Con las últimas medidas adoptadas por su gobierno, Rajoy ha demostrado una gran capacidad para socavar las esperanzas de los españoles en una pronta recuperación de la economía. Pero Rubalcaba quiere poner también su grano de arena para que la destrucción sea completa. Los socialistas han acreditado una pericia insuperable en arruinar al país cada vez que han gobernado, y no quieren que la derecha les arrebate ese honor, por eso insisten en que el gobierno les convoque para alcanzar un pacto nacional y acabar con cualquier esperanza.
La participación del PSOE en las directrices de política económica es la mayor amenaza que se cierne ahora mismo sobre los españoles, porque su recetario consiste únicamente en profundizar en los errores y traiciones de Rajoy multiplicándolos por varios factores. Para los socialistas, Mariano ha subido muy poco los impuestos y recortado el gasto público en exceso. Nadie con dos dedos de frente puede sostener semejante disparate, pero en la cosmovisión socialista cualquier dislate sirve para apuntalar un dogma si suena bien a los ignorantes. Mentes poderosas del tipo Soraya Rodríguez, Elena Valenciano o Eduardo Madina ya han sentenciado que el gobierno debe gastar mucho más de lo que lo hace en "políticas sociales", para lo cual tiene que subir los impuestos "a los ricos" y luchar contra el fraude fiscal suprimiendo los billetes de quinientos euros, dos majaderías estas últimas impropias de una personalidad adulta y cuya efectividad para el equilibrio de las cuentas públicas es aproximadamente cero patatero. Con esos argumentos como principios irrenunciables es fácil suponer cuáles serían las consecuencias para el país de un acuerdo político entre el PP y el PSOE, cuya principal dirigente parlamentaria ponderaba ayer mismo con entusiasmo los tremendos beneficios que los Planes E de Zapatero tuvieron para nuestra economía.
Pero con el fin de no dejar ningún cabo suelto en esta empresa de demoliciones, el PSOE quiere que el gobierno convoque también a IU y a los sindicatos de izquierdas y así tener la seguridad de que no quedan ni los cimientos. Aterra pensar en que el gobierno nos aplique unas medidas económicas aplaudidas por Toxo, Méndez y Cayo Lara, pero esa es la operación política en que está embarcado actualmente el PSOE, seguramente con el beneplácito real por su ejemplar papel moderador (cuando interesa). Y encima quieren ir todos con Rajoy a meterle un rapapolvo a Merkel de mil pares de narices. Para salir corriendo a la embajada más cercana.
Con un saludo para mi compañera de Comentarios, María Blanco (es que estaba pendiente de leer sobre Margaret en alguna de tus godivaciones… ), quería añadir algunas pocas ideas a la excelente semblanza de Alfonso Crespo en esta web. No tanto como análisis político, sino en torno a cuestiones de pensamiento económico y promoción de la libertad.
Tengo que reconocer mi admiración por esa conocida frase suya, disparada al tiempo que golpeaba la mesa con un ejemplar de Los fundamentos de la libertad de Hayek, sacado de su bolso: "this is what we believe". Como relata Diego Sánchez en su blog, ocurría durante una reunión entre miembros del partido Conservador cuando Thatcher todavía era líder de la oposición en el año 1975. Probablemente muchos de sus compañeros, como lamentablemente también ocurre en nuestro país, ni siquiera conocían al autor de Camino de servidumbre (1944), que por aquellos años setenta estaba publicando su Derecho, legislación y libertad.
Estos días hemos podido leer muchas de sus frases más famosas: "Nadie se acordaría del buen samaritano si solo hubiera tenido buenas intenciones. También tenía dinero"; que me sugiere el realismo con que se deben afrontar las mal llamadas "desigualdades sociales". O esa otra: "Si pusieras tu dinero en un calcetín, seguramente, nacionalizarían los calcetines". Su convicción de la eficiencia de la propiedad y de la gestión privada permitieron a Gran Bretaña conseguir un crecimiento en el PIB per capita del 35% surante su mandato, convirtiendo a más de diez millones de ciudadanos ingleses en accionistas de antiguas empresas estatales.
De entre los muchos libros sobre Margaret Thatcher (generalmente críticos y mediocres), hay uno que recomiendo vivamente: El Presidente, el Papa y la Primera Ministra, editado por Gota a Gota. Ya saben que se trata de una visión conjunta de estos tres líderes de los años ochenta (junto a Reagan y Juan Pablo II), a los que se atribuye la caída del Muro de Berlín "sin disparar una sola bala". Ciertamente les debemos mucho por su eficaz lucha contra los totalitarismos y defensa de la libertad individual.
Uno de sus más conocidas políticas (junto a la controvertida Guerra de las Malvinas) fue su enfrentamiento con los sindicatos. El convencimiento de que no se podían mantener caducas e insolidarias prerogativas le llevó a limitar el poder sindical. Un ejemplo nos puede servir de bastante ilustración en esta época de tantos paros inútiles: al poco de lograr su segundo mandato, en 1984, aprobó una Ley que exigía a estas organizaciones la realización de una votación secreta entre sus miembros antes de la convocatoria de una huelga. Pienso que este tipo de medidas nos libran de una manipulación demasiado extendida, en la que minorías que se atribuyen la posesión de la verdad también se arrogan el control sobre el espacio público. E incluso, como vemos en nuestro país, sobre las personas, su domicilio o sus familiares: una coacción del más puro estilo fascista sobre los representantes políticos (resulta increíble que pretenda justificarse como libertad de expresión; y que los jueces así lo confirmen).
Junto a Reagan y Juan Pablo II, Thatcher defendió valores como la confianza en sí mismo, el afán de mejora o una actitud de esperanza. Resulta tan aburrida la queja permanente! Hay que ponerse manos a la obra con valentía: defender los propios ideales no es ningún fundamentalismo, como casi ha conseguido convencer a nuestra sociedad esa progresía socializante. Claro, que esta lucha exige un compromiso ético que no todos están dispuestos a asumir… Así nos va.
Los tres grandes líderes sufrieron atentados: más famoso el disparo en la plaza de San Pedro; tal vez menos relevante el tiroteo a Reagan; y menos conocida la bomba del IRA en el Grand Hotel de Brighton. Se trata de una frecuente herramienta de los enemigos de la libertad: deshacerse de quienes no piensan como ellos. En España también sabemos mucho de los que matan y extorsionan; y de los que los apoyan, toleran o simplemente miran para otro lado. Les copio a propósito de estas cuestiones una frase de José María Aznar en el prólogo del libro que citaba: "Desde esa dictadura del relativismo se pueden hacer afirmaciones tan sofisticadas como que no es cierto que la verdad nos hace libres, sino que la libertad nos hace verdaderos o que los terroristas son hombres de paz" (p. VIII. Seguro que les suena el autor de tan iluminados pensamientos).
Como todo ser humano, y particularmente como política, es claro que Margaret Thatcher tuvo sus aciertos y sus fracasos. Generó discusiones incluso entre los pensadores más cercanos a su ideario: son también conocidas las críticas de Rothbard a su Poll Tax, ajustes monetarios o a ciertas medidas en las privatizaciones (postura que no comparten todos los simpatizantes de la Escuela Austríaca). Pero es que con argumentos y buena educación se puede hablar de todo. También se le atribuye esta frase a la Primera Ministra que recordamos: "Amo los argumentos, amo el debate y no espero que quien se siente frente a mí esté de acuerdo conmigo".
Resulta bastante cansado ir viendo y asumiendo, viernes tras viernes, o mes tras mes, las ruedas de prensa que se suceden una después de otra, como la mañana sucede a la noche, con sus largos soliloquios ministeriales y las series de preguntas sin contestar o a medio cuajar de los periodistas.
El hastío de la población elevada al máximo
Hace mucho que los españoles estamos hastiados de la aparente seguridad de los miembros de Gobierno, cuando tenemos tan fresca la herida de la mentira y el regusto de las manipulaciones de datos, las llamadas de atención de Eurostat y portadas de periódicos con nuevas tramas de corrupción de diferentes partidos.
Marear a la gente puede tener un cierto rédito político. Ya dice el refranero que "A río revuelto, ganancia de pescadores". Y, en este sentido, todo el mundo sabe que nada como ir mucho de acá para allá, que se te vea moverte, para escaquearte de las tareas menos apetecibles. Es el truco de "hacer como si" para en realidad no hacer nada.
Y eso es a lo que nos tiene acostumbrados el Gobierno, desde que estaba en la oposición. El Partido Popular en la oposición se limitó a contraprogramar, haciendo suyas las posiciones típicamente socialistas y restregándoselas al gabinete de Zapatero a la cara en el Congreso de los Diputados. Solamente tuvo que esperar a que los votantes socialistas cayeran en el desencanto cuando la Unión Europea, entre otros, apretó las clavijas al Gobierno español y presentarse como una alternativa diferente.
Y, una vez en el poder, ha seguido con la misma actitud. Anuncia medidas, austeridad, reformas, que no tienen resultados positivos, bien porque son medias tintas, bien porque no se llevan a la práctica, bien porque los efectos negativos que generan compensan la supuesta bondad de las mismas.
Pero, con los datos en la mano, sigue el despilfarro, el gasto ha aumentado y la población se empobrece.
El esperado segundo paquete de medidas
Y en este ambiente de hastío, el ministro Montoro y el presidente Rajoy se dedicaron, la semana pasada, a preparar el caldo de cultivo de la opinión pública. El tema estrella eran los impuestos. Subieron, pero no los temidos IVA e IRPF. De manera que, de nuevo, los españoles nos indignamos hastiados al comprobar que los empresarios siguen sin tener un apoyo real, los parados no van a tener más oportunidades de encontrar empleo y los trabajadores vamos a ver incrementada nuestra carga frente al Estado y mermada nuestra capacidad de compra.
Independientemente del manotazo a la exigua esperanza que a alguno le quedaba de que estos señores tan votados algo harían de bueno, casi lo que más encendió los ánimos fue el tono, el gesto, la sonrisa cínica, la seguridad de quien se sabe con la sartén por el mango. No parece que el señor Montoro se percate de su error. El mango de la sartén no está en su mano, sino en la cruda realidad, tan tozuda ella. Esa realidad que nos ofrece escandalosas cifras de paro, cierre de empresas y empeoramiento de la situación económica.
Por supuesto, entre los cansados y sesudos análisis de propios y extraños, había quienes se quedaban en si el sector privado ha ajustado y el público no, o si habría que haber subido los impuestos a los ricos hasta el 70% como en Francia. Se oían voces que acusaban al Gobierno de estar al servicio de los más pudientes, sin darse cuenta de que nuestra clase política se sirve a ella misma. Y, en general, muchos ciudadanos expresaban claramente la necesidad de anticipar las elecciones cuanto antes.
El pánico ante la nada
Pero el jueves anterior al Consejo de Ministros la manifestación frente al Congreso, que se anunciaba multitudinaria y violenta, se quedó en agua de borrajas. También cansa salir a la calle cuando el resultado es nulo.
Uno de los miedos que le entra a quien va a saltar en paracaídas a cuatro mil metros de altura es la sensación de que el cuerpo se te paraliza. Se trata de un salto al vacío, apenas se ve qué hay debajo, más allá de una superficie marrón entreverada con blanquecino vapor de agua. Y esa es la sensación que tengo cuando pienso en un adelanto electoral. Porque el panorama de la oposición es desolador. No hay imaginación que, ante el despropósito de la arena política española, apunte a un candidato realista. Ni Rubalcaba, ni Madina, ni nadie del PSOE tiene arrestos para guiar el carro. Ni los partidos minoritarios están preparados para hacer de copilotos, ni los nacionalistas, por supuesto.
Y esa es la razón que justifica la inoportuna y desvergonzada sonrisilla de Montoro. Saber que "después de mí no hay nada", al menos de momento. Ser conscientes de que quedan dos años y algo en los que tratar de achicar agua suficiente como para que parezca que estamos a salvo.
Lo que pasa es que la realidad terminará imponiéndose, la economía no tiene visos de aguantar mucho más, y la tímida confianza que despertamos en Europa, si es que lo hacemos, es frágil como la memoria de los españoles que se sorprenden ante las políticas peperas.
La batería de reformas que el Gobierno pasó una semana anunciando resultó al final ser una batería de impuestos, de cuatro impuestos para ser más exactos. Las reformas se quedaron en lo que suelen quedarse cuando el que Gobierna es registrador y la que vicegobierna abogada del Estado. En resumen, más Estado, más complicaciones y muchas promesas vacías de que todo va a ir muy bien, apoyándose en la peregrina excusa de que todo ha ido demasiado mal hasta ahora y, claro, en algún momento tendrá que cambiar la tendencia.
Pero, entremos en materia. ¿Qué va a reformar el Gobierno a partir de hoy? Nada o aproximadamente nada. Dicen que la administración pública sufrirá una reestructuración, pero, a partir de ahí, nada más. No hablan de cantidades ni de calidades. Mejor será ahorrarse la letra de la ley, esa que tanto le gusta a Soraya, y suponer que la reestructuración de marras será quitar recursos a un escalón de la administración (probablemente los ayuntamientos), para dárselos al escalón inmediatamente superior (seguramente las autonomías).
Los que no pueden y no van a faltar son los recursos. Ya sea vía endeudamiento exterior o vía impuestos, al Estado no le va a faltar el combustible para seguir haciendo la vida imposible a empresas y particulares. Luego, en el camino, redistribuirá una parte entre afines, clientes y empresarios sablistas de esos que se pegan al poder para sacar tajada. Vamos, como con Zapatero pero sin Zapatero.
Quedamos a la espera de ver cómo reacciona Oli Rehn y, especialmente, ese inversor desconfiado a quien tanto teme el Tesoro. Casi puedo garantizar que el tetramartillazo plurifiscal del viernes no gustó al primero y no gustará nada a los segundos. España ha enfilado ya la vía griega para hundirse en la miseria y todo lo que cabe esperar es que, más pronto que tarde, empiecen los disturbios y comience el baile de primeros ministros. Culparán a la "austeridad" del rajoyato y lo que venga será malo sí, pero una inevitable consecuencia de la insensatez de este Gobierno de Montoros y Sorayas que creen que van a gobernar para siempre.
Algunas personas están preocupadas por la posible inestabilidad o carácter de burbuja del sistema bitcoin: según ellos, como es una entidad virtual sin valor de uso, industrial o intrínseco, que ha surgido de la nada y no tiene ningún respaldo material (no es deuda sobre un activo tangible), puede fácilmente volver a la nada; puede ser una moda o un sistema frágil del cual la demanda desaparecerá de repente y colapsará su valor hasta prácticamente cero.
El valor de bitcoin podría ser una burbuja pero no tiene por qué serlo. Los que están tan seguros de que sí lo es ya disponen de medios para ponerse cortos (hacer apuestas bajistas en mercados de futuros) y hacerse muy ricos gracias a su privilegiado presunto conocimiento: el hecho de que no lo hagan tal vez muestra que les gusta hablar con rotundidad sin arriesgarse a que la realidad les demuestre que pueden estar equivocados causándoles graves pérdidas.
Si bitcoin fuera una burbuja sería muy diferente de otras y merecería un análisis propio: los estudios o ejemplos de otras burbujas tal vez no le sean aplicables. Bitcoin no es como un activo financiero del que se esperan unos rendimientos o dividendos futuros que tal vez no se materialicen, ni una mercancía ordinaria con la cual se especula (como un tulipán), y no parece una moda pasajera; tampoco es como las divisas ya establecidas que pueden oscilar al ritmo de sus economías, políticas y bancos centrales, ni como una divisa nueva impuesta por un Estado a todos sus súbditos (normalmente como sustitución de una anterior).
Bitcoin es una entidad especial, prácticamente única en la historia: un bien económico intangible sin uso previo, que surge de una invención puntual y un pequeño núcleo inicial de usuarios, y cuyo uso podría popularizarse y extenderse hasta convertirse en un dinero de alcance universal (no necesariamente el único); si esto sucede su revalorización será muy rápida y su valor actual será ridículamente bajo (calcúlese la futura valoración considerando libremente el número de usuarios potenciales y el poder adquisitivo de los saldos de tesorería deseados). Cuanto más generalizado esté su uso mayor será su demanda y su valor, pero esto no implica que si no llega a universalizarse como dinero su valor será cero o cercano a cero.
Bitcoin como idea y como sistema que la implementa tiene valor instrínseco por los servicios que presta: no es lo mismo que exista que que no exista. Si su uso se extiende y estabiliza puede llegar a convertirse en una institución, en algo que está en la mente y en la práctica habitual o acostumbrada de muchos agentes de forma común y recursiva: todos saben que los demás saben sobre la institución, y la usan de forma rutinaria y coordinada sin mucho esfuerzo y sin pensarlo demasiado. Una vez formadas, las instituciones tienen un enorme valor individual y social y pueden ser muy resistentes, presentar una fuerte inercia.
Las empresas gastan grandes cantidades de dinero en publicidad para conseguir imagen de marca (capital intangible, cognitivo) y estar presentes en las mentes y valoraciones de los individuos e influir así sobre sus acciones; las personas también intentan ser famosas y tenidas en cuenta por todos. Las instituciones consiguen esto mismo de forma espontánea y descentralizada mediante fuertes bucles de realimentación positiva, por el interés de cada uno en participar y que todos los demás también participen en ellas.
Los procesos de monetización y desmonetización de una entidad son muy diferentes. Igual que la vida surge de la no vida, pero una vez que se establece es resistente porque su característica esencial es su actividad de automantenimiento y preservación, la monetización de bitcoin y su eventual desmonetización o abandono no son procesos simétricos sino profundamente asimétricos: renunciar a usar bitcoins una vez establecidos como dinero sería abandonar una institución que funciona eficientemente y todos sus beneficios, lo cual sólo tendría sentido si existieran alternativas mejores; quien quiera reducir o terminar su participación en el sistema necesita una opción que sea mejor, y además está ofreciendo a otros la oportunidad de hacerlo a mejor precio.
Nada tiene valor intrínseco: todo valor es subjetivo, ya sea para el uso propio o para el intercambio (porque otros lo demandan). El oro y la plata tienen valor, sin necesidad de ningún tipo de consenso o contrato social o coacción estatal, porque son difíciles de conseguir y a la gente les gustan como ornamentación y símbolos fiables de estatus social, y porque una vez monetizados todos saben que son dinero para todos los demás. Los sustitutos monetarios de un mercado libre (billetes y depósitos bancarios convertibles en oro de forma segura y a la vista) tienen valor por cómo están conectados al oro y porque sirven para economizar su uso.
Los metales preciosos tienen usos industriales, pero su valor procede fundamentalmente (sobre todo y de forma más estable cuando se les permite ser dinero) de la demanda monetaria. El hecho de que tengan un valor de uso previo puede haber contribuido históricamente a que se convirtieran en dinero, pero una vez monetizados puede ser un problema si estos usos no tienen una demanda estable: las variaciones podrían alterar el valor y la cantidad en circulación del bien monetizado.
Si el oro y la plata se hubieran desmonetizado de forma libre y espontánea (algo sumamente improbable), sus poseedores habrían sufrido grandes pérdidas. La desmonetización estatal del oro no colapsó su valor sino que incluso se incrementó por la expectativa de la depreciación de los dineros fiat y la posibilidad de remonetización de los metales preciosos. Los billetes y depósitos bancarios también pueden perder valor o incluso desmonetizarse si se pierde la confianza en la solvencia de su banco emisor.
Los dineros fiat impuestos coactivamente por los estados tampoco tienen ningún valor de uso: el Estado puede sostener parte de su valor por la exigencia de su uso para el pago de impuestos, pero su utilización generalizada para otras transacciones depende sobre todo de la existencia o no de alternativas competitivas. Mediante la inflación el Estado provoca pérdidas sistemáticas a los tenedores de dinero y activos fijos, y una mala gestión monetaria y crediticia puede provocar hiperinflación y el repudio de la moneda; en bitcoin no hay organizadores tentados de emitir más moneda por su cuenta y en su propio beneficio, simplemente porque el sistema no lo permite. El colapso del Estado emisor de un dinero fiat prácticamente garantiza la pérdida total del valor del dinero respaldado por su poder coactivo; bitcoin no está basado en la coacción ni depende de una entidad central cuyo fallo lo destruya.
Además de que el colapso de bitcoin es progresivamente menos probable, conviene estimar qué pérdidas habría si sucediera: se verían afectados los saldos de tesorería (normalmente una proporción muy pequeña del patrimonio de quienes sólo quieran usarlo como medio de intercambio) y los activos fijos denominados en bitcoins. Los principales perjudicados serían los especuladores o quienes lo usaran como depósito de valor.
Una de las funciones del dinero es ser depósito de valor: ni ganarlo ni perderlo; para ganar valor u obtener beneficios hay que asumir costes, riesgo e incertidumbre (posibles pérdidas) en alguna actividad productiva. Bitcoin puede ser un depósito de valor imperfecto (ganaría valor en vez de solamente conservarlo) por la posible deflación secular una vez que se llegue a su fase estacionaria, habiendo alcanzado la cantidad máxima producible y habiéndose generalizado su uso: sin cambios en su cantidad o en su velocidad de circulación, la deflación se correspondería con el crecimiento económico.
El triunfo de bitcoin no provocaría ningún tipo de hiperdeflación catastrófica, el colapso económico o desempleo masivo. La deflación suave y predecible no implica que nadie gaste nada de su dinero, lo que sería completamente absurdo porque entonces dejaría de ser dinero; tampoco implica no gastar hoy y gastar mañana, ya que si la deflación persiste el mañana será equivalente al hoy y entonces habrá que esperar hasta pasado mañana, y así sucesivamente de forma indefinida. La deflación implica una tendencia más o menos intensa a atesorar más que a gastar y una presión bajista sobre los precios en función de las expectativas de futuro (las tendencias pasadas no tienen por qué continuar), pero esta tendencia tiene como límites la necesidad o deseo de los individuos de intercambiar en el mercado y la preferencia temporal del presente sobre el futuro: aunque los bienes vayan a abaratarse, no comprarlos ya representa asumir el coste de oportunidad de no poder disfrutarlos desde ya.
Esta deflación puede dificultar un mercado de deuda (sobre todo a más largo plazo) denominada en bitcoins: un potencial prestamista puede guardar un dinero que se aprecia (si al hacerlo no asume costes) en lugar de prestarlo; el potencial prestatario necesita obtener unos beneficios marginales del capital mayores para compensar adecuadamente al prestamista. Esto fomentaría la financiación mediante acciones (participaciones) frente a la financiación ajena con deuda denominada en bitcoins, o que la financiación se realizara mediante otro dinero de valor más estable.
Es posible tener crecimiento económico sin que crezca la base monetaria (la cantidad de dinero en sentido estricto): sería más eficiente tener un dinero de poder adquisitivo más estable, pero el crecimiento es posible si la inflación o la deflación son pequeñas y predecibles. Si la deflación fuera suficientemente problemática, la producción de más moneda con un mecanismo semejante al actual (minería para seguridad de la red) es algo que la comunidad podría aceptar de forma conjunta si se considera una buena idea: las modificaciones son posibles pero sólo triunfan si su aceptación es generalizada.
Además una base monetaria rígida, como el bitcoin, puede complementarse con sustitutos monetarios en cantidad creciente y con calidad adecuada si son deuda a muy corto plazo y muy segura (respaldada por la propia producción económica a punto de ser vendida a los consumidores finales). Bitcoin no es un sistema crediticio pero cuando se reduzca su volatilidad puede servir como base de un sistema crediticio (que de hecho ya existe) con deuda a corto plazo denominada en bitcoin: son posibles sustitutos monetarios de bitcoin, los cuales pueden utilizarse para estabilizar su valor futuro y evitar o mitigar la deflación secular.
Bitcoin es compatible con un sistema crediticio no anónimo ya que permite el anonimato pero no lo exige. Un sistema crediticio puede funcionar de forma parcialmente anónima, con mecanismos de reputación basados en identificadores o alias que no proporcionan información sobre la identidad real del agente. Además el anonimato entre acreedor y deudor no es simétrico: el acreedor necesita conocer la solvencia del potencial deudor y si es necesario localizarlo para exigirle el pago o las garantías; el deudor no siempre necesita saber quién es su acreedor (deuda al portador o negociable en mercados secundarios; cuentas numeradas en bancos que respetan el anonimato financiero), este sólo debe poder demostrar que lo es para exigir el pago.
Es posible crear nuevas monedas paralelas parecidas a bitcoin (que ya existen aunque a mucha distancia en extensión y valor de mercado), ya que es un código abierto modificable por cualquiera; pero tendrán el problema de su popularización, y en eso bitcoin les lleva una ventaja inicial difícil de recuperar debido a los mecanismos de realimentación positiva de los procesos de monetización. La creación de múltiples monedas virtuales no va a generar hiperinflación.
Bitcoin plantea interesantes retos al teorema regresivo del dinero, que afirma que un bien monetario debe antes haber sido una mercancía con una demanda no monetaria, y que para conocer el poder adquisitivo del dinero hoy recurro a su valor de ayer (y realizo alguna predicción o expectativa de su valor mañana).
El teorema regresivo no tiene por qué ser una verdad absoluta, sino una posibilidad histórica muy generalizada necesitada de interpretación. Se podría entender que los usuarios iniciales de bitcoins los adquieren como un bien de coleccionista, o como un juego, o como señales de pertenencia a un determinado grupo o movimiento, o por el deseo de participar en un proyecto innovador de repercusiones potencialmente enormes. O que el bitcoin inicial es un dinero imperfecto que gradualmente va mejorando.
El que un bien tenga una demanda no monetaria ayuda a que se monetice al tener un valor conocido y generalizado de partida. Un bien que se crea directamente para que funcione como dinero obviamente no puede tener demanda no monetaria previa, ya que antes ni siquiera existía; pero su valor puede averiguarse y estabilizarse progresivamente mediante aproximaciones sucesivas en procesos de prueba y error; esto sería muy difícil en sociedades primitivas con escasa capacidad para transmitir y procesar información, pero es más factible en sociedades modernas con gran capacidad de hacerlo.
“Rather than attempting to return to their artificially inflated GDP numbers from before the crisis, governments need to address the underlying flaws in their economies” R. Rajan, Univ Chicago
“Governments are always Keynesian when it comes to spending. When it comes to saving they become Stalinist”
Esta semana hemos recibido terribles noticias económicas para España. Un paro del 27,16% y un déficit que alcanzaba el 10,6%. Un 7,1% -ojo- excluyendo las subvenciones a las cajas. Estamos hablando de que España, por cuarto año consecutivo, supera los 100.000 millones de déficit. El que quieren relajar. Sin embargo, también hemos recibido excelentes noticias que no debemos olvidar. La banca ha recuperado el 25% de los depósitos perdidos en 2012 y la deuda de las empresas ha bajado a niveles de 2006.
Alemania tiene razón
Los procesos de limpieza de sistemas excesivamente endeudados y de baja productividad son dolorosos, pero el mayor riesgo que corremos, sin duda, es intentar perpetuarlos.
Lo que no leo en la mayoría de análisis mediáticos es que esas cifras dramáticas de paro son consecuencia de la misma política atroz, injusta y anti-social que queremos repetir. La que implementamos cuando pinchó la burbuja de obra civil, construcción y ladrillo. Redoblar la apuesta, pasando de un superávit del 5% a un déficit del 11%, que ya genera casi 60.000 millones anuales de déficit estructural. Todo o nada. Perpetuar un modelo insostenible, creando una situación social y económica prácticamente insalvable, jugando al “el año que viene todo sube” y la “culpa es de los americanos-alemanes-Draghi-Cameron o quien sea”. Hoy, oh sorpresa, la culpa es de todos menos nuestra y la solución, por supuesto, solo puede ser repetir el desastre de los planes de estímulo.
Les recuerdo este gráfico, enormemente revelador, sobre el crecimiento del gasto en la burbuja del ladrillo y los unicornios de los ingresos fiscales perdidos.
Precisamente, nosotros deberíamos ser los primeros en evitar las formulas inútiles, en un país que ha sufrido el efecto demoledor de las devaluaciones competitivas de los 90 y que hoy sufre el impacto desolador de la apuesta a dar aún más dinero -deuda- a unos gestores manirrotos que nos han llevado al borde de la quiebra.
Alemania tiene razón… porque su modelo funciona. Su proceso de ajuste duró de 2004-2010. Centrarse en la competitividad y en sectores de alta productividad es precisamente lo que les ha llevado a ser hoy un éxito. Llevar a cabo algo que llaman -muy mal- austeridad y que no es nada más que prudencia, sentido común y equilibrar el presupuesto.
Nos dicen que Alemania fue la primera en incumplir el pacto de estabilidad. Claro, por un punto… no seis. Y llevando a cabo reformas de enorme calado. Pero nos agarramos a cantos de sirena monetaristas.
Resaltemos varios factores:
– La prima de riesgo a 300 puntos básicos es una buena noticia, pero no es un cheque en blanco para gastar y volver a meternos en un shock de deuda. No confundan exceso de liquidez global -que ha llevado a países como Mozambique o Ruanda a emitir a tipos de interés similares a los que teníamos en España en 2012- con licencia para despilfarrar. El propio Bill Gross, de Pimco, alerta sobre el llamado yen carry trade (liquidez excesiva generada por la política monetaria japonesa), para que no se confunda con expectativas optimistas.
– Imprimir y endeudar no genera inversión productiva. En Reino Unido, la inversión ha caído a niveles inferiores a la media de los años 50 en 2013, tras un aumento de la masa monetaria del 580% en los últimos años.
– La política monetaria no sustituye a los modelos ineficientes y subvencionados, ni permite la sustitución hacia modelos de alta productividad. De hecho, perpetúa un sistema económico donde el estado español consume el 50,2% de los recursos del país (incluyendo empresas públicas).
– Las inyecciones monetarias y los planes de estimulo no mejoran el desempleo. Ni en Reino Unido ni en Japón ni en EEUU. Les recomiendo que lean el libro de David Stockman, The Great Deformation.
Solucionar deuda con más deuda es simplemente agrandar el agujero de unos sistemas de bienestar del estado -que no estado del bienestar- hipertrofiados. Y es importante que sepan ustedes algo. Cualquier economista, keynesiano o no, sabe que de un proceso de endeudamiento excesivo solo se sale de tres maneras. Con un impago de la deuda, una devaluación monstruosa o vía control presupuestario. Las dos primeras son shocks brutales que empobrecen a toda la población. Recuerden Argentina o el propio Reino Unido o la crisis asiática. Varios años de depresión post-impago. Olvidamos que dejar de pagar la deuda y seguir gastando implica que al día siguiente de la quiebra no hay relajaciones de déficit ni generosidad. Piensen qué recortes, hachazos, tendríamos si hacemos impago y tenemos que ajustar todo en un año. No, señores, no hay otra solución.
Miren, es muy sencillo. Si tienen ustedes dudas sobre si los países con deuda superior al 90% del PIB crecen menos o decrecen, esperen unas semanas y lo comprobarán en toda su gloria en nuestro país (donde, por otro lado, la cifra ya es superior tomando todos los elementos).
¿Quieren saber de errores de cálculo? Permítanme mostrarles los errorcillos “sin importancia” de la política de estímulos, que comento en detalle en mi libro Nosotros, los Mercados.
Nueve billones de dólares gastados por estados y bancos centrales en estimular la economía en la OCDE en cuatro años para generar un crecimiento imperceptible y un aumento del empleo inexistente. Ni uno solo de los objetivos explícitos anunciados al aplicarse las políticas se ha alcanzado. Ninguno. Eso, señores, es un error de cálculo del 100% pagado por ustedes. El equivalente a darle a cada habitante de la Tierra un televisor de plasma… pero tirado por la ventana para dárselo a unos estados y bancos monstruosamente endeudados. De los 34 países de la OCDE, aquellos que más han estimulado la economía artificialmente son los que menor crecimiento de PIB real y empleo han generado (datos FMI, World Bank).
¿Quieren saber lo que es anti-social? Hundir a una generación y las siguientes acumulando deuda y déficit –stock y flujo, ambos negativos- solo por obstinarse en sostener un gasto inaceptable.
Nos queda la austeridad
En 2007, en medio de la burbuja, el Estado español gastó 412.963 millones de euros. En 2012, 493.660 millones. Tras todos los recortes -y subidas de impuestos brutales- aún sigue gastando unos 80.000 millones más.
El debate sobre austeridad o no austeridad que nos ocupa es, por lo tanto, cuanto menos inútil. Porque no hay otra solución. Porque no hay austeridad, hay moderación del despilfarro. Subvenciones, diputaciones, cabildos, empresas públicas ruinosas, asesorías… grasa.
"Hay que gastar más"… "relajar el déficit" -total, 111.000 millones de nada en 2012- para "salir de la crisis". ¿Seguro? ¿Qué pretenden?, ¿un déficit del 12%, 13%? ¿Una deuda de 110%, 120% del PIB? Para estimular… ¿qué demanda? Ah, por supuesto, la demanda de sectores clientelistas y ávidos de subvenciones, que se han quedado sin 20.000 millones de cheques para AVEs, aeropuertos, molinillos y puentes. Así nos va.
La deuda excesiva y depender del BCE o de Alemania es esclavitud. Vasallaje a cambio de despilfarro. No hace falta entregar soberanía. Hace falta entregar clientelismo.
Si el año que viene España crece será un milagro. Pero, aunque pase, la debilidad estructural seguirá en un país que no sabe crear empleo neto -o no quiere- a menos que crezca un 2% porque depende del Estado y su chequera sin fondos.
Vean el gráfico cortesía de perpe.es.
El crecimiento en austeridad
¿Qué sin gasto público no hay crecimiento? Es falso. Sin clientelismo y sin burbuja de chequera en blanco es precisamente como sustituiremos la economía de la subvención y el ladrillo por la economía del valor añadido y la exportación.
Dejemos a las empresas crecer, que están comportándose admirablemente cuando uno mira fuera de los enormes conglomerados. Empresas que no se entregaron a la orgía de deuda y que tienen buenos planes de negocio sin necesidad de favores debidos. Empresas que hoy se financian a 400-500 puntos básicos más que el estado, o simplemente no tienen crédito, por el efecto acaparador del endeudamiento público que muestra la gráfica del Banco de España.
Hay que bajar impuestos urgentemente
No mantenerlos. No modificarlos. No traspasarlos. Bajarlos. A empresas y familias. De la crisis no nos van a sacar los sectores que nos metieron en ella, un gasto público desproporcionado y unas cajas demasiado endeudadas. No ha ocurrido jamás. Pero si el Estado reconoce que lo único que nos va a sacar de la crisis es la clase media, que lo que tiene que hacer es aumentar la renta disponible de las familias reduciendo impuestos, empezará la solución por el lado del consumo.
Si el Estado reconoce que las empresas que liderarán el cambio de modelo productivo no pueden ser torpedeadas con una política fiscal confiscatoria y burocracia, empezará la solución al empleo. A crear empleo, no a ‘moderar la tasa de destrucción’. La reforma laboral no va a poder funcionar sin un entorno de negocios de claridad absoluta, seguridad jurídica e impuestos bajos que atraigan capital.
Si el Estado reconoce que el capital financiador de los proyectos de futuro solo puede venir de inversores privados extranjeros, pondrá en marcha las reformas que cercenen el asalto al emprendedor que supone nuestro terrible entramado local, regional y estatal. No reducirlo, no mitigarlo. Cercenarlo. Abrir puertas. Que se vea que España está abierta al mercado.
El capital que va a crear trabajo no va a ser el Ibex, que ya cuenta con una cantidad de empleados muy superiores a sus empresas similares europeas y globales, tanto comparado con cifra de negocio, como con márgenes operativos. Además, casi el 50% de la deuda privada de España se concentra en 28 empresas del selectivo. El capital que va a crear empleo no va a venir de un estado que acumula aún muchos más empleados y asesores de los necesarios. Viene de aquellas empresas que no se endeudaron agresivamente y de reducir impuestos y crear nuevas compañías.
No hay peor incertidumbre que la política del “ya veremos”. Así no invierte nadie a largo plazo. Debemos poner a España open for business. Abierta a atraer capital y crecer, no a consumir deuda y subvencionar. Si no, nos entregamos al vasallaje. Buen fin de semana.
En las últimas semanas ha cobrado relevancia en España el fenómeno llamado "escrache", que consiste, como es bien sabido, en acosar físicamente a los políticos para mostrar el desacuerdo con sus decisiones. Así, grupos más o menos organizados, montan bulla en los alrededores de las residencias de nuestros representantes, causando desazón a sujetos y sus familiares. Todo ello parece haber generado gran inquietud social, sobre todo en los sujetos afectados. Y, lógicamente, se han alzado voces contra el fenómeno y se empieza a pensar como prohibirlo o, al menos, prevenirlo.
Vaya por delante que, al contrario de la mayor parte de gente y periodistas a los que he oído sobre el tema, en ningún caso comparto el fondo de los escraches que se están llevando a cabo en España. Puede que el escrache sea aceptable para prevenir situaciones que son claras contra el interés general (como una subida de impuestos o una quita de depósitos), pero no me lo parece cuando se trata de presionar al político para conseguir un interés particular (como la condonación de la deuda hipotecaria particular de alguien a costa del resto de españoles).
Desde mi punto de vista, el escrache no es más que una consecuencia lógica de la organización democrática que sufrimos. Conforme los ciudadanos van siendo conscientes de la merma de poder que la democracia supone para el individuo, conforme van padeciendo con más intensidad el poder a que se han sometido (vía subidas de impuestos, reducción de "derechos", abusos de la clase política dominante, corrupción…), la gente se da cuenta de que tiene que reaccionar.
Entonces analizan los mecanismos con que cuentan. Pueden esperar cuatro años o los que correspondan hasta las próximas elecciones, y disciplinar al político ejerciendo su derecho a voto. Pero ya todos sabemos que eso es vano, pues encontramos los mismos perros con otros collares, y al final del día, un político del PP es siempre más amigo de uno del PSOE, que de cualquiera de sus votantes.
Otra alternativa podría ser acudir a la justicia. Pero esta herramienta quedó ya hace mucho tiempo absorbida en la casta política, que era muy consciente de los problemas de dejarla campar a sus anchas. Así pues, el ciudadano no cree, no puede creer, que la justicia vaya a equilibrar el juego de poder con sus políticos. Y así lo vemos y lo hemos visto día a día durante muchos años: los escándalos más aviesos se solventan muchos años después con magras penas de cárcel, nula restitución de los bienes robados e, incluso, indulto.
Ello cierra las posibilidades institucionales de tratar de equilibrar el poder con la clase política. Y, entonces parece que solo queda como salida la violencia.
No es nada nuevo, y ha demostrado en el pasado ser efectivo. Aquí es donde empieza la peli de romanos. Pues es poco conocido que en Roma, durante la República, no había policía como tal. La seguridad de cada uno corría a cargo de uno mismo, y por ello la gente evitaba las salidas nocturnas o internarse en barrios de dudosa reputación como el Subura. No estaba prohibido el tránsito, pero la seguridad corría de cuenta de cada uno y no del erario público.
Ello valía también para los Senadores, y otra gente con capacidad decisoria sobre los restantes individuos. La excepción eran los cónsules y algún alto funcionario, que eran acompañados por un número variable de lictores que les permitiera un cierto poder para ejercer su decisión.
La consecuencia de todo ello es que los Senadores de Roma estaban sujetos al escrache que redescubrimos ahora, que constituía una eficaz forma de disciplinar la decisión de los políticos, sobre todo cuando estos se hacían con el poder en otras instituciones de contrapeso como los tribunos de la plebe.
Los Senadores de Roma sabían que una decisión contraria a los intereses generales, y sobre todo si era beneficiosa a algunos particulares, podía terminar con su casa expoliada, su familia vejada y su cabeza en una lanza. Quizá por contrapoderes fácticos de este estilo, llegó Roma a ser lo que fue.
Que el escrache puede ser muy efectivo, ofrece pocas dudas. Que se lo digan a los parlamentarios chipriotas mientras tenían que hacer la votación sobre la primera quita de depósitos propuesta por la CE, con miles de chipriotas esperándoles a la salida de la sede.
En estas condiciones, es muy fuerte la tentación de los políticos para legislar de forma "auto-protectora", añadiéndose nuevos privilegios a los que ya disfrutan, como prohibir el acercamiento de la gente a sus residencias. También aquí Roma tiene lecciones que enseñarnos. Resulta que César Augusto, consciente de la posibilidad del escrache y de los problemas de popularidad a los que habría de hacer frente, decidió contratar (a su cargo) un grupo de germanos para que completaran su protección sobre la exigua que proporcionaban los lictores. Estos germanos supusieron una profunda transformación en la tradicional guardia pretoriana, sin cuya nueva forma no se puede comprender la aparición y supervivencia de emperadores como Calígula, Nerón o Domiciano, en los cuales descansa nuestra imaginación cuando recordamos los desmanes del Imperio Romano.
Por ello, no creo que se deban tomar medidas especiales contra los escraches. Aquello que sea delito, que lo siga siendo si lo hace un "escracher", y aquello que no lo sea, que no pase a serlo solo porque moleste a los políticos.
Pero quizá aprovechen los políticos españoles esta ola de escraches para hacerse con una nueva "guardia pretoriana" y aislarse aún más de la ciudadanía enojada. La fina ironía sería que, al contrario que con los emperadores romanos, será la propia ciudadanía enojada los que la financiaremos con nuestros impuestos. Tome la forma que tome dicha "guardia pretoriana", sería un nuevo paso en contra de la escasa capacidad de contrapoder que le va quedando al ciudadano español respecto a la casta política, y a favor de la aparición de un nuevo Nerón o un nuevo Domiciano en nuestro país.
La banda de traidores que integra el Consejo de Ministros ha vuelto a salirse con la suya. Mira que Rajoy les ordenó muy seriamente que ni se les ocurriera subir (todavía más) la presión fiscal; todos le escuchamos hace un par de días decir muy claro en la sede de la soberanía nacional que este viernes "no habría impuestos". Fue en los pasillos del Congreso y no desde la tribuna del Hemiciclo, de acuerdo, pero la solemnidad del recinto sigue siendo la misma. Pues bien, llega el viernes y los ministros se amotinan y anuncian la subida de los impuestos especiales y el de sociedades, además de la creación de nuevas tasas medioambientales y otra más para gravar los depósitos bancarios.
El argumento de que los malos son los ministros va a ser ya el único posible en los profesionales del halago, esos que aplauden una decisión y su contraria siempre que la adopte el partido de sus amores, porque la capacidad de Rajoy para traicionar a sus votantes no deja otro resquicio para seguir sosteniendo que el PP es un partido que cumple su palabra. El papelón en las tertulias y las páginas de los diarios subvencionados va a ser espectacular, pero nada distinto a lo que suele ocurrir en los que hacen gala de una sensibilidad progresista cuando gobierna la izquierda.
Ya ni siquiera cabe poner la excusa de las exigencias de Bruselas para justificar esta última deslealtad. Con unos mercados financieros en calma chicha y una prima de riesgo bajo mínimos, este "esfuerzo" que el gobierno pide de nuevo a las empresas y familias españolas (como si la obediencia fuera opcional) es sólo la contrapartida para evitar meter la tijera en el disparatado gasto público que padecemos. A los ciudadanos se nos imponen nuevas tasas e impuestos para que la casta autonómica pueda seguir gastando a sus anchas y los veinte mil enchufados de la política puedan seguir trincando cada mes sin temer por el paro, que ya afecta a seis millones de compatriotas. Tan sencillo como eso.
Hace falta ser cruel para imponer un nuevo castigo fiscal a unos ciudadanos a un paso de la ruina, como el gobierno ha hecho este viernes; pero debemos recordar siempre que todo esto es cosa de Montoro y su camarilla de colegas desleales. Rajoy es bueno. Ya verán cuando le cuenten lo que han hecho sus ministros este viernes a sus espaldas, ya.
El pasado 19 de abril se cumplió el setenta aniversario del levantamiento de los fámelicos y pobremente armados habitantes del gueto judío de Varsovia contra sus torturadores nazis alemanes. Aunque la intentona, como se recuerda en estos días, estaba condenada al fracaso debido a la superioridad aplastante de las fuerzas de ocupación alemanas, muchos de sus habitantes libraron durante un mes una desigual batalla porque no tenían nada que perder.
Estas reacciones desesperadas ante la macabra maquinaria de asesinar por fases instaurada por los nacionalsocialistas alemanes, nos recuerdan que en otros tiempos las dificultades para luchar contra las fuerzas del mal absoluto superaban a las actuales. De cómo, durante el ascenso de los totalitarismos del siglo XX, al convencimiento de unos implacables fanáticos se unió la cobardía y el cálculo cortoplacista de muchos que vislumbraron beneficios en adaptarse a la nueva era que anunciaba una sarta de criminales. Doblegarse a la corriente que se estimaba poderosa e imparable constituyó la moda ideológica dominante en las sociedades europeas de los años treinta. Solo unos pocos se opusieron de forma activa a los actos de barbarie mientras ocurrían. No debemos olvidar los aspectos más tenebrosos del alma humana al analizar su comportamiento. Las masivas condenas retrospectivas solo vinieron después de la derrota sin paliativos de las potencias del Eje. Tuvieron que transcurrir todavía otros cuarenta y cinco años hasta que el derribo del muro de Berlín en 1989 abrió de par en par la miseria de los regímenes comunistas y su largo historial de asesinatos, robos y pillajes en nombre de "la clase trabajadora". Todavía hoy algunos orates con cierto público se proclaman herederos de esas ideas que tanta desolación han causado a la humanidad.
Por el contrario, a otros aún nos estremece la perversión de los experimentos ensayados para manipular la voluntad y la dignidad de las personas en los campos de exterminio y los gulags desplegados por los totalitarismos nacionalsocialista y comunista durante el siglo XX. En medio de la indigencia y la miseria forzadas, resultaba fácil obtener la colaboración a cambio de una doble ración o la esperanza de no ser incluido en las sacas a ejecutar un día cualquiera. Incluso individuos de los propios grupos señalados como víctimas propiciatorias (por su raza, por su religión, por su clase social, que sé yo…) se enrolaron en la casta inferior de colaboradores de los torturadores. Y ¿que hay de la colaboración de esas masas en los procesos de estigmatización, segregación y deportación hacia los campos de exterminio de grupos enteros de la población? Cundieron justificaciones escalofriantes, deseos de querer creer que lo que pasaba no era tan grave, de actuar como si no estuviera ocurriendo o de mantener la ilusión de que no tendría mayores implicaciones cuando las pruebas conducían a percibir justo todo lo contrario.
Salvando las distancias de lugar y tiempo, cabe trazar un paralelismo con el gravísimo problema que los españoles contempóraneos tenemos, individual y colectivamente, con la masacre de 191 muertos y 1.841 heridos, cometida delante de nuestras propias narices hace muy poco tiempo. Quien más, quien menos, sabe o sospecha que los dos únicos condenados por la Audiencia Nacional y el Tribunal Supremo por su participación en los hechos no pudieron ser los únicos involucrados o -más probablemente- no tuvieron nada que ver con la conspiración para aniquilar al mayor número de personas que viajaban en esos cuatros trenes el aciago 11 de marzo de 2004.
Conviene recordar a los intoxicadores que tanto han hecho para que no se descubra en nueve años la verdad de lo ocurrido, que la conspiración existe cuando dos o más personas se conciertan para la ejecución de un delito y resuelven ejecutarlo, según el propio artículo 17.1 del Código Penal español. Los actos preparatorios como la provocación, la conspiración y la proposición para cometer delitos solo están penados cuando se prevé expresamente en las leyes (art. 17.3 CP) y así lo prevé el Código Penal respecto al asesinato (Art. 141). A los efectos de la aplicación de las penas, la consumación del delito "absorbe" la conspiración, si bien, obviamente, resulta necesaria su existencia para que una matanza de esa envergadura tenga visos de suceder. Curiosamente, las sentencias del caso no declaran probado que Emilio Suárez Trashorras (supuesto suministrador de los explosivos) y Jamal Zougam (colocador de al menos una bomba, según dedujeron tres magistrados de la Audiencia Nacional del testimonio de dos testigos rumanas, ahora imputadas por falso testimonio) se conocieran antes de los atentados.
Y, sin embargo, una vez constatado que los políticos que controlan el Estado impiden investigar los hechos y la destrucción, ocultación y manipulación de pruebas posteriores, sorprende la actitud indiferente de la mayoría de los españoles ante la posibilidad de que esos asesinatos en masa queden impunes, cuando la exigencia de su completo esclarecimiento debería compartirse como una cuestión metapolítica que une, más que separa, a personas mínimamente racionales pertenecientes a la misma comunidad que las víctimas indiscriminadas de esos atentados.
Superados los primeros meses de aturdimiento y detectadas las cortinas de humo tendidas para impedir que trascendiera la simultánea destrucción de pruebas, la condena de solo dos personas tendría que haber supuesto un revulsivo para demandar más averiguaciones sobre el caso y la participación de otras personas en esta matanza de personas equiparable, por sus dimensiones y crueldad, a los crímenes en masa del siglo XX.
Las apisonadoras propagandísticas que apuntalan una versión insostenible no son más poderosas que las que se pusieron al servicio de los líderes totalitarios de ese siglo, de manera que no caben tantos pretextos para mirar a otro lado como los que arguyeron personas que alegaron desconocimiento de lo que pasaba.
Es por esto por lo que la iniciativa de Gabriel Moris de promover una petición de investigación de los atentados del 11-M dirigida al gobierno, al Congreso y a la Audiencia Nacional merece el apoyo más entusiasta. Como se justifica en su encabezamiento: "Para hacer Justicia y regenerar las Instituciones. Para prevenir otro crimen de lesa humanidad como éste". En efecto, en otro comentario defendí hace años que estos asesinatos masivos reunían las notas para calificarse como delitos de lesa humanidad y, que por lo tanto resultaban imprescriptibles. Ahora me sumo a esa petición para romper el silencio ante el horror y añado la máxima de Virgilio en la Eneida: No te rindas frente al mal, sino combátelo con más audacia. Tu ne cede malis sed contra audentior ito.
Zapatero quería arreglar el sistema escolar creando una escuela 2.0 cuando la sociedad ya estaba entrando en la era 3.0. No sé si creyó que había inventado la rueda o si sólo pretendía vendernos la moto. En cualquier caso, su gobierno gastó 600 millones de euros para dar ordenadores portátiles a los alumnos de 5º y 6º de Primaria y a los de 2º de Secundaria de catorce Comunidades Autónomas. Tarde, tarde. La mayoría de ellos ya tienen ordenador, smartphone y tablet, eso como mínimo; y si no los tienen, probablemente los han usado alguna vez.
PISA incluyó el uso de los ordenadores en su informe del año 2006 y la conclusión fue que aquellos colegios donde más tiempo se dedicaba al uso del ordenador tenían peores resultados. ¿Por qué? Porque la competencia informática no consiste en el manido “nivel usuario” que en los años 90 le daba cierto caché a cualquier currículum profesional. Los niños en las escuelas deberían estar aprendiendo a programar, no a usar un procesador de textos. En PISA 2006 se afirmó que “las competencias básicas en ciencia se consideran generalmente importantes para la absorción de nuevas tecnologías, pero competencias de más elevado nivel son críticas para la creación de nuevas tecnologías y la innovación”. Entonces la cuestión es: ¿queremos un país de consumidores o de creadores de tecnología? En ese informe, más del 77% de los estudiantes españoles quedaron por debajo del nivel 4 en competencia en ciencias. Los creadores de nuevas tecnologías están en los niveles 5 y 6.
Lógicamente los profesores no pueden enseñar aquello que no saben y la generación Z lleva la avanzadilla. La brecha digital es un hecho y sólo puede cerrarse de abajo hacia arriba, nunca al revés. Hay que dejar a los niños en paz para permitir que el aprendizaje suceda.
La organización “One Laptop Per Child” (un ordenador para cada niño) decidió donar tablets a niños de regiones pobres (primero en Etiopía, después se extendió el programa a otros lugares) que no estaban escolarizados, no sabían leer y mucho menos usar un ordenador o una tablet. La LOPC dejó los dispositivos en cajas cerradas al alcance de los niños. En cuestión de semanas, habían abierto las cajas, habían conseguido encender las tablets, habían customizado el escritorio, estaban usando una media de 47 aplicaciones por niño e incluso habían hackeado el sistema. ¿La diferencia con los niños evaluados por la OCDE en PISA? No tenían ministros de educación ni profesores entorpeciendo el proceso, ni diciéndoles que tuvieran cuidado con esos aparatos tan delicados, ni haciéndoles creer que no serían capaces de usarlos sin ayuda.
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