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El nearshoring y la vigencia de los supuestos del libre comercio

Mucho se ha escrito respecto los procesos de lo que se ha entendido como offshoring o relocation y nearshoring en los últimos años, producto de los cismas geopolíticos y geoeconómicos que han surgido en la última década. Así como del resultado de las vulnerabilidades que demostró el efecto negativo de la pandemia del Covid-19, en las cadenas de producción y suministros globales de bienes y servicios.

¿Qué son el offshoring y el Nearshoring?

No obstante, cabria aclarar sucintamente en qué consisten desde el punto de vista conceptual estos procesos que están altamente superpuestos. Comencemos por definir lo ¿qué es el offshoring o deslocalitation, que en español se le conoce también como deslocalización? Este es un mecanismo que ha consistido en trasladar una parte del modelo del negocio de una empresa, sea de producción de bienes o de servicios, al extranjero.

En lo referente a lo que se entiende por nearshoring, concepto que lleva implícitos componentes del offshoring recién definido, debemos aclarar previamente que no es un concepto nuevo, sino que a la luz de las actuales coyunturas geopolíticas y geoeconómicas de alcance global ha cobrado relevancia como respuesta empresarial a las mismas. Aclarado esto, definiremos al nearshoring, grosso modo, como una estrategia en que las empresas buscan reconfigurar sus cadenas de valor, haciéndolas en términos geográficos más cortas. De este modo, acercan sus centros de producción de bienes y servicios, a sus principales mercados finales de consumo. Si contrastamos este modelo de producción con el de offshore, observamos fácilmente que sus centros de producción son ubicados en un tercer país sin importar la cercanía geográfica de sus principales mercados de consumo global con respecto a su clúster de producción.

¿Qué es la Cadena de valor?

Siguiendo con el orden de ideas conceptuales arriba expuestas con el fin de entender mejor el objetivo que implícitamente persiguen las empresas cuando adoptan decisiones estratégicas, sean de nearshoring o de offshoring, tendremos obligatoriamente que abordar sucintamente el concepto de cadena de valor y su importancia medular en la competitividad de las empresas. La cadena de valor es el modelo empresarial utilizado para examinar todas las actividades que realiza una empresa, que pueden ir desde la concepción de una idea para la creación de un producto o servicio, a la transformación de éstos, pasando por el marketing del producto en su mercado final, hasta los servicios posventa.

Fines de la decisión de inversión

Las decisiones estratégicas de competitividad empresarial adoptadas por las empresas dentro de sus estrategias sean de offshoring o de nearshoring, llevan implícitamente, tanto de manera tácita como expresa, el objetivo de mejorar la competitividad de las mismas. Así, mejorarán su rentabilidad como fin último, a través de la reducción de los costes de producción, el acceso a nuevos mercados y talentos, el acercamiento de sus centros de producción al territorio de sus principales mercados de consumo, el aprovechamiento de las ventajas que ofrecen en materia de aranceles los tratados de libre comercio existentes entre ciertos países o bloques comerciales para el acceso a sus mercados.

Así mismo, tenemos que tener en cuenta el atractivo que ofrecen en términos de recursos naturales o de mano de obra altamente calificada algunos países, sin dejar de mencionar, entre otros factores, los clásicos estímulos fiscales que suelen ofrecer los gobiernos para atraer la inversión extranjera directa a sus respectivos países, entre otras variables que suelen ser consideradas por las empresas a la hora de elegir una de las estrategias en cuestión. Todos estos elementos contemplados en los patrones del libre mercado en menor o mayor grado.

Nuevo entorno Internacional

En los últimos años han sucedido hechos relevantes en el ambiente internacional, como ya lo hemos señalado, que han favorecido un modelo de integración comercial orientado más hacia el nearshoring, con un alto contenido político y por ende de intervención estatal. Entre los hechos acaecidos, han destacado los cambios en las actitudes del electorado en países de occidente hacia la globalización.

También el cierre de los mercados impulsados por las guerras comerciales producto de los movimientos en la geopolítica global, como el escenificado por los conflictos entre Occidente, China y Rusia, la guerra en Ucrania, el actual conflicto en el Mar Rojo y sus secuelas en el tráfico marítimo mundial. Del mismo modo, inciden las restricciones a la movilidad comercial, el cierre de fronteras y las disrupciones generalizadas en el comercio internacional que trajo la pandemia del COVID-19. Acontecimientos estos que han producido un duro golpe a la integridad de las cadenas de valor globales.

Ante este tipo de conflictos, el modelo de producción de nearshoring adquiere relevancia. Privilegiando este, la resiliencia y seguridad del comercio internacional, sobre los principios más elementales, tanto económicos como financieros, de libre mercado, basándose en los cuales se había sustentado la dinámica del comercio global hasta ahora. Hechos estos que han venido a cuestionar la sostenibilidad de los modelos de producción offshore en las cadenas de valor intercontinentales.

Geopolítica

Ante estos escenarios, tanto las empresas globales como los gobiernos de los países desarrollados, principalmente, asumieron como un riesgo demasiado elevado el tener cadenas de suministro intercontinentales ante una disrupción catastrófica. En este sentido, la necesidad de proteger industrias estratégicas nacionales por cuestiones de seguridad nacional ha pasado a ser una nueva prioridad para occidente. En especial lo es para los Estados Unidos, dentro del marco de sus conflictos geopolíticos y geoeconómicos con China y Rusia principalmente.

Como puede apreciarse, estas tendencias geopolíticas son estructurales y, por lo tanto, determinaran la reordenación de las relaciones comerciales y económicas de este siglo. Lo cual nos plantea las siguientes interrogantes, ¿será el fin de la globalización, tal como se le conoce hoy en día? ¿O en el mejor de los escenarios una transición hacia un modelo de bloques comerciales regionales con sus siguientes costos económicos a nivel mundial?

La reubicación de la actividad económica

Tal vez la respuesta a estas interrogantes, este en los efectos ambivalente que el proceso incipiente de nearshoring ha traído aparejado. Pues, por un lado, le ha brindado la oportunidad a algunos países de beneficiarse de la misma, en el caso de la America Latina podemos mencionar principalmente a México, por su pertenencia al bloque de libre comercio con los EE.UU. y Canadá, conocido como T-MEC, Brasil por su potencial industrial principalmente en el sector automotriz y Costa Rica nación que ha demostrado tener ciertas ventajas competitivas en algunos sectores económicos a pesar del pequeño tamaño de su economía, con una mano de obra bien calificada, y su cercanía geográfica a América del Norte con acceso al océano Atlántico y Pacífico, no en balde ha sido a nivel mundial en mayor país receptor de la inversión extranjera directa en términos de la relación PIB y acogimiento de la misma.

Sin embargo, el nearshoring también representa graves desafíos para el mundo empresarial global, pues la reubicación de sus centros de producción a escala mundial, al margen de los estímulos gubernamentales y cercanías a los centros de consumo, también tienen su propios riesgos y desafíos, entre los cuales se pueden mencionar los factores: socioculturales e idiosincráticos hacia la inversión extranjera directa en las respectivas sociedades potencialmente receptoras de esta, sumado a los propios riesgos políticos y económicos que inherente e inevitablemente existen en los potenciales países receptores de este modelo.
El nearshoring no es la única vía.

Backshoring

No obstante, como reflexión final al modelo del nearshoring debemos señalar que este, no es la única alternativa dentro de este complejo proceso de reconfiguración mundial de las líneas de producción de bienes y servicios globales, pues existen alternativas como el reshoring, también conocido como backshoring, que, en lugar de tercerizar la producción en países cercanos, esta regresa a los países industrializados de origen. Opción que en algunos casos puede ser económicamente viable con el uso de tecnologías intensivas en capital que reduzcan el costo laboral, y con un entorno de estímulos fiscales y apoyo gubernamental que impulse este modelo dentro del marco de políticas intervencionistas y regulatorias que trastocan principios del libre mercado.
Secuelas finales.

El resultado sería un mundo menos globalizado y con menor integración comercial, con la consiguiente pérdida de eficiencia e incremento de costos de los bienes y servicios, a escala mundial, así como una mayor intervención y discrecionalidad gubernamental en el entorno empresarial global, lo que terminaría de minar los fundamentos de libertad y eficiencia de los mercados globales.

Generándose un efecto inevitablemente pernicioso para la gran mayoría de los países del mundo, en especial para los más pobres o en vías de desarrollo, al dejar de ser potenciales centros de producción global de bienes y servicios. Pues muy pocos de esos países podrán aprovecharse del modelo de nearshoring y mucho menos del, reshoring o backshoring, debido a sus respectivas posiciones geográficas y entornos geopolíticos. Con la consiguiente pérdida de empleos, e ingresos para los mismos.

Ver también

Los costes de la fragmentación económica global. (George Youkhadar)

La libertad de los mercados en el contexto de la competencia económica y política global. (George Youkhadar)

La interdependencia y el libre mercado, ¿amortiguan los conflictos internacionales? (George Youkhadar)

Argentina 2024: ajuste y ancla fiscal

La compleja herencia que recibió el gobierno de Javier Milei incluye un déficit fiscal y financiero del Tesoro Nacional del 6 %. El gobierno se ha comprometido con el FMI a corregir el mismo en 2024 -en sólo un año-, con una serie de políticas que vamos a describir a continuación. El objetivo es ambicioso, pues no sólo busca eliminar el déficit primario (2,7 % del PIB), sino también el financiero, pudiendo desde 2025 cubrir los intereses de la deuda con la recaudación tributaria, y sin acceso a nueva deuda, ni emisión monetaria.

Como bien señala Nadin Argarañaz en twitter, el

Ajuste fiscal de 2024

El siguiente cuadro resume la política reducción del déficit que incluirá en el primer año suba de impuestos (+2,9 % en la recaudación) y baja de gastos (-3,2 %), de acuerdo a los detalles del siguiente cuadro “oficial” presentado por el Ministerio de Economía (con pequeños ajustes).

AJUSTE FISCAL 2024                                         6.1 %
INGRESOS2.9 %
Impuesto País (17,5 % 12 meses)0.8 %
Retenciones adicionales (15 %)0.5 %
Normalización cosecha0.7 %
Reversión reforma ganancias0.4 %
BBPP + Moratoria + Blanqueo0.5 %
GASTOS3.2 %
Jubilaciones y pensiones0.4 %
Transferencias corrientes a Provincias0.5 %
Subsidios económicos0.7 %
Gastos de capital0.7 %
Programas sociales con intermediarios0.4 %
Gastos de funcionamiento y otros0.5 %
Fuente: Ministerio de Economía.

Los ingresos

Cabe aclarar que el Ministerio de Economía proyectaba un déficit de 5,2%, por lo que la nueva información con los datos cerrados de 2023 agrava la situación heredada. Al cuadro oficial se agregó la “normalización de la cosecha” (después de un año de sequía), lo que generaría ingresos tributarios adicionales para el gobierno en 0,7 % del PIB.

Por el lado de los ingresos:

1) el gobierno anunció un incremento en la alícuota del impuesto PAÍS que aplica a operaciones de compra de divisas. La alícuota se fijó en 17.5 % y tendrá una duración de 12 meses (boletín oficial, decreto 29/2023). La mejora en la recaudación se proyecta en 0.8 % del PIB.

2) también se incrementaron en un 15% las alícuotas de retención para las exportaciones. Excluye a varias economías regionales y las eleva del 31% al 33% para los derivados de la soja. También delega, al Ejecutivo, la facultad de modificarlas sin pasar por el parlamento. La mejora en la recaudación se proyecta en 0.5 % del PIB.

3) revertir la reforma del impuesto a las ganancias que Sergio Massa había logrado aprobar en el Congreso proyecta una mejora de recaudación en 0.4 % del PIB.

4) finalmente, la moratoria y blanqueo, proyectan incrementos de recaudación en 0.5 % del PIB.

Pendientes de la Ley Omnibus

De estos elementos descritos, cabe señalar que los puntos 2, 3 y 4 aún dependen de que el Congreso los apruebe bajo la Ley Ómnibus. De hecho, en la información que se filtra en los medios, el punto 2 está en discusión. Dicho eso, es posible que la pérdida de recaudación por dicho punto se compense con la mayor recaudación de una normalización en la cosecha mencionada más arriba, lo que agregaría a la proyección oficial un incremento en la recaudación del 0,7% del PIB.

Para cerrar el tema ingresos, también es importante destacar que el Presidente Milei señaló que estas medidas son transitorias dado el contexto de déficit, insistiendo que alcanzados los equilibrios macro Argentina deberá debatir su sistema tributario, simplificando el laberinto fiscal y reduciendo presión tributaria.

Los gastos

Por el lado del gasto,

1) Jubilaciones y pensiones es otro de los puntos que se está debatiendo en el congreso. La fórmula de actualización está en debate, y el gobierno asume que dicha partida tendría en 2024 un ajuste del 0,4 % del PIB.

2) Se cancelan para este año 2024 las transferencias discrecionales a provincias, lo que por supuesto no afecta las transferencias por coparticipación. Esta cancelación representa el 0,5 % del PIB.

3) Se recortan los subsidios económicos a empresas de servicios públicos, lo que tiene como contrapartida un proceso de incremento de tarifas que los compensen. El ahorro aquí se proyecta en 0,7 % del PIB, aunque el Presidente Milei afirmó que en caso de no salir la Ley Omnibus, podrá acelerar la reducción de subsidios para alcanzar el objetivo de terminar con el déficit fiscal.

Obras y programas sociales

4) se aplica un recorte de obras públicas, tanto en iniciar nuevas como en interrumpir las que aún no habían iniciado. En un futuro, las licitaciones tomarán un carácter “público-privado”, donde el gobierno definirá las obras y los privados las financiarán y concretarán, recuperando el capital con los ingresos que genera la actividad -como peajes-, como ya ha ocurrido en nuestro país en los años 1990, y también en otros países de la región. El ahorro aquí representa un 0,7 % del PIB.

5) la reducción de programas sociales con intermediarios se proyecta en 0,4 % del PIB, si bien debemos aclarar que se mantendrán los planes de ayuda estatal para desempleados (plan Potenciar Trabajo) de acuerdo a lo establecido en el Presupuesto 2023 y se fortalecerán las políticas sociales que son recibidas directamente por quienes las necesitan, como la Asignación Universal por Hijo y la denominada Tarjeta Alimentar, que permite comprar alimentos a los sectores más vulnerables.

6) el recorte de otros gastos de funcionamiento se estima en 0,5 % del PIB, lo que incluye la reducción del número de ministerios (de 18 a 9), de secretarías (de 106 a 54), de subsecretarías y direcciones nacionales. Esto permitirá una reducción del 50 % de los cargos jerárquicos en la Administración pública y del 34 % de los cargos políticos totales del Estado nacional.

Tampoco se renovarán los contratos laborales del Estado que tengan menos de un año de vigencia. Se trata concretamente de eliminar los nombramientos del pasado gobierno en la etapa de campaña. Se suspende por un año la pauta oficial, es decir la publicidad del Gobierno nacional en los medios de comunicación.

¿Acabar el año con déficit cero?

Resumiendo, el plan de ajuste que intenta el gobierno consiste en reducir el déficit fiscal con un 42 % del ajuste vía ingresos, y un 58 % vía gastos. Del total del ajuste, hay 1,8 % del PIB que dependerán del Congreso, sumando los puntos 2, 3 y 4 de los ingresos y el punto 1 de los gastos sintetizados arriba. ¿Es viable pensar en una Argentina que inicie el 2025 con déficit fiscal y financiero en 0%? En principio sí, aunque está claro que el actual debate parlamentario tiene una discusión determinante por delante.

El ajuste fiscal resulta esencial en el plan económico del gobierno, al que ha calificado de “ancla fiscal”, lo que permitirá no continuar monetizando el déficit, para alcanzar en consecuencia el ordenamiento monetario y cambiario.

Ver también

Reflexiones ante la carta de 200 economistas que se oponen a la dolarización. (Adrián Ravier).

Trump: el antiliberal por excelencia

El expresidente norteamericano, Donald J. Trump, no ha dejado de ser noticia desde mediados de 2015, cuando anunció por primera vez sus aspiraciones a la Casa Blanca. Desde ese momento, el magnate se ha dedicado, tanto en períodos electorales como en sus años al frente del Ejecutivo, a imponer una retórica y un estilo de liderazgo totalmente distintos a los vividos en Estados Unidos durante las últimas décadas. Fruto de un estilo estridente y polarizador, la sociedad norteamericana se ha dividido en dos campos sociopolíticos aparentemente irreconciliables. Adicionalmente, ha surgido una interrogante que cautiva a aficionados y expertos de la política por igual: ¿quién es Trump?, ¿cuál es su ideología?, ¿cómo se puede encajar a este líder dentro de los marcos políticos en la actualidad?

2016

Para dar respuesta a estas interrogantes, conviene superar los postulados tradicionales que señalan al político como “populista”, “racista”, o “defensor del pueblo”. En una democracia como la norteamericana, hay algo mucho más profundo e importante que una etiqueta superficial; y es: ¿es Trump un liberal?, ¿respeta la democracia? Aunque a muchos estas cuestiones les puedan suponer un bostezo y mucho aburrimiento antes que curiosidad, resulta imperioso ahondar en las mismas si se considera al Estado de derecho y la democracia liberal como el mejor (o menos malo) de los sistemas políticos, y por ende, algo que vale la pena preservar. Es precisamente el respeto a los resultados electorales y el sometimiento a las leyes e instituciones lo que se podría denominar como liberal en términos institucionales más que ideológicos; es decir, alguien que sigue las reglas del juego democrático.

Alejados de todo el ruido mediático propio de una campaña electoral y un estilo como el del personaje en cuestión, conviene sacar a relucir algo que no está tan de moda hoy en día: los hechos. Para responder si Trump es un liberal, con “L” mayúscula, habría que remontarse a octubre de 2016, cuando en el último debate entre la candidata demócrata, Hillary Clinton, y Donald Trump, él mismo declaró que no sabía si reconocería los resultados electorales, “os mantendré en suspenso”[1] fueron sus palabras. Claro está, a posteriori, que no le requirió muchos esfuerzos al candidato reconocerse como el vencedor.

2020

Un caso distinto fue en 2020, cuando tras una pandemia y una administración turbulenta, el entonces presidente se veía contra las cuerdas al situarse detrás del aspirante demócrata Joe Biden. Fue entonces cuando declaraciones que aludían a un posible fraude en el voto por correo, muertos que votaban y otro tipo de conspiraciones comenzaron a salir a la luz. En pocas palabras, “si no gano, es un fraude”.

Y así fue. El presidente no ganó y acusó de fraude a las autoridades electorales, muchas de ellas, afines a su propio partido. Donald Trump no bajó la tónica, aún cuando el colegio electoral certificó la victoria del binomio Biden/Harris, lo cual le llevó a congregar a sus seguidores en Washington el 6 de enero de 2021, bajo el lema “detengamos el robo”. Cabe desatacar que no hubo ni una sola prueba de fraude, el equipo legal del presidente perdió todos los casos en las cortes y la Corte Suprema de Justicia de los Estados Unidos rehusó siquiera analizar el caso, puesto que no existía el más mínimo indicio de una posible alteración a los comicios[2]. Aún así, la mencionada marcha tomó lugar y el desenlace posterior de un ataque al Capitolio ocurrió como consecuencia.

¿Es un demócrata?

¿Es entonces un hombre así, un demócrata convencido? La respuesta resulta evidente, no. Y esto, so riesgo de reiteración cacofónica es una obviedad y un peligro. Lo que pasa es que no por obvio debe dejar de mencionarse. Un hombre que no acepta la voluntad de las urnas y que está dispuesto a llegar hasta las últimas consecuencias con tal de mantenerse en el poder, es un antiliberal y sobre todo una amenaza latente para la institucionalidad del país más poderoso del mundo.

Lo anterior se sustenta en el hecho de que cuando no se respetan las leyes ni los procesos electorales, se genera una inseguridad jurídica significativa, pues todo el poder pasa a manos de una sola persona (si se le deja salirse con la suya, claro está). Ello es el camino al caos y a la pérdida paulatina de libertades tanto individuales como colectivas, pues se supedita la ley al antojo de una sola persona, lo cual es la definición del totalitarismo. Si no sigues la voluntad del líder, ¿quién te va a defender?

Ir a los orígenes

Ante este señalamiento, muchos defienden al expresidente diciendo que es “anti-woke”, “no provoca guerras”, “es provida”, etc. Todo ello puede ser cierto, sea bueno o malo, pero no debe prevalecer frente a los cimientos de una sociedad democrática que, con todos los fallos y penurias, ha resultado el sistema que otorga más prosperidad y seguridad a los individuos y sus proyectos vitales. Esta es la disyuntiva con la que se inaugura el ciclo electoral de 2024, es tan sencillo como si se quiere jugar ruleta rusa con la democracia más poderosa del mundo o no. Ello no quiere decir que la alternativa, el presidente Biden, sea perfecta o ideal (eso queda a gusto del elector), pero sí pone sobre la mesa algo muy relevante: de las malas políticas se puede salir, del caos antidemocrático, es mucho más difícil, como lo señaló la excongresista Liz Cheney[3].

En 2024, convendría entonces retornar a los orígenes del sistema liberal, a la libre elección y el mantenimiento de la misma. Una vez más, le toca a cualquier liberal convencido, ignorar los tentadores cantos retóricos de sirena y poner por encima la igualdad ante la ley y por ende la defensa del orden democrático. En unos meses se sabrá lo que respondió la sociedad norteamericana ante este reto, pero las consecuencias y elecciones ya son conocidas, o se elige la libertad o el caos.


[1] PBS: ‘I’ll Keep You in Suspense:’ Trump Refuses to Say He Will Accept Election Results‘.

[2] Associated Pres: Supreme Court rejects Trump election challenge cases.

[3] The Hill: Biden may get some help from Republicans against Trump.

Ver también

El genio político de Trump. (José Carlos Rodríguez).

Donald Trump, profeta de un mundo mejor. (José Augusto Domínguez).

Trump y sus enemigos republicanos. (Carlos Alberto Montaner).

La apresurada educación de Donald Trump. (Carlos Alberto Montaner).

Donald Trump todavía no es el gran hermano. (Antonio José Chinchetru).

¿Qué es ser conservador?

Por Paul Johnson. Este artículo fue publicado originalmente en CapX.

El contenido de este artículo es la conferencia que ofreció el historiador Paul Johnson al Centre for Policy Studies en la primavera de 1996. Como señalan los editores de CapX, que ha publicado el texto, la conferencia ‘explora las tensiones entre preservación y reforma, pragmatismo y oportunismo, altos principios y voluntad de poder que han caracterizado a los gobiernos desde Pitt hasta Major. En la mejor tradición conservadora, se resiste al dogma ideológico. En su lugar, sostiene que el conservadurismo es un instinto humano, con todas las paradojas que encierra la humanidad’.

Los conservadores en la historia

Los que esperan una respuesta clara, sucinta o exhaustiva a esta pregunta están condenados a la decepción. Se trata de una investigación histórica y la historia enseña que hay muchos conservadores y que no existe una persona típica.

Antes de los conservadores existieron los tories, que evolucionaron durante la Guerra Civil inglesa y el Interregno. El término “tory” procede del irlandés toiridhe, el que persigue, utilizado en el contexto irlandés para referirse a los terratenientes nativos desposeídos que existían gracias al saqueo de los colonos ingleses. Se extendió para designar a quienes tenían simpatías papistas o estaban dispuestos a tolerar a los católicos romanos, y de ahí, durante el reinado de Carlos II, a los leales a los Estuardo que se oponían a la exclusión del católico Jacobo, duque de York, de la sucesión a la Corona.

Así, el término tory se introdujo efectivamente en el uso inglés durante la década de 1680 y se utilizó junto con el nombre “whig”, de origen escocés, que originalmente designaba a los rebeldes escoceses de las Lowlands (de 1679) que se oponían, por razones religiosas no conformistas, a la Ley de Uniformidad Anglicana de 1662. En la década de 1680, los whigs eran, en general, políticos ingleses que pretendían transferir poderes de la Corona al Parlamento.

Ambos términos, por tanto, estaban relacionados con las actitudes adoptadas ante los derechos de la Corona y la naturaleza del acuerdo religioso. Los tories mantenían una visión de los poderes de la Corona no muy alejada de la doctrina del derecho divino de los reyes, y defendían el anglicanismo como una iglesia nacional que tenía derecho a discriminar a quienes no pertenecían a ella, en aras de la unidad social. Los whigs se oponían a ambas actitudes.

Samuel Johnson

Naturalmente, durante el siglo XVIII, cuando ambos términos ya estaban profundamente arraigados, los hombres que pensaban en política intentaron remontarlos a la historia. El Dr. Samuel Johnson lo estableció: para él, la esencia del whiggismo era la rebelión contra la autoridad debidamente constituida, y la esencia del toryismo era su defensa instintiva. Pero si el Diablo, como líder de los ángeles rebeldes, fue el primer Whig, entonces presumiblemente Dios fue el primer Tory – y así podría ser considerado, en el sentido de que Él estableció las leyes de la naturaleza y el marco de gobierno del universo.

Por otra parte, Dios preexistió a su creación y podría haber dejado las cosas como estaban; al traer el universo a la existencia, a partir de una combinación de amor y curiosidad -ninguna de ellas características particularmente conservadoras-, se constituyó en el innovador primigenio de la historia y, por tanto, en el originador dinámico de todo cambio. Esto también podría considerarse poco conservador.

La Carta Magna

Los orígenes de la dicotomía entre conservadores y whigs se remontan al reinado de Ricardo II, a finales del siglo XIV, en el que el propio rey, que tenía una visión elevada de la prerrogativa real, hablaba en nombre de los tories, y Juan de Gante, con sus ideas de una comunidad inglesa idealmente constituida, hablaba en nombre de los whigs. Shakespeare, en su obra altamente política Ricardo II, describe brillantemente las actitudes en conflicto, desde el punto de vista de un tradicionalista del siglo XVI.

La dicotomía podría remontarse más atrás, al conflicto del rey Juan con sus barones, que dio lugar a la Carta Magna en 1215. Siempre se ha considerado el primer Estatuto del Reino, la primera ley (por así decirlo) del Parlamento inscrita de forma permanente en el Libro de Estatutos. Dado que en cierto modo circunscribía los poderes de la Corona y afirmaba los derechos de los súbditos, era distintivamente whiggista y antitory.

Las fortunas de los whigs y los tories bajo Guillermo y María y la reina Ana se omiten en este panfleto, porque la destrucción final de los Estuardo y el advenimiento de la Casa de Hannover en 1714 introdujeron una discontinuidad en la política inglesa. A partir de entonces, y durante dos generaciones, el país fue gobernado por los whigs.

William Pitt

No era exactamente un Estado de partido único, pero las mutaciones de la política estaban determinadas en gran medida por las luchas entre facciones dentro del Partido Whig, con los tories como espectadores marginales. El eventual regreso del toryismo al poder estuvo determinado por una escisión fundamental en las filas whigs.

El primer Gobierno conservador en el sentido moderno fue el formado por William Pitt el Joven el 19 de diciembre de 1783. Continuó en el poder, con pequeñas interrupciones y muchos cambios de personal, hasta el 16 de noviembre de 1830, cuando el conde Grey sucedió al duque de Wellington como Primer Ministro e introdujo el primer proyecto de ley de reforma. Durante este medio siglo, tomó forma algo parecido a nuestro sistema político moderno y se formaron dos bandos que pueden considerarse los antepasados lejanos de nuestra actual dicotomía izquierda-derecha.

Hay una cierta paradoja en este relato del nacimiento del conservadurismo. La mayoría de la gente de la época habría calificado al Gobierno de Pitt de Whig, no de Tory. Sin duda, él mismo se consideraba whig, como su padre, Lord Chatham, y nunca se llamó a sí mismo tory ni permitió que nadie lo hiciera. Edmund Burke, que se convirtió cada vez más en su mentor ideológico en las décadas de 1780 y 1790, siempre se llamó a sí mismo whig, aunque distinguía entre whigs nuevos y viejos. Sin embargo, cuando Pitt murió en enero de 1806, su administración era incuestionablemente tory y así era considerada por todos.

Contra el colonialismo, el comercio de esclavos y el sometimiento de los católicos

Pitt, pues, fundó el Partido Tory o Conservador tal y como lo conocemos, impulsando una sucesión apostólica de jóvenes como Jenkinson (Liverpool), Canning y Castlereagh. Sir Robert Peel entregó su corazón político a Pitt cuando aún era un colegial. Es imposible imaginar el Partido Conservador, como fenómeno histórico, sin Pitt. Sin embargo, no es fácil ver en qué sentido Pitt era conservador. Prácticamente todas sus opiniones favorecían el cambio. Canciller de Hacienda a los 23 años, Primer Ministro a los 24, era un joven que patrocinaba la reforma radical.

Todos sus primeros discursos, sobre los que se forjó su reputación y su carrera, así lo reflejaban. Apoyó la independencia de las colonias americanas. Apoyó la “reforma económica”, es decir, la abolición de las antiguas sinecuras en las que se basaba el sistema de corrupción política del siglo XVIII. Quería prohibir el comercio de esclavos y emancipar a los católicos. Defendió el fin de los pocket boroughs y la representación parlamentaria de las nuevas ciudades. En los primeros años de su Gobierno se convirtió en un héroe nacional por la honradez e integridad de su Gobierno y por su valentía al enfrentarse y derrotar a la vieja oligarquía whig, dominada por terratenientes millonarios. Reorganizó las finanzas de la nación sobre una base que promovía la industrialización de Gran Bretaña e inauguró la era del libre comercio mediante un tratado comercial con Francia que marcó una época.

“Paz, reducción y reforma”

El elaborado y ambicioso programa de Pitt de “paz, reducción y reforma” -que más tarde, en el siglo XIX, se convertiría en un lema liberal- se vio superado por el estallido de la larga lucha contra la Francia revolucionaria y bonapartista, que se prolongó hasta el final de su vida y más allá. Se vio obligado a organizar y financiar una serie de coaliciones monárquicas contra el imperialismo republicano francés. Esto le colocó en el papel de un arquetipo reaccionario que le sentaba mal. Probablemente sea más justo -y exacto- verle como el defensor del principio constitucional, por oposición a la fuerza revolucionaria.

El régimen de Bonaparte fue el primer Estado policial de Europa, el prototipo de los sistemas totalitarios que se apoderaron de Europa en el siglo XX, despreciando tanto la libertad del individuo como el imperio del derecho internacional. El propio Bonaparte tenía mucho en común con futuros dictadores como Hitler y Stalin, y al oponerse a él, Pitt adumbró el principio de libertad frente a la agresión que más tarde personificaría Winston Churchill.

Pitt, pues, era conservador en el sentido de que creía que los cambios evolutivos, llevados a cabo en el marco de una constitución antigua y a través de órganos representativos como la Cámara de los Comunes, eran infinitamente preferibles a los cambios revolucionarios detonados por la violencia. Los cambios deben producirse de forma ordenada, bajo el imperio de la ley. Del mismo modo, los acuerdos internacionales deben negociarse dentro de un marco de justicia natural, codificado si es posible mediante un tratado. Pero los cambios a los que se comprometía eran los fundamentales, que debían introducirse cuando y como conviniera a la nación.

¿Qué es lo “conveniente”?

Durante la época de Pitt y desde entonces, la discusión en el seno del conservadurismo ha girado en torno a la definición de “conveniente”, que es en gran medida una cuestión de tiempo. En la segunda mitad del siglo XIX, el tío de la reina Victoria, el duque de Cambridge, que fue comandante en jefe del ejército británico durante 40 años (1856-1895), llegó a simbolizar un extremo de la discusión. Sin ser un hombre elocuente, lo resumió muy bien: “Se dice que estoy en contra del cambio. No estoy en contra del cambio. Estoy a favor del cambio en las circunstancias adecuadas. Y esas circunstancias son cuando ya no se puede resistir”.

En el otro extremo del espectro estaba el alumno de Pitt, George Canning. Canning interpretaba “conveniente” como el momento más temprano posible en el que se podían introducir cambios con el apoyo de la opinión pública y parlamentaria, sin peligro para el resto del entramado constitucional y con una perspectiva razonable de que fueran viables, productivos y permanentes. El sucesor más importante de Pitt, Robert Peel, osciló a veces entre estas dos definiciones. Como Ministro del Interior desde 1822, se convirtió en el mayor reformador legal de nuestra historia, si exceptuamos a los innovadores jurídicos medievales como Enrique II y Eduardo I. Transformó fundamentalmente el trípode sobre el que descansa el tratamiento de la delincuencia: el código penal y su administración por los jueces, su aplicación por la policía y su castigo en la cárcel. Cuando terminó, Gran Bretaña tenía lo que es reconociblemente nuestro sistema moderno.

Aprovechar al máximo las reformas de los demás

Por otra parte, al resistirse, como jefe de los tories en los Comunes, a los argumentos a favor de la emancipación católica, Peel se acercó mucho más a la definición del duque de Cambridge. Él y el duque de Wellington acabaron renunciando a su cargo, en 1829, sólo después de que la elección de Daniel O’Connell para Clare, el año anterior, hiciera imposible su mantenimiento. En 1830-32, Peel también se opuso a la Gran Ley de Reforma casi hasta el amargo final y su renuncia, en 1845-46, a la derogación de las Leyes del Maíz, aunque elegante, oportuna y constructiva, se produjo poco tiempo después de haber prometido vehementemente mantenerlas.

De todos modos, Peel enunció en teoría, y llevó a la práctica, el principio de aprovechar al máximo las reformas de los demás, lo que se convertiría en uno de los axiomas centrales del conservadurismo británico. Una vez que la Ley de Reforma se convirtió en ley, Peel rechazó cualquier recurso a la oposición entre facciones para invalidar su funcionamiento. Así lo estableció: El recurso a la facción, o a alianzas temporales con opiniones extremas con fines de acción, no es conciliable con la oposición conservadora”.

Es notable que, al rechazar la causa de la reacción, Peel utilizara por primera vez la palabra “conservador”, un término acuñado por su amigo John Wilson Croker. Cuando se reunió el parlamento reformado, escribió a Croker sobre su conducta en el parlamento en la aplicación del nuevo régimen: ‘Estamos haciendo que funcione el Proyecto de Reforma; estamos falseando nuestras propias predicciones [de ruina); estamos protegiendo a los autores del mal de la obra de sus propias manos’.

Ley de Reforma

Siguió a esto un gran discurso como líder de la oposición en el que dijo que no tenía mucha confianza en los ministros whigs, pero que les apoyaría siempre que pudiera en conciencia. Se había opuesto al Proyecto de Reforma, aunque nunca había sido enemigo de una reforma gradual y moderada. Pero esa lucha ya había pasado y había terminado, y él sólo miraría hacia el futuro. Consideraría la Ley de Reforma como definitiva y como la base del sistema político de ahora en adelante. No estaba en contra de la reforma, como demostraba su historial (cuando era Ministro del Interior).

Estaba a favor de reformar todas las instituciones que lo requirieran, pero lo hacía de forma gradual, desapasionada y deliberada, para que la reforma fuera duradera. Lo que el país necesitaba ahora era orden y tranquilidad, y él se posicionaría en defensa de la ley y el orden, aplicados a través de la reformada Cámara de los Comunes.

Este discurso fue el precursor directo del Manifiesto de Tamworth de Peel, dirigido a sus electores en 1834, que llevó el mensaje de la declaración de los Comunes a un público más amplio de la nación. El Manifiesto fue aprobado por el gabinete conservador que Peel acababa de formar. Se comprometía a mantener la Ley de Reforma como solución de la cuestión constitucional y base de la vida política, y Peel se comprometía a aplicar una política de reforma moderada y constante.

Manifiesto de Tamworth

Como el Manifiesto de Tamworth fue el título de propiedad del Partido Conservador del siglo XIX, es importante observar que el partido así nacido estaba a favor del cambio constitucional, como lo había estado el de Pitt. Sin embargo, aunque Peel consiguió que su círculo íntimo de simpatizantes respaldara su Manifiesto, éste nunca fue presentado ni autorizado por todos aquellos intereses e individuos cuyo respaldo era necesario para convertir al nuevo conservadurismo en el partido mayoritario del parlamento o de la nación.

Así pues, la relación de Peel con el Partido Conservador en sentido amplio siempre fue incómoda, aunque era un hombre magistral y solía llevar las cosas con mano de hierro cuando ocupaba el cargo. Pero es significativo que todos sus jóvenes seguidores, como Gladstone y Sidney Herbert, acabaran saliendo del redil conservador, como le ocurrió al propio Peel.

El gran Gobierno de Peel de 1841-46 llevó a cabo un inmenso programa de reformas moderadas, prácticas y exitosas, prácticamente todas las cuales resistieron el paso del tiempo -por lo que puso en práctica lo que había predicado en el Manifiesto de Tamworth-, pero en la emotiva cuestión de las Leyes del Maíz no pudo llevar a su partido con él. Perdió el grueso de sus seguidores en el Parlamento, y aún más en la nación, y se separaron con amargura. Los conservadores estuvieron entonces fuera del gobierno, excepto por tres breves episodios, hasta 1874 – casi una generación entera.

Disraeli

Durante este largo periodo en la oposición, y durante los breves intervalos en el poder, 1852, 1858-59 y 1866-67, el partido fue remodelado por Disraeli, bajo la autoridad nominal de su jefe, el conde de Derby. El éxito de Disraeli a la hora de mantener unidos y moralizar a los conservadores a través de repetidas desgracias y decepciones durante la mayor parte de tres décadas, y luego llevar al partido a un triunfo electoral abrumador en 1874, fue en gran medida solitario y personal.

No ha habido nada parecido en la historia de la política británica. Fue una demostración de coraje y persistencia del más alto nivel, especialmente viniendo de un forastero que tenía poco en común -intelectual, emocional e incluso espiritualmente- con la masa de sus seguidores. Disraeli fue capaz de reconstruir el conservadurismo porque era, o llegó a ser, un gran líder. Pero no era, como Pitt o Peel, un hombre de principios. Era un hombre de conveniencia. De hecho, era un oportunista. Si se le hubiera presentado la oportunidad, habría sido whig o peelista. Se hizo conservador, y siguió siéndolo, porque no veía otro camino hacia el poder.

Donde Disraeli dijo Diego

En su ascenso gradual al poder, Disraeli acuñó una serie de gloriosos epigramas sobre política que pueden ser, y han sido, combinados en un cuerpo filosófico. Pero el resultado no es convincente. Disraeli era capaz de impartir sabiduría política y algunas de sus aperçus sobre hombres y acontecimientos son memorables. Pero carecía de visión del mundo. No supo realmente cómo se comportaría en Downing Street hasta que llegó allí. Y cuando llegó, lo que hizo guardaba poca relación con lo que había dicho en la oposición. A lo largo de su carrera política hay profundas contradicciones. En 1852, ya en el cargo, renunció al proteccionismo, el principio por el que había derrocado a la gran administración de Peels.

En 1859, de nuevo en el cargo, introdujo una reforma parlamentaria, el “Fancy Franchise Bill”, una medida de pura conveniencia para la que no tenía mandato y que no guardaba relación con nada de lo que se había comprometido anteriormente. Ya en 1867 presentó y convirtió en ley un proyecto de reforma de carácter más democrático y amplio que otros a los que se había opuesto anteriormente, y que lord Derby, que seguía siendo su jefe nominal, admitió que era “un salto al vacío”. Esto no tenía nada en común con nada de lo que hasta entonces se había identificado con el toryismo de Pitt o el conservadurismo de Peel, y es inexplicable excepto en términos de un deseo de permanecer en el cargo mediante un golpe espectacular.

La cuestión agraria

Las incoherencias de Disraeli pueden defenderse aduciendo que no tenía mayoría en los Comunes y que tenía que vivir al día. Pero ni Pitt ni Peel habrían aceptado tal argumento. Además, cuando Disraeli finalmente alcanzó no sólo el cargo sino el poder en 1874, y tenía una mayoría dominante en ambas Cámaras del Parlamento, no tomó ninguna medida para salvaguardar los intereses agrícolas en los que se había basado su carrera como líder del partido.

Como resultado, fue durante su gobierno cuando se produjo realmente la catástrofe de la agricultura británica como consecuencia de las importaciones baratas de grano, que él había predicho cuando destruyó a Peel en 1846. La naturaleza conservadora de su Gobierno, en la medida en que la tuvo, se consiguió mediante políticas ad hoc y espectáculos políticos, como la entronización de la reina Victoria como emperatriz de la India y la mediación en el Tratado de Berlín. No hay ningún hilo filosófico que recorra el Gobierno de 1874-80, excepto el apetito por el cargo y la determinación de disfrutarlo.

Llegar al poder… y ejercer el poder

Sin embargo, la habilidad de Disraeli para las frases hechas y para el espectáculo, su búsqueda del poder y su gusto por él cuando finalmente llegó; la profunda comprensión, que fue adquiriendo gradualmente a través de la dura experiencia, de cómo los políticos profesionales utilizan y manipulan las fuerzas sociales; y su análisis de los sofisticados entresijos de la política al más alto nivel: todas estas características han dejado una huella perdurable en las sucesivas generaciones de políticos conservadores, especialmente en los más imaginativos. Les encanta citar a Disraeli como ejemplo, sobre todo para justificar lo que pretenden hacer de todos modos. Aunque Disraeli no fue en ningún sentido significativo un filósofo del conservadurismo, es imposible imaginar el Partido Conservador moderno sin él.

Sin embargo, hay un aspecto en el que Disraeli hizo una contribución específica al pensamiento conservador. No fue el primer conservador de una nación. Nunca utilizó esa expresión. Desde luego, no creía que fuera posible, y menos aún que fuera la misión del Partido Conservador, convertir la nación en un todo económico homogéneo, donde la competencia entre clases dejara de existir. Esta ilusión se basa en un pasaje de su novela Sybil, en la que deploraba la profunda división existente en la Inglaterra de la década de 1840, entre lo que él llamaba “los Ricos y los Pobres”, división que había dejado de existir de forma tan aterradora cuando alcanzó el poder en 1874.

Un conservadurismo demagógico

Lo que sí descubrió fue algo muy distinto: que las diferencias entre las clases, aunque profundas, podían salvarse apelando a las emociones y necesidades conservadoras de todas ellas y, por tanto, que los conservadores, si aprendían a hacer tales apelaciones, no tenían nada que temer de la democracia. Este descubrimiento puede parecer obvio, una obviedad, como todas las grandes innovaciones. Pero fue nuevo en su momento y tiene una importancia perenne para los conservadores. La democracia resultó ser el arma secreta de los conservadores, y desde que Gran Bretaña se convirtió en una democracia el partido ha mantenido el poder durante más de tres cuartas partes del tiempo. Disraeli fue el primero en percibir esta verdad y hacer uso de ella; y es esto -y no otra cosa- lo que le convierte en un gran estratega conservador, quizá el más grande de todos.

Resulta que fue un joven de la generación siguiente, Lord Randolph Churchill, quien acuñó el nombre de “democracia tory”, dando así una etiqueta a lo que Disraeli había descubierto como un hecho. Pero Lord Randolph nunca construyó una filosofía sobre su frase. Nunca llegó a decir lo que significaba, lo que podría haber destruido la magia. Cuando se le pidió que lo definiera, respondió, en un momento de franqueza y no para citarlo: “¡Oh! Oportunismo, sobre todo”.

Lord Randolph (Marqués de Salisbury)

Menos sensato que Disraeli, menos analítico y profundo, menos maestro de la estrategia, aunque a menudo brillante en la táctica, era sin embargo un operador del molde de Disraeli, en el sentido de que se esforzaba siempre por aprovechar políticamente las oportunidades que se presentaban, sin preocuparse demasiado por la coherencia. Ascendió por oportunismo y cayó por ello, porque su dimisión como Ministro de Hacienda, en diciembre de 1886, fue un movimiento oportunista que juzgó fatalmente mal la situación y no implicaba ninguna cuestión de principios. De este modo provocó su ruina política, que la enfermedad convirtió en permanente. Sin embargo, al igual que Disraeli, perdura en la imaginación de los jóvenes conservadores como un brillante meteoro político, un colgante para el retrato del gran Beaconsfield.

El hombre que, con su magistral inactividad y paciencia, destruyó a Lord Randolph, el marqués de Salisbury, añadió otra dimensión a la filosofía conservadora: lo que puede llamarse pesimismo ilustrado. Merece la pena examinar esto con un poco de detalle. Salisbury, a diferencia de Pitt, Peel o Disraeli, nunca podría haberse sentido a gusto fuera del Partido Conservador. Nació en él, y él mismo pensó en él aún más profundamente. Tenía mucho más en común con el Duque de Cambridge de lo que le hubiera gustado admitir. Pensaba que todo cambio podía ser malo, tarde o temprano.

“Desintegración”

Sin embargo, él no había nacido para la púrpura, y había alcanzado altos títulos y vastas propiedades por accidente de muerte. De joven era pobre y se ganaba la vida en parte con el periodismo, actividad que despreciaba. Carecía de los sentimientos de culpa del hijo mayor, o del reconfortante optimismo de aquellos destinados a grandes posesiones de que todo es para bien en el mejor de los mundos posibles. Veía el futuro con profunda aprensión. En 1882, poco después de que Gladstone volviera al poder por una amplia mayoría, Salisbury escribió: “Será interesante ser el último de los conservadores. Preveo que ése será nuestro destino”.

Al año siguiente, publicó un sorprendente artículo en la Quarterly Review titulado “Desintegración“, en el que preveía que los agitadores radicales aprovecharían cualquier recesión en el ciclo comercial para librar “ese largo conflicto entre posesión y no posesión que fue la enfermedad mortal de las comunidades libres en la antigüedad y que amenaza a tantas naciones del presente”. Salisbury insinuó que no existía una forma definitiva de eliminar este conflicto recurrente, ya que las disparidades en la riqueza eran inevitables y probablemente aumentarían. Tampoco había ninguna garantía de que el resultado final del conflicto no fuera destructivo para la propiedad y, por tanto, para el orden y la civilización. En resumen, su visión era sombría.

Un cierto pesimismo

El pesimismo empírico de Salisbury se sustentaba en un pesimismo filosófico basado en su visión de la naturaleza humana. Esta actitud ha sido compartida por un gran número de conservadores, o conservadores, de todas las épocas, y en cierto modo es central en el debate político. Mientras que los radicales de todas las tendencias y épocas tienden a subrayar el ideal del hombre, como criatura hecha a imagen de Dios, y creen por tanto en su mejora ilimitada, incluso en su perfectibilidad -para ellos, el Hombre Nuevo de Rousseau es una posibilidad clara-, los conservadores ven al hombre como una criatura imperfecta, un ser caído condenado a habitar un valle de lágrimas en este mundo.

En toda la Biblia, la enseñanza que parece más importante para los radicales es el Sermón de la Montaña; para los conservadores, es el Pecado Original. Salisbury veía al hombre como una criatura equivocada a la que había que mantener bajo las riendas de la ley natural y divina, y bajo ninguna circunstancia permitirle idear, desde su propia cabeza, planes para la mejora humana, que seguramente empeorarían las cosas. Podían producirse algunos cambios marginales a mejor, cuando evolucionaban a partir de instituciones existentes bien probadas. Cualquier intento importante de avance era mejor evitarlo o someterse a él sólo bajo coacción.

La moderna maquinaria política conservadora

Pero si Salisbury veía las perspectivas con aprensión, nunca las consideró desesperadas. Para él, el conservadurismo era una acción organizada de retaguardia, y el acento recae en lo de organizada. Fue el primer líder tory que prestó atención a la organización. Adoptó el punto de vista de Disraeli y Lord Randolph de que los trabajadores a menudo poseían fuertes instintos conservadores a los que se podía apelar. Bajo su liderazgo, que abarcó las décadas de 1880 y 1890, tomó forma la moderna maquinaria política conservadora. Ocupó el cargo de Primer Ministro durante 11 años en total, y nadie desde Walpole había utilizado el patrocinio del Primer Ministro con mayor efecto para fomentar la lealtad al partido a todos los niveles.

Adoptó la práctica de Gladstone de dirigirse a las masas en reuniones públicas y animó a sus colegas a hacer lo mismo. Creía que la retaguardia conservadora podría contener la marea anárquica durante un tiempo -posiblemente largo, quizá indefinido-, pero tendría que trabajar duro para lograrlo. Enseñó a los conservadores a ser políticamente eficientes y a tocar el gran tambor populista siempre que fuera posible. Así ganó las elecciones caqui de 1900. De hecho, mientras que Peel y Disraeli sólo ganaron una elección cada uno, Salisbury ganó tres; su ejemplo marcó la pauta para el siglo XX, en el que los conservadores, o las coaliciones dominadas por conservadores, han ocupado el cargo durante 66 años, y los liberales o laboristas sólo 30.

Una curiosa colección

El siglo XX, por tanto, ha sido en gran medida una época conservadora. Pero los políticos que han dirigido el Partido Conservador durante estos 90 años han sido, en términos estrictamente partidistas, una curiosa colección. Es imposible construir un arquetipo de liderazgo conservador a partir de sus personalidades, opiniones y trayectorias. Así, A. J. Balfour, sobrino y sucesor de Salisbury, fue un defensor del principio aristocrático en el Gobierno conservador, hecho carne a sus ojos y a los de su tío por el propio clan Cecil, al que ambos pertenecían. Sus administraciones, un continuo virtual, contaban con tantos miembros de su familia que se las conocía como el Hotel Cecil, por el espléndido caravasar londinense inaugurado en 1896.

Sin embargo, el periodo más feliz de la vida de Balfour fue cuando formaba parte de la coalición meritocrática liderada por el aventurero plebeyo Lloyd George. Y en 1923, Balfour, consultado por el rey Jorge V, se encargó de rechazar las pretensiones de dirigir la nación y el partido de lord Curzon, que era un arquetipo conservador. La objeción de Balfour a Curzon, que pudo estar teñida de malicia personal aunque ambos habían sido amigos toda la vida, era notablemente poco conservadora: La imagen de Curzon, según Balfour, era demasiado aristocrática y, en cualquier caso, era miembro de la Cámara de los Lores.

Ningún laborista o liberal había planteado hasta entonces ninguna objeción fundamental a que el Primer Ministro se sentara en los Lores, y es en cierto modo típico de las paradojas del conservadurismo británico que la prohibición fuera iniciada por uno de sus líderes, sin ningún tipo de presión. Verdaderamente, los conservadores se mueven por caminos misteriosos, para realizar sus maravillas políticas.

La propuesta de Stanley Baldwin

Stanley Baldwin, el beneficiario del nada conservador veto de Balfour, no encajaba en ningún molde conservador obvio. El acto más notable de la vida de Baldwin fue su gesto de donar una quinta parte de su fortuna al Estado. No sólo fue anticonservador, sino en cierto sentido incluso anticonservador. El 24 de junio de 1919 apareció en The Times una carta con seudónimo en la que el autor anunciaba que había calculado su fortuna en 580.000 libras.

A pesar del enorme aumento de los impuestos personales que había tenido lugar durante la reciente Guerra Mundial, y que se había mantenido en gran medida desde entonces, el escritor decía que se proponía realizar una quinta parte de su riqueza, comprar Préstamos de Guerra con ella y luego cancelar los certificados, haciendo así, de hecho, una donación voluntaria de 116.000 libras -que hoy valen unos 10 millones de libras- al Estado. Dijo que esperaba que otros miembros de las clases adineradas siguieran su ejemplo para reducir la carga de la deuda de guerra. La carta estaba firmada “FST”. Ni siquiera el entonces Ministro de Hacienda, Sir Austen Chamberlain, conocía la identidad del donante. Sólo años más tarde se supo que FST era la sigla del Secretario Financiero del Tesoro, su entonces subordinado Stanley Baldwin.

Parece asombroso que un hombre que, cuatro años más tarde, se convertiría en líder conservador admitiera implícitamente que los ricos pagaban pocos impuestos. Baldwin habría argumentado sin duda que su gesto era patriótico y que, en cualquier caso, los conservadores no eran necesariamente el partido de los impuestos bajos del país. Hubiera habido algo de verdad en tal razonamiento: otra paradoja tory.

El impuesto sobre la renta

El impuesto sobre la renta, del 10%, fue introducido por primera vez por un Primer Ministro tory, Pitt el Joven, en su presupuesto de mayo de 1798. Fue abolido en 1816, a pesar de la resistencia del Gobierno tory de Liverpool, por una revuelta de radicales y whigs liderada por el ultrarradical Henry Brougham, que argumentó que el impuesto sobre la renta era inquisitorial, una enorme invasión de la privacidad, un medio para satisfacer la “pasión por el gasto” del Estado y “un motor que no debería dejarse a disposición de ministros extravagantes”. Propuso que no sólo se suprimiera este odioso impuesto, sino que se quemara toda la documentación relacionada con él para que nunca volviera a imponerse.

Sin embargo, en mayo de 1842, un gobierno conservador presidido por Sir Robert Peel, el hombre que fundó el Partido Conservador, volvió a imponer el impuesto sobre la renta a siete peniques por libra. Es un hecho curioso que los conservadores no sólo inventaron y volvieron a imponer el impuesto sobre la renta, sino que lo han subido tantas veces como lo han bajado. Fue otro canciller conservador, Neville Chamberlain, que pronto sería líder conservador y Primer Ministro, quien en 1936 elevó el impuesto sobre la renta a lo que él llamó una “cifra más conveniente”. “Conveniente” es una palabra extraña para que un conservador la utilice para referirse a una subida de los impuestos personales.

El caso de Neville Chamberlain

Pero entonces, el propio Chamberlain era un conservador extraño: hijo de un unionista radical y liberal, que se hizo un nombre en la política del gas y el agua en Birmingham y luego, en el gobierno, se convirtió en un notable ingeniero social y gran gastador. El gasto elevado ha sido a menudo una característica conservadora del siglo XX. Cuando el Conde de Home renunció a su título en 1963, para convertirse en Primer Ministro y líder del partido, y se presentó a los Comunes en una elección parcial en Kinross y Perthshire Occidental, su mitin inaugural destacó por los fastuosos planes de gasto que desveló. Home era un gran terrateniente a la antigua usanza y, en su vida privada, un hombre con fama de parsimonioso. Pero con su sombrero de primer ministro y de partido, era -casi- el último de los grandes derrochadores.

Es difícil encontrar un líder conservador del siglo XX que encaje en un arquetipo conservador convencional. Bonar Law y Winston Churchill, por ejemplo, más que conservadores eran imperialistas. Law llegó a la política casi exclusivamente por su admiración por Joe Chamberlain, unionista radical-liberal, cuya noción de imperio, como dijo Law, era “la esencia misma de mi fe política”. Fue la devoción de Law por la Unión, y en particular por la Unión con Irlanda -la consideraba la piedra angular de todo el arco imperialista que, una vez eliminada, pondría en peligro el conjunto-, lo que le convirtió efectivamente en líder conservador en 1911, cuando se avecinaba la crisis del Ulster.

Churchill: “Soy liberal, siempre lo he sido”

Churchill también fue ante todo un imperialista que, en términos internos, era un reformista, casi un radical. Odiaba la etiqueta de “conservador” y sólo la aceptaba cuando era necesario. Abandonó a los conservadores en 1904 y, como ministro liberal durante diez años, trabajó duro con Lloyd George para sentar las bases del Estado del bienestar británico. Se reincorporó a los conservadores en 1923 porque era la única forma de seguir una carrera política. Entre 1929 y 1939 estuvo enfrentado a la dirección y a la mayor parte del partido, y cuando se convirtió en Primer Ministro de coalición en 1940, gracias sobre todo al apoyo laborista, estaba claro que las bases conservadoras en los Comunes preferían a Neville Chamberlain antes que a él.

Cuando se ganó la guerra, Churchill y sus partidarios controlaban el partido y él seguía siendo el activo más valioso de los Tories. Pero nunca se sintió a gusto como líder conservador. Bill Mallalieu, durante muchos años diputado por Huddersfield, me contó que, cuando Churchill era muy viejo, una vez compartió con él un ascensor de los Comunes. Churchill se fijó en él y le preguntó: “¿Quién es usted?” “Bill” le respondió. “¿Laborista?”, preguntó Churchill. “Sí”. Churchill hizo una pausa y dijo: “Soy liberal. Siempre lo he sido”.

La “democracia de propietarios” de Eden

De los restantes líderes conservadores del siglo XX, todos -con una excepción- eran hombres de centro. Baldwin era un eirenista, más feliz cuando gozaba del apoyo de todos los partidos, como durante la crisis de la abdicación en 1936, o cuando ejercía de mayordomo bajo el liderazgo nominal del Primer Ministro nacional laborista, Ramsay MacDonald. Anthony Eden fue quien más se acercó a ser un conservador puro e incluso se asoció con una variante de la vieja democracia tory: la llamó “democracia de propietarios”. Pero nunca hizo nada para cumplir este eslogan durante los 20 meses que estuvo en el cargo.

Harold Macmillan, que ocupó un escaño esencialmente obrero en el noreste durante la década de 1930 (lo perdió en 1945 y luego se trasladó a un bastión conservador de los Home Counties), se presentó como un corporativista de economía mixta con su libro The Middle Way, publicado en 1935. Conservó algunas, si no la mayoría, de estas ideas hasta el final de su vida. Parece perverso que durante la presidencia de Margaret Thatcher condenara la política de privatizaciones, que transfería activos del Estado, donde eran mal gestionados por burócratas, al sector privado, donde eran gestionados con éxito por empresarios profesionales y propiedad de millones de personas corrientes, como “vender la plata de la familia”, una frase asociada a la quiebra inminente.

Harold Macmillan y sus discípulos whig

Macmillan, a pesar de -o quizá debido a- sus posturas de grandeza, tenía poco en común con la mayoría de las personas que votaron o se sentaron como tories en vida. Estaba más cerca de ser whig; de hecho, una vez me dijo, en el Beefsteak Club, que él era whig. Sus dos personajes favoritos eran el viejo marqués de Landowne y el duque de Devonshire, suegro del propio Macmillan, quienes, según él -y lo relataba con deleite- “no pisaron el Carlton Club en su vida”, prefiriendo el de Brooks. Edward Heath y John Major, a su manera, fueron -o son- versiones suburbanas de la “vía intermedia” de Macmillan.

La única excepción a esta tendencia de liderazgo fue Margaret Thatcher. No era simplemente una conservadora radical que repudiaba muchos de los supuestos aceptados por los conservadores de la tradición de Peel: se la puede calificar de auténtica reaccionaria. Aceptó la idea, expuesta por primera vez por su mentor Sir Keith Joseph, de que los gobiernos laboristas de posguerra, y los cambios que habían introducido, operaban un “efecto trinquete”. Ningún paso que dieran hacia la izquierda era revertido por los siguientes gobiernos conservadores; cada uno servía simplemente como preludio del siguiente engranaje del trinquete. Joseph especuló sobre la posibilidad de invertir el efecto trinquete en dirección a la derecha, pero fue Margaret Thatcher quien realmente puso en marcha esta política, no en todo el tablero de la política -dejó solo el Estado del bienestar en su conjunto- sino sobre los sindicatos y el sector público.

El enorme cambio del conservadurismo con Margaret Thatcher

Así, repudió decisivamente la máxima peelista de que la tarea de los gobiernos conservadores era aceptar, aprovechar y aplicar eficazmente las reformas de sus oponentes. Esto es algo que ni siquiera Salisbury se atrevió a llevar a cabo. Marca el cambio más importante en el carácter del conservadurismo desde que el partido fue bautizado por Peel en 1834. De hecho, es tan importante que aún no se han dilucidado todas sus implicaciones. Lo que puede decirse, sin embargo, es que ya ha cambiado la agenda de la política británica, que en cierta medida se ocupa ahora de examinar las reformas de las generaciones anteriores y, si es necesario, revertirlas.

El Partido Laborista, bajo el liderazgo de Tony Blair, también ha adoptado esta política y podría ser que fueran los laboristas quienes abolieran el Estado del bienestar tal y como existe ahora, socavando su universalidad. En 1894, Sir William Harcourt, ilustrando el funcionamiento del efecto trinquete en el siglo XIX, exclamó: “¡Ahora todos somos socialistas!”. Hoy, en las postrimerías del siglo XX, estaría más cerca de la verdad decir: “Ahora somos todos reaccionarios”.

No tanto una ideología como una actitud

Se ha escrito lo suficiente sobre la práctica del liderazgo conservador como para sugerir que no está determinado principalmente por las ideas, ni mucho menos por una corriente de ideas. Se trata más bien de una cuestión de actitudes y predilecciones personales -incluso caprichos- y de respuestas a las fuerzas y acontecimientos contemporáneos. Una vez estuve presente cuando un periodista preguntó a Harold Macmillan cuál era el factor que más había influido en su política como Primer Ministro. Los acontecimientos, querido muchacho, los acontecimientos”, respondió alegremente Macmillan.Peel habría estado de acuerdo con esta opinión. Una vez comentó que Inglaterra habría sido un lugar mejor y más feliz, y sin duda más conservador, si no se hubiera producido la revolución industrial.

Así pues, el Partido Conservador se rige por los acontecimientos y la necesidad de adaptarse a ellos, más que por la ideología. Los líderes tories y conservadores han recibido, por supuesto, instrucción de las mentes más destacadas del momento. En la década de 1780, Pitt el Joven hizo venir al profesor Adam Smith al número 10 de Downing Street y escuchó atentamente lo que tenía que decir. Peel mantuvo correspondencia con varios intelectuales y “expertos” como Bentham y Mill, y mantuvo una estrecha e instructiva amistad con el gurú tory angloirlandés John Wilson Croker, aunque acabó en distanciamiento cuando Peel derogó las Leyes del Maíz.

Sir Henry Maine: el cambio de una sociedad del status a una sociedad del contrato

Disraeli y Salisbury leían mucho, aunque es dudoso que alguno de los dos se guiara por algún pensador en particular; y Balfour, aunque también era un intelectual, separaba sus investigaciones filosóficas de los asuntos prácticos de la política. Lord Longford me contó que cuando, siendo un joven tory, paseó con Stanley Baldwin por Hatfield en 1936, preguntó al Primer Ministro quién le había influido más. Baldwin no supo qué responder a la pregunta, se paró en seco y se puso a pensar. Finalmente, sacó de los oscuros rincones de su pasado universitario el nombre de Sir Henry Maine. Maine me enseñó”, dijo, “que el avance más importante en la historia de la humanidad fue el cambio de estatus a contrato”. Luego hizo otra pausa y una sonrisa maliciosa se dibujó en sus facciones nudosas. “¿O fue al revés?” Ahí habló el verdadero conservador.

En una carta escrita por el Conde de Derby a Disraeli en 1875, hay un comentario revelador. Los conservadores son los más débiles entre las clases intelectuales, como es natural”. También en este caso, Margaret Thatcher, como líder, podría parecer una excepción. Hizo un gran juego con la influencia que ejercían sobre ella Hayek y Karl Popper. Sin duda había leído sus libros, los había asimilado y a menudo los citaba. Pero cada vez que la interrogaba sobre sus creencias fundamentales, llegaba a la conclusión de que casi todas ellas se derivaban de los obiter dicta de su padre, tendero y concejal conservador. La mayoría de los conservadores -Pitt, Peel, Disraeli, Law, Macmillan, así como Thatcher, son ejemplos destacados- aprenden más de sus padres y abuelos que de cualquier otra persona.

Y, bien, ¿qué es un conservador?

La respuesta, pues, a la pregunta ¿qué es un conservador? ¿Qué es un conservador? es que a un conservador lo hacen la herencia, las circunstancias y la sociedad en la que vive. Puede haber todo tipo de conservadores; siempre los ha habido y siempre los habrá. No existe un arquetipo ni una definición factible.
En cierto modo, los conservadores encuentran el mismo problema para definirse a sí mismos que los padres fundadores de Israel cuando intentaron definir a un judío. Al final decidieron que era judío cualquiera que se considerara a sí mismo, y se llamara a sí mismo, judío.

Hace poco me senté a comer junto a una señora que había estado casada toda su vida adulta con un compañero conservador. Me dijo que había tres cosas que nunca cambiaría bajo ninguna circunstancia: su nacionalidad, su religión y su filiación conservadora. Le pedí que definiera “conservador”. Me respondió: “Esa es una pregunta que ningún verdadero conservador debería responder”.

Hay personas que nacen o se sienten conservadoras. La existencia de este gran número de personas, de generación en generación, es la fuerza fundamental del partido y la razón por la que probablemente seguirá siendo el partido que gobierne Gran Bretaña la mayor parte del tiempo. Eso, por supuesto, no lo salvará de reveses periódicos, a veces de enorme magnitud.

Ver también

El conservadurismo de un libertario. (Fernando Herrera).

Liberalismo y conservadurismo: qué tienen en común y qué les diferencia. (Alejandro Sala).

Roger Scruton, el conservador convencido. (José Ruiz Vicioso).

Los problemas constitucionales de Chile

Por Ojel Rodríguez Burgos. Este artículo fue publicado originalmente en Law&Liberty.

La reivindicación de constituciones nuevas o mejoradas se ha convertido en un grito de guerra de moda y entusiasta para políticos, ideólogos e intelectuales a lo largo de los siglos XX y XXI. La aparición de nuevos Estados, las revoluciones, las convulsiones políticas, las aspiraciones de salvación, las crisis o los Estados derrotados que buscan un nuevo comienzo son algunas de las razones por las que nuestro mundo moderno está cada vez más poblado de constituciones modernas. El objetivo último de este ejercicio popular es la creación de una Carta Magna que rectifique los errores del pasado, allanando el camino para un nuevo y brillante futuro. El esfuerzo más reciente de redacción constitucional tiene su origen en el país latinoamericano de Chile.

El catalizador de este esfuerzo fueron las protestas generalizadas contra las acciones del gobierno de Sebastián Piñera (2018-22). En particular, en relación con el aumento de las tarifas del transporte público y las condiciones sociales y económicas del pueblo de Chile. Aunque el Gobierno de Piñera intentó apaciguar a los manifestantes anunciando varias reformas, estas resultaron insuficientes a los ojos de los manifestantes y sus líderes.

La izquierda plantea un cambio de la Constitución

En su lugar, los manifestantes creían que la única solución viable era un cambio sistémico integral. Este cambio transformador se concibió mediante el establecimiento de una nueva Constitución, destinada a sustituir a la ampliamente modificada adoptada durante el régimen de Augusto Pinochet en la década de 1980, que los manifestantes consideraban la causa fundamental de todos los males que aquejaban al pueblo chileno.

En un referéndum nacional, el pueblo chileno aprobó la propuesta de una convención constitucional. Posteriormente, mediante elecciones, eligió a los miembros de la convención encargada de elaborar el nuevo documento fundacional. El resultado fue un documento que parecía una lista de deseos de la izquierda, lo que no era sorprendente dada la mayoría de la izquierda en la convención. Sin embargo, los votantes chilenos rechazaron el documento, lo que condujo a una nueva convención constitucional con miembros recién elegidos.

En esta ocasión, los miembros del Partido Republicano de José Antonio Kast y de una coalición de centro-derecha, Chile Vamos, influyeron en gran medida en la convención, lo que dio lugar a un documento que se ajusta más a sus preferencias políticas y doctrinales. Sin embargo, este documento también fue rechazado recientemente por los votantes. En consecuencia, Chile se encuentra inmerso en una odisea constitucional, obligado a adoptar una nueva constitución, pero enfrentado a profundas divisiones partidistas sobre el futuro de este proyecto. Además, el electorado que ha rechazado dos propuestas constitucionales está cada vez más cansado de todo el proceso.

El perfeccionismo constitucional

En mi opinión, la odisea constitucional de Chile se debe a la ideología que ha sustentado todo el proceso desde el principio: el perfeccionismo constitucional. El perfeccionismo constitucional es esencialmente la creencia de que se puede crear e imponer una sociedad perfecta a través de un texto constitucional guiado por un proyecto racionalista. Representa la expresión literaria del salvacionismo ideológico, en el que una constitución se considera el vehículo a través del cual la sociedad y los individuos se emanciparán del sistema opresivo al que han estado sometidos.

En contraste con la multitud de constituciones modernas influidas por esta ideología e impuestas a muchos Estados, el perfeccionismo constitucional no es un fenómeno reciente. Sus orígenes se remontan al racionalismo de la Ilustración, al que podemos atribuir algunos de los progresos alcanzados por la humanidad, pero que también ha dado lugar a ideas ideológicas que han dejado numerosas cicatrices en el mundo. Estos racionalistas abrazaron la visión de la razón propugnada por los filósofos clásicos, que postula que la razón es capaz de comprender el orden de las cosas, así como su concepción moderna que ve a la razón encontrando respuestas técnicas a cuestiones cruciales para la satisfacción de los deseos y pasiones humanas. De esta forma de entender la razón, los racionalistas de la Ilustración derivaron la certeza y las soluciones que se creía que podían hacer frente a todos los males que aquejaban a la sociedad.

Adiós al Senado

De manera similar a los racionalistas de la Ilustración, los perfeccionistas constitucionales asumen un conocimiento epistemológico sobre los males que aquejan a la sociedad, a saber, el orden constitucional vigente. A partir de esta revelación percibida, los perfeccionistas constitucionales adoptan soluciones técnicas para emancipar a los oprimidos de lo que consideran un orden constitucional opresivo. Sin embargo, a diferencia de los racionalistas de la Ilustración, que pueden creer en la redimibilidad del sistema actual si se adoptan sus soluciones, el perfeccionista constitucional no alberga tal esperanza y aboga por una constitución completamente nueva.

La nueva Carta Magna imaginada por los perfeccionistas constitucionales debe incorporar varios elementos importantes. En primer lugar, debe ser una carta desprovista de algunas o la mayoría de las prácticas y tradiciones constitucionales establecidas. Esto es evidente, por ejemplo, en la propuesta constitucional realizada por la convención constitucional dominada por la izquierda en Chile, en la que el senado chileno debía ser sustituido por una “cámara de regiones” debilitada. La justificación para descartar el Senado es que los perfeccionistas constitucionales ven esta institución como representativa del sistema opresor y, por tanto, como un obstáculo en el camino hacia la salvación. Paradójicamente, como veremos, los perfeccionistas constitucionales no tienen ningún problema en descartar prácticas e instituciones arraigadas, pero pretenden atrincherar su sueño racionalista más allá de la posibilidad de que las generaciones futuras lo cambien.

Hay otro camino

En segundo lugar, la nueva Constitución debe afianzar las normas acordadas para la sociedad, como el Estado de Derecho, el debido proceso y el habeas corpus. De hecho, hay argumentos a favor de afianzar dichas normas, ya que los redactores de la constitución pueden expresar desconfianza hacia las generaciones futuras. Sin embargo, las normas que se consoliden no deben ser un compendio de lo que se considera bueno y verdadero sobre la vida y la conducta humanas.

Por el contrario, estas normas deben ser principios que, con el paso del tiempo y a través de la sabiduría práctica, hayan evolucionado hasta convertirse en directrices esenciales para fomentar el civismo dentro de una sociedad de individuos que persiguen su propia felicidad e identidad moral. Los países de la Esfera Anglosajona y sus constituciones son ejemplos notables de este tipo de afianzamiento, en el que la norma es el equilibrio entre las partes interesadas y las salvaguardias necesarias para la libertad individual.

Y, sin embargo…

Sin embargo, el afianzamiento que busca el perfeccionista constitucional no es de este tipo, sino que se trata de un proyecto mucho más amplio. El perfeccionista constitucional pretende afianzar sus preferencias doctrinales en el núcleo de su proyecto ideológico. Como he destacado antes, una de las ideas centrales de la ideología es abolir por completo la política. En una sociedad de individualistas, la política se considera conflictiva, contraproducente para la armonía que desean los ideólogos. En una línea similar, el perfeccionista constitucional, al intentar atrincherar sus preferencias doctrinales en el texto, pretende excluir de la deliberación política y del compromiso una multitud de áreas centrales para el proyecto ideológico. Así, en lugar de que una constitución se limite a establecer las reglas del juego, se convierte en el juego mismo.

La experiencia chilena es una buena prueba de este atrincheramiento desbocado. La propuesta constitucional inicial presentada al electorado chileno incluía multitud de artículos que reflejaban las preferencias de la izquierda. La propuesta incluía numerosos derechos positivos, entre ellos disposiciones como la estipulación de que las mujeres debían constituir un mínimo del 50% de la mano de obra en las instituciones estatales, la aplicación de una fiscalidad progresiva, el establecimiento de una versión chilena del Servicio Nacional de Salud y el reconocimiento del derecho a la educación medioambiental y digital. De hecho, la propuesta, más que una constitución, parecía un manifiesto para activistas de izquierdas.

Perfeccionismo en la derecha

El lector se equivocaría si creyera que el perfeccionismo constitucional es dominio exclusivo de los ideólogos de izquierdas. La constitución del régimen de Pinochet también exhibe tendencias perfeccionistas constitucionales, como resulta evidente en el principio subsidiario que la rige. Este principio, recogido en el documento, implica que el Estado debe abstenerse de intervenir en ámbitos en los que los particulares o las asociaciones empresariales puedan gestionarlos eficazmente. Esta limitación restringe el papel del gobierno chileno en la vida económica y social de la nación.

En particular, la propuesta constitucional recientemente rechazada por la convención constitucional dominada por la derecha perpetúa esta tendencia. La propuesta, por ejemplo, presenta un lenguaje ambiguo dirigido a restringir el aborto, establecer derechos para la objeción de conciencia, garantizar el acceso privado a la sanidad, la educación privada y las pensiones privadas, y crear nuevas fuerzas de seguridad pública. Al igual que la primera propuesta constitucional, servía esencialmente como una lista de deseos de las preferencias políticas de la derecha.

Los admiradores de la libertad acogerían sin duda con satisfacción la idea de contar con una constitución que codificara las políticas y los principios fundamentales del libre mercado. Sin embargo, por muy atractivo que pueda resultar, respaldar el perfeccionismo constitucional en aras de la libertad implica abrazar la hostilidad hacia el Occidente moderno y la disposición que lo construyó -el individualismo-, una característica compartida por todas las ideologías. Aunque el perfeccionismo constitucional de libre mercado puede ser más atractivo que el perfeccionismo constitucional de izquierdas, pertenecen a la misma especie destructiva.

Esponer al sistema judicial al juego político

Los defectos inherentes a este enfoque de atrincheramiento, perseguido tanto por la izquierda como por la derecha, emanan de su dependencia de un marco racionalista para lograr victorias políticas. La certeza epistemológica que subyace a la formulación de tales marcos implica afirmar una verdad infalible sobre la actividad política, que suplanta a la individualidad.

Además, cuando estas preferencias políticas se atrincheran más allá del ámbito de la actividad política, los perfeccionistas constitucionales erradican esencialmente la política al excluir diversos ámbitos políticos de las arenas del conflicto, la deliberación y el compromiso. Otra preocupación es que esta forma de afianzamiento es susceptible de fracasar. Incorporar una miríada de derechos positivos o preferencias políticas en una constitución suele conducir a que los gobiernos sean incapaces de cumplirlos y, en algunos casos, agravar la situación imperante.

Por último, el afianzamiento de las políticas expone al poder judicial al partidismo político, incitando a los jueces a asumir el papel de responsables políticos y árbitros del conocimiento de la sociedad. Además, los somete al revisionismo judicial, una ideología que utiliza a los tribunales para consolidar determinadas preferencias políticas o sofocar los debates políticos en áreas políticas específicas mediante el mecanismo de la revisión judicial.

¿Consenso en la era de la polarización?

El perfeccionismo constitucional parece estar influyendo en el proceso constitucional chileno, y los peligros de esta ideología son evidentes. Sin embargo, la solución a esta odisea que salvaguarda la libertad sigue siendo esquiva. Un posible enfoque podría ser emular las constituciones de los países de la Esfera Anglosajona. La historia de la elaboración de constituciones en América Latina ofrece abundantes pruebas de que se ha adoptado este enfoque. Tras su independencia, muchos países latinoamericanos elaboraron Cartas Magnas inspiradas en el documento fundacional de Estados Unidos. Sin embargo, la inestabilidad política y constitucional en la historia de América Latina demuestra que es fácil emular las palabras pero difícil imitar las prácticas de una civilización y una comunidad política.

Abordar los desafíos constitucionales de Chile puede requerir un segundo enfoque: el compromiso. Sin embargo, navegar por esta vía es complicado debido a la profunda polarización del país. Además, para quienes se adhieren al perfeccionismo constitucional, el compromiso se considera inaceptable, dada su pretensión de conocimiento revelador sobre el sistema opresivo, insistiendo en que sólo el cambio total puede ser suficiente. Una tercera solución, y posiblemente la más alineada con la causa de la libertad, sería la elaboración de una nueva constitución que evite el perfeccionismo constitucional y se alinee con las prácticas establecidas y la historia de la vida política y constitucional chilena. Sin embargo, con los perfeccionistas constitucionales de ambos lados buscando afianzar sus proyectos racionalistas, esto parece más una esperanza aspirante que una realidad posible.

Los chilenos no quieren

Los votantes chilenos han rechazado inequívocamente la búsqueda de la perfección constitucional en dos ocasiones. No obstante, es probable que los perfeccionistas constitucionales de ambos bandos persistan en su empeño. Si la historia sirve de guía, es muy probable que los votantes vuelvan a rechazar visiones tan ambiciosas. En última instancia, los retos constitucionales a los que se enfrenta Chile podrían resolverse manteniendo la Constitución actual y aplicando reformas a través del proceso político. Sin embargo, es crucial reconocer que los defensores del perfeccionismo constitucional pueden tratar de explotar estas reformas para promover sus ideales racionalistas. Así, en última instancia, el statu quo existente puede resultar un aliado más propicio para la libertad que el fervor jurídico y político asociado a las alteraciones constitucionales.

Ver también

El drama chileno.

Chile, el país en que está todo en cuestión.

El periplo de la propuesta constitucional chilena.

La lección chilena.

Algunas cuestiones disputadas del anarcocapitalismo (LXXXIX): los desafíos de Javier Milei

La victoria electoral de Javier Milei en la Argentina ha colocado al mundo libertario, y muy especialmente a los ancap, en una situación inédita. Van a comprobar si sus medidas pueden o no ser llevadas a cabo desde una posición de gobierno. Por supuesto, se han abierto muchos debates al respecto. Los más posibilistas ven con buenos ojos el desmantelamiento de buena parte del aparato estatal desde el interior. Los más ortodoxos ven tal misión no sólo como imposible sino incluso como contraproducente.

Esta última postura afirma que el previsible fracaso de muchas de las medidas adoptadas por el nuevo presidente argentino afectarán al movimiento. Se asociará con él los hipotéticos malos resultados. Ello reforzará la postura de los críticos que enfatizarán una vez más en el utopismo de nuestras medidas o en su inviabilidad. Todo ello sin contar con que el presidente se reclama públicamente como ancap. Y yo creo que él por lo menos sí tiene interiorizada esta postura. Pero muchas de las medidas que está adoptando claramente no lo son, ni siquiera minarquistas,  aunque si serían válidas para un liberal clásico convencional. 

El programa de Javier Milei no es el del anarcocapitalismo

Es necesario por lo tanto distinguir el programa de Milei de un programa anarcocapitalista. Ese programa no se puede dar por vías políticas, sino que requiere de mucha paciencia y tiempo. Y sobre todo de una población, o por lo menos una parte sustancial de la misma, formada en estos principios y con voluntad de construirlos desde abajo. De la misma forma en que los constructores de catedrales sabían que muy probablemente no las verían terminadas, el ancap actual debe saber que tampoco verá en vida una sociedad de este tipo. Este debería ser su mérito y su satisfacción sólo debe ser la de contribuir a construirla.  Pero para nada esto resta valor a la labor del presidente Milei.

Primero porque contribuye a difundir el ideario, por lo menos en su aspecto teórico. Nunca antes de ahora los viejos economistas austríacos como Mises o los austrolibertarios de la escuela rothbardiana habían sido tan conocidos y discutidos. De hecho, ya comienzan a aparecer libros y ensayos académicos críticos con estas ideas. Ello prueba de que ya se ha pasado a un estadio en el que es necesaria la refutación. Y eso es buena cosa, pues los críticos se ven obligados a estudiar seriamente nuestras ideas, más allá del cliché. A su vez, nosotros podemos aguzar nuestros argumentos atendiendo a sus críticas, o corregirlos si fuese pertinente.

Posibles lecciones del gobierno de Javier Milei

El primer paso para construir una futura sociedad sin estado es que exista un grupo consciente y bien formado en nuestras ideas. Así, podrá difundirlas y prever los problemas que puedan surgir. Este grupo de personas constituirán los cuadros necesarios para ensayar propuestas a pequeña escala y para defenderlas de sus críticos a nivel más amplio que el actual. También las hará pervivir en el tiempo. Las políticas de Milei pueden traer alguna confusión sobre el ideario. Pero un debido conocimiento puede ayudar a diferenciar lo que tiene de coyuntural y pragmática la acción de gobierno de los verdaderos principios rectores.

El gobierno de Javier Milei puede servir para otra cosa. Podemos observar en qué medida los medios políticos, esto es el juego electoral democrático, puede servir para implantar determinadas medidas. Y comprobar las posibles resistencias que estas pueden tener, tanto a nivel popular como sobre todo en el ámbito del propio estado. O  mucho me equivoco, o es muy improbable que los actores estatales accedan a reducir el alcance de su poder sin presentar resistencia. Es la excepción que lo que pierdan por un lado puedan ganarlo por otro.

La resistencia de los intereses creados

Ya comentamos en artículos anteriores que el estado no sólo está compuesto por los actores políticos, los que surgen del proceso democrático. Existen otros actores que forman su núcleo duro, desde los jueces a los actores económicos, que obtienen rentas asociándose a él. El gobierno de Milei es también una ocasión de oro para que estos sean visibles. Para que podamos comprender sus modos de operar y cuales son sus verdaderos recursos. Porque si una cosa está clara es que de una forma u otra pronto van a manifestar su presencia. De momento estamos viendo cómo los jueces de la corte laboral ya han paralizado su reforma en estos ámbitos. También estamos viendo cómo sectores económicos beneficiarios de regulaciones ya están haciendo ver. Tienen el apoyo de sectores políticos afines.

Sectores conservadores

En el ámbito de la política, el primer desafío va a ser el de luchar contra las propias fuerzas y las aliadas. Javier Milei para gobernar tuvo que pactar con miembros de la vieja política. Se trata del centro derecha de Macri y Bullrich y con sectores peronistas de “derecha”. Además claro está de conformar un partido propio, La Libertad Avanza, con elementos de la derecha argentina no necesariamente de raiz libertaria o siquiera liberal.

Todo parece apuntar a que Javier Milei para preservar el componente libertario de su programa económico tuvo que sacrificar elementos de esta corriente en otros aspectos de la vida política. Así ha sido en el caso del poder policial o militar o la lucha contra las drogas. Aquí, el pensamiento liberal argentino es bastante claro. Sólo hay que leer el libro de profesor Benegas Lynch, uno de sus mentores más respetados, La tragedia de la drogadicción. Ahí comprobamos cuál es la postura de los liberal-libertarios argentinos sobre este tema. No es la que parece defender el gobierno de Milei, quizás como concesión a sus socios más conservadores.

Abrir las puertas del infierno

Todo apunta a que el poder del estado, si bien se reducirá en el ámbito económico, pude verse reforzado en los ámbitos más duros. La tentación está ahí y la propuesta de que le parlamento le delegue poderes legislativos durante un tiempo es una señal de ello. Es cierto que el presidente argentino quiere hacer reformas liberalizadoras. Es muy probable que encuentre resistencias en otros ámbitos del estado. Pero también lo es que la idea de habilitación legislativa y del uso del decreto no es nueva en la Argentina. Ya Néstor Kichner hizo uso abundante de ella.

Pero este tipo de legislación tiene precedentes inmediatos en la Venezuela de Hugo Chavez. Sin pretender para nada equipararlos, también lo tiene en la legislación habilitante ideada por el jurista del Reich, Carl Schimtt. El abrir este tipo de puertas para el bien también implica que un ulterior gobernante podría usarla para otros fines. Lo que muy probablemente estamos viendo es que Milei a cambio de tolerancia en sus reformas económicas, que para él parecen prioritarias, está dispuesto a ceder poder a otras fuerzas operantes dentro del aparato estatal aliadas a sectores de su propio partido. No quiero con esto criticarlo, sólo apuntar a que conseguir reformas en un sector prioritario de la vida social bien puede implicar cesiones en otro. Son los riesgos de intentar hacer reformas mediante medios políticos.

El caso de la regulación de la pesca

Aparte de las dinámicas de poder dentro de su propio partido el presidente argentino tendrá que lidiar con fuerzas aliadas pero de otros partidos que, si bien no han ganado las elecciones, sí que cuentan con apoyos en el Congreso y el Senado. Tienen, así mismo, gobernadores y alcaldes con apoyos territoriales. Aquí las cesiones ya tendrán que ser de otra índole. Aunque contrarios al peronismo hasta ahora imperante, no están imbuidos de su visión libertaria de mercado. Son una versión menos radical y más sensata del modelo económicos peronista.

Un debate que surgió recientemente en Galicia acerca de las nuevas políticas pesqueras propuestas por el nuevo gobierno lo pueden ilustrar bien. Sintetizando, Javier Milei en su decreto omnibus propone subastar los derechos de pesca al mejor postor y abandonar la política de preferencia nacional en la pesca  hasta ahora imperante. Esta política consistía en deducciones fiscales en los impuestos a la exportación a las industrias que transformasen el producto de la pesca en el territorio argentino. También se basa en la prohibición de capturas a empresas que no estuviesen radicadas allí. Muchas multinacionales de la pesca, varias de ellas gallegas, aceptaron el marco regulatorio, constituyeron sociedades en Argentina y establecieron plantas de procesado en el litoral.

Los intereses filtrados en los partidos

El nuevo marco regulatorio y fiscal las afecta negativamente. Ven cómo sus inversiones en plantas de procesado pueden quedar sin valor. Al tiempo, los sindicatos de tripulantes argentinos ven cómo su preferencia nacional también se esfuma. Quedarán sometidos a la competencia con tripulaciones de otros países, muy probablmente asiáticas. Estos actores hicieron presión sobre los gobernadores de las provincias, varios de los cuales pertenecen al partido de Macri y Bullrich. Y éstos se negaron a apoyar el decreto de Javier Milei. Además, anunciaron acciones parlamentarias contra el mismo.

En el momento de escribir esto no se sabe aún como terminará el conflicto, pero sólo es un ejemplo de lo difícil que es desmantelar un marco de regulaciones  que tiene beneficiarios bien organizados  políticamente y concentrados territorialmente (lo que facilita su actuación concertada) y es prueba de lo que muchas veces hemos expuesto de anarquía dentro del propio gobierno y de la coalición dominante. Es muy probable que el conflicto de la pesca no sea el único y podría extenderse perfectamente a otros sectores regulados.

Por supuesto además de las disputas de poder internas a la coalición de gobierno habría que contar con los conflictos con los actores políticos de la oposición, principalmente el hoy desnortado peronismo, y sus organizaciones afines, sean sindicatos o organizaciones sociales, lo mismo que con los otros actores del aparato estatal. Pero esto lo dejaremos para un artículo futuro en el que ya podamos ir comprobando los efectos de las medidas del nuevo presidente, al que deseamos suerte y veremos si triunfa la ética de la convicción o la de la responsabilidad, por seguir la vieja distinción de Max Weber.

Ver también

Rodos moros o todos cristianos. (Cristóbal Matarán).

Javier Milei: la negociación y la persuasión median con el éxito. (George Youkhadar)

Los cien días de Milei (Cristóbal Matarán).

Las corridas de toros y el futuro de Argentina. (Santiago Dussan).

Las ideas importan, y mucho. (Mateo Rosales).

La hora de la verdad de Javier Milei. (Mateo Rosales).

Victoria de Milei: lo que puede aprender España. (Benjamín Santamaría).

Maradona, el asado y la libertad. (Alfredo Reguera).

Javier Milei, un libertario camino de ser presidente de Argentina. (Santiago Dussan).

Javier Milei y la bandera de libertad. (Mateo Rosales).

¿Es Milei el milagro económico que necesita Argentina? (Fernando Vicente).

Milei, la opción liberal. (Mateo Rosales).

Las trampas del Fisco

Los avances tecnológicos y el proceso de digitalización e interconexión en el que nos hallamos inmersos los seres humanos en estos prolegómenos del siglo XXI, presentan tantas oportunidades como amenazas para la libertad, dado que los mecanismos totalitarios de control estatal o supraestatal pueden reforzarse con las herramientas que ofrecen las nuevas tecnologías.

No está de más recordar que la vapuleada Constitución española de 1978, previó limitar por Ley del uso de la informática para garantizar el honor y la intimidad personal y familiar de los ciudadanos y el pleno ejercicio de sus derechos (Art. 18.4 CE).

A pesar de esa prevención constitucional, gobiernos de distinto signo se precipitaron por una pendiente de invasión de los derechos y libertades en sus políticas públicas, so capa de mejorar la gestión de los tributos y “la lucha contra el fraude fiscal” apelando a argumentos tramposos. El cinismo más descarnado alcanza sus cotas más altas con el ejecutivo actual, empero.

Observemos, por ejemplo, el caso de la imposición de la obligación general de presentación de las declaraciones anuales del IRPF exclusivamente por medios telemáticos, arteramente derivada del inicial reconocimiento del derecho de los ciudadanos a relacionarse con las administraciones públicas mediante esos medios.

Pedro Sánchez al rescate de la arbitrariedad

El pasado verano el Tribunal Supremo puso coto parcialmente a esta arbitrariedad[1]. Sin embargo, un gobierno celebérrimo por legislar de forma anticonstitucional mediante el recurso sistemático al Decreto Ley, se descolgó con la incrustación en el penúltimo del año pasado[2] de una reforma de la Ley del Impuesto sobre la Renta, que pretende reintroducir la obligación general de presentar las declaraciones anuales de ese impuesto por vía electrónica, “siempre que la Administración tributaria asegure la atención personalizada a los contribuyentes que precisen de asistencia para el cumplimiento de la obligación“.

Esta coletilla final deja otra vez al albur de un desarrollo reglamentario el cumplimiento de lo que se enuncia como obligación general. La imposibilidad de asegurar los medios para ayudar a todos los contribuyentes a presentar sus declaraciones de IRPF durante la correspondiente campaña del impuesto, anticipa toda suerte de arbitrariedades en el ámbito de las infracciones que puedan cometerse. Obsérvese, por otro lado, cómo este enésimo ejemplo de legislación supersónica[3] desprecia ab initio la idea de elaborar normas generales y universales. Antes al contrario, supedita su aplicación a una imprevisible prestación de la Administración a cada uno de los contribuyentes.

 En cualquier caso, dos argumentos de inconstitucionalidad invalidan esta disposición, tal como se ha promovido por el gobierno. El primero es de fondo. Esa obligación general constituye una injerencia desaforada en la libertad de los ciudadanos (art. 17 CE) aunque se establezca mediante una ley que fije principios tributarios. En segundo lugar, regular por decreto ley una materia de esta naturaleza no está justificada en una extraordinaria y urgente necesidad ( Art. 86.1 CE ). Menos aun cuando el Tribunal Supremo ha subrayado la ilegalidad de derivar una obligación de lo que inicialmente se enuncia como derecho o una opción para el contribuyente.

Obligación de compartir al Fisco en tiempo real las facturas  

Ahora bien, nada de lo ensayado hasta ahora puede compararse con el sistema distópico de control fiscal en ciernes. Un sistema encubierto con un primer uso voluntario de “sistemas informáticos” compatibles con la remisión de facturas electrónicas al Fisco, a la Agencia Estatal de Administración Tributaria. Es cierto que, desde el año 2012 las empresas que facturen más de 6.010.121,04 de euros al año, las cuales deben, asimismo, presentar autoliquidaciones del IVA mensuales[4], están obligadas a incorporarse al Suministro de Información Inmediata (SII) para fiscalizar los libros de registro del IVA. Es decir, a un sistema de llevanza de libros de registro de facturación, a través de la Sede electrónica de la Agencia Tributaria que supone la comunicación en un tiempo casi real para las empresas escrutadas. Por debajo del nivel de facturación indicado, el resto de empresas quedan facultadas para recurrir a ese sistema para compartir sus facturas.

La novedad, pues, consiste en forzar a todas las personas que ejerzan una actividad económica a compartir en tiempo real sus facturas con el Fisco. La incorporación al primero excusa de la obligación al segundo, de manera que, si se cumplen los planes gubernamentales, ambos sistemas coexistirán.

Espacio virtual de delaciones

A partir de una previsión del art. 29.2 j) de la Ley General Tributaria, en los términos dados por la Ley 11/2021, de 9 de julio, y de la aprobación del Real Decreto 1007/2023, de 5 de diciembre. Por esa vía se aprueba un Reglamento de requisitos técnicos de los sistemas y programas informáticos. Y, así, se está preparando ilegalmente el terreno para imponer una nueva obligación a todos los contribuyentes. Y no solo eso. También los cimientos de un espacio virtual de delaciones y discordias entre empresarios y consumidores donde el Fisco se ampliará de facto su competencia de inspección, a ser juez y beneficiario de las denuncias entrecruzadas[5].

Conviene recordar que la mencionada previsión legal se limita a prescribir que los productores, comercializadores y usuarios de los sistemas y programas informáticos o electrónicos que soporten los procesos contables, de facturación o de gestión de quienes desarrollen actividades económicas, garanticen la integridad, conservación, accesibilidad, legibilidad, trazabilidad e inalterabilidad de los registros, sin interpolaciones, omisiones o alteraciones de las que no quede la debida anotación en los sistemas mismos.

Pese a esa desconexión con el precepto legal que invoca, los artículos 15, 16 y 17 del reglamento “técnico”, establecen la posibilidad (que se puede entender como derecho ) de remisión de los registros de facturación generados a la Administración tributaria, siempre que utilicen sistemas informáticos compatibles; su consideración como sistemas de emisión de facturas verificables y la posibilidad de proporcionar “determinada información” al Fisco por parte del receptor de la factura, bien sea empresario, o bien consumidor final.

Verifactu

No obstante esta falta de cobertura legal, el portal de la AEAT anuncia, para antes del 1 de julio de 2025, la obligación de adaptarse de todos los empresarios o profesionales para remitir electrónicamente los registros de facturación a la sede electrónica de la Agencia Tributaria en el momento de su producción.

Si el paulatino despliegue del plan se lleva a cabo, los contribuyentes se verán obligados, además, a adquirir costosos sistemas y programas informáticos o electrónicos, aptos para interconectarse con los equivalentes de clientes y proveedores y las administraciones públicas. Y, en especial, a remitir a Hacienda facturas electrónicas creadas, como se ha indicado, para impedir su alteración, su trazabilidad y la interdicción del llamado software de supresión y manipulación de ventas. Verifactu en la lamentable terminología publicitaria del gobierno para expresar el concepto de factura verificable en la sede electrónica de la AEAT.

Intromisión del Fisco en la libertad de las personas

Ante tanta manipulación, concluyamos que una cosa es que la adopción del formato electrónico para las facturas sea una práctica recomendable en las relaciones mercantiles y comerciales actuales. Puede ser, incluso, conveniente, aunque no necesario, que los poderes públicos insten a los productores de los sistemas informáticos o electrónicos de contabilidad, facturación o gestión a garantizar su integridad. Y que exija determinadas precauciones para evitar la manipulación de su contenido. Asimismo, que una Administración al servicio de los ciudadanos facilite las comunicaciones y el envío de documentos electrónicos (entre otros de las facturas) a sus distintas instancias, incluido el Fisco.

Pero otra cosa muy distinta es la imposición de la obligación de enviar a la sede electrónica de la AEAT las facturas y registros contables por parte de todas las personas físicas y jurídicas que desempeñen actividades económicas. Se llame SII o Verifactu. Supone una intromisión intolerable en la libertad de las personas, sometidas a un régimen de sospecha y coacción permanente por parte de Hacienda.

Ahora bien, convertir la sede electrónica del Fisco (después de su ensayo, curiosamente, en las haciendas forales vascas) en un espacio virtual para que el Fisco señoree y aproveche el campo de Agramante de denuncias cruzadas entre emisores y receptores de facturas, bien sean empresarios o consumidores, significa imponer un régimen de terror fiscal propio de un estado totalitario.  


Notas

[1] Sentencia de la Sección 2ª de la Sala de lo Contencioso Administrativo del Tribunal Supremo de 11 de julio de 2023, que, estimando el recurso de casación de la Asociación Española de Asesores Fiscales [“AEDAF”] contra una sentencia anterior de la Audiencia Nacional, anuló los artículos 9.1, 15.1 y 4, así como de la disposición final primera, apartado 1, de la Orden HAC/277/2019, de 4 de marzo, en cuanto que imponían la obligación de presentar la declaración anual del IRPF por medios electrónicos a todos los sujetos pasivos del impuesto.

Esto está en contra del principio general tributario fijado en el artículo 96.2 de la Ley General Tributaria. Éste reconoce el derecho de los ciudadanos, que no obligación, a utilizar los medios electrónicos. Y el deber de la Administración de promover su utilización. También reconoce la interpretación de las condiciones de la habilitación reglamentaria encomendada al Ministro de Hacienda por los arts. 98.4 LGT y 96.5 LIRPF, en relación al art. 14.3 Ley de Procedimiento Administrativo Común. Id Centro documentación judicial: 28079130022023100235.

[2] Concretamente la Disposición final 2ª del Real Decreto-ley 8/2023, de 27 de diciembre. Por medio de ella se adoptan medidas para afrontar las consecuencias económicas y sociales derivadas de los conflictos en Ucrania y Oriente Próximo. También se palían los efectos de la sequía. En esta degeneración absoluta del proceso legislativo que impulsa el gobierno actual para conducir a un régimen autoritario, nos encontramos con la corrupción máxima.

Durante cierto tiempo, a finales de año, otros gobiernos anteriores, que, inexplicablemente desde una perspectiva jurídica, no toparon con las declaraciones fulminantes de inconstitucionalidad del TC que habrían correspondido, proponían “leyes ómnibus” o “de acompañamiento de la ley de presupuestos” para retocar toda la legislación que les apetecía. Al menos los trámites legislativos ordinarios permitían una revisión parlamentaria por parte de ambas cámaras. El gobierno actual ha ascendido en la escala de iniquidad. Ha dado forma de decreto ley a todos sus caprichos legislativos, sin ningún tipo de extraordinaria y urgente necesidad que lo justifique. Las Cortes Generales se limitan a convalidar lo que cocinan fuera el gobierno y sus socios.

[3] Por la velocidad y los visos que va tomando ya es mucho más que motorizada. https://ijmpre2.katarsisdigital.com/ijm-actualidad/analisis-diario/el-positivismo-juridico-y-la-tirania-ii/

[4] Art. 62.6 y 71.3.5º del Reglamento del IVA.

[5] Creo también que los creadores de esta cámara virtual de los horrores saben perfectamente que implementar un sistema de este tipo requerirá multiplicar las plantillas de servidores públicos encargados de tramitar la previsible marabunta de expedientes tributarios motivados por las remisiones de facturas por parte  de los consumidores. El riesgo moral para éstos de obtener una ventaja en sus relaciones comerciales privadas  e, incluso, extorsionar a los empresarios parece evidente. 

El espectro del estancamiento brezhneviano

Leonid Brézhnev gobernó la Unión Soviética durante casi dos décadas, entre 1964 y 1982. Probablemente, fueron las dos mejores décadas de la Unión Soviética y del campo socialista en general. La paz interna, la prosperidad y la estabilidad caracterizaron este periodo. El elevado crecimiento económico y la abundancia, cada vez mayor, de productos de consumo permitieron, por fin, sentir también las ventajas del bienestar a los ciudadanos. Parecía que la Unión Soviética había enterrado con éxito los salvajes años estalinistas y las caóticas reformas de la era de Jruschov.

La estabilidad interna vino acompañada de éxitos en política exterior. Vietnam del Norte, apoyada por los soviéticos, resistió a la maquinaria bélica estadounidense y se anexionó también el sur. Aumentó la influencia soviética en África y las tropas cubanas ayudaron al régimen poscolonial de Angola. La izquierda se hizo cada vez más fuerte en América Latina y consiguió hacerse con el poder en varios países. La literatura académica y la maquinaria propagandística soviética anunciaban que la Unión Soviética había llegado a la etapa del “socialismo desarrollado”, una nueva cima de la fase de desarrollo: humanismo socialista, estabilidad y seguridad, y creciente bienestar.

“La era del estancamiento brezhneviano”

Sin embargo, en menos de dos décadas tras la muerte de Brézhnev, esta era fue acuñada por Gorbachov como la “era del estancamiento brezhneviano”. Lo que en apariencia había sido un éxito, se había convertido en poco tiempo en un fracaso que socavaba la viabilidad del modelo soviético. El factor clave del cambio de percepción de la era Brézhnev es la cuestión de las llamadas reformas del sistema soviético-socialista.

Para comprender este proceso, hay que volver la vista atrás. Lenin fue el heredero del punto de vista más radical de Marx. El Estado y la Revolución, escrito en 1917 muestra la materialización de los sueños utópicos radicales de Marx. Lenin pretendía establecer un sistema económico completamente centralizado y estatal. Tras el colapso del régimen zarista, logró dar un golpe de Estado y terminó con el gobierno socialdemócrata-liberal moderado. La dictadura leninista se embarcó inmediatamente en la creación del Estado comunista.

Lenin no sólo era un visionario, sino un astuto político real. Y, pronto, se dio cuenta de que era imposible instaurar el comunismo total. Inició modestas reformas orientadas al mercado para permitir el funcionamiento de los mercados en la agricultura y evitar al menos el hambre inmediata y la amenaza de revueltas en contra de la dictadura. Estas reformas fueron abolidas por Stalin en 1928. La campaña de colectivización de la agricultura fue el inicio de una era de terror cuyo objetivo era forzar la industrialización del país.

Jrushchov / Brézhnev

Tras la muerte de Stalin, la era de Jrushchov se caracterizó por introducir tímidas reformas que se acercaran a la economía de mercado con el fin de aliviar el nivel extremo de escasez y tener un nivel mínimo de mejores niveles de vida. Además, se esperaba que estas reformas crearan incentivos locales a nivel de empresa para producir de forma más eficiente y prestar más atención a las necesidades de los clientes.

Cuando Brézhnev llegó al poder, al principio permitió la continuación de las reformas en los estados satélites, sobre todo en Checoslovaquia y Hungría. Sin embargo, la Primavera de Praga de 1968 asustó al régimen. Se dieron cuenta de que incluso un mínimo de reformas creaba un espacio para el pensamiento y las aspiraciones alternativas. Brézhnev, tras aplastar la Primavera de Praga, detuvo todas las reformas y devolvió la planificación estatal bien controlada.

Cambios en China y Occidente

Al mismo tiempo, cuando Brézhnev congeló el sistema soviético, se produjeron dos cambios monumentales en el mundo exterior. Tras la muerte de Mao, China inició una reforma hacia la mercantilización. Las primeras reformas orientadas al mercado se aplicaron en la agricultura, siguiendo el modelo de la NEP de Lenin y las reformas húngaras de comunismo gulash. Pero pronto, la apertura se extendió a la industria y el comercio, y permitió la inversión extranjera directa. Gracias a estas reformas orientadas al mercado, comenzó el meteórico ascenso de China y el rápido aumento del nivel de vida del pueblo chino.

Por otra parte, en Occidente, bajo el liderazgo de Reagan y Thatcher, comenzó la era de las llamadas reformas “neoliberales“, orientadas a dinamizar las economías americanas y europeas aletargadas y en crisis. Las reformas neoliberales buscaban más competencia, posibilidades de renovación empresarial y menos intervencionismo y planificación estatal. Las reformas ayudaron a lanzar un nuevo periodo de crecimiento e iniciaron la transición a nuestro mundo moderno, dominado por los ordenadores, los teléfonos móviles e Internet.

Cuando Gorbachov llegó al poder, en 1985, la Unión Soviética era un monstruo anticuado, pobre y corroído, irremediablemente estancado bajo las garras de la oligarquía del partido y la burocracia estatal que se resistía a cualquier intento de reforma que amenazara su posición de élite. El resto es conocido. Gorbachov intentó copiar las reformas chinas orientadas al mercado, pero la oligarquía se opuso a cualquier reforma. Tratando de romper la posición de poder de los poderosos burócratas, Gorbachov destruyó el Estado soviético y aceleró el colapso del socialismo.

Vivimos un estancamiento brezhneviano

¿Por qué esta historia es importante para nosotros? Porque, a mi parecer, en la actualidad estamos viviendo un periodo parecido al estancamiento de Brezhnev. Me explico.

Tras la Segunda Guerra Mundial, Europa cambió su sistema económico. Abandonó el modelo del siglo XIX de capitalismo competitivo y el modelo de un pequeño Estado no intervencionista. Se embarcó en la creación de una economía mixta, en la que el Estado participa en la dirección de los procesos económicos y equilibra los mercados con un fuerte intervencionismo estatal y medidas del Estado del bienestar.

Este modelo entró en crisis a principios de los setenta. Los años de estanflación exigieron un nuevo enfoque. La reforma neoliberal pretendía dinamizar las economías excesivamente reguladas y dominadas por la intervención estatal que causaba un callejón sin salida con alto nivel del desempleo y inflación. Las reformas de mercado permitieron un nuevo periodo de crecimiento dinámico. Las reformas neoliberales tuvieron tanto éxito que el programa de reformas fue adoptado por los partidos de izquierda moderada y socialdemócratas. El programa de “tercera vía” fue adoptado por líderes históricos como Clinton, Blair, Schröder, Mitterand y Felipe González.

El ejemplo paradigmático de la nueva era fue Suecia en Europa. Suecia entró en una grave crisis a principios de los noventa como consecuencia de las políticas de los socialdemócratas que pretendían sobrepasar el capitalismo. Tras la crisis, surgió un nuevo modelo sueco que, por un lado, creó uno de los mercados más competitivos y, por otro, reformó el monolítico Estado del bienestar para convertirlo en una agencia competitiva que utilizaba métodos de mercado. La doble reforma no sólo permitió superar la crisis e iniciar un nuevo periodo de crecimiento, sino también mantener el Estado del bienestar.

El giro tras la crisis de 2008

Por desgracia, la crisis de 2008 causó un giro político equivocado. Se culpó a las reformas desenfrenadas y neoliberales de la crisis, mientras que la crisis hipotecaria de Estados Unidos, causa clave de la crisis, fue consecuencia de las políticas populistas en materia de vivienda iniciadas y aplicadas por la Administración Bush.

El giro político equivocado condujo al abandono gradual de las reformas orientadas al mercado, al retorno a una creciente regulación estatal y a una campaña de culpabilización contra los mercados. Por esta razón, existe una presión cada vez más fuerte para volver a los años dorados de la reconstrucción de posguerra, dominados y guiados por el Estado, a expensas de los mercados.

Estamos en una era de estancamiento conservador a lo Brézhnev. El nivel de vida es extremadamente alto, en comparación con el pasado o con el resto del mundo. Hay un Estado del bienestar general que se preocupa por nosotros. Gozamos de una estabilidad y seguridad sin parangón en la vida cotidiana, sobre todo, en comparación con épocas anteriores.  Sin embargo, el crecimiento económico se estanca y la falta de dinamismo y crecimiento se compensa con un endeudamiento creciente.  Hoy está todo bien. Mi temor es qué va en un futuro próximo. Especialmente, porque Europa se enfrenta a la competencia sin parangón de las nuevas superpotencias económicas, como China y los países del Este asiático.

Un declive lento y (casi) inevitable

Es prácticamente seguro que no vamos a asistir a un colapso al estilo soviético. La economía mixta europea, incluso en su forma actual, es mucho más competitiva y dinámica que la economía soviética, completamente estatal. Las burocracias estatales son poderosas, pero su poder es menor que en la Unión Soviética. Además, el sistema político democrático es legítimo y ofrece posibilidades de cambio. El verdadero peligro es el fantasma de Argentina. El continuo encubrimiento de la falta de una economía dinámica y competitiva causada por el endeudamiento desorbitado. El espectro es el declive lento y gradual a largo plazo.

Tenemos el modelo exitoso de los mercados competitivos y el poder para detener y cambiar la trayectoria actual. Necesitamos menos regulación y más mercado para facilitar una vida económica dinámica impulsada por la iniciativa empresarial y un nuevo periodo de crecimiento. Este es el camino para acabar con el estancamiento, el desempleo crónico y la pobreza.

Ver también

Socialismo: la economía del desabastecimiento. (Jon Aldekoa).

La trampa marxista: la imposibilidad del socialismo y la falacia histórica de la izquierda. (Andras Toth).

1917, la revolución económica. (José Carlos Rodríguez).

La deshumanización de las masas

En 1729, Jonathan Swift, el padrastro del viajero Gulliver de nuestra infancia, escribió un ensayo satírico en el que proponía, para resolver el problema social y económico de los campesinos irlandeses, que estos, incapaces de alimentar a sus hijos, los vendiesen a los terratenientes como parte de su dieta, solucionando, así, un problema social. Si bien muchos reprobaron el ensayo por su mal gusto, otros vieron en él una crítica, entre otras, a la deshumanización con que unas clases sociales trataban a otras. También a la forma en la que muchos elaboraban sus teorías a partir de desapasionados y fríos cálculos estadísticos. En ellos, los individuos, en este caso los pobres, se reducían a números.

Era una broma

No deja de llamar la atención la de hijos putativos que le están saliendo a Swift casi trescientos años después. Desde el “Eat Your Young” de Hozier, hasta el “The British Miracle Meat” presentado por Gregg Wallace, pasando por el “plato de embrión” de Aduriz, o la propuesta, para la noche de Reyes, de Maria Nicolao, “¿Por qué no nos comemos a los niños?”, en un artículo aparecido en El País el 5 de enero. El artículo se inspira, a lo que parece, en “¿Y si nos replanteamos el canibalismo?” de Pijuan, así como en un artículo de 2017 en el que se describe el valor calorífico de la carne humana del paleolítico (un artículo que puede verse en Nature y que es de libre acceso). Y dice: “La medida acabaría de raíz con la ingesta de azúcar”.

Lo llamativo no es ya sólo que, en una sociedad como la actual, en la que superabunda la información, la gente trate de utilizar imágenes cada vez más desconcertantes para captar la atención del público (eso ya, por desgracia, ni nos extraña). Lo llamativo es la nimiedad, la futilidad de los motivos que aparentemente justifican la utilización de reclamos tan llamativos, de tan mal gusto y que atentan directamente contra la propia dignidad del ser humano. Ante ellos, sin embargo, permanecemos, a lo que parece, insensibles. (“Comámonos a los niños para reducir la ingesta de azúcar en Navidad”).

Banalidades

En su libro Eichmann en Jerusalén, Hannah Arendt acuñó la frase “banalidad del mal” para referirse al mal producido por individuos que ni siquiera buscan ese mal, sino que se limitan a actuar dentro de las reglas del sistema al que pertenecen, sin preocuparse realmente por las consecuencias de sus actos, limitándose, tan sólo, a cumplir las órdenes que reciben (si son legales, se pueden hacer sin mayor problema, sin plantearse nada más, que diría un positivista jurídico).

En esta sociedad postmoderna en la que vivimos, le estamos dando una vuelta de tuerca a ese tipo de “banalidad” a la que se refería Arendt. Ya no es que la existencia de una orden de la autoridad blanquee cualquier tipo de actuación. Es que el bombardeo constante de imágenes aberrantes (canciones, chistes, películas, noticias, videoclips) están insensibilizándonos. Hay una deshumanización a unos niveles realmente llamativos. No ya respecto de acciones contra los enemigos, sino contra cualquiera.

Swift utilizó la idea, de pésimo gusto, del infanticidio para denunciar un grave problema social de su tiempo. Trescientos años después utilizamos la misma idea para denunciar la gran cantidad de azúcar que ingerimos la noche de reyes. En la época de Swift muchos se manifestaron en contra del mal gusto del autor del panfleto mencionado, que apareció como anónimo (algunos, quizás, porque se sintieron atacados con la crítica), hoy parece que a nadie le ha llamado la atención un artículo como el de El País de la noche de reyes.

Libertad, pero responsabilidad

A partir de los planteamientos de Joseph Overton, hay autores, como Joshua Treviño, que postulan una serie de pasos para que una política pública alcance legitimidad (pasando de impensable, a radical, aceptable, sensata, popular y, finalmente, política). Me llamarán loco, pero vamos hacia donde vamos. Que seamos libres no significa que no seamos moralmente responsables al permitirnos a nosotros mismos ver, leer u oír lo que vemos, leemos u oímos… o al decir lo que sea que digamos, aunque sea legal.

Deshumanizarnos o deshumanizar a quienes nos rodean es un mal moral que nos aleja del ideal humano y nos acerca al bruto, esté o no recogido en el Código penal. Y por muy endiosados que nos sintamos, creer que la recepción machacona de todos esos planteamientos aberrantes no nos insensibiliza es ser no ya ingenuos, sino estúpidos.

Se me dirá que yo estoy contribuyendo a todo ello al recordarlo con este artículo. Puede ser. No crean que no me lo he planteado.

Ver también

El efecto humanizador de los mercados. (Santiago Calvo).

Los pobres y Loach. (Carlos Rodríguez Braun).

Hombre-masa y hemiplejia moral. (Álvaro Martín).

Por qué es importante defender el individualismo

La minoría más pequeña del mundo es el individuo. Aquellos que niegan los derechos individuales no pueden pretender además ser defensores de las minorías.

Ayn Rand

Esta cita de la filósofa Ayn Rand define a la perfección la doctrina individualista y se convierte en toda una referencia a la sociedad actual en la que nos encontramos, donde parece que hemos sustituido la democracia liberal (obviando que los derechos actúan de forma particular) por una oclocracia (gobierno de la muchedumbre, tiranía de la mayoría).

El individualismo se basa en la autoridad sobre las propias acciones, asumiendo que sólo uno mismo debe hacerse responsable de sus actos. El individualismo considera a cada persona como una entidad independiente y soberana que posee un derecho inalienable a su propia vida, un derecho derivado de su naturaleza como ser racional. Sostiene que una sociedad civilizada, o cualquier otra forma de asociación, cooperación o coexistencia pacífica entre los individuos, solo puede lograrse sobre la base del reconocimiento de los derechos individuales, y que un grupo, como tal, no tiene ningún derecho, sino los derechos individuales de cada uno de sus miembros.

Colectivismo

Lo contrario a una mente individual es un cerebro colectivo. El colectivismo en sus diferentes formas abunda a lo largo y ancho del mundo, ya sea en forma de populismo, socialismo o nacionalismo, cualquier estatismo o combinaciones de ellas, el individualismo se ha visto relegado a un segundo plano.

El colectivismo domina y reduce a un grupo de personas (da igual si es a una raza, clase o Estado) sosteniendo que el hombre debe de estar encadenado a la acción grupal y al pensamiento único con la excusa de que existe un bien común para toda la sociedad. Como consecuencia, el colectivismo es una herramienta para eximir de responsabilidades. Es un mecanismo para externalizar la culpa y halagar al presunto oprimido. Lo libera de cualquier deber personal, de cualquier compromiso personal ajeno al colectivo: toda responsabilidad se reduce a ponerse a las órdenes de quien manda.

El colectivismo sostiene que, en los asuntos personales (la sociedad, la comunidad, la nación, el proletariado, la raza, etc.) es la unidad de realidad y el estándar de valor. Desde esta perspectiva, el individuo sólo forma parte del grupo, y tiene valor en la medida que le sirve al grupo. Sostiene, así mismo, que el individuo no tiene derechos, que su vida y su trabajo le pertenecen a la tribu y la tribu puede sacrificarlo a su antojo para sus propios intereses.

En la práctica

Las consecuencias del colectivismo han sido devastadoras, especialmente durante el siglo XX donde podemos encontrar sucesos desagradables como: genocidios, hambrunas, represiones y delitos de lesa humanidad. Fascismo, nazismo y comunismo, no fueron cosas opuestas. Fueron bandas rivales luchando por el mismo territorio. Dichas variantes colectivistas se basaban en el principio de que el hombre es un esclavo del Estado, sin derechos algunos. La filosofía de estas tres variantes dio una visión del hombre como un incompetente congénito, una criatura impotente, sin mente, sin motivaciones. Hombres que debían dejarse engañar y ser gobernados por una élite especial que alega algún tipo de sabiduría superior.

El colectivismo no predica el sacrificio como un medio temporal para alcanzar algún tipo de objetivo deseable. Es la independencia del hombre, el éxito, la prosperidad y la felicidad lo que los colectivistas quieren destruir. Los partidarios de esta doctrina están motivados, no por un deseo de felicidad para los hombres, sino por el odio contra el hombre, el odio contra lo bueno por ser bueno y el foco de ese odio, el blanco de su furia apasionada, es el hombre de habilidad.

La principal consecuencia del colectivismo es que quienes lo aceptan plena y consistentemente son incapaces de tener un yo. En la medida en que una persona abandona su mente a los demás, abandona sus medios de decidir qué valor y qué hacer. Por esto mismo, este ensayo es un alegato claro al individualismo, a los derechos individuales, al libre mercado y a la propiedad privada, es decir, una defensa a la libertad.

El trabajo de personas independientes

La libertad se basa en el hecho de que el hombre es un ser productivo. El hombre no puede sobrevivir si no es a través de su mente. Por ello, es un atributo del individuo que no puede estar subordinada a las necesidades, opiniones o deseos de los demás. Otro hombre no puede arrebatársela.

El protagonista de la novela El manantial argumentó así ante el tribunal de defensa sus derechos inalienables:

Fíjense en la historia. Todo lo que tenemos, todos los grandes logros, han surgido del trabajo independiente de mentes independientes y todos los horrores y destrucciones, de los intentos de obligar a la humanidad a convertirse en robots sin cerebros y sin almas, sin derechos personales, sin ambición personal, sin voluntad, esperanza o dignidad. Es un conflicto antiguo, tiene otro nombre: lo individual contra lo colectivo.

En definitiva, el colectivismo es incompatible con una comunidad democrática. Nacemos libres e iguales, a pesar del empeño de sanguinarios y sibilinos, nuevos y viejos, por impedirlo. Es importante enseñar los valores occidentales de la Ilustración y el peligro de las políticas identitarias, para no caer en las trampas colectivistas, presentes en todos los ámbitos de nuestra sociedad.

Hay que afirmar y pelear por la libertad: un liberalismo que ha de ser beligerante o no será.

Ver también

Individualismo, payeses y Josep Pla. (Antonio Nogueira).