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La memoria no puede ser democrática

¿Qué es la memoria? La memoria es el recuerdo subjetivo de lo vivido, que puede tener reinterpretaciones de manera voluntaria o involuntaria. Debemos tener presente que la memoria no siempre coincide con la «verdad» histórica, objeto de los historiadores, pero sí que nos puede servir como una importante fuente histórica. La memoria ha sido uno de los objetos de estudio más importante para los historiadores; la bibliografía sobre el tema es muy abundante, pero me gustaría señalar dos trabajos relevantes. En primer lugar, Los marcos sociales de la memoria de Maurice Halbwachs, obra en la que se define la memoria colectiva. Pero sin duda, la obra más relevante y el estudio de referencia sobre esta temática es el trabajo de Pierre Nora, Los lugares de la memoria, se analiza la relación entre memoria e historia, describiendo los espacios físicos y simbólicos donde se halla representada[1].

En nuestras sociedades, la ciudadanía y el Estado son quienes privilegian o marginan unas memorias u otras, dictaminan qué y cómo recordarlo. Es importante recalcar, que, pese a que se pueda hablar de «Memoria» como concepto histórico susceptible de estudio, a mi juicio, es conveniente hablar de «memorias» cuando hablamos de fuente histórica. No hay una única memoria, cada individuo tiene la suya propia, por lo tanto, es subjetiva. Es por ello por lo que establecer leyes de memoria en la que es el propio Estado quien dirime qué y como recordar algo es algo peligroso.

Damniato memoriae

Si hay algo que tienen en común todos los Estados es que siempre han querido controlar el pasado; cuanto más totalitario es un Estado, más control quiere tener sobre la memoria. Los Estados utilizan la historia y la memoria para construir un discurso que legitime su poder. Seríamos muy ingenuos si pensáramos que lo hacen con buenas intenciones. La damnatio memoriae ha sido un elemento básico utilizado por los Estados para construir su historia nacional, el olvido y el recuerdo utilizados de manera arbitraria con fines meramente políticos.

Algunas políticas de memoria no son necesariamente negativas: la rehabilitación de un monumento, el homenaje a los caídos de una batalla importante o la identificación de las víctimas de una fosa común pueden ser buenas acciones. Pero la línea entre la divulgación histórica y la tergiversación de la memoria es tan fina que en ocasiones es muy difícil de percibir para el ciudadano común.

Ley de memoria democrática

La última ley relacionada con la memoria en nuestro país se decretó en el 2022, su título es bastante pretencioso: Ley de Memoria Democrática. La ley es sorprendente, ya no por lo mal redactada que está, algo a lo que nos tiene acostumbrados el Boletín Oficial del Estado, sino por el carácter liberticida y totalitario que tiene. Esta ley ha servido para establecer una memoria única; un relato histórico maniqueo de buenos y malos para legitimar una posición política hoy en día.

No expondré el contenido de la ley, ya que daría para otro artículo. Únicamente nos centraremos en el propio título de la ley, podríamos hacernos una serie de preguntas como: ¿Qué significa que la memoria sea democrática? ¿Puede llegar a serlo? ¿Si sólo es aceptable la memoria de lo llamado «democrático», es esa ley democrática? ¿Unas memorias valen más que otras o son más aceptables que otras?

Plural y subjetiva

La memoria, como la belleza, no es democrática. La memoria es subjetiva, cambiante, individual y colectiva, consciente e inconsciente y perecedera. Nuestra mente es muy caprichosa, en muchas ocasiones no podemos elegir qué y como recordar algo, es algo espontáneo y azaroso; jamás puede someterse al juego democrático. De igual modo, imponer desde un Estado una memoria oficial es todo menos democrático, se cae en una paradoja sin solución aparente.

Cuanto más alejado este el Estado de la Historia mejor nos irá a todos. El Estado no es objetivo e imparcial; lo forman personas con intereses, generalmente perversos. Dejemos la Historia a la sociedad civil, y sobre todo a los historiadores. Dejemos libertad para recordar un suceso de una manera u otra. Dejemos libertad para expresar nuestra opinión con respeto y educación. Dejemos que los historiadores tengan libertad para equivocarse.

La memoria es una fuente esencial para los historiadores. Todas las memorias son válidas, y todas deben ser sujetas a un estudio. La Historia se construye con todas las memorias, no sólo con unas pocas. Intentemos evitar la imposición de una memoria oficial. De lo contrario, cuando vayan pasando generaciones, no habrá vuelta atrás: nuestra libertad habrá sido arrebatada.


[1] Pasamar, Gonzalo y Ceamanos, Roberto. Historiografía, historia contemporánea e historia del presente. Madrid, Síntesis, 2020, pp. 183-186.

Preocupémonos por los negacionistas de las costosas contrapartidas

Kristian Niemietz. Este artículo ha sido publicado originalmente en el IEA.

Harry Lime, el villano de la película clásica El tercer hombre, es un ejemplo temprano del tipo de villano de película inteligente que no es simplemente malo al azar, sino que racionaliza sus acciones de manera que, a su retorcida manera, tienen algún sentido. Lime declara que no hay nada malo en causar sufrimiento a gran escala, porque:

[E]n Italia, […] tuvieron guerras, terror, asesinatos y derramamiento de sangre, pero produjeron a Miguel Ángel, Leonardo da Vinci y el Renacimiento. En Suiza, […] tuvieron 500 años de democracia y paz. ¿Y qué produjeron? El reloj de cuco.

Es una frase memorable, que casi convierte a Lime en una protoversión de un villano de Bond. Sin embargo, es errónea desde el punto de vista económico. Suiza ha producido mucho más que relojes de cuco. Esto ya era cierto en la época en que se rodó la película, y lo es aún más hoy.

El verdadero motivo del éxito de Suiza

Suiza es casi dos tercios más rica que Italia, en términos per cápita. Su población es también es un 50% más rica que la del Reino Unido, un tercio más rica que Alemania, un cuarto más rica que Austria y una décima más rica que la de Estados Unidos y la rica Noruega. Con una población menor que la del Gran Londres, representan aproximadamente la misma proporción de las exportaciones mundiales que México o India, o que Brasil e Indonesia juntos. Para eso hace falta algo más que relojes de cuco.

La razón por la que se subestima fácilmente el peso económico de Suiza es que vende muchas cosas que, como consumidores finales, no vemos directamente; como bienes de capital de gama alta, productos químicos industriales y servicios de gama alta que se prestan entre bastidores. Si la economía mundial fuera un concierto, Suiza suministraría el sistema de sonido y organizaría la logística en torno a él, pero no estaría en el escenario cantando.

La mayoría de la gente no es capaz de nombrar muchas marcas suizas de memoria. Pero si la economía suiza se paralizara mañana, lo notaríamos.

Lo que se ve y lo que no se ve

Un sesgo similar se da cuando grupos ecologistas anticapitalistas como Just Stop Oil, Extinction Rebellion y (a falta de un nombre mejor) el “movimiento Greta” describen el papel de los combustibles fósiles en la economía.

En un minuto explicaré lo que quiero decir con esto, pero antes de nada, una pequeña recapitulación de dónde estamos con la política medioambiental. Oímos hablar mucho de los “negacionistas del cambio climático”, pero hace años que no me he encontrado a ninguno de ellos, y creo que su influencia es exagerada. El difunto Nigel Lawson, por ejemplo, que era una figura odiada por los ecologistas, no era en absoluto un “negacionista del cambio climático”. Lawson no creía que el impacto del cambio climático fuera a ser catastrófico, pero no discutía la existencia del efecto invernadero, ni nuestra contribución al mismo, ni los diversos problemas que causaría en algunas zonas. Incluso aceptó los argumentos a favor de un impuesto sobre el carbono.

Reducciones significativas

Todo aquel cuya voz sea remotamente relevante en este debate acepta que el cambio climático provocado por el hombre es real y que debemos hacer algo al respecto. Como resultado, estamos haciendo algo al respecto. Mucho. Desde finales de la década de 1980, hemos promulgado una serie de ambiciosas medidas políticas contra el cambio climático, que nos han supuesto un gran coste.

Y ha surtido efecto. Desde 1990, las emisiones de CO2 del Reino Unido se han reducido a la mitad, hasta 5,2 toneladas per cápita, el nivel más bajo desde 1860. Sí, parte de ello se ha conseguido externalizando la producción intensiva en carbono. Pero incluso en términos de consumo, las emisiones se han reducido en un tercio desde 1990, hasta algo menos de 7t per cápita. Algunos países son incluso más “verdes”, pero actualmente no hay ninguna economía desarrollada en el mundo en la que las emisiones de CO2 basadas en el consumo estén muy por debajo de las 5t per cápita. A escala mundial, existe una clara correlación positiva entre el nivel de vida y las emisiones de CO2 basadas en el consumo, y 5t parece ser el nivel más bajo al que podemos llegar actualmente si queremos seguir liderando los niveles de vida del primer mundo. La descarbonización es deseable, pero, como muchas cosas buenas, también es cara. Tiene un coste económico real.

¿Qué implicaciones tiene esto en la practica?

Si crees que debemos reducir las emisiones más y más rápido, tienes que ser honesto con la gente y hablarles de ese coste. No se puede pretender que vivimos en un mundo donde las caras contrapartidas no existen, en el que se pueden reducir drásticamente las emisiones de carbono sin que nadie se dé cuenta.

Pero eso es precisamente lo que hacen los movimientos ecologistas anticapitalistas. La rama sueca de Extinction Rebellion resumió recientemente esa mentalidad cuando publicó:

Nuestro planeta no se está muriendo porque la gente normal no se haga vegana o sólo se duche con agua fría. Se está muriendo porque un puñado de corporaciones y multimillonarios se benefician de bombear cantidades astronómicas de contaminación en el aire y el agua.

Extinction rebellion

En otras palabras: no te preocupes, Pepe, nadie quiere hacerte más pobre. El cambio climático no tiene nada que ver contigo. Se trata de un puñado de empresas y multimillonarios. No hay contrapartidas ni costes. Sólo hay que acabar con unos pocos malos y el clima se salvará sin coste para nadie más.

Economía del reloj de cuco

Es una variante del tópico “100 empresas son responsables del 71% de las emisiones mundiales de carbono“.

Todo esto es economía de reloj de cuco. Por supuesto, usted, como consumidor final, no consume directamente combustibles fósiles. Por supuesto que no va al supermercado a comprar un barril de petróleo crudo, que luego quema para divertirse en su jardín. Por supuesto que no excava pozos de petróleo con sus propias manos. Pero esto se debe simplemente a que vivimos en economías más complejas, en las que hay múltiples etapas de producción, algunas de las cuales están un poco más alejadas -y no son directamente visibles- para el consumidor final.

Sin embargo, si crees que por eso no tienen nada que ver contigo, o que no notarías la diferencia si las cerraran, debes ser o un niño de 5 años, o un miembro de Just Stop Oil.

La sorprendente confesión del New York Times sobre la respuesta sueca a la pandemia

John Miltimore. Este artículo ha sido publicado originalmente en FEE.

Hace un par de semanas, The New York Times publicó un artículo que habría sido impensable hace unos años. “¿Cómo acabó Suecia sin mandato con una pandemia tan media?”, se preguntaba el titular.

El escritor del Times David Wallace-Wells no acepta las afirmaciones de que Suecia -que suscitó intensas críticas por negarse a entrar en bloqueo en 2020- tuvo la tasa de mortalidad excesiva más baja de Europa, con sólo un 3,3% más de muertes de lo esperado, el porcentaje más bajo entre los países de la OCDE. Pero admite que “es difícil argumentar sobre la base de la experiencia epidemiológica de Suecia que su política fue desastrosa”.

Puede que esto no parezca una gran concesión, pero lo es.

Suecia no ha cumplido con las expectativas de mortalidad

La Dama Gris informó en 2020 de que “Suecia se ha convertido en el cuento con moraleja del mundo” por su respuesta al Covid, y al Times se unió un coro de medios de comunicación (y el presidente Donald Trump) que alegaron que Suecia había “chapuceado en la pandemia” y amplificado el virus.

Hoy sabemos que no fue así. Wallace-Wells parece envidiar a Anders Tegnell -el arquitecto de la política sueca- por dar una “vuelta triunfal a través de los medios”. Pero vale la pena señalar que el epidemiólogo recibió amenazas de muerte por su respuesta a la pandemia, que parece mejor con cada semana que pasa.

El éxito de la estrategia sueca sigue siendo objeto de debate. Wallace-Wells se muestra escéptico sobre las afirmaciones suecas de que el país tuvo el menor exceso de mortalidad de Europa. Dice que el conjunto de datos es imperfecto y no está ajustado a la demografía. Pero está claro que Suecia obtuvo mejores resultados que muchos países en aislamiento. Los datos de la Organización Mundial de la Salud a los que hace referencia muestran que los suecos tuvieron una tasa media de exceso de mortalidad de 56/100.000, mucho mejor que Italia (133), Alemania (116), España (111) y el Reino Unido (109).

Independientemente de los datos que se elijan, hay un hecho indiscutible: esto no es lo que predijeron los modelizadores.

40 millones de muertos (por ejemplo)

Es importante recordar que una de las razones por las que los países entraron en bloqueo fue que el Imperial College de Londres predijo que hasta 40 millones de personas morirían en nueve meses si no se controlaba el virus. Esos mismos modeladores predijeron que Suecia sufriría 96.000 muertes en julio de 2020 si la nación no cerraba.

Y no fue así. (El número real de muertes en julio de 2020 fue de 5.700).

Así pues, tanto si se acepta la afirmación de que Suecia tuvo el menor número de muertes excesivas de Europa como si simplemente tuvo un rendimiento “medio”, está claro que los modelizadores se equivocaron terriblemente.

https://twitter.com/miltimore79/status/1288125018564464650

Wallace-Wells no aborda estos errores de modelización, pero sí subraya la ineficacia de las normativas gubernamentales. Admite que “los mandatos pueden importar algo menos que el comportamiento social y la propia enfermedad, y seguramente menos de lo que queremos creer”.

Así en Finlandia y Noruega como en Suecia

La gente seguirá debatiendo sobre los confinamientos, por supuesto. Señalarán que países como Finlandia y Noruega tuvieron menor mortalidad por Covid que Suecia, ignorando que (como Wallace-Wells también señala) estos países en realidad tenían políticas menos estrictas que Suecia durante gran parte de 2020, según el Coronavirus Government Response Tracker de Oxford. (Al parecer, los vecinos se apresuraron a adoptar el enfoque de “toque más ligero” de Suecia).

Sin embargo, esto no significa que no tengamos respuestas claras. Al principio de la pandemia, formulé una pregunta proactiva: “¿podría funcionar realmente el enfoque sueco de laissez-faire frente al coronavirus?”.

Había otro sendero

Aunque Wallace-Wells no llega a responder afirmativamente, incluye una cita reveladora de François Balloux, director del Instituto de Genética de la UCL y profesor de biología computacional en el University College de Londres.

“Lo que el ‘modelo sueco’ sugiere realmente es que las medidas de mitigación de la pandemia pueden aplicarse eficazmente de forma respetuosa y en gran medida no coercitiva”, escribe Balloux. Esto es lo más parecido a una admisión de “lo sentimos, estábamos equivocados” que es probable que veamos en el New York Times.

Declaración de Great Barrington

Después de todo, las medidas no coercitivas que menciona Balloux son precisamente las que los defensores del enfoque sueco, incluidos los firmantes de la Declaración de Great Barrington, habían defendido todo el tiempo. (Wallace-Welles tiene razón cuando señala que Suecia nunca adoptó un enfoque de “dejar hacer”, como muchos afirman).

Lamentablemente, la mayoría de los países adoptaron en su lugar medidas altamente coercitivas, incluso tiránicas, creyendo que tenían los conocimientos necesarios para planificar la sociedad. Al hacerlo, ignoraron la advertencia del Premio Nobel de Economía F.A. Hayek, quien advirtió que “si el hombre no quiere hacer más mal que bien en sus esfuerzos por mejorar el orden social, tendrá que aprender que en éste, como en todos los demás campos en los que prevalece una complejidad esencial de tipo organizado, no puede adquirir el conocimiento completo que haría posible el dominio de los acontecimientos”.

Ya lo dijo Hayek

Esta es la mayor lección de la pandemia: Los planificadores centrales no poseen los conocimientos necesarios para organizar eficazmente la sociedad, pero sí el poder para destrozar el orden social… rápidamente. Esta es precisamente la razón por la que Hayek dijo que era imperativo que los que tienen el poder aborden la sociedad con humildad.

Algunos parecen haber aprendido esta lección. Wallace-Wells dijo que “da humildad reconocer” que los mandatos simplemente eran incapaces de hacer lo que muchos creían que podían hacer. Esperemos que otros aprendan también esta lección y ofrezcan a los suecos y al Dr. Tegnell una merecida disculpa.

ChatGPT: En vanguardia de la prohibición

Poca duda cabe de que ChatGPT ha sido el fenómeno tecnológico de los últimos meses. La forma en que responde a las preguntas del usuario, la facilidad de redacción que tiene, todo resulta sorprendente para quien se asoma a su utilización y conoce que detrás no hay enanitos respondiendo, sino un procedimiento de Inteligencia Artificial experimentando con técnicas de lenguaje natural.

El círculo virtuoso de la innovación

Es impresionante lo que puede hacer el ser humano con su capacidad de innovación. Porque ChatGPT es, ante todo, una innovación. Y, como toda innovación, desata procesos emprendedores y creativos en todos los individuos que entran en contacto con ella, generando a su vez nuevas innovaciones, en un círculo virtuoso que casi nunca tiene fin. Lo llamativo de ChatGPT es que ha llegado a todos lo niveles de la sociedad y a casi todos se nos ocurren cosas qué hacer con esta tecnología, desde los estudiantes más pícaros a las empresas más serias.

Decía que el círculo virtuoso de la innovación casi nunca tiene fin. Y digo “casi nunca” porque es bien sabido que hay un gran obstáculo para la innovación, que es la regulación. Esto es, los Estados definiendo a priori cómo se tienen que resolver las necesidades de los ciudadanos, lo que en el extremo conlleva la prohibición.

Reglamento General de Protección de Datos

Eso es lo que acaba de hacer la autoridad de protección de datos italiana con ChatGPT. Ha decidido que no cumple el Reglamento General de Protección de Datos (RGPD) emitido por la Comisión Europea y que debe dejar de dar servicio a los ciudadanos italianos en tanto no garantice su cumplimiento.

En 2018 ya dediqué un espacio a hablar del citado reglamento[1]. A quien leyera dicho artículo (y recuerde su contenido), no le debería sorprender esta prohibición, al menos no en el plano abstracto, aunque si lo pueda hacer su concreción. Ya entonces citaba a Bastiat y a Hazlitt, que hablan de los efectos de la regulación sobre lo que se ve y lo que no se ve.

Tras cinco años de aquel artículo, por fin, ha aflorado una consecuencia del RGPD que todos los ciudadanos vemos: la prohibición de marras, y el considerable riesgo de que se extienda a otros países de la Unión Europea, puesto que el RGPD es una normativa común a todos sus Estados Miembros. Por supuesto, no ha sido la única consecuencia dañina visible de tal regulación, qué se lo digan a todas las grandes empresas y a muchas pequeñas. Pero sí es con diferencia la que va a hacer llegar a más gente las consecuencias del nefasto RGPD.

Lo que vemos… y lo que no vemos

Y, como digo, esto es solo lo que vemos. Lo que no vemos, y no veremos nunca, son todas las ideas e innovaciones que se hubieran hecho en Europa en ausencia de las limitaciones que impone tal normativa. En otras palabras, no somos conscientes de todas las innovaciones que la CE nos ha prohibido, muchas de ellas porque ni siquiera han llegado a existir: solo vemos que ChatGPT nos queda vedado.

En el ámbito de las tecnologías de la información, que es el que conozco pero que sospecho solo sea la punta del iceberg de las regulaciones que impiden la innovación en Europa, también hay otro caso digno de mención, en este caso con foco en los operadores de telecomunicaciones. Se llama la Regulación de Internet Abierta (Open Internet Regulation) y fuerza a los operadores a cumplir con la Neutralidad de Red en los servicios de acceso a Internet que dan a sus clientes.

OIR

La OIR se promulgó en 2014. Poco después, un par de operadores propusieron una innovación en el mercado: que sus clientes pudieran probar gratis en el móvil los contenidos de HBO, entendiéndose por gratis que no se redujeran sus Gigas mensuales por ver dicho canal. Pues bien, un juez comunitario decidió que esta práctica comercial (conocida como zero-rating) iba contra la citada regulación, y obligó a los operadores a retirarla del mercado. Y eso a pesar de que el cuerpo europeo de reguladores de telecomunicaciones había interpretado que el zero-rating era compatible con la regulación de marras. Si el zero-rating se consideró contrario a la norma, se puede imaginar el miedo que entraría a las telcos para hacer cosas nuevas en sus redes, por ejemplo, las que se requerirán para tener metaversos.

La OIR, como el RGPD, tiene enormes consecuencias sobre la capacidad de innovación de las empresas europeas, pero son consecuencias que no se ven, que solo afloran en casos puntuales, como el que ahora nos ocupa de ChatGPT, o el referido del zero-rating de HBO. Es preferible no pensar sobre la de ChatGPTs que se han quedado en el camino simplemente porque el emprendedor no se atrevió a lanzarlo, o porque ni siquiera hubo tal emprendedor pensando en cosas parecidas por asumir que estaba prohibido.

La vanguardia de la prohibición

Por suerte para unos, y desgracia para otros, el mundo fuera de Europa sigue moviéndose y sigue inventando. Las empresas europeas no podrán usar ChatGPT y quizá aquí nunca veamos metaversos, pero va a ser difícil que los ciudadanos europeos no nos enteremos de que en el resto del mundo cada vez viven mejor gracias a estas cosas. No creo que a ChatGPT, que de momento no parece depender de ingresos, le afecte demasiado que no se pueda usar en Europa; ya veremos si ocurre lo mismo con las empresas que planeaban mejorar su productividad y eficiencia mediante su utilización, cuando sus competidores en otras geografías sí lo puedan hacer.

La vanguardia en la prohibición parece cada vez más reñida con la vanguardia en la innovación. Qué pena que a los europeos nos toque ser campeones de la primera.


[1] Ver https://ijmpre2.katarsisdigital.com/ijm-actualidad/analisis-diario/el-reglamento-de-proteccion-de-datos-enterrando-recursos-de-los-europeos-en-la-economia-improductiva/

La economía de la inteligencia artificial (II): La guerra entre Estados Unidos y China

Hace unas semanas escribí el primer artículo introductorio (ver aquí) del que, espero, sea una larga serie de piezas en las que comentaré los efectos socioeconómicos de la Inteligencia Artificial y de las nuevas tecnologías, algunas incipientes, otras más desarrolladas, que, a buen seguro, transformarán las relaciones sociales y formas de producción. En esta columna, trataré una cuestión no menor, que tiene que ver con la geopolítica y la economía internacional.

En una magnífica obra, llamada Chip War, Chris Miller advierte en la introducción de que “el destino de las naciones ha girado en torno a su capacidad para aprovechar el poder informático”, y con la IA y sus derivadas, no iba a suceder lo contrario. La cuestión es que el problema es de disponibilidad de capacidad de procesamiento. Su producción es altamente compleja, e implica a muy pocas empresas situadas en Estados Unidos, Taiwán, Corea del Sur, Japón y Países Bajos. Si nos preocupamos por la excesiva concentración de la OPEP (manejan el 40% de la producción mundial de petróleo), el mundo de la fabricación de los procesadores está todavía menos diversificado.

Prohibición a la exportación

La importancia de la tecnología, como mencioné en el anterior artículo, suele conllevar modificaciones exponenciales que dificultan cualquier tipo de prospección. Por ejemplo, en 1948, cuando los laboratorios Bell anunciaron la invención del transistor, el New York Times escondió la noticia en la página 46 de su diario. Unas décadas después, varios miles de millones de transistores, en la actualidad, trabajan para sustituir al cerebro humano[1].

Probablemente, el 7 de octubre de 2022 no será una fecha que se le haya quedado grabada por algo en especial. Pero ese día, la Oficina de Industria y Seguridad del Departamento de Comercio de los Estados Unidos anunció la implementación de controles a la exportación con el fin de proteger la seguridad nacional y los intereses de la política exterior. Pero no afectaba a todo el mundo, sino a China. Y no suponía una restricción para todos los sectores de la economía, sino para uno en concreto: el de los procesadores. La razón: China los utiliza para producir sistemas militares avanzados. Esto pone de manifiesto la importancia de la industria y sus implicaciones para el desarrollo de la Inteligencia Artificial y la fractura entre ambos bloques geográficos.

Un jardín pequeño, un muro alto

¿Cuál es la estrategia de los Estados Unidos? De acuerdo con el Consejero de Seguridad Nacional, hay tres familias de tecnologías que marcarán el devenir de las próximas décadas: la computación y la inteligencia artificial; la biotecnología; y las energías limpias. La prioridad está clara, el Gobierno norteamericano está comprometido con la reindustrialización y revitalización del sector. Para ello, a través de la CHIPS Act, ha inyectado 52.000 millones de dólares con el objetivo de restaurar el liderazgo mundial., El sector privado es fundamental: “el objetivo es “incluirlo”, no reemplazarlo”. No se trata de lograr un liderazgo de escala móvil, ya no basta con estar un par de generaciones por delante, sino que la ventaja debe ser lo más grande posible.

¿Y quién es el enemigo? En efecto, China. Ya que es quien tiene la capacidad para reformar el orden internacional. La competición geopolítica es una de las prioridades al otro lado del charco y tienen identificado a su mayor rival. Pero también cuentan con una campaña para atraer aliados a su bando: Japón, Corea del Sur o los países miembros de la OTAN. No buscan un acuerdo total, simplemente una alineación. Democracias liberales vs. todo lo demás. No hay frase que describa mejor la estrategia a seguir: un patio pequeño, pero con muros altos. Dentro del patio se insertan los puntos críticos de las tecnologías fundamentales, y el muro, lo suficientemente alto como para protegerlo de las injerencias externas.

China y la incomodidad de la globalización

China siempre ha tenido una difícil relación con la globalización y la economía internacional. Su participación en las cadenas globales se explica por una visión pragmática y utilitarista, más que por la creencia de que el capitalismo y el comercio global es algo éticamente superior y deseable per se. Prueba de ello es que en los años 90 desarrollaron un modelo dual, en el que las regiones costeras disfrutaban de zonas de libre comercio, mientras que el interior del país se regía por un modelo económico mucho más intervenido. La entrada en la Organización Mundial del Comercio equilibró la balanza, no sin que parte de la burocracia opusiera cierta resistencia.

Es decir, en China nunca han estado cómodos con la globalización. Pero en los últimos años, especialmente con la guerra iniciada durante la etapa de Trump en la Casa Blanca, las relaciones comerciales internacionales han tenido cada vez una menor importancia. Xi Jinping habla abiertamente de la autosuficiencia. ¿Por qué? Porque teme la dependencia de las democracias liberales. Para ello, quiere potenciar industrias consideradas como estratégicas y, sí, la tecnología es una de ellas. Además, quiere hacer nuevos amigos más allá de Estados Unidos y Europa.

La Inteligencia Artificial entra dentro de los sectores prioritarios a desarrollar, con una fecha horizonte situada en 2030. Para entonces, su objetivo es el de convertir al país en el mayor centro de innovación en Inteligencia Artificial. Pero, en la actualidad, China ya aparece primera en cuanto a publicación de papers y patentes sobre IA. Esto explica la orientación del gobierno americano y su creciente preocupación.

Y Taiwán de por medio

Y ahora debemos insertar en la ecuación a Taiwán. ¿Por qué? Porque la empresa capaz de producir en la escala suficiente los mejores procesadores del momento es TSMC (Taiwan Semiconductor Manufacturing Comapny). Más allá de otros intereses, la capacidad de producción de esta empresa es de vital importancia para los objetivos norteamericanos y del país asiático. Y ante la amenaza que supone China, TSMC abrirá una nueva planta en Arizona. Pero no una cualquiera, sino una en la que se fabricarán los nodos litográficos más avanzados, y que servirá en exclusiva a su mejor cliente, Apple. Esta decisión está justificada por el temor de que el conflicto se vea agravado. La compañía tiene como póliza de seguro a los Estados Unidos.

¿Quién ganará esta guerra? Todavía estamos en una fase inicial de la guerra por lograr el liderazgo de una tecnología de suma importancia. Evidentemente, es preferible que sean los países que más respetan la libertad y los derechos humanos los que logren la victoria. Mientras, de Europa y de España poco se puede esperar. Solo por poner un ejemplo, la mayor discusión pública de este asunto en nuestro país ha sido la decisión de qué ciudad debía albergar la sede de la Agencia Española de Supervisión de la Inteligencia Artificial. En el próximo artículo trataré algunos de los elementos que pueden ser fundamentales para el devenir de la guerra entre Estados Unidos y China a cuento de la Inteligencia Artificial.


[1] Sin el avance en el desarrollo de los procesadores, muy difícilmente se puede llegar a explotar el potencial de la Inteligencia Artificial.

Los peligros de la guerra comercial

No vivimos la mejor época para el comercio global o su desarrollo futuro. Las rivalidades geopolíticas actuales están causando una ola de populismo proteccionista que se acrecienta a pasos agigantados y que está contribuyendo a dificultar enormemente la reconstrucción de las relaciones multilaterales tras la crisis del Covid. Desde 2020 hemos observado una clara tendencia a la ralentización del comercio internacional y la inversión extranjera directa, junto a un claro viraje al nacionalismo económico por parte de varios países, desde EEUU hasta China, pasando por la Unión Europea y su renovada “política industrial”.

Todo ello, nos deja un escenario sin ningún tipo de certidumbre y con una visión crecientemente intervencionista en el ámbito económico desde ambos lados del tablero político. De lo único que podemos estar seguros es de que el actual ambiente geopolítico constituye un punto de inflexión para el comercio global y las relaciones internacionales.

Hostilidad hacia el libre comercio

Wolff et al., del Peterson Institute for International Economics (PIIE), han estudiado a fondo la cuestión del crecimiento de la hostilidad política hacia el libre comercio y las consecuencias de ello. Dichos autores remarcan como los EE. UU. actualmente se arriesgan a revertir una política -la del libre comercio- que ha resultado enormemente exitosa para el país y para el conjunto de Occidente durante los últimos 100 años. De hecho, desde la implementación del arancel Smoot-Hawley y el consecuente desastre proteccionista en los años 30 del siglo pasado, los gobiernos americanos siempre han insistido en mantener una economía abierta basada en unas reglas comunes para todos e implementadas a través de las instituciones multilaterales.

La visión favorable al libre comercio de las últimas décadas ha resultado en un mundo más próspero para todos, con una gran reducción de la pobreza desde los años 80 hasta hoy en día, y una significativa contracción de la desigualdad internacional. Además, a nivel geopolítico, el libre comercio ha permitido a los EEUU aumentar su primacía sobre la economía mundial y su capacidad de negociación frente a otras grandes potencias como China o Rusia. A nivel occidental, el comercio y la inversión internacional han actuado como pegamento entre los diferentes países y favorecido la coordinación en aspectos adicionales al económico.

Vuelta a la desconfianza

Sin embargo, hoy en día, la mayoría de los líderes políticos parecen haber olvidado todo esto y se dejan embaucar fácilmente por los cantos de sirena del proteccionismo. Un claro ejemplo de ello es que, prácticamente el único tema en el que Joe Biden y Donald Trump estén de acuerdo sea en la supuesta necesidad de aumentar aranceles y subsidios a las empresas norteamericanas, en pro de una artificial defensa de la clase trabajadora. Es por ello por lo que, aparte de haber mantenido las medidas proteccionistas implementadas por Trump durante su mandato, Biden ha optado por desarrollar e introducir una política industrial contraria a multitud de acuerdos comerciales de EEUU y a las propias reglas de la OMC en muchos aspectos.

Hay varios motivos que se pueden dilucidar como causa de dichos cambios en la política comercial e industrial de EEUU, pero hay dos que cabría destacar como principales a raíz de los eventos del último año.

El rechazo al “neoliberalismo”

El primer motivo es puramente político y/o ideológico, siendo este el rechazo al “neoliberalismo” o liberalismo económico a nivel global, que se ha consolidado desde el inicio de la crisis del Covid. Se ha tratado de vender -tanto a izquierda como a derecha- que ha sido el liberalismo económico el principal causante del incremento de la desigualdad en los países desarrollados o el que ha dejado atrás a la clase obrera occidental en favor de trabajadores provenientes de otros países. Todo ello es soberanamente falso, empezando por el hecho de que el causante de la reducción del peso de la industria o el número de empleos industriales en las economías desarrolladas ha sido el incremento de la productividad. Las mejoras tecnológicas han conllevado – ¡bravo!- a que hoy en día se pueda producir lo mismo o más con un menor volumen de recursos industriales, incrementando el bienestar agregado de la población.

Respecto a los efectos del libre comercio sobre el empleo, tal y como han demostrado David Autor et al. en su paper On the Persistence of the China Shock, mientras que entre el año 2000 y 2020 en EEUU se perdieron cerca de 6 millones de empleos en el sector manufacturero, menos de 1 millón de ellos se pueden achacar a la entrada de China en las cadenas globales de valor y su competencia con EEUU. Es decir, menos de un 16% de la pérdida de empleos industriales en EEUU se puede achacar a la mayor competencia global por parte de China permitida por el libre comercio.

Contra China y contra otros

Por otra parte, además, fue precisamente la entrada de China en la OMC y la mayor competencia por exportación de bienes industriales lo que ha actuado como fuerza deflacionaria hasta hace un par de años, permitiendo un incremento constante del poder adquisitivo de las clases más desfavorecidas.

Llegados a este punto, es discutible si en los países occidentales, a lo largo de los últimos 20 años, los gobiernos han desarrollado o no una política social suficientemente compensatoria para aquellos trabajadores que se han visto desplazados del mercado por la competencia global. Puede ser el caso de que una mayor inversión en reskilling o políticas de transferencias sociales más dirigidas a estos grupos poblacionales hubieran prevenido el descontento generalizado de las clases industriales que hoy en día se experimenta en Occidente.

Una explicación adicional al cambio de visión en EE. UU., Europa y sus aliados respecto al libre comercio puede ser la creciente suspicacia hacia potencias como China o Rusia a raíz de su actitud durante los últimos años. Esto podría haber causado la actual tendencia a la repatriación de gran parte de las cadenas de valor y el retorno a una focalización excesiva en la producción nacional frente a las importaciones. Además, no debemos pensar que esta sea una política que EEUU o la UE estén llevando a cabo únicamente contra China, sino asimismo contra países aliados, lo que puede suponer un riesgo sistémico global a nivel geopolítico si escalan las presentes tensiones comerciales.

Un nuevo acuerdo de libre comercio

Ya que cada vez parece más difícil retornar a un escenario geopolítico favorable al libre comercio global -similar al de principios del presente milenio- cabe proponer algunas soluciones pragmáticas para salvar el máximo posible de las estructuras multilaterales actuales a escala mundial.

Una solución simple, pero efectiva, sería proceder a la creación de un nuevo acuerdo de libre comercio sostenido sobre los principios fundacionales de la Organización Mundial del Comercio. A la par, dicho acuerdo debería incluir nuevas reglas para el comercio mundial pactadas previamente por todos los países firmantes de este.

Sin alguna solución similar, nos arriesgamos a que las actuales tensiones geopolíticas acaben por implosionar las estructuras multilaterales y las cadenas de valor globales, colapsando el comercio internacional y sumiendo al mundo en una nueva época autárquica.

La coalición contra la productividad

Len Shackleton. Este artículo ha sido publicado originalmente en el IEA.

“La productividad no lo es todo, pero a largo plazo lo es casi todo”. El tópico de Paul Krugman me vino a la memoria la semana pasada cuando hablaba con una clase de alumnos de sexto de primaria sorprendentemente bien informados. Hablábamos de cómo aumentar la productividad.

Sin un aumento de la productividad, el nivel de vida medio no puede aumentar con el tiempo. La economía degenera en una disputa sobre quién recibe qué de un fondo que es fijo a corto plazo y que corre el riesgo de reducirse a medio y largo plazo si se impulsa la redistribución hasta el punto de disuadir a las empresas.

La gente lo entiende en abstracto. Los estudiantes de sexto curso, y la mayoría de la gente, reconocen que tenemos un nivel de vida decente sólo porque las generaciones pasadas han encontrado formas de producir cosas que han utilizado menos gente y menos tiempo. Y todos, excepto los ecologistas, reconocen que tenemos que seguir haciéndolo si queremos mejorar nuestra situación y ayudar a rescatar de la pobreza a más habitantes del planeta.

Mejora dolorosa

El problema es que los intentos de aumentar la productividad rara vez son indoloros y, a corto plazo, pueden generar tanto pérdidas como ganancias. El cercamiento de tierras y el fin de la agricultura campesina a pequeña escala a finales de la Gran Bretaña medieval aumentaron la productividad, pero destruyeron un modo de vida. La construcción de canales a finales del siglo XVIII aceleró el transporte y aumentó la competencia, pero costó vidas y destruyó hábitats.

Hoy en día, los perdedores se defienden con todo tipo de argumentos plausibles. El interés propio suele disfrazarse de algo más noble. Una tercera pista de Heathrow facilitaría más vuelos, pero eso significaría más emisiones de carbono. Permitir la construcción de viviendas en zonas verdes aliviaría el hacinamiento y la falta de vivienda, al tiempo que ayudaría a impulsar la movilidad geográfica y reducir la escasez de mano de obra. Pero, ¿qué pasa con el sapo corredor?

Los sindicatos

A veces es difícil disimular el interés propio. El fin de semana estuve cerca de Liverpool. Merseyrail ha estado recibiendo más de 50 trenes nuevos que, junto con otras obras para mejorar la red, están costando cerca de 500 millones de libras. Sin embargo, muchos trenes llevan mucho tiempo parados: su introducción se ha retrasado en gran parte por la intransigencia de los sindicatos.

La causa ha sido una larga disputa sobre la operación con un único conductor, algo que también ha figurado como causa de huelgas en otras partes de la red ferroviaria, en particular en la franquicia de Northern Rail.

Los trenes modernos de corta distancia con paradas pueden ser operados sólo por el conductor. Utilizando cámaras a bordo y/o espejos en los andenes, los conductores pueden abrir y cerrar puertas en las estaciones sin necesidad de un guarda, cuya función en los trenes de cercanías modernos se asemeja a la de un ascensorista (hoy prácticamente extinguido en los países desarrollados).

Quizá haya observado que el servicio con un único conductor ya es norma en el metro de Londres, London Overground, c2c, Chiltern Railways y muchos otros operadores de Gran Bretaña y otros países. La introducción de nuevos trenes en Merseyrail era un momento obvio para eliminar a los vigilantes y aumentar sustancialmente la productividad laboral.

Trenes más ligeros y seguros

Los sindicatos, sin embargo, se oponen frontalmente a una mayor extensión de la explotación unipersonal. Justifican esta postura por su preocupación por la seguridad de los pasajeros. Pero los informes del Rail Safety and Standards Board y de la Office of Rail and Road han llegado a la conclusión de que la operación unipersonal es tan segura como la operación bipersonal; de hecho, puede haber alguna posibilidad de que la primera sea más segura, ya que no hay posibilidad de confusión entre la tripulación.

Además, en el caso de Merseyrail, los nuevos trenes son mucho más seguros que antes. Todos cuentan con “escalones deslizantes inteligentes” y “rellenadores de huecos” que, junto con la nivelación de unos 100 andenes como parte del programa de inversión, hacen prácticamente imposible caerse a la vía al subir, mientras que los usuarios de sillas de ruedas no necesitan ayuda para subir o bajar de los nuevos trenes.

Victoria de la coalición anti productividad

El conflicto comenzó en 2016, mucho antes de que llegaran los nuevos trenes. En 2018 se llegó a un acuerdo con RMT (que organiza a los guardias), aunque el método de trabajo preciso no se acordó hasta el año pasado. Mientras tanto, ASLEF (que organiza a los conductores) seguía en disputa y no llegó a un acuerdo hasta principios de este año.

¿Cuál ha sido el resultado? Está lleno de engaños, pero en el fondo los sindicatos han ganado. Habrá dos empleados en cada tren por tiempo indefinido.

Los dos sindicatos implicados han acordado generosamente que el conductor pueda abrir y cerrar las puertas, lo que antes era responsabilidad del guarda. Sin embargo, el rebautizado “jefe de tren” tiene primero que indicar al maquinista, mediante un teclado especialmente adaptado, que es seguro hacerlo. En cada parada se añade tiempo, presumiblemente.

Los ciudadanos acabarán pagándolo

Según Today’s Railways, en la descripción del puesto aprobada “las principales responsabilidades del jefe de tren son la atención al cliente, el despacho de trenes, la protección de los ingresos, la limpieza ligera, la prestación de asistencia médica y el suministro de información local”. Pocas de estas funciones tienen resultados mensurables y aportan poco a la productividad.

Dotar a cada tren de dos personas es caro. Los maquinistas cuestan más, pero incluso los jefes de tren cobran un sueldo básico de 31.000 libras y, con complementos como horas extraordinarias, un plan de pensiones con sueldo final, viajes gratuitos y otras prestaciones, no resultan baratos. También suponen una limitación para las operaciones. Si el jefe de tren no se presenta, el tren no circulará y los pasajeros sufrirán retrasos y posibles aglomeraciones.

No cabe duda de que para los antiguos guardas es una ventaja haber conservado sus puestos de trabajo, pero a la larga los pasajeros pagan más y, como Merseyrail sigue subvencionada, también lo hace el contribuyente. Tienen menos para gastar en otras cosas, que probablemente serían más valiosas para ellos que los servicios de empleados ferroviarios redundantes y anticuados. Y a estos empleados se les mantiene en puestos de baja productividad – peor aún, nuevos empleados les sustituirán a medida que se jubilen o abandonen el sector – cuando potencialmente podrían ser reasignados a ocupaciones más útiles.

El nuevo conservadurismo

Por Nigel Lawson. Este artículo fue publicado originalmente por CapX.

En 1980, como Secretario Financiero del Tesoro, Nigel Lawson escribió un documento para el Centre for Policy Studies, en el que exponía su análisis de los fracasos económicos que precedieron a la victoria conservadora de 1979, y los fundamentos intelectuales sobre los que se construyó la nueva administración. Proporciona una visión inestimable del pensamiento de un titán del conservadurismo en un momento en que el gobierno de Thatcher emprendía algunas de sus reformas más radicales. Con motivo de su muerte, CapX ha vuelto a publicarlo íntegramente, y nosotros lo reproducimos a continuación.

Hace poco más de un año que la primera mujer que lideró un partido político británico condujo a los conservadores a una notable victoria electoral, convirtiéndose en el proceso en la primera mujer Primera Ministra de cualquier democracia occidental.

Hasta las elecciones generales del 3 de mayo de 1979, el Partido Conservador había pasado por una mala racha durante los años sesenta y setenta, perdiendo cuatro de las cinco elecciones generales anteriores, mientras que el Gobierno formado tras la única elección que ganó había terminado prematuramente en circunstancias que habían llevado a muchos a descartar definitivamente el gobierno conservador: se argumentaba que el movimiento sindical poseía un poder de veto irrefragable.

El “nuevo conservadurismo”

Sin embargo, el resultado registrado en 1979 fue el más decisivo obtenido por cualquier partido desde la avalancha laborista de 1945, y en el proceso los conservadores se aseguraron el apoyo de más sindicalistas que en ningún otro momento de la historia del partido.

Aun así, las elecciones de 1979 podrían haber sido poco más que una curiosidad psefológica si no hubiera sido por algo mucho más importante que el resultado estadístico. El hecho es que el Partido Conservador había llegado al poder con un programa que parecía marcar un cambio consciente de dirección, no sólo respecto al trazado por sus oponentes políticos, sino respecto al seguido por todos los Gobiernos británicos desde la guerra, incluidos sus propios predecesores conservadores. De ahí la noción aparentemente contradictoria de “El nuevo conservadurismo”.

Pero la verdad es que el nuevo conservadurismo que el actual Gobierno británico ha estado poniendo en práctica durante el último año y más se inscribe en gran medida en la amplia tradición histórica del conservadurismo.

El viejo Partido Conservador

Esa tradición ha sido bien resumida por Lord Blake en el párrafo inicial del Epílogo de su libro The Conservative Party from Peel to Churchill.

“Durante los 125 años que abarca este libro se produjeron grandes cambios en Gran Bretaña”, escribió:

Sin embargo, la persona que era un conservador del tipo reflexivo en la época de Peel, su perspectiva, prejuicios y pasiones, habrían sido bastante reconocibles para su homólogo que votó a Winston Churchill en la década de 1950. Había una creencia similar en que Gran Bretaña, especialmente Inglaterra, solía tener razón.

Había una fe similar en el valor de la diversidad, de las instituciones independientes, de los derechos de propiedad: una desconfianza similar hacia la burocracia centralizadora, hacia la eficacia del gobierno (excepto en la preservación del orden y la defensa de las naciones), hacia las panaceas utópicas y hacia los intelectuales “doctrinarios”; una aversión similar hacia las ideas abstractas, los altos principios filosóficos y las grandes generalizaciones.

Había una disposición similar a aceptar una reforma gradual, empírica y prudente, si un gobierno conservador decía que era necesaria. Había una reticencia similar a mirar lejos o a preocuparse demasiado por el futuro; un escepticismo similar sobre la naturaleza humana; una creencia similar en el pecado original y en las limitaciones de la mejora política y social; un escepticismo similar sobre la noción de “igualdad”.

Lord Blake.

El sendero socialdemócrata

Pero durante los 25 años que siguieron a Churchill fue una perspectiva muy diferente la que se impuso intelectualmente: la filosofía de la socialdemocracia, con su profunda fe en la eficacia de la acción gubernamental, especialmente en la esfera económica, y su profundo compromiso con la noción de “igualdad”.

En mayor o menor medida, el Partido Conservador abrazó ambos delirios, el segundo con cierto recelo, pero fundamentalmente con un sentimiento de resignación ante la aparente inevitabilidad histórica, y el primero con poco menos que entusiasmo, basado (al menos en la esfera económica) a partes iguales en una interpretación errónea de las lecciones económicas de los años de entreguerras y en una incomprensión de Keynes.

El rasgo distintivo del nuevo conservadurismo es su rechazo de estos falsos senderos y su vuelta a la corriente principal. Las viejas lecciones han tenido que ser dolorosamente reaprendidas. El viejo consenso está en proceso de restablecimiento. En la medida en que los nuevos conservadores recurren a nuevos sabios, como Hayek y Friedman, es en parte porque lo que hacen estos escritores es reinterpretar abiertamente la sabiduría política tradicional de Hume, Burke y Adam Smith en términos de las condiciones actuales.

Y en parte porque, como especialistas en economía (aunque Hayek en particular es mucho más que eso) son de especial interés en una época en la que, para bien o para mal, la política económica ha alcanzado una centralidad en el debate político de la que nunca disfrutó, por ejemplo, en la época dorada de Disraeli y Gladstone.

Vuelta a los orígenes

Tendré más que decir sobre esto más adelante. Pero lo esencial es que lo que estamos presenciando es la vuelta a una tradición más antigua a la luz del fracaso de lo que podría denominarse la nueva ilustración. Esto es importante, políticamente, no en el sentido de una especie de apelación al culto a los antepasados o a la legitimidad de la autoridad de las escrituras: es importante porque estas tradiciones están, incluso hoy, más profundamente arraigadas en los corazones y las mentes de la gente corriente que la sabiduría convencional del pasado reciente.

He mencionado hace un momento que la política económica tiende a estar en el centro de la política en una democracia moderna en tiempos de paz, y no hay duda de que el nuevo conservadurismo surgió de una creciente conciencia del fracaso palpable de la sabiduría convencional para hacer frente al empeoramiento de los problemas de la economía británica. Describir el nuevo conservadurismo únicamente en términos de política económica sería manifiestamente inadecuado: va mucho más allá, como espero demostrar.

Pero es el lugar obvio para empezar.

Monetarismo y libre mercado

La política económica del nuevo conservadurismo tiene dos vertientes básicas. A nivel macroeconómico, nuestro enfoque es lo que se ha dado en llamar monetarismo, en contradicción con lo que se ha dado en llamar keynesianismo, aunque esta última doctrina es una perversión de lo que el propio Keynes predicaba en realidad. A nivel microeconómico, nuestro énfasis se pone en el libre mercado, en contradicción con la intervención estatal y la planificación central.

Aunque estas dos vertientes encajan fácil y armoniosamente, hasta el punto de que a menudo se confunden, en realidad son distintas. Se puede ser monetarista y planificador central. Del mismo modo, Keynes no era un planificador central, y su gran objetivo era encontrar un medio de influir en el nivel de actividad económica sin recurrir a la intervención directa en los mercados. De hecho, bien podría decirse que uno de los primeros signos del fracaso del keynesianismo en Gran Bretaña fue el creciente recurso a la planificación y el intervencionismo por parte de sus defensores.

Tomaré primero la dimensión monetarista, la política macroeconómica del nuevo conservadurismo.

Lucha contra la inflación

En esencia, el monetarismo es simplemente un nuevo nombre para una vieja máxima, antes conocida como la teoría cuantitativa del dinero. Lejos de ser la controvertida creación de un excéntrico profesor americano, fue – de una forma u otra – la creencia común y la asunción compartida de políticos y administradores de todos los partidos políticos en todo el mundo industrializado durante el siglo y más que precedió a la segunda guerra mundial.

Consiste en dos proposiciones básicas. La primera es que los cambios en la cantidad de dinero determinan, a fin de cuentas, los cambios en el nivel general de precios; la segunda es que el gobierno puede determinar la cantidad de dinero. En términos prácticos, esto se tradujo en los axiomas gemelos del consenso pre-keynesiano: que el deber económico primario del gobierno era mantener el valor de la moneda, y que esto debía lograrse no aumentando su oferta – una restricción que operaba cuasi-automáticamente para un país en el patrón oro, como lo fue Gran Bretaña durante la mayor parte del período pre-keynesiano.

Hoy en día, las intolerables consecuencias sociales de los altos niveles actuales de inflación, y los peligros aún mayores para el tejido social que se derivarían de una mayor aceleración, se han combinado con la dislocación económica causada por la inflación para reafirmar la vieja convicción de que el principal deber económico del gobierno es mantener el valor de la moneda.

Inflación

Quizás haya menos acuerdo sobre los medios para alcanzar este fin. Nuestra convicción de que los medios deben ser monetarios no niega en absoluto la existencia de una dimensión política de la inflación. Después de todo, la proposición de que los gobiernos han permitido que se produzca la inflación – de hecho, han garantizado que se produzca – imprimiendo demasiado dinero, deja abierta la cuestión de por qué se han comportado de esta manera, y es muy posible que las fuerzas políticas hayan desempeñado un papel destacado en ello. Y en la medida en que lo hayan hecho, es legítimo esforzarse políticamente por debilitar esas fuerzas. Pero esto no excluye en absoluto el papel económico crucial de la política monetaria.

Volveré en su momento a una breve historia de la evolución de la política económica en Gran Bretaña desde la guerra, ya que son las experiencias que hemos vivido las que -mucho más que cualquier teoría abstracta- explican y justifican el curso en el que ahora nos hemos embarcado.

Gradualismo

Baste decir en este momento que estamos comprometidos con una reducción constante de la tasa de crecimiento de la masa monetaria en un futuro previsible, y que hemos publicado – por primera vez – una estrategia financiera a medio plazo cuantificada que establece una senda gradualista hacia un objetivo de crecimiento monetario de alrededor del 6% en 1983-84 y nos compromete con una política fiscal compatible con esta senda.

Es decir, una notable disminución del endeudamiento público total en proporción del producto interior bruto, que hemos sugerido que podría descender desde el resultado estimado de la Necesidad de Empréstito del Sector Público de 1979-80 de aproximadamente el 5% del PIB (y el 5,5% que heredamos de nuestros predecesores) al entorno del 1,5% en 1983-84. Tras las dificultades iniciales para controlar el crecimiento monetario, que obligaron a elevar el tipo mínimo de préstamo del Banco de Inglaterra a la cifra récord del 17% el pasado mes de noviembre, estamos razonablemente bien encaminados en el frente monetario. Y, siguiendo el desfase habitual, a partir de ahora podemos esperar que la tendencia de la inflación sea a la baja.

Retorno a la economía de mercado

Mientras tanto, en el plano microeconómico, hemos avanzado considerablemente durante nuestro primer año de mandato hacia nuestro objetivo paralelo de hacer retroceder las fronteras del Estado y mejorar el funcionamiento de la economía de mercado.

Hemos suprimido completamente todas las formas de control salarial, control de precios, control de dividendos y control de cambios. Los tres primeros habían estado en funcionamiento, bajo gobiernos de ambos partidos, casi ininterrumpidamente a lo largo de la última década: el cuarto, el control de cambios, llevaba en vigor más de cuarenta años.

El gasto público, que se había previsto que aumentara de forma constante en los próximos años, como lo ha hecho con los sucesivos gobiernos durante el último cuarto de siglo, se ha recortado sustancialmente y ahora se prevé que disminuya, en términos reales, en cada uno de los próximos cuatro años. Dada la necesidad de aumentar los gastos de defensa en un mundo cada vez más peligroso, y la necesidad (por poner un ejemplo muy diferente) de financiar a una población de pensionistas cada vez mayor, cuyas pensiones de jubilación estatales están protegidas por los precios, esto ha supuesto algunas decisiones muy difíciles en otros ámbitos para lograr una reducción del gasto público global – aunque la negociación con éxito de una reducción sustancial de la contribución neta del Reino Unido al presupuesto de la CEE ha ayudado sin duda. Pero esas decisiones ya se han tomado.

Retroceso del Estado

Como parte de ellas, nos hemos embarcado en una firme reducción del tamaño de la siempre creciente función pública. Ya hay unos 25.000 funcionarios menos que cuando tomamos posesión, y está prevista una nueva reducción sustancial.

También nos hemos embarcado en un importante programa de “privatización” de las industrias estatales, de las que British Aerospace y British Airways serán las primeras candidatas. Aunque el alcance de la propiedad privada variará de un caso a otro, siempre debería ser suficiente para desplazar sustancialmente el peso del control estatal a las disciplinas del mercado.

Mientras tanto, ya se han vendido varias participaciones estatales en empresas privadas (incluida la reducción de la participación del Gobierno en British Petroleum del 51% al 46%). A lo largo de este ejercicio estamos ansiosos por ver la distribución más amplia posible de la participación privada – de modo que las llamadas industrias del sector público pertenezcan realmente al público – incluyendo en particular la participación de los empleados.

A pesar de los recortes en el gasto público, la necesidad imperiosa de reducir el endeudamiento público, a la que ya me he referido, nos ha impedido hasta ahora reducir la presión fiscal global, aunque ese sigue siendo nuestro objetivo a largo plazo. Pero al menos hemos sido capaces de introducir un importante cambio de los impuestos sobre los ingresos a los impuestos sobre el gasto, con el resultado de que el impuesto sobre la renta se ha recortado en su totalidad, con la reducción del tipo marginal máximo sobre los ingresos del 83% al 60%. Esto es absolutamente esencial para restaurar los incentivos personales.

Incentivos al empleo

Sin embargo, en el extremo inferior de la escala, el incentivo para trabajar se ha visto seriamente debilitado por el hecho de que, mientras que los ingresos están sujetos a impuestos, las prestaciones por desempleo están exentas de impuestos. Tan pronto como sea administrativamente posible, rectificaremos esta anomalía: mientras tanto, se han promulgado leyes para garantizar que este año, por primera vez, el subsidio de desempleo se incremente en una cuantía inferior a la subida de los precios.

No hemos rehuido las medidas controvertidas: lo que quizá resulte interesante es que ésta, anunciada en los Presupuestos de este año, parece contar (al igual que la restricción prevista del pago de la prestación complementaria a los huelguistas, de la que también habían renegado las administraciones anteriores) con un importante apoyo popular.

Controles del Gobierno

Otras medidas que se han convertido en ley durante la actual sesión del Parlamento incluyen la Ley de Empleo, que mejorará el funcionamiento del mercado laboral al proporcionar reparación contra un número limitado de los peores abusos del poder sindical, y la Ley de Vivienda, que mejorará el funcionamiento del mercado de la vivienda y fomentará el tradicional objetivo conservador de la democracia de la propiedad al conceder a los inquilinos de las autoridades locales el derecho a comprar -en condiciones atractivas- las viviendas en las que viven.

Mientras tanto, se han eliminado toda una serie de controles gubernamentales en el ámbito de la empresa y la industria, se han suprimido organismos innecesarios patrocinados por el Gobierno y se ha introducido un paquete de medidas (en el Presupuesto de este año) para crear un clima fiscal más alentador para ese sector de la economía más orientado al mercado que son las pequeñas empresas.

Zonas empresariales

Pero quizá la medida más imaginativa del Presupuesto de 1980 fue la propuesta de crear, en el corazón de media docena de nuestras zonas industriales más abandonadas, las denominadas “zonas empresariales”, donde se reducirá aún más la carga del impuesto de sociedades, la reglamentación y la cumplimentación de formularios.

Les he dado esta descripción un tanto exagerada de lo que hemos hecho en el último año, no para presumir de éxito: es demasiado pronto para eso. La prueba está en lo que se come. Pero creo que merece la pena dedicar un poco de tiempo a establecer dos proposiciones básicas. En primer lugar, que el nuevo conservadurismo es mucho más que el control de la oferta monetaria; y en segundo lugar, que hay una realidad práctica (y he intentado dar el sabor de esa realidad) detrás de la retórica del nuevo conservadurismo.

Una ruptura clara y consciente

Describir lo que estamos haciendo como una contrarrevolución pacífica sería algo fantasioso. Sean lo que sean, los conservadores no son revolucionarios. Pero no hay duda de que el camino que hemos elegido representa una ruptura clara y consciente con los supuestos predominantemente socialdemócratas que han sustentado hasta ahora la política británica de posguerra. Sin embargo, visto desapasionadamente, la tendencia constante hacia una interferencia gubernamental cada vez mayor en el funcionamiento libre y vigoroso del mercado que ha caracterizado a todas las economías occidentales en las últimas décadas parece claramente perversa.

Después de todo, fue la economía de mercado la que creó la prosperidad de Occidente en primer lugar, e incluso hoy en día, a pesar de estar excesivamente regulada y restringida, sigue superando a las economías dirigidas controladas por el Estado del bloque comunista. Por otra parte, si hay un valor que en Occidente pretendemos elevar por encima de todos los demás es la libertad; sin embargo, aquellos que pretenden ser sus abanderados más dedicados en todas las demás esferas no tienen tiempo para ella en la económica: como Nozick ha observado irónicamente, “En los Estados Unidos de hoy, la ley insiste en que una chica de 18 años tiene derecho a fornicar públicamente en una película pornográfica – pero sólo si se le paga el salario mínimo”.

No se trata de la competencia “perfecta”

Pero en realidad esta perversidad se explica fácilmente. Existe la falsa creencia generalizada de que los argumentos económicos a favor de la economía de mercado se basan en una teoría de la competencia perfecta que no tiene ninguna relevancia en el mundo real, y que el mero hecho de identificar las imperfecciones manifiestas que caracterizan a los mercados en el mundo real justifica la intervención del Estado.

Esto es erróneo en al menos dos aspectos. En primer lugar, como Hayek ha señalado convincentemente en su ensayo sobre El uso del conocimiento en la sociedad, los agentes individuales que actúan con información imperfecta pueden operar con bastante éxito en una economía de mercado.

Un sistema de precios eficaz no requiere la quimera de la “competencia perfecta”: los precios siguen siendo las señales más eficaces de que disponemos para transmitir la información mínima necesaria sobre los deseos de los consumidores y las oportunidades de inversión. Si no se producen suficientes zapatos, los ciudadanos no tienen que firmar peticiones ni presionar al Parlamento, ni los burócratas tienen que salir a la calle a hacer encuestas sobre las necesidades. En su lugar, un empresario descubrirá que puede vender sus existencias a un precio más alto y hará más pedidos a sus proveedores. La cuestión es tan importante como elemental.

Tampoco del Estado “perfecto”

En segundo lugar, aunque los mercados son indudablemente imperfectos, también lo es el Estado. La imperfección del mercado sólo puede justificar la intervención del Estado si éste -es decir, los funcionarios y ministros del Gobierno- se ha librado de alguna manera de las debilidades e imperfecciones que afectan al resto de la raza humana.

No sólo no está claro por qué debería ser así, sino que hay razones muy reales por las que es probable que las imperfecciones de la intervención estatal en el ámbito económico no sólo sean iguales, sino mayores que las imperfecciones del mercado. Una de ellas es que, por muy genuino que sea el deseo del gobierno de llegar a un juicio objetivo, sus decisiones no sólo estarán sujetas a todas las incertidumbres inherentes a la vida económica, sino que también estarán, inevitablemente, sesgadas políticamente. No sirve de nada quejarse de ello: vivimos en una democracia, y las decisiones que tomen los políticos estarán inevitablemente influidas por el tipo de frases que suenen bien en los discursos y por la cosecha de votos que cabe esperar que obtengan.

Autocorrección en el mercado

Tampoco son los políticos los únicos cuyos motivos pueden ser menos que perfectos. Todos somos imperfectos, incluso el funcionario de más altas miras. El trabajo académico sobre la economía de la burocracia aún está en pañales, pero ya está claro que promete ser un campo fructífero. Los funcionarios y los administradores sociales de clase media están lejos de ser los desinteresados guardianes platónicos de la mitología paternalista: son un grupo de interés importante y poderoso por derecho propio.

Pero hay una distinción importante. Mientras que en el sector privado es probable que la persistencia en el fracaso conduzca finalmente a la quiebra o al menos a graves pérdidas financieras, el incentivo para la autocorrección por parte del Estado es mucho más débil: de hecho, nada es más difícil que la admisión del fracaso en el ámbito político.

Mayor confianza en los mercados imperfectos que en el Estado imperfecto

Así pues, nos vemos abocados a la conclusión muy práctica -y yo diría que muy conservadora- de que, lejos de estar justificada una intervención cada vez mayor del Estado en virtud de las imperfecciones admitidas del mercado, está justificada una mayor confianza en los mercados en virtud de las imperfecciones prácticas de la intervención estatal.

Burke utilizó una metáfora particularmente buena que ilumina este punto, cuando comparó la acción del Estado con los rayos de luz que se acercan al prisma de la sociedad: se doblarían y refractarían al encontrarse con el cristal de las relaciones sociales. Se trata de un punto especialmente conservador, ya que si el socialismo es el credo de la utopía y la perfectibilidad del hombre, el conservadurismo es el credo del pecado original y la política de la imperfección: que lo malo de la sociedad está tan íntima e incognosciblemente ligado al resto que la intención de ocuparse de un mal específico y acordado puede muy bien hacer más daño que bien.

Uno de los más cruciales de todos los mercados, por supuesto, es el mercado laboral; y aquí una de las contribuciones más importantes del nuevo conservadurismo ha sido mostrar el daño que hacen las políticas salariales.

Políticas salariales

Aunque el monetarismo pueda demostrar por qué no se puede utilizar una política salarial para controlar la inflación por sí sola, sigue dejando abierta la posibilidad de que defensores más sofisticados afirmen que una política salarial es, no obstante, un complemento deseable, si no esencial, de la política monetaria, ya que por sí sola puede aliviar y hacer políticamente aceptables los costes transitorios de la restricción monetaria al obligar a los trabajadores a responder más rápidamente al cambio de las condiciones monetarias, reduciendo así (si no impidiendo realmente) cualquier aumento del desempleo.

La experiencia práctica de las políticas salariales ha desmentido esta tesis; pero la explicación de por qué es así reside en la economía de los mercados. A pesar de las imperfecciones manifiestas del mercado de trabajo en una economía sindicalizada, sigue siendo cierto que el precio de la mano de obra es el que equilibra la oferta y la demanda, y que el precio que el empleador de mano de obra puede permitirse pagar refleja la productividad de la mano de obra. Si se controlan los salarios, surgen desequilibrios con escasez de mano de obra en algunas zonas y exceso de oferta -es decir, desempleo- en otras, y no hay forma de atraer mano de obra a las empresas rentables.

La relación entre el trabajador y su sueldo

La pérdida es mucho más que meramente económica. Se pierde la conexión última entre la productividad del trabajo de un hombre y su salario, y éste considera que su paga viene determinada por el gobierno y no por su propia producción y esfuerzo. Las nefastas consecuencias económicas, sociales y políticas de la creciente politización del mercado laboral apenas pueden exagerarse.

Hasta ahora, desde el colapso de la política salarial del Gobierno anterior y su abandono formal por el Gobierno actual, los acuerdos salariales se han mantenido a un nivel más alto de lo que es sensatamente compatible con el marco monetario del Gobierno, con consecuencias desafortunadas para el nivel de desempleo.

Pero, al menos, es muy saludable que haya habido una gama mucho más amplia de acuerdos: el mercado está empezando a cumplir de nuevo su función, ya que se anima a los trabajadores a trasladarse a puestos de trabajo en los que su contribución al bienestar general es mayor.

Desconfianza hacia el poder

Si, como creo firmemente, el tradicional escepticismo conservador ante el poder y la intervención del Estado -excepto, como ha señalado acertadamente Lord Blake, en el contexto de la preservación del orden y la defensa nacional- tiene un firme eco en las creencias instintivas del pueblo británico en general, y de las clases trabajadoras en particular, cabe preguntarse por qué ha tardado tanto tiempo en reflejarse ese prejuicio en la elección de un gobierno afín. Sin duda hay muchas razones.

Pero una que tiene, creo, especial fuerza, es la experiencia de la segunda guerra mundial. Para toda una generación, ésta fue la mejor época de Gran Bretaña: también fue una época en la que se consideró que el Estado se arrogaba a sí mismo, en una causa cuya justeza no se cuestionaba, todo el aparato de planificación central y dirección del trabajo.

De hecho, lo que es sensato en tiempos de guerra, cuando existe una unidad única de propósito nacional y cuando puede aplicarse una simple prueba a todas las actividades económicas (a saber, si contribuyen o no al éxito del esfuerzo bélico), es totalmente inapropiado en tiempos de paz, cuando lo que se necesita es un sistema que reúna armoniosamente una diversidad de propósitos individuales de los que el Estado ni siquiera tiene por qué ser consciente. Sin embargo, la beneficencia, la racionalidad y la justicia aparentes de la planificación central ejercieron un hechizo que sobrevivió mucho tiempo al mundo bélico al que pertenecía.

El ejemplo de Alemania

La República Federal de Alemania es el contrapunto perfecto. También allí el poder del Estado estaba asociado a la guerra. Pero allí no estaba asociado al despotismo benevolente de un Churchill, sino a la tiranía malvada de un Hitler.

Como consecuencia, la lección económica que el pueblo alemán aprendió de la guerra fue la maldad del poder del Estado más que la benevolencia del poder del Estado; el movimiento sindical alemán se impregnó de una hostilidad hacia la intervención del Estado (que se había utilizado para suprimir por completo el sindicalismo libre), en contraste con la ilusión del movimiento sindical británico de que sus objetivos pueden garantizarse más eficazmente a través de la intervención del Estado; e incluso los socialdemócratas se vieron impulsados a adoptar los principios y la práctica de la economía de mercado.

Por supuesto, ésta no es en absoluto la única explicación de los diferentes resultados económicos de posguerra de Gran Bretaña y Alemania, pero estoy convencido de que ha desempeñado un papel importante.

Los intereses creados

Y ahora que las falsas lecciones enseñadas por la guerra han empezado a desaprenderse, el nuevo conservadurismo tiene otro obstáculo histórico que superar: los inmensos intereses creados por el crecimiento del poder del Estado y el patrocinio del Estado, por el empleo estatal y las subvenciones del Estado. Pero si estos grandes intereses creados (de los que, hoy en día, depende totalmente la socialdemocracia, estéril de ideas) son una barrera práctica eficaz para el cambio radical o revolucionario, no hay razón para suponer que tengan por qué impedir el cambio gradual y evolutivo.

Y esta es, después de todo, la forma de actuar de los conservadores. Pero subraya lo larga que será la tarea. Tampoco es sólo la existencia de intereses creados en el sentido material lo que aconseja paciencia: los que se liberan de las mazmorras del control estatal a menudo se ven cegados y desconcertados al principio por la brillante luz del sol de la libertad.

En el frente macroeconómico, también hay un sentido en el que las políticas monetaristas propugnadas por el nuevo conservadurismo representan un tardío desaprendizaje de lo que se creía erróneamente que eran las lecciones de la guerra.

Vuelta a la ortodoxia

En primer lugar, la guerra suscitó el deseo de romper con las políticas monetarias ortodoxas que se consideraron erróneamente responsables de la depresión de los años veinte y treinta. De hecho, el análisis desapasionado de este periodo subraya el poder explicativo de la teoría monetaria. En Estados Unidos, como han demostrado las investigaciones de Friedman, las autoridades permitieron una reducción bastante desmesurada de un tercio de la oferta monetaria entre 1929 y 1933, mientras que en el Reino Unido la decisión equivocada de Churchill en 1925 de volver al patrón oro provocó una grave contracción monetaria.

En ambos países, un marcado alejamiento (en dirección contractiva) de los cánones ortodoxos de la política monetaria, que inevitablemente tuvo un efecto gravemente perturbador en la economía real, se interpretó erróneamente como prueba de que la propia ortodoxia estaba equivocada.

Keynes

En segundo lugar, el accidente histórico de que las políticas keynesianas surgieran en la práctica en los años de la guerra, cuando estaban en vigor toda una serie de dispositivos bélicos como los controles salariales y de precios, y se suspendieron temporalmente las funciones de los mercados y del dinero, condujo a una asociación entre keynesianismo e intervencionismo que es totalmente ajena al pensamiento del propio Keynes, como también lo es la desestimación del dinero por parte de los llamados keynesianos.

Pero fue esta falsa interpretación de los acontecimientos de los años 20 y 30, unida a esta interpretación igualmente perversa de la economía keynesiana, que sostenía ostensiblemente que el dinero no importaba, la que se mantuvo en el terreno de juego durante el siguiente cuarto de siglo y la que finalmente se derrumbó bajo el peso de sus propios excesos inflacionistas en los años setenta.

En realidad, los keynesianos atribuían al dinero un poder mucho mayor que los monetaristas. Aunque no lo expresaron en estos términos, la esencia de su creencia era que un aumento de la oferta de dinero a través de un déficit presupuestario tendría un impacto expansivo sostenido y predecible sobre cosas reales como la producción y el empleo.

David Hume

Por el contrario, los monetaristas sostienen que, al fin y al cabo, lo que un gobierno haga con la oferta de dinero producirá efectos puramente monetarios, aunque puede haber breves intervalos durante los cuales las políticas monetarias produzcan efectos reales. Como David Hume señaló ya en 1752 en su ensayo Del dinero:

Aunque el alto precio de las mercancías sea una consecuencia necesaria del aumento del oro y la plata, no se produce inmediatamente después de ese aumento, sino que se necesita algún tiempo antes de que el dinero circule por todo el Estado y haga sentir sus efectos en todos los rangos de la población. Al principio, no se percibe ninguna alteración; poco a poco el precio sube, primero de una mercancía, luego de otra, luego de otra; hasta que el conjunto alcanza por fin una proporción justa con la nueva cantidad de especia que hay en el reino. En mi opinión, es sólo en este intervalo o situación intermedia, entre la adquisición de dinero y el alza de los precios, cuando la creciente cantidad de oro y plata es favorable a la industria.

David Hume

Delirios keynesianos…

Los monetaristas también creen que los excesos en la política monetaria – ya sea en la dirección de una expansión o de una contracción de la oferta de dinero – causarán un mayor o menor grado de colapso económico y desempleo a gran escala. Una economía moderna simplemente no puede funcionar sin una estabilidad razonable del dinero.

Inicialmente, los excesos del delirio keynesiano -y no atribuyo este delirio al propio Keynes- se mantuvieron a raya gracias a dos factores: la existencia de un sistema de tipos de cambio fijos y el hecho de que el numerario de ese sistema, el dólar, estuviera gestionado por un país que, a su vez, aplicaba políticas ampliamente no inflacionistas.

Durante este periodo, las crisis de divisas sirvieron como sustituto de las disciplinas monetarias y, junto con la persistencia de lo que se ha dado en llamar la ilusión monetaria – la creencia de los agentes económicos, y en particular de los negociadores salariales, de que la moneda mantendrá su valor – esto permitió que se aplicara una forma de política monetarista con un disfraz keynesiano, con un grado de éxito inicialmente significativo, pero gradualmente decreciente, a medida que la inflación iba erosionando la ilusión monetaria.

… y crisis keynesiana

Pero no fue hasta finales de los sesenta y principios de los setenta cuando lo que se ha dado en llamar keynesianismo entró en su fase terminal. La financiación inflacionista de la guerra de Vietnam socavó toda la base del patrón dólar, mientras que la necesaria transición de un régimen de tipos fijos a un régimen de tipos flotantes eliminó el único sustituto existente para la restricción monetaria manifiesta.

En Gran Bretaña, sin duda, no parecía haber conciencia de que las nuevas condiciones hacían esencial el control explícito de la oferta monetaria. En su lugar, se permitió que la oferta monetaria se expandiera sin restricciones, y los síntomas se trataron mediante una infructuosa intensificación de los controles – controles salariales, controles de precios, controles de dividendos, controles de cambio más estrictos – y la intervención para “apoyar” a la industria, hasta el punto de que los industriales encontraron más gratificante deambular por los pasillos de Whitehall en busca de subsidios y subvenciones que permanecer en sus fábricas tratando realmente de generar beneficios.

El resultado fue que el rendimiento industrial se deterioró aún más, la inflación se disparó, el valor exterior de la libra se hundió y, tras un breve periodo de crecimiento, la producción y el empleo retrocedieron bruscamente. En 1976, la economía británica estaba sumida en una grave crisis y hubo que recurrir humillantemente al FMI para que nos echara e impusiera sus condiciones monetaristas de facto.

No es el camino

Fue esta experiencia la que, más que ninguna otra, cambió por fin el consenso económico en el que el nuevo conservadurismo había influido antes y que ahora ha heredado. Como todos los grandes cambios políticos, éste precedió a la elección del Gobierno que estaba destinado a heredarlo. Así, el Sr. James Callaghan, dirigiéndose a la Conferencia del Partido Laborista, dijo lo siguiente en septiembre de 1976:

Antes, pensábamos que se podía salir de una recesión gastando y aumentar el empleo recortando impuestos y aumentando el gasto público. Les digo, con toda franqueza, que esa opción ya no existe y, en la medida en que alguna vez existió, sólo funcionó inyectando una mayor dosis de inflación en la economía seguida de un mayor nivel de desempleo. Esa es la historia de los últimos 20 años.

James Callaghan

Y dos meses después, su Ministro de Hacienda, el Sr. Denis Healey, escribió lo siguiente en su Carta de Intenciones al Director General del Fondo Monetario Internacional:

Un elemento esencial de la estrategia del Gobierno será una reducción continua y sustancial de la proporción de recursos necesarios para el sector público. También es esencial reducir el PSBR para crear unas condiciones monetarias que fomenten la inversión y garanticen un crecimiento sostenido y el control de la inflación.

Denis Healey

Confusión y desorden

Lamentablemente, el compromiso del Gobierno laborista con el nuevo consenso fue, quizá inevitablemente, algo tibio. La burla que una vez se hizo a Roosevelt -que estaba a favor del dinero sano y en abundancia- parecía cada vez más acertada, y el viejo Adam se reafirmó. Pero en toda la confusión se había demostrado que no existía una alternativa keynesiana coherente al monetarismo. Y la única teoría económica alternativa ahora en el ruedo es una forma tan bastarda de keynesianismo, con su adición de controles de importación a todos los demás controles probados hasta la destrucción en los años 70, que en realidad está más cerca de la planificación central y la economía dirigida, y apenas es reconocible como una variante del keynesianismo en absoluto.

Pero si la alternativa socialdemócrata está sumida en la confusión y el desorden, es justo reconocer que también entre algunos conservadores existen dudas sobre el nuevo conservadurismo.

El conservadurismo como política de la imperfección

¿Es realmente conservadurismo o se trata de un credo extraño disfrazado de conservadurismo? Sólo puedo decir que, como conservador, me parece bastante conservador.

No existe, por supuesto, ninguna prueba política claramente definida que demuestre si una política es verdaderamente azul, pero quizá la frase de Anthony Quinton “la política de la imperfección” sea la mejor descripción del conservadurismo, al menos en su contexto británico. Es decir, el conservadurismo se basa en la aceptación básica de la imperfección inerradicable de la naturaleza humana. Esta proposición general tiene una serie de consecuencias prácticas muy claras.

Tradición, escepticismo y gradualismo

En primer lugar, significa que se concede un gran peso a la tradición, por la buena razón de que ninguno de los que vivimos hoy puede saber más de lo que ha surgido a través del ensayo y error a lo largo de la generación. En segundo lugar, el conservadurismo está impregnado de un profundo escepticismo, que se deriva directamente de la imperfección moral e intelectual del ser humano: escepticismo sobre los posibles resultados de la intervención del Estado en todos los aspectos de nuestras vidas; escepticismo sobre los nuevos planes radicales de cualquier tipo.

Y en tercer lugar -y por supuesto los tres están íntimamente relacionados- existe lo que podría denominarse una disposición generalmente conservadora: una preferencia por el gradualismo en política; una convicción de que lo que haya que hacer debe hacerse de forma conservadora.

Contra la politización de todo

El enfoque económico del nuevo conservadurismo, con su escepticismo sobre el ajuste keynesiano y la intervención del Estado en la economía, parece inscribirse claramente en esta tradición, al igual que la caracterización de Robert Blake del enfoque conservador práctico que he citado al principio de esta ponencia.

Refuerza la reticencia conservadora a llevar todas las relaciones sociales y económicas al ámbito político. Subraya la importancia vital de la estabilidad en la sociedad, que requiere como sostén económico una moneda estable. Implica un gobierno que es fuerte, en lugar de débil, por la propia virtud de su moderación; ya que trata de preservar su autoridad ciñéndose a aquellas tareas que son propiamente responsabilidad del gobierno y que puede esperar ejecutar eficazmente, en lugar de tratar de hacer demasiado y acabar no consiguiendo nada. Acepta el deber del Estado de aliviar la pobreza, pero rechaza la idea de que sea función del Estado crear riqueza (y mucho menos destruirla).

La humildad

Por encima de todo, el sello distintivo del nuevo conservadurismo es una nueva (en términos de posguerra) y sana humildad sobre el alcance de la acción gubernamental para mejorar la economía. El rasgo distintivo de nuestra estrategia financiera a medio plazo, que la diferencia de los llamados planes nacionales de otros tiempos y otros lugares, es que se limita a trazar un rumbo para aquellas variables -en particular la cantidad de dinero- que están y deben estar dentro del poder de control del gobierno.

Por el contrario, los gobiernos no pueden crear crecimiento económico. Todos los instrumentos que se suponía que debían hacerlo sólo han conseguido perjudicar a la economía y, en última instancia, se han roto en manos de los gobiernos que pretendían utilizarlos. Todo lo que podemos hacer es algo más modesto: intentar evitar que se den las condiciones desfavorables para el crecimiento, y la más desfavorable de todas, además de ser un mal en sí misma, es la inflación. Cuando los gobiernos han intentado hacer algo más que esto han acabado consiguiendo mucho menos que esto.

Los conservadores que, sin embargo, se sienten incómodos con el nuevo conservadurismo se inclinan a sugerir que huele demasiado a liberalismo clásico. La acusación es extraña. La política del siglo XIX giraba en torno a cuestiones totalmente distintas. Detrás de la retórica había un consenso fundamental sobre política económica. Puede que Disraeli utilizara las Leyes del Maíz y la protección para asegurarse el liderazgo del Partido Conservador, pero en la práctica operaba precisamente en el mismo mundo de no intervención en la industria, adhesión al patrón oro (y, por tanto, a un dinero estable) y libre comercio que Gladstone.

El liberalismo clásico

Tenían sus diferencias fuera del campo de la política económica, pero lo que nos importa hoy es lo que tenían en común, lo que no es sorprendente si tenemos en cuenta que el propio Gladstone fue ministro conservador antes de convertirse en la encarnación del liberalismo. De todas las formas de caza de herejías, esta variedad parece particularmente inútil.

Pero quizá la escuela del “credo ajeno” de los críticos conservadores del nuevo conservadurismo esté menos preocupada por su afinidad con el liberalismo clásico y más por la sensación de que, de algún modo, es demasiado teórico (y, por tanto, supuestamente extremista, aunque esta identidad nunca se demuestre satisfactoriamente) y no lo suficientemente pragmático.

Tengo que admitir que hay algo de razón en esto. En el siglo XIX, los conservadores podían permitirse renegar de la teoría y mostrar desdén por las ideas abstractas y los principios generales, por la sencilla razón de que las teorías, ideas y principios en los que se basa el conservadurismo eran la moneda común indiscutible de la política británica. El auge de la socialdemocracia ha cambiado todo eso. Los conservadores tienen la necesidad, que no tenían en el siglo XIX, de librar la batalla de las ideas.

La búsqueda de la moderación genera extremismo

Cuando los críticos conservadores del nuevo conservadurismo proponen la paradoja de que el pensamiento tradicional de la teoría conservadora es que no hay teoría y que la única regla política es que no hay reglas políticas, supongo que el mensaje subyacente es que los problemas deben juzgarse por sus méritos. Pero esto no nos ayuda a decidir cuáles son sus méritos, sino que deja que otros credos políticos los determinen. A esto podría responderse que el conservador puede ejercer su propio juicio y ser una fuerza de moderación; pero esto no es suficiente.

En primer lugar, aunque niega la ideología, de hecho es profundamente ideológico, ya que acepta implícitamente el concepto (totalmente ajeno a la tradición conservadora y a la verdadera naturaleza de la política por igual) de un simple espectro lineal izquierda-derecha, a lo largo del cual se puede seleccionar juiciosamente una posición moderada adecuada. (No es que la adopción de un punto concreto en una escala ideológica sea un acto menos ideológico por el hecho de estar más cerca del medio que del final de la escala).

Pero, en segundo lugar y más importante, la única característica de un punto en el medio de un espectro ideológico es que está determinado, no por la persona o el partido que elige ostensiblemente ese punto, sino por la posición de los dos extremos. Como ha señalado Keith Joseph, si los conservadores dividen siempre la diferencia entre su posición anterior y la de los socialistas, no sólo se verán arrastrados por los socialistas, sino que en realidad les proporcionarán un incentivo para ser más extremistas. Así, la búsqueda de la moderación se vuelve necesariamente contraproducente.

Sentido común

Por otra parte, no está nada claro dónde se encuentra el votante en todo esto. Los que no están contentos con el nuevo conservadurismo asumen automáticamente que, al tener un punto de vista identificable, ahuyentará al electorado. En cualquier caso, el resultado de las elecciones que llevaron al actual Gobierno conservador al poder debería haber puesto fin a esta acusación. Tampoco es sorprendente que la gente quiera votar a un partido que parece compartir sus puntos de vista. La noción de que el conservadurismo no es más que una técnica de gobierno es una descripción demasiado pálida e incruenta del papel de un partido político importante.

¿Qué hay de nuevo en el nuevo conservadurismo? En términos económicos, como he intentado demostrar, muy poco. Pero, lo que es igualmente importante, tiene una sólida cualidad de sentido común que está totalmente en armonía con la experiencia cotidiana de la familia ordinaria.

Educar al ciudadano

El monetarismo, después de todo, es bastante obvio: si produces demasiado de algo, su valor cae. Si pides demasiado prestado, es probable que tengas problemas. Es el keynesianismo, que parece ponerlo todo patas arriba, la doctrina difícil y esotérica.

Tampoco es nueva la desconfianza en el Gobierno y en lo que puede hacer: la novedad es, si acaso, el sorprendente grado de confianza en el gran Gobierno que tantos ciudadanos británicos mostraron durante tanto tiempo después de la guerra.

Lo único nuevo es que el nuevo conservadurismo se ha embarcado en la tarea -que no es fácil: nada que merezca la pena en política lo es; pero al menos va a favor y no en contra de la naturaleza humana- de reeducar a la gente en algunas viejas verdades.

No por ser antiguas son menos ciertas.

La profesionalización de lo sencillo

Conducir un turismo es una actividad que podemos calificar de sencilla. La mayoría de la población aprueba el examen de conducir al llegar a la edad mínima legal, para dividirse en tres categorías: los profesionales (chóferes), los experimentados (personas que conducen todos los días) y los menos experimentados (los que popularmente se conoce como domingueros).

Como toda actividad ejercida por la mayoría de la población, la percepción social que impera es que los demás conducen mal, mientras que nosotros conducimos bien. Una serie de sesgos nos impiden ver nuestros propios errores, y percibir que la mayor parte del tráfico con el que nos cruzamos están circulando correctamente, lo que nos lleva a sobreestimar el número de incidentes que nos encontramos respecto al total de conductores con los que circulamos.

Profesionales de lo sencillo

Y allí donde el cerebro del ciudadano medio flojea, siempre hay un grupo de mentes despiertas intentando sacar provecho. En estos casos los he bautizado como los profesionales de lo sencillo.

En el último lustro, todos hemos notado algo al leer artículos en internet: hacemos todo mal. Desde comer una manzana a fregar los platos. No sabemos comer, vestir, ir de vacaciones o sacar un billete de tren. Al parecer llegamos a la vida adulta sin saber hacer casi nada, y eso es porque no hemos puesto un profesional en nuestra vida que nos (re)eduque para que alcancemos la profesionalización en todo lo que hacemos.

Una licencia

Soy de la opinión de que no hay que tomárselo muy mal. Somos una sociedad lo suficientemente próspera como para que un tipo de 30 años pueda pagar el alquiler compartido de su piso frente a Madrid Río, y algún Glovo que otro, investigando sobre la forma correcta de comprar calcetines. Lo curioso es que lo que hace unas décadas podría haber sido un artículo en la sección de consejos de una revista para amas de casa, ahora nos llega a la mayoría de la población en forma de reprimenda por no haber llegado a ese nivel de productividad por nosotros mismos.

Y es que en ese relato está el verdadero peligro. Si hacemos todo mal, necesitamos a profesionales que nos formen o que lo hagan bien por nosotros. ¿Y qué distingue a un profesional del común de los mortales en actividades sencillas? Una licencia estatal. La famosa formación que tanto gusta en nuestro mundo laboral, pero llevado a todas las facetas de la vida. Formar a los ciudadanos, formar a los formadores de los ciudadanos, formar a los formadores de los formadores. Una cadena infinita, con sus cursos, sus temarios y sus regulaciones. El paraíso del burócrata. Muy europeo; con lo complejo que lidien otros, nosotros estamos ocupados complicando lo sencillo: profesionalizando.

El origen perverso de las universidades públicas

Antes no había escuelas ni universidades públicas, la educación estaba en manos del sector privado, aquel hombre culto era alquilado para enseñar a los hijos de un comerciante, artesanos o de algún monarca. El filósofo Sócrates tenía a un grupo de jóvenes que recibían clases de filosofía, matemáticas, botánica y se mantenía con las cuotas de sus educandos. Lo mismo hacía Platón, Aristóteles, Pitágoras, que también eran contratados para educar a los hijos del Rey.

En aquellos tiempos, los reyes o gobernantes se dedicaban a dirimir conflictos entre particulares, como el Rey Salomón, o para avasallar a sus vecinos, invadir tierras, saquear pueblos, como lo hacían los vikingos. Pero no se dedicaban a la educación del pueblo.

La primera universidad del mundo fue fundada en Fez Marruecos en el año 859 por la esposa de un gran comerciante; luego la universidad de Bologna en 1088 por el monje Irnerius, y así se siguieron fundando escuelas y universidades por órdenes religiosas y por organizaciones privadas interesadas por la educación o por el negocio que significaban.

En 1551 se funda la Real y Pontificia Universidad de México promovida por religiosos y ciudadanos. El gobierno no la subsidiaba, vivía de colegiaturas y de las cátedras que impartían los monjes y sacerdotes.

Otto von Bismarck

El protagonismo del gobierno, en el campo educativo prácticamente es nuevo, tiene su origen en el dictador prusiano Otto von Bismarck. Como todos los autarcas de su tiempo, se encargaba de mantener la paz en su territorio y de lanzar la guerra para ampliar sus dominios. Después de dirimir conflictos con sus vecinos, tenía que afrontar los de sus propios ciudadanos que no estaban tan a gusto de perder hijos, maridos o tíos para los ejércitos del dictador. ¿Cómo apagar el descontento y ganar la simpatía del pueblo? Tal era la preocupación de Bismarck.

Se le ocurre fundar grandes escuelas para que la gente enviara a sus hijos a estudiar gratuitamente. En efecto, la gente le aplaudió la idea. Así se originaron las escuelas públicas. Se solventarían los gastos con los impuestos, el gobierno contrataría a los profesores, les destinaría un sueldo, haría los planes y programas, otorgaría los títulos o diplomas oficiales. Logró apaciguar al pueblo.

Extensión por el resto del mundo

El modelo Bismarck se exportó a los Estados Unidos de América y luego a toda Latinoamérica. Así nació la intervención casi completa del Estado en la educación. Pero fue en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, Corea del Norte y en Cuba, donde se implantó de manera absoluta, como un monopolio del Estado, no sobrevivió ninguna escuela privada.

Se inicia así una etapa de gran protagonismo del Estado en educación, salud, petróleo, ferrocarriles, etc.  Es una especie de ola que vive la Humanidad y que tardará varias décadas en corregirse.

A principios del siglo XX, la comunidad universitaria ya se percataba que la intervención del gobierno en las instituciones universitarias no era del todo buena: El señor presidente imponía a los rectores, generalmente eran sus amigos o parientes; imponía los planes y programas de estudio; decidía qué profesores podían dar clases; otorgaba medallas, títulos o diplomas oficiales y decidía los sueldos de los docentes y directivos. Se imponía así un control gubernamental casi absoluto sobre la vida universitaria.

Una camisa de fuerza

Los universitarios sentían una especie de camisa de fuerza que impedía el desarrollo de la institución. No se podían expresar nuevas ideas, no se podía cuestionar al señor presidente o a los gobernadores, no se podían introducir ciencias o disciplinas novedosas.  Quedaba la educación estancada y divorciada de la sociedad.

A los altos puestos directivos llegaban políticos que no sabían de ciencia, investigación o cultura, ni tenían intenciones de aprender, solo tener presencia mientras contara con la simpatía del gobernante. El modelo se replicaba en todas las nuevas universidades de las entidades estatales.

La lucha por cambiar esa situación estaba más que justificada. Los estudiantes platicaron, reflexionaron y se unieron para luchar por un objetivo claro: la autonomía universitaria. Recibieron la simpatía del pueblo, estaban claros los argumentos, pero incluso el gobierno manifestó su simpatía por ese movimiento, aunque sabía que perder el control de la vida universitaria no era del todo agradable para el Estado.

La Universidad en México

Fue así que el presidente Emilio Portes Gil, hombre inteligente y sagaz, ideó una estratagema. Les manifestó a los jefes del movimiento que simpatizaba tanto con su causa, que no sólo les iba a conceder la autonomía para que se autogobernaran, nombraran a sus propias autoridades, diseñaran sus planes y programas, contrataran a sus profesores, aplicaran sus propias políticas de investigación, ciencia y cultura.

Todo eso iba a ser permitido gracias a la autonomía universitaria que les iba a conceder en el año 1929. Y para mostrar su gran simpatía, les ofreció que el Estado les proporcionaría todos los recursos económicos y financieros para construir un gran proyecto de universidad mexicana. La comunidad universitaria saltó de alegría, nadie se daba cuento del perverso plan: que el subsidio gubernamental era el “caballo de Troya” que anularía la autonomía universitaria. Desde entonces, las universidades públicas fueron integradas al gasto gubernamental sin percatarse que con eso estaban destruyendo la autonomía por la que tanto habían luchado.

En efecto, el subsidio gubernamental, seguro y generoso, les provocó un aletargado y somnoliento desarrollo y crecimiento: cayeron en la trampa y pocos se han dado cuenta de ello. Los que se dan cuenta, prefieren callar por haber alcanzado un buen nivel de sueldo seguro, una zona de confort que no desean poner en riesgo.

Del subdidio a la pobreza… universitaria

Se observa en todas las universidades subsidiadas que el desarrollo científico es pobre, no hay patentes, la cultura está sesgada a la izquierda y se promueve una formación anticapitalista. Además, la deserción es grande lo que provoca que el costo que paga la sociedad por formar a un titulado carece de justificación; las universidades públicas se encerraron en su esfera de cristal quedando divorciadas del sector productivo, reacias a la cultura empresarial, formando egresados que no tienen demanda y olvidándose de los profesionistas que demanda el mercado.

Porfirio Díaz, consciente o inconscientemente, aplicó el Modelo Bismarck en el campo educativo. Expropió terrenos, construyó edificios, contrató profesores, elaboró los planes y programas, determinó quién tenía el derecho de estudiar y de otorgársele un título profesional. Todo bajo el control y subsidio del Estado. Llegó la Revolución Mexicana y el modelo no se elimina, al contrario, se expande y se profundiza en todos los niveles. Aún cuando existía cierto número de “escuelas privadas” ninguna podía establecer sus propios planes y programas, todas tenían que estar bajo el control y supervisión del Estado, seguir los planes y programas oficiales bajo la amenaza de perder la licencia de funcionamiento a quienes se salieran de las reglas, pero podían cobrar colegiaturas para no recibir subsidios del Estado.

La educación será ¡socialista!

En 1932, el general Lázaro Cárdenas se radicaliza para declarar que toda la educación en México tenía que ser socialista. En 1936 el gobierno inaugura el Instituto Politécnico Nacional para formar a los cuadros técnicos que requerían los grandes proyectos estatales.

La iglesia y el sector privado ven con preocupación el camino que estaba tomando México, un camino similar al que toman los países comunistas y reaccionan creando el ITESM por un grupo de empresarios y la Universidad Iberoamericana por el sector religioso, todo con la intención de evitar que México se fuera por la senda socialista. No logran demasiados resultados dado que se ven sometidos por el poder político para obedecer los lineamientos estatales. El papel del Estado se hace avasallador con las escuelas públicas y representaba más del 80 % de participación, contra el sector privado con menos del 20% pero sometido al control del gobierno. Ya estábamos cercanos a Cuba y URSS en educación.

Como es natural, la educación manejada por el gobierno genera conflictos propios. Nada había avanzado con la supuesta autonomía lograda antes, ahora la educación sufría de sindicalismo, luchas por los puestos directivos, huelgas paros, violencia, etc. Así, se llega al movimiento estudiantil de 1968, lidereado por el Partido Comunista Mexicano y se produce una matanza de estudiantes en Tlatelolco orquestada por Luis Echeverría Álvarez y otra en 1971.

Nace la UAM

Al gobierno izquierdista de Luis Echeverría se le ocurre que puede controlar a los jóvenes, al estilo prusiano de Otto Bismarck. Ordena construir la UAM, CIDE, Universidad pedagógica Nacional, el Colegio de Bachilleres, el Colegio de Ciencias y Humanidades y otras instituciones del Estado, todas creadas por decreto presidencial.

Los alumnos ingresan por examen. El resultado es que los alumnos con mejor estado económico son los que terminan con título y los demás serían desechados por el sistema. Los alumnos son formados para ser empleados, no empresarios.

La UAM no nació como una Institución totalmente gratuita. En sus primeros años había una colegiatura aproximada de tres salarios mínimos por el trimestre. Mucha gente llegó a pensar que la UAM era una institución privada. Pero nadie podía quejarse que con esa colegiatura no podría estudiar en esta institución ya que había un novedoso sistema de crédito, de tal manera que el alumno podía diferir el pago para después de que terminara sus estudios. Pero este sistema se perdió debido a que ese dinero “no era necesario” ya que el subsidio del gobierno era bastante generoso, se perdió el sistema.

Sindicalismo

Los trabajadores. Muchos entran primero como ayudantes, luego llegan a conseguir la base para ser trabajadores de tiempo definitivo y con ello ya tienen trabajo de por vida, sin riesgo de perder, con salario seguro, se tiene así una zona de confort nada despreciable. Hay trabajadores sindicalizados y no sindicalizados. Los sindicalizados tienen el derecho de meter a un trabajador a la UAM. De esta manera, ahora puede haber una familia completa en la nómina universitaria. Cada trabajador tiene el sueldo seguro de por vida. Es muy difícil despedir a un jardinero, vigilante, profesor, administrativo o directivo. Además, los directivos prefieren evitar conflictos, después de todo, no son propietarios de la Universidad y conceden para “llevar la fiesta tranquila”.

Sindicalismo. Este es uno de los renglones más absurdos dentro de la institución. Dado que el gobierno arroja una gran bolsa de dinero a la UAM para que lo administren con total autonomía, sería suficiente que académicos, administrativos y trabajadores comunes se reunieran para decidir el uso de la bolsa de dinero, esto en uso de la autonomía decretada para la Institución. Pero no, un gran sector de trabajadores trae la cultura de luchas proletarias contra el burgués explotador, y buscan desesperadamente al dueño de la universidad.

¿De quién es la Universidad?

Pero la Universidad no tiene dueños, no hay propietarios, es una “tierra de nadie”. Entonces a esos “proletarios” se le ocurre identificar al rector y sus colaboradores cercanos (los rectores de Unidad) como los burgueses a vencer. Pero los rectores no son accionistas, ejercen el papel de directivos solo por un rato, son trabajadores asalariados igual que el jardinero o profesor. Con esta visión distorsionada de clases y lucha de clases, los proletarios, organizados en el sindicato, lanzan cada año una lucha contra los “burgueses”. Que son los directivos del momento.

De esta forma se generan los emplazamientos y amenazas de huelga y se estallan durando dos o tres meses sin actividades, al final, cuando ya no hay recursos para mantener la huelga, terminan firmando casi en la misma oferta original de “la Patronal”. Este juego absurdo perverso inútil y destructivo ayuda a eliminar el escaso prestigio que logran nuestras universidades, cosa que no le preocupa al sindicato. Se destruyen también los laboratorios, los experimentos, se pierden computadoras y aparatos costosos y los alumnos pierden el tiempo. Por supuesto, esto no le importa a “la patronal” ni al sindicato ni a los no sindicalizados, pues nada en la UAM es propiedad de ellos.

La deserción

De cada cien alumnos que intentan ingresar a la UAM solo son admitidos 10, pero de estos diez solo tres logran titularse; los demás abandonan. En otras palabras, la deserción es superior al 70 %. Y de estos tres titulados, solo uno ejerce en lo que estudió. Si hacemos el cálculo de cuánto cuesta formar a ese profesionista de la UAM que ejerce en lo que estudió, el costo es grande, que si se le hubiera enviado a estudiar a la universidad más cara de los Estados Unidos, aun pagándoles todos sus gastos, habría salido más barato. Ya titulado, el nuevo profesionista solo se le ocurre buscar quien le garantice las quincenas. Pocos encuentran un trabajo acorde y muchos se dedican a ganarse la vida en lo que sea.

¿Por qué tanta deserción? Nuestros analistas buscan las causas de la deserción. Algunos dicen que se debe a la falta de recursos de los estudiantes, y lo tratan de resolver regalándoles dinero en becas mensuales, pero no se ve una diferencia significativa que cuando no se les regalaba dinero. Otros dicen que traen problemas sicológicos en la familia o en el medio donde viven, es muy posible, pero gastando en sicólogos de la universidad tampoco ha dado solución; también se dice que traen mala alimentación y entonces se les da comida casi regalada. Pero nada de estas medidas han mostrado mejores resultados. En mi opinión, se dan palos de ciego por falta de diagnóstico correcto.

Los docentes

La mayoría siguen el mismo patrón. Terminan los estudios, solicitan trabajo en la UAM, se consigue una plaza de tiempo parcial, luego una definitiva. Ningún aspirante a profesor leyó antes la Ley Orgánica de la UAM, ni se puso a reflexionar sobre el modelo de universidad, ni cuestionó la idoneidad para realizar su vida profesional, simplemente llegan por hambre, buscando la paga segura. No es difícil encontrar profesores con buenas ideas, pero la estructura de la universidad no les permite hacer cambios relevantes, de esta manera, se desperdician los talentos. Y es que la Institución no siente la necesidad de hacer cambios, ya que el presupuesto gubernamental está seguro, sin importar la contingencia que viva el país.

Si los vicios, corrupción, displicencia se observasen en una sola universidad, la solución sería más fácil, simplemente se cambia a los directivos, se cambian a los profesores y trabajadores y queda el problema solucionado. Pero no, ocurre en todas las universidades del gobierno. Entonces es un fenómeno digno de estudio para encontrar la variable o la razón por la que se echan a perder las instituciones educativas.

¿Dónde estuvo el error?

La UAM adoptó el modelo Bismarck: Todo lo hizo el gobierno y todo bajo el control del Estado. Los resultados, necesariamente, tenían que ser malos, deficientes, perversos. Pero ya estamos aquí. ¿Qué se puede hacer para corregir el modelo?

La historia habría sido diferente si se hubiera dejado libre a la iniciativa privada que construyera las universidades. Aquellos que tenían recursos para construir edificios universitarios deberían, si acaso, ser invitados, estimulados e incentivados para que fundaran universidades privadas. Entendemos por universidades privadas aquellas que tienen propietario. El dueño reclutaría a los mejores profesores, negociaría sus sueldos con cada uno de ellos, supervisaría los programas para ver si eran atractivos para los alumnos o padres de familia.

Universidades privadas

Se permitiría que surgieran dos, diez o muchas universidades, todas con sus propias reglas y programas de estudio y todas viviendo del cliente, es decir, del estudiante. Estas universidades no pagarían impuestos a fin de impulsar su crecimiento. Todo alumno pagaría la colegiatura, los que no tuvieran recursos propios contarían con créditos bancarios o bien, con el apoyo de asociaciones particulares que les ayudarían con becas parciales o totales. En el peor de los casos, el gobierno apoyaría a estudiantes regalándoles recursos para que pagaran en la universidad de su preferencia. La garantía de que se estuviera construyendo un buen sistema educativo o universitario radica en la competencia entre instituciones.

Pero no fue así. La gente estaba acostumbrada a las decisiones del jefe, monarca o rey, nadie cuestionaba. Además, en esos tiempos estaba poco desarrollada la teoría económica para dar una respuesta cabal al problema de la educación y de otros renglones donde el Estado ha intervenido y monopolizado: Electricidad, telefonía, agua, salud, moneda… y en todos ellos ha fracasado. A pesar de que Adam Smith había ya publicado su obra La riqueza de las naciones, que sirvió de inspiración para pueblos como los EEUU. Agréguese las teorías marxistas, socialistas, comunistas y socialdemócratas que se desarrollaron desde mediados del siglo XIX, donde promueven dejar todo en manos del Estado. En fin, lo hecho, hecho está. ¿Hay remedio?

La financiación es clave

Para el caso específico de la UAM se puede decir que hay solución interna, sin necesidad de esperar cambios impuestos por el gobierno. No es necesario tirar los edificios y hacer nuevos, ni despedir a todo el personal y contratar nuevos, ni expulsar a todos los alumnos y meter nuevos, ni eliminar al sindicato, eso no soluciona nada y, con el tiempo, llegaríamos a lo mismo. Se necesita tocar el punto clave. La clave está en cambiar el sistema de financiamiento a las unidades. Es posible modificar aprovechando la propiedad de autonomía concedida por el gobierno. Los recursos llegan a la rectoría y la rectoría elabora cheques o vouchers para entregarlos cada mes a los alumnos; luego, los alumnos pagan la colegiatura en la Unidad de la UAM donde estén estudiando. Es decir, los recursos con los cuales funcionaría la Unidad Azcapotzalco, Ixtapalapa, y las demás ya no llegan por rectoría, sino por la mano del alumno.