre como fundamento actual o futuro de la política o de los mercados, porque si el libre arbitrio es un concepto incompatible con el determinismo materialista, entonces la libertad económica no podrá hacerse consistir en la libertad individual de elección en el mercado, sino en la realidad del mercado pletórico mismo, que hace posible la formación de elecciones determinadas”.

En este punto es necesario recurrir a Friedrich A. Hayek. No por su definición de coacción, que es insuficiente, sino porque por un lado es indudable que fue un defensor de la libertad en términos amplios, y también de la libertad económica, pero por otro lado tiene una obra sobre el origen de las ideas que hace referencia precisamente a estas cuestiones. Me refiero, claro está, a El orden sensorial

Hayek explica la mente como un orden, como un conjunto de relaciones dentro del cuerpo humano, cuya estructura se corresponde de algún modo con la del mundo exterior. La función de la mente no es tener un conocimiento exhaustivo de ese mundo, sino permitir al sujeto, y a la especie, reaccionar de manera adecuada a los fenómenos externos; también a la interacción con otros sujetos. Del mismo modo, ese conjunto de relaciones, ese orden, es el que nos permite ver y entender el mundo, de tal modo que “La tesis central de la teoría que aquí se expone es que no sólo una parte, sino todo el conjunto de las cualidades sensoriales es, en este sentido, una ‘interpretación’ basada en la experiencia del individuo o de la especie”. En otra ocasión iré a la relación entre estas ideas de Hayek y las de Immanuel Kant. 

De modo que Hayek no plantea la existencia de de una sustancia que sea el pensamiento. Es más, la critica en su libro: “Las teorías dualistas son producto de la costumbre, adquirida por el hombre en su más primitiva observación de la naturaleza, de suponer que en todos los casos en que ha podido observar un proceso específico y distinto, éste tiene que deberse a la presencia de una correspondente sustancia, específica y distinta”. Pero considera que “concebir la mente como una sustancia significa atribuir a los acontecimientos mentales ciertos atributos de cuya existencia no tenemos prueba alguna, y que postulamos únicamente basándonos en la analogía con lo que sabemos de los fenómenos materiales”. 

Pero negar el dualismo, una posición que concuerda con su filosofía de la mente, no le impide hacer esta consideración: “Mientras que nuestra teoría nos lleva a negar cualquier dualismo en las fuerzas que rigen los ámbitos de la mente y del mundo físico, respectivamente, al mismo tiempo nos fuerza a reconocer que, a efectos prácticos, siempre habremos de adoptar un punto de vista dualista”. 

¿Por qué? Porque no podemos dar una explicación material específica a las ideas específicas (Mises, 1949). O, como dice Hayek, “cualquier explicación de los fenómenos mentales que podamos esperar conseguir alguna vez no podría ser suficiente para unificar todo nuestro conocimiento, en el sentido de que fuéramos capaces de sustituir enunciados sobre acontecimientos físicos concretos (o clases de acontecimientos) por enunciados sobre acontecimientos mentales, sin cambiar así el significado del enunciado”. Es decir, que “nunca seremos capaces de salvar la distancia entre los fenómenos físicos y los mentales; y a efectos prácticos, incluido el procedimiento apropiado para las ciencias sociales, hablaremos de contentarnos permanentemente con una visión dualista del mundo”. De modo que nos quedamos con el dualismo como posición permanentemente provisional.

Dualismo significa aquí no que haya una sustancia espiritual, sino simplemente que nunca podremos llegar a conocer cómo se forman las ideas de modo específico, y por tanto tenemos que actuar como si el mundo fenomenológico no estuviese causado por fenómenos estrictamente materiales. Es decir, que la teoría de Hayek restituye el principio del libre albedrío, al menos a efectos prácticos.

Vamos ahora a la crítica a las palabras de Luis Carlos Martín. La libertad no exige el libre albedrío. La libertad, en términos políticos, lo que exige es la ausencia del uso, o la amenaza del uso, de la violencia física. La libertad política no se refiere ni a la explicación del origen de las ideas, ni a fenómenos psicológicos, ni a la fortaleza del carácter o al número de opciones que se encuentre uno en su camino. Se refiere a la capacidad de someter la voluntad de otro a la propia, por medio de la violencia física. 

El elemento de la violencia física es muy importante, pues independientemente de la posición filosófica que uno asuma, el cuerpo es propio de cada persona. Y el daño físico sobre él es un medio que puede resultar muy eficaz a la hora de torcer su voluntad, y someterla a la de otra persona. Además, ese daño es delimitable e identificable, mientras que la mera capacidad de convencer a la otra persona no supone un menoscabo de su libertad. Es más, cambiar de parecer sin una amenaza física forma parte de la misma. En este punto, ningún materialismo puede desmentir la idea liberal de libertad, pues lo que la define es uso del elemento material de la persona

Ahora podemos volver sobre las palabras de Martín con algún escepticismo. En la página anterior a la citada, incide el autor sobre la idea de libertad como fundamento de la economía de mercado. Y la niega; lo hace en nombre del determinismo: “El colmo de la ‘idiotez’ (de idiocia) será atribuir la decisión libre al sujeto, ya sea por su juicio (una vez que se atreve a pensar), ya porque ‘haga lo que le dé la gana’, donde ganas y gustos están absolutamente determinados y no se eligen; le vienen a cada cual dados y tiene que asumirlos como pueda”. Defender lo contrario es la “apoteosis de la defensa de las cadenas que expresa el fundamentalismo democrático y el fundamentalismo de mercado; a saber, la idea del sujeto que basa sus decisiones en una voluntad y un entendimiento propio y libre”. 

Ya hemos visto que podríamos ser materialistas monistas y deterministas, y ello no afectaría a nuestra libertad política, por el simple hecho de que no podemos conocer qué es lo que determina exactamente nuestras ideas, y a efectos prácticos es como si no estuviesen determinadas. Dada esa ignorancia, podríamos decir que un daimón, una fuerza insondable y externa, guía nuestras decisiones. Nada de ello afecta al principio de la libertad política (ausencia de coacción).

Serie La teoría del cierre categorial y la economía.

I El cierre categorial

La Ilustración ha muerto. ¿Descanse en paz el liberalismo? (I)

“El hombre es la medida de todas las cosas”. Hace casi 25 siglos que el sofista Protágoras acuñó este aforismo. Un aforismo que, ciertamente, se presta a diversas interpretaciones, desde el relativismo extremo (cada uno tiene su verdad, o cada individuo es la medida de la verdad para sí mismo), al más genérico y razonable planteamiento de Goethe, en el sentido de que existe una medida común, presente en todos los hombres individuales, para valorar las cosas y para atribuirles significado. Sea como fuere, todas las formas de interpretar el aforismo de Protágoras tienen un denominador común: la verdad, la medida de las cosas, no hay que buscarla fuera del hombre, sino en el hombre mismo, ya sea a título individual o colectivo.

El aforismo, o lema si se quiere, de Protágoras, casi diametralmente opuesto al planteamiento de Platón (que podría resumirse en que la medida o la verdad de las cosas es externa e independiente del hombre), fue corregido y aumentado primero por el Renacimiento –que desempolvó del desván de la Historia la cosmovisión materialista, apolínea y a la vez dionisíaca, del espíritu pagano–; y después por la Ilustración, que en su clímax, la Revolución Francesa, elevó a la categoría de divinidad absoluta la facultad más noble, aunque quizá la más débil, del ser humano; esto es, la capacidad de conocer en general y, más concretamente, la capacidad de conocerse a sí mismo.

Kant, una de las cumbres del pensamiento occidental, proclamó en ¿Qué es la Ilustración? la mayoría de edad de la Humanidad (el célebre sapere aude), anunciando la paz eterna universal, no tanto por la vía del cumplimiento de los Diez Mandamientos, sino por medio del Estado de Derecho, de la Educación, de la Ciencia, de la democracia representativa, del libre comercio y de la presunción de racionalidad aplicada a todos los individuos. Muy pocos años antes, y animado del mismo espíritu, Adam Smith había publicado La riqueza de las naciones, típica obra ilustrada, donde acuña el célebre y fértil concepto de la “mano invisible”, o lo que es lo mismo, la capacidad natural de autoorganización y tendencia al equilibrio dinámico de los grupos humanos que un siglo antes Isaac Newton había predicado de la materia y de los astros en los Principia Mathematica. La antigua doctrina de la Providencia activa, sustentadora directa del orden y el equilibrio en las cosas celestes, terrestres y humanas quedaba arrinconada como antigualla oscurantista. Dicho en otras palabras, para conservar y mejorar el orden social ya no era necesario observar ciertas normas morales emanadas de o dictadas por seres trascendentes: la compensación de fuerzas opuestas (el principio de la competencia, o la “mano invisible”), como muestran las leyes de la Dinámica de Newton en lo material, reconducirá a la senda del equilibrio dinámico cualquier perturbación del sistema, ya se trate de un sistema físico o, por analogía, de un sistema social.

Consecuentemente, justo un siglo después de Smith y Kant, y dos siglos después de Newton, Nietzsche, en La gaya ciencia, levantaba el acta de defunción de lo religioso en los asuntos humanos y la inauguración de la era del superhombre, del hombre libre de todo tipo de ataduras (religiosas, morales, materiales, sociales y culturales); esto es, del sapere aude al potens aude tras un siglo, el XIX, de fermentación de las doctrinas emanadas de la Ilustración. Una era plenamente faústica que duró otro siglo, el XX, el de los avances científicos y técnicos más asombrosos en la Historia de la Humanidad, el siglo en que la población mundial se multiplicó por cuatro y la esperanza de vida por dos. Y al mismo tiempo, el siglo de las religiones políticas, de los totalitarismos, de los genocidios programados, de la guerra total y de las armas de destrucción masiva.

Y casi exactamente un siglo después de La gaya ciencia, esta vez un francés, Jean François Revel, contemplando el ya moribundo siglo XX y cerrando el ciclo iniciado por la Ilustración y la Revolución Francesa, levanta a su vez, muy a su pesar, en El conocimiento inútil, otra acta de defunción, la de la hermosa utopía ilustrada que tan elocuentemente expresó Kant, basada en la Razón, en el Derecho y en la Ciencia. Por las mismas fechas, Hayek, ya en las postrimerías de su vida, publicaba La fatal arrogancia, obra destinada a dar la puntilla a un socialismo, real y teórico, ya moribundo. Y esa puntilla vino, no de los afilados instrumentos de la razón ilustrada, sino de una enigmática frase que, ya en su significado literal, apunta a la raíz del problema, y que da título al primer capítulo del libro: “Entre el instinto y la razón”. En otras palabras, Hayek ya pone de relieve la insuficiencia del instrumental ilustrado para comprender los fenómenos y las dinámicas sociales. Así, viene a decirnos Hayek al final de su vida que, ciertamente, el sueño de la razón puede producir monstruos, como Goya ya nos advirtió en sus grabados; pero la razón insomne, desnuda, sin otra referencia en la que apoyarse más que en ella misma, produce monstruos aún más temibles.

Casi al mismo tiempo que estos dos gigantes del pensamiento del siglo XX constataban, cada uno desde su punto de vista, y aun a su pesar, el agotamiento del programa ilustrado, caía con estrépito el Telón de Acero, es decir, el último gran experimento inspirado en la Ilustración (el primero fue la República de los Estados Unidos, que vio la luz al mismo tiempo que se publicaba La riqueza de las naciones). El júbilo, más que justificado, con que fue recibido el acontecimiento, que ya comienza a ser lejano en el tiempo (no en vano, ya ha transcurrido más de una generación), impidió calibrar tanto sus consecuencias como, sobre todo, su más profundo significado, ya esbozado en parte por Revel y por Hayek, como se acaba de señalar; y también, diez años antes, por Aleksandr Solzhenitsyn, en su célebre conferencia en Harvard.

Treinta años después, una vez sublimada la polvareda provocada por la caída del Muro de Berlín, puede decirse que aún no se han extraído las lecciones más importantes, a pesar del terrible aviso del 11-S con que se inauguró el siglo XXI tras esa segunda Belle Époque que transcurrió en la década de los 90, donde parecía que, por fin, iba a hacerse realidad la feliz utopía ilustrada, la de un mundo en paz, en armonía y en constante progreso basado en la Razón, en la Educación, en el Derecho, en la Ciencia, en la democracia liberal, en la división del trabajo internacional y en el libre comercio. Hoy es fácil ridiculizar a Fukuyama, pero en 1992, la fecha en que se publicó El fin de la Historia y el último hombre, la tesis de la democracia liberal como único sistema político posible y viable, y su correlato económico, la división internacional del trabajo, también conocida como globalización, que presidió las cancillerías y las universidades occidentales en la década final del siglo XX, era poco menos que incuestionable.

Desgraciadamente, como ya se ha dicho, el 11-S nos despertó a todos, abruptamente, de ese feliz sueño, para devolvernos a una realidad líquida, casi gaseosa. A un mundo multipolar, tanto en lo político como en lo religioso, lo ético, lo cultural y hasta en lo científico –la climatología es el caso paradigmático, aunque no es, ni mucho menos, el único en el ámbito científico–, donde todo en principio es posible, razonable, esperable y respetable; pero donde en la práctica nada es posible, razonable, respetable ni esperable, salvo la constante tendencia, acelerada en los últimos años, al recorte de la libertad individual en aras de presuntos bienes comunes en forma de nuevos y voraces Moloch (el agotamiento de los recursos naturales, el cambio climático, la preservación de la salud, la lucha contra el narcotráfico y el blanqueo de capitales, la biodiversidad, la ideología de género, la ideología de raza, etc.), que poco tienen que ver con los magnos objetivos ilustrados, mucho menos con el mandato del Génesis (creced y multiplicaos), sino más bien con un nihilismo apocalíptico que ya ha tenido lugar en otras épocas de la Historia, y que es, a su vez, uno de los síntomas más claros del agotamiento de una cultura y de la civilización a la que ésta dio lugar, como ya observó Spengler hace un siglo en La decadencia de Occidente.

Un mundo turbulento e incierto que contrasta llamativamente con la solidez granítica, al menos en apariencia, de los antiguos bloques políticos heredados de la posguerra mundial. En definitiva, un síntoma más de que ese mundo racional, ético y científico basado en la Razón ilustrada, hoy ya no es más que, parafraseando de nuevo a Spengler, un bicentenario árbol seco al que se adhieren efímeras trepadoras oportunistas en busca de una luz y un soporte que son incapaces de procurarse por sí mismas. Un cadáver erecto del que se aprovechan las plantas parasitarias dándole una falsa apariencia de lozanía y verdor, pero que ni crece ni deja crecer a las plantas y los árboles de provecho que, en el suelo del bosque, pugnan por algo de luz y algo de alimento.

Y esto nos lleva directamente a una dolorosa pero necesaria pregunta. Si la Ilustración se ha agotado, el liberalismo, su hijo más noble, su hijo predilecto, ¿no se habrá agotado también?

Volvamos todavía, por un momento, al aforismo de Protágoras: si el hombre es la medida de todas las cosas, para conocer la medida de las cosas, primero habremos de saber qué es el hombre, o al menos tener una pretensión de conocimiento más o menos ordenada y coherente acerca de él. Más que un juego de palabras, esta es, o más bien debería ser, la cuestión central en todas las ciencias humanas, particularmente en las ciencias sociales: acertar cuanto sea posible con la antropología, porque sin una buena antropología, no se hace ciencia, ni se propician sociedades armónicas sino, a lo más, ideologías y agendas políticas cuyo objetivo, mediato o inmediato, es el dominio sobre otros en provecho propio, no la armonía o el verdadero progreso.

Sin embargo, en lugar de eso, el viejo aforismo de Protágoras parece haberse transmutado en nuestros tiempos en algo así como “Las cosas son la medida de todo hombre”. De ahí que la erística –el arte de aparentar que se lleva la razón, se esté o no en lo cierto–, fundada precisamente por Protágoras, y su descendiente directa, la propaganda, hayan sustituido, primero en el ámbito cultural, después en el político, luego en el económico y por último en el científico, a esos serenos, sesudos y sosegados debates y análisis en busca de lo bueno, de lo verdadero y de lo bello, que han caracterizado a la Filosofía occidental desde sus inicios.

La política, la economía y las finanzas, tanto en la teoría como en la práctica, son hoy apenas algo más que imagen y propaganda, un producto más de consumo masivo donde lo importante es la apariencia, no el contenido; pues no se busca lo verdadero, sino lo atractivo o, peor aún, lo que es beneficioso únicamente para los intereses y objetivos de élites muy reducidas. Las ciencias naturales, particularmente la biología y su hija más querida, la ecología, han dejado de ser la ciencia que estudia los seres vivos y sus interacciones en el medio natural para convertirse en una neorreligión apocalíptica (un mal remedo de la “religión de la humanidad” que ya entrevió Auguste Comte, el mismo que, por cierto, acuñó el concepto de “Física social”, edulcorado después con el eufemismo “Sociología”) que, en su forma más extrema y más política, trabaja activamente por la llegada de un nuevo mesías en forma de gobierno mundial destinado a actuar como sanedrín de un nuevo culto neolítico a la Madre Tierra, con derecho a lapidar social o incluso físicamente a los disidentes; y a dilapidar, si es preciso, veinticinco siglos de civilización occidental. Consecuentemente, las ciencias sociales, después de haber sido durante un siglo y medio el campo de batalla ideológico por excelencia, han acabado degenerando, en mayor o menor medida, en un conductismo pedestre cuando no en mera zoología aplicada a los grupos humanos.

En pocas palabras, ese retruécano sobre el aforismo de Protágoras, lejos de ser una hipérbole más o menos ingeniosa, es en realidad el auténtico lema de nuestro tiempo: el de un descarnado materialismo cultural, científico, técnico, sociológico y antropológico (la otra cara de la moneda, por cierto, del relativismo moral) típico de las culturas en avanzado estado de decadencia que ya han dado el primer paso hacia su descomposición, camuflada, eso sí, bajo la bandera de la libertad individual. O dicho de otro modo, partiendo de la mayoría de edad de la Humanidad, de la Razón autónoma y del libre examen y juicio individual de la Religión, de la Cultura, de la Moral, de la Ciencia, de la Política y de la Economía, tras doscientos años hemos desembocado prácticamente en el opuesto simétrico o, si se quiere, en el estado natural del hombre, que nada tiene que ver con las fantasías de Rousseau: el hombre, en su estado natural, y privado de referencias trascendentes que le ayuden a ordenar su vida y su acción, es un ser alienado, encadenado a sus propias pasiones, sujeto a fuerzas y poderes que no comprende ni puede controlar, y que tampoco puede resistir ni combatir, y que depende de la benevolencia, del criterio e incluso del permiso de los nuevos chamanes para proyectar su acción en el mundo. Porque, en definitiva, eso es lo propio del hombre, lo que le distingue del resto de los seres vivientes: la acción consciente. La acción humana con unos propósitos u objetivos concretos, propósitos u objetivos que nacen de lo adquirido a través de la educación y de la cultura en la que crecemos y nos desarrollamos.

Ausentes y sin posición: El fracaso de las élites occidentales

Resultan sorprendentes las imágenes y videos que circulan en las redes sociales y medios de comunicación sobre la invasión de los Talibán en Afganistán durante el fin de semana. No es extraña, sin embargo, la noticia en sí misma sobre una región y, concretamente Afganistán, que ha sufrido décadas de invasiones, guerras civiles y conflictos étnicos que no se han resuelto hasta hoy y sobre los que pesa el papel que las potencias mundiales y occidentales han tenido en los sucesivos conflictos.

El lector se preguntará ¿Por qué debemos preocuparnos por la estabilidad de un país alejado de las fronteras europeas? ¿No es más conveniente que los propios afganos definan sus soluciones y no inmiscuirnos en su política interna y en los conflictos de una región ajena a nuestra idiosincrasia? 

Pero es fundamental prestar atención a este nuevo cambio del orden geopolítico en la región, aunque los ciudadanos y gobiernos que subyacen en aquellos países no compartan la cultura, el idioma ni la visión de las cosas y del mundo —por ejemplo, la democracia como sistema de gobierno y la libertad como valor indisoluble del ser humano— que los países europeos y occidentales tienen salvo contadas excepciones, más bien, reducidas a la corrupción de grupos u oligarquías que ostentan el poder en algunos casos.

Lo ocurrido este fin de semana no es más que la caprichosa repetición de la historia en una región tradicionalmente inestable política y socialmente que tiene un punto de quiebre en 1919, tras la finalización de la Primera Guerra Mundial y en 1973 cuando se establece el sistema de gobierno republicano, en un intento más por modernizar el país. Pero, aunque los hechos vertiginosos de los que somos testigos se remiten a consecuencias de orden histórico, me referiré al rol que ha tenido el presidente afgano y el análisis de la situación de la potencia norteamericana que son también importantes en un contexto voraz de información. 

A más de uno ha extrañado la salida abrupta del presidente Ashraf Ghani, que apenas pudo proveer de certidumbre a los ciudadanos y frenar el avance de los talibanes a la capital afgana cuando los especialistas americanos —entre ellos la CIA y el Pentágono—, daban un margen de entre seis y dieciocho meses para que esto ocurra, lo que finalmente se produjo en apenas unas semanas. 

Ashraf Ghani que fue profesor universitario en la Universidad de California en Berkeley y en la Universidad Johns Hopkins de Baltimore, asume el poder en 2014 envuelto en un mantra nostálgico de las aulas que precedió y la experiencia académica no menos relevante que le antecede: es fundador de un think tank en Washington, cuya principal tarea era estudiar la brecha existente entre la participación de los ciudadanos y la confianza entre estos y los Gobiernos para la creación de políticas públicas.

El presidente huido de Afganistán pasó la mayor parte de su vida fuera de su país, entre centros universitarios, círculos académicos y consultoras políticas. Y en buena medida, conocía mejor Estados Unidos que Afganistán (para ser presidente de su país tuvo que renunciar a su nacionalidad americana).

Una vez en el poder, al que accedió gracias a su capacidad para convencer y codearse con los americanos —quienes verdaderamente decidían sobre el futuro de la nación ‘ocupada’—, abrazó el nacionalismo de su comunidad étnica, los pastunes, lo que produjo una división aún más profunda con las otras comunidades que habitan el país árabe, y nunca pudo establecer una cooperación notable y duradera con otras potencias que lo rodean, como China, Irán o Pakistán: su incapacidad política se vio dimensionada en los dos ámbitos, interno y externo, y su liderazgo se redujo a la figura ornamental de un gigante con los pies de barro.

Ashraf Ghani es el más claro ejemplo del fracaso de las élites occidentales en Medio Oriente, territorio históricamente hostil a los encantos de la democracia y los sistemas liberales de gobernanza y economía. A ello hay que sumar la desidia que los gobiernos americanos han tenido en este caso en concreto y la ausencia de una política exterior seria para la resolución de un conflicto que amenaza a la estabilidad de Europa: violencia, migración y terrorismo.

Ghani no solo ha sido derrotado estrepitosamente por los talibanes, ha sido abandonado por los americanos y ninguneado por sus aliados internos e incluso por el propio ejercito afgano corrupto y sin motivación alguna por defender una patria que, en cierta medida, no les reporta ningún valor moral ni económico.

Estados Unidos ha abandonado Afganistán a su suerte y Joe Biden ha ratificado la sospecha generalizada que se tiene respecto de la incapacidad o la falta de voluntad de que el país americano despliegue una política exterior con ‘altura de miras’ en un contexto donde no se pueden reducir los hechos a la pretensión filosófica de lesse fair lesse passer, porque la amenaza será aprovechada por otros protagonistas, tal como ocurrió en los años setenta con la invasión rusa, denominada guerra afgano-soviética que se extendió hasta los años noventa. Por su parte, China buscará evitar verse afectada por las hostilidades en Afganistán, país con el que comparte unos 60 kilómetros de frontera en la región noroccidental de Xinjiang. 

Estados Unidos, el país liberal y capitalista por excelencia y una de las mejores democracias del mundo se ha quedado ausente y sin posición, mientras el pueblo afgano se debate entre la huida y la resignación a un régimen absolutista islámico que no reconoce los Derechos Humanos ni ninguna categoría de libertad y dignidad humanas, solo la barbarie.

Más allá de la banalidad del mal

Recientemente estuvo circulando por las redes un vídeo en el que se ve cómo un grupo de aparentes musulmanes asesinan, a sangre fría, a una mujer en medio de la calle, supuestamente en Kabul, hace dos días. En seguida han salido las empresas comprobadoras de la verdad a decir que es una noticia falsa, pero no porque el asesinato no se produjese, ni porque la actitud de los verdugos fuese otra, sino porque no tuvo lugar antes de ayer en Afganistán, sino hace siete años, y en lugar de por talibanes, fue llevado a cabo por terroristas de Al-Nusra, en Siria. Quizás sea digno de destacar el matiz, aunque la esencia de la situación no cambia demasiado. 

La mayor parte de los periodistas y políticos, de toda laya y condición, se lanzan enseguida a criticar, con horror, estas escenas cuando aparecen. Pero pocos han tratan de explicar por qué son, por desgracia, tan habituales, y, sobre todo, qué hay detrás de tales actos, y, sobre todo, de la forma en que se ejecutan. Se habla de extremismo, de caos, de violencia, de descontrol, de crueldad con las mujeres, de odio, de venganza. No me vale.

Las imágenes, ocurriesen donde ocurriesen, son terroríficas por muchísimas razones; pero la más desazonadora es la indiferencia. No es sólo la frialdad de quien dispara -parece no inmutarse-, sino la apatía y pasividad de quienes se congregan, poco a poco, a su alrededor, y asisten, indolentes – casi con desidia y displicencia- al asesinato.

Decía Hannah Arendt en su “Eichmann en Jerusalén”, que lo más grave, en el caso de Eichmann, el famoso y diligente criminal alemán, era precisamente que hubo “muchos hombres como él, y que estos hombres no fueron pervertidos ni sádicos, sino que fueron, y siguen siendo, terrible y terroríficamente normales”. “Desde el punto de vista de nuestras instituciones jurídicas y de nuestros criterios morales, esta normalidad resultaba mucho más terrorífica que todas las atrocidades juntas”, ya que este tipo de delincuente”, afirma, “comete sus delitos en circunstancias que casi le impiden saber o intuir que realizan actos de maldad”. “Una de las lecciones que nos dio el proceso de Jerusalén”, dice más adelante, “fue que tal alejamiento de la realidad y tal irreflexión pueden causar más daño que todos los malos instintos inherentes, quizás, a la naturaleza humana. Pero fue únicamente una lección, no una explicación del fenómeno, ni una teoría sobre el mismo”.

En efecto, lo que decía Arendt, respecto del criminal alemán, es perfectamente extrapolable a las imágenes de las que hablamos. El autor y su público aparentan ser normales, no manifiestan especial odio, ni inquina, ni crueldad, ni ensañamiento, ni sed de venganza. No parecen fuera de sí, ni sumidos en una enajenación mental transitoria, ni drogados, ni bebidos. Simplemente actúan o toleran, como si fuese un gesto automático e intrascendente. Actúan con rutina y desapasionamiento, con total normalidad, ante el pasmo de quienes tenemos otros “criterios morales”.

Algunos han criticado las palabras de Arendt, aduciendo que el verdadero horror del caso Eichmann, y del de otros como él, no es que los autores fuesen ciegos, sino que veían y sabían perfectamente lo que hacían, estaban convencidos de que era lo correcto, y eran capaces de ejecutar sus tareas con especial diligencia y orgullo. El problema, afirman, es que la barbarie ocurre cuando la gente se identifica radicalmente con grupos de actitud o ideología brutales, y eso les lleva a ejecutar con esmero sus tareas, y a sentir, por ello, una íntima satisfacción.

El problema, creo yo, va más allá. Tanto Arendt como sus críticos dan por hecho que los actos de Eichmann, y de quienes actúan como él, son intrínsecamente malos –“brutales”-, sean o no conscientes sus ejecutores, y todo sus esfuerzos, argumentativos y de análisis, van dirigidos a comprender el porqué de ese error intelectual del criminal. Pero parecen olvidar que los hombres actuamos por valores inconscientes muy jerarquizados, y que esa jerarquía condiciona nuestros actos, sus motivaciones y la satisfacción o el arrepentimiento posterior. 

El problema moral exige determinar previamente si existen valores absolutos, externos a nosotros y objetivos, y cuál es su fundamento, para, a partir de ahí, explicar por qué la escala asimilada por la gente no se compadece con aquéllos; o, si, por el contrario, los valores y su posición en el escalafón son intercambiables. Decía Dostoyevski, por boca de Iván Karamazov, que “si se extirpa en el hombre la fe en la inmortalidad, se secará en él enseguida no sólo el amor, sino, además, toda fuerza viva para continuar la existencia terrena. Más aún: entonces ya nada será inmortal, todo estará permitido, hasta la antropofagia”. 

Vivimos en un mundo descreído, con dioses creados a merced de los que mandan. Los demás somos borregos, atontados y cobardes, incapaces de mirar y confrontar. Y mientras desde pequeños nos imbuyan de planteamientos aberrantes, o de simple relativismo moral, escenas como las de Eichmann o Siria seguirán apareciendo, cada vez con más asiduidad. Los comunistas se esforzaron desde el principio por crear un hombre nuevo. Decía Trostki, en “Literatura y Revolución”, que “la especie humana, el perezoso Homo sapiens, ingresará otra vez en la etapa de la reconstrucción radical y se convertirá en sus propias manos en el objeto de los más complejos métodos de la selección artificial (en oposición a la selección natural darwiniana) y del entrenamiento psicofísico. El hombre logrará su meta… para crear un tipo sociobiológico superior, un superhombre (Übermensch), si se quiere”. 

Parece que el ser humano ha quedado reducido a no más que pura materia virgen, modelable a placer por “las manos” de quien manda. El problema es que el hombre no es sólo eso. Si no, no nos hubiésemos levantado tantas veces en la historia, cuando parecía estar todo perdido. Sólo eso parece demostrar que hay algo más, que los valores no son relativos, y que, en consecuencia, la aberración tendrá un precio y terribles consecuencias.

La economía circular o el intervencionismo perfecto

La economía circular gusta, y a algunos, mucho. Es una concatenación de posibilidades que nos lleva a una utopía perfecta, de equilibrio con el medioambiente, de necesidades adecuadas y moderadas en la sociedad, que reduce y minimiza cualquier contaminación o daño al entorno, disminuyendo o, incluso, evitando el uso de nuevas materias primas (de nuevo, en beneficio para el ecosistema). Es tal el entusiasmo que, según la UE, este sistema verde será responsable de un incremento de la competitividad y una mayor innovación, que producirán un crecimiento económico que cuantifica en un 0,5 por ciento adicional del PIB y un incremento del empleo de nada menos de 700.000 trabajos solo en la UE cara a 2030. No tengo muy claro que estas cifras dadas por la UE sean especialmente brillantes y ajustadas a la realidad, pero son las que aparecen en este documento.

Además, es una economía abierta a más “palabros”, esos conceptos que con frecuencia se nos meten en el lenguaje técnico y terminan adornando cada vez más discursos ligados a las modas y a lo político y económicamente correcto. En el artículo anterior, expuse que la reducción, la reutilización y el reciclaje eran la base del sistema. Sin embargo, actualmente podemos encontrar otros cuatro conceptos que se han ido intercalando entre estos, aunque quieran decir más o menos lo mismo: reutilizar, reparar, renovar, reciclar, recuperar, rediseñar, reducir. Nada que no veamos en la web de una gran empresa, en un anuncio de televisión, que escuchemos en un mensaje de algún famoso concienciado con el medioambiente, de algún gurú o un coach que dedique su acreditada vida laboral a enseñarnos qué hacer, cómo hacerlo y qué evitar. Es tal el entusiasmo que despierta que sería bueno sacarle sus puntos oscuros, incluso sus inconvenientes.

La economía circular mimetiza los ciclos naturales, los sistemas ecológicos en los que nada parece desecharse, al menos en teoría. Siempre he tenido dudas sobre la supuesta eficiencia de la naturaleza. Esta no es un diseño inteligente en el que todo está pensado al dedillo y nada se escapa a la mente creadora. La evolución actúa sobre lo que hay en un momento dado. En un ecosistema, las relaciones entre las partes tardan cientos, miles o millones de años en crearse y el aprovechamiento de los recursos no tiene por qué ser perfecto (suponiendo que se pueda definir qué es aprovechamiento y qué es perfecto). Tampoco responden a un objetivo, pues el ecosistema surge, vive durante un tiempo y luego desaparece o es sustituido por otro; las especies aparecen y desaparecen, aunque todo esto no implica que no se desarrollen sistemas que lo reparen en cierta medida, si el daño no es excesivo. Un ecosistema está sujeto a cambios constantes, la mayoría lentos o muy lentos, a los que es fácil adaptarse, y otros rápidos, posiblemente catastróficos, o que implican respuestas más veloces que las habituales[1].

La economía circular no es un sistema que surja de manera espontánea y que crezca de una manera natural; por el contrario, es un sistema pensado y planificado, que ha buscado modelos externos para implementarse y que tiene claro qué tipo de procesos está permitido, cuál está prohibido y cuál tiene su uso condicionado por las normas que establecen sus creadores. Estamos ante un sistema que nada tiene de natural, aunque muchas veces se identifique con ello, sino más bien de artificial, entendiendo por tal lo que sale de la mente de ciertas personas, según sus conocimientos, ideas preestablecidas, objetivos y necesidades que tengan o propongan. Si buscamos algo parecido a un sistema natural, no deberíamos fijarnos en la economía circular, sino en el libre mercado, donde las relaciones son voluntarias y espontáneas, incluyendo las normas que las regulan.

En la economía circular se establece una jerarquía en cuanto a quién debe recibir el mayor beneficio. El primer mandamiento es que el medioambiente no debe salir perjudicado o, al menos, que el daño sea mínimo y reparable. Todo lo que no cumpla esta primera norma está prohibido o muy condicionado. ¿Deja eso en segunda posición las necesidades de la gente? Pues no, tampoco diría yo que ocupen ese lugar. El cómo es tan importante como el qué. Al no ser un sistema espontáneo, los que piensan, implementan y mantienen vivo el sistema son tan importantes como el propio sistema. Toda maquinaria debe tener unos técnicos que la mantengan; técnicos, funcionarios, financiadores y un largo etcétera de personas, instituciones y empresas que la hacen posible estarán por delante de las necesidades de otras personas que deberán, no sólo adaptar sus necesidades y deseos a estas normas, sino también costear su mantenimiento y posibles sobrecostes, en definitiva, su financiación. La eficiencia no será base de la economía circular, sino su supervivencia, incluyendo los que viven por y para ella.

No es casualidad que las grandes empresas participen en esta filosofía de hacer las cosas o, al menos, que dediquen bastante de su presupuesto de márquetin y publicidad a vender su actividad como una que aspira a ser circular. Sea cierto o no, la economía circular está moviendo muchos miles de millones en forma de proyectos favorecidos con subvenciones, financiación ventajosa y todo tipo de ayudas que se promueven desde instituciones estatales, supraestatales y políticas en general. De hecho, el ecosistema económico que genera estas políticas medioambientales atrae a muchos emprendedores, que no empresarios, y surgen organizaciones, que no empresas, que viven de ello y que no sé si tendrían ingresos en un sistema más libre, menos intervenido. Suelen ser las más activas en la propaganda, en fortalecer las ideas y la ideología que las mantienen vivas. No es extraño que los anuncios de reciclaje sean tan abundantes en las televisiones en abierto. La supuesta innovación estaría marcada por los límites del sistema, no por la capacidad de imaginar cosas. Podrían extraerse ideas de los ecosistemas, pero es también bastante posible que algunas de esas ideas no sean adecuadas. Acceder a algo que esté fuera del sistema cíclico será burocráticamente imposible o, al menos, muy difícil. Y los puestos de trabajo serán los ligados a dichas actividades.

La economía circular es un sistema económico “perfecto” para un sistema estatal con fuerte tendencia a la intervención, con o sin un ecosistema empresarial ligado a ella. No es por tanto extraño que, desde la UE, desde los gobiernos nacionales o desde los regionales y locales se fomente, pues son precisamente ellos, los políticos, funcionarios y técnicos del Estado, los encargados de crearla, dirigirla e implementarla. En plena crisis climática, con el apocalipsis cerca, su instalación es una necesidad moral y, por ello, su filosofía y sus conceptos vuelven a aparecer en los documentos, papers y otras gansadas oficiales, universitarias y políticas.

¿Estamos ante un engañabobos? Tampoco estoy diciendo eso. La ciencia y los desarrollos ligados a lo que se llama economía circular me parecen muy interesantes y estoy seguro de que están dando mucha información y conocimiento para hacer que nuestra economía sea mucho más eficiente y menos dañina. La economía lineal, esa que han dicho que es lo contrario de la circular, la que termina con todo en el vertedero, nunca ha sido así. La gente tiende a reutilizar de manera espontánea, cambia cosas de uso y les da más vida, vende o intercambia cosas con conocidos y desconocidos. Prácticamente toda la base de este sistema ya existía antes de que se definiera, y funcionaba. Que ciertas personas con ciertos intereses lo hayan sistematizado un poco y lo hayan bautizado con un nombre bastante llamativo no lo hace nuevo. Lo que sí es nuevo es la manera de usarlo, una herramienta de ingeniería social que conduce a un intervencionismo perfecto.


[1] Un ejemplo de ello fue la desaparición de los grandes mamíferos o la de los marsupiales, que sobrevivieron nada más que en Oceanía (y alguno en América), o la fluctuación de los niveles de oxígeno en la atmósfera, alterando el tipo de fauna y flora sin, por ello, acabar con la naturaleza.

Artículo anterior: La nueva-vieja economía circular

Lo que se ve y lo que no se ve del cierre de locales nocturnos contra el COVID

Ha pasado ya casi un año y medio del fatídico mes de marzo de 2020. Muchos piensan que ese mes nuestra vida cambió por un virus, el tan traído y llevado COVID-19. Pero lo cierto es que no fue por un virus sin voluntad por lo que cambiaron nuestra vidas, sino por la reacción de la gran mayoría de los Gobiernos ante la pandemia. 

Por primera vez, los ciudadanos de los países democráticos, que nos pensábamos libres, pudimos constatar los frágiles límites de nuestra cacareada libertad. Y tuvimos que quedarnos encerrados en casa, saliendo solo cuando el Gobierno nos autorizaba y a hacer las cosas que nos permitía. Cuando por fin nos dejaron salir de casa, lo hicieron con drásticas reducciones en nuestra libertad de movimientos, que en España tomaron la forma de confinamientos perimetrales de pueblos, ciudades y regiones. A ellas se pueden unir un sinfín de medidas restrictivas, empezando por la obligación de llevar mascarilla incluso en espacios abiertos, y otras muchasafectando a distintos sectores económicos

Prácticamente todas las medidas han demostrado hasta la saciedad su inutilidad en la lucha contra el COVID, sin por ello dejar de ser aplicadas contumazmente por los Gobiernos, con honrosas excepciones puntuales. Prueba de esta inutilidad son los largos periodos de aplicación, que no tienen correlación con los ciclos de aumento y reducción de afectados por el virus.

Pero da igual. Ya está aquí la “quinta ola”, pese a vacunaciones y confinamientos, y vuelve el burro a dar vueltas a la noria. Ahora el foco lo tenemos en los jóvenes y sus contagios explosivos. ¿Solución? Muchos de nuestros políticos lo tienen claro: toque de queda, limitación de aforos o, por qué no, cierre de locales nocturnos.

En este artículo me centraré en esta última medida, y propondré un análisis económico clásico sobre sus supuestas bondades. A ver si en él encuentran argumentos los empresarios de tan sufrido sector para oponerse a las medidas de nuestros políticos.

Como decía el gran economista Bastiat, el arte de la economía consiste en identificar los efectos de las medidas políticas, no solo en el corto plazo y en los grupos a los que se dirigen, sino en todos los plazos y en todos los grupos. Solo de esta forma se puede establecer el efecto “neto” de la medida; sin este análisis completo, todas las medidas parecen efectivas y positivas para la sociedad.

Así pues, empecemos por lo que se ve. Y para ello vamos a hacer una asunción muy fuerte y a lo mejor errónea, y es que, efectivamente, el cierre de locales nocturnos suponga una reducción de contagios por COVID-19 y que ello contribuya a la detención de la pandemia, con beneficio para la sociedad. Que esto sea o no así no lo puede decir un economista, por lo que no procede manifestarse en este análisis sobre ello.

Ya tenemos “lo que se ve” de esta medida. Se reduce el número de contagios en asistentes a estos locales, y por tanto la sociedad se beneficia de que la pandemia ralentice su expansión. En el lado negativo de “lo que se ve”tenemos a los propietarios de este tipo de negocio, que verán reducida su actividad económica hasta la inviabilidad, lo que afectará también a todos los individuos que aporten recursos a la actividad, como empleados, arrendatarios, suministradores de bebidas… o incluso taxistas/Uber/Cabify que verán reducida su actividad nocturna considerablemente.

Vayamos a “lo que no se ve”, lo cual normalmente exige un análisis dinámico de la situación. En un análisis estático, al individuo se le asume sin creatividad: se le prohíbe que vaya a locales nocturnos y deja de ir y se queda en su casa sin relacionarse. Pero ninguna persona corriente es así. Cuando no pueden resolver su necesidad de una forma, las personas normales empiezan a pensar en cómo resolverla de manera alternativa, no en olvidar su necesidad. Y aunque es cierto que a muchas no se les ocurre cómo hacerlo, con unas pocas que acierten, los demás las imitamos, y el problema se resuelve.

Las visitas a los locales nocturnos cubren la necesidad de un grupo de población (jóvenes, y no tan jóvenes) de relacionarse con otras personas. Esa necesidad no desaparece con la prohibición de abrir locales nocturnos; la necesidad se mantiene y la gente tratará de buscar alternativas dentro de la libertad que se les permita. Cuando el confinamiento era domiciliario, las telecomunicaciones cubrieron razonablemente bien el expediente, aunque la solución que nos dan es insatisfactoria desde muchos puntos de vista. 

Pero sin la confinamiento, los jóvenes se seguirán reuniendo, sea en la calle, sea en domicilios particulares, o en locales que desafíen la ley. Es por ello que hay que completar la prohibición con otras como el toque de quedao limitaciones en reuniones en casas particulares, en un proceso clásico de expansión de la regulación que tan bien describe Mises en su obra clásica “La teoría del control de precios”.

En suma, el análisis dinámico de la demanda nos muestra que las reuniones y los contactos que posibilitan la transmisión del virus se seguirán produciendo, y seguramente lo hagan en condiciones que faciliten más su propagación, como puedan ser de muchas personas en domicilios particulares.

Valgan estos como apunte de un inicio del análisis. Veamos ahora brevemente qué pasa con la oferta desde el punto de vista dinámico. Al prohibir de forma absoluta la apertura de locales nocturnos, desaparecen completamente los incentivos a innovar que estos emprendedores puedan tener. Si aceptamos, como hemos hecho, que la asistencia a estos locales supone un riesgo alto de contagiarse y expandir el virus, es obvio en que los primeros interesados en tomar medidas para que ello no ocurra serán los propios gestores de los locales.

Dada su motivación, en un contexto de libertad, serían ellos los que buscarían alternativas seguras para sus clientes, posiblemente cooperando con expertos en contagios (o sea, como dicen los políticos que hacen, pero aquí con el incentivo correcto). Quizá tengan que reducir el aforo, quizá la solución sean sistemas de circulación de aire, o ventilación periódica, o control de CO2. Yo no lo sé, no soy experto en epidemiología, pero sí sé que los empresarios terminarían encontrando una solución si se les dejara competir en libertad.

Por el contrario, la prohibición desincentiva, no solo directamente (al no poderse llevar a cabo la actividad, para qué pensar en cómo hacerla segura),  tal innovación. Imaginemos un emprendedor que se ha esforzado por buscar soluciones, ha invertido en implementarlas, y lo ha hecho con éxito. Ello le ha supuesto un mayor coste, y, por tanto, tendrá que cargar un mayor precio para recuperar su inversión a cambio de una interacción social segura (desde el punto de COVID). Sin embargo, con la prohibición absoluta que plantean los políticos, este empresario está exactamente en las mismas condiciones competitivas que sus rivales que no han hecho tal esfuerzo emprendedor e inversor. Sabiendo que estos cierres indiscriminados pueden volver a ocurrir, ¿qué empresario estará dispuesto a asumir el riesgo de esta búsqueda? Por tanto, para la sexta, la séptima y sucesivas oleadas, seguiremos sin tener locales nocturnos sin riesgo COVID.

Aun aceptando, que es mucho aceptar, que el cierre de locales nocturnos frena el contagio del COVID, se observa que tal prohibición tiene efectos dinámicos muy negativos para la sociedad, más allá de los estáticos de pérdida de trabajo y en general de actividad económica. En suma, dicha prohibición obstaculiza la búsqueda e implementación de soluciones seguras (frente al COVID) para la interacción de  nuestros jóvenes. Como esta necesidad no tiene visos de ir a desaparecer, más valdría a los Gobiernos abandonar la táctica de prohibición, que, en el fondo, es solo dar una patada para adelante al problema. 

Y esto nos llevaría al tema del funcionamiento de las vacunas. Pero a esto no podemos responder con el método de Bastiat, así que dejémoslo aquí.

¿Son los dólares de la Fed un pasivo? (I)

A raíz de un artículo de Brendan Greeley en el Financial Times, se ha generado un interesante debate en twitter sobre si el dólar es una deuda. Cuestionando incluso su clasificación como pasivo por parte de la Reserva Federal. El autor del artículo y otros economistas como Jon Paul Koning defienden que el dólar si es una deuda o pasivo, y por otro lado George Selgin, Larry White defendían que no lo es, que si es un pasivo solo lo es en nombre (no por su naturaleza).  Por mi parte yo no tengo ninguna duda en posicionarme con los primeros.  El dólar es claramente una deuda, una obligación de sus emisores.

La discusión no es solo relevante desde un punto de vista teórico y académico, también es relevante a efectos prácticos pues los legisladores y políticos utilizan los consensos científicos para promulgar leyes.  Como ejemplo reciente tenemos el supuesto consenso científico sobre el cambio climático que indudablemente tiene consecuencias políticas, legales y fiscales sobre los ciudadanos.  En este caso podría tener consecuencias sobre el dólar ya que si como sostiene el profesor Selgin los dólares emitidos por la Fed tienen una “conexión muy débil con el valor de los activos que lo respaldan”, esto podría resultar en una menor exigencia de información a la Fed, o una menor exigencia de respaldo como por ejemplo eliminando el requisito de contabilidad por partida doble con inventarios independientes para los activos por un lado y los dólares emitidos por otro, de manera que cada dólar emitido no esté necesariamente respaldado por el mismo nominal en activos.

El profesor Selgin separa y compara los dólares emitidos por los bancos comerciales con los dólares emitidos directamente por la Reserva Federal. Admite que los primeros son indudablemente una deuda, pues el banco está obligado a redimir sus depósitos por dólares de la reserva federal, mientras que la reserva federal no está obligada a redimir sus dólares por nada. Los dólares emitidos por la Fed son un “I owe you nothing” según Selgin, que paradójicamente coincide en esto con los cienporcientistas en su “dinero que se imprime de la nada”, pues el error de ambos se fundamenta en exactamente lo mismo: Entender la causalidad al revés y no darse cuenta de que los medios fiduciarios y la moneda fiat son créditos otorgados por el mercado.

Pero el razonamiento de que los dólares emitidos por la banca comercial son deuda por ser redimibles ya tiene un problema. ¿Seguro que son deuda por el hecho de ser redimibles? ¿Dejarían de serlo si no pudieran redimirse, si se prohibiera al cash, por ejemplo?  

Un banco comercial crea depósitos al prestar.  Pongamos el caso de la venta de un inmueble a crédito.  La forma más simple de que el propietario del inmueble lo venda a crédito es pidiéndole al comprador que le entregue una promesa de pago.   El comprador podría ir pagando la promesa entregando bienes al vendedor, según acuerden las partes. O  si la promesa circula podría simplemente comprar la promesa, extinguiendo su deuda pues ya ningún tercero puede reclamarle nada, lo cual demuestra que la redimibilidad no es la única manera de liquidar una deuda. Otra forma de instrumentar la operación sería que un tercero especializado intermediase el crédito, adquiriendo la promesa de pago (hipoteca) y emitiendo a cambio sus propias promesas para entregarlas al acreedor, al vendedor de la casa.

Si la deuda del deudor original o la deuda del intermediario circulase hasta el punto de ser unidad de cuenta, la cancelación del crédito por la vía de recomprar la promesa es una forma muy práctica de operar, pues el valor de la deuda se actualizaría en tiempo real partiendo de su valor inicial (el precio de la casa en aquel momento) con respecto a todos los bienes de la economía, es decir, basta con tener una buena estimación del tipo de interés denominado en esa deuda para estructurar una operación de crédito.  La deuda de intermediarios especializados, los bancos, es ideal para este propósito siempre que exista la información suficiente sobre la calidad de sus créditos, es decir, de qué manera está respaldada la deuda del banco por la de sus deudores. No es necesario que los deudores dispongan de un bien concreto (por ejemplo oro), sino que dispongan de los bienes suficientes, sean cuales sean, para recomprar las deudas emitidas por los bancos y entregarlos para pagar compensarlas con sus propias deudas.  En este sentido la contabilidad, como siempre, es una herramienta fundamental del cálculo económico.  No es un mero trámite burocrático, sino el medio de información fundamental para que los agentes puedan valorar la deuda de un banco, la moneda que emiten.

Así es como la banca comercial crea y destruye la gran mayoría de los dólares en circulación.  No son deuda porque sean convertibles en dólares de la reserva federal, sino porque son el resultado de monetizar otras deudas, como la hipoteca de nuestro ejemplo.  Y de hecho la inmensa mayoría de los depósitos en dólares comerciales nunca se redimen por dólares de la Reserva Federal, sino que se utilizan para compensar deudas.  Es decir, el hipotecado tendrá que ir comprando depósitos en dólares en el mercado para entregarlos a su banco que los compensará contra la hipoteca.  Por tanto, si la redención casi nunca se ejecuta, cabe hacer la pregunta de si realmente es necesaria esa redimiblidad de los depósitos para el funcionamiento de la banca comercial.   

Para que esta forma de intermediar crédito sea posible, es impepinable que el banco se obligue a aceptar depósitos en dólares para cancelar la hipoteca.  Y esto tiene que ser así existan leyes de curso legal o no, de lo contrario nadie pediría un crédito a un banco que no se obligue a aceptar sus propios depósitos como pago, pues sería una tomadura de pelo.  Mucho ojo, aquí lo relevante no es que el depósito del banco sea medio de pago, sino que el deudor, al adquirir depósitos, está recomprando indirectamente su propia deuda con el objetivo de extinguirla.

Aquí la diferencia entre los títulos de propiedad del banco y los depósitos es clara. Yo no puedo exigir que el banco me acepte como pago sus títulos de propiedad (acciones del banco), pero si puedo exigir que me acepte sus depósitos. También puedo exigir llevarme el depósito a otro banco en cualquier momento, cosa que no tiene siquiera sentido plantear con los títulos de propiedad. Por eso los depósitos se clasifican contablemente como pasivo exigible o recursos ajenos del banco y los títulos de propiedad como recursos propios o pasivo no exigible (equity). Como podemos ver, hay muchas más cuestiones a considerar además de la redimibilidad para clasificar un instrumento emitido por el banco como un pasivo exigible u obligación. 

En mi opinión los dólares emitidos por los bancos comerciales son pasivos exigibles sean redimibles o no.  La redimibilidad junto con las leyes de curso legal ayudan a la fungibilidad de los depósitos de todos los bancos comerciales, es decir, para que todos los depósitos se valoren por su nominal y yo pueda utilizar el depósito del banco B para cancelar una hipoteca en el banco A.   Pero lo que caracteriza a una deuda no es que sea más o menos fungible, o que tenga un determinado valor o que éste sea más o menos estable, sino que se trate de un contrato que implique obligaciones para alguien, y obligarse a aceptar un instrumento para cancelar deudas es una obligación.

Ahora bien, es cierto que para que una deuda pueda utilizarse como moneda tiene que tener valor, y además tiene que ser razonablemente estable.  ¿Y si no hay redimibilidad como se consigue la estabilidad? Pues aplicando tipos de interés denominados en esa misma moneda y así ajustar su poder adquisitivo en el tiempo según sea necesario. 

De manera similar a como se descubrió el concepto de medio de intercambio a través de bienes con valor de uso (sal, ganado, etc) y una vez descubierto se inventaron bienes que servían únicamente como medios de intercambio sin que tuvieran ningún valor de uso, como los collectibles de Szabo, también llegó el momento en que se descubrió que una deuda ajustada por tipos de interés denominados en esa misma deuda puede circular como moneda sin necesidad de redimirse en otro bien externo como el oro, aunque ser previamente unidad de cuenta convertible evidentemente ayuda muchísimo en el proceso. Esta fue una transición larga por la que las compensaciones de deudas pagaderas en oro o plata (letras, billetes, depósitos, etc) se veía que claramente eran mucho más eficientes que hacer todos y cada uno de los pagos moviendo oro físico. Los pagos por compensación van cobrando más importancia tras la explosión en el comercio global que sigue a la revolución industrial y más aún con el desarrollo de las telecomunicaciones en el siglo XIX.  Y ya a lo largo del siglo XX se fue constatando por la vía de los hechos que las restricciones parciales de la convertibilidad en oro a determinados agentes, inicialmente los ciudadanos de a pie, no impedían que los pasivos bancarios siguieran circulando como moneda, pues la compensación era mecanismo suficiente.  Este proceso de restricción gradual de la convertibilidad culminó en 1971 cuando se restringió totalmente.  Quiero dejar claro que no estoy haciendo un juicio de valor de si esta restricción total fue positiva o no, simplemente lo describo y trato de explicar cómo funciona.

Y el sistema funciona porque los titulares de los depósitos bancarios exigirán un tipo de interés determinado en función de sus expectativas, y aquí están incluidos los propios bancos cuando se prestan unos a otros en el interbancario.  Los tipos de interés y la existencia de un mercado interbancario son suficientes para estabilizar el valor y para hacer fungibles los dólares.  Los tipos de interés son un benchmark externo más barato que el oro, pues al tratarse de un índice es mucho menos costoso de gestionar y no tiene los problemas de inflexibilidad y volatilidad del oro. Si bien es cierto que la convertibilidad en oro tiene la ventaja de otorgar mayor control a los acreedores, es decir, es un sistema que no requiere depositar tanta confianza en el sistema financiero.

La Reserva Federal opera de forma más limitada a lo que hemos descrito para los bancos comerciales, pues salvo en muy contadas ocasiones participa en la creación de nuevos dólares.  Por ejemplo, los famosos QE no son más que un traspaso hacia el balance de la reserva federal de dólares que ya crearon previamente los bancos comerciales.  

El sistema monetario no fluye de arriba hacia abajo en el sentido de que la Fed está en lo alto de la pirámide, crea dólares que inyecta en la economía y los agentes económicos los prestan a los bancos.  No, esa no es la realidad de su funcionamiento, los ciudadanos no pueden comprar dólares a la Fed ni tampoco tomarlos prestados. La causalidad es al revés.  Los agentes económicos crean deudas que los bancos monetizan, y la Fed es un banco de bancos, creado por los bancos, para coordinarse entre sí.  Incluso los tipos de interés que supuestamente “determina” la Fed se calculan partiendo de una media de los tipos a los que se prestan los bancos entre sí en el interbancario.  Es decir, no los determina la Fed de forma totalmente unilateral, sino el sistema financiero en su conjunto.  Los pasivos de la Fed como las reservas y los billetes son consecuencia de los depósitos bancarios, y estos a su vez son consecuencia del crédito que el mercado otorga a los bancos.

Centrar el foco en el billete físico de dólar, que es irredimible y no devenga interés, poniéndolo como si fuese el elemento inicial y final de la cadena me parece un argumento muy pobre por no ser realista. Ni los depósitos se crean en su mayoría depositando billetes, ni el destino final de los depósitos es acabar convertidos en billetes. Los billetes físicos de dólar son un epifenómeno dentro del sistema monetario que representan tan solo una fracción de los dólares en circulación, y que el mercado los utilice renunciando a los intereses, se justifica por su conveniencia para determinado tipo de transacciones y normalmente muy bajos volúmenes de atesoramiento.  Al contrario que en un patrón oro, no son la cosa final sobre la que descansan todos los depósitos, son simplemente un medio de representación más de la misma cosa, y esa cosa es una deuda del sistema financiero.

En mi opinión creo que debemos observar el dólar como un conjunto, y no como un flujo top-down inexistente, pues la evidencia nos muestra que es más bien todo lo contrario, un flujo bottom-up desde el mercado. Este conjunto se coordina gracias a los tipos de interés y a la observación por parte del mercado de que el sistema financiero en su conjunto aplica esos tipos de interés de forma inadecuada (i.e., desde 1971 hasta la estabilización de Volcker) o adecuada (i.e. estabilización de Volcker y años posteriores).  Tipos de interés por un lado y confianza en terceros por otro, ¿no suena eso a deuda? 

En el artículo de hoy me he limitado a un análisis práctico del funcionamiento actual del dólar, pero como estamos en tiempos de experimentación monetaria, se están planteando alternativas heterodoxas como la emisión directa por parte de los bancos centrales (Central Bank Digital Currencies o CBDC), stablecoins privadas y/o descentralizadas, y también tenemos casos como el banco central de Suiza o de Japón que tienen en su activo una cantidad significativa de instrumentos que no son de deuda como ETFs sobre acciones o incluso acciones directamente.  En los próximos artículos analizaré en un plano más teórico si la naturaleza de estas monedas podría considerarse distinta a la deuda.