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Escuela Austriaca y teoría de juegos

La teoría de juegos se ha convertido en un paradigma dominante dentro de la ciencia económica actual. De hecho, no hay más que comprobar la cantidad de recientes ganadores del Premio Nobel de Economía que son considerados teóricos de juegos. Desde Nash, Harsanyi, Aumann o Schelling, pasando por Myerson o Tirole, y acabando con Milgrom y Wilson, últimos ganadores del premio. Una herramienta fundamental dentro de la presente ciencia económica no puede pasar desapercibida a ojos de una escuela de pensamiento que se supone que tiene unos fundamentos teóricos y epistemológicos diferenciadores. Es por eso que la teoría de juegos necesita ser estudiada desde la Escuela Austriaca y sus fundamentos comparados con los de la misma. Seguramente encontraremos numerosas diferencias, pero también, similitudes que puedan animar a la síntesis, a la retroalimentación, a la mejora, entre ambas posturas. Por el momento, el trabajo que recoge de manera general este análisis de diferencias y similitudes entre la Escuela Austriaca y la teoría de juegos es el de Foss (2000), aunque podemos encontrar otros trabajos que también han tratado la cuestión de manera menos general (Cevolani 2011; Arena and Larrouy 2016). En ellos nos basaremos para escribir este artículo, además de algunos comentarios propios que haremos adicionalmente.

Similitudes: alternativa al paradigma del equilibrio competitivo

Antes que nada, llama la atención que uno de los desarrolladores más famosos de teoría de juegos aplicada a la economía sea precisamente economista austriaco. Es más, está considerado miembro de la cuarta generación de la Escuela, es decir, compañero de Hayek, Machlup o Haberler. Estamos hablando de Oskar Morgenstern, coautor junto al conocido matemático John von Neumann, de The Theory of Games and Economic Behavior (1944). Esta obra está calificada de revolucionaria y se la reconoce como iniciadora de un campo de investigación interdisciplinar de la teoría de juegos. Es decir, si de similitudes comenzamos a hablar, hemos de saber que uno de los primeros pensadores que empezó a aplicar la teoría de juegos en la economía fue, justamente, economista austriaco.

En línea con lo anterior, uno de los argumentos que Foss (2000) presenta en busca de las similitudes entre Escuela Austriaca y teoría de juegos es que la teoría de juegos podría ser considerada parte de la tradición austriaca. Él mismo matiza que es una idea un tanto atrevida, pero, si entendemos el “Austrianismo” en un sentido amplio, podríamos decir que la teoría de juegos hace hincapié en bastantes elementos austriacos: el subjetivismo de los planes individuales (beliefs, estrategias en los juegos), crítica del equilibrio competitivo, y defensa de la naturaleza secuencial de las acciones en los procesos de mercado. Estas primeras similitudes pueden tener su razón de ser en la idea de que el libro de Von Neumann y Morgenstern se consideró como un ataque a la ortodoxia (emergente por aquel entonces) de Hicks y Samuelson. Y es que, en efecto, el hecho de que la teoría de juegos se centrara en el análisis de las interacciones humanas a pequeña escala fue provocativo ante la ortodoxia, que pretendía fundamentar el análisis económico en el modelo de equilibrio competitivo. Es más, con los años, Morgenstern llegó a afirmar que los economistas tenían que abandonar la fijación Pareto-Walrasiana por el equilibrio competitivo y empezar a preguntarse por cosas como la formación de creencias, la rivalidad, o competencia (Morgenstern 1972).

Otra similitud la encontramos en ideas como la función empresarial y los procesos de mercado. La teoría de juegos permite introducir el papel del empresario y modelarlo. El hecho de que en muchos juegos haya múltiples equilibrios choca con la idea de la existencia de “el equilibrio” y abre la puerta al papel del empresario como aquel agente que impulsa al sistema desde un equilibrio a otro. Otros trabajos de teoría de juegos que se centran en los procesos de aprendizaje, es decir, en cómo los jugadores aprenden a hacer mejores respuestas. Incluso es interesante la relación que muchos teóricos de juegos hacen entre un equilibrio perfecto en subjuegos y su dependencia con algún punto focal, y la idea austriaca de que no existe un punto de equilibrio de manera ontológica separado del proceso de coordinación, sino que depende del proceso de formación de ese orden. En ese sentido, hablando de emergencia y órdenes, otro punto a tener en cuenta es que muchos autores austriacos y no austriacos, aunque simpatizantes, han usado como herramienta la teoría de juegos para analizar la teoría austriaca de las instituciones y el orden espontáneo (Foss 2000).

Por su parte, Cevolani (2011) también destaca las similitudes de la Escuela Austriaca con la teoría de juegos, añadiendo también la economía experimental. Aunque destaque al principio de su trabajo que tanto Mises como Hayek se opusieron a la idea de hacer experimentos en ciencias sociales, también cita numerosos trabajos como los de Vernon Smith, donde el propio autor reconoce que su investigación es una demostración de muchos de los puntos clave de la Escuela Austriaca. Otro punto en común que Cevolani destaca es la centralidad del problema del conocimiento Hayekiano, que implica reconocer que la información no es perfecta o que los agentes tienen racionalidad limitada. Por ello los austriacos y los teóricos de juegos se han focalizado en estudiar las capacidades epistémicas, limitaciones cognitivas y creencias de los sujetos. Algo que también, añade al autor, se ha comprobado en la economía experimental. Por último, destaca que la economía experimental puede ser entendida como un método empírico que permita hacer las “pattern predictions” propuestas por Hayek.   

Diferencias: fundamentos epistemológicos divergentes

Las principales críticas que Foss (2000) recoge tienen que ver con la formalización, la mala representación de la acción humana y la metodología del equilibrio. En primer lugar, una de las grandes diferencias entre teoría austriaca y teoría de juegos tiene que ver con la formalización. Los austriacos, por lo general, no son partidarios de ella, mientras que la teoría de juegos se encuentra altamente formalizada. Los austriacos pueden argumentar motivos suficientes para no seguir recurriendo a esta formalización, e incluso algunos como el propio Foss, piensan que la formalización, dentro de unos límites, puede ayudar a simplificar la complejidad del mundo real.

El siguiente problema, que sí es mucho más importante, alude directamente a cómo la teoría de juegos estándar equipa con hiper racionalidad a sus jugadores, o como la teoría de juegos evolutiva los toma por sujetos programados que no actúan por sí mismos. Esto choca con el carácter praxeológico de la acción humana. Además, esto continúa en la línea del paradigma neoclásico del equilibrio general. En esencia, estas representaciones de la acción humana por parte de la teoría de juegos implican la supresión del carácter empresarial de toda acción.

Por último, Foss destaca que muchos teóricos asumen, sin dar explicación alguna, que los agentes pueden coordinarse en un equilibrio deseado sin necesidad de aprender, descubrir o topar con sorpresas, sino que pueden hacerlo mediante un mero ejercicio de racionalidad. Esto, dice Foss, se debe a que la teoría de juegos descansa en las nociones neoclásicas de equilibrio y sus teóricos han pasado muy poco tiempo intentando explicar los procesos de ajuste hacia el equilibrio.

A estas críticas, sería bueno también añadir una cuestión epistemológica más. Esta tiene que ver con el uso de la probabilidad en la resolución de muchos juegos. Tradicionalmente, la teoría de juegos recurre al uso de la probabilidad por dos motivos principales: (1) para caracterizar movimientos aleatorios, y (2) para describir varias clases de estrategias aleatorizadas, como las estrategias mixtas o estrategias conductuales (Harsanyi 1982). En ambos casos, la probabilidad se entiende como objetiva (ver aquí la diferencia entre probabilidad objetiva y subjetiva). Incluso en juegos de información incompleta, donde se ha hecho mayor uso de probabilidades subjetivas que expresan las expectativas de los jugadores sobre algunos parámetros desconocidos para ellos, las probabilidades se interpretan finalmente como objetivas mediante distribuciones de la misma forma matemática (Harsanyi 1982). Un austriaco podría presentar serias objeciones a este uso de la probabilidad objetiva para resolver situaciones que están dentro del mundo de las ciencias de la acción humana.

Rothbard (1975; 2011) destaca la reconocida contribución de Richard von Mises a la teoría de la probabilidad, que además fue adoptada por su hermano Ludwig von Mises (L. von Mises 2011) –aunque no lo mencione en ninguna de sus obras– para establecer la diferencia entre la probabilidad de caso y de clase. Mises (1957) fue el fundador y principal proponente de la interpretación frecuentista de la probabilidad. El propio Mises estableció que solo es posible hacer cálculo con probabilidades objetivas, no subjetivas. Además, señaló que el término probabilidad no puede aplicar a casos únicos, sino que se enmarca en colectivos homogéneos de eventos. Siendo esto así, austriacos como Rothbard (1975; 2011) y, de manera más profunda y refinada Hoppe (2007), han dicho que es un sinsentido aplicar probabilidad objetiva a fenómenos humanos, donde hablaríamos de casos únicos, probabilidad subjetiva o, directamente, de incertidumbre, lo que implica desconocimiento sobre el futuro. De esta manera, los austriacos pueden criticar la aplicación de la probabilidad objetiva en teoría de juegos para la economía, calificándolo de error epistemológico que es consecuencia de no haber seguido coherentemente una de las contribuciones más reconocidas dentro de la teoría de la probabilidad; esta es, la de Richard von Mises.

Referencias
Arena, Richard, and Lauren Larrouy. 2016. “Subjectivity and Coordination in Economic Analysis.” Oeconomia 6 (2): 201–33. https://doi.org/10.4000/OECONOMIA.2348.
Cevolani, Gustavo. 2011. “Hayek in the Lab. Austrian School, Game Theory, and Experimental Economics.” Logic & Philosophy of Science 9 (1): 429–36.
Foss, Nicolai. 2000. “Austrian Economics and Game Theory: A Stocktaking and an Evaluation.” Review of Austrian Economics 13 (1): 41–58. https://doi.org/10.1023/A:1007802112910.
Harsanyi, John C. 1982. “Uses of Bayesian Probability Models in Game Theory.” In Papers in Game Theory, 28:171–83. Dordrecht: Springer Netherlands. https://doi.org/10.1007/978-94-017-2527-9_9.
Hoppe, Hans-Hermann. 2007. “The Limits of Numerical Probability: Frank H. Knight and Ludwig von Mises and The Frequency Interpretation.” The Quarterly Journal of Austrian Economics 10 (1): 1–20. https://doi.org/10.1007/s12113-007-9005-3.
Mises, Ludwig von. 2011. La Acción Humana: Tratado de Economía. 4a. Madrid: Unión Editorial.
Mises, Richard von. 1957. Probability, Statistics, and Truth. New York: Dover Publications.
Morgenstern, Oskar. 1972. “Thirteen Critical Points in Contemporary Economic Theory: An Interpretation.” Journal of Economic Literature 10 (4): 1163–89. https://www.jstor.org/stable/2721542?seq=1.
Rothbard, Murray N. 1975. “The Correct Theory of Probability.” Libertarian Review 9 (2): 9.
———. 2011. “What Is the Proper Way to Study Man?” In Economic Controversies, 25–28. Auburn: Ludwig von Mises Institute.

El último discípulo de Carl Menger: En memoria de Antal Fekete

Carl Menger fue uno de los economistas más importantes del S. XIX. Conocido por ser considerado el padre de la Escuela Austríaca de Economía, también fue uno de los líderes, junto a Walras y Jevons, de la revolución marginalista la cual rechazó la teoría de valor trabajo iniciada por Adam Smith y continuada por David Ricardo y Karl Marx. Su gran aporte al mundo económico fue la utilidad marginal de la cual derivó el fundamento del análisis monetario moderno: la liquidez. Para Menger, la liquidez se mide por el spread de un bien, es decir, la diferencia entre al precio máximo al que está dispuesto a pagar el comprador marginal y el precio mínimo al que esta dispuesto a deshacerse de él el vendedor marginal.

A pesar de la genialidad de Menger a la hora de plantear una teoría sobre el surgimiento del dinero mediante la explicación de la liquidez llevándola a sus últimas consecuencias, la Escuela Austríaca se desvía de Menger en temas monetarios adoptando visiones más monetaristas que se pueden observar claramente en Ludwig von Mises. Estas ideas están influidas por la tradición monetaria de David Hume y David Ricardo. Obviamente estas ideas no forman parte del legado de Menger y por tanto no pueden considerarse de austríacas.

Antal Fekete retoma la tradición mengeriana sobre la teoría de dinero para completarla donde Menger la dejó. Y es que a pesar de que Menger elabora una teoría del dinero sólida, este no trata de ninguna manera el crédito. Fekete fusiona la teoría monetaria de Menger con la Doctrina de las Letras Reales de Adam Smith, siempre adaptándola mediante el uso de la subjetividad y la liquidez. Así, al igual que el dinero es un bien líquido, existirán algunos bienes de consumo cuya liquidez será también muy alta debido a su gran demanda estacional, esto es, su liquidez es sólo temporal durante un período corto de tiempo. Por tanto, durante la temporada en la que estos bienes conserven su gran liquidez, pueden servir de colateral para letras reales (pagarés) y ser usados como medio de cambio. Estos pagarés derivan su liquidez de los bienes de consumo líquidos que los respaldan.

El surgimiento de este crédito circulante desplaza al dinero como medio de cambio. De esta manera, gran parte de los intercambios dejan de efectuarse con dinero en efectivo para realizarse con estas promesas de pago. Además, es probable que, al vencimiento, estas mismas promesas de pago no se conviertan en dinero, sino que se intercambien por otras promesas de pago diferentes que son temporalmente más demandadas en el momento del vencimiento. Lo que quiero decir es que, aunque la suma monetaria de estas promesas de pago se mantuviese estable, los bienes de consumo sobre las que están respaldadas van rotando debido a los diferentes bienes demandados según se transcurre el año. Las mercancías se han intercambiado contra mercancías y no contra dinero, dejando así al dinero la función de reserva de valor y al crédito como medio de intercambio.

La banca adquiere aquí una función extra, la de ente certificador de la calidad de estas promesas de pago. Ella será la encargada de aceptar o no el descuento de estas letras y por ello deberá ser consciente de su liquidez. El nuevo negocio de la banca será el descuento de letras, y su beneficio el tipo de descuento. Sin embargo, la banca puede verse tentada a prestar a largo plazo a cargo de estas promesas de pago a corto plazo. Así obtiene un beneficio mayor porque el tipo de interés de largo plazo (casi) siempre será mayor al tipo de descuento en este corto plazo. El banco deteriora su liquidez produciendo un descalce de plazos financiero que será el germen del ciclo económico.

Como se mencionó antes, las mercancías se están cambiando por mercancías y no por dinero. De esta manera, para detener la retroalimentación en la que queda atrapada el sistema financiero una vez los bancos se dedican al descalce de plazos, el dinero juega un papel fundamental. Es la convertibilidad de los pasivos bancarios en dinero la que detiene este bucle. La habilidad del dinero contante y sonante de ser el instrumento definitivo para extinguir deuda es quién impone rigidez al sistema bancario. El dinero, por ser el bien más líquido, actúa de reserva última de liquidez y a su vez, como no es pasivo de nadie, permite a los consumidores escindirse del sistema financiero.

Antal Fekete consiguió desarrollar una teoría del crédito circulante de la que andaba huérfana la Escuela Austríaca a la vez que complementa a la teoría del dinero de Carl Menger. Por todo esto, Fekete debería ser considerado uno de los mejores economistas monetarios con los que nos ha obsequiado la Escuela Austríaca. Él fue el más mengeriano de los seguidores de Menger y el artífice de la unión del dinero y el crédito desde unos principios subjetivistas propios de nuestra escuela de pensamiento.

Censura estatal y de mercado

La suspensión de las cuentas de Donald Trump de Twitter y Facebook ha reavivado debates acerca de la censura. De este caso destaquemos lo siguiente:

(1) Trump difícilmente pueda ser culpado por incitación a la violencia (1).
(2) Las censuras de las Big Tech y muchos de los comentarios de apoyo a tales censuras pecan de incoherencia. A menudo se invocan valores liberales a modo de justificación, a la vez que se deja el libre curso a voces no liberales (2).
(3) Estas redes se han beneficiado de tenerlo a Trump como usuario, para luego suspenderlo cuando sabían que no iba a ser reelecto (3).
(4) No obstante ello, ninguna empresa está obligada a publicar o difundir un contenido determinado. La selección de unos contenidos siempre supone el descarte de otros (4).

J. S. Mill y la tradición estadounidense

El consenso general es que los Estados Unidos, con su Primera Enmienda y subsiguiente jurisprudencia, es la nación con mayor libertad de expresión (5). La tradición de libre expresión estadounidense está ligada a las ideas de J. S. Mill. En consonancia con las ideas de este pensador, diremos que esa tradición representa la vía a seguir. Debemos insistir en evitar la mano censuradora del Estado. Pero también hemos de comprender que la “censura” que aplica el libre mercado no es ninguna panacea.

En On Liberty, Mill argumentó sólidamente a favor de la libertad de expresión. En los primeros capítulos, Mill defiende la libre expresión de cualquier doctrina, sin importar cuán inmoral se la considere. La excepción a esta libertad es la “instigación positiva” directa a un acto dañoso inmediato. Para ilustrarla, Mill brinda un famoso ejemplo. En él, propone que la opinión de que los comerciantes de maíz hambrean a los pobres, o que la propiedad privada es robo, debería poder circular libremente en la prensa, pero es merecedora de castigo si es proclamada ante una turba enardecida frente a la casa de un comerciante de maíz (6).

Por otro lado, Mill sugiere una correlación directa entre más libertad de expresión y mayor consecución de la verdad. Intuitivamente, esto parece cierto, pero veamos algunos problemas con los que se puede enfrentar esta proposición.

El libre mercado no promueve la expresión de las mejores ideas

No recuerdo si fue Bertrand Russell el que alguna vez dijo que cuando se topaba con un artículo periodístico sobre su especialidad –matemáticas-, solía encontrar toda suerte de inexactitudes y falsedades, y que, por extrapolación, asumía que era probable que en los artículos sobre todos los demás temas en los que él no era experto también hubiera similar proporción de inexactitudes y falsedades. Al menos, sí dijo que no debería culparse a la prensa por su mala calidad, ya que es el público el que exige una prensa de mala calidad (7). 

La chanza de Russell ilustra una dificultad de la afirmación de Mill sobre la relación de la verdad con la libertad de expresión. Por un lado, cabe considerar cómo el sensacionalismo vende. Las ganancias que supone el impacto inmediato de una publicación pueden desplazar otras publicaciones valiosas (8). Por otro lado, un gran holding puede tener una o dos empresas exitosas que actúen como locomotoras comerciales, remolcando a otros canales comercialmente deficientes que se utilizan para difundir ideas marginales no representativas de la elección directa del mercado (9).

Lo que solemos ver y escuchar en los medios de comunicación masivos y redes sociales refleja los cánceres que padece la política de nuestro tiempo: el fanatismo y la intolerancia por un lado, y la cultura de la cancelación y la autocensura por otro. Los fanatismos más tradicionales se basan en la simple pertenencia a un colectivo. La procura constante de la corrección política también desemboca en fanatismo mediante la identificación de pertenencias a diversos colectivos (al punto que el lenguaje rápidamente alinea a las personas en grupos o facciones políticas). Desgraciadamente, nos hemos acostumbrado a la aplicación de eufemismos tales como “discurso de odio” (hate speech), “bulo” (fake news), “desinformación” (misinformation), que casi siempre hacen las veces de meros ataques de descrédito sin argumentación que los sustenten.

La “censura” ejercida por la supervivencia del más apto en el libre mercado no nos salvaguarda de la tendencia a la sobresimplificación que suele llegar al punto de la tergiversación. El pensamiento crítico no es una empresa sencilla, y la abstracción es elusiva para la mayoría de los consumidores de medios y redes de comunicación. Este tipo de censura supuestamente deseable también suele ser lento para desenmarañar las prácticas engañosas o moralmente cuestionables que pueden darse de manera abusiva desde posiciones mediáticas dominantes.

¿Qué alternativa nos queda?

¿Hemos de resignarnos a la mediocridad imperante del debate público y a la habitual pobreza del intercambio de ideas? Sí y no.

Sí, porque no debemos pretender cambiar más de lo que podemos. La imposición de un modelo intervencionista a gran escala con la intención de garantizar libertades -pensemos en cláusulas, multas, otorgamiento de licencias, y demás burocracias estatales-, acaba teniendo el resultado opuesto. La diferencia entre la censura que pueden aplicar agentes privados y la censura impuesta desde el Estado es de capital importancia. No es lo mismo el caso de Trump con Facebook y Twitter, o el de la suspensión de Talk Radio en YouTube en el Reino Unido (10), que las regulaciones a internet del gobierno turco (11), o el tristísimo caso de Hong Kong y su cercenada libertad de expresión (12).

Y no, porque si atemperamos nuestras ambiciones, cada uno de nosotros podemos adoptar una actitud proactiva que se desarrolla en tres pasos:

1. Desconfiar. La desconfianza es la sana duda que debemos aplicar a cada cosa que leemos o escuchamos. En la comunicación mediática nos guiamos en cierta medida por indicios, pero más aún debemos procurar identificar contradicciones en los discursos.
2. Investigar. El análisis de cualquier proposición o argumento a menudo nos exige profundizar en el tema y acudir a otras fuentes. Los límites de tiempo, dinero y energía que cada individuo tiene condicionan este paso.
3. Producir. Declamar, publicar, denunciar, o simplemente replicar, luego de haber transitado los pasos anteriores.

El episodio de Trump con las redes sociales ha servido para que muchos vean más claramente los hilos y las hilachas de las Big Tech. Pero también ha vuelto a poner en el tapete el tema de la censura y nos ha refrescado las reglas de juego y los límites de la libertad de expresión. Es siempre preferible que el experto acalle a los charlatanes mediante argumentos en un foro libre, que con burdas apelaciones a la autoridad apalancadas en el colectivo de turno. A riesgo de exponernos a la expresión de una nueva barrabasada, aunque más no sea por principio, es mejor optar por sumar una voz más al debate de ideas. En palabras del propio Mill, “Si toda la humanidad menos una persona fuera de una misma opinión y sólo una persona fuera de opinión contraria, la humanidad no tendría más justificación de acallar a esa persona que la que tendría esa persona, si tuviera el poder, de acallar a la humanidad” (13).

Notas

(1) La jurisprudencia estadounidense previene los abusos de la apelación al argumento de incitación a la violencia (acción criminal inminente, [imminent lawless action]).

(2) Ejemplo de argumentación a favor del acallamiento de Trump invocando valores liberales: “Additionally, incitement to violence is a criminal offence in all liberal democratic orders.” “Yet, in all liberal democracies – even the United States which has the strongest free speech protection in the world – free speech has limits.” Cuentas de Twitter y Facebook de: Partido Comunista Chino (Twitter, Facebook) (que bloquea estos servicios en su país), Nicolás Maduro (Twitter, Facebook), Recep Tayyip Erdoğan (Twitter, Facebook).

(3) Ver: https://www.infobae.com/america/tecno/2021/01/16/borja-adsuara-hasta-que…

(4) La primera enmienda no se aplica a empresas privadas. Alberto Benegas Lynch (h) sostiene que “Cada medio o plataforma digital decide con su propiedad lo que piensa es mejor sin que nadie pueda torcer por la fuerza su decisión”. Y aquí la persuasiva sugerencia de Fernando Herrera de no interpretar el posible triunfo de Twitter como una falla de mercado.

(5) Un ejemplo de la diferencia en este sentido entre la UE y Estados Unidos.

(6) John Stuart Mill, On Liberty, (1859), p. 104.

(7) Bertrand Russell, Education and the Social Order, (1932), p,138.

(8) Así lo sugiere André Schiffrin respecto de los libros en The Business of Books.

(9) https://journals.openedition.org/lisa/5246, párrafo 17.

(10) https://www.engadget.com/youtube-closes-down-talkradio-channel-153058823…

(11) https://www.hrw.org/news/2020/12/19/turkey-youtube-precedent-threatens-f…

(12) https://www.dw.com/en/opinion-twitters-trump-ban-is-no-chinese-style-cen…

(13) John Stuart Mill, On Liberty, (1859), p. 30. “If all mankind minus one, were of one opinion, and only one person were of the contrary opinion, mankind would be no more justified in silencing that one person, than he, if he had the power, would be justified in silencing mankind”

Democracia frente al radicalismo

Giovanni Sartori, teórico contemporáneo, dijo respecto de la democracia en sus Elementos de Teoría Política, uno de sus ensayos más descollantes: “Democracia es el procedimiento y/o el mecanismo que genera una poliarquía abierta cuya competición en el mercado electoral atribuye poder al pueblo, e impone específicamente la capacidad de respuesta de los elegidos frente a los electores”.

Se trata de una definición puntual que nos da una visión concreta acerca de aquello que genera tanto debate en nuestros días respecto de qué significa la democracia para los ciudadanos, cómo se materializa y en qué medida una democracia puede definirse cabalmente como una verdadera y real, más allá de los sarpullidos que a veces genera la dicotomía ficticia entre democracia representativa y democracia participativa que algunos teóricos de la demagogia se empecinan en manifestar en reiteradas ocasiones.

La democracia, según Sartori, es precisamente un escenario que permite la realidad de diferentes poderes en el Estado que desempeñan sus funciones según sus competencias, atribuciones y alcances. Esa realidad en la que convergen distintos actores políticos, diferentes unos a otros, permite la oportunidad de acuerdo; de cesión y pacto. Valores primigenios del parlamentarismo bien entendido.

En este escenario existe inevitablemente un debate intenso sobre las políticas públicas. Pero son, en primera instancia, los representantes políticos los encargados de canalizar las demandas para conseguir que se resuelvan en medidas concretas. Estas medidas han de estar respaldadas por un acuerdo en el cual no se desplace a las minorías y las mayorías no se traduzcan en imposiciones unilaterales y en muchos casos autoritarias; mayorías que sean la agrupación de distintas visiones y necesidades sobre lo que hay que hacer y cómo.

La política de bloques, la polarización, el discurso amigo-enemigo o la dictadura de la mayoría, forman el modo de entender la democracia por los neo-marxistas. Éstos se atribuyen un valor supremo y una moral extraordinaria para debatir cuestiones que se escapan por completo de sus corazones y sus mentes, aunque se empecinen en disfrazarse y demostrar lo contrario. A pesar de que la dialéctica y el griterío se han apoderado de la política en muchos países de las democracias occidentales y particularmente en España, debe existir un impulso para el debate real desde la académica y en la práctica institucional diaria donde el lenguaje liberal sobresalga para explicar y poner en evidencia que la libertad es una virtud muy dura de alcanzar y que sus resultados son más sublimes que la impostada igualdad absoluta.

En algo sí son expertos los sofistas de nuestro tiempo y es en transmitir un mensaje plagado de ambages y maximalismos para justificar un accionar radical. Pero es un mensaje impreciso, porque cuando la realidad es una parcela para ser interpretada al antojo de cada uno y según pretensiones individuales, perdemos de vista la objetividad de la historia. Y es eso, precisamente, lo que intentan hacer personajes como Rodríguez Zapatero, Pablo Iglesias o Iñigo Errejón: matizar la verdad para hacerla suya a costa de los hechos, aunque ello implique mentir de forma indiscriminada, a tiempo y a destiempo.

No obstante, la calidad de una democracia también se mide, entre otras cuestiones, por su capacidad de aceptar en su espacio político y en el debate a diversos actores, con ideologías distintas entre sí. El problema resulta cuando se confunde el principio de pluralismo político y se aceptan todas las ideas y todas las vertientes ideológicas amparándonos en el concepto de libertad y pluralismo y cuando no somos capaces de identificar la raíz y el fin último de los portavoces de estas ideas recicladas de forma torpe, pero sutil. También Sartori (Una Sociedad Multiétnica) hace una diferenciación entre pluralismo y multiculturalismo, definiendo al primero como un concepto democrático, con orígenes en la tolerancia democrática, mientras al multiculturalismo lo define como una idea de origen marxista; nacida en el neo-marxismo inglés.

Por supuesto, la democracia funciona bajo los conceptos de tolerancia y respeto al Estado de derecho, institución que garantiza el cumplimiento de la ley, pero no podemos perder de vista que algunos participantes del quehacer político, que llegan al poder y son parte de la responsabilidad en su ejercicio, tienen una tendencia rupturista. Un rupturismo no sólo nacionalista, cuyas consecuencias Europa conoce, sino con el concepto mismo de poder y en la práctica de la democracia.

Así, como en una democracia coexisten diferentes realidades, también los límites están dados para todos los participantes, sin excepción. Estos límites al poder que algunos no comprenden, por ignorancia o conveniencia, permiten su propia subsistencia. Si esos límites se rompen, sencillamente, no hay cabida para la libertad y la democracia.

El modelo rupturista/radical es el que defiende Pablo Iglesias, y lo hace cuando habla de la “democracia limitada” en lugar de los límites a la democracia porque en el fondo no es un hombre democrático, su formación y su visión del mundo no le permiten serlo y por ello no debe extrañarnos que vierta y tenga este tipo de respuestas, y su posición sea la de forzar el debate alrededor de lógica contraria a la democracia y el constitucionalismo con todo lo que ello implica. Lo que no podemos permitirnos es dejar pasar de largo su supuesta superioridad moral y sus mentiras porque el mensaje reiterativo, aunque se victimice frente a los poderes mediáticos siendo, al contrario, él el salvador de la patria con una poderosa cobertura, penetra hondo en la gente y en tiempos de crisis el mensaje más radical puede ser un remedio engañoso para las sociedades frustradas, un terreno deseado por los totalitarios.

Una crítica liberal a la ‘censura’ en las redes

Estos días ha habido discusión entre autores liberales sobre si era procedente -o no- criticar la actuación de determinadas redes sociales en relación con el cierre de la cuenta del Presidente de Estados Unidos, y muchos de sus seguidores, y, muchas veces, los argumentos no llegaban a todos los puntos esenciales de la cuestión.

Entiendo que, como dicen algunos, la libertad y la propiedad privada puedan considerarse derechos irrenunciables y que ello obligue a defenderlas incluso cuando los resultados no sean de nuestro agrado, pero de ahí a que sea el único criterio a tener en cuenta por un liberal y que lleve, además, a afirmar que las redes sociales privadas pueden limitar el contenido y las afirmaciones -incluso bloqueando cuentas de usuarios- cuando y donde quieran, va un abismo. Y es que, junto a la libertad y el derecho de propiedad, los liberales defienden otros principios -complementarios a esos dos- y que permiten que exista una dinámica en la vida social, como el de la libertad de pactos y que los pactos están para ser cumplidos (o “pacta sunt servanda”), sin los cuales, a pesar de la libertad y la propiedad, la vida social y el progreso serían imposibles.

En efecto, los pactos se establecen precisamente para modular y/o modificar el contenido y las implicaciones de los principios arriba señalados -de la libertad y de la propiedad-. Y por mucho que se diga, entre los usuarios de una red social y ésta se establecen, en mi opinión, una serie de derechos y obligaciones respectivos y recíprocos, a veces implícitos, pero no por ello inexistentes; y esos derechos y obligaciones no pueden ser alterados a placer y arbitrariamente por una sola de las partes, y menos cuando se hace de forma contraria a lo que se venía realizando hasta el momento.

El acceso y la utilización de una red social es, aparentemente, gratuito porque no se cobra directamente al usuario, sino a través de la publicidad o de la información que de él se obtiene. Pero me parece evidente que la elección de la red social, el deseo o la confianza de aparecer en ella frente a terceros, y el coste de oportunidad que supone para mucha gente dedicarle tiempo y esfuerzo a labrarse en su seno una red de contactos es claramente un coste que debe implicar, a mi modo de ver, una serie de obligaciones por parte de la entidad. Máxime cuando el éxito de la misma depende, precisamente, del efecto red, para el que es necesario que esté dada de alta en la misma el mayor número de personas. Al fin y el cabo, el usuario, con sus habilidades y reputación, consigue un beneficio para la red al conseguir unos seguidores que lo son también de aquélla. Es decir, el usuario que usa y disfruta de una red social, aunque sea “gratis”, sí está aportando algo a ésta y sí hace inversión (en tiempo, imagen y esfuerzo) de la que también se beneficia la red, que se lucra gracias a ello. Establece así un vínculo entre las partes en el que ambos aportan y reciben, en función de las expectativas que se generan según el comportamiento expreso y tácito de ambas. Al menos es una de las cuestiones que, creo, debería analizarse en profundidad ya que no se trata de un simple beneficio donado gratuitamente por la red al usuario, como parecen querer decir algunos; al contrario.

Si desde el primer momento la red social de turno manifiesta de manera expresa que no va a tolerar manifestaciones, opiniones o exposición hechos que perjudiquen o vayan en contra de un determinado partido político, o tendencia ideológica, el que quiera ser su usuario sabe a lo que se expone. Pero cambiar las reglas del juego, por sorpresa y sin posibilidad de oposición, sí sería una clara vulneración de los principios a los que me vengo refiriendo. Una decisión que deberían tener consecuencias jurídicas, también según los postulados liberales. Y creo que es uno de los puntos que habría que analizar con detalle en los casos que están ocurriendo, ya que el problema no es sólo de aquéllos cuya voz se calla, sino de otros muchos que dedicaron tiempo y esfuerzo a labrar una lista de gente a la que seguir para estar informados según sus gustos e inclinaciones. Personas que ven truncadas, arbitrariamente y sin aviso previo, sus expectativas. A lo mejor si lo hubiesen sabido un par de años antes (por afirmación expresa o por el comportamiento) se hubiesen hecho usuarios de otra red, que incluso podrían ser ahora de las mayoritarias.

Se trata, por tanto, de una cuestión mucho más compleja de lo que a primera vista pueda parecer. Una cuestión que depende de cómo se interprete la voluntad de las partes y de las expectativas razonables y de buena -o mala- fe creadas en el otro, los costes para ambos, el grado de satisfacción final de las mismas, su grado de exigibilidad y el margen para alterar las condiciones unilateralmente. EL asunto tiene una gran trascendencia social. Creo que a nadie ayuda que se solucione con análisis superficiales y simplistas.

Y todo ello sin olvidar, además, que no parece razonable que a la red social de turno no se le responsabilice del contenido que en ella aparece cuando ella misma activamente controla, limita, o fomenta según qué contenidos. Pero eso es otra cuestión.

La política de las turbas

El pasado 6 de enero, durante la sesión conjunta del Congreso y el Senado de los Estados Unidos en el Capitolio, que certificaría oficialmente a Joe Biden como presidente electo, una turba de partidarios de Donald Trump se dirigió hacia el edificio y lo asaltó sin, al principio, apenas oposición de las fuerzas de seguridad que lo custodiaban. Lo que siguió lo hemos visto anteriormente en otros momentos históricos, cuando la muchedumbre tomó al asalto un edificio, aunque con matices propios de la actualidad. Los representantes del pueblo estadounidense, incluido el vicepresidente Mike Pence, fueron evacuados, a la vez que los asaltantes se dedicaban a saquear y a hacerse fotos en diversos lugares emblemáticos del edificio, antes de que fueran reprimidos. Fue en ese momento en el que se produjeron cuatro muertes entre los asaltantes (la agonía de una de ellas fue grabada en directo por un móvil) y varios heridos graves, otro de los cuales, un policía, moriría más tarde (1).

No es este tema, las elecciones americanas, el que quiero tratar, sino la tranquilidad y la aceptación por parte de mucha gente del hecho de que una muchedumbre, una turba descontrolada y descontenta, con o sin razón, use la violencia para intentar conseguir un fin político. Es evidente que la manifestación, desde la pacífica a la violenta, no es un fenómeno nuevo. Desde la antigüedad clásica hasta la actualidad, las masas se han enfrentado con aquellos que han considerado culpables de sus males, y estos, si han tenido los medios, han reaccionado con fuerza para reprimirlas. Es a partir del siglo XIX cuando este modo de protesta se convierte en una herramienta política más habitual, termine o no de manera pacífica.

En la actualidad, la manifestación es un derecho en democracia, aunque esto podría ser discutible, ya que suele entrar en conflicto con otros derechos de personas que, ajenas a las razones de la convocatoria, se ven afectadas por los efectos colaterales. Muchas fuerzas políticas y sociales la usan dentro de sus estrategias de acción. Los objetivos que plantean o el grado de contundencia con el que se ejecutan son distintos para cada uno y, repito, puede hacerse de manera pacífica o, por el contrario, optar por el uso de la fuerza en algún momento, incluso combinar ambas estrategias. En regímenes totalitarios, las manifestaciones son, no pocas veces, la única manera de expresar el descontento, ya que las instituciones políticas están vetadas a los opositores e individualmente se puede correr peligro si se expresa con demasiada vehemencia el rechazo a las políticas gubernamentales, quedando un grupo suficientemente compacto y coordinado como un elemento más eficaz a la hora de reivindicar un cambio, a la vez que se pretende asustar al régimen. Desgraciadamente, estos regímenes no tienen reparos en usar una violencia excesiva para reprimir, a diferencia de las democracias, donde una violencia desmedida, real o ficticia, puede hacer caer gobiernos.

Los movimientos revolucionarios suelen optar por el uso violento de las masas, porque es coherente con su manera de hacer política. La naturaleza utópica de su movimiento impone la destrucción de todo lo que hay en busca de una sociedad nueva, de un hombre nuevo, así que no tienen reparos en destrozar lo que encuentran por delante (mobiliario, personas, edificios…), incluso a costa de muertes dentro de su movimiento, mártires que se muestran como el precio que hay que pagar. Algunos movimientos anarquistas también optan por esta variedad violenta . Por otra parte, las manifestaciones reivindicativas no tienen por qué tener una naturaleza violenta, pero durante décadas, se ha visto que los objetivos se consiguen mejor si se muestra un cierto nivel de intimidación, que si sólo se expone la reivindicación. No es habitual ver esas manifestaciones de personas con pancartas que daban vueltas a una manzana, dejando paso a los peatones, o que se concentraban en superficie mínima sin molestar. Por el contrario, las grandes marchas terminan colapsando ciudades, algunas veces durante días.

En las actuales democracias, la permanencia en el poder depende, cada vez más, de ciertas reivindicaciones ligadas al Estado de bienestar, en especial sobre educación, sanidad, pensiones, vivienda pública, transporte público, urbanismo, etc. Satisfacer estas y otras reivindicaciones supone votos y, desde hace unas décadas, prestigio e imagen pública. Las manifestaciones de determinados colectivos pueden ser favorables o adversas, así que se genera una serie de estrategias desde las partes en conflicto para controlarlas, liderando las que son favorables e intentando acallar las que no lo son. El uso y, en su caso, el control de los medios y las redes sociales es esencial, pues lo hace todo más efectivo (ya hemos visto que la “alianza” entre el Estado y las grandes empresas -media, tecnológicas, etc.- es esencial en estas estrategias desde el poder).

Las grandes manifestaciones en defensa de una idea, un fin solidario, social o medioambiental, son cada vez más frecuentes, hasta el punto de que se han convertido en razones para el turismo social. La crisis climática, la lucha contra la discriminación por raza o condición sexual, la búsqueda de la igualdad o la lucha contra la pobreza arrastra a miles de individuos de todo el mundo a una ciudad durante días, sólo para asistir a las reuniones públicas y a las manifestaciones. Todos los grupos, incluso los que forman parte del problema más que de la solución, quieren liderar y mostrarse al frente de los movimientos ciudadanos. Pensemos en la omnipresente crisis climática y los movimientos y reacciones que genera; las empresas que contaminan quieren ser las más verdes, las políticas públicas que los ignoraban hasta hace unos años son las más progresistas y las personas que antes se inhibían, ahora se unen a grupos (subvencionados la mayoría) o incluso acuden a título personal, preocupados por algo que, no pocas veces, tampoco es que lleguen a entender. Liderar o formar parte de estas manifestaciones es una imagen impagable para los propósitos de algunos.

A algunos grupos políticos y sociales más extremos, más radicales, puede interesarles tener ‘turbas profesionales’ a las que dar objetivos, todo de una manera oficiosa, nada escrito ni demostrable. Algunas veces no es necesario decir nada a nadie. Ya saben qué hacer y qué grado de violencia hay que aplicar. De estos salen los “rodea el Congreso”, los que asaltan edificios e incluso los ‘okupan’, los que buscan a personas para acosarlas, los que ‘escrachean’ por la mañana y se lanzan a una pacífica reivindicación por la tarde que termina en destrozos en coches, comercios, mobiliario público, etc. Esta es otra manera que tienen de decir que la sociedad ha hablado y está enfadada. Todo está bien si se avanza en la línea que consideran adecuada. Todo apesta a utilitarismo.

Se han generalizado las manifestaciones y se han obviado los daños colaterales que suponen, desde los muertos a los desperfectos en las propiedades, en el mobiliario público o las simples molestias que crean a los ciudadanos, como si las necesidades de estos fueran intrascendentes ante sus grandes reivindicaciones, a la vez que ignoramos que algunas de estas grandes causas están acabando con -estos sí- derechos fundamentales de los ciudadanos. Sin embargo, siendo esto horrible, no es lo peor.

Caminando a la vera de políticos y políticas populistas, estamos enseñando a las generaciones actuales y a las futuras que, cuando quieran algo, ya sea en materia social o política, incluso a nivel personal, lo adecuado es la manifestación, la protesta pública, incluso la turba descontrolada, porque si la acción es lo suficientemente violenta, el que lo tenga que proporcionar se doblegará, o al menos parecerá que lo hace. Mostramos, de esta manera, que todo es una cuestión de voluntad política, es el famoso triunfo de la voluntad que se hizo famoso en la década de los 30, que no hay límites, sino seres malvados que impiden que nos realicemos. El populismo político va acompañado de populismo social, que reduce el poder de las instituciones y eleva el de las muchedumbres. Estamos creando una sociedad donde los más radicales tienen en todo las de ganar, porque son los que más ruido pueden hacer. Este es un fenómeno que les ocurre a partidos de izquierda, de derecha o de centro, a sindicatos o a organismos de la sociedad civil, pues tiene que ver con la radicalidad de los que se expresan, no de las ideas en sí mismas. El declive de ciertas instituciones políticas y sociales no está dando lugar a otras más eficientes, sino al poder del grupo. No sé si hay causalidad o casualidad entre el auge del populismo y el incremento de las manifestaciones, las algaradas y los disturbios, pero me inclino por lo primero.

Bitcoin, la gran apuesta

Es indudable que Bitcoin ha sido uno de los activos estrella del último año. En tal solo doce meses, su cotización se ha multiplicado por seis. Partiendo de los 7.200 dólares en los que cerró el año 2019, y tras romper la barrera histórica de los 20.000 dólares en noviembre de 2020, ha protagonizado un ascenso acelerado que le ha permitido alcanzar los 41.900 dólares durante los primeros días de enero de 2021.

Es habitual leer a analistas que tratan la cotización de Bitcoin como si fuera una fiebre sin sentido. Muchos consideran que el valor de uso de Bitcoin es, y siempre va a ser, cero. Estos detractores consideran que su precio sube y baja sin más criterio que el efecto rebaño de especuladores codiciosos que no saben lo que hacen. O que, sabiendo que compran un activo sin valor, creen que van a poder colocarlo a un precio mayor antes de que la música deje de sonar.

La realidad es bastante más compleja. Bitcoin no es un “tulipán” sin utilidad que sube y baja de precio en un juego de las sillas especulativo que terminará inexorablemente colapsando. Al contrario: si Bitcoin es hoy protagonista de una gran especulación es precisamente por la enorme utilidad que este protocolo de transmisión de valor puede tener en el largo plazo.

La cotización de Bitcoin en el presente responde a una gran apuesta sobre el futuro. La pregunta a la que tratan de responder quienes participan en los mercados de esta criptomoneda es: ¿Será Bitcoin utilizado en el futuro como medio de intercambio generalmente aceptado? Es decir, ¿existirá una masa crítica de gente que utilizará Bitcoin como forma de dinero? Y, de ser así, ¿qué extensión tendrá su uso?

Bitcoin nació precisamente tratando de cumplir con las condiciones que debería tener un buen dinero. Un buen dinero debe de ser fácil de almacenar, de transportar, de intercambiar, de dividir y de validar; al mismo tiempo, debe ser difícil de falsificar y de producir, de forma que el incremento de su cantidad sea escaso y estable en relación con el stock total de dicho bien.

Bitcoin no sólo se diseñó de forma que cumpla de mejor manera que las monedas actuales los requisitos que debe tener un buen dinero. Además incorpora, mediante su tecnología criptográfica y su protocolo descentralizado, la capacidad adicional de ser anónimo, muy difícil de intervenir, e imposible de manipular, confiscar o destruir por los Estados.

Además, en la actualidad incluye una característica muy importante con la que no se puede nacer, pero que Bitcoin ha tenido la suerte de desarrollar: una imagen de marca que es reconocida en el mundo entero.

Sin embargo, convertirse en una forma de dinero con un uso amplio es algo muy difícil, sobre todo por dos motivos. El primero es que el dinero es un bien que se caracteriza por su efecto red, es decir, que su utilidad se deriva de cuántas personas lo usen. Esto hace que, aunque estén mal gestionadas, sea difícil reemplazar las monedas fiat actuales, como el dólar, el euro o el yuan.

En segundo lugar, las monedas fiat actuales tienen una ventaja muy relevante sobre las criptomonedas: tienen una enorme demanda cautiva por ser la forma en la que, por obligación, todos los ciudadanos del mundo tienen que pagar sus impuestos. No hay que olvidar que la moneda fiat, en última instancia, es una deuda fiscal de los gobiernos que da derecho a los ciudadanos a cancelar sus obligaciones de pago de impuestos. Dicho de otra forma, si no tienes al menos una mínima cantidad de euros para pagar tus tributos al gobierno español, por mucha criptomoneda que tengas, éste confiscará tus bienes.

La gran demanda que tiene Bitcoin a día de hoy no es una demanda monetaria. Si el público demandara hoy Bitcoin para usarlo como medio de intercambio, es decir, si demandara saldos de tesorería en Bitcoin para realizar sus pagos y aceptara cobros de manera cotidiana, el valor de esta criptomoneda tendría que ser enormemente estable.

El dinero se caracteriza por ser el bien más líquido de la economía. Y la liquidez, en última instancia, es estabilidad del valor en el tiempo y ante cualquier tipo de cambio. Un bien cuyo valor se multiplica por seis en un año no está actuando como un buen dinero, ya que no cumple la necesaria estabilidad en el valor. Bitcoin hoy no es demandado como dinero, sino como apuesta de que pueda ser un buen dinero en el futuro.

Considerando las ventajas competitivas de Bitcoin y sus desventajas frente a las monedas fiat actuales, serán los usuarios quienes, con el tiempo, decidirán no solo si esta tecnología va a ser utilizada como dinero generalmente aceptado o no lo va a ser en absoluto, sino también sobre cuál va a ser la extensión de su uso.

Es difícil, pero posible, que Bitcoin termine teniendo la extensión monetaria que ahora mismo tiene el dólar, el euro o el yuan. Pero en caso de que llegue a la extensión las actuales monedas dominantes, sería razonable suponer que en el futuro su valor total alcanzará el que tienen éstas ahora mismo, que es entre 44 y 22 veces superior al actual de Bitcoin.

Su valor podría ser incluso mayor si, en lugar de quedarse en la extensión que tienen hoy las grandes monedas nacionales, se convirtiera en un patrón monetario internacional como fue en su día el oro.

Más probable que lo anterior es que Bitcoin se sitúe como un activo monetario de nicho, bien reemplazando progresivamente a las monedas fiat peor gestionadas, como el bolívar venezolano, el rial iraní, el dong vietnamita o la rupia indonesia, o bien siendo predominante en ciertos sectores como el comercio digital.

De ser así, ¿qué extensión tendrá en todo el mundo? ¿Qué poder adquisitivo total estarán dispuestos a mantener sus usuarios en saldos de Bitcoin? Si la respuesta es que dicha extensión mundial será similar al que tiene actualmente el dólar australiano o el franco suizo, el valor de Bitcoin puede aún multiplicarse por 2 o 3 veces respecto al actual.

Sin embargo, si su extensión solo alcanza la que en la actualidad tienen el rublo ruso o el peso mejicano, a su valor le quedaría ya poco recorrido al alza. Por supuesto, si en el futuro su uso fuera menor que el de estas monedas, la cotización actual ni siquiera estaría justificada. Y si sus mayores detractores tuvieran razón, y se confirmara que Bitcoin jamás será usado como medio de intercambio, irremediablemente terminará colapsando.

En resumen, los precios de Bitcoin de hoy reflejan una gran apuesta sobre el futuro: ¿Será utilizado masivamente como forma de dinero? ¿Será usado solo como activo monetario de nicho? ¿No será utilizado en absoluto? La respuesta estimada a estas preguntas es lo que está detrás de la volátil cotización de Bitcoin.

Es el optimismo de un gran número de inversores sobre su uso futuro lo que explica el incremento que ha vivido durante el último año. Si el pasado sirve de guía, la cotización seguirá alternando crecimientos acelerados con grandes correcciones: será el relativo optimismo o pesimismo de los inversores lo que seguirá explicando la magnitud de estas subidas y caídas futuras. Y, en última instancia, será su adopción o no como medio de intercambio por los usuarios lo que determinará su consolidación como un activo monetario de muy alto valor, o su colapso.

En definitiva, Bitcoin se trata de una apuesta de alto riesgo que muchos inversores están dispuestos a asumir, sencillamente porque acertar puede tener un alto premio.

Impuestos malos

El pensamiento único a propósito de los impuestos es muy claro: los únicos impuestos realmente malos son los que aún no se pagan. De ahí su permanente insistencia en la valerosa “lucha contra el fraude fiscal”, un fraude que por descontado es lo peor del mundo y sólo se explica por la maldad y el egoísmo de unos indeseables.

Nada de esto soporta un análisis ni siquiera somero, porque resulta patente que tal enfoque brota de una pura comodidad política, dado que parte de la base de ignorar a los ciudadanos, que podría explicar sin mucha molestia que los impuestos que sí se pagan no son precisamente santos de su devoción. Los mismos ciudadanos, además, sirven para demostrar que el fraude no es un mal social sino una reacción lógica de defensa ante la presión fiscal.

La explicación es doble. Por un lado, la maldad humana podría dar cuenta de los ladrones, los asesinos o los violadores, pero el llamado fraude fiscal es demasiado numeroso como para argumentar que brota de dicha maldad. En efecto, una sociedad con millones de asesinos sería inviable, mientras que hay millones de defraudadores que, aparte de dicha rebeldía, no resultan sujetos antisociales. Por otro lado, si la economía sumergida en España ha sido estimada en torno al 17 % del PIB, tampoco es ello tan espectacularmente alejado del 10 % de la circunspecta Alemania o el 12 % de los admirados socialdemócratas nórdicos.

También es absurda otra estratagema que consiste en aducir que los contribuyentes son en España esquilmados por culpa de los defraudadores, y que si el fraude disminuyera podrían bajar los impuestos. En décadas recientes en nuestro país ha aumentado considerablemente el número de personas sometidas a Hacienda, al mismo tiempo que la presión fiscal también se incrementaba hasta niveles récord.