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Mar, Oct 04

Gasto público y reformas monetarias en el Imperio romano (III): ss. IV-V d.C.

A inicios del siglo IV, el Imperio romano se había convertido en una realidad económica completamente diferente a lo que había sido a principios del siglo I. El eje principal de su sistema monetario durante los dos primeros siglos, el denarius argenteus, había virtualmente desaparecido desde mediados del siglo III, siendo sustituido a su vez por el argenteus antoninianus o el argenteus aurelianianus, numerales de mayor valor teórico, pero de cada vez menor valor real. Los excesos públicos en el presupuesto civil y militar, los incesantes sobornos y regalos, las reiteradas subidas de impuestos, el incremento de la burocracia estatal y las continuas requisiciones de bienes y metales preciosos habían extenuado la economía romana hasta niveles insospechados. Como broche de oro para esta desastrosa realidad, la inflación había pasado del 0,7% anual de los siglos I y II al 35% anual a finales del siglo III y comienzos del IV, empobreciendo a marchas forzadas a todas las capas sociales del Imperio. Diocleciano quiso poner fin a este descontrol mediante la promulgación del célebre Edictum De Pretiis Rerum Venalium de finales del año 301, en el que se prohibía subir los precios por encima de un determinado nivel bajo pena de muerte a casi 1300 productos y servicios esenciales. En el preámbulo del edicto se culpaba de la inflación a los agentes económicos, tachándoles de especuladores y de ladrones, y se los comparaba con los bárbaros que amenazaban el Imperio. La mayoría de productores e intermediadores, por tanto, optaron o bien por dejar de comercializar los bienes producidos, o bien por venderlos en el mercado negro o, incluso, por utilizar el trueque para las transacciones comerciales. Este debilitamiento de la oferta hizo crecer aún más los precios reales, en una espiral alcista que deterioró aún más el complejo sistema económico romano. Tan sólo 4 años después, en el 305, el propio Diocleciano abdicó en Nicomedia y se retiró a su palacio en Split, abrumado por su fracaso político y económico.

Un año después de la abdicación de Diocleciano, un joven Constantino, hijo del tetrarca Constancio Cloro, fue proclamado emperador por sus tropas en Eburacum, la actual York. Unos seis años después, en el 312, se hizo con el control de Occidente y, después, en el 324, también con el de Oriente, reunificando el Imperio nuevamente bajo su mandato. Considerado como el nuevo Augusto, Constantino llevó a cabo, al igual que el primer emperador, una ambiciosa y profunda reforma del sistema monetario. En el año 310 creó un nuevo solidus, rebajando su peso a 4,5 g. y con un título del 96-99% de oro puro. Esta moneda se convirtió en el nuevo eje de todo el sistema monetario bajoimperial, sustituyendo a los devaluados numerales de plata del pasado. El solidus constantiniano se convirtió en la unidad oficial para precios y cuentas y se establecieron nuevos impuestos exclusivamente en esta moneda. Así, gracias a la confiscación de importantes reservas de oro atesoradas en los templos paganos, que pasaron a estar desprotegidos por el Estado romano, se pudo soportar el valor real de esta nueva moneda, emitida en grandes cantidades, hasta el punto de que sirvió de valor refugio en el Imperio bizantino hasta el siglo XI. Junto al solidus, Constantino también creó, en el año 324, otros dos numerales de oro: el semis, de 2,25 g. y un título del 96-99%, y otra moneda de 1,7 g. y 96-99% de oro puro. El sistema se completaba con tres monedas nuevas más supuestamente de “plata”, el miliarensis pesado (5,45 g.), ligero (4,5 g.) y la siliqua o argenteus (3,4 g.), y con otras dos monedas más de bronce bañadas en plata, el nummus (3,4 g.) y el centenionalis (entre 2,7 y 1,7 g.). No obstante, estos numerales de “plata” y bronce se acuñaron en enormes cantidades y se devaluaron continuamente a lo largo de los años, perjudicando a sus usuarios más habituales, las clases sociales medias y bajas, mientras que las monedas de oro, utilizadas por el Estado romano y las clases sociales más altas, mantuvieron en todo momento su título y su peso originales. De esta manera, Constantino estableció el monometalismo áureo por primera vez en la Historia de Roma.

La muerte de Constantino en el 337 y el posterior reparto del Imperio entre sus hijos Constantino II, Constante y Constancio II no cambió radicalmente el sistema monetario, pero sí hizo que se volviesen a alterar los numerales de “plata” y bronce: a partir del 348 surgió una nueva moneda de 5 g. de bronce y 2,5% de plata, llamada pecunia maiorina por el Código Teodosiano, además de otras dos de 4 y 2,5 g. de bronce y 1 y 0,1% de plata, respectivamente. En el año 355 surgió una nueva moneda de 9 g. de bronce y 2% de plata, llamada por los especialistas AE 1, mientras que la siliqua fue rebajada de peso hasta los 2 g. de “plata”. La última gran reforma monetaria del Imperio fue establecida por Valentiniano I y Valente alrededor del año 368. El oro se afianzó como el eje estable del sistema monetario bajoimperial: tanto el solidus como el semis alcanzaron un título del 99% de oro puro, incorporando, tras la muerte de los dos emperadores, al tremis, de 1,5 g. de oro, una moneda que adquirió gran popularidad y difusión en las décadas posteriores. Esta estabilización de los numerales de oro, de un firme control en el peso y gramaje de los mismos, de diversas reformas contra la corrupción en la burocracia junto a un constante programa de aumento de los impuestos y de retirada del exceso de pasivo aun circulante por el Imperio ayudó notablemente a que la inflación se ralentizase anualmente. Sin embargo, este control de los numerales de oro no se aplicó al resto del sistema en “plata” y bronce. La siliqua, por ejemplo, se rebajó cada vez más, hasta los 1,14 g. de “plata”, y se convirtió en una moneda cada vez más rara de ver, mientras que el recién creado AE 1 perdió prácticamente todo su contenido de metal precioso, abandonándose para siempre la costumbre de bañar en plata las monedas de bronce. Este sistema monetario se mantuvo, sin grandes cambios, hasta la caída del Imperio romano de Occidente en el 476 y hasta las reformas de Anastasio en Oriente en el 498. El monometalismo áureo de Constantino, en cambio, sobrevivió hasta las últimas décadas del siglo VIII, cuando Carlomagno lo sustituyó por un monometalismo argénteo.

Durante los siglos IV y V la economía romana acabó por deteriorarse del todo, llevándose por delante a la sociedad y, en consecuencia, también a las ambiciones de los políticos del momento, convirtiendo al Imperio romano en un proyecto fallido y caduco. El continuo exceso del gasto público entre los siglos I y III obligó a los dirigentes romanos a devaluar la moneda de manera casi continua. Esta devaluación crónica, junto con el descenso de la población y de la actividad económica a lo largo del siglo III, disparó la inflación en todo el Imperio, un fenómeno que los romanos no sabían bien cómo manejar. La merma de poder adquisitivo efectivo de las clases medias y bajas intentó ser moderada por sus dirigentes mediante lesivos controles de precios, como el Edictum De Pretiis Rerum Venalium del 301, que acabaron de retirar la poca oferta de productos que quedaba en el mercado blanco, encareciéndolos en el mercado negro. Resulta verdaderamente chocante constatar como muchos políticos y partidos populistas de todo signo ideológico siguen proponiendo estos mismos “remedios” incluso hoy en día. Al mismo tiempo, los emperadores romanos crearon un rígido sistema de impuestos basados en pagos en especie para garantizar anualmente las entradas del Estado. Estas requisas públicas restringieron la libre oferta de productos en el mercado común y empobrecieron, así, a artesanos y comerciantes por todo el Imperio. Para garantizar estos impuestos, los gobernantes romanos impidieron que los campesinos y profesionales abandonaran sus domicilios y actividades originalmente registrados, creando, así, castas hereditarias de trabajadores e impidiendo que los factores productivos y los capitales transitaran hacia los sectores más necesitados de mano de obra e inversión en capitales.

Para poner fin a la galopante inflación, Constantino estableció un monometalismo áureo mediante el control del peso, las dimensiones y el título de los diferentes numerales de oro. El férreo control de la producción de monedas de oro frenó la escalada de los precios y alivió las tensiones en las cuentas del Estado, del mismo modo que hoy en día algunos países deciden combatir la inflación de sus divisas mediante la dolarización de sus economías, como es el caso reciente de la República Bolivariana de Venezuela. Sin embargo, el resto de numerales de plata y bronce, los más utilizados por las clases medias y bajas, quedaron a merced de una continua y desgastante inflación, provocando la pobreza y la descapitalización continua de las clases más humildes. En consecuencia, se acuñaron numerosas monedas locales, diferentes en cada sitio y todas ellas de baja calidad, a la vez que se veían favorecidos cada vez más los intercambios en especie o el trueque. Todo ello desincentivó el comercio de larga distancia y las producciones industriales de escala, convirtiendo cada vez más las diferentes áreas del Imperio en economías locales de subsistencia. Los habitantes de las ciudades, abrumados por las excesivas cargas fiscales y la falta de trabajo, se fueron trasladando cada vez más al campo, donde la economía se organizaba en lujosas villas rústicas, que se fueron convirtiendo paulatinamente en castillos. En conjunto, los efectos agregados del exceso de gasto público y de la inflación en la economía romana de los siglos I-III provocaron, en última instancia, un debilitamiento estructural sin precedentes de la capacidad económica de la sociedad de los siglos IV y V, que se vio reflejado en la incompetencia de sus gobernantes y élites para mantener el Imperio unido frente a las amenazas externas, que, citando al propio Ludwig von Mises, “no eran en modo alguno superiores a aquellas otras fácilmente vencidas por las legiones imperiales poco antes. Roma era la que había cambiado; su estructura económica y social pertenecía ya al Medioevo”.

David Serrano Ordozgoiti

Autor de la investigación

Documento de la investigación

Gasto público y reformas monetarias en el Imperio romano (III): ss. IV-V d.C.

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