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Mié, Jul 13

El votante (i)rresponsable

El referéndum británico, las elecciones presidenciales austriacas e incluso las elecciones en España muestran cómo la democracia se ha convertido en un proceso frívolo.

El pasado 23 de junio, los británicos votaron si su país se mantenía o salía de la Unión Europea. El referéndum, que el Primer Ministro británico David Cameron había anunciado cuando se presentó a las elecciones en su país, parecía un mero trámite, con un resultado incluso más cómodo que aquél que el propio Cameron había ganado sobre la independencia de Escocia al final de su anterior mandato.

Sin embargo, todo se fue torciendo poco a poco. Las encuestas daban como ganadora la salida y, pese a que la muerte de la parlamentaria laborista contraria al ‘brexit’ dio un vuelco a las últimas encuestas, el jueves 23 los británicos decidieron que no querían seguir siendo miembros de la UE. Fue una sorpresa para los perdedores, pero los más sorprendidos eran los propios ganadores, que no terminaban de creerse su propio éxito y, lo que llama mucho más la atención, algunos votantes que se habían decantado por la salida tampoco entendían lo que había pasado.

El referéndum británico, las elecciones presidenciales austriacas -que han sido anuladas debido a irregularidades en el recuento- e incluso la repetición de las elecciones en España -después de que los partidos fueran incapaces de llegar a un acuerdo de gobierno- muestran cómo la democracia se ha convertido en un proceso frívolo que nadie, ni electores, ni elegibles, ni electos se toman en serio.

La frivolidad se ha instalado en el que emite su voto. Cuando el ‘brexit’ ganó, algunos votantes aseguraron que su “sí” no era realmente su intención, sino un castigo al Gobierno o al sistema, es decir, que, si el Gobierno hubiera apostado por la salida, habrían votado “no”. Otras personas reconocieron no saber qué significaba el proceso que iniciaban con su voto ni sus consecuencias. Tal era el grado de perplejidad, que una iniciativa empezaba a recoger firmas para que se repitiera el referéndum y no pocos leguleyos se ponían a investigar cómo se podía anular el resultado, aunque éste no fuera vinculante. Conservadores y laboristas entraron en crisis, los escoceses anunciaron un nuevo referéndum por la independencia, pues las condiciones eran ahora distintas, y la propia unidad de la nación quedaba tocada.

Así, vemos que en la sociedad occidental actual, el votante usa el voto con fines variopintos: voto de castigo u oposición, voto de cercanía, clientelismo… y sin necesidad de saber cuáles son las consecuencias de su decisión, mandando a un segundo plano cuestiones más mollares que le otorgarían una mayor libertad. Este grado de frivolidad llega a definir como democráticas las votaciones en concursos televisivos o cualquier situación que se solucione con la votación entre los presentes sobre una o varias opciones.

La democracia, posiblemente el sistema popular en que mejor pueden encajar las ideas de la libertad a priori, se ha terminado reduciendo al voto, apartando los contenidos y los principios que la sostienen. Dicha evolución es lógica y hasta razonable. El sistema otorga legitimidad al ganador y, en no pocos casos, le da un cheque en blanco para hacer lo que quiera, incluso cambiar el propio sistema y vestirlo de oclocracia o de autocracia. En esta nueva democracia, por tanto, la elección del político es mucho más importante que los contenidos de su programa. Y en tales circuntancias, el populismo tiene todas las de ganar.

La democracia se convierte, de esta manera, en un sistema paradójico, en una especie de dictadura del número, que es aprovechada por minorías con suficiente poder para conseguir dichos números a través de la presión y la negociación. Tal es el caso de los lobbies, públicos o privados, que influyen en los gobiernos o los partidos minoritarios que, al ser usados para completar mayorías, imponen de manera muy sobredimensionada sus ideas y condiciones. Ejemplo de ello serían los apoyos nacionalistas a los gobiernos socialista y popular de González y Aznar o, en la actualidad, muchos gobiernos que controla Podemos con el apoyo de los socialistas en ayuntamientos y comunidades autónomas.

En una democracia existen dos elementos que, con el tiempo, hemos desdeñado: la responsabilidad ante nuestros actos y, si tenemos que elegir, el voto informado. Porque los ciudadanos en democracia no sólo tienen derechos, también responsabilidad, y esta última es más importante que los primeros. Una sociedad en la que los individuos no son o dejan de ser responsables de sus actos, incluyendo su voto, deja de ser una sociedad libre y se transforma en una muchedumbre, o quizá más peligroso, en un estado clientelar, donde el Estado indica lo que es adecuado e inadecuado y, por supuesto, cuáles son nuestros derechos.

Y, como no puede ser de otra manera, para ser responsables de nuestros actos debemos informarnos, y con ello no me refiero a leer un periódico, ver un programa de televisión o escuchar una radio, generalmente de nuestra correa ideológica, sino de un proceso que implicaría la recogida de la información, su estudio, análisis, contraste con otras, añadir si es posible algo de experiencia propia, observar todo  desde una perspectiva crítica (y si es posible, desapasionada) y, finalmente, tomar una decisión. Si no hacemos esto, nos sorprendemos cuando nuestros actos tienen consecuencias indeseables de las que “no somos responsables” y que no comprendemos cómo provocan tantos y tan enormes problemas “de los que no estábamos informados”.

La democracia se apellidó liberal y se separó de otras como las populares, que impusieron los soviéticos durante la Guerra Fría. Sin embargo, la nuestra es un sistema mucho más cercano al socialismo o la socialdemocracia, donde las políticas públicas sustituyen con frecuencia a los libres acuerdos entre ciudadanos. La mera elección de alguien o algo a través de una mayoría cualificada no implica necesariamente un triunfo de la libertad y, en no pocas ocasiones, se convierte en una legitimación de la coacción.

Alberto Illán Oviedo

Autor de la investigación

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El votante (i)rresponsable

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