Ir al contenido principal

La legislatura ha terminado, la crisis continúa

No voy a ser yo quien minimice la extrema gravedad de la situación económica que se encontró el PP cuando llegó al poder, hace hoy justo dos años. Nuestro país parecía irremisiblemente condenado a quebrar e incluso a salir del euro debido a la explosiva combinación de tres burbujas cuya hinchazón se había venido gestando dese 2001 y cuya explosión se había retrasado en gran medida hasta 2012.

La primera de esas tres burbujas era la financiera: durante largos años nuestros bancos y cajas sobreexpandieron el crédito hacia nuestra economía, gracias a la financiación barata que les proporcionaba el BCE. La segunda era la productiva: el crédito barato de la banca distorsionó por entero nuestro modelo productivo, escorándolo hacia el infladísimo ladrillo. Y la tercera fue la estatal: los ingresos extraordinarios del Fisco engordaron tanto durante los años de falsa bonanza que nuestros políticos se permitieron consolidar unos niveles disparatados de gasto público.

Todos los problemas de la economía española se reconducen a estos tres desequilibrios: banca descapitalizada, desempleo y quiebras en masa, déficit público desbocado. Tres problemas que tanto dentro (votantes) como fuera (votantes financieros: inversores) se esperaba el Partido Popular resolviera tan pronto como desplazara a Zapatero, devolviendo así España a la senda de la estabilidad. La tarea no era sencilla, pero sí política y éticamente exigible: recapitalizar la banca a costa de sus acreedores y no del contribuyente, liberalizar completamente la economía (en especial, el mercado de trabajo y el energético) y acelerar la reducción del déficit público mediante un recorte del gasto centrado en la reforma en profundidad del mal llamado Estado de Bienestar.

Pero, para sorpresa de muchos, y no tanto para la de otros, el PP apenas movió ficha durante sus primeros meses en el Gobierno: De Guindos impuso diversas provisiones a los bancos que no explicó cómo iban a poder cubrir; la reforma laboral se quedó a medio camino y el resto de vitales reformas (como la energética) ni se llegaron a plantear; y los presupuestos de 2012 no sólo se retrasaron por razones electoralistas hasta pasadas las autonómicas andaluzas, sino que apenas contuvieron recortes del gasto; sí incluían, en cambio, salvajes subidas de impuestos.

Fiasco gubernamental que se plasmó en decepción interna y externa: los votantes no pudieron retirar a posteriori su confianza a Rajoy, pero los inversores en deuda española sí pudieron hacerlo… y lo hicieron. Pocos meses después de que el PP llegara al poder, la desbandada no tuvo precedentes: convencidos de que, por culpa de la inepcia socialdemócrata del PP, España iba inexorablemente a quebrar –déficit público por las nubes, banca insolvente y paro avanzando hacia los seis millones–, nadie deseaba estar expuesto a nuestra ruina: los mercados financieros se secaron y el coste de nuestra financiación estalló.

Pero a mediados de 2012 a Rajoy se le aparecieron dos ángeles: uno en forma de crédito extraordinario de Bruselas para poder recapitalizar los bancos españoles a costa de todos los contribuyentes; el otro, y verdaderamente decisivo, exhalado por Mario Draghi al anunciar urbi et orbi que haría "todo lo necesario" para evitar que el euro se descompusiera por los eslabones español e italiano. En el fondo, pues, el banquero central mutualizó la deuda española e italiana con la alemana, permitiendo aplazar el día de autos. Insisto: quien aplazó la bancarrota fue Draghi, no Rajoy y su equipo.

Desde entonces, los sustos mortales han desaparecido de la economía española: la prima de riesgo ha caído a la mitad; el crédito vuelve a fluir hacia nuestros bancos; la inversión extranjera, que había huido en 2012, regresa algo más confiada en 2013; el sector privado ha dejado de destruir empleo abriéndose hacia el exterior, incluso puede que se expanda tímidamente. Brotes verdes por doquier. Salir del atolladero ya es sólo cuestión de tiempo, pues todas las bases para la recuperación están sembradas gracias a la diligente política económica del Gobierno. ¿O no?

Fragilidad

Partamos de un hecho tan deplorable como incontestable: la legislatura popular ya ha terminado. Todo aquello que tenían que ofrecer –bueno, malo, peor y pésimo– ya ha sido desplegado. A unos meses de las europeas, a año y medio de las autonómicas y municipales y a dos años de las generales, ningún político va a sacrificar su poltrona en aras del bien común. Sólo queda aguantar y ver. Por desgracia, para poder ver algo sustancialmente distinto a lo que vimos (y padecimos) en el pasado, nuestros desequilibrios fundamentales deberían haberse corregido y no lo han hecho.

¿La burbuja financiera? A pesar de las varias decenas de miles de millones de euros que los contribuyentes españoles hemos insuflado, coaccionados, en las cajas, el problema está lejos de haberse solventado: la morosidad sigue en aumento (ya no solo se concentra en la construcción) y el precio de la vivienda continúa en caída libre, erosionando el valor de los colaterales en disposición de la banca. Ciertamente, las entidades financieras están hoy mucho mejor que hace un año, pero dentro de dos o tres años puede estar peor que antes del rescate.

¿La burbuja productiva? Es cierto que nuestro aparato productivo se está readaptando lenta pero adecuadamente: estamos abandonando un modelo insostenible basado en el endeudamiento externo para alimentar el consumo interno y virando hacia otro basado en la exportación para amortizar nuestras deudas exteriores. El problema es que esta reestructuración, que por necesidad debía tomar bastante tiempo, se está prolongado exasperantemente: el sector privado continúa muy endeudado (aunque cada vez menos) y constituye un clamor generalizado la ausencia de financiación para sufragar nuevas inversiones en nuevos productos y en nuevos mercados. Falta libertad y ahorro (que no crédito) para acelerar este imprescindible proceso, pero el PP se ha limitado a consolidar o reforzar la mayoría de regulaciones y a saquear tributariamente al sector privado para evitar pinchar la burbuja estatal.

¿Y la burbuja estatal? Pese a los timoratos recortes del gasto y a las sangrantes subidas de impuestos, continúa tan adiposa como siempre. Si Zapatero redujo el déficit del 11 al 9%, Rajoy lo ha bajado del 9 y al 7. Ahí queda todo. Pírrica proeza que nos condena a terminar 2014 con una deuda pública por encima del 100% del PIB y, lo que es peor, con un déficit que continuará disparado por culpa de un sector público sobredimensionado que, paradójicamente, todos los partidos tachan de raquítico y se afanan en prometer incrementar.

Combinen el estancamiento con el sobreendeudamiento y obtendrán una imagen atinada de la situación: fragilidad. Según las previsiones del propio Gobierno, al terminar la legislatura el PIB y el empleo serán más bajos que al comenzar; la atonía de la recuperación broteverdista habla por sí sola. Esto es lo que tenemos: deudas que siguen acumulándose (sobre todo en el sector público) y riqueza que no llega a crearse para poder reembolsar aquéllas con holgura. Hemos salido (o mejor, nos han sacado) una vez de la suspensión de pagos, pero no hay nada que nos impida regresar a ella; máxime, con dos años electorales y electoralistas por delante, en los que las bancadas liberticidas que pueblan nuestro Congreso (todas) se pelearán por ver quién sube más el gasto y los impuestos, es decir, por ver quién machaca más al sector privado para seguir cebando al público.

La irresponsabilidad broteverdista

Llegados a este punto, toca hacer balance: ¿ha tenido éxito el PP? Si medimos el éxito por haber evitado hasta el momento la bancarrota del país, sin duda alguna lo ha tenido. El mismo éxito que podría haber tenido Zapatero de haber continuado en el poder y de haber recibido el espaldarazo de Draghi. Si, en cambio, medimos el éxito de la política económica del PP por cómo ha contribuido a apuntalar una recuperación saludable, resistente y duradera, su fracaso ha sido rotundo. Hasta la fecha, su política económica se ha centrado en rescatar a la banca y a las Administraciones Públicas a costa de familias y empresas, pero ni banca ni, sobre todo, Administraciones Públicas han completo su saneamiento: al contrario, siguen exhibiendo preocupantes y, en algunos casos, crecientes desequilibrios.

Como sucede con los parásitos, todas las esperanzas del PP están puestas en que el sector privado experimente una recuperación tan vigorosa que le permita seguir sangrándolo para tapar los agujeros presentes y futuros de los sectores público y financiero. Mas el sector privado lo tiene muy complicado para crecer en un contexto de impuestos desproporcionados, regulaciones multiplicadas y ahorro escaso. Si no opera el milagro, las cuentas de la lechera no le saldrán al Gobierno, y, si no le salen, la fragilidad actual se disolverá en dudas y pánico… a menos que se tomen adicionales medidas mucho más impopulares que las adoptadas hasta la fecha y que vayan más allá de lo meramente cosmético y propagandístico (reducción nominal de las pensiones, parálisis de toda obra pública, despido más amplio de empleados públicos y nueva rebaja de sus salarios).

¿Estará el PP en posición de hacerlo? Aunque quisiera (que no quiere), no lo haría a estas alturas de la legislatura. ¿Estará en posición de hacerlo el siguiente Gobierno? Si continúa el PP, ni querrá ni podrá (carecerá de mayoría absoluta); si no gobierna el PP, la coalición bolivariana PSOE-IU hará más bien todo lo contrario… caiga quien caiga.

El panorama es descorazonador, pero lo es por un motivo fundamental: el PP no tomó las duras pero necesarias medidas cuando debía. Ahora ya es políticamente demasiado tarde. Los desequilibrios económicos siguen ahí, pendientes de nuevos ajustes y reformas que nadie traerá. Eso es la irresponsabilidad broteverdista: mantenerte deliberadamente en una posición de debilidad esperando que el viento sople a tu favor y te arrastre hasta la costa. Pero el viento sopla sin fuerza y la balsa continúa llena de agujeros, por mucho que alguno de ellos haya sido chapuceramente taponado.

Por desgracia para todos, estos dos años que concluyen toda la legislatura del PP pueden resumirse en unas frustrantes líneas: traspaso de los muertos de las cajas y del Estado al sector privado para, con la imprescindible cooperación de Draghi, aplazar –que no evitar– la posibilidad de un desastre final. Más Estado y menos mercado, justo lo contrario de lo que necesitábamos.

En defensa de las grandes superficies

Los enemigos de la libertad, el libre mercado y la competencia acostumbran a tener en su punto de mira a las grandes superficies (Mercadona, Walmart, Tesco, Carrefour o Día, por ejemplo), argumentando que destruyen empleo, hacen que los salarios bajen y que incentivan un consumismo desaforado.

Nada más lejos de la realidad. Estas compañías son creadoras netas de riqueza y bienestar. Sólo hace falta ver sus resultados empresariales. Walmart, por ejemplo, aumenta su facturación un 5% anual y ha conseguido mantener sus márgenes brutos a lo largo de los últimos años alrededor de un 26,5%. En este sentido no podemos más que afirmar que Walmart crea riqueza para la sociedad, ya que la única manera de obtener beneficios en un mercado libre es satisfaciendo necesidades. Además posee un ROCE medio de 22% y un pay-out de 37,4%, lo que indica que reinvierte una gran cantidad de sus beneficios y éstos tendrán una rentabilidad elevada. Algo que sin duda crea valor y riqueza para los accionistas, para los clientes y para la sociedad en su conjunto.

A pesar de ello, sus detractores critican sus precios bajos argumentando que crean negocios de poco valor añadido para la sociedad. Pero ¿ofrecer productos con cada vez mejor relación calidad-precio no es beneficioso para la sociedad? Al bajar los precios, estas compañías aumentan el nivel de vida de la sociedad, haciendo que nuestra renta real aumente, es decir, que con la misma cantidad de dinero podamos comprar más bienes y servicios.

Para conseguirlo deben optimizar toda la cadena de valor. ¿Cómo? Haciendo que todas las etapas sean más eficientes, desde el productor hasta la venta al consumidor final. Es aquí donde emanan las críticas hacia estas grandes superficies por las "duras" condiciones a las que, según sus críticos, someten a productores y distribuidores.

Pero en un mercado no intervenido nadie obliga a nadie a llevar a cabo una transacción y acuerdos comerciales. Estos sólo ocurren cuando las dos partes creen subjetivamente que saldrán beneficiadas del intercambio. De lo contrario no se produciría el intercambio. No se trata de un juego de suma cero, en el que una gana a expensas del otro. Si existen empresas que quieren ser, por ejemplo, proveedores de Mercadona o Walmart es porque saben perfectamente que saldrán enormemente beneficiadas. Recibirán un enorme volumen de negocio por parte del minorista a cambio, eso sí, de un importante descuento y de unas condiciones de trabajo cada vez mejores (entrega, calidad, fiabilidad, etc). Todo ello se traduce automáticamente en un beneficio para el consumidor.

Los detractores también consideran que los trabajadores reciben salarios artificialmente bajos por parte de estas empresas. Desconocen por completo el mecanismo de establecimiento de un salario, que depende de la productividad marginal del trabajador y no de sus deseos.

Ciertamente, es posible que las grandes superficies deseasen tener menos costes salariales. Pero en una economía no intervenida la competencia protege al trabajador de percibir salarios "bajos". Y es que no hay ninguna empresa que pueda impedir a otra ofrecer un salario más elevado a sus infrapagados trabajadores. Esto es precisamente lo que ocurrirá cada vez que se pague al trabajador un salario inferior a su productividad marginal. Por lo tanto, a medio-largo plazo no cabe pensar en la existencia de trabajadores recibiendo salarios artificialmente bajos.

Por último, las grandes superficies también son acusadas de perjudicar y causar la quiebra de pequeños establecimientos. Esto es una monumental falacia económica. Hay infinidad de pequeñas y medianas empresas que tienen una trayectoria y unos beneficios envidiables (y de hecho, la mayoría de las empresas españolas son pymes). También es cierto que hay otras muchas pymes que cierran, pero eso no es debido a que sean pequeñas, sino a sus caducos modelos de negocio y la imposibilidad por parte de los propietarios de adaptarlos a las nuevas circunstancias y necesidades de la sociedad. En este sentido las empresas que no se adaptan continuamente al cambio acabarán quebrando, ya sean grandes o pequeñas. Y es bueno que así sea ya que no están aportando lo suficiente a la sociedad.

La demonización de las grandes superficies suele promoverse por las empresas ineficientes del propio sector y de otros relacionados, que buscan el favor político para que éstos eliminen competencia y les otorguen privilegios. El resultado de esta nefasta alianza es el mantenimiento artificial de negocios ineficientes, que destruyen valor y capital. Y eso sí que genera pobreza y desempleo.

JFK y Castro, medio siglo más tarde

Se alborotó el avispero a los 50 años del asesinato de John F. Kennedy. El secretario de Estado, John Kerry, no descarta que Fidel Castro o los soviéticos estuvieran detrás de esa muerte. Lo acaba de afirmar a media lengua. No cree, como medio país, la tesis oficial de que Lee Harvey Oswald era un loco suelto que actuó por su cuenta y riesgo.

Kerry no es el primer funcionario norteamericano de alto rango que tiene esa sospecha. El presidente Lyndon Johnson, sucesor de Kennedy, pensaba lo mismo. Joseph Califano, secretario del Ejército en esa época, coincidía con su presidente. Winston Scott, el jefe de la CIA en México, país al que Oswald acudió poco antes del crimen y donde se entrevistó con diplomáticos cubanos y soviéticos, sostenía algo similar.

No disputaban que Oswald hubiera disparado. Era su rifle, eran sus huellas digitales y lo prueban los exámenes balísticos. Incluso, casi todos, aunque con dudas, aceptaban que fue el único tirador, pero algunos suponían que el asesino había sido dirigido hacia su objetivo por la mano cubana. (O, al menos, como barrunta Brian Latell, alto oficial de la CIA en su libro Castro’s Secrets: Cuban Intelligence, the CIA, and the Assassination of John F. Kennedy, La Habana conocía lo que iba a suceder).

Castro tenía razones para alentar la muerte de Kennedy. Sabía que el presidente norteamericano estaba tratando de asesinarlo. Y lo sabía –según Latell– porque uno de los presuntos magnicidas, el comandante Rolando Cubela, era un doble agente. Lo sabía, también, porque alguno de los gángsteres detenidos en Cuba había contado a sus captores que la Mafia había sido cooptada, nada menos que por Bobby Kennedy, para liquidar a Fidel.

El gobierno cubano niega su vinculación con el crimen y ha puesto en circulación otras hipótesis improbables, a manera de cortina de humo. Fidel Castro insinúa que fue Lyndon Johnson. Pero su aparato de desinformación afirma que fueron los exiliados cubanos. Concretamente, Herminio Díaz, un antiguo compañero del propio Castro en una violenta organización gangsteril de los años 40 llamada Unión Insurreccional Revolucionaria (UIR), y Eladio del Valle, un excongresista cubano.

Ninguno de los dos podía defenderse de la acusación porque habían sido asesinados. Herminio, cuando desembarcaba clandestinamente en Cuba. Del Valle apareció muerto de un tiro en el pecho y un machetazo en la cabeza. Su muerte ocurrió en Miami. Nunca se supo quiénes lo ejecutaron, pero las investigaciones apuntaban a un trabajo de la inteligencia cubana.

Hay cuatro fuentes que no cuentan todo lo que saben. La primera es Estados Unidos. Washington mantiene censurados cientos de páginas relacionadas con el viaje de Oswald a México y sus relaciones con los servicios cubanos. ¿Por qué? Una hipótesis es que el crimen se hubiera podido evitar si se hubiera transmitido correctamente todo lo que sabía la estación de la CIA sobre las relaciones de Oswald con el aparato castrista. Ocultan un caso terrible de negligencia.

La segunda es La Habana y, especialmente, el oficial de inteligencia Fabián Escalante –hoy general–, quien, aparentemente, estaba en Dallas el día del asesinato. Escalante, además, podría aclarar las relaciones (¿íntimas?) entre Silvia Tirado de Durán, empleada del consulado cubano en México, y Oswald. También, la participación del asesino en una fiesta cubana en DF, como relatara la escritora mexicana Elena Garro, presente en el baile.

La tercera es Moscú. La inteligencia soviética sabe mucho sobre Oswald. No es lógico que la URSS hubiera utilizado a una persona con la biografía de este personaje para matar al presidente norteamericano, dado que inmediatamente hubiera despertado sospechas, pero es muy significativo que Oswald se hubiera reunido en México con Oleg Nechiporenko, un agente de inteligencia de quien se afirma que no era extraño a estas siniestras tareas.

Pero acaso el testimonio más importante es el de la Mafia. ¿Por qué Jack Ruby, un hampón de poca monta, decide ejecutar a Oswald "para ahorrarle a Jacqueline Kennedy la pena de participar en un juicio doloroso"? Conmovedor, pero impropio de un endurecido gangstercillo. Oswald había negado ser el autor del asesinato y en ese momento todo era muy confuso. ¿Trataba Ruby de borrar otras huellas?

Cuando se cumplan 100 años de la muerte de JFK tal vez sepamos un poco más. O nunca.

elblogdemontaner.com

Entre el “instinto y la razón”

¿El liberalismo vende? Esta es la pregunta que se hace todo liberal compungido ante la falta de calado en la población de estas ideas.

No deja de ser éste un tema trascendente. Quizás Paco Capella, quien se sumergirá en los misterios de la naturaleza humana en un próximo seminario con el Instituto Juan de Mariana que se celebrará el próximo 30 de noviembre y 1 de diciembre, pueda alumbrarnos sobre qué factores psicológicos hacen de un ser humano una persona con simpatías liberales. O, por el contrario, con otras querencias sociales, como los colectivistas de rapiña, colectivistas de ‘ordeno y mando’ o colectivistas por inercia social… De estos tres, curiosamente, los dos primeros destacan por su avaricia, egoísmo de la peor especie, violencia y falta de escrúpulos. El último colectivo es el tonto útil del que nos hablaba recientemente Fernando Parrilla (también llamada habitualmente "clase media") y que da soporte a este tinglado, el Estado, "que es esa gran ficción a través de la cual todo el mundo quiere vivir a costa de los demás" (Bastiat), mientras que al final es esa gran ficción la que acaba viviendo a costa de todos.

Ignacio Moncada analizaba asimismo hace poco por qué el liberalismo es una cuestión ética. Ignacio se hizo eco de una conferencia del argentino Walter Castro que impartió en la universidad de verano del Instituto este pasado verano y que tituló precisamente así: "¿Por qué para mí el liberalismo es una cuestión ética?".

Los que estuvimos allí presentes presenciamos un canto al optimismo y el vitalismo. ¿Qué es más importante: las ideas o los valores? Esta es la pregunta que se hizo en repetidas ocasiones Walter Castro. Y aquí las respuestas serán múltiples según quién la conteste. Él se decantó –lógico a tenor del título de su charla- por la fuerza de los valores. Lo que nos acerca, de nuevo, a Francisco Capella. Los valores, según esta concepción, serían previos a la razón y condicionan una buena parte de nuestros comportamientos (acciones) futuros. Los valores "correctos" nos hacen receptivos a ciertos mensajes o ideas; y los valores errados (o malos) nos llevan a tomar decisiones antisociales, en primer lugar, y se justifican en ocasiones echando mano de razonamientos teóricos muy sesudos, eso sí, pero nefastos: ¿Es el pillaje bueno? ¿Es correcto vivir a costa de los demás? ¿Es bueno hacer algo que sabemos que no deberíamos sólo porque no nos están viendo? ¿Es bueno tomar decisiones colectivas para todo (qué legitimidad albergo para inmiscuirme en la vida de mi vecino, sea en su vertiente económica o moral)?

Un pequeño ejercicio de introspección nos llevará a darnos cuenta de que buena parte de nosotros hemos llegado al liberalismo (de una manera u otra y extrayendo unas conclusiones u otras) como resultado de una búsqueda de un sistema social "bueno y justo" (valores) y de "la verdad" (ideas).

Yo no veo la necesidad de desligarlo, pues no dejan de ser ambas facetas de nuestro mismo ser. El hombre, en tanto ser social, se "justifica" continuamente. Cuestión aparte es qué viene antes: el huevo o la gallina; la razón o el valor (sentimientos). Sobre esto cabría analizar tantísimo y, de nuevo, espero que Capella nos hable extensamente. Pero parece que el peso de los valores y las emociones es fundamental. Porque un valor, en este contexto, es un mecanismo de "resorte", es un: "robar no está bien; luego te lo explico, pero no está bien". A muchos, muy racionales, les podrá parecer atroz que este sea el origen de muchas acciones o decisiones, pero las instituciones mengerianas no dejan de tener un comportamiento parecido… Es más, los valores, la moral se catalogan como institución según esa aproximación al concepto.

Siguiendo con la cuestión de los valores, qué parte viene de factores ambientales y qué parte de genéticos es otra gran pregunta. Y es que en lo que respecta a la genética, por qué siempre hay ovejas negras (o blancas) en las familias "bien" (o "chungas").

Y si nos adentramos en el factor ambiental, llegamos a destacar la importancia de la "comunicación". El "problema" es que los valores se transmiten de manera muy íntima: en el ámbito familiar, círculo de amigos, colegios (¡!), cine, lenguaje subliminal (o hiperexplícito) de los medios…

Al liberal no mesiánico le da verdadero miedo difundir mensajes a este nivel tan personal. Lo más que suele sugerir es que el Estado (u otras instituciones que no "viven y dejan vivir") no se inmiscuya en esta esfera, demandando varios cambios coherentes con la libertad individual: no se dediquen a atacar con dinero público sólo a un tipo familia (es decir, métanse en sus asuntos y no en los ajenos y, en esto en particular, también), desnacionalicen y descentralicen los colegios, no subvencionen la ("su") cultura o a sus medios…

Pero no pretende ir mucho más allá precisamente porque quiere mantenerse fiel a sus valores: "no me gusta que se metan en mi vida, pero tampoco quiero hacerlo en la de los demás".

En ello insistió también bastante Walter Castro. En qué podemos hacer: ser constantes y perseverantes, y, sobre todo, de cara a difundir los valores correctos, "predicar con el ejemplo", "ser una buena persona", sin más, según interpreté de sus palabras.

En cuanto a la batalla de las ideas, la cuestión es distinta. Los liberales siempre "sacamos" (me cuesta tanto hablar en primera persona del plural) pecho pavoneándonos por lo bien que empleamos la lógica y lo correcto de nuestras ideas. Pero ¡y qué! Si quienes tienen la "fuerza" (a la que los demás renunciamos por repugnancia y "valores"), son más. Y contraargumentan de manera falaz, sí, pero eficaz.

Porque los colectivistas que rapiñan no necesitan argumentos; esos sí que apelan al sentimiento, al victimismo. En una conferencia de Antonio Escohotado con el Instituto él mencionaba esta cuestión justo en el turno de preguntas: cómo el victimismo (por ejemplo, de los "desahuciados") dicta gran parte de las medidas políticas de las democracias actuales. Pero los colectivistas de "ordeno y mando", acompañados por otros seres inmundos, los intelectuales al servicio del poder (véase profesores universitarios o "expertos" que plagan los medios…) son de lo más "racional". Y para llegar con eficacia a los seres de rapiña y los tontos útiles, no crean, no, que los argumentos han de ser muy complejos. Si caben en un "tuit", mejor que mejor.

La gente que no vive de manera directa (o al menos no es consciente) del "tinglado" (Estado) quiere vivir su vida y alcanzar sus metas plácidamente. Y es perfectamente legítimo. Es una gran señal del proceso civilizador: las crecientes clases medias. No necesitan disponer de una teoría del Estado, no tienen que saber de economía, tienen que saber de aquello en que se hayan especializado dentro del entramado económico capitalista (hasta donde le dejan llegar). Y los políticos e intelectuales lo saben… Por tanto, como nos movemos conforme a valores y autojustificaciones (ideas), el Estado hace muy bien en secuestrar ambas facetas de la vida: valores (apelando a la conmiseración y al miedo, como nos decía María Blanco en una visita del IJM a alumnos de Bachiller) e ideas sencillas y muy cercanas al "corazón" (sentimiento), por supuesto, contrastadísimas por premios Nobel de Economía… Y, cómo no, al mismo tiempo, ejerciendo todo el poder que les confiere su fuerza para expulsar a toda institución social que sirva de contrapeso (no mencionaré ninguna, que Paco Capella me excomulga, aunque yo ya no crea en nada…).

Deflación, intervencionismo y recesión

Government outlays undermine real savings. The larger the outlays are, the more real savings are diverted from wealth generators – Frank Shostak

Las noticias económicas de la semana en Europa han reducido la euforia sobre la recuperación. Francia entraba en recesión en el tercer trimestre y deberíamos verle las orejas al lobo al menos en lo que respecta al riesgo para nuestras exportaciones, ya que el país vecino es nuestro primer socio comercial, y en cuanto al modelo de estado que deseamos, ya que muchos proponen una estructura francesa hiperestatista como solución a la crisis.

En mi nuevo libro Viaje a la Libertad Económica (Deusto) dedico un capítulo a los errores de una política económica que muchos países de la Unión Europea llevan a cabo, creada a imagen y semejanza de Francia. El estancamiento, la altísima fiscalidad y la falta de reformas. En la Unión Europea seguimos sin aprender y, con tal de mantener a toda costa estados hipertrofiados y sistemas económicos intervenidos, nos ocurre lo de siempre. Se gasta en planes inútiles a costa de los generadores de riqueza. Y cada vez se genera menos riqueza.

Cuando se vislumbra un cierto entorno de recuperación vemos que los países, en vez de profundizar en las reformas, se relajan, y vuelven a caer en la recesión.

Riesgo para España

El riesgo para la recuperación de España podría venir de un impacto en las exportaciones. España exporta a las mayores economías de Europa el 50% de sus bienes. Pero la razón por la cual veo menos riesgo para nuestro sector exportador es que cada vez dependemos menos de nuestros socios comunitarios.  En el primer semestre de 2013, con un crecimiento del 8% de las exportaciones en España, las ventas en Francia bajaron un 1,7% en Alemania un 0,6% y en Italia un 0,4%. Dependemos menos de la máquina europea y generamos mayor valor añadido y diversificación.

La inversión extranjera en España entre enero y junio de 2013, además, muestra un componente diferenciador muy importante sobre épocas pasadas. La inversión extranjera de residentes (es decir, españoles que traen dinero de fuera) es solo el 4,9% del total, por lo que el 95,1% proviene de inversores extranjeros.

Pero en las entrevistas que he tenido esta semana se repetía una y otra vez que la mayor preocupación ante el estancamiento de la UE es el “riesgo de deflación”.

Primero hay que aclarar que en la mayoría de los países de Europa y en España no hay deflación, hay desinflación por sobrecapacidad. Cuando se han invertido (gastado) centenares de miles de millones de euros en “planes industriales” y capacidad productiva, sobre todo en automóvil, textil, comercio minorista e infraestructuras, lo que estamos viviendo es una reducción de precios sana por competencia entre sectores sobredimensionados hasta en un 40%. Por otro lado, la inflación existe en otros elementos, muy relevantes para la industria y el consumo, desde los costes energéticos en sistemas caros e ineficientes hasta la cesta de la compra básica.

El cuento del riesgo de deflación es la excusa de los estados hiperendeudados para justificar mayor represión financiera. Es decir, continuar bajando tipos, intentar crear inflación falsa aunque los ciudadanos tengan menos capacidad de compra, y… la ultima panacea que nos quieren hacer tragar como una píldora envenenada, planes de estímulos monetarios.

Total, a nadie se le ocurre pensar que los precios bajan porque la renta disponible de los ciudadanos se ha destruido a través de una fiscalidad confiscatoria que ya alcanza casi el 40% del PIB de la Eurozona, un 36% en impuestos de actividades laborales. A nadie se le ocurre que el problema es que no se incentiva el consumo y la actividad económica subiendo impuestos y reduciendo la renta disponible de las personas. Es de cajón. Para que se reactive la economía se debe devolver el dinero al bolsillo de los ciudadanos que han aceptado y pagado estoicamente las políticas intervencionistas y planes de ayuda y estímulos que han llevado a la UE a gastar hasta un 3% de su PIB para destruir 4.500.000 de puestos de trabajo y hundir la actividad económica.

La economía sigue sin recuperar el crecimiento en Europa, la correa de trasmisión de la política monetaria sigue rota, la deuda, tanto en términos relativos como absolutos, sigue aumentando, el empleo no se recupera y ahora nos dicen que entramos en deflación.

Primero, el crédito al sector privado sigue sin mejorar porque la economía europea sigue extremadamente bancarizada y todo el crédito disponible lo fagocita la deuda de las administraciones públicas, como alerta el Banco Central Europeo, llevando a que la simbiosis banca-deuda del estado se profundice, haciendo al sistema financiero más dependiente y, por lo tanto, más frágil ante cualquier riesgo soberano.

Los salarios siguen sin subir, y pensar que forzar a Alemania a estimular su demanda interna va a tener un efecto expansivo sobre la periferia es incorrecto empíricamente, como comentábamos en esta columna hace meses, donde mostrábamos el efecto multiplicador de atraer capital extranjero e inversión financiera directa es tres veces superior al de los estímulos de demanda interna estatales.

Hasta ahora, el principal riesgo que contemplaban los mercados era la ruptura del euro, combinado con impagos soberanos. Ahora nos preocupamos de la deflación, la japonización de Europa de la que ya alertaba en 2012 en este articulo, pero que no deja de ser consecuencia de una nefasta política intervencionista y detractora de capital, que lleva a la desindustrialización, al Depardieu silencioso.

Combatir la posible deflación desde políticas de intervención mientras se sigue cercenando la capacidad de consumo de los ciudadanos con subidas de impuestos y se sigue echando al capital inversor, sólo nos lleva a agrandar un agujero que, por otro lado, creamos en la época de la fiesta crediticia y los planes de crecimiento, y empeoramos en 2008.

Además, las voces que piden estímulos monetarios (Quantitative Easing) similares a los norteamericanos olvidan que la velocidad del dinero, que mide la actividad económica, se desploma, creando un trasvase de dinero a activos financieros, bolsa y bonos, pero el hundimiento de la inversión productiva. Según Citigroup, la velocidad del dinero en Estados Unidos y Reino Unido ha caído a niveles de mediados de los años 60 mientras que el PIB nominal está a niveles de 2001. Pero  la bolsa está a máximos históricos y los bonos de alto riesgo, a tipos de interés mínimos. Es decir, creamos ‘ilusión de riqueza’ en activos de riesgo financieros mientras sostenemos el PIB artificialmente, pero destruimos la creación de riqueza y empleo.

Por ello hay que parar el círculo vicioso de gasto, endeudamiento, empobrecimiento, represión financiera, menos riqueza, menos inversión, mayor desempleo y más gasto y pasar a convertirlo en un círculo virtuoso de ahorro, moderación presupuestaria, mejora de la renta disponible, consumo, inversión y empleo. A ver si aprendemos. La prosperidad no viene de la cría del unicornio, sino del consumo y la inversión productiva.

Reputación Corporativa en el ámbito del Marco Institucional

Tal y como señala D. Antonio Damasio en su obra El error de Descartes, y en línea con el principio económico del valor subjetivo de los bienes que identificaron los escolásticos españoles de la Escuela de Salamanca y, posteriormente, los autores de la Escuela Austriaca de Economía, las decisiones humanas están situadas a medio camino entre lo racional (hemisferio izquierdo del cerebro) y lo irracional y sensitivo (hemisferio derecho). Los procesos de toma de decisiones están íntimamente relacionados con la intuición y las emociones de los ciudadanos.

Globalización de la Información (Internet)

La globalización de la información (Internet) está suponiendo un cambio en las bases de creación de riqueza. En el siglo XX, la fuente de creación de riqueza era más financiera y a corto plazo, incentivando comportamientos psicopáticos (no-éticos) y depredadores en los directivos y en los políticos. Sin embargo, en el siglo XXI, se puede observar la migración desde una economía financiera y fuertemente intervenida por el Estado hacia una economía basada en los valores intangibles (esfuerzo, mérito, iniciativa empresarial, capacidad innovadora…).

El futuro de las empresas y, también, el futuro de los países desarrollados quedan determinados por la gestión inteligente de los valores intangibles, que se concentran en patentes y marcas fuertes. El valor de las empresas en el mercado dependía en sólo un 10% del fondo de comercio en los años 70 pero, en estos momentos, el valor bursátil de las empresas como Google, Facebook, Twitter, Red Bull o Coca-Cola, depende en más de un 80% de su reputación, es decir, de su buena gestión de los valores intangibles que aportan sus patentes y su marca.

Reputación Corporativa

Lo que no ha cambiado es que la reputación corporativa se consigue con legitimidad y con diferenciación. La legitimidad se conseguía antes tan sólo con una titularidad jurídica pero, con la globalización de la información, la legitimidad es un asunto muy complejo puesto que se gana ante los stakeholders o los diversos grupos de interés (opinión pública, empleados, autoridades…) de los que depende el valor de una empresa.

La diferenciación se buscaba antiguamente por medio de características objetivas de un producto o de un servicio que ofrecía la empresa. Sin embargo, en un mercado globalizado, todo se puede copiar y existe sobreoferta por lo que las decisiones se adoptan por las características subjetivas (intangibles) y la diferenciación empresarial requiere atraer talento, capital y clientes.

Por tanto, los consumidores y los ciudadanos disponen de fuentes de información que les permiten preguntarse quién está detrás de un producto o servicio, cuál es su política laboral, cómo protegen el medio ambiente, cómo realizan su logística, cuál es su política de precios… De hecho, más del 70% de los ciudadanos evitan comprar si no les gusta la compañía, más del 60% consulta la etiqueta, y más del 65% analiza la reputación de las empresas.

El orden de mercado se mueve y adapta mucho más rápido que el orden político (u orden oligárquico). La tendencia mundial de las empresas es a fortalecer las marcas corporativas por encima de las marcas de producto que las empresas no pueden diferenciar dado que comunicar eficientemente cada vez resulta más caro. Y, si observamos atentamente, la tendencia de los gobiernos también es a fortalecer la marca país para atraer empresas, inversores y turistas.

Oportunidades y Riesgos Reputacionales

Internet hace que la información viaje a la velocidad de la luz y, por tanto, genera enormes oportunidades para aquellos que sean percibidos como diferentes y mejores, según destaca Jim Stengel en su ensayo Grow. Sin embargo, presenta también riesgos reputacionales, debido a que queda concentrado el juicio de los consumidores y las percepciones de los ciudadanos sobre una marca.

Internet ha mundializado la información pero, al mismo tiempo, ha creado una crisis de confianza. Los retos son mejorar la diferenciación y, al mismo tiempo, mantener la legitimidad ante los ciudadanos, es decir, ante los millones de juicios de valor (subjetivos) que los demás hacen sobre algo o sobre alguien, sobre una marca empresarial o sobre una marca personal.

Dinámica de la Confianza

La diferenciación y la legitimidad de una marca requieren de la confianza en las relaciones personales, sociales, económicas, políticas… Y, como siempre, el orden de mercado sabe adaptarse al entorno mucho más rápido que el orden político (u orden oligárquico).

Cuando en agosto de 2007 estalló la burbuja financiera y productiva (inmobiliaria), que desencadenó la actual crisis económica, hubo una crisis de confianza en los bancos, las empresas y los directivos. Sin embargo, existen dos formas diferentes de adaptarse ante la crisis de confianza.

Por un lado, el sector privado padeció quiebras y concursos de acreedores pero, en general, puede afirmarse que, durante los años 2008-2013, las empresas han logrado reducir su endeudamiento y adaptar con flexibilidad y rapidez su estructura de negocio al nuevo entorno para poder recuperar la confianza de los mercados. 

Por otro lado, el sector público se enrocó en mantener la burbuja estatal que sostiene las canonjías de la casta política y de su red clientelar de medradores de prebendas públicas (partidos, sindicatos, patronales…), lo que les está llevando a niveles mínimos de confianza del electorado. 

Gestión de la Confianza y la Reputación

La globalización de la información ha provocado que más del 80% del valor bursátil de las empresas dependa de una buena gestión de la confianza que tengan los stakeholders (opinión pública, empleados, autoridades…), que es lo que proporciona la reputación.

La valoración de los stakeholders depende de dos factores fundamentales, las buenas prácticas de gestión y la comunicación eficiente de los valores de la marca.

Por ello, los buenos directivos realizan transformaciones internas que orientan la gestión empresarial hacia la diferenciación de productos y servicios, la legitimación ante los empleados y los consumidores, y la mitigación de los riesgos reputacionales. Posteriormente, los planes de comunicación deben permitir capitalizar la realidad del buen trabajo realizado por la empresa. 

Según Angel Alloza de Corporate Excellence, existen 7 parámetros fundamentales en el juicio del consumidor sobre las empresas, que arrojan los siguientes datos de valoración en orden de importancia:

1) la calidad de la oferta (30%), 2) la ética, el buen gobierno y la honradez en la gestión (10%), 3) el trato a los empleados (10%), 4) el respeto a la ciudadanía, los derechos humanos y el medio ambiente (10%), 5) la innovación (10%), 6) la calidad de los gestores (10%), y 7) los buenos resultados financieros (10%).

De modo que si las empresas quieren despertar un sentimiento positivo (subjetivo) en los ciudadanos, deben comunicar muy bien lo que hacen. No es una tarea fácil por la saturación con miles de mensajes diarios, por la multiplicidad de medios y por la necesidad de conseguir captar la atención del usuario de las nuevas tecnologías de la comunicación 

Círculo de la Comunicación de la Confianza

Hoy en día, la comunicación no funciona si se realiza de arriba abajo, siendo sólo efectiva cuando se produce de modo horizontal, es decir, siendo los "otros" los que hablen del producto o servicio de una marca.

Por ello, es importante la coherencia de los valores que se comunican, rigor y transparencia, basados en una identidad común que arraigue fuertemente en la empresa, es decir, en un sistema de creencias compartidas o en un modelo de valores comunes en la organización.

El círculo de la comunicación en un entorno de información globalizada requiere: 1) alinear a los que toman las decisiones empresariales para que construyan las creencias compartidas, 2) estimular la acción de todos los que toman decisiones gracias a esas creencias, 3) fortalecer la confianza en que las acciones son importantes, 4) alcanzar audiencias cada vez más grandes a través de la recomendación de las redes de contactos.

  

En definitiva, el futuro está en manos de las percepciones y juicios de valor de los demás por lo que se requieren fuertes culturas dentro de las organizaciones que hagan sentir emociones, valores comunes y orgullo de pertenencia que se traducen en acciones que transmiten confianza y aportan recomendaciones sobre bienes y servicios que ofrece una marca. 

Valoración Corporativa del Marco institucional  

Ampliando estos conceptos al ámbito público de un país, las instituciones deberían ser gestionadas para operar buscando la reputación corporativa, con rigor y transparencia, y transmitiendo valores comunes a los empleados públicos orientados a la prestación de servicios de calidad, a la restricción presupuestaria y al respeto estricto por los ciudadanos, como pagadores de los impuestos y como perceptores de los servicios públicos.

Por ello, más allá de la demagogia, de la corrupción política, o de que se desee un Estado limitado o mínimo, nunca debe olvidarse que existen instituciones y servidores públicos que trabajan responsablemente en las fuerzas armadas, en la policía, en los tribunales de justicia, en los hospitales…

La valoración de una organización pública se puede realizar de un modo similar a las organizaciones empresariales privadas por medio de 7 parámetros fundamentales en el juicio del ciudadano: 1) la calidad del servicio público, 2) la ética, el buen gobierno y la honradez en la gestión, 3) el trato a los empleados públicos, 4) el respeto a la ciudadanía y a los derechos humanos, 5) la innovación, 6) la calidad de los gestores, y 7) los buenos resultados financieros.

En el siglo XX, las empresas y los Gobiernos y, en general, las organizaciones humanas no se vinculaban tanto al rigor y a la transparencia. La legitimidad y la diferenciación también dependían de los juicios de valor de población, pero los medios de comunicación eran limitados y podían "controlarse" para mostrar una buena imagen más allá de la realidad en el interior de la organización.

Sin embargo, Internet ha supuesto una revolución tecnológica que ha transformado la concepción de las organizaciones humanas orientándolas hacia un entorno de globalización de la información que demanda rigor y transparencia máximos.

Por ello, en el siglo XXI, las organizaciones deben competir por ganarse la reputación corporativa que proporciona la confianza de la población. Internet impide ocultar los incidentes o la realidad de una organización.

Las empresas privadas están sabiendo adaptarse mejor al nuevo entorno de globalización de la información, y de un modo más rápido que las empresas públicas, los gobiernos, los partidos políticos, los sindicatos y las patronales.

De ahí, la actual situación de pérdida de confianza por la percepción (real) de los ciudadanos de un deterioro político y judicial y de un déficit institucional, tanto en España como en Europa, lo que deja bajo mínimos la reputación institucional.

Sin embargo, hay que ser optimistas a largo plazo porque, desde la irrupción de Internet, sólo existe un camino hacia el éxito organizacional, en un orden extenso y complejo de colaboración humana, caracterizado por un nuevo entorno de información globalizada. La confianza de la población y la reputación corporativa sólo se obtienen por medio de la transparencia y la honradez (ética).

LEER MÁS

Por una mecanización salvaje del trabajo

Nuestra sociedad se mueve entre dos extremos esquizofrénicos. Por un lado, muchos ciudadanos tienden a abrazar la visión tecnopesimista de que estamos en medio de un gran estancamiento económico; visión magníficamente ilustrada por esa lapidaria frase –“me prometistéis colonias en Marte y a cambio me habéis dado Facebook”– de Buzz Aldrin que copó la portada de la revista MIT Technology Review hace un año. Por otro, nos topamos con los tecnocatastrofistas neoluditas, quienes aseguran que el progreso tecnológico será tan veloz que permitirá una completa mecanización de los procesos productivos y, en consecuencia, cientos de millones de trabajadores se quedarán irremisiblemente sin empleo. Lo más gracioso del asunto, eso sí, es que muchas personas sostienen ambas visiones a la vez.

Inconsistencias al margen, una de estas dos corrientes ha ganado especial visibilidad mediática en los últimos días: un reciente paper de dos profesores de la Universidad de Oxford, Carl Benedikt Frey y Michael Osborne, ha pronosticado que el 47% del empleo actual de EEUU corre un elevado riesgo de desaparecer en las próximas dos décadas como consecuencia de la mecanización que permitirá el progreso técnico previsible a día de hoy. El dato ha sido aireado por todos los tecnocatastrofistas, quienes rápidamente han pronosticado un desolador futuro con masas pauperizadas.

Como los antiguos luditas, los nuevos se afanan por promover el oscurantismo científico con el pretexto de que puede condenarnos a un generalizado desempleo tecnológico. Pero, afortunadamente para la humanidad, si los avances previstos por Frey y Osborne se terminaran materializando, el mundo no avanzaría hacia ningún apocalipsis económico, sino hacia el que sin duda alguna sería el período más próspero de toda su historia.

La tesis de Frey y Osborne

La tesis de Frey y Osborne es relativamente sencilla: durante las próximas décadas, el progreso técnico que hoy resulta relativamente previsible conseguirá reemplazar funciones que actualmente están siendo desarrolladas por el 47% de los trabajadores estadounidenses. Por tanto, si la maquinaria sustituye a los trabajadores en estas funciones, éstos perderán su empleo.

Los autores dividen a las profesiones en dos grandes categorías: aquellas con un alto riesgo de desaparecer debido a su mecanización y aquellas otras que, de momento, parece complicado que desaparezcan por cuanto no pueden ser mecanizadas. En concreto, los puestos de trabajo con alto riesgo de desaparecer son las relacionadas con el transporte, producción, instalación y mantenimiento, agricultura, venta al público o funciones rutinarias en la oficina. En cambio, existen toda una serie de ocupaciones que es difícil que desaparezcan durante los próximos 20 años –sanidad, educación, ingenierías, cuidado de mayores o dirección de empresas– porque no es previsible su mecanización debido a que la tecnología incorporada en la maquinaria sigue adoleciendo de grandes limitaciones a la hora de imitar a los humanos en su destreza manual, en su flexibilidad para trabajar en posiciones raras, en su originalidad, en su sentido estético, en su capacidad de negociación y persuasión, en los cuidados personales o en su capacidad de empatizar.

Éste es el futuro que pronostican Frey y Osborne. No es que su análisis no contenga importantes limitaciones y simplificaciones, pero al menos no resulta inverosímil. ¿Deberíamos asustarnos? En absoluto. Lo que los autores están anticipando es un futuro en el que los niveles actuales de producción podrán mantenerse aún bajo el supuesto de que el 47% de los trabajadores se quedara en casa. Pero si ese 47% de los trabajadores no sólo no se queda en casa, sino que empieza a dedicarse a otras cosas, entonces los niveles de producción futuros serán estratosféricamente mayores a los presentes. Mas, ¿a qué otras cosas podrían dedicarse ese 47% que hoy está concentrado en ocupaciones mecanizables y de poco valor añadido? Pues a otras actividades más difícilmente mecanizables y de alto valor añadido: sanidad, educación, ingenierías, cuidado de mayores o dirección de empresas.

Lejos de extinguirse las oportunidades para montar una empresa o para encontrar un empleo, la mecanización anticipada por Frey y Osborne las multiplicaría en todos esos sectores no mecanizables, pues el brutal aumento de la renta disponible que experimentaríamos como consecuencia del radical abaratamiento de las actividades sí mecanizables nos permitiría aumentar el gasto (tanto el consumo como la inversión) en esos otros sectores.

Imaginen un mundo donde millones y millones de trabajadores no tuviesen que dedicarse a ocupaciones en general tan poco satisfactorias para el propio operario como el transporte, la construcción o las tareas rutinarias de oficina; un mundo donde esos millones de trabajadores pudiesen especializarse en analizar las necesidades de los consumidores, en investigar y desarrollar nuevos productos y procesos, en cuidar a nuestros mayores, en educar de un modo más personalizado a nuestros menores, o en supervisar la sanidad de mayores, medianos y menores. Sin duda, se antoja un paraíso con respecto a la actual; un paraíso que si no es viable en la actualidad es porque nos vemos forzados a “dilapidar” trabajadores en tareas imprescindibles para nuestro bienestar (construcción, mantenimiento, transporte…) que a día de otro no podemos realizar de otro modo salvo concentrando en ellas a una gran cantidad de empleados

Lo mismo sucede en una sociedad agraria de autosubsistencia: como todo el mundo tiene que dedicarse a cultivar el campo para sobrevivir, nadie puede centrarse en educar a los niños o en investigar tratamientos sanitarios contra las enfermedades que pueda sufrir la sociedad. Sólo cuando la aparición de tractores permite producir la misma cantidad de alimentos ocupando una menor cantidad de trabajadores, una parte de la sociedad puede dedicarse a tareas distintas a las de producir alimentos (tareas que intercambia por alimentos). La implementación del avance tecnológico que anticipan Frey y Osborne son los tractores de la sociedad moderna: las maquinarias que permitirán economizar y liberar trabajadores de aquellas ocupaciones donde la calidad del producto se ve muy poco influida por el hecho de que sean ejercidas por un ser humano. Si la naturaleza humana marca la diferencia en ciertas disciplinas, deben ser ésas las disciplinas en las que focalicemos nuestros esfuerzos: en tanto una máquina pueda hacerlo automáticamente tan bien como nosotros, no tiene sentido que perdamos el tiempo con ello.

Un contrapeso al invierno demográfico

Es más, los pronósticos de Frey y Osborne podrían contribuir a contrarrestar el invierno demográfico por el que transitarán muchas sociedades occidentales durante las próximas décadas. España, por ejemplo, no sólo perderá casi el 30% de su fuerza laboral en las venideras cuatro décadas, sino que además parte de la fuerza laboral que reste deberá dedicarse a cuidar de una población anciana duplicada. A menos que experimentemos un fortísimo crecimiento económico, el futuro de nuestro país se anticipa lúgubre especialmente para los ancianos: y si el crecimiento no puede provenir de una mayor cantidad de personas fabricando bienes y servicios, sólo podrá hacerlo de que cada persona produzca por sí sola muchos más bienes y servicios que ahora. Es decir, nuestro crecimiento futuro sólo podrá venir por el lado de una mayor productividad del trabajo y esa mayor productividad requerirá necesariamente de una amplia mecanización de muchas ocupaciones.

Desde luego, la transición hacia una economía mucho más mecanizada que la actual será dura y complicada, sobre todo para aquellos sectores que la sufran: habrá que reconvertirlos y reeducar a parte de sus desempleados, si bien la riqueza generada por el propio avance de la mecanización proporcionará el capital adicional para financiar ese proceso. Proceso duro, pero necesario. Como también lo fue la aparición del automóvil para el negocio de diligencias o la generalización del PC para la industria de máquinas de escribir. La alternativa oscurantista de frenar el progreso y de no incorporar las nuevas tecnologías a nuestros procesos productivos sería infinitamente peor: estancamiento y estándares de vida progresivamente peores, especialmente para la población adulta. El paper de Frey y Osborne no debería llevarnos a mirar el futuro con temor y desconfianza, sino con esperanza e ilusión: con la confianza de que los años más brillantes y prósperos para la humanidad todavía están por llegar gracias a, y no a pesar de, nuestra capacidad típicamente humana de usar la razón para desplazar las fronteras de nuestro conocimiento y para transformar ese conocimiento en nueva riqueza dentro de un contexto de libertad económica.

Vivir, actuar, pensar, sentir

En el núcleo de la Escuela Austriaca de economía se encuentra la praxeología, el estudio formal y abstracto de la acción humana a partir del axioma apodíctico y a priori de la acción intencional: el ser humano actúa utilizando medios escasos para conseguir los objetivos, fines o propósitos que subjetivamente considera más valiosos.

La Escuela Austriaca contiene otros elementos distintivos interesantes y valiosos: el carácter dinámico, heterogéneo, relativo y variable de las preferencias; los problemas y las limitaciones de las capacidades cognitivas, de comunicación y de coordinación de los agentes económicos en entornos complejos y cambiantes, incluyendo la imposibilidad del socialismo y el carácter destructivo del intervencionismo estatal coactivo; la evolución espontánea de órdenes emergentes y de instituciones sociales; los problemas relacionados con el tiempo, el riesgo y la incertidumbre; y la empresarialidad creativa, dinámica e innovadora.

La praxeología puede estudiarse de forma autónoma e independiente de otras ciencias naturales y humanas, pero ello puede resultar en una visión parcial y pobre de la realidad, sin conexiones o referencias externas que sirvan como puntos de apoyo o elementos de crítica. La praxeología no es el principio ni el fin de todo, y considerarlo así es un grave error.

El praxeólogo, partiendo de un principio verdadero y utilizando rigurosamente sus capacidades mentales de inferencia deductiva, puede sentirse muy seguro en sus exploraciones teóricas y cree comprender correctamente lo esencial de la realidad humana y social. Sin embargo tal vez no percibe, o no le importan, las limitaciones de su paradigma intelectual: quizás afirma cosas verdaderas pero imprecisas, poco relevantes o incompletas.

El praxeólogo purista o integrista desdeña la psicología (timología), desconecta la teleología de la realidad material, física y biológica, e insiste en diferenciar de forma radical la acción humana de la conducta o comportamiento animal: considera la intencionalidad como exclusiva de los seres humanos (no lo es), e ignora formas de acción no intencional (como reflejos, reacciones o hábitos), expulsándolas fuera del ámbito del estudio económico. No se pregunta por qué existen la acción intencional y las valoraciones; no conecta la acción con los conceptos de interacción y trabajo de la física; no se da cuenta de que el pensamiento es un tipo particular de acción cuya función es dirigir y coordinar otras acciones; e insiste en que los humanos eligen, deciden mediante su libre albedrío, mientras que los otros seres vivos sólo reaccionan instintivamente según leyes deterministas.

Si sientes interés por aprender a conectar la física, la biología, la economía, la psicología e incluso la moral y la ética, en breve impartiré un seminario intensivo sobre estos temas, que son muy enriquecedores y fácilmente comprensibles para cualquiera cuando se explican de forma adecuada. Resumiendo mucho:

Los organismos son agentes económicos: la vida implica acción dirigida, controlada por la psique con emociones y cognición. La vida incluye competencia y cooperación, y la vida social cooperativa es muy exitosa: gran parte de la psique (preferencias, intencionalidad, conciencia, moral, normas, instituciones) existe para la coordinación social.

Los organismos vivos son sistemas físicos con una organización especial tal que se autoconstruyen. La vida implica acción, trabajo, costes, uso de recursos, economización. Los organismos son entidades complejas con muchas partes cuya acción conjunta exige coordinación. La acción adecuada para la supervivencia y el éxito evolutivo requiere mecanismos cibernéticos de control y dirección que tengan en cuenta el estado del propio agente y del entorno. Los sistemas cibernéticos de los organismos incluyen sensores y procesadores de información según modelos representativos del mundo (cognición y emociones, capacidades y preferencias). La mente es una herramienta para la resolución de problemas.

Para cooperar y competir mejor los organismos intentan anticiparse de forma estratégica, prediciendo el futuro y preparando planes de acción. Para reducir riesgos los organismos no ensayan directamente conductas en el mundo real sino que las simulan virtualmente en sus cerebros. La intencionalidad emerge evolutivamente como una adaptación para mejorar el control de la acción propia y el entendimiento de la acción ajena. La consciencia surge de la autorepresentación como agente intencional, la integración narrativa de información y la supervisión a alto nivel de la actividad de la sociedad de la mente.

Los seres vivos pueden competir o cooperar. La vida social es especialmente exitosa porque permite juntar esfuerzos, compensar riesgos y especializarse. Pero la socialización requiere capacidades cognitivas y emocionales especiales: preocuparse por el bienestar ajeno, entender la acción de otros, someter la conducta a normas morales pautadas que eviten conflictos destructivos, detectar y desincentivar a los parásitos tramposos. En los grupos sociales son esenciales la confianza y la reputación o estatus: son necesarios mecanismos cohesionadores y de demostración de lealtad y compromiso. La moralidad fomenta la cooperación dentro del grupo para competir contra otros grupos.

La capacidad de imitación memética y en especial el lenguaje introducen el ámbito de la cultura, el arte, la religión, la tecnología y la ciencia. El lenguaje incrementa enormemente las capacidades de coordinación y producción y difusión de conocimiento, pero también permite la manipulación, el engaño y la hipocresía. La comunicación honesta requiere el uso de señales costosas difíciles de falsificar.

Parte importante de la acción humana consiste en influir sobre los demás. Las capacidades de argumentación no son tanto para conocer la realidad sino para persuadir a otros y vencer en disputas verbales. La mente humana presenta múltiples limitaciones, imperfecciones y sesgos sistemáticos.

El tonto útil y la NSA

Siempre que escucho el calificativo de tonto útil pienso en Korpik, el soldado Alemán que desertó el día antes de la operación Barbarroja para avisar del inminente ataque a sus camaradas comunistas rusos, y que terminó ejecutado por orden de Stalin. Es difícil imaginar qué se le pasaría por la cabeza a este hombre minutos antes de ser fusilado por los mismos a los que quería salvar… ¿Se arrepentiría de haber cometido semejante insensatez?, ¿cuestionaría sus ideales comunistas viendo lo que le iba a ocurrir?, ¿o simplemente no entendió nada hasta que todo acabó?

Seguramente fue esto último lo que le ocurrió. Otro pobre idiota que pensó que el comunismo era algo más que decirle a Stalin lo que quería oír, y que no vivió lo suficiente para ser consciente de su error.

Por desgracia Korpik fue solo una de las millones de personas que murieron por culpa de Stalin y su criminal régimen, pero al menos muchas de sus víctimas murieron sabiendo quién era el responsable de su muerte.

Lo mismo ocurre actualmente, salvando las distancias, con el sistema fiscal. No deja de ser divertido ver cómo se indignan los defensores del fisco cuando ven que los dineros recaudados son malgastados en subvenciones absurdas o robados directamente por la casta política. ¿Es que esperaban otra cosa?

Una vez más, el único consuelo que le queda a cierta parte de la población es ver la cara de tontos de nuestros conciudadanos cuando se dan cuenta de que los cuervos, que con tanto esmero han criado, nos están sacando los ojos.

Tengo que reconocer que uno de mis mayores placeres es torturar a este tipo de personas poniéndoles constantemente sus contracciones en frente de sus ojos. Por ejemplo disfruto bastante cuando algún interlocutor me saca el tema del espionaje de la NSA (Agencia de Seguridad Nacional). Ante la pregunta de por qué le preocupa tanto que la agencia estadounidense lea sus correos cuando no le da importancia a que Montoro sepa qué pagadores tiene, cuánto le pagan, qué compra y qué vende, siempre me encuentro con la misma cara de perplejidad.

Es evidente que la NSA o incluso el CNI pueden hacer al españolito medio bastante menos perjuicio con los correos que intercambiamos con nuestra novia, o amante, que Montoro con las ganancias de un año de duro trabajo. Pero hete aquí que para el tonto útil los impuestos son algo bueno y el hecho de que se gasten en espiarle los correos no les quita un ápice de su legitimidad. De hecho es difícil que el tonto útil medio llegue a unir los puntos para descubrir que una cosa está relacionada con la otra.

Tampoco termina de entender que es bastante mejor que la NSA tenga que meterse en los servidores de Google para espiarte, a que tu tengas que descargarte de un servidor de la NSA los correos del año (fiscal), asegurar que son tuyos y que no tienes otros correos que no estén espiados. También es mejor que la NSA tenga que molestarse en crear leyes absurdas y enrevesadas que les permita obligar a los grandes servicios de internet a cederles ciertos datos, a que el Estado (con el apoyo social) haya obligado de forma clara y meridiana a esos mismos servicios a pasar toda la información (y cuando digo toda, es toda) a la NSA de forma directa, para que, una vez analizada, pueda dictaminar nuestro grado de terrorismo y penalizarnos económicamente en consecuencia.

Dicho de otra forma, el tonto útil actual, como el del 1941, es incapaz de distinguir la realidad en la que vive y se escandaliza con lo que hacen "los otros" mientras cierra los ojos a lo que hacen "los suyos". Si le quitas importancia a lo que hace la NSA porque Hacienda va mucho más lejos, y encima financia a las NSA de turno, eres un defensor del espionaje o un loco. Pero loco y todo seguirás teniendo razón, y el tonto útil seguirá siéndolo cuando el historiador de turno explique a las generaciones futuras la forma en que se cavaba su propia tumba, y se quedaba con cara de idiota cuando le metían dentro y le enterraban.

¿En los brazos de la Madrina?

Todo indica que Michelle Bachelet ganará la elección del próximo día 17. Lo hará ofreciendo al pueblo chileno Estado, Estado y más Estado. Un Estado Mamá poderoso y generoso que lo proteja y le asegure todo tipo de derechos. Además, se invita a los chilenos a creer que tanta maravilla no tendrá costos para ellos y que incluso los impuestos bajarán, excepto, claro está, para las empresas y una minoría de súper ricos.

¿Quién podría resistirse a semejante tentación? Como diría el Padrino, se trata de an offer you can’t refuse.

La Madrina chilena no debate ni acepta preguntas molestas de los periodistas. Esto lo aprendió de su colega transandina Cristina y hasta ahora le ha resultado de maravilla. Lo que le pide a los chilenos no es poca cosa: que le den poder, mucho poder para hacer lo que quiera con el país. Quiere no sólo ser elegida con mayoría absoluta en primera vuelta, sino, sobre todo, obtener una mayoría parlamentaria que le permita cambiar la Constitución y llamar a una Asamblea Constituyente. Claro, como reina de la ambigüedad que es, no lo dice con todas sus letras, simplemente dice "No lo excluyo", "Ya veremos".

Lo más triste de todo no es que muchos le crean, cosa ya lamentable, sino ver cómo "el capital" corre detrás de la Madrina, subsidiando una campaña que parece tener recursos ilimitados. Los canales de televisión controlados por los grandes grupos económicos están rendidos a sus pies, y desde las poderosas asociaciones de empresarios no se ven sino sonrisas hacia Michelle (inversamente proporcionales a la hosquedad con que siempre han tratado a Sebastián Piñera, quien por conocerlos bien los ha controlado como nunca).

En términos mafiosos, este generoso apoyo se llama pagar por la protección, es decir, en este caso, por el derecho a seguir abusando del pueblo chileno tal como lo hicieron durante el anterior Gobierno de Bachelet y los 20 años de la Concertación.

El domingo 17 los chilenos decidirán si Bachelet gana en primera o en segunda vuelta. Su principal contendora es Evelyn Matthei, de la Alianza por Chile, es decir, la coalición de los partidos de centroderecha. Una mujer conocida por su valentía, por decir lo que piensa y por no tener pelos en la lengua ni complejos que la acallen, y, a diferencia de Bachelet, siempre dispuesta a dar entrevistas y a responder todo tipo de preguntas.

La confrontación entre estas dos mujeres, si pasan a segunda vuelta, sería muy directa, obligaría a Bachelet a confrontarse con sus ambigüedades: ¿por o contra el modelo actual de desarrollo chileno?, ¿por mantener la libertad de enseñanza o por estatizar la educación chilena?, ¿por seguir confiando en el esfuerzo individual y el trabajo o por hacer del Estado el gran protagonista de la vida social?, ¿por un desarrollo evolutivo de la institucionalidad o por lanzarse a la aventura chavista de la Asamblea Constituyente?

Ojalá los votantes chilenos no se dejen seducir por los cantos de la Madrina y apuesten por la estabilidad política e institucional, por las reformas, el empleo y el desarrollo, factores que en su conjunto han mostrado ser el camino que ha llevado a tantos países a la prosperidad.

ideasyanalisis.wordpress.com