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En rojo, no

Ayer estuve a punto de atropellar a una embarazada. Por suerte yo conducía a unos 20km/h porque era zona urbana y estaba llegando a mi destino así que pude frenar a tiempo, pero ella bajó a la calzada entre dos coches aparcados, de forma que era imposible que yo la hubiera visto antes de tenerla justo delante. Pocos días antes había visto a una mujer cruzando una amplia avenida en diagonal, lejos de cualquier semáforo y de cualquier paso de peatones, corriendo como alma que lleva el diablo mientras empujaba un carrito de bebé que estuvo a punto de volcar. No consigo imaginar qué debía ser tan urgente como para ponerse a si misma y al bebé en semejante peligro.

Leí que, en España, hay una media diaria de 20 niños atropellados y que cada quince días uno fallece. Es una barbaridad, pero fácilmente comprensible si uno ve cómo actúan muchos adultos. En general les damos muy mal ejemplo, por eso el blog La orquídea dichosa puso en marcha una campaña de concienciación que llamó “en rojo, no” para pedirle a la gente que no cruce con los semáforos en rojo, especialmente cuando haya niños a la vista. Porque los niños hacen lo que ven, y da igual cuántas veces les repitas que se cruza en verde y se mira a ambos lados, y cuántas fichas de semaforitos les hagas rellenar, y cuántos juegos “didácticos” les obligues a jugar, si luego salen a la calle y ven a la gente cruzando cuándo y por dónde les da la gana.

Todos esos que se cuelan en las rotondas, que hablan por teléfono mientras conducen, que no usan los intermitentes (o los usan tarde y mal), tal vez tengan un título universitario, pero no tienen educación. Se juegan su vida y las de los demás sólo por ganar un par de minutos o por ser incapaces de controlar sus nervios. Además, se lo ponen muy difícil a los padres que intentan darles una educación vial a sus hijos, porque les ponen en la tesitura de tener que dar explicaciones de unos hechos que no son defendibles.

Es otra de las asignaturas pendientes que tenemos en este país. Han querido hacernos creer que la educación en nuevas tecnologías consiste en darle un ordenador a cada dos niños y decirles lo que tienen que hacer, igual que nos han contado que la educación financiera consiste en conocer el funcionamiento del sistema impositivo. Y algo muy parecido sucede con la educación vial. Les han dado unas fichas a los niños para que digan de qué color tiene que ser la luz del semáforo para poder cruzar y hasta aquí hemos podido leer. Luego eso no tiene ninguna conexión con el mundo real, no les sirve para nada y además comprueban que es una mentira cada vez que salen a la calle.

Veinte niños atropellados cada día es demasiado. Un niño muerto cada dos semanas es demasiado. Podríamos enseñarles a cruzar como es debido y a conocer y a respetar las señales, pero eso no depende en exclusiva de los padres ni de los profesores, sino de todos los que estamos en las calles, caminando o conduciendo. Ése niño podría ser el suyo. El mundo sería un lugar mejor si cometiéramos menos imprudencias y diéramos mejor ejemplo.

La Fed, ese cerdo salvaje

Sugirió Bernanke que podría comenzar a retirar sus (mal llamados) estímulos monetarios allá por las postrimerías de 2013 –fechas en las que él dejará de ser presidente de la Reserva Federal– y los mercados comenzaron a intranquilizarse. Las bolsas mundiales cayeron y los tipos de interés escalaron. Nada extraño: si la Fed es en estos momentos uno de los principales proveedores de financiación a los mercados de crédito, que vaya a interrumpir sus operaciones por fuerza se ha de dejar sentir, aunque sea un poquitín.

Mas hete aquí que uno de los consejeros de la Fed, a la sazón presidente del banco regional de Dallas, Richard Fisher, salió a la palestra a criticar a todos aquellos especuladores que se comportan cuales “cerdos salvajes” por cuanto buscan presionar al instituto emisor para que no deje de monetizar deuda pública y privada. Esto es, para que siga implementando la política monetaria expansiva que lleva cuatro años implementando y que todos los políticos europeos suspiran por que copie el Banco Central Europeo.

No seré yo, desde luego, quien defienda la labor de aquellos especuladores que se han especializado en lucrarse de las plusvalías que se derivan de las revalorizaciones de la deuda pública y privada promovidas por la Fed. Por mucho que, con toda seguridad, el mercado de renta fija estadounidense estaba condenado a experimentar un muy intenso auge tras la quiebra de Lehman Brothers, es evidente que la Fed, con su activa política de monetizaciones y de manipulación de los tipos de interés, contribuía a minimizar los riesgos asociados a especular en ese alcista mercado de renta fija. De hecho, algunos economistas, como Antal Fekete, han llegado a hablar de que la Reserva Federal proporciona unos “beneficios libres de riesgo” a los especuladores de deuda pública. Por lo que a mí respecta, si la deuda pública ya me parece un fraude, imagine cuál será mi opinión sobre las ganancias logradas mediante su manipulación por parte del monopolio estatal de la moneda.

Ahora bien, que los beneficios cosechados a cuenta de esa especulación política sean mucho menos defendibles que los logrados merced a la honrosa especulación económica, no significa que la Fed –y sus consejeros– sea el organismo más indicado para poner a caldo a esos “cerdos salvajes”. Al contrario, si hay alguien que por vergüenza debería guardar silencio y no zarandear más el avispero de su deplorable enjuague con los especuladores es, precisamente, la Reserva Federal.

El mayor especulador del mundo

De entrada, la Fed debería guardar silencio porque ha sido su heterodoxa política monetaria la que potenciado la especulación alcista en el mercado de renta fija, blindándola hasta ahora frente a cualquier riesgo. A buen seguro, muchos especuladores se habrán puesto las botas durante los últimos años (por eso, justamente, es verosímil que no quieran que se retiren los estímulos), pero lo habrán hecho porque a la Fed le interesaba que lo hicieran: su objetivo era precisamente el de arrastrar tanto capital como fuera posible hacia la deuda pública estadounidense y hacia la basurienta deuda “privada” de las quebradas y nacionalizadas Freddie Mac y Fannie Mae, de manera que todos ellos pudiesen financiarse y refinanciarse a tipos de interés de saldo. Un fiasco de política económica que abre la puerta a, digámoslo suavemente, consecuencias más que inciertas en el futuro: la Fed no sólo ha coadyuvado a que el gobierno estadounidense degradara su liquidez, sino que, sobre todo, ha degradado enormemente la suya propia (lo que amenaza con traer una alta inflación tan pronto como la economía yanqui haya terminado de purgar su mala deuda y se relance con fuerza la demanda de crédito privado).

Pero, además, existe otro motivo todavía más obsceno por el que resulta absurdo que la Fed critique a los “cerdos salvajes” de los especuladores: y es que ella misma es el mayor especulador que existe ahora mismo en el mundo (¡toma libre mercado!). Para que nos hagamos una idea, el activo de la Reserva Federal es 3,5 veces mayor al de Goldman Sachs, ese banco de inversión que a juicio de muchos controla el mundo. Por si fuera poco, la Fed obtuvo en 2012 unos beneficios antes de impuestos de 91.000 millones de dólares (no se apure, que su simbiosis con el gobierno es total: 88.000 millones los pagó en impuestos), de los cuales 13.300 millones procedieron de especular (comprar y vender) con deuda pública y privada en los mercados. Por seguir con la comparativa, los beneficios antes de impuestos de Goldman Sachs en 2012 no llegaron a los 7.500 millones, los de Bank of America no superaron los 4.200 millones y los de Morgan Stanley se quedaron en 515 millones.

Tan expuesta se halla la Reserva Federal a la renta fija estadounidense que, tan pronto como comiencen a subir los tipos de interés en el mercado, se quedará completamente vinculada a esos activos a largo plazo. Aunque son muchos quienes confían en que la Fed proceda entonces a drenar la extraordinaria liquidez que ha inyectado en los últimos años por la vía de enajenar buena parte de esos títulos de deuda, el instituto emisor se hallará maniatao: por cada punto que suban los tipos de interés en el mercado, experimentará minusvalías latentes de entre 200.000 y 300.000 millones de dólares sobre su cartera de activos, lo que prácticamente la obliga a, como ella misma ha anunciado, mantener todos sus títulos de deuda hasta vencimiento (y el vencimiento de más de la mitad de la cartera supera los 10 años).

En definitiva, existen sobrados motivos para criticar la política monetaria de la Fed antes, durante y después de la crisis, así como a todos los círculos cercanos al poder que de un modo más directo se han beneficiado de la misma. Pero, desde luego, el vértice de toda esa pirámide de intervención y especulación financiera, la Reserva Federal, no está en absoluto legitimada para calificarles de “cerdos salvajes”. A menos, claro está, que ella misma se incluya como jefa de la piara. 

Free market roadshow

Este mes de junio ha tenido lugar en Madrid la jornada FMRS, que desde hace algunos años organiza el Austrian Economic Center en colaboración con otros institutos liberales de diversos países. Como explicaba su Presidenta, Barbara Kolm (en el Acto que en seguida les comento), cada edición es diferente pero todas tienen una particular semejanza por su defensa de la libertad individual y el orden espontáneo. En su página web podemos leer que ésta es la 6ª convocatoria con el topic: "To save or not to save: will austerity programs alone save Europe?". Y recuerdan también una certera frase de Hayek: "Emergencies have always been the pretext on which the safeguards of individual liberty have been eroded". Hasta ahora, el FMRS se ha celebrado en Georgia, Turquía, Grecia, Bulgaria, Rumanía, Macedonia, Albania, Serbia, Bosnia, Eslovenia, Lituania, Polonia, Austria, Francia, Suiza o España. Pueden encontrar una completa crónica de esta Jornada en el siguiente artículo: Barbara Kolm: "El euro no va a funcionar porque Europa, por fortuna, es muy diversa".

El partner español de esta convocatoria ha sido el think-tank Civismo, una joven iniciativa que impulsa Julio Pomés "para el fomento de la sociedad civil en España y el ejercicio de las libertades personales y económicas". Civismo ya es bien conocido por su celebración del Día de la Liberación Fiscal, que lleva tres ediciones en marcha, y que nos plantea esta pregunta sangrante: ¿qué parte de tu dinero disfrutas realmente? Se trata de poner de relieve cómo los españoles solamente nos quedamos con una media del 61% del sueldo que cobramos (que se reduciría al 50% incluyendo la cotización a la Seguridad Social que pagan las empresas)… Pero no voy a detenerme en esta cuestión de los impuestos demasiado elevados, bien conocida por los lectores de nuestra web.

Vuelvo a la Jornada FMRS, que tuvo lugar en el edificio de la Representación de la UE en España, una muy peculiar paradoja (ya que bastantes ponentes criticaron a gusto el despilfarro y la burocracia de la Unión Europea; algo que encajó con bastante elegancia su Director, Francisco Fonseca, y que agradecía en su despedida Julio Pomés). No les puedo explicar con detalle esta circunstancia, ya que falté a la primera Mesa Redonda titulada "Más Europa vs. Menos Europa". Aquí participaron los profesores Pedro Schwartz y Francisco Cabrillo, Barbara Kolm y Juan Pina, Presidente del Partido de la Libertad Individual.

Les hablo ahora de la segunda: "Desregulación vs. Regulación", moderada por nuestro compañero del Instituto y periodista en La Gaceta, José Carlos Rodríguez (del que tomo prestadas algunas ideas de su síntesis final). Aquí participó María Blanco, conocida también por los lectores: citando el libro de Fernando Herrera, nos puso alerta contra los "mitos sobre la regulación": hay demasiada literatura inexacta sobre la libertad de mercado y la competencia. Lo que nos pone ante un riesgo moral: regulación o corrupción. Después, Enrico Colombato del Center for Economic Research (Turín) se quejaba de que "el gobierno nos ha orientado mal sobre dónde invertir nuestros ahorros". Destacando un error tantas veces criticado por la Escuela Austríaca: confundir consumo con ahorro; no es posible la inversión sin la formación de capital.

En la misma Mesa, Lorenzo Montanari (Director Ejecutivo de Property Rights Alliance- Americans for Tax Reform) nos ofreció una provocadora lectura transatlántica de la burocracia europea, señalando que probablemente haya más funcionarios de la PAC que agricultores… Como también invita a la polémica la frase de Reagan que nos recordaba el ejecutivo de PLANASA Alexandre Pierron-Darbone: las nueve palabras most terrifying en inglés son "I’m from the Government and I’m here to help".

Se cerró la Jornada con una tercera Mesa Redonda: "Estado de Bienestar vs. Oportunidades". Joaquín Trigo, Director del Instituto de Estudios Económicos indicaba que no deberían oponerse ambos términos; pero la realidad es que al aumentar el Estado tiene menos capacidad de control y más lentitud en la toma de decisiones. Algo similar sostenía la norteamericana Brenda Pejovich, comparando de una forma muy clarificadora los estados de Texas y California. Recurriendo a los indicadores de gastos en bienestar, regulación pública, impuestos o cifras de pobreza real concluía cómo era lógico el descenso de la población en el Golden State (y que ella calificaba como "votar con los pies"). Pueden leer más detalles sobre esta charla en el artículo de Julio Pomés: Menos estado, más bienestar.

En otro orden de cosas, el consultor de CEGOS Ignacio Arellano se preguntaba si tiene solución el paro juvenil. Para lo que dio algunas pistas: invertir en educación, pero con racionalidad; saber cambiar los criterios sobre lo que uno estudia (vocación) y dónde trabaja (profesión); acostumbrarse a la movilidad: vivimos en un mundo global; aprender a convivir con el riesgo y aprender también a "vender" la imagen de uno mismo. Desde su experiencia en RRHH, proponía algunas ideas que solemos escuchar a menudo en el ámbito académico, pero menos en el mundo laboral, como reducir la economía subsidiada; acabar con el mito de la intervención; o no tener miedo a bajar el salario mínimo (un gran enemigo, a su juicio, del empleo juvenil). Igualmente me pareció de interés la aportación de otro hombre de gestión, Antonio Oporto, Secretario General del Círculo de Empresarios: citando de nuevo la Escuela Austríaca, destacaba la importancia de la libertad individual frente al control del Gobierno (pero sin descuidar el reverso de la responsabilidad). Y señaló dos carencias en nuestra sociedad española actual: la necesidad de un gran consenso sobre el tamaño del Estado; y en cuanto al tejido empresarial, la necesidad de negocios medianos, emergentes, que produzcan bienes comercializables.

Una “app” para encontrar papel higiénico

Según parece, alguien ha desarrollado una "app" que, instalada en tu dispositivo móvil o en tu tableta, te facilita localizar supermercados que dispongan de productos de primera necesidad, entre ellos papel higiénico.

La aplicación, que ha sido desarrollada en Venezuela y para los venezolanos, se llama "Abastéceme" y ya ha tenido varios miles de descargas. Consiste en una especie de red social en que la gente identifica los locales comerciales que, en un momento dado, disponen de bienes básicos, como puede ser el papel higiénico ya citado, pero también azúcar, leche, arroz o café.

No es momento aquí de analizar las causas de tan terrible desabastecimiento. El imaginario popular tiende a culpar de estas carencias a las sequías, las guerras u otras catástrofes. Sin embargo, todo buen economista sabe que las causas siempre tienen que ver con los controles de precios que imponen los gobiernos en esas y otras circunstancias. Y seguro que la democrática Venezuela de Chaves y ahora Maduro, algún control de precio tiene. Porque, que se sepa, no ha habido ninguna catástrofe natural o guerra a la que culpar de tan nefasto acontecimiento.

Más interesante, o al menos original, me parece reflexionar sobre la circunstancia que revela la existencia de esa app, que podemos resumir de la siguiente manera: en Venezuela es más fácil tener una tableta o un smartphone que hacerse con leche o papel higiénico. La tecnología más puntera se utiliza para tratar de cubrir las necesidades más básicas. Los dispositivos más caros, al servicio de los productos menos elaborados. Aquí hay algo que no funciona.

La primera conclusión que se podría sacar, y al hilo con lo dicho en el penúltimo párrafo, es que existen controles de precios para los bienes básicos, y no para los teléfonos móviles. Es típico de gobiernos y políticos preocuparse por las necesidades básicas de los individuos, y establecer para su correcta satisfacción todo tipo de controles regulatorios. Ello conlleva siempre mala calidad, listas de espera y continuas amenazas de desabastecimiento. Así que cuanto más importante sea la necesidad, menos debería dejarse al gobierno intervenir en ella. O en otras palabras: con las cosas de comer no se juega.

Además de este primer análisis, cabe otro relacionado con la distorsión de las preferencias de los individuos, en este caso producidas por las políticas de bajos tipos de interés que están llevando a cabo desde hace varios años los distintos bancos centrales, como infructuoso remedio contra la crisis económica.

En efecto, el tipo de interés consiste también en una relación de intercambio, el precio de cambiar bienes presentes por bienes futuros. Como explica Böhm-Bawerk[1], los individuos preferimos un bien presente al mismo bien en el futuro, por al menos tres razones:

  • Los bienes futuros solo pueden satisfacer necesidades futuras, mientras que los bienes presentes pueden satisfacer tanto las necesidades presentes como las futuras, si se opta por posponer su uso.
  • Los seres humanos sistemáticamente infravaloran sus necesidades futuras.
  • Los bienes presentes son técnicamente superiores a los futuros, pues su posesión permite desarrollar procesos productivos más largos y más productivos, por tanto, de mayor utilidad marginal.

Si se interviene sobre el tipo de interés bajándolo artificialmente respecto al que sería su nivel de mercado, el efecto es que se infravaloran los bienes presentes respecto a los bienes futuros. Dicho de otra forma, a los empresarios y productores se les está dando la señal errónea de que la gente prefiere posponer su consumo. Ello les impulsa a actuar con inversiones a mayor plazo, esto es, en productos más sofisticados y con tecnologías más complejas, que supuestamente tienen tiempo para desarrollar habida cuenta de las preferencias de los individuos por bienes futuros.

Así, las bajadas artificiales de los tipos de interés impulsan a los emprendedores hacia la fabricación de productos como los smartphones, las tabletas o las apps para estos aparatos, atrayendo recursos desde las etapas de fabricación más cercanas al consumo, como puedan ser la de azúcar, leche o papel higiénico.

Comparativamente, ello hace que tienda a ser más fácil o más barato en términos de costes relativos, comprarse un iPad que un kilo de azúcar. Y esta tendencia proseguirá mientras los tipos de interés se mantengan artificialmente bajos. Venezuela ya está allí, como revela la noticia comentada, aunque haya que reconocer el rol desempeñado por los controles de precios implantados[2].

La cuestión es cuánto tiempo nos queda a nosotros. Disfrutemos entretanto de iPads, televisiones planas y consolas de última generación, y esperemos que no llegue el momento en que deseemos que sean comestibles.



[1] Böhm-Bawerk, E. von (1891). The positive theory of capital. Londres: McMillan & Co, p. 250-281.

[2] En caso de no existir controles de precios, no se habría producido desabastecimiento sino un gran encarecimiento de los productos básicos.

Los pobres son pobres, no delincuentes

Las declaraciones del portavoz de Izquierda Unida en el Ayuntamiento de Madrid justificando el robo de supermercados para dar de comer a los niños hambrientos revelan bien a las claras la escasa consideración que la izquierda tiene hacia las personas más necesitadas. Después de haber llevado a la miseria a millones de españoles con su demencial política económica, basada en el subsidio, el gasto inútil y el aumento exponencial del déficit, la izquierda española considera adecuado recurrir ahora al delito para paliar una situación de la que ella, con sus perniciosas ideas, es la principal responsable. De hecho, Izquierda Unida sólo lamentó en su día que Zapatero no fuera más allá en su radicalismo disparatado, lo que nos hubiera llevado con toda seguridad a una situación irreversible.

Que un diputado con unos ingresos –sueldo y gabelas varias– muy por encima de la media nacional se atreva a incitar al delito debería suponer su inhabilitación inmediata. Incluso en un país como el nuestro, en el que el discurso público mayoritario, afecto a una visión degenerada de la democracia, justifica cualquier agresión a la propiedad privada, hay ofensas que no se deben tolerar, como la de este político con sueldo oficial que considera que los ciudadanos con menos recursos son ladrones potenciales cuyas actividades delictivas habría que apoyar para alcanzar la justicia social. Son pobres, no tesoreros de un partido ni gestores de ERE en Andalucía. Un respeto.

Lo que quiere la inmensa mayoría de las familias necesitadas no es asaltar hipermercados, sino alguno de los varios millones de puestos de trabajo que el socialismo ha destruido. La familia y la Iglesia, las dos instituciones más odiadas por la izquierda, evitan que sus víctimas pasen hambre, a pesar de lo cual socialistas y comunistas todavía se atreven a disfrazarse de comecuras y piden que Cáritas pague los impuestos que no pagan partidos políticos, sindicatos y demás culpables de la tragedia que vive actualmente España. A eso se le llama ensañamiento.

Los que más sufren bajo el socialismo son los pobres, porque a los poderosos les va igual de bien gobierne quien gobierne. Después de haber destruido la vida y las esperanzas de millones de españoles necesitados, a la izquierda sólo se le ocurre promover la delincuencia para paliar el desastre. Lo verdaderamente grotesco no es que los políticos de esos partidos digan que representan a los desfavorecidos, sino que todavía haya centenares de miles de pobres que se dejan timar. Ya aprenderán.

Anatomía de las patentes de corso

Favorecidos por un entramado institucional que las permite, los delincuentes poderosos traman en España enrevesadas operaciones de elusión de sus responsabilidades. Las patentes de corso actuales ya no son autorizaciones expresas repartidas por el gobierno a unos cuantos privilegiados para realizar actos prohibidos a los demás. En consonancia con la opacidad característica del proceso político partitocrático, se trata más bien de sobreentendidos sobre la plena disponibilidad de instrumentos y prácticas, legales e ilegales, para controlar las consecuencias que el descubrimiento de sus delitos podría depararles. Básicamente, verse sometidos a un juicio público que puede derivar en una pena de prisión y el pago de una indemnización como responsabilidad civil a los damnificados.

Esos medios van desde el intento de ocultación del delito (el encubrimiento define la actuación de quien no interviene en el delito originario) pasando por el aforamiento de la élite político administrativa o la extraña credulidad e indolencia de los jueces que examinan los casos denunciados hacia las justificaciones ofrecidas por autoridades investigadas o juzgadas, y terminan con las enmiendas a las condenas en manos del ejecutivo a través del indulto, total o parcial, y los beneficios penitenciarios que modifican el cumplimiento real y efectivo de las penas.

Resulta conveniente repasar la anterior lista de medios que exceden el legítimo derecho de defensa para comprender que solamente determinados servidores del Estado, o personas muy bien relacionadas con ellos, tienen a su disposición el elenco completo. Dada la tendencia insaciable del estamento político por blindarse ante cualquier resquicio de exigencia de responsabilidades, el gobierno actual de Mariano Rajoy Brey pretende añadir a los anteriores mecanismos la asignación al Ministerio Fiscal de la instrucción penal contenida en una propuesta de Ley de Enjuiciamiento Criminal nueva.

Eximir, sin más, a alguien de la aplicación de leyes penales -prototipo de normas de aplicación general y universal- presenta indudables dificultades jurídicas (vulneración grosera del principio de igualdad ante la Ley) y políticas, pues la opinión pública puede mostrarse muy renuente a aceptar privilegios declarados abiertamente, sobre todo, en relación a los crímenes que suscitan mayor rechazo. Aun admitiendo cierta volubilidad de esas tendencias, como muestra la experiencia en relación al asesinato (indiferencia mayoritaria ante la impunidad en la masacre del 11-M o los oscuros apaños con los asesinos políticos de la ETA), lo cierto es que la única persona que goza de irresponsabilidad penal de manera explícita en el régimen constitucional español es el Rey (Art. 56.3 CE). Parecía que ese privilegio quedaba contrarrestado con el control político de la actuación del monarca por parte del gobierno y las Cortes generales, pero la corrupción general del sistema demuestra que la lenidad con la que se obsequian los componentes del estamento político no resulta casual, sino fruto de un interesado intercambio de favores.

De los mecanismos enumerados para conseguir el efecto equivalente a la patente de corso, la ocultación de los delitos mediante maniobras oscuras y disimulos se ha convertido en una de las principales herramientas para alcanzar la impunidad de los poderosos, frente a una sociedad a la que se invita a participar en parte de la redistrubución delictiva (Caso de los EREs en Andalucía) o se la envilece con una propaganda exculpatoria. En este sentido, la reciente polvareda levantada por un "informe" de la Agencia Tributaria sobre el patrimonio de la infanta Cristina, me ha recordado el uso frecuente de la estafa procesal como vía para la ocultación de delitos cometidos por los poderosos en la reciente historia de España. En mi opinión, esa falsedad documental (calificada como error por sus responsables, de forma inverosimil) tenía la entidad suficiente por su procedencia para apoyar una maniobra que, de haber prosperado, habría beneficiado a la supuesta afectada al ofrecerle una coartada para su defensa.

Desde una perspectiva penal, incurren en ese delito "los que, en un procedimiento judicial de cualquier clase, manipulasen las pruebas en que pretendieran fundar sus alegaciones o emplearen otro fraude procesal análogo, provocando error en el Juez o Tribunal y llevándole a dictar una resolución que perjudique los intereses económicos de la otra parte o de un tercero" (Art. 250.1.7º C.P).

Según la jurisprudencia del Tribunal Supremo, la estafa procesal implica la utilización de un procedimiento judicial para obtener un beneficio ilícito mediante una maniobra torticera, siendo el beneficio el reconocimiento judicial de un derecho que no se tiene, y en la que existen dos clases: la estafa procesal propia donde el sujeto pasivo es el Juez, porque es éste quien sufre el error provocado, siendo el perjudicado el titular del patrimonio afectado, y la impropia donde el sujeto pasivo es la parte contraria cuando se le induce a que erróneamente se allane, desista o renuncie, mediante maniobras torticeras (STS 12 de julio de 2004). En todo caso, la estafa procesal constituye un subtipo agravado de la estafa común, y ésto presupone la concurrencia de los requisitos configuradores del delito básico (STS 21 de julio de 2004), del que comparte sus elementos, es decir, la existencia de un engaño bastante, que éste cree el error causante del acto de disposición, y el ánimo de lucro (STS de 5 de diciembre de 2005).

Se echan en falta estudios académicos que analicen con perpectiva la abundantísma casuística de estafas procesales que han salpicado los cierres en falso de casos como el terrorismo de estado de los GAL, con su derivadas de malversaciones de fondos públicos y apropiaciones indebidas y la financiación ilegal de los partidos políticos, sindicatos y patronal, tanto de las organizaciones como de sus cargos y allegados. Porque de aquellos polvos vienen los lodos actuales del caso Gürtell/Bárcenas del PP; el caso Campeón/José Blanco del PSOE donde aparecen indicios de relaciones transversales entre partidos políticos; la financiación de Convergencia i Unió; los EREs de Andalucia, Mercasevilla, y el enriquecimiento de Manuel Chaves y su familia; la financión ilegal de sindicatos después de la "socialización" de las responsabilidades civiles de la UGT por el caso de la cooperativa de viviendas PSV; la utilización de los consejos de administración de las Cajas de Ahorros para pagar la fidelidad a sus organizaciones de todo tipo de pícaros y el llamativo caso "Urdangarín". Y como colofón, la gigantesca estafa procesal articulada en la destrucción y manipulación de las pruebas y vestigios de la masacre del 11-M que impide saber, aun hoy, que ocurrió.

Sorprendentemente todavía no ha merecido la atención de juristas, politólogos e historiadores episodios en los que de forma evidente se utilizaron las falsedades más increíbles preparadas desde altos estamentos del estado para eludir las responsabilidades de destacados políticos. Pocos recuerdan "los papeles de Laos" (y al capitán Khan) que sirvieron para la simulación de una extradición pactada con el prófugo Luís Roldán, quién, finalmente, no tiró tanto de la manta, o los "papeles del Cesid" donde los leguleyos de cámara urdieron un plan para dar pábulo a la especie de que la invocación del secreto de estado puede mutilar una investigación criminal que afecta, precisamente, a quién declara secretos unos documentos con virtualidad incriminatoria. Y que decir de la célebre estrategia de echar la culpa al muerto (Pedro de Toledo) por decisiones de pagar informes falsos al PSOE por parte del Banco de Bilbao Vizcaya (Caso Filesa).

Falta un conocimiento sistematizado con los ejemplos mencionados de las patentes de corso. De esta manera, el estamento político consigue confundir al público y campar a sus anchas ante una sociedad sin criterios éticos y jurídicos claros, bombardeada por mensajes de propaganda política.

Aquí manda la peña

La basca, la gente, la masa. Esos son los que marcan la norma, sobre todo, la no escrita, que es la que de verdad rige. Siempre ha sido así en España, desde Fuenteovejuna en adelante. Aparece en el bar un colega con un palillo en la boca y brazos como troncos, se pide un chinchón y te desmonta un estudio científico en menos que canta un gallo. Pero ese no es el mal de nuestros tiempos. Desde que existe el patio de vecinos virtual (Twitter), y los artículos de periódico se han transformado en blogs donde propios y extraños comentan, no importa si de lo que hablamos es de energía o de pensiones, de banca o de balanza de pagos. Siempre hay un listo que sabe con certeza la razón real de nuestros males.

El complejo de tienda de ultramarinos

La tienda de ultramarinos era aquella con un olor característico a la que ibas a comprar aceitunas, chocolate, arroz y casi de todo. Hoy tenemos Mercadona. Pero antes, el tendero te miraba como quien va a parar un tiro a puerta y te preguntaba solícito “¿qué se le ofrece?”. Y ahí cabía lo que diera de sí tu imaginación, porque en las tiendas de ultramarinos tenías un universo a tu alcance. Ese es el complejo de muchos españoles de nuestros días. No solamente en las tertulias, en los bares, en los comentarios de los periódicos digitales tienes a estas personas “ultramarinas” que saben de todo. Tu habla que ellos siempre tienen algo que decir. Y me parece maravilloso, excepto cuando insultan, o cuando menosprecian al autor sin valorar el trabajo que encierra cada dato o cada afirmación.

Esa es la falacia lógica conocida como argumento ad hominem que consiste en desprestigiar al que habla para no tener que confrontar la verdad o la falsedad de sus afirmaciones ¡Lo bien que se nos da! Eso y la anécdota como argumento de peso. Unos campeones.

El sesgo como arma arrojadiza

Leo en el artículo de Daniel Lacalle, por ejemplo, una exposición de datos, hechos y conclusiones acerca del panorama del sector eléctrico en nuestro país. Por supuesto, el autor da su opinión relacionando el problema del déficit de tarifa con la planificación obligatoria de los años previos. Bueno, pues ya hay varios listos que lo primero que dicen es que hay sesgo. Esto está sesgado porque el tipo que escribe trabaja para empresas energéticas. Y, digo yo, que para esta gente tan ilustrada lo mejor sería que escribiera sobre energía alguien con el conocimiento de Belén Esteban. Así, los banqueros no podrían escribir sobre la banca, los abogados sobre las leyes ni los profesores sobre la enseñanza. Mucho mejor que escriba el mecánico de mi taller sobre esto y yo, a cambio, les cuento a sus clientes que lo suyo va a ser la junta de la trócola, que dirían Gomaespuma. Y siguiendo esa regla de tres, supongo que a estos señores les parecerá un disparate que el tema energético o el de la educación lo lleven políticos profesionales, no vayan a estar guiados por intereses electorales, o, visto lo visto, por intereses particulares ajenos al bien común.

Pero no. La desconfianza solamente se dirige hacia los profesionales. Economistas como Juan Manuel López Zafra, que se estudia el documento del Comité de expertos sobre pensiones, lo desbroza, hace una crítica rigurosa, lo corta en cachitos, le pone un lazo, te lo deja en la mesa para que solamente tengas que leer… ¿y qué encontramos en los comentarios? Insultos. Los economistas, que no anticipamos la crisis podemos irnos a freír espárragos, que ya bastante daños hemos hecho. ¿Todos? No. Los que descubren brotes de colorines, prometen unicornios voladores y te dicen lo guapo que eres y el estilo que tienes son lo mejor. ¡Celebremos el futuro! ¡Ave, Ave!

Si escuchamos a los necios será la masa la que nos guíe

Pero la verdad es que la energía no tiene color político, o no debería. Un déficit tarifario lo es aquí y en un estado soviético. La planificación obligatoria funciona o no funciona, no valen argumentos mágicos, valen los datos. Y la interpretación es más sesgada cuando habla el planificador a favor de su planificación que cuando alguien alerta de que nos sale cara la energía y que hay que intentar otra cosa.

Ni las pensiones deberían tener color político. En especial cuando un tipo honesto explica qué tiene de reprochable o no que se elija un comité de expertos.

Y esa es la palabra clave. Expertos. Especialistas en una materia. Gente con una formación superior que no debería dejarse llevar por ideologías, por ideas que se ponen de moda o no. Y se me ocurre una razón, al menos. La pobreza y, en general, los males de la economía, como todos los fenómenos relacionados con el ser humano, tienen múltiples causas, dejar en manos interesadas, como las de los políticos, qué explica y que genera la riqueza de las naciones es un suicidio, es condenar a la miseria a millones de personas para que el planificador, dado lo que la historia económica nos grita a voces, engorde su ego y su bolsillo.

Como dicen Black Sabbath, si escuchamos a los necios, será la masa la que nos guíe y acabe por arrastrarnos al abismo. ¡Otra ronda de unicornios!

La reformilla de Don Mariano

Para Cristóbal Montoro culpar de la crisis al tamaño del Estado es un “error conceptual”, es decir, un error de concepto. Los que creemos eso –afortunadamente cada vez más–, estamos equivocados porque, como todo el mundo sabe dentro de los ministerios, el Estado es tan pequeño que aún podría duplicar su tamaño sin que la economía lo notase. No hay más que contratar a otros tres millones de funcionarios, aprobar un ambicioso plan de infraestructuras, dotar convenientemente a la política social y montar tres centenares de empresas públicas más para que todo se arregle como por ensalmo. La renovada actividad “estimularía” la demanda y así las empresas privadas se pondrían a crear empleo como locas. En cosa de meses los problemas se alejarían como vinieron: de golpe y sin causar daños colaterales.

Bien, resumiendo mucho, este es el mantra que circula entre los estatólatras de izquierdas y derechas desde hace varios años. A falta de poder imprimir dinero como en los buenos tiempos, todos los problemas habidos y por haber se solucionan con deuda. Todo ese dinero prestado se podrá devolver mañana con sus correspondientes intereses gracias a las recrecidas recaudaciones fiscales de una nueva burbuja. Aunque parezca mentira, los José Carlos Díez del mundo, que son muchos y siempre están cerquita del poder, van colocando esta mercancía averiada y se la compran.

Lo hacen porque el poder siempre quiere que le doren la píldora. Hace siglos, cuando los Habsburgo españoles se empeñaron en dejar el país hecho un erial, las voces de los que clamaban por no meterse en guerras y dejar así de envilecer el real de a ocho, nunca fueron escuchadas. Los que querían marcha, sin embargo, prosperaron en la Corte y se lo llevaron todo lo crudo que pudieron. Si alguna vez viaja de Madrid a Burgos a la altura de Lerma mire a su derecha. Verá un portentoso palacio herreriano, un Escorial en miniatura digno de un monarca que mandó construir Francisco de Sandoval y Rojas, duque de Lerma y valido de Felipe III. Mírelo bien, ese palacio fue todo un “estímulo” a la demanda agregada de la economía castellana de principios del siglo XVII, una economía moribunda y machacada por la tiranía y el derroche.

Sandoval era, amén de un granuja y un ladrón de marca mayor, un gran despilfarrador del dinero de los demás. Mientras el reino se desangraba en guerras lejanas, su aristocracia se engolfaba en la corrupción, el privilegio y la pereza. Hoy en España hay muchos Sandovales y muchos más que pululan alrededor de los Sandovales. “Lo público”, es decir, “lo estatal” lo asfixia todo por mucho que Soraya nos venga ahora con aquello de que la elefantiasis del Estado no es tal. Pues sí, es tal. Los Estados elefantiásicos son los que se pulen discrecionalmente la mitad de la riqueza que genera el país, los Estados elefantiásicos son los que tienen en nómina a más gente de la que trabaja en régimen de autónomo, los Estados elefantiásicos, en suma, son los que gastan más cuando se recauda menos.

Para cambiar este aberrante orden de cosas en el que se penaliza el esfuerzo individual y se premia el trinque colectivo hace falta algo más que una reforma y mucho, muchísimo más que la reformilla que acaba de anunciar el Gobierno. Dicen que, en el mejor de los casos, el Estado se ahorrará 37.000 millones de euros. Vale, muy bonito, pero el desfase entre gastos e ingresos es aproximadamente el doble. Si usted gasta al año 10.000 euros más de los que gana, de poco le servirá reducir ese gasto a la mitad. Seguirá incurriendo en un insoportable déficit que le llevará a la ruina y a la insolvencia más pronto que tarde. Pero, no olvide esto, el Gobierno puede hacer algo que a los particulares y empresas les está vedado. ¿Por qué? Porque el Gobierno fabrica el dinero y si, como es el caso del nuestro, no puede hacerlo, lo pide prestado en cantidades indecentes poniéndole a usted, a sus hijos y a sus nietos como garantía de pago.

Luego está la estimación misma del Gobierno. ¿Alguien en su sano juicio, alguien que conozca el paño –y a los tratantes de paños–, puede creerse esta cifra? Evidentemente no. Primero porque el Gobierno de Rajoy miente más que habla desde que llegó al poder. Su lema es hacer justo lo contrario de lo que dicen. Así que no sería descabellado encontrarse con un gasto extraordinario de 37.000 millones dentro de un año. Y segundo porque pretender realizar semejante ajuste con buenas palabras, sugerencias y recomendaciones es simplemente una quimera.

No es creíble que máquinas de quemar dinero como la Generalidad de Cataluña o la Junta de Andalucía vayan a apretarse el cinturón por las buenas. El modelo de financiación es el que es y nadie quiere cambiarlo. Las autonomías gastan lo que el Estado recauda. ¿Realmente los sátrapas autonómicos tienen algún incentivo para moderar el gasto. No, nada de eso. En España impera la ley de “tonto el último”, la percepción es que lo que uno deja de gastar lo va a gastar el vecino, así que hay que inflar los presupuestos todo lo que se pueda. Hay un incentivo sí, pero para gastar a lo loco y luego, si eso, pedir perdón y mostrar propósito de enmienda.

La reformilla marianil no va cambiar esto ni pretende hacerlo. Es puro bla, bla, bla estéril y autocomplaciente idéntico al del Zapatero. Siguen empeñados en ganar tiempo a cualquier coste, incluido el coste de los siete millones de desempleados que se avecinan. Todo con tal de no tocar lo suyo, lo de los Sandovales y de quienes mejor le sirven.

Otra vez, el cuento socialista

He vivido tanto en Suecia como en España, y cuando escucho a ciertos candidatos presidenciales de la izquierda chilena tengo la sensación de estar viendo una película repetida. Michelle Bachelet me recuerda a los políticos suecos de la década de los 80 o a los españoles de hace no mucho, cuando todo se resolvía diciendo "más Estado" y se prometían "derechos sociales" a diestra y siniestra, inflando las expectativas de unos votantes fascinados con ese Estado todopoderoso que les hacía creer que soñar no cuesta nada.

El carrusel de las ilusiones duró unos treinta años en Suecia gracias a unas condiciones económicas excepcionales. Entre 1960 y 1990 se duplicó el gasto fiscal, que pasó del 30 al 60% del PIB, y todo el crecimiento del empleo se dio dentro del sector público. Los derechos se multiplicaron y los subsidios se dispararon. Al final, casi daba lo mismo trabajar que no hacerlo. La mitad o más del salario de un modesto trabajador debía destinarse a pagar impuestos directos e indirectos. Muchos de ellos incluso caían bajo la línea de pobreza, dada la carga impositiva, y luego debían recurrir a los subsidios estatales para sobrevivir. Y así, muchos terminaron siendo súbditos del Estado más que ciudadanos.

De esta manera, no sólo se terminó ahogando al sector privado y destruyendo el incentivo a trabajar, sino creando un Gran Estado que, por su tamaño, era sumamente vulnerable. El triste despertar del pueblo sueco llegó a comienzos de los 90. Bastó una coyuntura difícil para que el Gran Estado se desmoronara: aumentó la cesantía, cayó la capacidad tributaria y el déficit público llegó al 11% del PIB en 1993. Luego vinieron los años duros, el recorte de losderechos sociales, las grandes reformas del sistema de pensiones, etc. La inflación de los derechos se pagó muy cara.

Luego viví en España y vi cómo el temperamento latino y la desvergüenza de los socialistas (incluidos los socialistas del Partido Popular) provocó en pocos años el mismo perjuicio que en Suecia tomó décadas perpetrar. Los tiempos del despilfarro y del todo gratis español dieron lugar a muchas burbujas sociales. Universidad para todos y gratuita, atención sanitaria para el mundo entero, aeropuertos sin viajeros… en fin, almuerzo gratis y café para todos. Hoy, los españoles saben que todo era un engaño, losderechos sociales sólo podían pagarse en situaciones de bonanza económica y con dinero prestado, no en tiempos de crisis.

Ahora, estando en Chile, me entristece ver que se trata de vender aquí el mismo cuento que ha llevado a otros países a profundas crisis. Hay que contarle a los chilenos, además, que cuando un político quiere más Estado, también quiere súbditos y no ciudadanos.

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‘Abegedón’, el colapso de Japón

El Gobierno de Japón ha puesto en marcha el mayor experimento monetario de las últimas décadas dentro del grupo de los países más desarrollados del mundo. El primer ministro, Shinzo Abe, ha asestado un radical cambio de rumbo a la política económica nipona desde su llegada al poder con el objetivo de impulsar el PIB, tras casi dos décadas de estancamiento. Su programa se sustenta sobre tres ejes básicos: estímulo monetario, en forma de inyecciones masivas de liquidez por parte del Banco Central de Japón (BoJ); estímulo fiscal, es decir, más gasto público a través de ingentes programas de inversión estatal para tratar de relanzar el crecimiento; y, en última instancia, reformas estructurales destinadas a incrementar la productividad del país. Las dos primeras medidas ya han sido puestas en marcha, la tercera aún tendrá que esperar.

El citado programa fue recibido casi de inmediato con el apoyo y aplauso unánime de muchos gobiernos desarrollados, especialmente de aquéllos que, en la actualidad, sufren los embates de la crisis, como es el caso de España o Francia. En este sentido, Mariano Rajoy ha insistido mucho, últimamente, en que Europa y el BCE deberían seguir como ejemplo la política nipona, conocida ya popularmente como Abenomics, para superar la crisis del euro. Asimismo, numerosos economistas, empezando por el Nobel Paul Krugman, no han dudado en alabar este plan de choque, recomendando su implantación en sus respectivos países. Se trata, sin duda, de todo un acontecimiento a nivel global, pero lo primero que cabe destacar es su falta de originalidad. Japón lleva 20 años aplicando esta misma receta, la del estímulo fiscal-monetario, con igual resultado, sólo que en esta ocasión Abe ha decidido elevar su apuesta a un escala hasta ahora desconocida, una especie de todo o nada, en la que Japón se jugará, nada más y nada menos, que la quiebra del país.

El nuevo gobernador del BoJ, Haruhiko Kuroda, anunció un gran plan de expansión monetaria, equivalente a casi tres veces el Quantitative Easing aplicado por la Reserva Federal de EEUU (FED) en términos relativos. Y todo ello, con la única finalidad de conseguir, al precio que sea, un crecimiento nominal del PIB. Para lograr aumentar el PIB existe, básicamente, dos vías. A saber, abrazar el capitalismo, despejando el camino a la iniciativa privada y el libre mercado, lo cual conlleva regirse por la ortodoxia fiscal y monetaria; o bien, simplemente, generar inflación. Ésta es la vía escogida por Abe. 

El Gobierno nipón pretende devaluar de forma muy sustancial su moneda, disparando la impresión de billetes, para impulsar su potente industria exportadora al tiempo que encarece las importaciones. La meta es alcanzar un inflación anual del 2%. Sin embargo, más allá de las presiones deflacionarias que dificultarán la consecución de tal objetivo, como su declive demográfico o sus problemas económicos estructurales, una de las claves más importantes a tener en cuenta es su elevadísimo endeudamiento público, ya que alcanzará el 245% del PIB este ejercicio, según el FMI, con un déficit fiscal próximo al 10% en 2012.

La rentabilidad del bono japonés a 10 años lleva tiempo moviéndose en una horquilla de entre el 0,5% y el 1%. A pesar de este reducido coste financiero, gracias al elevado ahorro de los japoneses y a que más del 90% de su deuda está en manos de inversores nacionales, Tokio destina casi el 25% de sus ingresos fiscales al pago de intereses debido al enorme volumen de deuda acumulado en las últimas dos décadas de estancamiento. ¿Problema? Si dicha tasa se elevara al 2,2%, los intereses de la deuda se comerían cerca del 80% de la recaudación tributaria. Un escenario que en ningún caso se puede descartar, ya que la rentabilidad de los bonos difícilmente bajará de dicho umbral si el BoJ logra su ansiado objetivo inflacionario del 2%. Ante tal escenario, el Estado se vería obligado a disparar aún más la emisión de bonos para poder mantener en pie su castillo de naipes, refinanciando cantidades cada vez mayores de deuda a fin de evitar la suspensión de pagos.

¿Quién comprará tal volumen de bonos? Evidentemente, su banco central, que bien podría acabar acaparando la práctica totalidad de la emisión de deuda, a base de imprimir una cuantía cada vez mayor de billetes, para tratar de mantener la rentabilidad de los bonos más o menos bajo control. Así pues, Japón corre el riesgo de entrar en una devastadora espiral de monetización masiva, cuyo destino final conduciría a la bancarrota e incluso a la hiperinflación. Un Abegedón, según el banco suizo UBS, en el que, dada la insostenible tendencia de sus finanzas públicas, la deuda podría alcanzar la cota histórica del 300% del PIB, con una rentabilidad media del 5% en sus bonos a 10 años, del todo punto insostenible. Y ello, sin tener en cuenta la guerra de divisas global que se podría desatar durante todo este particular fenómeno Abenómico