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La trampa marxista: La imposibilidad del socialismo y la falacia histórica de la izquierda

Marx era un hombre inmensamente inteligente y culto, pero su odio a la sociedad capitalista y sus utópicos sueños sobre el socialismo lo llevaron por el camino equivocado. Como economista poco hábil, se aferró a la contradictoria teoría del trabajo de Smith y Ricardo, y exageró sus errores en lugar de resolver las contradicciones que ellos mismos también habían identificado; construyó castillos de arena sobre los cimientos equivocados. Y desde entonces, el mayor problema de la izquierda es que permanece atrapada en la trampa creada por Marx.

Desde el punto de vista histórico, la explotación de esclavos y siervos ha sido una experiencia real y amarga en todas las civilizaciones pre-capitalistas. Pero Marx impuso el concepto de explotación a quienes se ganan el pan como trabajadores en el mercado libre, mientras oculta el hecho de que fue el avance de la economía de libre mercado lo que hizo posible que los trabajadores se liberaran y, finalmente, tomaran el control de su propio destino para poder así mejorar su nivel de vida. Para apoyar su teoría de la explotación, ocultó el hecho de que la teoría de la explotación elaborada en su principal obra científica, en primer tomo de El Capital, era una mentira que él mismo conocía. 

Marx, a lo largo del proceso de escritura de El capital, era consciente de que su concepto de explotación era incompatible con la realidad. Lo sabía, porque ante las evidencias de los hechos, abandonó en 1863 la escritura del manuscrito que sería publicado póstumamente por Engels como volumen III de El Capital en 1895. En estos manuscritos abandonados ya sabía que los beneficios no están relacionados con la supuesta explotación de los trabajadores, sino con el capital invertido. Años más tarde de haber abandonado el manuscrito, en 1867, Marx publicó el Volumen I de El Capital con el concepto de explotación, que sabía que no funcionaba.

Los manuscritos de El Capital III fueron escondidos en su escritorio para que no quedara rastro de su fiasco. Así, en lugar de admitir su fracaso, engañó a sus lectores y a su mejor amigo, Engels, con la promesa de que en futuros escritos el problema sería resuelto. Sin embargo, en lugar de buscar las soluciones, comenzó a estudiar química y matemáticas y aprendió algunos idiomas, con lo que la secuela de El Capital quedó inconclusa. Después de su muerte, Engels, ya en su vejez y antes de llevar los manuscritos a la imprenta, se vio obligado a admitir que la teoría de la explotación de Marx era verdadera para la era capitalista preindustrial, pero no para el capitalismo. Es cierto que solo lo hizo en una carta privada, continuando la tradición marxista del engaño y la mentira.

Marx también fue responsable de la idea de que la clase obrera sería la gran fuerza redentora de la humanidad. Después de lanzar públicamente bellas consignas, Marx despotricaba en sus cartas privadas a Engels, contra los obreros y explicaba que su supuesta fuerza redentora no era una acción revolucionaria, ya que solo pensaban en su mezquino bienestar y en sus deseos de integración en la sociedad burguesa en expansión.

Marx, mientras escribía el Manifiesto Comunista, sabía que la burguesía era la causa del dinámico desarrollo y del enorme crecimiento económico del siglo XIX. Pero en El Capital describía a los capitalistas como meros sacos de dinero ociosos. No dijo ni una palabra sobre el verdadero motor del desarrollo dinámico del capitalismo, del empresario que utiliza el capital. Sí mencionó en una frase que muchos capitalistas habían empezado en pequeños talleres y que los primeros capitalistas de la revolución industrial inglesa eran en realidad obreros, artesanos que se aprovecharon de la libertad burguesa y que, con su ingenio, habilidad y energía, se abrieron camino hasta las filas de los ricos y privilegiados. Nunca incorporó este hecho a su teoría.

En su mundo inhumano y falso, el desarrollo se debe a las fuerzas productivas impersonales, concepto que desplaza la fuerza del trabajo personal y del ingenio humano. De este modo, pudo abstraerse del hecho de que la libertad burguesa había creado la posibilidad de que un trabajador pudiera tener una idea y que pudiera ponerla en práctica y obvió el hecho de que si el producto (o servicio) basado en esa idea captaba la atención de los consumidores, entonces ese trabajador podría convertirse en capitalista y ascender a las filas de la élite más rica y respetada.

No es casualidad que su sueño, el socialismo existente, se convirtiera en una terrible dictadura, una máquina burocrática desalmada y cruel, a la que las manías de los altos dirigentes dieron vida a costa de la muerte de millones de personas y de la pobreza de los propios trabajadores a los que se les había prometido un cielo terrenal. ¡Ay de los súbditos si al líder supremo se le ocurría matar a miles de personas de la noche a la mañana, condenarlas a pasar hambre o encerrar a decenas de millones en campos de trabajo! En comparación con estos asombrosos crímenes, la destrucción de aldeas, de núcleos urbanos históricos, el despilfarro de recursos en la producción de productos como el mítico coche Trabant, que fue fabricado durante treinta años sin ninguna mejora del diseño original, no son más que tristes recuerdos de la destrucción del socialismo.

“No era socialismo”, declara la izquierda que no se atreve a admitir que el sueño marxista fue una auténtica pesadilla. Incluso algunos pensadores de izquierdas dicen que era el capitalismo de Estado. Identifican el sueño marxista con el objeto del odio marxista para salvar la esperanza del socialismo en ellos mismos y seguir odiando el capitalismo.

¿Pero ellos, qué entienden por capitalismo de Estado? Una sociedad industrial, nacionalizada y dirigida desde arriba por el líder político. Sí, en algunos aspectos el socialismo existente era similar al Occidente capitalista real: una sociedad industrial y urbana. Entre los líderes comunistas, solo Pol Pot fue lo suficientemente valiente como para emprender la liquidación de esa sociedad industrial y de las grandes ciudades para lograr el socialismo eco-social, lo que requirió el exterminio inmediato de la mitad de la población, la matanza de los intelectuales y de los ciudadanos a los que se consideraban no aptos para el trabajo rural.

Lenin, Stalin, Brezhnev y otros líderes socialistas en cambio, se mantuvieron fieles a la imagen del socialismo marxista modernizador-industrial: llevaron a cabo un proceso de industrialización, construyeron enormes fábricas y crearon nuevas ciudades industriales desde cero. Incluso intentaron convertir las aldeas en un asentamiento industrial, eliminando las odiadas explotaciones campesinas individuales. Aparentemente, el socialismo se asemejó al capitalismo en que también era una civilización industrial: ciudades impersonales, enormes fábricas llenas de trabajadores, dirigidos por los directores, como si fueran tornillos de producción necesarios pero reemplazables. Y, por supuesto, también tenían la necesidad de acumular de capital. Las sociedades socialistas satisfacían las enormes necesidades de maquinaria de la producción industrial a gran escala robando la riqueza de la población y manteniendo bajos los ingresos de los trabajadores. Solo Stalin y sus clientes podían tener dachas, palacetes rurales con sirvientes. Caucescu tenía un aseo de oro. El resto de la gente tenía que hacer colas interminables durante horas delante de las tiendas para comprar un simple trozo de pan.

Por ello, a mucha gente que vivió bajo el régimen socialista le parecía que el grado de explotación que padecía era incluso mayor que el de las sociedades capitalistas. El Estado torturaba a los trabajadores con mano de hierro y, para bien o para mal, azotaba a la gente para que trabajara como si fueran verdaderos esclavos, esta vez esclavos del Estado. Muchos trabajadores no tuvieron suerte, y su destino fueron las cárceles, los campos de trabajo o incluso las condenas a muerte.

Pero una sociedad capitalista no es equivalente a una sociedad industrial, aunque haya sido precisamente el capitalismo el que ha permitido una rápida sucesión de nuevos inventos y revoluciones industriales que han transformado el mundo feudal en una verdadera sociedad industrial. La población de los países en donde fue implantada una economía de más o menos libre mercado se ha librado de la miseria general. Hoy en día los trabajadores ya no tienen que temer el hambre y el frío. Y gracias a este verdadero desarrollo, los intelectuales de izquierda pueden permitirse el lujo de quejarse del consumo excesivo de los trabajadores, que amenaza al mundo y socava su conciencia de clase.

La esencia del capitalismo es la libertad, no el capital ni las fábricas. Es la libertad del individuo sobre su propio cuerpo y sus sueños, para aumentar su conocimiento y habilidades y utilizarlos según sus deseos e inclinaciones. Las civilizaciones de las épocas precapitalistas despreciaban a los trabajadores y limitaban su creatividad. Los trabajadores estaban esclavizados o sometidos a diversas formas de servidumbre. La servidumbre daba poco o ningún margen para utilizar su propio espíritu empresarial innovador.

El nacimiento del capitalismo industrial se debió a que, en el ambiente más libre de la Inglaterra de los siglos XVII y XVIII, cualquier trabajador, el artesano ingenioso, el comerciante emprendedor que sentía ante él una oportunidad, podía por fin hacer algo para mejorar su suerte. Esta libertad permitió por fin a los artesanos, a los hábiles trabajadores, innovar y apartarse de miles de años de métodos de trabajo tradicional e introducir nuevos productos. Al hacerlo, pudieron obtener beneficios y vivir mejor.

Carl Menger resolvió el enigma que Adam Smith había planteado pero que dejó sin resolver, explicando que la búsqueda del beneficio individual se convierte en un acto para el bien común como si la mano invisible del Cuidador guiara al hombre. Según la teoría de Menger, el valor de las mercancías llevadas al mercado está determinado por el juicio de valor de los compradores, no por el trabajo invertido por el productor, como pensaba Marx. Por ello, el empresario es, de hecho, metafóricamente hablando, el servidor del comprador: su beneficio depende de su capacidad para adivinar las necesidades y deseos del futuro comprador. Si pone en el mercado un producto para el que no hay demanda, por mucho trabajo y capital que haya invertido en él, el valor de ese producto es cero. Y si el empresario no puede recuperar al menos el valor del capital invertido, se verá obligado a abandonar la producción de ese producto y a buscar un nuevo medio de vida. Pero si el empresario introduce en el mercado un producto que tiene demanda, entonces todos se benefician: los compradores se van a casa contentos porque han podido comprar algo que necesitaban, y el productor obtiene un beneficio. Al reinvertir el beneficio, el empresario puede aumentar la producción para satisfacer otras posibles demandas y, al mismo tiempo, obtener aún más beneficios. Es como si la mano de la Providencia actuara de esta manera: tanto el empresario como los consumidores se benefician, y todos encuentran una mejor y más amplia satisfacción de sus necesidades.

Por esta razón, llamar al socialismo capitalismo de Estado es una mentira caricaturesca. La esencia misma del socialismo existente, el sueño marxista, es que ha privado a la gente creativa de su libertad, y ha bloqueado los mercados en los que los empresarios innovadores habrían podido satisfacer la demanda de los consumidores. En su lugar, ha creado corporaciones gigantescas centralizadas y cooperativas agrarias. Todo el mundo se convirtió en esclavo del Estado. Sólo una persona era libre: el planificador central, que era el jefe del partido totalitario del Estado. El líder adorado, cuyos deseos e ideas controlaban la vida de las personas que habían sido reducidas al papel de esclavos del Estado. El socialismo no era “capitalismo”, aunque fuera una sociedad industrial y urbana. Era más bien una extraña mezcla de sociedad feudal y esclavista centralizada e industrializada, sostenida por el terror de la policía secreta.

Desgraciadamente, muchísimos miembros de la izquierda actual no se atreven a enfrentarse a la bancarrota del marxismo. Incluso hoy siguen pronunciando etiquetas marxistas descaradamente falsas como “explotación”, “clase obrera”, “capitalistas”. Su tema principal es regular el “capitalismo”, reducir el grado de “explotación”, gravar a los “ricos” y a las empresas para destruir a los “capitalistas”. Estas medidas son usadas precisamente para limitar la posibilidad de que nuevos empresarios surjan de la nada y se conviertan en ‘capitalistas’ al ser capaces de atender las necesidades de los consumidores mejor que las empresas existentes. Impiden que los trabajadores se beneficien de una mayor demanda de su trabajo y de una mayor oferta de productos más baratos y mejores.

La esencia del mercado libre, el capitalismo es la libertad del hombre pensante, creativo y trabajador, no el capital. La existencia de los mercados y la competencia obliga a los empresarios a servir a los consumidores y crea incentivos que producen beneficios mutuos produciendo riqueza y una mejor vida para todos.

Algunas cuestiones disputadas sobre el anarcocapitalismo LIX: Lecturas para el verano de 2021

Como es habitual en los meses de verano propongo una unos libros para disfrutar a la sombra, armados con lápiz y papel, de lo que entiendo son buenas lecturas. Como es habitual, no propongo lecturas ni “ligeras” ni “refrescantes”, sino libros serios en el ámbito de las ciencias sociales, para gente que ame el trabajo duro intelectual, justo en el momento en el que se le pude dedicar más tiempo que son los meses de verano.

En primer lugar me gustaría proponer un gran libro sobre población y recursos, temas que me interesan especialmente. Recomiendo en particular el libro del profesor Jesús Javier Sánchez Barricarte, El crecimiento de la población mundial: Implicaciones socioeconómicas, ecológicas y éticas, Tirant Lo Blanch , Valencia, 2008. Si bien la cuestión de los recursos ha merecido atención por parte de liberlaes y libertarios, la cuestión de la población ha sido mucho menos abordada y de ahí la pertinencia de  este trabajo. No me explico cómo no es más referenciado en nuestros ámbitos, dado su enorme interés. El estudio de la población, sus dinámicas y su relevancia económica es aquí bien abordado, muy en la línea de Julian Simon, Colin Clark o Esther Boserup, destacando las bondades del incremento de la población frente a los profestas neomalthusianos del estilo de Paul Ehrlich. Y es un tema muy pertinente que divide a la escuela austríaca, pues Mises, sin ir más lejos no era  muy partidario del incremento de la población mundial, como revela en su Acción Humana. Yo simpatizo más con las tesis del profesor Sánchez Barricarte y espero que con esta recomendación se despierte más interés entre nosotros por el tema y por la obra de este autor, que entiendo merece ser conocida y discutida.

Siempre me gusta resaltar la importancia que tiene el estudio de la historia para la adecuada comprensión de los fenómenos políticos, sociales y económicos de nuestro tiempo. De hecho buena parte de la mitología que rodea el discurso político deriva de una incorrecta compresnisón de la misma. Por ejemplo se apunta que los orígenes del capitalismo se deben a los poderes mágicos que derivan de la importación (o expolio) de unas piedras de color amarillo que, depositadas en Europa, hicieron el milagro de multiplicar varias veces su producción. O la idea de que los avances sociales y económicos de los trabajadores occidentales se debe a la lucha consciente de la clase obrera (Ojalá fuese así y con unas cuantas huelgas en Malí o el Congo esos desgraciados países  pasasen a tener el nivel de vida de los suizos). Buena parte del discurso histórico descansa en interpretaciones de este tipo que siguen condicionando el discurso actual.

Es por eso que recomeindo encarecidamente el estudio histórico a todos los interesados en nuestras teórias. Para ello nada mejor que este libro: Antonio Miguel Bernal, España, proyecto inacabado. Costes/beneficios del Imperio, Marcial Pons, 2005. Es una excelente historia económica del Imperio Hispano que deriva además de un excelente conocimiento histórico, de una buena comprensión de la teoría económica. Es muy raro ver citado a Rothbard, por ejemplo, en un estudio de este tipo pero nuestro autor lo hace (entre otros muchos autores claro está) lo que prueba que antes de embarcarse en estudios históricos ha querido entender bien fenómenos como la inflación, el comercio, la deuda pública o la intervención estatal en la moneda y el crédito. No me extraña que el libro haya sido premiado, es una excelente lectura para todos aquellos interesados en el Imperio español.

La teología no es una de las disciplinas que más se usan en nuestros ámbitos a pesar de existir todo un cuerpo teórico de teología crítica del poder estatal. Uno de estos teólogos es el anarquista cristiano William T. Cavanaugh, del que destaco uno de sus libros, El mito de la violencia religiosa, Nuevo Inicio, Granada, 2009. Es básicamente una crítica muy detallada a la idea de que las violencia padecida por Europa en la modernidad tiene una fundamentación religiosa. Nuestro autor culpa de ella sin ambages al poder político, enmascarado eso sí en causas religiosas. Es especialmente interesante como disecciona la Guerra de los 30 años, habitualmente presentada como una suerte de conflicto entre católicos y potestantes, cuando en realidad fue una lucha por la hegemonía europea entre el Imperio de los Habsburgo y sus enemigos. La prueba está en que había católicos y protestantes en ambos bandos, llegando alguno de ellos a pactar con musulmanes para desequilibrar la contienda. En conclusión un excelente trabajo de desmitificación acompañado por una muy dura crítica de la lógica estatal. Además es un texto muy útil para iniciarse en el mundo de la teología política, sobre la que algún día volveremos.

Otro libro que me gustaría mencionar es el  reciente de Andreas Malm, Capital fósil, Capitan Swing. Madrid, 2020. Supongo que podrá sorprender que situe un libro de un reputado eco-marxista en una lista de estas características, salvo que lo hiciese por su estilo literario. Es un libro marxista con buena prosa y claro en sus razonamientos, algo que por desgracia no abunda (aunque alguno hay) y dificulta el debate. Lo hago porque rara vez veo argumentos tan liberales en la pluma de un autor marxista, supongo que no de forma deliberada. Sólo Albert Otto Hirschman con sus Retóricas de la intransigencia puede  a mi entender igualarlo. Es un libro críticos con los combustibles fósiles como no puede ser menos en un ecologista marxista (para una defensa de los mismos este Instituto ha traducido el excelente libro de Alex Epstein, La cuestión moral de los combustibles fósiles).

La cuestión es que nuestro autor intenta explicar las razones por las que han triunfado lo fósiles sobre la energía hidráulica aparentemente la favorita en los comienzos de la Revolución Industrial. A pesar de su mayor desarrollo esta contaba con un gran inconveniente, el de  que su flujo no era regular, esto es una veces había demasiada agua y otras demasiado poca. Además la localización estaba supeditada a la proximidad de una corriennte de agua, a diferencia de la combustión fósil que podía ser instalada en prácticamente cualquier lugar. Y lo más curioso de todo es que nuestro autor culpa también del fracaso hidráulico a las leyes laborales del país que comenzaron a regular tanto salarios como la duración de la jornada laboral lo que le dió la puntilla final al desarrollo de la energía hidráulica. Creo que es muy tentador extraer conclusiones que son fácilmente aplicables a las modernas políticas industriales para la transición a una economía verde. Mucho me temo que podrían acabar igual que la energía hidráulica.

Catalogar a Wilhelm Ropke no es una tarea fácil. Algunos lo sitúan como uno de los padres del moderno neoliberalismo, otros como uno de los fundadores de la escuela Ordoliberal alemana, y otros como Randall Holcombe, como un miembro algo heterodoxo de la escuela austríaca. Todos tienen bastante razón aunque ninguna del todo. Por ejemplo, Ropke comparte muchos de los elementos de análisis austríacos, pero difiere en la cuestión del monopolio, causa legítima de intervención para Ropke y en algunos aspectos de política social.

Pero Ropke en algunos aspectos va más allá que los propios austríacos; sobre todo en las cuestiones que se refieren a los valores y al orden social. A Ropke le preocupan mucho más que a la mayoría de los austríacos los valores sobre los que se debe asentar una sociedad capitalista de libre mercado. De hecho el libro  suyo que recomiendo [Wilhelm Ropke, Más allá de la oferta y la demanda, Unión editorial, Madrid, 1996] bien podría ser situado en el canon de los mejores libros conservadores de todos los tiempos. No es, como indica su título, un libro sobre fundamentos de la economía sino un hermoso tratado sobre los principios que fundan y hacen prósperos a una sociedad, y estos se fundan en valores. Para que puedan existir mercados y capitalismo dignos de tal nombre es necesario ahorro derivado de valores frugales, confianza en la palabra del otro, laboriosidad etc. Sin estos valores el sistema capitalista no sólo no puede funcionar sino que ni siquiera habría surgido y la religión juega un papel fundamental en su preservación. Su crítica a la masificación urbana y su defensa de una vida de pequeños propietarios viviendo fuera de las grandes ciudades es ya mítica y supongo que discutible. Es este a mi entender el mejor de sus libros y aunque sus razonamientos económicos se aparten algo de la doctrina austríaca es sin duda uno de los pocos trabajos en nuestra tradición que pone el foco en los valores y la forma de vida propia de una sociedad liberal en el sentido clásico de esta palabra.

Cambiando un poco de tema vamos a referirnos ahora a un libro de otro austríaco más o menos heterodoxo, Oskar Morgenstern, alumno que fue del seminario de Ludwig von Mises en Viena. Los más leídos en ciencias sociales lo identificarán, junto con John von Neumann, como uno de los padres fundadores de la moderna y matemática Teoría de Juegos, que pasa por ser uno de los principales hitos de la economía y la ciencia social formalizadas. Si nos molestamos en investigar esta teoría, como hace la profesora Amadae en su Prisoners of reason, nos sorprenderá saber que no dejaba de ser uno de los muchos desarrollos teóricos que la ciencia social norteamericana, debidamente subvencionada, dedicó al combate cultural en los tiempos de la guerra fría.

Pero Morgenstern demostró en él un muy buen conocimiento de la ciencia matemática, conocimiento que va a usar en el libro que recomendamos [Oskar Morgenstern, Sobre la exactitud de las observaciones económicas, Tecnos, Madrid, 1970] para criticar las estadísticas que usan los gobiernos para intentar regular y controlar la economía y sin las cuales no podrían ni siquiera soñar hacerlo. Morgenstern ataca la propia base de las estadísticas económicas, esto es la corrección o no de los datos sobre los que trabaja. Nuestro autor afirma que muchos de los datos con que se opera, como por ejemplo los precios usados en los índices, no son correctos y si no lo son las medidas de política que se adoptan serán equivocadas ya desde sus inicios.  El problema no estaría en el tratamiento por parte de los profesionales de los datos, sino en la propia naturaleza de los mismos que, según Morgenstern, dejarían mucho que desear. Cuando leemos o interpretamos estadísticas damos por supuesto cierto rigor y que son objetivamente verdad. De hecho las usamos en discusiones y debates como prueba irrebatible de la solidez de nuestra posición como la quintaesencia de la verdad, debido a su supuesta objetividad. Más allá de que nadie se convence o cambia de opinión por una estadística pues siempre hay una contraria para rebatir, ¿que pasaría si estas son incorrectas? Este viejo libro abre muchos debates a los que sería buena idea volver.

El otro día leí unas declaraciones de un reputado polítco de la izquierda española en la que manifestaba su satisfacción por los servicios públicos que nuestro estado prestaba, según él, de forma gratuita. El estado sería así una suerte de Santa Claus o Reyes Magos que obtendrían sus recursos de la nada y los repartirían después entre la gente de buena voluntad. Entonces antes de que el estado los suplante como ha hecho con muchas otras instituciones tradicionales creo que sería buena idea conocerlos un poco. L. Frank Baum, Vida y aventuras de santa Claus, Valdemar, Madrid, 2005 es un buen comienzo. Baum fue un experto en marketing de finales del siglo XIX (cambió los diseños de los escaparates de los grandes almacenes de la época) y escritor infantil. Es muy conocido por su libro El mago del Oz en el que en una hermosa alegoría defiende el oro frente al inflacionismo de Bryan y los populistas. El libro de Baum sobre santa Claus es un hermoso relato sobre la infancia del bonachón personaje y sobre los valores de justicia social que las hadas con las que se crió le inculcaron. La descripción nos da un Santa Claus casi predecesor de Rawls con sus criterios de equidad y justicia a la hora de repartir los regalos. No se si es una buena lectura para inculcar valores a la infancia pero si es un hermoso libro.

Como contraparte tenemos a los viejos Reyes Magos que no le ofrecen al Niño Dios devaluadas letras reales ni papel del estado sino dinero sólido y duro, en forma de oro y mercancías de gran valor fácilmente negociables en la época como incienso y mirra. Recomiendo, por tanto, un olvidado libro de un olvidado autor (uno de mis favoritos sin duda) el siempre ortodoxo católico Michel Tournier, [Michel Tournier, Gaspar, Melchor y Baltasar, Edhasa, Madrid, 1997]. En el se nos recrean viejas leyendas sobre tan maravillosos seres, en una narración de gran belleza, como todas las de este autor que animo a redescubrir o a descubrir por quienes no lo conoczcan (recomiendo especialmente su  El Rey de los alisos).

Feliz verano

Justicia a medias

Tras una dilación que no se compadecía con la trascendencia del asunto planteado, finalmente el Tribunal Constitucional dictó la Sentencia de 14 de julio de 2021, que, estimando parcialmente un recurso de VOX, declaró inconstitucionales, y por lo tanto nulos, los apartados 1, 3, 5 y 6 del artículo 7 del primer decreto de estado de alarma, de 14 de marzo de 2020 y de otros tres sucesivos que lo prorrogaron.

En resumen, el fundamento jurídico cinco de la sentencia ha entendido que las medidas adoptadas en esas disposiciones vulneraron los derechos fundamentales a la libre circulación y fijación de residencia (art. 19 CE), por un lado, y de reunión en relación con los derechos a la intimidad personal y familiar e inviolabilidad del domicilio (art. 21 y 18 CE) por otro. La suspensión de esos derechos está vedada durante un estado de alarma, según el artículo 55.1 CE, que reserva ese poder excepcional para los estados de excepción o sitio. Además, en relación con el apartado 6 del mencionado artículo 7 del Decreto, el fundamento nueve ha considerado que la autorización al Ministro de Sanidad para modificar y ampliar las medidas, lugares, establecimientos o actividades que se suspenderían después de decretar el estado de alarma, infringe las propias previsiones del artículo 116.2 CE, en relación con el 38, que reconoce la libertad de empresa.

Según se ha hecho evidente a la postre, el gobierno de Pedro Sánchez Pérez-Castejón desplegó todos sus resortes para presionar a los magistrados que tenían que resolver el juicio de constitucionalidad sobre las normas citadas para evitar que el fallo corrigiera un ápice de sus postulados. Sin embargo, pese a la lealtad sectaria de viejos conocidos como el magistrado Cándido Conde-Pumpido Tourón[1] sabemos ya que las cosas se empezaron a torcer para sus intereses desde que el primer ponente designado, el magistrado Fernando Valdés Dal-Ré[2], tuvo que dimitir por la denuncia de malos tratos formulada por su esposa en agosto de 2020. Desde ese momento quedarían solo once magistrados, por lo que el presidente del Tribunal no decidiría con su voto de calidad en caso de empate.

Por otro lado, incluso antes de este incidente aciago (para los intereses del gobierno), el jurista Manuel Aragón Reyes[3] había publicado un primer artículo germinal en abril del pasado año en el que expresaba en términos muy claros que “ordenar una especie de arresto domiciliario de la inmensa mayoría de los españoles, (…) no es limitar el derecho, sino suspenderlo, y esa conclusión resulta difícilmente rebatible desde un entendimiento jurídico correcto, y en tal sentido la medida adoptada creo que es bien distinta de la normativamente estipulada para el estado de alarma“.

Sea como fuere, los fundamentos jurídicos de la sentencia subrayan la distinción capital entre la restricción y suspensión de derechos y que el gobierno, en realidad, al dictar su primer decreto de estado de alarma y su inmediata reforma tres días después, suspendió los mencionados derechos fundamentales, en abierta contradicción con lo establecido en el artículo 55.1 de la Carta Magna[4], que solo permite hacerlo en el supuesto de declaración del estado de excepción o de sitio.

La sentencia entiende, por el contrario, que las detenciones de personas implícitas en las medidas de suspensión de la libertad de deambulación no infringieron el derecho a la libertad frente a detenciones arbitrarias (art 17 CE) o el resto de derechos fundamentales que los demandantes reputaron vulnerados por el resto de medidas, esto es, de reunión en lugares públicos (art. 21.2 CE), de participación política (art. 23 CE), a la educación (art. 27 CE) libertad de empresa (art. 38 CE) y libertad religiosa y de culto (art 16 CE) quedaron afectados, pero no fueron suspendidos. Apreciaciones sumamente criticables, que no puedo abordar en este análisis de urgencia.

Me interesa aclarar, no obstante, ante la campaña de intoxicación orquestada por el gobierno y los medios de comunicación a su servicio, cuáles son los efectos derivados de esta sentencia del Tribunal Constitucional. Están expuestos en los apartados a) b) y c) del fundamento jurídico once.

Así, aunque se declaran irrevisables los procesos conclusos mediante sentencia con fuerza de cosa juzgada o las situaciones decididas mediante actuaciones administrativas firmes y las demás situaciones jurídicas generadas por la aplicación de los preceptos anulados, se prevé la posibilidad de revisar los procesos penales o contencioso-administrativos derivados que impusieron penas o sanciones durante el estado de alarma. Esto es, sin duda, una buena noticia para todas las personas incursas en procedimientos sancionadores por incumplir el confinamiento domiciliario, caminaran o circularan en vehículo, puesto que podrán pedir la nulidad de las actuaciones o que se les devuelvan las multas impuestas. En procedimientos penales terminados con sentencias por hechos directamente relacionados con la desobediencia a las órdenes recibidas en virtud de los preceptos anulados, quedará abierta la vía de la del recurso de revisión o la nulidad de actuaciones.

Y, por último, determinados medios “informaron” que la declaración de inconstitucionalidad de algunos preceptos del decreto no generaría responsabilidad patrimonial del Estado por la paralización de la actividad de empresas y comercios, lo cual es una verdad a medias. Como señala el apartado c) del fundamento once de la sentencia, aunque la anulación no constituye por sí misma un título para fundar reclamaciones de responsabilidad patrimonial de las administraciones públicas,  esto no limita las indemnizaciones previstas expresamente en el artículo 3.2 de la Ley Orgánica 4/1981, de 1 de junio, de los estados de alarma, excepción y sitio, para aquellos que sufrieron de forma directa en su persona, o en sus bienes y derechos, daños o perjuicios por los actos y disposiciones adoptadas durante la vigencia del estado de alarma y sus sucesivas prórrogas.


[1] La larga trayectoria de este juez de carrera, uno de los fundadores de la asociación Jueces para la democracia – rebautizada con el hilarante y consabido desdoblamiento – merece un estudio aparte. Cuatro hitos resumen su aquilatado tesón hacia un lado:  1) Ponente del auto del Tribunal Supremo de 14 de noviembre de 1996, dictado en el caso del secuestro de Segundo Marey, que exculpó sin juicio, por estrecho margen de magistrados y con argumentos peregrinos, al ex presidente del gobierno y secretario general del PSOE, Felipe González Márquez, 2) Fiscal General del Estado, a propuesta del gobierno de José Luís Rodríguez Zapatero, que destacó por su adhesión a los planes políticos de quién le nombró, 3) Magistrado del Tribunal Constitucional, a propuesta del Senado, desde marzo de 2017, gracias a los buenos oficios del PSOE, y 4) Autor de una nota reciente en la que confiesa su poco celo por evitar la filtración, antes de su publicación, de un “borrador” de su voto particular contrario a la Sentencia que venimos comentando, en la que se vertían improperios contra sus compañeros de la mayoría coincidentes con los expresados por el gobierno y sus terminales.

[2] Para quienes sostienen que todos los políticos son cortoplacistas, apunten otro dato: este inicial inspector de Trabajo fue Director General del Servicio Jurídico del Estado entre 1986 y 1990, bajo la presidencia del gobierno de Felipe González Márquez.

[3] Catedrático de Derecho Constitucional emérito y magistrado del Tribunal Constitucional en el periodo 2004-2013, a propuesta del gobierno de José Luís Rodríguez Zapatero. Tiene la distinción de magistrado emérito.

[4] Artículo 55.1 Los derechos reconocidos en los artículos 17 (libertad y seguridad frente a detenciones arbitrarias), 18, apartados 2 y 3 (inviolabilidad del domicilio y secreto de las comunicaciones), artículos 19 (derecho a elegir la residencia y a circular por el territorio nacional), 20, apartados 1, a) y d) (libertad de expresión y de prensa), y 5 (prohibición del secuestro de publicaciones), artículos 21 (reunión y manifestación), 28, apartado 2 (huelga), y artículo 37, apartado 2 (medidas de conflicto colectivo en el ámbito laboral), podrán ser suspendidos cuando se acuerde la declaración del estado de excepción o de sitio en los términos previstos en la Constitución. Se exceptúa de lo establecido anteriormente el apartado 3 del artículo 17 para el supuesto de declaración de estado de excepción.

La cuestión de las matemáticas en economía II: agent-based models

En el penúltimo artículo que escribí para esta casa abordé la clásica controversia dentro de la Escuela Austriaca sobre el uso de matemáticas para la formalización de teoría económica. Mi tesis se construyó sobre la comprensión de Weintraub (2002) acerca de la relación entre las matemáticas y la economía; a saber, que las revoluciones en la historia de la economía han seguido a las revoluciones en la historia de las matemáticas. De esta manera, cuando hablamos de matemáticas y economía debemos concretar a qué tipo de matemática nos referimos y qué enfoque económico estamos tratando. En ese sentido, puntualicé que las críticas de economistas austriacos al uso de matemáticas en economía son acertadas en tanto que una matemática algebraica resulta limitada para las explicaciones a las que aspira una economía realista y de complejidad. Sin embargo, también planteé la posibilidad, en línea con la propuesta de teóricos de complejidad como Brian Arthur (2021), de que se pueda construir teoría económica mediante otras alternativas matemáticas algorítmicas basadas en la computación. Quedaron sin resolver varias cuestiones al respecto: (1) la compatibilidad de los modelos computacionales con la metodología de la Escuela Austriaca; (2) saber si esta nueva técnica matemática puede descubrir conocimiento para la economía; y (3) si también es capaz de comunicar teoría de forma menos ambigua que el lenguaje verbal. A continuación, resolveremos estos tres puntos.

Agent-based models (ABMs) y economía austriaca

La economía algorítmica o de computación a la que se refiere Arthur (2021) se ha materializado en los agent-based models (ABMs). Como el propio nombre indica, estos son modelos que empiezan con una población de agentes que interactúan entre sí en función de unas reglas de comportamiento especificadas por el modelador. Estas interacciones dan lugar a un comportamiento macro emergente (Axtell and Farmer 2021). Al contrario que los sistemas tradicionales de funciones usados en economía, los ABMs no preespecifican ningún nivel agregado, comportamiento macro o equilibrio. Más bien, el comportamiento del sistema en un nivel macro emerge de la interacción de los agentes (Hoefman 2020)

Los ABMs aparecieron como alternativa a los Dynamic Stochastic General Equilibrium (DSGE) models (Fagiolo and Roventini 2017). Estos fueron criticados por representar el mundo de forma irreal, como si fueran perfectos y estuvieran en equilibrio (Farmer and Foley 2009). A su vez, los ABMs fueron propuestos como alternativa al constituir una forma matemática menos restringida de explorar los fenómenos económicos, dando espacio al estudio de los procesos de mercado y las dinámicas fuera de equilibrio. Desde su origen hace veinticinco años, los ABMs se han aplicado a una gran cantidad de campos en la economía y las finanzas (teoría de juegos, organización industrial, empresas, macroeconomía, economía pública, etc.). Hay que tener en cuenta, tal y como hacen Axtell y Farmer (2021), que pueden existir hasta tres tipos de ABMs: (1) puramente teóricos, siendo modelos abstractos que ilustran algún hecho estilizado; (2) modelos que reproducen datos económicos agregados cuantitativamente; y (3) modelos basados en datos micro que pueden identificar cuantitativamente el comportamiento de individuos. Como bien destacan ambos investigadores, los del primer tipo, los puramente teóricos, son los que abundan en la economía en relación a los otros dos tipos. Esto será de especial relevancia cuando hablemos de la compatibilidad metodológica con la Escuela Austriaca, al referirnos a las pattern predictions.

Aunque los ABMs se usen cada vez más en ciencias sociales, es cierto que aún están lejos de convertirse en herramienta hegemónica o predominante. Esto es, precisamente, porque su uso desafía muchas de las suposiciones y fundamentos de la teoría neoclásica de equilibrio. Esta cuestión, al mismo tiempo, se convierte en un atractivo para corrientes de la economía que pretenden ir más allá del análisis de equilibrio. En este caso, varios autores han encontrado en la economía computacional de modelos basados en agentes una buena herramienta para la Escuela Austriaca (Vriend 2002; Nell 2010; Seagren 2011; Koppl 2006; Lavoie, Baetjer, and Tulloh 1990). De todos ellos, me gustaría centrarme en Seagren (2011).

En primer lugar, Seagren hace hincapié en que las características típicas de los ABMs, definidos por Epstein (2006), se solapan con los tres principios metodológicos fundamentales de la Escuela Austriaca: individualismo metodológico, subjetivismo y la noción de proceso de mercado (Boettke 1994). Además de eso, tanto los ABMs como los austriacos entienden la economía como un sistema complejo adaptativo (CAS, por su siglas en inglés). Por otro lado, Seagren (2011) argumenta que las simulaciones basadas en agentes pueden complementar la idea de orden espontáneo de Hayek e igualar al método compositivo de Menger. Precisamente, los ABMs capturan el proceso causal que va desde las acciones de los agentes a los fenómenos macro. Además, permiten introducir supuestos más realistas en los modelos y teorías. Aun así, parece que no existe tanta compatibilidad con la praxeología, otra de las ramas fundamentales de la metodología austriaca.

Seagren advierte que la praxeología, al estar compuesta de teorías universales y necesarias, puede rechazar el uso de ABMs por ser demasiado arbitrarios y empíricos. No obstante, también es cierto que Mises introduce suposiciones empíricas en sus teorías, como la idea de desutilidad del trabajo o la ley de asociación de Ricardo, para que las teorías correspondan con la realidad y la economía no se convierta en una mera gimnasia mental (Mises 1998). Consecuentemente, al introducir estas suposiciones empíricas, entramos en el terreno de lo que Selgin (1990) llama historia conjetural. Aquí es donde Seagren descubre una similitud con la praxeología. La historia conjetural son teorías económicas que toman la forma de construcciones imaginarias, donde es necesario el principio ceteris paribus. En este sentido, los ABMs pueden ayudar a la elaboración de construcciones imaginarias, puesto que permiten controlar y procesar más variables que la mente humana, relajando así la cláusula ceteris paribus.

En resumidas cuentas, podemos decir que el uso de ABMs es compatible con la metodología de la Escuela Austriaca y puede ser de utilidad en el nivel del método analítico-compositivo, para el estudio de los órdenes espontáneos. No puede remplazar a la praxeología, sino construirse sobre sus leyes universales y necesarias para luego obtener leyes contingentes que describan la causalidad de procesos emergentes complejos en la economía. Además, si es para la teoría económica, los ABMs pueden ayudar a la construcción de pattern predictions o hechos estilizados, es decir, patrones cualitativos. Alternativamente, los modelos que realizan estimaciones cuantitativas micro o macro pueden aplicarse para el estudio de la historia económica. Teniendo claro todo esto, solo queda resolver las otras dos cuestiones.

Nuevo conocimiento y ambigüedad

¿Descubren los ABMs nuevo conocimiento o son solo una traducción de algo que se desarrolla previamente a través de lenguaje verbal? ¿comunican conocimiento de forma más o menos ambigua que el lenguaje verbal?

Con respecto a la primera pregunta, podemos decir que los ABMs sí descubren nuevo conocimiento para la economía. En este caso, como hemos mencionado previamente, facilitan la creación de construcciones imaginarias a través del control de más variables, relajando así la cláusula ceteris paribus. Al contrario que con la matemática algebraica, que es una mera traducción de una lógica verbal previa (Rothbard 1956; 1976; 2009), los ABMs sí permiten alcanzar conocimiento que excede los límites de la capacidad cognitiva humana. De esta forma, la histórica posición austriaca con respecto a las matemáticas cambiaría. Ya sí se admitiría que una técnica matemática puede añadir conocimiento a la economía, por lo que las matemáticas sí podrían ser ahora aceptadas como herramienta de investigación para la ciencia económica.

Bien distinta es la cuestión de la comunicación de conocimiento. Los ABMs no suelen contener ecuaciones, aunque sí puedan ser expresados mediante tales (Epstein 2006). Así, los ABMs hacen gran uso del lenguaje verbal. Es más, una de las principales implicaciones epistemológicas de la complejidad es que es imposible modelar al completo el comportamiento humano en lenguaje físico, por lo que siempre hay lugar para el formalismo verbal en las explicaciones sobre fenómenos sociales y humanos (Koppl 2010). Entonces, los ABMs no desplazarían al formalismo verbal como herramienta de exposición y comunicación del conocimiento, algo que los austriacos han defendido con ahínco (Rothbard 1976). Así, los ABMs podrían ser usados por los austriacos coherentemente con su metodología, manteniendo también la claridad semántica (Boettke 1996; 1997) en la construcción de teoría económica.    

Referencias

Arthur, W. Brian. 2021. “Economics in Nouns and Verbs,” April. http://arxiv.org/abs/2104.01868.

Axtell, Robert L., and J. Doyne Farmer. 2021. “Agent-Based Modeling in Economics and Finance: Past, Present, and Future.” Journal of Economic Literature, to appear.

Boettke, Peter J. 1994. The Elgar Companion to Austrian Economics. Books. Aldershot: Edward Elgar Publishing. https://ideas.repec.org/b/elg/eebook/53.html.

———. 1996. “What Is Wrong with Neoclassical Economics (and What Is Still Wrong with Austrian Economics).” In Beyond Neoclassical Economics, edited by Fred Foldvary, 22–40. Adelshort, England: Edward Elgar Publishing.

———. 1997. “Where Did Economics Go Wrong? Modern Economics as a Flight from Reality.” Critical Review 11 (1): 11–64. https://doi.org/10.1080/08913819708443443.

Epstein, Joshua M. 2006. “Remarks on the Foundations of Agent-Based Generative Social Science.” In Handbook of Computational Economics, edited by Leigh Tesfatsion and Kenneth Judd, 2:1585–1604. Amsterdam: North-Holland Elsevier. https://doi.org/10.1016/S1574-0021(05)02034-4.

Fagiolo, Giorgio, and Andrea Roventini. 2017. “Macroeconomic Policy in DSGE and Agent-Based Models Redux: New Developments and Challenges Ahead.” Journal of Artificial Societies and Social Simulation 20 (1). https://doi.org/10.18564/jasss.3280.

Farmer, J. Doyne, and Duncan Foley. 2009. “The Economy Needs Agent-Based Modelling.” Nature. Nature Publishing Group. https://doi.org/10.1038/460685a.

Hoefman, Kevin. 2020. “Live Agent-Based Models.” Ghent University.

Koppl, Roger. 2006. “Austrian Economics at the Cutting Edge.” Review of Austrian Economics 19: 231–41. https://doi.org/10.1007/s11138-006-9246-y.

———. 2010. “Some Epistemological Implications of Economic Complexity.” Journal of Economic Behavior and Organization 76 (3): 859–72. https://doi.org/10.1016/j.jebo.2010.09.012.

Lavoie, Don, Howard Baetjer, and William Tulloh. 1990. “High-Tech Hayekians: Some Possible Research Topics in the Economics of Computation.” Market Process 8.

Mises, Ludwig von. 1998. Human Action: A Treatise on Economics. Auburn: Ludwig von Mises Institute.

Nell, Guinevere Liberty. 2010. “Competition as Market Progress: An Austrian Rationale for Agent-Based Modeling.” The Review of Austrian Economics 23 (2): 127–45. https://doi.org/10.1007/s11138-009-0088-2.

Rothbard, Murray N. 1956. “Toward a Reconstruction of Utility and Welfare Economics.” In On Freedom and Free Enterprise: Essays in Honor of Ludwig von Mises, 224–62. Princeton: D. Van Nostrand Company.

———. 1976. “Praxeology: The Methodology of Austrian Economics.” In The Foundations of Modern Austrian Economics, edited by Edwin G. Dolan, 19–39. Kansas City: Sheed & Ward.

———. 2009. Man, Economy, and State with Power and Market. Auburn: Ludwig von Mises Institute.

Seagren, Chad W. 2011. “Examining Social Processes with Agent-Based Models.” The Review of Austrian Economics 24 (1): 1–17. https://doi.org/10.1007/s11138-010-0128-y.

Selgin, George A. 1990. Praxeology and Understanding: An Analysis of the Controversy in Austrian Economics. Auburn: Ludwig von Mises Institute.

Vriend, Nicolaas J. 2002. “Was Hayek an Ace?” Southern Economic Journal 68 (4): 811–40. https://doi.org/10.2307/1061494.

Weintraub, E. Roy. 2002. How Economics Became a Mathematical Science. Durham: Duke University Press.

La cuestión de las matemáticas en economía I

Sobre Borges y el libro de Martín Krause

Mi admirada Irune, subdirectora de esta casa, me mandaba un pantallazo del libro “Borges y la economía” de Martín Krause, editado por Unión Editorial. Al día siguiente lo tenía en casa. Así funciona la innovación, también conocida como capitalismo, y que algunos quieren repensar. Que repiensen lo que quieran, con el dinero de los demás por cierto, pero que no nos protejan de comprar algo y tenerlo al día siguiente, por favor. Un día es un libro y otro es un medicamento.

El libro es precioso y sentí ganas de escribir sobre ello. Desde este rincón doy mi enhorabuena a Unión Editorial y a Martín Krause. 

Los que defendemos las ideas de la libertad estamos demasiado acostumbrados a oír sobre Hayek, Mises o Friedman, eminencias a las que no me corresponde quitar mérito. También oímos hablar mucho sobre el liberal Mario Vargas Llosa o sobre la escritora rusa Ayn Rand. Rara vez se escucha en esta batalla, que algunos creemos necesario librar, a Jorge Luis Borges. 

Empezaré fuerte, diciendo que la obra de Borges es bastante más libertaria, anarquista, minarquista o liberal, como cada uno le quiera llamar a “dejar-en-paz-al-de-al-lado”, que la obra de Vargas Llosa. Separando al escritor del pensador, la obra de Vargas Llosa, no se sienta lejos de García Marquez, por poner un ejemplo cercano. Y lejos de debatir, porque no me corresponde ni me interesa, el porqué de ese giro copernicano, diré que los valores que defiende Borges en su vida y en su obra responde más al liberalismo clásico que casi cualquier otro escritor que podamos pensar.

Aquella frase del profesor Bastos, que tanta enjundia tiene a la vez que sorna en redes y dice “capitalismo, ahorro y trabajo duro, no hay otra cosa”, es lo que vemos repetidamente en la obra de Borges. El escritor no habla de estados, de impuestos, banderas o ni siquiera de países, Borges habla de individuos, como casi lo único real. Borges no necesita exponer al siempre excitante Howard Roark, ni aquella heroína Dominique Francon, encima de edificios viendo como los hombres de bien vencen a los hombres colectivistas. Borges comparte historias que comienzan siendo aparentemente humildes pero acaban situando al hombre en medio de todo, como piedra angular de la vida como la conocemos. 

Tenemos al hombre que se pregunta si puede existir otro hombre en su propio sueño, en ese cuento que se llama “Las ruinas circulares”; tenemos a dos Borges encontrándose en un banco obviando el tiempo en “El otro”, como si el hombre pudiera superar en alguna realidad o en el futuro los límites el tiempo. ¿Quién podría hacerlo sino el hombre?. Tenemos a Pierre Menard intentando escribir, otra vez, “El Quijote”; tenemos a Funes, capaz de recordar todo, capaz de contener un “Aleph” en su memoria; tenemos los cien poemas que mencionan a Heráclito con la cuestión del ser. Y con el hombre, Borges, también hace mención y homenaje a los oficios, todos ellos respetables hasta el extremo de la admiración, por esos cuchilleros apátridas a los que solo les queda el honor de ser quiénes son. Tenemos esa crítica con el fino estilo borgiano al “azar” en la lotería de Babilonia, donde el trabajo duro ha dejado paso al “azar” convirtiendo en tiranía lo que era la democracia. No sé si les suena. O esos “inmortales” que, privados de la muerte, se dan cuenta que están privados de su capacidad de ser hombres, ese “salario mínimo vital” que es saber que al día siguiente seguirás vivo pase lo que pase dejando incluso, como se describe en el cuento que un pájaro, “anidaba en su pecho”.
Aunque nos hagan creer que el capitalismo es “American Psycho” de Easton Ellis, está en nuestra mano demostrar que el capitalismo es ser honrado, ahorrar, usar la cabeza e intentar sobrevivir con dignidad. No hay otra cosa, como diría Bastos.

La emergencia de Cuba

América Latina es un continente marcado, con algunas excepciones, por la inestabilidad política y por las tentaciones autoritarias de dirigentes circunstanciales que aprovechan las crisis de orden económico, social o político, para impulsar sus proyectos totalitarios a lo largo y ancho del subcontinente. Estas ideologías, marcadas por las corrientes del proteccionismo, la estatización y el cooperativismo están vinculadas, a su vez, a la mala praxis de una realidad de la que adolece constantemente la región: la corrupción, la desigualdad social, la pobreza y la ausencia de instituciones fuertes son algunos de los elementos que facilita el arribo de caudillos populistas, la versión contemporánea del totalitarismo de antaño.

No obstante, existe en el continente un ejemplo paradigmático de la resistencia comunista del siglo pasado que desde sus inicios intentó cruzar sus fronteras. Lo logró en los casos venezolano y nicaragüense y su influencia transciende a toda la región. La dictadura de los Castro en Cuba lleva en el poder desde el 1959, año en que Fidel Castro asume la jefatura de la nación después del golpe militar-guerrillero contra Fulgencio Batista. Desde entonces, el régimen autoritario de Fidel sobrevivió a las denuncias permanentes del mundo libre e incluso al fracaso de la Unión Soviética en 1991.

En el mundo sólo quedan dos países de gobiernos totalitarios con economías de carácter marxista: Cuba y Corea del Norte. El gobierno cubano es considerado como una de las dictaduras totalitarias más restrictivas e iliberales que siguen vigentes desde el siglo pasado y el último reducto en el mundo que preserva el modelo ideológico marxista, anticapitalista y antiimperialista. Su posicionamiento sigue una estrategia geopolítica que pretende impulsar su proyecto por una razón fundamental: la subsistencia del régimen y de sus allegados. Más allá de las consideraciones ideológicas que guardan en su asidero las líneas del autoritarismo comunista que caracterizó el desprecio de la libertad en las comunistas China o Rusia, la idea es desestabilizar los sistemas democráticos del continente.

El proyecto multinacional se extendió con el Foro de Sao Pablo a partir de 1990 cuando el régimen castrista entendió, tras la caída del Muro de Berlín y el fracaso de la URSS, que la conquista del poder ya no cabría a través de la lucha armada o la revolución socialista, sino por medio de la movilización social y la pugna electoral que permite la democracia como sistema de gobierno. Entonces, su razonamiento se escuda bajo la lógica del secuestro de las instituciones públicas y los poderes del Estado por medios pacíficos.

La estrategia continúa vigente y sigue los mismos pasos de los cuales la región ha sido testigo las ultimas décadas. El ejemplo más lúcido del caos e inestabilidad que siembra el régimen cubano más allá de sus fronteras es Venezuela, un país destruido en menos de veinte años por el comunismo, la persecución y la hambruna.

Pero el aparato ideológico ejercido desde La Habana no se limita a hechos temporales u oportunidades circunstanciales para mantener al régimen vivo, como ocurre con el caso venezolano, el fin último es que la ‘revolución socialista’ como hacía referencia Castro, se extrapole a otros escenarios más complejos. Los últimos meses hemos sido testigos de los acontecimientos ocurridos en Chile, Colombia o Perú. En caso de chileno, a pesar de que el país logró estándares sobresalientes en términos económicos y de desarrollo y además de ser uno de los países de la región más libres en cuanto a derechos políticos y sociales, cuenta con las instituciones más fuertes en términos de lucha contra la corrupción e independencia de los poderes del Estado, incluido el sistema judicial, las protestas desentrañaron una idea adversa a los avances conseguidos hasta hoy. Eso demuestra, además, la importancia de articular estrategias para comunicar los éxitos obtenidos en la gestión pública. No basta con obtener buenos resultados en términos de crecimiento, desarrollo y desempeño social si no se transmiten con contundencia y se gana el relato en el debate político.

Perú y Colombia son otros casos recientes, donde el mensaje de la izquierda más radical del continente supo ganarse el relato e imponerlo. Como consecuencia de ello, en Perú asumirá la presidencia un maestro rural vinculado al maoísmo de la sierra peruana que defiende sin tapujos la ‘democracia venezolana’ y en Colombia, que vive a la sombra de una de las guerrillas más oscuras de la historia latinoamericana, repunta en las últimas encuestas el senador Gustavo Petro, íntimo aliado de los gobiernos populistas que azotan a la región y simpatizante de la dictadura castrista.

No es baladí pensar que, tras todas estas movilizaciones y apariciones no casuales de líderes formados bajo la estela autoritaria de Cuba, se encuentren intereses trasnacionales que pretenden desestabilizar a toda la región. Se suman a la lista ejemplos paradigmáticos del retorno de viejos caudillos como Evo Morales en Bolivia y sus prácticas autoritarias o Daniel Ortega que pretende perpetuarse en el poder en Nicaragua, a costa de la persecución a la oposición política y a la ciudadanía disidente.  

Pero, a pesar de décadas de la dictadura más dura y las amenazas del dictador de turno, Díaz Canel, en Cuba aparecen protestas nada habituales contra el régimen, bajo las consignas de ‘Patria y Vida’, ‘libertad’, ‘no tenemos miedo’ o ‘muera el comunismo’. Gritos que no tienen que ver con algún tipo de injerencia extranjera –como el régimen pretende justificar sin pruebas–, demuestran el hastío de la población y encienden una chispa inevitable, algo que pocos se imaginaban considerando la raigambre totalitaria que el régimen construyó durante décadas.

No obstante, si bien las manifestaciones son una muestra ineludible del desgaste del régimen y del despertar social, las transiciones suelen ser traumáticas y tal como lo expresó el dictador Díaz Canel “tienen que pasar por encima de nuestros cadáveres si quieren enfrentar a la revolución (…) estamos dispuestos a todo y estaremos en la calle combatiendo”. En efecto, sabemos a lo que están dispuestos porque son hijos de aquel revolucionario, mal estratega y cobarde que dijo en su mensaje a la Tricontinental en 1967: “el odio como factor de lucha; el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar”. Era la cara cruel del Che Guevara, ese rostro que el castrismo intentó ocultar durante años y que muchos ignoran hasta hoy.

Lo cierto es que el gobierno de La Habana está preocupado y llegarán hasta las últimas consecuencias con el objetivo de conservar el poder. El resultado final puede demorar mucho tiempo. La región latinoamericana ha vivido constantemente a expensas y bajo la influencia del régimen castrista, cuyas consecuencias han sido nefastas para la democracia y la libertad de países como Venezuela, Nicaragua o Bolivia. Cuando la dictadura comunista de Cuba llegue a su fin podremos pensar en una nueva oportunidad para la democracia en la región, aunque ello implique dejar a muchos desamparados sin templo ni religión en todo el mundo. No será tarea sencilla, pero remitámonos a la historia: en 1987 nadie se imaginaba que el Muro de Berlín caería solo dos años después.

Elogio a los que dan la cara

“Odio a los indiferentes. Creo que vivir quiere decir tomar partido”, Gramsci.

Vivir en libertad no sale nunca gratis. Es cierto que el estado, como decimos los liberales, “nos sale muy caro”, pero aunque los beneficios de un estado mínimo son claros para muchos, mantener esa situación (y mucho más alcanzarla) exige un esfuerzo pedagógico constante, a través de cualesquiera medios disponibles: educación, medios de comunicación o tertulias de sobremesa o de café; un conste del que no todos somos conscientes.

Los antiliberales siempre han tenido claro, como advertía Gramsci, que para conquistar (y, por supuesto, mantener) el poder político es necesario conquistar antes el poder cultural, y esto último debían lograrlo, según el marxista italiano, “mediante la acción concertada de los intelectuales llamados ‘orgánicos’ infiltrados en todos los medios de comunicación, expresión y universitarios”, algo que la izquierda ha sabido hacer desde sus orígenes.

Quizás porque los liberales, aunque recelosos del poder, hemos tenido siempre una infinitamente mayor confianza en el ser humano que los socialistas, no hemos dado igual batalla en estos campos, confiando siempre en el sentido común y la inteligencia de la gente para advertir lo que nos parece obvio y evidente. Quizás, también, porque entre nosotros no abundan los “políticos profesionales”, con lo que los incentivos para destinar recursos individuales a esa labor pedagógica se diluían y resultaban, por tanto, menores, sin que tengamos al estado para realizar tales tareas (por razones de coherencia evidentes). Quizás simplemente porque estábamos preocupados de otras cosas más inmediatas y que creíamos más urgentes.

Pero tenemos que ser muy conscientes de que, por mucho sentido común que pueda tener la gente, los humanos nos relacionamos con el mundo desde conceptos y concepciones de los que, en la mayor parte de los casos, no somos ni conscientes; y que esos conceptos se pueden ir cambiando (que es lo que pretendía Gramsci), por lo que con ellos cambiaría también la forma de vivir o de pensar. Y es que, como decía Huxley en Las puertas de la percepción, es nuestro cerebro quien nos ayuda a seleccionar, de la abrumadora y confusa masa de información que percibimos, “la muy reducida y especial selección que tiene probabilidades de sernos útil”, siendo los prejuicios inconscientemente adquiridos los encargados de hacer esa selección (“la realidad está definida con palabras. Por tanto, el que controla las palabras, controla la realidad”, que decía, en un sentido parecido, también Gramsci).

Hace unas horas apelaba Abascal a los españoles, pidiéndoles que “den el paso” y financien una televisión “que plante cara” a las televisiones entregadas a la izquierda para dar la batalla cultural. Desconozco si la solución es una gran televisión, o miles de pequeños canales independientes en las redes. Lo que tengo claro es que en cualquier momento de nuestra historia, presente, pasado o futuro, esa batalla cultural, incesante y omnipresente, es esencial y no darla lleva al desastre; algo que no nos podemos permitir.

Cuenta Roberto de Mattei, en su Historia del Vaticano II, lo que uno de los Padres conciliares escribió a Roma, en las fases previas al Concilio. Evidentemente iba dirigido contra los “modernistas” que querían atacar la sana doctrina y el Magisterio milenario de la Iglesia, pero es perfectamente aplicable a lo que estamos comentando:

“(…) a) La condena de las doctrinas perversas, aunque absolutamente necesaria, no es suficiente. b) Es necesaria una batalla organizada contra los errores y contra los que promueven y propagan los errores. Una batalla así, organizada como por un ejército ordenado y metódico, hoy resulta fácil por el progreso de las comunicaciones con la Santa Sede. A pesar de ello, el Clero, las Órdenes Religiosas, nuestras escuelas, el laicado, no se movilizan para dar batalla. Falta una resistencia organizada contra las ideas y contra las personas. c) Una batalla organizada debe dirigirse también contra las formas larvadas de Revolución, sus errores y su espíritu, que la propagan junto con su espíritu. Estas formas en general tienen dos (sic) características: 1. Son consecuencias lógicas de errores o expresiones psicológicas de un falso principio, aplicadas a un campo muy concreto. 2. Los contenidos son presentados de tal manera que un fiel menos informado no capta la malicia de la doctrina. 3. Aunque no perciba la malicia de la doctrina, el fiel conserva de modo latente y activo el principio perverso en el alma, y de manera insensible, sin darse cuenta, se impregna de este principio y del espíritu de la Revolución” (Roberto de Mattei: Concilio Vaticano II: Una historia nunca escrita. Homo Legens. 2018).

No sé si Monseñor Proença Sigaud (el obispo brasileño autor de esas líneas), había leído a Gramsci… pero más nos valdría a nosotros, en los que nos atañe, tenerlas presentes. Lenin decía, y Gramsci repetía, que la mentira es un arma revolucionaria. Nosotros tenemos la ventaja de que podemos ir con la Verdad… pero hay que “ir”, como están empezando a hacer algunos, aunque todavía insuficientes; los resultados de esa batalla, por ahora, no pintan demasiado bien.

La nueva-vieja economía circular

La economía circular tiene ya cuatro décadas, lo que puede sorprender a muchos miembros de las nuevas generaciones y a algunos de las no tan nuevas. Es uno de esos conceptos que aparece y desaparece de los medios de comunicación o de las líneas estratégicas de acción de gobiernos y empresas, sobre todo de empresas de carácter estratégico, como las de suministros básicos: energéticas, agua o materias primas. El concepto aparece por primera vez en los años 80 del siglo pasado y es una estrategia que tiene por objetivo reducir tanto la entrada de los materiales vírgenes como la producción de desechos, cerrando los “bucles” o flujos económicos y ecológicos de los recursos.

Así pues, nace con la idea de, primero, reducir el impacto de los sistemas económicos y sociales sobre el medioambiente; segundo, reutilizar, de forma que se dé una mayor vida útil a un producto y, tercero, reciclar[1], de manera que se pueda encontrar nuevos fines a lo que ya no es útil, evitando de esta manera esquilmar el medio en busca de materias primas. La economía circular usa la naturaleza y los procesos naturales como modelo para buscar alternativas a los procesos existentes, usando modelos mecánicos o químicos que sustituirían a los que no han tenido esta inspiración y que se supone que son dañinos. Esto daría como consecuencia una especie de ecología industrial, en la que los sistemas económicos se mimetizarían en ‘ecosistemas’, reduciendo o incluso eliminando cualquier daño, como los residuos o la contaminación. El fin de todo ello sería la economía verde, una economía perfectamente equilibrada entre las necesidades y las acciones humanas y la sostenibilidad del ecosistema global, del planeta Tierra… de Gaia, si nos ponemos un poco esotéricos.

No es casualidad que la economía circular tomara forma y nombre al finalizar los años 70. Esa década fue complicada en muchos aspectos, no sólo económicos, sino también políticos. A finales de los años 60, el Club de Roma había adelantado un futuro de sobreexplotación de recursos, exceso de población, hambres y muchas calamidades, incluidas las medioambientales, aunque en esa época estaba de moda el enfriamiento global, una nueva versión extrema del maltusianismo. El recrudecimiento de la Guerra Fría y el aparente avance del comunismo, sobre todo a través de los procesos de descolonización, pusieron en jaque el sistema capitalista que flaqueó, adaptándose y apostando por planificación, por el intervencionismo económico y social.  La crisis del petróleo encareció de manera significativa la energía y, en el contexto de una energía cara y una planificación político-económica, muchos occidentales vieron que, efectivamente, estaba habiendo un retroceso, incluso una respuesta de la naturaleza a los excesos humanos. Los ‘expertos’ del Club de Roma tenían razón: la crisis era un hecho y el apocalipsis nuestro destino. Si el ser humano había llegado a un estado tan lamentable, quizá fuera mejor reflejarnos en el modelo de la propia Naturaleza, tan idealizada, tan perfecta. Sólo era cuestión de ponerle un nombre, un nombre nuevo para… ¿unos conceptos viejos?

Realmente, el ser humano ha usado la mal llamada economía circular con mucha frecuencia, aunque adaptada a las circunstancias, siempre y cuando haya sido el sistema más eficiente posible. Chatarreros ha habido toda la vida. Personas que, sin necesidad de tener un certificado expedido por la autoridad, han recorrido ciudades y pueblos tomando los restos metálicos y llevándolos a fábricas donde les pagaban por ellos. Tan importante ha sido esa labor que, cuando Estados Unidos y Japón se miraban mal en el Pacífico, antes de que entraran en guerra a finales de 1941, los americanos pusieron una serie de embargos a los japoneses y, entre ellos, además de los del petróleo, estaba el de la chatarra[2].

A un nivel más doméstico, hace no tantas décadas, los hermanos pequeños heredaban la ropa de los mayores[3], quizá a disgusto, pero las familias con pocos medios no podían pagar la ropa porque, fíjate qué cosas, hasta hace poco, ésta era relativamente cara y un zurcido era mucho mejor que una nueva camisa. Hoy en día, el precio del textil y del calzado, siempre y cuando la marca no lo encarezca, es lo suficientemente bajo como para que los ciudadanos se planteen cambiar con frecuencia. Una consecuencia de este sistema ha sido que la calidad de los tejidos, incluso de los tejidos caros, se ha reducido, siendo las telas menos resistentes que las de hace 30 o más años, capaces de aguantar mejor el uso intenso. Al fin y al cabo, si vas a cambiar de prenda con la temporada, no merece la pena gastar recursos en investigar tejidos más resistentes.

Esto tampoco quiere decir que una prenda termine necesariamente en el vertedero de un año para otro. Una camiseta puede pasar por diferentes fases, desde prenda de paseo a la de estar por casa o dormir con ella, terminando en forma de trapo que se usa para limpiar. Aun así, han surgido negocios de ropa de segunda mano, algunos auspiciados por las ONG, que fomentan la reutilización de prendas para que no terminen en el vertedero (a precios que sinceramente me parecen exagerados). Tampoco estamos hablando de novedosos negocios, siempre han existido. Antes de la Revolución Industrial, eran un negocio necesario; después, según en qué épocas de mayor o menor escasez o abundancia, una posibilidad rentable. En resumen, dos de los tres conceptos básicos que usa la economía circular no eran novedosos; el tercero, el que implicaba que las actividades humanas no crearan un daño excesivo al medioambiente, tampoco, pero con matices.

El desarrollo de la ciencia y la tecnología nos ha permitido ser conscientes de que ciertas prácticas podían ser perjudiciales, no sólo para el ser humano, sino también para su entorno y, como consecuencia de ello, poner remedio cambiando la manera de hacerlo o, incluso, eliminándolas. Hoy en día, un minero tiene una serie de medidas de seguridad para realizar su labor y preservar su salud, de las que, no hace mucho, sus compañeros carecían[4]. Hasta no hace demasiado tiempo, talar un bosque entero era una obra titánica que ponía a la naturaleza en su sitio, a los pies del ser humano, la cumbre de la Creación. Y pocos se molestaban por ello. Quizá los que vivían del bosque, pero porque desaparecía su modo de vida, no porque estuviera mal. Hoy en día, ni el humano más medioambientalmente malvado es capaz de acabar con un bosque, no porque lo respete, sino porque es mucho más eficiente hacer otras cosas para conseguir lo mismo o más; sin ir más lejos, plantar bosques y luego ir talándolos, según se necesiten (quizá arrebatando los terrenos de manera malvada compinchados con las autoridades locales). La contaminación o los desechos son, además de una externalidad negativa, un aviso para hacer más eficiente el proceso, como, por ejemplo, hace ya muchos siglos, usar el estiércol del ganado para abonar los campos donde se cultivaba y obtener mejores cosechas.

Sin embargo, la economía circular más moderna es para sus defensores y promotores, mucho más. Es una economía que tiene un objetivo: la sostenibilidad del planeta. Es hacer ciclos de reutilización de todo, de forma que un mismo componente tenga muchas vidas económicas… qué digo muchas, infinitas; alejarnos de las economías lineales de “usar y tirar”, en las que todo termina en un vertedero -contaminando y dañando- o quemado -provocando emisiones peligrosas-. Las razones por las que se impulsa son entusiastas, pero confusas. La UE dice en su página que se debe al aumento de la demanda y a la escasez de los recursos. ¿Estamos volviendo al espíritu del Club de Roma? ¿Hemos salido alguna vez de él? ¿Vamos a poder satisfacer nuestras necesidades en las siguientes décadas reutilizando recursos una y otra vez, pero siempre los mismos? En tal caso, ¿qué sentido tiene para esos otros países con materias primas, que no van a poder vender para otros o incluso para sí mismos, ya que no estarían en el ciclo y extraerlas sería un crimen contra el medioambiente? ¿Volvemos a una especie de autarquía? ¿Tiene sentido el diseño ecológico que se pretende? Eso lo dejo para el siguiente artículo.


[1] Reducir, reutilizar y reciclar era lo que llamaban las Tres Erres, la tabla de la ley del sistema. Con el tiempo, se llegó a siete conceptos, todos muy parecidos.

[2] Japón es un país con mucha población y poco terreno y aún menos recursos naturales, de forma que, en esa época, la chatarra era una de las principales fuentes de materia para conseguir acero.

[3] Antes de que cada curso escolar supusiera un libro nuevo para la misma asignatura, o una asignatura similar, los hermanos pequeños, si iban al mismo colegio o instituto, también heredaban los libros de sus hermanos mayores. Ahora, estos cambios continuos propiciados por las autoridades educativas son un negocio para las editoriales, a costa de los ciudadanos.

[4] Incluso en la antigüedad, los presos eran condenados a las minas donde terminaban muriendo, aunque esa no fuera la condena.

Ciudades Estado vs Unión Europea

Todos los que han tenido oportunidad de visitar Italia se quedan maravillados con la belleza e historia de sus ciudades, de muchísimas de ellas. Es obvio que despuntan Venecia o Florencia (y qué decir de Roma), pero quien profundice un poco en el territorio de la bota descubrirá pronto que las citadas no son más que la punta del iceberg. A su alrededor se pueden encontrar Padua, Vicenza o Verona, y la Toscana está trufada de tesoros como Siena, San Gimignano, Pisa, Lucca o Volterra. Pero es que no termina ni de lejos aquí la cosa, y quien tenga tiempo para separarse un poco más, podrá maravillarse con Mantua, Ferrara, Parma o Urbino.

Un paseo por cualquiera de estas ciudades revelará al viajero la enorme riqueza que fueron capaces de atesorar en su momento, ahora reflejada en maravillosos palazzi, duomos, giardinos y conventos, y todas las obras de arte en ellos contenidos. Una riqueza ciertamente exuberante si se contrasta con la situación actual, donde la producción artística y arquitectónica no guarda proporción alguna con la que hubo en su momento en las citadas ciudades. Y, ojo, no digo que no se haga arte o que no se construyan magníficos edificios, simplemente digo que no hay la misma proporción producción artística-riqueza que en aquella época, si no mucho menor. Lo que, a su vez, si mantenemos fijo el ratio, podría significar que la riqueza que se generaba en esas ciudades era superior en términos reales, siempre per cápita para corregir por la menor población.

¿Puede compararse la producción artística de estas ciudades con la producida por la República Italiana, fundada sobre los mismos territorios uniendo los Estados preexistentes? La verdad es que cuesta mucho decir que sí. ¿Es ello reflejo de una menor generación de riqueza en términos relativos? No es tan fácil responder, aunque la teoría económica proporcione alguna pista.

El viajero curioso se preguntará cómo es posible lo que trato de describir en el párrafo anterior. ¿Pues no se moría de hambre la gente en la oscura Edad Media? El hecho cierto es que toda esa riqueza fue generada en ciudades Estado, pequeñas entidades territoriales que se gobernaban por leyes basadas en la costumbre, y por elites locales; élites en sentido estricto, es decir, gente reconocida como válida por sus vecinos. Quién mire a su alrededor en la actualidad se va a encontrar con un panorama muy similar, pues hay una gran correlación entre riqueza de países (siempre per cápita) y su tamaño: Singapur, Hong-Kong, Liechtenstein, Luxemburgo, Brunei, Qatar o los Emiratos Árabes Unidos saltan a la mente.

Así pues, la evidencia empírica nos tendría que hacer preferir Estados pequeños (de tamaño) a Estados grandes, aunque evidentemente a esta conclusión ya no llegará ningún viajero, por curioso que sea, y se volverá feliz a su Estado-nación de buen tamaño con un montón de fotos en su móvil.

Y, sin embargo, la teoría económica coincide y explica la evidencia empírica observada. Para ello, el primer punto que no se ha de olvidar es que hay una relación causal entre libertad y riqueza, por una razón muy sencilla: solo se puede crear riqueza mediante transacciones voluntarias, pues solo en ellas ganan las dos partes (si una perdiera, la transacción no se llevaría a cabo voluntariamente, claro). Y, por supuesto, a más libertad, más transacciones voluntarias son posibles. Así pues, cuanto más libre es un territorio, más riqueza se puede esperar que genere[1].

Si esto es así, entonces se puede deducir que las ciudades-Estado, en general, ofrecían un entorno más libre que las actuales naciones-Estado, por llamarlas de alguna forma, pese a todo lo democráticas que son. Una primera razón por la que ello ocurría (y ocurre) es que en ellas es más fácil votar con los pies. Como ocupan poco territorio, es fácil salir de ellas y cambiar de régimen estatal. Esta posibilidad supone una fuerte disciplina para los Estados pequeños que, por tanto, tenderán a intervenir en la vida de sus ciudadanos de una forma más benigna que si estos no se pueden escapar tan fácilmente.

Otra razón a tener en cuenta es la mayor proximidad de los ciudadanos a los gobernantes. En los pueblos todo el mundo conoce al alcalde, y es indudable que eso ejerce una fuerte presión sobre la conducta de éste, más allá de las consideraciones legales y penales. Lo mismo, imagino, ocurriría con los gobernantes de estas ciudades Estado, que la ciudadanía a la que tienen que responder no les quedaba lejos, y no era tan fácil hacer desmanes.

Ello nos lleva a una tercera razón: si es relativamente difícil lucrarse ejerciendo el gobierno, tanto por la cercanía de la ciudadanía como por la menor disposición de recursos, será mucho más difícil que surja una clase política que pretenda vivir de esta situación. Es por ello que los gobernantes de estas ciudades serían normalmente (imagino una vez más) gente con riqueza previa y reputación, que tuvieran un verdadero compromiso con la ciudad en que vivían[2]. Vamos, que gobernar se haría por amor al arte y al prójimo. Recuérdese que hablo siempre en términos probabilísticos, no digo que siempre fuera así, sino que tendería a ser así.

Creo que estos tres argumentos son ciertamente potentes para explicar la libertad existente en estas ciudades-Estado y, consecuentemente, su capacidad para generar riqueza.

Siendo así, ¿cómo es posible que los individuos abrazaran con entusiasmo los estados-nación actuales, con todas las mermas de libertades y de capacidad de generar riqueza que han conllevado? Lo digo pensado sobre todo en Alemania e Italia, cuyo origen es el de estas ciudades Estado. Sinceramente, me cuesta pensar que fuera suficiente con el señuelo de la democracia, siendo como es un argumento bastante potente para la mentalidad actual.

Más bien quizá haya sido un fenómeno parecido al que originalmente se dio con la Comunidad Económica Europa, que conocemos mejor. Las ciudades-Estado de continúa mención eran libres y con capacidad de generar mucha riqueza, pero al mismo tiempo encontrarían dificultades comerciales allende sus fronteras, o sea, muy cerquita. Los enfrentamientos entre las ciudades italianas eran constantes, y constantemente se revisaban alianzas y cambiaba el balance de poder. Frente a esta situación tan inestable, tener un marco común era una verdadera panacea: se reduciría la conflictividad y se multiplicaría el comercio entre las entidades independientes. Algo que ya se había visto en todos los imperios, al menos en sus momentos iniciales, empezando por el persa de Ciro.

Así pues, la agrupación de estas ciudades-Estado en territorios con un marco común, suponía un claro incremento en las libertades y en las riquezas de todos los que se adhirieran. El caso de Alemania tras el establecimiento del Zollverein es seguramente el más paradigmático. Y sin duda supuso un excelente ejemplo para la fundación de la República de Italia[3].

Pero, al mismo tiempo, se sembraban las semillas para la aparición de Estados mucho más grandes, y, por lo tanto, aquejados por los males que habían esquivado con su tamaño las ciudades Estado. El principal, por supuesto, sería la aparición de incentivos perversos para el surgimiento de una clase política destructiva, que tan magníficamente describe Hayek en su capítulo “¿Por qué los peores llegan a lo más alto?” de su Camino de Servidumbre.

Es la misma estrategia que se sigue desde la Comisión Europea, el Estado de la Unión Europea. El interés inicial para la ciudadanía consistía en el incremento de sus ámbitos de libertad territorial: eliminación de barreras al comercio y movimiento de personas en un territorio de mucho mayor tamaño al de cada Estado-nación integrante. De nuevo, no obstante, quedan sembradas las semillas para una mayor pérdida de libertad (y riqueza) que la adquirida mediante la eliminación de esas barreras. Tendremos un Estado con mucho más poder y más ámbito territorial, con la merma consiguiente en libertad y riqueza. Y cada vez estaremos más lejos de las preciosas ciudades-Estado italianas que, de momento[4], nos dejan visitar.


[1] Como no puedo entrar el debate de la subjetividad de la riqueza y de la relación de ésta con los recursos, a su vez cambiantes en un entorno dinámico, el lector que no esté conforme que añada un ceteris paribus a la anterior afirmación.

[2] Algo parecido ocurría con el cursum honorum en la República de Roma.

[3] Con la visionaria excepción de San Marino, entre otras. Por cierto, el lema de la pequeña república no es otro que “Libertas”.

[4] No exagero, recuérdense las medidas relacionadas con la pandemia COVID que acabamos de vivir, y dónde acabaron nuestras libertades de movilidad.

Política de bloques, callejón sin salida

El multipartidismo surgido en 2015, en parte como institucionalización de las demandas del 15-M, transformó el panorama político imperante desde la Transición. Parecía que los partidos de la “nueva política” (Ciudadanos y Podemos) podían romper con la tradición de gobiernos monocolor y monoideológicos, sustituyéndola por gobiernos de coalición más transversales que permitieran la realización de reformas de calado y potenciasen una mayor rendición de cuentas. Sin embargo, diversos acontecimientos y dinámicas recientes parecen confirmar que ese escenario está cada vez más alejado.

La primera causa del bibloquismo español es la destrucción de Ciudadanos como partido capaz de llegar a acuerdos a izquierda y derecha. Tras la descomunal crisis de 2008, se abrió paso en España un escenario multipartidista que reemplazó al bipartidismo imperfecto que funcionaba hasta el momento. Una época en la que quedaba patente la necesidad de reformas estructurales, que requerían del establecimiento de acuerdos sólidos (no únicamente de investidura, sino también de legislatura) entre las distintas formaciones. Sin embargo, las encuestas parecían mostrar a un Ciudadanos con potencial para arrebatar al PP la primacía en el centro-derecha e incluso de liderar un gobierno alternativo al PSOE. A la luz de estos resultados, Albert Rivera decidió romper con cualquier posibilidad de pacto con Pedro Sánchez y tomar al PP como socio preferente también en autonomías y municipios.

La segunda causa se encuentraen lo que Juan Millán ha denominado “la catalanización de la política española”. Esto es la traslación de muchos de los rasgos del procés a la política española, como la polarización, la inexistente asunción de responsabilidad de los gobernantes y la ausencia de actividad legislativa sustancial.

Diversos informes publicados por EsadeEcPol (aquí y aquí) nos muestran cómo la polarización afectiva, entendida como la “distancia emocional entre el afecto que despiertan quienes simpatizan con nuestras mismas ideas políticas en contraposición con el rechazo hacia quienes tienen opiniones distintas” ha aumentado en los últimos años y se ha disparado muy especialmente en los períodos electorales. De hecho, España se encuentra entre los países con mayor polarización afectiva del mundo. Esta polarización se produce, en mayor medida, dentro de los propios bloques ideológicos. “Las afinidades con los partidos del mismo bando parecen aumentar a la par que crece la animadversión hacia los partidos de la otra orilla ideológica”, comenta Orriols, politólogo y autor de uno de los informes antes mencionados. Además, cuanto más extrema es la posición de un partido, más polarizados se encuentran sus votantes, imposibilitando así cualquier trasvase de votos y cualquier tipo de pacto transversal.

Esta polarización ha institucionalizado en España una política de bloques cerrados en relación al eje izquierda-derecha, pero también a la cuestión nacional. Por un lado aparece el bloque de la izquierda, con PSOE, Podemos y Más País, al que se han sumado nacionalistas e independentistas; y por el otro el bloque de la derecha, con el PP y Vox, así como Ciudadanos de forma intermitenteUPN (dentro de Navarra Suma), Foro Asturias, e incluso Coalición Canaria. Dentro de cada sector del espectro, los partidos más extremos ejercen una fuerza centrífuga que termina por radicalizar las posiciones de los partidos mayoritarios ante el temor de perder votos en favor de los primeros, lo que hace cada vez menos atractivo el centro. La imposibilidad (por falta de voluntad) de pactos interbloques otorga un poder de veto sin precedentes a esas formaciones minoritarias de cada bloque. Esta capacidad de chantaje desincentiva este tipo de pactos lo que aumenta su coste electoral. Cuando estas alianzas se intentan, como hizo Inés Arrimadas durante la negociación de los presupuestos del Gobierno de coalición, los partidos que las promueven suelen ser acusados de traición por sus compañeros de bloque. Traición que se consagra no sólo con la alianzas puntuales sino incluso por la votación conjunta de algunas leyes. Esto último le pasó a Vox cuando apoyó el decreto de los Fondos Europeos.

La supremacía de lo identitario (ideología, identificación partidista o identidad nacional) a la hora de decidir el voto, tan característica de las sociedades polarizadas, frente a la valoración de cuestiones como la gestión y las políticas públicas, dificultan todavía más la rendición de cuentas. Un votante muy polarizado, que anteriormente podría haber oscilado entre las dos formaciones del bipartidismo, tiene escasos incentivos para salir de su bloque. Los ciudadanos no castigan debidamente la mala gestión y las malas decisiones porque son los sentimientos los que dirigen su voto. Y mientras estas dinámicas no sean desplazadas, los partidos saben que no cumplir su programa e incluso traicionar algunas de sus reivindicaciones históricas, puede salirles gratis. La política catalana es el ejemplo más claro de ello.

Si comparamos los resultados de las últimas elecciones en Cataluña con los de 2017, percibimos mucho movimiento, movimiento que no se traduce en grandes cambios. Ciudadanos pasaba de ser primera fuerza política con 36 escaños, a conseguir solo 3, y era sorpasado por un partido hasta el momento extra-parlamentario como Vox; el PSC pasaba de cuarta a primera fuerza, doblando su número de escaños; y ERC le arrebataba a Junts per Catalunya el liderazgo del bloque independentista. Pero si nos fijamos más detenidamente, ese cambio en los resultados no se ha traducido en un cambio en las mayorías: el bloque independentista sigue teniendo mayoría para gobernar.

Aunque existía una mayoría alternativa de izquierdas que pasaba por unir a ERC, PSC y Els Comuns, una opción que había sido posible en la Cataluña pre-procesista hasta en dos ocasiones, esta vez se aventuraba imposible. Y lo era porque la presión que ejercen las formaciones más “radicales” en uno y otro bloque, pero sobre todo y en este caso en el bloque independentista, había provocado que una decisión así pudiese tener unos costes muy elevados. Finalmente, las principales organizaciones civiles independentistas terminaron por dinamitar esta posibilidad obligando al líder de los republicanos a firmar un documento -junto al resto de fuerzas independentistas- por el que se comprometía a no pactar un gobierno con los socialistas.

En Cataluña, en las últimas dos legislaturas, apenas se han aprobado leyes relevantes, muchas de las cuales han invadido competencias estatales y se ha abusado como nunca de la figura del decreto-ley. Esto es un problema cuando existen retos que es preciso abordar como la redacción y aprobación de una ley electoral propia o la reforma de la función pública. Empero, cuando se institucionaliza una política de bloques como la que lleva años instalada en esta comunidad y que se ha trasladado al resto del Estado, todo se mueve para que en realidad no cambie nada. Únicamente se reajustan las fuerzas de cada partido dentro de su respectivo bloque. Esta situación favorece la política de gestos, la falta de ambición política y la ausencia de diálogo y actividad legislativa relevante. ¿Para qué voy a llegar a acuerdos con los diferentes si puede que mi electorado lo castigue en unas futuras elecciones?