El salario mínimo destruirá 125.000 empleos en 2019
Subir el salario mínimo en España no es una buena receta ni para combatir la desigualdad ni tampoco la pobreza laboral.
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César Martínez Meseguer ofrece una nueva visión sobre la organización empresarial.
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Con más libertad habrá más y mejores servicios.
Los madrileños hemos demostrado que podemos vivir sin taxis y que, de hecho, vivimos mejor sin ellos.
La solución no es impedir la competencia, sino mejor servicio y más calidad.
No hubo lugar común referido al Estado o la democracia que De Jasay no desmontara.
El pasado 23 de enero murió a los 93 años Anthony de Jasay, nuestro premio Juan de Mariana 2009. Hasta ese momento estaba considerado por muchos, entre ellos por el profesor Carlos Rodríguez Braun, como el más importante pensador liberal vivo.
La vida de Anthony de Jasay no fue nada convencional, siempre alejada de escuelas y de los circuitos académicos y universitarios. Nació en Budapest en 1925. Allí estudió ciencias agrónomas y trabajó como periodista. En 1948 huyó del comunismo, primero a Austria y después a Australia, donde cursó la carrera de economía. Posteriormente se estableció en París para dedicarse a las finanzas. No le fue mal y en 1979 se pudo jubilar para entregarse únicamente a estudiar, pensar y escribir en su casa en la costa de Normandía.
Su obra, entre la que cabe destacar dos libros, El Estado: la lógica del poder político y Social contract, free ride, es un ejercicio de singularidad difícilmente superable. No hubo lugar común referido al Estado o la democracia, algunos de ellos defendidos por no pocos liberales, que no desmontara. Incluso se atrevió a cuestionar a considerados gigantes del liberalismo como John Locke, Karl Popper o James Buchanan (y en cierta medida también a Hayek debido a las contradicciones políticas en las que incurrió el austriaco).
De Jasay desenmascaró conceptos como Estado de derecho, división de poderes o constitución limitativa, tan caros al liberalismo clásico. Nada de eso puede florecer en presencia del Estado, organización monopolizadora de la violencia por definición y, por tanto, con la posibilidad de realizar en todo momento lo que estime oportuno por encima de cualquier otra consideración. «El Estado nos protege, pero nunca de él», solía decir. Y es que esa lógica del poder político tiende a generar un poder único y creciente que domina todo lo demás, con independencia de camelos como los contrapesos (siempre estatales) o la sociedad civil (siempre desarmada), que no solo resultan inservibles sino que ejercen un papel legitimador del propio Estado. En ese sentido, el pensador húngaro llegó a conclusiones anarcocapitalistas al considerar que en ausencia de poder estatal se podría garantizar la protección de la propiedad privada y el cumplimiento de los contratos, con lo que no nos veríamos abocados a un Estado de naturaleza.
Otro elemento legitimador del Estado es la provisión de bienes públicos. Y en ese punto De Jasay volvió a ser lapidario: «Se llama bien público a todo aquel bien que el Estado decida que es un bien público». Poco más cabría añadir.
También echó por tierra la vieja idea difundida por Churchill de que la democracia es el peor de los sistemas si exceptuamos todos los demás. De manera muy aguda señaló que hemos caído en la trampa de establecer la comparación entre el peor resultado de las democracias y el peor resultado del resto de sistemas, pero hemos olvidado casos históricos, como el nada democrático Imperio austrohúngaro, en los que los individuos disfrutaban de unas garantías inconcebibles en los muy democráticos Estados actuales.
Que su obra sea siempre un faro de luz. Descanse en paz.
El nacionalismo consiste en una ideología para dialogar con el Estado, que se contradice con los vínculos diarios.
El problema no es la descentralización, sino la falta de la misma.