Ir al contenido principal

Realidad virtual

En mi entorno es cada vez mayor el número de incrédulos que ponen en duda todo lo que dicen los medios de comunicación y que llegan incluso a desconfiar de casi todo lo que la mayoría toma por sucesos -recientes, o no- realmente acontecidos, salvo cuando ellos intervienen directamente en ellos, que es, claro, muy pocas veces.

Es angustioso vivir en la sospecha o el recelo permanente, cuando nuestra vida, lo queramos o no, es una sucesión continua de actos que requieren fe. Si no una fe en un Dios superior, sí al menos en nuestra memoria, nuestros sentidos y, aunque quizás en menor grado, también en quienes nos rodean.

La tecnología parece que está jugando en contra -o a favor, según se mire- de la legión, cada vez mayor, de descreídos: no es ya que un menor, ni siquiera adolescente, sea capaz de manipular fácilmente una imagen para hacerle decir o parecer lo que ni dice ni parece en realidad; es que la inteligencia artificial, motu proprio, y sin casi ayuda, edita vídeos falsos, de personas aparentemente reales, a partir de vídeos o imágenes ya existentes (con una técnica conocida como “deepfake”).

En un mundo en el que nuestra realidad depende, cada vez más, de lo que aparece en las pantallas y micrófonos de nuestros teléfonos y ordenadores, y en el que las bases de datos -con vídeos, audios e imágenes cedidas alegre e ingenuamente- son cada vez mayores y más numerosas, el futuro que se nos presenta, para cuando estas técnicas estén bien afinadas -más pronto que tarde- se antoja terrorífico.

Hay quienes dicen que la realidad está formada por infinitos mundos paralelos de los que no somos conscientes y que nos cuesta imaginar. A lo mejor en no mucho tiempo empezamos a tener una idea aproximada de lo que ello significa. Quizás para entonces la secta descreída esté formada por todos y cada uno de nosotros y sólo los frikis desclasados paranoicos sean los que prefieran vivir sin recelar. El problema para la mayoría será que la desconfianza permanente radical es angustiosa y sólo invita a cerrar los ojos y quedarse en casa… con consecuencias similares a las del asno de Buridán.

Dicen algunos que nuestra civilización partió de un sano escepticismo, de una desconfianza en lo aparente que nos mostraban los sentidos: si realmente sólo con esos mimbres hemos llegado adonde estamos… no quiero ni imaginar adónde vamos a ser capaces de llegar.

El auge del radicalismo

En el interesante libro, en dos volúmenes, de Peter H. Wilson, “La Guerra de los Treinta Años. Una tragedia europea 1618-1630”, el autor hace un análisis previo sobre las circunstancias, tanto históricas como sociales, en las que nace el conflicto. Una de las tesis del autor es que, si bien el peso de la religión y de las diversas iglesias que lucharon es importante, ya que daba contexto a los conflictos en ese periodo de la historia, no se debe reducir el peso de los intereses políticos del Imperio, reinos y principados que, directa o indirectamente, intervinieron y, sobre todo, no puede dejarse de lado la postura radical, incluso fundamentalista, de muchos de los que participaron y lideraron los bandos en la guerra que asoló Europa (junto a otras) durante tres décadas y que produjo cambios determinantes en el devenir de Occidente.

Wilson divide entre creyentes moderados y creyentes radicales, sin caer en el error de considerar que los moderados fueran más laicistas, razonables o racionales, sino más pragmáticos a la hora de actuar, al ver su objetivo, su utopía, más distante. Los radicales, sin embargo, contemplaban sus metas más cercanas y estaban dispuestos a una estrategia más frentista y violenta que los moderados, por lo general más partidarios de la mesura. Era Dios quien guiaba las acciones de los radicales, así que no les temblaba el pulso a la hora de ser contundentes, pues era una cuestión de lo que estaba bien y mal, sin gamas de grises en medio.

Sostiene Wilson que las normas y comportamientos de los radicales en esta guerra eran presentadas como “absolutos” con origen divino, dogmas, mandamientos que ayudaban a conseguir las únicas sociedades y gobiernos posibles y la victoria les pertenecía por derecho. El enemigo era, no pocas veces, demonizado y, en algunos casos, incluso se le arrebataba su condición de ser humano, lo que justificaba el uso de la fuerza extrema, eliminando cualquier posibilidad de diálogo y compromiso. Además, consideraban que los males de los actos de unos y otros (muertes, destrucción, robos, etc.) eran sólo achacables al enemigo, sin importar quién los perpetrara.

Sin embargo, ser radical tenía una serie de desventajas a la hora de conseguir éxito. Los más fundamentalistas eran capaces de asumir riesgos cada vez más extremos, al considerarse guiados por Dios, lo que también podía producir desastres muy sonados. Sentirse guiado por Dios, la Verdad, la Razón, la Lógica o el Universo puede ayudar a tener una actitud más optimista ante un conflicto o un reto, pero no asegura la victoria, sobre todo, en la guerra. Un dogma absoluto en un momento inadecuado puede poner en jaque toda una campaña o una carrera política o militar. Su tendencia a despreciar al enemigo suponía perder mucha información sobre él, que luego podía ser determinante. También nos dice Wilson que los radicales nunca fueron una mayoría, pero es verdad que su actitud les dio cierta preminencia y visibilidad a ojos ajenos, pero que sería un error ver la guerra a través de sus acciones e interpretaciones en exclusiva.

La lectura de esta parte del libro me ha llevado a reflexionar sobre la situación política y social actual, de cómo estamos asistiendo también a un auge del radicalismo. Es cierto que los radicales no son los más, pero sí que son muy visibles, como ocurrió en la Guerra de los Treinta Años, y, dada la capacidad actual de contactar mejor con la población a través de las nuevas tecnologías, los medios de comunicación y las redes sociales, tienen más posibilidad de atraer masas (la mayoría online) en todo el globo. Hay radicales de todo tipo: políticos, culturales, deportivos, sociales y no están ligados, necesariamente, a una ideología política concreta o a un partido. Todos tienen sus radicales, ya que el radicalismo es una actitud que surge del temperamento de cada uno, aunque algunas ideas políticas o ciertas actividades lo alimenten mejor.

Fijémonos en España en las últimas décadas. La idea básica de la política a finales de los setenta y en los ochenta del siglo XX era llegar a acuerdos, olvidar el pasado, superar las diferencias que existían, conseguir un orden social y político nuevo que dejara el pasado en el pasado y permitiera afrontar el futuro juntos, se buscaba el consenso y había una tendencia a abrazar lo que unía, incluso dejando aparte ideas que, a nivel individual, podían ser importantes. En los primeros años del siglo XXI, esta tendencia se fue atemperando y volvieron las diferencias, que nunca se habían ido, pero que habían perdido importancia. La izquierda desenterró los monstruos del pasado, ya fueran reales o ficticios, y los puso en el candelero. La derecha, siempre reactiva, terminó tomando el testigo y optó por ahondar en la diferencia como su adversario. No es casualidad que una y otra estén separadas en varios partidos que entran en conflicto con frecuencia.

Piénsese en el nacionalismo y el independentismo, en los años 70 y 80 del siglo XX; los radicales eran los terroristas, como la ETA, el FRAC, el GRAPO, Terra Lliure o partidos políticos de escaso recorrido parlamentario. En la actualidad, los partidos más radicales se han hecho grandes y los que no lo eran han tenido que cambiar sus discursos e incluso su ideología para poder seguir en política y no desaparecer. Los radicales de izquierda, que en el siglo pasado eran minúsculos (aunque muy dañinos) grupos antisistema, están ahora agrupados en Unidas Podemos y, con la parte más extremista del PSOE, gobiernan España con la aquiescencia de millones de personas. VOX o el PP ahondan en las diferencias, cuando realmente hasta hace unos años eran uno; mientras que Ciudadanos se niega a negociar con el primero al asumir el discurso de la izquierda de que son fascistas y con estos no se puede ni hablar. Se les niega su condición de individuos políticos, igual que el independentismo niega la condición de individuos políticos a los que no son de su cuerda.

Las mismas redes sociales, que hace unos años nacieron con la intención de unir gente de todo el mundo, superando barreras, fronteras, etnias, géneros y hasta color del pelo, a través de la creación de una especie de sociedad virtual, donde todos podríamos compartir ideas, gustos y tendencias, se han convertido en un campo de batalla donde se incide en la diferencia y la exclusión. Los principales empresarios que dirigen estas redes han elegido bando y se dedican a dificultar o censurar a aquellos de sus clientes (personas con cuentas) que dicen o expresan cosas que no les parecen adecuadas. Unas veces se excusan en que son propietarios de su empresa y hacen lo que quieren y otras, en que quieren un entorno seguro en el que nadie (menos a los que censuran) se sienta agredido. Da la sensación de que Twitter y, en menor medida, Facebook, se han convertido en las redes sociales del odio, donde se expresan de forma anónima o semi anónima ideas y opiniones que antes, por simple educación o por incapacidad de encontrar al odiado, no se proferían. Millones de personas abandonan unas y buscan otras porque no pueden vivir virtualmente al lado de alguien que tiene ideas contrarias a las suyas.

La propia legislación, que desde los años 60 del siglo pasado nacía con un espíritu integrador y universal, ha ido derivando hacia posiciones cada vez más radicales en las que las normas se hacen en contra de alguien, con la excusa de corregir errores pasados y de que grupos favorecidos pierdan este favoritismo y se asigne a los que hasta el momento eran o se sentían agraviados o apartados. Estas normas se presentan como “absolutos”, soluciones definitivas para cualquier situación, algunas de las cuales ya están más o menos solucionadas. Estas normas o leyes (dogmas, al fin y al cabo) nacen, no pocas veces, de la ideología y parecen negar, no solo las tradiciones o lo alcanzado por otros medios, sino también las leyes naturales. La polémica surgida entre la ley que propone Unidas Podemos para el colectivo transexual y las leyes que existen ya, muchas trabajadas por los colectivos feministas, han entrado en colisión y enfrentan a los más radicales de los colectivos, ante la sorpresa de los moderados.

Internacionalmente, asistimos a un proceso en el que el radicalismo político ha encontrado siempre un buen nicho. Estados Unidos sigue siendo la potencia hegemónica en el mundo, pero ya no lo es como hace 20 años. El atentado del 11 de septiembre de 2001 y las guerras en las que se implicó después han propiciado que, poco a poco, abandone su papel de policía global. No es que no pueda volver a serlo, sino que creo que está demasiado roto por dentro como para que pueda seguir ejerciéndolo como antes de la era Obama. El resultado es que potencias regionales como China o la Rusia surgida de la debacle de la URSS piden un lugar bajo el sol, lo mismo que pedía el imperio alemán al británico unos años antes del estallido de la Gran Guerra. Estos periodos suelen ser aprovechados por líderes políticos que muestran voluntad a la hora de ocupar estos espacios que quedan libres, líderes que asumen riesgos y se muestran intolerantes con los adversarios, porque saben que cualquier duda puede ser aprovechada por el enemigo, ya sea externo o interno. Las épocas de radicalismo global suelen estar acompañadas de grandes conflictos entre países, conflictos que pueden derivar en enfrentamientos bélicos difíciles de impedir.

La pregunta que me surge es qué cabida tienen las ideas de la libertad en un panorama tan poco halagüeño. Voy a tirar de tópico y decir que es complicado. Como he dicho antes, los radicales, los fundamentalistas no son exclusivos de ninguna ideología y existen dentro del mundo liberal. En el fondo, basta con adoptar una forma de vida o asumir como dogma una serie de ideas y vivir con ellas, en todos los aspectos vitales hasta las últimas consecuencias. Me atrevo a decir que esta gente será muy solitaria, pero lo mismo me equivoco, pues existen las redes sociales y ahora es más fácil encontrar similares. Tampoco es necesario llegar a este punto y, de vez en cuando, se puede hacer una reflexión de cuán feliz es cada uno y cómo conseguir serlo más.

No es este tipo de radicalismo el que me preocupa. Un liberal radical no es un peligro para nadie. Me preocupa cómo encajan las ideas liberales en un mundo cada vez más radicalizado y polarizado, con ideas nada cercanas a las que defiende. El liberalismo, como ideario político, siempre me ha parecido muy difícil de vender, porque supone aceptar el esfuerzo, la incertidumbre y el riesgo, y esas son tres facetas a las que el ser humano es arisco, casi alérgico, por más que sea su aceptación un pilar básico para tener más posibilidad de éxito en la vida. Sea lo que sea eso del éxito.

Un radical que no suscriba las ideas liberales no se acercará a ellas, por lo general, salvo si ve alguna ventaja estratégica en su adopción de cara a conseguir sus objetivos, pero no a sustituirlos. Una democracia liberal puede ser un buen sistema para acceder al poder para un partido totalitario y, durante un tiempo, la defenderá, porque le puede servir. Una vez haya llegado, intentará eliminarla o manipularla, dándole forma hasta que sea una caricatura útil a sus intereses. Otro ejemplo es que ese mismo partido defenderá la libertad de expresión mientras le interese y luego creará leyes que la limiten. Ideales básicos liberales como el respeto a la libertad o la propiedad, cumplir los acuerdos firmados, serán manipulados por estas personas (aunque a eso ya estamos acostumbrados). Un radical tiende a tener razón, está en su naturaleza. Un radical aupado al poder, en el mejor de los casos, rechazará ciertas ideas y las acciones que propician si le parecen molestas, o en el peor, intentará erradicarlas. Las ideas de la libertad suelen ser molestas porque tocan la fibra del poderoso y dan más libertad al individuo, lo que socava el estatus del primero.

Las ideas de la libertad habitualmente han estado presentes en universidades, foros intelectuales, colegios, pero también en negociaciones políticas, comerciales y sociales a lo largo de siglos y se han expuesto y han buscado lugar donde han podido o donde les han dejado. Sin embargo, en un mundo dominado por los radicales, su existencia no es fácil. No puedo ser muy optimista esta vez.

Gracias, Rubius

El Rubius se ha ido a Andorra por motivos que, en parte, tienen que ver con la menor fiscalidad de nuestro país vecino. Él ha expuesto sus razones, y yo recomiendo a cualquiera que tenga un mínimo interés por el asunto que las lea hasta el final. A mí, su decisión de vivir en otro lado y la reacción que ésta ha provocado me sugieren varias ideas.

Él puede dedicarse a ganar dinero como le dé la gana. Rubén Doblas ha tenido el talento de tener a 40 millones de personas dispuestas a pagar una pequeña cantidad por escuchar lo que dice. Todo lo que ingresa son aportaciones voluntarias de personas que valoran lo que hace. 

Del mismo modo, tiene derecho a establecer su residencia permanente donde le plazca, y por los motivos que quiera. Es su vida, no la de la miríada de personas que se creen con el derecho de elegir dónde deben vivir los demás.

Andorra tiene el derecho a elegir la política fiscal que quiera. No está claro que la democracia pueda sobrevivir a la legión de demócratas que no asumen el derecho de un pueblo de votar como a ellos no les gusta. Por el momento, la democracia andorrana sobrevive.

Cualquier impuesto que proceda de la renta, o que no grave otra cosa que no sea el consumo, me parece un error. Cualquier impuesto que le quite a un ciudadano más de un diez por ciento de lo que produce me parece moralmente inasumible. 

El Rubius ha estado diez años aportando la mitad de lo que ganaba al Estado español. La práctica totalidad de quienes le critican necesitarían varias vidas para aportar una cantidad igual. Resulta ridículo oírles decir que su decisión de pagar impuestos en otro país pone en riesgo unos servicios públicos cuyo uso él ha pagado decenas de veces.

Un Estado puede atender las necesidades más básicas de un país con unos impuestos bajos. Ni toda su actividad se justifica por sí misma, ni está dedicada a atender a los ciudadanos con más dificultades. Hay una parte de los españoles que viven a costa del resto simplemente porque están amparados por el proceso político. Y eso sí es injusto.

La patria no se puede confundir con la sumisión al Estado. La patria es el acervo de la historia en común de los españoles, y sus frutos. Muchos de quienes la aborrecen, quizás porque han aprendido a hacerlo desde el colegio, ahora se acuerdan de ella con la sola esperanza de beneficiarse del talento ajeno. Una actitud muy poco patriótica. Me parece más patriótico defender tu propiedad de las manos de los políticos. Yo le doy las gracias.

La envidia no es patriotismo. Y la disposición a ser un parásito a costa de ser sumiso, tampoco permite hacer invocaciones a la ética.

La praxeología en una caja de bolas

La principal característica distintiva entre la teoría económica dominante (ya sabéis que me gusta llamarla mainstream) y la teoría austriaca, y que posiblemente sirva para explicar todas las demás diferencias, es la metodología. Me refiero al método utilizado para contrastar, no tanto para desarrollar, las hipótesis formuladas.

El punto de partida en ambos casos es el mismo: la observación de los fenómenos económicos. O sea, que en ambos casos se parte de una observación empírica que el científico tratará de explicar, para lo cual formulará diversas hipótesis. La cuestión metodológica diferencial entre la escuela Austriaca y el mainstream es cómo contrastar tales hipótesis.

Pues bien, en el mundo mainstream se piensa que la teoría económica es, o debería ser, como las ciencias naturales. Por tanto, el contraste de la hipótesis se habría de hacer con experimentos. Como esto no es posible en general en las ciencias sociales[1] (¿cómo reproducir completamente las condiciones iniciales?), sus procedimientos pasan por acumular datos históricos más o menos relevantes al caso, y aplicar técnicas econométricas para buscar parámetros que los relacionen. Ni qué decir tiene que esto presenta muchos problemas epistemológicos, a los que muchos grandes autores se han referido y sobre los que no procede que yo aquí me repita, y que todos tienen el mismo origen: el motor de la economía es el ser humano, y el ser humano es esencialmente cambiante, por lo que no hay forma de asumir la permanencia en las relaciones entre las distintas variables económicas, algo que sí ocurre en las ciencias naturales.

Conscientes del punto al que me acabo de referir, la escuela austriaca utiliza un enfoque metodológicamente opuesto. Dado que es el individuo la causa última de los fenómenos económicos, el contraste de las hipótesis se hace por deducción lógica desde una verdad inicial axiomática: “El individuo actúa”. Digamos que el economista austriaco propone un desarrollo lógico a partir de tal premisa para explicar el fenómeno observado, y el contraste consiste en examinar que no haya errores en el proceso lógico explicitado. Si no se detectan errores, la hipótesis queda verificada y tenemos una teoría. El problema de la teoría así desarrollada es, por supuesto, que no puede ser ni validada ni refutada por las observaciones empíricas. O sea, es cierta pase lo que pase, lo que no le gusta a la gente científica.

¿Es esto una debilidad o una fortaleza de la praxeología (que así se llama la metodología que acabo de describir)? Para unas cosas una fortaleza, para otras una debilidad, como casi todo en esta vida. Esta metodología aleja a la teoría económica de las ciencias naturales, lo que para muchos es malo al perderse el contraste con la realidad; pero la acerca a otras disciplinas igualmente prestigiosas, como las matemáticas y la lógica, ambas, por cierto, fundamentales para el desarrollo de las ciencias naturales.

En efecto, las matemáticas también son una ciencia apriorística, que no requiere observaciones para su contraste. Todas las matemáticas están implícitas, por así decirlo, en nuestra mente. Si no las conocemos, no es porque no existan ya, sino porque aún no las hemos desarrollado.  ¿Qué motiva el desarrollo de las matemáticas? Pues muchas cosas, pero no es la menor de las cuales el hecho de que nos sirvan de herramienta para tratar con fenómenos físicos complejos.

Cuando uno estudia topología, por ejemplo, se encuentra con construcciones de difícil aplicación práctica. ¿Para qué sirve hablar de bolas cerradas, conjuntos conexos o conjuntos compactos? Yo no lo sé. Pero luego resulta que muchas de estas cosas terribles (para el estudiante de Cálculo) se desarrollaron, por ejemplo, para poder estudiar mecánica cuántica. Los ejemplos son irrelevantes: lo importante es que esas construcciones preexistían en nuestras cabezas, y si no habían aflorado era porque nadie se estaba planteando el estudio de partículas invisibles en el núcleo de otras partículas menos invisibles. Y lo cierto es que  nadie ha exigido de esas matemáticas que sean contrastadas con las observaciones reales.

Exactamente lo mismo ocurre con la praxeología: toda está ya en nuestra mente, pero solo lo afloramos cuando necesitamos explicar un fenómeno económico. Sin embargo, por razones que tampoco me entretendré en apuntar, a la praxeología sí se le exige un contraste continúo imposible para afirmar su validez. Y con esto llego ya a la caja de bolas, que creo me permitirá ilustrar con claridad el problema que apunto.

Partimos de una hipótesis matemática (que sabemos que es verdad, al menos cuando se expresa en números con bases superiores a 5[2]): 2+2 = 4. Vamos a contrastarla empíricamente. Para ello, tomamos una caja opaca, con su tapa. Metemos primero dos bolas en la caja. A continuación, metemos otras dos. Finalmente, abrimos la caja. Y resulta que al abrir la caja, solo hay tres bolas.

¿Alguien diría que el experimento ha invalidado la hipótesis? Por supuesto que no: todo el mundo acepta que 2+2=4 y por muchas veces que este “experimento” salga mal, aunque saliera mal absolutamente todas las veces, seguiremos sabiendo que 2+2=4 y buscaremos explicaciones alternativas para el hecho de que al final del proceso solo haya 3 bolas. Quizá una se ha caído, quizá no la metiste, quizá no la has visto. Todos sabemos que algo extraño ha pasado, y que 2+2 siguen siendo 4. 

Pues, por increíble que pueda parecer, es lo mismo que ocurre con la teoría económica desarrollada por medio de praxeología. Cualquier análisis que se haga sobre, por ejemplo, la subida del salario mínimo interprofesional demuestra que ceteris paribus se incrementará el desempleo. Eso es así, no hay posible discusión, es una verdad implícita en nuestros cerebros y bien implícita está, pues posiblemente la raza humana se hubiera extinguido hace muchos años sin esta verdad implícita, lo mismo que lo hubiera hecho si hiciera mal las sumas.

Si ante una subida del salario mínimo se observa que se crea más empleo (en terminología de caja de bolas, que solo hay 3), uno no debería dudar del teorema de arriba (pues 2+2 siguen siendo 4), si no preguntarse qué ha pasado para que dicha subida haya coincidido con un incremento en la creación de empleo. De ello es inmediato saber que el empleo hubiera crecido aún más si no se hubiera subido el salario mínimo, y, en esencia, que el salario mínimo destruye empleo, algo que a la mayor parte de la gente le parece mal.

Pero claro, esto es lo que no aceptan los economistas mainstream, ni los políticos, porque en ambos casos sus posibilidades de actuar para mejorar el “bienestar social” quedarían reducidas a su mínima expresión, y el chanchullo revelado. Y es que los políticos no necesitan científicos ni ciencia, solo necesitan cortesanos que les digan lo que quieren oír. Y me temo que para esto no valen ni las matemáticas ni la lógica, ni tampoco la praxeología.


[1] Conviene no olvidar aquí la llamada economía experimental, en que se realizan observaciones de laboratorio sobre el comportamiento económico de los individuos. Creo que los resultados pueden en muchos casos ser esclarecedores, máxime si se emplean técnicas que permiten la interacción de grupos grandes de personas, pero en ningún caso permitirán contrastar las hipótesis con un nivel por así decirlo “científico”.

[2] Hago esta puntualización para anticiparme a los listillos que puedan decir que, por ejemplo, en base 3, 2+2 = 1.

¿Por qué Hacienda trató a ‘El Rubius’ “como si fuera un delincuente”?

Llevo estos 10 años de youtuber pagando casi la mitad de lo que he ganado en impuestos. 10 años. Y estoy muy contento de haberlos pagado. Lo que me molesta es que, aunque lleve desde el día uno haciendo las cosas bien y de manera legal, como, sin duda, deben de hacerse, Hacienda me haya tratado como si fuera un ‘delincuente’. Desde ese primer día, he estado sometido a inspecciones fiscales, se han emitido notificaciones al resto de Haciendas europeas y de EE.UU para ver si tenía ‘cuentas corrientes ocultas’, me han puesto sanciones por no atender a requerimientos que nunca llegaron, y un largo etcétera.

Estas prácticas son consustanciales a la forma en que Hacienda trata a miles y miles de autónomos, miles y miles de veces más pequeños, y por tanto más indefensos, que yo. ¿Por qué no se habla de esto en los medios de comunicación?

Comunicado de El Rubius en TwitLonger

Todo el mundo centrado en si en Andorra se pagan o no más impuestos que en España, en si los youtubers son unos egoístas, en si de verdad vivirán o no en el Principado pirenaico… pero respecto a lo que el implicado ha dicho en realidad, apenas nadie dice nada.

Estoy seguro de que pagar menos a Hacienda ha sido un incentivo (de eso va esta columna, de incentivos) para la mudanza de estos chicos. Y no me creo que esté “muy contento de haber pagado” la mitad de lo que ganaba en impuestos. Pero nos engañaríamos si pensáramos que el único motivo de queja tiene que ver con el tipo marginal del IRPF.

Algunos comentarios de asesores, abogados o gestores de empresas familiares con los que hemos hablado esta semana.

  • “A ellos les da igual lo que a ti te suponga: se sientan en su despacho y desde su silla te requieren lo que se les pasa por la cabeza. Y te piden de todo y tú te tiras semanas buscando documentación que en muchos casos o no necesitan o ya deberían tener”
  • “Mi cliente nos pidió que lo hiciéramos todo bien. De hecho, es lo que hace la mayoría. ‘Por favor’, nos dijo, ‘que no haya ningún fallo en nada de esto’. Pues bien, el otro día nos sentamos tres personas que nos dedicamos a esto (fiscalista, asesor, gestor) a hacer la declaración. Y entre los tres no sabíamos cómo clasificar una factura porque la compraventa estaba sometida a varias normas que han cambiado en los últimos meses. Al final, la hicimos pero sin ninguna seguridad de que aquello esté bien”
  • “¿Tú sabes el desgaste que esto supone? ¿Y las pérdidas para el negocio? Se supone que mi trabajo es gestionar las empresas de mis clientes. Pero el 50% de mi tiempo se marcha en atender a Hacienda”
  • “Entran como un elefante en una cacharrería. Y te tratan igual si has cometido una ilegalidad flagrante que si es un error o un problema de interpretación. Yo lo he hablado con algún inspector sensato, que hay muchos. Pero hay otros que llegan y te dicen ‘Sí, tienes razón que esto podría interpretarse así; pero yo lo interpreto de esta otra forma y me da igual que tu interpretación sea lógica’. Bien, incluso así, acepto la multa. Pero hombre, la consecuencia no puede ser igual que si me salto la norma por la cara. Está claro que he intentado cumplir y que he hecho una interpretación razonable de la ley. Pero les da igual: el resultado es el mismo y su actitud, en muchos casos, también”
  • “Muchos de mis clientes pagan incluso aunque sepan que tienen razón. Lo que queremos es que se vayan ya y que el proceso acabe. Pagas para quitártelos de encima”
  • “Un caso concreto: una petición de información que nos tuvo varios días trabajando. Vamos a la oficina de la AEAT con todos los papeles. Se los mostramos. Todo en regla. ¿Y sabes lo que hizo? Ni se inmutó: sacó un listado de Excel que tenía impreso con 200 ó 300 nombres… y tachó el nuestro. ¡¡Estaba disparando a todo lo que se movía!! Y si alguno paga por miedo o recurre tarde o ha perdido algún papel… pues eso que se llevan”
  • “[Los inspectores] son los únicos funcionarios que cobran en variable”
  • “Una cosa anecdótica, pero que no entiendo: muchas notificaciones se envían a través de la Administración Electrónica en fin de semana. Parece una tontería, pero todos nosotros tenemos en el mail un servicio de alerta para estas notificaciones. Y ves el mensajito y ya te han fastidiado el finde: ¿tan difícil es programarlo para que llegue de lunes a viernes? Yo mis correos a mis clientes los programo siempre para que salgan en horario laboral, aunque los escriba un sábado por la tarde”

Antes de sufrir las iras de uno de los cuerpos de funcionarios con peor prensa, diré que tengo muchos amigos, conocidos y familiares que son inspectores de Hacienda. De hecho, diría que es una de las profesiones en las que conozco más gente. Y sé, como me explicaba uno de estos asesores, que un porcentaje elevado (de los que yo conozco, la gran mayoría) son tipos muy sensatos, buenas personas, profesionales íntegros que intentan hacer lo mejor posible su trabajo.

Y seguro que ellos (los inspectores) tienen su propia retahíla de quejas sobre los contribuyentes. Aunque advierto que también hemos hablado con ellos, en realidad llevo toda la vida escuchándoles, y en parte les entiendo.

Incentivos

Pero, ¿y los incentivos? Pues perversos y corrosivos. Para todos, también en muchos casos para aquellos que en teoría se benefician de ellos.

Hay tres quejas que se repiten constantemente. Que están en los dos párrafos de El Rubius. Y que deberían hacernos pensar a todos:

— Leyes ambiguas. Normas que no se entienden, cambios legislativos muy importantes que se cuelan en una disposición transitoria de una ley que no trata sobre eso, cambios de criterio que convierten en ilegal lo que hasta ese momento se había admitido sin problemas… En resumen: inseguridad jurídica.

Yo no creo que todos los empresarios o autónomos quieran “hacerlo todo bien”. Pero sí me creo que son mayoría los que prefieren evitarse cualquier problema legal, incluso a un coste algo superior. Y muchas veces no saben cómo hacerlo: no saben cómo “hacerlo todo bien”. La ley tributaria en España es compleja. Y lo es a propósito.

El legislador quiere que no sea sencilla, por dos motivos: 1) porque el desconocimiento provoca en muchos casos incumplimientos involuntarios que abren la puerta a sanciones; y 2) porque una ley clara, cerrada, sin ambigüedades, le da tranquilidad al contribuyente que ante una inspección sabe que puede decir “está todo en regla”. Con una norma confusa o sujeta a múltiples interpretaciones, la capacidad para amenazar (chantajear) de la Administración se dispara.

El político es feliz así. Pilla al que cumple, tiene en vilo al que se salta la norma… pero también aumenta su nivel de presión sobre el que quiere ser honrado, que nunca puede tener la certeza de que ha cumplido como debe.

— Desequilibrio en las partes. Impunidad. Otro ejemplo práctico: un contribuyente frente a Hacienda. Le abren una inspección. El tipo está convencido de que lo hizo todo bien. El inspector duda. ¿Cree Hacienda que puede ganar? Al 50%. La Administración pierde en primera instancia: ¿y si recurre? ¿Y si también pierde el recurso? ¿Y si vuelve a recurrir otra vez?

Tras seis-siete años, los tribunales le dan la razón al contribuyente. A veces, incluso, con duros reproches a la actuación de Hacienda. Hay sentencias que da miedo leer por lo que dicen de inspectores que se extralimitan en su función o por los derechos conculcados del contribuyente. Y la pregunta es ¿cuál es el resultado para las dos partes de esta historia? ¿Qué gana el que gana y qué pierde el que pierde?

El que gana [el empresario o autónomo] se lleva en la mochila seis-siete-ocho años de preocupaciones; de no dormir; de no contar con un dinero que es suyo; de pérdida de tiempo y dinero en asesores, abogados, gestores. Y, como mucho, gana que le devuelvan lo que pagó de forma indebida y los intereses que fija la propia administración.

¿Y el que pierde [el inspector]? Incluso aunque haya actuado de forma indebida, aunque la sentencia le ponga de vuelta y media, aunque haya sido arbitrario e injusto: el que pierde vuelve a su despacho de la AEAT al día siguiente, coge la carpeta del caso perdido, la mete en un archivador… y abre un nuevo procedimiento.

Y todo esto sin entrar en el tema del variable y del premio por recaudar: una cuestión muy polémica, pero que está ahí. ¿No es lo decisivo? Probablemente no, porque tampoco supone un porcentaje del sueldo tan elevado. Pero está claro que habría que pensárselo dos veces: tanto si debe mantenerse como el diseño del sistema

— Miedo. Sí, es lo primero que transmiten los pequeños empresarios, autónomos (no otra cosa son los youtubers) o gestores de empresas familiares. Miedo a todo: a no hacerlo bien y a hacerlo bien. A un procedimiento largo, porque siempre son largos. A la sensación de que son culpables mientras no demuestren lo contrario. Al coste de litigar, muchas veces ligado al principio de “primero paga y luego reclama”. A notificaciones que no se entienden. A esos PDF que te descargas de la web de la AEAT y que son infumables hasta en el formato (¿tan difícil es usar un tipo de letra, espaciado u organización algo más user friendly?). A procesos que creían cerrados o prescritos y que se reabren con un argumento peregrino.

Hay una frase terrible. La apuntábamos antes. Ese “he aconsejado a mi cliente que pague, aunque tiene razón” o “mi cliente me ha dicho que le da igual si está todo en regla, prefiere abonar la multa y olvidarse de todo esto”. Digo que es terrible porque implica que hay cientos de contribuyentes que renuncian a sus derechos sólo por no acabar perdidos en un laberinto burocrático  o por miedo a que una interpretación novedosa de la norma convierta en ilegal lo que siempre se había permitido.

Las soluciones

La solución no es sencilla. Hablar de “leyes no ambiguas” o de “simplificación legislativa” queda muy bien, pero luego la realidad económica es complicada. Aunque en este punto es en el que yo soy más crítico: se podría hacer mejor desde ya. La normativa tributaria es un carajal… pero un carajal buscado y perseguido para que el contribuyente esté más expuesto. Esto no es culpa de los inspectores, sino del legislador (y aquí la lista incluye a villanos de todos los partidos).

Y sí, sabemos que existen las consultas vinculantes y otros instrumentos que la Administración pone a disposición del contribuyente. También hemos escuchado muchas historias de inspectores que intentaron ayudar al contribuyente a descifrar una norma. Pero es que estas historias no deberían ni existir: ¿de verdad es tan complicado diseñar un sistema tributario que no sea incomprensible y genere este pánico?

Acortar los plazos de los procedimientos también parece muy fácil de decir, pero no tanto de hacer. Entre otras cosas porque esos plazos también benefician al contribuyente. Aunque más al contribuyente pirata que al honrado. Otra frase que se repite a menudo al hablar con abogados o asesores es que las normas parecen hechas para fastidiar al que quiere hacerlo bien y darle ventaja al que vive en la oscuridad.

Por supuesto, lo de los incentivos no es sencillo. Pagar por variable es un clásico en las empresas y a los liberales en general nos encanta, porque parece que alinea los intereses. Pero si no hay un castigo por el otro lado, puede ser peligrosísimo: por ejemplo, con esos bonus que empujan a los CEO a tomar apuestas enormes que, si salen bien, cobran ellos y si salen mal, paga el accionista. El problema aquí es que castigar a un inspector porque pierda un caso tampoco parece que sea la solución.

Si decidimos que este tipo de retribución es adecuada, creo que sería mucho más sensato diseñar un esquema más equilibrado: por ejemplo, una bolsa con un porcentaje lo recaudado de más en toda España, que se reparta entre las oficinas de la AEAT con varios criterios que tiren en direcciones opuestas. Algo del tipo: un 5% de lo que se saque en inspecciones en toda España va a parar a un bonus que se repartirían los mejores inspectores.

¿Y qué cuenta para repartir ese bonus? 1) Porcentaje de éxito en las inspecciones (es decir, abrir muchos casos, en plan ametralladora, penalizaría); 2) Total recaudado en función del personal de cada oficina; 3) Los casos perdidos restan (con una penalización más que proporcional para los recursos perdidos; una cosa es abrir un caso dudoso y otra el encarnizamiento tributario sólo por cabezonería); 4) Reparto más por oficinas de la AEAT que por inspectores; 5) Porcentaje de contribuyentes de esa oficina que pagan en tiempo y forma (es decir, incentivar que cada oficina ayude a sus contribuyentes a cumplir sus obligaciones sin retrasos ni errores), etc…

Ningún sistema sería perfecto. Pero seguro que podemos encontrar algo que no nos deje con esa sensación de indefensión tan absoluta que ahora relatan los implicados. Esa idea de que ellos siempre ganan, sea cuál sea el resultado del proceso.

Porque, además, éste no es un problema sólo tributario. Cuando surge este debate, todos pensamos: “Otro que no quiere pagar”. Pero nunca pensamos “Otro chico joven que tiene una buena idea y no abre una empresa en España por miedo, porque ha escuchado en casa muchas veces a su padre empresario quejarse de los líos y los sufrimientos con Hacienda”. Tampoco nos imaginamos: “Otro directivo de una empresa familiar que deja pasar una buena inversión porque tiene tres procedimientos abiertos y los próximos dos meses necesita estar centrado al 100% en resolverlos”. Ni nos viene a la cabeza: “Otra empresa que no puede contratar un par de trabajadores para ampliar su negocio porque gasta el 10-15% de su presupuesto en pagar a asesores o fiscalistas”. Y, por supuesto, ni de broma aceptamos: “El Rubius se va a Andorra porque allí paga menos, pero también porque la relación entre la AEAT y los contribuyentes está completamente viciada. ¿Cuántos otros empresarios o autónomos o residentes extranjeros dejan España cada año por este tema”.

Luego hablamos de productividad o de facilidades para los empresarios. Y les hacemos una web para que suban la documentación de creación de la sociedad. Como si ésa fuera su principal preocupación. El Rubius es sólo el caso más llamativo de un problema de fondo mucho más grave. Pagar impuestos se ha convertido en un sufrimiento y no sólo por los tipos. Pregúntenle mañana a cualquier empresario si preferiría pagar el 20% con la legislación actual o el 25-30% con una norma que se pudiera cumplimentar en un día y que Hacienda le diera el “OK a todo” en una semana. ¿A ver qué responde?

La libertad de expresión de Pablo Hasel

La Audiencia Nacional ha ordenado el ingreso en prisión del rapero catalán Pablo Hasel. Este verano, era el Tribunal Supremo el que ratificaba la condena que años antes había recibido Hasel de la Audiencia Nacional: nueve meses y un día de prisión.

Esta condena se producía como respuesta a diferentes delitos. A saber: enaltecimiento del terrorismo e injurias a la monarquía y a las fuerzas de seguridad a través de mensajes “atentatorios” en redes sociales y en una de sus canciones.

Esta condena, que se une a las de La Insurgencia o Valtònyc, entre otras, abre una vez más el eterno debate sobre los límites a la libertad de expresión.

De hecho, el grupo parlamentario de Podemos ya anunció que volvería a presentar la proposición de ley que presentó en 2018 y en marzo de 2020, y que retiró en septiembre de ese mismo año, sobre la supresión y modificación de algunos delitos del Código Penal de 1995 que considera que atentan contra la libertad de expresión.

Por poner algunos ejemplos, nuestro Código Penal condena en la actualidad los delitos de odio (artículo 510), el enaltecimiento del terrorismo (artículo 578) o las injurias a la Corona (artículos 490.3 y 491).

Revisando la proposición, resulta paradójico que mientras la propuesta inicial de la formación morada incluía la derogación de los artículos 490.3, 491, 504, 525, 543 y 578 del Código Penal (y parece que esta sigue siendo su intención en la nueva proposición), no sucedía lo mismo con el artículo 510. Pese a que proponía una rebaja de la pena de los llamados delitos de odioasí como una aclaración de las actitudes constitutivas de delito, esa propuesta original no contemplaba su eliminación.

Además, y aunque no se incluía en la proposición original de Podemos, el Gobierno ha avanzado su intención de incluir en esta reforma un delito de apología y exaltación del franquismo. Lo cual, de nuevo, resulta contradictorio.

Las personas que defendemos la libertad de expresión como libertad individual básica ligada a la libertad de pensamiento entendemos que esta nos debe servir de amparo a todos los individuos para verbalizar cualquier opinión o posición en los términos que creamos convenientes, siempre que no suponga una amenaza directa contra la integridad de otras personas.

Esto es: es la violencia o la amenaza del uso de esta, y no el uso de la palabra per se, lo que debe ser perseguido.

Ese derecho a ofender las sensibilidades de los demás, ya mencionado por John Stuart Mill en su archiconocido ensayo Sobre la libertad, parece que es puesto sistemáticamente en duda. No sólo por los conservadores que consideran que las instituciones del Estado no deben estar sometidas a la crítica o a la ofensa, sino también por los progresistas que consideran que ciertos individuos tampoco deben estarlo.

El derecho a ofender no debería hacer distinciones con la Corona, las minorías étnicas o los represaliados durante el franquismo.

Tristemente, esta es una libertad en la que el cantante condenado tampoco cree. Así lo dejaba patente en una entrevista en el programa FAQS de TV3 hace unos días. Respondiendo a una pregunta de uno de los contertulios que asistía al programa en representación de la cadena SER, el rapero afirmaba:

Yo no defiendo la libertad de expresión para el fascismo. Es decir, yo lucho por un modelo de Estado en el que el fascismo sea totalmente ilegalizado. En este Estado se permite la libertad de expresión para el fascismo, para agredir a mujeres, a homosexuales, a inmigrantes, etcétera, y a quienes luchamos contra esto no se nos permite. Es decir, creo que no se pueden poner en el mismo plano un discurso y el otro. Nosotros estamos luchando por derechos y libertades para estos colectivos, y los otros están precisamente queriendo masacrarlos.

Respuestas a Hasel se pueden dar varias. La primera de ellas, y la más fácil, es que los derechos y las libertades individuales se presumen universales. Esto es, no varían en función de la ideología ni de ningún otro atributo individual de las personas que los ejercen. Él debe tener el mismo derecho a decir barbaridades que una persona de extrema derecha.

Esto, que también se conoce como principio de reciprocidad, debe ser básico en cualquier democracia que no pretenda imponer a sus ciudadanos una forma de pensar concreta

La segunda, y quizás no tan aparente, es que no sólo hay que tener cuidado con criticar esa universalidad, sino con dar pie a que se pongan obstáculos que puedan dificultarla (a través de legislación específica que niegue derechos en funciones de características individuales, por ejemplo). Porque, cuando gobiernen los contrarios, podemos acabar siendo víctimas de esa parcialización.

El desacuerdo entre personas es inevitable. Por eso el liberalismo no se propone ni acabar con él, ni minimizarlo, sino disminuir la necesidad del mismo.

Si lo que queremos es construir una sociedad en la que personas diferentes convivan de forma pacífica, no podemos defender ningún tipo de agravio comparativo.

Bitcoin como medio de pago

En el análisis de hoy me gustaría centrarme en la función de Bitcoin como medio de pago y hasta qué punto esta función confiere valor a un activo.  Una crítica habitual hacia Bitcoin es que, después de más de diez años de existencia, no parece que se esté utilizando como medio de pago habitual online y menos aún en los supermercados o restaurantes.  Es más, alrededor del año 2015 varias empresas importantes como Dell, Microsoft o Expedia anunciaron que admitían Bitcoin como medio de pago online pero, con el paso de los años, algunas de estas empresas fueron eliminando esa posibilidad por falta de uso.

Hoy en día atesorar tu patrimonio en un activo que se negocie en un mercado financiero es algo relativamente fácil y accesible gracias a la tecnología.  Adquirir bonos, fondos de inversión, acciones, oro o Bitcoin desde tu móvil es un proceso cada vez más sencillo y barato.  Y podría ser más sencillo y barato aún si no fuera porque las regulaciones y la falta de competencia introducen multitud de trámites y costes burocráticos y fiscales que no son verdaderamente necesarios ni son parte de la naturaleza de la operación.  Por tanto, tener tu patrimonio atesorado, por ejemplo, en un fondo de inversión más o menos conservador y pasar al medio de pago habitual de tu país es una operación barata, sencilla y rápida.

Demandar un activo, sea dinero o no, consiste en mantener un saldo de ese activo durante un tiempo, es decir, atesorarlo.  Demandar algo para deshacerte de él inmediatamente no confiere valor al activo en cuestión.

Las monedas como el dólar o el euro no mantienen su valor por el hecho de ser medios de pago, sino porque sus emisores actúan con la suficiente diligencia para mantener su valor razonablemente estable y que por tanto sea racional mantener saldos de tesorería en esas monedas, por lo menos a corto plazo.   

La demostración clara de que ser medio de pago aporta bien poco, es que otros medios de pago que son moneda de curso legal o forzoso, como el Bolívar venezolano o el Peso argentino, no mantienen su poder adquisitivo incluso a pesar de que sus Estados fuerzan aún más si cabe su función de medio de pago mediante intervenciones agresivas como el control de capitales o incluso el control de precios.  De poco les sirve.  Más contundente aún es el hecho incontrovertible de que la práctica totalidad de las monedas que mueren por hiperinflación, lo hacen siendo medio de pago oficial.

Porque utilizar algo como medio de pago no es otra cosa que vender ese algo.  Y cuando tu vendes algo es porque tiene menos valor para tí que lo que estás comprando. Por tanto, si el que recibe un medio de pago lo hace por una mera obligación legal pero no quiere atesorarlo, intentará deshacerse de él inmediatamente. 

Carl Menger definió el dinero como aquel bien que todos queremos tener porque nos permite intercambiarlo por lo que necesitamos con la menor pérdida económica posible durante todo el proceso del intercambio, y esto incluye el tiempo de atesoramiento del medio de intercambio desde que lo adquieres hasta que lo transmites. 

En una situación normal de una economía moderna, todos “hacemos cola” para obtener dinero a cambio de nuestras mercancías o servicios, los clientes son auténticos tesoros y muchas empresas se gastan verdaderas fortunas en marketing para conseguirlos, para conseguir su dinero. Cuando sucede al revés, cuando los clientes hacen cola con medios de pago en su bolsillo para comprar pan o una nevera, entonces es que ese medio de pago ha dejado de ser dinero. Ya no es el bien más demandado o más líquido.  En este caso hasta la nevera es más demandada que el medio de pago en cuestión.

Bitcoin está en un proceso aún muy incierto.  Aunque con el paso de los años va demostrando que sus cualidades no son solo teóricas sino una realidad: Duradero, sin riesgo de crédito, sin riesgo de inflación, barato de almacenar y asegurar, difícil de confiscar, etc.

Su demanda aún está muy lejos de estabilizarse pues aun mucha gente desconoce las cualidades de Bitcoin, y otros muchos dudan que estas cualidades se vayan a mantener. Pero estas personas van cambiando de opinión. Quizá haya personas que nunca cambien de parecer y ese sería el techo de la demanda de Bitcoin, pero hasta llegar a ese punto los que se van incorporando y los que ya se incorporaron pueden ir demandando más cantidad de Bitcoin, aunque también vendiendolos asustados cuando corrige de precio.

Pero si en estos ciclos los incrementos de demanda fueran mayores que los retrocesos, a la larga la demanda seguiría su escalada al alza hasta encontrar un punto de equilibrio. Si llegáramos a ese punto, los últimos en incorporarse posiblemente no llegarán a realizar reflexiones demasiado profundas, simplemente observarán que tiende a conservar bien su poder adquisitivo, y listo.

En definitiva, lo relevante es si Bitcoin es un buen medio de atesoramiento.  Lo que los economistas suelen describir como “buen depósito de valor”. Ser medio de pago, o no, es muy poco relevante y menos aún en esta fase de descubrimiento. Primero tendrá que demostrar que sus cimientos son sólidos y solo entonces tendrá sentido plantearse construir las paredes y el tejado. 

“No creo que volvamos a tener un buen dinero hasta que se lo quitemos al Gobierno de las manos, es decir, no podemos quitárselo violentamente, todo lo que podemos hacer es introducirlo astutamente de tal forma que no lo puedan parar.”

F.A. Hayek, 1984

Irene Montero contra el deporte femenino

omo no podía ser de otra manera, la ley que impulsa Podemos para convertir la transexualidad en otro asunto con el que dividirnos entre buenos (ellos) y malos (la pérfida derecha, toda ella extrema y peligrosísima) se limita a importar punto por punto todas y cada una de las cruzadas de la izquierda norteamericana de los últimos años. Al segundo siguiente de que el Supremo norteamericano ilegalizara la prohibición del matrimonio homosexual, las políticas de identidad pasaron a centrarse en los llamados “transgénero” a sangre y fuego. Y se han llevado por delante muchas cosas, entre ellas el deporte femenino.

Si puedes competir en la categoría femenina simplemente porque has decidido que eres una mujer, todas las competiciones femeninas dejan de tener sentido. Los hombres poseen enormes ventajas físicas sobre las mujeres a partir de la pubertad, que no desaparecen por mucho que firmes un papel en el que declaras que ya no lo eres.

Esas diferencias pueden no ser tan importantes en nuestro día a día para quienes trabajamos delante de un ordenador y hacemos ejercicio de guindas a brevas, pero en el deporte son cruciales. En la élite resulta aún más obvio: no hay más que echar un ojo a las diferencias en las marcas de unos y otras. Florence Griffth-Joyner mantiene el récord de los 100 metros lisos desde 1988, con un registro de 10.49 que de hecho resulta más que sospechoso de haber sido logrado gracias a un error de la organización, que no contabilizó un viento trasero incompatible con una marca legal. Pero tomándola por buena, en 2018 había 35 hombres que tenían esa cifra como récord personal. Estaban empatados en el puesto 768 del ránking mundial.

Hay quien discute que esto sea así también en deportes más técnicos; aunque buscando quizá podríamos encontrar alguna excepción, lo cierto es que tenemos muchos ejemplos de que no es cierto. Selecciones de fútbol femeninas se han visto humilladas por juveniles masculinos que muy probablemente nunca llegarán a nada; las hermanas Williams, leyendas del tenis femenino, jugaron a finales de los 90 con un jugador situado más allá del puesto 200 de la ATP, que las venció con facilidad. Hasta el curling de las narices tiene campeonatos específicos para mujeres: por algo será.

Hay que recordar que pequeñas diferencias a nivel estadístico entre sexos pueden exacerbarse en los extremos de una distribución estadística, y los deportistas de élite se sitúan obviamente en uno de esos extremos, de ahí que las distancias sean mucho mayores en la alta competición que echando un partido entre amigos.

De ahí podría venir la única defensa que ésta ley podría tener, que admite –qué remedio—no permitir la participación de transexuales y transgénero en la categoría femenina en aquellas competiciones regidas por normas internacionales que lo impidan. Quienes piensen que esto lo arregla todo, porque sólo se admitiría esta participación en competiciones nacionales de poca importancia, que lo piense dos veces.

En primer lugar porque la presión moralista está haciendo que se relajen las reglas en muchos deportes: ahí tienen a Rachel MacKinnon batiendo récords mundiales de ciclismo en pista. Y segundo, porque hasta la deportista más exitosa ha empezado desde abajo, y nada resulta tan desmoralizante y destruye la motivación como saber que da lo mismo lo mucho que te entrenes y te esfuerces si el mejor puesto al que puedes optar en una competición es el primero que no esté ocupado por un transexual.

Es más, si las feministas de verdad se toman en serio aquello de la necesidad de tener modelos a seguir en todos los campos que inspiren a las mujeres a optar por esas carreras profesionales, ¿cuántas abandonaran antes de empezar si los puestos antaño reservados para las mujeres ahora son ocupados por transexuales?

No hay ámbito donde quede más clara la ficción que esta ley quiere sacralizar como verdad indiscutible que el deporte. Si alguien con un cuerpo masculino puede ser declarado mujer con sólo firmar un papel, el deporte femenino deja de tener sentido. Actualmente se mantienen dos categorías separadas de hombres y mujeres para que éstas últimas puedan competir, aspirar a triunfar y ver su talento y su esfuerzo reconocidos.

Si empiezan a ser hombres que han cambiado de sexo quienes dominan el deporte, carecerá por completo de interés y, sobre todo, pasará de ser femenino a ser otra cosa. Ese es el proyecto de la feminista Irene Montero por la igualdad.

Los costes de la cancelación de la deuda

El pasado viernes 5 de febrero, un centenar de economistas encabezados por Thomas Piketty publicaron un manifiesto en el que se posicionaban a favor de una condonación de la deuda pública de los Estados europeos en manos del BCE, que supone cerca del 25% de la deuda pública de la Eurozona. En España este manifiesto ha sido especialmente llamativo al hallarse redactado en coautoría con Cristina Narbona, economista y presidenta del PSOE; y Nacho Álvarez, Secretario de Economía de Podemos y secretario de Estado de Derechos Sociales. En el manifiesto se solicita que el BCE condone la deuda de los Estados y a cambio les haga firmar un contrato para ejecutar inversiones públicas en áreas como la economía verde por el valor de dicha deuda. En el caso de España, dicha anulación de deuda rondaría los 300.000 millones de euros, y tendría unos gravísimos efectos colaterales. El BCE salió presto el mismo día de emisión del manifiesto a descartar la opción de cancelación de la deuda, con Luis de Guindos tachándola de ilegal y Lagarde calificándolo como un debate poco útil. Lo más grave no es la propuesta en sí, sino el hecho de que el manifiesto tratara de esconder los enormes costes que supondría para los estados miembros y el Eurosistema la cancelación de la deuda pública en manos del BCE.

En primer lugar, la condonación de deuda dañaría la política monetaria del BCE. El BCE y la efectividad de su política monetaria dependen en gran parte de la credibilidad de la institución y su capacidad para garantizar la estabilidad económica de la Eurozona. Una cancelación de deuda por parte del BCE sería una clara financiación del déficit público de los estados, y aparte de atentar contra los Estatutos del BCE, infligiría un enorme daño a la credibilidad internacional de la institución. Si en su momento se peleó por la independencia de los bancos centrales fue precisamente para asegurar que estos no fueran meros instrumentos al servicio de los Tesoros y los Gobiernos, y por lo tanto tuvieran capacidad para establecer objetivos independientes y a largo plazo.

Por otro lado, y aunque de momento se descarte un auge de la inflación en el corto plazo, una cancelación de la deuda pública ataría de manos al BCE frente a un retorno de la inflación en el medio o largo plazo, reduciendo enormemente el arsenal disponible para combatir dicho incremento de los precios. ¿Cómo? Muy sencillo. Para retirar liquidez del mercado el BCE procedería a vender los activos que actualmente tiene en posesión, retirando divisa de circulación y por lo tanto extrayendo liquidez del sistema. Sin embargo, si el BCE hubiera cancelado previamente dichos activos se quedaría sin munición disponible para frenar la presión inflacionaria, en el supuesto de que esta tuviera lugar.  Esto a su vez tendría efecto directo sobre la productividad de la economía europea y su crecimiento, por los dañinos efectos de la inflación.

En tercer lugar, la cancelación de la deuda, al contrario de lo que afirman los firmantes del manifiesto, no supondría un aumento de recursos financieros para los Estados. Una cancelación directa de deuda supondría una enorme pérdida contable para el BCE y el conjunto del Eurosistema. Esto ocurriría a raíz de que dicha condonación de deuda dejaría al BCE operando con patrimonio neto negativo, lo que exigiría un restablecimiento patrimonial, del cual serían responsables los propios accionistas del BCE, es decir, los Estados miembros a través de sus bancos centrales nacionales. El propio artículo 28 del Protocolo del Tratado de Funcionamiento de la UE pone en duda la posibilidad de que el BCE pudiera funcionar con patrimonio neto negativo, por lo que el restablecimiento patrimonial sería prácticamente imperativo, aunque podría hacerse de manera lenta y gradual. Una de las posibles vías para dicha cobertura podría ser paralizar el reparto de beneficios de la actividad del BCE, lo cual afectaría negativamente a los propios Estados, que son los receptores de dichos dividendos.

Pero ¿cuál sería el coste de dicha operación para España? Aunque es difícil saberlo con exactitud, si tenemos en cuenta que el Banco de España tiene un patrimonio neto cercano a los 50.000 millones, el agujero que se podría generar en su balance; al tener que acudir al rescate del BCE, sería de unos 250.000 millones de euros, según fuentes del Banco de España consultadas por Carlos Segovia (El Mundo).

Por otra parte, y siendo fieles a la verdad, los firmantes del manifiesto por la cancelación de deuda proponen una alternativa en caso de que dicha deuda no fuese cancelable jurídica o políticamente. Su propuesta se basa en reestructurar dicha deuda para convertirla en deuda perpetua a tipo cero, lo cuál de nuevo supondría graves pérdidas contables para el BCE a raíz del diferencial de valor entre ambos instrumentos de deuda. Además, en toda esta ecuación no debemos olvidarnos del Tribunal Constitucional de Alemania, que, si ya se enfrentó al BCE por los programas de PSPP y PEPP, ahora tendría finalmente la baza definitiva para poder alegar que el BCE se hallaría financiando de manera prácticamente directa el déficit de los Estados miembros. Esto hace absolutamente inviable políticamente la propuesta, con los frugales oponiéndose fuertemente, y probablemente los países del sur también, ya que dar este paso solamente daría mayor munición a los halcones monetarios y a los euroescépticos para atacar al BCE y cuestionar su funcionamiento.

Asimismo, hay que tener en cuenta que dicha propuesta podría actuar en detrimento de la financiación futura de los Estados de la Eurozona, ya que la petición de cancelación o reestructuración de la deuda debe surgir de los deudores y no de los acreedores, y además debe hallarse justificada por dificultades para hacer frente a los pagos, lo cual restaría credibilidad a los solicitantes y probablemente acarrearía reacciones negativas en los mercados, disparando las primas de riesgo -que hasta ahora se han mantenido muy controladas- y haciendo actuar a las agencias de rating. No se podría ni siquiera descartar efectos notables sobre los CDS. Todo ello se resumiría en un aumento de la vulnerabilidad de la deuda pública como activo a raíz de una gran pérdida de confianza de los inversores internacionales, que acarrearía un incremento del coste de financiación en el futuro cercano.

En mi opinión, se debe ser muy cauteloso a la hora de realizar manifiestos tan extravagantes como el que pudimos leer el otro día, y más aún si uno de los firmantes es secretario de Estado de uno de los países que más requiere de la ayuda del BCE y de la confianza de los inversores actualmente, y otra es presidenta del partido que actualmente gobierna dicho país. La política monetaria no es un juego, y una cancelación de la deuda pública por parte del BCE no es la panacea.

La dependencia económica de la deuda

Decía el economista Manuel Hidalgo en un didáctico artículo del domingo, en el que explicaba con pelos y señales los datos del PIB, que la cosa pinta regular para este 2021. Nevadas, bolas de fuego y terremotos aparte, coincido en el diagnóstico del profesor Hidalgo, cuando señala un notable agotamiento en las dos palancas que han aguantado el tirón en el tercer trimestre del 2020, y que apenas se sostenían ya en el cuarto: el consumo de las familias y el gasto público.

Lo previsible es que el consumo de las familias no mejore y cuando se vayan levantando los ERTEs menos aún. Tampoco hay esperanzas de que la actividad económica mejore de manera sostenible con el retroceso de la inversión. Un retroceso que, efectivamente, se podía adelantar debido a la naturaleza de la inversión. La incertidumbre, la estabilidad son factores que alejan a los inversores, que toman decisiones a largo plazo.

Los problemas con el ritmo de vacunación, el contrato con AstraZeneca, la tercera ola y la sensación de confusión por falta de una dirección común están agravando la recuperación de la inversión. La pandemia es mundial, pero la reacción ante sus consecuencias es particular de cada país y en el nuestro, falla bastante.

Las acciones del Gobierno tampoco parecen muy acertadas. En una contracción económica subir los impuestos no parece lo mejor. Y el mantra “sólo a los ricos” ya no cuela.

¿Vamos a seguir tirando de gasto público para sostener la maltrecha economía? Es lo más probable. Nos endeudaremos más. Y es en este punto en el que me gustaría hacer una reflexión.

Uno de los países enganchados en un proceso de crecimiento de la deuda pública en espiral es Argentina. Como es sabido, además del tango, Maradona y el mate, Argentina es famosa por sus psicólogos. Es un país donde visitar al terapeuta es una rutina. No hay miraditas, está socialmente normalizado.

Como no podía ser menos, hay psicólogos que han estudiado la adicción al endeudamiento. En concreto, el psicoanalista Eduardo Grispon publicó, en el año 2006, un artículo en la revista académica Actualidad Psicológica, titulado Adicción a endeudarse económicamente. Un tipo de solución adictiva cuando impera la necesidad de pagar y perder.

El autor explica cómo, en este tipo de adicción, el deudor se configura como el agente que decide finalmente cuánto paga y cuándo. El paciente aparece en la consulta eufórico y seguro porque sabe que, cuando la deuda es suficientemente grande, el coste para el banco de declarar un crédito incobrable y dotar esa provisión es demasiado grande.

Así que, le merece más la pena volver a darle crédito y refinanciar la deuda, haciéndole un importante descuento en el capital y en los intereses. Esta euforia empuja al adicto a pedir nuevos préstamos. Es muy interesante descubrir el círculo vicioso en el que estas personas entran, al que arrastran toda la familia y, cómo, en algunos casos, delinquen, creando una herida en sus allegados y una pérdida en el patrimonio familiar, a veces dramático.

La solución no es sencilla y requiere una acción conjunta de contables, abogados, terapeutas y familiares.

Cuenta el doctor Grispon que lo que llamó su atención acerca del comportamiento del deudor adicto fue una noticia de marzo de 2006, cuando Argentina atravesaba una situación de endeudamiento colosal.

“La idea que por estas horas analiza el presidente es no tocar las reservas para pagarle al FMI y destinar esos fondos para nuevas inversiones en obras públicas, infraestructura y en programas de crecimiento económico”. Es decir, frente a un monto de deuda descomunal, se prefiere no pagar, invertir con la idea aparente de solucionar, agrandando de manera sistemática el agujero de la deuda.

Estas reflexiones encajan como anillo al dedo en la situación de las, cada vez más numerosas ’empresas zombies’, aquellas que apenas pueden cubrir con su margen normal el servicio de la deuda. Como afirmaba el profesor Emilio Ontiveros en El País, las vulnerabilidades son las que ya conocemos, lo malo es la acumulación, que hace que ante cualquier chispazo salte todo por los aires.

La zombificación, una especie de reflejo de lo que le sucede a los adictos a la deuda, que resta capacidad de reacción a las empresas, no es un fenómeno exclusivo de estas instituciones. También los países repiten este ciclo perverso, como Argentina.

Por desgracia para los españoles, da la sensación de que la incertidumbre persistente, el previsible empeoramiento con que hemos empezado el año y el agotamiento del empuje del consumo familiar va a ser anestesiado, que no solucionado, con un mayor endeudamiento. Será así en la convicción de que no pasa nada, porque nuestra incapacidad para devolverla es un problema mayor para el acreedor que para los deudores.

Hay un aspecto importante que diferencia la adicción a la deuda de una persona, o una empresa, de la adicción política a la deuda. El paciente del doctor Grispon se endeudaba para pagar la luz, los impuestos, para llenar la nevera.

Las empresas se están endeudando para sobrevivir. Los gobiernos se endeudan para seguir gastando, no siempre en vacunas o en dotar a los sanitarios de medios adecuados para que puedan desempeñar sus funciones en las mejores condiciones posibles. Parte de esa deuda, que van a heredar las futuras generaciones, se destina a gastos superfluos destinados a financiar medios de comunicación afines, subidas de los sueldos o multiplicación de cargos para pagar los favores electorales, por mencionar algunos.

Esta situación es posible porque no hay rendición de cuentas. Ningún político ha pagado nada, ni siquiera en forma de repudio social, por gastar mucho y mal el dinero de los españoles. Y sin rendición de cuentas no hay Estado de derecho. Dicho lo cual, ¿en qué tipo de democracia estamos viviendo?