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Lo realista es apostar por la libertad

El pasado sábado Alberto Recarte publicó su quinta entrega de lo que se ha llamado “Informe Recarte 3”. En ella, el presidente de Libertad Digital detalla su propuesta de reforma fiscal para cumplir con el objetivo de déficit con el que el actual gobierno se ha comprometido en los próximos años.

De forma resumida se basa, por una parte, en recortar gastos suprimiendo duplicidades en las administraciones públicas, reformando éstas para que su funcionamiento sea más eficiente y, por otra, en subir los impuestos indirectos (aunque también menciona una subida del IRPF para las rentas “más altas”) mientras se baja el impuesto de sociedades y se traslada parte del coste de la seguridad social, que hoy en día se financia por medio de cuotas que abonan las empresas en nombre de sus empleados, al IVA.

Por lo que entiendo de estas medidas, asume que el gasto no se va a poder reducir lo suficiente como para cumplir el déficit, por lo que apuesta por subir ciertos impuestos, sobre todo especiales, para cubrir el exceso de gasto, mientras reestructura IVA, IRPF y sociedades para que las empresas soporten menos impuestos, que serán trasladados al consumo y a penalizar aún más a los trabajadores altamente cualificados. Además, al estar los sueldos blindados por los convenios colectivos, opta por la bajada igualitaria de salarios por medio de reducciones de las cuotas de la SS, que obviamente tendrán que ser compensadas con la correspondiente subida de IVA al no proponer el cambio del sistema de reparto (esquema ponzi) a un sistema de capitalización. Con ello se supone que las empresas españolas ganarían cierta competitividad sin que los sindicatos puedan hacer nada.

Por lo que se ve es un plan de rescate en toda regla para mantener a flote el sistema actual a expensas de una clase media que va a soportar la mayor parte de la subida de impuestos recibiendo a cambio unos servicios que cada vez serán peores.

Como es evidente no estoy de acuerdo con ningún punto de los que se compone este plan. No hay ninguna razón para que los gastos no puedan ser recortados hasta cumplir el déficit, y mucho más allá, sin tener que subir impuestos. Y, como ya expuse, trasladar las cuotas de la SS a los impuestos indirectos es sólo una forma de engañar a los asalariados que no resuelve el problema de fondo: el sistema de reparto es una estafa.

Ante este rechazo, ciertas personas, mayormente conservadores pero también algunos liberales, me acusan de soñador o radical. Me recuerdan que vivimos en un país socialista y, por tanto, unas reformas en profundidad son imposibles; “mejor esto que nada” afirman, vaticinando que podemos terminar como Grecia si no llegamos a un acuerdo de mínimos que salve al Estado de la quiebra.

Mi respuesta es la que titula este comentario; no porque suene bien o me quiera agarrar a mis principios sino porque es la verdad. Un socialista tiene que renunciar a buena parte de su ideología cuando llega al poder, no porque quiera llegar a un consenso de mínimos con los que no compartimos sus ideas, sino porque sabe que las suyas nos llevarían a todos a la ruina, incluido a ellos mismos, en unos pocos años. Ellos tienen que ser realistas, nosotros lo somos de partida. Y por eso mismo no tenemos que renunciar a la realidad para amoldarnos a una visión socialista que lo enfanga todo, que nos lleva a la ruina pero con el agravante de ser ésta escogida por nosotros mismos. Un castigo por no ser lo suficientemente valientes como para escoger nuestro destino sin importar lo que pensará cierta parte de la población, más o menos numerosa, que hace tiempo que dejó de interesarse en cómo poder salir adelante por ellos mismos para centrarse en cómo vivir a costa de los demás.

¿Utópico? No, lo utópico es pensar que se puede renunciar a nuestras ideas, la única arma que tenemos, y que no nos van a apuñalar con las suyas en cuanto las circunstancias sean más propicias. No, así no funcionan las cosas. La única forma de avanzar en nuestra libertad es defender siempre y en cualquier circunstancia nuestras ideas. ¿Que no son mayoritarias? ¡Qué más da!, ya se encargará algún político de consensuarlas con el resto de las ideas imperantes en ese momento. Y cuando ese consenso vuelva a fallar, ahí estaremos nosotros para recordar que no hemos pedido ningún consenso sino más libertad. Pero si al realizar propuestas partimos de un sometimiento al socialismo que anula casi por completo cualquier avance de la libertad, entonces y sólo entonces podemos dar por seguro que la realidad se impondrá y nosotros seremos desechados con el resto de malas ideas que nos han llevado al desastre.

El liberalismo se convierte en neoliberalismo y no queda nadie para defender la libertad. Y entonces es cuando entendemos, demasiado tarde ya, que lo realista habría sido apostar por ella.

Ed Miliband sigue anclado en su discurso

Salvo por las palabras de su líder contra "los irresponsables depredadores", el resto del evento y la propia alocución de Ed Miliband no tuvieron mayor trascendencia. Reiterativo en sus palabras, insistió en el aumento de la regulación como fórmula para la recuperación económica. Apenas si hubo referencia a la realidad política internacional y a escenarios muy concretos, como Siria y Libia. Consecuentemente, no debe extrañarnos que las mayores ovaciones las recibiera cuando arremetió contra la coalición de gobierno entre tories y liberales-demócratas.

Un año después de haber ganado a su hermano de forma apretada, se presentaba ante los suyos. Tenía ante sí una tarea complicada ya que su victoria en las primarias no implicó consenso, sino más bien que, a partir de ese momento, su política podría estar influida por los sindicatos, cuyo voto fue decisivo para catapultarlo a la cúspide del Laborismo. En este sentido, han sido "las Unions" quienes más han alabado su figura, señalando que se había comportado como un "político veterano, con coraje, convicción y honestidad".

Sin embargo, aunque ha tratado de "ser el mismo", de ahí su afirmación "yo no soy Tony Blair ni tampoco Gordon Brown", lo cierto es que sus ideas y argumentos recuerdan más a los años setenta del Labour Party que a la renovación iniciada tras la derrota de 1992 frente a John Major. Asimismo, en ese deseo de buscar una personalidad propia ha caído en la ambigüedad, de tal modo que, cuando se le preguntó si su partido había virado a la izquierda, lo negó y afirmó que seguirían siendo una formación "pro-empresarios" (pro-business) pero también "pro-productores" (pro-producers) sin aclarar las diferencias y la línea de separación entre ambos conceptos.

En Liverpool, Ed Miliband ha seguido por los mismos derroteros de los 12 meses anteriores. Búsqueda del titular fácil pero de escaso contenido. Su estrategia parece consistir en apelar al lenguaje de izquierda, más bien radical, como arma para combatir la crisis económica en cuyo análisis de sus causas entonó un "a mi que me registren que no he sido". Para ello, criticó la forma en que el propio laborismo había gestionado la economía del país en los años previos, ofreciendo una explicación genérica: "el Labour Party perdió la confianza de la economía, bajo mi liderazgo, recuperaremos esa confianza".

Se trata de un modus operandi que ya vimos con el tema de los estudiantes y que más tarde se repitió con motivo de los disturbios de Londres del pasado agosto. Entonces, mientras David Cameron optó por un discurso bien argumentado y que enlazaba con los cimientos tradicionales de la filosofía del partido (especialmente por la apelación al binomio responsabilidad-libertad), Miliband prefirió rescatar aquella parte de la filosofía de su partido, justo la que Blair enterró, en función de la cual el hombre siempre es bueno y es la sociedad, o el contexto social en que le toca vivir, el que le hace malo. Una forma como otra cualquiera de ofrecer excusas para eludir la responsabilidad y la obligación personal.

Como vemos, Ed Miliband se decanta, como estrategia para retornar al número 10 de Downing Street, por practicar un discurso antagónico al del gobierno. Con ello, los únicos réditos que quizás pueda obtener sean procedentes de votantes liberal-demócratas descontentos, pero ¿alcanzarán para volver a ser el partido natural del gobierno, como en aquellos maravillosos años de la Tercera Vía? Creemos que no. Por ello, decir "no me gustaría ser responsable de hacer promesas que no puedo cumplir. Ese es el trabajo de Nick Clegg" es un brindis al sol que no aporta idea política alguna.

Sin ir más lejos, en la etapa final de su mandato, Gordon Brown hizo algo parecido y no le sirvió, como tampoco le valió en 1983 a Michael Foot frente a Margaret Thatcher. El electorado británico prefiere la alternancia de caras (partidos) a la de credos y cuando estos últimos hunden sus bases en los fundamentos más arraigados de la izquierda demagógica y radical, los rechaza sin contemplaciones.

La mala educación

Este principio de curso en la Comunidad de Madrid está siendo especialmente revuelto. La consejera de Economía pide el esfuerzo a los profesores de que trabajen dos horas más a la semana. Pero eso implica muchas cosas, los profesores se rebelan, los sindicatos, como no era para menos, sacan el cuchillo de sacar tajadas, los días de huelga aumentan, y esto parece que no se soluciona.

Los profesores de la pública se quejan de las subvenciones y regalitos que la Comunidad de Madrid ofrece a los colegios de enseñanza concertada, y de las ayudas encubiertas o no a los colegios privados.

Mientras que los sindicatos y profesores dicen que son tres mil los interinos que van a desaparecer, la administración habla de mil. Mientras los profesores explican la importancia de las tutorías, las autoridades autonómicas siguen diciendo que no es así. Unos acusan a los otros de mentir, de no pensar en los niños. Y el espectáculo, visto desde fuera, es penoso.

El resultado es que no se sabe cómo van a recuperar las clases los niños, quienes, además de ser víctimas del sistema, de ser utilizados por unos y por otros, están siendo involucrados por los profesores y padres, quienes les hacen participar y les visten con las famosas camisetas verdes, vendidas por IU.

Una oye en un taxi un debate entre profesores en la Ser y no sabe qué pensar: una profesora quita importancia a la debacle que va a ser tratar de dar todo el temario de este año y argumenta que eso no es nada en comparación con lo que se roba a los niños: talleres de tecnología con 30 alumnos, los profesores de la concertada con ordenadores gratis… En fin, un conjunto de reclamaciones que casi dan ganas de hacerle la ola, invadida por un ataque de compasión, hasta que recuerdo que aquí lo que importa son los niños y su educación. Esas reclamaciones no son la raíz del problema y esos bienintencionados profesores, pero también la Consejería de Educación y la Comunidad de Madrid, están cogiendo el rábano por las hojas.

Y el problema no es si hay una clase de tutorías o dos, sino que este sistema está podrido, es nocivo y hay que cambiarlo de arriba a abajo, o de abajo a arriba. Los diferentes planes educativos de todos los partidos, por más que estén preñados de buenas intenciones, no han servido para nada bueno. La educación politizada no es buena, y usarla para comprar votos es de lo más indigno que se puede hacer, porque se usa como piolet la formación y el futuro de los niños de hoy, solamente para trepar o conservar tu sitio en la poltrona.

La educación no debería ser un tema de debate político, sino que se debería afrontar honestamente, pensando cómo mejorar los alarmantes resultados de nuestros estudiantes. No solamente se trata del fracaso escolar, es un problema sistémico que abarca la educación desde los 4 a los 23 años. Toda la cadena está emponzoñada.

Y ahora viene la pregunta del millón, ¿cómo se sanea el sistema educativo? En primer lugar, no puede ser que un colegio forme en todas las disciplinas de siempre (matemáticas, lengua, ciencias naturales y sociales) y que además se atribuya (o le asignen) la educación sexual, vial, en multiculturalidad… Hay que equilibrar los objetivos con los recursos de que se disponen, y si fueran ilimitados y tuviéramos un presupuesto infinito y días de 48 horas, pues nada, pero es que no hay para todo, y el colegio, el instituto y la universidad tienen unos fines que no se están cumpliendo.

Nadie le quiere poner el cascabel al gato pero yo creo que nada como la pluralidad institucional, la libertad educativa para permitir que afloren resultados en un sistema estrangulado como el nuestro. Está claro que el volumen de gasto no implica mejores resultados, estamos ante una crisis más profunda: de actitudes, de valores. La libertad educativa permitiría que hubiera homeschoolers, que se crearan centros de estudios imaginativos que enseñen a responsabilizarse cada cual de su éxito, y dejar la palabrería y la política de lado.

La competitividad de las generaciones venideras depende de ello.

¿Sirve para algo la economía financiera?

Y así sucedía en las etapas más primitivas de la producción de bienes y servicios: cuando lo único que teníamos que hacer era tomar de la naturaleza las materias primas necesarias y esforzarnos en transformarlas, crear riqueza equivalía a convertir el entorno en las mercancías que directamente satisfacían nuestras necesidades o en las herramientas que necesitábamos para fabricarlas de una manera más eficiente. Por eso, en su momento los fisiócratas y los socialistas pensaron que el valor procedía respectivamente de la tierra y del trabajo: aquello que parecía esencial para generar riqueza obtenía valor de manera natural.

Con todo, la cosa cambia cuando el proceso de creación de riqueza se vuelve mucho más complejo al implicar a un número infinitamente mayor de agentes y de recursos que deben coordinarse entre sí en momentos muy distintos del tiempo. En tal caso, las decisiones sobre qué y cómo producir ya no resultan tan sencillas, pues de lo que se trata es de organizar todos esos recursos de tal manera que sean capaces de generar la mayor cantidad posible de bienes y servicios valiosos. Es entonces, en el momento en que dejamos de producir para el autoconsumo y pasamos a hacerlo para los demás, cuando los mecanismos de coordinación y de asignación de los factores productivos van adquiriendo una importancia cada vez más decisiva.

Los empresarios son uno de estos elementos coordinadores: pergeñan planes de negocio comprando o alquilando factores productivos, ensamblándolos y vendiendo las mercancías manufacturadas a sus clientes. Sin embargo, tengamos en cuenta que cada empresa es un centro de planificación aislado del resto: lo que decide un empresario no tiene por qué guardar relación con lo que escoge otro empresario, de modo que, al final, podríamos caer en lo que Karl Marx llamaba la "anarquía productiva".

Los empresarios necesitan un marco dentro del que coordinar sus actividades y ese marco es el mercado: el sistema de precios sirve justamente para que los empresarios puedan elaborar planes que sean consistentes entre sí y con las preferencias de los consumidores. Nadie (o muy pocos) disputa que una parte de ese mercado y de esos precios contribuyen claramente a producir riqueza: todas aquellas industrias dedicadas a la producción de bienes de capital y de bienes de consumo. Sin embargo, hay otra parte cuya relación con la generación de riqueza es bastante más difusa: los mercados financieros y todo el batiburrillo de volátiles precios de los activos financieros.

Son numerosas las personas que separan radicalmente la economía productiva de la economía financiera (Main Street vs. Wall Street), como si esta última no fuera también productiva y como si, de hecho, restara recursos a la primera. Una maniquea segregación que no se corresponde con la realidad. Los mercados financieros juegan el papel de coordinar intertemporalmente a los agentes económicos: su cometido es el de dar pautas a los empresarios acerca de cuándo deben proporcionar a los consumidores aquellos bienes que desean.

En concreto, los mercados financieros sirven para que los ahorradores señalicen cuánto tiempo están dispuestos a esperar y qué riesgos están dispuestos a asumir para disponer de bienes económicos futuros: quien invierte en una imposición a cinco años se está comprometiendo a renunciar durante un lustro a hacer uso de ese dinero (a menos que llegue otro ahorrador que se subrogue en tu posición y compre el bono); quien adquiere deuda subordinada está indicando que no le importa asumir un riesgo importante con tal de ver aumentada su rentabilidad; quien compra acciones transmite el mensaje de que desea formar parte de los propietarios de la compañía, asumiendo las venturas y desventuras del negocio; quien emite un CDS se está comprometiendo a asegurar un activo, aportando los recursos necesarios para cubrir las quitas en caso de que aparezcan, etc.

Todos estos instrumentos (imposiciones a plazo fijo, bonos subordinados, acciones, derivados…) sirven para poner en manos de los empresarios los recursos que han de invertir a largo plazo, es decir, los que les permiten producir elevadas cantidades y calidades de bienes de consumo en el futuro. El precio de estos instrumentos, la remuneración que recibe el ahorrador por abstenerse de consumir y el coste que soporta el inversor por emplear recursos ajenos, son los tipos de interés. Como sucede en todos los mercados, oferentes y demandantes deben ponerse en contacto para poder cerrar la transacción y, asimismo, resulta de enorme importancia que los precios de los distintos activos (los tipos de interés) se correspondan con la realidad, a saber, con su demanda y oferta final. Los bancos son los intermediadores por excelencia de los mercados financieros y los especuladores son los encargados de estabilizar los precios dentro de márgenes realistas.

En definitiva, los mercados financieros y sus diversos participantes (ahorradores, inversores, intermediarios y especuladores) desempeñan un servicio muy importante dentro de una economía: coordinar a quienes ahorran con quienes invierten dentro de unos parámetros compatibles con las necesidades de los consumidores. Al igual que las carreteras tampoco producen nada por sí mismas, los mercados financieros son útiles a la hora de distribuir el capital hacia sus usos más valiosos. Y por eso puede decirse que la economía financiera es productiva: porque tan importante como fabricar bienes y servicios es fabricar los bienes y servicios correctos al menor coste posible. Si todo fuera incrementar la producción material de cualquier cosa, el socialismo podría funcionar. Pero no, no puede porque es incapaz de asignar prioridades de acuerdo con las preferencias intertemporales de los agentes.

Siendo, pues, los mercados financieros una parte básica de nuestra estructura productiva, será lógico que parte de nuestros recursos se destinen a esta industria: trabajadores, edificios, ordenadores, redes, materias primas, etc. Simplemente, una parte de nuestras compañías las hemos de dedicar a prestar semejantes servicios, al igual que otra parte las dedicamos a la extracción de petróleo, otra al diseño de nuevas mercancías, otra al marketing, etc.

Cuestión distinta es la tan extendida afirmación de que los mercados financieros están absorbiendo todos los recursos de la economía, dejando a dos velas a la economía real. Aunque a corto plazo pueda tener lugar una absorción de capital por parte de los mercados financieros, no olvidemos que toda deuda, toda acción o todo seguro representan pasivos financieros que se han transformado en activos productivos; es decir, los activos con los que se especula en última instancia no son más que inversiones reales cuya titularidad cambia de manos. Basta con seguir el circuito del dinero: éste va a parar a los vendedores de pasivos financieros, quienes lo utilizarán o para producir bienes y servicios o para adquirir otros pasivos financieros, cuyos vendedores estarán en idéntica coyuntura hasta que al final todo el capital queda asignado de un modo u otro a proyectos reales: unos proyectos que podrían ser útiles… o no. La economía financiera no es infalible, por la simple cuestión de que el futuro –y las perspectivas de generación de riqueza de los distintos planes empresariales– es incierto. Perfectamente pueden aparecer burbujas financieras que den lugar a distorsiones dentro de la economía real. Mas no nos escandalicemos: los errores son inevitables (y se pagan en forma de pérdidas) en el proceso empresarial y, por tanto, también lo son en el sector financiero.

Lo que deberíamos exigir no es que no se produzcan burbujas, sino que esas burbujas no sean incentivadas, protegidas y amparadas por el poder político. Es lo que sucede en la actualidad, connuestro sistema financiero absolutamente intervenido, con nuestros bancos centrales que rebajan de manera artificial los tipos de interés, con nuestra divisa desligada del oro, con nuestros políticos predispuestos a rescatar a deudores insolventes y con nuestros reguladores obsesionados conprohibir las ventas al descubierto. Es decir, lo que deberíamos exigir no es que la economía financiera no exista, sino que deje de existir en su privilegiada forma actual.

Desconozco si, como dicen muchos, la economía financiera ha adquirido un tamaño desproporcionado con respecto a la economía real. Eso no me preocupa, pues existen motivos razonables para que haya más y mayores compañías financieras conforme la complejidad de nuestro tejido productivo se eleve. El problema no es ése, sino que su tamaño actual –grande o pequeño– depende del intervencionismo político dirigido a promover el endeudamiento insostenible de familias, empresas, bancos y gobiernos. El problema no es la economía financiera, sino la economía financiera ultraintervenida. En suma, exactamente lo mismo que sucede con la economía real. No carguemos nuestras iras contra el legítimo y útil oficio de especuladores, banqueros e inversores, sino contra el omnipresente intervencionismo económico que contamina todas sus decisiones.

Una ocasión para la caída de “lo social”

La crisis financiera de los estados es una ocasión para los liberales. Es cierto que la inercia de una opinión pública parcialmente favorable a la restitución de las competencias políticas sobre la crisis económica sigue actuando con cierta fuerza, pero es aún más cierto que los discursos emitidos en 2009 acerca de que la crisis de las entidades financieras habrían de iniciar una etapa de suspensión de la iniciativa de los mercados (Rodrigo Rato dixit) ha dejado paso a que la actual, relativa a las finanzas de los gobiernos, suspendan la suspensión. Lo más tóxico, ahora, es la deuda soberana. Esa misma deuda que era la solución es el mayor de los problemas.

La única alternativa a todo ello es la restitución de una franja, más amplia aún que la preexistente, de libre mercado, pues, aunque se vea como provisional, se sabe bien que si la creación de riqueza se obtura, no quedará estado que la succione ni, por tanto, subvenciones que sostengan el falso mito de "lo social".

Puede que se vea como lamentable y provisional esta situación, esta necesidad imperiosa e ineludible de reducir el tamaño de las administraciones. Sin duda la opinión pública, hoy difusamente partidaria de poner fin a los dispendios, será mayoritariamente propensa a exigir nuevas políticas de gasto público para volver a financiar la vida loca disfrutada en la década precedente. Pero esta dosis de realismo a la que nadie puede ya escaparse favorece la intrepidez política de quienes conservan todavía algún ideal liberal.

Pero sí es cierto que nada es seguro y no hay garantías de que un mínimo repunte del PIB en cualquier economía no genere una recaudación fiscal y un incremento en la penuria deudora que libere la imaginación delirante de que se puede volver a gastar. Por eso es determinante la capacidad de los políticos que supuestamente renovarán la dirección de las políticas públicas para exponer sin complejos la verdad. Y si no tienen esa valentía aún queda el recurso de que desde instancias supranacionales les hagan percibirla. Incluso culpar a éstas de la reducción del Estado del Bienestar llega a ser positivo para una adecuada pedagogía a favor de los mercados.

Ninguna reforma constitucional puede sustituir a la voluntad política de dar una oportunidad a la sociedad abierta de restituir su crecimiento económico. Lo importante es saber que este "parque temático" en que Europa se está convirtiendo (como José Borrell, en el único alarde de lucidez que se le conoce, dijo) sólo se sostiene decentemente si la economía más productiva de Europa, la alemana, sigue manteniéndolo. El problema para los socialistas de todos los partidos es que Alemania considera un lastre, por fin, esta situación. Es más, aunque han puesto ya amplios sectores de su opinión pública la necesidad de dejar de pagar a los improductivos de Europa, lo más crudo para éstos está aún por llegar.

De todo observador avispado es sabido que una buena parte de los gastos del Estado alemán está, aún hoy, subvenido indirectamente por los Estados Unidos. No solamente en forma de apoyo financiero a los rescates bancarios y soberanos europeos, sino por la simple geopolítica. Alemania puede hacer que su innegable productividad mantenga la improductiva maquinaria "social" de sus vecinos por la simple razón de que su protección militar disuasoria frente al eterno enemigo del este, Rusia, está esencialmente cargada al presupuesto norteamericano. Alemania ha podido financiar el sueño europeo porque los intereses geopolíticos siguen haciendo necesario que los EEUU mantengan un poderoso ejército en la locomotora económica continental. Y no es en absoluto seguro que el amigo norteamericano vaya a poder sufragar sus gastos militares al nivel actual.

Sean cuales sean las razones (crisis de las deudas soberanas y/o capacidad estadounidense para sufragar la seguridad alemana y, por ende, europea) el realismo se impone. Es aquí donde los liberales pueden hacer pedagogía. Unas reformas en la buena dirección pueden reactivar los mercados. Un renovado vigor de éstos puede mostrar que las fiestas siempre hay que pagarlas y que menos fiesta significa mayor bienestar.

Jobs, el libertario

No en vano, era un admirador de Ayn Rand. Uno de sus discursos más famosos recuerda mucho al magnífico alegato final de Howard Roark en El Manantial, novela de esta brillante autora.

Y es que Jobs era un ferviente defensor de la creatividad humana, la esencia misma de la economía de mercado. "La creatividad es simplemente conectar cosas", básicamente, experiencias vitales. "La innovación no tiene nada que ver con la cantidad dólares que inviertas en I+D […] Se trata de personas". Como es lógico, también era un amante del individuo y crítico del colectivismo. "Soy optimista en el sentido de que creo que los humanos son nobles y honorables, y algunos de ellos son muy inteligentes. Tengo una visión muy optimista de los individuos. Como individuos, las personas son intrínsecamente buenas. Tengo una visión algo más pesimista de la gente en grupos".

Fundador de Apple y padre de la nueva era informática y digital, el gran éxito de Jobs radica en haber facilitado y mejorado la vida a cientos de millones de personas, una tarea que el mercado le ha sabido reconocer y compensar a través de la histórica revalorización bursátil de su compañía.

Sus palabras lo dicen todo. Así pues, que hable el maestro…

Jobs fue adoptado. Su familia de adopción se comprometió con su madre biológica a enviarle a la universidad cuando se hiciera mayor. Sin embargo, Jobs abandonó a los pocos meses de matricularse, ya que no sentía pasión por lo que estudiaba y pensó que no compensaba el coste económico que le estaba suponiendo a sus padres. "No sabía que iba a ser de mí, pero confié en que las cosas saldrían bien. Fue una de las mejores decisiones de mi vida […] Al no estar matriculado no tenía clases obligatorias. Dejé de ir a las clases que no me interesaban y empecé a ir las que me interesaban".

Pero su travesía estudiantil no fue sencilla. Dormía en el suelo de las habitaciones de sus amigos y recogía "botellas de Coca-Cola por 5 céntimos el envase para poder comer". Aún así, se dejó guiar por su innata curiosidad e intuición. Entre las distintas asignaturas que escogió se decantó por la caligrafía. Y aunque pensaba que difícilmente tendría una utilidad práctica para su vida, 10 años después aplicó ese conocimiento en el diseño de su famoso Mac, el primer ordenador que incluía una "bella tipografía", copiada posteriormente por su principal competidor, Microsoft.

"Tuve suerte. Pronto supe qué era lo que más deseaba hacer en mi vida". A la edad de 20 años creó Apple en un garaje. Una década después, la compañía contaba ya con 4.000 empleados y un valor estimado de 2.000 millones de dólares.

Pero, una vez más, la vida le guardaba una ingrata sorpresa. A los 30 años fue despedido de Apple, de su propia empresa, debido a las diferencias de criterio que mantenía con su Junta Directiva. "Fue devastador, pero aún amaba lo que hacía, así que decidí empezar de nuevo […] Fue lo mejor que me podía haber ocurrido. Me liberó para entrar en uno de los periodos mas creativos de mi vida". Efectivamente, en los años posteriores a su despido creó la empresa NeXT y luego Pixar, uno de los estudios de animación más exitosos del mundo… Y cosas que pasan. Apple compró NeXT y Jobs volvió a Apple. La tecnología que desarrolló durante ese periplo se convirtió en el nuevo corazón del gigante informático estadounidense.

"A veces la vida te da con un ladrillo en la cabeza. No perdáis la fe. La única cosa que me mantuvo en marcha fue mi amor por lo que hacía. Tenéis que encontrar qué es lo que amáis. Si aún no lo habéis encontrado, seguid buscando. No os conforméis".

Jobs lo tenía muy claro. "Vive cada día como si fuera el último. Recordar que vas a morir es la mejor forma que conozco de evitar la trampa de pensar que tienes algo que perder". Y sentenciaba: "Ser el hombre más rico del cementerio no me importa. Irse a la cama por la noche diciendo que hemos hecho algo maravilloso. Eso es lo que me importa". Jobs puede estar satisfecho. Ha muerto un empresario que pasará a la historia de la humanidad. Descanse en paz.

El separatista Naboulione Buonaparte

El pequeño corso Naboulione sentía un odio visceral hacia los franceses. Unos meses antes de venir al mundo, Córcega había sido vendida por la república de Génova a Francia como pago de una deuda a su aliada tras verse incapaz de sojuzgar a los ariscos isleños. Era el sino de esta isla. Durante su milenaria historia había sido gobernada por romanos, vándalos, sarracenos, pisanos, turcos, aragoneses, genoveses, para acabar finalmente en manos galas.

Sin embargo, antes de pasar definitivamente bajo soberanía francesa, Córcega, ante el menguante dominio final genovés, conoció un breve periodo de independencia entre 1755 y 1769 que dejó extasiado a todos los ilustrados del momento. Fue la primera revolución auténticamente burguesa de Europa contra el Antiguo Régimen que promulgó, antes incluso que los americanos, una constitución democrática. El héroe de aquella gesta emancipatoria fue Pasquale Paoli. Fue el ídolo indiscutible del joven Naboulione.

La familia Buonaparte era de origen toscano y llevaba más de dos siglos asentada en Córcega cuando se produjo su anexión a Francia. El padre de Naboulione, Carlo María Buonaparte, formaba parte de la aristocracia local con escasos recursos y participó activamente en la resistencia armada contra los nuevos invasores. Su esposa, Letizia Ramolino, también de sangre noble corsa pero con más posibles, contrajo matrimonio a los 14 años aportando una suculenta dote de 7.000 libras genovesas. Pese a las constantes luchas y huidas junto a su marido de los ocupantes, no cesó de parir y cuidar manu militari a sus trece hijos (de los cuales sólo sobrevivieron ocho, Naboulione entre ellos).

Las tropas coloniales de Luis XV sometieron al fin a los sublevados en la batalla de Ponte Nuovo imponiendo acto seguido las leyes y el idioma francés en toda la isla (la matriarca Letizia se negó a aprenderlo y no llegó a hablarlo jamás; menuda era la mamma). Con ello la independencia corsa quedó oficialmente finiquitada. Pese a aquella derrota, en el imaginario corso se forjó una aureola alrededor de su héroe independentista Pasquale Paoli, que huyó rumbo a Londres en espera de una mejor ocasión.

Con Carlo María Buonaparte, lo que se forjó, sin embargo, fue un cambio de estrategia en la aproximación a los nuevos gobernantes galos para ganarse su confianza. Fue tan diestro en dicho empeño que consiguió labrarse una buena posición política como representante real por Ajaccio. Más tarde obtendría sendas becas costeadas por el erario francés para la formación de sus dos hijos mayores: el primogénito Giuseppe (el futuro Pepe Botella) se haría seminarista y Naboulione, militar. Pese a ello, este último siguió cultivando una intensa galofobia y no perdonó a su padre -antiguo secretario personal de Paoli- la traición acomodaticia que perpetró contra la memoria de su sufrido pueblo.

Naboulione partió, pues, a los diez años hacia la Francia continental. Dicha marcha la vivió como una deportación. Antes de ingresar en la escuela militar de Brienne debió aprender francés en un colegio jesuita, pues lo único que sabía era su dialecto natal. Hasta su muerte hablaría la lengua de sus opresores con un marcado acento italiano. Simultaneó su instrucción militar (completada por su paso por la Academia militar del Campo de Marte en París) con sus compulsivas lecturas y posteriores escritos acerca de las costumbres de Córcega, su idioma, su lucha por la libertad y su autogobierno. Parecía antes un hombre de letras que un militar. Apenas tuvo amigos por su carácter intratable, marca de la casa que le acompañaría toda su vida.

A los veinte años hizo la promesa al venerable Abad Raynal de escribir un libro sobre la historia de la indomable Córcega. Su rencor hacia Francia por haber ahogado la libertad de su nación era enfermizo; algún día merecería vendetta aquel ultraje. Un mes antes de que estallara la Revolución escribió a Paoli que temía que se le echaran encima los funcionarios opresores que gobernaban su isla por las ácidas críticas que les dedicaba.

Muerto su padre y siendo ya un oficial de artillería, se trasladó intermitentemente a su añorada Córcega desde la metrópoli gracias a numerosas (y descaradas) bajas por enfermedad en su servicio activo y que el Estado opresor tuvo siempre a bien concederle. Parecía no importarle que Francia estuviera ya en guerra contra media Europa. Se puso inicialmente a disposición del caudillo nacionalista Paoli, convertido entonces en un federalista girondino por conveniencia del momento. Desde que se supo que Luis XVI estaba considerando ceder la soberanía de la isla de nuevo al gobierno de Génova, la secesión estaba en la mente de todo patriota corso que se preciara. En la fratricida lucha de las diversas facciones locales, el enardecido Naboulione se enemistó con todos, incluido el mismo Paoli. Ante sus repetidos fracasos por hacerse con el mando insular, el joven oficial se decantó finalmente por los afrancesados favorables a la Convención republicana. Se produjo su conversión paulina al jacobinismo.

El progresivo deterioro de las relaciones de la saga Buonaparte con los paolistas llevó al cabeza del clan, Naboulione, a hacerse mediante intrigas, sobornos y secuestro incluido de un comisario, con la jefatura militar de la isla obteniendo 522 votos de un censo total de 492 votantes.Como solución final, salió de Bastia hacia Ajaccio con la intención decortar por lo sano y ametrallar a sus antiguos camaradas, devenidos contrincantes. Fracasó miserablemente. Después de aquello tuvo que huir con toda su familia para escapar al saqueo de su casa y al linchamiento por parte de sus sañudos compatriotas. Se refugiaron en Marsella para no volver jamás a su país. Corría el año 1793 y acababa de rodar la cabeza del monarca francés. Nuestro iracundo personaje llevaba siete años y medio en el cuerpo militar francés, de los cuales había estado de baja por vacaciones o simulando enfermedad un total de cinco años completos para poder participar en todas sus aventuras corsas.

En aquella nueva etapa pudo reconducir su ambición (ejercer el mando). Logró llamar la atención del benjamín de los Robespierre y fue nombrado capitán en el 4° regimiento de artillería de Niza. A la sombra de su otro protector providencial, el vizconde de Barras, empezó a labrarse una prometedora carrera militar en el seno del ejército francés. Su éxito bélico durante el sitio de Tolón –principal puerto de la marina de guerra francesa en el Mediterráneo–, tomado por las tropas británicas, le hizo merecedor de los galones de general de brigada. Fue su gran arranque. Le había tocado en Tolón luchar en el bando francés dadas sus circunstancias vitales pero nada le hubiese impedido hacerlo en el contrario, caso de que su difunto padre hubiese decidido acompañar a Paoli en su primer exilio londinense. Naboulione se consideró durante mucho tiempo un condottiero moderno.

Los íntimos anhelos de este antiguo separatista corso se verían sobradamente colmados a través de su oportuno afrancesamiento y de los medios que le proporcionaría su nueva nación adoptiva. El "général Bouona", como le denominaba la soldadesca revolucionaria, no tuvo más principios que luchar por el poder y una fortuna que amasar. Vaya si lo consiguió. El resto de las peripecias de este tirano es historia y mitología a partes iguales.

Mercadeo eléctrico

Hoy no pienso hablar de mercado eléctrico. Que yo sepa, nunca ha existido en España. Hoy voy a hablar de mercadeo eléctrico, de un mercadeo que ha transformado al sector energético en una pieza más de la política española.

Las elecciones suelen cambiar las estrategias y tácticas políticas. Los objetivos se suelen reducir a uno, llegar al poder o colocarse en una posición lo suficientemente buena para defender determinadas posiciones e intereses que no tienen que coincidir necesariamente con los de sus votantes y mucho menos con las de sus representados. El partido en el poder intenta por todos los medios no perjudicar a su candidato y entorpecer a los de la oposición y viceversa. En este juego electoral todo vale, como en el amor y en la guerra, y parece desaparecer toda moral y ética, pudiendo llegarse a un utilitarismo casi vomitivo.

El pasado 27 de septiembre tuvo lugar la subasta CESUR que fija parte de la tarifa de último recurso (TUR)[1] del mercado eléctrico español. La evolución de los precios de los mercados OTC y del pool eléctrico ya estaban avisando de que esta tarifa iba a incrementarse y el resultado final ha sido de un ascenso del 6%. Pero en el sistema regulado e intervenido que tenemos, la subida de la electricidad no la determinan la relación entre usuarios y empresas, ni las compañías por su cuenta, como algunos pueden creer, ni mucho menos estas subastas y mercados aparentemente libres. En España, quien determina el precio final es el Gobierno.

La subida de la energía en periodos de crisis económica es muy sensible. Por lo general, los ciudadanos no entienden por qué los servicios públicos tienen que subir cuando a lo mejor sus sueldos bajan, la gente pierde su trabajo o incluso las empresas privadas, sobre todo las pequeñas y medianas, hacen esfuerzos y bajan algunos precios de sus productos y servicios. Es más, hay mucha gente que piensa que los servicios que regula el estado, al no primar el ánimo de lucro y no perseguir un gran beneficio, deben ser más baratos que sus equivalentes estrictamente privados, frenando así esa ansia insana de beneficios empresariales. Los grandes beneficios de las compañías eléctricas están muy mal vistos por los ciudadanos que no entienden que, teniendo esos balances tan positivos, no puedan reducirse y ajustarse para dar un servicio más barato. En un país tan socialista como España, el ánimo de lucro ajeno está muy mal visto.

Como el escenario electoral es prioritario, una subida del precio de la electricidad sería un lastre para el actual candidato socialista Alfredo Pérez Rubalcaba. El gobierno no la quiere, así que ha decidido compensar ese incremento con los peajes de acceso, que podrían bajar para que no se pueda decir que el socialismo abusa de los españoles. El gobierno al servicio de los intereses del partido, ¿dónde está el tan cacareado interés general? Pero es que tampoco lo quiere la oposición, que defiende el abaratamiento de los precios en una medida claramente demagógica.

Sin embargo, esta medida tiene una derivada primera. Los precios que se están pagando no cubren los costes de producción y distribución y se genera un déficit de tarifa. Este déficit suele pasar sin pena ni gloria por los medios de comunicación porque parece una pelea interna en el entramado estado-empresa que domina el sector de la energía. Sin embargo, lo pagamos todos por la vía de los impuestos y ya roza los 20.000 millones de euros. La nueva medida del ejecutivo socialista incrementará de esta manera el problema de deuda que tenemos en España, generando más desconfianza en los mercados financieros que no quieren asumir el riesgo de un impago y exigen tipos muy altos.

Existe otra segunda derivada que puede ser tan catastrófica a largo plazo como el déficit y es que las eléctricas, al no cobrar lo que se les adeuda, se ven obligadas a buscar financiación para mantener sus inversiones y sus costes de operación. Esta financiación no es gratis y en definitiva supone una reducción del dinero del que disponen. De esta manera, se pueden ver afectados las inversiones y el mantenimiento. Además, las empresas del sector, con una gran proyección internacional, se plantean si deben invertir en un mercado problemático como el español o en otro donde las garantías de cobro y la estabilidad regulatoria es mucho mayor. En definitiva, se puede producir una fuga importante de inversiones hacia otros mercados más atractivos por su elevado crecimiento y seguridad.

El mercado eléctrico español muestra así su verdadera naturaleza, la de un mercadeo, un intercambio de favores basado en intereses a corto plazo de los agentes implicados y donde no se tienen en cuenta los intereses de los consumidores y los contribuyentes, en definitiva, las mismas personas. Pagar, pagaremos, directa o indirectamente. A muchos les parecerá que es mejor la segunda opción, pero sus consecuencias pueden ser mucho más negativas. En todo caso, el problema lo tendrá el siguiente gobierno y los mismos ciudadanos.



[1] Grosso modo, la TUR se compone de dos elementos: el precio de la energía que se fija a través de la subasta CESUR y los denominados peajes de acceso que los fija Industria con los que se retribuyen los costes regulados (uso de redes y primas de las energías renovables, principalmente).

Juego de intereses

El interés, legítimo o ilegítimo, justo, injusto, simple o compuesto, es uno de los objetos de estudio más controvertido en las ciencias sociales. La RAE, en lo que aquí nos interesa, lo define como "provecho, utilidad o ganancia", "inclinación del ánimo hacia un objeto, una persona, una narración, etc.", y "conveniencia o beneficio en el orden moral o material".

El hombre actúa en todo caso como consecuencia de una inclinación autónoma y personal. Dicha preferencia puede o no coincidir con el interés o las valoraciones de otro agente. En el intercambio voluntario, las valoraciones distintas convergen en forma de acuerdo mutuamente beneficioso. En términos subjetivos, quienes en él participan obtienen su propio interés generando sin quererlo una ganancia mutua.

Únicamente existe el "interés particular" frente al pretendido interés colectivo, social, general o público. La teoría política, y por extensión, la teoría económica, manejan comúnmente una dicotomía perversa en torno a la idea del interés. En esta línea, cualquier utilidad que se considere parte del interés general someterá al individuo, aunque no estime personalmente provechoso perseguirlo. El nomenclátor de intereses garantizados bajo dicha etiqueta es a su vez identificado con la motivación de lo público, los fines del poder social, cualquiera que sea su expresión. El interés colectivo prima sobre el particular, en términos morales y, por asimilación, también en términos jurídicos. Y de este modo, el poder social, incluso cuando éste sea privado y surgido del intercambio voluntario y la libre competencia entre agentes, será necesariamente identificado con los valores e "intereses" propios del catálogo que precisa lo general y lo colectivo.

Lo colectivo dentro del orden jurídico es comúnmente confundido con lo compartido. Se afirma que los límites jurídicos sobre el dominio privativo dependen estrictamente de una definición moral previa e indisponible de lo que debe ser parte del interés general. La teoría política incorpora estas ideas, concediendo sustancia y personalidad a la voluntad supraindividual. Tal abstracción coadyuva en determinar la entidad jurídica de los sujetos colectivos. Estos últimos no son descritos como aquella alianza competitiva y privada de intereses particulares en lo que a todos los intervinientes concierne y preocupa. Y en cuanto al Poder social público o Gobierno civil, deja de identificarse como aquel espacio común concretado por cierta integración institucional de una comunidad cultural y política. En ambos casos, son definidos por la presunta y metafísica preeminencia de una trama definida de intereses que somete a los individuos en sus querencias y necesidades personales.

El Estado no actúa como juez que dirime entre las reclamaciones de dos o más individuos. El Estado encarna intereses que gozan de un fondo autónomo y singular, fruto de la reificación de cierto constructo intelectual, práctica institucional u organización política, que deja de representar la coordinación pacífica de intereses sobre lo compartido, o su mera aspiración, para convertirse en el agente que representa y salvaguarda el interés general.

Aceptando semejante dualidad (o perversa dicotomía), el paso que sigue es el de calificar aquellos  actos y  fines particularísimos e individuales en función de su identidad u oposición con los valores e intereses considerados como colectivos o sociales por el consenso prepolítico. Egoísmo y altruismo pierden su auténtico significado para convertirse en instrumentos al servicio inquisitorial del socialismo.

Altruista será aquel que tenga interés particular en conseguir objetivos considerados sociales por la mayoría. El egoísta será quien persiga finescalificados como antisociales (pese a que, como hemos visto, todo intercambio voluntario, surgido del interés particular de dos o más individuos, genera un mutuo beneficio que debe considerarse "social" en sentido estricto), tachados de ese modo por el mismo consenso moral que define lo prepolítico y da lugar a cierto orden de convivencia. Se produce una relevante atribución de virtudes, así como de exclusión de vicios, para quien tenga como interés particular la realización de aquellos valores, fines y objetivos que se hallen incluidos dentro de la esfera de lo general, lo colectivo, lo público, en definitiva, "lo social". La avaricia será en todo caso un pecado egoísta, incluso cuando se ejerza desde la apariencia altruista. La filantropía no podrá ser nunca una cualidad más del individuo, sino que será interpretada como parte de su concienciación "social".

Siguiendo con esta idea, podemos afirmar que existen dos maneras de expresar y ejecutar fines particulares, en función de que hayan sido previamente categorizados como "egoístas" o "altruistas".

  • El primer canal es el de la libertad, proyectada ésta en un entorno institucional dinámico y competitivo donde los acuerdos voluntarios y la formación espontánea de un espacio moral y jurídico compartido permiten que los intereses particulares tiendan a traducirse en forma de oportunidades que resulten mutuamente beneficiosas. El altruismo se expresa en este ámbito como la entrega libre y personal de un individuo a las necesidades de otros, quedando al margen del estricto intercambio económico. El dominio (poder limitado, revisable y plural) define el orden social que funciona de este modo.
  • En segundo lugar, aparece la vía política, donde no existen intercambios libres y voluntarios, sino resignación, obediencia o adhesión. El egoísmo permanece y adquiere tintes dramáticos especialmente dentro de aparatos de represión y redistribución que ponen a disposición de quien ostenta todo el poder social y la autoridad pública (monarquía frente a poliarquía) un instrumento capaz de garantizar la preeminencia (en ocasiones, incluso la exclusividad) de cierto conjunto de intereses. Este altruismo aparente se traduce en la consagración jurídica de una serie de conductos redistributivos nutridos a través de la coerción de intereses particulares de unos, frente a una entrega sin contrapartida de medios suficientes para que otros consigan sus fines sin someterse al intercambio voluntario y las reglas institucionales compartidas. Se inventa la idea del conflicto de intereses, presentando al Estado como la única vía de resolución gracias al uso del monopolio de la violencia en que se traduce el imperio (poder ilimitado, inapelable y excluyente).

En uno y otro sistema funciona un principio desigual de atribución del control sobre los bienes y la propia integridad y dignidad personales. Dentro del primer mundo, el libre, individualista y competitivo, la propiedad plural se define en términos jurídicos como un dominio personal sobre determinados bienes, ordenado bajo la preeminencia institucional espontáneamente compartida, y que se encarga de dirimir y racionalizar la encarnación de la iurisdictio. En el segundo de los mundos descritos, el supeditado, colectivista y socialista, el imperio define las facultades y prerrogativas del poder social unificado (monarquía). Así, la iurisdictio se disuelve en el gubernaculum, quien se sirve de la legislación en su propósito por diseccionar el Derecho hasta desnaturalizarlo y convertirlo en la expresión del interés social.

Parásitos cerebrales, memes y memos

Son el no va más de la parasitología, parásitos capaces de modificar el comportamiento de sus huéspedes tomando el control de sus cerebros y haciendo que sus víctimas se comporten de forma extraña y aberrante, actuando en contra de sus propios intereses biológicos.

Hay muchos ejemplos, desde grillos que deciden ahogarse para que un gusano parásito que crece en su intestino pueda pasar la siguiente fase de su desarrollo en el agua, hasta hormigas zombis que infectadas por un parásito se encaraman a la hierba para ser ingeridas por las vacas, que de este modo pasan a ser el siguiente huésped.

También hay un caracol que al ser parasitado por un gusano se expone a ser comido por los pájaros y de esta forma infectarlos, así como una araña que al ser parasitada por una avispa, no solo es devorada desde dentro por las larvas, sino que además construye una red especial para que las larvas asesinas cuelguen el capullo donde completar su desarrollo…

Finalmente, hay una especie de primates que cada cuatro años vota y elige a unos individuos de su propia especie que les quitan el fruto de su esfuerzo y su trabajo.

En todos los casos, el proceso es parecido. Es un proceso que se realiza a nivel instintivo en el cual una serie de conductas estereotipadas son modificadas levemente en sentido favorable al parásito.

Así, por ejemplo, la araña parasitada tiene un programa de construcción de red que, digamos, se "encasquilla" en una de las etapas, de forma que un segmento de red que serviría de base para la construcción de la telaraña es repasado cientos de veces hasta que adquiere el grosor necesario para soportar el capullo del parásito.

Básicamente, el comportamiento de la araña está codificado en su ADN. El ADN del parásito lo que hace es producir sus propias proteínas que interfieren con las propias del huésped, modulando y alterando sus comportamientos instintivos.

En los primates que hemos mencionado el proceso es muy similar. Aquí también intervienen los instintos y las conductas estereotipadas que son aprovechadas por los parásitos para buscar sus propios fines.

Y es importante señalar que en ningún caso entra en juego el neocórtex, es decir, el pensamiento racional, sino que todo este proceso se da a nivel del sistema límbico.

Es decir, se utilizan sentimientos básicos, instintos primarios… algunos muy elevados como la solidaridad, el altruismo o la justicia, pasando por otros menos, digamos, nobles como la envidia, el miedo a lo desconocido y otros más o menos neutros como el sentimiento de identidad grupal.

Pero aquí no actúa el ADN biológico, no es una cuestión de genes. El primate al que nos estamos refiriendo es un ser altamente cultural y utiliza como sustrato de comportamiento los memes, unidades de información cultural que conforman los rasgos específicos presentes en el pool cultural de la población.

Y por supuesto, dentro de dicha población, el grupo de primates parásitos debe tener unos memes que puedan influir de manera positiva para sus intereses dentro de la propia población general parasitada, dándose un proceso de co-evolución, una carrera evolutiva en la cual ambos grupos de memes, tanto los de la población parasitada como del grupo parásito, se influyen mutuamente.

Un ejemplo. En las sociedades anglosajonas o escandinavas, sus rasgos culturales básicos, sus memes, contienen una programación básica que incluye el respeto a la propiedad privada, a la libre iniciativa, a la ley… El político que quiera vivir a costa de dicha sociedad ha de tener por tanto unos memes adaptados a dichas condiciones… Es decir, un mínimo de decencia…

En cambio en otras sociedades más cercanas, donde impera la cultura de la dependencia, de la corrupción, del estado omnipresente, los políticos y partidos que sobreviven y transmiten su memes son aquellos que encajan con la población parasitada… Es decir, los más demagogos, vacíos y corruptos.

En otras palabras, para que nos entendamos, existe una relación directamente proporcional entre el número de memos presentes en la sociedad y la posibilidad de que un memo llegue a presidente del gobierno…, como hemos podido comprobar.

Pero aun así, hay grados… Al igual que en los microorganismos parasitarios hay diferentes cepas más o menos virulentas, también las diferentes organizaciones políticas dentro de un país presentan memes más o menos dañinos para la sociedad, desde cepas portadoras de memes que pueden, en el mejor de los casos, significar un mutualismo simbiótico en el cual tanto la sociedad hospedadora como el huésped salgan beneficiados, lo cual no suele ser la norma, hasta cepas portadoras de memes deletéreos que acaben con la salud de dicha sociedad…

Y en un par de meses tenemos la oportunidad de librarnos de una de estas últimas cepas mencionadas…