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España toca fondo: ya es el peor país en salud y economía

“When you hit rock bottom and you’re there to stay” Paul Stanley, Ace Frehley.

El confinamiento masivo y el cierre forzoso de la economía por orden gubernamental pasarán a la historia como las medidas más incompetentes e ineficaces para preservar la salud y la economía. No solo han sido un fracaso absoluto a la hora de gestionar la pandemia, sino un desastre para cientos de miles de trabajadores y decenas de miles de empresas y, con ello, la salud de millones también.

El falso dilema “salud o economía” solo se le puede haber ocurrido a un burócrata. Se trata de proteger la salud y la economía. Y el gobierno de Sánchez e Iglesias ha fracasado en ambas.

Bloomberg Economics ha publicado el ranking de los países en gestión de salud y economía de 2020 y, usando datos de la John Hopkins University para el Covid-19, España aparece como el peor país de la OCDE y uno de los peores del mundo en salud y economía. No solo aparece por detrás de Argentina, México, Italia y países mucho más cercanos a China. 

España no solo aparece en el ranking como el peor país de la OCDE, sino que lo hace por una gran diferencia con respecto al siguiente peor, Argentina. 

¿Es por falta de gasto en sanidad? No. España queda en el peor lugar a pesar de tener uno de los mejores niveles, 91 sobre 100, en el ranking de sanidad de Bloomberg y mayor gasto en sanidad per cápita que países que han gestionado bien la pandemia y la economía como Corea del sur, Taiwán o Singapur.

¿Estábamos peor? No. España mantiene en el ranking de indicadores estructurales que publica Bloomberg una nota elevada, incluso por encima de la media. ¿Dónde colapsa? En “Confianza en el Gobierno”. Un 32%, solo peor en Brasil y al mismo nivel que Argentina.

¿Es por la exposición al turismo? El impacto en economía de las pobres, ineficientes y dañinas medidas del gobierno sitúan a España con un desastre económico muy superior al de países en los que el turismo también tiene una enorme importancia y además han sufrido el desplome de sus exportaciones.

México, Brasil, países exportadores de petróleo y con una fuerte exposición al turismo, caen menos y salen mejor en el ranking… Y eso que el desplome de más del 20% del petróleo es un factor que debería haber ayudado a la economía española al reducir las importaciones. Países con mayor exposición al turismo que España, como Malta (15% del PIB) o Croacia (15%) salen mucho mejor parados.

Ha sido un año desastroso, pero incluso con la mala gestión gubernamental, España se enfrenta a 2021 tocando fondo y con unas empresas que se han adaptado admirablemente a un entorno duro y con el gobierno en contra.

Los autónomos han visto dos subidas de cuotas en medio de una grave crisis, las empresas solo han recibido ayudas para endeudarse para pagar impuestos mientras el Gobierno llama a los ERTE “ayuda”. Un ERTE no es una ayuda del Estado, es un chollo para el Estado. Para el Ejecutivo es mucho menos costoso un ERTE que un parado y los ERTE son una muestra de que las empresas hacen todo lo posible por mantener el empleo incluso cuando les ponen la zancadilla.

Factores para ser un poco más optimistas en 2021: 

Primero, el acuerdo de Brexit. Para España, un Brexit duro habría sido devastador y un gran golpe para las empresas exportadoras. Es un buen acuerdo, aunque el gobierno de España no ha hecho nada por defender sus intereses de Gibraltar ni ha trabajado por apoyar los intereses de las empresas españolas.

Han sido muchos años de incertidumbre y por fin se aclaran las cosas para las empresas españolas. Desafortunadamente, el gobierno sigue empeñado en convertir a España en un infierno fiscal por lo que las oportunidades de atracción de capital se han cercenado.

Segundo, las vacunas. La importancia de las vacunas es clave, porque van a limitar la capacidad del gobierno de seguir usando la excusa de la pandemia para cercenar libertades y destruir el estado de derecho.

Tercero, las empresas. El sector empresarial español es uno de los héroes de esta crisis junto a los sanitarios y contribuyentes. Las compañías se han adaptado admirablemente al terreno más hostil posible, con una pandemia que ahogaba la actividad y un gobierno que la remataba.

Si en esta crisis no hemos tenido escasez de alimentos o cortes de suministro ha sido gracias a las empresas. Imaginen por un solo momento si el fracaso sanitario del Gobierno de Sánchez hubiera coincidido con ese mismo Gobierno controlando la economía. 

Lo mejor que se puede decir de 2020 es que ya está terminando. Lo mejor de 2021 será que, a pesar de todo, las empresas, autónomos y contribuyentes van a volver a levantar España, aunque intenten impedírselo. 

2020 ha demostrado lo grande que es España incluso sufriendo la condena de un gobierno anti-empresas y destructor. España puede volver a ser un ejemplo en cuanto a salida de la crisis, si se lo permiten los burócratas redistribuidores de la nada.

Venezuela: Diosdado, el terror bolivariano

Todo régimen que haga del terror su columna principal tiene su brazo ejecutor que hace de la maldad una política de Estado. El historiador y periodista español Jesús Hernández, en su libro Bestias nazis: los verdugos de las SS, menciona a Amon Goth, capitán de las SS, conocido como el capitán de la muerte, quien practicaba tiro al blanco con los prisioneros del  campo de concentración que dirigía. Stalin tenía a Lavrenty Beria, jefe de la policía política del régimen comunista, el NKVD durante 15 años, en los que la represión y el asesinato estaban a la orden del día. La sola mención de su nombre inspiraba terror. En el siglo pasado, en la penúltima dictadura que tuvo Venezuela, la de Marcos Pérez Jiménez, destacaba por su crueldad el director de la Seguridad Nacional, Pedro Estrada, apodado el Chacal de Güiria, aficionado a la tortura como método de interrogatorio.

El régimen venezolano actual tiene también un voluntario que hace o dirige el trabajo sucio, Diosdado Cabello. Pero este personaje no solo dirige la represión y maneja a su antojo los cuerpos represivos, sino que desde que Chávez designó a Nicolás Maduro como su sucesor, el teniente Cabello no ha dejado de entrometerse y disputar a Maduro el poder.

Todo el mundo ha presenciado el forcejeo que ambos mantienen por obtener parcelas de poder, donde Cabello nunca ha tomado en cuenta la figura de Maduro a la hora de anunciar la detención de algún líder opositor o defenestración de un chavista. Casi siempre desde su patético programa de televisión: Con el Mazo Dando. Sus diferencias no han sido de ideas, porque ambos carecen de ellas, sino de control de instituciones y mafias que manejan el país.

A Diosdado se le identifica como el verdadero poder frente a los poderes represivos del Estado. Desde su cómoda posición como presidente del aparato conocido como Asamblea Nacional constituyente, decide a quién inhabilita, a quién encierra en la tenebrosa cárcel conocida como La Tumba, a quién exilian y a veces también cuándo hay que tomar medidas más “radicales” contra incómodos opositores y sus familiares.

Recientemente, el órgano de las Naciones Unidas, conocido como Misión Independiente de Determinación de las Hechos sobre Venezuela, ha señalado que Cabello es el cerebro que maneja los hilos del Servicio Bolivariano de Inteligencia (SEBIN), uno de los brazos ejecutores de la política represiva del régimen que amedrenta a la disidencia y vigila, persigue y extorsiona a todo sospechoso de obstaculizar los planes de la revolución. También Cabello dirige la Unidad de las Fuerzas de Acciones Especiales (FAES). Este cuerpo se ha convertido en una banda criminal que actúa de manera arbitraria, cometiendo salvajes violaciones de los derechos humanos, allanando viviendas, secuestrando, torturando y cometiendo ejecuciones a la luz del día. Diosdado no tiene ningún problema en demostrar su poder; públicamente en su programa de televisión anuncia que aplicará a cualquiera que no le caiga bien la “operación tun tun”: o sea, enviar esbirros a amenazar o detener a lo que son convenientemente seleccionados.

El expediente de Diosdado está enriquecido por acusaciones de corrupción, asociaciones con el narcotráfico y líder del poderoso Cartel de los Soles, socio de la guerrilla colombiana que secuestra y maneja el jugoso negocio de la droga. De él también se asegura que posee la más cuantiosa fortuna de Venezuela, ante la cual palidecen las de Villalobos, Andrade, Ruperti, Gorrín y la familia Chávez. En el estado de Monagas, de donde es nativo, todos dan por hecho que las mejores tierras y hatos ganaderos son propiedad del clan Cabello. Se le señala por ser dueño de una de las mejores fincas de cría de ganado en el estado de Bolívar y de estar vinculado a varias empresas que gozaban de dólares preferenciales, importación de alimentos y contrabando de oro. Es conocida su afición a las peleas de gallo, donde apuesta cuantiosas sumas en dólares, lo cual es un hecho notorio y frecuente.

En el SENIAT, organismo encargado de cobrar impuestos y extorsionar a los empresarios, manda desde hace varios años, su hermano José David Cabello, también exmilitar golpista. Estas prácticas eran conocidas por Chávez, pero las dejaba pasar porque Diosdado también practicaba tiro al blanco con los opositores y nunca le importó mancharse las manos haciendo el trabajo que con toda confianza le encomendaba el Comandante. Es conocida la denuncia que reposa en la Asamblea Nacional sobre corrupción, sobornos y cobro de comisiones. También se recuerda la confrontación que mantuvo con el exgobernador José Gregorio Briceño, del estado de Monagas, quien lo llamó “Pimentón” porque aparecía en todos los “guisos” que explotaban en el Gobierno.

En 2018, Estados Unidos lo sancionó junto con su esposa la ministra Marleny Contreras y su hermano José David Cabello. Sin embargo, el antiguo teniente golpista no para de burlarse de la tragedia venezolana, como cuando dice que “el que no vota no come” o que los venezolanos ahogados en aguas trinitarias “deberían nadar en una piscina y así no se ahogan”. Se olvida el exgolpista que él es uno de los responsables de que más de 5 millones de venezolanos hayan emprendido esta, no pocas veces, trágica aventura.

Por un individualismo metodológico dinámico como puente entre Rothbard y Hayek

En mi artículo anterior traté el debate abierto entre austriacos sobre si Friedrich A. Hayek debería ser considerado economista austriaco o no. Mi respuesta a esa pregunta fue afirmativa, y estuvo guiada por un ánimo sintetizador que busca unir los mejores aportes de los distintos y diversos enfoques que encontramos dentro de los pensadores de la Escuela Austriaca. En el artículo abordé la cuestión de los límites de la praxeología, sobre los que debe apoyarse la ciencia económica, y por ello, hicimos referencia a conceptos como el de equilibrio y el de coordinación. Aunque pudiéramos resolver o aclarar hasta cierto punto la pregunta que nos planteamos, dejamos el final abierto para que hoy pudiéramos hablar sobre las críticas que Hayek ha recibido, por parte de Misesianos más extremos o Rothbardianos, acerca de su concepto de orden espontáneo.

Para Hayek (1973), un orden espontáneo sería un orden autogenerado o autoorganizado, que es, expresado de la mejor manera con la frase de Adam Ferguson, “resultado de la acción humana pero no del diseño humano”. Esta idea de orden espontáneo va en línea de la critica que hace Hayek al racionalismo constructivista o racionalismo extremo, que considera origen del socialismo, y que asume que el ser humano posee la capacidad suficiente como para diseñar, al completo, fenómenos complejos como el dinero, el lenguaje o los principios morales. Como Hayek considera que estos fenómenos no pueden ser diseñados racionalmente, sugiere que son resultado de la acción humana de multitud de personas, pero no del diseño de uno solo o unos pocos, debido, en última instancia, a la gran cantidad de conocimiento factual que implican y que es inabarcable para la mente humana. Con ello, Hayek continúa toda una línea de pensadores que, desde la Escuela de Salamanca, pasando por Bernard de Mandeville, David Hume o Adam Smith,  y llegando a Carl Menger (Barry, 1982), plantearon esa idea o concepto de un orden espontáneo, no planificado o diseñado por uno o varios pocos individuos.

Ante estas ideas de “orden espontáneo”, “consecuencias no intencionadas de la acción humana” y “producto de la acción humana pero no del diseño humano”, Rothbard (2011) llega a decir que la completa obra de Hayek está dedicada a la denigración de la razón humana (p.192), o que constituye un paradigma fundamentalmente irracional. Incluso pone en el mismo plano a Hayek, Hegel y Marx por supuestamente creer en ese evolucionismo, que funciona en base a una especie de patrón beneficioso que lleva siempre a la mejora de las instituciones. Esta acusación de irracionalidad se debe, según Rothbard, a que todas esas nociones que acabamos de comentar asumen que el ser humano puede actuar inconscientemente, de manera inintencionada o automática, como si fuera un robot. Eso es algo que en principio choca con la propia filosofía de la praxeología, que parte del axioma fundamental de la acción humana racional (expresión que el propio Mises considera pleonasmo), al igual que consciente. Toda acción humana es racional, consciente e intencional, es decir, dirigida a un fin. Y según Rothbard, el paradigma Hayekiano no respeta esos principios fundamentales. Gordon (1989) y Salerno (1990) son otros dos austriacos que se suman a la crítica de Rothbard a Hayek.

Desde mi punto de vista, Rothbard no parece comprender lo que Hayek intenta transmitir con esa idea de orden espontáneo. Hayek en ningún momento niega la racionalidad o intencionalidad de la acción individual, es más, especifica que el orden espontáneo es fruto de la acción humana. En términos praxeológicos, por tanto, podemos decir que es fruto de la acción consciente e intencional. Sin embargo, no es resultado del diseño de un solo o unos pocos individuos. Es decir, por problemas relacionados con la limitada capacidad cognitiva del ser humano, el orden mental individual no puede crear y ni siquiera comprender al detalle órdenes superiores en complejidad como el orden espontáneo (Hayek, 1952). Entonces ¿cómo es posible que el orden espontáneo se base en la acción consciente e intencional y a la vez tenga un resultado no diseñado por el individuo o los individuos que participan en él?

La respuesta a la anterior pregunta podemos encontrarla en el individualismo metodológico. Más concretamente, en un individualismo metodológico no atomista o dinámico. A este individualismo ya me referí en otro artículo, donde explicaba que, a diferencia del individualismo metodológico atomista, éste asumía como punto de partida la acción humana individual pero consideraba fundamental el papel de las instituciones y cómo influyen y condicionan la acción individual. Además, criticaba al individualismo metodológico atomista por ser estático, puesto que éste obvia el papel de las instituciones en la acción humana individual, olvidando, por tanto, el resultado de acciones individuales pasadas que dieron lugar a esas instituciones –no debemos olvidar que las instituciones son resultado de acciones humanas pasadas–. Y es que, lo que conocemos por orden espontáneo es resultado de la acción consciente de millones de seres humanos a lo largo del tiempo. No es que las personas actúen inconscientemente, sino que una norma o institución, si incluso es diseñada en origen por un individuo o pequeño grupo, pasa por un largo proceso de prueba y error entre una gran multitud de individuos que, de la misma manera, pueden modificar la institución de forma incluso consciente. No obstante, al final del proceso, el resultado no se ajustará al diseño de una mente o unas pocas mentes, sino que habrá cambiado en función de la contribución de muchísimas de ellas. De esta forma, sí podemos comprender que el orden espontáneo sea fruto de acciones intencionales y conscientes, pero no del diseño de una o unas pocas mentes. Esta comprensión es posible gracias a un individualismo dinámico o no atomista, es decir, que tiene en cuenta acciones individuales pasadas y que, por tanto, considera la influencia de las instituciones en la acción individual.

Hemos de decir que Hayek ya hizo una separación entre lo que él consideró un verdadero individualismo y un falso individualismo (Hayek, 1948), en línea a lo que ahora comentamos. También, me gustaría aclarar que llamo dinámico a este individualismo no atomista, pues el dinamismo es una de las esencias de la Escuela Austriaca: considerar el factor tiempo. En este individualismo no atomista, lo que justamente nos permite comprender el orden espontáneo es saber que depende de multitud de individuos, lo que indudablemente implica tiempo. Enfocarnos en un individuo aislado supone aislarlo en el tiempo igualmente y, por tanto, desconectarlo de cualquier herencia o tendencia evolutiva, convirtiendo así nuestro método en un individualismo estático o falso, que nos puede llevar incluso a conclusiones extremo-racionalistas. Desde este individualismo dinámico, sí creo que Rothbard y Hayek pueden entenderse en relación a la razón humana.

Referencias

Barry, N. (1982). The Tradition of Spontaneous Order. Literature of Liberty2(2).

Gordon, D. (1989). The Origins of Language: A Review. Review of Austrian Economics2, 245–251.

Hayek, F. A. (1948). Individualism and Economic Order. The University of Chicago Press.

Hayek, F. A. (1952). The Sensory Order: An Inquiry into the Foundations of Theoretical Psychology. The University of Chicago Press.

Hayek, F. A. (1973). Law, Legislation and Liberty. Vol. I: Rules and Order. Routledge.

Rothbard, M. N. (2011). The Present State of Austrian Economics. In Economic Controversies (pp. 161–224). Ludwig von Mises Institute.

Salerno, J. T. (1990). Ludwig von Mises as social rationalist. The Review of Austrian Economicshttps://doi.org/10.1007/BF02426363

Las instituciones, como los baños

La frase que titula este artículo no es mía: la leí el lunes al periodista y amigo John Müller en Twitter, refiriéndose a la noticia de que se ha vetado la participación de escritores masculinos en un concurso literario sobre igualdad de género.

Pone de relevancia la importancia de que las instituciones, como los cuartos de baños, mantengan una pulcra limpieza y desinfección. Y, también, la constatación de que en muchos lugares públicos no se contemplan este prurito tan relevante para la salud. El avance en la construcción del alcantarillado, o en la adopción de costumbres higiénicas, como lavarse las manos, han supuesto un cambio muy notable en la evolución demográfica de las sociedades avanzadas.

Tal y como sucede con la calidad institucional en las democracias del siglo XXI. El Estado de derecho, que implica una extremada pulcritud y asepsia por parte del ejecutivo, ha traído consigo una prosperidad pacífica inusual que, desafortunadamente, peligra más con cada día que pasa.

El foco de la sociedad se centra en los intereses de los partidos políticos que, de manera inexplicable, los ciudadanos parecen haber aceptado como superiores a los suyos propios.

La lucha de clases, fracasada en su versión original marxista, trató de renacer enfrentando a hombres contra mujeres, indigenistas contra mestizos, ecologistas contra innovadores, blancos contra las demás razas. Pero, la realidad es que el nuevo binomio dialéctico son los buscadores de rentas frente los generadores de rentas.

Entre los primeros, destacan aquellos ciudadanos que se arrogan el mérito de vivir a costa del otro y lo imponen mediante la coacción. Con el voto de quienes pagan su sueldo y sus dietas, se esconden detrás del tan mentado “servicio público”, pero buscan mantenerse en el poder porque no tendrían acceso a esas rentas si tuvieran que competir, de verdad, por un puesto de trabajo. Me refiero a muchos políticos, y en particular, a los que componen nuestro gobierno y sus aledaños.

La mayor sujeción de una persona bien sea a otra, bien sea a una institución, es un perjuicio para ella, pues no podrá tomar decisiones de manera completamente libre, sesgada, si acaso, por sus propios errores que, por otro lado, no hacen sino reflejar su humanidad.

Por eso, todo el mundo entiende que la emancipación económica es buena. Para algunos, como yo, esa es, además, una de las bases para defender la reducción de la dependencia del Estado por parte de los ciudadanos. Pero hay mirada diferente hacia la dependencia ciudadana del estado.

Para un Gobierno cualquiera, alardear de que el número de dependientes es mayor es un contrasentido, que sólo se entiende si se acepta que el objetivo de ese gobierno es simplemente someter.

Un Estado moderno, sano, que busca el bienestar de sus ciudadanos, debería tratar, por todos los medios, que todo el mundo disfrutara de la tranquilidad de espíritu que produce saberse independiente económicamente. Por supuesto, en una sociedad hipercompleja, todos dependemos de todos. Pero, cuando esa codependencia se manifiesta en forma de intercambio pacífico y voluntario, como sucede en el mercado, la cosa cambia.

Sin embargo, no parece que nuestros gobernantes se sientan frustrados por la mayor dependencia económica de los españoles y se jactan de lo que señala su fracaso. De hecho, la gestión de los fondos europeos nos va a arrebatar de un zarpazo, un importante pedazo de esa maltrecha independencia.

Por lo que se está filtrando del borrador del decreto ley que regulará la gestión de los fondos europeos, la idea es canalizar la participación del sector privado mediante la creación de sociedades de economía mixta, controladas por el gobierno. Es decir, el Gobierno pone en marcha todavía más incentivos para que se produzca lo que hoy se conoce como cronismo, la colusión entre intereses empresariales y partidistas, que abona el terreno político para que florezcan privilegios a empresarios afines al régimen y, probablemente, más corrupción.

También significa que el gobierno toma las riendas de la inversión y decide qué y dónde invertir. Y me temo lo peor. Porque llevo años estudiando innovación, en mi caso educativa, y sé lo fácil que es que te den gato por liebre.

Hay mucho cantamañanas que se arropa en esto de la innovación y la digitalización. Porque cuando se habla de transformación digital no se hace referencia a utilizar aplicaciones online intensivamente y ya está.

Se trata de darle la vuelta a los procedimientos como a un calcetín. Y eso implica cambiar, en muchas ocasiones, la estructura productiva, los recursos empleados, la estructura de costes, etc. Y para llevar a cabo esa transformación digital tiene que darse un entorno propicio en el mercado, para que sea éste, y no el gobierno, quien señale qué encaja mejor y qué no, con las necesidades del propio proceso.

Mi desconfianza del Gobierno no es un prejuicio: llevamos casi un año de gestión terrible de la pandemia, tanto sanitaria como económica, entre otras cosas. Y antes de la pandemia, diferentes medios se preguntaban por qué España no ahorraba, como otros países europeos, a pesar del incipiente crecimiento. Estamos marcados por el estigma del sobre endeudamiento y el sobre gasto político.

Así que la lectura de los titulares que apuntan al Gobierno Sánchez-Iglesias canalizando los fondos, liderando la inversión privada y llevando las riendas del proceso de innovación digital, a mí me produce vértigo. Además de la desconfianza que acabo de mencionar, porque el entorno en el que se va a producir es el de unas instituciones que, lejos de asegurar asepsia, están como los baños del peor bar de carretera que uno imagine.

Mientras tanto, espero que todos pasen una Nochebuena y una Navidad tranquila y con salud.

¿Quién imprime los euros?

Como ya sabrán, gran parte del dinero emitido por los bancos centrales y bancos comerciales son apuntes contables, esto es, no tienen una representación física en billetes de euro. En esta ocasión, sin embargo, no voy a tratar temas abstractos de política monetaria sino otro tema a mi parecer también interesante y más tangible como es la fabricación de billetes de euro.

Logística

Los diferentes Bancos Centrales Nacionales (BCN) comparten las tareas de impresión que el Banco Central Europeo (BCE) les asigna. Estos, a continuación, suministran una determinada proporción de la producción anual total de una o más denominaciones (no todos los bancos centrales nacionales se encargan de la fabricación de todas las denominaciones) y se hacen cargo de sus costes de producción. La producción se distribuye entre varias fábricas de alta seguridad repartidas por Europa. Los billetes son distribuidos a continuación entre los distintos bancos centrales nacionales.

Existen dos tipos de reservas de billetes en el Eurosistema: la reserva logística y la reserva estratégica. La reserva logística suministra el efectivo de la demanda de billetes en condiciones normales: sustituyen los billetes no aptos para la circulación por su deterioro, atiende los aumentos de circulación, hace frente a las fluctuaciones de la demanda y optimiza el transporte de los billetes entre las diferentes sucursales de los bancos centrales nacionales. La reserva estratégica, en cambio, está destinada a ser utilizada en circunstancias excepcionales, es decir, cuando las reservas logísticas sean insuficientes para atender a un aumento imprevisto de la demanda de billetes o en caso de una interrupción repentina del suministro. Ambas reservas garantizan que los bancos centrales nacionales sean capaces de atender en todo momento la demanda de billetes.

Emisión

En las monedas de euro se puede identificar claramente al emisor dado que tienen una cara nacional que lo indica. Sin embargo, los billetes son todos homogéneos, no hay diferencias estéticas faciales que lo determine. Además, el país que los emitió no es necesariamente el mismo que los imprimió. La información sobre el país emisor se codifica en los caracteres del número de serie de cada billete. El número de serie es ese conjunto de once caracteres azules que se encuentran en el lado derecho del reverso del billete.

El primer carácter del número de serie es una letra que identifica de forma exclusiva al país que emite el billete: B: Lituania, C: Letonia, D: Estonia, E: Eslovaquia, F: Malta, G: Chipre, H: Eslovenia, L: Finlandia, M: Portugal, N: Austria, P: Países Bajos, S: Italia, T: Irlanda, U: Francia, V: España, X: Alemania, Y: Grecia, Z: Bélgica; A, I, O, Q: sin asignar.

Como curiosidad, cabe mencionar que algunos economistas creen que en una posible quiebra de las deudas nacionales de los países de la zona euro, los billetes de euro serán valorados en función de su país emisor, es decir, los billetes de euro que hayan sido emitidos por España (V) circularán con un descuento respecto a los emitidos por Alemania (X) en caso de un impago de la deuda pública española.

Impresión

Los billetes de euro deben imprimirse dentro del territorio de la UE. Esto quiere decir que, un país perteneciente a la UE, pero no a la zona euro (que no tengan el euro como moneda), puede fabricar billetes de euro.

Los bancos centrales nacionales tienen tres maneras distintas de producir los billetes de euro que el BCE les asigna. Algunos utilizan sus propias imprentas para producir billetes de euros (principalmente Austria, Italia, Irlanda, Francia, España, Grecia, Bélgica y Portugal). Otros, subcontratan el proceso de fabricación a imprentas comerciales (como De La Rue en el Reino Unido), y ocasionalmente pueden también fabricarlos en alguna de las imprentas oficiales.

Cada billete de euro tiene un código de impresión que identifica dónde se imprimió un billete. Este es un código muy pequeño de seis caracteres que se encuentra en el anverso del billete (no confundir con el número de serie), a la izquierda de la banda holográfica u holograma de este. El primer carácter, que siempre es una letra, indica la imprenta que lo fabricó: D: Polska Wytwórnia Papierów Wartościowych, E: Oberthur Fiduciaire, H: De La Rue Currency (Loughton), J: De La Rue Currency (Gateshead), M: Valora, N: Oesterreichische Banknoten und Sicherheitsdruck GmbH, P: Joh. Enschede Security Printing BV, R: Bundesdruckerei GmbH, S: Banca d’Italia, T: Central Bank of Ireland, U: Banque de France, V: IMBISA, W: Giesecke & Devrient GmbH (Leipzig), X: Giesecke & Devrient GmbH (Munich), Y: Bank of Greece, Z: Nationale Bank van België/Banque Nationale de Belgique; A, B, C, F, G, K, I: sin asignar.

¿Y en España?

Como se ha dicho con anterioridad, los bancos centrales nacionales tienen varias maneras distintas de producir los billetes de euro. En el caso de España, una parte es fabricada por Imprenta de Billetes S.A. (IMBISA) y el resto se recibe de los otros bancos centrales nacionales de acuerdo con el sistema de producción descentralizada establecida por el BCE. El Banco de España es el responsable de poner en circulación los billetes de euro.

El 2 de noviembre de 2015 se constituyó la Imprenta de Billetes, S.A. (IMBISA), cuyo objeto social es la producción de billetes en euros. Estaba participada en un 80% por el Banco de España y en un 20% por la FNMT-RCM (Fábrica Nacional de Moneda y Timbre – Real Casa de la Moneda), que pudo mantener esta participación hasta el 31 de diciembre de 2017.

La empresa se creó como respuesta a la necesidad de adaptarse al marco legal de la producción de billetes en euros debido a la aprobación por el Banco Central Europeo, el 13 de noviembre de 2014, de una nueva directriz para producir el cupo nacional de billetes en euros. España optó por la opción de crear la sociedad IMBISA para la fabricación de sus billetes.

La Ley 36/2014, de 26 de diciembre de 2014, de Presupuestos Generales del Estado para 2015, modificó la Ley de Autonomía del Banco de España para que el Banco Central pudiera confiar su cuota de producción de billetes en euros a una sociedad mercantil en el que tuviera una participación mayoritaria.

La Universidad de Cambridge, entre el respeto y la tolerancia

La revista universitaria The Tab acaba de publicar las fotos de las desnudas espaldas de varios de los universitarios de la Universidad de Cambridge. Todos ellos concursan en la competición por tener “el mejor culo” del año 2020.

Así, Caroline mira con descaro al impertérrito edificio de la Universidad, momento que el fotógrafo capta desde atrás. Jason, probablemente más recatado, lo hace a una considerable distancia. Angus, Matilda y Shannon prefirieron mostrarse subiendo una escalera de caracol metálica, mientras que Peggy emula a Gala frente a la ventana de Dalí, y Theresa lo hace con Mufasa, del Rey León. No he podido evitar acordarme de mi amigo Gonzalo, en nuestros años universitarios. Yo le contaba que en Japón había jóvenes que se pasaban años encerrados en sus cuartos, mirando a una pared. “Pues es como ir a la universidad”, me dijo con media sonrisa.

Para algunos la universidad es como el Hikikomori; para otros, como un concurso de traseros. Y todo ello tiene algo de inevitable. No pocos van a la universidad como ovejitas pastoreadas o porque es lo que toca por edad. También es cierto que la Universidad tiene algo de complemento de un sistema escolar fallido.

Pero también lo es que la producción de riqueza ha pasado de las manos a la cabeza, y la Universidad es la principal institución de gestión del conocimiento que tenemos. La Universidad de Cambridge es la segunda más antigua de Inglaterra, y es uno de los apoyos de la civilización que van quedando, en una época en que no te puedes fiar ni del belén del Vaticano.

La transmisión y creación genuina de conocimiento no sólo exige tener medios que ordenen el saber y contribuyan a su estudio, como son los libros o las instalaciones de una Universidad. La búsqueda del conocimiento es laboriosa e incierta, y sólo prospera si se deja actuar al curioso espíritu del hombre en plena libertad.

Pero la libertad está siendo hoy amenazada en las universidades. Y por ello, y no por el mentado concurso, es hoy noticia la Universidad de Cambridge. La institución ha restituido la libertad de expresión en sus instalaciones. Hoy, esa libertad es una antigualla, y el progreso viene pisando fuerte con nuevas y eficaces formas de censura. Cambridge intenta resistir a ese vendaval dogmático, antiintelectual, progresista.

La Universidad ha considerado el cambio de sus normas sobre libre expresión que proponía que toda exposición pública estuviese marcada por el principio de “respeto” a las opiniones e identidades de la audiencia. El mecanismo del “respeto” desemboca en la cancelación de todo discurso que pudiera interpretarse como lesivo de la visión progresista de determinados grupos. Esa visión es sagrada y no se puede mencionar sino con veneración.

The Regent House, el consejo que gobierna la institución, lo ha rechazado. El principio que imperará no es el de “respeto”, o censura, sino el de “tolerancia”. Herbert Marcuse acuñó el concepto de “tolerancia represiva”, que es la aceptación de la cultura occidental, que por su propia naturaleza es represiva de determinados grupos. Marcuse no tenía ningún problema con la intolerancia represiva de la URSS, eso sí.

En un informe sobre la libertad de expresión en el campus, la institución anuncia que “fomenta un entorno en el que todo su personal y sus estudiantes puedan participar plenamente en la vida universitaria y sentirse capaces de cuestionar y poner a prueba la sabiduría recibida, y de expresar nuevas ideas y opiniones controvertidas o impopulares dentro de la ley”.

A su vez, proclama que “La Universidad no se negará injustificadamente a permitir que los eventos se lleven a cabo en sus instalaciones ni impondrá condiciones especiales sobre la realización de esos eventos. La expresión legal de opiniones controvertidas o impopulares no constituirá en sí misma un motivo razonable para denegar el permiso para una reunión o evento”.

Sí considerará la denegación o imposición de condiciones especiales en algunos casos que menciona expresamente, como la incitación al terrorismo o a cometer actos violentos, o dar lugar a la ruptura del orden público, o plantear un riesgo a la seguridad. Pero la puerta que cierra a la censura tiene grietas, ya que prevé aplicar restricciones a “la expresión de opiniones que son ilegales porque son discriminatorias o acosadoras”. Pero defender la libertad dentro de la ley no es poco, a la oscura luz de las nuevas censuras.

Esta decisión no ha contentado a todos, ni podría hacerlo. Javier Benegas me ha llamado la atención sobre este artículo, escrito por Priyambada Gopal y Gavan Titley para The Guardian. Para ellos, “proteger verdaderamente la libertad de expresión” pasa por censurarla. Pues esa libertad podría “convertirse en un caballo de Troya para ganar espacio y atención para ideas retrógradas que realmente no merecen debate”. Ellos saben qué ideas merecen ser debatidas y cuáles no, lo que explica que quieran cercenar el debate. Pues si ya se sabe qué ideas son correctas, ¿qué sentido tiene permitirlo? Al parecer, que se pueda publicar un artículo en la prensa con un argumento contra la libertad de expresión más antiguo que la propia Universidad de Cambridge entra dentro de lo aceptable.

Sólo hay que recordar, como ha hecho la revista Bloomberg, que hace sólo ocho meses la Universidad de Cambridge censuró una conferencia de Jordan Peterson, por el simple hecho de que su pensamiento cruza todos los lindes de la corrección política.

La tolerancia es un valor liberal de larga tradición. Pierre Bayle distinguió la fe de la aprehensión de la verdad, lo que abrió un boquete en la posición a favor de la intolerancia religiosa. John Locke dijo que es materia del Gobierno velar por los intereses civiles, pero no por “el cuidado del alma”. Este argumento ha sido utilizado por quienes quieren separar Iglesia y Estado, pero despreciado por quienes quieren imponer sus ideas paganas desde el mismo Estado. Y en muchas ocasiones son los mismos. John Stuart Mill, que escribió en una época de cambios más rápidos, volvió a defender la tolerancia alegando que la función del Gobierno es evitar que alguien infrinja un daño grave a otra, no ser paternalista. Y que el encuentro de las ideas verdaderas con las falsas permite el aprendizaje de la sociedad.

La idea liberal del respeto es que el otro tiene un conjunto de derechos, y la actitud tolerante es la de respetar el ejercicio que hace el otro de sus derechos, aunque personalmente condene moral o estéticamente ese uso. La actual concepción de respeto es que cualquiera (aunque quizás no los hombres blancos heterosexuales) puede imponer la censura al otro, porque cualquier opinión que no le guste será un ejercicio irrespetuoso.

Este asunto muestra hasta qué punto el asalto a los valores liberales, como los de la tolerancia y el respeto, han sido desfigurados por una ideología dogmática e intolerante, que no puede aceptar que cada uno piense como quiera porque pretende que cada uno de nosotros sea una copia salida de su molde.

Maradona y la lotería de Babilonia

Vivimos días en los que el trabajo y la especialización, esa excelencia en el oficio tan socrática, ha pasado a estar en entredicho constante. Nadie confía en el éxito o la realización, ya solo hablamos de si somos desiguales o de si existen ganadores y perdedores en una fábrica descorazonada y alienada. Todo mentira estadísticamente, por cierto, nadie parece querer premiar al que dedica su vida a intentar ser el mejor, sin antes juzgarle y casi obligarle a que devuelva casi todo lo ganado para completar su obra. Y, lo que es peor, algunas de las mentes más maravillosas del mundo parecen comprar el discurso, porque se ha conseguido que no solo no entren los ricos en el Reino de los Cielos sino vetarles otros reinos en la tierra.

Hemos elegido exigir antes que intentar no necesitar, el profesor Berlin ha fracasado.

Cristiano Ronaldo dijo una vez que había gente que le envidiaba por ser rico, guapo y buen jugador. La gente se le echó encima por arrogante. En ese momento matamos al ídolo por decir la verdad que quizá no estamos preparados para oír.

Sin embargo, la semana que muere Maradona parece que murió un padre para muchos. En realidad, lo que nos queda es su figura de mal padre, mal amigo, detestable amante (fundamentalmente por maltratador), pésimo profesional aunque, eso sí, excelente jugador. Vistos los homenajes, no hay duda, estamos ante una sociedad que admira el talento antes que el trabajo. La gente no admira la autoestima de Ronaldo porque eso conlleva levantarse a las 7 a.m. y acostarse a la 1 a.m. queriendo ser mejor que el día anterior, sin importar el resto. La gente no admira a Ronaldo porque para admirar a Ronaldo lo primero que tenemos que ser es valientes, hacen falta muchos cojones, con perdón.

¿Qué preferimos entonces? Preferimos la sociedad que reparte a la hora de nacer unos dones con cada vez más posibilidades, por un tema de probabilidad pura y prosperidad reinante. Esperamos que nosotros o nuestros hijos sean esos elegidos, sin importar para lo que se preparen. Preferimos decirle a nuestro hijo “tranquilo, que lo que tú sabes es útil y llegará el trabajo de tus sueños”, antes que decirle “¿por qué no te reciclas? Con internet puedes hacerlo por un módico precio”. Ronaldo era extremo y ahora es delantero porque tuvo la humildad, no la arrogancia, de admitir que había extremos mejores que él.

El momento, sin embargo, es diferente a los tiempos del burgués Carlos Marx. Ahora no es un problema de falta de burguesía, ni de control de los medios de producción, ahora lo que ocurre es que es tiempo de jugar a la lotería porque este mundo en el que el 90% es burguesía (y no el 10% como en tiempos marxianos) nos ofrece la posibilidad de “tener suerte” más veces que antes. Como en La lotería de Babilonia de Borges, hemos fiado nuestro bienestar a los Estados, cada día más grandes, y a que le toque el boleto a tu hijo de ser buen cantante, buen futbolista o buen torero. Con la paradoja añadida de que son los Ronaldos del mundo los que hacen que cada día se ofrezcan más posibilidades de ser rico arriesgando menos.

Hemos dejado de confiar en la movilidad social, en que no estar entre los 10.000 niños más agraciados para el tenis no te evita ser Rafael Nadal; preferimos cruzar los dedos admirando a Federer. La realidad es que nuestro peor escenario es pedirle al Estado que te ayude a sobrevivir imprimiendo dinero, es decir, a costa del ahorro de los demás. Hemos dejado de confiar en el trabajo como vía para la consecución de nuestros ideales y exigimos al que se precie que nos resuelva los problemas que nos encontramos: al Estado, a nuestros padres o a Dios. Al que sea, con tal de no levantarnos a las 7 a.m. o de dejar nuestro sueño de ser “extremos”. Aún recuerdo cómo había gente que exigía a Rajoy que le diera un trabajo.

De esta inopia hay un receta y la tiene, como siempre, don Antonio Escohotado: “Vive y deja vivir, afánate en aprender a prestar servicios útiles”. El que diga otra cosa, te estará engañando.

P.D. En Twitter le preguntaron a mi amigo Pedro Oriol, golfista profesional, que si no pensaba que estaba gafado. Respondió algo así como “¿Gafado? Lo que tengo que hacer es trabajar más”. Sócrates no lo hubiera respondido mejor. Hay esperanza. Seguimos.

Otro ‘hachazo’ fiscal tras el engaño del salario mínimo

“You got to be cruel to be kind in the right measur”. Nick Lowe.

Con el cuento del salario mínimo, el Gobierno de Sánchez cuela otra subida de impuestos al trabajo a la mayoría de los asalariados al subir automáticamente y por tercera vez las bases mínimas de cotización. Mientras, el mismo Gobierno retrasa la edad de jubilación y aumenta los años cotizados para cómputo. Un aumento de costes de contratación vía cuotas de casi un 10% y un recorte de las pensiones futuras de al menos un 5%. Todo, de nuevo, muy “social”.

Un Gobierno que lleva a decenas de miles de empresas al cierre y a millones de trabajadores al paro, que además no paga muchos ERTE, no protege a nadie subiendo el Salario Mínimo Interprofesional (SMI) cuando no hay salario que percibir.

La subida del salario mínimo esconde otro brutal aumento de los impuestos al trabajo. En realidad, lo que el Gobierno y sus socios hacen es imponer el equivalente a un arancel a la contratación.

Una subida del Salario Mínimo Interprofesional de un 1% es equivalente a un aumento de un 1,395% en los costes laborales para el empleador. Es decir, un sueldo de 950 euros, que supone ya un coste total de 1.471,3 euros para el empleador, subiría aún más.

Un asalariado medio en España percibirá menos salario neto al subirle los impuestos al trabajo. Más del 60% de los trabajadores de España volverán a ver un recorte en su sueldo neto.

Ya en 2020 el incremento de coste de contratación por trabajador para el empleador fue de 929 euros al año, pero si se compara con 2018, el incremento en dichos costes de contratación para autónomos y empresas fue de 3.980 euros al año por cada trabajador.

Hablamos de un aumento de costes para el empleador del 29,9% desde 2018. Si se lleva a cabo la subida de impuestos escondida bajo el salario mínimo anunciado, un asalariado medio en España percibirá menos dinero neto en su cuenta y los costes para el empleador aumentarían más de un 35% desde 2018.

Ya desmontamos los mitos y mentiras del salario mínimo en mi artículo Diez mitos sobre la subida de impuestos disfrazada de SMI. El efecto de las subidas de impuestos al trabajo de los dos últimos años escondidas bajo el SMI ha sido una evidente ralentización en la creación de empleo en tiempos de crecimiento y una destrucción sin precedentes en crisis.

El Gobierno de Sánchez vuelve a sus políticas más populistas que, en realidad, no protegen a nadie. En vez de atraer inversión, facilitar el empleo y mejorar las condiciones para que las empresas contraten, hacen exactamente lo contrario. Destruyen lo que fingen proteger.

Si atendemos al artículo 27 del Estatuto de los Trabajadores, no se dan las condiciones para subir el salario mínimo ya que no se cumple ninguna de las cuatro motivaciones que justifican la subida del salario mínimo.

Además, en España, el SMI ya está en el 65% del salario mediano. En vez de atraer inversión, favorecer el crecimiento de la productividad y crear empleo, lo que hacen es aumentar los escollos a la contratación.

 Algún día el votante de los populistas de ultraizquierda se dará cuenta de que la razón por la que España es el único país del mundo con el nivel de paro que tenemos no es por casualidad, sino por las trabas al crecimiento empresarial y a la contratación que sufrimos.

España se enfrenta a una crisis sin precedentes con un Gobierno secuestrado por gente que jamás ha creado un empleo y cuyo objetivo no es el progreso sino el control. Y los más perjudicados, de nuevo, serán aquellos que cayeron en la equivocación de creerse las ideas mágicas del populismo destructor.

La eutanasia ‘liberal’

En los últimos días he tenido varios debates en Twitter, con amigos, conocidos o contactos de redes sociales, sobre la eutanasia. Debates que se han desarrollado en dos niveles: el segundo nivel es el que tiene que ver con el fondo del asunto, si la eutanasia debería ser legal o no, razones a favor o en contra, argumentos sobre la regulación concreta que se ha adoptado en España, etc. Es un tema delicado, en el que es sencillo caer en el trazo grueso, en la gracieta fácil (“asesino de viejos” vs. “no me dejan ni morir a gusto”) y en los argumentos que bien desarrollados podrían ser interesantes pero en 280 caracteres suenan a simplezas de niño de 8 años.

De hecho, uno de los aspectos que más me ha llamado la atención es la cantidad de gente a la que admiro y respeto que parece pensar que puede zanjar un tema tan complejo con una ocurrencia tuitera. Será el signo de los tiempos y de estas formas de comunicación tan absurdas que nos hemos dado.

Pero ha sido casi más tenso el debate del primer nivel. Que en mi caso se ha sustanciado alrededor de la naturaleza liberal o antiliberal de la eutanasia (podríamos incluir otros asuntos, como el aborto o la gestación subrogada… pero ya tengo bastante lío por hoy). Me imagino que le habrá pasado algo parecido a personas de izquierda: recuerdo, hace años, a una amiga que me contaba asombrada que le habían expulsado (es un decir, digamos que le abrieron la puerta y le animaron a cruzarla) de una asociación por su postura sobre el aborto.

Más allá del absurdo en términos comerciales (con la definición de liberalismo que algunos practican se quedarían en el grupo tres y el del tambor… eso sí, muy puros todos ellos), me sorprende una barbaridad que haya quien crea en serio que estos asuntos son la prueba de fuego para determinar quién puede o no puede llamarse liberal. Lo cierto es que en muchos de estos aspectos, muy límites, creo que la postura sensata entre aquellos que nos tenemos por liberales debería implicar la aceptación de que 1) es imposible que nos pongamos de acuerdo porque implican cuestiones muy complicadas sobre la vida, la libre voluntad, el consentimiento y el arrepentimiento y (2) lo lógico es que cada uno intente convencer al resto en el segundo nivel.

Y no, no me vale el argumento de “que la ley lo admita y cada uno haga lo que quiera”. Por todo lo que expongo debajo y por las preguntas que planteo, ese argumento es muy endeble: ese “lo que quiera” es lo que está en cuestión en la mayoría de las ocasiones.

Quizás esto sea parte de mi propio sesgo, pero en general he visto muchas más expulsiones y anatemas de los proeutanasia (los puros) que del bando contrario. Por cierto, en ocasiones con una actitud y unas maneras muy poco liberales… pero eso lo dejaremos para otro día.

Sobre la eutanasia y el liberalismo obligatorio: el razonamiento gira en torno a la libertad del individuo. Un tema muy sensible en el campo liberal, porque, efectivamente, alrededor de esa libertad, de la dignidad y del control de cada uno sobre su propia vida se articulan la mayoría de nuestros argumentos.

El problema es que no es tan sencillo.

En primer lugar, ¿cuál es el límite de esa libertad? ¿Permitiríamos que una persona se vendiese libremente como esclava para el resto de su vida? Si decimos que sí, que es posible aunque casi nadie dice que sí, surge otra pregunta complicada: ¿y si luego cambia de opinión? Pero con la eutanasia no se puede cambiar de opinión.

Y si, como la gran mayoría de las personas, respondemos que no, que no puedes venderte como esclavo para el resto de tu vida, la pregunta es más compleja: ¿puedes pedir lo más (que te maten) y no lo menos (vivir, pero como esclavo de otro)?

En segundo lugar, hay cientos de situaciones en las que se imponen límites a la libertad. Este año es un buen ejemplo. Muchos liberales han defendido algunas de esas restricciones, y no siempre o no sólo por el daño que se podía hacer a los demás, también en razón de la situación excepcional, la emergencia, la coordinación, etc. En mi opinión, muchos columnistas que se denominan liberales han justificado la intervención del Gobierno mucho más allá de lo razonable (la diferencia es que yo no les expulso del grupo, porque creo, de nuevo, que el tema es complejo).

Pero vuelvo a la eutanasia: ¿límites a la libertad con los que convivimos y que aceptamos? Cientos: desde el suicida al que se detiene para que no se tire a las vías del tren (¿tenemos derecho?) hasta las decenas de causas por las que una persona es declarada incapacitada, total o parcialmente.

Aquí está el verdadero punto de debate de la eutanasia: ¿hasta qué punto una persona que pide la muerte toma esa decisión de forma independiente, consciente, etc.? Excelente la columna de Cristina Losada sobre el tema. ¿Cuánto dolor elimina tu raciocinio y te convierte en incapaz? ¿Qué es un sufrimiento insoportable? ¿Insoportable durante cuánto tiempo? ¿Y si me echo para atrás, como el esclavo? No, en este caso no puedes.

¿Y el suicida? ¿Debe ser libre? ¿Por qué evitar su acto voluntario? ¿En qué momento una obligación de todos (también del Estado) como es cuidar de la vida, en ocasiones incluso contra la voluntad del individuo, se convierte en la obligación contraria?

Es más, el tema del suicidio deja abiertas otras preguntas que son muy interesantes. Supongamos que admitimos la eutanasia para grandes inválidos (por ejemplo, casos como el de Ramón Sampedro; aunque cada vez más estas personas, gracias a la tecnología, tienen numerosas opciones a su disposición). Pero incluso si admitimos esos casos (que son muy pocos), ¿debería estar permitida la eutanasia para una persona que tenga la capacidad de suicidarse? Es decir, si realmente quieres morir y puedes causarte la muerte, ¿debemos permitir que impliques a otra persona? ¿Por qué necesitas a esa otra persona?

Para cada una de estas preguntas hay cientos de respuestas. Complicadísimas todas. De hecho, sé que la formulación de algunas de estas cuestiones están lindando con la demagogia facilona (la misma que usan los de “es mi vida y hago lo que quiero”). Por eso, vuelvo al comienzo del artículo: menos dogmas tuiteros y más argumentos sobre un tema complejísimo.

Porque, además, aquí entraríamos en el tercer nivel del debate: la aplicación práctica.

En esto reconozco una cierta perplejidad. Cada vez que se habla de eutanasia o aborto, los defensores de una legislación más flexible… usan como ejemplos ¡los casos de eutanasia o aborto que no se dan! Cuando digo que no se dan, no quiero decir que no haya ni uno (por ejemplo, el caso de Ramón Sampedro), lo que digo es que no representan el caso típico. Por ejemplo, al hablar del aborto la discusión siempre empieza igual: “Imagina que tu hija de 12 años es violada y que el feto está enfermo y que los médicos le dan un 1% de esperanza de vida a ese feto”. Y yo siempre pienso: “¡Qué caso tan complicado! Espero no verme nunca en esa tesitura”. Y mi respuesta suele ser: “Si ese es el problema, legislemos que en ese caso concreto esté permitido el aborto. Puede haber una discusión ética interesante, pero está claro que en una situación tan límite nadie puede imponer sus creencias”.

Pero es que ése no es el problema. Es un hombre de paja del tamaño del Coloso de Rodas. Nunca me he encontrado un partidario del aborto que empiece su exposición diciendo: “Imagina a una pareja de treintañeros en la que ella se queda embarazada y decide abortar porque le viene mal en el trabajo, porque le acaban de ascender”. Pues bien, este caso es mucho más representativo del aborto real, el que se practica cada día en las clínicas españolas. Y repito: no quiero zanjar aquí la discusión. No digo que este caso deba estar prohibido o permitido. Yo estoy en contra de estos abortos, pero no voy a caer en el error que critico: este tema tan complejo no se sustancia en un tuit ni en un párrafo. Si alguien quiere discutir de esto, hagámoslo con tiempo, argumentos, posibilidad de que el otro te rebata, etc.

Lo que digo es que no nos hagamos trampas. En el tercer nivel, el de la práctica, debatamos de los abortos y eutanasias reales, los que conforman la gran mayoría de las situaciones reales que se dan en los hospitales. Porque en la eutanasia, además de los principios, está el tema de la aplicación: esa pendiente resbaladiza que a algunos nos da tanto miedo. Para empezar, las clínicas especializadas: ¿qué incentivos tiene esta gente?, ¿quién les paga? Y los familiares o herederos: ¿tiene derecho a influir en la decisión una persona que se verá beneficiada de la muerte? Desde los mensajes que llegan desde los medios de comunicación a la definición de “voluntad libre” o de “voluntad declarada de forma continuada”: ¿durante cuánto tiempo?, ¿asumiendo las consecuencias?, ¿quién diagnostica?, ¿y si escogemos médicos que sea más fácil que diagnostiquen que sí?, ¿tiene pleno uso de sus facultades un paciente que va buscando al médico que le recete eutanasia?, ¿y qué le diferencia del suicida que busca una pistola o un décimo piso?

Lo he repetido unas cuantas veces en los últimos días, en las redes sociales y con mis amigos que opinan diferente. No creo que sean asesinos; sólo pienso que están equivocados y lo digo mientras todas las dudas del mundo se agolpan en mi cabeza. Me parece uno de los debates más complejos que puedan existir.

Eso sí, si responder a todas esas preguntas de forma contraria a la respuesta canónica de los libertarios (y uso esta etiqueta con miedo, sólo por no alargar más el artículo; odio las etiquetas incluso cuando sólo son un intento de aclarar las cosas)… pues bien, si responder a todas las preguntas de este artículo de forma contraria me saca del club liberal: “Aquí tienen mi carnet”. Está claro que no formo parte de ese club. Ni ganas, oigan.

Mala munición de Mariona Gúmpert contra la eutanasia

Mariona Gúmpert, filósofa conservadora, ofrece Munición contra la eutanasia para “dar la batalla cultural”: cree que son “refutaciones a los principales argumentos que utilizan aquellos que se muestran a favor de aprobar la ley de eutanasia”. En realidad se trata de pólvora mojada o de munición defectuosa que les estalla en las manos al utilizarla. Son razonamientos motivados que parten de una conclusión predeterminada que hay que apoyar a toda costa, y son tan flojos que es normal que pierdan la batalla cultural, a no ser que esta consista simplemente en predicar para los ya convencidos.

«Cada quien tiene derecho a decidir sobre su propia vida, y sobre su cuerpo»

Gúmpert dice que esto es falso porque la ley prohíbe cosas contra “la soberanía absoluta sobre el propio yo”: venderse como esclavo, vender órganos, el proxenetismo.

Confunde la mera descripción de los contenidos de una ley positiva, que efectivamente suelen violar el axioma de autopropiedad, con un principio de la ética de la libertad, que es lo que intenta guiar los cambios legales en el asunto de la eutanasia.

Ignora que hay países en los cuales es legal vender órganos, o el proxenetismo.

El venderse como esclavo no es legal en ningún lado, y algunos liberales discuten sobre el asunto, ya que consiste en utilizar la libertad para limitar o destruir la libertad (o autonomía), que es lo que se hace en cualquier tipo de contrato.

Gúmpert trata de argumentar estas prohibiciones:

estas acciones son intrínsecamente malas para el sujeto que decidiere tomarlas; se considera que quien opta por alguna de estas cosas es, o bien por ignorancia, o bien por desesperación. En todo caso, se presupone que son acciones que vulneran la dignidad y/o la integridad física y moral de la persona.

Los conservadores suelen asegurar que hay cosas intrínsecamente malas, ignorando el carácter subjetivo (depende de la persona) y relativo (se valoran unas cosas en comparación con otras) de las valoraciones. Ellos conocen el bien y el mal mejor que los propios interesados en sus circunstancias particulares, y lo imponen de forma paternalista a los demás, que son ignorantes o están desesperados. Si solicitas la eutanasia tu voluntad no cuenta porque eres ignorante o estás desesperado.

Es interesante el uso de la voz pasiva impersonal del “se considera” y “se presupone”: ¿quién considera y presupone? ¿Son acciones malas, o alguien considera que son malas, y ahí se cuela la subjetividad que se quiere ocultar? ¿Todo el mundo lo considera y presupone así? También es relevante el uso de términos grandilocuentes pero de significado ambiguo o problemático, como la dignidad.

«Mientras no se dañe a otros, la libertad individual es sagrada»

Al parecer “este argumento es completamente falaz”, ya que al legalizar la eutanasia hay varias formas de dañar a otros.

se acaba con el juramento hipocrático, según el cual todos los médicos prometen no infligir nunca un mal a sus pacientes.

El juramento hipocrático, del cual hay varias versiones con contenidos diferentes y de interpretación problemática, ni es una norma ética de aplicación universal, ni es parte de la legislación positiva. La legalización de la eutanasia no obliga a ningún médico a participar y considera la posible objeción de conciencia por cuestiones morales.

Estando abierta la opción de la eutanasia se despierta la desconfianza por parte del paciente. De normal nos cuesta confiar en el juicio de los galenos –porque estamos asustados, y porque desconocemos casi por completo la disciplina-, imagínense existiendo una ley sobre la eutanasia «exprés y a domicilio».

Estas afirmaciones de suspicacia y desconfianza en los médicos son arbitrarias y desprovistas de evidencia: es el paciente el que decide (en tiempo real o con un testamento vital), no el médico unilateralmente; el médico no puede activar por su cuenta el proceso, pero sí puede pararlo si no certifica las circunstancias previstas en la ley; si uno no confía en un médico o en su capacitación, puede escoger otro.

La presunta “eutanasia exprés” tiene plazos y condiciones garantistas, no es cuestión de un par de días; ampliarlos puede reforzar las garantías, pero también prolongar el sufrimiento de forma innecesaria. La eutanasia a domicilio se ofrece a quien prefiera estar ahí en lugar de un hospital.

Gúmpert afirma que la eutanasia “no es otra cosa” que un homicidio, incumpliendo así con los principios cooperativos de la comunicación (máximas de Grice): obvia cuidadosamente mencionar que se mata o se ayuda a morir a una persona porque esta así lo solicita de forma libre y voluntaria, algo muy diferente a lo que normalmente se entiende como un homicidio.

La suspicacia se extiende hacia enfermos crónicos y personas mayores que son, y se sienten, una carga para sus familiares o cuidadores, y la ley no ayuda con estos sentimientos: mejor prohibir ciertas opciones no vaya a ser que haya gente que escoja mal bajo la coacción sutil de egoístas no identificados.

Al parecer la eutanasia se solicita, no para evitar graves sufrimientos propios, sino para no ser una carga para otros. Es curioso que los conservadores suelen pedir y valorar ciertos sacrificios por la patria, como los de los soldados, o de los padres por sus hijos, pero otros posibles sacrificios voluntarios les parecen mal. También se ignora cómo los familiares y cuidadores pueden sufrir con el dolor de un ser querido cuya voluntad de morir no se respeta: se puede sufrir por la muerte del amado, pero también aun más por su dolor desesperado.

Afirma que hay daños a terceros porque los seres queridos sufren por una muerte no deseada, como en un suicidio, pero en este caso todavía peor porque están informados. De nuevo estas afirmaciones psicológicas se realizan gratuitamente sin ninguna evidencia, no son ni siquiera anécdotas reales. No se ofrecen datos de sufrimiento en parientes por suicidio o por eutanasia. El suicidio suele ser devastador para los allegados por la falta de comunicación, de conocimiento y de oportunidad de actuar para ayudar, y porque suele pensarse que la situación de depresión o desesperación podía ser pasajera y remediable. La eutanasia es muy diferente.

Gúmpert lleva a comparar la eutanasia con matar a los parados desesperados que han perdido su empleo y su casa en lugar de solucionar el desempleo. Plantea la situación no desde el punto de vista de quien pide la eutanasia, sino de toda la sociedad que “con todos los medios al alcance, hemos decidido rendirnos y hemos abierto la puerta a una solución como esta.” Colectivismo para aderezar los malos argumentos: no es el individuo el que decide, hay que apelar a la sociedad.

Tal vez conviene aclarar que la limitación de la libertad en el daño a otros se refiere normalmente a agresiones físicas o sus amenazas, a violaciones de la propiedad ajena. No se refiere a no poder hacer algo porque a otro le disgustará mucho: si así fuera, cualquier presunto afectado podría interferir sistemáticamente en las vidas ajenas. Uno no podría romper nunca con su pareja enamorada, o causar cualquier tipo de dolor o decepción en una relación o interacción. La sensibilidad no genera automáticamente derechos.

el objetivo a perseguir -en el fondo- es acabar con el sufrimiento del paciente.

La opinión y la voluntad del paciente parece que no cuentan. Y a veces la única forma de acabar con el sufrimiento es la inconsciencia o la muerte.

«No queremos que nadie sufra»

Este principio parece encajar con lo que acaba de defender. Presenta a los prohibicionistas de la eutanasia como “provida”: claro, la vida suena mejor que la muerte y así parece que quien defiende legalizar la eutanasia es “promuerte”, muy malo. Asegura que no son monstruos que hacen apología del sufrimiento, pero algunos hablan de dar sentido al sufrimiento, de aprender a sufrir, de imitar a Jesús y cargar con su cruz.

Lo que nos distingue de quienes están a favor de la eutanasia es que nosotros deseamos acabar con el dolor, no con el paciente.

Gúmpert parece insinuar que ellos son buenos y nosotros somos malos porque, o queremos acabar con el paciente, o ignoramos que se puede acabar con su dolor sin matarlo (sedación terminal). Pero lo que defendemos es que se respete la voluntad y la libertad de cada individuo en el ámbito de su legítima propiedad.

Según Gúmpert la sedación terminal es “un procedimiento médico éticamente correcto” porque “la intención principal [es] eliminar dolores insoportables -no provocar la muerte-”. Es la intelectualmente penosa bioética en la que lo que cuenta es la intención, no los resultados, y no aparece por ningún lado la voluntad del individuo que la recibe.

Al menos se opone al encarnizamiento terapéutico. Algo es algo, aunque no sea mucho.

con una buena coordinación e inversión en medicina familiar y paliativa, podría conseguirse que muchas personas llegaran al final de su vida en su domicilio, rodeados de sus seres queridos y sin sufrir, que es al final lo que todos deseamos.

Nadie les prohíbe recaudar fondos para ayudar a quienes no puedan permitirse esto. Que muchas personas consigan esta muerte presuntamente deseada por todos no quiere decir que todos vayan a conseguirlo, y precisamente por eso conviene que la eutanasia sea legal.

«Hay formas de vida que no son dignas»

Dice Gúmpert que hay un “error de fondo: quien tiene dignidad es la persona”, pero no explica en qué consiste esa misteriosa “dignidad intrínseca que posemos los seres humanos”. Una dignidad que aparentemente no fundamenta el derecho a decidir cómo vivir y cómo morir, sino que por el contrario niega el derecho a morir mediante eutanasia.

Lo de que la vida no es digna no significa que ciertas personas pierdan derechos por sus circunstancias límites, sino que es una forma de expresar que a algún individuo no le merece la pena vivir así y prefiere que le ayuden a morir. Se trata de un nuevo incumplimiento de las normas de uso del lenguaje para ofuscar en lugar de aclarar.

Menciona Gúmpert también, como no podía faltar, la pendiente resbaladiza: las condiciones para pedir la eutanasia se han ido ampliando allá donde se ha legalizado, como es el caso de Holanda. Dice que se “ha disparado el número de personas que recurren cada año al mal llamado suicidio asistido.” No aclara por qué está mal llamarlo así, y no ofrece ningún dato, al tiempo que critica que “«padecer un sufrimiento insoportable» … [es] un término impreciso donde los haya”. Obviamente no se plantea la posibilidad de que sea bueno que más personas recurran a la eutanasia o al suicidio asistido: sus preferencias no importan. Tal vez conviene explicar que estar a favor de legalizar la eutanasia no es lo mismo que promover que la gente la pida o la practique, ni alegrarse de que lo hagan: es pedir que se respete su libertad.

Termina insistiendo en que nos preguntemos por el “tema de la dignidad humana” como fundamento de todo: al parecer “solo se [consideran] dignos los individuos «activos» en términos económicos”. Efectivamente, la confusión que tienen los conservadores con este término es considerable, y tal vez el día en que lo entiendan se harán liberales.