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¿Igualdad o prosperidad?

De la mano de EPICENTER, red de think tanks europeos consagrada a la promoción de la libertad económica, política y personal, el Instituto Juan de Mariana impulsa un informe del coordinador de estudios del Instituto Juan de Mariana, Diego Sánchez de la Cruz, dedicado a la cuestión de la desigualdad económica en Europa.

Las ideas principales del documento, publicado en inglés, son las siguientes:

– La desigualdad económica se ha convertido en un tema central en la política europea, a menudo utilizado para justificar una mayor intervención del Estado.

– Sin embargo, los datos muestran que la libertad económica, y no la redistribución, es clave para reducir la pobreza y mejorar la prosperidad.

– Aquellos países con mayor libertad económica tienen más movilidad social y un mayor bienestar general.

– Subir impuestos a los ricos no reduce la desigualdad de manera efectiva y puede desincentivar la inversión y el emprendimiento.

– En lugar de políticas redistributivas que han probado ser ineficaces, se deben priorizar aquellas reformas que fomentan el crecimiento económico y la inclusión en el mercado laboral a través de una mayor flexibilidad.

– La evidencia muestra que aquellos países que han apostado por la liberalización económica han conseguido mayores niveles de desarrollo y oportunidades para todos.

Puede consultar el informe completo aquí.

Para leer una versión traducida al español, haga clic aquí.

Ya no se puede ser europeo en Europa

McCloskey nos cuenta que Europa experimentó un gran enriquecimiento sin precedentes que tuvo su inicio alrededor del siglo XVIII. Este aumento sustancial de la cantidad y calidad de los bienes y servicios no se explica por la acumulación de capital, el comercio, los recursos naturales o tecnológicos, sino por un cambio ideológico y retórico muy particular que modificó la estructura social y moral de Occidente.

Las ideas que dan lugar al gran enriquecimiento tienen que ver con el surgimiento de una cultura de la innovación y la apertura como el motor del progreso humano y del reconocimiento de la dignidad y la libertad como el combustible de ese motor. En la Europa que describe McCloskey, los individuos comunes, libres, esperanzados y creativos buscaban respeto, dignidad y progreso a través de la prudencia, la honestidad y el buen nombre, pero también mediante la audacia, la valentía y la responsabilidad personal.

Leer a McCloskey nos deja con una pregunta inevitable: ¿qué pasó con esa Europa? ¿Cómo la cuna de la libertad, la sociedad abierta, el comercio, la diversidad, la creatividad, el arte y la innovación pasó a ser una de las regiones más estancadas y estériles del mundo? Esa Europa que, como dice Bastos, nunca estuvo unida y de ahí su grandeza, hoy casi no se encuentra en el continente y está prácticamente desaparecida bajo el paraguas de la Unión Europea.

La retroalimentación

Las ideas y la cultura se retroalimentan con el mundo material y el entorno, al igual que las instituciones formales e informales que surgen en una comunidad política. Por eso los cambios son tan difíciles de inducir, los rumbos tan difíciles de frenar y aún más de girar. La retroalimentación positiva dio paso al gran enriquecimiento; la retroalimentación negativa está dando paso al gran estancamiento europeo actual. Un estancamiento que no solo es económico, sino también cultural y moral.

El jacobinismo homogeneizador europeo no deja que nadie se salga del carril

En este artículo no pretendo repetir lo que ya todos los liberales sabemos: que Europa —y en particular la Unión Europea— se ha convertido en un territorio hostil al capitalismo, la innovación y el emprendimiento. Lo que quiero subrayar es algo aún más preocupante: Europa no es solo un lugar difícil para empresarios o inversores, sino también para cualquiera que intente salirse del molde, que quiera escapar de la carrera de la rata, adoptar un estilo de vida alternativo o, simplemente, hacer las cosas a su manera. En Europa no solo se obstaculiza la riqueza y la creatividad; se persigue cualquier forma de diferencia.

Las viviendas procustianas (el caso español)

En mi opinión, España hoy se divide entre quienes compraron vivienda antes de la pandemia y quienes lo hicieron después —o aún no han podido hacerlo. Las condiciones hipotecarias, las cuotas mensuales y el tipo de vivienda que pudo adquirir alguien en 2019 son incomparablemente mejores que las de quien compró en 2024. Esto, por supuesto, agrava la desigualdad patrimonial. Y en muchos casos esa desigualdad no se debe a que quienes compraron en 2019 sean mucho mejores especuladores que quienes compraron 5 años después, sino por factores externos: la vivienda se ha encarecido por restricciones a la construcción y, sobre todo, por la lluvia de estímulos mal canalizados tras 2020, que alimentaron la inflación inmobiliaria.

Pero lo que más me sorprende es cómo la maraña regulatoria hace imposible resolver el problema de la vivienda de manera creativa. El mercado inmobiliario español funciona con una lógica procustiana: todo debe encajar en una estructura rígida y limitada. Por ejemplo, es prácticamente imposible aumentar la oferta verticalmente, y tampoco se permite cerrar áticos o balcones para ganar habitabilidad, aunque sea tu propiedad y eso suponga perder un espacio exterior

Tampoco hay margen para soluciones de bajo coste: ni casas rodantes, ni pequeñas cabañas prefabricadas en terrenos familiares, ni ampliaciones discretas. La Agencia Tributaria y los ayuntamientos vigilan cada año mediante imágenes aéreas y satelitales, penalizando cualquier edificación no registrada.

Y el terreno rústico, que podría ser una vía de escape, está bloqueado. Terrenos en ubicaciones muy demandadas se mantienen en esa categoría porque el ayuntamiento no los incluye en su plan general, no les provee de los servicios básicos o los protege para usos agrícolas o por razones medioambientales. Este terreno no urbanizable está muchas veces cerca de las principales ciudades, si buscamos en idealista terrenos de este tipo en ciudades como Valencia, encontramos que algunos están a menos de una hora caminando desde el centro de la ciudad y se conservan así, en algunos casos, para mantener «identidad agrícola tradicional de la zona».

Así funciona este mercado: ni quienes tienen dinero pueden presionar para construir más, ni quienes tienen poco pueden solucionarlo con alternativas modestas a las afueras. Todo está amarrado a un corsé legal e institucional que a diferentes escalas impide que la vivienda responda a la necesidad real de las personas.

Llevar un estilo de vida autosustentable u off-grid

Ser hippie o nómada en Europa es más difícil que en EE. UU., no solo porque no es fácil —ni legal— vivir en viviendas móviles o prefabricadas, sino porque ser autosustentable, alimentarte de tu propia comida y vivir al margen financieramente implica asumir enormes riesgos legales y fiscales.

Irte a la montaña, montar algunas tiny houses o casas alternativas como domos y rentarlas por Airbnb es un negocio complicado de consolidar en países como Francia, Alemania o España, donde te arriesgas a sanciones, demoliciones o problemas legales por no cumplir las mismas normativas que una vivienda convencional en términos de códigos técnicos, aislamientos o normativa energética. Si quisieras cumplir todos esos requisitos, el coste burocrático encarecería un proyecto que, justamente, buscaba ser sencillo y autosuficiente.

De igual forma, una actividad tan típicamente europea como viajar en autocaravana es cada vez más complicada. En las redes sociales de este tipo de viajeros abundan las denuncias sobre las restricciones al aparcamiento y la presión de los ayuntamientos, que parecen más interesados en echarlos que en facilitarles la estancia. Además, las regulaciones medioambientales hacia los vehículos limitan la circulación de autocaravanas y encarecen cada vez más los modelos nuevos.

Vivir completamente fuera de la red —algo tan presente en la historia europea— hoy implica rayar la ilegalidad. En países como Alemania o los Países Bajos existe la obligación de conectarte a las redes oficiales de agua, alcantarillado y electricidad. Está permitido consumir los alimentos que has cultivado, pero necesitas licencia para venderlos; tus animales deben estar debidamente registrados y, en algunos casos, incluso necesitarás un permiso para recolectar agua de lluvia. 

El parque automotor europeo cada vez más homogéneo

A pesar de que la Unión Europea haya cavado su propia tumba y enterrado a su mercado automovilístico, hubo una época en la que los coches europeos se caracterizaban por su competitividad, innovación y diversidad, atendiendo tanto al mercado que buscaba lo económico y práctico como al que aspiraba al lujo y la exclusividad.

Hoy, la oferta automovilística en Europa es mucho más limitada que la que vemos en países como Dubai, Estados Unidos, Asia o incluso Hispanoamérica. Los coches antiguos han sido prácticamente expulsados del mercado, mientras que en Estados Unidos muchos de esos vehículos son restaurados y vuelven a circular. Y permiten una auténtica convivencia de tecnologías y estéticas distintas.

La razón por la que ni la clase media ni la clase alta podrán comprar el coche de sus sueños en Europa está en las regulaciones: las normas de seguridad, emisiones, eficiencia energética y compatibilidad técnica son extremas. Las restricciones sobre materiales, altura, peso y consumo hacen que modelos comunes en otros países no puedan venderse aquí o resulten prohibitivos de adaptar. Al final, el parque automovilístico europeo acaba siendo una fila interminable de vehículos casi idénticos: compactos, híbridos o eléctricos, de poca cilindrada, con diseños parecidos y cada vez menos espacio para modelos raros, potentes o excéntricos.      

Los pequeños pueblos no se salvan, y no se salvarán

Cada pueblo europeo tiene su historia, su arquitectura y sus particularidades. A diferencia de las grandes ciudades, los pueblos siempre han representado la oportunidad de establecer lazos más cercanos con los vecinos, desarrollar una cultura local y construir y mantener órdenes institucionales de abajo hacia arriba. Sin embargo, esa ventaja de los pueblos frente a las ciudades ha sido arrebatada.

Los pueblos europeos, que hoy se vacían de forma alarmante, no logran ofrecer nada distinto o mejor a sus jóvenes para que se queden, ni a nuevos jóvenes para que emigren. Los ayuntamientos, en muchos casos, implementan programas de incentivos económicos en forma de subsidios y ayudas para atraer nuevos pobladores. Pero estos programas fracasan porque no permiten que surjan sinergias ni órdenes espontáneos: el pueblo termina siendo solo un lugar un poco más barato y tranquilo que la ciudad, pero sin identidad propia ni oportunidades reales.

Para repoblar estos pueblos habría que permitirles ser y ofrecer algo genuinamente diferente al resto del país; hacer una propuesta al estilo de lo que Europa una vez fue. Andorra es un buen ejemplo de lo que podrían ser otros pueblos catalanes si tuvieran la libertad de modificar radicalmente su fiscalidad, sus políticas sociales, laborales y migratorias.

Conclusión

Muchas veces ponemos el foco en lo difícil que es emprender, ser empresario, pionero en sectores como la inteligencia artificial o convertirse en un gran inversor en Europa. Pero creo que pasamos por alto algo más profundo y cotidiano: hoy, la Unión Europea es un entorno cada vez más adverso para los jóvenes de clase media. No solo para quienes aspiran a grandes logros, sino para quienes quieren salir, aunque sea un poco, de la carrera de la rata; vivir de forma alternativa, complementar su trabajo con un pequeño negocio, construir una modesta cartera de inversión o reconectar con la naturaleza sin que todo se convierta en una cadena de obstáculos legales y fiscales.

El problema no es sólo económico, sino cultural e institucional: el jacobinismo homogeneizador europeo impone normas rígidas que aplastan la creatividad local, limitan la libertad de elección y bloquean cualquier intento de autonomía. Ese es el gran drama: no es solo difícil ser un innovador o ser un gran empresario en Europa; es difícil, y cada vez más, ser libre a pequeña escala.

El NHS de Inglaterra está muerto

Por Kristian Niemietz. El artículo El NHS de Inglaterra está muerto, fue publicado originalmente en el IEA.

No existe una «DOGE británica», pero la idea de recortar la burocracia gubernamental parece estar de moda de repente. Con su último anuncio de adelgazar radicalmente, o incluso abolir, el NHS de Inglaterra, el gobierno de Starmer intenta aprovechar esa vibración. Pero es sólo eso: una vibración, no un programa político.

«NHS England» es un nombre terrible, porque suena como si fuera la rama inglesa del NHS, del mismo modo que NHS Scotland es su rama escocesa. NHS England no es, por supuesto, nada de eso.

Empecemos por el principio. Gran Bretaña gasta más de 200.000 millones de libras al año en sanidad, y no todo ese dinero lo controla directamente el Ministerio de Sanidad. El Ministerio de Sanidad asigna su presupuesto a las organizaciones locales del NHS, que a su vez compran servicios sanitarios a los proveedores locales del NHS (y a algunos del sector privado). En otras palabras, el NHS tiene un sistema interno de comisiones y contratos, en el que distintas suborganizaciones compran y venden servicios entre sí.

Este sistema de comisiones se reorganiza cada dos años. Una de las mayores reorganizaciones se produjo a principios de los años Cameron, con la creación de juntas locales de encargo dirigidas por médicos de cabecera. Esto creó un potencial conflicto de intereses. Los médicos de cabecera son, por supuesto, también proveedores de asistencia sanitaria por derecho propio, por lo que no necesariamente querríamos que se compraran servicios a sí mismos y se marcaran sus propios deberes. Así pues, se creó un nuevo consejo de puesta en marcha para toda Inglaterra, al que se encomendó la puesta en marcha de servicios de atención primaria y de algunos servicios sanitarios altamente especializados, así como algunas funciones de supervisión y coordinación. Se convirtió en el NHS England.

En el momento de escribir estas líneas, aún no está del todo claro qué lo sustituirá, pero todo apunta a que sus funciones pasarán a depender del Ministerio de Sanidad. Si es así, es difícil ver de dónde se supone que vendrá el ahorro. No se trataría de un ejercicio de reducción de la burocracia, sino de una reorganización más.

La razón por la que existen organismos como NHS England es que los políticos llevan mucho tiempo prometiendo «despolitizar» el NHS: dejaremos que médicos y enfermeras se dediquen a su trabajo, dicen, y dejaremos de hacer política con él. Suena bien, pero la sanidad no funciona así. No se puede «despolitizar» sin más; también hay que poner otra cosa en su lugar. En la práctica, «despolitizar el SNS» suele significar simplemente trasladar las responsabilidades de los políticos electos a burócratas sanitarios semiindependientes. Este enfoque tecnocrático genera sus propias frustraciones, lo que lleva a los políticos a prometer «redemocratizar» (es decir, volver a politizar) el SNS.

Hay una tercera opción. La alternativa a la gestión política y tecnocrática sería un sistema sanitario regido en gran medida por las fuerzas del mercado. Hay buenos ejemplos de este tipo de sistemas en los países vecinos, que combinan la elección del consumidor y la competencia con el acceso universal y una amplia red de seguridad social. A menos que estemos dispuestos a mantener esa conversación, estaremos atrapados entre la intromisión política y el gobierno tecnocrático.

Argentina y el FMI, ¿amigos o enemigos?

Por Marcos Falcone. El artículo Argentina y el FMI, ¿amigos o enemigos? fue publicado originalmente en FEE.

Tras poco más de un año en el cargo, los logros de Javier Milei en la estabilización de la economía argentina han sido impresionantes. El equilibrio presupuestario y la desregulación de la economía han impulsado cambios positivos, y ahora se espera que el PIB crezca un 5% en 2025. Sin embargo, los problemas de Argentina distan mucho de haber terminado. Entre los problemas más acuciantes están el pago de la deuda y la rápida sobrevaloración del peso, que suscita inquietud sobre la competitividad del país.

Cuando Milei asumió el cargo en diciembre de 2023, Argentina debía más de 400.000 millones de dólares. De ellos, 44.500 millones -más del 10% de toda la deuda pendiente- se deben al Fondo Monetario Internacional, lo que convierte a Argentina en el mayor deudor con diferencia. Mientras que el gobierno de centro-derecha de Macri solicitó estos fondos en 2018, el presidente de izquierda Alberto Fernández llegó a un acuerdo en 2022 que retrasó los pagos a la administración actual. Este año, se deben al FMI 6.000 millones de dólares de los 18.500 millones adeudados en concepto de pago de la deuda, lo que podría presionar a Milei para que realice nuevos recortes del gasto público, después de haber recortado ya el presupuesto en un 30%, una cifra sin precedentes, en su primer año.

Las negociaciones entre Argentina y el FMI sobre una nueva reestructuración parecen estar en su fase final, y el Gobierno aspira a cerrar un acuerdo antes de abril. Aunque la Directora del FMI, Kristalina Georgieva, ha elogiado «la notable transformación de Argentina» bajo el mandato de Milei, el acuerdo ha tardado casi 15 meses en materializarse. El ministro de Finanzas, Luis Caputo, ha negado los rumores de que el FMI exigiera una devaluación del peso (es decir, una bajada oficial del tipo de cambio de la moneda del país) como condición para desbloquear nuevos fondos, pero las especulaciones sobre la sobrevaloración del peso siguen creciendo entre los economistas.

De hecho, algunos creen que el FMI podría querer que Argentina devaluara su moneda antes de prestarle más dinero, dado el enfoque de «flotación sucia» del tipo de cambio del país y también su largo historial de despilfarro de los recursos prestados. En el entorno típicamente inflacionista de Argentina, el dinero recién impreso tiende a hacer bajar el valor del peso cuando la gente se apresura a cambiar la moneda local por dólares. Sin embargo, los gobiernos pueden vender reservas del Banco Central en divisas para frenar esta depreciación. En el pasado, han recibido repetidamente dólares del FMI sólo para venderlos por debajo de su valor de mercado. De este modo, los gobiernos han apuntalado artificialmente el peso e impulsado el poder adquisitivo local. El propio Milei tuiteó en 2023 que un futuro gobierno (que finalmente fue el suyo) debería revisar cualquier acuerdo con el FMI si la organización seguía prestando dinero al gobierno de Fernández, que utilizó los fondos para manipular el tipo de cambio.

Durante mucho tiempo, los libertarios argentinos han criticado al FMI, al Banco Mundial y a organizaciones similares por permitir políticas intervencionistas y la corrupción. Alberto Benegas Lynch, Jr, un icono libertario citado con frecuencia por el Presidente, ha escrito extensamente sobre la influencia perjudicial del FMI, no sólo en Argentina, sino también en México, Indonesia y Turquía, entre otros países. Con demasiada frecuencia, los préstamos del FMI permiten a los gobiernos posponer las reformas necesarias y acabar con Estados más intervencionistas. ¿Por qué iba a ser diferente esta vez?

El 8 de marzo, el presidente Milei publicó un artículo de opinión en La Nación defendiendo el nuevo acuerdo con el FMI. Argumentaba que los políticos argentinos habían robado a los ciudadanos 110.000 millones de dólares en 25 años al hacer que el Banco Central prestara dinero al Tesoro sin devolverlo. Propuso que los nuevos fondos del FMI se utilizaran para cancelar parte de esta deuda. En su opinión, este planteamiento dejaría inalterado el nivel total de deuda de Argentina.

¿Aceptará el FMI el argumento de Milei y volverá a ser amigo de Argentina? Parece probable. Como su mayor deudor, el país se ha convertido en «demasiado grande para quebrar». Además, Milei no muestra ninguna inclinación a utilizar los fondos del FMI para aumentar el gasto público, y la organización ya ha prestado dinero a gobiernos que apenas trabajaron para recortar el gasto (Macri) o incluso lo ampliaron (Fernández). Dado el historial de Argentina, la preocupación de que un acuerdo permita al gobierno de Milei manipular el tipo de cambio está justificada. Pero que tal manipulación sea posible depende de los términos finales del acuerdo.

Si Argentina y el FMI llegan a un acuerdo, ¿significaría eso que hay que pasar por alto el papel de la crisis del país? Por supuesto que no. Han pasado décadas desde que Henry Hazlitt propusiera acabar con el FMI, pero eso no significa que los libertarios deban abandonar esta causa. Aunque el FMI pueda actuar como amigo de Argentina a corto plazo, a largo plazo sigue siendo una fuente de problemas.

Ver también

La economía a través del tiempo (XXV): El comercio aristocrático griego en Homero y Hesíodo

Tal y como se comentó anteriormente, los griegos antiguos despreciaban a los fenicios por su forma de comerciar, la cual se oponía a la suya por ser profesional. Algunos autores (Aubet, 2003, 95) llaman a la opción griega comercio aristocrático, mucho más rígido y a menor escala. La profesionalización de los intercambios provocó los habitantes de Fenicia tuvieran fama de mentirosos, algo que se ve en el propio Homero (2000):

Presentóse un fenicio muy hábil en trapacerías, que ya había causado a otros hombres muchísimos daños. Se ingenió para que, convencido, con él me marchara a Fenicia, allí donde tenía su casa y sus bienes” (p.226). Y no es algo puntual: “Arribaron allí unos fenicios, marinos ilustres, mas falaces (…). Una joven fenicia (…) era alta y muy bella y experta en labores magníficas, mas los zorros fenicios lograron un día embaucarla (p.246).

Cabe preguntarse, entonces, ¿cómo era ese comercio aristocrático que sí agradaba a los griegos? Según Aubet (2003), “estaba condicionado por el ciclo agrícola y se entendía como un mero anexo de la agricultura” (p. 96). Es decir, el buen momento para el intercambio se reducía a un periodo concreto del año que se daba tras haber conseguido los frutos de la actividad económica principal. Esto se deduce, por ejemplo, de los escritos de Hesíodo (2006): “Cincuenta días después del solsticio, cuando toca a su fin el verano, fatigosa estación, se ofrece a los mortales una buena época para navegar” (p. 97).

En aquellos tiempos, el solsticio de verano se situaba en el primer o segundo día de julio. Por tanto, el mejor momento para llevar a cabo la actividad comercial se encontraba a mediados de agosto. Así, al final del periodo estival, los griegos aceptaban un tipo de comercio que se veía como alternativa a la piratería y se dirigía, sobre todo, a la obtención de esclavos y metales (Aubet, 2003, 97).

Comercio, esa costumbre extraña

Por ello, sostiene Aubet (2003), el surgimiento del comercio profesional y especializado en el Egeo, conocido como comercio emporíe, resulta ofensivo para el aristócrata de aquel momento. El sistema del comerciante profesional desafía el modelo tradicional de “intercambio personal e individualizado” (p. 97) propio de la élite griega, la cual valoraba como más noble el intercambio voluntario de recursos mediante regalos en el marco de la hospitalidad entre oikoi (hogares, familias, tal y como se vio en apartados anteriores), o bien la obtención de bienes por la fuerza, a través del saqueo y el botín de ciudades. El comercio profesional era visto como un sistema ajeno y extraño al mundo griego, estrechamente vinculado a los fenicios. La épica heroica lo percibe como una amenaza para la estabilidad política de la aristocracia, ya que pone en peligro el ideal de una economía autárquica.

En ese sentido, Hesíodo y Homero critican y desprecian el comercio emporíe, asociando a los fenicios con la contraposición al ideal griego. Es a través de esta oposición como los griegos se identifican, se reafirman y definen a sí mismos. Los fenicios personificaban los temores griegos hacia el nuevo orden social, representando lo que más inquietaba: el lujo, el exotismo y la decadencia vinculados a Oriente. Estos prejuicios contra lo oriental reflejan, en el fondo, una nostalgia por el pasado y un esfuerzo por reivindicar los valores e ideales tradicionales griegos frente a los cambios sociales y económicos de la época.

Por equiparar la cuestión a tiempos modernos, lo ético se relacionaba a la venta del excedente agrícola, tal y como sigue sucediendo hoy en las zonas en las que el sector primario sigue teniendo relevancia. En cambio, la figura del comercial, del negociante, se relacionaba con el engaño, el pillaje. Hoy, convencer mediante intensas negociaciones se puede llegar a ver como un arte. Los primeros griegos, sin embargo, desconfiaban de estas prácticas.

Bibliografía

Aubet, M. E. (2003). El comercio fenicio en Homero. Estudios de arqueología dedicados a la profesora Ana María Muñoz Amilibia. Murcia, 85-101

Hesíodo (2006). Teogonía. Biblioteca Gredos

Homero (2000). Odisea. RBA

Bryan Caplan visita el Instituto Juan de Mariana

El prestigioso académico libertario, Bryan Caplan, está de visita en España. El pasado martes, 18 de marzo, Bryan nos acompañó en una fantástica charla para el Instituto Juan de Mariana. El evento tuvo lugar en la Universidad Francisco Marroquín y, Paco Capella mantuvo una conversación con el autor sobre su vida. La conferencia estará muy pronto disponible en nuestro canal de YouTube.

La visita de Caplan coincide con la edición por parte del Instituto Juan de Mariana de una de sus obras, El mito del votante racional. Esta publicación, coordinada de forma conjunto con el Instituto, Ediciones Deusto y Value School, ha sido traducida al español por Diego Sánchez de la Cruz, coordinador de estudios del Instituto, y reflexiona sobre los límites y carencias de nuestros sistemas políticos. El libro fue presentado en la Fundación Rafael del Pino el pasado miércoles 19 de marzo. Más de cien personas acudieron a escuchar al economista norteamericano, amén de otras doscientas personas que siguieron el evento online.

La desamortización y Jovellanos

En los últimos meses, hemos venido publicando una serie de artículos sobre la aparición en España de las ideas liberales, en la segunda mitad del siglo XVIII, sobre todo a través de la obra de uno de los ilustrados más egregios, Melchor Gaspar de Jovellanos, haciendo referencia, especialmente, a su Informe sobre la Ley Agraria, de 1795, obra elaborada por el famoso asturiano, y que ponía fin a un largo expediente, iniciado por el Consejo de Castilla en los años 60 de dicha centuria, cuya finalización fue, en 1777, encargada a la Sociedad económica de amigos del país de Madrid, la cual delegó, en el año 1787, en Jovellanos la elaboración del Informe, publicado por dicha Sociedad en 1795, tres décadas después de que se iniciase la tramitación del expediente.

En el artículo de hoy vamos a centrarnos en los planteamientos que en dicho Informe aparecen sobre las necesidades de la desamortización de las tierras, propuesta que, ni que decir tienen, bebe, entre otras, de la obra de otro asturiano insigne del momento, Pedro Rodríguez Campomanes, fiscal del Consejo de Castilla desde 1762 -institución que después presidió-, y que en 1765 había publicado su Tratado de la regalía de la amortización.

Ello no obstante, hay que tener en cuenta dos cuestiones, a la hora de analizar las propuestas que, en el Informe, se hacen, sobre todo en relación con la amortización. En efecto, al redactarlo, Jovellanos no actuó como quien expresa sin limitaciones su pensamiento en el ámbito de la teoría, sino que se vio obligado a subordinar ese pensamiento a dos consideraciones: Una de índole corporativa, ya que escribía y publicaba en nombre de la Sociedad Matritense, de su “clase” o “sección” de agricultura y de su comisión de Ley Agraria; y la otra de índole práctica y política[1], que, seguramente, le obligaba a descartar lo que, aun siendo preferible desde un punto de vista teórico, fuere inaplicable a la realidad que él conocía, y a temer que la proposición de medidas demasiado radicales diera al traste con la posibilidad de efectuar reformas cuya efectividad descansaba en la moderación y la transacción (Carnero, 1795).

Sobre la necesidad de desamortización

Como es sabido, y según la definición que el Diccionario de Autoridades[2] da del término “amortizar”, se decía que una propiedad estaba amortizada cuando se hallaba en manos de un titular que una vez que la adquiriera no podía, por impedimento jurídico, volver a venderla o tenía grandes dificultades para hacerlo, o, como dice el Diccionario de la Real Academia, en su última acepción, pasar los bienes a “manos muertas”, o poseedores de una finca, en quienes se perpetuaba el dominio por no poder enajenarla.

Así, en el Antiguo Régimen, tanto la Iglesia como la nobleza (incluido el Monarca) y los concejos o municipios tenían su propia “ratio iuris” de amortización, es decir, su propia causa[3] para impedir que los bienes que adquirían volvieran a venderse, y su propio régimen, su propia naturaleza jurídica; eran todos ellos, en definitiva, titulares que amortizaban para perpetuarse, para mantener el poder conquistado históricamente (Lecuona Prats, 2004). Ello no obstante, mientras que las normas amortizadoras relativas a la Iglesia eran normas de derecho canónico y no estatal, las normas que regulaban la amortización de la nobleza y los concejos y municipios sí eran de derecho real.

Así, para el asturiano, y dentro de los obstáculos políticos a los que hace referencia en su Informe[4], encontramos, entre otros derivados de los excesos de la legislación[5], la amortización (refiriéndose expresamente tanto a la eclesiástica –clero regular y secular- como a la civil –los mayorazgos-). Para Jovellanos, dicha institución encarecía la tierra, al sustraer gran parte de ella al mercado, reduciendo su oferta, era causa de latifundio, y de sus nefastas consecuencias:

Otro más grave, más urgente y más pernicioso a la agricultura reclama ahora su suprema atención (…) cuando todo ciudadano puede aspirar a la riqueza, la natural vicisitud de la fortuna la hace pasar rápidamente de unos en otros; por consiguiente, nunca puede ser inmensa en cantidad ni en duración para ningún individuo (…) si se busca la causa de este raro fenómeno, se hallará en la amortización. (Jovellanos, Informe de Ley Agraria, 1795).

Todo ello hasta el punto de que el patricio asturiano, tal y como puede verse en su Informe, considera la amortización como la mayor lacra del campo español, entre otras cosas por la necesidad de favorecer la igualdad y, así, el interés individual, ya que la amortización supone una limitación de estímulo para los individuos:

Es ciertamente imposible favorecer con igualdad el interés individual, dispensándole el derecho de aspirar a la propiedad territorial, sin favorecer al mismo tiempo la acumulación de esta riqueza; y es también imposible suponer esta acumulación sin reconocer aquella desigualdad de fortunas que se funda en ellas, y que es el verdadero origen de tantos vicios y tantos males como afligen a los cuerpos políticos (…) En este sentido no se puede negar que la acumulación de la riqueza sea un mal; pero sobre ser un mal necesario, tiene más cerca de sí el remedio. Cuando todo ciudadano puede aspirar a la riqueza, la natural vicisitud de la fortuna la hace pasar rápidamente de unos a otros; por consiguiente, nunca puede ser inmensa en cantidad ni en duración para ningún individuo: la misma tendencia que mueve a todos hacia este objeto, siendo estímulo de unos es obstáculo de otros, y si en el natural progreso de la libertad de acumular no se iguala la riqueza, por lo menos la riqueza viene a ser para todos igualmente premio de la industria y castigo de la pereza. (Jovellanos, Informe de Ley Agraria, 1795).

Pero en dicho planteamiento, Jovellanos no era, ni es, el único. En efecto, tal y como señala el profesor Nadal, tras analizar y comparar la distribución de la renta española en el siglo XX y comprobar la evolución de esta como el reparto de la población entre los distintos sectores productivos[6]:

Estas dos series de datos son suficientes para concluir que, en los albores del siglo XX, España seguía siendo un país de base eminentemente agraria”, siendo su tesis que una de las causas de que no se hubiese producido dicho cambio fue el fracaso de las dos desamortizaciones –la del suelo y la del subsuelo- que malograron las bases naturales, agrícola y minera, en que debía haberse asentado la revolución industrial, en el sentido clásico de la expresión. (Nadal, 1999).

Así, Jovellanos señala dos efectos de la amortización: en primer lugar, por reducía la oferta de tierra, encareciendo, por tanto, el valor de ésta, haciendo que la inversión acuda a otros sectores:

Pero el objeto de este informe la obliga a circunscribir sus reflexiones a los males que causan a la agricultura: El mayor de todos es el encarecimiento de la propiedad. Las tierras, como todas las cosas comerciables, reciben en su precio las alteraciones que son consiguientes a su escasez o abundancia, y valen mucho cuando se venden pocas, y poco cuando se venden muchas (…) Pero aquella tendencia tiene un límite natural en la excesiva carestía de la propiedad, porque siendo consecuencia infalible de esta carestía la disminución del producto de la tierra, debe serlo también la tibieza en el deseo de adquirirla. Cuando los capitales empleados en tierras dan un rédito crecido la imposición en tierras es una especulación de prudencia y seguridad (…) Si se buscan los más ordinarios efectos de esta situación se hallará, primero, que los capitales, huyendo de la propiedad territorial, buscan su empleo en la ganadería, en el comercio, en la industria o en otras granjerías más lucrosas; segundo, que nadie enajena sus tierras sino en extrema necesidad, porque nadie tiene esperanza de volver a adquirirlas; tercero, porque nadie compra sino en el caso extremo de asegurar una parte de su fortuna, porque ningún otro estímulo puede mover a comprar lo que cuesta mucho y rinde poco; cuarto, que siendo éste el primer objeto de los que compran no se mejora lo comprado, o porque cuanto más se gasta en adquirir tanto menos queda para mejorar, o porque a trueque de comprar más se mejora menos; quinto, que a este designio de acumular sigue naturalmente el de amortizar lo acumulado, porque nada está más cerca del deseo de asegurar la fortuna que el de vincularla (…). (Jovellanos, Informe de Ley Agraria, 1795).

En segundo lugar, porque era la causa del latifundio y sus nefastas consecuencias:

No es creíble que los grandes propietarios puedan cultivar sus tierras, ni cuando lo fuese sería posible que las quisiesen cultivar, ni cuando las cultivasen sería posible que las cultivasen bien. Si alguna vez la necesidad o el capricho los moviesen a labrar por su cuenta una parte de su propiedad, o establecerán en ella una cultura inmensa y por consiguiente imperfecta y débil, como sucede en los cortijos y los olivares cultivados por señores o monasterios de Andalucía. (Jovellanos, Informe de Ley Agraria, 1795).

Las propuestas amortizadoras de Jovellanos

Así, el prócer asturiano propone una serie de medidas para corregir dicho problema, distinguiendo entre las medidas aplicables a la amortización eclesiástica y la civil:

1.- En cuanto a la amortización eclesiástica –regulada por el derecho canónico, recordemos-, Jovellanos evitó recomendar toda amortización forzosa, así como utilizar coacción o violencia en cuanto a la propiedad eclesiástica acumulada hasta ese momento. Ello no obstante, sí aconsejó, por un lado, prohibir que la Iglesia adquiriese en el futuro tierras por donación testamentaria, si bien tendría derecho a conservar el producto de la venta de los bienes raíces que así le hubiesen sido cedidos, haciéndose esa venta en un plazo “cierto y necesario”:

Tal sería, salva la libertad de hacer estas fundaciones, prohibir que en adelante se dotasen con bienes raíces, y mandar que los que fuesen consagrados a estos objetos se vendiesen en un plazo cierto y necesario por los mismos ejecutores testamentarios. (Jovellanos, Informe de Ley Agraria, 1795).

Por otro lado, también recomendó “convencerla” de que procediese a vender, o arrendar a largo plazo, su patrimonio inmobiliario, lo que denominó “abdicación decorosa”:

¿No será, pues, más justo esperar de su generosidad una abdicación decorosa, que le granjeará la gratitud y veneración de los pueblos, que no la aquiescencia a un despojo que los envilecerá a sus ojos? Pero si por desgracia fuese vana esta esperanza, si el clero se empeñase en retener toda la propiedad territorial que está en sus manos, cosa que no teme la sociedad, a lo menos la prohibición de aumentarla parece ya indispensable (Jovellanos, Informe de Ley Agraria, 1795).

2.- En cuanto a la amortización civil, recomienda conservar los mayorazgos nobiliarios instituidos hasta el momento como un mal necesario para la consecución del bien superior que es el mantenimiento de la nobleza, como clase conveniente al Estado, si bien recomendado (al igual que ocurría con la amortización eclesiástica) que se arrendasen a largo plazo, pero sin que con ello se convierta en una obligación legal que viole la libertad contractual de los propietarios o de los arrendatarios.

Pero sean en hora buena necesarios los mayorazgos para conservación de la nobleza (…) La Sociedad, Señor, mirará siempre con gran respeto y con la mayor indulgencia los mayorazgos de la nobleza (…) La primera providencia que la nación reclama de estos principios es la derogación de todas las leyes que permiten vincular la propiedad territorial. Respétense en hora buena las vinculaciones hechas hasta ahora bajo su autoridad; pero, pues han llegado a ser tantas y tan dañosas al público, fíjese cuanto antes el único límite que puede detener su perniciosa influencia (Jovellanos, Informe de Ley Agraria, 1795).

Eso sí, el asturiano sí reclama la prohibición de futuras vinculaciones, salvo en casos excepcionales y como recompensa a extraordinarios méritos y servicios:

Debe cesar, por consecuencia, la facultad de vincular por contrato entre vivos y por testamento, por vía de mejora, de fideicomiso, de legado o en otra cualquiera forma, de manera que conservándose a todos los ciudadanos la facultad de disponer de todos sus bienes en vida y muerte según las leyes, sólo se les prohíba esclavizar la propiedad territorial con la prohibición de enajenar, ni imponerle gravámenes equivalentes a esta prohibición. (Jovellanos, Informe de Ley Agraria, 1795).

Conclusión

A la vista de todo lo que hemos señalado, vemos cómo la amortización suponía, para Jovellanos, por un lado, uno de los graves obstáculos al crecimiento agrario (al extraer las tierras de la circulación y desviar los capitales para otro uso). Pero, por otro lado, tanto el clero regular y secular como los mayorazgos civiles son instituciones sociales fundamentales, por lo que se trataba de un asunto frente a los que había que tomar medidas, pero con precauciones y con alguna limitación.

Así, ante la acumulación de bienes raíces por las manos muertas eclesiásticas, no propone medidas desamortizadoras, sino una renuncia voluntaria y la prohibición de aumentar la amortización en el futuro. De igual forma, los mayorazgos civiles debían ser corregidos por una ley amortizadora, reduciéndolos lo más posible, pero garantizando la subsistencia de la nobleza. (Llombart V. 2011).

En cualquier caso, debemos recordar lo que señalábamos al inicio: por un lado, que el Informe, aunque escrito por Jovellanos, representaba el planteamiento de la Sociedad Matritense, y, en segundo lugar, las consideraciones de índole práctica, por la sociedad en la que elaboró su Informe y las posibilidades prácticas de implementar sus medidas. Aunque, desde un punto de vista liberal, ¿hubiese sido coherente haber propuesto medidas que atentaban contra los derechos de propiedad de determinados grupos simplemente por el hecho de que la estructura de propiedad existente no era la más adecuada, en principio, para maximizar la producción?

Bibliografía

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Llombart, V. (2011). El pensamiento económico de Jovellanos y sus intérpretes. En I. Fernández Sarasola, E. Lorenzo Álvarez, & J. y. Ocampo Suárez-Valdés, Jovellanos, el valor de la razón (pág. 75 y ss.). Madrid: Trea.

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Vicens Vives, J. (1987). Historia Económica de España. Barcelona: Vicens Universidad.

Notas

[1] A pesar de la prudencia de nuestro patricio, recordemos que años después de la aparición del Informe se seguiría contra él el proceso incoado por el magistrado Andrés Lasauca, regente de la Audiencia de Oviedo, acusándole de leer libros prohibidos y de ser partidario de la “pésima filosofía del día”, en parte debido a los enemigos que, con la aparición del Informe, se había buscado en los grupos dominantes de poder (Fernández Álvarez, 2001). Igualmente, puede consultarse la biografía de Caso González sobre el mismo tema (Caso González, 2002). Por otra parte, conviene recordar que tanto el Informe de Jovellanos, como el Tratado de la regalía de la amortización, de Campomanes, pasaron al Índice de libros prohibidos en 1825 (Castro, 1996).

[2] http://web.frl.es/DA.html

[3] La razón amortizadora de la Iglesia era doble: la eternidad de sus fines y su carácter universalista. Para la nobleza también era sostener y eternizar su poder y riqueza; y, en tercer lugar, y para los concejos y municipios, la razón era, además de mantener un patrimonio estable que le permitiera llevar a cabo sus objetivos, mantener también su relativa autonomía (Lecuona Prats, 2004).

[4] Según el citado Informe, eran muchos los problemas a los que se enfrentaban todos aquéllos que pretendían un mayor desarrollo y crecimiento en la España de la segunda mitad del siglo XVIII que permitiese la mejora en la calidad de vida de los ciudadanos y el consiguiente engrandecimiento de la Corona y del Reino. El pensador asturiano los divide en tres clases de trabas u “obstáculos”: políticos, morales y físicos, esto es, derivados i) de la legislación, ii) de las opiniones y creencias y iii) de la naturaleza, proponiendo las medidas que él consideraba necesarias para su erradicación.

[5] Y es que, para Jovellanos: “En una palabra, que el único fin de las leyes respecto de la agricultura debe ser proteger el interés de sus agentes, separando todos los obstáculos que puedan obstruir o entorpecer su acción y movimiento” (Jovellanos, Informe sobre la Ley Agraria, 1795).

[6] En efecto, si se analizan los datos sobre la distribución de la renta nacional a principios del siglo XX, y del reparto de la población entre los distintos sectores productivos vemos que en España, durante los siglos XVIII y XIX no se produjeron los cambios que, iniciados en Inglaterra, cambiaron, entre otras cosas, la estructura industrial, demográfica y de riqueza de varias de las economías de la época.

Así, según estimaciones de J.A. Vandellós, citadas por el profesor Nadal, la renta nacional española, en el año 1914, estaba repartida de la forma siguiente: un 38,4 % de la misma era aportada por la agricultura y la ganadería; un 25,9 € por la minería, la industria y la artesanía y el resto, un 35,6 €, le correspondía al comercio, a las profesiones liberales, los empleados, los criados, las casas y los intereses del capital (excepto el invertido en la industria y el comercio). Por otra parte, en 1910, existían 4.220.326 empleados en la agricultura, silvicultura, caza y pesca, frente a poco más de un millón empelados en las minas, industria fabril y la construcción.

Historia económica (IV): La urbanización de Europa

El resurgimiento de las ciudades en Europa es un factor clave cuando hablamos de economía. Es un tema muy estudiado en la historiografía. Autores como Jan Vries en La urbanización de Europa, o Arndold J. Toynbee en Ciudades en marcha han tradado en profundidad el tema.

La ciudad europea en la edad moderna no es sinónimo de una economía brillante o de una tecnología más avanzada, las ciudades eran enormes centros de consumo, más que centros de producción. Alrededor de las ciudades surgían una serie de áreas de influencia en las que se desarrollaba una agricultura especializada, áreas cuya función principal era abastecer a estas urbes. Jan Vries consideraba a las ciudades como un “parásito”, concepto que ya había sido utilizado por geógrafos anteriormente.

Vries también delimita las actividades básicas y no básicas. Las actividades básicas de la ciudad se basan en la producción de bienes y servicios para fuera de la ciudad. Mientras que las actividades no básicas son las importaciones de alimentos, transporte… Estudiar la relación entre el sector básico y el no básico nos va a dar la dimensión que tiene una economía urbana, y dependiendo del peso de cada uno de ellos, podremos saber si es una ciudad parasitaria o no.

Urbanización

Pero este análisis tiene un problema, y es la diferenciación entre las actividades básicas y no básicas, ya que en muchas ocasiones no es tan fácil de separarlas. Hay actividades básicas de una ciudad que también pueden favorecer a actividades básicas de otra ciudad. Hay otro inconveniente, que es la computación de bienes y servicios que exporta la ciudad y no son distribuidos como un intercambio comercial, como la educación, la cultura o la justicia.

Podemos encontrar tres rasgos principales de la urbanización moderna. En primer lugar, tenemos la urbanización demográfica. En la edad moderna este tipo de urbanización apenas existió, ya que la población urbana creció muy lentamente. En el siglo XVI sólo había cuatro ciudades de más de 100.000 habitantes, y eran Milán, Venencia, Nápoles y París. Posteriormente, se le unirían ciudades como Roma, Palermo, Londres o Lisboa. Por otra parte, tenemos una urbanización estructural. Aquí hacemos referencia a la configuración de los estados modernos, el desarrollo de los imperios coloniales, la aparición de nuevos centros industriales, además de la integración de todo ello en mercados regionales. El tercer tipo de urbanización sería la cultural, que trata de la difusión del modo de vida urbano a toda la sociedad.

Protoindustria

En el S XVII, las ciudades de la vertiente atlántica van a ser ciudades dinámicas y ciudades prósperas, que de alguna manera van a anunciar las futuras relaciones comerciales con las colonias. Podemos encontrar en áreas protoindustriales ciudades muy dinámicas, donde se irán desarrollando las infraestructuras y las técnicas agrarias. La protoindustrialización influirá mucho en las ciudades, la población de las zonas rurales va a tener la capacidad de generar nuevos ingresos. Estos ingresos adicionales alterarán la edad de matrimonio tradicional, en Inglaterra, por ejemplo, pasará de los 28 a los 24 años, lo que conllevará, a su vez, un aumento de la natalidad. Se dará la circunstancia de que los hogares donde mayoritariamente los miembros trabajaban en la producción industrial tenían más hijos que las familias que simplemente se dedicaban a la agricultura.

El comercio ultramarino se asentará en gran parte de las ciudades importantes.  Este proceso se irá desarrollando en el S XVIII, creándose una jerarquía de centros urbanos que configurará el mundo de la edad contemporánea. En este momento empezará el surgimiento de pequeñas ciudades, protagonistas de la primera revolución industrial. En la segunda mitad del S XVIII podemos afirmar que aproximadamente 200 ciudades se sumaron a la categoría de ciudad de 5.000 a 9.000 habitantes. Por otra parte, más de 100 ciudades alcanzaron una población entre 10.000 y 19.000 habitantes.

En la Europa Occidental de la Edad Moderna podríamos hablar de un momento de crecimiento de las ciudades, un periodo intermedio donde comienzan a aparecer estas urbes, pero sin disolver el mundo rural. Nos encontraremos un sistema urbano poco eficiente pero clave para lo que posteriormente ocurrirá.

Serie Historia económica

(III) Fertilidad y familia en los mundos católico y protestante

(II) La economía en el s. XVI: población y agricultura

(I) Historiografía y consideraciones previas

Paraguay pisa fuerte

Por Fabricio Antenanza Durán. El artículo Paraguay pisa fuerte se publicó originalmente en FEE.

Cuando se piensa en América Latina, la mayoría de la gente piensa inmediatamente en sus gigantes: Brasil, Argentina, Chile y Colombia. Grandes culturas, grandes economías y una notable presencia en los asuntos internacionales. Pero un nuevo actor ha ido apareciendo cada vez más en el escenario mundial: el Paraguay.

Este pequeño país sin litoral de casi siete millones de habitantes, situado en el corazón de Sudamérica, ha sido históricamente ignorado en la economía y la diplomacia internacionales. Sin embargo, a pesar de su tamaño y relativa oscuridad, Paraguay está empezando a descifrar la fórmula del éxito económico.

El informe del Banco Mundial de septiembre de 2024, «Paraguay: de país sin litoral a tierra de oportunidades», destaca este cambio. Paraguay comenzó el año con el mayor crecimiento del PIB de América Latina.

Fitch Ratings también ha comentado sobre el reciente crecimiento del país. «Las grandes inversiones apoyan la diversificación económica de Paraguay, lo que podría ayudar a mitigar la vulnerabilidad climática», señaló al reafirmar la calificación de inversión BB+ del país con una perspectiva estable. Con casi 10 000 millones de dólares en inversión extranjera solo en 2024, un 4,1 % más que en 2023, está claro que los ojos internacionales se están volcando hacia Paraguay. Pero, ¿cómo lo está consiguiendo exactamente esta pequeña nación? Destacan tres elementos en particular.

Impuestos bajos

Paraguay entiende el poder de la inversión y el comercio, por lo que ha adoptado mercados abiertos y una baja carga fiscal. El país aplica el modelo «10-10-10», que hace referencia a su impuesto de sociedades del 10 %, su impuesto sobre la renta de las personas físicas del 10 % y su impuesto sobre el valor añadido (IVA) del 10 %. Este enfoque favorable a las empresas ha convertido a Paraguay en el país con los tipos impositivos más bajos de Sudamérica, lo que añade valor a su mercado y atrae a inversores extranjeros.

Otra política destacada es su sistema fiscal territorial, que impone un tipo del 0 % a los ingresos procedentes del extranjero, lo que supone un gran atractivo para los trabajadores remotos y los empresarios internacionales. En cuanto a las exportaciones, Paraguay ha integrado el «régimen de maquila», lo que significa que cualquier producto producido, envasado o fabricado dentro de sus fronteras está exento de impuestos de exportación.

Con unos impuestos que representan solo el 14 % del PIB, Paraguay obtuvo recientemente una puntuación de 96/100 en la carga fiscal en el Índice de Libertad Económica de la Heritage Foundation, la más alta de América Latina.

Mercados abiertos

Paraguay también ha adoptado los mercados abiertos, manteniendo un tipo arancelario medio de solo el 6,4 %. La inversión extranjera no se enfrenta a ningún control restrictivo y las entidades internacionales son libres de poseer propiedades. Desde 2008, el número de países con inversiones directas en Paraguay ha aumentado en más de un 50 %, siendo los inversores más importantes Estados Unidos, España y Brasil, junto con la creciente participación de Chile, Países Bajos, Luxemburgo y Panamá.

Si bien la agricultura y la ganadería siguen siendo pilares fundamentales de la economía de Paraguay, las inversiones internacionales ahora se extienden mucho más allá de estos sectores. El capital fluye hacia infraestructura, finanzas, energía renovable, transporte, industrias creativas, bienes raíces, productos químicos e incluso nuevas empresas. Estos avances se evidencian en la reciente creación de PARCAPY (Asociación Paraguaya de Capital de Riesgo).

Paraguay ha aprendido una lección crucial: los mercados abiertos, el comercio y una regulación mínima allanan el camino para el crecimiento. Los resultados hablan por sí solos. Según la REDIEX, la Red de Inversiones y Exportaciones de Paraguay, 370 empresas de diversos sectores entraron en Paraguay solo en los primeros cinco meses de 2024, lo que supone un aumento del 130 % en comparación con el mismo periodo de 2023.

Poca interferencia gubernamental

Según el Banco Mundial, Paraguay destina solo entre el 3 y el 4 % de su PIB a servicios públicos, una cifra significativamente inferior a los promedios mundiales y regionales. De hecho, el Banco Mundial sugiere que Paraguay necesitaría aumentar el gasto en un 7 % del PIB solo para cumplir los llamados Objetivos de Desarrollo Sostenible. Los intervencionistas pueden ver esto como una crisis, pero para aquellos de nosotros que valoramos la libertad, es una característica, no un defecto.

Donde el gobierno está ausente, o simplemente es demasiado ineficiente para interferir, la iniciativa privada interviene. Y como la historia ha demostrado repetidamente, los mercados resuelven los problemas de manera mucho más eficaz que los burócratas.

Un buen ejemplo es el sector energético. Mientras que los países con energía nacionalizada, como Bolivia, están plagados de escasez de combustible y adulteración química, Paraguay ha adoptado un enfoque diferente: permitir la propiedad privada y la distribución de petróleo. Además, ha adoptado proyectos de energía alternativa, fomentando un ecosistema de innovación. Empresas como Cremer Oleo, Omega Green e incluso empresas de vanguardia como las plantas de pirólisis de BIT (Bolivian Industrial Technologies), que convierten los residuos plásticos en aceites utilizables, están prosperando en el ambicioso mercado libre de Paraguay.

Áreas de mejora

Paraguay ha hecho avances impresionantes en la reducción de la intervención gubernamental y la apertura de sus mercados, pero la estabilidad institucional sigue siendo un gran desafío. Según la Red Liberal de América Latina (RELIAL), Paraguay ocupa el puesto 103 de 174 en calidad institucional. El crecimiento económico sostenido depende de reglas claras y predecibles y de un marco legal y regulatorio estable. Esto permite a las personas planificar, innovar y asumir riesgos, todos ellos impulsores institucionales esenciales de la prosperidad a largo plazo.

La debilidad de Paraguay en este ámbito es evidente en la evaluación del Estado de derecho de Paraguay realizada por la Heritage Foundation. El país se sitúa por debajo de la media mundial en áreas clave como los derechos de propiedad, la eficacia judicial y la integridad gubernamental. Una base institucional débil disuade la inversión y frena el crecimiento del sector privado, lo que en última instancia amenaza el impulso económico de Paraguay. Si Paraguay quiere consolidarse como una verdadera tierra de oportunidades, el fortalecimiento de sus instituciones debería ser su próxima prioridad.

El escenario está preparado para el milagro paraguayo

Paraguay está, sin lugar a dudas, en el camino correcto hacia el éxito. Con mercados relativamente abiertos, baja intervención y mínima regulación, el país ha creado un terreno fértil para la inversión, la innovación tecnológica y la expansión empresarial, factores clave detrás de su impresionante crecimiento económico en los últimos 3 a 5 años.

Sin embargo, para asegurar la prosperidad a largo plazo, Paraguay debe fortalecer sus instituciones. Un Estado de derecho débil, procedimientos legales burocráticos y una aplicación deficiente de la ley crean incertidumbre, lo que socava el dinamismo económico que ha puesto al país en el mapa. Además, las fuerzas del intervencionismo y el estatismo deben mantenerse a raya: la historia ha demostrado una y otra vez que incluso las economías más prometedoras pueden descarrilarse por malas políticas e intervención gubernamental.

Pero si Paraguay mantiene el rumbo y refuerza su compromiso con la libertad económica, el milagro paraguayo no será solo una posibilidad, sino algo inevitable.

En defensa de la competencia desleal

Por Kristian Niemietz. El artículo en defensa de la competencia desleal fue publicado originalmente en el IEA.

Como economista de libre mercado, hablo mucho de competencia. De todos los argumentos a favor de una economía de mercado, el de la competencia es probablemente el más fácil de defender cuando se habla ante un público hostil. (Y no nos engañemos: hoy en día, todo público es un público hostil). Tiene mucho más sentido intuitivo para la mayoría de la gente que, por ejemplo, el argumento de que los precios son señales de escasez y no un barómetro de la «avaricia», o que los inmigrantes no están «robando nuestros puestos de trabajo» porque el número de puestos de trabajo en una economía no es fijo. Incluso a los socialistas les gusta la competencia en el deporte, así que he aquí una idea descabellada: ¿por qué no tener competencia también en el suministro de bienes y servicios?

Pero el hecho de que tendamos a pensar en la competencia de mercado como algo análogo a una competición deportiva también tiene sus inconvenientes. Porque en realidad no se parecen mucho. La competencia de mercado no es un fin en sí misma. El fin es el suministro de bienes y servicios que gusten a la gente y por los que estén dispuestos a pagar. En cambio, en los deportes para espectadores, la propia competición es el producto final. Queremos ver cómo se desarrolla el proceso competitivo.

Esto tiene varias implicaciones. En una competición deportiva, queremos que los competidores tengan una capacidad de rendimiento más o menos similar, porque si desde el principio es obvio quién va a ser el ganador, el atractivo disminuye considerablemente. Por eso organizamos las competiciones deportivas de manera que esto no resulte obvio. Por ejemplo, en los deportes en los que la fuerza física es importante, los hombres y las mujeres compiten en ligas separadas; en el boxeo, hay diferentes categorías de peso, y así sucesivamente.

Cuando la competición en sí es el fin, también tenemos un fuerte sentido del juego limpio. Nos molestan los participantes que disfrutan de una ventaja que consideramos inmerecida. Queremos igualdad de condiciones. Por eso es controvertida la cuestión de los atletas transgénero biológicamente masculinos que participan en deportes femeninos. Los críticos argumentan que ser biológicamente varón constituye una ventaja injusta. También arruina el juego, porque hace más fácil predecir quién va a ser el ganador.

Pero sería inadecuado aplicar esta lógica a la competencia en el mercado. Supongamos que una empresa de construcción tuviera una plantilla predominantemente femenina. En la construcción, la fuerza física importa al menos tanto como en la natación, por ejemplo. Pero, ¿consideraría «injusto» que una empresa de este tipo tuviera que competir con empresas de construcción con una mano de obra predominantemente masculina? ¿Afirmaría que el Estado debería crear mercados separados, de modo que una empresa de construcción de mujeres sólo tenga que competir con otras empresas de construcción de mujeres? ¿Debería el gobierno crear «igualdad de condiciones»?

Por supuesto que no. La diferencia entre la competencia en el mercado y la competición deportiva es que, en la provisión de bienes y servicios como la construcción, el proceso competitivo no es, en sí mismo, observable ni agradable de ver. No forma parte del producto final, y es el producto final lo que importa a los consumidores. Si los hombres disfrutan de una ventaja evidente en la construcción, entonces son ellos quienes deben hacerlo. Si eso es «justo» o no, no es ni aquí ni allí. La competencia entre viticultores ingleses y españoles tampoco es «justa». No es culpa de los viticultores ingleses que Inglaterra tenga un clima tan horrible, y los viticultores españoles no han hecho nada para merecer todas esas horas extra de sol que reciben. Si de alguna manera pudiéramos convertir la viticultura en un deporte para espectadores, entonces sí, probablemente querríamos que los viticultores ingleses compitieran con otros viticultores ingleses, y los viticultores españoles con otros viticultores españoles. Pero mientras sólo nos importe el producto final, el hecho de que España disfrute de una ventaja tan obvia significa que la viticultura debería darse mayoritariamente en España, no en Inglaterra.

Cuando una persona, empresa, modelo de negocio, región o país supera a otro en el mercado, no necesitamos saber por qué exactamente. No necesitamos averiguar si se debe a ventajas «merecidas» o «inmerecidas». Intentarlo significaría aplicar la lógica de una competición deportiva a la competencia en el mercado. Podríamos llamarlo la falacia de la competición deportiva.

Y es una falacia que tiene implicaciones políticas reales, en la medida en que inspira políticas reales. Un ejemplo contemporáneo es el «impuesto sobre las ventas digitales». Según sus partidarios, los minoristas en línea disfrutan de una ventaja «injusta» sobre las tiendas de las calles principales, porque estas últimas tienen que pagar alquileres en el centro de las ciudades, mientras que los primeros no necesitan locales físicos (aparte de un almacén que puede estar en cualquier parte). Por tanto, un impuesto sobre las ventas digitales de los minoristas en línea «crearía igualdad de condiciones». Eso sería justo si la competencia entre los minoristas de la calle principal y los minoristas en línea fuera un deporte para espectadores que disfrutamos viendo. Pero no lo es. Es un medio para hacer llegar los productos a los consumidores. Si los minoristas en línea pueden hacerlo sin necesidad de ocupar inmuebles de primera categoría, así es como debe hacerse (a menos, claro está, que los consumidores valoren la experiencia de compra in situ por sí misma).