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Posibles causas de los errores contra la reserva fraccionaria

Uno de los errores intelectuales más graves y llamativos de algunos liberales de la escuela austriaca de economía es su oposición a la reserva fraccionaria de la banca. Dos pensadores brillantes, influyentes y fructíferos, pero obsesionados contra la reserva fraccionaria y equivocados al respecto, son los principales responsables: Murray Rothbard y Jesús Huerta de Soto. Ambos cuentan con múltiples seguidores más o menos significativos que contribuyen a la propagación de este error.

Dada la metodología científica de la escuela austriaca de economía el error es especialmente preocupante porque podría parecer que la crítica contra la reserva fraccionaria no se plantea como una hipótesis provisional potencialmente explicativa, abierta a crítica y revisión, sino como un axioma apodíctico demostrable lógicamente mediante deducción y presuntamente irrefutable. En este caso, o la lógica no funciona o algunos pensadores que insisten mucho en su importancia en realidad no saben utilizarla con suficiente rigor.

Los errores sistemáticos en este ámbito pueden proceder de sesgos y limitaciones del proceso de enseñanza a los economistas sobre los intercambios, el dinero, el crédito, la deuda, la banca y las finanzas: se confunde una simplificación explicativa de por qué el dinero supera al trueque con la idea de que sólo hay esas dos posibilidades. Es común explicar el origen del dinero por las limitaciones del trueque, lo cual tiene parte de verdad pero es una visión incompleta. El alumno queda con la impresión de que sólo existen dos tipos de intercambios: los directos (trueque), y los indirectos (con dinero). No se menciona, y por lo tanto se ignora, la posibilidad de que se produzcan intercambios incompletos, a crédito, diferidos en el tiempo, en los cuales se entrega un bien o servicio a cambio de una promesa de entrega de dinero en el futuro, generándose así una deuda entre quien da el bien (ahora acreedor) y quien lo recibe (ahora deudor).

La escuela austriaca enfatiza la subjetividad y el carácter dinámico y heterogéneo de las valoraciones de los individuos sobre los bienes, pero no investiga cómo de variables o invariantes son esas preferencias: por lo general ignora la teoría de la liquidez del dinero como invariante de valor.

Al tratar los bancos, se los considera erróneamente como meros almacenes de dinero (con analogías espurias, engañosas y desorientadoras, como depósitos de materias primas, garajes o guardarropas): se asegura, sin presentar evidencias, que los billetes que entregan a sus clientes son certificados de guarda y custodia, y que en los intercambios los individuos en vez de entregar dinero entregan los billetes que dan derecho al mismo. En realidad el billete de banco tiene mucho más que ver con la letra de cambio. También se acusa a los bancos de falsificadores y de cometer fraude al producir más billetes que el que tienen en tesorería, olvidando que el banco tiene otros activos líquidos convertibles rápida y fácilmente en dinero. El desconocimiento sobre contabilidad puede estar en la base de este problema.

Tampoco se considera la posibilidad de que se utilice la deuda como medio de pago (crédito circulante), como complemento o sustituto monetario: la deuda muy segura y a muy corto plazo se monetiza (se usa como dinero entendido en sentido amplio), y así se economiza el dinero en sentido estricto, evitando parte de sus costes y riesgos de producción y atesoramiento. Los bancos, además de intermediarios financieros, son gestores del sistema de pagos y cobros de una sociedad: las deudas entre los individuos pueden cancelarse o compensarse unas con otras sin necesidad de que circule el dinero, el cual sólo se transfiere para los saldos netos no compensados.

La teoría austriaca del ciclo económico enfatiza la expansión crediticia insostenible, la dimensión temporal de la acción y las descoordinaciones de la estructura de producción en relación con el ahorro disponible y las preferencias de consumo: pero no considera que el ahorro, la deuda y la inversión en general tienen una componente temporal y de riesgo, y que al haber intermediarios financieros es posible que se produzca un desajuste entre el plazo y riesgo al que prestan los acreedores al banco (depositantes a la vista y a plazo y obligacionistas) y el plazo y riesgo al cual el banco presta a sus deudores. No hay un solo tipo de interés que la banca central reduzca artificialmente, sino una curva de tipos que la banca en general (privada y pública) manipula de forma insostenible al intercambiar rendimientos por riesgo. Estos desajustes pueden efectuarlos también otros intermediarios financieros: en la crisis actual ha sido principalmente la banca en la sombra, que no utiliza depósitos a la vista.

A los errores económicos se añaden errores legales y éticos: una teoría de la ética de la libertad que interpreta equivocadamente los contratos como transferencias plenas de derechos de propiedad sobre objetos; la confusión entre títulos de propiedad y títulos de deuda; la confusión entre el derecho romano y los principios generales del derecho; la aplicación de normas relativas a contratos de guarda y custodia a entidades de naturaleza diferente.

La crítica contra la reserva fraccionaria de la banca se basa en diversos argumentos económicos y éticos falaces ya refutados. Son falacias porque parecen correctos y sus apariencias engañan: están construidos de tal manera que consiguen convencer y confundir al incauto; no sobrevivirían si sus defectos fueran obvios para todos, tanto novatos como expertos en teoría, historia y práctica monetaria y bancaria.

Diferentes factores epistémicos, psicológicos y económicos, muchos de ellos aplicables a otros ámbitos, permiten explicar por qué se produce este error y por qué se mantiene a pesar de que es un tema que ha sido y sigue siendo conveniente y claramente explicado en numerosos lugares y ocasiones. Los individuos equivocados han asumido ideas erróneas y no las corrigen, y este proceso puede estudiarse como un problema de capacidades e intereses: normalmente uno no cae en el error queriendo, sino por falta de capacidad para detectarlo; mantenerse en él implica no poder o no querer reconocerlo y abandonarlo.

En la generación, mantenimiento y propagación de ideas o memes intervienen emisores y receptores, maestros y alumnos, innovadores y seguidores. Aparte de la aparición original y creativa de una nueva idea, la asimilación inicial de errores se produce generalmente cuando un estudiante es confundido, dirigido por mal camino por un profesor equivocado. Esta circunstancia puede resultar muy nociva: igual que cuando se aprende alguna habilidad psicomotriz, como a tocar algún instrumento musical, es importante no adquirir vicios o manías que luego se enquistan y son difíciles de corregir. Conviene recibir la instrucción adecuada desde el comienzo y no acumular errores y perseverar en ellos: la constancia no siempre es una virtud; a veces es simple obcecación, testarudez, fanatismo.

El equivocado puede estar en una situación peor que el que no sabe nada y al menos reconoce su ignorancia; es mejor no haberse movido que avanzar en dirección contraria a la deseada. Si reconoce su error, entonces sabe cómo no es la realidad, y tal vez además sepa por experiencia propia por qué algunas ideas son falaces y pueden engañar a otros. Muchos especialistas en procesos de aprendizaje y en empresarialidad recomiendan equivocarse mucho y rápido: pero este consejo sólo tiene sentido si se obtiene alguna lección de los fracasos.

La economía conductual muestra la importancia del sesgo de confirmación en los seres humanos: se tiende a buscar pruebas de que uno tiene razón, se evita o distorsiona la información que es inconsistente con lo que uno previamente cree, se ignoran los argumentos que provocan el dolor de reconocer que uno se ha equivocado y no es tan inteligente como creía. No es lo mismo no saber nada sobre un tema que tener ideas preconcebidas incorrectas acerca del mismo. Si un alumno tiene interés y capacidad, aun partiendo de cero es posible enseñarle y conseguir que aprenda. Pero si lo que cree saber y le sirve de fundamento es lo opuesto a la realidad, si tiene ciertos prejuicios erróneos que no está dispuesto a abandonar, entonces su progreso intelectual será difícil o imposible: su apego, tal vez fervoroso, por las pseudoexplicaciones en las que cree, le impedirá comprender las explicaciones correctas y otras ideas que conectan con ellas. Para conseguir avanzar primero debe revisar lo que cree saber, reconocer sus errores y superarlos.

No hay ninguna forma de garantizar por completo que los maestros no se equivocan, y cuando un aprendiz comienza con algo, por definición no sabe, y por tanto tal vez no puede juzgar, analizar críticamente y filtrar adecuadamente las ideas recibidas. Si el profesor comete algún error el alumno tal vez lo asuma y lo haga suyo: es común memorizar sin comprender. Si se recibe gran cantidad de información e ideas, tal vez no sea posible comprobarlo todo; si hay muchas partes del conocimiento válidas tal vez se crea que todo el conjunto es correcto, que todas las piezas encajan, y no se detecten los detalles problemáticos.

El maestro no tiene por qué ser un estafador: seguramente está autoengañado, convencido de la corrección e importancia del presunto conocimiento que transmite. Abundan los economistas que afirman cosas contradictorias, luego algunos pensadores necesariamente están equivocados y sin embargo enseñan e incluso crean escuela, reciben premios y reconocimiento público. Quizás el profesor tiene mucho carisma, comunica con pasión, es simpático, generoso, atractivo, persuasivo, seduce al alumno. Tal vez el aprendiz cree que conviene no llevarle la contraria para tener una buena relación con él y obtener buena nota o algún avance académico o profesional.

El riesgo de transmisión de errores es mayor cuando se aprende de una sola fuente o de un conjunto de fuentes homogéneas y dependientes unas de otras, como puede ser el caso de un grupo cerrado y sectario que no fomente la crítica autónoma. Los grupos humanos formados por individuos con ideas o intereses semejantes tienden a cerrar filas: los miembros comparten dogmas, se apoyan mutuamente y fomentan la conformidad, rechazando al heterodoxo, hereje o blasfemo. Si se asimila una explicación convincente pero errónea, para corregirla será necesario recibir una argumentación contraria que tal vez no exista o que no esté disponible para el individuo, que suele rodearse de quienes piensan igual que él y comparten sus mismas limitaciones.

Algunos memes consiguen permanecer en las mentes de sus portadores, a pesar de su falsedad o incorrección, porque consiguen conectar con sus mecanismos emocionales y ser queridos. Son ideas que no dan igual, sino que el sujeto las aprecia como suyas, valiosas e importantes, y no quiere perderlas. Son memes atrincherados que defienden su posición privilegiada dentro de la mente contra invasores externos que podrían expulsarlos y eliminarlos: el individuo no tiene ideas sino que las ideas lo tienen a él. El componente emocional puede reforzarse mediante mecanismos de indignación moral que dificultan el análisis imparcial y objetivo.

Ciertos errores intelectuales, como el socialismo y el estatismo, persisten porque benefician a determinados grupos de interés: algunos de sus defensores se autoengañan porque su sustento depende de la incomprensión de ciertos asuntos. Otros errores permanecen porque sus portadores no desean asumir el dolor psíquico de su reconocimiento.

Algunas ideas absurdas distintivas sirven como identificadores de pertenencia a un grupo y prueba de lealtad al mismo, de modo que se defienden con orgullo porque abandonarlas implica desertar o traicionar al colectivo, ser desleal y arriesgarse a ser repudiado, perdiendo posibles relaciones de cooperación y capital social. Al reconocer un error uno no sólo se humilla a sí mismo sino que deja en evidencia a todos los demás que comparten dicho error. Es común no realizar ciertas críticas o suavizarlas por el deseo de llevarse bien o por el miedo a individuos en posiciones de poder y a la reacción de todos sus fieles seguidores. Los dogmas de fe y los líderes sirven como focos para coordinar y cohesionar un grupo. Atacar esas ideas y a esos líderes es atacar al grupo y a todos sus miembros, lo cual seguramente provocará un contraataque, que algunos realizarán con especial dedicación e intensidad para demostrar su lealtad y ganar puntos ante los correligionarios.

Las críticas correctoras pueden doler, molestar o incluso resultar ofensivas para algunos. Pero la solución de ciertos problemas requiere hablar clara y abiertamente aunque las verdades resulten inconvenientes o incómodas: censurar, contemporizar y callar para llevarse bien quizás sólo sirva para que la situación se mantenga o se agrave. Conviene practicar el sentido del humor, reírse uno de sí mismo y sus naturales limitaciones, no tomarse demasiado en serio.

En teoría la ciencia funciona mediante prueba y error objetivas, generación, crítica y comprobación imparcial de ideas: en realidad muchos pensadores (seguramente casi todos) quieren dejar huella, ser aplaudidos, crear escuela, conquistar muchos seguidores, incrementar su prestigio e influencia, mostrar lo brillantes que son, cuánta razón tienen y lo mucho que saben en comparación con otros competidores, que naturalmente están equivocados por no tener las mismas ideas (el estatus intelectual es un bien posicional). Cuanto más poder tenga un científico, más daño puede hacer si está equivocado y utiliza su prestigio e influencia para propagar sus errores y bloquear su revisión. De ahí el dicho de que en ocasiones la ciencia avanza tras los funerales de aquellos intelectuales dominantes que obstaculizan su progreso.

La argumentación racional surge evolutivamente no tanto para conocer la realidad sino como herramienta para vencer y convencer en discusiones contra otros y defender el estatus del individuo como pensador inteligente e influyente. Por este motivo para muchas personas reconocer errores es emocionalmente difícil, sobre todo si estos son importantes: no sólo implica perder referencias y fundamentos y quedar desorientado; también supone una posible pérdida de estatus, algo muy importante para los seres humanos como animales hipersociales.

Reconocer públicamente los propios errores y responsabilizarse de ellos es un acto de gran integridad intelectual; pero algunos individuos quizás se avergüenzan, estiman que eso implica una pérdida de capital intelectual y personal que no están dispuestos a asumir, de modo que prefieren distraer la atención, no darse por enterados, no dar la razón al otro; pueden también tratar de huir hacia adelante, seguir engañados, repetir los malos argumentos una y otra vez, recurrir al principio de autoridad, proponer ideas progresivamente más absurdas y disparatadas, enfatizar, resaltar y perseverar en las mismas malas ideas. El problema de no reconocer los errores es mayor cuanto más haya insistido un pensador en la corrección, importancia y originalidad de las ideas que resulten ser falsas y cuantas más oportunidades haya desaprovechado para revisarlas: hay más evidencias y el daño provocado es más grave.

Otra forma de decir que el capitalismo reduce la pobreza

¿El capitalismo reduce la pobreza? ¿El socialismo la aumenta? ¿La mezcla de ambos la reduce a veces y la aumenta en otras?

Como soy un gran aficionado a la columna semanal del gran profesor Rodríguez Braun, siempre tengo presente que no vivimos en un sistema liberal y, por ende, los males que aquejan a nuestra sociedad difícilmente pueden ser achacados al capitalismo, o neoliberalismo, como tantas veces se empeñan en demostrar los diferentes intelectuales de izquierda.

Por otro lado siempre me han gustado bastante aquellos artículos y ensayos donde se demuestra con datos cómo la pobreza se ha ido reduciendo progresivamente gracias a la implantación de la globalización en el mundo.

Pero claro, cualquier defensor del socialismo puede darle la vuelta a la tortilla y defender lo contrario: la socialdemocracia es la que reduce la pobreza y el capitalismo la que provoca todos los problemas que aquejan al mundo actualmente.

Evidentemente un análisis más profundo de la situación deja a los defensores del socialismo bastante mal parados y terminan dándonos la razón a los que defendemos que más libertad es sinónimo de más prosperidad. Pero claro, solo una minoría llegaría a prestar atención a este tipo de análisis y, por tanto, no nos puede extrañar que siga siendo tan enormemente popular achacar al capitalismo todos los males existentes, y muchos inexistentes, mientras que el socialismo, gracias a sus benditas buenas intenciones, acaba siendo siempre el bueno de la película.

Es por esto por lo que personalmente prefiero no utilizar los términos capitalismo o socialismo cuando analizo con el común de los mortales los beneficios y perjuicios del sistema imperante. Prefiero, en cambio, concentrarme en cosas tan básicas como la violencia. Principalmente como la renuncia a ella en una sociedad tiene el efecto de enriquecerla inmediatamente.

No deja de ser lo mismo que defender el capitalismo pero tiene la ventaja de no tener que perder el tiempo desetiquetando en la cabeza de tu interlocutor un montón de cosas que nada tienen que ver con el liberalismo. También te permite exponer tus argumentos sin que él vea en peligro creencias prácticamente inamovibles asentadas sobre las buenas intenciones en las que se basa el socialismo.

Aunque tiene la desventaja de ser solamente útil con aquellas personas que no sean férreos defensores de utilizar la violencia para conseguir sus fines. Lo que curiosamente, según mi experiencia, es más común en los simpatizantes de izquierdas que en los de derechas. Lo que me indica que el pacifismo y la cultura de la no violencia, que tan útil ha sido a la propaganda socialista, seguramente terminará siendo la causa de su desaparición. Aunque reconozco que puede ser un exceso de optimismo por mi parte.

Volviendo al tema, por muy buenas intenciones en las que base una persona sus creencias, si rechaza la violencia tiene un camino ya trazado para reconocer las bondades del capitalismo. Aunque para ello, paradójicamente, haya que eliminar cualquier cartel donde aparezca la dichosa palabra y así no asustarle en su recorrido. 

Por ejemplo, es bastante difícil convencer a una feminista que obligar a las empresas a contratar mujeres, por el simple hecho de ser mujeres, es malo para la sociedad. Puedes enseñarle gráficos, puedes intentar que entienda el punto de vista del empresario, pero lo cierto es que seguirá pensando que los beneficios económicos de la paridad serán superiores a sus desventajas inmediatas, y en todo caso, siempre terminará pensando que los beneficios sociales son superiores y deben ser prioritarios.

Hablarle a alguien así del liberalismo es predicar en el desierto; en cambio, atacar sus medios, en vez de sus fines, tiene mejor resultado. Puede ser verdad que el beneficio de que las empresas contraten a mujeres en base a términos de paridad termine siendo enorme (lo dudo, aunque la gente puede creer en lo que quiera), pero el hecho de que sea obligatorio, que se base en la amenaza de la violencia contra el empleador, es lo que provoca que la sociedad retroceda éticamente, y por ende, económicamente.

Lo que, con muchos más ejemplos y muchísima más suerte, puede conducirnos al consenso de que es la renuncia a la violencia, y a la amenaza de la misma, la que lleva a una sociedad a prosperar y no uno u otro sistema político. Y llegados a ese punto es posible que nos podamos atrever a decirle a nuestro interlocutor que una sociedad donde las personas renuncian a la violencia para tratar sus asuntos es en realidad una sociedad libre. O sea, una sociedad capitalista.

Las cataratas ideológicas

Los costarricenses y los salvadoreños acudirán próximamente a las urnas. En ambos casos lo que está en juego no es la administración del Gobierno, sino el modelo del Estado. En los dos países existen candidatos antisistema, verdaderos dinamiteros políticos, con algunas posibilidades de triunfar.

Los dos políticos son marxistas, o vecinos de ese viejo y desacreditado disparate, indiferentes a la realidad, convencidos de las virtudes del colectivismo, de la planificación centralizada y de la superioridad moral y práctica del Estado para dirigir la sociedad, producir, asignar recursos y repartir la riqueza, pese a la catastrófica experiencia del socialismo real.

Los dos se dicen progresistas, aunque admiran a las sociedades que menos progresan en América Latina. Ambos simpatizan con la dictadura cubana y con el chavismo, no obstante la evidencia de que la isla caribeña es un minucioso desastre desde hace 55 años, mientras Venezuela es el país peor gobernado de América Latina, si lo juzgamos por los niveles de inflación, corrupción, crímenes, desabastecimiento y éxodo constante de capital humano. 

Realmente, es sorprendente que los dos personajes no entiendan las ventajas de la democracia liberal, combinada con la existencia de la propiedad privada y el mercado, como fórmula para generar riquezas, fomentar enormes sectores de clases medias y sacar de la pobreza a los más necesitados. Es como si las convicciones políticas les hubieran creado unas cataratas ideológicas que les impidiesen examinar la realidad objetivamente.

Es muy sencillo revisar el Índice de Desarrollo Humano que todos los años publica la ONU y comprobar que los veinticinco países más prósperos y felices del planeta, aquellos a los que acuden en masa los trabajadores del Tercer Mundo en busca de un mejor destino, son, precisamente, naciones en las que prevalecen las libertades económicas y políticas, aunadas a los principios con que surgieron nuestras repúblicas.

Aunque las consecuencias de las gestiones no sean igualmente positivas, porque en los buenos o malos resultados intervienen muchos factores imponderables, nada que no sea mejorable cambia cuando los que gobiernan son socialdemócratas, liberales, libertarios, conservadores o democristianos, variedades todas de la misma familia de la democracia liberal, como prueba el hecho de que esas formaciones logran forjar alianzas temporales sin dificultades insuperables y son capaces de rectificar sin violencia los errores cometidos.

Pueden ser repúblicas presidencialistas o monarquías parlamentarias, países diminutos o enormes, pero todos comparten los mismos valores y tienen similares características institucionales: democracia plural, respeto por los derechos humanos, cambio periódico de las autoridades mediante elecciones libres, división de poderes, igualdad ante la ley, meritocracia, rendición de cuentas, respeto por la propiedad privada, mercado, competencia y una suerte de principio de subsidiariedad.

En esas naciones, hoy, tras más de cien años de experiencia, saben que el Estado sólo debe convertirse en agente económico, y siempre con carácter provisional, en los pocos ámbitos en que la sociedad civil no sea capaz de actuar. Casi todos coinciden en que los ciudadanos no deben vivir del Estado, sino al revés: es el Estado el que existe gracias al esfuerzo de los ciudadanos.

Esa fórmula, la democracia liberal, la más exitosa que ha conocido la historia, además, otorga a la sociedad civil la posibilidad de exigir a los funcionarios que cumplan con su deber, siempre subordinados a la ley, porque son servidores públicos. Se les paga para que obedezcan a la sociedad de acuerdo con las reglas aprobadas, no para que la manden a su antojo.

Es posible que los dos candidatos ultrarradicales, el tico y el salvadoreño, defiendan sus propuestas políticas afirmando que en sus países ese modelo no ha dado los mismos resultados que en las veinticinco naciones de marras, pero no hay la menor duda de que la culpa no es del modelo, que ha funcionado en todas las latitudes y en todas las culturas, sino de quienes lo han aplicado torpe o limitadamente.

Lo que se necesita en América Latina son buenos reformistas democráticos y no malos dinamiteros. Ya sabemos lo que ha sucedido cuando los malos dinamiteros de la izquierda y la derecha han experimentado con el fascismo, el militarismo, el comunismo, las terceras vías o esa amalgama autoritaria a la que llaman socialismo del siglo XXI. Ojalá que ticos y salvadoreños no caigan en ese abismo insondable. Luego es muy doloroso escapar de este miserable agujero.

elblogdemontaner.com

El Fondo Monetario y las recomendaciones de la cigarra

Países como Italia, o España, casi han vuelto a la situación ‘pre-crisis’– Christine Lagarde

The Fund is acting as enforcer of the banks’ loan contracts – Karen Lissakers (FMI)

La frase que encabeza el articulo parecería una broma si no fuera porque “volver a la situación pre-crisis” para el Fondo Monetario Internacional es colocar deuda, mucha y barata. Lo demás “pre-crisis” no importa. Si hay seis millones de parados, un 100% de deuda sobre PIB, si el déficit supera los 70.000 millones de euros o si la actividad industrial ha caído a niveles de 2004, o la renta disponible se ha cercenado un 25% con fiscalidad confiscatoria, eso no importa. Lo que importa es que se emite rápido, bien y con alegría. Baja la prima de riesgo a 196 puntos básicos… todo va bien.

Sí, la economía española está mejorando, y más rápidamente de lo que se esperaba, pero queda mucho, mucho por hacer.

Cuando uno lee de Christine Lagarde, directora gerente del FMI, frases como la del encabezamiento, o que los “bancos centrales han sido los héroes de la crisis”, le entra más preocupación que esperanza. Es como decir que los virus son los héroes de los hospitales porque sin ellos los médicos no tendrían trabajo.

En los últimos treinta años el mundo ha vivido más de 100 crisis financieras de enorme calado. Casualmente esos periodos de expansión de burbuja y crisis posterior (boom and bust cycles) vienen dictados por las políticas de los bancos centrales y las ‘recomendaciones de la cigarra’ del FMI, que los estados, enganchados a la deuda, están encantados de seguir. Gastar y endeudarse cuando hay tipos bajos y exceso de liquidez y, cuando explota todo, supuestas “austeridades” que esconden mantener a toda costa el peso del estado y supuestas “liberalizaciones” que han sido en gran parte fiascos donde el gobierno seguía manteniendo una intervención masiva.

Bajar tipos y aumentar masa monetaria para acentuar las burbujas y el exceso de crédito, y luego, cuando explota… bajar tipos y aumentar masa monetaria.

A la enorme mayoría de las crisis financieras se ha llegado desde la intervención masiva a través de la creación de dinero y crédito excesivo y se han intentado solucionar buscando mayor intervención aun. Lean The Origin of Financial Crises: Central Banks, Credit Bubbles and the Efficient Market Fallacy, de George Cooper para aterrarse con los datos. El Fondo Monetario Internacional ha respondido a todas ellas de la siguiente manera:

– Aceptando las medidas de los gobiernos y bancos centrales sin analizar los detalles y siempre ignorando los riesgos de extrema liquidez. 

– Recomendando unas supuestas liberalizaciones y planes de austeridad que, o no se han llevado a cabo para nada, o se han dirigido, como en la crisis europea, a sostener a toda costa las estructuras estatales hipertrofiadas. Casi todas las “medidas de austeridad” implementadas en treinta años han recaído en recortes en la inversión, y no en el gasto corriente, lo que debilita aún más a las economías.

– Equivocándose casi siempre en las estimaciones. Pongan el caso de Grecia, o de Latinoamérica, … o de España. Las equivocaciones en las estimaciones de crecimiento, y paro, han sido brutales. Hasta un 300% de error. En Grecia estimaban una caída del PIB del 5,5% y fue del 17% (entre 2009 y 2012). Ahí es nada.

– Y terminando pidiendo perdón por “no haber estimado correctamente” los efectos, recomendando… Lo han adivinado: gastar y endeudarse.

De esas cien crisis de los últimos treinta años casi siempre han salido los países más endeudados y más frágiles. “Salir de la crisis” para el FMI es que en la OCDE haya aumentado el total de deuda un 40% desde 2008.

El Fondo Monetario Internacional tiende a equivocarse con demasiada frecuencia en sus estimaciones, y además, siempre toma los excesos de optimismo de los mercados financieros como resultado de mejoras reales, obviando elementos tan importantes como el exceso de liquidez o los efectos negativos de la intervención monetaria masiva. Pero sobre todo, el problema del Fondo Monetario Internacional es que actúa como una especie de Departamento de Comunicación Corporativa para Estados y Bancos. Cuando hablan de “medidas estructurales”, pero no se cambia nada, como en Europa, lo aceptan. Palabra de gobierno, palabra de santo.

¿Por qué? Porque al FMI no le interesa realmente la situación financiera total o la fortaleza económica. Le interesa que se pague la deuda, pero no que se reduzca, sino que se emita bien.

Y es ahí donde la visita de Rajoy Washington el lunes es muy importante. No caer en la trampa de las ‘recomendaciones de la cigarra’ y no entregarse al triunfalismo igual que no caímos en el desastre garantizado de pedir el rescate que reclamaba tanta gente.

El Gobierno de España se presenta con datos esperanzadores para su visita a Washington. Un paro que ha caído en 147.000 personas, con aumento de la afiliación de 64.000 en diciembre, el consumo repuntando, una balanza comercial saneada y un crecimiento estimado que superará en mucho la previsión del propio FMI (+0,2%). Esa será la noticia del día. “El FMI apoya las medidas del gobierno y revisa al alza sus perspectivas económicas”. ¡Todo va bien!. Pero no podemos caer en la autocomplacencia.

Lo que más importa desde el punto de vista del FMI son las comparaciones entre 2014 y 2013, y van a ser espectaculares por el efecto rebote, aunque las cifras sigan siendo preocupantes. Ojo con entregarse a la euforia y recaer. Por ejemplo, pasar de un déficit del 7% al 5,5%, aunque sea una acumulación de deuda de unos 125.000 millones de euros, compara muy bien. Reducir el paro en 200.000 personas o más (calculo hasta 500.000) en 2014 compara estupendamente a pesar de que la cifra de paro siga siendo excesiva.

España seguirá mejorando en exportaciones. Un incremento anual de exportaciones del 5% en 2014 y 2015 esperado es una cifra potente, pero el total no deja de ser menos del 35% del PIB.

Por supuesto, hay que añadir una prima de riesgo que ha caído a niveles de 2007 gracias a la fiesta de liquidez global, el “search for yield” (búsqueda de rentabilidad en bonos) y disipar la percepción de riesgo de salida del euro o de hacer esas quitas monstruosas que algunos recomiendan como solución. Cuidado, porque la deuda publica crece tanto en stock (volumen) como en flujo, como en porcentaje del PIB.

España se presenta con una recuperación incuestionable, muy positivos cambios estructurales en el modelo ladrillero de “estimular la demanda interna” creando sobrecapacidad, pero con unas necesidades de refinanciación en 2014 de más de 200.000 millones de euros, un déficit que sobrepasará los objetivos, un crecimiento muy lejos del potencial por un esfuerzo fiscal excesivo como comentábamos en Impuestos y Burocracia, Escollos a la Recuperación y un gasto publico que sigue por encima de los niveles de pico de burbuja de 2007, y superará el 50% del PIB incluyendo empresas públicas.

En el lado de la deuda privada corporativa, esta se ha reducido un 16% desde 2010, pero sigue siendo muy alta, hasta un 35% superior a Estados Unidos Reino Unido. Esto quiere decir que el famoso mantra keynesiano de que “el estado se endeuda –oh, qué generoso- para permitir el desapalancamiento de empresas y familias“, no se da. Se ha disparado la deuda pública y mantenido el gasto político, pero la reducción de deuda privada ha sido muy inferior al aumento de la del estado. En total, la deuda acumulada del país no ha bajado desde 2010.

Ante esta situación, esperanzadora y positiva, incuestionablemente, pero con enormes desequilibrios, es muy tentador relajarse, y aún más tentador sacar la chequera en blanco del gasto  público. Pero cuando el entorno de crédito, la fiesta de la liquidez y el optimismo se contengan, deberemos afrontar unas necesidades de refinanciación anuales que no pueden dispararse a más de 300.000 millones de euros en 2016 mientras “nos recuperamos” un 1% o un 1,5% anual. Es cavar más el hoyo. Porque el invierno llega. Y entonces el FMI recomienda cosas tan "fantásticas” como “confiscar un porcentaje de los ahorros privados”. Eso sí, dirá que perdonen, que se equivocó. Paga usted.

La guerra contra la pobreza

El pasado 8 de enero se cumplieron 50 años del primer discurso que ofreció el presidente Lyndon Johnson ante el Congreso. No habría pasado a la historia de no ser porque en ese discurso lanzó lo que él mismo llamó, y así ha quedado acuñado desde entonces, una “guerra contra la pobreza”. No se refería a la que libraba contra el Viet Minh, sino a una guerra virtual contra la falta de medios de una parte amplia de la población de aquel país. Una situación que, bajo el nombre de “pobreza”, alcanzaba según el presidente Johnson a “una de cada cinco familias”.

La pobreza era entonces un asunto de debate. Dos años antes del discurso, en 1962, Michael Harrington había publicado un libro titulado The other America: Poverty in the United States. Decía, por un lado, que la pobreza afectaba a uno de cada cuatro estadounidenses, y por otro que esa pobreza era “invisible” y sólo recientemente había sido “redescubierta”. Cómo puede ser invisible un grave problema de falta de medios que afecta a unos 47 millones de estadounidenses es una incógnita. Pero el argumento tenía su parte de denuncia a la mayoría de la sociedad de ser insensible con un problema tan grave.

No se puede decir que fuera un problema “invisible”. Pero la pobreza había ido cayendo de forma continuada desde el final de la II Guerra Mundial. El historiador James Patterson considera que “lo que motivaba a Johnson para luchar contra la pobreza, en definitiva, no es el empeoramiento de un problema social, sino la creencia de que el gobierno podía, y debía, entrar en la batalla”. Si una situación está mejorando al margen de la actuación del Estado, lo suyo, desde el punto de vista de la política, es no dejar pasar la oportunidad de sumarse al carro y apuntarse el tanto. Además, entre los sociólogos y pensadores progresistas cundía la idea de que la falta de medios, de “oportunidades”, llevaba a muchos, de un modo bastante automático, a la delincuencia y la marginación. Un apoyo por parte del Gobierno les permitiría escapar de este círculo vicioso. Como expresó el presidente Johnson en su discurso, “mil dólares invertidos en salvar a un joven desempleado hoy pueden rentar 40.000 dólares o más en toda su vida”. Esos 1.000 dólares le han sacado del recurso a la delincuencia, por lo que le recuperan para la sociedad productiva.

Esa “Guerra contra la Pobreza” no se concibió como un programa de ayudas que atrapasen a sectores enteros de la sociedad en la trampa de los subsidios; una idea que tanto a él como a la persona a la que confió la tarea de traducir este lema político en legislación, Sargent Shriver, le repugnaba. La idea era dar “oportunidades” en forma de formación en la escuela, o en formación profesional. También de “acción en las comunidades” a la que no se le otorgaba al principio un gran valor, pero que fue la que acabó siendo más importante. Estaba animada por la Oficina de Igualdad de Oportunidades, cuyo primer director fue el propio Shriver. La actuación del Estado podría hacer desaparecer la pobreza en el plazo de sólo diez años. Eso pensaban los creadores de esta Guerra contra la Pobreza.

Esas expectativas, claro está, no se han cumplido, sea como fuere que uno defina a qué se podían referir con eso de “pobreza”. El Consejo de Asesores Económicos de la Casa Blanca ha publicado un informe con motivo de este cincuentenario. Quiere demostrar que los programas puestos en marcha entonces han sido efectivos (aunque no baratos) y sugieren que el esfuerzo debe renovarse. ¡Justo lo que necesita el siempre candidato Obama para pedir una nueva Guerra contra la Pobreza! Ahora bien, el informe, en su página 16, contiene un gráfico con el porcentaje de la sociedad que está bajo el umbral de la pobreza. El gráfico, que recoge la evolución desde 1959 a 2012, muestra una caída continuada hasta el año 1970. De haber proseguido esa tendencia, la “victoria total” contra la pobreza de la que hablaba Johnson se habría logrado en 1980, aproximadamente. En lugar de ello, lo que describe el gráfico a partir de ahí es una evolución horizontal, en picos, hasta los niveles actuales. Cuando Lyndon Johnson pronunció su discurso, el porcentaje de la población bajo el umbral de la pobreza era del 19 por ciento, y en la actualidad es del 15,0. En estos años, el Gobierno federal se ha gastado en programas para luchar contra la pobreza 16.000 millones de dólares.

Para hacernos una idea de en qué se ha convertido la Guerra contra la Pobreza, según los datos recabados por Michael Tanner, el gobierno federal destinó 668.000 millones de dólares sólo en el año 2012. “Ello supone 20.610 dólares por cada persona en situación de pobreza en los Estados Unidos, o 61.830 dólares por cada familia de tres miembros”. En un solo año. ¿Explica la falta de dinero público el fracaso de estas políticas?

Si la pobreza es falta de medios, su solución, o al menos su mejora, debe provenir de que se destine más dinero. Es una respuesta lógica, aunque no acertada. Lo que rompe la, en principio, inquebrantable lógica de este planteamiento es precisamente lo más importante. La riqueza depende de la producción y del ahorro. Y ambos dependen del comportamiento. Es éste el centro del problema. Este otro planteamiento traslada el problema a la responsabilidad individual, en lugar de buscar una explicación en los grandes males que infringe la sociedad sobre determinados individuos, y que sólo la actuación del Estado puede solucionar. Esta es la idea que inspiró la Guerra contra la Pobreza, y que ha fracasado en estas cinco décadas de vida.

Lo que el dinero no puede comprar

El filósofo Michael Sandel, de la Universidad de Harvard, ha estado este último mes en Madrid hablando de su más reciente libro, Lo que el dinero no puede comprar: Los límites morales del mercado. Diversos medios españoles, como El Mundo, El País o el ABC, se han hecho eco de su principal denuncia: "Hemos pasado de tener una economía de mercado a ser una sociedad de mercado". Hoy en día podemos pagar para que alguien haga cola por nosotros, empresas ponen el nombre a estadios deportivos y estaciones de metro, y se pagan incentivos por perder peso y por leer libros. A Sandel le preocupa que haya muy pocas cosas que el dinero no pueda comprar.

Está claro que hay cosas que el dinero nunca podrá comprar. Por ejemplo el Balón de Oro, un Oscar o un premio Nobel. El Balón de Oro no tendría sentido si no se entregara al mejor futbolista del año, sino al mejor postor. Hay muchas cosas que tampoco podemos adquirir con dinero, como una verdadera amistad, una conversación estimulante o una disculpa sincera. Lógicamente, tampoco se pueden comprar cosas imposibles o que no existen. Homer Simpson parodiaba este extremo en una de sus más célebres afirmaciones: "Tendrá todo el dinero del mundo, pero hay algo que nunca podrá comprar… Un dinosaurio". Obviamente, pese al título del libro, no es este tipo de cosas, las que realmente no se pueden comprar, las que preocupan al autor. 

El terreno se va complicando cuando pasamos a preguntarnos qué no deberíamos poder comprar y vender. La respuesta no puede tomarse a la ligera, pues implica prohibir dichas acciones, es decir, utilizar la fuerza de forma legítima para impedir que alguien las realice. Los liberales solemos limitar nuestra respuesta a unas reglas muy básicas. Debe estar prohibida toda acción que inicie el uso de la fuerza contra otra persona o que violente sus derechos de propiedad, como matar, esclavizar, secuestrar, robar o cometer fraude. No es legítimo, por ejemplo, asesinar a cambio de dinero ni la compraventa de esclavos. Tampoco son estas cuestiones, en principio poco polémicas, a las que se refiere Sandel en su libro. El problema es que tan pronto como se aceptan se olvidan, y de forma continua se proponen excepciones a estas reglas para alcanzar fines particulares por la vía rápida.

Sandel centra su atención en un determinado tipo de transacciones que, pese a ser voluntarias, requerir el consentimiento mutuo de las partes y no existir agresión física contra nadie, no deberían de poder permitirse. ¿De qué tipo de transacciones de trata? Sencillamente, de aquellas transacciones que al propio Michael Sandel no le gustan. Para el autor es éste, en el fondo, el auténtico criterio para determinar qué no debería poderse comprar con dinero.

A lo largo del libro va enumerando casos de intercambios que no le gustan. Es muy probable que al lector también le desagraden muchos de ellos. Posiblemente no nos guste que pueda contratarse a alguien para que haga cola por nosotros, que se den incentivos monetarios para perder peso o fomentar la lectura, que se paguen millonadas por cazar rinocerontes negros en cotos privados en Sudáfrica o que inversores puedan adquirir los seguros de vida de personas que se han puesto enfermas y que necesitan dinero rápido. Otras transacciones nos chocan precisamente por el propio efecto de la intervención del Estado, como la posibilidad de comprar derechos de emisión de CO2 o de adquirir el permiso para tener hijos adicionales en países como China, en el que el gobierno limita el número de hijos que se pueden tener. También existen intercambios que, aunque sean voluntarios, simplemente nos provocan rechazo, como la posibilidad de comprar y vender transfusiones de sangre, riñones para trasplantes o vientres de alquiler.

Michael Sandel, al exponer ejemplos de transacciones que desde su punto de vista no deberían poder realizarse, repite constantemente dos argumentos principales. El primero es que muchos de estos intercambios no son realmente libres si una de las partes es más pobre o se encuentra necesitada. Es la típica confusión entre la libertad, en el sentido liberal de ausencia de agresión o coacción ejercida por alguien, con riqueza o poder. Y la distinción no es irrelevante. Cuando los intercambios son libres, en el sentido liberal, de entre todas las opciones disponibles los individuos tenderán a escoger aquella opción que consideren mejor o menos mala. Pero cuando se prohíben ciertos intercambios voluntarios por existir una situación de desigualdad de riqueza entre las partes, aunque se haga con la mejor de las intenciones, en ningún caso se está ayudando al más débil, sino limitando sus posibilidades. Flaco favor le hacemos al necesitado si de entre las distintas posibilidades que tiene, aunque ninguna nos guste, le impedimos realizar precisamente la que elige.

El segundo argumento es que el mercado puede provocar un "efecto expulsión" de ciertos valores morales o cívicos que van ligados a dichos bienes. Ciertos bienes deberían entregarse por amor, patriotismo o solidaridad. El dinero, dice Sandel, a veces corrompe el bien en cuestión, hace que pierda valor. Sin embargo, cuando se propone restringir intercambios libres argumentando que corrompen el valor de un bien debería saltarnos una alerta mental. ¿Pero el valor de los bienes no era subjetivo, no residía en la mente de los individuos? Puede ser cierto que para muchas personas haya ciertos bienes que pierden valor cuando el dinero entra en escena. Pero habrá otras personas que no opinen así. No hace falta que venga nadie a imponernos sus preferencias, pues si los intercambios son libres cada uno procurará preservar el valor de lo que entrega y de obtener lo que más valora.

Es verdad que, como dice Sandel, el mercado se va extendiendo sin que casi nos demos cuenta. Pero esto no es algo que debamos lamentar, sino que deberíamos celebrarlo. En la antigüedad cada familia consumía lo que producía, había muy pocos intercambios. La vida era material y socialmente mucho más pobre. Hoy en día, sin embargo, casi todo lo que producimos no es para nosotros mismos, sino para que lo consuman los demás. El mercado no deja de ser un proceso social de intercambio por el que millones de personas cooperan de forma voluntaria en el marco de la división internacional del trabajo. El dinero, institución tan denostada por intelectuales como Sandel, hace esto posible. Más que ataques y críticas, lo que el mercado y el dinero merecen es un homenaje.  

Volvemos a 2011

Como si la bolsa o la prima de riesgo fueran oráculos que leyeran infaliblemente nuestro futuro, los medios de comunicación viven estos días una situación de renovado optimismo a cuenta de las recientes subidas de la bolsa española y de la notable reducción de nuestra prima de riesgo. Parecería que, esta vez sí, la economía avanza hacia una saludable recuperación que nos permitirá dejar atrás el amargo trago de una crisis económica que comienza su ya octavo año. ¿Realmente podemos cantar victoria o sería prudente no dejarse llevar por un infundado optimismo que nos conduzca más adelante a la frustración?

Aquí ya hemos estado

“El Ibex 35 sube hasta los 10.800 y la prima de riesgo baja de los 180 puntos básicos”. Éste es un titular que acaso podamos leer en los próximos días pero que, en todo caso, sí leímos en abril de 2011, momento en el que la bolsa y la prima alcanzaron cotas muy similares a las actuales. El recordatorio no busca despertar nostalgias de tiempos pretéritos, sino constatar algo muy sencillo: ya hemos estado en una situación casi calcada a la actual y no salimos bien parados de ella. A la postre, después de abril de 2011 llegó julio de 2012, momento de máxima tensión en el que nuestra economía estuvo a punto de quebrar.

Justamente, lo que sucedió entre mediados de 2011 y mediados de 2012 fue que la supervivencia del euro se puso seriamente en cuestión incluso por la propia Alemania debido a los intensísimos desequilibrios y agujeros financieros presentes en la periferia (comenzando por Grecia y terminando por Francia, pasando por España e Italia). Dado que España no era viable por sí sola y habría sido una clarísima perdedora neta en caso de ruptura del euro, la incertidumbre sobre la Eurozona espoleó la masiva salida de capitales del país con destino Alemania y otras sólidas economías europeas que pudieran actuar como refugio.

Dicho de otra manera, entre mediados de 2011 y mediados de 2012 España —y el resto de la periferia europea— se halló en una situación de pre-quiebra. Lo que cambió en julio de 2012 no fue el buen hacer de Rajoy y Montoro (quienes siguieron en sus trece de machacar a los españoles con más gasto público y más impuestos), sino la mística intervención de Mario Draghi prometiendo, con el plácet alemán, que haría todo lo necesario para salvar el euro. Palabras que, desde entonces, el italiano ha reiterado siempre que ha tenido ocasión, hasta el punto de crear a tal efecto una nueva ventanilla dentro del BCE (la famosa OMT).

Gracias a ello, Draghi ha conseguido estabilizar financieramente a la periferia europea: desde julio de 2012, la prima de riesgo española se ha reducido en 450 puntos (un 71%) y el Ibex 35 ha aumentado un 65%, la prima de Italia ha caído en 330 puntos (un 62%) y su FTSE MIB se ha revalorizado un 55%, la prima de Portugal ha disminuido en 650 puntos (un 65%) y su PSI 20 ha crecido un 61%, y la prima griega se ha recortado en 2.075 puntos (un 77%) y su ASE se ha disparado un 120%.

Actualmente, todas las primas de riesgo de la periferia —no solo la de España— se hallan en unos niveles muy cercanos a los que exhibían en la primera mitad de 2011. Hemos hecho retroceder tres años el reloj. ¿Por qué ahora deberíamos seguir un destino diferente al que seguimos entonces?

¿Ha cambiado algo?

A pesar de las consideraciones anteriores, sería engañoso afirmar de manera taxativa que España se encuentra en una situación exactamente calcada a la de comienzos de 2011. No lo estamos. Algunos de nuestros problemas han mejorado y otros han empeorado.

Entre los primeros —como ya apunté hace año y reiteré posteriormente hace varios meses— cabe destacar la situación del sector exterior (que ha seguido creciendo y reforzando su competitividad, hasta el punto de dar un vuelco en nuestro saldo corriente con el exterior), el desapalancamiento de familias y empresas, la mejor salud financiera de los bancos (lograda, desgraciadamente, a costa de los contribuyentes) y la algo mayor flexibilidad laboral. Entre los segundos, sobresale una mucho peor situación de las finanzas públicas (el endeudamiento público ha aumentado 30 puntos desde principios de 2011, a pesar de que hayamos logrado el pírrico resultado de recortar en 2 puntos el déficit anual), una fiscalidad muchísimo más agresiva contra familias y empresas, una electricidad encarecida debido al mantenimiento de un no-mercado disfuncional y un millón de parados más que, aun con perspectivas tal vez mejores, habrá que recolocar.

En conjunto, pues, no estamos peor que a comienzos de 2011, pero tampoco claramente mejor. La única diferencia es que ahora parece que sí tenemos el respaldo de Alemania para completar nuestro proceso de reestructuración económica y financiera: transitar hacia un nuevo modelo productivo y reducir nuestro endeudamiento total. Es decir, la sustancial diferencia con 2011 es que ahora tenemos más tiempo. Pero, ¿más tiempo para qué?

Tres escenarios posibles

El tiempo que nos proporciona Alemania —en forma de crédito— puede aprovecharse con dos finalidades: ahondar en las reformas y ajustes necesarios (liberalizar la economía y reducir el gasto público y los impuestos) o no hacer nada y aguantar tal como estamos ahora mismo. La primera de las vías es la que defiendo en mi libro Una alternativa liberal para salir de la crisis: pinchar y sanear las tres burbujas que han azotado a España (la financiera, la productiva y la estatal). La segunda vía es la que ha venido implementando el Gobierno desde que alcanzó el poder y en la que parece que ha decidido enrocarse con mayor convencimiento en los últimos meses: aguantar sin reformas esperando que la ansiada recuperación internacional y la dificultosa reestructuración del sector privado nacional consigan generar suficiente riqueza como para tapar los agujeros de las tres burbujas anteriores.

La primera es la vía de la responsabilidad; la segunda es la vía del broteverdismo. Con la primera maximizamos nuestras probabilidades de éxito, con la segunda nuestras probabilidades de fracaso. ¿Que, aun siguiendo la vía de la responsabilidad, podríamos fracasar? Sin duda: el éxito no es inexorable nunca. ¿Qué, aun siguiendo la vía del broteverdismo, podríamos salir adelante? Sin duda: el fracaso tampoco es nunca inexorable. La cuestión es que el Gobierno está poniendo baches a la recuperación en lugar de facilitándola. Su objetivo no es solventar los desequilibrios de la economía española, sino llegar vivo a las siguientes elecciones.

Así las cosas, la vía broteverdista nos abre tres posibles escenarios futuros: uno, el más improbable a mi juicio, que completemos nuestro saneamiento económico a pesar del Gobierno y salgamos adelante; otro, que no lo completemos y Alemania nos vuelva a quitar los soportes, regresando a una situación casi calcada a la de la primera mitad de 2012; y el último, que a pesar de no hacer las reformas y de no completar nuestra saneamiento, Alemania nos siga refinanciando sine die, en cuyo caso entraríamos en un proceso de japonización.

Lejos de celebrar las alzas bursátiles y la reducción de la prima de riesgo, deberíamos preocuparnos de que el Gobierno se duerma otro año más en los laureles salvo cuando se trata de subir impuestos. Está bien no haber quebrado gracias a Mario Draghi; no está tan bien que, merced a ese crédito barato, caigamos en una suicida autocomplacencia.

La sana incertidumbre

La incertidumbre disgusta. A muchas personas les apetece pensar que el futuro es predecible, que nada malo pasará o que, de pasar, sería reversible, pues alguien lo solucionaría y las cosas volverían a ser como antes. Para el más conservador, el lema "cualquier tiempo pasado fue mejor" se convierte en una certeza y no le apetece cambiar si no es a lo que ya vivió o creyó vivir; para el más "progresista", el objetivo a alcanzar es el ideal del "paraíso en la tierra", objetivo para él mismo y, desde luego, para una humanidad sin rumbo, que no quiere aprender qué le conviene.

Cuando termina un año y empieza otro, se llenan los periódicos y noticieros de informaciones relacionadas con predicciones para el nuevo año. Los adivinos profesionales tienen su momento anual de gloria. La salud, el dinero y el amor del "famoseo" llenan unos cuantos artículos repletos de posibles bodas, amores, enfermedades y negocios. Los posibles desastres naturales, guerras, paces y crisis llenan páginas que se consumen con interés, quizá esperando encontrar en ellas las claves para reconducir nuestro propio futuro. Habrá que estar atento.

En un tono un poco más serio, pero quizá no menos fantástico, están las predicciones que podríamos llamar oficiales, tanto de los poderes públicos como de las instituciones y ‘lobbies’ privados. Para este año, las perspectivas económicas son mejores que las del año pasado, se intuye una recuperación de los índices económicos (yo diría más macro que micro), algunos aseguran que es el mejor momento para adquirir una casa, porque a partir de este año los precios subirán de nuevo, frente a otros que afirman que seguirán bajando. Alguien acertará.

El ministro De Guindos ha llegado a la conclusión de que las perspectivas del empleo para este año son incluso mejores que las que ellos mismos realizaron, y todo ello antes de sacar unos datos anuales de paro "espectaculares". Qué casualidad más causal. Puede que tenga razón, puede que no, y es que el ‘bluf’ de los brotes verdes de Zapatero todavía está muy cercano en nuestra memoria. Yo espero y deseo que sí, pero la recuperación económica no sería gracias al Gobierno del PP, que se ha dedicado a apretar las tuercas fiscales a una población ya bastante ahogada.

Los presidentes y principales directivos de algunas de las empresas españolas con más peso en la economía nacional crearon el Consejo Empresarial para la Competitividad, con el objetivo de "aportar las experiencias de las grandes multinacionales que se integran en el CEC, elaborando documentos orientados a incrementar la competitividad española, guiados por unos valores como son el compromiso, el consenso, la experiencia y el ámbito global". Durante todo el año pasado, personas como César Alierta, Emilio Botín, Ignacio Sánchez Galán o Francisco González se han dejado los cuernos en asegurarnos que la cosa ya no está tan "malita" y que la recuperación es cosa de (poco) tiempo y fruto de un esfuerzo de todos. Todo ello muy racionalizado y basado en sesudas y completísimas estadísticas. Vuelvo a esperar que tengan razón y que sea así, quiero creerlo, pero la economía no es una disciplina predictiva, al menos no con esa capacidad de predicción que tiene la física, que siguiendo las leyes newtonianas es capaz de poner una nave en Marte con una precisión pasmosa.

Muchas ciencias y disciplinas humanas no son predictivas. La Teoría de la Evolución puede explicarnos cómo surgen las especies, pero no es capaz de decir cuáles serán las especies que existirán dentro de cien mil años. Que los economistas de la Escuela Austriaca se pasaran años diciendo que si en economía se seguía haciendo lo que se hacía estallaría una burbuja, no quería decir que supieran con detalles cuándo, cómo y a quién iba a afectar. Cuando la crisis llegó, lo hizo sorprendiendo a todos; la diferencia fue que a algunos les pilló más preparados que a otros. Y en toda crisis hay quien se enriquece y quien no, pero las crisis no siempre enriquecen a quienes creemos que son más fuertes antes de que estallen.

Esta idea de la predictibilidad de todo, que el universo se reduce a unas reglas más o menos complejas que son capaces de generar el futuro, es una idea decimonónica que aún perdura y que, desde mi punto de vista y entre otros factores, es una de las bases de los muchos socialismos y colectivismos que ponen en la tierra el paraíso perdido. Por eso, el socialista sabe lo que hay que hacer, se sorprende cuando no funciona, culpa a otros de la desgracia, se olvida de la sana labor de la autocrítica y persiste en el error cuando ha pasado el tiempo suficiente y ha olvidado.

La incertidumbre es sana. Genera expectativas, el empresario lo sabe y busca beneficiarse de ellas, espera sacar un beneficio a cambio de satisfacer las necesidades de sus clientes. Precisamente éstas nacen de saciar las incertidumbres propias: qué comeremos cuando tengamos ganas, qué vestiremos, con qué o quién nos divertiremos o trabajaremos cuando toque. Necesitaremos ingresos para satisfacer todas estas necesidades, algunas básicas, otras más superfluas, pero no necesariamente menos importantes. Todo ello es de difícil predicción; que tendremos hambre es fácil saberlo, el contexto donde nos venga y cómo podremos satisfacerla resulta mucho más complicado, muchas veces, imposible. No es lo mismo salir del trabajo y comer en un bar cercano que buscar algo que echarse a la boca bajo el fuego en un escenario bélico. Trabajamos para reducir la incertidumbre, pero dependemos de ella para prosperar. Seamos agradecidos cuando delante de nosotros aparecen encrucijadas; el emprendedor no tiene miedo de aprovecharlas, el socialista reivindica ciertos derechos y quiere tomar, por la fuerza del Estado, parte del fruto del esfuerzo del que sí se atrevió.

La inercia es la madre del socialismo

Fue tras pasar unos días con su familia, en el mismo año que murió, cuando Frédéric Bastiat escribió su ensayo La Loi (1850). Desde las primeras líneas, el autor francés denuncia y señala, al tiempo, el objeto de su obra: la ley ha sido apartada de su finalidad primera y se aplica persiguiendo un objeto perverso, que no es otro, que la arbitrariedad del poderoso.

A partir de ahí, con un lenguaje claro y conciso y un estilo didáctico y elegante, Bastiat lleva de la mano al lector desde la base, el origen de la ley, hasta las profundidades de la perversión atroz de los irresponsables gestores políticos que la utilizan a su antojo.

Y viene a cuento, hoy y aquí, en nuestro país, pero lamentablemente también en otros lugares. La ley ya no es el recurso pacífico, legítimo, de la defensa propia, a cuya sombra acuden víctimas e indignados para prevenir su Persona, su Libertad y su Propiedad, sino un instrumento de abuso. Una de las bases de esta mutación de la ley es la tendencia del ser humano a vivir a costa de otros. La otra es la falsa filantropía. Los monopolios, las guerras, las migraciones, la universalidad de la esclavitud, los fraudes industriales son ejemplos que inundan la historia y que Bastiat propone para constatar este hecho.

¡Qué lamentable que después de ciento sesenta y cuatro años aún estemos en el mismo lugar!

La explicación del gran Bastiat goza hoy de plena vigencia. Efectivamente, el socialismo ha logrado que la Ley garantice el expolio, entendido éste como robo. El Estado, ejerciendo su despotismo filantrópico, estimulando los instintos más egoístas del ser humano, arrebata lo que es suyo a unos para dárselo a otros, y se reserva la potestad de establecer el criterio de reparto que, indudablemente, desde Rousseau y Robespierre hasta nuestros días, se basa en la perpetuación del poder del propio Estado. ¿Y qué explica esta situación? En primer lugar, el socialismo confunde Estado con Sociedad, y proclama la defensa, el fortalecimiento, y la mejora de la Sociedad cuando de lo que se trata es del bienestar del Estado. No es casual que Bastiat llame a estos socialistas “publicistas”, especialistas en vender una idea al gran público.

Y es ahí cuando entra en escena la inercia de la sociedad, que asiste a semejante espectáculo dejándose llevar y sin plantearse las intenciones del mandatario. La inercia radical de la humanidad, la omnipotencia de la Ley y la infalibilidad del legislador han secuestrado, de alguna manera, el sentido primigenio de esta Ley. El legislador, alejado y por encima de sus conciudadanos, conocedor de sus verdaderas necesidades, aprovechando esa superioridad moral que nadie como el Socialismo le confiere, se atornilla al trono del poder utilizando precisamente la Ley, mientras las víctimas se sorprenden cuando alguien cuestiona lo que está pasando, y no dudan en tachar de sedicioso a quien, simplemente, busca que la Ley recupere su verdadero ámbito: la defensa del individuo, la propiedad y los contratos.

Una vez depositado el voto, cada cual se deja ir, se amolda a lo que su elegido (o el de la mayoría) decida, sin cuestionar nada. Y, de ahí nace la omnipotencia del legislador que se encarga de dirigir, educar, moralizar… mediante la Ley.

Y, una vez entendida la lección de oro que nos ofrece Bastiat, preguntémonos cuántos casos de expolio en forma de subvenciones, estímulos, impuestos, aranceles, prebendas, privilegios, etc. imperan en nuestro país; qué parte de la adoctrinación de los niños corresponde al legislador, que les educa para mayor gloria y honra propia; cuánta inercia de la sociedad explica el presente expolio y perversión de nuestras leyes. Y preguntémonos, a continuación, a qué esperamos para impedirlo.