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Cómo se armonizan las sociedades por medio de las transacciones en el mercado

Julan Omir Aldover. Este artículo fue originalmente publicado en FEE.

Cuando la gente oye la palabra “beneficio”, a menudo le vienen a la mente connotaciones negativas. Para muchos, los beneficios son fruto de la codicia material, emblema de la desigualdad y del mal estado de la naturaleza humana. Los distintos segmentos de la sociedad casi coinciden cuando se les pregunta por la naturaleza de los beneficios. Es una “palabra sucia”, como declaró el primer Primer Ministro de la India, Jawaharlal Nehru. Los medios de comunicación rara vez describen los beneficios como algo más que un margen sobre el coste, y los expertos se apresuran a demonizar a cualquier empresa que obtenga más de un margen de beneficio “razonable”.

Los políticos están en contra de los beneficios… ajenos

Los políticos son un ejemplo notorio de esta mentalidad. La demonización de los beneficios es un garrote conveniente para blandir contra el sector privado. Desplaza la culpa de las malas políticas del gobierno. Por ejemplo, cuando Estados Unidos salía de una alta inflación, algunas de las élites políticas del país se apresuraron a acusar a las empresas de “price gouging”, la práctica de subir los precios por encima de lo “justo”.

No importan los datos. Ignora los aumentos de la oferta monetaria y deja de lado los problemas de la cadena de suministro. Es mucho más fácil culpar a empresas y negocios. Estas entidades se mueven por el interés propio, que se considera intrínsecamente malo. “Denos más poder y nos aseguraremos de que estas empresas nunca obtengan beneficios a expensas del público”, es lo que se dice. No se trata de un fenómeno exclusivo de Estados Unidos; se pueden establecer paralelismos con la retórica utilizada por los políticos filipinos durante los recientes fiascos del azúcar y la cebolla. Al diablo con la economía. Los políticos tienen a su hombre del saco favorito y lo exprimen al máximo.

El beneficio, como garante de la calidad

Contrariamente a las connotaciones negativas, ningún otro mecanismo suscita intenciones más genuinas que el afán de lucro. Dejemos momentáneamente de lado las complicaciones de la sociedad moderna y pensemos sólo en una simple comunidad en la que somos vecinos enemistados. En esta comunidad, tenemos roles adicionales. Yo soy un vendedor y tú eres un comprador. Como quiero tu dinero, te ofrezco mi producto.

Dada nuestra historia de animosidad, es posible que tengas recelos sobre la calidad y seguridad del producto. Tal vez le preocupe su calidad o sospeche que lo he manipulado de algún modo para ponerle en peligro. Sin embargo, también sabe que soy codicioso. Sabe que me interesa convertirle en un cliente habitual. Al fin y al cabo, para que vuelva, su dinero sigue en mis manos. Teniendo esto en cuenta, puede estar seguro de la integridad del producto. Sabe que mi deseo de obtener beneficios es genuino y que nunca comprometeré el producto para su insatisfacción, ya que eso ensuciaría nuestra relación comercial. Por lo tanto, usted compra mi producto.

Esto es una simplificación excesiva de cómo la codicia actúa como garante de la integridad y la calidad. El mundo real nunca es tan sencillo como lo pintan, y la codicia puede conducir a malos resultados según las circunstancias.

El mercado convierte los “vicios” en virtudes

Sin embargo, ese sencillo escenario demuestra cómo el sistema de mercado aprovecha lo que generalmente se considera malo para convertirlo en una fuerza del bien. La codicia, por sí misma, es un vicio de carácter. Sin embargo, en un mercado libre apoyado por el marco jurídico y político adecuado, se convierte en el motor de la satisfacción del consumidor. A través del beneficio, las personas se ven incentivadas a utilizar sus facultades para satisfacer los deseos y necesidades de los demás. En un mundo en el que el único incentivo para producir sea la gratitud y la buena voluntad, no se producirá mucho. Un mundo así no existe o, si existe, no puede sostener civilizaciones durante largos periodos de tiempo.

La salvedad aquí es el marco de las leyes. La codicia puede utilizarse para el bien cuando los medios para satisfacerla pasan por satisfacer los deseos de los demás. Sin embargo, si el entorno político y jurídico permite que la codicia se satisfaga de formas menos deseables, puede ser perjudicial para la sociedad.

Codicia y política

La búsqueda de rentas, por ejemplo, se refiere al aumento de la riqueza propia sin contribuir a la sociedad en general. Este fenómeno se da a menudo en el ámbito político. Las empresas que presionan para obtener protecciones arancelarias y barreras contra la entrada de nuevos competidores en el mercado obtienen estos beneficios sin contribuir demasiado a la economía. También pueden sobornar a burócratas y políticos a cambio de beneficios especiales y dádivas.

En estos casos, las empresas satisfacen su codicia no aportando a la sociedad, sino a través del chanchullo y la corrupción. Representan un lastre constante para la economía que provoca un embotamiento persistente del crecimiento. En estos entornos, la codicia se convierte en una herramienta para engordar los bolsillos de políticos y empresarios por igual. Para fomentar la codicia como fuerza del bien, las reglas del juego deben ser equitativas y no dar lugar a prácticas desleales.

Una fuerza universal

La codicia sustituye a la confianza como garante de la integridad y la calidad, pero sería un error decir que la codicia es mutuamente excluyente de la confianza en el mercado. Es más exacto decir que la codicia sirve de base a la confianza y que existe simultáneamente con ella una vez establecidas las relaciones comerciales. Un comprador en un país extranjero sólo tiene el respiro de la codicia como garantía de que lo que se le vende cumple unas normas mínimas de calidad. Tras múltiples transacciones con el vendedor, se forma una confianza entre ambos, en la que coexiste la codicia.

Sin embargo, mientras que esta confianza puede ser exclusiva entre una pareja de comprador y vendedor, la codicia es un presupuesto universal que impregna la totalidad del mercado. La confianza se construye a través de una serie de transacciones satisfactorias entre un comprador y un vendedor, mientras que la codicia es una constante entre todos los vendedores, un hecho comprendido por todos los compradores.

Asambleas pacíficas y libres

La historia ofrece un ejemplo perdurable de cómo se construye la confianza en la búsqueda del beneficio. Al describir la Bolsa de Londres, el filósofo francés del siglo XVIII Voltaire escribió:

Entrad en la Bolsa de Londres -un lugar más respetable que muchos tribunales- y veréis a representantes de todas las naciones reunidos para la utilidad de los hombres. Aquí el judío, el mahometano y el cristiano tratan entre sí como si todos fueran de la misma fe. Y sólo aplican la palabra infiel a las personas que se arruinan. Aquí el presbiteriano confía en el anabaptista y el anglicano acepta una promesa del cuáquero. Al salir de estas asambleas pacíficas y libres, unos van a la sinagoga y otros a tomar una copa. Éste va a bautizarse en un gran baño en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. A aquél le cortan el prepucio a su hijo y le musitan unas palabras hebreas que no entiende. Otros van a su iglesia y esperan la inspiración de Dios con el sombrero puesto. Y todos contentos.

Voltaire

Considerar el beneficio y el libre mercado como un juego de suma cero ignora que las transacciones de mercado sólo se producen si los resultados son mutuamente beneficiosos para ambas partes. Dado que la obtención de beneficios es el objetivo universal de los vendedores, éstos se movilizan en torno a la satisfacción de los deseos y necesidades de los consumidores. Las historias de conflicto y las culturas contradictorias se dejan de lado por la búsqueda del beneficio en el mercado. Las sociedades se armonizan mediante transacciones de mercado basadas en el aprovechamiento de los deseos insatisfechos. Sin el incentivo del beneficio, la civilización vuelve a un estado en el que la única confianza que se establece es con los propios parientes, en el que los intercambios no reconocen valores recíprocos y en el que la guerra y la conquista son la única forma de salir adelante.

La indeseable democracia ateniense

Si hubiera una nación de dioses, éstos se gobernarían democráticamente; pero un gobierno tan perfecto no es adecuado para los hombres.1

— Jean-Jaques Rousseau

Entre los defensores de la democracia “real”, se suele mencionar al modelo ateniense como el más deseable, el más cercano a la perfección. Aquí veremos por qué ni siquiera este sistema es deseable.

Del mismo modo, cuando realizamos una crítica, la mejor manera de hacerlo suele ser con argumentos conceptuales o teóricos, que derrumben por completo la doctrina que se ataca. No obstante, y debido a que contra la democracia ya se han escrito muchos libros2, en este artículo rescataremos la historia de uno de los grandes de la filosofía.

Este es Sócrates, reconocido filósofo griego, y quien fue uno de los mayores defensores de la democracia ateniense. Sin embargo, tras su muerte, se convirtió en uno de los muchos motivos prácticos para oponerse a este sistema político.

Sócrates

Nace en Grecia en el año 470 antes de Cristo, y es enjuiciado y condenado a muerte en el año 399 a.C. Su mejor discípulo, Platón3, escribiría “Apología de Sócrates”4 cuatro años más tarde. La injusticia de su juicio —véase la contradicción— es de las mayores que han sido inmortalizadas por escrito y en el arte:

Para introducirnos correctamente, debemos saber que Sócrates era un gran defensor del sistema ateniense y de sus costumbres. Tanto fue así, que, pese a tener oportunidad de escapar de la prisión donde estuvo encarcelado durante treinta días antes de su condena, y como hicieron otros grandes como Anaxágoras o Aristóteles, decidió quedarse y cumplir con el que creía que era su deber: cumplir la ley.

Sus acusadores fueron cuatro: Aristófanes —se cree que le acusó buscando fama—, Meletos, Licon y Anitos. Los motivos concretos por los que se le acusaron no son tan relevantes aquí, pero por nombrarlos brevemente fueron tres: impiedad [asebia], corrupción de juventud y herejía. Todas estas acusaciones, como argumentó él mismo en su juicio, eran exageradas o directamente falsas5.

Cicuta democrática

No obstante, el hecho es que fue condenado a muerte, cuya narración también considero necesaria para entender mejor la crítica:

El sol estaba ya cerca de su ocaso. Llegó Sócrates, recién lavado, y después de esto no habló mucho. Agradeció las atenciones de los representantes de los Once y pidió: “Que traigan la cicuta, si es que ya está triturada”.

Salió un esclavo a buscarla y la trajo ya triturada, en una copa. Al verle Sócrates, le dijo: “Buen hombre, tú que entiendes de estas cosas, ¿qué es lo que debo hacer?”. “Nada más que beberlo y pasearte, hasta que se te pongan pesadas las piernas, y luego tumbarte”.

Así hará su efecto —y le tendió la copa. Tomóla con gran tranquilidad y sin alterarse ni su color ni su semblante… Al verlo beber no pudimos contener las lágrimas y nos recriminó: “Mandé fuera las mujeres y niños para evitar estas escenas. Ea, pues, mostraos fuertes”.

Al sentirse pesadas las piernas, se acostó boca arriba. El esclavo le preguntó si sentía cuando le apretaba el pie y le dijo que no. Y siguiólo tocándole y le dijo que cuando le llegara al corazón se moriría. Tenía ya casi fría la región del vientre, y descubriendo el rostro dijo éstas que fueron sus últimas palabras: “¡Oh, Critón!, debemos un gallo a Asclepio. Pagad la deuda y no lo paséis por alto”.

Y no habló más. Al cabo de un rato tuvo un estremecimiento y el esclavo le descubrió la cara: tenía la mirada inmóvil. Al verlo Critón, le cerró la boca y los ojos.6

Anaxágoras y aristóteles

Tras su muerte, el arrepentimiento fue generalizado. Tal fue este que uno de sus acusadores, Meletos, fue condenado también a muerte, y los otros tres fueron desterrados. Se le construyó también una estatua de bronce.

Este no fue el primer ni el único juicio arbitrario contra un filósofo en Grecia, aunque sí fue el primero donde se asesinó al acusado. Otros casos que hay que destacar fueron los de Anaxágoras7 y Aristóteles8, ambos exiliados. Este último, antes de irse, declaró lo siguiente:

No dejaré a Atenas pecar dos veces contra la filosofía

Y no sólo eso, sino que Sócrates antes de ser ejecutado declaró que “[e]sa peste no se detendrá con mi condena”, refiriéndose a los juicios ideológicos.

Ahora bien, ¿es esto intrínseco al modelo democrático?

Analizando simplemente los motivos por los que fue condenado, podemos responder con un rotundo sí. Estos motivos, además de ser falsos, mostraban el enorme miedo que se vivía en ese momento entre los aristócratas —en el mal sentido de la palabra—. Había un ambiente de tensión política, y el posible golpe de estado estaba a la vuelta de la esquina. Algunos lo describen como una suerte de caza de brujas.

Nuevamente, debemos responder con un rotundo sí. Y no sólo esto, sino que era una democracia bastante mejor que cualquiera de las actuales, al menos en términos institucionales. Veámoslo a continuación:

Primeramente, en la Antigua Grecia convivían más de 150 gobiernos diferentes, aunque todos bajo unos principios comunes, que podríamos equiparar a los cantones suizos actuales, salvando las distancias.

Además, el poder estaba dividido de manera jerárquica, y con una participación popular que no vemos actualmente en ningún estado moderno. Esta es como sigue, y en orden descendente: Ecclesia —máximo órgano, 10 reuniones anuales—, Boulé —550 de consejo, cámara deliberativa—, Pritania —50 bouletas y presidente, mandato de algo más de un mes—, Epistates —por sorteo, solo dura un día.

Asimismo, el poder ejecutivo estaba dividido en el arconte-rey, el tribunal de jueces [dikastai] y el tribunal popular [helieia].

La tiranía de la mayoría

A lo que pretendo llegar con esto es que los diferentes fracasos democráticos no dependen del sistema concreto, sino que son algo esencial al sistema. La tiranía de la mayoría no puede ser otra cosa que eso: en el mejor de los casos, una dictadura del partido más votado. Este es, en definitiva, uno de entre muchos argumentos que debemos empuñar para rechazar el sistema democrático, tanto en la teoría como en la práctica.

Finalmente, y como pequeña anotación final, me gustaría aclarar que no creo que todo defensor de la democracia sea alguien malo. Como decía Sócrates, la maldad nace de no saber lo que es bueno. Por tanto, el malvado es ignorante. Sin embargo, yo no creo que sea realmente así; efectivamente habrá ignorantes, pero también gente que actúe así sabiendo que no es lo correcto.

Por este motivo, y para concluir, considero necesario recordar que todo defensor de la democracia es o malvado o ignorante. A estos últimos es a quienes debemos convencer.

Recordad que este artículo no ha sido revisado por nadie y, por tanto, recomiendo encarecidamente revisar cada una de las cosas dichas en él, por si hubiera cualquier error. De ser así, por favor, comunicádmelo.

Notas

1 Ver “El contrato social”.

2 Al respecto, podéis consultar “Monarquía, democracia y orden natural”, de Hans-Hermann Hoppe, “El mito del votante racional”, de Bryan Caplan, o “Sin traición”, de Lysander Spooner.

3 Filósofo griego, discípulo de Sócrates y maestro de Aristóteles. Entre sus muchas obras, casi todas estructuradas en diálogos protagonizados por el propio Sócrates, el autor nos narra su visión sobre diferentes temas, principalmente la epistemología, ontología, ética y antropología. Podemos destacar obras como “República”, “El banquete”, “Parménides” o la propia “Apología de Sócrates”.

4 Para este comentario utilicé la edición de Alhambra.

5 Ver “Apología de Sócrates”, de Platón.

6 Extracto de “Fedon”, de Platón.

7 Filósofo presocrático, discípulo de Tales de Mileto, que elaboró una teoría ontológica basada en las homeomerías y que desarrolló el concepto de nous.

8 Filósofo griego, discípulo de Platón, que reorienta el estudio ontológico y epistemológico, introduciendo los conceptos de potencialidad, actualidad y reformulando la virtud platónica, rechazando así la dualidad clásica de este autor. Algunas de sus obras más relevantes son “Política”, “Ética a Nicomaco” o “Física”.

Polavieja no comprendió a Mises; tampoco a Menger (III)

Sobre el valor de uso y el valor de cambio

Introducción

Este apartado está dedicado a los conceptos valor de uso y valor de cambio, conceptos que serán utilizados para interpretar el fenómeno Bitcoin. Considero que esta actividad puede resultar fundamental a la hora de desmontar los habituales juegos de palabras y tergiversaciones que se dan en este asunto.

El valor de uso es, pues, la significación que adquieren para nosotros los bienes que nos aseguran de una manera directa la satisfacción de necesidades en unas circunstancias en las que, si no dispusiéramos de estos bienes, no podríamos satisfacerlas. El valor de intercambio es la significación que adquieren para nosotros aquellos bienes cuya posesión nos garantiza el mismo resultado bajo las mismas circunstancias, pero de forma indirecta.[1]

Como se puede deducir de las explicaciones de Menger, tanto el concepto valor de uso como el concepto valor de cambio o valor de intercambio son subjetivos. En la misma línea se pronuncia Böhm-Bawerk:

El valor de uso es la importancia que el bien tiene para el bienestar de una persona, suponiendo que esa persona lo utilice personalmente para dar respuesta a sus objetivos. De igual forma, el valor de cambio subjetivo es la importancia que el bien tiene para el bienestar de la persona, pero en función de su capacidad para procurarse otros bienes por medio del intercambio.[2]

Con anterioridad a Menger y Böhm-Bawerk, en el ámbito económico no solo era aceptado el valor de uso subjetivo, sino también el valor de uso objetivo. Y lo mismo, en referencia al valor de cambio, tanto el subjetivo como el objetivo. Tras el desarrollo de la teoría subjetiva del valor por parte de los fundadores de la Escuela Austriaca de Economía, todavía se arrastraron durante mucho tiempo esos conceptos caducos, que fueron utilizados incluso por algunos de los propios maestros austriacos, pues nunca resulta sencillo romper con el pasado. Aún hoy en día hay quien se sigue refiriendo al valor intrínseco de determinados bienes, como si tal cosa pudiera tener algún sentido. Todas estas circunstancias han provocado y siguen provocando mucha confusión.

Antes de continuar con lo que nos interesa, comencemos por aclarar que el concepto valor de uso objetivo es una contradicción en los términos, toda vez que el valor es siempre subjetivo. Este concepto, desechado en la actualidad en tales términos, venía a referirse, como nos dice Mises, a un funcionamiento técnico objetivo:

El concepto praxeológico de utilidad (valor de uso subjetivo, según la terminología de los primitivos economistas de la Escuela Austríaca) debe diferenciarse claramente del concepto técnico de utilidad (valor de uso objetivo, como decían los mismos economistas). El valor de uso en sentido objetivo es la relación existente entre una cosa y el efecto que la misma puede producir. Es al valor de uso objetivo al que se refiere la gente cuando habla del «valor calórico» o de la «potencia térmica» del carbón.[3]

El concepto valor de cambio objetivo es, igualmente, una contradicción en los términos y también se ha dejado de utilizar. Sin embargo, hasta el propio Böhm-Bawerk lo utilizaba, siguiendo el uso tradicional de este concepto en la ciencia económica. No obstante, también utilizaba, de vez en cuando, la expresión capacidad objetiva de intercambio que evitaba al menos la contradicción valor-objetivo. De la misma forma que Böhm-Bawerk, Mises también utilizaba el concepto valor de cambio objetivo en su obra de 1912, La Teoría del Dinero y del Crédito, aunque dejó ya de utilizarlo en su obra de 1949, La Acción Humana. Este concepto venía a significar en todos los casos lo que hoy entendemos como poder adquisitivo o poder de compra.[4]

En la tradición subjetivista de la escuela austriaca nunca se dudó de que la separación entre valor de uso y valor de cambio era un simple recurso explicativo que facilitaba el análisis. El propio Menger deja claro en 1871 que valor de uso y valor de cambio son “las distintas formas del único fenómeno general del valor”.[5] En esa misma línea, dice Böhm-Bawerk en 1889 que

es fácil ver que podemos hablar de dos «valores» solo con la misma inexactitud que lo hacemos cuando hablamos de «disposiciones alternativas de la utilidad marginal». Porque evidentemente para una persona solo puede tener un valor subjetivo. Valor es, por definición, la importancia que un bien tiene para el bienestar de un ser humano y ese valor no puede ser a la vez, grande y pequeño, alto y bajo. Pero la manera de pensar y hablar acerca de esto, aunque no totalmente correcta, es la forma real de pensar y hablar en la vida diaria y por esa razón, en los pasajes anteriores, he adaptado mi fórmula a ella.[6]

Y en 1912 dice Mises que “la distinción entre valor de uso y valor de cambio no tiene ya en la teoría del valor la importancia que solía tener”.[7]

En la práctica, no cabe duda de que es siempre una única valoración la que nos conduce a la acción. Esa valoración es, por supuesto, subjetiva. Y si nos centramos en la subjetividad de la valoración, evitando que la palabra cambio o la palabra uso nos lleven a equívoco, nos daremos cuenta de que el valor de uso y el valor de cambioúnicamente están relacionados con nuestras necesidades, el hecho de que la forma que encontremos de satisfacerlas sea a través del uso o del intercambio es circunstancial e irrelevante y no debería llevar a confusión. En definitiva, los conceptos valor de uso y valor de cambio pueden ser un buen recurso explicativo a nivel analítico, pero siempre que se utilicen para aclarar las cosas y no para tergiversarlas.[8]

Sobre el valor de cambio de Bitcoin en sus inicios

Las definiciones citadas al comienzo de este apartado nos permiten darnos cuenta de que cuando “nace” Bitcoin todavía no podía dar satisfacción a nuestras necesidades de forma indirecta, es decir, todavía no se podía cambiar por otros bienes que dieran satisfacción directa a nuestras necesidades. En consecuencia, en aquellos momentos iniciales, no era posible apreciar en Bitcoin ningún valor de cambio. Por supuesto, menos aún se podría haber apreciado utilidad monetaria,[9] puesto que esta implica un valor de cambio que todavía no era posible otorgarle a Bitcoin y algunas otras condiciones más (e. g., una gran comerciabilidad, que no podía existir en el momento de su “nacimiento”). En definitiva, la esperanza de que a Bitcoin se le pudiera llegar a apreciar valor de cambio y utilidad monetaria en el futuro no le otorgaba valor de cambio ni utilidad monetaria en el presente, que es más o menos lo que hace ilusoriamente Polavieja:

La “mera esperanza” de que un bien pueda servir para satisfacer la necesidad de comunicarse, es demandar el bien por el motivo de satisfacer la necesidad de comunicarse. Punto. No hay que elucubrar con otras necesidades. De la misma manera, la mera esperanza de que un bien pueda satisfacer la necesidad de intercambiar, ya es demanda por utilidad monetaria.[10]

Dejando a un lado el “tono” empleado por Polavieja en este párrafo, tengo que decir que esa esperanza, al igual que sucede con las expectativas, permite otorgarle subjetivamente a Bitcoin un valor de uso, pero nunca un valor de cambio. Aquellos que no estén de acuerdo con esta idea me gustaría que reflexionaran sobre lo siguiente. Todo el mundo, en mayor o menor medida, aprecia la música y concede valor de uso a alguna canción en particular. El valor de uso que una persona concede a una canción concreta se debe, entre otros posibles motivos, al agrado que siente al escucharla. Es decir, ese valor de uso se debe a que la canción logra dar satisfacción psicológica a ciertas necesidades de esa persona relacionadas con el disfrute del placer sensorial. Pues bien, de la misma manera, el valor de uso que una persona concede a una determinada cantidad de bitcoins también se debe, entre otros posibles motivos, a que dichos bitcoins logran dar satisfacción psicológica a ciertas necesidades subjetivas (e. g., la esperanza de que Bitcoin se convierta en dinero y el Estado pierda el monopolio en el ámbito monetario o la expectativa de una gran revalorización). En todo caso, tanto la satisfacción psicológica que una persona pueda alcanzar al escuchar su música preferida como la satisfacción psicológica (esperanza o expectativa)[11] que una persona pueda apreciar al adquirir determinada cantidad de bitcoins solo pueden ser valorados como valor de uso, nunca como valor de cambio.

En relación con esa esperanza que es posible alcanzar gracias a Bitcoin, Polavieja solía terminar sus artículos en el Instituto Juan de Mariana con las siguientes palabras de Hayek:

No creo que volvamos a tener un buen dinero hasta que se lo quitemos al Gobierno de las manos, es decir, no podemos quitárselo violentamente, todo lo que podemos hacer es introducirlo astutamente de tal forma que no lo puedan parar.[12]

Cuando Polavieja concluía sus artículos citando estas palabras, algo que ya no hace, estaba otorgando a sus bitcoins el valor de uso psicológico correspondiente a la esperanza que mantenía en aquellos momentos. Pero, en sí misma, esa esperanza no permitía otorgarle valor de cambio a Bitcoin. De hecho, las esperanzas que uno pueda albergar no permiten otorgarle valor de cambio a ningún bien (todo aquel que no tenga esto claro deberá volver a la definición de valor de cambio).

Este asunto de la esperanza y las expectativas como valor de uso será abordado con mayor detalle más adelante, puesto que se pueden plantear algunas dudas relacionadas con la ley de la utilidad marginal que será necesario solventar. Por el momento, seguiré tratando de establecer firmemente los fundamentos.

Sobre las “necesidades” y sobre la amplitud del concepto “valor de uso”

La acción humana persigue la satisfacción de necesidades subjetivas no satisfechas que son valoradas y consideradas como fines. Si no fuera así, no se actuaría en esa dirección. Todo ser humano satisface siempre en primer lugar las necesidades más básicas, pero cuando ya las tiene satisfechas surgen inmediatamente otro tipo de necesidades y actúa en consecuencia para satisfacerlas. Estas necesidades pueden ir desde lo más superfluo y mundano hasta lo más elevado. Tanto las propias necesidades como los medios que se consideren adecuados para satisfacerlas son producto de la subjetividad de cada persona, así que desde un punto de vista praxeológico no hay demasiado que decir al respecto. Aquellos que se hacen tatuajes o se ponen piercings es indudable que sienten esa “necesidad” y actúan en consecuencia para satisfacerla. Exactamente igual, aquellos que sienten necesidades intelectuales o ideológicas. Y lo mismo, aquellos que dedican su vida a Dios, a la ciencia, al altruismo, etc.

El distinguir las diversas actuaciones con arreglo a los múltiples impulsos que las motivan puede ser importante para la psicología o para su valoración moral, pero para la economía tales circunstancias carecen de interés. Lo mismo puede afirmarse de las pretensiones de quienes quisieran limitar el campo de la economía a las acciones humanas cuyo objetivo es proporcionar a la gente mercancías materiales y tangibles del mundo externo. El hombre no busca los bienes materiales per se, sino por el servicio que tales bienes piensa le pueden proporcionar. Quiere incrementar su bienestar mediante la utilidad que piensa pueden reportarle los diversos bienes. De ahí que no deban excluirse de las acciones «económicas» las que directamente, sin mediación de ninguna cosa tangible o visible, permiten suprimir determinado malestar humano.[13]

Hemos hablado con anterioridad del valor de cambio. Como veíamos en la definición de Menger, cuando se otorga valor de cambio a un bien es porque se puede usar para satisfacer las necesidades de forma indirecta. Es decir, o se puede usar para satisfacer las necesidades de forma indirecta o no se le otorga valor de cambio. Este valor de cambio es un concepto más bien estrecho, pues solo hay un tipo de valor de cambio, el que surge gracias al intercambio. Vayamos ahora al valor de uso. Cuando se le otorga valor de uso a un bien, es porque se puede usar directamente para satisfacer las necesidades. Es decir, o se puede usar para satisfacer directamente las necesidades o no se le otorga valor de uso. A diferencia del valor de cambio, el valor de uso es un concepto muy amplio, de hecho, no es posible imaginar un concepto más amplio, pues el ser humano, en su inmensa creatividad, puede descubrir infinitos tipos de valor de uso en un mismo bien.

Con un ejemplo, se podrá ver mejor lo que quiero plantear acerca de la amplitud del concepto valor de uso. Pensemos en la música y, en concreto, en una pieza musical determinada como es la última canción de Shakira con Bizarrap. Esta pieza musical puede tener valor de uso como mero disfrute sensorial. Puede tener valor de uso para crear un ambiente activo y dinámico en una tienda de ropa juvenil. Puede tener valor de uso como símbolo en el seno de agrupaciones feministas que promueven el empoderamiento de las mujeres frente a los hombres. Puede tener valor de uso en una asociación de mujeres engañadas como terapia emocional que ayuda a superar determinados acontecimientos de la vida privada. Puede tener valor de uso para la propia cantante como venganza personal y escarnio público contra su ex pareja. Sirvan estos casos hipotéticos únicamente como una pequeña muestra de los diferentes valores de uso que pueden ser apreciados en un mismo bien.

La satisfacción intelectual como valor de uso

Teniendo en cuenta todo lo dicho, nos daremos cuenta de la gran variedad de valores de uso que se pueden apreciar o descubrir en los bienes de nueva creación. Esta variedad comienza ya en el propio creador. Por ejemplo, cuando alguien crea un producto eminentemente práctico, las necesidades que satisface al hacerlo no son solo las relacionadas con la utilidad técnica del producto. Así, es indudable que el creador estará más o menos orgulloso de su creación y sentirá la satisfacción intelectual de haber tenido la capacidad de desarrollar el producto. Si trasladamos esto a Bitcoin, es posible asegurar que para Satoshi Nakamoto tanto el sistema como las unidades que surgen de ese sistema tenían valor de uso desde un inicio, al menos en cuanto suponían la culminación de un desafío que logró satisfacer las necesidades intelectuales de su creador. Cuando Satoshi Nakamoto descubrió como encajar las piezas de ese puzle que es Bitcoin, cuando publicó su white paper y cuando minó el genesis block dio satisfacción a aquellas necesidades intelectuales que le habían conducido tiempo atrás a emplear su tiempo y sus recursos en esa tarea.

Obviamente, no fue únicamente una necesidad intelectual lo que motivó a Satoshi a emprender ese camino. El hecho de que ponga el énfasis en este asunto se debe a que Polavieja mostró una gran sorpresa en su artículo por el mero hecho de que hice referencia a un valor de uso “intelectual” de Bitcoin en sus inicios (dijo textualmente: “¿satisfacción intelectual?, ¡¡por favor!!”). Pero si él se sorprende con mi afirmación, más sorprendido estoy yo con su asombro. ¿Pretende Polavieja que no es posible valorar, por ejemplo, el intento de Bit Gold por parte de Nick Szabo? ¿Acaso no es cierto que Satoshi tiene en cuenta las aportaciones previas de Wei Dai, Ralph Merkle o Adam Back? Como resultará evidente, la alta valoración intelectual que estas aportaciones previas le merecen a Satoshi se demuestra cuando las incluye como referencias en su white paper. Esta circunstancia significa que estas aportaciones tienen para Satoshi un claro valor de uso, pues fueron tenidas en cuenta y/o utilizadas para el desarrollo de Bitcoin. ¿Hubiera sido posible Bitcoin sin el valor de uso “intelectual” que Satoshi concedió a los trabajos teóricos existentes con anterioridad? ¿Hubiera sido posible Bitcoin sin el valor de uso “intelectual” que Satoshi concedió a su propia investigación? Si no la hubiera valorado, es indudable que la habría abandonado a medias.

Naturalmente, la motivación intelectual de Satoshi no era su única motivación y probablemente no la principal, pero es evidente que esa motivación existía. Cuando cité la “satisfacción intelectual” en mi réplica al artículo de Polavieja, lo hice únicamente para dejar claro que Bitcoin era un bien desde un inicio (lo era desde el punto de vista de Satoshi, pues ese bien lograba dar satisfacción a su necesidad intelectual). Por supuesto, se podía considerar igualmente un bien desde otros puntos de vista que ni siquiera consideré necesario citar, pues en aquella parte de mi réplica solo se trataba de señalar que, según el criterio de Menger, Bitcoin era indudablemente un bien (al menos, en el sentido citado), pero no era de ningún modo un bien monetario (lo sería más adelante). En aquellos momentos iniciales, no se podía otorgar valor de cambio a Bitcoin ni se podía utilizar como medio de intercambio indirecto (utilidad monetaria). Solo se trataba de señalar eso, cosa que al parecer no le gustó a Polavieja que señalara.

Valores de uso peculiares y su utilidad marginal

Decía más arriba, cuando hablaba del valor de uso de la esperanza y las expectativas que muchos encontramos en Bitcoin, que desde un punto de vista económico se podrían plantear algunas dudas que sería necesario solventar, relacionadas con la ley de la utilidad marginal. Debo recordar antes de nada que nos situábamos en los inicios de Bitcoin, cuando todavía no era posible utilizarlo como medio de intercambio. Pues bien, hay que empezar por decir que en términos económicos es un error de concepto referirnos de forma general a la esperanza y las expectativas depositadas en Bitcoin (considerado como un todo), puesto que el valor de un bien “viene determinado por su utilidad marginal, no por la utilidad «filosófica» de los bienes tomados en absoluto o en abstracto.”[14] Este error tan simple, repetido a lo largo de la historia, impidió durante mucho tiempo que los economistas resolvieran la supuesta paradoja del valor entre el agua y los diamantes. Si el agua es más necesaria para el ser humano que los diamantes, ¿por qué los diamantes son más caros que el agua? La solución a la paradoja del valor pasaba por darse cuenta de que no se compara el agua en su conjunto con los diamantes en su conjunto, sino que se comparan cantidades específicas de unidades relevantes para la acción de un sujeto en un momento determinado. Como señalaba muy acertadamente Menger, “valor es la significación que unos concretos bienes o cantidades parciales de bienes adquieren para nosotros, cuando somos conscientes de que dependemos de ellos para la satisfacción de nuestras necesidades”.[15] Por tanto, aunque filosóficamente podamos reflexionar sobre Bitcoin de forma general, nuestra valoración praxeológica (que es la que nos conduce a actuar) solo se puede referir a una cantidad parcial de ese bien, pues es solo una cantidad concreta la que nos permitirá satisfacer nuestras necesidades. Rothbard también subraya esta idea al decir que el valor “no pertenece en abstracto a una clase de bienes; es atribuido por los consumidores a unidades reales, específicas…”[16] En definitiva, una valoración subjetiva de Bitcoin debe consistir en elegir entre cierta cantidad de bitcoins o cierta cantidad de bienes alternativos que pueden competir con esos bitcoins a la hora de paliar nuestras necesidades.

Planteado así el asunto, tenemos que dilucidar si los valores de uso que hipotéticamente se le podrían haber apreciado a Bitcoin en aquellos momentos iniciales de su existencia eran coherentes con la ley de la utilidad marginal. Citábamos anteriormente como posibles valores de uso, en primer lugar, la satisfacción intelectual del creador de Bitcoin. También mencionábamos como valor de uso la esperanza de que Bitcoin se convirtiera en dinero. De igual manera, la esperanza de que Bitcoin le quitara el dinero de las manos al Estado. Y, por último, la expectativa de una gran revalorización. En todos estos casos nos encontramos ante valores de uso un tanto peculiares, pero ya se ha explicado que tanto las necesidades como los valores de uso no tienen límite alguno (son subjetivos). A cualquier bien se le puede atribuir subjetivamente valor de uso simplemente por el hecho de que logre dar satisfacción a una necesidad psíquica. Y, evidentemente, ese es el caso de la satisfacción intelectual, de la esperanza y de las expectativas. Por tanto, lo que nos queda ahora es ver si esos valores de uso eran o podían ser atribuidos a una cantidad específica de bitcoins o, por el contrario, solo se trataba de simples valoraciones filosóficas de Bitcoin, en cuyo caso, no se podrían considerar verdaderamente valores de uso. Quede claro que esta “confrontación” no quiere decir que no pueda darse al mismo tiempo una valoración filosófica y un valor praxeológico, pero en nuestro análisis debemos dejar a un lado la primera y centrarnos exclusivamente en la segunda.

Vayamos con el caso de la satisfacción intelectual. Cuando Satoshi Nakamoto publica el white paper de Bitcoin, es evidente que siente la satisfacción de un logro intelectual y puede atribuirle valor de uso. No obstante, no es el valor de uso de una publicación lo que estamos buscando, sino el valor de uso de unos bitcoins que en ese momento todavía no existían. Sin embargo, cuando se produce el genesis block, nos encontramos ya ante 50 bitcoins y ante una persona que ha utilizado esfuerzo, tiempo y recursos en su consecución. Por tanto, es indudable que puede sentirse satisfecho intelectualmente y atribuirles valor de uso en ese sentido. Pero esto no acaba aquí, pues el proyecto continúa, debe seguir desarrollándose y corrigiendo sus pequeños fallos de funcionamiento. En consecuencia, cada nuevo bloque que se mina con éxito (tic toc, un nuevo bloque cada diez minutos desde el año 2009) supone una nueva satisfacción intelectual (producto de las mejoras introducidas en el proyecto). Y, dado que Bitcoin era (y es) un proyecto en continuo desarrollo, siempre se podrá atribuir un valor de uso intelectual a los bitcoins que se minen exitosamente bajo nuevas especificaciones.

Vayamos ahora con los casos de la esperanza puesta en que Bitcoin se convierta en dinero o en que le quite el dinero de las manos al Estado. El motivo por el que pueda pensarse que son deseables estas circunstancias resulta aquí irrelevante. Lo realmente importante es que para que podamos reconocer un valor de uso tiene que haber unos bienes que nos aseguren de manera directa la satisfacción de ciertas necesidades. Evidentemente, Bitcoin no asegura las circunstancias citadas, pero de lo que se trata aquí no es de las circunstancias en sí, sino de la esperanza puesta en que tales circunstancias sucedan. En este sentido, resulta claro que, ante una necesidad psíquica, a cualquier medio que le dé satisfacción se le podrá atribuir valor de uso. Es cierto que hasta este momento el planteamiento puede parecer más general o filosófico que referido a cantidades específicas de bitcoins. Sin embargo, nada impide que una persona adquiera[17] una cantidad específica de bitcoins por el mero hecho de ser consecuente con sus ideas, apoyando así el proyecto que vislumbra en Bitcoin (económico, político, filosófico o del tipo que sea), y obtenga de esa manera una esperanza que le permite otorgar valor de uso a los bitcoins adquiridos. Y no importa cuántas veces se repita esta acción, puesto que en cada una de las ocasiones la nueva adquisición de bitcoins implicará siempre que esta persona ha situado las nuevas unidades en una posición ordinalmente superior en su escala de valoración a otros bienes que podría haber adquirido alternativamente para tratar de satisfacer sus necesidades.

Algo similar se puede aplicar a la expectativa de una gran revalorización. Si alguien tiene esa expectativa, lo lógico es actuar en consecuencia, es decir, lo lógico es comprar/minar bitcoins. Y el hecho de comprarlos/minarlos debido a la expectativa de una gran revalorización es la constatación de que a tal expectativa se le concede valor de uso. En definitiva, se puede concluir que los valores de uso que hipotéticamente se le apreciaban a Bitcoin en los momentos iniciales de su existencia son coherentes con la ley de la utilidad marginal.

Notas

[1] Menger, Carl (1871) Principios de Economía Política. Madrid:Unión Editorial, 2019, p. 290

[2] Böhm-Bawerk, Eugen von (1889) Teoría Positiva del Capital. Madrid: Ediciones Aosta, 1998, pp. 279-280

[3] Mises, Ludwig von (1949): La acción humana. Madrid: Unión Editorial, 2007, p. 145

[4] He realizado un breve análisis crítico del concepto “valor de cambio objetivo” y de su utilización por parte de Mises en la nota 21 pp. 73-74 del artículo “La liquidez frente al teorema de la regresión del dinero: una crítica a J. R. Rallo”. Revista Procesos de Mercado, vol. 19, no. 1, Aug. 2022, pp. 63-96. https://www.procesosdemercado.com/index.php/inicio/article/view/776/863  

[5] Menger, 1871, óp. cit., p. 291

[6] Böhm-Bawerk, 1889, óp. cit., p. 280, nota 5

[7] Mises, Ludwig von (1912) La Teoría del Dinero y del Crédito. Madrid: Unión Editorial, 1997, p. 72

[8] En este trabajo se utilizarán los conceptos valor de uso y valor de cambio para interpretar el fenómeno Bitcoin. Pero esta interpretación solo es posible sobre una base teórica que se ha desarrollado previamente. En el próximo número de la revista Procesos de Mercado se publicará un artículo que he escrito en colaboración con el profesor Philipp Bagus. Entre otras cosas, en dicho artículo se analizarán desde un punto de vista teórico general los conceptos valor de uso y valor de cambio, refutándose la posibilidad de la existencia de un bien con valor de cambio y sin valor de uso previo. Si el lector del presente trabajo echa en falta alguna explicación o no entiende alguno de los argumentos que aquí se emplean, le sugiero que lea dicho artículo, puesto que se complementa perfectamente con este.

[9] Utilidad monetaria o bien monetario es una forma breve (e incorrecta) de referirse a la utilidad de un bien como medio de intercambio. Evidentemente moneda y medio de intercambio no son lo mismo, sin embargo, esas expresiones se suelen usar de una forma general con ese significado. Por ese motivo y por la falta de otra expresión más adecuada para referirnos a esta idea de forma breve, en este escrito se utilizarán tales expresiones.

[10] Véase “Bitcoin es una mercancía II

[11] RAE: Esperanza: Estado de ánimo que surge cuando se presenta como alcanzable lo que se desea. RAE: Expectativa: Posibilidad razonable de que algo suceda.

[12] Estas palabras de Hayek eran utilizadas por Polavieja al final de sus artículos, por ejemplo en este: https://ijmpre2.katarsisdigital.com/ijm-actualidad/analisis-diario/bitcoin-burbujas-y-especulacion/

[13] Mises, 1949, óp. cit., p. 284

[14] Rothbard, Murray N. (1995): Historia del pensamiento económico (Vol. I): El pensamiento económico hasta Adam Smith. Madrid: Unión Editorial, 1999 (segunda reimpresión, 2012), p. 92

[15] Menger, 1871, óp. cit., p. 172

[16] Rothbard, 1995, óp. cit., p. 416

[17] Más que adquirir, me tendría que referir a minar, puesto que para este planteamiento nos situábamos en los inicios de Bitcoin, cuando todavía no se podían comprar bitcoins en el mercado. No obstante, mantengo el uso de la palabra “adquirir” para hacer más sencillo el argumento. Considérese que “adquirir” se refiere de forma general a emplear recursos para obtener bitcoins.

El debate sobre las mercancías

Joel Serrano

La liquidez frente al teorema de la liquidez del dinero: una crítica a J. R. Rallo

Manuel Polavieja

Mises no comprendió a Menger (I)

Mises no comprendió a Menger (II)

Mises no comprendió a Menger (III)

Bitcoin, dinero y mercancías

Bitcoin es una mercancía (I)

Mises no comprendió a Menger (IV)

Joel Serrano

Manuel Polavieja no comprendió a Mises; tampoco a Menger (I)

Manuel Polavieja

Bitcoin es una mercancía (II)

Refutación del teorema regresivo de Mises

Joel Serrano

Manuel Polavieja no comprendió a Mises; tampoco a Menger (II)

Manuel Polavieja

Mercancías y economía de mercado

Políticas de estímulo e inflación

Durante los últimos dos años hemos asistido a un aumento considerable de los niveles de precios en prácticamente todos los países desarrollados del mundo. En la Eurozona, la inflación anual en junio de 2021 era del 1,9% (justo en el límite del objetivo del 2% fijado por el Banco Central Europeo). En octubre de 2022 llegó a su pico (10,6%), y desde entonces ha moderado su crecimiento hasta llegar al 6,1% en mayo de este año. Los shocks por el lado de la oferta (cuellos de botella derivados de la Covid-19 y la invasión de Rusia a Ucrania), son dos de los factores que ayudan a explicar este incremento de precios.  

Los gobiernos europeos han tomado medidas de política fiscal discrecionales para combatir los altos precios. El objetivo es ayudar a los hogares mitigar la caída de sus ingresos en términos reales. El Banco Central Europeo estima que las ayudas han podido tener un peso de alrededor del 2% del PIB. Estas ayudas han llegado en forma de subsidios y transferencias y la reducción de impuestos indirectos. Se puede ver en este gráfico.

Estímulos e inflación

Una de las cuestiones que más controversia ha creado en la conversación pública, en particular la especializada en economía, ha sido hasta qué punto los estímulos fiscales aprobados en 2020 y 2021 para mitigar las consecuencias económicas de la pandemia han contribuido al aumento de los precios. Es decir, ha habido shocks de oferta. Pero las políticas de demanda, ¿también son un factor relevante que explica los registros de inflación excepcionalmente altos de los últimos meses?

La Reserva Federal de San Luis

Un estudio publicado por el Banco de la Reserva Federal de San Luis concluye que las políticas de estímulo tienen un peso significativo en el aumento de los precios. Primero, los autores estiman que los estímulos fiscales, en una muestra de 52 países, frenó la caída del consumo en periodos de movilidad reducida. Pero incrementó el consumo de bienes en periodos de recuperación. Sin embargo, estas ayudas no tuvieron impacto significativo en la producción industrial. Es decir, la oferta no se ajustó lo suficiente para compensar el aumento de la demanda. Tampoco afectó al empleo, lo que corrobora la idea de que la producción industrial no se benefició de las políticas expansivas.

La investigación quiere medir el impacto que tuvo en los precios. Por eso, calcula el exceso de inflación tomando como punto de partida la tasa de inflación anual de febrero de 2022. A esta, le restan el crecimiento promedio de la inflación experimentada por cada país entre 2015 y 2019. Se considera también la exposición a los estímulos fiscales de otros países. Independientemente de los controles y la definición de inflación (subyacente y general), el resultado no varía. “El exceso de inflación está fuertemente asociada con la exposición tanto a los estímulos domésticos como los procedentes del extranjero”.

Tres tipos de shocks

Este trabajo llega a conclusiones similares a las del realizado por Giovanni et al. (2022), quienes descomponen los factores determinantes de la inflación en tres tipos de shocks:

  1. Shocks de oferta, para los cuales, debido a los confinamientos, se reduce la oferta laboral.
  2. Unos shocks de demanda, procedentes de los cambios de composición de las cestas de consumo.
  3. Otros shocks de demanda agregada, debido a las transferencias y políticas monetarias estatales.

Este otro paper permite estimar a los investigadores que dos terceras partes del aumento de la inflación observada en los Estados Unidos se debe a shocks de la demanda, especialmente los relativos a los estímulos fiscales y monetarios. En concreto, si solo hubiera habido una inflación conducida por el lado de la oferta, esta habría alcanzado el 3%. Si solo se considera la inflación por el lado de la demanda agregada, el incremento de los precios habría sido del 6%. En la Eurozona, los shocks de demanda son menos relevantes (explican el 50% del aumento de los precios registrados), y con una gran importancia de los shocks producidos en otros países.

Es decir, estos dos trabajos confirman que los altos niveles de precios alcanzados en los últimos dos años se explican de manera significativa por una política de estímulos fiscales y monetarios que no se vio acompañada por un aumento de la producción. Esto no quiere decir que los shocks de oferta, como los famosos cuellos de botella, no hayan tenido efectos significativos. Cabe realizar una última aclaración para aquellos que piensen que una menor dependencia del comercio internacional hubiera evitado el alza de precios. Aunque buena parte de la inflación sea importada (especialmente en Europa), la situación hubiera sido peor, ya que los shocks externos se convertirían en domésticos. 

Reformas profundas y difíciles, un cambio necesario

Los últimos acontecimientos electorales y las predicciones demoscópicas, nos hacen augurar que en muy poco tiempo veremos un cambio de timón en el gobierno de España. Dicho cambio no puede ser puramente estético o un simple lavado de caras. Se requieren profundas reformas, que hemos pospuesto durante demasiado tiempo por la dificultad de llevarlas a cabo, pero nuestro país ya no puede esperar más. Es de urgente necesidad poner freno y resolver algunos de los muchos problemas que sufre nuestra nación:

La deuda pública, esa terrorífica y prácticamente impagable cifra, que nos amenaza, y que acabará por aplastarnos vía intereses si no hacemos algo rápido. Algunos argumentarán que ha bajado del 120% del PIB al que llegó a marcar, hasta el 113% actual. Pero no caigan en el engaño, esto no ha ocurrido porque hayamos dejado de endeudarnos, de hecho hemos seguido haciéndolo. El motivo es que ante una alta inflación como la que vivimos, las deudas y también nuestros ahorros, pasan a valer menos. La solución es simple pero nada sencilla. Acabar con el déficit público, es decir, no gastar más de lo que se ingresa.

Reducción de la deuda

Clave para reducir nuestra deuda en el largo plazo, también será un crecimiento económico fuerte y sostenido en el tiempo. Tampoco caigamos en la trampa de mirar las previsiones actuales y concluir como han hecho algunos que “somos los que más crecemos de Europa”. No es así, rebotar no es crecer. Somos el único país de la Unión Europea que no ha recuperado el PIB que tenía en 2019, por tanto, mientras otros países en mayor o menor medida crecen, nosotros aún estamos recuperando lo perdido, no creciendo.

Todo ello debería traer aparejado un fuerte impulso al empleo. Por mucho que nos hayan intentado vender como la panacea, los últimos años del mercado de trabajo en España, la realidad es que somos el país de la zona euro con mayor porcentaje de parados. Y en cuanto a creación de empleo, sin entrar en los maquillajes de cifras, tipo fijos-discontinuos, para poder vender los datos del ministerio de trabajo. Si nos adentramos en ellos, vemos como el 55% de todo el supuesto empleo creado es público. Es decir, prácticamente no estamos creando empleo, sino que lo estamos maquillando vía dinero del contribuyente.

Las pensiones

Una de las reformas clave que no se puede postergar más, será la de nuestro inviable sistema público de pensiones. La Seguridad Social, pese a batir todos los records con unos ingresos que superaron por primera vez, el año pasado, los 200.000M de euros, terminó 2022 con un déficit, y ya van 12 años seguidos, superior a los 8.000M de euros. Cerrando el año, con una deuda total superior a 105.000M de euros. Inviable a todas luces. Solo una profunda reforma, introduciendo algún sistema, al menos mixto de cuentas nocionales, podría empezar a revertir esta situación.

Existen otros temas no tan económicos, como la unión e integridad territorial de España, la independencia del poder judicial o la seguridad en las calles que también exigen medidas rápidas y eficaces.

En definitiva, el nuevo gobierno que salga en las urnas el próximo 23J no lo tendrá nada fácil, en vista del país que va a heredar. No valdrá cualquier gobierno ni cualquier reforma. Experiencia, sacrificio y valentía serán ingredientes esenciales.

Por mi parte solo puedo dedicar palabras de ánimo. La fortuna sonríe a los audaces.

El populismo como fenómeno y práxis política

El fenómeno populista no es nuevo ni corresponde exclusivamente a nuestro tiempo. Desde la invención de la democracia como sistema político ésta fue asediada por demagogos y mecanismos corrosivos que pretendieron satisfacer fines particulares por medio del ejercicio del poder.

La democracia, que incluye elementos pertenecientes a su misma definición como la libertad, el pluralismo y la defensa del individuo como un sujeto social, ha sufrido a lo largo de la historia el fenómeno populista. Por ello, el populismo es un elemento consustancial a la democracia porque el líder demagogo y la intensión transgresora en el ejercicio del poder siempre ha formado parte de su paisaje.

No obstante, no todos los Estados democráticos han sufrido los embates del populismo ni se han acercado a la figura del líder-caudillo. Precisamente, en aquellas democracias fuertes que cuentan con instituciones políticas sólidas y un nivel de estabilidad aceptable es donde el populismo difícilmente prospera. No porque la sociedad tenga un nivel de conciencia política elevado, sino porque el sistema institucional, la estabilidad económica y política y los ciudadanos permiten que la democracia trascienda más allá de las circunstancias que caracterizan una época de crisis.

“Nosotros” y “ellos”

El problema se evidencia cuando en un Estado su democracia está en proceso de consolidación y sus instituciones son más bien débiles. Entonces, se configuran crisis económica, política o social con el surgimiento de líderes demagógicos que, bajo el discurso de la ‘democracia insuficiente o ausente’, pretenden acceder al poder con una lógica radical. Ésta se ampara en el enaltecimiento del pueblo y la creación de dos polos irreconciliables: la lógica del nosotros contra ellos, el amigo/enemigo.

En ese sentido, el populismo es una tendencia en las democracias donde las instituciones no funcionan correctamente y donde la crisis genera un repudio social que permite el impulso de este fenómeno. El rechazo de una parte importante de la sociedad hacia el sistema político imperante por la ausencia de un Estado que garantice la estabilidad social y política y la persistencia de las desigualdades han sido elementos que han permitido el retorno de estos fenómenos políticos, tan antiguos como la democracia misma.

Cómo instaurar el populismo

Se ha comentado previamente algunas de las causas de la aparición de los regímenes populistas de corte autoritario en la región. No obstante, podemos establecer que existen dos elementos que marcan la aparición de este fenómeno y su consolidación en el poder.

En primer lugar, las causas se configuran en una premisa que engloba el problema: las demandas insatisfechas de una parte considerable de la población y su desafección con la política. La insuficiente implantación institucional y de la democracia, la debilidad de los sistemas de partidos, la exclusión social, el desempleo, los elevados niveles de pobreza, la desigualdad y la violencia social son elementos que generan un terreno fértil para el retorno de los populismos.

En segundo lugar, el carácter estatista, paternalista y la creencia del igualitarismo que inunda a algunas sociedades occidentales, son elementos que coadyuban a la aspiración iliberal de la política donde los líderes demagogos con tendencias autoritarias logran conquistar a esa mayoría de la ciudadanía insatisfecha que de alguna manera experimenta una crisis en lo económico, político o social.

El populismo y su rumbo autoritario

Así, una definición que se ajusta en gran medida a las experiencias de estos países y el fenómeno del populismo es “una ideología que concibe el espacio de lo político en términos de conflicto en dos bloques: poder y pueblo; que transforma las instituciones representativas a través de la inserción o convivencia con mecanismos de participación popular y que refuerza otras formas de legitimación política. El ideal de realización del populismo descansa en erigir al pueblo como soberano”.

Por ello, las características del populismo actual, inmanente a la democracia, se sustraen del concepto de hegemonía y mesianismo a través de la personalización de la política por el líder redentor, que trasciende la concepción del Estado como garantía institucional para los ciudadanos a un nuevo formato de entender la democracia: las mayorías absolutas que conciben el sistema democrático como un todo o nada y en el que a nombre de la democracia, la descomponen: “en el nombre de la democracia se condenaría la democracia y sobrevendría el autoritarismo, la dictadura y la desaparición de toda libertad. Es decir, la democracia se habría evaporado en nombre del pueblo”[1].

Se trata en última instancia de un populismo con una esencia autoritaria que no respeta la lógica preconcebida de los valores democráticos que deberían caracterizar a las instituciones que revisten esta forma de gobierno: independencia de los poderes del Estado, igualdad ante la ley y Estado de derecho.


[1] Ángel Rivero, Geografía del Populismo, Tecnos, Madrid, 2017, p. 39

A vueltas con el positivismo jurídico (II): la idea clásica de la justicia y su relación con el derecho

Iustitita est constans et perpetua voluntas ius suum cuique tribuendi. Iuris parecepta sun hace: honeste vivere, alterum non laedere, suum cuique tribuere. Iuris prudencia est divinarum atque humanarum rerum noticia, iusti atque iniusti scientia

Ulpiano (Digesto, 1, 1, 10).

Como introdujimos en un artículo anterior, el positivismo -una de las tres grandes corrientes del pensamiento jurídico actual, junto con el realismo y el iusnaturalismo- no está exento de problemas y contradicciones. Se trata, según propugnan sus defensores, de una teoría supuestamente “aséptica y carente de ideología”, centrada en una validez “formal” de la ley -a la que eleva por encima del resto de fuentes del derecho- y cuya validez viene determinada por la i) legitimidad del órgano que la emite, ii) siguiendo el procedimiento establecido y iii) sin contradecir a la norma superior para alcanzar, con ello, un alto grado de seguridad jurídica, que es, en esencia, el criterio que permite valorar -según sus defensores- esta corriente jurídica por encima del resto.

Nuestra intención no se limitaba, sin embargo, a hacer una crítica superficial de dicha corriente, sino que pretendemos profundizar en las razones por las que creemos que se trata de una postura tremendamente peligrosa. Por ello vamos a continuar la serie, en esta y sucesivas entregas. Partimos del concepto clásico de justicia, de su evolución, de cómo se entiende en la actualidad, y de la relación que todo ello tiene con las distintas corrientes de pensamiento en general (con el liberalismo, por ejemplo), con las corrientes jurídicas en particular, y, especialmente, con el positivismo -corriente de la que sólo hemos esbozado una visión muy superficial, pero en la que iremos profundizando a medida que avancemos-.

La idea clásica de la justicia y su relación con el derecho

De entre las diversas acepciones que de justicia da el Diccionario de la Real Academia (y que nos interesa no tanto por considerarlo una autoridad en materia filosófica o jurídica, sino para tener una primera aproximación a la forma en la que generalmente se entiende el término), ya en la segunda se relaciona la justicia directamente con el de derecho (“2. Derecho, razón, equidad”). La primera acepción señala que justicia es el “principio moral que lleva a determinar que todos deben vivir honestamente”. Resulta, por tanto, chocante que goce de tanto predicamento, entre especialistas y profanos, la postura positivista. Para ella, las normas son justas simplemente por haber emanado del poder legítimo con las formalidades previamente establecidas en la norma superior y siempre que no la contradigan. Desde esta perspectiva, la moralidad de los actos deja de tener importancia. La moral es, para ellos, subjetiva y, por tanto, relativa.

Y es que, históricamente, el concepto de justicia ha sido muy distinto del positivista: ya Aristóteles (aunque sus obras específicas sobre derecho parecen haberse perdido), su visión de la cuestión está implícita tanto en sus Éticas (libros eminentemente morales) como en su Política (donde estudia el derecho natural) y en su Retórica (donde hace un estudio de la labor del abogado) distinguía entre dos tipos de justicia, la llamada general, y la particular (la que más concierne a los juristas). Con la primera acepción se expresaba cierta conformidad de la conducta de un individuo con la ley moral, en el sentido de orden, de buena relación con los demás, incluso con el Cosmos; mientras que su otra significación, la de justicia particular, era, en cambio, empleada en un sentido más estricto, concibiéndose como hombre “justo” en este sentido aquel que tiene la costumbre de no coger más que su parte del activo social, ni menos de lo que le corresponde del pasivo de las cargas y trabajos. Es esta segunda acepción la que pasó al derecho romano clásico.

Ulpiano

En efecto, decían los juristas romanos, en frase atribuida a Ulpiano y que figura en el Digesto (Libro 1, Título 1, punto 10º), que la justicia “es una voluntad perpetua y constante de dar a cada cual lo que le corresponde”; siendo la jurisprudencia “el conocimiento de las cosas divinas y humanas, la ciencia de lo justo y de lo injusto”.

El problema sería, por tanto, saber qué es lo que le corresponde a cada cual, que para los positivistas sería, directamente, lo establecido por el legislador constitucionalmente legitimado. Pero eso no parece ser lo que pretendían ni los juristas romanos, ni el emperador bizantino Justiniano al mandar recopilar y codificar sus máximas en el Digesto. Para empezar porque, para ellos, la jurisprudencia -la doctrina, o conocimiento de la ciencia del derecho- no debía centrarse estrictamente en las normas emanadas de la autoridad, sino en el conocimiento de las “cosas divinas y humanas, en lo justo y lo injusto” (algo, a lo que parece, objetivo y no relativo), y, en cualquier caso, porque la apelación de dar a cada cual lo que le corresponde deriva de la propia naturaleza de las cosas y el statu quo ya establecido por los hombres (conocimiento de las cosas “divinas y humanas”, no de las cosas “estrictamente humanas”, o “estrictamente divinas”).

El problema de la legitimondad

De hecho, ya en la anterior entrega veíamos que una de las contradicciones internas del positivismo estribaba, precisamente, en la falta de legitimidad positivista de la primera norma fundamental, al haberse promulgado por un órgano y a través de un procedimiento que carecían de legitimidad, precisamente por ser la norma “originaria”, y, por tanto, la “originante” de la validez y legitimidad del sistema. Y es que el planteamiento de los clásicos, mucho más realista, es menos pretencioso, ya que para ellos la justicia, los actos de justicia por los que se dan a “cada uno lo suyo” son, de alguna manera, actos “segundos”, derivados de unos actos “primeros” que son los que, atribuyendo las cosas, crean el derecho y determinan lo que sea “lo suyo”.

Así, con el halo que atribuía el término justicia -quizás no tanto entonces como ahora- no pretendía ampararse o legitimarse todo, sino sólo lo que deriva de un statu quo previo, jurídico si se quiere, pero no justo -tampoco injusto-: algo parecido a lo que pasa con la norma fundamental positivista, ajena o previa al sistema jurídico y, por tanto, “injusta” si se lleva al extremo su planteamiento.

Relación con los principios liberales

Se trata, en definitiva, de una postura -la clásica- con la que entroncan muy bien los principios de justicia liberales. Al fin y al cabo, como resume Rallo en su “Contra la renta básica”, son tres estos principios: el principio de libertad, el principio de propiedad y el principio de autonomía contractual; estableciendo tal principio de propiedad no sólo “que el derecho de propiedad nacerá por ocupación originaria, sino que este derecho se presupondrá y se deberá respetar prima facie por su mera posesión”. Vemos que ese acto de “ocupación originaria” coincide, de alguna forma, aunque no se señale explícitamente, con el acto primero que veíamos más arriba y que determina lo que “es de cada uno” y sobre el que se asienta -en un momento lógico posterior- la justicia. Con ello, precisamente -tal y como continúa Rallo- se está fijando el único criterio que permite garantizar tanto el respeto generalizado sobre el uso que cada cual haga de su entorno para alcanzar sus fines, como el establecimiento de una prelación imparcial entre las distintas reclamaciones potenciales de uso sobre dicho entorno.

Pero, como se deducía también de las acepciones que de justicia da la RAE y del propio Digesto, el lugar propio de la justicia es la vida en común, y encuentra su pleno cumplimiento -como recuerda Pieper siguiendo a Santo Tomás, y con él a los clásicos- en la comunidad o el Estado, precisamente cuando las tres principales formas de relación entre los hombres son rectas y están ordenadas.  Estas tres formas de relación o estructuras fundamentales de vida en común son: i) Las relaciones de los individuos entre sí; ii) las relaciones del todo social con los individuos y iii) las relaciones de los individuos para con el todo social; y a cada una de ellas le corresponde una forma de justicia: la conmutativa o reparadora, que regula la relación entre los individuos; la que regula la relación de la comunidad con sus miembros o justicia distributiva y la que regula la relación de los individuos con el todo social o justicia legal o general. Ahí, sin embargo, los problemas con los planteamientos liberales aumentan.

Pero de ello nos ocuparemos en próximas entregas.

Serie ‘A vueltas con el positivismo jurídico

(I) Las inconsistencias del iuspositivismo

Aragón en la Guerra Civil, ¿una verdadera experiencia anarquista? (I): las colectividades

Vamos a analizar, en varios artículos, las características principales de la experiencia anarcosindicalista en la Guerra Civil en Aragón. Estudiaremos si en algún momento entró en conflicto el ideario político anarquista con las actuaciones de los propios militantes. Por supuesto, intentaremos responder a la pregunta de cómo fue posible que surgiera en Aragón una experiencia anarquista y se pusiera en práctica en un contexto bélico. También nos plantearemos si realmente podemos hablar de verdadero anarquismo o simplemente fue la antesala a una verdadera revolución. Para ello, centraremos nuestro análisis en tres pilares fundamentales: las colectividades, las columnas militares, y el Consejo de Aragón.

La estructura de la tierra

Antes de comenzar a hablar sobre el colectivismo en Aragón, es necesario detallar una serie de puntos indispensables para nuestro análisis. La primera observación está relacionada con la estructura de la propiedad de la tierra. Hemos de tener en cuenta que, pese a lo que se ha solido exponer, el campo aragonés no vivía una situación prerrevolucionaria antes del golpe de Estado.

El sindicalismo en Aragón estaba en un proceso de restructuración y la conflictividad social distaba mucho de una situación revolucionaria. Otro factor relevante es que en Aragón predominaba la pequeña y la mediana propiedad, por lo que hubo muy poca incidencia del Instituto de Reforma Agraria.

“Comuna libertaria”

En segundo lugar, el golpe de Estado de julio provocó un colapso en la administración de gran parte de las localidades aragonesas. Los ayuntamientos, regentados en su mayoría por socialistas, fueron controlados por la Guardia Civil, apoyada por caciques y propietarios locales. Todo ello provocó la paralización de la industria, el transporte y el comercio al por mayor. Un aspecto importante es si las colectivizaciones tuvieron un carácter voluntario o forzoso. El conflicto entre colectivistas y propietarios irá de la mano del poder militar y político en todo Aragón[1].

El último aspecto por señalar es terminológico, Julián Casanova expone que el término colectivismo puede llegar a ser demasiado amplio y abstracto. Por ello, defiende que es mejor referirnos al término “comuna libertaria”. Es una organización social que se caracteriza por ser un ideal económico basado en el autogobierno de las comunidades, el federalismo y, en definitiva, la supresión de la autoridad.

Destitución del “poder económico”

Tras la derrota de las tropas insurgentes, se formaron en los municipios comités de defensa o revolucionarios. El origen de estas colectividades estará estrechamente relacionado con estos comités, aunque sigue habiendo muchas dudas a su alrededor. La historiografía anarquista ha tratado de dar respuesta al origen de las colectividades. Dentro del anarquismo hay distintas perspectivas en torno a este debate. Una de las figuras más relevantes es Souchy Bauer, delegado de la AIT, en 1938 se refería a las colectividades aragonesas de la siguiente manera:

La colectivización fue una consecuencia directa de la conquista del poder político y social por la clase obrera, después del aniquilamiento de la sublevación militar. Los obreros vencedores quisieron destruir también el poder económico de aquellos que se habían aliado en la traición: los terratenientes y su séquito en las ciudades.[2]

La espontaneidad de la revolución

Defendía que Aragón era el origen de las colectivizaciones en toda España y donde la justicia social se ponía en práctica por primera vez. Solucionaba por primera vez el problema de la distribución de las tierras y campos de pasto entre los diferentes municipios[3]. En la misma línea estará el anarcosindicalista francés Gaston Leval, para él, la revolución se había dado “espontánea y naturalmente”, ya que existía una vanguardia con un ideal que continuaba a través de la historia[4].

Por otro lado, tenemos la visión del Comité Nacional de la CNT, para ellos las colectividades no fueron algo espontáneo que emergió gracias a un contexto determinado. Para el historiador y militante anarcosindicalista, las colectividades fueron un “proceso de maduración revolucionario” y que gracias a la nueva coyuntura que aparece tras el golpe de Estado tuvo la capacidad de conformarse[5].

El programa de Caspe

El primer documento de la CNT sobre las colectividades del que tenemos constancia es el informe del primer Pleno de Sindicatos de la CNT, celebrado en Caspe el 29 de agosto de 1936.  Se establecían cuatro puntos esenciales en torno a las colectividades[6]:

  • “Abolición de la propiedad privada de los medios de producción y del trabajo asalariado.”
  • “Aceptación libre de la colectividad (se excluía a los considerados facciosos, a quienes se les incautaba las tierras) por los campesinos.”
  • “Reconocimiento de la opción “individualista”, a los que únicamente se les privaría de la producción si las necesidades de la guerra así lo dictasen.”
  • “Libertad para todos los pueblos aragoneses de intercambiar o vender sus productos con las demás regiones.”

Hemos de añadir que parte de las colectivizaciones se pudieron realizar gracias a las expropiaciones de tierras pertenecientes a elementos considerados como facciosos. Es por ello por lo que la excepcionalidad de la situación bélica es esencial para entender el proceso. La CNT fue la gran impulsora de estas colectividades, gracias al amparo de las columnas de milicianos. Aunque es cierto que la UGT también constituyó sus propias colectividades: “En algunos pueblos de la comarca existen también colectividades de la UGT; pero éstas se han adherido igualmente a la Federación Comarcal de la CNT”[7].

Individualistas vs. colectivistas

Tenemos que señalar la problemática entre los individualistas y los colectivistas. Tanto el Consejo de Aragón como la CNT, al menos en teoría, respetaban la pequeña propiedad y las soluciones individuales. En agosto de 1937, la federación comarcal de Binefar-Monzón, celebró una asamblea en la que se ratificó el derecho de los campesinos que estaban insertos en las colectividades a volver a su propiedad individual, devolviéndole su parte correspondiente.

Si acudimos a la prensa de la época podemos verlo claramente, concretamente en el diario Cultura y Acción: “El individuo que trate a los individualistas de forma despectiva y violenta y quiera imponer el colectivismo de forma que no sea la libre determinación, debe correr la misma suerte”[8]. El individuo que estaba en contra de los individualistas era considerado como faccioso. Los anarquistas en Aragón no fueron partidarios de la colectivización completa debido al fuerte arraigo de la pequeña propiedad en la región.

El papel de la CNT

Por lo tanto, de este estudio preliminar podríamos destacar dos características principales del origen de las colectividades en Aragón. En primer lugar, la CNT fue el principal impulsor del surgimiento de las colectividades en la región aragonesa, aunque no tenemos que olvidar que muchas otras colectividades fueron constituidas en lugares donde ni la CNT ni ninguna otra fuerza del Frente Popular tenía presencia. Por ejemplo, Graham Kelsey relata como en la localidad oscense de Alcampel, los vecinos del pueblo se reunieron en la plaza y organizaron la colectividad.

En segundo lugar, tenemos que señalar y a la vez desmentir, que en Aragón no se implantó el comunismo libertario, podríamos hablar, como indican los propios dirigentes cenetistas, de un paso previo, que sería la colectivización[9]. Julián Floristán defendía lo siguiente: “Lo que sí sé es que, en todo el Bajo y Alto Aragón, por propia voluntad, por deseo unánime, se organiza la vida en comunidad y dentro de la mayor libertad posible. Y ello sin hablar para nada del comunismo libertario”[10].

Pese a todo, las colectividades se encontraron con gran cantidad de dificultades. Frank Mintz señala cinco principalmente. En primer lugar, el surgimiento de una especie de “neocapitalismo” en el que algunos individuos comenzaron a repartirse los beneficios de las colectividades, olvidándose de la situación bélica. Otra traba fue la falta de personal cualificado, sobre todo de contabilidad, ya que la mayoría de ellos habían marchado al frente. Mintz también señala el abandono de la autogestión por parte de la dirección de la CNT-FAI y la falta de ayuda institucional por parte del gobierno de la República y la Generalitat. Por último, el ataque y represión final a las colectividades tras mayo de 1937.

Autogestión

Como conclusión, podríamos establecer varios aspectos. A nivel económico podríamos señalar que teniendo en cuenta la difícil situación bélica en la que se encontraba España mantener la producción anterior fue un éxito. Debemos señalar también que, pese al relato militante, no se implantó el comunismo libertario o la revolución, es posible que el objetivo fuera ese, pero únicamente se llegó al paso previo[11].

Las colectividades han sido uno de los mayores ejemplos de autogestión en la historia, uno de los pocos ejemplos donde se ha puesto en práctica el anarcosindicalismo. Si bien es cierto, tuvieron una vida muy corta por lo que no podemos hacer un balance general en condiciones. Si hubieran continuado tras la guerra seguramente se hubieran encontrado con infinidad de problemas a nivel burocrático y administrativo. Por no mencionar los problemas de autoridad y poder, siempre presentes en cualquier comunidad humana. En definitiva, un suceso histórico breve pero intenso que todavía tiene mucho por ofrecernos.


[1] Julián, Casanova, Anarquismo y revolución en la sociedad rural aragonesa (1936-1938). Barcelona, Editorial Crítica, 2006, pp. 116-117.

[2] Ibidem, pp. 121.

[3] Agustín, Souchy Bauer, Entre los campesinos de Aragón. El comunismo libertario en las comarcas liberadas. Barcelona, Tusquets Editor, 1977, p. 73.

[4] Gaston, Leval, Colectividades libertarias en España, Madrid, Aguilera, 1977, pp. 90 y 106-107.

[5] Frank, Mintz, La autogestión de la España revolucionaria. Madrid, las Ediciones de la Piqueta, 1977, p. 115.

[6] Julián, Casanova, Anarquismo y revolución…, op. cit., pp. 123.

[7] Agustín, Souchy Bauer, Entre los campesinos de Aragón…, op. cit., p. 77.

[8] Raimundo, Soriano, “¿Socialismo federal o autoritarismo constitucional?, Cultura y Acción, (Alcañiz, 6/VIII/1937), p. 2.

[9] Julián, Casanova, Anarquismo y revolución…, op. cit., p. 217.

[10] Víctor, Lucea Ayala, “El Aragón republicano: guerra y revolución”, en Angela Cenarro (ed.), Contrarrevolución y revolución: dos proyectos políticos y sociales enfrentados, Barcelona, Diputación Provincial de Zaragoza-El periódico de Aragón, 2006, col. “La Guerra Civil en Aragón”, p. 69.

[11] Pablo, García Colmenares, “Las colectividades libertarias en la Guerra Civil (1936-1939), la necesidad de recuperar su memoria”. Académico Numérico. 89, (2018), pp. 115-128.

Por qué la energía es cada vez menos fiable -y menos asequible- en todo el mundo

Jared Wall. Este artículo fue publicado originalmente en FEE.

En el libro Green Tyranny -una fantástica historia del movimiento alarmista ecologista-, el autor Rupert Darwall atribuye la responsabilidad del inicio de este movimiento a los alemanes y los suecos.

En 1967, un científico sueco publicó la primera “teoría” sobre la lluvia ácida. Cuatro años más tarde, Bert Bolin, un sueco que llegaría a presidir el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) de la ONU, redactó el primer informe gubernamental de la historia sobre la lluvia ácida.

Era el típico informe gubernamental. Con noventa páginas, comienza con una certeza: “La emisión de azufre a la atmósfera (…) ha demostrado ser un grave problema medioambiental”. Cincuenta páginas más adelante, sin embargo, Bolin admite algunas dudas cuando dice: “Es muy difícil demostrar que el daño (…) se ha producido de hecho”. No obstante, el informe gubernamental concluye con rotundidad: “Es necesaria una reducción de las emisiones totales tanto en Suecia como en los países adyacentes” (el subrayado es mío).

Contra la energía nuclear

Fue en Alemania donde los ecologistas y los activistas antinucleares contrajeron santo matrimonio. Reducir la energía nuclear, dificultar la vida a los propietarios de centrales de combustibles fósiles y subvencionar parques solares y eólicos poco fiables e ineficaces ha sido la política constante de Alemania en las décadas posteriores. El resultado ha sido una subida vertiginosa de los precios de la energía y una red eléctrica cada vez menos fiable. Históricamente, los ingenieros alemanes nunca habían tenido problemas con su red eléctrica. Sin embargo, en 2012, el país sufrió un millar de caídas de tensión. En 2013, esa cifra ascendió a dos mil quinientos, y desde entonces no ha dejado de empeorar. Como resultado, la base industrial de Alemania, siempre líder mundial, ha ido decayendo tristemente a medida que las empresas optan por abandonar el país en busca de pastos eléctricos más fiables.

En 1988, se creó el IPCC durante una reunión en Ginebra, presidida por muchos de los mismos personajes que habían liderado los movimientos ecologistas de Suecia y Alemania durante las décadas anteriores.

Los informes del IPCC

Una de las principales tareas asignadas al IPCC es la publicación periódica de “informes de evaluación” sobre el estado del cambio climático global. Estos informes constan de cientos de páginas y pueden ser extremadamente técnicos. Para los políticos y periodistas con déficit de atención, estos informes van acompañados de un resumen. De forma rutinaria, este resumen tergiversa la sustancia e incluso las conclusiones del informe real. También suele ser objeto de intromisiones políticas; por ejemplo, cuando el IPCC publicó su quinto informe de evaluación en 2014, el delegado alemán ante el IPCC insistió en que se eliminara el lenguaje relacionado con una pausa o hiato en el aumento de la temperatura global porque “confundiría a los votantes alemanes”.

Además, los líderes del movimiento ecologista se han equivocado históricamente en casi todo. Es para reírse:

  1. 1989 – la ONU predijo que naciones enteras serían “borradas de la faz de la Tierra” por el aumento del nivel del mar para el año 2000.
  2. 2006 – Al Gore dijo que los humanos podrían tener solo diez años para salvar al planeta de “convertirse en una sartén total.”
  3. 2018 – Alexandria Ocasio-Cortez declaró que el “mundo se va a acabar en doce años si no abordamos el cambio climático.”

A pesar de todo esto, el tirón emocional de la propaganda de “salvar el mundo” sigue siendo poderoso, y la agenda ecologista marcha.

Un mar de baterías para cinco minutos de consumo

Uno de los principales objetivos de esta agenda ha sido sacarnos de la electricidad generada con combustibles fósiles y llevarnos a la electricidad generada con energía eólica y solar. Hay que reconocer que los ecologistas han tenido mucho éxito instalando un gran número de turbinas eólicas y paneles solares. Sin embargo, han fracasado estrepitosamente en la consecución de su objetivo principal de “sacarnos” de los combustibles fósiles.

A pesar del crecimiento masivo de la capacidad de generación de los parques eólicos y solares, las centrales eléctricas alimentadas con combustibles fósiles siguen siendo un componente insustituible de las redes eléctricas fiables. La tecnología actual de la energía eólica y solar no puede sustituir adecuadamente a la de los combustibles fósiles. Las turbinas eólicas no funcionan cuando no hace viento, y los paneles solares no funcionan cuando no brilla el sol.

Algunos han sugerido que podríamos construir grandes instalaciones de almacenamiento de baterías que, en días soleados o ventosos, podrían utilizarse para almacenar el exceso de electricidad para su uso posterior y superar así este problema. Hace poco, Elon Musk llegó a plantear la idea de construir una instalación de almacenamiento de baterías a gran escala alimentada por parques eólicos y solares. Iba a costar 5.000 millones de dólares, necesitaría más baterías de litio de las que existen actualmente en el mundo y sería capaz de almacenar unos cinco minutos de la demanda de electricidad de Estados Unidos. El almacenamiento en baterías a gran escala no es viable todavía. Otro dato curioso sobre la energía eólica y solar y el almacenamiento en baterías es que almacenar electricidad en baterías es diez mil veces más caro que almacenar petróleo en tanques o carbón en pilas.

Unas fuentes poco fiables

Está claro que los parques eólicos y solares no han añadido nada de valor. Pero es peor que eso: trabajan activamente en nuestro detrimento. Para que una red eléctrica funcione con fiabilidad, la oferta de electricidad debe equilibrarse constantemente con la demanda. Si las centrales generan más electricidad de la que demandan los consumidores, la red eléctrica puede sobrecargarse y las infraestructuras críticas sufrir daños catastróficos.

Por otro lado, si la oferta es incapaz de satisfacer la demanda, el resultado son apagones y caídas de tensión. Para hacer frente a esta limitación física, las centrales eléctricas se han diseñado históricamente para servir a dos propósitos complementarios: generación de carga base y generación de carga variable. Dado que una cierta cantidad de demanda eléctrica puede considerarse constante, los generadores de base se diseñan para funcionar de forma fiable y barata para satisfacer esa demanda. Los picos de demanda se gestionan con generadores variables.

La energía eólica y la solar no son ni lo uno ni lo otro. A diferencia de los generadores de carga base o de carga variable, los parques eólicos y solares son generadores de electricidad aleatorios y poco fiables.

Posibles sobrecargas

Es cierto que en días soleados o ventosos pueden producir cantidades ingentes de electricidad. El problema es que esto hace que aumente la oferta independientemente de la demanda, de modo que cuando la demanda no es lo suficientemente alta como para tener en cuenta la generación de energía de los parques eólicos y solares, las centrales de carga variable e incluso las de carga base deben reducir su generación de energía para proteger la infraestructura de la red contra la sobrecarga.

Para las centrales de carga base, que no fueron diseñadas para funcionar así, los efectos negativos sobre el mantenimiento y la vida útil de los equipos son significativos. En tiempo real, estamos viendo cómo la parte fiable de nuestra red eléctrica se desgasta antes de lo que lo haría en otras circunstancias.

El ejemplo de Tejas

El estado de Texas lo demuestra. Texas ostenta el título de primer estado eólico de Estados Unidos. Durante años, las autoridades han invertido miles de millones de dólares en la instalación de miles de molinos de viento en todo el estado. Para conectar estos parques eólicos a la red se necesitaron mil seiscientos kilómetros de líneas de transmisión. Sólo el coste de esas líneas de transmisión superó los 6.500 millones de dólares. La parte fiable de la red eléctrica de Texas se quedó sin fondos para pagar esta mala asignación política de recursos.

Como resultado, el mantenimiento rutinario se ha ido ignorando cada vez más, y el mantenimiento de emergencia se ha hecho cada vez más rutinario. Cuando Texas fue azotada por una tormenta invernal en el invierno de 2021, provocó un aumento inesperado de la demanda eléctrica invernal. Por desgracia, en ese momento, varias centrales eléctricas críticas estaban paradas por mantenimiento de emergencia, la red fue incapaz de mantener el ritmo, y cientos de personas murieron trágicamente.

Capitalismo de amiguetes

Por si todo esto fuera poco, también está el aspecto de corrupción y capitalismo de amiguetes de la energía eólica y solar. Cuando los parques eólicos y solares aumentan su oferta, el precio mayorista de la electricidad baja de forma natural. Esto hace que los propietarios de las centrales de carbón y gas natural ganen muy poco dinero o incluso pierdan dinero en los días de viento y sol.

Por otro lado, como los políticos quieren obligar a la energía eólica y solar a funcionar independientemente de las realidades del mercado, los propietarios de parques eólicos y solares ganan una tarifa subvencionada por la electricidad que generan independientemente de la tarifa mayorista. Por tanto, los propietarios de parques eólicos y solares están aislados de las consecuencias que su producción arbitraria y políticamente incentivada de electricidad tiene en el mercado.

Para terminar, en los lugares donde la energía solar y eólica están muy extendidas, tanto la calidad de la red eléctrica como el coste de la electricidad son peores que en los lugares donde la energía solar y eólica escasean. Alemania ha multiplicado por trece su capacidad de generación eólica y solar entre 1999 y 2012; también han anunciado recientemente el cierre de su última central nuclear, y su coste por kilovatio-hora ha subido a casi cincuenta céntimos.

En las Carolinas, pagamos entre seis y diez céntimos por kilovatio-hora de electricidad. Sin duda, los hogares y las empresas se verían muy afectados si sus facturas de electricidad se multiplicaran por cinco u ocho. Por desgracia, esa parece ser la dirección que estamos tomando. En Carolina del Norte pagamos un 18% más por la electricidad que nuestros vecinos de Carolina del Sur, simplemente porque los políticos de Carolina del Norte insisten en aumentar la producción solar, mientras que Carolina del Sur sigue dependiendo principalmente de los combustibles fósiles y la energía nuclear.

Un futuro fósil

Ciertamente, hay problemas muy reales relacionados con el estado actual de las cosas. Sin embargo, el problema no es que nos enfrentemos a un cambio climático inducido por los combustibles fósiles tan grave que sea necesario tomar medidas drásticas para “salvar el planeta”. Más bien, el problema al que nos enfrentamos es la reacción a este alarmismo, que está llevando a la degradación de la red eléctrica de la que dependemos para nuestro estilo de vida moderno.

Un camino prometedor para encontrar una solución a este problema se encuentra en el gran libro de Alex Epstein, Un futuro fósil.

La tesis general de su libro es que nuestra estrategia debería consistir en un cambio de retórica. Para ello, debemos enmarcar nuestros argumentos sobre esta cuestión desde el punto de vista de lo que es mejor para el florecimiento humano.

En este sentido, expone tres hechos:

  1. Los combustibles fósiles son una fuente de energía rentable.
  2. La energía rentable es esencial para la prosperidad humana.
  3. Innumerables personas sufren y mueren por falta de acceso a una energía rentable.

Por lo tanto, en lugar de insistir en reducir nuestro consumo de combustibles fósiles, deberíamos tratar activamente de aumentarlo, especialmente en las zonas más pobres del mundo.

Contra el alarmismo

Más allá de esta brillante tesis, el libro de Epstein es una fantástica refutación científica e histórica de todo el alarmismo ecologista. Quizá el mejor ejemplo de ello sea su demolición de la infame curva del “palo de hockey” de Al Gore. En primer lugar, demuestra claramente que el gráfico de Gore, que muestra que la temperatura de la Tierra se ha mantenido constante durante siglos para aumentar desde la Revolución Industrial de la década de 1850, es falso. En segundo lugar, demuestra que hay una curva del palo de hockey que es cierta y que debería dejar estupefacta a la gente: el gráfico del florecimiento humano a lo largo del tiempo.

Durante siglos, el florecimiento humano ha sido plano en términos de esperanza de vida, nivel de vida, acceso a la electricidad e ingesta calórica. Todo esto sólo ha cambiado desde la década de 1850, cuando la humanidad empezó a quemar combustibles fósiles. Desde entonces, hemos visto cómo el florecimiento humano -sea cual sea la medida que se elija- ha aumentado exactamente de la misma forma que el “palo de hockey”.

En conclusión, la economía de mercado lleva a los empresarios a realizar inversiones informadas y calculadas en cosas como la tecnología de iluminación LED con el fin de aumentar también su cuenta de resultados. La economía de mercado también conducirá al desarrollo de una red eléctrica robusta y fiable. La economía política, por el contrario, conduce a la corrupción, el amiguismo, una red eléctrica al borde del fracaso, mayores costes de la energía y una “solución” desde arriba a una falsa crisis que está provocando una disminución del florecimiento humano.

Como en todo lo demás, tanto en el caso de la eficiencia energética como en el de la producción de energía, lo mejor es confiar en el mercado.

Por qué la inteligencia artificial no puede pensar

David P. Goldman. Este artículo fue publicado originalmente por Law & Liberty.

Sólo por diversión, me burlo de ChatGPT en los momentos libres. Los chatbots no tienen yo, es decir, no tienen razón de ser, y por tanto no pueden pensar. No existe el pensamiento en abstracto: el pensamiento es siempre el pensamiento de alguien, y la actividad mental no constituye pensamiento a menos que provenga de un pensador que tenga una razón para pensar. Para pensar, debemos distinguir entre objetos de pensamiento significativos e insignificantes, es decir, los que nos importan y los que no (la excepción que confirma la regla es la esquizofrenia paranoide, que hace que todo sea significativo).

El pensamiento superior es autoconsciente, en el sentido de que implica la conciencia de cómo pensamos. Kant distinguía entre Vernunft, que suele traducirse como “razón”, y Verstand, la simple función categorizadora y clasificadora de la mente, o “entendimiento”. La traducción al español no expresa bien la diferencia: Vernunft deriva de la misma raíz que Vernehmen, “interrogar”. Implica un examen crítico de cómo pensamos.

Eso ayuda a explicar por qué ChatGPT lo hace tan mal con los chistes autorreferenciales que no ha oído antes. GPT no tiene yo, y el cambio del punto de vista del sujeto -lo que hace que los chistes autorreferenciales sean divertidos para empezar- lo deja confuso.

Explícame este chiste

ChatGPT, por ejemplo, no podría entender un chiste autorreferencial que contaría un niño de ocho años. He aquí un intercambio reciente, copiado y pegado de la página web de Chat GPT:

Yo: Explica por qué es gracioso este chiste: “Toc-Toc”. “¿Quién es?” “Vaca maleducada que interrumpe”. “Grosera interrumpiendo…” “¡Muuu!”

ChatGPT: Este chiste es divertido porque juega con el formato tradicional del chiste “Toc-Toc” pero subvierte el remate esperado. El planteamiento del chiste es familiar: una persona pregunta “¿Quién es?” y la otra responde. Sin embargo, la respuesta es inesperada y graciosa porque interrumpe a la otra persona en mitad de la frase con un fuerte “¡Muu!”.

El chiste también se basa en un juego de palabras, ya que la “vaca que interrumpe” es un juego de palabras con la frase “que te interrumpe”, que es lo que hace la vaca al interrumpir la frase de la otra persona. El hecho de que se describa a la vaca como “maleducada” contribuye al humor porque es inesperado que un animal muestre ese comportamiento.

Por supuesto, no hay “juego de palabras” entre “vaca maleducada que interrumpe” y “te interrumpe”. Hay un cambio de papeles: La “vaca maleducada que interrumpe” se convierte en el narrador del chiste en lugar de ser el objeto del chiste. En lugar de describir a una “vaca maleducada que interrumpe”, el narrador del chiste se convierte en la vaca.

Plutarco y Nietzsche

Un chiste más profundo juega con una antigua paradoja: nadie puede imaginar su propia inexistencia, porque si la está imaginando, debe existir. He aquí otro intercambio con ChatGPT:

Yo: Nietzsche cita el relato de Plutarco sobre el semidiós Sileno para argumentar que es mejor no haber nacido nunca. El coro de la obra de Sófocles Edipo en Colono dice lo mismo. Dos estudiantes de yeshiva debaten esta cuestión. Uno dice: “Nietzsche y Sófocles tenían razón. Es mejor no haber nacido nunca”. El otro responde: “Sí, pero ¿quién tiene esa suerte? Ni uno entre diez mil”. Explica por qué es gracioso.

ChatGPT: La respuesta del segundo alumno de la yeshiva es graciosa porque utiliza la ironía y el humor para rebatir la visión pesimista expresada por el primer alumno. El primer alumno argumenta que es mejor no haber nacido nunca, haciéndose eco de las ideas de Nietzsche y Sófocles, que también expresaron un sentimiento similar. Sin embargo, la respuesta del segundo estudiante sugiere que esa opinión no es práctica ni realista, ya que prácticamente todo el mundo ha nacido ya.

Al señalar la ironía de la afirmación del primer alumno, el segundo hace una observación humorística sobre lo absurdo de hacer una afirmación general que nadie puede cumplir. La respuesta también sugiere que, en lugar de insistir en la idea de si es mejor haber nacido o no, sería más útil centrarse en cómo aprovechar al máximo la vida que a uno le ha tocado vivir.

Yo: Aclare, por favor: Acaba de decir: “Prácticamente todo el mundo ya ha nacido”. ¿Estás afirmando que algunas personas que existen no han nacido?

ChatGPT: Le pido disculpas por la confusión. Tienes razón en que mi afirmación anterior era imprecisa. Lo que quería decir es que la inmensa mayoría de las personas que existen o existirán ya han nacido y, por tanto, no es práctico plantearse si es mejor no haber nacido nunca.

Para aclarar, todas las personas que existen han nacido de una forma u otra, ya sea por parto natural o por otros medios como la intervención médica o la adopción. Mi afirmación anterior no era exacta y pido disculpas por la confusión que haya podido causar.

Yo: Ahora dice que “la inmensa mayoría de las personas que existen o existirán ya han nacido”. ¿Cómo sabe cuántas personas nacerán en el futuro?

ChatGPT: Tienes razón en que es imposible saber con certeza cuántas personas nacerán en el futuro. Mi afirmación anterior era imprecisa y pido disculpas por la confusión que haya podido causar.

Lo que quería decir es que la inmensa mayoría de las personas que existen actualmente ya han nacido. Aunque es imposible predecir cuántas personas nacerán en el futuro, se puede afirmar con seguridad que la inmensa mayoría de los individuos que han existido alguna vez ya han nacido, vivido su vida y fallecido.

Pesimismo griego, optimismo judío

ChatGPT me preocupó por un momento: Me preguntaba si me estaba diciendo que las máquinas se han vuelto sensibles y que la afirmación “Prácticamente todo el mundo ha nacido ya” significaba que no nacerían muchos humanos en el futuro. Pero ChatGPT sólo estaba siendo denso.

El chiste, por supuesto, es que no podemos tener una discusión sensata sobre si es mejor no haber nacido, porque cualquier pensamiento que podamos tener sobre el tema presupone nuestra existencia.

El chiste tiene otra dimensión, y es que se trata de un chiste característicamente judío: Lo absurdo de la conversación entre los dos estudiantes de la yeshiva pone de manifiesto la estupidez del pesimismo griego y afirma un optimismo claramente judío. ChatGPT se perdió por completo ese aspecto del chiste.

La paradoja del mentiroso

Los bots de inteligencia artificial, por supuesto, pueden aprender sobre enunciados autorreferenciales e identificarlos. Chat GPT explicó correctamente la antigua Paradoja del Mentiroso:

Yo: Evalúa la verdad o falsedad de esta afirmación: “Te estoy mintiendo ahora mismo”.

ChatGPT: Este enunciado es un ejemplo clásico de enunciado paradójico o paradoja autorreferencial. Es imposible determinar si la afirmación es verdadera o falsa porque si fuera verdadera, entonces la afirmación sería una mentira, y si fuera falsa, entonces la afirmación seguiría siendo una mentira.

La afirmación crea una contradicción, que se conoce como la paradoja del mentiroso, y no puede resolverse lógicamente. Por tanto, no es ni verdadera ni falsa, sino un ejemplo de afirmación autocontradictoria.

“Nosotros haremos las preguntas”

Pero ChatGPT se limita a regurgitar un ejemplo bien conocido. Cuando una paradoja autorreferencial se esconde dentro de un chiste diseñado para despistar al oyente, el robot de IA no acaba de entenderlo. He aquí otro ejemplo:

Yo: ¿Por qué es gracioso este chiste? “Toc Toc”. “¿Quién es?” “La Gestapo”. “¿La Gestapo quién?” “Nosotros haremos las preguntas”.

ChatGPT: Este chiste es gracioso porque juega con la reputación de la Gestapo, la policía secreta de la Alemania nazi conocida por sus brutales tácticas de interrogatorio y sus abusos de los derechos humanos.

El humor del chiste viene de la inesperada respuesta a la pregunta “¿La Gestapo qué?”. En lugar de dar una respuesta típica a la pregunta, el remate subvierte las expectativas al insinuar que la Gestapo será quien haga las preguntas.

El chiste también pone de relieve la dinámica de poder entre la Gestapo y sus súbditos durante el régimen nazi, y el miedo y la intimidación que infundían. El absurdo de utilizar a la Gestapo en un chiste desenfadado de toc-toc contribuye al humor y ayuda a liberar la tensión que rodea a este oscuro periodo de la historia.

Esta respuesta vaga y un tanto woke no viene al caso: El oyente en una broma de toc-toc hace una pregunta (“¿Quién está ahí?”), y la respuesta “Gestapo” emplea un viejo cliché cinematográfico para cambiar la posición del que pregunta y del que responde.

Parménides y la teoría de los conjuntos

La IA puede imitar las funciones de orden inferior de la mente humana hasta cierto punto. Puede ordenar y categorizar. La IA hace maravillas en la automatización de fábricas, examinando miles de imágenes en tiempo real para identificar piezas defectuosas o el desgaste de las máquinas. Puede encadenar hechos y relaciones conocidos y producir una emulación creíble de un ensayo de primer año. Pero no puede examinar sus propias premisas. Incluso la simple actividad de ordenar y categorizar se topa con paradojas.

Parménides se lo explicó al joven Sócrates a finales del siglo VI antes de Cristo. Si clasificamos los objetos según cualquier cualidad percibida, por ejemplo, el “color rojo”, nos encontramos con una regresión infinita. ¿Incluye la categoría de las cosas rojas la propia “rojez”? Si es así, necesitamos otra categoría que incluya tanto los objetos rojos como el propio “enrojecimiento”. Esta nueva categoría también es roja, así que necesitamos otra categoría que la incluya, y así hasta el infinito. Esto persiste en la Teoría de Conjuntos moderna en forma de la llamada paradoja de Russell (el conjunto de todos los conjuntos que no son miembros de sí mismos, que no puede existir). Russell intentó resolver el problema con su teoría de los tipos, pero no lo consiguió.

Teorema de la incompletitud de Gödel

Kurt Gödel resolvió el problema en 1931, demostrando que cualquier sistema lógico lo suficientemente potente como para soportar la aritmética no puede demostrar sus propios axiomas. Dos milenios y medio después de Parménides, y tras innumerables intentos de resolver la vieja paradoja, resulta que el problema no puede resolverse. Para Gödel, esto significaba simplemente que los matemáticos nunca agotarían el tema, y siempre buscarían nuevos axiomas que resolvieran las paradojas que inevitablemente surgen en los sistemas matemáticos.

También implica, como dijo el gran matemático: “O las matemáticas son demasiado grandes para la mente humana o la mente humana es más que una máquina”. Explicó: “En el establecimiento sistemático de los axiomas de las matemáticas, se hacen evidentes una y otra vez nuevos axiomas que no se siguen por lógica formal de los previamente establecidos.” Es decir, no existe una lógica por la que un ordenador pueda descubrir los nuevos axiomas que resuelven las paradojas que una y otra vez surgen en matemáticas.

IA “débil” y “fuerte”

La IA “débil” -la clasificación y categorización de objetos por parte de los ordenadores- funciona perfectamente bien. Los ordenadores pueden distinguir rostros, o piezas malas de piezas buenas en una cinta transportadora, o fotografías de gatos y perros una vez que han “aprendido” a diferenciar la disposición de los píxeles, siempre que primero sean entrenados por un operador humano que marque el conjunto de aprendizaje como “gato” o “perro”. Por otro lado, la llamada “IA fuerte” -la sustitución de las funciones críticas de la mente humana por un ordenador- es una utopía.

Gödel lo demostró mediante la lógica formal. Se podría añadir que el impulso de detectar fallos en los cimientos de nuestro pensamiento y construir unos mejores surge de una personalidad con un propósito. Kant sólo consideraba el ejercicio de la razón como tal; el motivo para ejercer la razón, sin embargo, está incrustado en la personalidad. Buscamos la verdad no porque estemos programados para ello -la mayoría de las veces nos contentamos con engañarnos a nosotros mismos-, sino porque tenemos relaciones sociales, ambiciones y, sobre todo, una conciencia de nuestra propia mortalidad que nos infunde el deseo de dejar algo único que perdure más allá de nuestra existencia terrenal. La creatividad nace de la pasión, lo único de lo que es incapaz un ordenador.

El peligro de la inteligencia artificial somos nosotros

Pero hay que hacer una salvedad. Que la IA no pueda pensar no significa que no pueda ser peligrosa. La noción más perniciosa que jamás haya asolado a la humanidad sostiene que podemos elegir una identidad del mismo modo que compramos un traje de primavera. Ya he escrito sobre ello en otro lugar. Nos engañamos a nosotros mismos pensando que podemos (por ejemplo) elegir nuestro género. No pretendo denigrar al pequeño número de personas que creen que no tienen elección y están seguras de pertenecer al sexo opuesto. Pero las identidades de diseño que vende la cultura woke son un fraude. La IA puede potenciar esos delirios, por ejemplo, permitiéndonos habitar un mundo virtual con un avatar que encarne nuestras fantasías más oscuras. Uno se estremece al pensar lo que la IA podría conseguir en la pornografía interactiva.

Las aplicaciones distópicas de la IA, sin embargo, presuponen que ya hemos degradado nuestro sentido del yo, transformándolo en una cuestión de elección del consumidor, y aplastado las funciones superiores de la mente para dejar espacio a aventuras hedonistas. Eso no es la IA elevándose al nivel del pensamiento humano; eso, más bien, es la humanidad hundiéndose al nivel de la objetivación inanimada. El verdadero peligro no reside en la IA, sino en nosotros mismos.