Los intelectuales de izquierdas, y esto es casi una redundancia, también optaron por una estrategia ofensiva, y arreciaron en su empeño en demonizar a los pensadores que habían señalado los fallos del socialismo. Lo hicieron, por ejemplo, con Hayek, a quien acusaron poco menos que de ser cómplice de los crímenes de la dictadura de Pinochet. Lógicamente, ese razonamiento crítico jamás se aplica a los intelectuales que aplaudieron las dictaduras comunistas.
En esa línea demonizadora se inscribe el libro de Nancy McLean contra James Buchanan, el liberal premio Nobel de Economía, descrito como una bestia abominable. El libro recoge bastante falacias del pensamiento convencional. Así, se asegura que el capitalismo solo favorece a los ricos y nunca a los pobres, como si el anticapitalismo hubiese favorecido a los pobres, y como si cientos de millones de pobres no hubiesen dejado atrás la pobreza gracias al capitalismo.
También se proclama que el liberalismo es antidemocrático, como si el antiliberalismo fuera respetuoso con la democracia. Y se asegura que sólo los millonarios se opusieron a Franklin D. Roosevelt, una notoria falsedad; y que los empresarios dominan al Estado, como si éste no hubiera subido sin cesar los impuestos a las empresas. McLean sigue la lógica convencional que urge el intervencionismo del poder político para compensar un supuesto poder económico que solo existe en su imaginación; como si a usted le quitara el dinero Amancio Ortega, y no la Agencia Tributaria.