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Derecho a ofender

Caer ocasionalmente en la tentación, dado que la carne es débil y todo eso, es ser incoherente, sí, pero no necesariamente hipócrita. Es necesaria, por tanto, una violación más a fondo de los principios que se proclaman para tildar a una persona o una organización de hipócrita. Como la que comete Google.

Por más que algunos defensores de la neutralidad en la red como Enrique Dans aseguren que Google lleva este concepto integrado en su ADN y que el comunicado de la empresa en respuesta a las acusaciones del Wall Street Journal supone un desmentido en toda regla, lo cierto es que el gigante de las búsquedas no ha hecho sino confirmar punto por punto las acusaciones del diario neoyorquino. Lo único que viene a decir es que lo que está haciendo no viola la sacrosanta "neutralidad en la red". Y eso, lamento decirlo, es sumamente hipócrita.

No estoy para nada en contra de lo que está planeando hacer Google, como tampoco lo estoy de que una empresa como Akamai (que cualquiera puede contratar para que sus usuarios vean sus páginas más rápido) lleve ya tiempo haciendo lo mismo. Alojar servidores caché propios en los centros de datos de los proveedores de internet acelerará algunos servicios de Google, principalmente la descarga de vídeos de YouTube, y aligerará de peso el tráfico en las redes. Todos nos beneficiaremos de ello, incluso quienes no usen productos de Google, porque aumentará la velocidad de internet y reducirá la necesidad de inversiones de las operadoras; inversiones que al final terminamos pagando sus clientes.

Como recuerda Richard Bennet, la propia Google reconoce que quiere prohibir a los proveedores de internet "cobrar un recargo a los proveedores de contenidos que no sean clientes suyos", "priorizar el envío de paquetes de datos basándose en la propiedad o afiliación del contenido, o la fuente o destino del mismo" y "construir un ‘carril rápido’ que confine las aplicaciones y contenidos de internet a una porción de ancho de banda relativamente escasa y lenta". Si en los acuerdos de Google el dinero cambia de manos, se incumplirán los tres principios; si no, "sólo" los dos últimos. Y es que los servidores caché de Google supondrán un "carril rápido" que provocará que las aplicaciones y contenidos de internet que no le pertenezcan vayan relativamente más despacio y priorizarán su tráfico con respecto a los de los demás proveedores de contenidos de la red.

El lobbista de Google, Richard Whitt, se defiende con el argumento de que el acuerdo no impide a otras empresas llegar a convenios similares. ¡Sólo faltaría! Pero es que las hipotéticas violaciones de la neutralidad en la red por parte de los proveedores de internet que Google quiere prohibir tampoco tendrían por qué estar cerradas sólo a unos proveedores de contenidos. Whitt añade que el miedo es que las empresas de telecomunicaciones "cobraran por el envío rápido de ciertos contenidos a los usuarios y, al hacerlo, se pusieran a sí mismas en el negocio de qué contenido logra esa velocidad extra". ¿Y qué suponen estos acuerdos sino una forma de lograr el envío rápido de ciertos contenidos a los usuarios?

La única defensa real de que estos acuerdos no violan la neutralidad en la red es técnica: ciertamente todos los bits seguirán siendo "tratados iguales" en las redes. Pero los efectos prácticos para la competencia en internet son exactamente los mismos que si se concediera mayor prioridad a los bits de Google sobre los de los demás. Excepto para quienes apoyen la neutralidad sólo por defender una suerte de "pureza ingenieril" en la gestión de las redes, que igual hay alguno, y no porque teman ciertas consecuencias prácticas de violar ese principio, la postura de Google es una ruptura en toda regla de aquello que dice defender y por lo que ha creado un lobby en Washington. La empresa de Palo Alto ha generado una doctrina en la que violar la neutralidad en la red es admisible sólo cuando ella misma lo hace. Y su patética defensa no supone más que meras excusas de mal pagador.

La hipócrita Google

Puede que muchos se sorprendan por esta medida, pero realmente estaba cantada desde hace tiempo y, de hecho, no es una de las mas graves que ha tomado Bernanke durante su mandato, aunque sí la más llamativa.

Aunque los analistas esperaban que, como mucho, la Fed recortara los tipos 50 puntos básicos hasta dejarlos en el 0,5%, finalmente ha preferido echar toda la carne en el asador. El motivo no ha sido otro que el temor a la "deflación" que desde hace unos meses se vive en el país y que siempre ha tenido Bernanke como principal preocupación: sin ir más lejos, hoy se ha conocido que el IPC cayó en noviembre al mayor ritmo desde 1932, después de que siguiera una tendencia similar el mes anterior.

Sin embargo, mucho me temo que ni el diagnóstico ni los remedios aplicados por la Fed son los correctos para la situación actual. De hecho, Estados Unidos está cometiendo, uno a uno, todos los errores en los que ha caído Japón durante los últimos 20 años. La solución de Bernanke y de muchos monetaristas es simplista: si los precios caen, vamos a inundar de dinero la economía hasta que el valor del dólar se desplome tanto que los haga volver subir.

Pero parece que estos economistas académicos nunca han adquirido los más básicos conceptos de contabilidad. El problema de los bancos estadounidenses no es que el acceso al crédito esté caro (lo que sí podría resolverse parcialmente bajando tipos), sino que están quebrados (esto es, que el valor de sus activos ha caído por debajo del de sus deudas), como sí ha sabido ver muy bien el gurú financiero Jim Rogers. Una empresa quebrada –también un banco– es una empresa muerta, ya que nunca será capaz de generar los ingresos suficientes como para repagar sus deudas, ni aunque se le refinancie la deuda a excelentes condiciones ni aunque deje de amortizar el activo.

Si los precios están disminuyendo en la economía estadounidense es simplemente porque todos los inversores están vendiendo masivamente sus activos para repagar parte de su deuda excesiva. La vivienda, la bolsa, las materias primas y cualquier otro activo (salvo el oro) en el que los inversores se apalancaran durante los últimos años están cayendo de precio y, como no podía ser de otro modo, los de los bienes de consumo también terminan desinflándose. En todo proceso de desapalancamiento y contracción crediticia, el valor de los activos se hunde y, en consecuencia, el de la moneda sube. Pero ¿acaso colocar los tipos de interés al 0% logra detener la venta masiva de activos para amortizar deuda? De nuevo, el problema, como ya se vio en Japón, no es sólo de liquidez, sino sobre todo de solvencia.

La Reserva Federal, con esta decisión, sólo se compromete a tratar de refinanciar sin intereses la deuda de unos bancos zombificados. Pero que nadie espere que esta bajada de tipos se vaya a plasmar en un aumento de los créditos a la economía productiva ni en una reactivación del crecimiento o de la creación de empleo. Cuando los bancos todavía no han dado de baja sus malos créditos so pena de quebrar, es absurdo esperar que vuelvan a prestar unos recursos que, en realidad, no tienen.

Por tanto, colocar los tipos del 0% no tendrá ningún efecto real, es una mera operación de maquillaje para no hacer lo que de todas formas ya no se pretendía hacer: reconocer que los bancos y la mayor parte del sistema financiero estadounidense están quebrados.

El problema no es este placebo, sino qué escenario se nos abre por delante. Bernanke ya ha perdido todo su margen de maniobra para bajar tipos, así que es de esperar que en los próximos meses, cuando la deflación no haya remitido y la economía siga estancada, dé un paso al frente y adopte medidas realmente radicales; por ejemplo, adquirir todos los activos de los bancos a precios absurdamente inflados contra dinero de nueva impresión.

En lugar de liquidar las malas inversiones de los bancos, las empresas y las familias, permitiendo que la estructura productiva se reestructure, la Reserva Federal y el Gobierno de Estados Unidos parecen empeñados en conservar una economía muerta y paralizada, donde los errores pasados se perpetúan y donde el sacrificio de la moneda se converte en la tabla de salvación de los insolventes. Desde luego, como también señala Jim Rogers, Bernanke y Paulson están abocando al colapso a la que, durante décadas, fue la economía más pujante del mundo.

El anuncio imposible

Quizá alguno recordará un llamativo anuncio de hace algún tiempo. Me refiero a aquel en que se resumía la historia de un tal Kyle McDonald, quien comenzó con un clip rojo y, mediante sucesivos intercambios, se hizo ni más ni menos que con una casa. Además, en 2006, en pleno boom inmobiliario.

El anuncio, como digo, se basaba en una historia real (por cierto, más detalles en el blog de McDonald). Cualquier persona sin conocimientos económicos específicos sabe que la tarea anterior, si bien difícil de conseguir, no es imposible. Se puede hacer, y de hecho se ha realizado, como prueba la historia de este tipo.

Sin embargo, para un economista neoclásico, esto es directamente imposible. La teoría económica que conoce no solo no puede explicar este fenómeno, sino que, por el contrario, afirma la imposibilidad de su ocurrencia. Vamos, el mundo al revés: una teoría generalmente aceptada por la comunidad académica nos dice que es imposible algo que la evidencia histórica muestra que ha sucedido. Lo curioso es que la teoría sigue vigente y sirviendo de base para la toma de decisiones regulatorias.

Como es sabido, toda la teoría de la eficiencia y la cuantificación de las magnitudes económicas que se realiza en dicha escuela parte de la base de que la utilidad que obtiene el individuo de un bien es igual al precio que paga por él. Y, a partir de aquí, se cuantifican la demanda, la oferta y todo lo que haga falta.

De acuerdo a la teoría económica neoclásica es imposible que se pueda intercambiar un clip rojo por una casa, puesto que, por la propiedad transitiva, esto implicaría que tienen la misma utilidad. Y, aunque no se puede afirmar taxativamente que no pueda ocurrir en ningún caso, la evidencia histórica nos muestra que el segundo bien es mucho más valorado que el primero.

Afortunadamente, existe una teoría económica, la austriaca, que sí está en contacto con la realidad y permite explicar fácilmente este suceso. Dicha teoría parte del supuesto justamente contrario al de la neoclásica: el intercambio sólo se produce sin ambas partes valoran más lo que obtienen que aquello de lo que se desprenden. En otro caso, no harían el intercambio. Esto quiere decir que cuando alguien paga un determinado dinero por un bien, no valora dicho bien en ese precio, si no en más.

¿En cuánto más? Para eso la teoría económica no tiene respuesta, pues las preferencias de los individuos tienen orden jerárquico, y se pueden valorar ordinalmente, pero no cardinalmente. Esto es, podemos decir que preferimos un bocadillo a 3 Euros, pero no podemos decir que ese bocadillo lo valoramos en 4 Euros. Ni nosotros, ni mucho menos un economista observador del fenómeno.

Pero, en todo caso, los bienes intercambiados tienen más valor para el receptor que para el dador. Por tanto, sí es teóricamente posible conseguir intercambiar un clip por una casa. Con cada intercambio, el nuevo bien tiene más valor que el previo, y lo único que hay que hacer es encontrar a un nuevo individuo que valore más este objeto que el que está dispuesto a ceder.

Aparentemente, en este proceso se invierten básicamente dos componentes: el bien inicial y tiempo. Por tanto, el bien final tras cada intercambio deberá superar en valor para Kyle la suma de ambas utilidades. Teniendo en cuenta que obtener la casa le llevó al protagonista tan solo un año más el clip rojo, y que el valor de las casas suele superar un año de sueldo, tiene que haber algo más que explique el excepcional resultado.

Me refiero, por supuesto, a la función emprendedora del ser humano, que es capaz de encontrar desfases entre las valoraciones de un mismo bien por distintos individuos, y obtener como ganancia la diferencia entre ambas valoraciones. En el fondo, Kyle McDonald demuestra una gran capacidad de emprendedor, como se puede comprobar con un simple vistazo a la página web antes citada. Son estos beneficios obtenidos tras cada intercambio los que explican la hazaña.

En definitiva, la historia del anuncio imposible se puede explicar fácilmente si aceptamos algo que sabemos: que el intercambio de bienes solo se produce si las dos partes ganan, y que el hombre tiene una enorme capacidad de emprendimiento. Si, como hacen los economistas neoclásicos, asumes que el intercambio supone igualdad de valor, y que el hombre es un optimizador de recursos andante, este anuncio es mera ficción.

En su mundo de eficiencia y competencia perfecta, esto no es posible; en el nuestro, el real, sí.

Hay que privatizar la moneda

Cuando explicamos los motivos por los cuales se producen las crisis económicas, aconsejamos que para prevenirlas y alcanzar un sistema monetario sano sería necesario que la abolición de los bancos centrales fuese acompañada de la privatización del dinero. Dicho de otra manera: hay que eliminar el monopolio gubernamental sobre la moneda, que es una institución vital para la vida económica ya que sin ella no habría precios y se limitarían considerablemente los intercambios.

La primera idea importante con respecto al dinero es que no son los gobiernos los que dan valor al dinero ni los que deciden qué es dinero. Señaló Menger que sólo podemos entender el origen del dinero si consideramos este procedimiento social como un resultado espontáneo, es decir, como consecuencia no prevista de los esfuerzos individuales.

Y es que el dinero surge al intentar solucionar los problemas que presenta el trueque (intercambio directo). A lo largo de la historia se han utilizado muchos bienes distintos como medio de intercambio: ganado, sal, café, azúcar, esclavos, seda, entre otros. Sin embargo, finalmente se llegó en casi todas las zonas y culturas a utilizar los metales como medio de intercambio. En especial la plata y el oro. Lo cual nos demuestra que estos bienes cumplen mejor las funciones de dinero que el resto de bienes. Por tanto, es la gente, mediante un procedimiento de prueba y error, la que decide en qué bien o bienes conservar su riqueza.

De la misma forma que el lenguaje, el mercado o el derecho, la moneda debe caer dentro del concepto de orden espontáneo. La salud de la moneda sólo se consigue permitiendo emisores privados que compitan, ya que sólo de esta manera podemos descubrir empresarialmente qué dinero es más conveniente para la gente.

Los productores de dinero intentarán descubrir oportunidades de ganancia y aprovecharlas en un proceso dinámico sin fin, rivalizando unos con otros en el ofrecimiento de beneficios. Pese a que no podemos saber los resultados concretos de un mercado de dinero que evoluciona libremente, White señala algunos servicios que podrían ofrecer: convertibilidad fácil, formas y tamaños convenientes, colores atractivos, seguros contra falsificaciones y un conjunto ventajoso de valores nominales, entre otros. Evidentemente, el monopolio gubernamental de la moneda hace imposible la función y el descubrimiento empresarial que llevaría a cabo este proceso.

Las consecuencias de que se nos haya expropiado el dinero, es decir, de utilizar papel moneda no convertible en un entorno de curso forzoso, son altamente perjudiciales. Por un lado, el papel moneda inconvertible es un bien que la gente no desea por sí mismo porque no cumple la función principal del dinero: la conservación de valor. Es por ello que la gente tiene que trasladar riqueza a bienes como la propiedad inmobiliaria, las materias primas o las acciones. El papel moneda sólo se utiliza para realizar pagos.

Por otro lado, aumenta notablemente el poder y el intervencionismo de los gobiernos. Se entra (a partir de 1971) en la "era de la inflación" (Rueff), ya que los gobiernos la utilizan como recurso. Hasta que fue expropiado por el Estado, el oro impedía a los gobiernos expandir la oferta crediticia exógenamente, porque el oro no podía ser creado "de la nada". Ya no existe la preocupación de conservar las suficientes reservas metálicas para hacer frente a sus compromisos.

Sencillamente, un mercado competitivo de dinero es la mejor garantía contra la inflación. Hay que eliminar el curso forzoso legal y todas las restricciones legales sobre la moneda porque destruye el proceso de descubrimiento empresarial y limita las opciones de medios de intercambio.

Por ello, Hayek afirmó que los gobiernos han explotado sistemáticamente el monopolio de la moneda en beneficio propio y en perjuicio de la población, y añadió que "espero que no se tarde mucho en comprender que la libertad en utilizar la moneda que libremente se prefiere constituye una marca esencial de un país libre".

Madoff y el fraude de los intelectuales

Ya resuenan los rugidos de quienes hablan con peor voluntad incluso que conocimiento de los escándalos del capitalismo financiero. Madoff ha construido un enorme fraude piramidal, ese esquema con mejor presente siempre que futuro, y que hemos visto estallar en el caso Fórum-Afinsa.

El mecanismo es sencillo: se ofrecen altas rentabilidades, que se pagan no con los beneficios de inversiones exitosas, sino con las entradas de nuevo dinero procedente de inversores que están atraídos por el alto interés. Este esquema sólo puede mantenerse si sigue entrando dinero a ritmos crecientes. Como no puede hacerlo indefinidamente, antes o después tiene que estallar, y todos acaban haciéndolo.

El caso Madoff es muy aleccionador por varias razones. La primera es que la SEC examinó la empresa hace un año y no vio indicios de fraude; ha tenido que alcanzar "dimensiones épicas" para que se de cuenta. Se creó para evitar casos como éste, y no me extrañaría que alegase su propio fracaso para pedir aún más poderes de control. Fue lo que hizo con Enron.

La segunda es que todo el mundo se echa las manos a la cabeza por este fraude, y prácticamente nadie se escandaliza con otro fraude idéntico, del que somos todos víctima, y que compromete nada menos que 115.000 millones de euros: nuestra Seguridad Social. Funciona igual: paga con las nuevas entradas de dinero, y necesita cantidades crecientes para no quebrar. Además de ser un fraude, éste no sólo no lo persigue el Estado, sino que nos lo impone él mismo. Los partidos preparan una "reforma" que no es más que un recorte en las prestaciones que ronda, según parece, el 30 por ciento. La Seguridad Social sólo tiene dos salidas: ir a la quiebra o morir poco a poco, exigiendo más y pagando menos a cada "reforma".

Y la tercera, entre muchas otras posibles, es que son varios los que se prestan a denunciar el fraude Madoff pero callan ante el de la Seguridad Social. Es el caso de Emilio Ontiveros, que desde El País se ríe de "la fácil complicidad entre la codicia y la estupidez" que se da en estos casos, pero no le imagino denunciando la fácil complicidad entre la codicia del Estado y la imposición por la fuerza de un fraude como el de la SS. O que habla del "Ponzi más selecto de la historia", pero curiosamente no del más masivo. No quiero personalizarlo en este economista, pero sí señalar a una falange de intelectuales que se ven a sí mismos como críticos implacables… hasta que topan con el Estado. Ante él no es sólo que dimitan como críticos, sino que desgastan cualquier reclinatorio. En este caso, no sólo Bernie Madoff es un fraude.

Declaración Universal de los Derechos de los Políticos

El pasado 10 de diciembre se cumplieron 60 años de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, un texto escrito tras la Segunda Guerra Mundial y que recoge dos tradiciones distintas de pensamiento sobre los derechos de las personas. La primera, que se refleja esencialmente en los artículos primero a 20, es la tradición individualista que reconoce en cada persona al portador de derechos inalienables que le son inherentes y que se derivan del derecho a la vida y a la propiedad. Es la tradición que se reflejó en la famosa Declaración de Derechos de Virginia o en las diez primeras Enmiendas a la Constitución de los Estados Unidos.

El artículo 21 marca ya el cambio de tono, y proclama el derecho de todos de participar en el proceso político. A partir de ahí se lista un conjunto de derechos “positivos”, como el “derecho” a la seguridad social, a “una remuneración satisfactoria”, a “un nivel de vida adecuado” a la “educación gratuita” y demás.

El de los derechos positivos es un capítulo sin límite. Mientras que los negativos nacen del mismo ser de la persona, los otros son una lista de la compra que se puede ampliar a medida que la sociedad es más próspera y puede sostener las promesas de los políticos. No son, en realidad, derechos, sino la promesa de que el proceso político pondrá a una parte de la sociedad, o a toda ella, bajo una servidumbre involuntaria que resultará en la provisión por el Estado de ciertos bienes y servicios. Los derechos positivos son un programa político.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos no parte del reconocimiento de ciertos derechos propios de cada individuo, sino que es ella quien los otorga, quien los crea. E, igual que los ha proclamado, los puede cambiar en cualquier momento. De hecho, en su artículo 29 dice que “estos derechos y libertades no podrán en ningún caso ser ejercidos en oposición a los propósitos y principios de las Naciones Unidas”, y como éstos dependen de lo que decidan los dirigentes, la carta de derechos de 1948 es una concesión, limitada y siempre provisional, de los políticos. Es una Declaración Universal de los Derechos de los Políticos. Siempre nos están salvando… menos de ellos mismos.

Demasiado ruido en Facebook

Y quien parece dominar el sector es Facebook. Sin embargo, esta última puede terminar muriendo de éxito. Muchos de sus miembros tienen un comportamiento compulsivo que termina agotando a otros y no se debe descartar que muchas personas opten por darse de baja.

Las malas prácticas que existen en Facebook son sólo las generales de internet y el correo electrónico, pero multiplicadas de forma pasmosa. Y conforme aumenta el número de usuarios de esta red social, también lo hace "ruido" al que son sometidos sus integrantes. Esto hace que lo que era una experiencia interesante y divertida se termine convirtiendo en ocasiones en una auténtica pesadilla para poder acceder a lo que realmente te interesa.

Hace unos meses, lo habitual era que quien te enviaba una petición de amistad tuviera algún tipo de relación contigo: ser amigo en el mundo off line, estar en alguna lista de correo en la que tú también participas o compartir la militancia en alguna organización concreta. De ahí se pasó a la solicitud de amistad de personas con las que se tenían amigos en común en Facebook. Al principio, esto no suponía un gran problema, puesto que bastaba con comprobar quiénes eran para saber si se tenían afinidades.

Lo malo es que, de esta manera, se incrementa el número de potenciales emisores de mensajes de correo, invitaciones a participar en causas o en todo tipo de aplicaciones que no te interesan en absoluto. Por no hablar de todos los cambios de fotos, estados de ánimo y similares. Y termina ocurriendo, la página de inicio del usuario se convierte en un tremendo galimatías en el que es difícil encontrar la información que a uno realmente le puede interesar. No importa que uno se defina en su perfil como "libertarian" y que viva en Madrid; contactos que, en realidad, son amigos de amigos te invitan a participar en grupos nacionalistas de distintos lugares, por el socialismo o a favor de las ayudas públicas a embarazadas.

En una misma sesión, uno puede ver que le han invitado a un grupo favorable a la presencia de símbolos religiosos en los colegios públicos y a otro que pide que todo lo que tenga que ver con la fe sea proscrito de la sociedad. Para que te manden cosas tan contradictorias sólo muestra que uno de los emisores –o ambos– no te conoce en absoluto o que no le importa lo que pienses. Actitudes así no hacen otra cosa que convertir en molesto lo que debería ser agradable y lo que debería ofrecer grandes posibilidades de comunicación.

La solución es simple: buena educación y pensar en el otro. Reflexionar sobre si a un contacto le puede interesar o no sumarse a una causa o grupo antes de enviarle una invitación. En definitiva, pensar si, como debería hacerse a la hora de mandar correos por el e-mail tradicional, a todos los contactos a los que se quiere remitir el mensaje les puede concernir su contenido. Este tipo de prácticas son las que podrían evitar que Facebook se transforme en un guirigay global en el que no merezca la pena estar.

El fantasma de las Navidades futuras

Acaba otro año. Parece que se impone la reflexión y el propósito de la enmienda. Es el momento de los buenos deseos para el futuro que se dibuja en un turbio horizonte. Yo, si puedo elegir, quiero para el año que viene una Barbie Libertaria. Desde 1959, todo lo que existe en el imaginario colectivo es reflejado por una muñeca de Mattel correspondiente: hay una Barbie dentista, profesora, surfera, punkie, ranchera, ecologista, princesa de cuentos, latina, Mary Poppins, obamita… ¿Por qué no una Barbie Libertaria?

Muy sencillo: los liberales y los libertarios no tenemos buena prensa, entre otras cosas porque la gente no tiene muy claro qué defendemos. Por un lado, en el año I a. de C. (antes de la Crisis), se subieron al carro liberal por la derecha y por la izquierda toda una troupe que consideró que para ganar las elecciones hay que ser un poco de todo: un poco socialista, un poco liberal, un poco de lo que usted, amado y nunca suficientemente loado votante, necesite para que me conceda su voto. Pero ya ha pasado mucho tiempo desde entonces. Ha sobrevenido lo que se vislumbraba, y quienes antes defendían la responsabilidad de cada cual ahora claman por un plan de salvación planificado desde arriba y alimentado por el gasto público. Ha pasado el momento de sonreír a la cámara afirmando ser liberal.

Sea como fuere, algo hacemos mal. Si nuestro mensaje es tan evidente (¡y lo es!), si como decía Manuel Ayau en su discurso de recepción del Premio Juan de Mariana, tenemos en nuestra mano la solución a la pobreza (defensa de la vida, la propiedad y los contratos)… ¿por qué no hemos convencido ya al 70 % de la población mundial?

Si lo que defendemos es la autonomía individual frente al sometimiento a quienes quieren hacer de nosotros seres dependientes… ¿por qué no están abarrotados los buzones con cartas preguntando "dígame cómo lo hago"?

Mi amigo Xabi dice que vende más el mensaje "Usted no haga nada, señora, déjese llevar, que yo sé muy bien qué necesita y se lo voy a dar, me lo pida o no… (y no se olvide de pagar)", que decirle a la gente que se haga responsable de sus actos, por más que esta última opción asegure independencia y libertad. Es cierto, señor conde, pero hay algo más, reconozcámoslo. No comunicamos bien y no somos buenos estrategas.

Los liberales y libertarios somos racionalistas. Unos y otros, con más o con menos formación oficial, todos nos preocupamos por leer, argumentar, debatir hasta la extenuación para delimitar qué sí, qué no, de qué manera y en qué circunstancias. Yo reconozco que me encanta discutir con mis compañeros, que disfruto con esos análisis eternos. Pero soy consciente de que eso no llega a la gente de a pie que viaja conmigo en el Metro. No les llega incluso cuando los temas les importan, y eso es en pocas ocasiones. Los publicistas de detergentes para la lavadora saben que un toque científico está bien, pero lo que la gente quiere ver es a la niña vestida de Primera Comunión caerse en el barro y lo blanco y brillante que queda el vestido después. Y nosotros los liberales y libertarios tenemos esa carencia. Hay que hacer más cosas (¡sin abandonar los debates sesudos!).

Las personas que podrían estar interesadas en nuestro mensaje no quiere saber la delgada línea que diferencia a éstos de aquellos; le preocupan otras cosas más prácticas: que el Gobierno gasta mucho y mal, que no puede educar a sus hijos como quiere, por poner un par de ejemplos. ¿Por qué no dedicarnos a explicarles qué es realmente el liberalismo y cómo puede afectar a su vida cotidiana?

La primera y principal razón somos nosotros. No sabemos escribir sin desprendernos de la densidad del lenguaje técnico. No sabemos hablar comunicando. Es un gran error: be gentle with the reader, sé amable con el lector, me repitió siete años mi director de tesis. Y para ello es imprescindible tener muy claro quién es el lector. Porque como dijo el gran publicista del PSOE en una canción… "No es lo mismo". Pero eso no es todo. Cuando alguien comunica bien, le despreciamos de manera más o menos evidente porque nos parece frívolo. ¡Lo que nos faltaba!

El otro punto es la estrategia. Una de los signos evidentes de que debemos estar en el camino correcto es que cada vez nos critican más, les hacemos pupa. Y, por supuesto, en este intento de desprestigio, muchas veces exitoso (llamemos pan al pan, y vino al vino), no escatiman. Somos medievales, comeniños, pederastas, fachas… y, por encima de cualquier otra cosa, somos una secta. ¿Y qué hacemos? Como nos sentimos minoría agredida, nos comportamos como una secta. Porque las sectas se comportan como minorías agredidas. Pero si lo pensamos bien ¿qué son los seguidores de Hello Kitty sino una minoría "elitista"? Creo que deberíamos lanzar una campaña de merchandising aprovechando los ataques de aquellos que nos insultan porque les resultamos molestos. Una campaña divertida, barata y bien diseñada. Si otros pueden, nosotros también.

Tal vez entonces Mattel se plantee sacar una Barbie Libertaria. Y realmente les daría muchos beneficios, especialmente en los complementos, pues casi todo es opcional y voluntario.

Somalia, ¿anarquía o caos?

Somalia no tiene un Gobierno nacional formal desde 1991. Tras la caída del dictador socialista Siad Barre las facciones rivales se enzarzaron en una guerra civil, varias zonas pasaron a ser regiones autónomas sin reconocimiento internacional y otras, como la capital Mogadiscio, fueron subdivididas y controladas informalmente por "señores de la guerra". La soberanía de Somalia es reclamada por el Gobierno Federal de Transición, formado por una variopinta coalición de señores de la guerra y líderes tribales. Este Gobierno no tiene ninguna autoridad sobre la mayoría del país y no ha sido capaz de recaudar impuestos todavía.

Somalia es reivindicado como ejemplo tanto por algunos anarco-capitalistas como por sus críticos. Para los primeros Somalia es una prueba de que el anarco-capitalismo es viable mientras que para los segundos demuestra que tiene resultados tercermundistas. Hay una tercera posibilidad y es que Somalia no sea un retrato fiel de una sociedad anarco-capitalista y no sirva como ejemplo a ninguno de los dos.

El anarco-capitalismo según sus proponentes es un sistema en el que todos los servicios son provistos por el mercado, no hay impuestos sino precios que se pagan voluntariamente, y nadie detenta el monopolio de la fuerza en un determinado territorio. Pero en muchas áreas de Somalia no hay empresas de protección compitiendo entre ellas por clientes sino señores de la guerra con monopolios locales y con capacidad para cargar ciertos tributos. En una sociedad anarco-capitalista la ley es un bien de mercado y su contenido obedece a la demanda de los consumidores. Para que el anarco-capitalismo tenga el resultado liberal que defienden sus valedores la mayoría de la población debe tener inclinaciones liberales y demandar leyes inspiradas en estos principios, y no parece que se cumpla esta premisa.

Pero Somalia tampoco encaja como ejemplo de una sociedad estatista. No hay un monopolio de la fuerza sobre todo el territorio. Hay milicias locales pero su control no es del todo efectivo ni tan intrusivo. No hay regulaciones ni licencias, y los tributos que se cobran por algunos servicios son muy reducidos. Existe, además, un sistema de ley consuetudinaria tradicional denominada xeer que tiene muchas similitudes con la common law anglosajona. El antropólogo liberal Spencer MacCallum señala que en la xeer los crímenes están definidos en función de los derechos de propiedad, la justicia criminal está orientada a compensar a la víctima, y sus preceptos se oponen a cualquier forma de impuestos. Según MacCallum la xeer y su sistema de resolución de disputas (ligado a una estructura descentralizada de clanes de libre adscripción) ha permitido que sea posible la actividad económica y el desarrollo en Somalia.

Somalia parece estar a medio camino entre la anarquía y el equilibrio tenso entre diversas milicias o mini-Estados, todo ello en el contexto de una sociedad pauperizada tras décadas de socialismo duro, con fuerte conflictividad social e importante arraigo islamista. Un escenario un poco extremo para poner a prueba el anarco-capitalismo. No obstante, la realidad es menos negra de lo que asumen quienes utilizan Somalia como ariete anti-anarcocapitalista, y fuentes tan poco sospechosas de anarquismo como The Economist o el Banco Mundial se han sorprendido de los progresos de Somalia en ciertos sectores en ausencia de un Estado formal.

Peter Leeson estudia 18 indicadores sociales y económicos durante el período anterior y posterior a la caída del gobierno de Barre y concluye que los somalíes están mejor sin Estado que con Estado. Bajo el régimen de Barre la libertad de viajar estaba severamente restringida. La libertad de expresión a menudo se castigaba con la muerte. Hoy en día los somalíes son libres de viajar donde quieran (los límites los ponen los otros Estados) y aunque sigue habiendo intimidación contra periodistas por parte de los distintos grupos armados hay más libertad de expresión y más medios de comunicación privados. En el ámbito judicial, las disputas se resuelven de forma más rápida por árbitros y tribunales privados, y en ausencia de Estado no hay tanta corrupción ni presiones políticas. Bajo el gobierno de Barre la "justicia" era pura represión contra el disidente.

Leeson también compara el progreso de Somalia en su período anarquizante con el de sus vecinos estatistas, Kenya, Djibuti y Etiopía. En la mayoría de indicadores Somalia muestra mayores progresos. Ben Powell compara las condiciones de vida en Somalia con la de 42 otros países sub-saharianos antes y después de la caída del Estado central. Las condiciones de Somalia mejoraron en términos absolutos y en general han mejorado por encima de la media de los demás Estados sub-saharianos.

El sector de las telecomunicaciones de Somalia es uno de los más desarrollados de África oriental. La enérgica competencia ha reducido los precios por debajo de los niveles típicos africanos y el número de teléfonos fijos y móviles por habitante supera el de la mayoría de países. El sector aeronáutico cuenta con 15 compañías, 60 aviones y 6 destinos internacionales. En 1989 había una compañía nacional, un avión y un destino internacional. El agua, la electricidad, la educación o la sanidad están siendo provistas por empresarios. La escasez sigue siendo rampante pero la oferta de estos servicios ha aumentado y es dudoso que un Estado fuera a hacerlo mejor. En el actual contexto resulta demasiado costoso para un empresario privado invertir en carreteras y cobrar peajes, pero las autoridades municipales de Berbera-Hargeisa recaudan peajes y tampoco los invierten en el mantenimiento de las infraestructuras.

Para los estándares occidentales Somalia sigue siendo un país tercermundista, violento y repleto de miseria. Pero una crítica honesta de Somalia como ejemplo imperfecto de una sociedad sin Estado no puede reducirse a un "si tan genial es el anarco-capitalismo por qué no te vas a vivir allí". Primero porque no está claro que Somalia se ajuste a la definición de anarco-capitalismo. Y segundo, porque si se quiere evaluar un sistema político frente a otro hay que comparar su aplicación en escenarios similares (social, económica y culturalmente). Si queremos estudiar si una dieta para adelgazar es mejor que otra no es serio probarlas respectivamente en un sujeto obeso y uno flaco y luego, aunque el obeso adelgace más que el flaco, decir que la dieta del obeso no funciona porque aún está mucho más gordo que el flaco. Somalia sigue siendo muy pobre y lo seguirá siendo por todo el bagaje social, económico y cultural que arrastra. La cuestión es si Somalia está mejor sin Estado de lo que estaba con Estado. Y si en otros países, con otro bagaje histórico, también estaríamos mejor sin Estado.

Lincoln, la construcción de un mito

De las cuatro decenas largas de presidentes de los Estados Unidos de América, el más celebrado de todos ellos es Abraham Lincoln. A diferencia de Washington, Jefferson, e incluso Reagan, que disfrutaron de largas y no siempre serenas magistraturas, Lincoln gobernó sólo cuatro años, exactamente los mismos en los que se desarrolló la guerra de secesión, severo trauma que desangró la todavía jovencísima Norteamérica entre 1861 y 1865. Ha pasado a la historia como justiciero libertador de esclavos, impenitente demócrata que luchó por la unidad de su país y como compendio de todo lo bueno y justo que aquella gran nación ha dado al mundo.

Pocos, sin embargo, saben que, en el país de la libertad de prensa, cerró más de 300 periódicos, o que era despótico en la forma y racista en el fondo, o que se lo comía la ambición por el poder. Casi nadie conoce que el hombre que dictó la Proclamación de Emancipación de los esclavos negros se significó públicamente a favor del esclavismo. Nada de esto se sabe porque el Abraham Lincoln que ha llegado hasta nuestros días y hasta nuestros ojos es un personaje histórico edulcorado y esculpido a la medida de los muchos panegiristas con los que ha contado a lo largo de último siglo y medio. El Lincoln que hoy todos conocemos –o creemos conocer– es, en definitiva, un mito, una imagen idealizada que, de manoseada que está, no se parece en nada al personaje real, al que vivió, gobernó y fue asesinado en un teatro en el recién nacido Washington de mediados del siglo XIX.

Quizá sea en el modo en que Lincoln dejó este mundo la piedra primera sobre la que se edificaría el mito posterior. Fue el primero del siglo XX, a pesar de morir 35 años antes de que éste empezase, y el modelo sobre el que se edificaron después las más variopintas leyendas personales post mortem de los líderes carismáticos de un siglo que, como el pasado, fue pródigo en ellos. Lincoln, que en vida había sido un ser humano mezquino y un presidente mediocre tirando a malo, se convirtió tras su muerte en el emblema de los nuevos Estados Unidos nacidos tras la confrontación civil. Los aduladores del momento le pintaron como el heredero natural de los Padres Fundadores y como el punto de inflexión necesario que precisaba entonces la República. No en vano, la historia de Estados Unidos se dibuja en dos anchos trazos en cuyo centro se encuentra la providencial presidencia de Lincoln.

Esta parcial e interesadísima apreciación histórica sería el principio de una presidencia inventada, de un presidente que nunca existió y el fundamento sobre el que edificar una unión renacida, sí, pero que poco tenía que ver con la visión de los que habían parido la nación más libre de la Historia tan sólo un siglo antes. Aquí radica la construcción del mito, es decir, la transformación de un oportunista en un visionario cuya figura habrían de recordar las generaciones venideras.

Con Lincoln nació, por ejemplo, la iconización de los prohombres públicos. Los avances tecnológicos de la época, como la fotografía, y la difusión de la prensa diaria lo hicieron posible. No es extraño que hoy en día el rostro de Lincoln sea el más fácilmente identificable de todos los presidentes de Estados Unidos, incluso para americanos sin instrucción y para extranjeros de cualquier parte del mundo. A esto no se ha llegado por casualidad. Todos los norteamericanos de 1865 pudieron mirar a los ojos de su malogrado presidente. Fue el primero que, en vida, inspiró una suerte de culto a la personalidad. Un juego de niños en comparación con lo que habría de venir, pero suficiente como para ser pionero en algo que, por aquellos, años, casi ningún político hacía. Tras su asesinato, su cadáver fue trasladado hasta Illinois en un aparatoso tren fúnebre preparado para la ocasión, presidido por un gran retrato del fallecido. Millones de personas asistieron al espectáculo conmovidas por la magnificencia de un poder político que nunca antes en los Estados Unidos había sido tanto para tantos.

Construida la imagen del libertador de barba geométrica y semblante adusto, se fue cimentando el mito poco a poco, con la lentitud que estos procesos conllevan en las sociedades libres. Se le atribuyeron cualidades que no poseía, se suavizaron sus más sonados defectos y mutaron en virtudes algunos de sus peores vicios. A los treinta años de su asesinato, Abraham Lincoln había dejado de ser un hábil político del medio oeste que había llegado a presidente, para convertirse en el refundador de Estados Unidos, en el "Gran Emancipador". Evidentemente no se lo merecía, pero para entonces ya no le importaba a nadie, el mito estaba listo para perpetuarse. Y se ha perpetuado.

El problema que tenemos cuando nos encontramos ante un personaje mitificado, es decir, de cartón piedra, es que no lo detectamos ni a la primera, ni a la segunda, ni a la tercera. Por lo general no lo detectamos nunca a no ser que vayamos sobre aviso. No lo hacemos porque tenemos una tendencia innata a creernos lo que nos cuentan si, en esa narración, todos o casi todos coinciden. Este es el peligro principal de los mitos en la Historia: llegado a un punto, pasan completamente desapercibidos hasta para los más desconfiados.

Para levantar la manta tejida pacientemente durante 150 años son necesarias ciertas dosis de curiosidad, de amor a la verdad y, sobre todo, estar dispuesto a estropear una excelente historia que almohadilla parte del presente, una parte mollar y confortable sobre la que sestea la conciencia de América. Lincoln no fue un dictador en el sentido estricto de la palabra, y al lado de los tiranos que la humanidad padeció en el siglo XX, bien puede representar la cara de la libertad. Pero como de lo que se trata es de saber la verdad, y sólo la verdad, porque de eso se alimenta el saber histórico, libros como El verdadero Lincoln no sólo son una buena excusa para clarificar episodios del pasado, sino una necesidad para explicarnos porque la primera potencia del mundo que es, a la par, la patria espiritual de todos los hombres libres, es mucho más estatista y borrega de lo que los amigos de la libertad desearíamos.

La clave y justificación de todo, la causa por la cual se construyó el mito de Lincoln reside ahí. DiLorenzo lo muestra tal cual, con la crudeza y precisión que estilan los historiadores norteamericanos. No emancipó a los esclavos del sur por convicción sino por oportunidad política. Dio comienzo a una guerra innecesaria que se llevó por delante más de medio millón de vidas y puso los cimientos del que acaso sea su legado más perdurable: la elefantiásica, todopoderosa, ingobernable y corrupta administración federal de Norteamérica. El resto es fábula, manipulación y una biografía cuidadosamente retocada, o, lo que es lo mismo, mito.

El verdadero Lincoln, de Thomas Di Lorenzo, está disponible en la tienda del Instituto Juan de Mariana a 26 euros, 18 para nuestros patrocinadores.