Análisis diario
Donald Trump, profeta de un mundo mejor
El ‘make America great again’ del exitoso empresario neoyorkino pasa realmente por un Estado pequeño y una sociedad grande y fortalecida de nuevo.
Debo reconocer que mi aproximación a las recientes elecciones estadounidenses, al menos hasta el sprint final, fue muy poco original: ni Clinton ni Trump, Estados Unidos iba a elegir entre la peste y el cólera, los peores candidatos de la historia, la una representaba lo peor del establishment y al otro se le identificaba con el populismo nacionalista, Hillary proponía impuestos, burocracia y belicismo y Donald mercantilismo, aranceles y cierre de fronteras. Antilibelarismo, en cualquier caso, de la peor especie.
Pero con el paso del tiempo me empecé a dar cuenta de que las ramas no dejaban ver el bosque: el Trump que estábamos analizando era solo un muñeco de paja. Detrás se escondía el proyecto político —aunque debemos ser conscientes de las limitaciones de todo proyecto político— más amistoso con las libertades que se recuerda.
Trump ha utilizado una estrategia populista, ciertamente. Como todos y cada uno de sus colegas políticos. Pero no todas las estrategias populistas son iguales. La inmensa mayoría de los políticos se adscriben al consenso socialdemócrata y encauzan su estrategia populista para apuntalar el estatismo. Las discusiones versan sobre aspectos, en el fondo, técnicos y muy menores. Veamos, en cambio, cómo la estrategia populista de Trump, resumida en un célebre discurso, va por otro lado:
Nuestro movimiento consiste en reemplazar un establishment fallido y corrupto por un nuevo Gobierno controlado por vosotros, el pueblo americano. El establishment de Washington y las grandes empresas y medios que lo apoyan existen por una sola razón: protegerse entre ellos y enriquecerse. El establishment se juega billones de dólares en estas elecciones. Los que controlan los resortes del poder en Washington y los grupos de presión están asociados con una gente a la que no le importa vuestros intereses. Nuestra campaña representa una amenaza a sus intereses como no habían visto jamás.
No estamos ante unas elecciones más. Estamos más bien ante una encrucijada en la historia de nuestra civilización que determinará si nosotros, el pueblo, somos capaces o no de controlar al Gobierno. El mismo establishment político que trata de frenarnos es el responsable de unos acuerdos comerciales desastrosos, la inmigración ilegal masiva y de una política exterior y económica que ha dejado a nuestro país en la ruina. El establishment político ha traído la destrucción a nuestras fábricas y ha destruido empleos para llevárselos a México, China y otros países. Se trata de una estructura global de poder responsable de las decisiones económicas que han expoliado a nuestra clase trabajadora, despojado a nuestra nación de su riqueza y puesto el dinero en los bolsillos de grandes empresas y grupos políticos.
Esto es una lucha por la supervivencia de nuestra nación. Y esta será nuestra última oportunidad para salvarla. Estas elecciones determinarán si realmente somos una nación libre o más bien una democracia ficticia controlada por lobbies, saqueadores de un sistema ya exhausto.
Los papeles de Wikileaks prueban las reuniones entre Hillary Clinton y la banca internacional en una conspiración contra la soberanía de Estados Unidos para enriquecer a los poderes mundiales y a sus amigos y donantes. El arma más poderosa desplegada por los Clinton son los grandes medios de comunicación. La prensa en este país no tiene nada que ver con el periodismo. Se trata de un grupo de presión más, con sus propios intereses que en nada se diferencia de cualquier otro lobby o entidad financiera. Un lobby con su propia agenda política. Cualquiera que se atreva a desafiarlos será tachado de machista, racista y xenófobo. Mentirán, mentirán, mentirán y volverán a mentir. Y peor todavía: serán capaces de cualquier cosa. Lo único que puede frenar esta maquinaria corrupta sois vosotros. La única fuerza que puede salvar este país somos nosotros.
A nuestra civilización le ha llegado la hora de la verdad. Yo no necesitaba hacer esto, creedme. He levantado un imperio y he tenido una vida maravillosa. Podría disfrutar con mi familia de tantos años de éxitos en los negocios en lugar de padecer este show de mentiras, decepciones e insidias. ¿Quién lo hubiera soportado? Lo estoy haciendo porque ahora me toca devolver a este país todo lo que me ha dado. Estoy haciendo esto por la gente y por nuestro movimiento. Y juntos recuperaremos este país y haremos grande a América de nuevo.
Trump habla de que son las personas las que deben vigilar al Gobierno, al contrario que sus cuates a uno y otro lado del Atlántico, que propugnan un pueblo controlado por el Gobierno. Trump denuncia la conchabanza del establishment, los grupos de presión, las grandes corporaciones y los medios de comunicación: ese capitalismo de amigotes que tanto repugna a los liberales. Trump hace un llamamiento para acabar con el poder de Washington para, de esa manera, devolvérselo a la gente. Trump apela, en última instancia, a los valores morales, el derecho a ser libre frente al yugo estatal, como pilares de la civilización.
Es verdad que ese mensaje nuclear está adornado de una retórica populista contra la globalización, los acuerdos comerciales, las deslocalizaciones de empresas y la libre inmigración. Pero lo más razonable es pensar que ahí Trump simplemente estaba mintiendo para obtener votos entre la clase baja blanca trabajadora. Carece de todo sentido que pueda siquiera plantearse la adopción de medidas tan antieconómicas como aislar comercialmente a Estados Unidos del resto del mundo, castigar a las compañías que trasladen sus factorías fuera del país e impedir la entrada de inmigrantes.
Y es que las medidas anunciadas por Trump en su ‘contrato’ con los americanos para los primeros 100 días (agresiva rebaja de impuestos, desde el de la renta –trabajo y capital-, al de sociedades, pasando por el de repatriación de beneficios; aumento de las deducciones; reducción de regulaciones; fin a las restricciones en el ámbito energético y un ambicioso plan de infraestructuras sufragado mediante deducciones fiscales a las empresas privadas que lo ejecuten, que obtendrán la concesión de tasas y peajes) generarán tal crecimiento económico y aumento de la productividad que Estados Unidos será un foco de atracción de empresas, necesitará una gran cantidad de trabajadores extranjeros y tendrá que dar salida a esa producción mediante exportaciones (la gran fábrica del mundo). Las bravuconadas contra China cabe entenderlas únicamente como una postura de fuerza de cara a poder exigir unas reglas del juego limpias, sin guerras monetarias vía devaluaciones. Y toda la cháchara en relación al dichoso muro con México, que se empezó a construir, dicho sea de paso, por orden de Bill Clinton en 1994, debemos entender que quedará, obviamente, en nada.
Además, el flamante inquilino de la Casa Blanca se ha comprometido, en ese mismo plan de choque inicial, a desmantelar el tinglado ecologista y suprimir las ayudas destinadas a luchar contra el cambio climático, a introducir mayor libertad en los ámbitos sanitario, farmacéutico y educativo y a la congelación de contrataciones de empleados públicos. ¿Se puede pedir algo más? Sí, Donald Trump se considera aislacionista en lo militar, no se dedicará a emprender guerras por el mundo y si acaba fortaleciendo, como ha prometido, el ejército será con ánimo meramente defensivo. Y, para rematar, uno de sus asesores más cercanos será Peter Thiel, el gurú libertario de la tecnología.
En definitiva, el make America great again del exitoso empresario neoyorkino pasa realmente por un Estado pequeño y una sociedad grande y fortalecida de nuevo. Nada que ver, por tanto, con los populismos de corte socialista que tan próximos nos resultan (peronismo, chavismo, Evo Morales, Rafael Correa o Podemos). Y es que se ha llegado a comparar a Trump con la formación que lidera Pablo Iglesias, dado que ambos identifican un enemigo (en un caso los extranjeros y en otro los ricos, a los que se responsabiliza de la crisis y se les amenaza con hacerles pagar los platos rotos) y mienten y retuercen la realidad para conseguir los votos necesarios que les permitan llegar al poder. Pero no es lo mismo llegar al poder para ampliar las libertades que para conculcarlas todavía más. No es lo mismo una simple estrategia populista para ganar unas elecciones que servirse de esa misma estrategia para acabar implantando un régimen populista al modo venezolano.