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¿Es la confianza lo que confiere valor al dinero?

Una idea muy extendida acerca del dinero es que todos lo aceptamos porque confiamos en que a su vez los demás lo aceptarán por un valor igual o muy parecido al que nosotros lo adquirimos. Autores populares como Yuval Noah Harari con su libro Sapiens, han ayudado a divulgar esta idea. Esto se lo he llegado a leer o escuchar incluso a personas que conocen bien el pensamiento de la escuela austríaca como Francisco Capella o Alejandro Sala.

He de aclarar que me refiero a aquél dinero que no es a su vez un contrato con un tercero, es decir, que no representa la obligación de nadie porque en esos casos es evidente que necesitamos confiar en que el obligado cumpla con lo establecido en el contrato. Pero este tipo de confianza en el cumplimiento de obligaciones más o menos concretas no es a la que me quiero referir en el artículo de hoy, sino a la “confianza” entendida como expectativa en que el dinero vaya a ser ampliamente aceptado de forma voluntaria por los demás a un valor igual o muy parecido al que nosotros lo adquirimos.

Afortunadamente, Carl Menger nos ilumina al respecto de forma muy concreta en su libro El Dinero, dejando claro que esta supuesta “confianza” sería igualmente aplicable a cualquier otro bien que deseemos vender, y por tanto es un concepto totalmente inútil para distinguir el dinero de cualquier otro bien:

“Pero aquí se olvida el hecho de que esta no es, en absoluto, una característica peculiar del dinero. También el comerciante, el especulador, etc., adquieren los bienes que luego ponen en venta, únicamente en la «confianza» de que estarán después en condiciones de cederlos a otros, y para ellos es absolutamente indiferente (en el aspecto que es aquí decisivo) el que quienes en el futuro adquieran sus mercancías se propongan luego consumirlas o revenderlas. Lo mismo sucede con el dinero, que nosotros, precisamente como hace el comerciante con su mercancía, lo adquirimos (por lo general y no excepcionalmente) solo a causa de su valor de cambio; es decir, para poder cederlo de nuevo a otros.” (El Dinero, p. 102-103)

Cuando un inventor lanza un nuevo producto al mercado que no tiene ningún valor de autoconsumo para él, por ejemplo unas gafas graduadas, o cuando un intermediario compra una tonelada de cemento para luego revenderlo y que tampoco tiene ningún valor de uso para él, o cuando un productor de patatas pone a la venta las patatas que es incapaz de consumir por sí mismo, en cualquiera de estos tres casos estaríamos en la misma situación de “confiar” en que el bien en cuestión tendrá un determinado valor de cambio. Y como bien apunta Menger, al vendedor le importa bien poco que el comprador lo adquiera para posteriormente consumirlo o revenderlo, mientras lo valore lo suficiente para al menos uno de esos dos propósitos.

Hay algunos bienes que por ser duraderos, divisibles, fungibles, difíciles de falsificar, tener una oferta limitada, etc, son más demandados para pasar de mano en mano indefinidamente que por su valor de uso o consumo (¡si es que tuvieran alguno!). Y el razonamiento que expone Menger más arriba es extensible a este tipo de bienes. Lo que podríamos llamar mercancías “puras”. Es decir, este razonamiento no sólo es aplicable al dinero (generalmente aceptado), sino también a otros bienes económicos que tienen una facilidad de venta o vendibilidad relativa alta como para ser buenos medios de cambio pero sin llegar a ser generalmente aceptados. Y que podrían no llegar a serlo nunca quedándose en la categoría de medios de cambio “a secas” por distintas razones como puede ser demasiada volatilidad o cualquier otra cualidad que pueda limitar su vendibilidad (liquidez).

Por otro lado, es innegable que una amplia aceptación, el efecto red, realimenta la liquidez. De eso no hay duda. Pero como bien apunta Menger la costumbre o a la influencia de las autoridades aumentan la vendibilidad, pero posteriormente y como consecuencia de la vendibilidad original del bien, que a su vez se debe a sus cualidades intrínsecas (transportable, divisible, difícil de falsificar, oferta limitada, etc). El efecto red es una consecuencia añadida que puede conferir más estabilidad al valor, pero no una causa que lo origine.

Este efecto puede servir a una moneda establecida como defensa ante otra moneda aspirante si esta última no tiene unas cualidades significativamente superiores a la moneda ya establecida, pues el coste o molestia de cambiar de una a otra puede ser mayor que la mejoría que aporta la moneda aspirante, y por tanto no merezca la pena cambiar.  Sin embargo, creo que algunos economistas como George Selgin sobrevaloran el efecto red como barrera defensiva y malinterpretan a Menger al ponerlo por delante de las cualidades que confieren mayor vendibilidad a un bien.   

Aplicando este razonamiento del efecto red a una supuesta batalla entre Bitcoin y el dólar, y digo supuesta porque yo personalmente creo que no existe tal batalla pues todo apunta a que satisfacen necesidades distintas, Bitcoin iguala al dólar en muchos aspectos y lo supera también en unos cuantos. 

El “problema” de Bitcoin en esa supuesta batalla no creo que fuera el gran efecto red del que disfruta el dólar sino muy probablemente una de sus cualidades: La oferta fija.  Si bien es teóricamente una excelente propiedad como reserva de valor a largo plazo, puede que no lo sea tanto para un buen equilibrio entre oferta y demanda que confiera estabilidad de valor a corto y medio plazo, que es lo que hace falta para que un bien se utilice como dinero, incluso aunque esa estabilidad se produzca dentro de una clara tendencia a la baja.  Esto se ve claro en las monedas con una inflación moderadamente alta, como por ejemplo la peseta o la lira en su momento, que lejos de ser rechazadas seguían siendo ampliamente demandadas localmente para periodos cortos de atesoramiento porque a pesar de la inflación, a corto plazo seguían siendo razonablemente estables, y la erosión del valor por inflación para periodos cortos de tiempo era perfectamente tolerable, como por ejemplo los 4 o 5 días que pasan desde que cobras la nómina hasta que pagas la letra de la hipoteca.

Un argumento en contra de la vendibilidad, es que por lo general los individuos no hacemos sesudos análisis de las cualidades de los bienes para decidir si los queremos como dinero o no, sino que simplemente nos fijamos en la evolución de su poder adquisitivo. Y esto es cierto. Pero es que la evolución del poder adquisitivo o precio del dinero es la información que aglutina la valoración sobre la vendibilidad, y mientras no existan o se prevean problemas, es infinitamente más práctico y sencillo fijarnos en el precio. Pero cuando hay problemas es cuando buscamos otras alternativas, y entonces ya sí que rascamos con detalle las características de los bienes alternativos que adquirimos, sean dinero o no, para escapar de la inflación, la iliquidez o la incertidumbre.

En conclusión, no es necesario buscar razonamientos especiales o teorías ad-hoc para explicar el valor del dinero. La teoría del valor aplicable a cualquier bien es suficiente. Son las cualidades intrínsecas, que en el caso del dinero son las que afectan a su vendibilidad (ver capítulo V de el Origen del Dinero de Menger), las que determinan su utilidad, y por tanto su valor.

Consecuencias de ignorar la insostenibilidad de las pensiones

Decía la filósofa Ayn Rand que podemos ignorar la realidad, pero que lo que no podemos ignorar son las consecuencias de ignorar la realidad. No hay frase que mejor describa la estrategia que está siguiendo nuestra clase política respecto al grave problema al que se enfrenta el sistema público de pensiones.

Los sistemas de pensiones de reparto, como el español, se basan en ir pagando las pensiones actuales con las cotizaciones aportadas por los trabajadores actuales. A cambio, los trabajadores actuales reciben la promesa de que serán los trabajadores futuros quienes pagarán sus pensiones.

Por tanto, es fácil averiguar si el sistema es o no sostenible: si, de forma estructural, las cotizaciones cobradas a los trabajadores son suficientes para cubrir las pensiones a pagar, el sistema será sostenible. De lo contrario, solo quedarán dos opciones: o se reforma el sistema para volver a hacerlo sostenible, o se entrará en una espiral de acumulación de deuda que por su propia insostenibilidad terminaría conduciendo a la insolvencia.

En este sentido, el sistema de pensiones español no puede tener peores perspectivas. Desde 2011, el coste de pagar a los pensionistas es estructuralmente superior a los ingresos que el sistema es capaz de recaudar. El agujero, de entre 16.000 y 20.000 millones de euros anuales, se agranda año a año, y no tiene perspectivas de dejar de crecer.

El problema de fondo es que la demografía española va a ser implacable durante las próximas décadas: mientras que el número de pensionistas se va a disparar, cada vez va a haber menos españoles en edad de trabajar. Si en 2019 ya estábamos en dos trabajadores por pensionista, inevitablemente esa ratio se va a ir estrechando hasta que, en 2050, cuando mi generación empiece a jubilarse, solo habrá en torno a un trabajador por pensionista. Cada trabajador, dicho de otro modo, va a tener que pagar con su salario la pensión de un pensionista.

¿Qué están haciendo nuestros gobernantes para afrontar este abismo al que se enfrenta el sistema de pensiones? En una palabra: nada. El Gobierno está siguiendo la estrategia del avestruz, ignorando por completo la insostenibilidad en la que está ya inmersa la Seguridad Social. Pedro Sánchez y sus ministros tienen la vista puesta, no en el auténtico problema al que se enfrentan los españoles, sino en las próximas elecciones.

 El Gobierno está siguiendo la estrategia del avestruz, ignorando por completo la insostenibilidad de la Seguridad Social

Esta semana, el ministro de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, José Luis Escrivá, anunció a bombo y platillo que el Gobierno, los sindicatos y la patronal habían alcanzado un acuerdo para reformar el sistema de pensiones. Sin embargo, bien podría decirse que lo que se ha alcanzado es un acuerdo para hacer las pensiones aún más insostenibles.

Por un lado, han anunciado que van a revertir la reforma llevada a cabo por el Gobierno de Rajoy, volviendo a indexar las pensiones anualmente al IPC y derogando el factor de sostenibilidad, cuya finalidad era ir adaptando el cálculo de las pensiones a pagar a los ingresos reales que fuera capaz de recaudar el sistema. Esto supondrá un desequilibrio adicional que alcanzará un importe anual del 5% del PIB en 2050.

A cambio, la reforma del Gobierno contempla dar incentivos para retrasar la edad de jubilación efectiva, en el mejor de los casos, en dos años. De acuerdo a la AIReF, esto recortaría el agujero en un importe que no llegaría al 0,8% del PIB al año para 2050. Es decir, que el efecto combinado de la reforma del Gobierno parece destinada a agravar el problema. 

Lo que se ha alcanzado es un acuerdo para hacer las pensiones aún más insostenibles

El Gobierno admite que a esta reforma le hace falta una segunda parte que aborde la insostenibilidad financiera del sistema. Pero todo apunta a que la estrategia va a seguir siendo dar patadas hacia adelante, por si con suerte puede terminar siendo un Gobierno de signo contrario quien lleve a cabo las inevitables medidas impopulares.

La realidad es que, de no abordar este enorme desequilibrio, la Seguridad Social podría tener que sumar a la deuda pública ya existente, que cerró en 2020 en el 120% del PIB, un 100% adicional del PIB durante las próximas tres décadas. Es decir, una cifra completamente insostenible para una economía como la española, que quedaría abocada a la insolvencia.

En este sentido, el anuncio de que el Estado realizará transferencias anuales de hasta el 2% del PIB a la Seguridad Social con cargo a Presupuestos Generales del Estado, no cambia en absoluto la mala situación del sistema: con independencia del epígrafe al que se apunte, o se cierra el agujero entre lo que cobran los pensionistas y lo que pagan los trabajadores, o se seguirá generando la misma dinámica de endeudamiento. Lo que no salga de un bolsillo de los españoles, tendrá que salir del otro.

En definitiva, quien debería exigir que se lleve a cabo una reforma en profundidad que garantice la sostenibilidad del sistema de pensiones en ningún caso tendría que ser la Unión Europea, que es a quien se pretende engañar con esta tramposa contrarreforma.

Deberíamos ser los propios ciudadanos españoles quienes lo reclamemos. Nuestros gobernantes podrán optar por ignorar la realidad, pero somos nosotros quienes sufriremos las consecuencias.

La no-reforma de las pensiones

Esta semana unas declaraciones de Escrivá generaron un gran debate en los medios de comunicación en torno a la sostenibilidad del sistema de pensiones y su viabilidad futura. El Ministro declaró que la generación del baby boom “podrán elegir entre un ajuste pequeño en su pensión o podrán trabajar algo más”. Una cosa hay que reconocer a Escrivá, y es que en estas declaraciones fue mínimamente honesto sobre las consecuencias de la jubilación de los baby boomers para la sostenibilidad y capacidad del sistema público de pensiones. Eso sí, tan solo un día después de dichas declaraciones y tras posicionarse sindicatos y patronal en contra de la posición de Escrivá, este rectificó alegando haber tenido un mal día y disculpándose por no haber sabido transmitir certidumbre.

La realidad es que lo que no transmite certidumbre es la “reforma” del sistema de pensiones que el Gobierno acaba de pactar con los agentes sociales. Lo aprobado hasta el momento es únicamente la primera parte de una reforma más amplia que se ha prometido a Bruselas. El problema está en que esta primera parte es de fácil ejecución y bajísimo coste político (no así en términos de coste económico), mientras que las partes restantes quedarían para siguientes legislaturas, y, por lo tanto, se traspasaría la responsabilidad de dichas reformas futuras -más dolorosas, en términos de coste político- a otros partidos, probablemente.

La primera parte de la reforma aprobada por el Gobierno incluye la eliminación del Índice de Revalorización de las Pensiones, que, recordemos, limitaba la subida anual de la pensión al 0,25% en caso de déficit del sistema, y, asimismo, la derogación del Factor de Sostenibilidad, que adaptaba las pensiones a la esperanza de vida para así garantizar la sostenibilidad del sistema en el largo plazo. El Gobierno propone sustituir este último mecanismo por uno de equidad intergeneracional -cuyo funcionamiento aún se desconoce- a la par que se vuelven a ligar las pensiones al IPC sin tener en cuenta otros factores.

Por supuesto, esto no saldrá gratis. Un documento de Fedea estima que esta medida costará cerca de 2.400 millones de euros anuales. Para su financiación, Escrivá considera varias medidas que aumentarían los ingresos, como la subida de impuestos a aquellos ciudadanos con ingresos superiores a 49.000 euros, la ampliación de la base reguladora (esto no es seguro tras la polémica generada hace algunos meses en torno a ello) o la aproximación de la edad de jubilación efectiva a la edad legal. Esta última medida no está nada claro que ayudase a generar un mayor ahorro al sistema, ya que los coeficientes correctores aplicables sobre las pensiones de jubilación temprana son contundentes, y en muchos casos contribuyen a ahorrar más que un retraso de uno o dos años en la edad de jubilación efectiva. Cabe recordar que el Ejecutivo se ha comprometido con Bruselas a realizar un ajuste del sistema del 3% del PIB, lo que equivaldría más o menos a 30.000 millones de euros.

Otra de las medidas “estrella” del ministerio de Escrivá consiste en trasladar los denominados “gastos impropios” de la Seguridad Social a los Presupuestos Generales del Estado, rompiendo parcialmente el principio de separación de fuentes (en vez de reforzarlo, como algunos han tratado de vender) y tratando, en realidad, de que el Estado, a través de los PGE financie una mayor proporción de las pensiones contributivas. La reforma trasladaría cerca de 21.000 millones de euros al año al Estado desde la Seguridad Social, lo cual equivaldría al 2% del PIB. Para este año, tal y como se hallaba ya presupuestado, se transferirán 14.000 millones, cifra que aumentará anualmente.  Esto no supondría solución alguna, ya que pasaría el problema de la sostenibilidad del sistema de unas cuentas a otras y lo trasladaría al futuro, a través de la propia dinámica del aumento de una ya elevadísima deuda pública, que supondrá una gran carga para los trabajadores futuros.

Volviendo al documento de Fedea, en el mismo se afirma que con la reforma de las pensiones del año 2013, se alcanzaría en 2050 un gasto en pensiones del 12,5% del PIB (actualmente se destina cerca del 12%), mientras que con la actual supresión del Factor de Sostenibilidad y la indexación al IPC, el gasto se elevaría hasta el 17% del PIB en 2050. Lo realmente relevante es que el déficit del sistema, tras esta reforma, se elevaría hasta el 5-7% del PIB. Esto requeriría un recorte del gasto en pensiones de entre el 3% y 5% del PIB para que el sistema de pensiones no requiriera que el Estado cubriese estos déficits.

Si hay un factor sobre todos los demás que hace innegable la insostenibilidad del sistema en un futuro cercano es el factor demográfico. En un sistema de reparto, los trabajadores actuales cubren las pensiones actuales, mientras las suyas serán cubiertas por los trabajadores del futuro. Esto es muy relevante, ya que mientras en la actualidad hay 3,4 personas en edad de trabajar por cada persona mayor de 66 años (no significa que todas las personas en edad de trabajar estén empleadas), en 2050 habría 1,8 personas en edad de trabajar por pensionista, y tan solo 1 trabajador en activo por pensionista. En este sentido, el Banco de España ha calculado que, incluso asumiendo una tasa de ocupación del 80% (en España es del 60%), las cotizaciones futuras deberían aumentarse un 35% para poder financiar la tasa de sustitución actual en 2050, algo absolutamente inviable. Todo ello mientras la natalidad se mantiene anclada en 1,2 hijos por mujer, incluso en épocas de elevado crecimiento económico.

Las propuestas realizadas por diferentes instituciones para solucionar los actuales problemas del sistema público de pensiones español son muy variadas. En primer lugar, el Fondo Monetario Internacional propone un incremento de la inmigración cercano a los 5,5 millones de personas hasta 2050, a la par que un incremento de los ingresos del sistema, una reducción de la tasa de sustitución de la pensión, incrementar la tasa de ocupación, retrasar la edad de jubilación y aumentar las fuentes de ahorro complementario. Según el FMI, solo así se garantizaría la sostenibilidad del sistema público de pensiones en España bajo las perspectivas demográficas actuales.

Por otro lado, Fedea plantea la transición hacia un sistema mixto con cuentas nocionales, al estilo sueco. En un sistema de este estilo, los trabajadores aportarían una porción de la base salarial a un sistema individual de cuentas financieras (aparte de al sistema general). Dichas cuentas financieras serían gestionadas de manera privada, mientras la parte de “reparto” podría ligar la edad de jubilación y/o la cuantía de la pensión a la esperanza de vida.

Por lo tanto, vemos que la primera fase de reformas del sistema de pensiones no son más que parches mal puestos que no solucionarán el grave problema estructural de sostenibilidad del sistema, mientras contribuye a trasladar el problema y sus costes asociados al futuro cercano, cargando con ello a los trabajadores más jóvenes y a las futuras generaciones.

REFERENCIAS:

Hernández de Cos, P. (2021), “El sistema de pensiones en España: Una actualización tras el impacto de la pandemia”, Documentos Ocasionales, Banco de España.

Conde-Ruiz, J.I. (2021), “El futuro de las pensiones en España”, Mediterráneo Económico.

FMI (2019), “Retos más allá de la sostenibilidad financiera”.

Los problemas de obstaculizar la emergencia espontánea de un dinero: El caso del Líbano

El dinero es el activo real con mayor liquidez intra e intertermporal en una economía. Esta característica lo convierte en el medio de intercambio generalmente utilizado. El dinero tiene la función de aumentar la liquidez de los agentes de una economía para facilitarles los intercambios indirectos y así solventar el problema de la doble coincidencia de necesidades. Un determinado bien puede convertirse en el bien más líquido por varios motivos, como por mandato gubernamental—como el dinero fiat—o mediante un proceso de orden espontáneo. Este proceso se produce porque conforme un bien va ganando dinerabilidad, más gente busca hacerse con él para disponer de liquidez y aunque no entiendan cómo funciona y sin ninguna decisión central.

Aún cuando hay un bien que ya se considera dinero, otro bien puede adquirir una mayor dinerabilidad e ir sustituyendo al bien anterior como dinero. Cuando este cambio es de la moneda nacional de un país hacia el dólar, se le llama dolarización. En el Líbano se estaba viviendo una dolarización, una conversión espontánea de la libra libanesa al dólar debido a la alta inflación de la lira y el gobierno lo intentó parar. 

Esta injerencia gubernamental está siendo un desastre. En octubre de 2019 el gobierno fijó un tipo de cambio entre el dólar y la lira porque el valor de esta había caído un 80 por ciento. Desde entonces los bancos comerciales se están negando a entregarles a sus clientes los dólares de sus cuentas sin permiso legal, pero con la vista gorda del gobierno. Esto solo es posible mediante privilegios estatales, en un libre mercado esos bancos se verían obligados a respetar los contratos a los que se han comprometido. 

Los bancos sólo entregan liras al tipo fijado a cambio de dólares. Y esto con total impunidad. El 75 por ciento de los depósitos bancarios está en dólares. Esta medida ha llevado a la mitad de la población a la pobreza. Esto está además generando escasez de importaciones y pagos con enormes descuentos. Ahora mismo millones de dólares destinados a la ayuda al desarrollo están uno desastre de colapso. 

Los libaneses pueden emitir cheques en dólares, pero estos no pueden ser usados fuera y en las casas de cambio estos se descuentan al 75 por ciento. Para conseguir una inversión de 1 millón de dólares, se necesita 4 millones de lólares (nombre de los dólares atrapados). 

Y todo esto se debe a acción gubernamental por el peligro de una dolarización y ‘‘la pérdida de soberanía y su moneda’’. Esto se debe a un mal entendimiento del dinero. Este no deja de ser un bien más, con la particularidad de ser el bien más líquido. El gobierno del Líbano tampoco tiene soberanía sobre el petróleo refinado, los coches o medicamentos (los tres principales productos importados) que usan sus ciudadanos. Si un país produce mejor dinero que otro, no hay ningún problema con importarlo como se hace con los coches.

Por muchos problemas que tenga el dólar y la mala gestión de la Reserva Federal, es muy superior a la del Bank du Liban, hecho el cual llevó a los libaneses a preferir atesorar, fijar precios y cobrar en dólares. Este proceso ya se ha dado en otros países como Ecuador o Panamá de manera satisfactoria. De ahí que a pesar de haber aumentado tan significativamente la oferta monetaria este último año, no esté tan clara la inflación: hay mucha demanda de dólares fuera de Estados Unidos.

El mal entendimiento del dinero hace que gobiernos destrocen economías por el miedo de perder el control sobre su divisa. Pero a veces esto es bueno para la población. Esto lleva a restringir la impresión nacional de dinero y restringir la inflación a niveles de EE. UU. Se debe dejar que el dinero, como el resto de los bienes de una economía, circule libremente, que diferentes dineros compitan y que la gente adopte el que estime mejor como inversión en liquidez. 

Referencias

Barbuscia, D. (2021). ‘‘‘Financial surrealism’: Lebanese opt for beer over banks’’ Reuters. Available at: https://www.reuters.com/world/middle-east/financial-surrealism-lebanese-opt-beer-over-banks-2021-06-17/.

Newson, N (2021). Aid millions wasted in Lebanese currency collapse The New Humanitarian. Available at: https://www.thenewhumanitarian.org/analysis/2021/3/24/aid-millions-wasted-in-lebanese-currency-collapse

White, L.H. (2002). ‘‘Does a Superior Monetary Standard Spontaneously Emerge?’’ Journal des Economistes et des Etudes Humaines 12(2): 269-281.

White, L.H. (2020). ‘‘Dollarization for Lebanon’’ Alt-M, July 30, 2020. Available at: https://www.alt-m.org/2020/07/30/dollarization-for-lebanon/.

El extraterrestre Neil DeGrasse

Una de las cosas más espectaculares que nos han dado las nuevas tecnologías es facilitar a cualquiera experimentar algo que solo estaba al alcance de los ornitólogos: la puesta, incubación y crianza de pollos de multitud de aves silvestres.

Recomiendo a todos los padres, especialmente a los que están criando a sus vástagos en entornos urbanos, que acerquen a sus hijos a este espectáculo que nos da la naturaleza. Los beneficios son muchos, pero resalto dos:

Le acerca a la vida silvestre de una forma que no se consigue de ninguna otra forma. El pollo al que, con suerte, ven salir volando fuera del alcance de la webcam, era un simple huevo unas pocas semanas antes. Lo que a los seres humanos nos lleva lustros, las aves lo tienen que hacer en pocos días. Y es una gesta que se repite todos los años.

Lo segundo es aún más importante: entender que la evolución ha hecho aflorar multitud de formas de sobrevivir. Y ninguna se puede juzgar desde ninguna de las moralidades humanas que nos permiten vivir en civilización.

Las cigüeñas suelen poner en torno a cinco huevos. Si eclosionan todos y la comida no es abundante, o el nido es pequeño, el padre escoge a un cigoñino, normalmente al más pequeño, y lo expulsará del nido. 

Las águilas calzadas ponen dos huevos. El primer pollo en eclosionar tendrá preferencia jerárquica sobre el segundo, aunque les separen pocas horas, y cualquier estrés que sufra, ya sea provocado por el hambre o por el simple carácter del pollo, supondrá la muerte de su hermano, al que no dejará comer o matará directamente si sus fuerzas lo permiten.

Es el funcionamiento de la evolución, y es algo a los que nuestros antepasados estaban expuestos en su día a día y lo daban por sentado. Pero en entornos urbanos con cada vez menos exposición al mundo natural, y con sobreexposición a un mundo paralelo de animales ficticios y mascotas, cada vez se hace más necesario tener ventanas que nos acerquen a la realidad, y nos permitan dejar de romantizar a la vida salvaje.

Pero hay una segunda consecuencia de vivir en una burbuja que nos aleja de la naturaleza: creer que no hemos evolucionado en la tierra y que venimos del espacio.

Muchos intelectuales, normalmente vinculados a las humanidades, hablan del ser humano como si fuéramos mentes que han surgido de las estrellas, en vez de homínidos que han sido esculpidos por el entorno terrestre durante miles de años de evolución. O como decía Félix Rodriguez de la Fuente, como si fuéramos unos extraterrestres que acabáramos de bajar de la nave para colonizar el planeta Tierra.

Lo curioso es que esta forma de pensar se está extendiendo al mundo científico arrastrada por el ecologismo, el veganismo y demás ismos vinculados a la nueva religión progresista que domina casi todo en estos días.

Muestra de ello es un tweet de Neil deGrasse Tyson de hace unos días, donde afirma que al parecer unos supuestos alienígenas se sorprenderán de que el ser humano se siga alimentando de secreciones animales o que tenga que matar para sobrevivir.

¿Cómo podrían sorprenderse de algo así? Tenemos un planeta lleno de miles de especies de flora y fauna, y la dominante se alimenta de exactamente lo mismo que el resto, pero de una forma más evolucionada. ¿Sorpresa? Lo sorprendente sería que la especie que domina un planeta no tenga nada que ver con el resto de las especies que lo habitan. En ese caso podríamos llegar a la rápida conclusión de que tuvo que llegar en una nave espacial, y por tanto es ajena al mundo que estamos estudiando.

Es algo bastante básico al alcance de cualquier estudiante de biología que haya leído y entendido a Darwin. Por lo tanto, cualquier persona de ciencias que se posicione en el bando de los sorprendidos de Neil deGrasse no está haciendo más que negar un dato básico de ciencia por no coincidir con un precepto de su religión.

Pero es una religión muy particular. Un Dios todopoderoso no sería fruto de la evolución, pero nunca se sorprendería por ver al ser humano caer en su naturaleza. Podría ser severo o indulgente, pero al menos nos conocería (somos su creación), y comprendería por qué hacemos lo que hacemos.

En cambio, los extraterrestres de Neil, que por lo que sabemos de existir deberían ser fruto de un proceso similar al que ha generado nuestra especie, ni siquiera vendrían a visitarnos con la voluntad de entendernos, sino de juzgarnos en base a una moralidad que prohíbe consumir materia viva para producir energía. Unos seres que han ido más allá del veganismo y que no entienden que otros organismos no hayan alcanzado su grado de sofisticación.

Unos extraterrestres progresistas, vamos. Como el extraterrestre Neil deGrasse.

El lenguaje económico (V): La biología

Un campo muy fértil en el empleo de metáforas y analogías económicas es el de las ciencias naturales y la biología. Se dice, por ejemplo, que «la economía se parece más a un sistema biológico que a una máquina» (Pino, 2020); los consumidores se defienden de los «virus» informáticos; se dice que el capitalismo laissez-faire es la «ley de la selva» o que en el ámbito mercantil «el pez grande se come al pez chico»; que cierta industria es el «músculo» económico del país o que en cierta región el paro es «endémico»; en el marketing se oye decir que cierto mercado (como la fruta) está «maduro» o que los productos tienen un «ciclo de vida» (Porter, 2009: 206; Kotler y Armstrong, 2003: 337): nacen, crecen, alcanzan la madurez y mueren. La lista de tropos es interminable, algunos resultan inocuos, pero otros forman parte de una retórica perversa que no facilita el análisis racional de los problemas; algo que el profesor Rodríguez Braun llama —también metafóricamente— lenguaje «envenenado».

Cuerpo, salud y enfermedad

Es frecuente hablar del «cuerpo» social como sinónimo de sociedad. Por ejemplo, el famoso Leviatán (1651) de Hobbes muestra un dibujo alegórico del soberano: un gigante portando corona, cetro y espada cuyo cuerpo está formado por minúsculos individuos o súbditos. La «mano invisible», que acuñara Adam Smith en La riqueza de las naciones (1776), es probablemente la metáfora corporal más conocida. En el ámbito académico se llama «corpus» (cuerpo) al conjunto de datos y textos relativos a una disciplina.  El médico y economista francés François Quesnay (1694-1774), fundador de la Escuela fisiocrática, decía que el dinero en la economía era como la sangre en el cuerpo humano. Y si admitimos que la sociedad o la economía son como un cuerpo biológico, resulta inevitable pensar que éste puede estar «enfermo» y que, cual médico, «el Estado puede contribuir significativamente a curar la enfermedad» (Samuelson y Nordhaus, 2006: 34). Los apóstoles de Keynes afirman que una economía «debilitada» se puede fortalecer con las «vitaminas» que le administra el gobierno en forma de inflación. Un buen ejemplo de «estímulo» económico fue el ruinoso Plan E: la pócima keynesiana del gobierno de Zapatero, cuyo resultado fue rematar al enfermo. Por su parte, los austriacos dicen que la inflación es un «cáncer» y los sindicalistas afirman que la retirada de ayudas gubernamentales a ciertos sectores —siderurgia, automovilístico— debilita el «músculo» industrial o el «tejido» empresarial.

La ley de la selva

En la naturaleza los animales viven en libertad. El depredador situado en un escalón superior de la cadena trófica se alimenta del animal situado en otro inferior. El primero solo puede sobrevivir a expensas del segundo, dicho coloquialmente: el pez grande se come al pez chico. Cuando se afirma que el capitalismo laissez-faire es la «ley de la selva» se producen varias y desafortunadas analogías. Se piensa que las empresas actúan como los peces, por ejemplo, que el gran distribuidor comercial se «come» al pequeño comercio; o que los empresarios se «alimentan» (explotan) de sus empleados, sustrayéndoles la mítica plusvalía. Surgen múltiples metáforas que llevan asociada una condena moral: los especuladores financieros son «tiburones» y los fondos de inversión (capital riesgo) especializados en la compra de activos muy depreciados son «buitres».

Estos tropos biológicos aplicados a la economía carecen de sentido desde cuatro ópticas: A) Biológica: La cadena trófica o alimentaria forma parte del funcionamiento natural de cualquier ecosistema. No hay animales «buenos» y «malos». Los tiburones, lobos, hienas y buitres —vistos por el público con antipatía— no son ni mejores ni peores que el resto de animales. B) Moral: La conducta animal es instintiva. Sólo la «acción humana es intrínsecamente moral, está referida al orden moral» (Ayuso, 2015). C) Institucional: En la selva no hay instituciones —derecho, comercio, justicia, seguridad— que resuelvan los intereses antagónicos entre las especies. En el libre mercado, en cambio, la conducta humana queda sometida a los principios generales del derecho: buena fe, honradez, veracidad, lealtad, etc. Y como los hombres no son ángeles, la ley sanciona a los infractores. D) Económica: En la naturaleza, las relaciones entre especies (con excepción de la simbiosis) son de tipo «suma cero»: unos ganan a expensas de otros. En el mercado, quienes intercambian obtienen un beneficio mutuo.

Tampoco los darwinistas sociales aciertan al afirmar que la sociedad es una «lucha» por la supervivencia entre los más aptos frente a los menos aptos, una pugna entre ricos y pobres, entre patronos y empleados o más últimamente, entre sexos. «El concepto de lucha por la existencia, que Darwin tomó de Malthus sirviéndose de él en la formulación de su teoría, ha de entenderse en un sentido metafórico» (Mises, 2011: 210). En definitiva, no hay nada «salvaje» en el sistema capitalista. En el mercado no se libra una lucha a muerte por la supervivencia, sino la pacífica cooperación a través de la división del trabajo (Mises, 2011: 174):

Los dos hechos fundamentales que originan la cooperación, la so­ciedad y la civilización, transformando al animal hombre en ser hu­mano, son, de un lado, el que la labor realizada bajo el signo de la división del trabajo resulta más fecunda que la practicada bajo un régimen de aislamiento y, de otro, el que la inteligencia humana es capaz de reconocer esta verdad.

Fondos buitre

Se llama —peyorativamente— fondo «buitre» a un específico tipo de inversor especializado en la compra de activos muy depreciados y de alto riesgo: deuda pública de gobiernos poco solventes, empresas en quiebra, hipotecas de difícil cobro, etc. Al igual que los buitres se alimentan de lo que otros animales desechan —carroña—, los fondos «buitre» asumen los trabajados y riesgos que la mayoría de inversores elude. Su labor, lejos de ser censurable, cumple una función económica de gran importancia. Primero, respecto de los gobiernos, estos inversores no caen en la trampa de ceder ante las «reestructuraciones» de deuda y quitas, chantaje político cuya finalidad es obtener coactivamente un descuento. Un gobierno tiene poder absoluto para coaccionar y confiscar la propiedad privada, pero sólo en su ámbito soberano. Los fondos de capital riesgo, afortunadamente, acuden a la justicia privada internacional para obligar a los gobiernos a honrar sus pactos: Pacta sunt servanda. Sin ir más lejos, el gobierno de España acumula 42 arbitrajes internacionales que reclaman 15.000 millones de euros por lucro cesante (recorte de las subvenciones en la producción de energía renovable). Con respecto a las empresas, los fondos «buitre» compran compañías quebradas y las reflotan para luego venderlas. Esto no es distinto a comprar una casa en ruinas, reformarla y venderla a un precio superior. Los vendedores de los activos depreciados, por su parte, aceptan las ofertas (supuestamente abusivas) porque claramente les beneficia. Si los fondos buitre no existieran se produciría un mayor consumo de capital. Algo parecido podríamos decir de los «tiburones» financieros, esos míticos villanos cinematográficos que especulan en bolsa e intrigan para hacer caer la cotización de un activo mediante posiciones «cortas» ­—mal llamadas «bajistas»­— (Lacalle, 2013). La realidad muy distinta: los inversores toman decisiones basadas en un riguroso análisis de la situación de cada empresa, del sector y la competencia. Por tanto, resulta maniqueo dividir metafóricamente a los inversores en «ángeles» (business angels) y «tiburones» cuando todos buscan un mismo fin: obtener beneficios de su actividad especulativa. Los especuladores, en búsqueda de lucro, de forma no intencionada, provocan un «mejor» —más aproximado a la realidad­— ajuste en el precio de las acciones. Sólo tras un reflexivo análisis praxeológico puede el economista advertir la importante función social de los míticos «tiburones» y «buitres» económicos.


Desempleo endémico

Un endemismo es una especie —vegetal o animal— que habita en un área única y limitada. Cuando se dice, por ejemplo, que en España o en Grecia el desempleo es «endémico» podemos cometer el error de olvidar que el paro es un fenómeno institucional. El desempleo nada tiene que ver con la biología, la latitud o el clima, sino que es consecuencia exclusiva del intervencionismo. La legislación laboral es la principal causante del paro, pero otras regulaciones —comercial, industrial, turística, urbanística— reducen artificialmente el número de empresas, autónomos y empleados. En una economía no interferida por el gobierno, «para encontrar trabajo, el inte­resado, o reduce sus exigencias salariales, o cambia de ocupación, o varía el lugar de trabajo» (Mises, 2011: 708). No es endémico el desempleo, lo único que es habitual y permanente es la obsesión regulatoria de las autoridades.

Bibliografía

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Kotler, P. y Armstrong, G. (2003): Fundamentos de marketing. México: Pearson.

Lacalle, D. (2013). Nosotros, los mercados. Barcelona: Deusto (Kindle).

Mises, L. (2011). La acción humana. Madrid: Unión Editorial.

Pino, F. del (2020): «El confinamiento como experimento totalitario». Recuperado de: https://www.fpcs.es/el-confinamiento-como-experimento-totalitario/

Porter, M. (2009). Estrategia competitiva. Madrid: Pirámide.

Rodríguez Braun, C. (2002): «Nuestro lenguaje envenenado. La retórica de la economía». Recuperado de: https://www.youtube.com/watch?v=dNR3FHlTwtw

Samuelson, P. y Nordhaus, W. (2006): Economía. Méjico: McGraw-Hill

(18ª edición).

Serie El lenguaje económico

(IV) La física

(III) La retórica bélica

(II) Las matemáticas

(I) Dinero, precio y valor

La teoría del cierre categorial y la economía (I): El cierre categorial

Comienzo, con estas palabras, un empeño que supera mis fuerzas. Consiste en recoger el contenido del libro El mito del capitalismo, de Luis Carlos Martín Jiménez, que es un intento de llevar la teoría del cierre categorial de Gustavo Bueno al ámbito de la economía. Mi dificultad, claro está, parte de que las ideas de Bueno sobre la delimitación de la ciencia y su método es un terreno apenas explorado por mí, y en el que no me extrañaría que diese algún paso en falso. 

La teoría del cierre categorial es una teoría de delimitación de la ciencia. La ciencia es un conjunto de teoremas sistemático, abierto e ilimitado. Gustavo Bueno entiende la ciencia como el saber que “define el campo gnoseológico de cada ciencia como un conjunto de armaduras o contextos determinantes, como partes materiales genuinamente suyas”. Y, en particular, la ciencia es una construcción intelectual, en la cual los teoremas se articulan de forma progresiva. Se relacionan unos con otros, se sistematizan y reorganizan, de modo que definen la inmanencia de lo que los seguidores de Bueno llaman un campo cerrado. 

Los teoremas son como elementos de un lego, y juntos van conformando un corpus teórico que se refuerza, en la confluencia de unos con otros, hasta formar un conjunto que tiende a ser coherente. Dicho de otro modo, los teoremas son construcciones intelectuales formales construidas a partir de una realidad material. El objetivo de esas figuras gnoseológicas es establecer una identidad sintética con esa realidad. La ciencia, como digo, es la construcción de un conjunto sistematizado y relacionado de esos teoremas. 

Su elaboración es un proceso histórico. No responde a un propósito previo, pues sus perfiles se van descubriendo con el tiempo, pero esos perfiles van definiendo una figura reconocible, por así decirlo. Revelan un conjunto coherente de saberes sistemáticos sobre el mundo. 

Vamos ahora con la expresión cierre categorial. La ciencia se elabora sobre categorías, porque no es posible elaborar una ciencia del todo. De modo que la ciencia tiene que crear categorías en las que, por así decir, compartimentar la realidad para poder estudiarla formalmente. Si la ciencia es un conjunto de operaciones que entrelaza los teoremas para construir un edificio coherente, el cierre es la definición de un campo inmanente en el que se desarrollan esas operaciones. 

Esta posición tiene varias implicaciones. La primera de ellas es que no existe una ciencia unificada, sino distintas ciencias, definidas cada una de ellas por su propio conjunto cerrado de categorías. 

La segunda es que esas categorías no son anteriores al propio proceso operatorio de la ciencia. Al revés, son el resultado del proceso operatorio de la ciencia, al menos según Jesús García Maestro. De modo que nos encontramos con la primera gran contradicción de la teoría categorial: La ciencia está definida por las categorías sobre las que se mueve, pero esas mismas categorías están definidas por la ciencia. Es un razonamiento en círculo.

Otra implicación es la siguiente: Define el trabajo de la ciencia no como el conocimiento del mundo, sino como una construcción del mundo. Es la ciencia la que constituye las categorías del mundo, y en tal sentido la construye. La ciencia no es una duplicación del mundo real en el mundo de las ideas, ni es una descripción de ese mundo exterior. Lo cual me lleva a plantearme qué concepto de verdad alberga la teoría del cierre categorial. La verdad es una correspondencia entre las ideas y el mundo exterior.

Entiendo que la posición de Gustavo Bueno es que, dado que es materialista, el mundo de las ideas no es más que una forma del mundo material. Y de ahí la expresión “identidad sintética”: hay una correspondencia sintética, estructural, entre las ideas y el mundo material. Una posición quizás cercana a las ideas de Friedrich A. Hayek sobre cómo funciona la mente.

Hayek ofrece una explicación puramente material, biológica, del origen y del funcionamiento de la mente. Y en determinado momento llega a decir (año 1952) que si se pudieran conectar entre sí un conjunto de piedras, se podría generar una mente.

Estas ideas sobre la demarcación de la ciencia tienen implicaciones sobre la metodología de la Economía, y Luis Carlos Martín realiza un notable esfuerzo por construir un camino hacia el conocimiento de la historia económica desde los postulados de Gustavo Bueno.

Algunas cuestiones disputadas sobre el anarcocapitalismo (LVIII). Religión y economía (I): El capitalismo

En un artículo pasado nos referimos al papel de la nación como una suerte de cemento social, que permite mantener cohesionados a grupos humanos sin necesidad de entes coercitivos. Algo semejante ocurre con la religión que, como su propio nombre indica, es un conjunto de ideas  y valores sobre lo sagrado que nos sirven para “religar” a las sociedades y permitir que compartan una suerte de valores éticos y morales compartidos. Como la nación, puede funcionar perfectamente en ausencia de estados. Otra cosa es que estos se apropien de ellas y consigan usarlas en su favor o a veces las diseñen ellos mismos para reforzar su poder en el ámbito espiritual.

La cuestión es qué papel podría jugar la religión a la hora de sustituir las funciones estatales, en la limitación de su poder, y cómo operaría en una sociedad sin estado. Como ya hemos señalado alguna vez, una hipotética sociedad sin estado no estaría compuesta de individuos atomizados maximizadores de utilidad como plantean los economistas neoclásicos, sino de comunidades fuertemente cohesionadas de tal forma que se presten a la acción común cuando sea necesario y que sean capaces de prestar, con ayuda de organizaciones de mercado, los mismos servicios que ahora ofrecen los estados. La religión es por tanto un elemento de enorme relevancia para conseguir este fin. Por supuesto que es posible crear alguna comunidad de este tipo con principios ateos pero estos tendrían que buscar sus lazos de unión en algún otro principio más o menos trascendente. La prueba está en que los estados no gustan mucho de las religiones que no pueden controlar o que lo sustituyen y cuando es así buscan disminuir su fuerza para que las personas, entonces atomizadas, busquen su trascendencia en el estado o en instituciones afines.

El ancap debería mostrar cierto respeto por la religión, aunque no crea en ella, pues a ella se le debe sin duda la aparición y consolidación del capitalismo, que es parte fundamental de nuestro ideario, tanto o más que los propios principios de la anarquía. Una anarquía, por ordenada que fuese, sin un sistema capitalista de asignación de bienes, poco valor tendría. A diferencia del comercio, que si es algo que está presente en la conducta humana desde tiempos immemoriales, el capitalismo es un invento humano, muy complejo y difícil de comprender. Es bueno distinguir entre libre comercio y capitalismo, pues si bien están relacionados no son lo mismo. El comercio, incluso desarrollado, ha existido en todas las grandes civilizaciones. Gengis Khan facilitó la creación de la Ruta de la Seda, como bien recuerda Frankopan en su libro El corazón del mundo. Chinos y musulmanes contaron con grandes centros comerciales, al igual que Grecia y Roma, pero no desarrollaron el capitalismo. Los comerciantes cuando se enriquecían no reinvertían el capital de forma “racional” sino que lo gastaban en lujos, fincas de recreo, concertar matrimonios ventajosos a sus hijos o comprar títulos de nobleza. No se producía por tanto un mecanismo de acumulación de tipo capitalista sino que persistía el viejo sistema circular de flujo en el cual la riqueza simplemente se distribuía sin darse incrementos sustanciales en la producción, algo que si se da en un sistema capitalista.

El capitalismo es así una suerte de accidente histórico, que se produjo en una sociedad que ya estaba preparada para que pudiese llevarse a cabo. Como bien sabe cualquier historiador económico uno de los problemas más discutidos en esta disciplina es el de la acumulación originaria esto es la forma en que se acumulan los capitales que dan el impulso inicial al capitalismo. Esta acumulación original (que los marxistas achacan erróneamente al expolio colonial) sólo puede darse en poblaciones que sean muy frugales y que sean capaces de dilatar en el tiempo el consumo y los placeres con él asociados. El debate sería si una sociedad sin conocimientos económicos profundos como las del siglo XIX es capaz de controlar el propio cuerpo y la mente  de tal manera que nos resistamos al embrujo del placer instantáneo a cambio de una futura e incierta situación mejor, ya para el cuerpo ya para el alma.

Desde luego, las religiones se prestan bien a esta función, por lo menos las que mejor conocemos. Cualquiera que haya tenido una formación religiosa en nuestro entorno recordará el énfasis que se le da al control de los instintos y al dominio del propio cuerpo. Los viejos pecados capitales son un buen ejemplo. De forma simple se nos enseñan los males potenciales  de la pereza, la gula, la ira o la lujuria por poner algún ejemplo, todas ellas pasiones humanas y muy naturales, pero que debemos reprimir o limitar si queremos aspirar a algo mejor en esta vida o en el más allá (en el más allá mejor aún pues la preferencia temporal sería aún más baja. Si conseguimos dominar instintos y pasiones es de ahí fácil deducir que podamos también diferir en el tiempo nuestro consumo y por lo tanto posibilitar la existencia de ahorros que puedan financiar procesos intensivos en capital.

Las religiones, sobre todo aquellas que buscan reprimir los instintos usando sanciones no violentas como el pecado, la penitencia o la amenaza de  un castigo ultraterreno, pueden contribuir a establecer el sustrato moral necesario tanto para la construcción del capitalismo como de una sociedad sin Estado. Algunas religiones como los cuáqueros ven con disgusto el consumo conspicuo y lo desalientan, favoreciendo por tanto el ahorro y la inversión capitalista. Esto sin duda es buena estrategia para la capitalización, pero yo quiero insistir en que es el hecho de ser capaces a través de la formación moral de diferir en el tiempo el consumo, esto es reprimir el ansia de consumo y placer inmediato, es la base del capitalismo y de ahí que religiones como la católica que no desaprueban radicalmente el consumo también hayan operado bien, a pesar del tópico, en el proceso de construcción del capitalismo. Como dice George Clason en su librito El hombre más rico de Babilonia la clave de la riqueza (y del capitalismo)  está en vivir siempre un poco por debajo de las necesidades de cada uno, ahorrar y pensar en el futuro. Pero para ello es necesario un duro proceso de interiorización de valores de represión que nos permita hacerlo y no ceder al instinto del consumo inmediato. Aún va a tener razón el viejo Freud cuando nos decía que la esencia de la civilización es la represión de los instintos.

Obviamente este es un resultado no buscado. Las grandes religiones históricas no podían pretender deliberadamente la aparición de un sistema económico que ni siquiera estaba imaginado (a diferencia del socialismo que si fue objeto de utopías y sueños literarios) . No sólo eso sino que  durante mucho tiempo se opusieron activamente a uno de los elementos que constituyen el núcleo del capitalismo, el cobro de interés en los préstamos limitando con ello la aparición del cálculo racional que es su elemento básico, junto con la propiedad privada y un dinero sano. Las grandes religiones no atacaron al capitalismo en sus dogmas, básicamente porque no lo conocían, aunque si pusieron trabas al desarrollo de algunos elementos esenciales. Su papel en la construcción del capitalismo es  pues indirecto como acabamos de ver, pues aparte de enseñar a  dominar los propios instintos y por tanto favorecer la formación de capital nos ofrecen otros aspectos fundamentales para este proceso.

Max Weber, un auténtico genio, aparte de llamar la atención sobre la relación entre ética religiosa y capitalismo (aunque creo que se equivoca en relación al calvinismo pues los católicos están también en el origen del capitalismo) en su magna obra Economía y sociedad, que curiosamente se debate muy poco en círculos ancap  y austríacos a pesar de su indudable valor, se refiere a la religión como un elemento de civilización moral, que expresado en términos de los economistas de hoy minimizaría los costes de transacción.  Se presume según este  que las personas religiosas que cumplen sus preceptos con cierto coste tenderán a ser más de fiar que  las que no lo son (señalización, que diría Francisco Capella) las cuales tendrían que buscar otro tipo de “avales” para ser confiables en el comercio. Weber nos relata el caso de una secta protestante de muy dura observancia y que tenía entre sus prohibiciones más estrictas la de la mentira en cualquier circunstancia. No es de extrañar que dicha secta prosperase en el ámbito del comercio dado que los clientes preferían comprarles a ellos dado que no mentían ni engañaban en la venta. Digamos que la religión puede contribuir a incrementar el capital social y la confianza mutua en el seno de una sociedad determinada y que puede contribuir a la fluidez de los tratos y del comercio entre sus miembros.

Todo esto que hemos afirmado no quiere decir ni que la religión haya favorecido conscientemente al capitalismo, que no lo ha hecho y en muchos casos sigue sin hacerlo, al menos de forma explícita, ni que personas no creyentes no puedan tener espíritu capitalista, que de hecho hay muchas. Tampoco que la religión sea suficiente para conformarlo dado que es necesaria la existencia de tecnologías capitalistas como la contabilidad moderna, mercados de valores o instituciones bancarias y de crédito desarrolladas.

Lo que se pretende afirmar es que el capitalismo es una consecuencia no intencionada o no buscada de determinados valores religiosos presentes en algunas religiones, en el sentido de que ponen los prerrequisitos conductuales para que este pueda surgir y florecer. También que una vez instaurado contribuye a su mejor funcionamiento, y sobre todo a su mantenimiento.

A día de hoy el sistema capitalista ya se ha desarrollado y la obtención de capitales para financiar proyectos de producción es mucho más fácil que en sus inicios. Ya no dependemos de capitales estrictamente locales para emprender sino que podemos recurrir a mercado de crédito mundiales, y aunque nuestra sociedad no sea muy ahorradora obtener los recursos necesarios. También cambia la forma en que se ahorra, pues ahora se descansa más en el ahorro calculado de las empresas (que no deja de ser en última instancia ahorro de sus propietarios) y parece por tanto que no es necesario el ahorro individual. Pero como cualquier buen capitalista sabe, el capital no es necesario sólo para iniciar el sistema, valga la redundancia, capitalista sino sobre todo para poder mantenerlo en funcionamiento.

La mayor parte de los humanos ahorra y gasta de acuerdo con valores aprendidos culturalmente y muchos de ellos aprendidos en el seno de la religión. Si la pérdida de valores religioso trae acompañado hábitos de vida que conduzcan al despilfarro o a un endeudamiento excesivo el capitalismo (que no tiene porque traerlos)  el capitalismo tiene los días contados. Sobre todo si se trata de arreligiosidad , esto es vivir la vida sin principios morales fuertes, dedicada al mero  disfrute, más que de un sentimiento antirreligioso consciente que normalmente si ha reflexionado sobre moral y ética. Pero no esta de más recordar aquí a Keynes, famoso ateo, cuando al final de su vida reflexionaba y afirmaba que había podido vivir una vida plena y próspera como ateo precisamente porque el resto de sus sociedad no lo era y esto había sentado las bases de la civilización de su época.

(En el próximo artículo sobre esta temática tocaremos el tema de la religión el anarquismo y el estado)

Muere Steve Horwitz, puntal del liberalismo austriaco

Si hace escasos días conocíamos la triste noticia del fallecimiento de Juergen B. Donges, referente del ordoliberalismo alemán muy vinculado a España, hoy recibimos otro mazazo para la “familia” liberal: el deceso del economista estadounidense Steve Horwitz, uno de los más destacados divulgadores de la Escuela Austriaca en Estados Unidos.

Horwitz nació en Detroit. Tras estudiar Economía y Filosofía en la Universidad de Míchigan, completa su maestría y su doctorado en la Universidad George Mason, donde coincidió con algunos de los pensadores liberales más importantes de las últimas décadas, caso de James M. Buchanan, George Selgin, Don Lavoie, Karen Vaughn, Don Boudreaux o Richard E. Wagner.

Su carrera académica no tarda en despegar y, desde comienzos de los 90, ostenta cargos de gran responsabilidad en la Universidad de St. Lawrence. Además, ha sido profesor visitante en el Mercatus Center, un prestigioso think tank liberal adscrito a la Universidad George Mason. En los últimos años, era Profesor Distinguido de Libertad Empresarial en Ball State University.

En paralelo, ha participado de forma frecuente en conferencias y seminarios organizados por el Institute for Humane Studies o la Foundation for Economic Education. Igualmente, pertenció a la Sociedad Mont Pelerin desde 1996 y ocupó diversos cargos de responsabilidad en el Instituto Fraser, el centro de estudios liberal más influyente de Canadá.

Larga lucha contra el cáncer

Horwitz se ha especializado en el estudio de la historia del pensamiento económico, así como en el análisis de los fundamentos del dinero y la economía. Seguidor de Friedrich Hayek, su popularidad fue a más tras el estallido de la Gran Recesión, a raíz de sus influyentes escritos y vídeos sobre la crisis financiera y económica que sufrió el país estadounidense. También ha sido muy celebrado su trabajo en Libertarianism.org, una web de divulgación liberal-libertaria del Instituto CATO.

Durante años, colaboró frecuentemente con Bleeding Heart Libertarians, un influyente blog donde combinaba escritos sobre la libertad de mercado con artículos sobre otros aspectos sociales. Desde hace más de dos años, lidiaba con un cáncer de células plasmáticas (mieloma múltiple) que finalmente se ha cobrado su vida.

Descanse en paz.

10 Razones Contra el Pasaporte de Vacunación

La implementación de un pasaporte de vacunación contra la covid-19 es una afrenta a la libertad individual que todo verdadero liberal debería rechazar. Obra una razón de principio, que es el repudio a la violación de la soberanía del individuo sobre su propio cuerpo. Cualquier argumento fundamentado en el paternalismo estatal que pretenda justificar la aplicación de castigos por no vacunarse es insostenible.

Pero los propulsores del pasaporte de vacunación obligatorio también alegan que esta obligatoriedad es necesaria para prevenir daños a terceros (externalidades negativas) que serían supuestamente mayores que los daños infligidos a los que no deseen vacunarse. Veamos diez razones en contra de esos alegatos:

  1. No hay evidencia concreta y definitiva de que las vacunas prevengan significativamente el contagio[1]. Se postula la posibilidad de que reduzcan la carga viral en el infectado vacunado, y así impliquen una disminución en la posibilidad de contagiar a otros. Pero en ambientes sociales reales (fuera del laboratorio) son muchos los factores que pueden incidir, y resulta difícil aislar el factor vacunación[2]. Éste es uno de los motivos por los que los fabricantes y las autoridades se abstienen de afirmar categóricamente que las vacunas previenen los contagios. De hecho, la mayoría de las autoridades insisten en mantener prácticamente los mismos cuidados incluso luego de vacunados.
  2. Las mismas autoridades que exigirían la vacuna utilizan los kits de PCR (reacción en cadena de polimerasa) asumiendo que éstos pueden determinar la positividad de la infección por SARS-Cov2 que a su vez se relacionaría con la enfermedad de covid-19 (así contabilizan los casos, que a su vez inciden en las decisiones de confinamientos, estados de alarma y toques de queda). Pero si es cierto que las PCR dan un fiel diagnóstico de la infección, entonces bastaría con usar éstas para identificar a los casos que pueden implicar riesgo de contacto, sin necesidad de exigir vacuna alguna.
  3. Si la vacuna realmente protege eficazmente de cuadros graves de enfermedad, ¿cuál es el miedo de un vacunado de mezclarse con un no vacunado? Hay quienes parecen realizar contorsiones argumentales para justificar la obligatoriedad, apelando a que las vacunas pueden ser parcialmente eficaces, y entonces el vacunado no tendría garantizada la prevención de un cuadro grave. El problema con ese argumento matizado, es que peca de un prejuicio a favor de la obligatoriedad, porque igualmente se podría argumentar desde el otro lado, que el hecho de que la eficacia de las vacunas sea parcial torna injustificable su imposición obligatoria. O sea, no parece coherente argumentar a favor de la obligatoriedad fundamentándose en la eficacia, y a la vez fundamentándose en la falta de eficacia. ¿Cuál sería la combinación del porcentaje de eficacia frente al porcentaje de probabilidad de contagiarse una vez vacunado que justificaría la obligatoriedad? Fijar cualquier cuantificación en este sentido resultaría antojadizo, y además estamos lejísimos de la posibilidad de obtener esas medidas con exactitud. Y si, por el contrario, se estableciese que la eficacia de las vacunas en la prevención de la enfermedad grave fuese baja, entonces pierde sentido el vacunarse, y mucho más su imposición.
  4. Las vacunas contra la covid-19 se han desarrollado con una rapidez inusitada. Esto es algo positivo y refleja la posibilidad de mancomunar esfuerzos a nivel global. Pero también implica un inevitable componente de riesgo, ya que la difusión masiva se ha efectuado en tiempos más cortos que los conocidos hasta ahora. Hay debates acerca de si estas vacunas están en fase experimental o no. Pero más allá de los tecnicismos en la definición de términos, lo cierto es que hay autorizaciones de emergencia, lo que implica un curso anormal de desarrollo[3]. También hubo casos como el de la vacuna rusa Sputnik V, implementada incluso previo a la conclusión de la fase III[4]. Tampoco se puede descartar la posibilidad de efectos adversos que tarden en manifestarse, y es por eso que se prevé que las pruebas clínicas se extiendan hasta fines de 2022 y comienzos de 2023[5], además del período posterior de monitoreo. Esta situación de emergencia obra en contra de los argumentos a favor de la obligatoriedad.
  5. Las vacunas de ARN mensajero (como la Moderna COVID-19, y la Pfizer–BioNTech COVID-19) prometen constituirse en un importante avance médico. Pero recién el 2 de diciembre de 2020, la agencia regulatoria de medicamentos británica se convirtió en la primera en aprobar el uso masivo de una vacuna de este tipo[6]. No es apropiado que una nueva tecnología nunca antes probada en forma masiva deba probarse imponiendo castigos o limitaciones a los que no quieran someterse a ella.
  6. Los gobiernos han aceptado que las empresas productoras de las vacunas asuman parcialmente la responsabilidad por potenciales efectos adversos, o que la asuman pero con una compensación económica por parte del Estado. Muchos de los contratos son confidenciales[7]. Esto puede fomentar una producción más rápida de vacunas, pero afecta la transparencia del proceso, perjudicando los argumentos a favor de la obligatoriedad.
  7. Se ha registrado memoria inmunológica en personas que han tenido covid-19[8]. Por ello es cuestionable la necesidad de vacunar a estas personas, y prácticamente absurdo imponerles castigos o restricciones por no vacunarse. Una cuestión particular adicional a tener en cuenta en estos casos, es la posibilidad de la potenciación dependiente de anticuerpos (antibody-dependent enhancement, ADE) y de la potenciación de la enfermedad respiratoria asociada a la vacuna (vaccine associated enhanced respiratory disease, VAERD o ERD). Éstas dos potenciaciones de la enfermedad se pueden dar con una reinfección (como es el caso del dengue con la ADE), y muy raramente, con una infección luego de una vacunación[9]. Afortunadamente, estas reacciones no deseadas no se han observado ni en la etapa de pruebas en animales, ni en las pruebas clínicas, ni aun con las variantes más resistentes de SARS-Cov-2 (B.1.1.7 [“británica”] y B.1.351 [“sudafricana”]); por el contrario, en general se vienen observando mejores respuestas inmunológicas luego de la vacuna[10]. Estas buenas noticias, sin embargo, no obstan para que esto se deba seguir monitoreando.
  8. Algunos comentaristas -incluso liberales-,[11] mencionan el hecho de que ya existen requerimientos de vacunación para movilizarse o ingresar a ciertas zonas. Pero, sin entrar a estudiar cada caso y su historia en particular, que haya casos de requerimientos preexistentes no implica: (1) ni que esos casos de restricciones estén siempre bien (estaríamos cayendo en una especie de problema del ser y el deber ser[12]), ni (2) que porque en esos casos esté bien, habría de estarlo en éste (estaríamos cayendo en un non sequitur). Esto último, si se aceptan que los requerimientos ya existentes están bien, puede o no ser el caso, pero no se sigue necesariamente.
  9. El argumento de que es necesario imponer un pasaporte de vacunación para evitar poner al sistema de salud bajo el riesgo de saturación es endeble. Tres objeciones:
    1. La mayoría de la gente parece tener la voluntad de vacunarse[13]. Además, hemos de suponer que las personas que pertenecen a grupos de riesgo deben tener un grado de voluntad de vacunarse aún mayor que la media de la población en general. Y también parece razonable pensar que la aceptación de las vacunas irá en aumento, si el paso del tiempo continúa confirmando su eficacia y su seguridad.
    1. Los argumentos basados en la necesidad de evitar el riesgo de saturación del sistema sanitario podrían esgrimirse para cualquier otra enfermedad condicionada por el comportamiento. Con esa lógica autoritaria, acabaríamos controlando la dieta, el ejercicio físico y los hábitos de las personas, imponiendo toda suerte de prohibiciones y obligaciones en lo que conformaría un programa sanitario estatal orwelliano. El comportamiento de elegir no vacunarse no parece ser cualitativamente distinto a (peor que) tantos otros comportamientos de toda índole que implican una presión sobre el sistema sanitario. O al menos, para establecer que sí lo es, sería necesario conducir una gran cantidad de complejas investigaciones sobre un sinnúmero de problemas de salud y comportamientos asociados.
    1. Mejor que imponer la obligatori edad de la vacuna es mejorar el sistema de salud. Éste es un punto complejo, pero clave. Baste decir aquí que en general los Estados no sólo se han mostrado más ineficientes que el sector privado, sino que además sus intromisiones en el sector privado han inhibido el potencial de éste último.
  10. La imposición de la vacunación por parte de las autoridades promueve innecesarias suspicacias y genera dudas adicionales sobre los posibles efectos adversos. Aquí, como en todo, se debería dejar obrar al mercado. Si las vacunas prueban ser eficaces y seguras, la vacunación tendrá más adhesión. Si en cambio, las impone el Estado, esto sólo generará aún más desconfianza en aquéllos que ya alberguen sospechas de motivaciones meramente comerciales o dudas acerca de los posibles efectos adversos.

Una aclaración final que, si bien es innecesaria, en estos tiempos de pánico y sordera intelectual autoinducida puede llegar a ser conveniente: considerar estas razones no implica estar en contra de las vacunas, ni tampoco de la decisión personal de vacunarse.


[1] Hasta los CDC hablan de una probabilidad potencial (“potentially less likely”) de que las vacunas disminuyan la contagiosidad, y dicen que la investigación al respeto aún continúa. Y en la misma página, afirman que la gente vacunada podría seguir contagiando (“could potentially […] spread it to others”):

https://www.cdc.gov/coronavirus/2019-ncov/science/science-briefs/fully-vaccinated-people.html

[2] https://www.nature.com/articles/d41586-021-00450-z

[3] Incluso los fact-checkers de Reuters, que niegan que las vacunas sean consideradas experimentales, afirman que: “Se ha expedido la autorización de uso de emergencia en E.E.U.U. como resultado de la severidad de la pandemia”, que esta autorización de emergencia cesará “cuando termine la pandemia”, para lo que “aún no se ha dado un plazo” (política similar en Reino Unido). Asimismo, se han autorizado pruebas en humanos en paralelo con pruebas en animales:

https://www.reuters.com/article/factcheck-covid-vaccines-idUSL1N2M70MW

[4] https://www.bbc.com/mundo/noticias-55902348

[5] Por ejemplo, Moderna hasta el 22/10/2022, y Pfizer hasta el 31/01/2023:

https://www.reuters.com/article/factcheck-covid-vaccines-idUSL1N2M70MW
https://www.historyofvaccines.org/es/contenido/articulos/desarrollo-pruebas-y-reglamentos-para-las-vacunas

[6] https://www.gov.uk/government/news/uk-authorises-pfizer-biontech-covid-19-vaccine

[7] Ejemplos:

https://www.reuters.com/article/us-astrazeneca-results-vaccine-liability-idUSKCN24V2EN
https://www.weforum.org/agenda/2020/10/astrazeneca-partial-immunity-eu-vaccine/
https://www.nytimes.com/2021/01/28/world/europe/vaccine-secret-contracts-prices.html
https://theconversation.com/who-pays-compensation-if-a-covid-19-vaccine-has-rare-side-effects-heres-the-little-we-know-about-australias-new-deal-147846
https://cincodias.elpais.com/cincodias/2020/08/07/companias/1596824071_284665.html
https://www.newtral.es/inmunidad-legal-vacunas-covid/20201119/
https://www.eldiario.es/sociedad/farmaceuticas-ganan-estados-europeos-indemnizaran-efectos-inesperados-vacunas-coronavirus_1_6222300.html

[8] https://science.sciencemag.org/content/371/6529/eabf4063

[9] https://www.vacunas.org/la-velocidad-sideral-y-los-problemas-de-seguridad/

https://www.the-scientist.com/news-opinion/covid-19-vaccine-researchers-mindful-of-immune-enhancement-67576
https://davidson.weizmann.ac.il/en/online/reasonabledoubt/ade-and-corona-vaccines

Y el recomendable artículo de Derek Lowe (en inglés) resumiendo las novedades recientes:

https://blogs.sciencemag.org/pipeline/archives/2021/02/12/antibody-dependent-enhancement-and-the-coronavirus-vaccines

[10] https://blogs.sciencemag.org/pipeline/archives/2021/02/12/antibody-dependent-enhancement-and-the-coronavirus-vaccines

[11] Como por ejemplo, el estimado Francisco Capella: “Los Estados ya exigen certificados de vacunación para ciertos movimientos internacionales a zonas problemáticas.”

https://ijmpre2.katarsisdigital.com/ijm-actualidad/analisis-diario/libertad-y-pasaporte-covid/

[12] https://es.wikipedia.org/wiki/Problema_del_ser_y_el_deber_ser

[13] Ejemplos:

https://www.ocu.org/salud/medicamentos/noticias/encuesta-vacuna-covid
https://www.telam.com.ar/notas/202104/550177-es-alta-predisposicion-a-vacunarse-y-amplia-la-aceptacion-de-las-medidas-restrictivas.html
https://khn.org/news/article/covid-vaccine-hesitancy-drops-among-americans-new-kff-survey-shows/