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La profesionalidad mal entendida

En España se habla mucho sobre nuestra mentalidad contraria al emprendimiento, o en cristiano: la manía que le tenemos al que quiere ganar dinero. Pero también otro problema igual de importante: la profesionalidad.

Mucha gente tiene una idea equivocada sobre qué es ser profesional y por qué hay que serlo; pongamos por caso la forma de valorar el trabajo en las empresas españolas. ¿A quién se premia más? ¿Al trabajador que realiza su tarea a tiempo o al que está hasta las 20h. de la tarde para acabar la suya y aprovecha para tomar una cerveza con el jefe?

Tristemente, excepciones aparte, se valora más al trabajador que más horas y más relaciones hace en la oficina que al que mejor hacer su trabajo.

Por otro lado, existe el trabajador que piensa que involucrarse en su trabajo es regalar algo a la empresa por la que no te paga. Por ejemplo, mucha gente no se forma sobre su profesión (leyendo libros especializados, asistiendo a conferencias, etc.) porque opina que es la empresa la que debe ocuparse de su formación.

La realidad es que la formación de un empleado es el capital del que va a vivir el resto de su vida, y por tanto no debe delegar esa función en la empresa, la que solo está interesada en su productividad a corto plazo.

También existe la idea de que para ser un buen profesional no tienes que tener en cuenta la rentabilidad de tu trabajo y enfocarte solo en la calidad del mismo.

Precisamente es al contrario; un buen profesional siempre tiene en cuenta el presupuesto de su cliente, ya que es consciente de que trabaja para él y no para sí mismo. Otra cosa es que el el cliente o la empresa para la que se trabaja tengan unas expectativas que sean inaceptables. Pero a nadie le obligan a trabajar a punta de pistola.

Uno puede pensar que hablar de profesionalidad cuando hay tantos millones de parados en el país es absurdo. Que el objetivo tendría que ser trabajar en cualquier cosa que te ofrezcan y no pedir peras al olmo. Pero la verdad es que la época de los trabajos poco cualificados pasó a la historia, y ahora la única posibilidad de salir adelante es vender un trabajo con una calidad lo suficientemente elevada como para atraer inversores y exportar productos que el resto del mundo quiera comprar.

Y eso no lo vamos a conseguir con una mentalidad que nos lleva a estar 12 horas en la oficina porque no tenemos la organización ni la disciplina necesarias para fijarnos horarios, ni esperando a que algún empresario nos mantenga perfectamente formados en disciplinas que evolucionan cada año que pasa, ni mucho menos produciendo productos de una calidad por debajo del precio que pretendemos cobrar por ellos.

En definitiva, hace falta que en España se pueda confiar en que cuando contratas a alguien para hacer un trabajo lo va a hacer, y no preocuparte sobre si vas a tener que perseguirle para que lo haga, o formarle para que sepa hacerlo o tirarlo el producto a la basura por lo mal que está hecho.

Por supuesto hace falta muchas más cosas aparte de eso, o para llegar a eso. Pero la profesionalidad es una de ellas.

¿Necesitamos más educación?

La educación es uno de los pocos asuntos en los que hay unanimidad: necesitamos más educación. Da igual a quién preguntes. Todos los días hay alguien en los medios, de cualquier partido o corriente ideológica, señalando que la solución a nuestros problemas pasa por "más educación". ¿Pero es esto cierto?

Todos somos, de alguna manera, expertos en el sistema educativo. Al fin y al cabo hemos pasado buena parte de nuestra vida metidos en una clase, escuchando las lecciones del profesor y memorizando libros de texto al llegar a casa. Nadie duda de que la educación es fundamental. Pero al mismo tiempo hay un hecho que admitimos en privado, pero que en público no se suele mencionar. Y es que, si echamos la vista atrás y pensamos en las miles de horas que hemos pasado en el sistema educativo, la mayor parte del tiempo no estábamos aprendiendo cosas prácticas ni adquiriendo habilidades productivas. En general damos pocos contenidos realmente útiles para nuestro futuro profesional. Cuando nos ponemos a trabajar, caemos en la cuenta de que como se aprende no es memorizando textos sino haciendo cosas.

Entonces, ¿hemos estado perdiendo masivamente el tiempo? En absoluto. Pese a que parece que buena parte del contenido educativo es inútil, al salir al mundo laboral nos encontramos con lo que intuíamos: cuantos más y mejores títulos tenemos, mayores son nuestras probabilidades de encontrar trabajo y mayor tiende a ser nuestro salario. Las empresas prefieren a los titulados. Estudiar una carrera universitaria, incluso sin subsidios, es una inversión muy rentable. En Estados Unidos es típico tener en cuenta el retorno sobre la inversión a la hora de elegir una universidad o un máster. Una carrera permite, con facilidad, multiplicar la inversión inicial realizada por cinco o seis a lo largo de tu vida profesional.

¿A qué se debe este aparente contrasentido? El economista americano Bryan Caplan está escribiendo un libro, The Case Against Education, sobre esta paradoja, del que ya ha expuesto sus ideas principales en varios artículos y conferencias. Y es que, explica Caplan, las empresas se enfrentan a un gran problema cuando entrevistan a un potencial empleado: no tienen ni idea de cómo trabaja ni saben si dice la verdad. Así que una forma muy efectiva de ver si el candidato es trabajador, inteligente y capaz de realizar un trabajo aburrido y repetitivo sin quejarse, que es lo que buscan, es tener la prueba de que el candidato ya ha realizado con éxito cosas aburridas y repetitivas que exigen esfuerzo e inteligencia. Le piden que tenga una carrera. El contenido tiene su importancia, sí, pero no es lo fundamental. Los bancos de inversión y las consultoras de élite, por poner un ejemplo, están llenas de ingenieros y físicos que cuando entran no saben lo que es un balance o cómo funciona un negocio.

Supongamos que queremos contratar a alguien y nos llegan dos candidatos. El primero, un listillo, afirma que lleva cinco años aprendiendo por su cuenta lo que considera que es útil, ha asistido a clases sueltas en las universidades más prestigiosas de Estados Unidos, que suelen ser abiertas, y ha ayudado voluntariamente a profesionales de sector a hacer su trabajo, complementando su aprendizaje con una formación práctica. Por supuesto, no tiene título. El segundo trae en la mano un título de Harvard. Como empresarios, pensamos dos cosas. El primero parece listo, pero también es muy posible que sea inconformista, poco constante, indisciplinado y puede que vago. No lo sabemos. Pero podemos tener bastante certeza de que el de Harvard, aunque haya estudiado algo que nada tenga que ver con el trabajo, no es un paquete. Entrar en una gran universidad es difícil, con lo que ellos ya han hecho el filtrado. Le han seleccionado de entre muchos y le han exigido disciplina y muy buenas calificaciones. Así que nos quedamos con el segundo. Puede que no acertemos siempre y tal vez se nos escape algún genio. Pero en general funciona.

El "modelo de señalización" que explica Caplan tiene todo el sentido. Pero choca con dos intuiciones que tenemos muy arraigadas. La primera es que nos resistimos a pensar que la mayor parte de ese tiempo en el sistema educativo no nos ha aportado gran cosa para nuestra vida profesional. Esto no quiere decir, en absoluto, que educarse no enriquezca nuestra vida, que no podamos disfrutar leyendo ciencia, filosofía o historia. Pero la gente que disfruta yendo a clase, a conferencias o leyendo libros y artículos, aunque abundemos en el Instituto Juan de Mariana, no es la mayoría. Lo normal no es que la educación se considere un bien de consumo, sino una inversión. Por eso nos cuesta admitir que tras todo el esfuerzo realizado podremos ser más cultos, pero no mucho más productivos. No es fácil pensar que el objetivo actual del sistema educativo, en buena parte, no es el de formarnos, sino el de ponernos un sello fácil de entender por los empresarios.

La segunda intuición con la que esta teoría choca es con la idea de que si todos aumentamos nuestros años en el sistema educativo, todos estaremos mejor. Caplan dice que no. Si los políticos, con toda su buena intención, incentivan a todo el mundo a sacar un título universitario, el empresario dejará de fijarse en quién tiene una carrera y empezará a fijarse en quién tiene dos, un máster o un doctorado. El título se devalúa. Y esto obliga a todo el mundo a pasar aún más años en clase, cuando podrían estar haciendo prácticas o trabajando, que es como se aprende de verdad. Al final, al que más se perjudica es al que en un principio se pretendía ayudar.

¿Necesitamos, como sugiere Bryan Caplan, menos educación? En mi opinión lo que necesitamos no es ni más ni menos, sino mejor educación. El hecho de que los títulos sirvan para señalizar no tiene por qué obligar a que no enseñen cosas productivas. Se necesitan programas con contenidos más adecuados, más prácticos, mejor adaptados a la vida profesional. Programas que no sólo sirvan para trabajar, sino también para emprender. Y la solución pasa por quitar de las manos de los políticos algo tan importante como es la educación. Se necesita, en definitiva, libertad. Con mayor libertad educativa los centros podrán competir en proporcionar mejores planes de estudios. Así podrá funcionar el mecanismo adaptativo por el que tenderá a prosperar lo que los alumnos y padres elijan, y no lo que dicte el ministro de Educación. No es casualidad que las escuelas de negocios y ciertas universidades privadas, con algo más de margen para diseñar sus contenidos, sean actualmente las que tienen materias más útiles, la que usan el inglés, traen profesionales para que impartan clase e incluyen prácticas laborales como parte fundamental del programa. En conclusión, no necesitamos más, sino mejor educación. Y para ello hace falta más libertad.

El inequívoco éxito del sistema escolar

Es sorprendente que los resultados del llamado informe PISA de adultos le sorprendan a alguien. Somos los últimos en matemáticas y los penúltimos en comprensión lectora, sólo superados por Italia. Nada nuevo bajo el sol, en realidad. Pero como el que no se consuela es porque no quiere, ya ha salido la derecha (si podemos seguir llamando “derecha” al partido de Rajoy) culpando a la izquierda, y la izquierda culpando a Franco. Porque en escurrir el bulto sí somos altamente competentes en España. Leer y calcular, no, pero pasarle la pelota a otros y lavarnos las manos, eso se nos da de maravilla. Y puestos a seguir consolándonos, una de las autoras del informe ha afirmado que el resultado no ha sido tan malo como se esperaba. Lo justifica diciendo que competíamos con los países mejor preparados del mundo, como si ser los peores de los 23 primeros sea alguna buena noticia. Remata su argumentación con el dato de que en equidad sí superamos a la media: “La igualdad de género es total, no existe desigualdad entre los jóvenes”. O sea, que hombres y mujeres somos igual de ignorantes e igual de incompetentes lo cual, al parecer, es algo bueno.

Leo en internet, sobre las matemáticas: “Según el informe la gran mayoría de los españoles, que sólo alcanzan el nivel dos, tienen dificultades para extraer información matemática de situaciones reales, como comparar paquetes de ofertas turísticas; para resolver problemas de varios pasos, como calcular el precio final de una compra o calcular lo que puede costarnos una oferta de 3×2; y para interpretar estadísticas, como puede ser valorar el gráfico que aparece en los recibos de la luz.” Y sobre la comprensión lectora: “pueden comprender textos sencillos, pero les cuesta mucho extraer conclusiones de una lectura y se pierden en un texto de cierta profundidad y riqueza, como puede ser cualquier novela más o menos extensa.”  Supongo que esto explica muchas cosas, porque difícilmente vamos a poder gestionar un patrimonio o dirigir un negocio con semejante nivel. No sabemos calcular cuánto nos costará una oferta de 3×2 y no somos capaces de comprender una novela extensa pero podemos firmar hipotecas y préstamos alegremente. Algunos incluso están sentados en el parlamento redactando y aprobando leyes y presupuestos.

Como era de esperar, ya ha salido quien pide más de lo mismo, más fuego para apagar el incendio: Más leyes, más requisitos, más controles y más dinero. Es la demostración de que el sistema funciona perfectamente. Deberíamos hablar más sobre la relación del sistema escolar con la economía. Deberíamos conocer mejor (y reflexionar sobre) el origen de la escolarización obligatoria. Deberíamos preocuparnos por la extensión artificial de la infancia y la adolescencia. Deberíamos analizar las causas del exceso de diagnósticos psicológicos hechos a los niños. Pero, básicamente, deberíamos hacer una sola cosa: dejar de mentir a los niños sobre lo que importa en la vida y, sobre todo, dejar de creernos nuestra propia mentira. 

Subyace al sistema escolar obligatorio la idea de que la gente es peligrosa para el orden social si aprende a pensar y su imaginación permanece intacta con el paso de los años; la idea de que no hay forma de curar el “gen de la desobediencia” en la gente que piensa por si misma. Si Fichte levantara la cabeza se sentiría realmente orgulloso de ver en qué se ha convertido Europa.

Hace algunos años se emitió en televisión un concurso titulado “¿Sabes más que un niño de primaria?” en el que los concursantes debían contestar preguntas del currículum oficial de educación primaria. Normalmente los concursantes eran jóvenes menores de 40 años, con titulación universitaria y en activo profesional. Normalmente, además, no tenían ni idea de qué se les estaba preguntando, lo cual demuestra que lo que supuestamente se enseña en la escuela sirve de bien poco en la vida real. Pero casi nadie se cuestiona el currículum. Casi nadie se cuestiona la legitimidad de los políticos para imponer su modelo escolar cuando ésta es la única cuestión que importa: ¿quién tiene legitimidad para decidir qué cosas debe aprender un niño y cuándo y cómo debe aprenderlas? Si ustedes siguen respondiendo que el Estado es quien la tiene, entonces estarán poniendo de manifiesto que mi tesis es cierta: el sistema escolar funciona de maravilla.

Porque lo cómodo es seguir culpando al gobierno del color que no nos guste y volver a votar en las siguientes elecciones. Lo fácil es culpar a tal o cual ley, a la supuestamente insuficiente financiación o a cualquier otra minucia que poco tiene que ver con la cuestión. Lo serio y deseable, aunque menos cómodo, sería investigar cuál es el origen y el objetivo real del sistema, a cuestionarlo todo, a proponer alternativas y empezar a cambiar lo que esté en nuestras manos. Quedarse en casa esperando que alguien nos de una solución mágica (porque es nuestro “derecho”) es un acto de suma irresponsabilidad. Que vivimos en la era de las comunicaciones y la excusa de la falta de oportunidades ya no es creíble.

Inmigración (III): cinco fuerzas irresistibles

Un principio fundamental en economía es que las diferencias crean oportunidades de intercambio.
Lant Pritchett.

Las barreras migratorias enervan la tendencia a la igualación de los salarios que prevalece cuando el trabajo disfruta de plena movilidad internacional.
Mises.

Toda la seguridad del mundo no podrá separar a los trabajadores migrantes con determinación de llegar adonde están las oportunidades económicas.
Alex Nowrasteh.

De modo semejante a como rige en el principio de los vasos comunicantes, hay grandes impulsos en las sociedades humanas que tienden a un cierto equilibrio entre la oferta y demanda laboral entre los diferentes países.

Siguiendo el interesante estudio del economista del desarrollo, Lant Pritchett, podemos decir que existen cinco fuerzas irresistibles en la economía global de nuestros días que crean (y crearán en el futuro) cada vez mayores presiones para un aumento en el flujo migratorio de trabajadores a través de las fronteras nacionales, especialmente desde los países pobres hacia los ricos. A saber:

1. Diferencias en los salarios de los empleos no cualificados. Es la fuerza más intensa de todas. Las acusadas discrepancias entre salarios de trabajos no cualificados crean una presión muy fuerte para migrar fundamentalmente porque las diferencias no se explican por características o habilidades especiales de las personas sino por razones meramente espaciales (diferencias salariales acusadas según el lugar donde se produce la oportunidad laboral). La existencia de ayudas y transferencias sociales del Estado de bienestar, pese a ser algo añadido, no son ni mucho menos la razón principal de los desplazamientos migratorios. El economista Michael Clemens comentó en cierta ocasión que es muy difícil que un móvil o unos pantalones vaqueros puedan ser vendidos por una diferencia en precio de mil por ciento en dos países diferentes pero que, por el contrario, sí se dan esos diferenciales en salarios de trabajos de cajeros en un McDonald’s, de cuidador de niños o de peón de construcción entre Haití y los EE UU, por ejemplo. Las disparidades en los niveles salariales son enormes. Demasiado tentadoras, por tanto.

2. Futuros demográficos crecientemente discrepantes. Es una realidad constatada el que las sociedades desarrolladas tengan una población cada vez más envejecida. Por su parte, las poblaciones de los países en vías de desarrollo van en aumento, gracias al capitalismo y a los avances de la medicina y la alimentación a nivel mundial. El desfase entre demografías irá incrementándose y, por tanto, será cada vez más complicado contener la movilidad internacional de la fuerza laboral entre países.

3. Todo está globalizado menos el trabajo. A diferencia de la primera globalización del siglo XIX, la era posterior a la Segunda Guerra Mundial ha sido un experimento global de todo menos de la fuerza de trabajo. A pesar de que cada vez son más los que viajan de un país a otro como turistas o de negocios, el incremento de la movilidad internacional del trabajo ha sido exigua si lo comparamos con el aumento de los flujos de mercancías, capitales, ideas y comunicaciones a través de las fronteras nacionales. La expansión de la globalización hará cada vez más difícil el mantener inmóvil la fuerza laboral en el mundo.

4. Fuerte demanda de empleo no cualificado de difícil deslocalización. El resultado de una mayor productividad, salarios que se van progresivamente elevando, una creciente población envejecida y una más intensa globalización implica que habrá una inexorable y cada vez mayor demanda por trabajos de poca cualificación y que, además, son de difícil deslocalización o automatización en los países desarrollados. Las economías modernas precisarán de cada vez más ingenieros, médicos o informáticos pero también de más auxiliares de enfermería o geriatría, conserjes, cajeros, empleados domésticos, jardineros, camareros, empleados de limpieza o de comida rápida, por poner solo unos pocos ejemplos. Las economías avanzadas crean puestos para personal altamente cualificado pero, al mismo tiempo, también crean puestos para personas poco cualificadas. Échense fuera a los inmigrantes y dichos trabajos simplemente se esfumarán en su gran mayoría, sufriendo la economía de acogida una merma en la división del trabajo y en la especialización y, por tanto, en su eficiencia en su conjunto.

5. Crecimiento renqueante en países "fantasmas" o "zombies".Tal y como aducía Albert Otto Hirschman (1977), la emigración se produce indefectiblemente cuando se desconfía en las posibilidades que ofrece el país de origen de uno. Es un termómetro fiable que nos indica que un país está en situación de desgobierno, de fragilidad institucional, de desarticulación social o desconfianza colectiva. En estos casos la emigración se conforma como una válvula de escape de las crisis sociales y, al mismo tiempo, como una denuncia silenciosa de la endeble capacidad institucional de respuesta colectiva en los países de origen afectados.

Según Pritchett, si se da un persistente y largo declive en la demanda de trabajo en un determinado país o en un territorio dado por estallar un conflicto bélico, por inhibir su gobierno y sus instituciones extractivas de forma sistemática la iniciativa productiva de sus ciudadanos que les condene a vegetar sin esperanza de mejorar su situación o, simplemente, por haber un cambio brusco de tecnología que afecte directamente a su economía, se pueden crear dos escenarios:

A) Si la fuerza del trabajo puede ser móvil y, por tanto, existe una oferta de trabajo elástica, se crearán territorios "fantasma" al despoblarse rápidamente (i.e. ciertas ciudades deshabitadas en la historia de los EE UU por falta de oportunidades de trabajo).

B) Por el contrario, si a la fuerza laboral de un país o enclave que está en declive económico no se le permite la movilidad y, por tanto, su oferta de trabajo es inelástica, la única salida a dicha situación es la caída generalizada de salarios. Una región que no puede volverse "fantasma" (por pérdida de población) se convierte en una economía "zombie" (i.e. toda la isla de Cuba o Corea del Norte), es decir, la economía está muerta pero la gente es forzada a vivir allí.

Solo cuando la emigración es consentida o no se puede contener eficazmente se produce en estos casos masivos y contundentes flujos migratorios. Se les podrá poner trabas, pero su curso es imparable.

Estas cinco fuerzas se dan cada vez con mayor intensidad en nuestro mundo, por lo que es previsible una mayor presión para que se produzcan mayores flujos migratorios a los presentes. Según estimaciones actuales, la migración internacional alcanza los 190 millones de personas, es decir, aproximadamente el 3% de la población mundial. Si bien esta cifra es el doble que la de 1975, sigue siendo aún un porcentaje francamente pequeño en comparación con el movimiento de capitales o el comercio internacional de mercancías. Ahora que viajar es más barato que nunca y que las oportunidades económicas se multiplican más allá de las fronteras nacionales, parece que se prepara una nueva era de globalización en los movimientos de las personas. Los turistas, los hombres de negocio y los trabajadores cualificados ya lo están viviendo. Queda pendiente liberar la enorme fuerza laboral de trabajadores poco cualificados por el mundo. Impedirlo mediante estrictos controles migratorios servirá para complicar las cosas mucho más, pero no para frenarlo.

Actualmente no quedan países aislados de los flujos humanos transnacionales (incluidos los desplazamientos de trabajadores entre países menos desarrollados). Todos ellos se han acelerado en las dos últimas décadas y parece que en el futuro la tendencia irá inevitablemente en aumento. No es aventurado afirmar que las grandes corrientes migratorias aún no se han iniciado.

Sin embargo, otras fuerzas se oponen a las aquí descritas y hacen que la sola idea de un aumento de la inmigración sea algo repugnante o amenazante hoy para muchas personas. No son otras que los temores fuertemente arraigados en el imaginario de los nativistas o autóctonos del país de acogida. En un siguiente comentario trataré de analizar dichas contrafuerzas o estados de opinión dominantes en las sociedades desarrolladas y su falta de consistencia desde el punto de vista teórico y empírico.


­Este comentario es parte de una serie acerca de los beneficios de la libertad de inmigración. Para una lectura completa de la serie, ver también I y II.

Ignorancia: ni libertad ni determinismo

Una de las mejores aportaciones de F. A. Hayek a la teoría social es la del crucial papel de la ignorancia en la configuración de una teoría sobre la libertad. Según esta óptica, la libertad es la mejor prescripción social, política y económica, habida cuenta de que la perfección cognitiva es imposible y, por tanto, el dirigismo social, devastador. Si no podemos prever la mejor vía de acción ni para nosotros mismos ni para los demás, dado que no es posible un estado de conocimiento perfecto y de previsión sin errores, lo más inteligente es la libertad de acción, es decir, limitar la coacción al mínimo imprescindible.

Sin duda es una aportación genial que relativiza y minimiza el debate determinismo-libertad o, por ser más precisos, determinismo-indeterminismo. Nunca cerebro humano alguno será capaz de averiguar el mecanismo de funcionamiento perfecto que los deterministas suponen que existe en los planos físico, biológico y social. Por lo tanto la pregunta sobre si todo está ya escrito (sea por una precisa mecánica cósmica, sea por una voluntad extranatural) o bien lo escribimos con nuestro libre albedrío, no es más que un asunto científicamente inconsistente, aunque, como ficción cultural que es, sea relevante para entender la acción humana.

La obra de divulgación científica de Jorge Wagensberg expone con claridad cómo ambos puntos de vista pretenden definir algo imposible de resolver metafísicamente y ajusta el debate a dos enfoques funcionales de la metodología científica correspondientes a sendos momentos diferentes de esta: el libre albedrío o indeterminismo es la óptica del científico que se enfrenta a un suceso no predecible, y el determinismo es la postura, compatible con el científico aplicador, del que expone la teoría resultante mediante una mecánica de causas y efectos.

A pesar de que, como decimos, la aportación de Hayek es crucial y una buena base teórica para prescribir más libertad, resulta incontestable que las implicaciones de la misma pueden matizar severamente esa cuestión.

En primer lugar, la misma ignorancia como fundamento de la libertad excluye la existencia de una regla racional segura acerca de cuánta libertad debe prescribirse en cada caso concreto. La ignorancia, aunque inerradicable, no es absoluta, por lo que no sabremos jamás cuánta cantidad de libertad es compatible con el nivel de conocimiento existente.

Por otro lado, dado lo imposible de la omnisciencia, tan absurdo es definir al hombre como un ser libre como decir de él que pertenece a un cosmos determinista. La única materialidad que somos capaces de percibir es que los contenidos de las ideas y de los propósitos humanos en acción están atrapados en parámetros genéticos y culturales dados, producidos socialmente (algunas veces por cooperación espontánea y, las más, por coacción social o política) y siempre cambiantes. Y si bien esta afirmación parece decantarse por la opción determinista, no `pasa de ser una ilusión que se desvanece al establecer como consiguiente realidad material el hecho de que la combinación de parámetros genéticos y sociales es única en cada individuo. Esta especifidad ofrece argumentos a los indeterministas tanto como a sus contrapuestos, siendo esta una cuestión irresoluble y, por lo tanto, innecesario su planteamiento. Lo imprevisible de las acciones de los seres humanos ofrece a la percepción la ilusión del libre albedrío y, de igual modo, la existencia de algunas regularidades en dichas acciones da pie a imaginar un universo predeterminado.

En realidad resulta irrelevante ese debate, aunque siempre existirá esa tensión conceptual que supone diferencias en los programas de vida diferentes que, a la postre, se traducen en programas políticos también diferentes. Sin embargo sí es fundamental que nos demos cuenta de que la ignorancia inerradicable es la base de nuestro modo de estar y que tanto las doctrinas del libre albedrío como las deterministas se conforman, también, como parámetros culturales socialmente producidos, meras ficciones que definen diversos modos de actuar, de producir y, cómo no, de establecer nuestros regímenes políticos sin que jamás tengamos la seguridad de de acertar con el grado de libertad/coacción que maximiza el escaso conocimiento existente.

La fiscalidad real de las grandes empresas oscila entre el 13% y el 27%

En los últimos días se ha venido afirmando en diversos medios e incluso desde la Agencia Tributaria que las grandes empresas tributan tan sólo a un 4,13% de sus beneficios. Cifra que, obviamente, se utiliza para justificar reiteradas subidas de impuestos a estas empresas y para contraponer la injusta diferencia de tributación de las grandes corporaciones frente a las Pymes.

Sin embargo, las grandes empresas no pagan sólo esta proporción. En realidad, y tras usar una corrección en los cálculos (una metodología utilizada por la propia Dirección General de Tributos), los grupos consolidados habrían pagado en 2012 más del 13% y las grandes empresas el 27%. Porcentajes muy lejos de la versión oficial de los partidos políticos y la mayoría de medios de comunicación.

Pagan más del 4,13%

En primer lugar, lo que torticeramente se llama grandes empresas que apenas pagan impuestos, en realidad son las empresas que aplican un régimen especial de consolidación fiscal. Pero a este régimen pueden acogerse los grupos de empresas grandes y pymes, aunque sean mayoría las primeras. Al mismo tiempo, no todas las grandes empresas forman grupos consolidados. Luego no es correcto y es demagógico afirmar que las grandes empresas pagan apenas el 4% de impuestos.

Por otra parte, la cifra del 4,13% se explica atendiendo a las estimaciones contenidas en el Informe Económico y Financiero que acompaña al proyecyo de ley de Presupuestos Generales del Estado para el 2014. Según este informe, las subidas de impuesto del Gobierno han elevado en 2012 la tributación efectiva de estas empresas un 18% en comparación al ejercicio 2011, año en el que, según el último Informe Anual de Recaudación de la Agencia Tributaria, estas empresas pagaron tan sólo el 3,5% de sus beneficios.

No obstante, tampoco es cierto que sólo pagaran el 3,5% de sus beneficios, como dice la Agencia. El motivo es que este cálculo omite una necesaria corrección del tipo efectivo que permitiría hallar una medida de tributación efectiva más realista. Por cierto, esta corrección es utilizada por los técnicos de la propia Dirección General de Tributos en sus análisis de la recaudación fiscal de cada año.

La tributación efectiva corregida

La mencionada corrección se basa en descontar el efecto de las deducciones que corrigen la doble imposición. La doble imposición se produce cuando se tributa dos veces por la misma renta. Por ejemplo, los beneficios de una empresa derivados de haber recibido dividendos de una participada están sujetos al impuesto. Sin embargo, esos dividendos fueron beneficios que ya pagaron en la empresa que los distribuyó. Se produce así una imposición en la empresa que los recibe y en la que los distribuyó.

Para corregir este efecto, el Impuesto permite aplicar estas "deducciones por doble imposición" a las empresas que reciben esas rentas que ya tributaron en su momento, y así evitar pagar dos o más veces por lo mismo. Tradicionalmente, éstas son las deducciones más elevadas que aplican las empresas, sobre todo las grandes, porque están más internacionalizadas y tienen más vínculos de propiedad con otras empresas.

El problema es que estas deducciones distorsionan enormemente el cálculo del tipo efectivo. En palabras de la Dirección General de Tributos (página 205 del documento enlazado), las deducciones por doble imposición son "minoraciones técnicas que no persiguen eximir de tributación ciertas rentas, sino evitar gravar dos o más veces los mismos beneficios". Es decir, con estas deducciones no se pretende favorecer o reducir los impuestos a las empresas, no es una concesión que privilegia a las entidades, sino que se pretende evitar que se pague dos o más veces por lo mismo.

Aislar esta distorsión a la hora de calcular la tributación efectiva de las empresas conduce a que debamos excluir estas minoraciones por doble imposición del cálculo del tipo efectivo (que es lo que realmente se paga en impuestos respecto al beneficio o resultado contable). Y el resultado es que el tipo efectivo descontando esta corrección, aumenta.

Lo que realmente pagan en impuestos

Tras excluir las minoraciones por doble imposición, y teniendo en cuenta los datos del Informe Anual de Recaudación 2012 de la Agencia Tributaria, obtenemos una tributación efectiva corregida para los grupos consolidados para el ejercicio 2011 de poco más del 11% aproximadamente, en lugar del 3,5% mostrado por la Agencia. Si a esto le añadimos el 18% de incremento anunciado en el Informe Económico y Financiero, obtenemos que los grupos tributarán a poco más del 13% en 2012.

Es decir, las medidas del Gobierno habrían incrementado los impuestos a estos grupos más del triple de lo anunciado a bombo y platillo por la Agencia, los partidos políticos y algunos medios. Y si aun así puede parecer poco el nivel de tributación efectiva, ésta se debe en muy buena medida a las pérdidas (compensables fiscalmente) que estos grupos han acumulado durante la crisis.

Respecto a las grandes empresas (que no consolidan), la tributación efectiva corregida ascendería aproximadamente a más del 23% en 2011. Si, hipotéticamente, aplicamos el mismo incremento del 18% para las grandes empresas y no sólo a las consolidadas (aunque aquí nos faltan detalles que expliquen este incremento), obtendríamos una tributación efectiva corregida para las grandes empresas del 27% en 2012. Así pues, ambas cifras están muy alejadas de la tradicional propaganda utilizada para subir los impuestos.

El ‘Obamacare’ y la deuda

Los republicanos se equivocan. El Obamacare no tiene absolutamente nada que ver con el dulce socialismo europeo. Es una versión limitada del modelo suizo de salud, rabiosamente conservador y muy de acuerdo con un principio básico del liberalismo clásico: las personas deben ser responsables de sus vidas. Cada palo debe aguantar su vela.

Los suizos tienen uno de los mejores sistemas de salud del mundo. Es eficiente, rápido, y con un altísimo nivel científico. Todas las personas que viven en el país, incluso los ilegales, desde que nacen hasta que mueren, tienen que suscribir un seguro de salud en una de las 93 compañías privadas que lo ofrecen y compiten en precio y calidad. El Estado federal regula las prestaciones de esos seguros o cajas de enfermedad y los cantones los administran. Si alguien no puede pagar por el seguro, el cantón se ocupa de sufragar esos gastos.

El sistema de salud suizo no es barato. Consume aproximadamente un 12% del PIB nacional (que es la media de los países de ODCE), pero en Estados Unidos es casi el 18%, mientras las medicinas son las más caras del planeta. En Estados Unidos, además, hasta la promulgación del Obamacare, existía esa vergüenza increíble de las personas a las que se les negaba un seguro médico por padecer alguna enfermedad crónica, o se les exigía una cantidad inalcanzable de dinero por la prima. Eso es indigno de la primera economía del planeta.

El Obamacare se parece mucho al modelo suizo, pese a los defectos que posee. Es un claro error, por ejemplo, que los indocumentados no puedan adquirir ese seguro de salud. Ello implica que, cuando se enfermen y deban atenderlos en los hospitales públicos, algo absolutamente justificable, los gastos acabe por afrontarlos el conjunto de la sociedad. Por acosar y perjudicar a los indocumentados, los legisladores acaban acosando y perjudicando a los ciudadanos y residentes legítimos.

Algo muy parecido a lo que sucede cuando a los indocumentados les niegan o complican innecesariamente el acceso a la ciudadanía. Todos los estudios serios demuestran que las personas con ciudadanía plena crean más riquezas y ahorros que quienes padecen la incertidumbre de una residencia precaria y limitada. Ser duro con los inmigrantes indocumentados es la manera más veloz de quedarse tuerto por ver al otro ciego.

Los demócratas también se equivocan. Es una insensatez del Gobierno de Obama continuar endeudando al país. La deuda nacional ya anda por los 17 billones (trillions en inglés). Todos los días de Dios esa deuda crece en más de 1.800 millones de dólares. Ya excede al PIB nacional (16 billones o trillions). Invito al lector a entrar a la web U. S. Government Debt para que vea en movimiento el cuadro de las finanzas públicas. Si no se asusta o deprime es porque padece una patológica indiferencia ante el horror o le han hecho una lobotomía radical.

Hoy los intereses son los más bajos de la historia y, pese a ello, de cada dólar que se paga por impuestos al Gobierno federal, veinticinco centavos van a parar a los tenedores de deuda pública. Si los intereses subieran al 5%, que se acerca a la media histórica, la mitad de los impuestos iría a pagar intereses. Como esa situación es impensable, dados los compromisos con la Seguridad Social, el Medicare y Defensa –los tres leones hambrientos del presupuesto–, habría que aumentar los impuestos y todo el aparato productivo disminuiría su capacidad de crear riquezas.

Pero los políticos no están locos ni son más irresponsables que los cocineros o los vendedores de camisas. Los políticos, como suele decir el diputado español Miguel Ángel Cortés, sólo son "animales feroces que se alimentan de votos". Y estas peculiares criaturas responden a los intereses de corto plazo de sus electores. La estupidez keynesiana de que "a largo plazo todos estaremos muertos" no sirve de consuelo. Si no se frena esta locura, a largo plazo todos estaremos en la ruina. Algo que se parece a la muerte.

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Una revisión de 1.700 estudios científicos avala la seguridad de los transgénicos

Un equipo de científicos italianos ha publicado en Critical Review of Biotechnology un metaanálisis de 1.783 estudios científicos sobre organismos genéticamente modificados (OGM), publicados entre 2002 y 2012, y ha concluido que "hasta el momento no se ha detectado ningún riesgo significativo relacionado con el uso de los cultivos transgénicos".

El trabajo, dirigido por el biólogo de la Universidad de Perugia Alessandro Nicolia, ha evaluado desde la interacción de las cosechas transgénicas con el medio ambiente hasta las consecuencias de su consumo en animales y seres humanos, sin detectar riesgos relacionados con el uso de cultivos transgénicos. Los autores del estudio afirman que una mejor comunicación sobre las plantas genéticamente modificadas podría tener un impacto significativo en el futuro de este tipo de organismos en la agricultura.

"Hemos intentando ofrecer una visión equilibrada sobre aquellos aspectos que han sido debatidos, las conclusiones que se han encontrado y las novedades en el debate", afirma Nicolia. Por ejemplo, frente a las protestas ecologistas de que estos cultivos reducen la biodiversidad, este metaanálisis no ha encontrado pruebas en ese sentido; es más, los estudios indican que los cultivos tradicionales tienen peores efectos que los modificados.

En cuanto a la seguridad alimentaria, los organismos genéticamente modificados deben pasar una prueba antes de comercializarse llamada "equivalencia sustancial" que muestre que son comparables a las variantes de llas que provienen. Entre otras cosas, se comprueba que tienen aproximadamente la misma cantidad de nutrientes y que no hay moléculas potencialmente tóxicas. Tampoco el ADN en sí mismo presenta peligro, ya que no puede integrarse en las células del consumidor simplemente por ingerirlo. Las investigaciones tampoco han encontrado pruebas de que las proteínas generadas por los genes insertados en estos cultivos sean tóxicas o produzcan alergias.

Sólo una de las afirmaciones habituales de los ecologistas encuentra respaldo en la literatura científica, y es que los genes incorporados en los cultivos se extiendan a plantas salvajes, otros cultivos o incluso microorganismos. Pero aunque el análisis confirma que "la formación de híbridos entre cultivos genéticamente modificados y variantes salvajes es posible y está documentada", esto también sucede con los cultivos normales constantemente y no es necesariamente dañino.

Pese a ello, organizaciones como Greenpeace hacen una constante campaña contra los organismos genéticamente modificados y los Gobiernos, especialmente los europeos, siguen impidiendo el uso de variadades que han pasado por todas las pruebas necesarias, pruebas mucho más exigentes que las sufridas por los cultivos normales. Hace más de quince años que los seres humanos empezaron a consumir productos transgénicos, sin que hasta la fecha se haya producido ningún problema de salud por ello.

Nueve claves para “curar la pobreza” en el mundo

La pobreza extrema está cayendo. Incluso, a lo largo de esta crisis que, al menos en Europa, parece interminable. Tanto el número de personas que están en esa situación -que viven con menos de 1,25 dólares al día- como su porcentaje sobre el total de la población mundial están disminuyendo.

Sigue siendo un problema de primera magnitud. Hablamos de 1.200 millones de personas que no tienen ni siquiera para pagarse las necesidades más básicas. Pero es que hace tres décadas eran 1.900 millones. Y en términos relativos la cosa es aún mejor. Hemos pasado del 42% de la población mundial en 1980 al 21% en la actualidad.

Este jueves el Centro Diego de Covarrubias presentaba en Madrid el programa Poverty Cure, una red internacional de organizaciones e individuos que buscan situar "la batalla contra la pobreza en una comprensión adecuada del ser humano y la sociedad". Para llegar al gran público, ahora lanzan una serie de seis vídeos de media hora de duración que contienen el eje de su mensaje.

La idea es analizar qué está funcionando y qué no. En opinión de sus promotores está claro: mientras la ayuda al exterior con la que los gobiernos tanto autobombo se dan no ofrece resultados tras más de cuarenta años, aquellas zonas del mundo que más se han abierto al libre mercado y la globalización salen de su postración a pasos agigantados. No es un mensaje muy habitual en los medios, pero cada día está más presente: más capitalismo y menos programas oficiales.

Nueve ideas

Poverty cure ofrece nueve "ideas básicas para crear riqueza". Es su catálogo de consejos para los países que todavía están atrapados en esa trampa de la que, hasta hace unos años, parecía imposible salir. En realidad, siguiendo su nombre es posible "curar la pobreza". Éstas son sus nueve claves:

1. "La economía no es un juego de suma cero": cuando dos partes intercambian bienes o servicios, los dos se benefician. Si no, tal y como explica el profesor Carlos Rodríguez Braun, no habría comercio. La magia del capitalismo es que es una relación en la que las dos partes pueden salir ganando. Por eso, los países y las regiones se especializan en aquello que mejor hacen y luego compran en el exterior lo que sus vecinos producen de forma más eficiente.

2. "Las predicciones malthusianas acerca de la sobrepoblación son falsas": un error clásico es pensar que hay una cantidad de riqueza predeterminada en el mundo. Si alguien cree eso, es lógico que también piense que si existen pobres en el mundo es porque hay ricos. Sin embargo, la historia de los últimos dos siglos es una demostración constante de que no es cierto. Hace 200 años, según el economista británico Angus Maddison, la riqueza mundial era de unos 700.000 millones de dólares (medidos en términos reales, con 1990 como año base). En estos momentos, el Producto Interior Bruto a nivel mundial, según el FMI, alcanza los 71 billones de dólares (cien veces más).

Y lo mismo puede decirse de la renta per cápita. Aunque la población ha crecido de menos de 1.000 millones de personas a los 7.000 millones actuales, la mayoría de la humanidad disfruta de niveles de bienestar sin precedentes. A comienzos del siglo XIX, la renta per cápita estaba en unos 650 dólares; ahora mismo ronda los 10.000 dólares.

Esta evolución ha ido echando por tierra todas las predicciones sobre el fin de los recursos. La humanidad siempre ha sido capaz, con su capacidad de inventiva, de ir por delante de su propio consumo. Por eso, para quienes creen en el libre mercado, la mejor manera de acabar con la pobreza no es obligar a estos países a consumir menos o introducirles en ese concepto del "desarrollo sostenible" que no se sabe muy bien en qué consiste, sino embarcarles en el proceso creativo del capitalismo global.

3. "La economía de los países más pobres crece cuando se les permite competir en la economía global": en los años 60 y 70, la pobreza era fundamentalmente un problema asiático y no africano. Según datos del Banco Mundial, en 1980, el 84% de los chinos estaba en situación de "extrema pobreza", al igual que el 61% del sureste asiático o el 60% de los indios. En esta situación sólo estaba el 51% de los africanos, que habían ido perdiendo posiciones desde la descolonización. En 2010, apenas un 12% de los chinos seguía dentro de esta categoría, el 13% de los aiáticos y el 33% de los indios. Los africanos, por su parte, estaban estancados en el 48%. ¿Por qué esta diferencia? Pues puede haber muchas explicaciones, pero parece evidente que mientras Asia se embarcaba en un proceso de liberalización económica sin precedentes e integración en los mercados mundiales, el continente negro se introducía en un círculo vicioso de intervencionismo estatal y proteccionismo.

4. "La competencia honesta respetando el imperio de la ley en un entorno moral apropiado crea oportunidades para que los pobres salgan de la pobreza": los índices de libertad económica que cada año se publican son muy claros. A más libertad económica, entendida en sentido amplio, más riqueza. El respeto a los derechos de propiedad y a los contratos libremente firmados; la no interferencia gubernamental en el intercambio voluntario entre las partes; la existencia de un entorno legal previsible y de un marco jurídico confiable. Todas estas características son apuestas ganadoras. Por ejemplo, los diez países de la última edición del Índice de Libertad Económica de la Fundación Heritage y The Wall Street Journal son todos ellos ejemplos de prosperidad y riqueza: Hong Kong, Singapur, Australia, Nueva Zelanda, Suiza, Canadá, Chile, Mauricio, Dinamarca, Estados Unidos.

5. "Las empresas y los empresarios son la clave para el crecimiento económico y la prosperidad": una frase de este tipo habría sido un anatema hasta hace unos pocos años. Ahora, está empezando a cambiar. De hecho, hace unos meses, Bono, el famosísimo cantante de U2, desató una enorme tormenta con sus declaraciones, diciendo, más o menos, lo mismo que Poverty Cure: "La ayuda es sólo un parche, el comercio y el emprendimiento capitalista sacan a mucha más gente de la pobreza, por supuesto".

6. "Una economía de mercado necesita instituciones para mantener un crecimiento sostenido: derechos de propiedad, imperio de la ley, respeto a los contratos,…": probablemente no ha habido un libro de economía y política más comentado en los últimos dos años que Por qué fracasan los países, el estudio sobre la riqueza y la pobreza de las naciones de Daron Acemoglu y James Robinson. Estos dos profesores analizan la razón por la que algunos estados han prosperado y otros no. Sus "elites extractivas e inclusivas" son ya un clásico del lenguaje económico/político. La idea es que la principal razón para explicar el éxito de un país está en la riqueza de sus instituciones. De nuevo, es ahí donde debería centrarse la ayuda a África, no en faraónicos programas que muchas veces sólo sirven para perpetuar en el poder al tirano de turno.

7. "Las personas tienen derecho a emigrar buscando nuevas oportunidades a través del trabajo duro": una de las principales restricciones a la libertad económica en el mundo la constituyen las fronteras. El factor trabajo es fundamental para la organización de los mercados y la formación de precios. Sin embargo, los países occidentales, olvidando su pasado, han cerrado la puerta a la competencia de emigrantes de otros continentes. La historia demuestra que aquellos países que más rápido han crecido han sido los que más talento han sido capaces de atraer.

8. "La connivencia entre Gobierno y grandes empresas, propia de regímenes populistas e intervencionistas, es una subversión perversa del libre mercado": para que exista capitalismo es necesario que haya empresas, pero no siempre que hay empresas hay capitalismo. Como el propio Adam Smith de encargó de hacer en su libro más famoso, La riqueza de las naciones, los empresarios y los grupos de presión buscan su propio beneficio, muchas veces a expensas de los consumidores. Los aranceles y otros obstáculos al libre comercio suelen nacer de peticiones de sectores que temen la competencia extranjera. Poverty Cure alerta sobre una tendencia, el proteccionismo, que en su opinión, ha hecho mucho daño a África.

9. "Como dice el refrán, ‘el camino del infierno está sembrado de buenos propósitos’. Las buenas intenciones sin analizar sus consecuencias no resuelven la pobreza": en esta cuestión quizás lo mejor sea que se expliquen los propios africanos. Dambisa Moyo, una economista zambiana, publicó un libro hace unos años con un significativo título: Dead Aid (en español, Cuando la ayuda es el problema). No es la única que ha denunciado un hecho sobre el que se ha escrito mucho en los últimos años: los países que más ayuda han recibido han acabado en un círculo vicioso de dependencia que les cierra las puertas a la salida de la pobreza por sus propios medios. Así, el dinero que Occidente les cede acaba siendo no un activo, sino un pasivo, puesto que perpetúa regímenes corruptos, manda incentivos erróneos sobre qué hacer para ganarse la vida y acaba con los emprendedores locales. Pocas cosas hay más políticamente incorrectas que criticar la ayuda al desarrollo; probablemente sólo una mujer africana podría haberlo hecho sin concentrar la ira de los biempensantes de todo el primer mundo.