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Se acabaron las reformas y los recortes

Los socialistas de todos los partidos están de enhorabuena. El Gobierno del PP ha dado por concluido el grueso de las reformas estructurales y los recortes de gasto con el fin de liberalizar la economía española y reducir el déficit público. Se acabaron los tan impopulares ajustes. La razón es doble. En primer lugar, el recién estrenado ejercicio político, más allá de suponer la mitad de la legislatura, marca el inicio oficial de la larga campaña electoral en la que, casi permanentemente, vive instalado este país, y, por tanto, no es momento de perder votos extra. Lo único que importa ahora es revalidar el cargo, aun a costa del sufrimiento que padecen muchos españoles por culpa de unos graves y profundos problemas económicos que la clase política se niega a resolver.

Y, en segundo lugar, el Ejecutivo confía en que la ansiada recuperación termine por corregir los fuertes desequilibrios que siguen presentes, sin necesidad de aprobar nuevas reformas y, aún menos, reducir partidas presupuestarias, lo cual no sólo supone una gran irresponsabilidad, dada la enorme fragilidad de la actual coyuntura, sino, sobre todo, una quimera. Si la actual cúpula del PP de verdad piensa que España volverá a crecer a tasas del 3 ó 4% anual -sin burbujas de por medio-, es decir, al ritmo que necesita el país para reducir de forma drástica el paro a corto plazo, una de dos, o bien miente o bien su ineptitud es muy superior a lo que, en principio, cabría esperar.

Así pues, se acabó lo que se daba. A partir de ahora, el objetivo del Gobierno es realizar algunos retoques y pequeños maquillajes a fin de dar la impresión de que se hace algo cuando, en realidad, todo el pescado está vendido. Normalmente, los gobiernos aprovechan los dos primeros ejercicios de la legislatura -fundamentalmente el primero- para poner en marcha las medidas económicas más dolorosas, aunque necesarias, a fin de que la herida electoral cicatrice con la recogida de unos buenos resultados en los años posteriores.

Y lo que ha dado de sí el mandato de Mariano Rajoy para combatir eficazmente la crisis se resume en tres medidas: una reforma laboral positiva, pero insuficiente; una reforma de las pensiones necesaria, aunque muy incierta y, en todo caso, tardía; y una recapitalización bancaria que, si bien era imprescindible, se ha quedado corta y ha sido ejecutada de forma errónea y contraproducente, cargando la inmensa factura del rescate sobre el bolsillo de los contribuyentes. Mientras, por el lado más negativo, la guerra contra el déficit está muy lejos de concluir con éxito. La estrategia de combinar salvajes subidas de impuestos con tímidos recortes del gasto se ha traducido en un elevado déficit y una deuda pública ingente que amenaza con asfixiar aún más el crecimiento potencial de España a medio y largo plazo, cuando no debilitar aún más la escasa credibilidad de los inversores.

Ante tales resultados, y a sabiendas de que la actitud reformista de Rajoy será muy pasiva de aquí a 2015, no es de extrañar que la Comisión Europea, el Fondo Monetario Internacional o el Banco Central Europeo, acreedores públicos del Reino de España, hayan elevado el tono en los últimos días para advertir al Gobierno que la recuperación, en caso de haberla, está "muy, muy verde" y, pese a todo, tiene que poner en marcha nuevos ajustes clave para mejorar la competitividad económica y apuntalar la solvencia estatal. Sin embargo, por desgracia, Moncloa está haciendo oídos sordos. No en vano, acaba de suavizar el factor de sostenibilidad de las pensiones, retrasando su aplicación, además, hasta 2019; se niega a profundizar en la flexibilidad laboral; y, por si fuera poco, minimizará los recortes en 2014, permitiendo que el gasto público total vuelva a crecer un año más.

Lo más trágico del actual panorama es que, si el PP no logra la reelección en 2015, PSOE e IU, en caso de formar gobierno, ya han avanzado que darán marcha atrás a cada uno de los tímidos e insuficientes avances estructurales puestos en marcha por el actual Gobierno para llevarnos por la vía rápida y directa hacia el abismo. Se acaban las reformas y los ajustes, sí, pero no porque los deberes estén hechos sino porque las elecciones están a la vuelta de la esquina… Y ahí fuera, al margen de la política -es decir, en la vida real-, hace muchísimo frío.

Dos cuestiones monetarias

¿Debe el dinero tener valor de uso?

Según la visión evolucionista, el dinero es una institución social que surge espontáneamente: ciertos bienes más líquidos (de valor más invariante) tienden a ser progresivamente más aceptados como medio de pago y cobro; son valorados no sólo por su utilidad inicial directa para el agente económico (valor de uso o industrial) sino sobre todo por la posibilidad de intercambiarlos por otros bienes o servicios (poder adquisitivo o valor de intercambio). El bien que realiza la función de dinero debe tener originalmente algún valor de uso: las semillas de cacao son comestibles, la sal condimenta y preserva los alimentos, el oro ornamenta y tiene aplicaciones industriales.

Pero este valor de uso podría reducirse mucho o incluso llegar a desaparecer si disminuye la demanda no monetaria del bien, sea porque cambien las preferencias de los individuos o por desarrollos tecnológicos (que aparezcan otros bienes que cubran mejor dichas funciones). Entidades como el dinero papel fiat o el bitcoin no tienen valor de uso.

El que exista el valor de uso puede limitar las pérdidas de los poseedores de un bien si este se desmonetiza, pero esto seguramente es un pobre consuelo ya que el valor de intercambio suele ser mucho mayor. Además la demanda no monetaria puede ser problemática, ya que el hecho de que exista y pueda cambiar (sobre todo si es bruscamente) puede dificultar la invariancia de valor del dinero mediante ajustes entre su oferta y su demanda en todas sus formas.

¿Es el dinero fiat un pasivo del banco central?

Originalmente el billete de banco (sea de un banco privado, público, comercial o central) es una promesa de pago a la vista de una cantidad de dinero específica al portador (casi nunca es un certificado de guarda y custodia). El dueño del billete tiene un derecho de cobro (un activo) y el banco una obligación de pago (un pasivo), y así se refleja en las contabilidades de ambos. Esto es así mientras se mantiene la convertibilidad del billete (dinero interno bancario) en oro o plata (o cualquier otra forma de dinero externo o dinero en sentido estricto).

Pero habiendo sido abandonado el patrón oro, con monopolio de emisión de billetes (y monedas) por el banco central público (y la casa de la moneda), y con leyes de curso legal forzoso (dinero fiat), el papel no convertible tiene una naturaleza anómala. Pasa de ser un pasivo a un pasivo impagado (suspensión de convertibilidad), y finalmente a un activo coactivo (dinero fiat impuesto por el Estado).

La cantidad de billetes en circulación sigue apareciendo en los balances de los bancos centrales como un pasivo de los mismos, pero esto es absurdo ya que no les supone ninguna obligación legal de pago, lo que define si algo es un pasivo exigible. Quizás se hace así por inercia (conservar la tradición contable), porque no se entiende la realidad o por ocultar el delito y fraude que supuso el impago de la suspensión de convertibilidad.

Los depósitos que los demás bancos tienen en el banco central sí son pasivos del mismo, y si los depositantes reclaman los billetes el banco central simplemente procede a imprimirlos y entregarlos.

El billete del banco central es un activo que no es el pasivo de nadie (como solía ser la moneda o lingote de oro), la base de la pirámide monetaria y bancaria actual. Es un activo peculiar: puede producirse sin apenas costes para su emisor y no tiene ningún valor de uso. Su valor depende de la inercia en los usos de los agentes económicos, de la existencia o ausencia de alternativas y sobre todo de la coacción estatal (que no tiene alcance universal): obligación de su aceptación al cobro y para extinguir deudas por particulares, y uso para pago de tasas e impuestos.

Es un activo cuya producción por el banco central está limitada y restringida por las leyes que regulan su actividad, las cuales pueden cambiar según los países y con el tiempo y pueden incluir múltiples fines: conservar el poder adquisitivo interno (inflación nula o baja) o externo (mantener tipos de cambio), estabilizar el sistema bancario y financiero (evitar corridas y quiebras bancarias, colapsos y crisis económicas), mantener o activar el crecimiento económico (evitar el desempleo de recursos productivos, mantener bajos los tipos de interés, generar inflación).

Para realizar estas funciones el banco central necesita comprar, tener y vender ciertos activos (oro, divisas extranjeras, deuda pública), que se reflejan correctamente en su balance como tales. Pero estos activos no generan ingresos ni se venden para pagar las obligaciones del pasivo constituido por los billetes de banco o dinero fiat, ya que esas obligaciones no existen. Una balanza contable más fiel y realista eliminaría este pasivo falaz e incrementaría los fondos propios o patrimonio neto.

El dinero fiat podría volver a ser un pasivo en el futuro, si se aceptara de nuevo su convertibilidad por una cantidad específica de oro, por ejemplo, pero que pueda volver a ser un pasivo en el futuro no lo convierte en un pasivo en la actualidad.

 

La no vuelta al cole

Septiembre nos trae cuadernos en blanco, largas listas de material escolar y carísimos libros de texto. Los niños apuran sus últimos días de libertad y los profesores, en algunos lares, se ponen en pie de guerra. Mientras los “agentes educativos” se ocupan de cuestiones menores, otros nos preguntamos para qué sirve realmente el tinglado escolar e intentamos discernir cuál es la mejor educación que podemos dar a nuestros hijos.

Los departamentos de admisiones de Harvard y Princeton, por ejemplo, no miran apenas el expediente académico de los aspirantes a alumnos sino que les interesa más saber a qué dedica uno su tiempo cuando puede disponer de él. Por eso les importa más conocer tus hobbies que tus calificaciones escolares. Consideran que las aficiones son la única información honesta que se puede extraer de un currículum, que son una ventana a la mente y al corazón de una persona.

Idealmente, dicen, uno debería tener al menos tres hobbies: uno físico, uno intelectual y otro social. La actividad social debería aportar valor a las demás personas, no sólo uno mismo. Y no, bajar al bar a tomarse unas cañas no cuenta como hobbie social. La actividad intelectual debería no estar relacionada con el currículum oficial de las escuelas, a menos que te permita llegar a dominar la materia elegida mucho más allá del nivel probablemente mediocre que te aportará la escuela. Pero donde realmente se marca la diferencia es en lo referente al hobbie físico. En las escuelas (y por extensión, en la mayoría de las familias) se valora enormemente que los niños practiquen un deporte de equipo, por aquello de bajarle el ego y de aprender a trabajar con otros. La palabra “individual” es casi obscena hoy en día. Por el contrario, en Harvard y Princeton (entre otras) valoran enormemente que la actividad física sea individual pero añaden, además, otra característica: que sea una actividad que implique un riesgo físico. Así que el tenis y el pádel quedan descartados, pues el riesgo físico es muy bajo. Debe tratarse de una actividad donde te juegues algo más que el riesgo a sufrir una tendinitis o un esguince. Algo como la hípica o la escalada, donde un error puede ser fatal para quienes los practican.

Les cuento esto porque cada año somos más las familias que, en una semana como ésta, celebramos la no vuelta al cole. Cuando comenzó el verano no nos preguntamos qué diablos íbamos a hacer tantas horas al día con los niños en casa, durante tantas semanas. No suspiramos porque alguien los quite de nuestra vista. Al contrario, los hemos tenido para estar con ellos y hacernos cargo. Ahora empieza el curso escolar y nuestro ritmo no tiene porque ser diferente. No habrá peleas a la hora de acostarse, no habrá madrugones ni llantos. Compraremos el material que queramos o que necesitemos, sólo dentro de nuestras posibilidades, sin que nadie nos imponga de qué color ha de ser la libreta de los dictados. Eso si decidimos tener una libreta de dictados. Grandes y pequeños elegiremos las actividades a las que queremos dedicar nuestro tiempo este año, juntos o por separado. Tal vez sigamos los consejos de Harvard y Princeton.

Oxfam: mentiras sobre austeridad y pobreza

Los titulares que nos brinda el último informe de Intermón Oxfam son concluyentes: “la austeridad empobrece”. Según la ONG, las inflexibles y draconianas políticas de recortes que han venido aplicando los Estados europeos durante la crisis nos condenan a que, en 2025, Europa se vea devastada por 25 millones de nuevos pobres. Escandaloso: habrá que detener semejante sangría de inmediato y regresar a la sensatez de los estímulos keynesianos. No hay otra lectura posible de los datos objetivos. ¿O sí?

Las mentiras del informe

El informe arranca con una premisa falsa: las reducciones del gasto público en el período 2010-2014 han sido salvajes. La ONG nos habla de recortes del 12% en España y Reino Unido o del 40% (sic) en Irlanda. Claro que uno no sabe muy bien de dónde se han sacado las cifras: para el período 2010-2014, Reino Unido ha programado un incremento del gasto público del 6% y España un recorte del 3%. La mención a Irlanda no deja de sorprender, pues una cuarta parte del extraordinario gasto público de 2010 (sobre el cual calculan el recorte del 40% para 2014) era el coste de rescatar a sus bancos: si lo excluimos, el gasto público apenas habrá caído un 8%.

Pero, ¿por qué tomamos el año 2010 como referencia de los recortes? Al fin y al cabo, 2010 fue el último año de apogeo desacomplejado del keynesianismo, en el que prácticamente todos los presupuestos públicos europeos registraron máximos históricos. ¿Por qué no medimos la magnitud de los recortes con respecto al último año de la burbuja y antesala de la crisis, esto es, con respecto a 2007? Si lo hiciéramos, nos llevaríamos la sorpresa de que el gasto nominal programado para España habrá aumentado un 13%, el programado para Irlanda se habrá mantenido estable y el de Reino Unido se habrá incrementado un 26%; si calculáramos la evolución del gasto real (descontando la inflación 2007-2014), veríamos que está estable salvo por un ligerísimo recorte en Irlanda. Austericidio.

Mas, una vez construida la leyenda de los (falsos) recortes europeos, el paso siguiente es atribuirle todos los males imaginables a ese (falso) ahorro: especialmente, el aumento del desempleo y de la desigualdad. Por ejemplo, según Intermón Oxfam, la elevadísima tasa de paro de España se debe a la (falsa) austeridad. Claro que si uno se mira la EPA hay algo que no encaja del todo. Incluso los más críticos con la (falsa) austeridad española, reconocerán que ésta no comenzó hasta el famoso tijeretazo de Zapatero, en mayo de 2010. En 2008 y 2009 vivimos en plena efervescencia keynesiana, en la España de los planes E. Pues bien, la mayor subida del paro se produce durante ese período: nuestro país pasa de exhibir una tasa de desempleo del 7,9% en el segundo trimestre de 2007 a una del 20,1% en el segundo trimestre de 2010. Ahora mismo, estamos en el 26,2%: es decir, en el período de la (falsa) austeridad, la tasa de paro ha aumentado la mitad que en el indudable período del despilfarro keynesiano.

Tres cuartos de lo mismo sucede con la desigualdad. Según nos dicen, ésta se ha disparado por culpa de la (falsa) austeridad y de los recortes sociales, pero es difícil llegar a esa conclusión sin retorcer los datos. Por ejemplo, el índice Gini de España (máxima desigualdad = 1) empeora de 0,313 a 0,339 entre 2007 y 2010, pero apenas se mueve hasta 0,34 en 2011 (último año de las estadísticas y primer año de la durísima austeridad). En Reino Unido sucede algo similar: empeora de 0,326 a 0,329 entre 2007 y 2010, y apenas se mueve hasta 0,33 en 2011. En Irlanda, por el contrario, el índice Gini mejora desde 0,332 en 2010 a 0,298 en 2011 (la mayor mejora de toda la serie histórica), y se sitúa en niveles previos a la crisis. Y en Grecia y Portugal, por su parte, el índice Gini de 2011 todavía mostraba más igualdad en 2011 que el de 2006 y 2007.

A idénticos resultados llegamos fijándonos en el porcentaje del PIB que controla el 20% más pobre y el 20% más rico de cada país. En España, el 20% más pobre de la población percibía el 7,3% del PIB en 2007, el 5,8% en 2010 y el 5,9% en 2011; por su parte, el 20% más rico pasó de manejar el 38,6% del PIB en 2007 al 39,8% en 2010 y al 39,9% en 2011. El gran aumento de la desigualdad, por tanto, se produjo hasta 2010 y no durante el (falsamente) austero 2011. Para Grecia, Irlanda o Portugal puede realizarse un análisis calcado al que ya efectuamos con el Gini.

Para los de Oxfam, el aumento del desempleo y de la desigualdad provocados por la (falsa) austeridad condujeron inexorablemente al aumento de la pobreza que, por tanto y cómo no, también es plenamente atribuible a la (falsa) austeridad. Problema: los datos tampoco cuadran muy bien con su narrativa. Tal vez sí en el caso de España –donde el porcentaje de población en riesgo de exclusión social pasa del 23,1% en 2007 al 27% en 2011– o en Grecia –donde aumenta del 28,3% al 31%– pero no en otros países igualmente “austeros”: en Portugal cae del 25,3% en 2010 al 24,4% en 2011 y en Irlanda del 29,9% al 29,4%. Pero acaso la mayor sorpresa nos la llevemos al descubrir que, vaya por dónde, un país tan socialdemócrata y omniprotector como Suecia también ve aumentar su tasa de pobreza del 13,9% en 2007 al 16,1% en 2011 pese a no haber aprobado recorte alguno (el gasto público de 2012 era un 6% superior al de 2010 y el de 2014 se programa que lo sea un 15%). Algo falla: ¿quizá los malos indicadores estén relacionados con la crisis y no con la falsa austeridad?

Los paradigmas: Suecia y EEUU

Nada más sencillo que analizar qué sucede con el paro, la desigualdad y la pobreza en dos países que deberían ser ejemplares para Intermón Oxfman: Suecia, por su enorme gasto social, y EEUU, por no hacer cedido a la locura de la austeridad y haber implementado políticas keynesianas.

Empecemos con el desempleo: en Suecia aumenta del 6,1% en 2007 al 7,9% en 2012; en EEUU, del 4,6% al 8%. Sigamos con el índice Gini: en Suecia empeora de 0,234 en 2007 a 0,244 en 2011; en EEUU de 0,376 en 2007 a 0,38 en 2010. Continuemos con la relación entre el 20% más pobre y el 20% más rico: en Suecia, el 20% más pobre pasa de controlar el 10% del PIB en 2007 al 9,4% en 2011, mientras que la participación del 20% más rico crece del 33,4% al 33,8%; en EEUU, el 20% más pobre desciende del 3,4% al 3,2% y el 20% más rico aumenta del 49,7% al 51,1%. Y terminemos con la tasa de pobreza: en Suecia ya dijimos que evoluciona del 13,9% al 16,1% y en EEUU crece del 12,5% al 15%.

Todos los indicadores en negativo pese a no haber convivido con los recortes y la austeridad. Al contrario: habiendo convivido con mucho Estado social (Suecia) y muchas políticas keynesianas (EEUU). ¿Seguro que los malos índices de España, Portugal o Irlanda se deben a la (falsa) austeridad y no, simplemente, a la crisis?

¿De dónde salen los 25 millones de pobres?

Pero bueno, la letanía es que los (falsos) recortes tienen la culpa. Todo sea para respaldar la principal conclusión del informe: Intermón Oxfam pronostica que, de seguir por esta senda, en 2025 Europa acogerá a 25 millones más de pobres. Una cifra muy llamativa que, hemos de suponer, tendrá un complejo análisis econométrico detrás. Pero no: la ONG se remite a un paper que calcula que la tasa de pobreza de Reino Unido aumentará en cinco puntos entre 2010 y 2020 en caso de que sus (falsas) políticas de ajuste prosigan y asume que esa misma variación se dará para toda Europa. Así, sin más. No queda muy claro por qué la pobreza de Europa entre 2011 y 2025 tiene que aumentar lo mismo que la de Reino Unido entre 2010 y 2020, pero da igual. Minucias.

Es más, si uno acude al paper, también cabe encontrar conclusiones menos amarillistas: haciendo idéntica extrapolación de datos podríamos decir que en 2025 habrá en Europa un 7% más de personas que cobren menos del 60% de la renta mediana de 2013 (indexada a la inflación). En el caso de España, diríamos que la cantidad de gente que cobrará anualmente menos de 11.500 euros(con poder adquisitivo equivalente al de 2013) crecerá un 7%. Triste, sí, pero muy alejado de la imagen de hambrunas generalizadas que pretenden transmitir los titulares.

El auténtico pauperizador: el Estado

Alcanzada esta conclusión uno esperaría que Oxfam cargara contra el verdadero fabricante de miseria: el Estado. Primero, porque es el Estado a través de su brazo armado –el banco central– el que ha generado la crisis actual de la que se deriva el aumento de la pobreza. Y, segundo, porque es el Estado quien más contribuye a pauperizar a las rentas bajas: un salario bruto de 11.500 euros está pagando unos impuestos superiores a los 6.000 euros (sólo en Seguridad Social, IRPF e IVA). Más de la mitad de su sueldo bruto expoliado para mayor gloria del Estado. Pero no, Oxfam no sólo no carga contra el Estado sino que reclama más poder para los sóviets. Sus recomendaciones no dejan de ser deplorablemente previsibles: más estímulos keynesianos y más impuestos contra “los ricos y defraudadores”, es decir, contra todos los ciudadanos que carecen de medios para escapar de la rapiña estatal.

Parecería que España no hubiese padecido ya sobradamente su ración de keynesianismo; o que el keynesianismo salvaje de EEUU sí hubiese evitado el aumento de la pobreza y de la desigualdad en mejores términos que la (falsa) austeridad europea. Poco importa la verdad. La cuestión es justificar lo injustificable: a saber, el atraco tributario a mano armada para sufragar los multidespilfarros del Estado. Ya no se trata del típico error benévolo de aquellos que prefieren repartir peces entre la población en lugar de enseñarle a pescar. No: es que directamente reclaman que el Estado les arrebate a los ciudadanos los peces que mal que bien están pescando para poder atraparlos a todos dentro de sus redes. La propaganda es sólo una herramienta adecuada para cultivar el necesario Síndrome de Estocolmo.  

Nota bene: No se dejen deslumbrar por el sello de calidad que el Premio Nobel de Economía, Joseph Stiglitz, le ha impreso al informe de Intermón Oxfam. En 2002 también firmó un paper patrocinado por Fannie Mae en el que afirmaba que la probabilidad de quiebra de Fannie Mae era prácticamente cero.

Intermediarios, malos o no según convenga

Una de las cosas que más indigna a un socialista es ver cómo un pobre agricultor tiene que vender su cosecha a un precio tres o cuatro veces inferior al precio final de venta al público.

La incapacidad de entender que el valor de una mercancía depende de dónde y cuándo se vende les lleva a pensar que existe una mano negra que se enriquece con el sudor de los pobres agricultores.

Pero a mí lo que de verdad me llama la atención es otra cosa, ya que una persona puede obcecarse en una postura equivocada por falta de información o un conocimiento erróneo del funcionamiento de las cosas. Lo que sí que es verdaderamente preocupante es que haya gente, mucha gente, que mida dos situaciones idénticas con raseros totalmente distintos por conveniencia ideológica.

Esto ocurre con los agricultores y los profesores de escuela.

Los primeros deciden ser autónomos y cultivar sus propias tierras; una vez recogida la cosecha deciden libremente vendérsela al por mayor a un intermediario con los recursos logísticos y comerciales que le permitan colocar la mercancía en el lugar y momento idóneo para garantizar el mayor beneficio posible. A esto se le llama dictadura de los intermediarios y al parecer es injusto.

Por otra lado tenemos a los profesores, que si quieren ejercer su profesión tienen que escoger entre ser empleados de un colegio privado que cumpla la amplia y cara regulación fijada por burócratas, o presentarse a una oposición donde se les va a medir por parámetros fijados por los mismos burócratas, para trabajar en centros planificados por esos burócratas, dando las horas de clases fijados por los burócratas, con temarios fijados por burócratas y normas de relación con los alumnos fijadas por burócratas. A esto se le llama educación pública u obligatoria y es el no va más del progreso y la libertad.

Por supuesto comparar el cultivo de patatas con la educación de nuestros hijos es algo que solo un demagogo como yo podría hacer. Pero lo cierto es que mientras que cultivar patatas es un noble arte ya explorado y cuyas posibilidades de innovación son limitadas, la educación es un campo abierto que, con tecnologías como internet, tiene infinitas formas de llevarse a cabo que deberían ser exploradas por medio de la práctica, en vez de estar limitadas por funcionarios y expertos de salón.

Así que habría que preguntarse dónde es más necesario eliminar a los intermediarios; en una distribución que permite al agricultor dedicarse a cultivar y poder colocar su mercancía sin preocuparse de que no haya nadie en cien kilómetros a la redonda que quiera comprársela al por menor, o en un sistema educativo donde los intermediarios solo sirven para frustrar a profesores y alumnos y anular cualquier intento de innovación en un proceso educativo de cuyo éxito depende el futuro de todos nosotros.

Externalizados contra la externalización

El titular del juzgado de lo Contencioso-Administrativo número 4 de Madrid ha decidido paralizar el proceso de externalización de seis hospitales madrileños, por supuesto en aras del interés general. En el auto expedido el pasado martes, el juez manifiesta una duda razonable acerca de si el cambio de modelo, dando entrada a la iniciativa privada en la gestión de ciertos servicios hospitalarios, va a mejorar el sistema actual exclusivamente público con empleados convertidos en funcionarios.

Hombre, si le preguntara a sus colegas del juzgado qué opinan de la gestión privada de la sanidad, podría tener una primera pista. Eso si él mismo no hace uso de la asistencia sanitaria gestionada por empresas privadas, que es precisamente el modelo preferente utilizado por el Ministerio de Justicia para garantizar la asistencia sanitaria a todos sus empleados.

La Mutualidad General Judicial, de afiliación obligatoria según establece su propia normativa, contrata con empresas privadas del sector sanitario –las más acreditadas– los servicios de salud de sus funcionarios, y sólo en el caso de que lo solicite expresamente el interesado puede optar por la Seguridad Social, a cuyo fin deberá ser él mismo quien se encargue de pedir la tarjeta sanitaria individual en su centro de salud. No hay datos referidos al porcentaje de funcionarios judiciales que eligen uno u otro modelo, pero a tenor de lo que ocurre con la Mutualidad de Funcionarios de la Administración Civil del Estado (Muface), lo más probable es que la mayoría esté usando los servicios privados de salud. Que no es que estén externalizados bajo supervisión pública, como pretende hacer la Comunidad de Madrid con seis hospitales, sino que están exclusivamente bajo la responsabilidad de la iniciativa empresarial.

El interés general es un concepto tan ambiguo que a menudo se confunde con el interés político, no necesariamente coincidente con el de los ciudadanos. Los usuarios de los hospitales que ya operan con el modelo mixto diseñado por la comunidad madrileña no parecen nada descontentos con el sistema sino todo lo contrario. Si el juez envía a un perito a hacer un sondeo popular a la puerta de cualquiera de ellos, seguramente sus dudas acerca del interés general quedarían resueltas en el acto. Es cuestión de proponérselo.

Golpear el avispero sirio

Barack Obama llegó a la Casa Blanca en 2009 a lomos de su campaña contra la guerra de Irak. Ese mismo año fue galardonado con el premio Nobel de la Paz, en buena parte por su oposición a la guerra y la propuesta de un "nuevo clima" en las relaciones con el mundo musulmán. Por otro lado, el actual secretario de Estado, John Kerry, viejo activista contra la guerra de Vietnam, se enfrentó a George Bush en la carrera presidencial anterior, en 2004, también centrando su campaña en contra de la guerra de Irak. Pero ya se sabe que el poder en altas dosis puede afectar gravemente hasta al más pacífico. En las últimas fechas, no tanto tiempo después de recoger el Nobel, Obama ha expresado su intención de atacar Siria alegando el uso de armas químicas por el gobierno sirio. Kerry, a su vez, ha emergido como un nuevo halcón sobre el que recae la tarea de liderar el proceso. Pero ¿a qué viene este repentino cambio de actitud?

Antes de nada hay que decir que la situación en Siria es trágica. El país lleva dos años sumergido en una terrible guerra civil. Está gobernado por un régimen totalitario presidido por Bashar al-Assad, un gobernante sanguinario y cruel cuyo padre ejerció 30 años de dictador implacable. Por el otro lado, de las cenizas de las protestas de la "primavera árabe", sangrientamente aplastadas por el gobierno, se ha ido consolidando un bando rebelde de corte yihadista, con participación directa de Al Qaeda, que busca la caída del régimen para implantar un totalitarismo islámico. Un panorama, en fin, nada prometedor para la población siria, cuyo único deseo es vivir en paz.

A finales de agosto trascendieron algunas imágenes del supuesto uso de gas sarín por el gobierno contra la población civil cerca de Damasco, matando alrededor de 1.500 personas, 400 de ellos niños. El régimen de al-Assad niega el uso de armas químicas y a su vez acusa a los rebeldes de haber realizado éste y otros ataques de este tipo. No hace mucho, de hecho, se publicaban en la prensa americana las sospechas de que los rebeldes estaban usando gas sarín. Pese a que no se tienen pruebas en ninguno de los dos sentidos, el gobierno americano da por buena la versión de que al-Assad fue el responsable del ataque químico del 21 de agosto. Obama, que había amenazado con atacar Siria de traspasar al-Assad ciertas "líneas rojas", ahora se ha metido en un callejón en el que no se ve una salida.

Es obvio que un ataque puntual, unos cuantos días de bombardeo americano como pretende Obama, no va a solucionar ningún problema. De hecho, lo probable es que empeore la situación. No sólo para la población civil, que en todo caso es la que siempre termina pagando los platos rotos de los políticos. También Estados Unidos se encontraría en la enquistada situación en la que se ha visto en Afganistán, en Irak y en tantas otras guerras. Después del primer golpe, ¿cuál es el plan? Acabarían otra vez metidos en una guerra sin final, en un infierno que nunca termina. No seamos mal pensados, no caigamos en la tentación de pensar que cuando al gobierno americano se le acaban sus guerras tiene que buscarse otras nuevas.

Sabemos quién sale perdiendo en estas cosas: la gente corriente. ¿Pero quién puede salir ganando? En un primer momento, Obama, Hollande, Cameron y todos los políticos que logran desviar la atención de sus miserias internas hacia lugares lejanos. La guerra es el alimento último del poder político, la mejor excusa para restringir libertades e incrementar el poder del Estado. Curiosamente, los políticos suelen estar en contra de la guerra cuando están en la oposición, pero cuando llegan al gobierno la cosa se ve con otros ojos. Por otro lado, una guerra que logre derrocar al gobierno sirio le vendría de perlas a Al Qaeda y a los rebeldes yihadistas. Porque de llegar alguien al poder en un entorno de extrema violencia, será aquél al que mejor se le de jugar a ese juego.

Pero si, como decía Obama, la idea es realizar un ataque puntual y no provocar un cambio de régimen, ¿debería al-Assad estar preocupado? Al contrario. El sueño húmedo de todo dictador que se precie es que le ataquen desde fuera pero sin llegar a echarle. De hecho, cuando no les atacan, es típico de los gobiernos totalitarios fingir estar en guerra, como hacen en Corea del Norte desde hace décadas. De ese modo el dictador tiene vía libre para gobernar a placer. Puede someter a sus súbditos al plan de emergencia nacional y al mismo tiempo lograr fidelizarlos. Cuando la gente tiene miedo porque cree que les está atacando un enemigo exterior, la mayoría no duda en ceder su libertad sin rechistar y ponerse del lado de su gobierno. Y ahora adivine qué país ha estado oficialmente en estado de emergencia desde 1963 hasta 2011, año en el que entró en una guerra civil abierta. En efecto. Es Siria.

No es de extrañar, por tanto, que aunque en un principio a Obama le pida el cuerpo ser el policía del mundo, termine buscando una excusa para dar marcha atrás, de forma que sus amenazas se diluyan con el tiempo y queden en nada. Un ataque militar sería un grave error que sólo puede empeorar las cosas. Ni los propios ciudadanos americanos, otras veces partidarios de este tipo de aventuras, en esta ocasión lo apoyan. Siria es ahora mismo un nodo convulso en el que se solapan múltiples conflictos regionales, étnicos, religiosos y políticos. Siria es un avispero, y cuando se golpea un avispero no llega la calma, sino el caos. ¿Qué hacer, entonces, en un caso de violencia política como el de Siria? Para estas situaciones en las que todas las opciones son malas, lo más sabio es lo que decía David Friedman de su libro La maquinaria de la libertad: "En caso de revolución lo mejor que puede hacer, tanto desde el punto de vista moral como práctico, es ser neutral. Métase en un agujero, enciérrese y no salga hasta que la gente haya dejado de dispararse entre sí".