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Las bolsas de plástico son más sanas y ecológicas que las reutilizables

En España muchos establecimientos cobran por ellas. En otros países están prohibidas o les ponen tales impuestos que en la práctica ya no se usan. Pero los supuestos perjuicios de las bolsas de plástico podrían estar completamente equivocados. No sólo pueden ser mejores para el medio ambiente, sino que encima su alternativa más ecológica, las bolsas reutilizables, pueden suponer un peligro para la salud.

En Estados Unidos, una de las alternativas que se emplean allí donde se prohíben son las más tradicionales bolsas de papel que hemos visto en tantas películas. Sin embargo, tampoco se reutilizan, y en comparación las de plástico cuestan menos energía para su elaboración, sino que generan menos residuos, ocupan menos espacio en los vertederos y se gasta menos energía en reciclarlas.

De acuerdo con un análisis de la agencia medioambiental británica, habría que reutilizar una bolsa de algodón 131 veces para que fuera más beneficiosa para el medio ambiente que usar bolsas de plástico una sola vez. Tendría que durarnos siete años y medio, suponiendo que hagamos la compra con ella semanalmente, para que genere una menor "huella ecológica", esa medida que los ecologistas usan cuando les conviene para demonizar lo que no les gusta.

Las bolsas reutilizables de otros materiales menos naturales requieren sólo 11 usos para ser, digamos, rentables ecológicamente. Y eso suponiendo que no se reutilicen las bolsas de plástico como bolsas de basura, algo muy habitual allí donde no están prohibidas, y que inclinaría la balanza aún más en la dirección de las bolsas de plástico. La razón es que el impacto medioambiental de cualquier tipo de bolsa se produce sobre todo durante su producción más que en el transporte, reutilización y reciclaje o abandono.

Pero además, las bolsas reutilizables pueden ser un peligro para la salud. Una investigación del Property and Environment Research Center encontró que tras la prohibición en San Francisco de las bolsas de plástico en 2007 se incrementaron las muertes y visitas a urgencias relacionadas con la contaminación alimentaria por bacterias. La razón es que no las lava casi nadie y por eso, según un estudio de las universidades de Arizona y Loma Linda para la internation Association for Food Protection, la mayoría de esas bolsas contenía bacterias coliformes, y un 8% la temida E.Coli. Otro estudio vinculó un brote de virus intestinal en un equipo de fútbol femenino de Oregon al uso de una de estas bolsas.

Eso tampoco significa que reutilizar las bolsas sean de por sí malo, pero quizá las autoridades deberían pensárselo dos veces antes de lanzarse a prohibirle a la gente utilizar las bolsas que prefieran.

La paradoja del regalo

En un par de meses llegan las Navidades. Y con ellas llegan el turrón, el mazapán, el champán e incluso en muchos casos la misa del Gallo y el nacimiento del Señor. Y también llegan los regalos, los traigan Santa Claus, los Reyes Magos o el Olentzero.

Sobre estos últimos vamos a tratar, sobre los regalos. Para mucha gente, economistas incluidos, los regalos constituyen un gran despilfarro y habría que hacer algo para moderarlos. Grandes cantidades de dinero son malgastadas en productos que no son valorados por los receptores. Solo hay que ver a un niño de una familia media el día de Reyes (o el de Navidad, según la costumbre de cada casa) rodeado de juguetes, muchos de los cuáles no volverán a conocer uso en sus manos.

Y, sin embargo, la evidencia empírica demuestra con tozudez que se siguen haciendo regalos, que incluso se buscan nuevas ocasiones para hacer regalos. ¿Cómo sobrevive la humanidad a esta destrucción de valor que periódicamente nos asola?

A primera vista, parece que muchos regalos destruyen valor. Es muy frecuente el caso en que para el receptor el regalo carece de valor. No le vale para nada, o para muy poca cosa, en comparación con el dinero que ha costado el bien. Así pues, parece evidente que el regalo ha destruido valor, pues costó un dinero y sin embargo tiene valor cero o muy bajo para el receptor.

Sin embargo, quienes así razonan olvidan un pequeño detalle: que realizar un regalo supone no solo una, sino, al menos, dos transacciones. En efecto, antes de hacer entrega del regalo al destinatario, el oferente ha de hacerse con el bien que quiere regalar. Esta consecución, en la mayor parte de los casos, consiste en la visita a los grandes almacenes para adquirir algún bien, preferentemente que se pueda luego cambiar. Pero podría involucrar más transacciones según la complejidad del regalo que se quiera hacer.

Así pues, para constatar si un regalo crea o destruye valor es necesario analizar las dos transacciones requeridas, no solo la segunda.

En la primera transacción, es evidente que se crea valor. El adquiriente del regalo valora más el objeto que va a regalar que el dinero que se gasta en él. En otro caso, no realizaría la compra. Ahora bien, es cierto que el valor del objeto provendrá de su utilidad como regalo, y no de su utilidad directa para el adquiriente. Cuando compramos un juguete para el niño del vecino, ese juguete tiene una utilidad muy baja para nosotros: si fuera para nosotros, no lo compraríamos. Pero es que no es para que lo utilicemos nosotros, es para regalárselo al niño, y quedar así bien con sus padres, por ejemplo. Para cada uno de nosotros, muchos objetos tienen únicamente valor como regalo a un tercero. Pero tienen ese valor, y subjetivamente lo comparamos con el dinero que nos cuesta antes de tomar la decisión de compra. Obviamente, para el vendedor del regalo también se crea valor, ya que obtiene dinero a cambio del mismo, algo que él valora más que el bien vendido, pues sino no lo vendería. En definitiva, se crea valor al comprar el regalo, como ocurre en todas las transacciones voluntarias.

Veamos ahora la segunda transacción. A priori, el donante del regalo obtiene indudablemente valor de la entrega, pues no la haría en otro caso. Puede obtener la satisfacción interna de ver feliz al niño del vecino, o la más tangible de que el niño no le va a molestar durante una temporada, o puede ser para mejorar las relaciones con el vecino. Por supuesto, se puede equivocar, y a lo mejor el niño comienza desde entonces a llamar a su puerta todos los días para jugar con él, o los padres empiezan a tenerle por cutre y le dejan de hablar. Pero eso es lo que pasa con todas las transacciones: a priori pensamos que crearemos valor, pero no siempre sucede. En todo caso, en el momento de hacerla, creemos que estaremos mejor como consecuencia de hacerla.

¿Qué ocurre con el receptor del regalo? También parece claro que se crea valor: ahora tiene algo que antes no tenía, por lo que objetivamente está mejor, ya que siempre tendrá la opción de deshacerse del objeto si no le gusta. Está claro que si acepta el regalo voluntariamente es que valora más tenerlo que carecer de él, aunque ello sea tan solo por no quedar mal delante de quien le hace el regalo, y tenga toda la intención de tirarlo a la basura según aquel se dé la vuelta.

Resumiendo: las dos transacciones que generalmente componen la entrega de un regalo crean valor, por lo que los regalos, a priori, enriquecen a la sociedad.

Queda por apuntar una falacia que subyace en el razonamiento de los que piensan que los regalos destruyen valor. Recuérdese que los defensores de tal hipótesis están comparando el dinero gastado en el bien con la utilidad que tiene el mismo para el receptor. Como el valor del primero es superior al constatado para el segundo, afirman que se destruye valor. La falacia cometida es que comparan la utilidad obtenida por dos individuos distintos, y como es sabido es imposible la comparación interpersonal de utilidades.

En efecto, la persona que desembolsa el dinero es distinta de la que recibe el regalo, por ello no se puede agregar la des-utilidad del gasto de la primera, a la utilidad obtenida por la segunda. Ésta última nunca tuvo el dinero ni la posibilidad de gastarlo, solo ha recibido el regalo. No puede comparar la utilidad del regalo con la utilidad de un dinero que no tenía.

En todo caso, es cierto que existe la sensación de destruir valor con los regalos. Los comentarios son unánimes cuando vemos al niño antes mencionado rodeado de juguetes, y nadie puede evitar pensar en la cantidad de dinero que se ha tirado para nada. Aunque ya vemos científicamente que no es así, las personas no somos siempre científicas o racionales en nuestras decisiones. Por suerte, los emprendedores tienen soluciones para todos nuestros miedos, y por eso inventaron el ticket-regalo, entre otras técnicas de marketing. En el fondo, el ticket regalo es una prueba de que preferimos que el regalo no solo tenga valor para nosotros como regalo, sino utilidad y valor para el receptor: valoramos que el regalo tenga valor, y valga la redundancia.

En resumen, no hay duda: hacer regalos crea valor para todos los involucrados y para la sociedad. Cuántos más regalos hacemos, más ricos somos. ¡Hagamos todos los que podamos! Todos nos lo agradecerán, no solo los afortunados que reciban el bien.

Eurozona: parasitismo, servidumbre, autonomía o descomposición

Con Hans-Werner Sinn llegó merecidamente la polémica: el director del centro de estudios Ifo ha colocado el dedo en la llaga al denunciar la perversa configuración hacia la que está avanzando Europa, a saber, hacia una mutualización centralizadora de la deuda combinada con una absoluta autonomía a la hora de emitir descentralizadamente esa deuda. Un canto irresistible a la irresponsabilidad más grotesca: los manirrotos Ejecutivos europeos se endeudan y los contribuyentes alemanes (y austriacos, y fineses, y holandeses) pagan con los platos rotos.

Ese es el razonable diagnóstico que, como decimos, efectúa el conocido economista alemán toda vez que Manuel Valls en Francia y Matteo Renzi en Italia acaban de anunciar que incumplirán deliberadamente sus compromisos de déficit para 2014. Normal, por tanto, que Sinn crea que ha llegado el momento de dar marcha atrás en la mutualización de la deuda europea para que cada país apechugue en solitario con ella sin trasladarle su coste a los alemanes: algo que básicamente implica cerrar el fondo de rescate intergubernamental MEDE, suspender la ventanilla de la OMT del Banco Central Europeo —con la que hace más de dos años salvó de la quiebra a España—, e incluso liquidar en oro los saldos deudores del sistema Target2 (préstenle la atención debida a este último punto: que Sinn reclame liquidar en oro los saldos deudores interbancarios de la Eurozona significa, en el fondo, que no confía en la supervivencia a medio-largo plazo del euro).

Todas ellas críticas pertinentes que ponen de manifiesto, sí, una cierta indefinición fundamental dentro la Eurozona que será preciso resolver en el futuro próximo: a saber, si retiramos los esquemas actuales de mutualización de la deuda pública a cambio de ceder soberanía fiscal o si, en cambio, mantenemos la autonomía fiscal a cambio de retirar los esquemas actuales de mutualización de la deuda. A la postre, si bien dentro de la Eurozona existen cuatro posibles opciones resultantes de combinar la posibilidad de mutualizar o no la deuda con la de centralizar la política fiscal o no hacerlo, en la práctica sólo las dos antedichas posiciones podrían llegar a ser medianamente estables. Examinémoslas brevemente.

 

Mutualización

No mutualización

Centralización fiscal

Servidumbre

Dominación

No centralización fiscal

Parasitismo

Autonomía

Parasitismo

La situación actual dentro de la Eurozona se corresponde con un parasitismo fiscal del Sur contra el Norte: los Gobiernos sureños han adquirido la potestad de emitir deuda pública nacional que, en última instancia, está siendo avalada por los países del Norte. Si el Sur no paga, el Norte lo hará: esto es, mientras que los beneficios del gasto financiado con la emisión de deuda son disfrutados íntegramente por el Sur, sus riesgos son soportados en última instancia por el Norte.

Evidentemente, Alemania, Austria, Finlandia u Holanda sólo han aceptado esta situación de parasitismo de forma temporal y con una única esperanza: que los gobiernos del Sur sean lo suficientemente disciplinados como para, durante estos años de gracia, reestructurar sus economías y comenzar a amortizar su montaña de deuda acumulada durante los años de burbuja. Dicho de otro modo, el Norte le ha regalado tiempo y financiación al Sur para que éste se sanee. 

Pero, por desgracia, lo que estos últimos años están demostrando —tal como nos barruntábamos algunos— es que la combinación de autonomía fiscal y mutualización de la deuda no funciona, ya que los Estados rescatados del Sur adquieren los muy perversos incentivos de seguir emitiendo deuda a costa de los Estados rescatadores del Norte. Lejos de comportarse responsablemente, han hecho lo que todo ser humano —y por supuesto todo político— haría al verse sometido a pésimos incentivos: comportarse irresponsablemente. Por eso, la situación terminará volviéndose insostenible tal como augura Sinn. La cuestión es hacia dónde nos dirigiremos.

Servidumbre

La servidumbre del Sur ante el Norte es la opción preferida por muchos ciudadanos españoles, quienes ingenuamente siguen viendo a las burocracias europeas como entes benevolentes que se preocuparían por el bienestar general. Por eso, no dudan en ceder autonomía presupuestaria a una superburocracia a cambio de que esa superburocracia avale nuestra deuda y nos permita seguir financiándonos asequiblemente. ¿Qué puede salir mal? Avancemos hacia la integración europea y, de paso, que los europeos nos concedan crédito barato para seguir endeudándonos sine die.

Sin embargo, no deberíamos olvidar que la centralización fiscal europea implicaría que los Presupuestos Generales del Estado para España se redactaran en Bruselas o, más exactamente, en Berlín. ¿Aceptarían impenitentemente los españoles que Alemania, Austria y Finlandia pudiesen decretar por su cuenta un recorte del 15% en las pensiones españolas? ¿O una rebaja del 20% en el gasto en educación? ¿O que el IVA se disparara al 25%? No parece que a muchos los recortes por delegación les sentaran mejor que los recortes aplicados por políticos patrios: y seamos conscientes de que, mientras perdurara nuestro déficit, los recortes aplicados por Bruselas no dejarían de sucederse (lo que hoy son recomendaciones o presiones sería ley).

En la práctica, por tanto, es muy dudoso que la inmensa mayoría de españoles aceptara ceder el presupuesto a cambio de una financiación barata (y, mucho menos, cesión del presupuesto sin mutualización de la deuda, posición que implicaría una dominación sin contrapartidas del Norte sobre el Sur). Y además tampoco nos conviene: lejos de avanzar hacia superestructuras estatales que diluyan todavía más la autonomía individual, deberíamos avanzar hacia estructuras mucho más descentralizadas donde primaran los lazos voluntarios y el consentimiento. La Unión Europea es la antítesis de esa descentralización voluntarista y, por tanto, la servidumbre ante los Estados norteños no debería ser una opción.

Autonomía

La principal alternativa a la servidumbre es la autonomía fiscal: los presupuestos se siguen elaborando descentralizadamente en cada Estado europeo pero no hay mutualización de deuda (ni mediante el banco central ni mediante fondos estatales). Es la situación en la que nos encontrábamos hasta 2010 y a la que ahora Sinn quiere regresar. Se trata de la posición más sensata pero a su vez enormemente molesta para todos aquellos que viven del presupuesto: dado que cada palo aguanta su vela, aquellos Estados relativamente menos solventes ven cómo los tipos de interés de su deuda se disparan, de modo que sus gobernantes rápidamente se enfrentan a la disyuntiva de cuadrar sus cuentas o de quebrar.

Así, la autonomía fiscal es la única posición que incentiva la responsabilidad y disciplina a largo plazo de los gobernantes: la famosa corresponsabilidad que se reclama para las comunidades autónomas españolas que también habría que reclamar para los Estados europeos individualmente considerados. Pero responsabilidad implica aceptar e interiorizar los costes de la irresponsabilidad: a saber, la posibilidad de quebrar y de vernos privados del crédito para financiar nuestros déficits. Es ese horizonte de hecatombe económica el que en todo caso podría atar en corto a nuestros manirrotos gobernantes.

La cuestión, claro está, es si el euro será capaz de sobrevivir a un conjunto de quiebras en cadena dentro del sur europeo. Sinn asume que sí, trazando el paralelismo con las quiebras estatales acaecidas dentro de EEUU que no han supuesto mayores perjuicios. Mas existen dos diferencias básicas entre la Eurozona y EEUU: la primera es que la deuda agregada de los Estados en EEUU ni siquiera alcanza el 20% del PIB, mientras que en la Eurozona supera el 92%; la segunda, que la quiebra de algunos grandes Estados europeos —como España, Italia o Francia— sí abocaría a la bancarrota a la mayor parte de la banca europea, generando un cataclismo financiero de primer orden (que los Estados europeos tratarían de paliar imprimiendo divisa y generando inflación, para lo cual necesitarían no sólo autonomía fiscal sino también autonomía monetaria).

En suma, si bien la autonomía fiscal de los gobiernos constituye la mejor opción dentro de un saludable marco de unidad monetaria (tal como operó el patrón oro durante el siglo XIX), esta autonomía sólo funciona adecuadamente con Estados medianamente honestos y preocupados por el largo plazo y por cumplir con sus compromisos: en caso contrario, son plenamente capaces de exteriorizar los costes de sus despropósitos sobre el conjunto de la ciudadanía y de sus acreedores internacionales. Por desgracia, este tipo de gobernantes no se corresponde con ninguno que quepa encontrar en el Ejecutivo o en la oposición y por eso la autonomía fiscal, siendo la mejor opción, no está exenta de poder degenerar en un inquietante colapso financiero. 

Habrías usado la tarjeta ‘black’, y lo sabes

Mirando con cierta perspectiva, el sector financiero español no ha salido tan mal parado como sus congéneres europeos del estallido de la burbuja. Bueno, para ser exactos, el sistema financiero privado español. Pero la mitad de nuestra banca estaba formada por cajas, entidades públicas controladas por políticos y sindicalistas. Contrariamente a la sabiduría popular, no hemos tenido que poner un duro para rescatar bancos, pero sí que ha habido que soltar decenas de miles de millones para rescatar cajas. Sí, para rescatar esa banca pública por la que suspiran Pablo Iglesias y Alberto Garzón como solución a nuestros males.

El caso más escandaloso ha sido el de Bankia por ser la entidad más grande, aunque comparativamente haya otros peores, como los de la CAM y Catalunya Caixa. Construida con los restos de Cajamadrid y Bancaja, bajo la errónea suposición de que juntar desastres los solucionaba, cuando lo único que hacía era crear un desastre mayor, Bankia nos ha costado unos 22.000 millones de euros. Es posible que Goirigolzarri logre devolver una parte, o casi todo. Pero resulta que el gran escándalo son los 16 millones de euros que los consejeros de Cajamadrid gastaron sin declarar a Hacienda durante los últimos años. Una cifra que supone el 0,07% del total del rescate, pero que parece que fuera la causa de todos nuestros males. No lo es: el problema fue la gestión de las cajas y el sistema de incentivos perverso de la banca pública.

Es el problema de que nuestra capacidad de escándalo, la mía la primera, se mueva por motivos emocionales más que racionales. Pero ese insoportable tonillo de altura moral que pone todo el mundo al hablar de este caso me obliga a poner un pero. No digo que lo que ha hecho esta gente esté bien, porque no lo está, especialmente en el caso de Rato y Blesa. Pero haz un experimento mental. Ponte en la posición de un consejero recién nombrado. Te dicen que tus dietas son tanto y que tienes una tarjeta a su disposición para gastos personales. No me contestes a mí, pero hazte esta pregunta, e intenta contestarla con sinceridad: ¿de verdad no la habrías usado jamás? 

La respuesta en el caso de Cajamadrid es clara. De 86 consejeros, 83 las usaron en mayor o menor medida. Pero eso es porque son casta, gentuza, no como los honrados ciudadanos de a pie. Sí, claro. Esos honrados ciudadanos de a pie fueron los mismos que, hace año y medio, se abalanzaron a sacar dinero de los cajeros de Caja Canarias cuando se extendió el rumor de que salía gratis y no se reflejaba en la cuenta. Es decir, cuando los honrados ciudadanos españoles creyeron que podían robar sin que nadie les pillara nunca hicieron colas interminables, con periodistas entrevistándoles sin que ni los unos ni los otros pensaran siquiera en la inmoralidad de lo que estaban haciendo. Aquello sí que fue un experimento sociológico, y no los de Mercedes Milá.

El comportamiento y la catadura moral de unos y otros es la misma, pero nuestra valoración no tiene nada que ver. Porque tenemos un sesgo, más o menos consciente, contra quienes tienen más dinero que nosotros. La culpabilidad o inocencia moral no tiene que ver con lo que hayan hecho. Si son ricos son culpables. Si son más como nosotros, pues no, porque, oye, me pongo en su situación y quizá hubiera hecho lo mismo. Y no hay más.

Recortes de las aspiraciones en la UE

Desde el pasado 1 de septiembre se encuentra en vigor en todos los países de la Unión Europea el Reglamento 666/2013 de la Comisión, de 8 de julio de 2013, por el que se aplica la Directiva 2009/125/CE del Parlamento Europeo y del Consejo en lo relativo a los requisitos de diseño ecológico para aspiradoras (sic).

No obstante, es muy probable, querido lector, que si usted no trabaja para alguno de los múltiples grupos de presión que acampan en los pasillos de las instituciones europeas, desconociera la existencia de esta reglamentación para un electrodoméstico tan práctico o que, aun siéndole familiar por alguna referencia de prensa, piense que este asunto le afecta más bien poco.

Y, sin embargo, como otros tantos miles de reglamentos y directivas, así como las leyes, decretos y órdenes ministeriales nacionales que promulgan los estados miembros de la UE siguiendo el marco regulatorio común, está dirigido directamente a cercenar la libertad de comercio de sus ciudadanos y entrometerse en la vida privada de las personas de una forma incompatible con un régimen de libertades. No se parte de una admisión general del libre intercambio de bienes y servicios, siempre que no sean de origen ilícito o sean peligrosos, sino que, por el contrario, se condiciona la posibilidad de fabricación y comercialización de numerosos productos al cumplimiento de unas condiciones técnicas prefijadas por el regulador para contribuir a la consecución de objetivos políticos.

Todo ello, a pesar de que el Tratado de funcionamiento de la Unión Europea (así como, originalmente, los fundacionales) garantiza la libre circulación de mercancias (Art. 28) entre los Estados miembros, la cual implica la prohibición de los derechos de aduana de importación y exportación y de cualesquiera exacciones de efecto equivalente, así como la adopción de un arancel aduanero común en sus relaciones con terceros países.

Pues bien, unido ese acervo hiperregulatorio de la insensata burocracia europea a la histeria del calentamiento (o cambio) climático global, topamos con el origen de este penúltimo dislate: la Comunicación de la Comisión de 19 de octubre de 2006 titulada “Plan de acción para la eficiencia energética: realizar el potencial”, que recibió el respaldo del Consejo Europeo de marzo de 2007, y del Parlamento Europeo en su Resolución, de 31 de enero de 2008, mediante el cual los políticos europeos declararon normativamente vinculante la consecución de una mejora del 20 % de la eficiencia energética hasta 2020, al mismo tiempo que impusieron que ese mismo porcentaje fuera la cuota global de energía procedente de fuentes renovables y del 10 % en el transporte. Así se puede rastrear en la Directiva 2009/28/CE del Parlamento Europeo y del Consejo, de 23 de abril de 2009, relativa al fomento del uso de energía procedente de fuentes renovables.

En este caso, a so capa del ahorro energético y el “diseño ecológico“, tal como los percibe la ristra de muñidores , el reglamento prescribe que, a partir de la fecha citada, las aspiradoras comercializadas e importadas dentro de la Unión Europea reunirán los siguientes requisitos:

— Su consumo de energía anual será inferior a 62,0 kWh/año. Este límite no se aplicará a las aspiradoras con filtro de agua.

— Su potencia de entrada nominal será inferior a 1 600 Watios.

— Su capacidad de recogida de polvo en alfombra (dpu c ) será superior o igual a 0,70.

— Su capacidad de recogida de polvo en suelo de madera (dpu hf ) será superior o igual a 0,95. Estos límites no se aplicarán a las aspiradoras de filtro de agua.

Los reglamentadores no quisieron ser acusados de tibios a la hora de exigir eficiencia energética o de adolecer de concienciación ecológica, por lo que fijaron de antemano el endurecimiento de los criterios enumerados anteriormente a partir del 1 de septiembre de 2017. Por ejemplo, se reduce a 900 watios la potencia de entrada nominal de esos aparatos.

Dejemos al lado los evidentes motivos proteccionistas de la promulgación de este tipo de normativas, expresados ya sin pudor por portavoces europeos que subrayan que “la industria europea se adapta rápidamente a los requisitos más exigentes, lo cual es menos frecuente en el caso las empresas ajenas a la UE”: Parece incuestionable que, en conjunto, las prescripciones conducen a la reducción de la capacidad de elección de los consumidores eurpopeos y al encarecimiento de las aspiradoras disponibles.

En este sentido, resulta todavía más significativo que la larga lista de excepciones (Art. 1.2) a la aplicabilidad del reglamento someta a fabricantes y consumidores a la más completa arbitrariedad e inseguridad jurídica, dados los criterios elegidos. Así, quedan excluidas las aspiradoras de materias líquidas, las alimentadas por batería, las robotizadas, las industriales, los sistemas de aspiración centralizada y para exteriores, así como las enceradoras de pisos. En suma, para prohibir o permitir la comercialización de una aspiradora, se sancionan distinciones ridículas o relacionadas con el uso final del aparato e, incluso, con la naturaleza subjetiva del usuario, cuales jirones concedidos por unos legisladores corruptos a los correspondientes grupos de presión organizados.

Resta por ver si en algún momento se producirá una reacción mayoritaria contra esta ceguera liberticida que campa en la Unión Europea. En este caso a cuenta de conseguir unos discutibles “objetivos de eficiencia energética”, impuestos como dogma obligatorio, los cuales pisotean la libertad de los individuos para descubrir ese uso económico de la energía en el mercado libre. Se comenzó prohibiendo las bombillas tradicionales, después se eligió a las populares aspiradoras y parece que otros electrodomésticos están en el punto de mira de los burócratas comunitarios. De no revertirse esta inflación regulatoria continuarán graves perjuicios para el bienestar de los europeos que resultan difíciles de mensurar.

En defensa de la desigualdad

Es el fenómeno económico de moda. La desigualdad está en todas partes, en todas las agendas políticas de los socialistas, en toda manifestación callejera. El movimiento de “We are the 99% o “Somos el 99% en Estados Unidos o el partido político Podemos no dejan de denunciar este fenómeno y proponen medidas liberticidas para (supuestamente) contrarrestarlo. La mayoría de sus mensajes intenta mostrar a una sociedad cada vez más polarizada en la que los de arriba -que son “cuatro gatos”- viven gozando de los mayores lujos y comodidades a costa de los de abajo, el pueblo. La solución, claro está, es subirle los impuestos a los ricos y redistribuir una porción de sus rentas aún mayor que la actual. Esa forma de ver la sociedad supone una mezcla de dos ideas erróneas. La primera de ella es que el capitalismo es un juego de suma cero, en el que para que uno gane otro tiene que perder. Esa idea es rotundamente falsa. La segunda idea en la que se basa esa visión es el de una creciente desigualdad de rentas, que analizaremos a continuación. La mayoría de las cosas que escuchamos sobre la desigualdad son cuando menos inexactas o, en el peor de los casos, falaces. ¿Cómo se explica que Dinamarca sea el país más desigualitario del mundo en riqueza y al mismo tiempo el segundo más igualitario en renta?

Como si las ideas sobre la desigualdad no hubiesen calado lo suficientemente hondo en la mayoría de sociedades occidentales, la gota que ha colmado el vaso ha sido la aparición de un libro escrito en 2013 pero publicado por Harvard University Press en inglés en 2014. El libro económico del momento, El Capital en el Siglo XXI, del economista francés Thomas Piketty trata en exclusiva el fenómeno de la desigualdad. La tesis que Piketty sostiene es que la acumulación de capital inherente al sistema capitalista crece de forma más rápida que la renta y los salarios. La consecuencia que más preocupa a Piketty de este fenómeno es la creciente desigualdad. El problema es que, tal y como Juan Ramón Rallo y otros muchos economistas han refutado, el temor que Piketty vislumbra no se produce. De hecho, la mitad del aumento de la desigualdad en la distribución de la renta desde finales de los 70 no es fruto de la acumulación de capital de los capitalistas sino del aumento de la desigualdad en las rentas salariales. Ignacio Moncada también le dio un buen repaso al nuevo economista favorito de Paul Krugman en este artículo. Marc Andreessen, un venture capitalist que dirige la firma Andreessen & Horowitz, también mostró en este artículo una enorme incongruencia en la tesis de Piketty. A saber, la irreal facilidad con la que el economista francés sostiene que se pueden reinvertir cantidades de capital crecientes durante periodos tan largos de tiempo como 40, 80 o 100 años. Hasta el propio Warren Buffett, considerado el mejor inversor de todos los tiempos, lleva décadas reconociendo públicamente que a medida que el capital que él gestiona crece, la rentabilidad que obtendrá disminuirá progresivamente.

Más allá de demostrar que la tesis de Piketty es falsa y que la mayoría de lo que se dice sobre la desigualdad es mentira, es interesante plantearse una cuestión. Aun en el caso de que lo que se dice sobre la desigualdad fuese cierto, ¿es mala la desigualdad de rentas? Cualquier socialista de pro dirá que nadie en su sano juicio que además tenga un mínimo de humanidad puede defender que la desigualdad de rentas no es mala de base. Sin embargo, hay varios argumentos en favor de la desigualdad de rentas que Piketty, Krugman y compañía deberían tener en cuenta. Merece la pena enumerarlos y tenerlos en cuenta antes de rechazar de forma instintiva la desigualdad.

En primer lugar, es evidente que la posibilidad de que unos ganen significativamente más que otros es un fortísimo y deseable incentivo para esforzarse por lograr esas rentas por encima de la media. De no existir desigualdad de rentas o de ser las desigualdades mínimas, el incentivo para esforzarse y generar un valor añadido superior al de los demás sería prácticamente nulo. Cierto es que no todo el mundo que genera valor añadido lo hace con el propósito de enriquecerse. Ni siquiera aquellos que sí tienen un afán de enriquecimiento y se esfuerzan más de lo estrictamente necesario para sobrevivir lo hacen sólo por ese motivo. En la mayoría de los casos, se trata de una mezcla de ánimo de lucro y ganas por mejorar el mundo en el que vivimos. Al fin y al cabo, para que el mercado nos recompense con una abundante riqueza, debemos satisfacer las necesidades de muchas personas, lo que indirectamente implica mejorar sus vidas gracias a ofrecerles aquellos bienes o servicios que demandan por encima de otras alternativas.

El segundo motivo es que la desigualdad de rentas es un importantísimo transmisor de información en una economía capitalista. Igual que los precios son los faros del capitalismo, ya que permiten una coordinación social altamente compleja, la desigualdad de rentas es otra señal de información que el mercado transmite a sus partícipes sobre los ámbitos de la economía más exitosos. Eliminar esa transmisión de información sería un grave error.

El tercer motivo es que la desigualdad pone los recursos en las manos de quien mejor rendimiento sabe sacarles. Gracias a la desigualdad de rentas, unos partícipes dentro de una economía acumulan un número de recursos económicos muy superiores al de otros. En contra de lo que intuitivamente podríamos pensar, lejos de ser algo injusto, este fenómeno es importantísimo. La desigualdad permite que aquellas personas que han demostrado ser más productivas y capaces de generar un mayor valor añadido para la sociedad, dispongan de más recursos. Que en sus manos tengan más recursos que los demás permite que esos mismos recursos sean usados (en principio) por personas más capaces que los agentes económicos que generan menor renta. De suceder lo contrario, la destrucción de recursos sería muy superior.

Como hemos visto, la mayoría de las cosas que se dicen sobre el fenómeno de la desigualdad son rotundamente falsas. Pero aun en el caso de que la desigualdad que nos dicen se está produciendo en la actualidad fuese cierta, no sería un fenómeno negativo. Evidentemente la desigualdad tiene algún efecto negativo, pero creo firmemente que los efectos positivos son superiores. El mercado, con su capacidad de ajuste fruto de la experimentación descentralizada es el mejor marco para la coordinación social. Y si este genera desigualdad dentro de un marco de libertad absoluta, bienvenida sea.