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Sin impuestos

Si esta no es permanente se debe a que los demócratas (cada día más parecidos a la izquierda europea) se oponen a ello. La pregunta que plantea un senador republicano, que no comprende por qué los miembros del otro gran partido estadounidense consideran positivas unas conexiones libres de impuestos durante un cuatrienio más pero no de forma permanente, no puede ser más pertinente.

Mientras tanto, en la vieja Europa en general y en España en particular seguimos aferrados a unos ineficientes modelos basados en el consenso socialdemócrata (impuestos, impuestos, impuestos) y sin querer mirar a la realidad a la cara. La penetración de Internet en la otra orilla del Atlántico es muy superior que en esta. Sin embargo, lejos de querer engordar las arcas públicas cargando de tasas el acceso a la Red, los legisladores son conscientes de que mantener una fiscalidad cero en esta materia beneficia a los ciudadanos y puede hacer que todavía más personas se conecten. Todo lo contrario que aquí.

Pero el consenso socialdemócrata no se queda tan sólo en los políticos. También los afectados por la voracidad impositiva oficial parecen negarse a ver la realidad. Muchos internautas son conscientes de que el 16% de IVA que sufrimos en España para poder conectarnos en muy alto, pero no llegan a plantearse que lo correcto sería la ausencia de este impuesto o de cualquier otro. Bueno, hay quien sí lo ve. La única ocasión en que ha habido cierta movilización referida a esta cuestión la campaña planteaba una reducción del IVA al 7%. A sus promotores ni se les pasó por la cabeza solicitar que dicha carga fiscal desapareciera del todo, o que se limitara al tipo "super reducido" del 4%.

El consenso socialdemócrata del que participan todos los partidos y la mayor parte de la población española, y de casi toda Europa Occidental, es una traba para el desarrollo de Internet en nuestro país (en realidad es una traba para muchas otras cosas, pero en este caso resulta especialmente evidente). Los impuestos encarecen las conexiones a Internet, haciendo que muchas personas decidan que no les compensa contratar una en su casa. Pero da igual, aunque el daño sea evidente, las anteojeras ideológicas son más poderosas que la razón.

Mientras no aprendamos a dejar de discutir sobre "cuánto socialismo" y comencemos a pensar que el Estado no tiene derecho a cobrarnos por el mero hecho de contratar un servicio a una empresa privada no avanzaremos. Si realmente se aspira a una generalización de Internet en España es necesario tomar una serie de medidas. Y entre ellas debe estar el aprender de Estados Unidos y permitir un acceso a la red libre de impuestos.

Liberalismo radical

El liberalismo no es simplemente una ideología política que refleja los deseos particulares de los liberales. La ética de la libertad es una teoría científica acerca de la convivencia en sociedad de los seres humanos, respetando cada cual de forma tolerante las acciones no violentas de los demás. Como teoría científica debe tener una estructura lógica consistente (axiomas, argumentaciones, demostraciones, teoremas) y ser en la medida de lo posible correcta (comprobable, verdadera o al menos falsificable, adecuada), eficiente, precisa, clara y completa (tratando todos las áreas posibles en profundidad). Para muchas personas el liberalismo es algo puramente económico y tiene que ver con los mercados y el intervencionismo estatal. Pero la libertad, entendida como el respeto al derecho de propiedad y su equivalente principio de no agresión, puede estudiarse respecto a todo lo humano, haya o no intercambios comerciales o dinero de por medio.

Muchas personas tienen bloqueos emocionales o tabúes (a menudo religiosos) respecto a diversos ámbitos de la realidad: su repulsa moral se dispara, se activan los prejuicios y se dificulta la capacidad de argumentar racionalmente aplicando con consistencia principios fundamentales. Para algunos se trata del dinero, para otros es el sexo, las drogas, algunos alimentos prohibidos, el aborto, la eutanasia, la compraventa de órganos, el mercado de adopción, etc. Si los liberales quisiéramos ganar algún concurso de popularidad, tal vez podríamos guardar un prudente silencio respecto a asuntos escabrosos que hieren la sensibilidad del espectador, correr un tupido velo y esperar que nadie pregunte al respecto.

Para algunos comentaristas el liberal debe dedicarse fundamentalmente a la batalla política, sobre todo en estos momentos de tan graves problemas (rellénese aquí con lo que se quiera, porque el presente político siempre es gravísimo, sobre todo si no gobiernan "los nuestros"): hay que atacar al partido declaradamente socialista y defender al partido no nominalmente socialista; hay que tender puentes y forjar alianzas con "nuestros aliados naturales", los conservadores, que esos al fin y al cabo nos dejan algo de libertad económica (más bien poca) a cambio de negar unas cuantas libertades personales sin importancia.

Tal vez a algunos nos interese mucho más la batalla intelectual: no nos preocupa tanto caer simpáticos y conseguir votos. Y si se quiere investigar con rigor sobre la libertad es necesario estudiar todos los temas relevantes posibles: no necesariamente para restregárselos por la cara a personas que no están cognitiva ni emocionalmente preparadas para asumir ciertas ideas, pero sí para comprobar la fortaleza de la teoría y aclarar sus contenidos. Hay asuntos que la gente suele callar por educación, por delicadeza, para no ofender. Sin embargo, aunque no afecten a muchos que se consideran normales y honrados, sí pueden ser importantes para otros que piden un debate abierto, ya que las intuiciones morales pueden estar equivocadas y las buenas intenciones no bastan para solucionar problemas.

Son muy pocos los que piden la eutanasia, pero no les consuela que la inmensa mayoría no sufra ese problema y no respete la libertad ajena. Bastantes personas sufren por carencia de órganos para trasplantes, pero muchos meapilas contribuyen a la prohibición de mercados de órganos apelando difusamente a la socorrida "dignidad inalienable" de los seres humanos. La guerra contra las drogas es un completo fracaso enormemente costoso, pero cuando se intenta hablar de liberalización saltan como un resorte los histéricos profetizando la drogadicción generalizada de los niños. En grupos humanos enormes siempre habrá unos pocos excéntricos con deseos que casi todos considerarán anómalos y asquerosos (¿probar el sabor de la carne humana, tal vez?), pero si no hay víctima no hay crimen, y si su actividad es disfuncional les perjudicará exclusivamente a ellos y tenderán a extinguirse solos.

Algunos presuntos liberales consideran que los que tratamos ciertos temas de forma radical y fundamentada somos unos locos peligrosos, adanes caídos en la fatal arrogancia, un cáncer para el "auténtico" liberalismo, que es naturalmente el suyo. Estos críticos hipersensibles que ven por todas partes la amenaza del anarcocapitalismo (aunque no venga a cuento) insisten en informar al mundo de que ellos no son como nosotros, que sienten repugnancia, asco, ante ciertas ideas que les parecen absolutamente inaceptables e indignantes. Los niveles de histeria y escándalo suelen ser inversamente proporcionales a la corrección de los argumentos.

Igual que los aspirantes a médicos que no venzan la repulsión instintiva ante un cadáver, la sangre y las vísceras difícilmente podrán ayudar a nadie, los aspirantes a intelectuales que no puedan controlar sus fobias ideológicas difícilmente podrán ofrecer razonamientos con algo de sustancia e interés. E igual que un cirujano para operar suele tener que cortar, lo cual sin anestesia resulta muy doloroso, un liberal que analice críticamente la realidad a menudo se encuentra mostrando errores ajenos, de los cuales parece que no hay escasez. Como a la gente no le suele gustar que le muestren su ignorancia ni que se critiquen sus preferencias más íntimas, el liberal radical va por la vida "haciendo amigos". Espíritus delicados abstenerse.

Helicóptero Ben

Como en los circos romanos, el populacho ha vitoreado al emperador. Los empresarios que habían cometido excesos crediticios endeudándose a corto para invertir a largo plazo o invirtiendo los recursos escasos de la sociedad en bienes y servicios con escasa demanda social  reciben un balón de oxígeno para continuar sus aventuras empresariales, algunas familias medias ven cómo la bolsa vuelve a subir y descansan tranquilas pensando que Bernanke ha salvado sus ahorros y los endeudados contribuyentes piensan que la nueva inyección de liquidez hará subir el valor real de sus bienes inmobiliarios. Parece como si evitar una crisis fuera tan fácil como poner a funcionar la máquina de hacer dinero. Así es cómo Bernanke ha justificado la bajada de tipos y no pocos analistas parecen estar de acuerdo con él. Sin embargo, la idea de que una crisis económica puede evitarse inundando la economía de papelitos verdes sin el respaldo del ahorro o de bienes monetizables totalmente líquidos es como un cuento para bebés.

La nueva pérdida de poder adquisitivo del dólar no se repartirá por igual. Los nuevos billetes llegarán primero a las empresas que han cometido más excesos y les beneficiará. En cambio, a otras y al común de los mortales ese dinero llegará mucho más tarde, empeorando su poder adquisitivo en relación con el resto. Y es que el dinero no es neutral, como afirman algunos economistas, sino que beneficia de manera inmerecida a aquellas personas, empresas y sectores mejor situados ante la maquinaria de emisión de dinero.

El problema económico que padece EEUU y casi todo el mundo occidental es precisamente el de una economía que ha sido regada demasiado tiempo con "dinero barato" y en la que la relación entre inversores, ahorradores y compradores ha sido distorsionada por el intervencionismo político en materia monetaria. Por eso, Greenspan comentaba recientemente que la crisis no se evitará variando los tipos. El Banco Internacional de Pagos ya venía advirtiendo de que Hayek (y no Keynes) tenía razón. De acuerdo con su obra La teoría monetaria y el ciclo económico, las nuevas inyecciones de "liquidez" son como el garrafón matinal que el mal amigo le da al resacoso. Es posible que la acción les permita divertirse unas horas más pero, a cambio, la resaca será mucho mayor. Cuando llegue ese momento, todos deberían recordar que Helicóptero Benfue quien echó más leña al fuego.

El periodismo de calidad de El País

De entrada, el informe del FMI no llega a decir en ninguna parte que la economía financiera, por sí misma, cree o acentúe las desigualdades. El informe sólo apunta a que en el pasado, y concretamente en los reducidos escenarios estudiados y en una visión a corto plazo, los flujos de capital entrante a las economías emergentes han dilatado el gap entre ricos y pobres. Eso no significa que la "globalización financiera" por sí sola agudice los contrastes entre los diferentes estratos sociales ni mucho menos que haya más pobres que antes. De hecho, algo así no tendría que sorprender a nadie. Cualquier entrada de capital extranjero en una economía, digamos, precapitalista crea al principio una rápida reestructuración del tejido productivo, tanto comercial como financiero, que llega primero a unos y luego a otros. En la revolución industrial europea también ocurrió lo mismo y hemos ido a mejor, no a peor.

También choca del titular de El País el ataque exclusivo contra la "globalización financiera" cuando el informe del FMI especifica que han sido "los avances tecnológicos los que han hecho la mayor contribución a la desigualdad". Independientemente de que tal afirmación sea una barbaridad, el artículo del susodicho periódico casi no hace mención a ello, exceptuando dos líneas del último párrafo. La razón de que el diario omita la principal causa del gap económico-social es evidente. No es una conclusión especialmente popular, ni siquiera para el lector objetivo del rotativo. Por lo tanto, el periodista ha pensado que, no siendo algo que guste oír, es mejor no darle importancia, pese a ser para el FMI la principal causa de la desigualdad.

Instituciones burocráticas como el FMI o el Banco Mundial, que viven de nuestro dinero, se caracterizan porque siempre tienen soluciones para todo, sean buenas o malas, verdaderas o falsas. Por tanto, es fácil imaginar que también en este informe las plantean. El artículo, sin embargo, no las cuenta porque no conviene a su línea editorial. Y es que las soluciones que plantea el FMI no son, como se puede deducir de la ausencia de referencias en El País, un mayor intervencionismo o más regulaciones. De hecho, la institución advierte que las fuertes intervenciones estatales en el pasado no han hecho ningún bien.

Lo que plantea el organismo es ampliar la financiación a los pobres, más educación y una mayor liberalización que le dé protagonismo a la economía de mercado. De lo que no se da cuenta el FMI es que con esta última condición ya es suficiente, porque genera por sí misma un mejor nivel de vida que irremediablemente desemboca en un mayor bienestar material y social, y por lo tanto, garantiza el resto de mínimos que plantea el FMI. Un país no puede pasar de pobre a rico en una semana, exige pasar por todos los escenarios necesarios para no tener después abruptas roturas ni desequilibrios.

En definitiva, tenemos un informe del FMI que no hace más que decir, por un lado, cosas que ya todos los economistas sabían desde hace más de 200 años y, por otro, otras que son tan contingentes que no merecen ni la más mínima atención. Por ejemplo, en el informe, aparentemente científico, llegan a afirmar que algunos factores económicos se han producido por "buena suerte". Evidentemente, recurrir a argumentos de este calibre intelectual resta credibilidad y rigurosidad a cualquier estudio.

Pero mucho menos creíble es el  "riguroso" artículo de El País, cuyo contenido poco tiene que ver con lo que el FMI muestra realmente en su revista. En conclusión, si quiere dejar de ser otro borrego más que sólo se cree los dictados del pensamiento único será mejor que emplee este tipo de publicaciones para envolver el bocadillo del desayuno. Es para lo único que sirven.

Siete razones para una aceleración nuclear

Desde que Dwight D. Eisenhower hablara y pusiera término al monopolio gubernamental de la tecnología nuclear al firmar el Atomic Energy Act de 1954, se permitió finalmente el acceso de la industria privada a uno de los grandes logros de la ingeniería. Desde entonces, tanto la inversión como la investigación en dicha energía han crecido imparablemente.

Hoy, veinte años después del accidente de Chernobyl, la energía nuclear está tomando nuevo impulso. A pesar de que aún estamos muy lejos de un deseable mercado libre de generación de energía, al menos, todo gobierno responsable debería contar urgentemente con la energía nuclear en los planes energéticos actuales. Éstas son algunas razones ineludibles para una aceleración (o anti-moratoria) nuclear:

1. Seguridad energética a largo plazo. La energía nuclear nos permitiría dejar de ser tan dependientes del suministro exterior desde zonas políticamente inestables (Oriente Medio, Maghreb, Venezuela, Nigeria, países del Caspio…) y de suministradores organizados en cárteles (la OPEP desde 1960 y puede que, en breve, también del gas). Esta tendencia seguirá aumentando en los próximos años debido a la caída de las reservas en otras áreas productoras de petróleo y de gas menos inestables (Mar del Norte, Estados Unidos, México).

2. Estabilidad y competitividad económica. A diferencia de los costes crecientes en la generación (que no iniciales) de energía eléctrica mediante centrales con combustibles fósiles (especialmente del petróleo y gas), el coste de la generada por centrales nucleares es muy estable a largo plazo, pese a sus iniciales y elevados costes de inversión que requieren amortizaciones prolongadas. Su coste de producción en Europa es, con todo, el más bajo. En un escenario de globalización de las economías, en caso de que un país tenga que pagar una excesiva o inestable factura energética (es ya factible pensar en un precio del crudo por encima de los 100 dólares el barril), la competitividad de su economía puede verse seriamente afectada si sus competidores internacionales adoptan un modelo de mix energético diferente respecto del peso que tome la energía nuclear.

3. Seguridad en el manejo de riesgos. La construcción de centrales de tercera generación o de reactores rápidos y la moderna gestión de residuos (protegidos por tres barreras: la propia forma química del residuo, y las barreras de ingeniería y geológica) minimizan el riesgo de contaminación. Sólo han sido dos los accidentes graves en toda la historia de la explotación nuclear. Además, es esclarecedor saber que el peor accidente, Chernobyl, fue debido a una temeraria experimentación (conseguir una circulación de agua “natural” en el sistema primario sin utilizar la bomba de recirculación y creer además que era mejor hacerlo a baja potencia, justo donde un reactor nuclear es mucho más inestable) en una central muy insegura que no contaba ni con un mísero edificio de contención.

4. Reducción de la radioactividad de los residuos. Además del reproceso de combustible nuclear gastado para fines nuevamente energéticos (gestión en ciclo cerrado) y los menores residuos producidos ya por las centrales de reactores rápidos, están los audaces procesos P&T: separación mediante procesos químicos de los radionucleidos y su transmutación (nueva alquimia del siglo XXI), mediante reactores de neutrones rápidos y bombardeo de aceleradores de partículas para reducir eficazmente la radiotoxicidad y el volumen de los residuos, y que pueden ser una portentosa realidad de uso industrial de aquí a 20-30 años.

5. No emisión de gases de efecto invernadero (CO2). A diferencia del consumo del carbón o de la actividad de las centrales térmicas o de ciclo combinado de gas que despiden grandes dosis de CO2, las centrales nucleares no emiten ninguna emisión de este u otros gases o partículas nocivas a la atmósfera. Frente al supuesto e inminente cambio climático debido a la acción humana (según la doctrina ecologista) es errónea y abusiva la imposición política de sustitución gradual de energías tradicionales por energías alternativas (solar, eólica, biomasa, biocumbustibles…) de muy escasa rentabilidad y eficiencia, que supone una inadecuada asignación de recursos escasos y cuya ronda, por descontado, pagamos todos. Conozco pocos artículos tan contundentes en este sentido como los publicados por Ángel Fernández (1,2). La alternativa a este estado de cosas es, hoy por hoy, la energía nuclear: la única que se hace cargo de las externalidades al gestionar todos sus residuos, la más estable y la menos costosa. Además, la fisión nuclear reduciría, por su ausencia de emisión de CO2, los elevados costes o penalizaciones que suponen los derechos de emisión suscritos insensatamente en Kyoto por nuestros representantes públicos.

6. Se reduciría la financiación constante de regímenes hostiles a Occidente. Es del todo inconveniente transferir divisas masivamente por partidas energéticas a países cuyos representantes son de conocida (y reconocida) hostilidad hacia la apertura y el progreso mundial a que empuja Occidente. Los intentos de operaciones de financiación terrorista desde los países desarrollados quedarían más limitados y cercados debido a las crecientes medidas de prevención en este asunto. Esta importante reducción en la financiación de tiranías poco recomendables sería un paso decisivo para la seguridad occidental a diferencia de las costosas incursiones bélicas de muy escaso éxito.

7. Muchos de los grandes suministradores de uranio son geopolíticamente estables: Australia, Canadá, Sudáfrica, Brasil. Es más, nuestro país, tradicionalmente minero, cuenta con suficientes yacimientos de uranio (el combustible básico hoy día de la energía nuclear) en Extremadura o Salamanca como para permitirnos ser autosuficientes en la generación de energía nuclear. Disponemos también de capital y conocimiento en la materia. Lo que falta es decisión política en este tema tal y como ocurre en nuestra vecina Francia.

El problema no es que se cerrara Zorita el año pasado ni que esté previsto el cierre de nuevas centrales nucleares (i.e. Garoña para 2009). Tampoco incluso que no se prorroguen las licencias de explotación de las restantes más allá de los 40 años de vida útil (casi todas las de Estados Unidos se han prorrogado a 60 años). El verdadero problema es la inexistencia de planes de construcción de otras nuevas en España para el suministro estable de energía a la sociedad entera. ¿Acaso vamos hacia un modelo de energía sin nucleares como ocurre en Italia o Portugal? Países como Japón, Corea del Sur, China, India, Estados Unidos, Francia, Suecia o Finlandia (muy concienciados estos últimos ante cualquier impacto ambiental) cuentan con representantes políticos que están apostando ya decididamente por la nuclear.

La desgracia de estar la energía planificada centralmente por políticos es que su previsión de demanda futura está sujeta a error (como toda planificación) pero sin que el político se haga cargo alguno de sus costes, que corren por entero a cargo del contribuyente (a diferencia de la planificación privada). Sus horizontes son demasiado cortos. Por el contrario, la puesta en marcha de una central nuclear requiere de, al menos, dos legislaturas (demasiado desgaste ante la maleable opinión pública y muy inconveniente para la particular vida planificada de no importa qué político de turno).

La planificación, la generación, el suministro de energía (incluida la cargada de futuro) y sus precios deberían estar completamente emancipados de la regulación política (no así de una deseable inspección o supervisión) para que la libre función empresarial, en un entorno competitivo, pudiera cubrir convenientemente las necesidades energéticas de la sociedad civil. El sostenimiento de crecientes poblaciones humanas seguirá siendo viable si se dispone de unas fuentes de energía estables y eficientes. Éstas son un asunto demasiado serio como para que su futuro esté totalmente en manos políticas.

Comerciantes contra la libertad de comercio

Su discurso hace parecer que todas las partes quedaron plenamente satisfechas (el típico y tópico "consenso"), cuando lo cierto es que la inmensa mayoría no fueron consultados en absoluto (los consumidores individuales) y una parte concreta fue legalmente discriminada (con lo feo que es eso), prohibiéndose a las grandes superficies (que obviamente no compartieron este presunto "consenso") la total libertad de horarios que sí consiguieron los demás comerciantes.

Como representante de los pequeños comerciantes, Llorens por un lado les hace la pelota como corresponde, recordando cómo llevan tiempo adaptándose a la sociedad actual y trabajando duro "para ofrecer los mejores productos y servicios a sus clientes, ofreciendo variedad, calidad y profesionalidad" (como si los grandes comerciantes vaguearan y ofrecieran mala calidad, o fueran aficionados). Por otro lado les presenta como víctimas indefensas ante la concentración del poder en las grandes cadenas: olvida mencionar quién da ese poder en un mercado libre, que son los consumidores; tal vez sus representados no lo están haciendo tan bien.

Con total desvergüenza asegura, refiriéndose a presuntas estadísticas del Ministerio de Industria y Turismo, que "los consumidores están de acuerdo con los horarios actuales": entonces no deben preocuparse, ya que nadie está obligado a abrir esos días que los consumidores no utilizarán porque ya están muy contentos con lo que hay ahora. También afirma que "no hay ninguna exigencia por parte de los comerciantes para ampliarlos": debe de ser que las grandes superficies, a quienes acusa de inconfesables intereses para reabrir el debate, no son comerciantes.

"Lo único que quizás conseguiríamos es crear disfunciones en nuestro modelo comercial, que es el que también está vigente en los principales países europeos y que garantiza el equilibrio entre comerciantes, consumidores y trabajadores." No es muy específico con lo de las disfunciones (pero suena muy mal y quizás a algún incauto le convenza al meterle miedo), menciona a otros países europeos como si fueran todos iguales y obligatorio imitarlos (algunos tienen libertad total de horarios comerciales y otros sufren restricciones peores que las nuestras), y se refiere a un "equilibrio" que no tiene ningún sentido en un mundo dinámico y cambiante.

En el colmo de su desfachatez propone que sean los trabajadores los que se adapten (¿mediante la coacción legal quizás?, ¿prohibiéndoles trabajar a alguna hora en la que deberían estar haciendo la compra?): "Con la incorporación de unos tres millones de mujeres al trabajo en los últimos años no sólo hay que ver la necesidad del comercio de adaptarse a los nuevos ciclos de vida, sino que quizás, lo que hay que cambiar son los modelos de empleo para adaptarlos a la vida social y compatibilizar la vida laboral con la familiar, para que así el tiempo para comprar o hacer cualquier otra de las actividades necesarias para nuestro día a día no suponga un problema."

Llorens da datos sobre Madrid, la comunidad autónoma menos liberticida en este ámbito: tiene la densidad comercial más baja de España y la ocupación en el comercio minorista es ligeramente inferior y crece menos que la media. Como necio en asuntos económicos, lamenta la eficiencia de que menos trabajadores sirvan en un entorno competitivo a más consumidores; "con la seguridad (sic) que nuestros clientes están satisfechos con el servicio recibido, afirmamos que no existe ninguna razón para plantear una ampliación de horarios". Es patético lo mal que ocultan algunos la defensa política de sus intereses a costa de los demás.

Entre los objetivos de la CEC está "la defensa y el fomento del sistema de libre iniciativa y de la economía de mercado". Tienen una forma extraña de entender lo que es la libre iniciativa, y respecto a la economía de mercado quizás les parece mejor no insistir con que también sea libre.

Llamando al Estado…

Las crisis son los mejores momentos en la vida de un Estado porque es el momento idóneo para engordar un poco más y no preocuparse por la figura. Cuando algo falla, todos miran al cielo, como buscando la señal con la que en Gotham se llamaba a Batman para que salvara a la ciudad de los malvados delincuentes que la atemorizaban. Pero, en lugar de un superhéroe, lo que la gente quiere es al Estado, ese ser salvífico que ofrece una solución para todos los problemas que nos aquejan.

El último caso, lo veremos en los próximos días cuando la noticia de que los espectadores "abandonan los cines" consiga levantar de su sillón al ministro de Cultura para comunicarnos la importancia de subvencionar al cine o, mejor dicho, a los productores del séptimo arte y los pancarteros. Según explica Cinco Días, "sea por la piratería o por la calidad de las películas, lo cierto es que los espectadores españoles cada vez van menos al cine. Hasta el pasado 23 de septiembre, el número de asistentes a las salas españolas se redujo un 18,2%, y se situó en 74,33 millones, según los datos de los que dispone el Ministerio de Cultura."

¿Qué se puede hacer? Esa será la cuestión que muchos se planteen. La opción más tajante sería nacionalizar la industria del cine, poner al presidente del Gobierno de director, como en la película Tierra de sangre, y esperar a que dirigiera películas tan emotivas como Bambi. Para conseguir que la gente fuera al cine, bastaría con obligarles o condicionar las ayudas que perciben a la asistencia al cine. Al fin y al cabo, si de lo que se trata es de ser buenos ciudadanos, ¡qué mejor ciudadano que quien se interesa por la cultura!

La siguiente opción sería gravar con cánones el ADSL de 3 megas porque, al fin y al cabo, o la causa de la crisis es la calidad y esto no es cierto porque las películas españolas son sublimes sí o sí, o la culpa, como siempre, la tienen esos internautas siempre dispuestos a descargar ilegalmente películas (aunque casi nunca sean españolas). Y esta idea tiene sus partidarios porque el Estado intervendría en el mercado pero no cambiaría radicalmente el sector. Mediante la redistribución, inyectaría fondos a un sector tan poco favorecido como el del cine, a pesar de que actualmente se cobra un impuesto revolucionario a las cadenas de TV quienes deben dedicar un 5% de sus ingresos a invertir en películas españolas o europeas.

Y la tercera y última opción, sin perjuicio de lo que su imaginación les sugiera como una alternativa más brillante, sería no preocuparse por lo que la gente decida porque eso demuestra que las personas hacen con su dinero lo que les place y no procede a ningún Gobierno tratar de cambiar lo que cada cual hace con el fruto de su trabajo. Pero esta medida, ciertamente, supondría un revulsivo frente a lo políticamente correcto.

Todo es consumo, de tiempo, de recursos, de neuronas. El tiempo que destinamos a ir al cine podemos dedicarlo a leer, o el de leer a dar un paseo, o el de dar un paseo a estudiar y así sucesivamente. Si el Estado patrocina con nuestro dinero una actividad como el cine, lo que hace es premiar a unos señores que hacen con su tiempo lo que más desean, pero sin cambiar un ápice lo que el resto hacemos con nuestros escasos minutos libres. Por mucho que aumenten las subvenciones al cine, saqueen a las televisiones o graven con cánones los CDs, los escáneres o los MP3, las horas seguirán siendo nuestras… y las decisiones que tomemos también. Luego ¿para qué pedirle al Estado que acuda en socorro de una industria? Haga lo que haga, el poder no podrá cambiar los gustos del consumidor.

Una vez más, el Estado viene a ser una excusa para que unos vivan a costa de los demás y se inventen una excusa aparentemente plausible para convencernos al resto de sus buenas intenciones.

El ejemplo de Google

La realidad es muy distinta a como la presentan estos fundamentalistas del Estado y el socialismo. A través de distintas vías, el capitalismo hace partícipe a toda la sociedad de la nueva riqueza creada. Ahora bien, no se trata de un reparto equitativo: quienes han creado o contribuido a crear de la nada esa nueva riqueza obtienen la mayor porción. Si algo elimina el libre mercado son los parásitos: nadie vive a costa de los demás, sino en cooperación con los demás.

Las empresas que no han surgido al amparo del Estado y de la subvención pública son las que mejor han satisfecho las necesidades de los consumidores. Éstos son los auténticos destinatarios de la riqueza que genera el capitalismo: todo gira en torno a contentar del mejor modo posible sus deseos y apetencias.

Dicho de otro modo: en el libre mercado, los ricos lo son porque antes han proporcionado y creado nueva riqueza para otros. Los consumidores que acuden masivamente a una compañía lo hacen porque sus productos les proporcionan riqueza.

Hay otra forma en que el capitalismo extiende y reparte la riqueza que genera: los mercados de capitales. Con la fórmula de las sociedades anónimas, cualquier individuo puede adquirir acciones de una compañía, esto es, porciones alícuotas de su propiedad.

Entre los empresarios y los accionistas se establece una relación sinérgica. Gracias a los segundos, los primeros pueden obtener el capital que necesitan para llevar a cabo sus ideas sin tener que recurrir a grandes magnates; les basta con vender pequeñas porciones de sus empresas a muchos individuos, no necesariamente millonarios.

Así las cosas, es mucho más fácil reunir fondos para dar salida a ideas geniales. Cualquiera puede captar dinero en los mercados de capitales y montar su propia empresa, siempre que los inversores juzguen que su proyecto merece la pena.

Ésta es la segunda parte de la relación sinérgica. El inversor puede rentabilizar sus ahorros como si estuviera gestionando y dirigiendo una empresa. El único requisito para ello es que seleccione bien dónde coloca el dinero: comprar acciones de una compañía con un pésimo proyecto empresarial (esto es, que no satisface a los consumidores) sólo le arrastrará a la ruina en que acabará la propia compañía.

Por consiguiente, el inversor, tanto los managers de grandes fondos como el pequeño ahorrador, tiene que destinar su dinero a aquellas empresas que mejor puedan competir en el mercado. Ésta es su única tarea: seleccionar inversiones. Si acierta, los beneficios acudirán a él sin que haya de hacer nada más (salvo, claro está, vigilar que la inversión siga valiendo la pena).

Ayer mismo conocíamos que las acciones de Google han alcanzado un valor de 600 dólares, cuando en agosto de 2004 valían 85. Esto implica una revaloración anual media del 150%. Los ahorradores que creyeron en Google y que le proporcionaron los recursos necesarios para desarrollar su proyecto han obtenido un gran beneficio, aun cuando no hayan participado en la gestión diaria de la compañía ni en el desarrollo de sus planes estratégicos.

El éxito de Google es arrollador, y pone sobre el tapete una cuestión que los detractores del capitalismo no entienden: las grandes empresas (por no hablar de sus consejeros delegados) aparecen y desaparecen con gran rapidez. IBM lo fue todo en la informática hasta Microsoft, y Microsoft lo ha sido todo hasta Google. Es probable que el célebre buscador no tarde en ser destronado por ideas mejores. Cuanta más riqueza y cuanto más capital haya en la sociedad, con más velocidad se crearán y reestructurarán empresas que traten de batir a las existentes.

El caso de Google, desde luego, no es único. Wal-Mart, por ejemplo, acumula una rentabilidad media anual del 21% desde hace más de 35 años. Si hubiera invertido en esta última compañía 30.000 dólares en 1972, hoy dispondría de 2.700.000. Lo mismo puede decirse de Intel o de Microsoft, los grandes protagonistas de la revolución tecnológica de los 90.

A diferencia de lo que ocurre en los sistemas socialistas, donde a cada trabajador se le impone su empleo y su remuneración, en el capitalismo los trabajadores pueden convertirse en propietarios de empresas. Basta con que adquieran acciones para que puedan acceder a esos beneficios multimillonarios que tanto escandalizan a la progresía.

Que una empresa gane millones de dólares cada año es una magnífica noticia. En primer lugar, porque significa que satisface a muchos consumidores; en segundo lugar, porque todos los accionistas que contribuyen a que salga adelante disfrutan de tales ganancias.

Vistas las enormes ventajas del capitalismo, sería de esperar que nos permitieran aprovecharlas de la mejor manera posible. Pero, como siempre, el Estado –y la filosofía socialista que lo sostiene– no deja de imponernos obstáculos y restricciones: la venta de acciones está sometida a un impuesto del 18%, los mercados financieros soportan rígidas regulaciones que impiden o frustran numerosos movimientos corporativos que podrían ser una fuente de oportunidades de ganancia, la Seguridad Social absorbe cantidades ingentes de nuestros ahorros y, así, nos dificulta en extremo acceder a los mercados de capitales…

La sociedad de propietarios es todavía un escenario lejano porque al Estado le interesa mucho más tratar con esclavos.

Los republicanos, tan tontos como el PP

Créanme, si la ley lo permitiera, aquí procurarían hacer exactamente lo mismo. Desgraciadamente, con lo que nuestros representantes en el Congreso aprecian a sus votantes y desprecian al lobby de los titiriteros, no sería de extrañar que en muy poco tiempo permitan a la SGAE y a las discográficas hacer lo mismo.

En todo caso, parece que en Estados Unidos las cosas no se diferencian políticamente mucho de lo que sucede aquí. Glenn Reynolds, autor del blog liberal más popular del mundo, volvía a clamar en el desierto hace unos días, pidiendo a los republicanos, como ya hiciera en el 2002, que se lo piensen dos veces antes de apoyar con sus votos a una industria que se ha ganado a pulso el odio de los norteamericanos. La razón: que los republicanos tienen entre sus prioridades para la ley de universidades publicar todos los años una lista con los campus que han liderado el ranking de incidentes con las redes P2P.

Mensaje a los republicanos: las industrias de entretenimiento son tu enemigo. Son una de las principales fuentes de dinero para los demócratas, y les dan además un buen montón de tiempo gratis en los medios. ¿Por qué ayudarles, especialmente cuando podríais conseguir unos cuantos votos de la juventud adoptando otra postura?

Es decir, básicamente lo mismo que llevo yo diciéndole al PP desde que escribo por aquí, o casi. Las recientes encuestas, como acaba de recordar Juan Carlos Girauta, muestran que el PP lo tendría todo para arrasar en las próximas elecciones si no fuera por el voto joven. Pero se ve que Rajoy anda demasiado ocupado dejando las decisiones sobre propiedad intelectual a Rodríguez Salmones o pensando que los jóvenes son todos calcos de Soraya Sáenz de Santamaría.

El PP empecerá a hacer las cosas bien cuando otorgue la responsabilidad de esta área a alguien que no conozca a ningún músico ni cineasta ni tenga amigos en la SGAE o en otras organizaciones del ramo, ni quiera tenerlos en la vida. Alguien que conozca bien Internet, lo suficiente como para darse cuenta de la innovación que supone en el área cultural y la cantidad de usos y costumbres del ramo que hace completamente obsoletos. Alguien, en definitiva, que no piense que esta canción de Al Yankovic, que les traduzco para que la disfruten quienes no hayan comprado el Autoinglés on the road, va en serio:

Puede que en algún momento sientas la necesidad
de romper las leyes internacionales del copyright
descargando MP3 de redes de intercambio
como Morpheus, Grokster, Limewire o KaZaA.

Pero muy dentro de ti sabes que la culpa te volverá loco
y la vergüenza te dejará una cicatriz de por vida
porque se empieza robando canciones y se acaba atracando tiendas de licores
y vendiendo crack y atropellando escolares.

Así que no descargues esta canción;
sabes que es a la tienda de discos donde debes ir.
Ve y compra un CD como sabes que deberías hacer.
Oh, no te descargues esta canción.

Oh, no te querrás meter en líos con la RIAA;
te demandará si te grabas un CD.
No importa si eres una abuelilla o una niña de siete años,
te tratarán como la escoria criminal que eres.

Así que no descargues esta canción;
no te pases todo el día pirateando.
Ve y compra un CD como sabes que deberías hacer.
Oh, no te descargues esta canción.

No nos quites dinero a artistas como yo
¿Cómo si no podría permitirme otro todoterrerno de oro macizo
y piscinas rematadas con diamantes?
Estas cosas no crecen en los árboles,
así que todo lo que pido es: "Venga, por favor…"

Así que no descargues esta canción  (no lo hagas, no, no);
Incluso Lars Ulrich sabe que está mal (se lo puedes preguntar)
Ve y compra un CD como sabes que deberías hacer (realmente deberías).
Oh, no te descargues esta canción.

Así que no descargues esta canción  (oh, por favor, no lo hagas)
o podrías acabar en la cárcel como Tommy Chong (recuerda a Tommy)
Ve y compra un CD (ahora mismo) como sabes que deberías hacer (ve y cómpralo).
Oh, no te descargues esta canción.

No descargues esta canción (no, no, no, no, no, no);
arderás en el infierno tarde o temprano (y te lo habrás merecido)
Ve y compra un CD (sólo cómpratelo) como sabes que deberías hacer (maldito bastardo).
Oh, no te descargues esta canción.

Radiohead en el Metropolitan

No estaría de más que se colgaran esos carteles en nuestros museos, para que la gente se diera cuenta de lo que cuestan las cosas. O, para el caso, de los centros de salud y hospitales.

Lo llamativo de todo ello es que, aunque puede uno entrar sin menear el bolsillo (yo mismo lo hice en una ocasión), la gente por lo general satisface el precio propuesto por el Met, lo que también he hecho yo en varias otras visitas. No es infrecuente el visitante que prefiere pagar más de los 12 dólares.

Ahora el grupo Radiohead ha decidido vender su último disco en su página web. Cualquier aficionado puede descargársela. Pero lo característico del caso es que, aquí también, el usuario elige el precio al que quiere comprar el álbum. Y la los fans están pagando por adelantado por el privilegio de poder descargarse en un próximo futuro las canciones sin tener que recurrir a los programas de descarga gratuita. Yo me he sumado a quienes ya lo han hecho, y he pagado la cantidad hasta la cual me compensa hacerme con sus nuevas canciones, que es algo menos de lo que cuesta habitualmente un disco en la sección de novedades.

¿Por qué lo hacemos? En el caso de Radiohead el comprador por Internet es más virtual que nunca, porque el disco aún no ha salido, si bien es cierto que podrá descargárselo más tarde sin hacer aportaciones voluntarias a las cuentas de estos artistas. Pero hay algo de reconocimiento, de demostración personal de que se valora lo que recibe, ofreciendo algo a cambio. El fundamento de la sociedad es el do ut des, la colaboración por el intercambio voluntario, la reciprocidad. Lo tenemos muy asumido y cuando se nos propone, aunque podamos sacar toda la ventaja, sólo queremos una parte.