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La gente no es idiota: los liberales tenemos que bajarnos de nuestra atalaya y convencerles

Entre los liberales españoles circula un chiste que asegura que todos los seguidores de Adam Smith, Milton Friedman o Friedrich Hayek entrarían en un taxi. Y que además no se hablarían, porque cada uno pensaría que el otro no tiene la pura raza liberal acreditada.

Para explicar cómo termina esta historia, María Blanco, doctora en Ciencias Económicas y Políticas, profesora de la Universidad San Pablo-CEU y colaboradora habitual de En Casa de Herrero, publica estos días Las tribus liberales. Una deconstrucción de la mitología liberal (Deusto).

Libertarios, anarcocapitalistas, austriacos, minarquistas,… Políticos, pensadores y think-tanks. Clásicos y modernos. Todos tienen su espacio en un relato que intenta acercar al gran público las diferentes corrientes del liberalismo, con una atención especial a las tribus españolas. Esta semana, Libre Mercado hablaba con María Blanco. Su optimismo es desbordante. Incluso en tiempos como éste, se le nota que cree en la fuerza de sus ideas liberales y en que finalmente triunfarán. Para los escépctios, hay que recordar que la Escuela de Salamanca (Juan de Mariana, Domingo de Soto, Francisco de Suárez,…), probablemente el primer foco de liberalismo organizado del mundo, nació en España. No todo está perdido. 

– Su libro se titula ‘Las tribus liberales’. ¿Cómo puede ser que habiendo tan poquitos liberales haya tantos enfrentamientos y tantas etiquetas?

– Una de las características del liberalismo es que no es un movimiento político. En todos los países hay partidos políticos de izquierda, derecha, centro izquierda, izquierda radical,… Pero no existe esa misma tradición en lo que hace referencia a los liberales. Nosotros somos más bien una corriente de pensamiento. Y eso hace que tengamos más libertad, que no tengamos las cadenas ni los peajes de una organización política a la hora de sacarnos los colores. Como no tenemos una fecha de elecciones o tenemos que presentarnos haciendo un frente común, no disimulamos nuestras diferencias, aunque son las mismas que existen en las organizaciones políticas o en

otros grupos. Lo mismo sucede en todos los partidos de dercha e izquierda, pero de forma oculta.

– ¿Y esto pasa sólo en España?

– Sé que hay determinados países en los que también hay estas diferencias. En España es relativamente normal. Es como aquel chiste que dice que si van cinco españoles a un bar a pedir un café cada uno pedirá uno diferente.

– Pero quizás el mensaje que le llegue al público es que discutimos sobre pequeñeces en vez de enfatizar aquello en lo que tenemos en común: que queremos menos intervencionismo público y más libertad.

– Creo que en cierto sentido tienes razón. Aunque sí somos capaces de unirnos frente a la intervención, tenemos que hacer más hincapié en lo que nos une que en lo que nos diferencia. De todas formas, hay cosas que pueden parecer pequeñeces o matices, pero para algunas personas son cuestiones de principio muy relevantes. No me parece mal plantearlo, no tanto para enfrentarnos, sino para que la gente pueda escoger su postura libremente. Me parece muy importante que se delimiten los conceptos. Además, creo que es un orgullo estar en una trinchera en la que nos preocupa poner valientemente las cuestiones intelectuales encima de la mesa, aunque discrepemos. Eso es algo que no hacen muchas otras corrientes intelectuales. Es un acto de valentía.

– De hecho, a los liberales les atacan por ello.

– Para los partidarios de la intervención es mucho más fácil lanzar mensajes muy sonoros, que enganchan a la gente pero son falsos. Y nos señalan a nosotros, que vamos en la búsqueda de la verdad. Dicen: ‘Miran esta panda que son tres y encima discuten entre ellos’. Te atacan y lo que es una virtud aparece como si fuera un fallo.

– La idea de libertad es muy poderosa, ¿cómo puede ser que no hayan logrado hacerla más atractiva? ¿Por qué a los liberales se les asocia con tantas ideas negativas: egoísmo, falta de empatía por el ser humano, desprecio de los pobres,..?

– Es una de las grandes preguntas que siempre me hago y que nos tenemos que hacer todos. Uno de los puntos de partida antes de enfrentarme a esa cuestión ha sido bajarme del pedestal y mirarme los fallos, como cuanto te pones delante de un espejo de gran aumento y te ves todos los poros de la piel y las arrugas. Es necesario y no siempre lo hacemos. Lo primero que habría que hacer es un acto de humildad. Muchas veces nos resulta muy fácil recluirnos en nuestra torre de marfil y empezar a pontificar desde allí.

– El liberalismo tiene mucha teoría y poca práctica…

– Todo el mundo sabe que me meto mucho con los políticos, especialmente con aquellos que se han vestido con el ropaje liberal y luego no han sido consecuentes. Pues bien, el otro día, un amigo de Guatemala me reñía y me apuntaba algo que es completamente cierto. Me decía que es muy injusto que los profesores seamos capaces de señalar todo el tiempo lo que está mal y lo que está bien cuando no tenemos que exponernos con nuestros actos y los políticos sí. Forma parte de la humildad de la que te hablo decir: ‘Vamos a bajarnos de esa atalaya’.

No podemos mantener ese discurso de ‘Es que la gente es idiota’, porque la gente no es idiota. Si decimos ‘Es que la gente se deja convencer’, entonces nos tendremos que preguntar, ‘¿Por qué la gente se deja convencer?’ Pues porque lo necesita y nosotros no estamos ahí para responderles.

– ¿Comunican los liberales muy mal?

– El código de comunicación es muy importante. Para el común de los mortales, para la señora que va a nuestro lado en el metro, algo hemos hecho mal. Estamos comunicando mal. No puede ser que ellos sean idiotas. Es una de las cosas que tenemos que plantearnos.

– De hecho, el liberalismo moderno parece refugiado en el utilitarismo, pero no lucha las batallas de fondo. Le vale con decir que en los países más liberales la calidad de vida es superior, pero deja el campo de las ideas al intervencionismo.

– El utilitarismo es como un boomerang. Puedes utilizarlo hasta que aparece un socialista inteligente, que utiliza el mercado con mucho arte, da un capotazo de mercado y dos de intervención. El utilitarismo debe ser un plus, pero nada más que un plus.

– De hecho, mucha gente asocia liberalismo con economía, como si no existiera nada más dentro de la filosofía liberal.

– Hay que entender que la economía es una de las mayores preocupaciones de la gente de la calle. Pero cuidado, los orígenes del liberalismo están en filósofos que se preocupaban especialmente por temas éticos y jurídicos. Es verdad que lo que nos afecta todos los días es la gestión de los bienes públicos o los impuestos. También es cierto que muchos de los pensadores liberales que más han brillado han hablado fundamentalmente de temas económicos. Pero no se comprende lo que es el liberalismo si se pierde la perspectiva ética. El ser humano tiene un componente ético muy fuerte.

Creo que si nos han ganado en parte la batalla los partidarios de la intervención es porque al no hacerle tanto caso a los aspectos éticos hemos dejado que nos roben palabras clave: social, lucha contra la pobreza, igualdad de oportunidades,… Todos ellos son objetivos tradicionales del liberalismo. Fueron los mercantilistas los que se juntaron con los ricos y los gobiernos. Por eso, la defensa de una economía liberal debería ser acompañada de una ética liberal que consista en no vivir a costa de los demás.

La mentira como arma política

Jonathan Gruber, profesor de Economía en el MIT y principal arquitecto del Obamacare, ha terminado reconociendo lo que muchos sospechaban: la formalidad democrática esconde una tiranía tecnocrática que no duda en socavar las libertades individuales en el altar de la ingeniería social. Atiendan si no a sus recientesdeclaraciones:

La ley [el Obamacare] se escribió de una manera enrevesada para evitar que la CBO denominara tributario al mandato individual. Si la CBO hubiese calificado al mandato de impuesto, la ley habría muerto. Así que la escribimos de tal forma que lo evitáramos (…) La falta de transparencia es una gran ventaja política. Y el Obamacarees algo que tenía que ser aprobado, y esa falta de transparencia fue crítica para que la ley resultara aprobada debido a –llámalo como quieras– la estupidez del votante americano.

Quedémonos, sin embargo, con la frase central de su perorata: "La falta de transparencia es una gran ventaja política". Es decir, la mentira –o la ocultación de la verdad– es una esencial arma política. Los españoles somos bien conscientes de ello: Mariano Rajoy llegó al poder con la promesa de que bajaría los impuestos para así poder convertirse en el presidente del Gobierno que más los ha subido en toda nuestra historia. Ahora mismo, Podemos está dulcificando y diluyendo su discurso con exactamente el mismo propósito: no porque se hayan transformado súbitamente en ponderados centristas que apenas aspiren a barrer los escombros del régimen del 78, sino porque aspiran a tomar el cielo por asalto. Y su cielo es el poder absoluto.

A la postre, el poder, entendido como dominación política, se basa en última instancia en el dócil sometimiento de los ciudadanos. Ya lo proclamó Étienne de La Boétie en su Discurso sobre la servidumbre voluntaria, o el propio David Hume al cuando afirmó:

Como la fuerza está siempre del lado de los gobernados, quienes gobiernan no pueden apoyarse más que en la opinión. La opinión es, por tanto, el único fundamento del Gobierno.

La clave para alcanzar y retener el poder es controlar la opinión pública, a saber, la clave del poder es la propaganda. No hay más. Por eso Münzenberg y Goebbels fueron piezas clave en la construcción de la hegemonía política de sus respectivos totalitarismos y por eso las campañas electorales, los debates parlamentarios o las tertulias televisivas devienen meros espectáculos circenses vacíos de contenido cuya única misión es embaucar al votante para ulteriormente defraudarlo y tiranizarlo.

Esa es la perversa e inexorable lógica de un modelo de relaciones sociales basado en la coacción, en la dominación de unas voluntades sobre otras: la necesidad de un continuado embuste estratégico para imponer a los demás la propia agenda política recortando sus libertades. Sólo la generación de un masivo Síndrome de Estocolmo que legitime el ilegítimo uso unilateral de la violencia permite que los siervos justifiquen su servidumbre y no se rebelen contra su carcelero.

En este sentido, la tarea del liberalismo resulta doblemente complicada: no sólo se trata de persuadir a la gente, sino de persuadirla sin mentiras y sin ocultarle la verdad. El liberalismo no aspira a tomar el poder por el poder: al contrario, el liberalismo aspira adevolver el poder a la sociedad, a los individuos. Por eso al liberalismo no le vale un apoyo popular ciego o inconsciente: si la gente aupara al poder a un partido liberal sin que, al tiempo, esa misma gente deseara mayoritariamente romper con las cadenas estatales, el fracaso sería estrepitoso: no se puede obligar a la gente a ser libre y a vivir fuera de la cárcel estatal cuando mora confortablemente en ella.

A diferencia de los partidos políticos al uso, el liberalismo ni puede ni pretende transformar la sociedad de arriba abajo, sino cambiarla de abajo arriba: no mediante la maquiavélica mentira sino mediante la sincera persuasión de los ciudadanos. Por eso la batalla de las ideas liberal es lenta y plagada de fracasos, mientras que la reconstrucción de la hegemonía estatal es persistentemente adaptativa: unos luchan contra el statu quo con un discurso impopular mientras que los otros consolidan el statu quo valiéndose en cada momento de las mentiras que resulten más digeribles.

Como en tantos otros asuntos, resulta difícil explicarlo mejor queLudwig von Mises:

La aportación más profunda y fundamental del pensamiento liberal es que son las ideas las que constituyen la base de todo el edificio de la cooperación humana y que ningún orden social puede ser verdaderamente duradero cuando toma como base ideas falsas y erróneas. Nada puede sustituir a una ideología que promueve el valor de la vida humana defendiendo la cooperación social: en especial, las mentiras –llamémosles tacticismo, diplomacia o compromiso– no pueden sustituir a esa ideología. Si los hombres no están dispuestos a hacer voluntariamente lo que deben hacer para mantener la sociedad y el bien común, nadie podrá recolocarlos en el buen camino mediante las más variadas estratagemas y artificios. Si se equivocan y extravían, uno debe esforzarse por convencerlos y sacarlos del error. Pero si se empeñan en persistir en el error, entonces nada puede evitar la catástrofe. Todos los trucos y las mentiras de los políticos demagogos serán acaso útiles para promover la causa de aquellos que, de buena o mala fe, pugnan por destruir la sociedad. Pero la causa del progreso social, la causa del desarrollo e intensificación de los lazos sociales, no puede ser defendida mediante mentiras y demagogias. Ningún poder terrenal, ninguna astuta estratagema y ninguna conveniente mentira triunfarán a la hora de lograr que la humanidad acepte unas ideas a las que no reconoce validez y que incluso desprecia abiertamente.

Privatización y dinero

La presidenta de la Asociación Profesional de Enfermeras de Ontario, la chilena Doris Grinspun, es una gran luchadora contra la privatización de la sanidad y, naturalmente, muy celebrada por el pensamiento único. Declaró:

Si desaparece la universalidad, no hay dinero que alcance para cubrir tu salud de forma individual. Si se privatiza el sistema, perdemos todos, los que no pueden acceder y los que sí. El problema es que no siempre se cuenta la verdad.

Una verdad fundamental que no se cuenta es que no hay manera de brindar ningún servicio gratis, y mucho menos universal. De tal manera que la verdad que no se cuenta es que la sanidad pública traslada la decisión de cuánto y cómo hay que gastar en sanidad desde los ciudadanos hasta los políticos, los burócratas y los grupos de presión. Tampoco se cuenta la paradójica verdad de que, una vez perpetrada la usurpación, en nombre los "derechos sociales", no sólo se usurpan los bienes de los ciudadanos, sino que a menudo el poder se enfrenta a contradicciones inmanentes a su propio ejercicio, prometiendo un derecho tras otro hasta que al final los impuestos suben considerablemente, pero tampoco "hay dinero que alcance".

Tampoco se dice la verdad cuando se dice que con la privatización "perdemos todos". Es obvio que no sería así, porque la privatización comportaría una gran reducción del gasto público y, por consiguiente, una gran subida de los ingresos de los ciudadanos, con lo que la sanidad sería accesible, como cualquier servicio.

Al mismo tiempo, como la sanidad sería provista por empresas en competencia, ello castigaría con dureza a los ineficientes y los despilfarradores, y no habría ya lugar para los abusos de políticos, burócratas, sindicalistas, etc., porque habría sólo una gran marea blanca, la marea de los ciudadanos libres disponiendo libremente de su propio dinero.

No dice la verdad doña Doris cuando asegura que con la privatización no habría dinero. Al contrario, cuando no hay dinero es ahora, porque el Estado lo arrebata a los ciudadanos por la fuerza. Curiosamente, esto no le parece mal a la señora Grinspun, que declara que se hizo enfermera para construir "un mundo más justo". Curiosamente, su prioridad no fue construir un mundo más sano.

Hong Kong frente a la democracia

El ruido de la calle se ha apagado, aunque no del todo. Pero el conflicto que subyace en Hong Kong sobre su sistema político sigue latente, y volverá a estallar, inevitablemente. La ex colonia británica fue entregada a la China continental, regentada por una dictadura comunista, en 1997. La cesión del control del territorio se efectuó bajo ciertas condiciones que permitían el reconocimiento y la defensa de ciertos derechos básicos de que disfrutaban los hongkoneses.

Desde que comenzaron a elaborarse los dos informes sobre libertad económica en el mundo, Hong Kong ha ocupado siempre el primer lugar. Incrustar una economía libre en un régimen comunista parece un imposible. Pero lo cierto es que China, partiendo de una experiencia particular, empezó un camino de reformas que han acercado al país a una economía de mercado. Tanto, que Albert Esplugas habla ya de una economía ex comunista. Llamémosle ex o post comunista, lo cierto es que es una sociedad complejísima, con una amalgama de planificación y mercado, represión y libertad, que ni siquiera guarda una coherencia en todo el territorio. Ese camino hacia la liberalización, que comenzó en 1978, es el que preparó al régimen para aceptar, doce años después, la Constitución de Hong Kong, que es la que rige en estos momentos. China estaba dispuesta a asumir el principio de “un país, dos sistemas”.

El capitalismo y la democracia han ido históricamente de la mano, en una relación fructífera, aunque no necesaria ni del todo simbiótica. La democracia, de hecho, ha parasitado al capitalismo. El proceso político consiste en la transferencia de renta y riqueza, desde el control del Estado, de unos grupos sociales a otros y a sí mismos. La democracia facilita esa transferencia, y la amplía, al revestir ese proceso de apropiación y reparto de una ideología que lo justifica, y que es aceptable para una gran mayoría de la población. La democracia ha permitido al Estado alimentarse de la riqueza que genera el capitalismo. Y ha entablado con él un juego en el que le aprieta para acrecentar su riqueza y su poder, pero no lo suficiente como para ahogarlo y sucumbir él mismo en una crisis que le ponga en riesgo. A medida que el capitalismo ha permitido mayores cotas de riqueza, el Estado ha podido capturar mayores proporciones de la misma, sin evitar por ello que la población deje de progresar, aunque lo haya hecho a ritmos menores de los posibles.

El régimen político de Hong Kong es relativamente liberal, pero no plenamente democrático. De hecho, Gran Bretaña ha gobernado esa colonia durante 170 años sin que jamás haya adoptado un régimen democrático. Hong Kong tiene un Parlamento con una legislatura de cuatro años, que está elegido por dos mitades. De los 70 legisladores, 35 son votados en un sufragio universal. Cinco proceden de una circunscripción funcional, orgánica. Y otros 30 son elegidos por unos 230.000 electores que proceden, en su mayoría, por sectores empresariales y profesionales. El gobierno se elije por una circunscripción aún más restringida, un Comité Electoral formado por unos 1.200 electores, que proceden de nuevo de los mismos sectores.

Eso no ha impedido que los ciudadanos de aquélla ciudad tengan un alto nivel de vida. La renta media per cápita, en paridad del poder de compra, según los datos recabados por The World Factbook elaborado por la CIA, era el año pasado de 52.700 dólares de 2013. Ocupa el puesto 15 de los más de dos centenares de países que hay en el mundo. Esto puede resultar chocante a quien identifique democracia y progreso, pero son los riesgos de la metonimia que se produce con las palabras democracia y libertad.

China ha interpretado, correctamente, a Honk Kong, como una amenaza, tal como dice Alberto Illán. Es un ejemplo de lo virtuosa que es una sociedad libre. Pero el caso de Hong Kong nos debe llevar a plantearnos, con honradez, otra cuestión. ¿Habría logrado el país tan altas cotas de libertad y prosperidad, madre e hija, con un sistema plenamente democrático? Viendo la relación parasitaria que mantiene con las sociedades libres, es muy posible que no hubiese sido así. Hablar de “la democracia” es un abuso, pues hay muchas, unas más y otras menos respetuosas de la libertad de las personas. Aún creo que la democracia puede aportar lo mucho que tiene de bueno a una sociedad libre. Pero no debemos dejar de verla como un medio, sin perder de vista que la libertad es el objetivo, pues es la tierra fértil de una sociedad buena.

‘Mochila austriaca’: las ventajas para el trabajador de una propuesta polémica

Tasa de paro: Austria (5,1%) y España (24%). Porcentaje de trabajadores con contrato temporal: Austria (9,2%) – España (23,1%).

Desde hace años, Austria es un referente en materia de empleo. Prácticamente todas las cifras del mercado laboral del país centroeuropeo son positivas. Y sus datos sobre productividad, salarios o carrera profesional apuntan a una clase trabajadora eficiente, con una vida laboral exitosa, pocos períodos de tiempo en el paro y sueldos por encima de la media europea.

Sin embargo, cada vez que alguien en España plantea una reforma laboral para acercarnos al modelo austriaco (y a su referente más conocido, la famosa mochila) caen sobre él críticas de todos los colores. Este miércoles, era el Servicio de Estudios del BBVA el que presentaba su Observatorio Económico con una propuesta "para fomentar la indemnización indefinida". Desde que terminó la rueda de prensa que ofreció Rafael Domenech, economista jefe de Economías Desarrolladas de la institución, las reacciones no se han hecho esperar: que si la propuesta implica que el trabajador pague la indemnización con su sueldo, que si es un abaratamiento del despido, que si reduce las garantías de los empleados,… ¿Por qué nadie quiere parecerse a Austria?

La clave quizás esté en un dato que no hemos dado. En el país centroeuropeo, la indemnización por despido directa es igual a cero. Vamos, que hay un despido prácticamente libre. En España, las cifras son de 20 días por año en caso de despido improcedente y 33 días en caso de despido procedente. Claro, ahora la pregunta es si una cosa (el esquema para el despido) y la otra (las cifras de paro) tienen alguna relación.

La ‘mochila’

En realidad, cuando decimos que la indemnización es igual a cero podemos llevar a un equívoco. Porque mucha gente pensará que el trabajador despedido se queda sin nada. Y no es así. El modelo austriaco consiste en que los trabajadores van acumulando una bolsa de dinero cada mes. El empresario paga una parte del salario a estamochila, al igual que hace con las cotizaciones sociales.

Eso sí, con una diferencia: esa mochila no sirve para pagar las pensiones, ni los subsidios del paro. No es un sistema de reparto, sino de capitalización. Estamos ante una cuenta de ahorro individual, invertida en algún activo y que da rendimientos cada mes. Cada austriaco puede saber en todo momento a cuánto asciende su ahorro. Y cuando es despedido, su indemnización es su mochila.

Hay que aclarar que la propuesta del BBVA no van tan lejos. Su idea es un modelo mixto: la mochila sería equivalente a ocho días al año de salario. El resto, hasta los 20 días por año por despido procedente y los 33 días por despido improcedente (las mismas cifras que hay ahora mismo), lo pagaría el empresario como hasta ahora.

La segunda diferencia es que la indemnización sería creciente. En los dos primeros años de contrato, sería más barato despedir a un indefinido que a un temporal. La consecuencia parece clara: el número de contratos temporales caerá a mínimos. Sólo aquellas tareas que cubran necesidades muy puntuales se cubrirán con este formato.

Además, hay que tener en cuenta que la mochila austriaca va de la mano del contrato único. En este sentido, la propuesta del BBVA pide un contrato fijo que sea el que se use por defecto, con el complemento de uno temporal (con causalidad, es decir, para tareas de verdad temporales) y uno de aprendizaje para los recién llegados al mercado.

De esta forma, lo que se consigue es que todos los empleados sean fijos no a base de encarecer el empleo temporal (lo que se está haciendo en España), sino de hacer más atractivo el empleo fijo. Y a esto se añade que con este modelo se hundirían los costes de contratación y administración (ya no hay 80 modalidades diferentes para escoger), con los efectos positivos que eso podría tener, especialmente en el caso de las pequeñas empresas.

Las ventajas

Sea cuál sea el modelo (mixto o puro), a primera vista parece que las ventajas para el empresario de la mochila austriaca son claras. Cuando las cosas van mal en su compañía o cuando no está contento con el rendimiento de uno de sus empleados, no tiene que pensar en cuánto le costará despedirlo, porque el dinero de la indemnización está guardado en la bolsa de cada trabajador. Su decisión se basará sólo en la productividad. Lo principal en este sistema es que reduce la incertidumbre sobre los costes futuros, una cuestión clave en cualquier decisión empresarial como contratar a un nuevo empleado.

Pero para el empleado también hay aspectos muy positivos. En España, acostumbrados a un modelo de relaciones laborales muy diferente, puede sonar extraño, pero ese 5% de paro que tienen los austriacos deberían ser una pista de que ni mucho menos los efectos benéficos afectan sólo a las empresas:

– Todos fijos: puede que haya quien piense que no hay tanta diferencia entre empezar con un contrato fijo con una indemnización baja (o incluida entera en la mochila) y uno temporal. Al final, si el empresario te quiere echar a los dos meses, puede hacerlo y no le costará mucho.

Sin embargo, la relación laboral cambia por completo en uno y otro caso. Por ejemplo, según los datos del BBVA, la diferencia salarial entre temporales e indefinidos, a igualdad en el resto de circunstancias (edad, puesto, antigüedad), es del 15%. En parte es lógico que así sea, porque la productividad de unos y otros también suele ser muy diferente. Las empresas no se gastan dinero en formar a un empleado temporal y éste tiene un interés muy limitado en aprender tareas más allá de las que le ocupan el día a día o crecer en una empresa en la que sabe que estará apenas unos meses.

– Sin tope de indemnización: la mochila tiene una segunda ventaja muy clara para el trabajador. Ya no hay topes en el dinero del que dispondrá si es despedido. Actualmente, la ley fija dos límites (12 meses en el caso de despido procedente y 24 en caso de improcedente). Con la mochila, cuantos más años trabaje más crecerá su bolsa. Y además tendrá rendimientos de su inversión. Un trabajador despedido con 30 ó 35 años de antigüedad tendría un colchón mucho más grande que en la actualidad.

– ‘Tu’ mochila: quizás el elemento más importante del modelo. Cada fondo tiene el nombre y apellidos del trabajador. Es suyo. Si no es despedido y llega a los 65 años con la mochila intacta, tendrá un complemento muy interesante para su jubilación. Y si decide irse de la empresa para hacerse autónomo o reorientar su carrera, también podrá utilizar este dinero para mantenerse unos meses (ahora, en caso de baja voluntaria, lo pierde todo). Y si se cambia de empleo, se lleva sumochila con él.

De esta forma, se eliminan los efectos perversos que la indemnización por despido tiene en España. ¿Cuántos trabajadores hay que no cambian de trabajo por miedo a perder los derechos adquiridos? ¿Cuántas personas están en un puesto que no les gusta sólo para conservar la indemnización? ¿Cuántos no se lanzan a la aventura de poner un negocio propio por no tener ahorros para sostenerse unos meses? La movilidad del mercado de trabajo y la productividad de toda la economía saldrían muy benefiadas de un cambio de modelo en este sentido.

– Ganan los más productivos: con el sistema actual en España, las decisiones laborales muchas veces no se toman en función de los méritos, sino del coste del despido. Así, cuando un empresario necesita reducir su plantilla (por ejemplo por una caída de las ventas), lo lógico sería que prescindiera de su peor trabajador, aquel que menos aporta al conjunto. Pero en nuestro país, hay otro factor a tener en cuenta: el coste del despido. Así, se puede dar la injusta situación de que el despedido sea el miembro más productivo de la plantilla, pero también el último en llegar (es el más barato de echar). Eso es malo para los empleados más productivos, pero también para la empresa.

¿Y esto quién lo paga?

El gran tema de discusión a lo largo del día ha sido el del coste del nuevo sistema y la discusión sobre quién paga la mochila. Los que se oponen al modelo razonan del siguiente modo: si ahora un empresario te paga 1.000 euros y le obligan a dar un 2,19% para la mochila (según la propuesta del BBVA), a partir de ahora reducirá el sueldo en ese porcentaje. Esto tiene una cierta lógica. El empresario lo que mide son los costes laborales. Por lo tanto, si cree que el trabajador vale 1.000 euros, podría parecer que le reduce el sueldo en esta cantidad. Pero hay que hacer unas cuantas puntualizaciones:

  • La mochila la paga el trabajador igual que paga las cotizaciones a la Seguridad Social a cargo del empresario. O por decirlo de otra manera: todo lo paga la empresa y luego es artificial diferenciar entre unas cosas y otras. Son costes laborales y punto. Si alguien sostiene que imponer la mochila austriaca reducirá los salarios; debería también defender que rebajar las cotizaciones sociales los subiría. Pero esto último nunca se dice.
  • Habría que preguntarse si en la actualidad las empresas pagan esos 1.000 euros teóricos. Es muy dudoso que sea así. El empresario sabe que si despide a alguien tendrá que pagar una cantidad, que será muy importante en el caso de los fijos. Por lo tanto, es muy probable que reduzca su sueldo potencial para cubrirse las espaldas ante esta eventualidad (en vez de 1.000, le paga 950 y los otros 50 los guarda por si los necesita para despidos). En ese caso, no habría ninguna diferencia para el empresario en lo que respecta al modelo con mochila (o una diferencia menor); mientras, el empleado saldría ganando, porque ese dinero que ahora la empresa guarda por si acaso iría destinado a su bolsa.
  • No hay que olvidar las ganancias de productividad y cómo se traducen en los sueldos. Como apuntamos anteriormente, los fijos cobran más que los temporales incluso a igualdad en el resto de condiciones. Y este salario más elevado puede compensar de sobra la supuesta pérdida por el 2,19% de la mochila.
  • No sólo es que los fijos cobren más. Es que tienen muchas ventajas: no pierden días entre un contrato y otro, reciben formación, pueden subir de puesto en la empresa con más facilidad, etc… ¿Compensaría esto a ese famoso 2,19%?
  • Por último, hay que recordar que la mochila también es salario. Sí, es cierto, no se cobra mes a mes, pero se acumula para el trabajador. Es decir, incluso aceptando que el empresario reduzca el sueldo en ese 2,19% (y hay que poner todos los peros apuntados anteriormente), eso no implica que se quede ese dinero. Cuando el trabajador sea despedido, se vaya a otra empresa o se jubile recuperará sus fondos. Por lo tanto, incluso en el peor de los casos, a medio plazo no pierde nada.
  • Por ejemplo, el caso del trabajador en la situación más débil: un empleado temporal en una actividad cíclica, que sabe que prescindirán de sus servicios en unas semanas. En la situación actual piensa que recibe el máximo que el empresario está dispuesto a pagar por él. Y puede temer que con la mochila austriaca su próximo contrato, aunque indefinido, se reduzca un 2,19% en el sueldo neto. Pero si es despedido a los dos meses (como le pasa ahora cuando se termina su contrato) recibirá ese porcentaje, que estará acumulado en su bolsa. No habrá perdido nada.

Austriacas mochilas; españoles grilletes sociales

Esta misma semana, la Fundación BBVA Research ha publicado un informe donde propone adoptar parcialmente el modelo austriaco de capitalización de la indemnización por despido (popularmente conocido como "mochila austriaca". Por resumirlo con brevedad: se trata de que, para los nuevos contratos de trabajo, el empresario constituya un fondo de capitalización en favor del trabajador mediante una aportación anual equivalente a ocho días de su salario; a cambio, la indemnización que tendrá que sufragar el empresario en caso de despido se reducirá simultáneamente (por ejemplo, en el caso del despido improcedente, bajaría desde los 33 días por año trabajado hasta un máximo de 25 días por año).

¿Bajaría el salario?

No han sido pocos quienes han visto en esta propuesta un velado intento de la oligarquía financiera para recortar el coste del despido a costa del trabajador: si el empresario ha de abonar anualmente un monto equivalente a ocho días del salario de su empleado (esto es, alrededor del 2,2% de su sueldo bruto), lo que hará será reducir la remuneración de este trabajador en esa misma proporción. De hecho, los propios autores del informe del BBVA Research, reconocen que eso es justamente lo que tendería a suceder: “Si bien el salario negociado por ambas partes se vería afectado, el coste laboral que soporta la empresa no tendría por qué aumentar”. Es decir, pese a la implantación de un recargo del 2,2% en el coste laboral, éste no aumenta porque… es el salario bruto el que se ajusta a la baja.

En realidad, los efectos netos son mucho más ambiguos de lo que los propios autores afirman: las indemnizaciones laborales actuales también las pagan los trabajadores a través de menores salarios negociados, dado que el empresario intenta cubrirse del eventual coste del despido futuro mediante salarios más bajos (dicho de otro modo: si aumentáramos la indemnización por despido hasta 150 días por año trabajado, que nadie espere que los salarios actuales se mantendrían).

Por tanto, el modelo propuesto por BBVA Research se basa en sustituir un coste esperado futuro (expectativa empresarial sometida a diversos grados de probabilidad) por un coste cierto presente: y dado que es más caro pagar con total certidumbre ocho días por año trabajado que pagarlos en el futuro sólo si se materializara el despido, el modelo austriaco sí que encarecería en cierta medida los costes laborales totales repercutiéndose en salarios presentes algo menores (en realidad, dado que el fondo dotado por el empresario es propiedad del trabajador, lo único que sucedería es que el cobro de una fracción del salario se diferiría en el tiempo, no que se volatilizaría sin más; justo lo contrario de lo que sucede en el sistema actual, donde el trabajador no despedido jamás recupera la parte del salario que le ha sido rebajada para costear su eventual indemnización).

La verdadera mordida: la Seguridad Social

Pero no me interesa tanto reflexionar sobre este interesante pero socialdemócrata esquema (la verdadera solución para el mercado laboral pasa por su completa liberalización) cuanto resaltar la incoherente crítica que ha desatado entre muchos. A la postre, quien se exclama de que con este nuevo sistema el trabajador se verá forzado a cotizar por su propio despido (dado que el empresario le rebajará el salario en proporción al recargo de cotización que se le imponga) no sólo olvida que eso mismo —aunque de manera mucho menos transparente— ya está sucediendo en la actualidad, sino algo mucho más importante: que en eso mismo se basa toda la filosofía de la tan venerada Seguridad Social.

En la Seguridad Social, es el trabajador quien se ve obligado a cotizar mes a mes por su propia pensión, por su propio seguro de desempleo o por sus propios cursos de formación. ¿Qué tendría de excepcional o de rara avis el que ahora se le obligara a cotizar también por su propia indemnización por despido? Nada, sería una nueva muestra de ese tan exasperante paternalismo estatal que, asumiendo la existencia de una sociedad infantilizada e idiotizada (la misma sociedad que se encarga de escoger democráticamente a los guardianes de ese paternalismo estatal), obliga a cada ciudadano a destinar un determinado porcentaje de su salario a preparar su jubilación, a asegurarse contra su paro o a sufragar sus cursos de formación. Si nada de lo anterior había despertado entre muchos la más mínima suspicacia —incluso tiende a considerarse la quintaesencia del Estado de Bienestar—, ¿a qué viene tanta escandalera por el hecho de que nos obliguen, también, a cotizar transparentemente para nuestra indemnización por despido?

Acaso sea porque algunos todavía siguen creyendo en que la cotización a la Seguridad Social abonada por el empresario a cuenta del trabajador es un gasto que soporta la empresa y no el capitidisminuido salario del trabajador. Mas, ¿por qué mágica lógica se concluye que el empresario sí será capaz de repercutir a su empleado el coste de la “mochila austriaca” y, en cambio, se asume que no podrá lograr lo propio con el coste de su cotización a la Seguridad Social?

Seamos claros: ambos costes son repercutidos al trabajador. O dicho de otra forma, nuestra paternalista e intervencionista legislación estatal le impone a los trabajadores cómo deben cobrar sus salarios: si en dinero, si en vacaciones “pagadas”, si en contribuciones a la Seguridad Social, si en cursos de formación, si en seguros contra el paro, si en representación sindical, etc. Nada de todo esto sale del bolsillo del empresario, sino de un menor salario líquido del trabajador: del mismo modo que todos entendemos que cobrar dos pagas extras al año no aumenta nuestro salario total (ya que en caso contrario, serían periodificadas mes a mes), cobrar en forma de vacaciones, de pensiones futuras o de cursos de formación tampoco lo hace. Sólo nos imponen desde un comienzo en qué debemos gastar la remuneración total que nos entrega el empresario

Así, si algunos se han rasgado las vestiduras por ese exiguo sobrecoste del 2,2% anual de la mochila austriaca, ¿qué no deberían estar haciendo contra la cotización por contingencias comunes “a cargo de la empresa” (23,6% del salario), contra la cotización por desempleo “a cargo de la empresa” (5,5% del salario), contra la cotización por el FOGASA “a cargo de la empresa” (0,2% del salario) o contra la cotización por formación profesional “a cargo de la empresa” (0,6% del salario). Estamos hablando de una mordida total del 29,9% del salario de cada trabajador que ni siquiera aparecía reflejada en su nómina (un escandaloso caso de manipulación tributaria que, por fortuna, irá corrigiéndose en los próximos seis meses). ¿Qué sentido tiene exclamarse por el 2,2% de la mochila austriaca y guardar un silencio cómplice ante el 29,9% de expolio mensual que padece cada trabajador “a cargo del empresario” (29,9%, aclamémoslo, sin computar la propia cotización del empleado a la Seguridad Social: otros 6,35 puntos que sí venían figurando en la nómina como deducciones del salario bruto)?

Sí, ya sé que a cambio de las cotizaciones a la Seguridad Social recibimos “cosas”: pensiones futuras, cursos o un seguro contra el desempleo. Pero, aparte de que tal vez esas “cosas” no coincidan con las que cada trabajador quiera (¿no hay nadie que prefiera evitar participar en el fraude piramidal de las pensiones públicas y dedicar sus ahorros a otras inversiones más rentables?), a cambio de la nueva cotización para constituir la mochila austriaca… ¡también recibiremos “cosas” (una indemnización futura)!

Se mire por donde se mire, la contradicción es flagrante e insalvable: si la cotización empresarial a la mochila austriaca reduce injustificadamente los salarios de los trabajadores, también lo hacen —y en mucha mayor medida— las cotizaciones empresariales a la Seguridad Social; y si no lo reducen, muchos que se oponen a la mochila deberían estar venerándola como un instrumento de lucha de clases en favor de los trabajadores (de hecho, no deberían desear un tipo del 2,2% para el empresario, sino uno del 50%).

La realidad, claro, es que la implantación de la mochila austriaca sí implicaría, muy probablemente, una ligera reducción salarial (inferior, en todo caso, al 2,2%) y que las cotizaciones empresariales a la Seguridad Social también implican una enorme merma del salario ingresado por el trabajador: un sueldo de 15.500 euros anuales está dejando de percibir más de 5.000 euros al año por obra y gracia de su sometimiento a la Seguridad Social. Si desean liberar y dejar de explotar a los trabajadores, luchen contra ese engendro paternalista a fuer de bismarckiano que es la Seguridad Social: el debate sobre la mochila austriaca está bien para distraer con algún cebo al personal, pero el epicentro del expolio es otro… la Seguridad Social.

Defensa de la Constitución Española de 1978

Iniciativa en Change.org y en HazteOir.org.

Hoy he tomado la determinación de solicitar, públicamente, la Defensa de la Constitución Española de 1978 mediante el apoyo, la promoción en Internet y la participación en reuniones el próximo 6 de diciembre de 2014 desde las 6 de la tarde y hasta las 12 de la noche.

Empleando la plataforma de movilización de Change.org, convoco a la realización de reuniones pacíficas el próximo 6 de diciembre con el objetivo de que los asistentes depositen velas encendidas de modo que formen una "V" de "Vigilia" en Defensa de la Constitución Española de 1978 ante las principales instituciones: el Congreso, el Senado, el Palacio de la Moncloa, el Tribunal Supremo, el Tribunal Constitucional, los Ayuntamientos y los Parlamentos Autonómicos.

Las reuniones deben ser impulsadas espontáneamente por los ciudadanos con valores inclusivos e integradores, acercándose con sus familiares y amigos para encender las velas delante de las principales instituciones democráticas de España formando una "V" que ilumine las instituciones y que, también, debe simbolizar la "Victoria" de los ciudadanos sobre las oligarquías destructivas que intentan fracturar España.

Dado que el próximo 6 de diciembre de 2014 cae en sábado, se podrían aprovechar las reuniones espontáneas para disfrutar de una jornada festiva y leer en voz alta ante las principales instituciones, el Preámbulo y el Título I de la Constitución Española de 1978que, obligatoriamente, deben acatar, obedecer y defender todas las autoridades.

También sería interesante si se leyesen en voz alta libros de historia de España como, entre otros, los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós y la Historia de Españade Juan de Mariana.

Debido a la inacción del Gobierno de España que preside el Presidente, Mariano Rajoy Brei, finalmente, el heredero político de Jordi Pujol y actual presidente autonómico de Cataluña, Arturo Más, ha logrado realizar una consulta secesionista (ilegal), en contra de la Constitución Española de 1978 y a pesar de haber sido prohibida en dos ocasiones consecutivas por el Tribunal Constitucional.

En los pasados meses, he analizado en diferentes artículos el miedo a la libertad [1], el desafío institucional en Cataluña por oligarquías extractivas de los recursos [2] y destructivas [3] del orden político de España, el deterioro de la ley [4] por la impunidad y la corrupción imperantes y, finalmente, las acciones necesarias para frenar el desafío nacional-secesionista en Cataluña [5].

Dado que parece que el Presidente del Gobierno y la casta política están dispuestos a iniciar negociaciones para pactar, mediante un "consenso de felones", aquello que es absolutamente innegociable que es la soberanía del pueblo español (Art. 1 CE) y la indisoluble unidad de España (Art. 2 CE), parece haber llegado el momento de que los ciudadanos españoles nos movilicemos pacíficamente para reclamar la aplicación del Artículo 155 CE para la suspensión de la autonomía de Cataluña en defensa de la Constitución Española de 1978.

En definitiva, ha llegado el momento de que los ciudadanos nos opongamos con firmeza a las políticas de hechos consumados que tratan de imponernos porque, de seguir así, nos guían hacia una involución institucional (ilegal) con unas elecciones autonómicas plebiscitarias en Cataluña, y una probable declaración unilateral de independencia, en contra del ordenamiento jurídico de la Constitución Española de 1978, por lo que debería contrarrestarse como se hizo en el año 1934.

Solicitemos públicamente a las autoridades que cumplan y hagan cumplir la Constitución Española de 1978 y que, por tanto, se aplique el Artículo 155 CE sobre aquellas autoridades de Cataluña que promovieron e impulsaron la consulta prohibida por el Tribunal Constitucional y que, ante los intentos de secesión por parte de las oligarquías de una región, el Gobierno de España impulse la suspensión de la Autonomía de Cataluña; además de exigir las responsabilidades penales por los delitos que hayan podido cometer, tal y como solicitan UPyD [6] y VOX [7][8], para que el Gobierno de España defienda el interés general y no desista de ejercer las funciones a las que está obligado por el mandato constitucional.

Además, si no se aplica el Artículo 155 CE por la cobardía de las autoridades, los ciudadanos debemos exigir en las calles –todos los días 6 de cada mes a las 6 de la tarde y formando una "V" con velas encendidas— la inmediata dimisión del Gobierno de España y la convocatoria de elecciones generales.

Hay que presionar socialmente para que la casta política permita renovar el Parlamento, de modo que los ciudadanos puedan intentar que prevalezcan los líderes inclusivos e integradores, en lugar de los personajes pusilánimes y felones.

Debemos mostrar nuestra indignación, mes tras mes, hasta poder desalojar democráticamente a los cobardes y traidores que medran, y viven a nuestras expensas, en el Parlamento español y en los 17 parlamentos autonómicos de los Reinos de Taifas; compuestos en su inmensa mayoría por oligarquías extractivas y destructivas del orden político, que han involucionado el régimen constitucional desde la partitocracia hasta la cleptocracia.  

Por todo lo anterior, y si Uds. han llegado hasta aquí en la lectura del artículo, permítanme que les exhorte y convoque para apoyar, promover en las redes sociales y participar pacíficamente en las reuniones del próximo 6 de diciembre a las 6 de la tarde para Defender la Constitución.

Gracias por adelantado por los apoyos que se reciban, por la participación en las reuniones, por ejercer como ciudadanos de España y por iluminar con velas las instituciones formando una "V" de "Vigilancia" del cumplimiento de la Constitución que, también, es la "V" de la "Victoria" frente a las perversas y oscuras intenciones de las oligarquías.

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La contrastación empírica como criterio de validación erróneo

Ya vimos cómo la predicción "científica" no es posible en la ciencia económica. Pero es que además, el criterio de validación de hipótesis tal y como lo entiende el positivismo, esto es, contrastar las hipótesis con la evidencia empírica para establecer su poder de predicción y su éxito, es profundamente incorrecto para la ciencia económica.

Y es que no se puede explicar el comportamiento humano en base a fenómenos observados. La razón es que existen múltiples factores que influyen sobre el fenómeno que estamos estudiando inaprehensibles para nuestra mente. En la realidad que observamos se dan muchos cambios simultáneos que están actuando y que explicarían los distintos eventos que se están produciendo.

Bastará con comentar varios ejemplos:

¿Ante un aumento de la demanda de tomates los precios tienden a subir o a bajar? Imaginemos que se produce un aumento de la demanda de tomates. En muchas ocasiones se podría dar el caso que observáramos que su precio se mantiene o incluso disminuye. Si las leyes de la economía se estableciesen o verificasen empíricamente podríamos llegar a la conclusión de que un aumento de la demanda no lleva a precios mayores. Sin embargo sabemos que la ley de tendencia nos indica que un aumento de la demanda debe conducir a unos precios mayores ceteris paribus. La razón de que los precios no aumenten puede ser un descubrimiento de nueva tecnología que incremente drásticamente la producción de tomates, lo cual disminuiría su precio porque se introducirían más unidades de bien en el mercado.

Otro ejemplo: ¿ante un aumento de impuestos la productividad tiende a aumentar o disminuir? En ocasiones se da el caso de que un aumento de impuestos no se traduce en un descenso de la productividad. Empíricamente, entonces, diríamos que las subidas de impuestos no llevan a disminuciones de productividad. Sin embargo, sabemos que un aumento de impuestos disminuye el ahorro, y por tanto, la productividad. La razón de que la productividad no disminuya es que los impuestos no es el único factor que influye en el ahorro, por lo que no necesariamente la productividad tiene que ser cuantitativamente más baja si se suben los impuestos.

Es erróneo verificar empíricamente ninguna hipótesis teórica en la ciencia económica. Los fenómenos que se estudian están producidos por una multiplicidad de factores inalcanzables para la mente humana. Tales fenómenos, por el contrario, sólo pueden ser inteligibles y comprendidos si se posee la teoría lógica previa que nos proporciona la ciencia económica basada en la Praxeología, y que se obtiene por otros procedimientos metodológicos.

El economista no puede derivar teoremas acerca de las relaciones causales del análisis del material disponible. La experiencia ‘histórica’ no es la experiencia de laboratorio. Es experiencia de un fenómeno complejo resultado de la operación conjunta de muchos factores. Esto muestra por qué es equivocado afirmar que incluso la economía deductiva obtiene sus premisas de la observación. Lo único que podemos ‘observar’ son fenómenos complejos.

A esto hay que sumar que los hechos que son objeto de investigación en las ciencias sociales no son directamente observables en el mundo exterior. Las ciencias sociales estudian hechos de la acción humana, que pertenecen a otra clase/categoría que los estudiados por las ciencias naturales. No tienen entidad física sino que son conceptos mentales. No deben ser observados sino interpretados. Las ciencias sociales deben construirse no en términos físicos, sino en función de las opiniones o intenciones de las personas que actúan; es decir, el método de las ciencias sociales debe ser, por su propia naturaleza, esencialista, finalista y teleológico. El trabajo del economista se debe limitar a construir una teoría lógico que sea capaz de interpretar los hechos del mundo exterior.

La conclusión es que no se puede, por tanto, establecer como criterio de validación de hipótesis su contrastación empírica.

Podemos o el lado oscuro de la política

Probablemente han visto ustedes la primera película de la saga de La Guerra de las GalaxiasLa amenaza fantasma, escrita, dirigida y coproducida por George Lucas en 1999. En una escena que seguramente recordarán si han visto el filme, un joven Anakin Skywalker es presentado ante el Consejo Jedi, una suerte de tabla redonda formada por una mezcla entre caballeros y monjes galácticos. Durante el examen al que es sometido, el maestro jedi más anciano y, por tanto, más sabio, pronuncia a modo de advertencia una de las frases más célebres de la película: "El miedo es el camino al lado oscuro. El miedo lleva a la ira, la ira lleva al odio, el odio lleva al sufrimiento" (clip de vídeo aquí). Pues bien, en estos tiempos donde el que no está asustado por la incertidumbre política y económica, está indignado con la corrupción, o está cabreado con los políticos, quizás convenga hacer caso del viejo Yoda y mantener la cabeza libre de emociones.

Y es que, cuando se habla del panorama político y económico nacional en tertulias improvisadas con familiares y amigos en el bar o en las redes sociales, es frecuente escuchar a quienes, en su ingenuidad, reclaman una oportunidad para Podemos, de forma que se remuevan las estructuras de un sistema que una gran parte de la población considera agotado. Como si fuera un experimento inocuo que no implicara consecuencias graves para la sociedad. Cabe recordar que una oportunidad similar fue la que le concedió el pueblo alemán al NSDAP de Hitler en 1933 cuando, agotados por una depresión económica interminable, profundamente desmoralizados por la hiperinflación de los años 20 y enrabietados con las deudas de las reparaciones de la I Guerra Mundial, consideró que la República de Weimar ya no daba más de sí.

Antes de que me llamen exagerado por aludir al nazismo para comentar el ascenso de Podemos en las últimas elecciones europeas y en las encuestas recientes, sepan que es su propio líder, Pablo Iglesias, quien suele utilizar la misma referencia. Así lo hizo, por ejemplo, en diciembre de 2012, cuando dejó publicada en Twitter la siguiente frase:"Estamos en tiempos de Weimar en los que ganará quien agregue un amplio sentimiento popular".

Y es que no hay más que repasar la historia de estos movimientos salvadores en general, y del grupo encabezado por Iglesias en particular, para darse cuenta de que el montaje de las asambleas, los círculos, el lenguaje utilizado y el resto de la puesta en escena parecen pura fachada diseñada cuidadosamente para engatusar a la gente normal, que está harta de crisis, de políticos mentirosos y de corrupción. Recuerden, si vieron la película que les comentaba al principio, cómo acaba el parlamento de la República cuando cae en manos del senador Palpatine, supuesto salvador que iba a acabar con la corrupción. Se trata de la búsqueda del poder a toda costa.

Como afirma en su libro recién publicado Asis Tímermans"Si algo destacaba en la carrera de Pablo Iglesias era la obsesión por ganar. Y tenía claro qué era ganar: gobernar con las manos libres. Obtener un 51%, o controlar un 51%. La Facultad, Izquierda Anticapitalista, La Tuerka, Fort Apache, Intereconomía, La Cuatro, las Elecciones Europeas, los Círculos … Nada de esto tenía como objetivo renovar la política, «empoderar» a la gente o mejorar la calidad de vida de la clase trabajadora. Se trataba de ganar".¹

No se lleven a engaño con el mantra de que las propuestas de Podemos son deseables socialmente pero irrealizables en la práctica. El programa económico de los seguidores de Pablo Iglesias no es malo porque no sea realista –que no lo es–, sino porque la única forma de llevarlo a cabo implica cambiar desde la raíz nuestro modelo de libertad individual que tanto ha hecho mejorar las condiciones de vida de la gente, para sustituirlo por otro sustentado en la coacción, la anulación del individuo y la eliminación del auténtico motor del progreso, que es la iniciativa empresarial. Las reformas económicas de Monedero no deben criticarse tanto porque no le salgan las cuentas, sino porque su plan es cuadrarlas a base de coacción para igualarnos a todos en la miseria.

O ESTÁS CONMIGO O FORMAS PARTE DE LA CASTA

No hay más que darse una vuelta por las redes sociales para percibir que se ha instalado en muchas mentes una especie de maniqueísmo, según el cual ser detractor de unos implica apoyar sin fisuras a los otros. Por ejemplo, para el seguidor tipo de Podemos supone un signo inequívoco de pertenencia a eso que ellos llaman casta el que alguien critique la inviabilidad de las disparatadas propuestas económicas que propone Juan Carlos Monedero, alerte de las consecuencias para nuestro país del modelo bolivariano, que ha vaciado los lineales de los supermercados venezolanos y llenado las calles de Caracas de violencia, o rechace los experimentos de ingeniería social que creíamos felizmente abandonados en Europa desde que derribamos el Muro de Berlín hace veinticinco años.

Por otro lado, para quienes aún apoyan a los partidos tradicionales, que históricamente vienen alternando las posiciones de gobierno y de principal partido de la oposición, votar cualesquiera siglas que no sean las suyas supone hacerle el caldo gordo a los que consideran unos "frikis". Y es que nunca terminamos de librarnos del fatal concepto del voto útil ni del voto del miedo.

Pero nadie dice que sea cosa de dos. Rechazar el comunismo disfrazado de los promotores de Podemos no implica abrazar el modelo actual. Hay otras opciones razonables entre lo de ahora y lo que proponen. Entre el totalitarismo radical de izquierdas y el socialcapitalismo de amiguetes del PP y PSOE existe todo un rango de opciones democráticas que también proponen la regeneración de la política –junto con la defensa de la unidad de España– y que perfectamente podrían ser consideradas razonables para el elector medio, tengan un fondo de armario ideológico de corte socialdemócrata, como es el caso de C’s o UPyD, o una combinación entre conservador y liberal, como es VOX.

Tristemente, esos partidos, UPyD, C’s y, especialmente VOX al que sólo parece quedarle la vía judicial para lograr algo de notoriedad en los medios, parecen estar silenciados, cuando no abiertamente vetados, por eso que los fanboys y fangirls de Pablo Iglesias llaman casta. Y no son pocos los que consideran que ha sido el arriolismo suicida del PP quien le ha dado alas al líder supremo de Podemos, abriéndole la puerta a los grandes medios de comunicación de este país.

Es legítimo y moralmente necesario rechazar la corrupción del PP, del PSOE y del partido del que se trate. Pero es igualmente legítimo oponerse a modelos que está demostrado que, lejos de ayudar a los más desfavorecidos, sólo cercenan la libertad y generalizan la miseria y la pobreza, como es el comunismo, de corte soviético, maoísta o bolivariano, disfrazado o no de populismo transversal.

O ESTÁS CONMIGO O TIENES MIEDO A LA DEMOCRACIA

Una de las respuestas comunes que suelen recibirse cuando uno se opone públicamente en las redes sociales a las propuestas de Podemos es la de que la crítica responde al miedo, cuando no al rechazo a la democracia. No sé qué pensarán ustedes, pero resulta sintomático que simplemente opinar contra un partido sea considerado por sus seguidores como oponerse al voto ciudadano. Esto nos ofrece una pista de la auténtica calidad democrática que transpira dicha organización. No es la democracia lo que asusta, lo que preocupan son los iluminados que muestran una sed infinita de poder y que no tienen reparos en engañar a la gente con un discurso demagógico, ocultando sus verdaderas ideas.

ESTÁS ANUNCIANDO EL APOCALIPSIS

Otro de los ataques que se reciben consistentemente cuando se critican las referencias ideológicas genuinamente radicales de Pablo Iglesias es responder que se está anunciando el apocalipsis –y, además, porque uno quiere alentar el voto del miedo para favorecer al PP–. Al que alerta de que estos activistas de izquierda quieren para España los nefastos modelos de Venezuela, Cuba o Corea del Norte suelen acusarle de querer asustar a la población avisando que viene el lobo. Pues bien, si alguien les dice, como manifestó el líder de Podemos en una entrevista concedida a la TV del régimen chavista en marzo del año pasado (min. 28:30), que envidia a los venezolanos y a los españoles que viven allí, y que el régimen bolivariano es el ejemplo, no hay otra que pensar que quiere aquello para España, ¿no creen?

No hace falta tener, pues, una inteligencia fuera de lo común ni poseer una bola de cristal para vislumbrar el escenario que nos espera con esta gente si llevan a cabo sus planes: basta ver la ruina que han sembrado sus doctrinas allí donde se han puesto en práctica. Y es que el descontento, la rabia y la indignación no nos deben conducir a darnos un tiro en el pie. No nos dejemos llevar por el lado oscuro de la política.

1: Asís Tímermans, ¿Podemos? Editorial Última Línea