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¿Qué quiere salvar Europa?

Y no es porque tengan que tomar medidas impopulares. Todos los países de Europa, intervenidos o no, están haciendo cambios muy poco populares. La crisis está evidenciando lo que siempre ha ocurrido pero nadie antes quería ver: a los gobernantes no les importa en absoluto sus súbditos. La pregunta es ¿qué quieren salvar los políticos europeos? ¿A la gente? No, quieren salvar su sistema que les otorga ilimitado Poder y dinero.

Desde la creación de la Unión Europea (UE) se nos ha dicho que este proyecto era una alianza común para hacer frente a otras potencias. En realidad nunca fue así. Ahora lo vemos claro. La UE no es más que la herramienta de Alemania para controlar más territorio (son su socio francés en doble fila). La UE es un conjunto de países al servicio de políticos franco alemanes. Desde hace unos años, la UE actúa más como el Fondo Monetario Internacional, que como una unión de países amigos. SarkoMerkel ha cambiado los gobiernos de los países rezagados ya sea mediante elecciones anticipadas o destituciones. La única excepción ha sido España. Pero no se preocupen, la intervención de nuestro país después del 20N, ya sea directamente o de forma oculta, es inevitable si es que no lo han pactado ya. Muy posiblemente, incluso, el nuevo gobierno estará formado por tecnócratas que se irán apoyando en el consenso de la oposición para acatar las órdenes de la UE (aunque el PP tenga mayoría absoluta, podría hacer un Gobierno de coalición con el PSOE y hasta CiU para agradar más al inversor internacional y casta europea).

Los nuevos dirigentes de Grecia e Italia son gente del Poder. Trabajaron en Goldman Sachs, al igual que Draghi, el nuevo presidente del Banco Central Europeo. Son gente que tienen un gran sentimiento corporativista y deestablishment, pero no democrático. De hecho, Platón definió su ideal de gobernante, la tiranía, "como el gobierno de los sabios". Es decir, el gobierno de los tecnócratas que diríamos ahora. La única diferencia de la tiranía de Platón con la actual, es que el filósofo apostaba por uno solo tecnócrata, mientras que SarkoMerkel apuesta por un tirano en cada ministerio, cartera y país.

Europa se ha vuelto claramente una oligarquía dirigida por un eje franco-alemán que tampoco tardará mucho en hacer aguas ante las nefastas políticas económicas que usan. El único fin de los burócratas de la UE no es salvar a la gente, ni siquiera resolver la crisis, sino refinanciar cada uno de los estados a costa de los esfuerzos de la economía privada, esto es, la gente. Más impuestos, más recortes, más inflación crediticia, más rescates millonarios y más leyes que burocraticen nuestras vidas. Algo así no puede tener por objetivo retomar la dignidad del ciudadano europeo.

Si la UE estuviera interesada en salvar a la gente, lo primero que harían es delegar sus funciones a la economía privada y a la ciudadanía. Esto se ve claramente con los recortes. Los europeos están muy enganchados a los favores del Gobierno. Está muy bien que el Estado lo recorte todo, pero ha de dar una salida a la gente. El capitalismo es un sistema que necesita de mucha energía (la destrucción creativa de Schumpeter). Necesita de mucha creatividad y libertad, de lo contrario, no funciona porque se convierte en puro capitalismo de estado como ya se ha visto. Si los gobiernos mantienen las regulaciones al emprendedor con leyes que solo dificultan la creación de empresas, lo único que tendremos es más desempleo. Este es el caso clamoroso de España. Ahora las empresas solo están para echar a gente. No habrá empresas que contraten más empleados hasta que la economía no esté claramente saneada, sin embargo, el Gobierno no da salidas a esta situación. Abrir una empresa es más fácil en Zimbabue y Venezuela que en España. Entre más cosas, el desempleo se cura eliminando barreras burocráticas, leyes, sacando las prohibiciones a productos y servicios y aboliendo impuestos. Puede ser algo temporal incluso. Tan elemental ha sido en la historia que hasta Lenin cambió su política comunista durante un tiempo por otra más abierta (la NEP) que alivió las tensiones de la URSS hasta el nuevo plan quinquenal de Stalin.

Las medidas de Europa no es que sean erróneas, es que no tienen por fin aliviar a su ciudadano de la crisis. Lo único que pretenden es reforzar el Estado con el dinero del europeo medio. Así, los europeos están condenados.

El liberalismo antipático

Nunca he entendido del todo por qué el liberalismo es tan antipático para gran parte de la sociedad. Sé que muchos se rasgarán las vestiduras por lo que acabo de decir, pero sólo hay que ver cómo los políticos de toda Europa tratan de desmarcarse de los principios básicos liberales (mercado libre, propiedad privada, respeto a la autonomía del individuo…) para darnos cuenta de que la filosofía que defendemos está mal considerada. Si les diera votos, todos la defenderían en campaña como si les fuera la vida en ello. En España, no vende decir que eres liberal. A mí, por ejemplo, me toca explicarle casi a cada persona que conozco qué significa, cuáles son los principios que defendemos y cómo los lugares comunes que aparecen en los medios no se acercan en absoluto a la verdad.

Es cierto que hay grupos, normalmente pequeños aunque de personas muy preparadas y con capacidad de influencia, que defienden los grandes principios liberales. También hay un puñado de asociaciones de éxito (como el Instituto Juan de Mariana) y unos poquitos medios de comunicación en los que se puede encontrar a voces que luchan contra el intervencionismo. Pero incluso en estos casos, su labor resulta siempre ardua. Casi pasan más tiempo luchando por desmontar falsos prejuicios que defendiendo sus ideas.

Normalmente, los liberales culpamos a la falsa calidez del lenguaje colectivista. Es verdad que las metáforas que emplea (lucha contra la pobreza, impuestos solidarios, redistribución fiscal, proyecto común, pacto social, etc.) son tremendamente sugestivas. No es sencillo luchar con ellas. Pero tampoco es imposible. Hay pocas ideas más atractivas en el mundo que la de la libertad y agarrándonos a ella debería ser factible luchar contra la dictadura socialista. Pero hay que lograrlo con inteligencia, constancia y persuasión. Encerrarse en la torre de cristal en la que la mayoría de los liberales ha vivido en los últimos cien años es como entregar el trofeo antes de que empiece el partido.

Pensaba en esto mientras leía algunas de las propuestas de esta última campaña electoral. No es sólo que casi todas las ideas presentes en los medios destilen el más rancio intervencionismo. Es que el lenguaje empleado, incluso en aquellas iniciativas interesantes, no es sino una concesión más a los intervencionistas. Una concesión que acabarán cobrándose antes o después.

  • Por ejemplo, desde el comienzo de la crisis se ha vendido la idea, incluso en los medios liberales, de que es necesario hacer un “sacrificio”. Vamos, como si lo ideal fuera seguir viviendo como en los años de la burbuja, produciendo cosas sin sentido, viviendo a costa de otros y acumulando deudas. De esta manera, el planteamiento liberal, que defiende el trabajo en industrias productivas, el respeto a la propiedad y que celebra el ahorro, aparenta ser una medicina necesaria, pero molesta y muy poco apetecible. No nos debería extrañar que cinco minutos después de acabada esta recesión vuelvan a aparecer los profetas del despilfarro.
  • Tampoco me parece especialmente inteligente el argumentarlo habitual contra cualquier subida de impuestos que se plantee. El sistema fiscal actual es injusto y hace que los que cobran nóminas reciban sobre sus espaldas una proporción desaforada del peso del gasto estatal. No quiere decir esto que debamos apoyar una subida impositiva (que, además, nunca va acompañada de un descenso en otras tasas). Pero en muchas ocasiones parece que la intención sea mantener los impuestos como están, como si la actual estructura fiscal fuera tan sólo un mal menor (aceptable, aunque no perfecto).
  • Lo mismo cabría decir de la retórica a favor de que los países endeudados (Grecia, Italia o España) hagan “recortes” para ajustar el gasto del Estado a sus ingresos. Más allá de que el despilfarro público haya llegado a extremos vergonzosos en todos estos países, lo cierto es que lo que necesitamos como el comer en el sur de Europa son “reformas” que liberalicen nuestra economía. Sacar a los burócratas de sus despachos y conseguir que sea el ciudadano el que decida qué hacer con su dinero nunca debería venderse como algo negativo (“recorte”): de nuevo, parece un remedio doloroso pero inevitable. Y rebajar las pensiones no es algo imprescindible para cuadrar las cuentas públicas, sino la consecuencia de una política irresponsable que esquilma cada año los bolsillos de los trabajadores a cambio de una incierta promesa de una recompensa futura que cada día es más pequeña.

La lista podría ser interminable. Cada día hay millones de ejemplos en los medios. Todos los que escribimos en ellos hemos visto sorprendidos como nosotros mismos “comprábamos” en muchas ocasiones el lenguaje aparentemente inocuo del intervencionismo. Mientras no demos esta batalla, será complicado que empecemos a ganar la guerra.

Cuando un mínimo superávit no es suficiente

El economista alemán del XIX Adolph Wagner, figura central de la Escuela alemana del socialismo de Estado, dio origen a la que se conoce como la "ley de Wagner". Ésta sostiene que el crecimiento económico tiene gran peso en el gasto público y, por ende, en las funciones que crecientemente asume el Estado. Así, el gasto público tiende a crecer de manera más rápida que la producción del país.

No nos debería extrañar esta ley tras lo vivido en los últimos años de esplendor económico español con pies de barro. Como tampoco nos asombra el resultado final de todo ello: una explosión de la deuda pública desde el año pasado que hace tambalear no sólo los cimientos de la economía nacional sino de la Unión Europea y su moneda común.

El Estado, durante los años de ese grandioso auge económico y crediticio que experimentamos hasta 2007/2008, gozó de ligeros superávits públicos o de equilibrios presupuestarios, lo que redundó en que la deuda pública (sobre el PIB) apareciera completamente bajo control.

Pero ¿y el gasto público y, más aún, los compromisos públicos? Qué pasó con ellos. ¿Se cumplió la "ley de Wagner"? Huelga decir que sí. Ahondaremos en las razones que suelen aducirse para explicar el significativo incremento de gasto público durante los años del boom. Aunque no todas se corresponden con las motivaciones aportadas por el propio autor, de cuya teoría manaba más el ideal comunal y de Estado (capaz de dirigir centralizadamente la producción de manera más eficiente) que tanto admiraba.

El primer motivo aducido por el autor es que una sociedad más rica es más compleja, por lo que genera grupos más divergentes. Las demandas de servicios o bienes públicos por parte de este ramillete de grupos (¿de interés?) son superiores y variadas. Se necesita más gasto público para atender a necesidades diversificadas (razón no le falta y los grupos de interés bien lo saben).

La segunda razón se asienta en que progreso y riqueza económicos inflan el gasto estatal en tanto que la "demanda de gasto público tiene una elasticidad a la renta superior a uno". Lo que esto significa es que un incremento porcentual de la unidad en la renta nacional (por ejemplo, PNB) generaría un incremento superior al uno por ciento en el gasto público debido a la naturaleza de los bienes y servicios que aprovisiona el Estado. Dado que el tipo de bienes y servicios que se arroga el sector público es de lujo o superior, ante incrementos en la renta o ingresos nacionales, el gasto necesario para poner en marcha los nuevos servicios será superior. Ello producirá, bien déficits fiscales, bien un efecto expulsión del sector privado (que tendrá que consumir menor proporción de las crecientes rentas al derivarse más fondos a gasto público).

En palabras del propio Wagner: "Interpretada desde el punto de vista económico-nacional, esta ley significa la creciente extensión absoluta, y también relativa, de la forma de organización pública junto a, y en sustitución de, la económico-privada dentro de la economía pública".

Esta ley ha sido frecuentemente discutida y ha habido innumerables intentos de validarla empíricamente. En todo caso, la hipótesis es más que plausible en el contexto económico en que se enmarca (creciente PIB), y no debemos ningunear el poder (y el peligro a largo plazo) de la misma: que las economías en crecimiento impulsan el aumento del Estado en una proporción superior al de la propia economía.

Pero la "ley de Wagner" no sólo se cumple por los argumentos expuestos por su autor, centrados en el lado del gasto. El ciclo económico, en su fase de auge, tiene un papel determinante en una variable no mencionada aún: los ingresos fiscales. Ya se ha comentado que los años del boom se caracterizaron por presupuestos aparentemente saneados (en el periodo que va de 2000 a 2004, entre +1% y 0,2%; y ya déficits no muy significativos del -1% al -2% entre 2005 y 2007).

Pero ésta se trataba de una situación engañosa. La recaudación fiscal pareció emanar del cuerno de la abundancia durante estos felices años merced a la fuerte actividad económica, acarreando un riesgo a largo plazo para las arcas públicas por la falsa percepción de bonanza perpetua. El gasto público creció al ritmo en que lo hicieron los ingresos fiscales. Es decir, todos esos ingresos fiscales del auge se gastaron en su totalidad, comprometiendo gasto estatal de todo tipo y condición para ejercicios futuros, lo que acabó por impedir la capacidad de reacción del sector público cuando la actividad económica se desplomó a partir de 2008.

Y tras 2008, pasó lo que cabía esperar, que la recaudación, a partir de ese año, pero, sobre todo, de 2009, se hundió por el fango y que una gran parte del gasto comprometido en el boom resultó ser muy rígido a la baja. Y ahora, quién le pone el cascabel al gato. Fatal desenlace tras la actuación de nuestros supuestamente prudentes dirigentes políticos durante el auge, que exprimieron el presupuesto al máximo con fondos provenientes de unos ingresos públicos inflados e irreales en el largo plazo (por la propia naturaleza de la burbuja inmobiliaria) y que en la crisis y recesión irremediablemente colapsaron. Por no hablar de las políticas de gasto que desde 2008 se pusieron en marcha, con los rescates bancarios, los "planes E" y las crecientes prestaciones por desempleo (inevitables éstas por el fuerte desempleo), que no hicieron sino echar más gasolina al fuego (pero ahí ya entramos en otra fase del ciclo económico, la crisis y recesión, que no pretendo abordar en este artículo).

Sí, Rubalcaba, la burbuja inmobiliaria no se frenó a tiempo. De hecho, se hizo lo posible por alargarla y acabó frenándose sola, tarde y mal. Pero a quién le interesaba entonces pararla. ¿A una demagoga clase política –ayuntamientos, autonomías, gobierno- que veía la oportunidad de consagrarse en el poder de manera casi perpetua, recaudando a espuertas y prometiendo aún más, al tiempo que a la ciudadanía poco le importaba el destino de sus impuestos porque tenía trabajo, acceso al crédito fácil y creciente valoración patrimonial? Y no nos detengamos en el sector bancario, ahora sometido a una dramática insolvencia… Bien sabemos que no interesó a nadie en aquel momento, pero si había un agente social al que menos preocupó fue al gobierno, empeñado, a través de su Ministerio de la Vivienda, en que, primero, pareciera que no existía "burbuja" y luego, en que ésta no "estallara".

¿Por qué no lo frenasteis, Rubalcaba y Zapatero (y Aznar)? Pues porque la avaricia recaudatoria y confiscatoria del Estado no tiene fin. Quién es el verdadero Scrooge aquí: aquel empresario a quien su "avaricia" durante el boom le cava su propia tumba o aquellos irresponsables que nunca se verán obligados a liquidar sus activos, a cerrar ni irán a prisión -cosa que sabemos sí pasa en las empresas privadas-, y que no hacen más que abrir fosas durante el auge para meternos a todos dentro tras la orgía de deuda pública de la recesión (que nos traerá más impuestos, devaluaciones, hiperinflaciones…). Cómo se ve la paja en el ojo ajeno… y no el "edificio" en el propio.

Efectivamente, como se colige de la "ley de Wagner", el crecimiento del tamaño del Estado, vía ingresos, fue de una proporción superior a lo que crecía la economía medida en términos de PIB. Esto es consecuencia de que los ingresos fiscales reaccionan como un resorte amplificado ante la coyuntura económica (tanto durante el auge como en la crisis). Esta sensibilidad o elasticidad de los ingresos ante variaciones del PIB viene explicada principalmente por tres razones.

  • La primera de ellas, la progresividad fiscal y la reducción del desempleo hacen que un incremento de la renta nacional redunde en una recaudación fiscal superior al alcanzarse tramos superiores de rentas (sobre todo, en lo que respecta a gravámenes como el Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas –IRPF–).
  • Asimismo, los impuestos indirectos que recaudan las diferentes Administraciones Públicas también son sensibles al ciclo económico. El número de transacciones de este tipo de bienes en la economía se multiplica considerablemente (piénsese no sólo en el IVA, sino en los impuestos especiales, como la gasolina o bebidas alcohólicas, o el impuesto sobre transmisiones patrimoniales y actos jurídicos documentados -ITP/AJD-).
  • Por último, y quizás de mayor importancia recaudatoria, están los beneficios empresariales, de los que el Estado ingresa el Impuesto de Sociedades (IS). Estos crecen en una proporción muy superior a las ventas durante la fase expansiva del ciclo, principalmente, por el aprovechamiento de las economías de escala. (Avanzamos que durante la contracción también las pérdidas serán más sensibles a la caída de las ventas, lo que significa que el sector público verá muy mermada su recaudación).

Puestos a decir, durante los felices años de la abundancia (de crédito y gasto) en España, las políticas fiscales que se pusieron en marcha ni siquiera pueden considerarse keynesianas. Se trató de simple estatismo despilfarrador. Keynes en todo caso abogaba, por ejemplo, por reservar las obras públicas para la recesión (y no durante el auge). Asimismo, sabiendo que en la recesión los déficits se van al 7 y hasta el 10%, como ha sucedido en España en 2009 y 2010, los superávits durante el auge deben estar permanentemente por encima del 5%, lo cual no debe suceder a costa de subir impuestos, sino de no asumir más gastos y compromisos… Así nos va.

¿Nos sacará Rajoy del euro?

Tales señales de alegría resultarían del todo lógicas en circunstancias más o menos normales, pero no es el caso. Por desgracia, España se enfrenta al mayor desafío económico de su historia reciente: la suspensión de pagos y la posible salida del euro.

El tiempo se agota y el nuevo Gobierno salido de las urnas tendrá que enfrentarse cara a cara a la realidad y, por tanto, o bien adopta de forma firme e inmediata uno de los mayores paquetes de reformas y medidas de ajuste fiscal de la historia de este país o bien sufrirá en sus propias carnes las consecuencias derivadas del default (suspensión de pagos) soberano.

De ahí que a alguno sorprenda hasta el extremo la complacencia y el optimismo que desprende el discurso del líder popular. O Rajoy, como buen gallego, oculta su verdadera preocupación en lo más hondo de su fuero interno al tiempo que es plenamente consciente de lo que hay que hacer o, simplemente, vive en una ignorancia supina exacerbada por la orgía electoral que reina en sus filas. Y es que el mero cambio de Gobierno no solventa absolutamente nada, ya que lo importante no es quién gobierne sino cómo se gobierne.

Sin embargo, al menos dos factores hacen temer lo peor. En primer lugar, el propio programa electoral del PP, que si bien presenta indudables ventajas y mejoras respecto al del PSOE, resulta del todo insuficiente para lidiar con la actual situación económica. Así, de entre todas sus medidas, destaca sobremanera el hecho de que prometa, por encima de todo, garantizar el actual Estado del Bienestar. Según Rajoy, esta tarea es posible siempre y cuando España logre crecer y crear empleo nuevamente. Pero el PP se equivoca de plano: el enorme tamaño que presenta hoy el Estado es resultado directo de la pasada burbuja crediticia, y ésta llegó a su fin hace ahora casi cinco años. Es decir, por mucho que recorte en otras partidas, es esencial que, de una u otra forma, acometa reformas de calado en el mal llamado Estado del Bienestar.

En segundo lugar, según admiten en privado algunos altos cargos del PP, el equipo económico del partido ostenta la ilusoria idea de que la crisis que sufre España es casi exclusivamente una cuestión de confianza. Muerto -políticamente- Zapatero, acabada la rabia. Si Rajoy confía en dicho diagnóstico su chasco será monumental. La economía española registra graves problemas estructurales que impiden su crecimiento; el sector financiero aún no se ha saneado, y la tarea a realizar en este ámbito será ardua y complicada hasta el punto de que, muy posiblemente, aún haciendo las cosas bien, el Gobierno tendrá que solicitar ayuda externa para reestructurar el sistema; por si fuera poco, las cuentas públicas cerrarán este año con un déficit superior al 7% del PIB, y eso sin contar las ingentes facturas pendientes sin contabilizar que dejarán los socialistas; y todo ello, en un contexto internacional que se debate entre la recesión y el estancamiento de cara a 2012.

En definitiva, no es tiempo para alborozos ni patéticas soflamas partidistas al más puro estilo hooligan. Rajoy se juega el futuro del país durante su mandato. Cosas de la vida, ya que si bien Aznar logró introducir a España en el euro, una mala o insuficiente gestión por parte de Rajoy bien nos podría conducir de nuevo a la peseta o a un euro de segunda división, cuyos efectos no sólo serán dramáticos para el conjunto de los españoles sino para el devenir de su propio partido. Yo que usted, señor Rajoy, dejaría de botar tanto…

Hayek y Keynes debaten en 2011

En el año 1930, John Maynard Keynes publicó la que había concebido como su obra más importante. Pero fue sólo la más ambiciosa, su Tratado sobre el dinero. Friedrich A. Hayek publicó entonces, en Economica, un artículo en dos partes criticándolo. Entre medias Keynes publicó una réplica a la primera parte de la crítica de Hayek y éste le respondió a su vez. Los dos autores se cruzaron, asimismo, una serie de cartas. Luego Keynes abandonó el debate apenas comenzado, y lanzó a Piero Sraffa a que continuara con el asunto. Éste lo hizo en una de las piezas intelectualmente más detestables que haya leído. Aunque no defendiendo la teoría de Keynes, sino atacando una obra contemporánea del austríaco, Precios y producción. Hayek tuvo la elegancia de responderle, pero Sraffa no quiso quedarse sin una última palabra.

En esto queda, estrictamente, el debate entre Hayek y Keynes. Sería mucho considerarlo como tal. Fue más un choque entre dos concepciones muy distintas de la naturaleza del dinero, del crédito y, sobre todo, de la producción. También sobre la metodología de la economía, que en Keynes era ya macroeconómica, mientras que en Hayek estaba dominada por los precios relativos y su influencia en los comportamientos de los agentes. Fue un debate que no llegó a producirse por una incomprensión mutua y por abandono de Keynes a mitad del mismo.

Fue un encuentro de dos concepciones del proceso económico y, en consecuencia, de la política económica. El triunfo de Keynes y, sobre todo, de los Keynesianos, fue enorme. Un claro ejemplo es que no creo que haya muchos economistas que leyeran La teoría pura del capital, de Hayek, del año 1941. Nada que ver con el éxito arrollador de Precios y producción en sus primeras horas, a decir de Joseph Schumpeter. Lo que quedó de debate, en realidad, se trasladó al plano de la política económica, como las dos cartas enviadas al Times de Londres en octubre de 1932 firmadas respectivamente por ambos economistas, ambos escoltados por otros nombres relevantes.

Pero más tarde tampoco se puede hablar de debate. Los keynesianos, la “avalancha keynesiana” de la que habla McCormick, no tenían rival. Hayek abandonó la teoría económica y se dedicó a otras cosas y Mises tardó en crear de nuevo escuela en Nueva York. El paso de Hayek por la LSE no había dejado escuela. Coase cuenta que a su llegada a los Estados Unidos enseñaba con el Precios y producción en la mano, pero era una excepción. Ludwig Lachmann dijo de sí mismo que se convirtió en el último hayekiano de varios nombres notables.

Mas de algún modo, la escuela austríaca acabó por recuperarse y, aunque no ha alcanzado el grado de integración en la corriente principal de comienzos de siglo, ha tenido un último desarrollo brillante. La crisis de los 70 fue la crisis del keynesianismo, y coincidió con la concesión del Nobel a Hayek. De esta crisis se dice que es la del modelo del mercado desregulado y, por tanto, la del (neo)liberalismo, que estaría representado, entre otros, por Hayek. Así, se ha producido una vuelta a Keynes. Es evidente en las políticas adoptadas por los gobiernos un recurso ingenuo al viejo keynesianismo. Ni han reformulado el capitalismo ni le han salvado de la crisis, eso es evidente. En este contexto, la oposición entre los dos economistas, ya muertos, vuelve a ser protagonista.

Thomson Reuters ha albergado un debate entre hayekianos y keynesianos. En este último campo participaron James Galbraith, hijo de John Kenneth, Sylvia Nasar, autora de una historia de varios economistas del siglo pasado, John Cassidy, periodista del New Yorker, y el analista financiero Steven Rattner, que asesora a la Administración Obama. Del otro lado participaron Stephen Moore, del Wall Street Journal, Edmund Fhelps, Lawrence White y Diana Furchtgott-Roth, del Manhattan Institute.

Hay que decir, en honor a la verdad, que lo que cuentan las crónicas de lo que ha sido el debate describe una foto en mate, poco armoniosa. Galbraith juega con la audiencia con argumentos de autoridad, Nasar vende su libro, Moore ve en el fracaso de la política de Obama el de Keynes y Cassidy el de Hayek en la situación en el Reino Unido… Lawrence White le dio una buena respuesta a Steven Rattner, que defendió su política de rescate de General Motors (por lo que es llamado “zar del automóvil”): “Steve Rattner”, dijo White, “menciona el hecho de que nadie quisiera invertir en GM y lo llama fallo del mercado. Yo lo llamo veredicto del mercado”.

Los asistentes, dos centenares de personas, podían votar a lo largo del debate cuál era para ellos el lado que más les convencía. Keynes (estamos hablando de Nueva York), partía de una clara ventaja con un 47 por ciento de los votos por un 33 de Hayek y un 20 por ciento de indecisos. El de Cambridge y sus seguidores acabaron con un 52 por ciento de apoyo por un 42 de los hayekianos y todavía un 6 por ciento de indecisos.

Este último debate se ha celebrado con motivo de la publicación de un libro, titulado, si alguien lo tradujera al español: Keynes, Hayek: El choque que definió la economía moderna. El título es pretencioso y rimbombante, sí, pero no se le puede negar que es oportuno.

Vote por la sociedad civil

En unos días se celebraran las elecciones generales. Se habrá dado cuenta por la multitud de carteles electorales que hay colgados en las farolas de su vecindario o porque no se pueden ver unos informativos o abrir un periódico sin que aparezca la cara sonriente de los candidatos. A todo ello lo llaman la fiesta de la democracia… aunque no veo que nadie, aparte de los políticos, se divierta.

El ciudadano común sólo se tiene que preocupar por una cosa: decidir si vota y a quién. Hay opciones para todos los gustos; están lo que se abstienen para no legitimar el sistema, los que votan a alguna formación con poca representación para ser fieles a sus ideas o los que votan a alguno de los dos grandes partidos para que su voto "no se pierda" y apoyar lo que consideran el mal menor.

Lo cierto es que da igual lo que se haga. La clase dirigente es un simple reflejo de la sociedad en su conjunto, ya que un político solo puede gobernar si se pliega a la opinión mayoritaria de la población. Es bastante inocente pensar que si esa opinión mayoritaria nos lleva a la ruina, la solución pase por cambiar a ese político por otro, que irremediablemente, tendrá que hacer lo mismo si quiere gobernar.

El ejemplo más claro lo tuvimos en el debate que mantuvieron los dos candidatos a la presidencia del gobierno. En el bloque de "políticas sociales", prácticamente no se diferenciaban las posturas que defendían ambos. Los dos eran férreos defensores del "Estado de bienestar" y sólo se reprochaban la amenaza que suponía el otro para este maravilloso sistema. Pues bien, en las encuestas postdebate de todos los medios se daba un empate a los candidatos en este bloque. ¿Por qué? Pues porque la sociedad cree de verdad que el Estado de bienestar es irrenunciable y hubiera castigado a cualquier candidato que se hubiera salido del guión.

Y la sociedad cree esto pese a llevar 3 años sumergida en una crisis profunda que, si algo ha dejado claro, es que nuestro sistema de pensiones es un timo piramidal, que el subsidio de desempleo es la mejor manera de mantener el paro en niveles astronómicos manteniendo una economía sumergida bestial, que el sistema universal de salud hace aguas por todos lados y que la educación pública ha fracasado año tras año y sistema tras sistema en dar la formación mínima que las nuevas generaciones necesitan.

Por lo tanto el problema no es un político, un partido o la clase política en general. El problema es, y ha sido siempre, las ideas erróneas de la sociedad. Y esas ideas no se cambian yendo a votar o no votando un día cada cuatro años. Esas ideas se cambian con trabajo día sí y día también durante años y años, que junto a la cruda realidad pueda convencer a la mayor parte de los ciudadanos de lo erróneo de su forma de pensar.

O, dicho con otras palabras; la solución pasa por votar todos los días por la sociedad civil.

En la política como en las empresas

Muchos españoles consideran que la clase política es uno de los principales problemas del país. De hecho, según el barómetrodeoctubre del Centro de Investigaciones Sociológicas, se encontraría en el tercer puesto solo por debajo del paro y los problemas económicos. La política se percibe como problema en lugar de dar solución a los problemas de la res publica cuando en realidad la política es parte de la cosa pública. De la misma forma que el capital humano de la clase política es parte del mismo cuerpo que compone la sociedad.

Desde las juventudes hasta la jubilación en alguna institución pública o subvencionada (el número de senadores es limitado y no caben todos), los políticos profesionales medran de cargo en cargo. En el camino van consolidando posiciones, independientemente de su valía y méritos pues priman las familias políticas, padrinos, lealtad incuestionable al partido y todo tipo de favores a devolver. En realidad, los que critican el funcionamiento de esta partitocracia la envidian y quisieran participar en mayor grado de ella o extender sus formas allí donde ellos desarrollan sus actividades.

En la era estatista, pensar en política es como bucear en un tanque de agua en el que hemos metido una ballena. Inevitablemente chocaremos con este cetáceo-leviatán. Los tentáculos del Estado y la actividad empresarial se entrelazan entre concesiones, concursos, permisos y comisiones que engrasan su funcionamiento en semejante entramado de regulaciones. No es solo que no se pueda hacer nada sin el visto bueno de los políticos, sino que la mentalidad empresarial de muchos españoles se aleja del capitalismo para abrazar el mercantilismo de quienes se cobijan y agradan a los poderosos para conseguir ventajas sorteando la competencia del libre mercado. Este capitalismo de Estado pretende la socialización de las pérdidas y la privatización de los beneficios siempre que los favorecidos sean ellos mismos.

Así, quienes no trabajan en Banca recelan de las capitalizaciones, los profesores están de acuerdo con bajar el sueldo de los soldados pero se niegan a tener que dedicar mayor tiempo de su jornada a dar clases. Los empresarios quieren liberalizar mientras que ahogan a los trabajadores aun cuando tienen beneficios. Mientras tanto, los mismos emprendedores que critican la duplicidad – o cuadruplicidad- de administraciones peregrinan de ventanilla en ventanilla mendigando algún tipo de "ayuda". Todos ven la paja en el ojo ajeno pero no solo no ven la viga en el propio sino que quieren protegerla de los demás.

Una sociedad conservadora en la peor acepción del término, inmovilista para conservar sus privilegios a cualquier precio y por encima de cualquier cambio ambiental. Pensar que los políticos son un problema sin hacer examen de conciencia primero solo conseguirá un "quítate tú para ponerme yo". Tal vez sea el pecado nacional de la envidia o la conjunción de una mentalidad acostumbrada al pesebre unido a unas instituciones diseñadas para mantenerlo y perpetuarlo. ¿Fue antes el huevo o la gallina? ¿El pesebre o el apesebrado? El sistema de subvenciones a través del que se articulan civilmente nuestras sociedades (de las ONG’s a los sindicatos pasando por los partidos políticos o la Iglesia) es el que se demanda por lo que solo cuando se extingan tanto el huevo como la gallina se podrá dar por terminado este sistema piramidal de privilegios al que llaman Estado del Bienestar.

La jaula de oro europea

El pasado jueves, Steffen Kampeter, Secretario de Estado del Ministerio de Finanzas alemán, pronunció una conferencia con el ambicioso y sonoro título The future of Europe and the challenges ahead.

Lo más destacable del conferenciante: su habilidad para comunicar, su inglés fluido, su espontaneidad, credibilidad, saber estar… No pude evitar comparar con nuestro José Manuel Campa y el resultado era para llorar.

Sus mensajes fueron claros, tanto los expresados como los que se deducen de una lectura entre líneas. En primer lugar: el euro es menos importante que la Unión Europea. La moneda única es solamente una de los beneficios que los miembros no solamente de la Unión Europea, sino de toda la zona euro, disfrutan. El valor de la Unión Europea reside en dos cuestiones mucho más relevantes: paz y libertad. Y a continuación Kampeter desglosó las razones por las que afirmaba que la Unión Europea es la responsable de ambas cosas.

En primer lugar, a partir del siglo XX, la paz europea nunca fue tan duradera como desde la creación de la Comunidad Europea, primero y la UE después. Y aludió a las dos guerras mundiales que, como alemán, sabía de sobra lo destructivas que son y lo que han marcado las generaciones de sus padres y sus abuelos. En segundo lugar, la Unión Europea ha sido la garantía de libertad de los países miembros, y como alemán sabe que los vecinos de la Alemania comunista valoran el significado de la palabra libertad y han padecido la ausencia de ella durante muchos años. La libertad y unificación alemanas son uno de los frutos de la Unión Europea. Como ejemplos de esta libertad destacó la libertad de expresión, el libre movimiento de personas y la libertad de actividad económica en los territorios pertenecientes a la UE.

Hasta aquí, cualquiera diría que se trataba de un miembro del gobierno alemán que marca las condiciones de los préstamos y que lidera de alguna manera junto a Francia la marcha económica de la UE, le pese a quien le pese. Pero el mensaje no explícito, la conclusión que saqué de este discurso es ¿qué necesidad tenía de justificar la existencia de la Unión Europea como garante de la paz y la libertad y demostrar con tanto denuedo su vigencia? La respuesta me la dio la segunda parte de la conferencia: ¿qué hacer con el "problema griego"? Grecia no puede salir de la Unión Europea, debe tomar las medidas necesarias y cuanto antes mejor, y si Papandreou no está dispuesto a hacerlo, caerá, y el nuevo gobierno sí será capaz. Todo esto lo dijo la misma tarde que Papandreou se echó atrás respecto al referéndum y se comprometió a retirarlo si la mayoría de los parlamentarios estaban en contra. Curiosamente el domingo Papandreou anunció que renunciará en cuanto haya acuerdo sobre cuál será la coalición que gobernará el país.

La crisis que nos está vapuleando se superará con un euro protegido por todos los miembros y se hará lo que sea necesario para que así sea.

¿No plantea esta afirmación tan rotunda un problema incompatibilidad entre la tajante estrategia europea y la soberanía de las diferentes naciones? Pues sorprendentemente para Kampeter no existe tal problema, sino que se complementan, la soberanía de las naciones se ve reforzada por la pertenencia a la UE. Cada nación debe actuar con "responsabilidad nacional" y elegir la opción europea. ¿Cómo no hacerlo si es la garantía de paz y libertad de los países miembros? Y ahí estaba el razonamiento trampa. Cualquiera que elija una opción que no sea la comunitaria está eligiendo un mundo en el que no está asegurada la paz y la libertad. Y en ese caso, que cada palo aguante su vela.

En el turno de preguntas, como no podía ser de otra manera, algún incauto le preguntó qué percepción existe en Alemania y en las autoridades europeas respecto a las elecciones del 20N españolas, al comportamiento de Zapatero ante la crisis y ante el posible recambio electoral. Con su diplomacia habitual, el Secretario de Estado alemán explicó que nadie es quién para juzgar a nadie, que los españoles son los más indicados para evaluar la gestión de la crisis por el presidente y que espera que actuemos con "responsabilidad nacional" y sabiendo que lo que se decida ese día no solamente afectará a España sino que es relevante para el resto de los países, ya que la evolución de la economía europea está íntimamente ligado al comportamiento de la economía española. Y lo dijo con mirada cómplice picarona de "ustedes sabrán lo que hacen, se la juegan". Y tiene razón ¿qué partido será más capaz de tomar las medidas necesarias?¿saben cuáles son esas medidas? Porque no vale con decir que hay que sacar la tijera, hay que saber dónde se mete primero, hay que campear el temporal del saneamiento en una economía ya muy deteriorada y con un nivel de desempleo insoportable. Ninguno de los partidos (excepto los que nada se juegan) pueden prometer recortes en temas sensibles porque serían acusados por el otro. Pero ¿cuál será capaz de saltarse el programa electoral para hacer lo que hay que hacer?

En mi opinión, ya está pactado. Las reuniones que Kampeter ha tenido con líderes de los dos partidos mayoritarios me dan qué pensar. Me da la impresión de que la suerte está echada… y aún no se han celebrado las elecciones.

Socialismo del siglo XX para el siglo XXI

Las encuestas son adversas para el candidato socialista, hasta tal punto que los resultados del 20 de noviembre pueden ser peores que lo obtenidos por Joaquín Almunia frente a José María Aznar en las elecciones del año 2000. Por lo tanto, no debe sorprendernos que su estrategia consistiese en tirar del binomio González-Guerra, imagen inusual desde 1996. Quizás éste sea el principal logro de Pérez Rubalcaba: la unión ficticia de los principales adalides del manido lema "que viene la derechona" y de un socialismo que aún cree en la lucha de clases (más en el caso de Alfonso Guerra, naturalmente).

A pesar de que forma parte de la primera plana socialista desde hace más de 20 años, poco es lo que se conoce acerca de las ideas políticas y económicas Rubalcaba. Durante estos meses se ha dedicado más al populismo fácil (guiños al 15 m, amenazas de impuestos a los grandes fortunas, defensa a ultranza de la lengua catalana, lloros en público por el "final" de ETA…) que a proponer recetas tangibles para salir de la crisis, en la cual, no lo olvidemos, nos ha metido un gobierno del que ha sido protagonista destacado.

En Sevilla, Felipe González y Alfonso Guerra estuvieron en su papel. A estas alturas de la película ya no engañan a nadie. El ex Presidente atribuyó la "victoria" sobre ETA a Rubalcaba, y seguidamente, cargó contra Aznar pero no dedicó ni una sola sílaba a recordar el legado de corrupción y paro que él dejó al gobierno del Partido Popular en 1996.

Felipe González fue especialmente torticero cuando se refirió a ETA. Alabó a Rubalcaba en la lucha contra la banda terrorista…pero hubiera sido bueno que recordara a otros notables del partido socialista, como "su" cúpula de interior que acabó en la cárcel. Frente a ello optó el cinismo, afirmando que al PP le hubiera gustado que ETA retrasara "su final", envuelto de lirismo cuando espetó que "sé que es políticamente incorrecto pero amarga la verdad". Tampoco hubo, evidentemente, referencias al caso Faisán, aunque ya sabemos que en materia de lucha contra el terrorismo, el socialismo español es más partidario de tomar atajos que de apostar por el Estado de Derecho.

En cuanto a Alfonso Guerra, viejas dosis de izquierdismo rancio y de palabrería fácil con la que llegar al público, conseguir su exaltación… pero poco más. Identificar el triunfo de Mariano Rajoy con un desmantelamiento de la sanidad y de la educación es una mercancía que ya sólo compran estómagos agradecidos.

El estilo de Guerra queda definido en una frase suya: "si se pudo derribar el muro de la vergüenza de Berlín, ¿cómo no se va a poder derribar el muro de la infamia de los mercados?". Una vez más, opta por escribir la historia a su manera ya que, por un lado, el muro de Berlín no cayó precisamente gracias al trabajo del socialismo, sino más bien de líderes que la izquierda desprecia como Ronald Reagan y Margaret Thatcher. Por otra parte, ilustró la capacidad para mirar hacia otro lado que tiene la izquierda cuando se habla de la URSS o más recientemente, de la dictadura comunista cubana. 

Y, evidentemente, no podían faltar los insultos a Rajoy (vago, perezoso). Es el recurso al estereotipo que tanto gusta a la izquierda progre, la cual tiende a hacer gala de una superioridad moral más virtual que real y con la que esconde una carencia de ideas y de argumentos.

En definitiva, Rubalcaba recurrió a la vieja guardia consciente de que, cuando menos mediáticamente, aquélla es capaz de llenar escenarios, aunque la mayor parte del público sean nostálgicos que tampoco tienen mucho interés en que se les identifique con el Zapaterismo y su legado económico (5 millones de parados), moral (negociación con ETA) y político (aumento del binomio división-crispación entre los españoles).

Draghi: ¡A por el oro de Berlín!

…o impulsar nuevas medidas de estímulo fiscal para incentivar la demanda interna, destaca por encima de todas una: hacerse con el oro de los bancos centrales, especialmente del Bundesbank alemán, para reforzar el Fondo de rescate europeo con 50.000 ó 60.000 millones de euros adicionales.

La noticia ha causado un auténtico terremoto este fin de semana en Alemania. Según la prensa germana, esta iniciativa partió directamente del presidente de EEUU, Barack Obama, el francés, Nicolás Sarkozy, y el primer ministro británico, David Cameron. En concreto, el banco central germano habría tenido que aportar unos 15.000 millones de euros de esos 50.000 ó 60.000 millones. ¿Cómo? Cediendo sus divisas extranjeras y, sobre todo, parte de su oro al FMI. El comunicado del G-20 señalaba lo siguiente: "[…] seguiremos asegurándonos de que el FMI continúa teniendo los recursos para desarrollar su papel sistémico […] estamos preparados para asegurarle que todos los recursos adicionales que necesite serán movilizados en el momento apropiado".

Entre las distintas opciones para recaudar fondos, citaba aumentar las contribuciones bilaterales de los estados miembros al FMI, la emisión de Derechos Especiales de Giro (su particular moneda) o la creación de una estructura especial, una especie de nuevo fondo al que hacer contribuciones voluntarias. El G-20 barajó hacer uso de las divisas extranjeras y el oro de los bancos centrales nacionales para poner en marcha estas dos últimas iniciativas.

Pero la propuesta no prosperó debido, precisamente, alrechazo frontal de la canciller Merkel, que fue advertida de la estratagema por el presidente del Bundesbank, Jens Wiedmann. Tras la protesta germana, la medida, consistente en expropiar el oro alemán, fue retirada de la agenda del G-20. Sin embargo, los líderes europeos acordaron seguir estudiando esta opción en la reunión de los ministros de Finanzas del Eurogrupo que se celebra este lunes. Es decir, parece que pese al "no" germano, no cejan en su empeño.

Esta surrealista situación alcanza, sin embargo, tintes aún más dramáticos de ser cierta la siguiente información: la idea, si bien fue propuesta por Obama, Sarkozy y Cameron, partió del propio BCE. La entidad, presidida ahora por el italiano Mario Draghi, lo niega, pero los germanos así lo constatan. La controversia ha generado una enorme desconfianza entre el Bundesbank y el BCE.

Las tensiones internas existentes entre los alemanes y el resto de socios presentes en la institución monetaria vienen de lejos. Tan sólo hay que recordar el abandono de Axel Weber, ex presidente del Bundesbak, y el posterior de Jürgen Stark, ex economista jefe, como consejeros del BCE para percatarse que se lleva fraguando una dura batalla en el seno de la institución desde hace tiempo. En concreto, desde el mismo momento en que, violando sus estatutos, comenzó a comprar bonos periféricos (mayo de 2010).

La llegada de Draghi está acelerando hasta límites insospechados esta irresponsable política monetaria. No en vano, apenas lleva unos días en el cargo y ya ha disparado un 138% la adquisición de deuda de alto riesgo: la semana pasada, la primera bajo su mandato, el BCE compró 9.520 millones de euros en bonos -la mayoría italianos-, frente a los 4.000 millones de la semana precedente. Además, en su primer consejo decidió reducir el tipo de interés hasta el 1,25%, tumbando las recomendaciones germanas de ir subiendo progresivamente tipos -tarea iniciada por Trichet-. Pero todo esto se queda corto ante la última sandez del italiano: ¡Quitarle el oro a Berlín!, el último vestigio de solidez y ortodoxia monetaria, una idea genial para desarticular por completo las reticencias alemanas contra la monetización masiva de deuda y los rescates indiscriminados de países.