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Hacia un régimen tributario populista del miedo

El ministro Cristóbal Montoro ha amenazado con publicar listas con los nombres de grandes defraudadores. Por supuesto, no han faltado voces, tanto en la derecha como en la izquierda, que se han mostrado partidarias de la medida. Ha habido incluso quien ha dicho que “tengo derecho a saber quién me debe dinero”. El autor de dicha frase se ha tragado esa idea que nos vendían hace años en un anuncio gubernamental de que “Hacienda somos todos”, cuando no es así.

La Agencia Tributaria es el organismo recaudador que nos esquilma a todos para alimentar económicamente a un Estado sobredimensionado que tampoco somos todos, aunque se imponga sobre todos los ciudadanos. Si al final Montoro, con el visto bueno de Rajoy, cumple su amenaza de sacar esas listas, no lo hará por el inexistente derecho de los demás ciudadanos a saber quién les debe un dinero que a ellos no les es adeudado. Lo hará para incrementar la eficiencia recaudatoria del Estado mediante la imposición de un régimen tributario de corte populista basado en la extensión del miedo a la “ira popular”.

De hecho, ese sistema ya está funcionando con la entrada de los funcionarios de Hacienda, en plan ‘Los intocables de Eliot Ness’, en restaurantes en plena hora de comida para embargar todo lo embargable. Se busca el efectismo mediático con el fin de infundir en los potenciales defraudadores el pavor a sufrir la vergüenza pública.

En el caso de que se pudiera incluir a alguien en el listado de Montoro incluso antes de que hubiera concluido la preceptiva investigación y se hubiera aprobado una sanción, los allí señalados quedarían condenados ante la opinión pública incluso aunque después se demostrara su total inocencia. Si, por el contrario, se incluye tan sólo a quienes ya han sido sancionados o condenados (en caso de que hubiera delito), se estaría imponiendo un doble castigo que no se admite en otros casos.

¿Publica el Gobierno listas de los condenados, por ejemplo, por robos contra la propiedad privada o por otro tipo de delitos? En absoluto. Es más, cuando ha habido alguna propuesta referida a delitos especialmente repugnantes, como la violencia sexual, se ha vetado con el argumento de que el reo quedaría marcado incluso después de cumplir su pena. No existe motivo alguno para que con los defraudadores sea diferente. No al menos para aquellos que no piensan en cosa distinta que aumentar los ingresos del Estado a costa de los ciudadanos y sus derechos básicos.

Las listas de Montoro tienen, además, un peligro añadido. Ofrecerían una información privilegiada para las organizaciones de criminales que buscaran personas a las que secuestrar para pedir un abultado rescate. Los potenciales secuestradores pensarán, con lógica, que quienes aparecen en el listado tienen mucho dinero. La seguridad de muchas personas correría un mayor peligro tan sólo para que el ministro de Hacienda sienta que está haciendo algo por ingresar más dinero.

El Estado cruza muchos límites a la hora de poner en marcha su maquinaria recaudatoria. Pensemos que, en España, la Policía necesita una orden judicial para acceder a las cuentas bancarias de aquellos a los que investiga, mientras que Hacienda puede fisgar en ellas sin problema ni límite alguno. Eso ya es excesivo, pero los listados serían un paso especialmente grave. Constatarían la imposición de un régimen tributario basado en el miedo del que sería difícil salir.

Y que nadie se llame a engaño. Empezaría poniéndose en esas listas de la vergüenza a los grandes defraudadores, pero terminarían figurando en ellas quienes algún día olvidaran pagar unos pocos euros de alguno de los muchos tributos con los que nos esquilman. Nadie, excepto los políticos que controlan la maquinaria, quedaría a salvo.

El miedo a la libertad (II)

El filósofo Karl Popper señalaba la perversa influencia de las ideas platónicas en su libro La Sociedad Abierta y sus enemigos (Popper, K.: 2010 [1945], pp. 247-250), porque subyacen detrás de la eterna rebelión de las ideologías “colectivistas” en contra de la libertad y la razón individuales y, entre otros motivos, porque fueron el germen del renacimiento en el siglo XIX del tribalismo romántico por medio de la obra filosófica hegeliana que enseñaba a adorar al Estado, la historia y la nación.

En su lucha contra la sociedad abierta, el platonismo de Hegel emplea expresiones categóricas y totalitarias como, por ejemplo, que: “lo Universal ha de hallarse en el Estado”“el Estado es la marcha de Dios a través del mundo”, o bien “el Estado es la Divina Idea tal como existe sobre la Tierra,…por consiguiente debemos de adorar el Estado en su carácter de manifestación de la divinidad sobre la Tierra”.

Popper señalaba cómo algunos pocos intelectuales sí advertían entonces de los peligros de las filosofías colectivistas como, Schopenhauer, cuando indicaba como “los gobiernos convierten la filosofía en un medio para servir a los intereses estatales y las personas hacen de ella una mercancía…”.

En el anterior comentario, Miedo a la Libertad (I), se señalaba cómo es importante analizar, desde el individualismo metodológico, los mecanismos psicológicos que explican la paradoja de la libertad, es decir, cómo muchos ciudadanos rehúyen su propia responsabilidad individual y se echan en brazos de la utopía que vende la casta política.

Vimos cómo el psicoanalista Erich Fromm analizó en su libro El Miedo a la Libertad los patrones de comportamiento en el nacional-socialismo. Sin embargo, también, analizó las ideas de Adolf Hitler, cuando lanzaba mensajes desde el resentimiento y el odio durante la crisis económica y financiera que desató la Gran Depresión de 1929.

La mayoría de la población de Alemania se sentía amenazada por la hiperinflación en los años 30, por la pérdida de su poder adquisitivo y por el paulatino empobrecimiento de las familias, por lo que gran parte de los alemanes se identificaron emocional y socialmente con el discurso hegeliano (totalitario y colectivista) de Hitler.

El nazismo nunca poseyó principios económicos ni políticos, sólo vendió promesas y utopías intervencionistas para alcanzar el poder, con su líder como “Mesías” y “salvador” de la crisis económica en Alemania y con los negocios de la población judía, los grandes almacenes, la banca y las naciones extranjeras como los chivos “expiatorios” a los que culpar de todos los males de Alemania.

Aquellos burgueses y militares que, sin moral ni principios éticos, apoyaron las ideas, la legislación, los actos administrativos y los delitos de lesa humanidad de los nazis, lograban dinero y poder que, en condiciones normales, no podían obtener:

“Los que no llegaron a ser miembros de la organización partidaria nazi, obtuvieron los empleos quitados a los judíos y a los enemigos políticos; y en cuanto al resto, si bien no consiguió más <<pan>>. Ciertamente logró más <<circo>>. La satisfacción emocional derivada de estos espectáculos sádicos y de una ideología que le otorgaba un sentimiento de superioridad sobre todo el resto de la humanidad, era suficiente para compensar –durante un tiempo por lo menos – el hecho de que sus vidas hubiesen sido cultural y económicamente empobrecidas.” .”     (Fromm, E.: 2008 [1941], p. 214)

 En la obra de Eric Fromm se analizaba la psicología del nazismo partiendo de los textos de la obra “Mein Kampf” de Adolf Hitler (Fromm, E.: 2008 [1941], pp. 202-230) y se diseccionaba la mente de un psicópata, identificando su anhelo sádico de poder en muchas expresiones como, por ejemplo, cuando afirmaba:

 “Lo que ellas [las masas] quieren es la victoria del más fuerte y el aniquilamiento o la rendición incondicional del más débil”.

 “En verdad la idea humanitaria pacifista es quizás completamente buena siempre que el hombre de más valor haya previamente conquistado y dominado al mundo hasta el punto de haberse transformado en el único dueño del mundo”

Por otro lado, Fromm señalaba cómo el propio sádico, Hitler, explicaba el anhelo de sumisión de los individuos que concurren a un mitin de masas (o que, posteriormente, someten su personalidad al servicio de una organización totalitaria o del Estado nacional-socialista), cuando señalaba:

“El mitin de masas es necesario, al menos para que el individuo, que al adherirse a un nuevo movimiento se siente solo y puede sentirse aislado, adquiera por primera vez la visión de una comunidad más grande, es decir, de algo que en muchos produce un efecto fortificante y alentador,…él mismo deberá sucumbir a los que llamamos sugestión de masa”.

Por supuesto, Hitler mostraba claramente los objetivos nacional-socialistas de dominación de los ciudadanos mediante la educación del pueblo:

“En el Estado del pueblo la visión popular de la vida ha logrado por fin realizar esa noble era en la que los hombres ponen su cuidado no ya en la mejor crianza de perros, caballos y gatos, sino en la educación de la humanidad misma, una época en la que algunos renuncian en silencio y con plena conciencia y otros dan y se sacrifican de buen grado”.

Obviamente, el régimen nazi y Alemania se mostraban siempre como inocentes y los adversarios políticos y los países “enemigos” eran los “sádicos”. También era patente el uso del historicismo para alimentar el rencor y el odio y “guiar” los sentimientos de los ciudadanos en favor de  los dirigentes nacional-socialistas:

“Si en su desarrollo histórico el pueblo alemán hubiese disfrutado de aquella misma unidad social que caracterizó a otros pueblos, entonces el Reich alemán sería hoy, con toda probabilidad, el dueño del mundo”

En la siguiente entrega, comprobaremos cómo el “corpus” ideológico del nacional-socialismo de la Alemania de los años 30, tienen una gran similitud con las ideas centrales del nacional-separatismo.

 Como indicaba Hayek en su obra Camino de Servidumbre hasta las personas más preparadas intelectualmente sucumben ante un aparato mediático omnipresente y ante el empleo del presupuesto público del Estado al servicio de fuerzas colectivas como la “raza”, el “pueblo”, la “lengua”, la “cultura” o la “nación” superiores a otras, supuestamente más débiles:

“Ni las personas más inteligentes e independientes pueden escapar por entero a aquella influencia si quedan por mucho tiempo aisladas de todas las demás fuentes informativas…

 “Todo el aparato [colectivista] para difundir conocimientos: las escuelas y la prensa, la radio y el cine, se usarán exclusivamente para propagar aquellas opiniones que, verdaderas o falsas, refuercen la creencia en la rectitud de las decisiones tomadas por la autoridad; se prohibirá toda la información que pueda engendrar dudas o vacilaciones.”

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Rajoy, año cero

Rajoy acaba de cumplir su primer año en el poder y el balance es, sin duda, negativo para el conjunto de españoles. El presidente no ha logrado remontar el suspenso que cosechó ya en febrero. La razón de este resultado negativo, al contrario de lo que opina la mayoría, no reside en los supuestos recortes a lo público que ha aplicado desde que gobierna, ni en las profundas reformas liberalizadoras de las que tanto se queja la izquierda mediática, política y social. No, ni mucho menos. Si por algo hay que criticar a Rajoy es justo por todo lo contrario. Es decir, por su falta absoluta de principios morales y convicciones ideológicas para hacer lo que hay que hacer, que no es otra cosa que eliminar el déficit exclusivamente por la vía del gasto (sin subir impuestos), reformando la anquilosada estructura estatal y reduciendo el peso del sector público, evitar la perjudicial e injusta socialización de pérdidas que impone un rescate público de bancos o empresas y liberalizar al máximo una economía que, por culpa del asfixiante intervencionismo gubernamental, es incapaz de volver a generar riqueza con la intensidad suficiente como para reincorporar a los casi seis millones de parados al mercado de trabajo.

Rajoy ha demostrado que es, él mismo, una promesa incumplida, una mera ilusión cuyo desvanecimiento ha hecho que millones de españoles despierten de golpe de una vaga ensoñación de esperanza. El 20 de diciembre de 2011, hace ahora un año, comenzaba su mandato cargado de buenas y correctas intenciones. ¿Su mensaje? No subiría un solo impuesto y, de hecho, rebajaría algunos. De este modo, se presentó a los españoles como el primer presidente de la Zona Euro comprometido con reducir el déficit exclusivamente por el lado del gasto, mediante una drástica austeridad pública que vendría acompañada de un amplio listado de reformas estructurales para impulsar el crecimiento.

Su palabra apenas se mantuvo en pie diez días.

Rajoy, y con él todo el PP, tiene ahora el honor de presidir el Gobierno que más impuestos –¡y a qué tasas!– ha aprobado de toda la democracia. Esto es lo más negativo de su gestión, no sólo porque es la receta equivocada para reducir el déficit sino porque, además, lastrará la recuperación económica. Por el lado de las reformas, su Gobierno, si bien ha hecho algunos avances, por ejemplo en lo relativo al mercado laboral, está aún muy lejos de apostar por la flexibilidad que precisamos para reestructurar el modelo productivo sobre bases sólidas. Por otro lado, no ha dudado en recurrir al rescate público para sanear el sistema financiero, en lugar de apostar por el bail-in y convertir a los acreedores de las entidades insolventes en accionistas de las mismas.

En definitiva, el primer ejercicio de Rajoy ha sido más bien un año cero, ya que los avances han sido escasos y algunas medidas, como las fiscales, claramente contraproducentes. La España del PP imita a Grecia, Italia y Portugal, y tiene a Francia como referente, cuando debería seguir los pasos de Irlanda o de Estonia.

El día que España sea expulsada del euro

¿Salir o no salir del euro? He aquí el dilema que muchos se plantean. Un dilema que algunos resuelven demasiado rápido. Por un lado están los amantes románticos del euro y del proyecto de los Estados Unidos de Europa, que formarían parte de la moneda única en cualquier circunstancia y escenario. Por el otro están los que señalan al euro como la causa de nuestros males actuales, principalmente porque hemos perdido el control de la política monetaria.

Pero ahora el dilema no es ese. Dada la situación extrema de la economía española, la cuestión se transforma en: ¿ser expulsados o no del euro?

Creo que el debate debe centrarse en el análisis de la situación que nos encontraríamos en el momento de ser expulsados, y si este escenario es mejor que lo que tendríamos estando dentro de la moneda única. Es decir, en qué contexto tendríamos un mejor bienestar y a una mayor libertad tanto a corto como a medio plazo.

En este sentido, creo que lo que conviene a España es no ser expulsada del euro. Básicamente porque nos encontraríamos con total seguridad en el escenario que expongo a continuación.

Déficit irresoluble.

 

Primeramente, la expulsión significaría que España está quebrada sin remedio. Es decir, que presentaría un déficit crónico y sistemático que no ha podido ser resuelto. ¿Motivo principal? La tremenda burbuja de gasto público no habría sido debidamente corregida y pinchada.

El estado seguiría sobredimensionado, pensando en recuperar inútilmente el nivel de ingresos que existía durante la burbuja productiva en lugar de flexibilizar el gasto a la nueva situación de ingresos, es decir, disminuir el gasto a niveles de 2001-2002.

Ya sabemos que el déficit de 2008 a 2012 ascenderá a 440.000 millones de euros, teniendo en cuenta que para 2012 se estima que el desequilibrio sea parecido al del 2011, es decir, unos 90.000 millones de euros. Pues bien, en un escenario en el que España fuera expulsada del euro, es de suponer que estos déficits del 9-10% se seguirían dando con total seguridad, por lo que si la expulsión se hiciera efectiva, dentro de 2 años, el déficit acumulado en ese momento sería de unos 600.000 millones de euros.

La tragedia española proviene de no poder cuadrar los presupuestos, y abandonar el euro no cambiaría esta situación, sino que la agravaría como veremos a continuación.

Fin de la posibilidad de financiarse en los mercados.

Como es lógico, la expulsión conllevaría fuertes pérdidas a nuestros acreedores. Ciertamente, si España fuese expulsada del euro sería, entre otras cosas, por no poder hacer frente a sus obligaciones y deudas de ninguna manera.

Lo cual provocaría que nuestro flujo de financiación exterior fuese nulo. Es decir, podemos despedirnos de cualquier financiación de los mercados en los próximos 25 años. Nadie arriesgaría ni un euro en un país que no cumple mínimamente los ratios de solvencia y liquidez exigibles.

Esto deberían tenerlo muy presente los adalides del impago de la deuda por considerarla "ilegítima". No solamente porque es una postura antidemocrática (la deuda se contrajo en democracia y ellos estaban totalmente de acuerdo) y contraria al Estado de Derecho (los contratos deben cumplirse moral, ética y jurídicamente), sino porque además provocaría la imposibilidad de acceder a financiación futura en el mercado.

Pero la situación sería más adversa todavía, ya que los impagos del Estado afectarían también a los agentes privados, principalmente empresas, que el día después de ser expulsados del euro verían sus calificaciones rebajadas automáticamente y, por tanto, aumentarían notablemente sus dificultades para financiarse y acceder al crédito. Todo ello sería la puntilla a la moribunda actividad económica española que también tardaría unos cuantos lustros en recuperarse (siendo muy optimistas).

 

Devaluación.

Llegados a este punto tendríamos: déficit crónico no solucionable, imposibilidad de financiación exterior y nula actividad económica. A nuestros irresponsables políticos, que han vivido despilfarrando vía deuda, sólo les quedaría una salida: devaluación de la nueva moneda entre un 30 y un 40% para hacer frente al enorme y desproporcionado gasto estatal.

De esta manera se sufragarían los déficits vía inflación, que no deja de ser un impuesto camuflado. Todos los tenedores de la nueva moneda sufrirían una quita del 40%. Este nuevo control de la política monetaria significaría un saqueo al patrimonio de ahorradores, trabajadores (por la caída de los salarios reales) y acreedores. Todo ello sin efectuar las reformas estructurales necesarias, por lo que otra ronda de devaluaciones no tardaría en llegar.

Recortes.

Además de la comentada pérdida generalizada del 40% del valor de la moneda, hay que sumarle el impacto sobre los "derechos sociales" y el Estado del Bienestar. Es curioso cómo algunos intelectuales y políticos animan a impagar "la deuda odiosa" para proteger la sanidad y las pensiones. Están muy alejados de la realidad, ya que el día después de impagar la deuda y ser expulsados del euro la Seguridad Social y la hucha de las Pensiones quebrarían inmediatamente. Sobre todo teniendo en cuenta que el Fondo de Reserva ya está invertido en más de un 90% en deuda soberana.

Pérdida de valor.

Un país con una economía muerta como sería la española ahuyentaría en estampida a los creadores de valor, que son el verdadero motor de la economía y las sociedades prósperas. Cualquier agente, ya sea particular o empresa que fuese capaz de aportar valor se acabaría yendo. O lo que es lo mismo, otro país lo acabaría captando. Los países líderes y desarrollados compiten por cualquier factor que genere valor. De esta manera España sería menos competitiva, menos productiva y menos innovadora.

Aumento del intervencionismo político.

La sociedad, inmersa en dificultades económicas y sociales, se volvería más dependiente del Estado, esperando que éste encauzase sus vidas, solucionase sus problemas y erradicase la inevitable incertidumbre del futuro. Esto es el caldo de cultivo del auge y la posible llegada al poder de partidos más extremistas y populistas, tanto de izquierdas como de derechas, que prometen un futuro mejor a base de políticas más intervencionistas, reguladoras y proteccionistas. Esto convertiría al país en un entorno institucional muy poco atractivo para la inversión nacional y extranjera.

Por estas razones considero que España debe hacer lo posible para no ser expulsada del euro. Posiblemente no debimos de haber entrado y quizás debamos abandonar en el futuro la moneda única. Pero al menos de momento, mientras existan otros países que sean notablemente más rigurosos y prudentes presupuestariamente y con más criterio en política económica, conviene quedarse adentro.

@jmorillobentue

Oasis de riqueza o desierto protegido

De todas las cosas que he leído sobre el Hotel Oasis en las últimas semanas quizás tenga que destacar las dos boberías económicas dichas por Iñaki Ábalos Luis Enguita, ambas recogidas por un diario local.

El primero afirma que “las estrategias de mercado actuales son incapaces de entender que si esperan un poco su antigüedad no sería un lastre, sino un valor añadido" y el segundo va un poco más lejos afirmando que “la pérdida de una arquitectura como esta generará desolación y pobreza, porque no debemos olvidar que, a medida que la arquitectura se vuelve más terrible, más terrible se vuelve la vida".

Entrar a discutir si el Hotel Oasis es o no una obra de referencia del Movimiento Moderno, el cual produjo tanta buena arquitectura como daño hicieron sus ideas a las ciudades (extremo magníficamente explicado por la obra de Jane Jacobs), no tiene sentido alguno, porque está más que acreditado que lo es.

El objetivo consiste en discernir si la conservación de este edificio “generará valor añadido” como dice el señor Ábalos o, incluso, su derribo traerá “desolación y pobreza”, como señala tan a la ligera Luis Enguita.

Empecemos por lo dicho por Iñaki Ábalos: los mercados actuales, es decir las distintas personas que conforman nuestra sociedad intercambiando libremente bienes y servicios con distintas dosis de impaciencia, no entienden que conservar el edificio generará valor añadido.

El profesor Ábalos, no sólo presume que los individuos no saben lo que hacen, sino que debe desconocer que el valor de cualquier cosa es siempre subjetivo, como nos enseñó Diego de Covarrubias Leyva ya en el siglo XVI y como posteriormente desarrollaron los pensadores de la Escuela Austríaca de Economía con la Teoría Subjetiva del Valor.

Es decir, las cosas no tienen valor por sí mismas, sino porque los seres humanos lo asignan. Por ello, una misma cosa puede valer mucho para algunas personas y muy poco para otras. Por ejemplo, para algunos el Hotel Oasis puede ser una obra arquitectónica de mucho valor, pero para otros un edificio viejo sin valor alguno.

Es por ello que este edificio sólo generará valor para los distintos miembros de nuestra sociedad si éstos valoran más en el futuro disponer de él por ser histórico que en el presente disfrutar de una nueva arquitectura con actuales comodidades.

¿O es que acaso hubiera generado más valor añadido haber protegido New Amsterdam, es decir el «downtown» de New York, en vez de haber construido la actual ciudad neoyorkina o haber protegido el viejo barrio medieval que existía en la actual ampliación del Louvre que fue derruida previa magnífica documentación?

Sin duda, si se hubiera hecho, ni podíamos disfrutar del Manhattan y el París de hoy, ni miles de personas se desplazarían a visitar dichas ciudades gracias al valor añadido creado por las nuevas actuaciones generando así una gran riqueza.

Por lo dicho, el señor Enguita también yerra en sus apreciaciones, dado que la creación de riqueza consiste principalmente o en generar valor añadido sobre las cosas que existen o en crear nuevos bienes que aporten valor.

Y para que esta creación de riqueza se produzca han de darse tres circunstancias: propiedad privada, libertad y un marco legal que respete estos dos derechos y aporte así seguridad jurídica.

Circunstancias que no se darían si se protegiera ahora el inmueble por los poderes públicos. Sin duda, la seguridad jurídica debe estar por encima de la protección de cualquier edificio e ir contra ella sí terminaría llevando a nuestra sociedad a la pobreza, pues sería imposible saber si, cuando se inicia una acción empresarial para generar riqueza, las reglas van a ser cambiadas de un día para otro desincentivando así cualquier inversión.

Si tanto el señor Ábalos como el señor Enguita, o tantos otros señores e instituciones, creen que el actual Hotel Oasis generará un mayor valor añadido en el futuro, ya están tardando en adquirirlo o en crear una fundación para recaudar dinero con el fin de comprar y protegerlo. Sin duda alguna, tendrán el éxito asegurado.

Un déficit fuera de control

Conforme va resultando cada vez más improbable que las Administraciones Públicas españolas cumplan con su objetivo de déficit de 2012, Cristóbal Montoro, responsable último de esa fallida política de sangrado fiscal dirigida a mantener una estructura estatal hipertrofiada, trata de quitarle hierro al asunto: nada mágico hay en la prometida cifra del 6,3% del PIB, pues lo importante es el esfuerzo asumido –por los españoles, entiéndase, no por los dispendiosos políticos que padecemos– para tratar de reducir el déficit.

Y, ciertamente, el guarismo del 6,3% no tiene nada de mágico. De hecho, el compromiso inicial de este incompetente a la par que carroñero Ejecutivo antiliberal era alcanzar un déficit del 4,5% del PIB. Luego, Rajoy elevó unilateralmente la cifra hasta el 5,8% (calificándolo con soberana bravuconería de "acto de soberanía") para a las pocas semanas rectificar con soberana falta de soberanía y "pactar" con Bruselas el 5,3%; cifra que la propia Comisión tuvo que revisar nuevamente al alza, hasta situarla en el actual objetivo del 6,3% ante la flagrante incapacidad política y económica de un Gobierno que sólo tira de aquella palanca de autodestrucción a la que debería tener prohibido recurrir: las subidas de impuestos.

Por tanto, bien mirado en menos de doce meses hemos cambiado hasta en tres ocasiones de objetivo de déficit. ¿Qué más dará otra más? Si no es el 6,3%, lo mismo vale algo así como el 7% (que, si contamos con el coste del rescate a la banca imputable a este ejercicio, se irá por encima del 8%). A estas alturas de la película, tras un primer deplorable año del zapateante Rajoy, nadie debería sorprenderse de que semejantes razonamientos pueblen la cabeza de un Gabinete obcecado con maximizar las colocaciones de deuda y las subidas de impuestos para minimizar el pinchazo de la burbuja del sector público.

Incumplir la palabra dada

Si nuestros mandatarios se preocuparan de algo más que de mantener o ampliar sus parcelas de poder y de gasto, acaso cayeran en la cuenta de que, tras haber suscrito el compromiso del déficit de 2012 en el 6,3% del PIB y de haber –supuestamente– dirigido todos sus esfuerzos a conseguirlo, el cerrar en cotas del 7% es algo peor que un fracaso: es un radical incumplimiento de la palabra dada.

Peccata minuta, dirán los trileros mayores del Reino de la picaresca, ¿qué enjundia puede tener la palabra dada? Pues, cuando se trata de recibir crédito, absolutamente toda: la oferta de crédito en una economía no viene limitada por la cantidad de dinero en circulación (de hecho, los bancos no nos prestan dinero,sino sus deudas, las cuales los agentes económicos, precisamente porque les otorgan credibilidad a las mismas, las utilizan como medios de pago), sino por la credibilidad que transmiten las familias, las empresas y los gobiernos de que serán capaces de devolver el crédito recibido a través de su producción de nueva riqueza en el futuro. Socavar el valor de la palabra dada, el valor de honrar los compromisos adquiridos, no es un problemilla menor para aquel cuya supervivencia depende de seguir recibiendo crédito: es un torpedo directo contra el madero que lo mantiene a flote. Si la recepción de crédito depende de nuestra credibilidad, huelga explicar por qué la segunda es esencial si no queremos tener serias dificultades en mantener lo primero.

En pocas palabras, la mayúscula irresponsabilidad de este Gobierno consistente en negarse a cumplir sus promesas equivale a trasladarles un mensaje muy claro a los inversores internacionales: “nuestro déficit está fuera de control; aunque nos habíamos comprometido a mantenerlo por debajo del 6,3% y aunque mes tras mes estuvimos repitiendo que sin lugar a dudas lo íbamos a alcanzar, al final nos ha sido imposible lograrlo, esto es, se nos ha ido de madre y, por muy fuerte que fuera nuestra promesa hacia ustedes, no hemos podido o no nos ha dado la gana de hacer lo suficiente para honrarla”.

Un déficit fuera de control

Tampoco hay que exagerar, pensarán algunos. Es sencillo: imaginen que este mismo debate se plantea a la hora de decidir si el Gobierno hace default o adopta hasta la última de las medidas necesarias para evitarlo. Repagar su deuda es la última y la más esencial de las promesas emitidas por este país: ¿qué nos lleva a pensar que el mismo Ejecutivo que o no puede o no quiere llegar al 6,3% de déficit sí tomaría, en cambio, las riendas para evitar la bancarrota del país? Nada: primero, porque si no puede lo menos, es dudoso que pueda lo más; segundo, y fundamental, porque ya estamos en esa situación límite cercana a la bancarrota… ¡y no las está tomando ni siquiera para alcanzar un altísimo déficit del 6,3% del PIB! (buen momento para recordar que este éste será el cuarto año de déficits públicos elevadísimos y que desde 2009 el sector público español ya ha pedido prestado a “los mercados” el modesto monto de 400.000 millones de euros). Queda claro, pues, que si España termina repagando su deuda no será gracias a la diligencia del Gobierno, sino a pesar de su deteriorada gestión, esto es, gracias al dinamismo de un sector empresarial ahora mismo muy debilitado y que los del PP sólo se han dedicado a machacar inclementemente: nuestros acreedores no pueden confiar en nuestros actuales mandatarios y ésa es una perspectiva simplemente devastadora.

La irrelevante expulsión del mercado

Luego algunos atribuirán a conspiraciones intergalácticas el que Alemania se financie casi gratis y a nosotros no nos quiera prestar casi nadie. De momento –porque la credibilidad es lo que tiene, que no es para siempre– Alemania no ha hundido su credibilidad (¿hay mucha gente que pronostique que el Gobierno teutón vaya a quebrar?) como sí lo ha hecho los catastróficos Ejecutivos españoles de Zapatero y Rajoy. Sin embargo, parece que a nuestros gobernantes esta merma de credibilidad –merma que no depende, ni mucho menos, de que venga tardía y timoratamente la agencia de calificación de turno a oficiar el levantamiento del cadáver– se la trae al pairo. ¿Cómo es posible? ¿Acaso al Gobierno no le preocupa ser expulsado de los mercados de capitales y no poder financiar sus gigantescos déficits derivados de sus monstruosas ansias de gastar mucho más de lo que ingresan?

He ahí, precisamente, el problema. Ese tan ortodoxo, germanizado y restrictivo Banco Central Europeo anunció hace apenas tres meses que adquiriría cantidades ilimitadas de la deuda pública de aquellos países que solicitaran el rescate (el famoso programa OMT). No crean que se trata de un anuncio mágico y libre de costes: en realidad, semejante ventanilla bancaria corre a cuenta del crédito y de la riqueza de Alemania. ¿O a qué atribuyen, si no, que los nuevos euros que ha ido inyectado y que seguirá inyectando el BCE en la economía no hayan sido liquidados ipso facto por sus tenedores a importantísimos descuentos (inflación y depreciación del euro)? ¿Acaso por su intensísima demanda de comprar bienes, servicios y activos en España? No lo parece, pues en tal caso esa intensísima demanda también se dejaría sentir en el mercado de deuda pública española: mejor pensado, cabrá atribuirlo al (todavía) intensísimo deseo por adquirir bienes, servicios y activos alemanes (deseo que sí se manifiesta, vaya por dónde, en la demanda de deuda pública alemana). Conceder poder de compra contra bienes alemanes a cambio de que, idealmente, los españoles produzcamos en el futuro las mercancías que serán adquiridas por los alemanes para así poder pagar nuestras deudas con el BCE, no parece la operación más lucrativa del siglo… para Alemania.

Sí lo es, en cambio, para un hatajo de tahúres cortoplacistas que, como nuestros políticos, sólo tratan de seguir gastando lo que no tienen aún a riesgo de abocarnos, a nosotros y a nuestros acreedores, a un más doloroso impago futuro. Por eso la OMT no fue una bendición sino una plaga para la economía española: la plaga de apuntalar a un Gobierno incumplidor y kamikaze al frente de las finanzas del Reino que, además, tiene el descaro de darse palmaditas en la espalda en su primer nefasto año de gobierno.

Voilà le socialisme

 Gerard Depardieu, insigne actor y empresario condecorado con la Legión de Honor, ha decidido exiliarse a una bonita localidad belga y renunciar a su nacionalidad –y a los derechos que ello comporta– porque el Gobierno socialista francés pretende redistribuir el 75% de su riqueza. Una vez más, se cumple un principio básico del progresismo: todo millonario de izquierdas experimenta un empuje hacia la frontera más cercana directamente proporcional al grado de socialismo que el Gobierno de turno pretende aplicar a sus finanzas.

Depardieu, benefactor del partido comunista francés, entre otros méritos de mucho progreso, se queja de que su Gobierno quiere expropiarle el 75% de lo que gana; pero iba a Cuba a reírle las gracias a Fidel Castro y a mostrarle su apoyo por quedarse con el 100% de lo que producen los cubanos. En Europa, los ungidos progresistas se desgañitan pidiendo impuestos para "los más ricos", pero ellos se cuidan de poner su patrimonio a salvo de la voracidad redistribuidora de los Gobiernos de sus países utilizando todos los instrumentos legales a su alcance. Aquí en España no resultaba infrecuente hasta hace muy poco escuchar la letanía cansina de alguna estrella de la canción exigiendo un canon digital contra la piratería, mientras ella liquidaba unos impuestos de risa en tierras caribeñas.

Los progres con posibles se consideran a sí mismos por encima del resto de la humanidad, y en tal condición actúan, pidiendo para los demás severos castigos a sabiendas de que a ellos no les van a afectar. Los millonarios, también los de izquierdas, tienen todo el derecho a proteger sus bienes de la depredación del Estado, pero, hombre, permitan que los pobres hagamos algo parecido con nuestras tristes haciendas y, sobre todo, dejen de provocar a los políticos para que nos suban los impuestos a los que no tenemos para montar una sicav o abrir una cuenta en Suiza.

Desde la derecha política son muchos los que defienden al actor francés, pero resultan mucho más decentes los defraudadores tradicionalesque sacan de España los trinques en bolsas de basura y, conscientes de su vileza, no pretenden dar lecciones de moral a nadie. Ni siquiera en catalán.

El mal empresario

Dicen que el capitalismo está terminando con el Estado del Bienestar, que los bancos han arruinado a la gente y que los empresarios explotan a sus trabajadores. Afirmaciones que no se sostienen si examinamos el paraíso socialdemócrata en el que vivimos donde no hay actividad económica que no esté regulada por el Estado ni un solo banco que haya actuado al margen del sistema de bancos centrales. Los empresarios no son ajenos al sistema, y cuando no hacen negocios gracias a una concesión administrativa reciben una hermosa subvención para atender este o aquel bien público. Todo sea por garantizar los "derechos" o el "interés general". Vivimos en un país en el que los políticos han decidido hasta los partidos de fútbol que deben verse en abierto entrometiéndose en la explotación legítima de este entretenimiento televisado.

Miren a su alrededor y piensen en un sector en el que la actividad empresarial no dependa directa o indirectamente del Estado. De las escuelas concertadas pasando por los medios de comunicación que reciben campañas publicitarias públicas hasta las fundaciones "liberales" que se financian a través del Presupuesto General del Estado, resulta casi imposible encontrar en España a alguien que se haya hecho a sí mismo sin la ayuda del Estado. El capitalismo es todo lo contrario a lo que hemos padecido, así que deberíamos ser más cuidadosos a la hora de encontrar culpables.

No es posible abrir o mantener una empresa sin verdaderos intérpretes de la burocracia que permitan poner y mantener en orden todos los papeles que en no pocos casos sirven para pagar altos impuestos. Una alta presión fiscal que no solo promueve el fraude sino que directamente desincentiva el trabajo ya que muchas veces se da la paradoja de que con menor esfuerzo los ingresos netos son mayores. Y a nadie le gusta deslomarse para que el ministro recaudador de turno expropie parte de la riqueza que generamos para repartirla a diferentes fines. No es una cuestión de que el Estado gaste mejor sino de que gaste menos, de que permita que la sociedad provea los servicios que en riguroso y quebrado monopolio se ha otorgado lo público. Los mercados regulados son infinidad y si empezamos a recapitular los sectores que funcionan a través de concesiones no terminaríamos nunca, del espacio radioeléctrico a los taxis. No solo en una administración sino en varias, de la local hasta la europea. También dicen que quieren (todavía) más Europa y alguno amenaza con crear instancias mundiales; el protocolo de Kyoto como ejemplo y la factura eléctrica que pagamos, mes a mes más cara, como síntoma.

Los empresarios que han podido sortear todas estas barreras de entrada merecen ser reconocidos como verdaderos héroes. Adelantarse a las necesidades futuras del mercado ya es meritorio, pero hacerlo cuando la seguridad de la concesión o el calor de la subvención acarician la cuenta corriente requiere mayor reconocimiento. Sobre estos emprendedores es sobre quienes debemos volcar nuestras esperanzas, y no en los políticos. El mal empresario es el Estado, que exprime a los contribuyentes antes que recortar los privilegios de aquellos que beben del maná público. Defender el Estado y los llamados "derechos consolidados" equivale a defender el sistema de castas y privilegios con el que hemos cargado hasta ahora. El Estado es el problema, y el capitalismo la solución.