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El parto de los Montes y las varas

No hace mucho tiempo tres magistrados de la Audiencia Provincial de Madrid, estimando un recurso de apelación contra un auto de un juzgado de instrucción de Leganés que sobreseía provisionalmente el asunto, dictaron un resolución mediante la cual confirmaban el archivo del procedimiento penal que se tramitaba contra los médicos del Hospital General de Leganés Miguel Ángel López Varas, Luis Montes Mieza y otros que no recurrieron, siempre que no surjan otros indicios contra ellos. Sin embargo, de forma un tanto sorprendente, y con el apoyo del fiscal, la sala elimina la mención a la mala praxis médica, que el instructor daba por sentada a la luz del dictamen pericial emitido por tres especialistas designados por el colegio de médicos. No creo que sea suficiente para evitar que algunos familiares de los fallecidos en extrañas circunstancias en ese hospital reclamen a los responsables por la vía civil, la cual no exige una prueba tan concluyente para destruir la presunción de inocencia.

Este caso reúne tantas notas de manipulación por parte de un grupo ansioso de poder que resulta paradigmático y explica como pocos los derroteros de la siniestra polarización y sectarización que deliberadamente ha introducido una casta política implacable y falta de escrúpulos. Veamos por qué.

Acostumbrado como estoy al rechazo de toda racionalidad en los debates públicos, llama la atención, sin embargo, la grosera alteración de los términos en los que el caso de las sedaciones terminales en la unidad de urgencias del hospital de Leganés se ha planteado. Partamos de que, para emitir una opinión, tendrían que aclararse los hechos concretos acaecidos, para, en segundo lugar, analizar si, acotados los elementos fácticos, éstos pueden calificarse como ilícitos desde una doble perspectiva jurídica, en sus vertientes penal y civil. Un caso de este tipo merece, por último, que la reflexión se extienda a abordar sus aspectos éticos.

Conviene aclarar que un sobreseimiento provisional, en contra de lo que las terminales propagandísticas del nuevo régimen propagaron, no equivale a la libre absolución de los encausados. De hecho, el juez instructor especificó que tomaba esa decisión porque no había quedado justificada debidamente la perpetración de los delitos que motivaron la práctica de las diligencias penales, es decir, inducción/ayuda al suicidio, homicidio imprudente y omisión del deber de socorro.

Les guste o no a los apologistas del doctor Montes y compañía, para que la eutanasia pueda considerarse todavía como tal, y no como un burdo asesinato, debe contar con el consentimiento libre del paciente, y, aun así, el vigente derecho penal español tipifica esa conducta como delito de ayuda al suicidio.

Me gustaría resaltar uno de los elementos que expresa el juez instructor para justificar su decisión de detener sus investigaciones. Debe tenerse en cuenta que los jueces de instrucción juzgan provisionalmente conductas al tiempo que investigan los hechos que justifican la apertura de diligencias penales. En este caso el juez sopesa el citado dictamen médico sobre cuarenta sedaciones terminales practicadas bajo la responsabilidad de uno u otro de los médicos reseñados, quiénes trabajaban en esa unidad de urgencias del Hospital General de Leganés Severo Ochoa (a su vez gestionado por el servicio madrileño de salud del gobierno regional) y las declaraciones que estos individuos le prestaron como imputados. Con una mejorable redacción, el juez Rosel plasma en las páginas quinta y sexta de su auto lo siguiente:

La autopsia habría permitido conocer si la muerte devino por la enfermedad que ya padecía el sujeto o bien por la sedación terminal administrada. Pero, como informaron los peritos, ya no era posible lograr los resultados con exhumaciones y esa línea de trabajo quedaba descartada, debiendo oírse, a continuación, las explicaciones de los médicos, que merecían de la ocasión para describir sus actos.

En ellas hay discursos muy llamativos. Se ha llegado a decir, incluso, que la sedación terminal no causa la muerte. Así. Ahora bien, hay muchas remisiones a criterios fundados en la literatura científica y a la actuación siguiendo criterios o recomendaciones generalmente aceptadas por la sociedad médica y no puede irse más allá. No puede predicarse que los médicos, conscientes, sedaran al paciente para causarle una muerte inmediata. Tampoco que, negligentemente, prescribieran tales fármacos, sin conocer sus consecuencias letales. No. Nada de esto puede aseverarse y presumirlo, como parece, no basta a los fines del reproche penal. De sus manifestaciones se desprende que los médicos creían, en todo caso, obrar lícitamente y actuar dentro de cánones prefijados por la ciencia. Entendían que sus pacientes morirían en un muy corto espacio de tiempo y que debían mitigar sus dolores. Ante ello, decidieron sedar y se obtuvo lo pretendido, que no era otra cosa que la esperada muerte, pero indolora.

Ante todo esto, uno no puede más que acordarse de aquella novela-profecía Un mundo feliz de Aldoux Huxley (o Brave New World). El mundo utópico donde se acaba con el sufrimiento y el dolor, a costa de la introducción de un régimen totalitario que somete a sus felices esclavos a una programación vital. De los rituales sacrificios que se hacía de los ancianos (antes de que llegaran a mostrar arrugas). De conceptos tan siniestros y tan popularizados hoy por la ideología de la posmodernidad como "ingeniería emocional". No en balde las consignas de aquel régimen eran "comunidad, identidad y estabilidad". Dejo apuntado un campo de investigación interdisciplinar para semiólogos, comunicólogos, politólogos y juristas, sin descartar a los psicólogos y psiquiatras: ¿por qué uno de esos médicos se convirtió en uno de los símbolos de la plataforma PAZ de apoyo a un candidato, que a su vez le prometió "protección"? "No consentiré que nadie persiga a profesionales dignos por intentar ayudar a morir dignamente", dijo el orate… Pues así estamos.

Ya hemos probado con el canibalismo y no funciona

Será eso, o simplemente que estoy tan habituado a las cloacas que ni mi buen daimon tiene fuerzas para apartarme de algunas de ellas. Así es la ciudad de los medios de comunicación, donde las grandes avenidas están escondidas y son las cloacas las que están sobre el firme.

El caso es que he visto la última creación de un viñetista con el alma rota en la que un oscuro personaje dice: "Si falla el capitalismo, podemos probar con el canibalismo". El capitalismo es la sociedad libre, el conjunto de instituciones basadas en una red de intercambios voluntarios, en el acuerdo entre dos o más personas. Es la sociedad kaleidoscópica, varia, libre y espontánea; es la disolución de la jerarquía y la emergencia del buen consenso, el que llega sin imposiciones.

El capitalismo es la sociedad en la que podemos decir "no" a lo que nos concierne y no deseamos. Y "sí" sólo a lo que nos concierne. Es la sociedad de la responsabilidad individual, permítanme el pleonasmo. Es la sociedad de la generosidad, porque ésta sólo puede ser voluntaria y porque el individuo, en una civilización capitalista, está permanentemente volcado hacia los demás. La persona está unida íntimamente a sus derechos, sin que le sean arrebatados en nombre de nada o de nadie. Pero, por propia voluntad y en compleja colaboración con otros, está volcada a trabajar para los demás, para muchos otros que, en su mayoría, jamás conocerá. Y vive con lo que los demás le sirven, en ese orden de cooperación humana que llamamos mercado.

¿Puede fallar algo así? No lo creo. No lo ha hecho jamás. Pero su opuesto sí lo conocemos. Es el canibalismo, sí, que muchos llaman socialismo. Es la sociedad jerárquica en la que los muchos son piezas inermes de los planes de unos pocos. En que sus voluntades están truncadas, negadas y prohibidas. El canibalismo es aquella sociedad de la Unión Soviética en que se robó a los ucranianos hasta los granos que hubiesen servido como simiente. Aquella en que los padres mandaban a sus hijos a las ciudades para volver al pueblo a encontrarse con la muerte al menos con la débil esperanza de que sus hijos, abandonados, tuviesen más suerte con ellos. "Abandonar a los hijos es un crimen", decían los carteles. "Comerse a los hijos es un crimen", recordaban otros.

Sí. Ya hemos probado el canibalismo. Y no funciona.

Tomadura de pelo castrista

Si se analiza con un poco de frialdad, tiene toda la pinta de tratarse de un lavado de cara de la dictadura que de una medida efectiva. Aunque la "información" ha sido ahora confirmada, salió a la luz hace unos días después de que un corresponsal de la agencia británica Reuters "tuviera acceso" a un "documento interno" del régimen. En un sistema tan controlado como el de la Isla-cárcel no resultan creíbles ese tipo de filtraciones a no ser que sean autorizadas desde las más altas instancias.

Que ahora se haya convertido en una resolución del Ministerio de Comercio Interior no significa nada. Es una vieja costumbre de la dictadura caribeña el aprobar leyes y otro tipo de normas de las que se informa a los medios de comunicación extranjeros pero no a la población del país. Esta separación entre la "información" destinada al exterior y la dirigida al interior es tan estricta que las dos ediciones digitales del periódico oficial Granma difieren tanto entre sí como con la de papel en cuestiones importantes. Además, la ausencia de un sistema judicial independiente garantiza que si algún cubano se entera de que existe esa legislación no pueda llegar a ejercer esos supuestos derechos.

Pero la cosa no termina ahí. Resulta que esos ordenadores y otros productos ahora supuestamente autorizados se van a vender en las conocidas como tiendas de divisas. Para acceder a estos comercios se deben poseer pesos cubanos convertibles (CUC), equivalente a 24 unidades la llamada "moneda nacional" (la de uso corriente entre los habitantes de la Isla) y muy difíciles de conseguir para la inmensa mayoría de los nacionales. Además, si se tiene en cuenta que un salario normal equivale a algo más de 10 euros mensuales, adquirir un ordenador requerirá una inversión similar a la que necesita hacer un español para comprar una vivienda. Con el agravante de tener que hacerlo con una unidad de cuenta muy difícil de poseer.

Y para rematar, está el control de internet. De poco sirve poseer un ordenador si después el régimen comunista no permite el acceso a la red sin un permiso oficial muy difícil de conseguir. Claro que existe la posibilidad de adquirir una cuenta en el mercado negro, pero estas son muy caras y por tanto inaccesibles para el común de los cubanos. En definitiva, esta noticia no es más que pura propaganda muy útil para aquellos que siempre están buscando alguna excusa para hablar favorablemente de los hermanos Castro, antes Fidel y ahora Raúl o ambos. En realidad nada cambia de verdad en Cuba respecto a la compra de ordenadores, como ocurre en el resto de las cuestiones.

El País rescata a Keynes

El diario El País publicó el pasado jueves un reportaje, titulado "Keynes regresa en ayuda de la banca", cuya tesis principal dice que EEUU y los liberales son tremendamente incoherentes porque sus prédicas a favor del libre mercado terminan justo cuando generan problemas: entonces, aquéllos comienzan a clamar por la imprescindible intervención del Estado para que solucione los excesos de dicho sistema. Emilio Ontiveros, presidente de AFI y economista cercano al PSOE, resume perfectamente la idea: "La paradoja es que la patria del liberalismo y de los excesos neoconservadores se ve obligada a dejar de lado la ortodoxia cada vez que llegan auténticos problemas".

La frase de marras contiene dos errores: 1) el sistema monetario de EEUU no tiene nada de liberal; 2) las medidas intervencionistas que se vienen adoptando en los últimos meses no van a remediar, de ninguna manera, la crisis.

Bien por ignorancia, bien por mala fe, los intervencionistas imputan al liberalismo las consecuencias desastrosas de un esquema financiero que diseñaron ellos mismos. En la actualidad, la moneda es un monopolio público de curso forzoso, y los Bancos Centrales manipulan los mercados crediticios fijando tipos de interés de intervención. No existe ningún tipo de libertad monetaria (bajo la cual los bancos comerciales podrían emitir sus propias monedas) ni de respaldo a las divisas nacionales (se trata de dinero fiduciario no convertible en oro).

Pero otra parte, conviene saber que la crisis actual se debe a que la Reserva Federal y el Gobierno de EEUU han venido siguiendo políticas típicamente keynesianas para salir de la recesión de 2001. Políticas monetarias y fiscales expansivas. Greenspan redujo los tipos de interés al 1% durante más de un año, y Bush ha recurrido sistemáticamente al déficit público desde el referido 2001.

De hecho, hace unas semanas el famoso economista keynesiano Paul Krugman defendió la guerra de Irak desde el punto de vista económico aduciendo lo que sigue: "La guerra en general es expansiva para la economía, al menos en el corto plazo (…) en un momento en que la insuficiente demanda es el problema, la guerra de Irak actúa como una especie de Programa Público de Trabajo, que genera empleo directa o indirectamente".

EEUU está al borde del abismo después de a) haber terminado –desde 1973– con cualquier resquicio de libertad monetaria y b) haber aplicado con escrupulosa precisión políticas keynesianas desde 2001. ¿Con qué cara puede sostenerse que el liberalismo ha fracasado, y que ha llegado el momento de revivir a Keynes?

Los intervencionistas están utilizando la táctica que ya emplearon tras el crack del 29: culpar de todos los males económicos al laissez-faire. En aquel entonces el diablo fue Herbert Hoover; ahora se llama George W. Bush. Sin embargo, ninguno de estos dos presidentes republicanos aplicó políticas liberales que tuvieran que ser revertidas para salir de la crisis. Más bien ocurrió lo contrario.

Bajo el mandato de Hoover se aprobaron el mayor arancel al comercio exterior de la historia de EEUU (el Smoot-Hawley, que cuadruplicaba las tasas anteriores) y una de las mayores subidas de impuestos en tiempo de paz (la Revenue Act de 1932 duplicó, por ejemplo, los impuestos sobre beneficios). Bajo el mandato de Bush, el gasto público se ha incrementado a un ritmo nunca antes visto en EEUU (más que con los manirrotos Johnson y Carter), al tiempo que se ha limitado la libertad empresarial (por ejemplo, mediante la Ley Sarbanes-Oxley).

Vaya usted a saber qué tendrán Hoover y Bush de liberales, pero los intervencionistas (que comparten el fondo de la política económica de ambos) han decidido endilgar la presente crisis al libre mercado.

No es cierto que el keynesianismo sea ahora, como sugiere El País (y como ya se repetía en tiempos de Solchaga), "la única política económica posible". La Fed puede tratar de salvar a los bancos de la quiebra nacionalizando toda la deuda basura de la banca comercial, pero eso sólo acabará con el dólar y con la inversión empresarial productiva. Y es que, sencillamente, el Gobierno no tiene capacidad para convertir la deuda basura en deuda de calidad: lo único que puede hacer es redistribuir el coste de esa deuda. La alternativa a la descapitalización de los bancos es la descapitalización de las familias y las empresas, en una suerte de injustificado vampirismo financiero.

La solución tampoco pasa por rebajar los tipos de interés, ni por aumentar el gasto público. Lo primero sólo contribuiría, como mucho, a añadir más deuda a la montaña de mala deuda que está a punto de desmoronarse; lo segundo sólo reduciría la cantidad de ahorro disponible para amortizar la dichosa montaña.

La crisis es inevitable, y todo incremento de la intervención pública no hará sino contribuir a agravarla. A medio plazo, hay que favorecer un ajuste suave, con menos impuestos, menos gasto público y más libertad en los mercados de factores productivos; a largo plazo, hay que reformar el corrupto sistema financiero internacional para avanzar hacia la libre emisión de divisas convertibles.

Éstos son los presupuestos del liberalismo, que vienen atacándose sin vergüenza alguna desde los albores del s. XX. Éstos son los presupuestos del liberalismo, que los economistas keynesianos actuales desconocen porque sus padres intelectuales contribuyeron a enterrarlos. Éstos son los presupuestos del liberalismo, cuya violación ha generado la crisis actual. Y éstos son los presupuestos que deberán asumirse para salir de ella.

Keynes jamás llegó a morir, porque sus discípulos se encargaron de rendirle un merecido homenaje emponzoñando el sistema financiero internacional. No es momento de resucitar a tan peligrosos vivos, sino de enterrarlos y asegurar el ataúd con poderosos candados.

El Tíbet no es Hong Kong

Las últimas revueltas en Lhasa, protagonizadas por miembros de la organización independentista Tibetan Youth Congress, y la subsiguiente represión de las autoridades chinas han suscitado un gran número de comentarios en Occidente. Dejando al margen a los partidarios del comunismo chino y a los que acusan al Dalai Lama de ser un agente de la CIA (es cierto que en el pasado aceptó fondos tanto de Washington como de Taiwán), llaman la atención los que proponen una solución mediante la aplicación del modelo "dos sistemas, un país", es decir, el sistema vigente en lugares como Hong Kong y Macao.

Hace unos días, Luis Racionero expresaba en El Imparcial su confianza en que Pekín consintiera que el Dalai Lama, quien hace más de dos décadas renunció a la independencia de su país, gobernase un Tíbet autónomo "hasta que la maduración de la democracia en China permitiera llegar a acuerdos beneficios para ambos países sin necesidad de que el gigante aplaste al pequeño". El escritor deseaba que el Tíbet se desarrollase como lo ha hecho Andorra y que sus habitantes alcanzasen la prosperidad económica.

Por su parte, Sir Malcolm Rifkind, secretario de Asuntos Exteriores británico entre 1995 y 1997, defendía en el diario The Timesuna solución optimista y "disponible" basada en el capitalismo y en la relativa libertad de que disfrutan en Hong Kong y Macao, un arreglo que según él China estaría encantada de ofrecer a los taiwaneses. Al igual que Racionero, el político británico considera que la concesión de autonomía y la creación de un Gobierno presidido por el Dalai Lama no serían demasiado difíciles de aceptar para China, cuya política de emigración masiva a la región ha sido un fracaso. Por desgracia, el autor olvida hechos tales como las matanzas, la destrucción del patrimonio artístico y cultural del Tíbet y la pena de muerte por hablar la lengua tibetana o poseer imágenes del Dalai Lama. El artículo termina con una apelación al diálogo a cambio de que el Dalai Lama renuncie a la independencia de su país y a la violencia, como si no lo hubiera hecho antes (ha llegado a amenazar con su dimisión si el Tibetan Youth Congress no cambiaba su táctica) y deseando que "una oferta seria de reforma política y cultural" conlleve "una oportunidad única para que la nueva China sea bienvenida y ocupe el lugar que le corresponde en el panteón de las naciones".

Unos análisis hechos desde la buena fe y el sincero respeto por el pueblo tibetano, aunque también desde la más profunda ignorancia de la labor realizada por el Dalai Lama, algo que China conoce bien y que teme más que un año sin monzones.

En primer lugar, una de las tareas más importantes llevadas a cabo por el Gobierno tibetano en el exilio ha sido la paulatina democratizaciónde sus prácticas y estructura. Así, en 1963 la administración de Dharamsalapromulgó una Constitución que entre otras cosas prevé la destitución del propio Dalai Lama, quien siempre se ha mostrado contrario a la conversión de su país en un parque temático para el disfrute de las minorías contraculturales de Occidente. Además de esto, en los años 60 se creó una Asamblea Nacional Tibetana cuyos miembros son elegidos en la actualidad por sufragio universal de todos los exiliados, cuya tasa de alfabetización es superior al 80%. Este parlamento elige a su vez a un Gobierno y posee iniciativa legislativa. En 1992, el Dalai Lama renunció a jugar un papel político en el futuro Gobierno del Tíbet y en 2000 propuso cambios en la Constitución para que el primer ministro fuera elegido directamente por el pueblo.

En 1973, el Dalai Lama realizó su primera visita a Occidente y en 1987 afirmó en el Congreso de los Estados Unidos que el pueblo tibetano "debe ejercer sus libertades democráticas básicas". En efecto, una de las constantes de su discurso es su convicción de que gracias al exilio muchos tibetanos han conocido la democracia y los derechos individuales ("Vivir fuera del Tíbet me ha proporcionado una perspectiva inestimable, la de saber que nuestro sistema político anterior estaba anticuado y mal equipado para afrontar los desafíos del mundo contemporáneo") y que el acerbo político y cultural occidental, incluida la economía de mercada, contiene una serie de valores que trascienden las diferencias culturales:

Algunos líderes asiáticos afirman que la democracia y las libertades a ella asociadas son productos exclusivos de la civilización occidental. Arguyen que los valores asiáticos son, si no diametralmente opuestos a la democracia, sí al menos significativamente diferentes (…) El reconocimiento y respecto de los derechos humanos básicos, la libertad de expresión, la igualdad de todos los seres humanos y el Estado de Derecho no son simples aspiraciones, sino las condiciones necesarias de una sociedad civilizada.

Pensar que China vaya a admitir con facilidad que un hombre que expresa su admiración por intelectuales como Karl Popper, Amartya Sen y el mismísimo Robert Nozick, aplaudió la caída de la Unión Soviética y agradeció el papel jugado por Estados Unidos y Europa en su fin y afirma que "cuanto más aprendan los tibetanos sobre su potencial individual y su capacidad para jugar un papel en su propio gobierno, tanto más fuerte devendrá nuestra sociedad" ocupe la jefatura de un gobierno tibetano autónomo pertenece al mundo de los sueños. Nadie planta una bomba de relojería en su propia casa. Sólo los incautos pueden llegar a creer que Pekín esté dispuesto a destituir al heredero alternativo del Dalai Lama (el Partido Comunista creó una organización budista propia, igual que hay que hay una jerarquía católica china) y a restituir al Dalai Lama para permitirle difundir su mensaje por toda China. Es por esto que las negociaciones, si las hay, serán largas y difíciles, justo lo contrario de lo que creen los ingenuos, y que el retorno de Tenzin Gyatso y su libertad de expresión y movimiento deben ser condiciones sine qua non de cualquier acuerdo aceptable para los gobiernos occidentales, más allá de la apertura de un centro comercial y de un par de fábricas.

No es la acumulación de capital y el consumo masivo lo que preocupa a los comunistas chinos, sino la afirmación de la autonomía individual frente a un Estado omnipotente. Eso es lo que representan el Dalai Lama y los suyos. Las llaves de China no se hallan en Hong Kong, sino en Dharamsala.

La inmigración y nuestra economía

La inmigración es buena para el inmigrante y para la sociedad de acogida en términos generales. Como explicó Ludwig von Mises, hay dos procesos paralelos en los que trabajo y capital rompen las fronteras para encontrarse. El primero es la salida del capital hacia lugares donde el trabajo es barato pero él sabe hacerlo productivo. Como productividad y salario van de la mano, el capital acude a los países pobres para enriquecerlos. El segundo es la búsqueda de los trabajadores pobres a las sociedades donde hay capital. Tiene gracia; los intelectuales, incluso aquellos que leen libros, echan pestes del capital en nombre de los trabajadores. Y éstos son capaces de cambiar de continente con tal de encontrarse con un capital que le emplee provechosamente.

Los países ricos exportamos riqueza (capital) e importamos pobreza (inmigrantes). Pero lo característico de las sociedades abiertas y ricas es que, gracias al capital(ismo) logran engarzar a los trabajadores que en sus sociedades trabajan largas horas para dar con una producción miserable en proyectos que sí son productivos y que enriquecen a consumidores, empresarios y trabajadores. La realidad es que transformamos esa pobreza que viene de fuera en aquello a lo que está llamado el hombre: un ser creativo y productivo.

España se ha beneficiado mucho de la inmigración. Una de sus virtudes es que amplía la división del trabajo y en España ha permitido que millones de españolas puedan trabajar en el mercado y aportar en él todo el capital humano que adquirimos en un país desarrollado como España y que, en parte, se quedaría sin emplear si prefiriesen quedarse en casa. También han contribuido a poner en marcha proyectos (en la construcción, en el campo, en el comercio…) que, de otro modo, se habrían quedado en un mero proyecto. La inmigración, además, es una importante fuente de empresarialidad, uno de los factores clave en el desarrollo económico.

La economía española se va a transformar y muchos sectores van a sufrir una reconversión forzada… por la crisis. No es mala ocasión para hacer limpieza de los sectores menos productivos y apostar por los característicos de las sociedades ricas: los de gran valor añadido, tecnologías avanzadas, gran necesidad de capital humano. Esa transformación, si llega, tendrá que reflejarse también en la inmigración. Tendremos que competir con Estados Unidos, Francia, Alemania y demás en atraer a los trabajadores mejor cualificados. Pero para eso España tiene que tomarse en serio el papel que puede jugar en la economía (mundial, iba a decir, como si hubiese otra). Y transformar su sistema educativo de la imposición a la libertad y la calidad; sus impuestos del castigo por progresar a la sencillez y la moderación. Y el destino del dinero público de las transferencias a las inversiones.

Claro, que este Gobierno que hemos elegido no está por la labor. Será que nosotros tampoco.

Contubernios contra el canon

Insultos, descalificaciones y victimismo a granel caracterizan el ladrillo en cuestión. Tan sólo en una cosa parece ser sincero, aunque sea justo cuando pretenda mostrarse irónico. Al final del texto dice de los socialistas: "gracias a los cuales esperamos seguir forrándonos como locos chupando del canon". Si hace una defensa tan encendida de esta "compensación por copia privada" es que seguramente pertenezca a esa minoría de artistas que sacan tajada de la misma.

En tono irónico dice el señor Sisa que "lo que nos gusta es vivir bien, sin trabajar y sin obligaciones". Entérese que no sólo piensan eso quienes se oponen al canon; un defensor del mismo como José María Cano lo dejó bien claro: "Es injusto pedir a los artistas que se busquen la vida". Se ve que eso es algo que deben hacer el resto de los mortales, pero que no debe ir con ellos. Se lamenta el galáctico de que ellos, los artistas, tengan que hacer frente a las comisiones de los bancos, pagar tasas por viajar, sufrir un 70% de impuestos en la gasolina y demás. Tal vez no se ha dado cuenta de que al resto de los ciudadanos nos ocurre lo mismo y no pretendemos que otros nos paguen aunque no usen nuestros servicios ni utilicen los bienes producidos por nosotros.

Claro que para Don Jaume el problema radica en que la opinión de quienes se oponen al canon se resume en "pero que estos cantamañanas quieran cobrar por lo que ellos llaman trabajo, ¡habrase visto!" No señor, que cobren por su trabajo nos parece estupendo, lo que nos molesta es que cobren por el hecho de que me compre un CD para almacenar las fotos que hacemos con nuestra cámara digital o guardar, por ejemplo, los trabajos de clase de un estudiante.

Y una vez insultados todos, viene la hora de señalar quiénes son sus enemigos: el PP (menos Rodríguez Salmones, claro), la "extrema derecha mediática" (¿entrará aquí Nacho Escolar, director de Público?), la Asociación de Internautas (la honradez de cuyo presidente pone en duda sin ofrecer prueba alguna), un senador de IC-Els Verds (lo que sorprende a Sisa) y medios de comunicación "presionados, quizá por anunciantes de tecnología digital o con intereses en la industria audiovisual y parte de la hostelería". Todos ellos gente muy mala o con intereses espurios. Y cómo no, para que el complot de los malos malísimos esté completo, entran en juego hasta el Opus Dei y la Conferencia Episcopal. Se le ha olvidado nombrar a la CIA y la Asociación Nacional del Rifle.

Pues entérense el señor Sisa y compañía. La oposición al canon no responde a ese complot que pretenden mostrar. Incluye a personas de toda ideología y en la mayor parte de los casos sin coordinación alguna. Nos oponemos debido a que nos parece una apropiación ilegítima de nuestra propiedad privada. Sin duda alguna tiene usted motivos para estar agradecido al PSOE, puesto que le asegura el canon. Pero, por favor, no se dedique a insultar al resto. Confórmese con quedarse con una parte de nuestro dinero a la que no tiene ningún derecho, por mucho que la legislación me obligue a entregárselo, y recuerde que las leyes muchas veces no son justas.

España sufre el inicio de la gran resaca económica

Los excesos se pagan. La gran borrachera de crecimiento económico que ha vivido España a lo largo de la última década culminó a principios del pasado año. Desde entonces, la economía nacional empieza a percibir los efectos que, sin remedio, acaban provocando las burbujas. La explosión del actual boom inmobiliario amenaza con originar una resaca de dimensiones mayores que la vivida en la primera mitad de los años 90.

A lo largo de los últimos años, el PIB nacional ha registrado aumentos superiores al 3% cuando el resto de la UE apenas rozaba el 1,5%. En principio, se trata de un dato positivo, siempre y cuando no profundicemos en el análisis de las fuentes reales que han abastecido durante este periodo a la riqueza nacional: una política monetaria laxa y arbitraria por parte del Banco Central Europeo (BCE), basada en tipos de interés en mínimos históricos, que, como consecuencia, ha facilitado el surgimiento de un nuevo pelotazo inmobiliario en el que el ladrillo se ha llegado a cotizar a precio de oro.

Pero el tiempo de diversión ha llegado a su fin. La teoría austriaca de los ciclos y la expansión del crédito constituyen leyes económicas inviolables que, tarde o temprano, terminan mostrando la cruda y triste realidad del intervencionismo monetario sobre el que se sustenta la estructura económica internacional. Durante la última década, casi la mitad del crecimiento económico español responde al auge del ladrillo. El peso de la construcción en el cómputo total del PIB ha llegado a representar cotas próximas al 20%, al igual que en el ámbito laboral del país.

El precio de la vivienda ha alcanzado incrementos interanuales de dos dígitos, superiores al 15% en algunos ejercicios. La revalorización artificial de los pisos, próxima al 40% de su valor real, según advertía hasta hace poco el propio Banco de España, ha provocado una tentación irresistible para el ciudadano medio que, atraído por la facilidad de crédito y el irrisorio precio del dinero, se ha lanzado sin miramientos a la adquisición de inmuebles, con el consiguiente sobreendeudamiento hipotecario.

El sector inmobiliario no ha sido menos. Bajo la errónea creencia de que la juerga no tendría fin, numerosas empresas dedicadas a la promoción y construcción residencial acometieron operaciones de alto riesgo sin evaluar sus previsibles consecuencias, auspiciadas por el paraguas del crédito fácil.

Hoy, el valor de sus activos (suelo y viviendas) se deprecia por momentos. Dicha estrategia ya se está traduciendo en quiebras e inviabilidad de su modelo de negocio a corto y medio plazo. Así pues, la resaca ha comenzado, y sus efectos se extenderán a toda la economía nacional. El desempleo aumenta, la afiliación a la Seguridad Social desciende a mínimos no registrados desde hace años, el ritmo de morosidad crece, al igual que la inflación, la confianza de los consumidores y empresarios está por los suelos, y el PIB ha iniciado su particular caída libre.

Llegados a este punto, tan sólo advertir que la crisis de la vivienda (y, por ende, subprime) que vive Estados Unidos constituye un reflejo anticipado de lo que podría avecinarse aquí en un futuro inmediato. Si bien es necesario recordar que el peso del sector inmobiliario en el conjunto de la economía estadounidense es casi tres veces inferior al que representa en España.

Ante este panorama, el Gobierno no ha tardado en anunciar medidas para rescatar al que, hasta ahora, se había erigido en el principal motor económico del país. Sin embargo, siento anunciar a los futuros responsables de los ministerios afectados (Vivienda, Economía, Trabajo y Fomento) que en nada lograrán atenuar tales efectos. En todo caso, y como viene siendo habitual, tan sólo contribuirán a empeorar, en gran medida, la ya de por sí delicada situación. Y es que, España, hoy por hoy, carece de la competitividad necesaria para sustituir con éxito el combustible gruístico.

Se abre un periodo de incertidumbre financiera, nerviosismo bursátil y, aún más grave, dificultades para un gran número de familias, ya que se verán ahogadas por la carga de sus respectivas deudas. Un nuevo periodo económico en el que será más imprescindible que nunca redoblar los esfuerzos por tratar de explicar correctamente las causas reales que han originado esta situación, así como las medidas correctas a aplicar para poder atisbar cuanto antes la luz al final del túnel.

Muchos, sobre todo los responsables políticos, no dudarán en culpar al mercado y, por tanto, a los ciudadanos y empresarios, de la resaca que, en realidad, ha generado la intervención pública a través de sus deplorables mecanismos: política monetaria de los bancos centrales, gestión pública del suelo, viviendas de protección oficial, alta presión fiscal, rigidez laboral, barreras administrativas para la creación de empresas, regulación medioambiental y elevado gasto público.

Por el contrario, serán pocos los que, sin embargo, acierten en proponer las soluciones adecuadas: patrón oro, total liberalización del suelo, reducción de impuestos, flexibilidad laboral, libertad de empresa y de horarios comerciales, inversión privada en investigación y desarrollo, privatización de la educación, la sanidad y el sistema de pensiones, contención y estabilidad presupuestaria… En definitiva, más libertad económica.

Ni falta de liquidez, ni síndrome de Polonio

Desde agosto del pasado año hemos asistido a innumerables inyecciones de liquidez, bajadas de tipos por parte de la Reserva Federal, medidas intervencionistas de todos los gobiernos y, en definitiva, a la adopción de cualquier tipo de medida que pudiera parecer que ayudaba a que el sistema no se colapsara. Hace unos días incluso se llegó a hablar de que Reserva Federal entraría a comprar futuros del S&P 500 de forma directa para que la bolsa dejara de bajar.

Han sido siete meses y los bancos centrales no han conseguido nada. Es más, lo han empeorado todo: durante este tiempo el índice Itraxx Crossover, que mide la aversión al riesgo de los grandes inversores, ha alcanzado máximos históricos cada mes. Estos últimos días ha superado los 600 puntos, cuando en una situación de normalidad estaría alrededor de los 250. Los ánimos en el mercado se han hundido según la encuesta de la prestigiosa firma Investors Intelligence y el diferencial entre inversores alcistas y bajistas está en negativo; si por debajo del 15% ya se considera pesimista, puede hacerse una idea de la confianza que dan los inversores a los bancos centrales.

Las materias primas están en un rally alcista imparable y los indicadores de riesgo de inflación, aunque ningún burócrata quiera admitirlo, están descontrolados. Desde comienzos de año, la bolsa lleva una bajada porcentual de dos dígitos, la volatilidad de los mercados es de infarto, pequeñas entidades financieras europeas van a quebrar en breve y el sector inmobiliario promete un severo recorte. A pesar de todo, ya verá cómo un numeroso pelotón de periodistas y economistas dirán, cuando las bolsas repunten, que ha sido gracias a los rescates de los bancos centrales. Los mercados volverán a sus cauces habituales, seguro, pero no por las acciones de los burócratas. Ya nos tocará analizarlo cuando ocurra.

En todo este tiempo, lo único que hemos oído es que estamos ante una crisis de liquidez y que aquí no pasa nada porque los burócratas están solucionando el problema. Fíjese en el absurdo de tal afirmación. Decir que la situación actual sólo es un problema de liquidez significa que cada uno de los proyectos realizados es rentable por sí mismo, ya que su éxito no depende de su rentabilidad, sino de la cantidad de dinero que haya. No es necesario haber dedicado media vida a las finanzas para darse cuenta de que empresas con índices de morosidad cercanos al 20%, como las subprime, no son rentables. No es cuestión de falta de dinero, es que están montadas sobre un absurdo.

Si el problema fuera sólo de liquidez, significaría que el riesgo no es un factor a considerar en un proyecto. Sería como asegurar que cualquier inversión, por surrealista o ruinosa que fuera, sólo depende de la capacidad de los bancos centrales para crear dinero e inyectarlo al mercado. Si este fuese el camino al bienestar y a la riqueza de todos, sólo sería necesario que los bancos centrales dejasen los tipos de interés al cero por ciento (algo que casi experimentó Japón durante años sin que desde entonces haya levantado cabeza) y a la vez, imprimiesen papelitos de dinero de forma exponencial mes tras mes. Lo cual, dicho sea de paso, ya ha ocurrido varias veces en la historia trayendo exclusivamente debacles económicas y sociales, como la que experimentó la República de Weimar.

Pero vayámonos al otro extremo. ¿Hemos de hacer como Polonio, personaje del Hamlet de Shakespeare que le dice a Laertes: "no pidas prestado ni prestes"? Evidentemente que no, el crédito tiene todo el sentido económico del mundo y es sano hasta cierto punto. La emisión de dinero (y crédito) ha de estar ligado a algún activo real, o al menos permitir que la moneda tenga competencia en un mismo entorno geográfico para equilibrar los excesos de los burócratas, esto es, que no haya una moneda de curso legal obligatorio. Pedir que los banqueros centrales sean responsables de lo que hacen, o pretender que acaparen la información del mercado con el seguimiento de cuatro estadísticas, se parece mucho a creer en la magia.

No estamos ante una crisis de liquidez. Debido a las políticas monetarias expansivas, muchos proyectos emprendidos son insostenibles y han de dejar el mercado para dedicarse a otras cosas. Estamos ante una crisis de confianza que en última instancia, no es más que una crisis de solvencia provocada por el dinero barato.

La Gran Depresión: lecciones de la historia

El estudio de la Gran Depresión es uno de esos casos que resaltan la importancia del conocimiento de la historia para evitar, o al menos alertar sobre errores futuros. Pero tal y como nos enseñó Ludwig von Mises, el estudio de la historia debe ir acompañado de la teoría, en este caso, económica.

Desgraciadamente, y a pesar de varios monográficos sobre el tema (de Rothbard, Robbins), todavía hoy se considera a la Gran Depresión americana como un "fracaso del mercado" o una consecuencia inevitable del capitalismo de corte laissez-faire. Todavía sigue constituyendo una excusa histórica para aumentar la intervención económica y aumentar el poder del Estado, siendo una de las bases del actual Estado del Bienestar.

Muy al contrario de la "versión oficial", pensadores austriacos (para ver un resumen de las principales explicaciones de la depresión, aquí) han ofrecido una interpretación muy diferente de lo ocurrido, desplazando el presunto "fracaso del mercado" al fracaso de la intervención económica en varias de sus formas. Uno de ellos, el recientemente fallecido Hans Sennholz, dividió la crisis en cuatro fases que reproduzco a continuación, añadiendo los errores cometidos entre paréntesis en cada una de ellas:

  1. Ciclo Económico, 1921-1929 (manipulación monetaria y malas deudas): la recién creada Reserva Federal (Fed) expandió la oferta monetaria brutalmente durante la década de los años 20, creándose malas deudas que no eran sostenibles en el tiempo. Así se originó un auge económico, sustentado en las arenas movedizas de la política monetaria expansiva, lo cual generó la conocida burbuja de los activos financieros que pinchó en 1929. Fue en ese año cuando se paralizó la expansión crediticia y las consecuencias de las medidas suicidas de la Fed salieron a la luz, a pesar de que los austriacos Mises y Hayek ya alertaron de los peligros que se avecinaban. En octubre de 1929 tuvo lugar el célebre crash bursátil, alentado, según algunas fuentes, por fuertes rumores acerca de la aplicación de una ley fuertemente proteccionista, la Ley Arancelaria Smoot-Hawley, aprobada finalmente en 1930.
  2. Desintegración económica, 1929-1933 (proteccionismo exacerbado, subidas de impuestos, etc.): en estos cuatro años, las políticas del republicano (supuestamente partidario del laissez-faire, según se dice) Herbert Hoover no hicieron más que agravar la crisis, disparándose el desempleo del 8% de la población activa en 1930 al 15% en 1931. Las medidas que aplicó consistieron básicamente en acabar con el libre comercio internacional a través de leyes arancelarias (como la ya comentada) y restricciones varias e incrementar la presión fiscal del 16% al 29% del producto privado neto, según estimaciones de Rothbard.
  3. New Deal de Roosevelt, 1933-1937 (planificación económica, aumento gasto público y más impuestos): el plan salvador de la aguda crisis de la economía americana llegó con Roosevelt, que empeoró las cosas todavía más merced a sus ansias planificadoras: controles de precios, salarios mínimos, altas regulaciones sobre horas y condiciones de trabajo, reducción de la oferta agrícola (destruyéndose cosechas y ganado para mantener los precios de los agricultores), aumento de varios impuestos y expansión notable del gasto público, en forma de grandes obras públicas. El desempleo alcanzó su máximo en el 25%, pero afortunadamente dos de las medidas estrella del New Deal, a saber, la Ley de Recuperación Nacional, NRA (en la industria) y la Ley de Asistencia a la Agricultura, AAA, fueron consideradas inconstitucionales por el Tribunal Supremo, entre 1935 y 1936, por lo que la tasa de desempleo descendió hasta el 14% en 1936.
  4. Ley Wagner, 1937-1941 (no aprender de los errores): esta nueva ley supuso un nuevo revés para la recuperación económica, imponiendo nuevos controles e impuestos, mayores salarios mínimos y reforzando el poder de los sindicatos, quienes no dudaron en usarlo mediante amenazas, boicots, y huelgas. Así, el desempleo volvió a repuntar, hasta el 20% en 1940.

Finalmente, Estados Unidos entró en guerra en plena crisis, convirtiéndose en una economía dirigida hasta su final, tras el cual el país pudo salir definitivamente de la tan prolongada depresión (véanse los artículos de Robert Higgs criticando la idea de que fue la guerra la que salvó al país norteamericano: 1, 2).

En la actualidad vivimos en una coyuntura muy delicada, que podría guardar algún paralelismo con los acontecimientos arriba descritos. En efecto, la existencia de unos tipos de interés artificialmente bajos años atrás produjo la creación de nuevo crédito que afluyó a inversiones (especialmente al mercado inmobiliario y de valores) que no se hubieran realizado de no haberse actuado de forma irresponsable desde las autoridades monetarias. Es decir, estas nuevas inversiones eran insostenibles en el tiempo, ya que el proceso de expansión monetaria debe acabar tarde o temprano. Y cuanto más se retrase el final, peor será la subsiguiente crisis, periodo inevitable, en el cual aquellas malas inversiones realizadas se muestran no rentables, y deben liquidarse. Este proceso de ajuste, que repito, es inevitable, debería facilitarse, y no tratar de retrasarlo con mayores intervenciones en el funcionamiento del libre mercado.

Se podrían extraer varias lecciones de la Gran Depresión. En primer lugar, Mises y Hayek demostraron contar con una teoría económica con un poder predictivo mucho mayor que el de otros economistas más prestigiosos que ellos, como Keynes o Fisher. Esto fue debido en parte porque estos últimos centraban su atención de análisis en el índice de precios, es decir, un agregado macroeconómico, mientras que los primeros examinaban las variaciones de los precios relativos de los distintos bienes (siguiendo la taxonomía mengeriana de bienes más alejados o cercanos al consumo). De hecho, durante la década de los 20 el índice general de precios apenas se modificó, con lo que para Keynes y Fisher todo estaba en orden, tanto que este último predijo unas semanas antes del crash bursátil que la bolsa seguiría subiendo. Por tanto, esto nos podría dar la idea de la insuficiencia teórica de las enseñanzas surgidas a partir de estos economistas, y de la gran capacidad predictiva de la economía austriaca, que podría revelar la mayor corrección del aparato teórico desarrollado por los austriacos.

Por último, en nuestra situación actual es muy necesario recordar por qué se produjo la Gran Depresión, pero sobre todo, dado que la crisis parece inevitable, por qué se alargó durante tantos años. Se debería aprender de los errores cometidos a partir del crash bursátil para evitar que se empeore la situación todavía más. No es ésta una época propicia para experimentos planificadores ni medidas demagógicas como las que llevaron a cabo Hoover y Roosevelt. Sin embargo, me temo que mucho tendrían que cambiar las cosas para que se aplique la sensatez y prudencia en las políticas económicas. Pero, por favor, ¡aprendan de una vez de sus errores!