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El capitalismo en las pequeñas cosas

Cuando uno piensa en el capitalismo le vienen a la cabeza grandes multinacionales, bancos o, en el mejor de los casos, empresas como Google o Apple. En el caso de ser izquierdas seguramente en lo primero que piense es en un grupo de ejecutivos trajeados, con un peinado bastante hortera, que están comiendo en un restaurante del barrio de Salamanca mientras debaten alegremente sobre cómo explotar aún más a la clase trabajadora.

Lo cierto es que el capitalismo solo tiene una relación superficial con todo lo anterior, bastante parecida a la que tiene la libertad de expresión con los locutores de radio, los grandes novelistas o los programas de corazón.

Y es que cada día en que un ser humano decide intentar intercambiar con alguien alguna pertenencia suya por otra que codicia, pero que pertenece a la otra persona, en vez de abrirle la cabeza con una piedra y quedarse con las dos, el capitalismo prevalece en la sociedad un poquito más.

Pero del mismo modo que la libertad de expresión necesita de una población madura que entienda que no todo lo que se diga tiene por qué gustar a la mayoría para ser considerado legal, el capitalismo necesita que la gente entienda que no todo intercambio tiene que resultar igual de satisfactorio para ambas partes para ser considerado justo.

Un buen ejemplo de sociedad concienciada con el capitalismo es la texana; soy aficionado a un programa de televisión donde unos tipos, que no tienen pinta precisamente de ejecutivos sin escrúpulos, se dedican al noble arte de especular con coches. Recorren el Estado buscando coches antiguos a buen precio y los revenden después de restaurarlos, o a veces simplemente dándoles un lavado de cara y contactando con el comprador adecuado.

Lo que más me gusta del programa no es la restauración de los coches, sino el proceso de compra y de venta de los mismos. Nadie se ofende al oír una oferta baja, nadie se enfada con el comprador cuando tiene que vender barato obligado por las circunstancias, y nadie pide al gobierno que le salve cuando le sale mal un negocio.

Unos de mis momentos favoritos es cuando el dueño del negocio necesita vender rápidamente uno de dos coches con los que está negociando para tener dinero con el que restaurar el otro a tiempo para una subasta. Llama a un amigo para ofrecerle el coche y éste, conociendo la su necesidad imperiosa de vender, le ofrece un precio con el que apenas puede cubrir los gastos ocasionados por el coche. No sólo acepta el trato sino que se alegra de que, ya que él no va a poder sacarle beneficios al coche, su amigo sí lo haga.

A veces vamos a buscar las causas de la riqueza de un pueblo en su política, en sus instituciones o en sus leyes, cuando en realidad tendríamos que mirar esas pequeñas cosas donde se muestra el respeto por los demás, por los negocios y el saber perder cuando apuestas por algo y te sale mal.

Esto es precisamente por lo que soy tan pesimista sobre la recuperación de la economía española. No es que Rajoy me parezca un presidente bastante lamentable, que me lo parece, o que Motoro no sea el ministro más dañino de los últimos lustros, que lo es. Sencillamente es que cuando uno se fija en las pequeñas cosas de la vida cotidiana de los españoles, cada vez es más difícil ver ese respeto por la libertad que todo pueblo que aspire a prosperar debería tener arraigado en la mayoría de sus ciudadanos.

Snowden, el imperialista

No creo que podamos considerar en modo alguno a este ex espía como un adalid de las libertades. La prueba definitiva la encontramos en que estados satélites de uno de los imperios realmente existentes le ofrecen asilo político. ¿Qué libertarismo puede estar al servicio de semejante poder?

Snowden ha revelado lo que los Estados Unidos, la cabeza de uno de los bloques hegemónicos (o imperios, en la terminología politológica de la escuela del materialismo filosófico), ha hecho con sus ciudadanos y aliados así como con los enemigos. Esto que, en algunos medios libertarios es presentado como un avance en la lucha por las libertades, supone en sí mismo algo indiferente en cuanto al avance en las mismas y, dada la actitud personal del propio protagonista, un retroceso flagrante en ellas.

El ex espía ha denunciado lo que uno de los imperios hegemónicos ha llevado a cabo en línea con el mantenimiento de su seguridad externa frente a los otros imperios, hegemónicos también en sus áreas, y contra el multiforme enemigo no imperial procedente del islamismo.

El reparto mundial del poder mantiene tres grandes áreas de influencia con un centro hegemónico que, siguiendo la caracterización antedicha, denominamos como imperios: la plataforma euro-americana, con centro en Washington; la rusa, heredera de la soviética y, esta, de la zarista; y la china. Lindando con las periferias de las tres se halla la multifacética amenaza islamista cuya batalla supremacista solo tiene una aparente unidad ideológica y una casi nula cohesión política y estratégica.

En este mundo de tres plataformas imperiales y una corriente agresiva, Snowden se mueve denunciando lo que una de ellas hace para defenderse. Cierto es que toda apuesta por la seguridad llevada a cabo por nuestros gobiernos agrede los niveles de libertad de que gozamos, pero no es menos cierto que la denuncia unidireccional beneficia a los otros centros de poder, los cuales, no casualmente, desarrollan, por sí mismas, sistemas mucho menos respetuosos con las libertades que Snowden defiende en la práctica.

No denuncia el ex espía los actos de espionaje, represión y brutalidad de Rusia o de China, sino los menos agresivos sistemas de vigilancia que los EEUU realizan. Tampoco Snowden alza su grito supuestamente libertario en tierras más libres, es decir, en los EEUU, sino que sirve a los intereses de uno de los imperialismos rivales, el ruso, cuyo patio trasero latinoamericano, las nada libertarias repúblicas sandinista, bolivariana e indigenista ofrecen asilo al agente antioccidental.

La de Snowden no es una causa libertaria. Por sí misma es indiferente al libertarismo y por haber escogido el asilo en tierras de un imperio sin imperio de la ley, es antilibertario.

Los colmillos intactos del votante español

Comentaba Javier de Mendizabal, compañero de Vozpópuli y amigo, probablemente con más pena que sorpresa, que a pesar de los Valderas, Gürtel, ERE’s andaluces, Bárcenas, Antonia Muñoz, alcaldesa de Manilva y los Pujol, la suma de los votos de las formaciones cuyas filas engrosan estos insignes españoles de conducta ejemplar, suman casi 250 escaños. En concreto, el resultado de la suma de los escaños de PP, PSOE, IU y CiU es de 323, es decir un 92% del total.

Sí, nos representan

Podemos ponernos como queramos, decir que no sabíamos nada cuando votamos. Quiero recordar en este momento que nunca he ejercido mi derecho a voto por razones que ahora no importan, pero hablo como una más porque pertenezco a esta sociedad y hay que ser humildes. Nadie está a salvo.

Podemos decir que los jueces están compinchados con los políticos, los políticos con los banqueros, los banqueros con los reptilianos y los reptilianos con el mismísimo diablo. Pero, uno tras otro, los casi veinte millones de españoles que votaron a alguno de esos cuatro partidos, hemos elegido a Bárcenas, Valderas, Pujol, Antonia Muñoz, etc… Hemos elegido un sistema político que consiste en agua estancada y que se nos ha infectado. Hace mucho tiempo que esto huele demasiado mal como para no habernos dado cuenta.

Recordemos el caso Flick de financiación ilegal del PSOE, las torres KIO, FILESA, RUMASA, los fondos reservados, el caso SEAT de financiación ilegal del PSOE, el caso Roldán, los GAL, el caso Tabacalera, el tema del FORCEM, Gescartera, el caso Malaya, el tema de Jaume Matas, el Palau… y todo lo que aún está encima de la mesa. Y lo que queda por debajo y, por tanto, nunca conoceremos.

La resistencia al cambio: el peor aliado

Reconocer, no uno de los casos, sino la persistente corrupción impune de los partidos mayoritarios supondría tener que reconocer que este sistema de partidos no funciona. Habría que mirarnos y hacer recuento de fallos, plantear alternativas, desmontar tinglados, chiringuitos y enjambres de privilegios. Habría que proponer contrapesos, modos de que el ciudadano tuviera, de alguna manera, la posibilidad de vigilar lo que hacen y cómo sus representantes.

Eso es pedir mucho. Es más sencillo y requiere menos esfuerzo psicológico repetir esos mantras narcotizantes como “Los otros son peores” o “No es para tanto” o “En todos los países sucede” o “Es que no somos nórdicos”. Esas frases que permiten girar suavemente la cabeza y volver a enterrarla en la arena.

Probablemente, el hecho de que nadie haya cuantificado cuánto dinero supone para el españolito que prefiere no mirar para no tener que resolver un problema, el dinero derrochado en tramas de corrupción, cuánto le cuesta los servicios de justicia, la prisión de los cuatro gatos que han pringado, las investigaciones y, finalmente, el dinero desaparecido cuando ha sido el caso, explica que no estemos realmente escandalizados. Si lo estuviéramos, ese 92% se habría plantado en la puerta del Congreso o de sus ayuntamientos el día de las elecciones generales y se habrían negado a votar.

El colmillo retorcido que no tenemos

A pesar de todo, estoy convencida de que, precisamente por esta disonancia cognitiva electoral que padecemos en España, si el mes que viene se convocaran unas elecciones, volveríamos a acudir a las urnas, tal vez resultaría una distribución de votos algo cambiada, pero tampoco tanto. Porque nuestros políticos, si se diferencian en algo del resto de los españoles, es que tienen el colmillo retorcido, es decir, se las saben todas. Y estarían prestos a sacar antiguas banderolas y juntarlas con nuevos slogans. El demonio de la izquierda que acecha, el demonio de la derecha que también, vota que si no el sol se ocultará para siempre, esos han robado más, los otros eran franquistas, los de más allá te van a quitar el rosario de tu madre, cuidado con tu subvención, que vienen los tigres, que vienen los leones… todos quieren ser los campeones, que diría Torrebruno.

En cambio, los españoles que no estamos entre los elegidos para ser “político con cargo”, parecemos idiotas que compran cualquier burra. Pero hay una razón. Necesitamos “hacer algo” para tener la sensación (en este caso ilusoria) de que estamos resolviendo un problema. El mero hecho de tener esa falsa percepción genera una respuesta neuronal que tranquiliza ese stress con el entorno, producido por el hecho de que está pasando algo que nos perjudica y no estamos haciendo nada. Y, paradójicamente, lo que “hacemos”, es decir, votar, refuerza el problema inicial. Pero como se ha reducido ese stress, ese conflicto, nos quedamos tan tranquilos y no prestamos oídos a quienes insistimos en que hay que cambiarlo todo y que así, no.

Y la ingenua soy yo cuando oigo a Lindsey Buckingham y Fleetwood Mac susurrar al principio de la canción Tusk “¿Por qué no le preguntas si se va a quedar? ¿Por qué no le preguntas si se va a ir? ¿Por qué no le preguntas qué está pasando?”… y me acuerdo de Aznar. Y de los demás. De todos.

Ni unidad ni mercado

Han tardado año y medio, pero por fin ha llegado la esperada ley de unidad de mercado. En principio debió estar aprobada y operativa en el otoño pasado, pero las cosas de Soraya van al ritmo de Rajoy, es decir, van lentas y llegan –cuando lo hacen– tarde y mal. Esta ley no podía ser menos. Se aprueba con lo menos nueve meses de retraso, y eso que se hartaron y rehartaron a prometerla durante la campaña electoral. A veces creo que estos piensan que van a estar ahí durante cuarenta años, como Franco, y no que dentro de dos y medio les van a propinar una sonora y merecida patada en el trasero las Chaconas y los Garzones.

En cierto modo estas lentitudes tienen su lógica. Todos son, empezando por Montoro y terminando por los Nadal Brothers, altos funcionarios del Estado, y eso de ser chupóptero de altura es una faena de largo plazo. Uno aprueba la oposición y ya puede estar tirado a la bartola el resto de su vida; de hecho se pasan el resto de su vida tirados a la bartola mirando a sus congéneres con aire de suficiencia mientras, a fin de mes, alargan la mano regordeta y anillada para que sobre su palma el contribuyente ponga un fajo de varios miles de euros. Y así hasta el día en que estiran la pata. Normal que todo se lo tomen con tanta tranquilidad.

El mercado, sin embargo, unido o desunido, es otra cosa bien distinta. Hay que estar alerta permanentemente para que no te deje fuera de juego. El consumidor, a diferencia del contribuyente, no perdona los errores y su exigencia es siempre creciente. Para la mentalidad del funcionario esas servidumbres son algo inexplicable. Ellos están ahí por un privilegio de orden divino y no entienden que, a pesar de ellas, el mundo sigue su curso. Pues bien, los que en España hacen y deshacen a su antojo son funcionarios pata negra. Sabiendo esto de antemano quizá empiece a explicarse el resto. Empiece a explicarse por qué aquí es tan difícil abrir una empresa, por qué dedicamos más horas a pelearnos con la compleja maraña burocrática creada ad maiorem politicastri gloria que a servir a nuestros clientes. Un país así es imposible que prospere.

En este huerto del francés en el que el amo de la Moncloa ejerce de Monipodio, cualquier cosa nos la venden como una liberación. La unidad de mercado sin ir más lejos. La pregunta que hay que hacerse no es qué trae de nuevo, sino es cómo hemos llegado a esto, cómo es posible que la piovra funcionarial haya ocupado cada vez más espacio sin que aquí nadie osase decir esta boca es mía. Durante los últimos cuarenta años hemos asistido a una auténtica orgía reguladora que sólo ha beneficiado, por este orden, a los políticos, a los funcionarios y a los despachos de abogados, que hacen su agosto desbrozando la maleza legislativa.

El hecho es que, por muchas campanas que haga sonar Marhuenda desde la portada de La Razón, la ley de unidad de mercado es un bluf. La idea era buena en tanto desregulaba lo hiperregulado. Pero al final se ha quedado en una rajoyada de manual. Y aquí tenemos que volver al principio. Ha tardado tanto en nacer porque, durante todo este tiempo, sus fautores se han dedicado a suavizarla más y más hasta convertirla en una caricatura de la idea original. Lo de la licencia única, por ejemplo, es puro wishful thinking. La ley deja tantas escapatorias que los sátrapas autonómicos podrán seguir haciendo de su capa un sayo. ¿Y cuáles son estas escapatorias? La famosa licencia única puede esquivarse si la actividad de la empresa afecta “a la salud pública, ocupa un espacio público, bienes de patrimonio cultural o supone un riesgo medioambiental”. Resumiendo, desde el lunes todo afectará a la salud pública u ocupará un espacio público o supondrá un riesgo para el medio ambiente. ¿Ve que fácil se rajoya del derecho y del revés?

Algún empresario se enfadará y tratará de llevar el atropello a los tribunales. Entonces el Estado se defenderá con sus abogados del ídem hasta hacer desistir al infeliz. El político siempre gana, no lo olvide. En el caso que nos atañe ganará por duplicado, porque la ley prevé la creación de un así llamado Consejo Nacional de Unidad de Mercado, una covacha a estrenar para que los mismos que han hecho imposibles los negocios en España se coloquen a cuenta de la protección de los negocios.

Según Soraya que, por si no lo sabía, es abogada del Estado, esta ley es de las que “hacen país”. Y es cierto, hace un país como el nuestro, hecho a la medida de gente como la propia Soraya, un semoviente dedicado en cuerpo y alma a vivir de lo que usted produce después de ponerle dificilísimo eso de producir. En resumen, ni unidad ni mercado. Siento defraudarle… otra vez.

La buena educación

Menudo lío. Escribí que me parecía cínico que los estudiantes chilenos, gentes mayores de edad y presumiblemente responsables, se empeñaran en que otras personas les pagaran los estudios universitarios y, encima, pidieran la clausura de las universidades creadas con fines de lucro, y mucha gente no estuvo de acuerdo.

Al margen de los insultos y las descalificaciones personales, que nada añaden al debate, el mejor argumento de quienes rechazan mi criterio tiene que ver con el bien público. Al conjunto de la sociedad, dicen, le conviene tener buenos profesionales. Así todos progresamos. Es una inversión, opinan, no un gasto.

De acuerdo. Creo que la educación a veces es una inversión y no un gasto. En todo caso, no estoy seguro, exactamente, de cuál es la ventaja social de graduar teólogos o filósofos, dos ocupaciones muy respetables, mas escasamente productivas, pero hay varios asuntos que deben abordarse.

El primero es de carácter moral. El Estado, insisto, no debe otorgar privilegios a los adultos responsables. Las ventajas en calidad de empleo y nivel de salario de los graduados universitarios son muy notables. La gratuidad de la enseñanza universitaria consiste en meter la mano en el bolsillo a todos para favorecer a unos cuantos de manera permanente.

El Estado, en cambio, puede avalar los préstamos de los universitarios y estimularlos para que estudien. También puede otorgar becas a los mejores. La meritocracia es un factor clave en los sistemas en los que no se busca la igualdad de resultados, sino de punto de partida.

Los padres, naturalmente, también deben responsabilizarse. Si los que los trajeron al mundo, y las personas que los conocen de cerca, no creen en ellos, ¿por qué el resto de los ciudadanos debe pechar con el riesgo de prestar a quienes acaso no van a cumplir sus compromisos?

Los universitarios que pagan sus estudios tienden a esforzarse con mayor interés y a exigir más a sus profesores. Tienen más incentivos para trabajar y crear riquezas cuando terminan. Los fondos que devuelven sirven para educar a quienes vienen detrás. Es más justo.

Hay universidades públicas y gratuitas en América Latina en las que el promedio de años de estudio por alumno duplica al de las universidades privadas. Ya se sabe que la única ley inalterable de la economía es la que asegura que cuando la oferta es gratis, la demanda es infinita y el consumidor, además, no la valora.

Por otra parte, los recursos disponibles por el Estado son siempre escasos y hay que emplearlos más inteligentemente. Si se quiere adultos responsables que sean buenos universitarios y mejores ciudadanos, donde hay que poner el acento es en la enseñanza preescolar, primaria y secundaria.

Es en las primeras etapas de la vida donde se forman el carácter y los hábitos, y donde se adquieren lo valores. Ahí, además, comparece casi la totalidad de los niños y jóvenes. Para que la búsqueda de igualdad de oportunidades no sea un fraude, la función del Estado, por medios públicos o privados, es preparar a los niños para que puedan competir y sobresalir en la vida. Un niño de origen humilde, bien nutrido y bien educado, tendrá entonces la oportunidad real de abrirse paso.

La manera de contar con buenos universitarios es formar buenos alumnos en los primeros grados. Es en esa época donde hay que suministrarles alimentación adecuada y magníficos maestros, bien remunerados y dotados de buenos métodos pedagógicos, de manera que, cuando lleguen a la edad adulta, puedan tomar las primeras decisiones vitales que en gran medida definirán su destino: cómo se van a ganar la vida, qué estudiarán, qué actividad emprenderán, cómo y cuándo constituirán sus familias.

Quienes hemos tenido la experiencia docente universitaria sabemos la enorme diferencia que existe entre los estudiantes formados en buenas escuelas durante los primeros grados y los que provienen de pésimas instituciones, casi siempre públicas, donde los maestros no tienen buena preparación, no están motivados o no están decentemente remunerados.

Una última e inteligente observación, hecha por el profesor Alberto Benegas Lynch desde Argentina: le parece curioso que esos universitarios que se oponen al lucro, cuando se convierten en profesionales, rara vez emplean su tiempo en ayudar gratuitamente al prójimo.

Lo dicho: el lucro que les molesta es el de los otros.

elblogdemontaner.com

Estímulos no, por favor

"Stimulus is a case of political patronage, corporate welfare and cronyism at their worst" – Paul Ryan 

Existe un consenso –miedo me da la palabra- en el mercado de que la situación en Europa, tras los datos de Alemania y Portugal, llevará al Gobierno alemán y al Banco Central Europeo (BCE) a claudicar y aceptar nuevos estímulos. ¿Por qué?

Los pedidos industriales en Alemania han caído un 1,3% en el mes de mayo. A muchos les lleva a pensar que si a los alemanes no les va bien, nos van a abrir la chequera a nosotros. Yo lo dudo. Como decía el consejero delegado (CEO) de una de las mayores empresas alemanas en Kent hace unos días "la mejor manera de crecer es competir por méritos propios, no por intervención".

Las primas de riesgo suben y el bono portugués a diez años se dispara al 7%. ¡Viva! ¡Así relajamos nuestros ajustes!

Este es el resultado atroz de la política económica LOGSE de la Unión Europea, donde ver suspender a uno nos hace suponer que nos van a aprobar a todos. Y sinceramente, creo que se equivocan. Los que apuestan a forzar la máquina, incumplir e intentar aprovecharse de una relajación generalizada verán que no sirve. Los ajustes son ineludibles cuando hemos agotado y extenuado el sistema crediticio. Esenciales para volver a crecer y desbloquear la economía.

Es curioso, el pobre, Mario Draghi, presidente del Banco Central Europeo, y objeto de todo tipo de ataques durante meses, se ha convertido esta semana en un santo a ojos de los que exigen más gasto, cuando dice –como ha dicho siempre, por otro lado- que mantendrá una política acomodaticia… Y que va a bajar tipos. Dado el ‘éxito incuestionable’ de las bajadas anteriores, seguimos cazando unicornios si pensamos que del 0,5% al 0% va a tener algún impacto.

Si hay algo que me parece alucinante de esta época de descontrol crediticio es que se haya convencido a la población de que las políticas de gasto y estimulo son ‘sociales’.

Total, Europa ‘solamente’ dedicó doscientos mil millones de euros –un 1,5% del PIB de la Unión Europea- en políticas de estímulo entre 2008 y 2011, y el BCE aumentó su balance en 1,5 billones de euros, para casi quebrar a varios países, incluido el nuestro, y de paso destruir cuatro millones y medio de puestos de trabajo. Eso después de la mayor expansión crediticia de su historia, entre 2000 y 2011. Ahora piden otro LTRO –inyecciones de liquidez-, pero los dos anteriores ni solucionaron el problema bancario, ni de crédito, ni redujeron el empleo. Más madera.

Muchos de estos errores vienen de glorificar el New Deal de Roosevelt como una solución, a pesar de que estudios de la UCLA y de Rothbard prueban que la política de intervención prolongó la depresión otros siete años (lean aquí). Y también es un error asumir que esta crisis es similar a la Gran Depresión, cuando nuestra época es el resultado de ese mismo gasto y exceso crediticio que hoy nos proponen como solución. No es agua al fuego, es más leña al incendio.

Los estímulos no mejoran la economía, perpetúan los modelos ineficientes, dan más recursos a los que los han malgastado –gobiernos y sectores endeudados- y dejan tras de sí el agujero de endeudamiento que paga usted, sin evitar ajustes posteriores mucho más duros. Efecto placebo. Vean Reino Unido, que acaba de tener que anunciar el despido de 140.000 empleados públicos más a pesar de imprimir, estimular y crear inflación artificial en la economía.

 

O Estados Unidos, el ejemplo que se supone que todos quieren seguir, pero solo para gastar y endeudarse, por supuesto. Sigue con un desempleo estancado en el 7,6% y la menor participación laboral desde 1979, lo comento en detalle en mi post La verdad sobre el mercado laboral americano. Por supuesto, en lo que no queremos copiar a Estados Unidos es en bajos impuestos a empresas y tipo máximo del 39,6%, en un gasto publico ex-Defensa del 35% del PIB, en dinamismo y liberalización de los sectores económicos y financieros. Solo en su techo de gasto. ¿Y qué les voy a contar del Reino Unido? Lo mismo. Para liberalizar y dinamizar, nada. Para endeudarse, un modelo.

Hay que copiar a los mejores en lo bueno, y superarlos, no imitar a los peores y solidarizarnos con ellos en la LOGSE económica.

Lo bueno del mantra del gasto público es que siempre se justifica con tres frases:

– "Hubiera sido peor"

– "No se ha hecho suficiente" 

– "Hay que hacer mucho más"

Repetir. Por supuesto, las consecuencias las paga usted, es lo gracioso de un sistema intervenido. El que gasta mal sale beneficiado sea por falta de responsabilidad final, el Gobierno, o porque se le subvenciona si falla. Todo muy social.

Les han convencido de que el empleo se crea por intervención… olvidando que el empleo viene cuando hay condiciones económicas atractivas para invertir y renta disponible para consumir. El consumo crea empleo, no el Estado. Pero a base de subidas de impuestos y destrucción del entorno inversor, se agranda el problema. Luego se le echa la culpa al mercado y nos quedamos tan tranquilos.

Así dejamos economías exhaustas, ineficientes y sobre-endeudadas como mi queridísimo Portugal, y cuando se lleva a cabo un proceso de moderación del gasto, se nos hace creer que es un desastre. La factura, la pagarán nuestros hijos que nacen, como cada español, debiendo 20.000 euros cada uno. Muy social.

Eso, por supuesto, es por la agobiante ‘austeridad’, que ha llevado a todos los países de la Eurozona a disparar su gasto público al 49%. Austeridad.

Y no nos damos cuenta que esos estímulos han generado más problemas que ventajas. Nos han dejado la factura, en una Europa que se va a deuda sobre PIB del 100%, la ineficiencia, el coste y encima no crean empleo.

Y una vez más Portugal, aunque podría haber sido cualquier otro país, nos ha recordado lo frágiles que son las economías extremadamente endeudadas. Una moderada crisis institucional pone en jaque a todos los vasos comunicantes en Europa y su periferia. No en vano, impacta hasta a nuestra banca, que acumula 58.000 millones de euros de deuda portuguesa. El bono a diez años se dispara al 7% y el castillo de naipes europeo tambalea.

 

Sinceramente no sé si el Banco Central Europeo lanzará una tercera inyección de liquidez (LTRO). Creo que la gestión de Mario Draghi hasta ahora ha sido impecable, dentro del sistema económico que vivimos, y seguirá siendo prudente. Lo que si sé es que todos estos planes, todos esos estímulos que reclaman, no van a tener ningún efecto –como no lo tuvieron antes- mientras se siga aniquilando la clase media y a las empresas cercenando renta disponible y capacidad inversora a base de burocracia, intervencionismo e impuestos.

La solución que tantos reclaman mirando a EEUU o Reino Unido, incluso Japón, no está en sus políticas monetarias o en hacer olimpiadas. Está en ser como esas economías en innovación, empresas punteras que compiten y crean valor, atracción de capital, seguridad jurídica, y bajos impuestos.

Los estímulos no son un derecho, son un accesorio, un lujo que se pueden permitir las economías líderes porque, si fallan, y lo hacen, tiene mecanismos de atracción de capital y financieros para sobreponerse. Balanza financiera y libertad económica. Las economías ineficientes empeoran y se hunden más a base de estímulos de demanda interna argentinos tipo Kicillof… o España… o Portugal… Porque no cuentan con sistemas bien engrasados de atracción de capital inversor.

Me decía hace poco mi apreciado Jorge Verstrynge en Telecinco que "Estados Unidos detrae capital por la seguridad que ofrece el dólar". Nadie detrae capital si el sitio donde se encuentra ese dinero es más atractivo. Curioso que en vez de aprender y crear la seguridad y entorno inversor que genera esa ventaja, hagamos lo contrario –crear intervencionismo e inseguridad-, pero exigiendo la misma situación financiera. ¡Nos lo merecemos! Nuestro derecho a exigir deuda barata sin ofrecer confianza.

Incluso con sistemas dinámicos, abiertos y liberalizados, dichos estímulos fallan. Porque parten de un error monumental. Pensar que el Gobierno sabe invertir los recursos financieros mejor y de manera más eficiente que las empresas y familias. Si así fuera, uno de los sistemas económicos más planificados, burocráticos y estatizados de la OCDE, la Unión Europea, sería hoy un vergel de crecimiento. Pero no lo es. Repetir el 2008 no va a cambiar un modelo hipertrofiado e ineficiente. No hace falta más deuda y dar más dinero a gobiernos para repartirlo a su albedrío. Con que no se lo quiten a los ciudadanos y empresas es suficiente. Así se permite que se recupere el ahorro, y con ello el consumo.

No, señores, la prosperidad no viene del gasto y la deuda. Viene del ahorro y la inversión prudente de los excedentes. Intentar mantener un PIB artificialmente creado y el gasto que ha desencadenado es suicida.

En España estamos empezando claramente a tocar fondo. Lo muestran muchos indicadores que sigo. Debemos evitar permanecer allí por mantener unos niveles de gasto insostenibles. Europa se encamina hacia un gasto público y deuda simplemente inasumible. Si en Estados Unidos, Reino Unido o Japón han sido incapaces de reducir su endeudamiento imprimiendo moneda y aun así no han evitado recortes enormes, ¿de verdad se creen que esas medidas mejorarían la situación de Europa?

Con todos los estímulos que quieran, si hay represión financiera –bajar tipos y devaluar- añadido a altos impuestos, nos vamos a otra década perdida. Evitémoslo. Los unicornios no existen. Buen fin de semana.

Por el matrimonio de libre mercado

El pasado 26 de junio pasará a la historia. A la historia de la lucha de la comunidad homosexual por sus derechos y libertades individuales que prendió mecha un día de 1969 en el neoyorkino enclave de Stonewall, y entre tales derechos el reconocimiento del vínculo afectivo del que se derivan derechos y obligaciones contractuales y que viene a denominarse matrimonio. Y es que el 26 de junio de 2013 el Tribunal Supremo de EEUU falló inconstitucional la DOMA, ley que promulgó en 1996 el progresista Bill Clinton por la cual el gobierno federal sacaba de la legalidad como matrimonio cualquier unión que no fuera entre dos personas de opuesto sexo. Permítaseme una breve descripción del estado de la cuestión previa a un enfoque libertario de la misma.

Dicha resolución judicial fue la respuesta de la Corte Suprema al caso “Estados Unidos contra Windsor”, por el que Edith Windsor reclamaba su igualdad ante la ley frente a un matrimonio heterosexual a la hora de heredar de su esposa fallecida Thea Spyer. Ambas, Edith y Thea, residían en Nueva York y se casaron en 2007 en Toronto, Canadá. Tras más de 40 años de relación, Thea falleció y Edith tuvo que padecer los agravios fiscales de que aquel matrimonio no fuera reconocido como tal. El histórico fallo del Supremo estadounidense deja, en cualquier caso, la aprobación o no del matrimonio homosexual a cada estado del país y parece reafirmar que el propósito de la DOMA de sacar de la legalidad una forma de matrimonio excede las competencias del Gobierno federal (concepto que, aunque no recogido en la sentencia, se deriva inequívocamente de la 10ª enmienda de la Constitución de EEUU).

A día de hoy el matrimonio homosexual es válido y legal en trece países del mundo, a saber: Bélgica, Holanda, Suecia, Dinamarca, Canadá, España, Argentina, Francia, Islandia, Noruega, Brasil, Portugal y Sudáfrica. En Reino Unido parece inminente su aprobación y también es válido en algunas jurisdicciones o territorios de México y EEUU.

Siendo indiscutible que el matrimonio, dada su entidad civil, es una institución que va más allá de los márgenes de lo religioso y sagrado, conviene no obstante tener en cuenta –y de paso cuestionar ciertos argumentos religiosos que, como digo, son inanes de partida- que el matrimonio homosexual religioso está dispuesto y es sancionado como válido en iglesias cristianas como la Episcopaliana de EEUU, la Iglesia luterana de Suecia, la iglesia de los cuáqueros en EEUU o la Iglesia Unida de Cristo en EEUU y Canadá, siendo en este último país la segunda mayor comunidad cristiana tras la católica. El apoyo popular al matrimonio homosexual crece como tendencia global de manera pareja al nivel educativo y de forma por el momento más bien inversa a la edad cronológica (dicho llanamente, es mayor dicho apoyo entre personas con estudios superiores que básicos y entre personas jóvenes que de edad avanzada). En 2011, la mayoría de estadounidenses se posicionó por primera vez favorable al matrimonio homosexual en los sondeos de opinión.

Las personas opuestas al matrimonio homosexual dicen con ello defender el matrimonio “tradicional”. Para lo cual habrá que ignorar parte de la historia de la humanidad. El emperador romano Nerón contrajo matrimonio en más de una ocasión con otro hombre, se cree que también hizo lo propio el emperador Heliogábalo, y aunque fue irregular y poco clara la popularidad del matrimonio homosexual en la era romana, como tal llegó a darse y sólo se prohibió explícitamente tras la extensión del Cristianismo. Rituales de matrimonio homosexual se dieron asimismo en la antigua Mesopotamia, en la provincia china de Fujian bajo la dinastía Ming, en el Antiguo Egipto y existe evidencia de un matrimonio homosexual en el siglo XI en Galicia. De todos modos, es peligroso hacer de la tradición la guía única y central de la justicia. Tradicionalmente, los negros han sido esclavos en gran parte del mundo, las mujeres también de sus esposos, y los ateos quemados en hogueras.

Los oponentes al matrimonio homosexual no sólo suelen presentarse como guardianes de la historia, sino que muestran un repentino celo académico por la preservación del brillo y esplendor de la lengua. El argumento etimológico de que “matrimonio” significa en su origen latino “una sola madre” o bien “cuidado de una madre” podría valer para cuestionar –etimológicamente claro- el matrimonio homosexual, pero el masculino no el femenino. Pero, siguiendo con tal purismo lingüístico, “mater”también significa en latín “materia”, aludiendo así a la materia original de la que procederíamos y no diciendo nada sobre el sexo o género.

Si el argumento es la procreación, ¿qué hay de las parejas heterosexuales estériles? Si el argumento es la figura paterna y materna, ¿qué hay de la prole criada por un padre o madre prematuramente enviudado? Si la cuestión es que un niño tiene “derecho” a un padre y una madre para una buena crianza, podemos abrir la veda a cualesquiera cosas imaginables para una “buena crianza” que, claro está, deberán ser provistas por un Estado benefactor, redistribuidor y aun totalitario. Los siguientes pasos en este sentido bien podrían venir a prohibir la procreación o tutela por parte de parejas de fumadores, de alcohólicos, de personas incultas… (no deseo dar demasiadas ideas a los ingenieros sociales). En tal caso qué mejor padre y madre que el Gobierno, dentro de un mundo feliz como plasmó Aldous Huxley en su distopía de humanos convertidos en autómatas.

Además de todo esto, es harto curioso que los autoproclamados defensores del matrimonio “tradicional” defiendan en la actualidad las uniones múltiples: la de un hombre, una mujer y el Gobierno. Pues hoy nos casamos, más que nunca, con el Estado. En el siglo XX, el Estado no sólo nos robó nuestra sanidad, educación o pensiones. También nos ha arrebatado como sociedad civil el matrimonio. Y es que el matrimonio si tradicionalmente es algo es un contrato eminentemente privado. En las civilizaciones griega y romana, el matrimonio era básicamente una unión contractual cuya validez se asentaba más en el reconocimiento general de la comunidad que en la sanción de un Estado o Gobierno. Era parte del derecho consuetudinario basado en usos y costumbres en lugar de imposiciones legales de un gobernante, Estado o Parlamento. Fue en el Concilio eclesiástico de 1215 y más tarde en el de Trento en 1545 cuando se dieron los primeros pasos para que una Iglesia investida de poderes de tipo gubernamental quisiera abrogar de la esfera estrictamente privada el matrimonio. En Inglaterra, el matrimonio privado basado en aquella Ley Común fue abolido por el Gobierno inglés en 1753.

Podríamos ofrecer una resumida definición de matrimonio como aquella institución entre al menos dos personas, cimentada por un compromiso vital-afectivo, un conjunto de acuerdos contractuales proyectados hacia el futuro, y la asunción del cargo de la crianza de la prole en el caso de darse. No sólo eso, sino que probablemente sea la institución en la que invertimos más capital (nosotros mismos, nuestras vidas) y a más largo plazo (presumiblemente hasta el fin de nuestros días). Habiendo compromiso y contrato, la ruptura del matrimonio típicamente requería la demostración de claro incumplimiento por al menos una de las personas involucradas. Todo esto finalizó cuando el Gobierno monopolizó el matrimonio para articularlo a su antojo con, entre otras aportaciones, la universalización del divorcio sin culpa o causa. Dado el coste del divorcio, especialmente el coste soportado cuando hay niños de por medio, tradicionalmente el vínculo del matrimonio podía disolverse, pero no tan fácil y rápidamente. Hoy, con el Gobierno definiendo el matrimonio y su disolución y asumiendo cual costes públicos los derivados del divorcio (educadores sociales públicos, la custodia gubernamental…, esto es reduciendo notablemente el coste real soportado por las partes del contrato matrimonial) se ha dinamitado el espontáneo avance del matrimonio como institución social que determina sus precios, costes y valor a partir de la estricta interacción de los seres humanos subjetivos. Hemos nacionalizado el matrimonio, que ha dejado de ser institución social –y de libre mercado y evolución–, para serlo estatal. A nadie debería extrañar, pues, la rampante epidemia de divorcios. Cual destructor de todo lo que toca, el Gobierno ha sido artífice del matrimonio basura. Mientras el orden social voluntario o de mercado disciplina, el Gobierno corrompe, destruye y vicia. El matrimonio, igual que la moneda, es vivo ejemplo de cómo los Gobiernos pueden devaluar un bien preciado que, en su origen, es estricta y puramente privado. Por tanto, más que hablar de privatizar el matrimonio deberíamos hablar de reprivatizarlo.

En las posiciones oficiales de sus estatutos, el Partido Libertario de EEUU –el tercero del país- condensaría mi punto de vista:

“La orientación sexual, la preferencia, el género o la identidad de género no deberían tener impacto en el tratamiento de los individuos por el Gobierno, como en el actual matrimonio, en la custodia infantil, la adopción, la inmigración y las leyes de servicio militar. El Gobierno no tiene derecho a definir, permitir o restringir relaciones personales. Los adultos que consienten deberían ser libres de elegir sus propias prácticas sexuales y sus relaciones personales”.

Los libertarios no debemos cejar en pretender levantar muros lo más infranqueables posibles alrededor de nuestras comunidades y sociedades para mantenernos libres de la conquista y fagocitación del Gobierno. También en lo que respecta al matrimonio y nuestras relaciones interpersonales. Porque el verdadero avance no está en sustituir un Gobierno ‘discriminador’ por un Gobierno ‘inclusivo’, sino en pasar de aquél a un Gobierno neutral. Pues no se trata de igualdad para casarse, sino de libertad para casarse. Y donde hay Gobierno no puede haber libertad.

@AdolfoDLozano/ david_europa@hotmail.com

El ‘derecho social’ a la especulación inmobiliaria

En España hay superabundancia de derechos de todo tipo, la mayoría de ellos inventados por la izquierda para justificar determinadas operaciones políticas contra su rival en el poder. Desde que el Pasmo de León anunció su intención de poner en marcha una "ampliación de derechos de ciudadanía" –según la jerga progre al uso-, la burbuja de derechos sociales no ha hecho más que crecer, sin que nadie sepa a ciencia cierta si el proceso tiene un fin conocido o vamos camino de una hiperinflación galopante de proporciones argentinas.

En España existe el derecho a tener una vivienda, que además tiene que ser "digna"; a disfrutar de una beca, aunque seas un estudiante mediocre tirando a vago, para poder vegetar unos años en la universidad "esperando un empleo" (Rubalcaba dixit); a rodear el Congreso de los Diputados apedreando policías o a acosar a los políticos rivales en sus domicilios particulares, prerrogativa esta última bendecida expresamente por el presidente del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial.

Pero a este amplio catálogo de derechos kolectibos hay que sumar ahora una aportación extraordinaria, fruto del ingenio inagotable de los comunistas andaluces, destinada a cuestionar determinados tabúes relativos a la especulación capitalista con bienes raíces. Diego Valderas, dirigente de IU en Andalucía y vicepresidente de la Unta es, como tantas veces, el autor intelectual de este cambio de cosmovisión, que en este caso se refiere a la consideración política que merecen las operaciones inmobiliarias.

Valderas, como es sabido, aprovechó la circunstancia del desahucio de un vecino en paro para enriquecer su patrimonio con un ahorro en el precio más que notable. A simple vista podría parecer que estamos ante un sucio especulador que se apovecha de la desgracia de un obrero, pero después de escuchar las explicaciones de los dirigentes comunistas andaluces la consideración ha de ser completamente distinta.

Los argumentos de Izquierda Unida para justificar este incremento patrimonial de su líder andaluz a costa del sudor del obrero son dos y ambos inapelables: es legal y lo hace todo el mundo. Es de esperar, por tanto, que IU rechace expresamente a partir de ahora las actividades de las plataformas antidesahucios que proliferan por todo el territorio nacional dedicadas a protestar contra los procedimientos hipotecarios, algo que también "es legal y lo hace todo el mundo".

Este radical cambio de opinión e la formación comunista acerca de lo que antes llamaba despectivamente "especulación inmobiliaria" puede ser sólo el primer paso en una revisión en profundidad de los viejos dogmas marxistas que todavía se enseñorean de su programa político. Gracias a las actividades privadas de sus dirigentes, unos especulando con viviendas a través de la banca y otros con un capitalito invertido en las bolsas occidentales en lugar de en bonos del Estado cubano, de aquí a poco tiempo igual nuestros comunistas permiten a los demás que actuemos con nuestros pobres ahorros con el mismo celo que ellos emplean en preservar los suyos. Por soñar que no quede.

La decadencia universitaria

En la impresionante fachada plateresca de la Universidad de Salamanca resalta el medallón dedicado a los Reyes Católicos en el que se puede leer en griego "Los Reyes a la Universidad y ésta a los Reyes". No se trata de un símbolo de pleitesía hacia los monarcas sino de todo lo contrario, un pequeño homenaje de buena voluntad por parte de la Universidad para contentar a sus católicas majestades. En aquel tiempo Universidad y Monarquía tenían distintas legitimidades, se enfrentaban y cada una intentaba influir sobre la otra. Los reyes tuvieron que consultar a la Universidad sobre el modo en el que debía proceder la conquista del Nuevo Mundo y no dudaron en perseguir a aquellos pensadores que criticaban las políticas regias. Una Universidad que fue real y pontificia, de referencia universal pero que descabalgó de la listas de las mejores y de cuya antigua gloria tan solo quedan las magníficas fachadas.

A día de hoy las universidades españoles son cascarones vacíos dependientes del poder político que todo lo inunda gracias a los tentáculos estatales. La funcionarización de sus trabajadores los ha convertido en defensores de sus privilegios y del propio sistema, eliminando todo sentido crítico. La izquierda que pide más Estado y los nacionalistas, allí donde controlan los resortes de poder, se han infiltrado convirtiendo las aulas en altavoces partidistas en lugar de centros de saber. Paul Johnson escribía ya en 1991 "de todas las calamidades que ha sufrido el siglo veinte, aparte de las dos guerras mundiales, la expansión de la educación superior, en los años 50 y 60, fue la más duradera". Añadía que las universidades son ahora "invernáculos donde florece el extremismo, la irracionalidad, la intolerancia y el prejuicio, donde el esnobismo social e intelectual se cultiva casi deliberadamente y donde los profesores procuran contagiar a sus estudiantes su propio pecado de orgullo".

Las Facultades en las que se imparten ingenierías son algo más serias pero también han caído en esa defensa vacía de los privilegios. Por ejemplo, al reordenar el mapa de estudios para adaptarlo al sistema de grados, cada facultad y departamento ha primado su supervivencia manteniendo las antiguas titulaciones en lugar de permitir una especialización razonable posterior. Es lógico que quieran defender sus puestos de trabajo para que muchos de los edificios construidos en cada provincia no queden vacíos. La organización universitaria no debería depender de ellos.

La última polémica ha sobrevenido porque el gobierno proponía aumentar la nota mínima para la concesión de becas. Quienes se oponen dicen cosas como que "cualquier tiene derecho a pasar por la Universidad", como si se tratara de un viaje iniciático por el que todo el mundo tiene derecho a pasar aunque al final no consiga terminar los estudios, como muchos ministros del Reino de España. Olvidan que el Estado financia el 80 % de las carreras a todos los universitarios, las becas entonces sirven para financiarles también ese 20 % que falta.

El problema de la baja calidad universitaria no es una cuestión de porcentajes sino de dependencia, dependencia del Estado. El sistema está diseñado desde, por y para el Estado, de espaldas al mercado. Las universidades deberían ser centros totalmente independientes y privados, con una legitimidad diferente a la estatal para que puedan contribuir libremente al saber y formar con verdadero espíritu crítico a los futuros universitarios. No para que "pasen" por la Universidad, sino para que aporten algo a la sociedad. Y este modelo no es incompatible con un sistema de becas, públicas -para los socialdemócratas- o privadas, que financie hasta el 100 % de aquellos que universitarios que no pasen por la Universidad, sino que se impregnen de ella.

El nuevo liderazgo

La política me aburre soberanamente. A veces se crean nuevos partidos con enfoques diferentes a los que estamos acostumbrados, como el Partido Pirata, Escaños en blanco o el Partido por la Libertad Individual. O reaparece algún ex-presidente para dar un par de titulares y tenernos entretenidos durante unos días. Pero en general, resulta todo de lo más aburrido. En realidad, lo que se hace aquí no es política, sino campaña. En España es común un cierto estado de campaña permanente porque hay tantas elecciones que, apenas se celebran unas, ya estamos preparando las siguientes. Tenemos elecciones locales, autonómicas, nacionales y europeas, así que uno siempre tiene la sensación de estar inmerso en algún proceso electoral. Pero últimamente se les está yendo de las manos. Tenemos una oposición que, en vez de hacer oposición (con lo fácil que se lo están poniendo) se dedica a hacer campaña todos los días de la semana. Y tenemos un gobierno que parece ir dando palos de ciego, donde cada ministro actúa por libre, lo que les obliga a estar rectificando constantemente, dando marcha atrás y contradiciéndose unos a otros. Tenemos un Presidente del Gobierno y varios Ministros que mienten más que hablan. Dicen una cosa y hacen exactamente la contraria. ¿Y no es eso lo que suele hacerse en las campañas? ¿Lanzar promesas que saben (y sabemos) que no van a cumplir?

Reflexionaba sobre esta cuestión cuando me topé con un comentario sobre las nuevas formas de liderazgo en uno de los mejores libros que se han escrito jamás. 

El autor menciona seis campos en los que considera que se requiere un nuevo tipo de liderazgo y el primero de ellos es la política. Dice que los políticos son, básicamente, estafadores, que se han dedicado a subir los impuestos y han corrompido la maquinaria de la industria hasta que la gente ya no puede soportar más la carga. 

El segundo es la banca, que ha perdido la confianza de la gente. 

El tercero, la industria; considera que la explotación de los trabajadores es algo que pertenece al pasado y que los líderes industriales deben empezar a pensar en “términos de ecuaciones humanas”. 

El cuarto, la religión (en cualquiera de sus manifestaciones y confesiones); los líderes religiosos deben prestar menos atención al pasado (que está muerto) y al futuro (que aún no ha nacido) y centrarse más en las necesidades temporales de sus fieles. 

El quinto lugar es para la educación, la medicina y el derecho, pero muy especialmente para la educación. Cito textualmente: “en el futuro, el líder en este campo deberá encontrar formas y medios de enseñar a la gente cómo aplicar el conocimiento que recibieron en la escuela. Deberá centrase más en la práctica y menos en la teoría.” 

El sexto lugar es para el periodismo; el autor cree que los medios de comunicación deben dejar de ser meros órganos de propaganda y afirma que la publicación de escándalos y de imágenes obscenas corrompe a la mente humana, por lo que deben evitarse.

Pienso que este análisis, aunque breve, es brillante y de absoluta actualidad. Es muy necesario que nos demos cuenta de dónde han fallado los líderes en cada uno de estos campos (y algunos otros) y que surja el nuevo tipo de liderazgo del que habla el autor. Sería esperanzador leer reflexiones como las suyas y poderles dar difusión para empezar a ver un cambio positivo en el mundo. Pero es patético y da entre miedo y tristeza que resulte tan actual un texto publicado en el año 1937.

*El libro al que hago referencia se titula Think and Grow Rich (“Piense y hágase rico”) y su autor es Napoleon Hill.